jueves, 13 de septiembre de 2012

¿OTRA VEZ LA GUERRA FRÍA?

El humanitarismo en la trampa siria

BASE NAVAL

Jacques Juilliard · · · · ·

10/09/12

 

Jacques Juilliard, editorialista del semanario Marianne, responde razonadamente a la última petición de Bernard-Henry Lévy de intervención militar en Siria.

En democracia, la oposición tiene muchos derechos: el de ser virulenta, el de ser sistemática, e incluso el de ser injusta. Pero no el de ser estúpida. Cuando los señores Sarkozy, Fillon, Villepin, Copé y consortes, con una unanimidad que hace llorar de ternura, hacen coro para denunciar la inacción de François Hollande a propósito de Siria, se burlan del mundo y no pueden ignorarlo. Incapaces por lo demás de articular la menor propuesta, salvo la genial iluminación de François Fillon: que el presidente tome el avión a Moscú, en compañía de Angela Merkel, que no pide otra cosa, y ¡que persuadan a Putin de que deje caer a Bashar El Asad! Es de lo más sencillo y no haría falta más que pensarlo. En realidad, un paso así, sin la menor esperanza de éxito, se parecería mucho al de Chamberlain y Daladier ante Hitler en

Munich en 1938, y subrayaría más de lo necesario la impotencia diplomática de Francia y de Occidente.   

Hay en la tragedia que se desarrolla en Damasco y Alepo dos aspectos distintos y a menudo contradictorios: por una parte, sobre un fondo de revuelta popular árabe contra las dictaduras minoritarias, una abominable carnicería que el tirano amenazado inflige a su pueblo; por otra parte, en esta ocasión, un nuevo episodio de la guerra que libran sunitas y chiitas musulmanes por la hegemonía en Oriente Próximo.

Contra esta carnicería, los llamamientos a la acción humanitaria de un Bernard-Henry Lévy son legítimos, pero se engaña cuando emparenta la situación en Siria con la de Libia el año pasado. Cierto, Asad está cada vez más aislado en el mundo árabe, pero el apoyo que recibe de Rusia, de China y de Irán es más firme que nunca. Puesto que, justamente en el asunto libio, Putin estima que se la jugaron los occidentales, que habrían transformado la intervención humanitaria que él había consentido de mala gana en operación política. Ha jurado que no volverán a pegársela.

Hay que comprender bien lo que es hoy el estatus de la acción humanitaria en el juego diplomático y estratégico mundial.

La política de derechos humanos no ha podido imponerse recientemente como dato permanente de este orden más que aprovechando el hundimiento de la URSS y el final de la Guerra Fría. Hasta entonces, el enfrentamiento norteamericano-soviético era tal que el mundo se componía de dos cotos de caza. Cada uno de estos dos grandes reinaba dueño de su zona de influencia, y la disuasión nuclear mutua prohibía a cualquiera de ellos toda idea de intervención humanitaria en el patio trasero del otro.

Por eso los norteamericanos dejaron fríamente aplastar todas las revueltas de Europa del Este, en la RDA (1953), en Hungría (1956) y en Checoslovaquia (1968). La acción humanitaria no pudo deslizarse más que entre las fisuras e intermitencias de la Guerra Fría.

Que hayamos vuelto, a propósito de Siria, a una situación de bloqueo recíproco significa que hemos entrado, sin tener conciencia de ello, en una suerte de guerra fría rampante. Aunque Rusia haya perdido su soberbia de antaño, su alianza táctica con China le permite equilibrar el poderío occidental. Hay que denunciar sin descanso esta santa alianza de déspotas y asesinos que es el estadio supremo del socialismo estalinista. Pero sin ilusiones a corto plazo: no habrá intervención militar en Siria porque Putin no lo quiere.

No deberíamos olvidar tampoco los efectos perversos de la acción humanitaria cuando no es más que una acción de comando y no puede apoyarse sobre un movimiento profundo en el seno de las poblaciones que se beneficiarían de ella. Cuando los jefes rebeldes libios, apenas desembarazados de Gadafi, no tuvieron nada más apremiante que anunciar que la restauración de la sharia, aunque fuera flexibilizada en sus aplicación, algo se rompió. Cuando la democracia y la libertad parecen contradecirse y los progresos de la primera parecen restringir el campo de la segunda, lo más urgente es reflexionar. Sobre lo que sucede en Túnez, con ese formidable paso atrás de la condición femenina; lo que pasa en Egipto, esa formidable amenaza que pesa sobre la seguridad de los coptos cristianos; lo que ha pasado ya en Irak a propósito de las minorías cristianas, bien tratadas por Sadam y hoy en vías de desaparición; lo que podría ser mañana el turno de esas minorías en Siria; todo eso significa que si las dictaduras “laicas” de antaño entraban en el orden de lo intolerable, la consolidación de los islamistas, aprovechando las revoluciones árabes, supone ciertamente la instalación de la intolerancia.    

Henos aquí, en nuestra viva esperanza de ver instaurarse un orden internacional más justo, reducidos a una mayor modestia. Más necesaria que nunca, la acción humanitaria no puede esperar apoyarse, en el estado actual de cosas, en la intervención militar para avanzar más rápido: en la conquista de la libertad, el cañón no supone un atajo. No más que la revolución, sea soviética, maoísta o árabe, en el aprendizaje de la democracia. “Natura non facit saltus”, dice Leibniz: la naturaleza no da saltos, no se salta etapas. Pues bien, la política, tampoco.     

Jacques Juilliard (1933) es un veterano intelectual y periodista de la izquierda francesa históricamente cercano a diversas corrientes socialistas y del catolicismo social, antiguo responsable sindical, ensayista autor de obras sobras numerosos intelectuales y políticos, de Pascal a Clemenceau, historiador especializado en el anarco-sindicalismo y destacado articulista del Nouvel Observateur entre 1970 y 2010, fecha en que lo abandonó para convertirse en editorialista del semanario francés Marianne, apelando a una “socialdemocracia de combate” y en contra de una “socialdemocracia como línea de repliegue de la burguesía de negocios”.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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