miércoles, 29 de febrero de 2012

Kabul en el filo de la navaja

 

M K Bhadrakumar

Asia Times Online

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

El asesinato el sábado en Kabul de dos altos oficiales militares estadounidenses –un coronel y un mayor– que servían en la OTAN, provocará un cambio de paradigma en la seguridad regional. Afganistán sigue siendo la principal “zona candente” de EE.UU., eclipsando a Siria e Irán.

Si el presidente Barack Obama pensaba que llegó el momento de que los militares de EE.UU. “pivoteen” hacia Asia-Pacífico, ha sido un pensamiento ilusorio. Los talibanes siguen teniendo mucho que decir en la próxima campaña presidencial de Obama; la estrategia de las conversaciones de paz con los talibanes tendrá que reconsiderarse de cerca.

Las perspectivas del establecimiento de bases militares de EE.UU. en Afganistán parecen muy dudosas ante el trasfondo del tsunami de sentimiento antiestadounidense que se apodera de Afganistán. Y en términos inmediatos, ¿qué pasa con la retirada de las tropas de EE.UU.?

El embajador de EE.UU. en Kabul, Ryan Crocker, respondió rápidamente en una entrevista del domingo en CNN: “Las tensiones aquí aumentan. Pienso que es necesario que dejemos que las cosas se calmen, vuelvan a una atmósfera más normal, y luego continuemos el trabajo”.

A los diplomáticos se les paga para que suenen optimistas. Pero entonces, ¿cuán seguros estamos de que las cosas se vayan a “calmar”. Y lo que es más importante, ¿hasta cuándo durará la calma del cementerio, hasta que se realice el próximo funeral?

Crocker agregó: “No es el momento de decidir lo que estamos haciendo aquí. Tenemos que redoblar nuestros esfuerzos. Tenemos que crear una situación en la que al Qaida no vuelva. Si decidimos que estamos cansados, al Qaida y los talibanes ciertamente no lo están”. ¡Um! Ahora sabemos que Crocker estaba hablando al público estadounidense.

Obama se equivocó cuando abandonó Afganistán en manos del Departamento de Estado y del difunto Richard Holbrooke y sus compinches. Evidentemente, su “disculpa” por la quema de Coranes por soldados estadounidense no impresionó a los afganos. Más de 30 personas han muerto en la violencia, incluida media docena de soldados estadounidenses. Por lo menos seis entrenadores militares estadounidenses han resultado heridos.

Atacaron el consulado de EE.UU. en la ciudad occidental de Herat, que está dominada por tayikos. Atacaron bases estadounidenses, francesas y noruegas, incluso en una región relativamente calma como la provincia Samangan en el norte. Los manifestantes atacaron la oficina de las Naciones Unidas en la ciudad norteña de Kunduz, que tiene una población mixta de pastunes, uzbekos y tayikos. Ninguna región de Afganistán se puede considerar segura; ni siquiera la ciudad de Talokan, dominada por tayikos, cerca de las montañas de Badakhshan en el este.

Se presenta una cantidad de problemas políticos. El máximo comandante de EE.UU., el general John Allen, amenazó con que los asesinatos del sábado, que "fueron la acción de un cobarde, no qudarán impunes”. Pero no es ni aquí ni allá, y está hecho primordialmente para el consumo de los soldados de la OTAN. Washington tiene que seguir una línea delicada entre la acción violenta pero sin reaccionar de forma exagerada.

Muerte por la religión

Por otra parte, el precandidato presidencial republicano Newt Gingrich se burló de Obama por haber presentado tan rápidamente una “disculpa” por el incidente de la quema de Coranes y por ignorar la matanza al azar de estadounidenses por parte de elementos renegados del ejército afgano. Los soldados estadounidenses también tenían que estar controlados para no dejarse tentar por “matanzas vengativas”.

Allen se apresuró a ir personalmente a una base avanzada estadounidense en la provincia Nangarhar para calmar a los soldados. Todavía no hemos llegado a la escena de la cinta épica sobre la Guerra de Vietnam, Apocalypse Now de Francis Ford Coppola. Pero casi podemos oír la Cabalgata de las Valquirias a través de los los altavoces del helicóptero estadounidense.

Significativamente, el presidente afgano Hamid Karzai esperó hasta el domingo antes de romper su silencio y pedir calma. Esperó sabiamente a que terminaran las protestas. Finalmente, Karzai dijo en una conferencia de prensa que las protestas mostraron que el pueblo afgano está dispuesto a morir por su religión. Llamó al castigo de los soldados estadounidenses que quemaron el Corán y prometió discutirlo con Obama.

Obama telefoneó a Allen después de los asesinatos del sábado, pero no llamó a Karzai. Este también dejó que el ministro de Defensa, Abdul Wardak, llamara a su homólogo estadounidense Leon Panetta y lo manejara como un asunto entre militares. El Pentágono ha cancelado las consultas de Wardak con Panetta en Washington el jueves.

Washington parece pensar que Karzai debería haber actuado antes para calmar las protestas. La secretaria de Estado de EE.UU. Hillary Clinton exigió el sábado que las protestas “se detengan”. Sin duda, las muertes del sábado por la tarde complican aún más la volátil relación entre Washington y Kabul.

Va a haber dudas penetrantes en la mente estadounidense sobre el soldado afgano. Un afgano armado en una base militar se convierte en un asesino suicida potencial. Un alto general afgano dijo a la BBC : “El virus de la infiltración se ha propagado como un cáncer y requiere una operación. Las curas no han bastado”. Todo el proyecto de “construcción de capacidad” de la seguridad afgana está desprestigiado.

No será fácil lograr una relación de trabajo normal entre las fuerzas estadounidenses y afganas. Lo que significa que la "oleada" del Pentágono, la estrategia de seguimiento de la retirada de tropas y de entrega de la responsabilidad por la seguridad a las fuerzas y el fin de la misión de combate de la OTAN hasta 2014, todo está arruinado.

Washington y Londres decidieron casi instantáneamente el retiro de sus consejeros y asesores enviados a los ministerios y establecimientos del gobierno afgano. Pero el impasse significa la parálisis en el trabajo efectivo de coordinación en las actuales operaciones de seguridad, el apoyo técnico y la compartición de información, lo que solo profundizará la incertidumbre.

Los aliados de la OTAN también observan. Los alemanes cerraron sucintamente su base de Talowan en el noreste de Afganistán. Cada país miembro de la OTAN será llevado a explorar cómo minimizar el riesgo de que sus jóvenes hombres y mujeres perezcan en una guerra insensata. El presidente francés Nicolas Sarkozy ya amenazó una vez con irse y hubo que persuadirle para que cambiara de opinión. Un tiempo difícil espera a Obama mientras la OTAN se prepara para la cumbre de su 60 aniversario en Chicago en mayo.

Tiempo de irse

Obama tiene que tomar una gran decisión respecto a las conversaciones de paz con los talibanes, que han reivindicado abiertamente la matanza de Kabul. Obama lanzó a sus “expertos afganos” del equipo del difunto Holbrooke para que golpeen cada puerta y miren detrás de cada arbusto, a la busca de emisarios talibanes a los que podría incluirse de alguna forma en conversaciones de paz. La brillante acuñación de Clinton –“Combate, habla, construye”– lo dice todo.

Los talibanes han asimilado cordialmente el plan Clinton, al parecer, mucho mejor de lo que podían imaginar los estadounidenses. Su portavoz Mullah Qari Mohammed Yousef Ahmadi reveló esta semana en una entrevista en el periódico saudí Asharq al-Awsat la interesante posibilidad de que los talibanes están considerando la apertura de más “oficinas políticas”, después de la de Catar, en respuesta a invitaciones recibidas de Arabia Saudí, Libia, Turquía, Egipto y “otros sitios”. Cuantas más mejor.

¿Adónde conduce todo esto? En retrospectiva, la participación unilateral de EE.UU. en el proceso de reconciliación afgano fue un error. El papel de EE.UU. debería haberse limitado a ayudar en las negociaciones entre afganos.

Sin embargo, esperad un momento. ¿Lo hicieron realmente los talibanes? El coronel y el mayor fueron asesinados a quemarropa por disparos en la nuca en su lugar de trabajo en uno de los complejos más aislados y protegidos de todo Afganistán. La habitación tenía cámaras de televisión de circuito cerrado y cerraduras especiales.

El asesino tenía obviamente el mayor grado de aprobación de seguridad para ingresar a ese recinto. El portavoz de la Fuerza Internacional de Ayuda a la Seguridad, el general Carsten Jacobsen, dijo: “Las preguntas son cómo pudo entrar [el atacante] en esa zona tan segura del Ministerio del Interior. Qué le motivo para cometer el crimen de matar a gente a sangre fría".

El Ministerio del Interior está dirigido por Bismillah Khan, que proviene de Panjshir. Era partidario incondicional de la antigua Alianza del Norte, con impecables credenciales antitalibanes. Y el ministerio está repleto de “Panjshiríes” (tayikos) que se oponen implacablemente a los talibanes.

Significativamente, Karzai se niega a apuntar a los talibanes o a Pakistán. “No sabemos quién ha hecho esto, y si es afgano o extranjero”, dijo enigmáticamente el domingo, a pesar del propio descubrimiento instantáneo del Ministerio del Interior de que el asesinato fue cometido por un conductor de 25 años llamado Abdul Saboor que procede del Valle Salaang y se evadió.

Abdul Saboor es un nombre tayiko común. Salaang se encuentra cerca del Valle Panjshir. Es un hecho que muchos grupos de la Alianza del Norte también se sienten disgustados actualmente con el modo estadounidense de hacer la paz.

Basta decir que los torpes métodos estadounidenses del año pasado de tomar contacto directamente (y en secreto) con los talibanes exacerbaron la fragmentación política dentro de Afganistán. Incluso el vicepresidente Karim Khalili, que ha trabajado bien con los estadounidenses todo el tiempo, sonó impaciente el domingo: “El proceso [de paz] puede conducir al éxito si se lleva de un modo transparente para que los afganos puedan confiar en el proceso”.

Sin duda, el suelo bajo los pies de los estadounidenses en el Hindu Kush cambia peligrosamente. Los británicos tampoco estaban preparados para la insurrección de Kabul de noviembre de 1841. No comprendieron la mportancia de que la turba rodease la villa de Sir Alexander Burnes en Kabul. El diplomático trató de ofrecer dinero a la multitud, pero ésta invadió la residencia y mató a Burnes y a su hermano.

Los británicos acabaron comprendiendo que era hora de abandonar Afganistán cuando rodearon su acuartelamiento en Kabul un mes después. Para entonces incluso una retirada en orden se hizo problemática.

El embajador M. K. Bhadrakumar fue diplomático de carrera del Servicio Exterior de la India. Ejerció sus funciones en la extinta Unión Soviética, Corea del Sur, Sri Lanka, Alemania, Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Kuwait y Turquía.

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Fuente: http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/NB28Df02.html

miércoles, 22 de febrero de 2012

INGLATERRA AÚN ES IMPERIO


PORT STANLEY


18--2012

Malvinas

Una guerra contra la decadencia del imperio británico

Eric J. Hobsbawm

El Puercoespín

Este artículo es una versión editada de una charla ofrecida en el programa de 'Izquierda en Movimiento' organizado por la revista Marxism Today meses después de la guerra. Fue publicado en enero de 1983 bajo el título: “Falklands fallout” (Consecuencias de las Falklands). Por supuesto, Hobsbawm se refiere a lo que los argentinos llaman Islas Mavinas como Islas Falklands, denominación utilizada en su país, Gran Bretaña.

Se ha hablado más de las Falklands que de ninguna otra cuestión reciente de la política británica o internacional y más gente ha perdido la chaveta por esto que por cualquier otra cosa. No quiero decir la gran mayoría de la gente, cuya reacción fue, con toda probabilidad, seguramente menos apasionada o histérica que la de aquellos cuya profesión es escribir y formular opiniones.

Quiero decir muy poco, de hecho, sobre los orígenes de la guerra de las Falklands porque esa guerra tiene, en verdad, muy poco que ver con las Falklands. Difícilmente alguien sabía algo de las Falklands. Supongo que la cantidad de gente de este país que tenía vínculos personales de algún tipo con las Falklands, o siquiera conocía a alguien que había estado allí, es minima. Los 1680 nativos de esas islas fueron casi los únicos que tenían un interés urgente en las Falklands, aparte, por supuesto, de la Falkland Island Company, que posee una buena porción de ellas, los ornitólogos y el Scott Polar Research Institute, dado que las islas son la base de todas las investigaciones en la Antártida. Nunca fueron muy importantes o, al menos, no lo han sido desde la I Guerra Mundial o quizás apenas al principio de la II Guerra Mundial.

Eran tan insignificantes y tan fuera del centro de interés que el parlamento dejó que el asunto fuera manejado por alrededor de una docena de miembros, el lobby de las Falklands, que era un amontonamiento muy, muy mezclado políticamente. Se les permitió frustrar todos los no muy urgentes esfuerzos del Foreign Office para arreglar el problema del futuro de las islas. Dado que el gobierno y todo el mundo carecían de interés en las Falklands, el hecho de que fueran de urgente interés en la Argentina, y hasta cierto punto en América Latina como un todo, fue pasado por alto. Estaban muy lejos, en verdad, de ser insignificantes para los argentinos. Eran un símbolo del nacionalismo argentino, especialmente desde Perón. Nosotros podíamos posponer el problema de las Falklands para siempre, o creíamos que podíamos, pero no los argentinos.

Ahora bien, no estoy emitiendo un juicio sobre la validez de la reivindicación argentina. Como muchas reivindicaciones nacionalistas similares, no resiste demasiada investigación. Está basado esencialmente en lo que uno podría llamar “geografía de escuela secundaria” –todo aquello que pertenece a la plataforma continental debería pertenecer al país más cercano–, pese al hecho de que ningún argentino ha vivido allí. No obstante, estamos obligados a decir que la reivindicación argentina es casi con certeza más fuerte que la británica y ha sido considerada como tal internacionalmente. Los norteamericanos, por ejemplo, nunca aceptaron la reivindicación británica, cuya justificación oficial cambió con el paso del tiempo. Pero el punto no es decidir qué reivindicación es más fuerte. El punto es que, para el gobierno británico, las Falklands estaban tan bajo como podían estar en su lista de prioridades. E ignoraba totalmente el punto de vista argentino y latinoamericano, que no era meramente el de la Junta (militar argentina) sino el de toda América Latina.

Como resultado, logró, al retirar el único barco de guerra, el Endurance, que siempre había estado allí como símbolo para indicar que no se podía tomar las Falklands, sugerir a la Junta argentina que el Reino Unido no se resistiría. Los generales argentinos, que eran palmariamente locos e ineficientes además de repugnantes, decidieron ir adelante con la invasión. Si no fuera por el mal manejo del gobierno británico, el gobierno argentino casi con certeza no habría decidido invadir. Calcularon mal y jamás deberían haber invadido, pero está perfectamente claro que el gobierno británico precipitó, en verdad, la situación, aunque no pretendiera hacerlo. Y así, el 3 de abril (de 1982), el pueblo británico descubrió que las Falklands habían sido invadidas y ocupadas. El gobierno debería haber sabido que era inminente una invasión, pero afirmó que no, o, en cualquier caso, si lo sabía no hizo nada al respecto. Esto, por supuesto, está siendo investigado actualmente por la Franks Commission.

Pero ¿cuál era la situación en Gran Bretaña cuando la guerra se desató y durante la guerra misma? Permítanme tratar de resumirlo muy brevemente. La primera cosa que ocurrió fue una casi universal indignación en un montón de personas, la idea de que uno no podía simplemente aceptarlo, de que había que hacer algo. Este era un sentimiento que se extendió hasta las bases sociales y era no político, en el sentido de que atravesaba todos los partidos y no estaba confinado a la derecha o la izquierda. Conozco mucha gente de la izquierda dentro del movimiento, incluso en la extrema izquierda, que tuvo la misma reacción que la de la derecha. Era una sensación general de indignación y humillación que fue expresada ese primer día en el parlamento cuando la presión para actuar vino, en realidad, no de (la primer ministra, Margaret) Thatcher y el gobierno, sino de todos los lados, la ultraderecha de los conservadores, los liberales y los laboristas, con sólo muy raras excepciones. Este, creo, era el sentimiento público que se podía palpar. Cualquiera que tuviera alguna sensibilidad a estas vibraciones sabía que esto es lo que pasaba y cualquiera de la izquierda que no fuera consciente de ese sentimiento en la base y de que no era una invención de los medios, al menos no en esta etapa, sino un genuino sentimiento de indignación y humillación, debería seriamente reconsiderar su capacidad para analizar la política. Puede no ser un sentimiento particularmente deseable, pero afirmar que no existió es carecer de realismo.

Ahora, bien, este brote nada tenía que ver con las Falklands en sí. Hemos visto que las Falklands eran simplemente un territorio remoto cubierto por la neblina fuera del Cabo de Hornos, acerca del cual no sabíamos nada y nos interesaba menos. Tenía todo que ver, cambio, con la historia de este país desde 1945 y la visible aceleración de la crisis del capitalismo británico desde fines de los ’60 y en particular la caída de fines de los ’70 y principios de los ’80. Mientras el gran boom internacional del capitalismo occidental persistió en los ’50 y ’60, incluso la relativamente débil Gran Bretaña fue, hasta cierto punto, llevada hacia arriba por la corriente que empujaba a otras economías capitalistas hacia adelante más rápidamente. Las cosas se estaban poniendo claramente mejor y no teníamos que preocuparnos demasiado, aunque había, obviamente, cierta nostalgia flotando en el aire.

Y, sin embargo, en cierto estadio se volvió evidente que la declinación y la crisis de la economía británica se hacían mucho más dramáticas. La depresión de los 70 intensificó esta sensación y, por supuesto, desde 1979 la depresión real, la desindustrialización del período Thatcher y el desempleo masivo, han subrayado la condición crítica de Gran Bretaña. Así que la reacción visceral que tanta gente sintió ante la noticia de que la Argentina había simplemente invadido y ocupado un pedacito de territorio británico podía haberse expresado con las siguientes palabras: “El nuestro es un país que ha ido barranca abajo por décadas, los extranjeros se han vuelto cada vez más ricos y avanzados que nosotros, todo el mundo nos mira con desprecio y acaso con lástima, ya no podemos siquiera vencer a los argentinos o a nadie al fútbol, todo anda mal en Gran Bretaña, nadie sabe realmente qué hacer al respecto y cómo arreglarlo. Pero ahora ha llegado al punto en que un montón de extranjeros piensan que pueden simplemente enviar unas tropas a territorio británico, ocuparlo y apropiárselo, y creen que los británicos están tan acabados que nadie va a hacer nada al respecto, nada va a ocurrir. Bueno, esta es la gota que rebalsó el vaso, hay que hacer algo. Por Dios, tendremos que mostrarles que no estamos para ser pisoteados”.

Una vez más, no estoy juzgando la validez de este punto de vista, pero creo que esto es, más o menos, lo que sintió en ese momento un montón de gente que no intentó formularlo en palabras.

Ahora bien, de hecho, nosotros, en la izquierda, siempre habíamos predicado que la pérdida del Imperio y la declinación general llevaría a alguna reacción dramática más temprano o más tarde en la política británica. No habíamos previsto esta reacción en particular, pero no hay dudas de que esta fue una reacción a la decadencia del Imperio Británico tal y como había sido predicho durante tanto tiempo.

Y es por eso que tuvo tan amplio respaldo. En si mismo, no fue mero patrioterismo. Pero, aunque este sentimiento de humillación nacional fue más allá del simple patrioterismo, fue fácilmente capturado por la derecha y controlado por lo que creo fue, políticamente, una muy brillante operación de Mrs. Thatcher y los thatcherianos. Déjenme citar su clásica declaración sobre lo que pensaba que probaba la guerra de las Falklands: “Cuando comenzamos, estaban los dubitativos y los débiles, la gente que creía que ya no podíamos hacer las grandes cosas que hicimos alguna vez, aquellos que creían que nuestra decadencia era irreversible, que no podríamos jamás ser lo que fuimos, que Gran Bretaña no era más la nación que había construido un imperio y gobernado un cuarto del mundo. Bien, estaban equivocados” (Comunicado de prensa de julio de 1982, después del fin de la guerra).

De hecho la guerra fue puramente simbólica, no probó nada de esto. Pero aquí pueden ver la combinación de alguien capturando ciertas vibraciones populares y volviéndolas hacia la derecha (vacilo, pero apenas, en decir hacia el semifascismo). Es por eso que, desde el punto de vista de la derecha, era esencial no sólo sacar a los argentinos de las Falklands, lo que era perfectamente lograble mediante una demostración de fuerza más una negociación, sino librar una guerra dramática y victoriosa. Es por eso que la guerra fue provocada por el lado británico, fuera cual fuese la actitud argentina. Hay pocas dudas de que los argentinos, tan pronto como descubrieron que esta era la actitud británica, buscaron una salida de lo que era una situación intolerable. Thatcher no estaba dispuesta a dejarlos, porque todo el objetivo de esta operación no era arreglar la cuestión sino probar que Gran Bretaña todavía era grande, aunque sólo fuera de modo simbólico. En virtualmente todas las etapas, la política del gobierno británico dentro y fuera de las Naciones Unidas fue de total intransigencia. No estoy diciendo que la Junta hiciera fácil llegar a un acuerdo, pero creo que los historiadores concluirán que una retirada negociada de los argentinos ciertamente no estaba fuera de discusión. No se intentó seriamente.

Esta política provocativa tenía una doble ventaja. Internacionalmente, dio a Gran Bretaña la chance de demostrar su equipamiento, su determinación y su poder militar. A nivel doméstico, permitió a los thatcherianos robar la iniciativa a otras fuerzas políticas, dentro y fuera del Partido Conservador. Les permitió una suerte de toma no sólo del campo conservador, sino de un gran espacio de la política británica. De modo curioso, el paralelo más cercano a la política thatcheriana durante la guerra de las Falklands es la política peronista que, por otro lado, había lanzado primero a las Falklands al centro de la política argentina. Perón, como Mrs. Thatcher y su pequeño grupo, trató de hablar a las masas por los medios de comunicación pasando por encima del establishment. En nuestro caso, esto incluía al establishment conservador así como a la oposición. Ella insistió en conducir su propia guerra. No fue una guerra conducida por el parlamento. No fue siquiera conducida por el gabinete; fue una guerra conducida por Mrs. Thatcher y un pequeño Gabinete de Guerra, que incluía al presidente del Partido Conservador. Al mismo tiempo, estableció relaciones laterales directas, que espera que no tengan efectos políticos duraderos, con los militares. Y es esta combinación de apelación demagógica directa a las masas, sobrepasando los procesos políticos y al establishment, y el forjar contacto lateral directo con los militares y la burocracia de la defensa, lo que es característico de la guerra.

N los costos ni los objetivos importaban, menos que todo, por supuesto, las Falklands, excepto como prueba simbólica de la virilidad británica, algo que pudiera ser colocado en un titular. Fue el tipo de guerra que existió para que hubiera desfiles victoriosos. Es por eso que todos los recursos simbólicamente poderosos de la guerra y el Imperio fueron movilizados en una escala de miniatura. El rol de la Armada era fundamental, de todos modos, pero la opinión pública, tradicionalmente, ha invertido mucho capital emocional en él. Las fuerzas enviadas a las Falklands eran un minimuseo de todo aquello que podía dar a la Union Jack una resonancia particular –los Guardias, los nuevos hombres fuertes de la tecnología, la SAS, los paras; todos estuvieron representados, hasta esos pequeños viejos gurkhas. No necesariamente se los precisaba, pero había que tenerlos justamente porque esta era, como fue, una recreación de algo así como los viejos durbars imperiales (NdT: grandes ceremonias para demostrar adhesión al Imperio Británico que se realizaban en la India mientras se halló bajo control colonial) o las procesiones fúnebres o la coronación de los soberanos británicos.

No podemos, en esta instancia, citar la famosa frase de Karl Marx de la historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa, porque ninguna guerra es una farsa. Aún una pequeña guerra en la que murieron 250 británicos y 2.000 argentinos no es algo para hacer bromas. Pero, para los extranjeros que no comprendían el rol crucial de la guerra de las Falklands en la política doméstica británica, esta ciertamente parecía un ejercicio absolutamente incomprensible. Le Monde, en Francia, la llamó Clochemerle del Atlánico Sur. Puede que recuerden la famosa novela en la que la derecha y la izquierda de un pequeño pueblo francés llega a grandes enfrentamientos por la cuestión de dónde ubicar un baño público (NdT: Clochemerle, de Gabriel Chevallier, fue publicada en 1934). La mayoría de los europeos no podía entender a qué venía todo este lío. Lo que no apreciaban era que todo el asunto no se refería a las Falklands, para nada, ni al derecho de autodeterminación. Era una operación referida a la política británica y al humor político británico.

Dicho esto, déjenme decir muy firmemente que la alternativa no era hacer nada o la guerra de Thatcher. Creo que era absolutamente imposible en términos políticos en esta coyuntura, para cualquier gobierno británico, hacer nada. Las alternativas no eran aceptar simplemente la ocupación argentina pasándole el fardo a las Naciones Unidas, que habría adoptado resoluciones vacías o, por el otro lado, como pretendía Thatcher, la réplica de la victoria de Kitchener sobre los sudaneses en Omdurman. La línea pacifista era una minoría pequeña y aislada, si bien una minoría con una tradición respetable en el movimiento obrero. Esa línea, políticamente, no estaba en el juego. La misma debilidad de las manifestaciones que se organizaron en ese momento lo demostró. La gente que decía que la guerra carecía de sentido y que nunca debió haber comenzado, probó que tenía razón en sentido abstracto, pero no se benefició de ello políticamente y no es probablemente que lo haga.

El siguiente punto a señalar es más positivo. La captura de la guerra por Thatcher con la ayuda de(l diario) The Sun produjo una profunda división en la opinión pública, pero no una división política que siguiera la demarcación de los partidos. En términos generales, dividió al 80 por ciento que fue conmovido por una suerte de reacción patriótica instintiva y que, en consecuencia, se identificó con el esfuerzo de la guerra, aunque probablemente no del modo estridente en que lo hicieron los titulares del Sun, de la minoría que reconocía que, en términos de la política global realmente en juego, lo que Thatcher estaba haciendo no tenía sentido alguno. Esa minoría incluía a gente de todos los partidos y de ninguno, y muchos que no estaban en contra, per se, de enviar una Task Force. Dudo en decir que fue una división de los educados contra los no educados; aunque es un hecho que los principales bastiones contra el thatcherismo se hallaron en la prensa de calidad, más, por supuesto, el Morning Star (NdT: Periódico del Partido Comunista británico). El Financial Times, el Guardian y el Observer mantuvieron un firme tono de escepticismo respecto de todo el asunto. Creo que se puede decir que casi todo periodista político del país, esto va desde los conservadores hasta la izquierda, pensó que todo el asunto era loco. Esos eran los “débiles” contra los que despotricaba Mrs. Thatcher. El hecho de que hubo una cierta polarización pero que la oposición, aunque siguió siendo más bien una pequeña minoría, no se debilitó, aún en el curso de una guerra y, en términos técnicos, brillantemente exitosa, guerra, es significativo.

No obstante, la guerra fue ganada, por fortuna para Mrs. Thatcher, muy rápido y con un costo modesto en vidas británicas, y con ello vino una inmediata y vasta ganancia en popularidad. En consecuencia, el control de Thatcher y de los thatcherianos, de la ultraderecha, sobre el Partido Conservador aumentó enormemente de forma incuestionable. Mrs. Thatcher, mientras tanto, estaba en la nube de Úbeda y se imaginaba como la reencarnación del Duque de Wellington, pero sin ese realismo irlandés que el Duque de Hierro jamás perdió, y de Winston Churchill pero sin los cigarros y, al menos uno espera, sin el brandy.

Ahora déjenme tratar los efectos de la guerra. Debo mencionar aquí, apenas brevemente, los efectos de corto plazo, esto es entre ahora y la elección general.

El primero probablemente concernirá al debate sobre de quién es la culpa. La Franks Commission está indagando, en estos momentos, precisamente esto. Es seguro que el gobierno, incluída Mrs. Thatcher, saldrán mal parados, como merecen (NdT: La Franks Commision señaló varios errores en la política británica antes y durante la guerra, pero en última instancia absolvió al gobierno y a su primer ministra. Como conclusión, afirmó: “No tendríamos justificación para adjuntar crítica o culpa alguna al presente gobierno por la decisión de la Junta argentina de cometer su acto de agresión no provocado con la invasión de las Islas Falklands el 2 de abril de1982”. El informe fue señalado luego por la prensa como ejemplo de un “lavado de culpas”).

La segunda cuestión es el costo de la operación y el subsiguiente y continuo costo de mantener una presencia británica en las Falklands. La declaración oficial es que será de unos 700 millones de libras hasta ahora, pero mi propia estimación es que casi con certeza equivaldrá a miles de millones. La contabilidad es, como bien se sabe, una de las formas de la escritura creativa, así que cómo calcula uno el costo de una operación particular de este tipo es opcional, pero, lo que sea que fuere, resultará muy, muy caro. Seguramente la izquierda presionará sobre esta cuestión, y debería hacerlo. Sin embargo, desafortunadamente, las sumas son tan grandes que carecen de significado para la mayoría de la gente. Así que mientras las cifras serán citadas a menudo en el debate político, sospecho que esta cuestión no será muy prominente o muy efectiva en términos políticos.

La tercera cuestión es el peso de las Falklands en la política de guerra Británica, o la política de defensa, como ahora le gusta llamarla a todo el mundo. La guerra de las Falklands ciertamente intensificará la salvaje lucha intestina entre almirantes, brigadieres, generales y el Ministerio de Defensa, que ya ha producido la primera baja post-Falklands, el propio ministro, Nott. Hay muy pocas dudas de que los almirantes utilizaron el asunto de las Falklands para probar que una gran armada, capaz de operar en todo el planeta, era absolutamente esencial para Gran Bretaña –mientras todos los demás saben que no podemos costearla y, aún más, no vale la pena mantener una armada de ese tamaño para aprovisionar a Port Stanley. Estas discusiones ciertamente plantearán la cuestión de si Gran Bretaña puede costear una armada global y misiles Trident, y cuál, exactamente, es el rol y la importancia de un armamento nuclear independiente de Gran Bretaña. Así que, en esa medida, pueden jugar un papel en el desarrollo de la campaña para el desarme nuclear que no debería ser subestimado.

Luego, el futuro de las propias Islas Falklands. Esto, una vez más, es probable que sea de poco interés general, dado que las Islas dejarán de ser, de nuevo, de serio interés para la mayoría de los británicos. Pero será un enorme dolor de cabeza para los funcionarios, para el Foreign Office y para todos los involucrados, porque no tenemos política alguna para el futuro. No era el objetivo de la guerra resolver los problemas de las Islas Falklands. Estamos, simplemente, de regreso en la casilla inicial, o más bien más atrás, a la casilla menos uno, y algo habrá que hacer, más temprano o más tarde, para encontrar una solución permanente a este problema a menos que los gobiernos británicos estén contentos simplemente con mantener un enormemente caro compromiso que continuará por siempre, sin propósito alguno, allí abajo, cerca del Polo Sur.

Finalmente, permítanme tratar la más seria cuestión de los efectos de largo plazo. La guerra demostrá la fuerza y el potencial político del patriotismo, en este caso en su forma patriotera. Esto no debería, quizás, sorprendernos, pero los marxistas no han hallado fácil lidiar con el patriotismo de la clase obrera en general y con el patriotismo inglés o británico en particular. Británico, aquí, significa el lugar donde el patriotismo de los pueblos no ingleses viene a coincidir con el de los ingleses; donde no coincide, como es, a veces, en el caso de Escocia y Gales, los marxistas han estado más conscientes sobre la importancia del sentimiento nacionalista o patriótico. Incidentalmente, sospecho que mientras que los escoceses se sienten más bien británicos respecto de las Falklands, los galeses no. El único partido parlamentario que, como partido, se opuso a la guerra desde el comienzo fue el Plaid Cymru y, por supuesto, en tanto que de galeses se trata, “nuestros muchachos” y “nuestra sangre” no están en las Falklands sino en la Argentina. Son los galeses patagónicos que envían una delegación cada año al National Eistedfodd a fin de demostrar que uno puede vivir incluso en el otro extremo del planeta y ser galés. Así que, en lo que concierne a los galeses, la reacción, la apelación thatcheriana por las Falklands, el argumento de “nuestra sangre”, probablemente cayeron en saco roto.

Ahora bien, hay varias razones por las que a la izquierda y en particular a la izquierda marxista no le ha gustado realmente lidiar con la cuestión del patriotismo en este país. Hay una específica concepción histórica del internacionalismo que tiende a excluir el patriotismo nacional. Debemos, también, tener presente que la fortaleza de la tradición progresista/radical pacifista y contra la guerra, que es muy fuerte y que ciertamente ha penetrado, hasta cierto punto, en el movimiento trabajador. De allí que haya la sensación de que el patriotismo de algún modo entra en conflicto con la conciencia de clase, como en verdad hace a menudo, y que la clase gobernante y hegemónica tiene una enorme ventaja al movilizarla para sus propósitos, lo que también es verdad.

Quizás también está el hecho de que algunos de los más dramáticos y decisivos avances de la izquierda en este siglo fueron alcanzados en la lucha contra la I Guerra Mundial y que fueron alcanzados por una clase obrera que se sacudió el yugo del patriotismo y del patrioterismo y decidió optar por la lucha de clases; seguir a Lenin volviendo su hostilidad contra sus propios opresores en lugar de contra países extranjeros. Después de todo, lo que destruyó la Internacional Socialista en 1914 fue precisamente el fracaso de los trabajadores en hacer esto. Lo que, en un sentido, restauró el alma del movimiento obrero internacional fue que, después de 1917, en todos los países beligerantes los trabajadores se unieron para luchar contra la guerra, por la paz y por la Revolución Rusa.

Estas son algunas de las razones por las que los marxistas quizás fallan en prestar debida atención al problema del patriotismo. Así que déjenme sólo recordarles como historiadores que el patriotismo no puede ser desatendido. La clase obrera británica tiene una larga tradición de patriotismo que no siempre fue considera incompatible con una fuerte y militante conciencia de clase. En la historia del cartismo y de los grandes movimientos radicales de principios del siglo XIX, tenemos a remarcar la conciencia de clase. Pero cuando en 1860 uno de los pocos trabajadores británicos que escribieron acerca de la clase obrera, Thomas Wright, el “ingeniero jornalero”, escribió una guía sobre la clase obrera británica para lectores de clase media, porque a algunos de estos trabajadores se les iba a dar el voto, ofreció un interesante esbozo de las varias generaciones de trabajadores que había conocido como hábil ingeniero. Cuando llegó a la generación cartista, gente que había nacido a principios del siglo XIX, notó que odiaban todo lo que tenía que ver con las clases altas, y que no confiaban en ellas ni una pulgada. Rehusaban tener nada que ver con lo que llamaban la clase enemiga. Al mismo tiempo, observó que eran fuertemente patrióticos, fuertemente antiextranjeros y particularmente antifranceses. Eran gentes cuya infancia había ocurrido durante las guerras napoleónicas. Los historiadores tienden a subrayar el elemento jacobino en el movimiento obrero británico durante esas guerras y no el elemento antifrancés, que también tenía raíces populares. Digo, simplemente, que uno no puede borrar el patriotismo del escenario ni siquiera de los más radicales períodos de la clase obrera inglesa.

A todo lo largo del siglo XIX, hubo una muy general admiración por la Armada como institución popular, mucho más que el Ejército. Pueden verlo todavía en todas las casas públicas que llevan el nombre de Lord Nelson, una figura genuinamente popular. La Armada y nuestros marineros eran cosas de las que los británicos, y ciertamente el pueblo inglés, se enorgullecían. Incidentalmente, una buena parte del radicalismo del siglo XIX fue construido sobre la apelación no sólo a los trabajadores y otros civiles, sino a los soldados. Reynold’s News y otros periódicos radicales de esos días eran muy leídos por las tropas porque se ocupaban sistemáticamente de los descontentos entre los soldados profesionales. No sé cuándo esto en particular dejó de ocurrir, aunque en la II Guerra Mundial el Daily Mirror logró una vasta circulación en el Ejército precisamente por la misma razón. Tanto la tradición jacobina y la tradición mayoritaria antifrancesa son, así, parte de la historia de la clase obrera inglesa aunque los historiadores del movimiento obrero han subrayado una y minimizado la otra.

De nuevo, en el comienzo de la I Guerra Mundial, el patriotismo masivo de la clase obrera era absolutamente genuino. No era algo que fuera sólo manufacturado por los medios. No excluía el respeto por la minoría dentro del movimiento obrero que no lo compartía. Los elementos contra la guerra y los pacifistas dentro del movimiento obrero no fueron marginados por los trabajadores organizados. En este aspecto, hubo una gran diferencia entre la actitud de los trabajadores y la de los pequeños burgueses patrioteros. No obstante, permanece el hecho de que el mayor reclutamiento masivo voluntario del Ejército en toda la historia fue el de los trabajadores británicos que se enlistaron en 1914-1915. Las minas hubieran quedado vacías si no hubiera sido porque el gobierno eventualmente reconoció que si no tenía algunos mineros en las minas no tendría carbón. Después de un par de años, muchos trabajadores cambiaron de idea respecto de la guerra, ese brote inicial de patriotismo es algo que tenemos que recordar. No estoy justificando estas cosas, sólo señalando su existencia e indicando que al mirar la historia de la clase obrera británica y la realidad actual debemos lidiar con estos hechos, sea que nos gusten o no. Los peligros de este patriotismo siempre fueron y todavía son obvios, en no menor medida porque fue y es enormemente vulnerable al patrioterismo de la clase dominante, al nacionalismo antiextranjero y, por supuesto, en nuestros días, al racismo.

Estos peligros son particularmente grandes allí donde el patriotismo puede ser separado de otros sentimientos y aspiraciones de la clase obrera, o aún allí donde puede ser contrapuesto a ellos: donde el nacionalismo puede ser contrapuesto a la liberación social. La razón por la que nadie presta mucha atención al, digamos, patrioterismo de los cartistas es que estaba combinado con, y enmascarado por, una enorme y militante conciencia de clase. Es cuando ambas cosas son separadas –y pueden ser fácilmente separadas—que los peligros son particularmente obvios. Inversamente, cuando las dos van juntos, multiplican no sólo la fuerza de la clase obrera sino su capacidad de colocarse a la cabeza de una amplia coalición por el cambio social e incluso dan la posibilidad de arrancar la hegemonía a la clase enemiga.

Es por eso que en el período antifascista de los ’30, la Internacional Comunista lanzó un llamado a arrancar las tradiciones nacionales a la burguesía, a capturar las banderas nacionales por tanto tiempo ondeadas por la derecha. Así, la izquierda francesa trató de conquistar, capturar o recapturar la tricolor y a Juana de Arco y, hasta cierto punto, lo logró.

En este país no buscamos exactamente lo mismo, pero tuvimos éxito en algo más importante. Como la guerra antifascista demostró muy dramáticamente, la combinación de patriotismo en una genuina guerra popular probó ser un factor de radicalización política de un grado sin precedentes. En el momento de su máximo triunfo, el ancestro de Mrs. Thatcher, Winston Churchill, el incuestionado líder de una guerra victoriosa, y de una guerra victoriosa mucho más grande que la de las Falklands, se halló, para su enorme sorpresa, empujado a un lado porque la gente que había combatido esa guerra, y combatido patrióticamente, había sido radicalizada por ella. Y la combinación de un movimiento radicalizado de la clase obrera y un movimiento popular detrás de ella se demostró enormemente efectivo y poderoso.

Michael Foot (NdT: importante líder del Partido Laborista en el siglo XX) puede ser culpado de pensar demasiado en términos de recuerdos “churchillianos” –1940, Gran Bretaña alzándose sola, la guerra antifascista y todo lo demás, y obviamente estos ecos estaban allí en la reacción laborista a las Falklands. Pero no olvidemos que nuestros recuerdos “churchillianos” no son sólo de gloria patriótica –sino de la victoria contra la reacción, tanto en el exterior como en casa: del triunfo obrero y de la derrota de Churchill. Es difícil concebir esto en 1982, pero como historiador debo recordárselos. Es peligroso dejar el patriotismo exclusivamente a la derecha.

Actualmente, es muy difícil para la izquierda recapturar el patriotismo. Una de las más siniestras lecciones de las Falklads es la facilidad con la que los thatcherianos capturaron el brote patriótico que inicialmente no estaba, en sentido alguno, confinado a los conservadores, y mucho menos a los thatcherianos. Recordemos la facilidad con la que los no patrioteros podían ser etiquetados, si no directamente de antipatrióticos, al menos de “suaves con los argies”; la facilidad con la cual la Union Jack pudo ser movilizada contra los enemigos domésticos así como los extranjeros. Recuerden la fotografía de las tropas regresando en sus transportes, con una cartel que decía: “Terminen con la huelga ferroviaria o mandamos un ataque aéreo” (NdT: En inglés, es un juego de palabras entre strike como huelga y strike como ataque: ‘Call off the rail strike or we’ll call an air strike’). Aquí yace el significado de largo plazo de las Falklands en los asuntos políticos británicos.

Es una señal de un muy gran peligro. El patrioterismo hoy es particularmente fuerte porque actúa como una suerte de compensación de los sentimientos de decadencia, desmoralización e inferioridad, que la mayoría de la gente de este país siente, incluyendo a muchos trabajadores. Este sentimiento es intensificado por la crisis económica. Simbólicamente, el patrioterismo ayuda a la gene a sentir que Gran Bretaña no se está hundiendo sin más, que todavía puede hacer y lograr algo, puede ser tomada seriamente, puede, según dicen, ser “Gran” Bretaña. Es simbólico porque, de hecho, el patrioterismo thatcheriano no ha logrado nada en términos prácticos y no puede lograr nada. Rule Britannia se ha vuelto de nuevo, y creo que por primera vez desde 1914, algo así como el Himno Nacional. Valdría la pena estudiar un día por qué, hasta el período de las Falklands, Rule Britannia se había convertido en una pieza de arqueología musical y por qué ha dejado de serlo. En el mismo momento en que Gran Bretaña patentemente no gobierno ya las olas o un imperio, la canción ha resurgido y, sin dudas, tocado un nervio en la gente que la canta. No es sólo que hayamos ganado una pequeña guerra que tuvo pocas bajas, combatida allá a lo lejos contra extranjeros a los que ya no podemos vencer al fútbol, y que esto haya alegrado al pueblo, como si hubiéramos ganado el Mundial con armas. Pero ¿ha hecho algo más, a la larga? Es difícil advertir que haya logrado, o pueda lograr, algo más.

Y, sin embargo, hay un peligro. Siendo muchacho, viví algunos de los muy jóvenes y formativos años de la República de Weimar, con otro pueblo que se sentía derrotado, que había perdido sus viejas certezas y amarras, relegado en la liga internacional, compadecido por los extranjeros. Añadan depresión y desempleo masivo y lo que obtuvimos entonces fue Hitler. Ahora no nos tocará un fascismo del viejo tipo. Pero el peligro de una derecha populista, radical, que se mueve aún más a la derecha, es patente. Ese peligro es particularmente grande porque la izquierda hoy está dividida y desmoralizada y, más que nada, porque vastas masas de británicos, o en cualquier caso de ingleses, han perdido la esperanza y la confianza en los procesos políticos y en los políticos: cualquier político. La principal carta de triunfo de Mrs. Thatcher es que la gente dice que no es como un político. Hoy, con 3.500.000 de desempleados, 45% de los electores de Northfield, 65% de los electores de Peckham, no se molestan en votar. En Peckham, 41% del electorado votó por el Laborismo en 1974, 34% en 1979 y 19.1% hoy. No estoy hablando de votos emitididos, sino del electorado total en esos distritos.En Northfield, que se encuentra en el medio de la zona de devastación de la industria automotriz británica, 41% votó por el laborismo en 1974, 32% en 1979 y 20% hoy.

El principal peligro yace en la despolitización, que refleja una desilusión con la política nacida de una sensación de impotencia. Lo que vemos hoy no es un aumento sustancial en el apoyo a Thatcher o a los thatcherianos. El episodio de las Falklands puede haber hecho sentir mucho mejor a un montón de británicos temporariamente, aunque el “factor Falklands” es casi con certeza un capital que se reduce para los conservadores; pero no ha hecho mucha diferencia respecto de la desesperanza, la apatía y el derrotismo básicos de tantos en este país, el sentimiento de que no podemos hacer mucho respecto de nuestro destino. Si el gobierno parece retener el apoyo mejor de lo que podría esperase, es porque la gente (muy equivocadamente) no culpa a Thatcher por la miserable condición del país actual, sino, más o menos vagamente, a factores que están más allá de su control, o del de cualquier gobierno. Si el laborismo no ha recuperado suficiente apoyo hasta ahora –aunque puede hacerlo todavía—, no es sólo por sus divisiones internas, sino también, en gran medida, porque muchos trabajadores no tienen mucha fe en las promesas de ningún político de superar la depresión y la crisis de largo plazo de la economía británica. Así que ¿para qué votar por unos en lugar de otros? Demasiada gente está perdiendo la fe en la política, incluyendo su propio poder de hacer algo al respecto.

Pero supongan que aparezca un salvador en un caballo blanco. No parece probable, pero sólo supongamos que alguien apelara a las emociones, a hacer fluir la adrenalina movilizando contra los extranjeros en el exterior o en el interior del país, quizás mediante otra pequeña guerra, la cual podría en las presentes circunstancias encontrarse convertida en una gran guerra, la que, como bien sabemos, sería la última de las guerras. Es posible. No creo que ese salvador vaya a ser Thatcher, y en esa medida puedo terminar en un tono algo más optimista. La idea de la libre empresa, con la cual está comprometida, no es ganadora, como la propaganda fascista reconoció en los ‘30. No se puede ganar diciendo: “Dejen que los ricos se hagan más ricos y al cuerno con los pobres”. Las perspectivas de Thatcher son menos buenas que las de Hitler, porque tres años después de la llegada de éste al poder no quedaba mucho desempleo en Alemania, mientras que tres años después de la llegada de Thatcher al poder el desempleo es más alto que nunca antes y probablemente crecerá. Ella está silbando en la oscuridad. Todavía puede ser derrotada. Pero el patriotismo y el patrioterismo han sido utilizados una vez para cambiar la situación política en su favor y pueden ser utilizados de nuevo. Debemos estar alertas. Los gobiernos desesperados de la derecha intentan cualquier cosa.

Eric J. Hobsbawm es uno de los más grandes historiadores de la era moderna y uno de los intelectuales más destacados del último siglo. Nacido en Alejandría (Egipto) en 1917, se crió en Viena y Berlín, y emigró a Londres en 1933. En su vasta obra, universalmente reconocida por su calidad y brillantez, se destaca la serie dedicada al desarrollo de la modernidad y el capitalismo, del siglo XVIII a la actualidad: The Age of Revolution, The Age of Capital, The Age of Empire, The Age of Extremes ( La Era de la Revolución, La Era del Capialismo, La Era del Imperio, Historia del Siglo XX). En 2011, a los noventa y cuatro años, publicó “How to Change The World” (Cómo cambiar el mundo, Marx y el marxismo, 1840-2011), una brillante y erudita colección de artículos sobre la obra de Karl Marx y el marxismo, cuya herencia aún reivindica.

domingo, 12 de febrero de 2012

PERSPECTIVAS NUEVAS PARA LA IZQUIERDA



BOAVENTURA DE SOUSA SANTOS


12-02-2012


Entrevista al académico portugués Boaventura de Sousa Santos
“El neoliberalismo facilitó el secuestro del derecho por las transnacionales, hasta el punto que la legalidad va a la par con la ilegalidad”
Fernando Arellano Ortiz
Cronicon.net
Si bien el sistema imperante en el mundo no tiene respuestas a los requerimientos sociales, como consecuencia de la crueldad del neoliberalismo, las luchas y las protestas de movimientos como los Indignados y los Ocupa, llaman al “optimismo trágico”, afirma el científico social portugués Boaventura de Sousa Santos, quien explica que en medio de las múltiples dificultades están surgiendo alternativas sustentadas en lo que denomina sicología de las emergencias y en los nuevos procesos de producción y de valoración de conocimientos válidos, científicos y no científicos que recoge en su teoría de la Epistemología del Sur.
Los presupuestos de la Epistemología del Sur son la ecología de los saberes y la traducción intercultural que proyectan un pensamiento alternativo basándose en experiencias prácticas, en luchas sociales y en trabajos de campo en diversos rincones del mundo.
La ecología de los saberes lo explica De Sousa Santos tanto en sus textos como en sus conferencias es “el diálogo horizontal entre conocimientos diversos, incluyendo el científico, pero también el campesino, el artístico, el indígena, el popular y otros tantos que son descartados por la cuadrícula académica tradicional”. En tanto que la traducción intercultural es el procedimiento que posibilita crear entendimiento recíproco entre las diversas experiencias del mundo.
De esta manera, señala, se pueden asimilar otras concepciones de vida productiva distintas a las del capitalismo reproducidas por la ciencia económica convencional, como por ejemplo el “swadeshi”, estrategia formulada por el mahatma Gandhi que plantea la autosuficiencia económica y el autogobierno; o el “sumak kawsay”, el concepto indígena del buen vivir incorporado en las constituciones de Ecuador y Bolivia y que significa reconocer y aprender de las sabidurías de los pueblos originarios que en América Latina han estado ligadas a la naturaleza y su buen aprovechamiento. Estas experiencias productivas se asientan en la sustentabilidad, solidaridad y reciprocidad.
Al mismo tiempo, este sociólogo andariego e intelectual militante como se define, considera que buena parte del mundo, sobre todo Occidente, está entrando en un proceso postinstitucional por cuanto la política olvidó a los ciudadanos y ello se evidencia en su activa presencia en las calles y plazas que “aún no han sido colonizadas por las transnacionales”.
Plantea por ello la refundación del Estado, pero también de los partidos políticos, sobre todo de los de izquierda, para cambiar no solamente el modelo económico criminal que está acabando con el planeta, sino para organizar de una manera más humana la vida, elevando los niveles de participación democrática y respondiendo de manera satisfactoria los requerimientos y necesidades sociales. Es que, agrega, “los conceptos jurídicos y sociológicos
tradicionales o eurocéntricos son ahora muy débiles para enfrenta la realidad social actual”.
Caso patético es la consecuencia funesta generada por el neoliberalismo y su afán de ganancia desaforada al haber superado el ámbito jurídico hasta el punto que hoy no es claro definir lo legal de lo ilegal. “Según los criterios de poder se determina la ilegalidad o legalidad”, sostiene.
Para ahondar sobre estos y otros temas de la conflictividad social del mundo, el Observatorio Sociopolítico Latinoamericano www.cronicon.net entrevistó a Boaventura de Sousa Santos durante su última visita a Bogotá, invitado por la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes que le hizo entrega de la distinción Sócrates por su aporte a la sociología jurídica, los derechos humanos y la transformación social.
En desarrollo de este acto académico el profesor portugués dictó la conferencia “Para una teoría jurídica de los indignados” .
De Sousa Santos, doctor en Sociología del Derecho de la Universidad de Yale y catedrático de la Universidad de Coímbra, es además director del Centro de Estudios Sociales de esta institución, así como profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes en el área de la sociología jurídica y cumple un papel de activista desde el Foro Social Mundial. Sus múltiples libros, ensayos y artículos periodísticos son referentes del pensamiento alternativo por cuanto analiza con visión aguda y hasta autocrítica temas como la globalización, la sociología del derecho y del Estado, los movimientos sociales, la epistemología y la geopolítica.
La irrupción de los Indignados, punto de partida del cambio social
- No obstante que como bien usted ha señalado los movimientos espontáneos de los Indignados y de los
Ocupa no tienen una articulación política, ¿en ellos se estaría gestando un sujeto político que presione los cambios socioeconómicos que requiere el mundo?
- Yo estoy seguro que sí, considero que esto es un comienzo, un punto de partida, y por eso varios de los análisis que miran a los Indignados como algo que ya está consolidado están equivocados, porque por el contrario, me parece que este es un síntoma de las cosas malas que están ocurriendo en nuestras democracias y es un inicio de algo que no sabemos cómo va a continuar. Estos movimientos que son de jóvenes no tienen vinculación con los partidos políticos porque muchos de los partidos progresistas perdieron a la juventud, no de ahora sino de mucho tiempo atrás. Ahora mismo vengo de Brasil y una de las discusiones que tuve con los dirigentes del Partido de los Trabajadores (PT) fue cómo renovar el partido con la participación de los jóvenes. También tuve un encuentro de hip hop, con los jóvenes de las periferias que me acogieron y con quienes trabajé y escribí cosas que después musicalizaron. La revuelta y la rabia de la juventud se expresa en la cultura hip hop de los suburbios de las ciudades y el PT no sabe quiénes son ellos, no conocen que es hip hop, no saben qué es la cultura urbana de nuestros tiempos, entonces hay aquí una distancia entre los partidos políticos y sobre todo de izquierda, con los jóvenes. El segundo elemento que me parece muy importante es que nosotros en la política de izquierda y en la teoría crítica siempre nos preocupó la sociedad civil organizada, nos centramos mucho en la relación partidos-movimientos porque la izquierda eurocéntrica nace como un movimiento que luego se transforma en partido. Después los partidos se desconectaron, asumieron que tenían el monopolio de la representación de los intereses de clase o de grupos sociales y no atendieron los intereses de los movimientos, pero todo ha cambiado en los últimos treinta años sobre todo cuando los nuevos movimientos sociales que defienden los derechos humanos y ciudadanos, de las mujeres, los indígenas, de los campesinos, el derecho a la vivienda, etc., empezaron a tener una presencia muy fuerte frente a los viejos, como el movimiento obrero y los
sindicatos. Pero además, los movimientos terminaron compitiendo con los partidos, y ese es el camino que hemos recorrido hasta ahora. El Foro Social Mundial de alguna manera es un síntoma de que los partidos ya no tenían el monopolio de la representación, y al contrario, se daba una gran prioridad a los movimientos sociales y así hemos pasado la década pasada.
El fracaso de la Socialdemocracia
- Y por eso la irrupción tan fuerte de los Ocupa y los Indignados…
- Los movimientos de los Indignados y de los Ocupa lo que representan es algo nuevo, en el sentido de que nosotros en la teoría crítica y en la política de izquierda nos olvidamos mucho tiempo de que la gran mayoría de las personas no es militante de ningún partido ni se moviliza en movimientos sociales, consideramos que esta gente no es un actor político porque no se organiza para eso. Estos jóvenes han mostrado que hay momentos de definición y entonces surgen y se movilizan por cosas y causas que les merecen respeto, saliendo a la calle, arriesgando empleo, amigos y comodidades. En la izquierda no habíamos conocido cómo es esta dinámica y por esos estamos desarmados. La izquierda está totalmente desarmada porque estos movimientos, en su gran mayoría, están en contra de la política institucional y en rechazo a los partidos sin hacer distinción entre los de izquierda y derecha. Y esto es muy peligroso sobre todo para la izquierda, porque cuando no se hace la distinción sale favorecida la derecha que es la que domina nuestras sociedades, la política, la economía, los medios de comunicación, etc. Y esta crítica de no reconocer la distinción viene realmente de muchos errores institucionales de la izquierda en las últimas dos décadas, específicamente de la socialdemócrata que en Europa y en otros países adoptó lo que en Inglaterra se llamó la Tercera Vía impulsada por el Partido Laborista inglés que luego se propagó por otros continentes y que no fue otra cosa que aceptar el dogma del neoliberalismo. Con esto la izquierda socialdemócrata intentó que el
neoliberalismo tuviera una fase humana mediante la aplicación de algunas políticas sociales, pero sustentada en el mercado y en la economía más que en el Estado.
- Un modus vivendi dentro del capitalismo que permitiera minimizar los costos sociales, como lo ha denominado usted en uno de sus libros...
- Exactamente. Lo que pasó es que esta izquierda socialdemócrata que pensaba que había una alternativa dentro del marco neoliberal fracasó. Porque de hecho como lo hemos visto claramente en Europa, no hay alternativa alguna dentro del neoliberalismo, y la izquierda que aceptó las recetas y las condicionalidades del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de las agencias que comandan este modelo financiero, terminó desarmada y lo hemos visto en Portugal, en España, en Grecia, con la caída de los partidos socialistas y en Inglaterra con el Partido Laborista del exprimer ministro Gordon Brown. O sea, hubo un colapso de la izquierda socialdemócrata en Europa que nos hace pensar. En contraste, los partidos progresistas que están gobernando algunos países latinoamericanos como Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Venezuela no han aceptada las recetas neoliberales y están haciendo lo que podríamos denominar capitalismo de Estado. O sea, un control mucho más grande por parte del Estado de los recursos económicos.
El enfoque económico de los gobiernos progresistas de América Latina
- Usted lo ha definido como una socialdemocracia de nuevo tipo…
- Sí, porque se pensaba que podían seguir con el estilo de la socialdemocracia europea que fue un proceso de compatibilizar democracia con capitalismo a través de grandes redistribuciones de riqueza universales, lo que se denominó derechos económicos y sociales, o Estado de bienestar, que se desarrolló en Europa más que en otro continente. Los países latinoamericanos sabían que quizá no sería posible impulsar este tipo de derechos sociales y
económicos universales y por eso fueron por otro tipo de políticas sociales que se han concretado en la política de los bonos que no son muy distantes de lo que proponía el Banco Mundial, pero que están dirigidos y enfocados a sectores vulnerables de la población que en los diversos países se distribuyen con diferentes nombres. En Brasil: bolsa familia; en Bolivia; Juancito Pinto; en Argentina: asignación universal por hijo, etc. Son políticas selectivas que no se presentan como derecho social. Pueden ser eliminados si no hay condiciones pero sobre todo no cambian el modelo económico, no hacen una regulación del capitalismo y no permiten, por ejemplo, que las personas vulnerables salgan por sí mismas de la pobreza, ni cuentan con una política, excepto Brasil, para desarrollar formas de economía solidaria ni cooperativa que puedan organizar a esta gente de manera que tenga capacidad de generar ingresos, hacer microempresas y de esta manera deje de necesitar los bonos. Este, entonces, es el modelo de socialdemocracia latinoamericana que hasta ahora ha dado resultado porque coincidió con un periodo de valorización de las materias primas de este continente debido al gran avance de China, lo cual ha permitido que países que tenían déficits comerciales ahora tengan superávit como son los casos de Brasil y Argentina.
- La socialdemocracia europea al poner en marcha políticas neoliberales traicionó su identidad ideológica y como dice el sociólogo argentino Atilio Borón, es mejor el original que la copia, por eso es dable que hayan retornado los gobiernos de derecha en el viejo continente que saben ejecutar de manera más drástica y sin ningún pudor el recetario del libre mercado, ¿no le parece?
- Sí, sí, esa es nuestra lectura desde hace algún tiempo, nosotros criticamos este desvío de la socialdemocracia hace más de veinte años cuando todo esto empezó.
- ¿Y la Tercera Vía formulada por el sociólogo inglés Anthony Giddens es una concepción de derecha?
- Sí claro, la Tercera Vía fue iniciada en Australia, y Giddens como asesor de Tony Blair después la teorizó para desarrollarla en Inglaterra, aunque fue aplicada en otros países por partidos laboristas y socialdemócratas. Propugna porque hay que aceptar todos los criterios de competencia que el mercado determina para las agencias públicas. Plantea, por ejemplo, un mercado interno para los servicios de salud y educación, fomentado la competencia so pretexto de reducir los costos de esos servicios, abriendo el espacio para que el sector público no se distinga del sector privado. Su objetivo es la ganancia mediante el sistema contributivo de las personas y por eso se inventaron las tasas moderadoras y los copagos que los ciudadanos deben hacer para poder acceder a una cirugía o a una consulta médica. De esa manera, legitimó la entrada del capital privado en los servicios públicos, sobre todo en la salud, en la seguridad social, en la educación y en el sistema de pensiones. Esto a mi juicio fue lo que destruyó toda la socialdemocracia en Europa y es por eso que yo pienso que tiene que refundarse. Vamos a ver lo que va a pasar con el candidato presidencial socialista François Hollande en Francia. Pueda ser que la gente que está descontenta con la políticas de austeridad de Sarkozy le dé la victoria a Hollande, pero éste no tiene ningún programa alternativo que vaya más allá de las condicionalidades del Fondo Monetario Internacional y de la ortodoxia de los capitales financieros no regulados.
El neoliberalismo que produjo la crisis está intentando “resolverla”
- Si bien es evidente que el sistema capitalismo está en una grave crisis, sin embargo el hecho del retorno de gobiernos de derecha en los países europeos y la ortodoxia económica aplicada en Estados Unidos y en no pocos países de América Latina demuestran que hay un robustecimiento del neoliberalismo que sigue favoreciendo a los capitales financieros y a las trasnacionales. ¿No le ve así?
- Yo pienso que la crisis del capitalismo es de otro tipo. En términos de corto plazo no hay ninguna señal de crisis, al contrario, podríamos decir, lo que es sorprendente, que el neoliberalismo que produjo la crisis, la está intentando “resolver” entre comillas. Son los mismos banqueros culpables de esta crisis económica los que buscan resolverla. Miremos el caso del portugués Antonio Borges, director del Fondo Monetario Internacional para Europa y vicepresidente de la Goldman Sachs, fue el que organizó la trampa que esta banca de inversión le tendió a Grecia. Este mismo señor está ahora dictando las recetas del Fondo a Europa. Imagínese la promiscuidad entre el capital financiero y la democracia europea que a mi juicio está en suspenso porque el primer ministro griego Lucas Papademos; Mario Monti en Italia; Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, al igual que el propio Borges, vienen de Goldman Sachs. No solo representan al capital financiero sino son de la misma firma, lo cual es algo trágico y pienso que la socialdemocracia ha contribuido por su omisión a un colapso de la Unión Europea que lo veo muy próximo si no hay realmente un acto de desobediencia que tiene que ser muy fuerte para lograr su relanzamiento.
- ¿Y eso ha dado paso a lo que usted llama “democradura” en Europa?
- Sí, es eso lo que tenemos. Unas constituciones muy progresistas pero sus prácticas muy reaccionarias y oligárquicas. Constituciones como la portuguesa y la española garantizan todos los derechos pero todos los días esos derechos son eliminados, suspendidos y la Corte Constitucional no interviene, o sea hay una suspensión de democracia que la podemos llamar “democradura” o “dictablanda”. Estos procesos no tienen futuro para la democracia europea y los partidos políticos tiene que ver muy bien lo que está pasando para no caer en los mismos errores.
El neoliberalismo ha llevado a que la legalidad vaya a la par con la ilegalidad
- Esta crisis del capitalismo ha dado lugar a lo que usted hacía referencia en su conferencia en la Universidad de los Andes de Bogotá a una confusión de la categorías de ilegalidad, legalidad y los sin ley en buena medida por el fenómeno de la acumulación por desposesión. ¿Cómo explicar esta situación generada por la voracidad capitalista?
- Lo que hay es muy complejo porque la democracia en el siglo XX engañó al imaginario popular. Al inicio la democracia liberal no era muy democrática como sabemos porque en su origen solamente los propietarios podían votar, entonces la gran mayoría de la población no sabía que era la democracia. La democracia ganó credibilidad y captó el imaginario popular, como ahora vemos a los Indignados que piden democracia verdadera y real, debido en buena medida a que se institucionalizaron los conflictos sociales, se aceptó que hay divergencias en la sociedad entre capital y trabajo por ejemplo, y que las mismas se deben solucionar de manera pacífica cuya resolución se traduce en la ley y por eso se creó una legalidad, pues antes las clases populares solo conocían la legalidad represiva, no conocían ningún derecho. Se creó entonces un derecho facilitador, protector de los derechos sociales, económicos, auxilio al desempleo, y empezaron a ver que la legalidad era algo más amplio y beneficiosa para las clases populares, eso ha sido el gran engaño de la democracia representativa y liberal porque en las constituciones tanto de Europa y de América Latina se consagra una serie de luchas sociales como derechos, por ejemplo los derechos indígenas que antes eran desconocidos inclusive por la misma izquierda que los consideraba invisibles, lo cual cambió en los últimos veinte años precisamente debido al neoliberalismo, a la represión a los movimientos sociales y la criminalización de la protesta. Lo que ocurrió es que las transnacionales aprendieron la lección según la cual es posible presionar a los gobiernos, influenciar los congresos legislativos para producir leyes a su favor, y por eso ellas mismas produjeron una legislación que es tan legal como la otra, la que protege a las clases populares, pero ahora es una
legalidad que les permite hacer cosas que antes no podían hacer. Y por eso se puede decir que lo hacen legalmente, no lo es totalmente legal porque si se observa muchas de esas leyes que se crearon para concesiones de minería y recursos naturales y todo lo referente al extractivismo, tienen una serie de condiciones que se olvidan después, como por ejemplo la protección ambiental, o las violaciones masivas a las consultas indígenas dispuestas en el Convenio 169 de la OIT. Es decir, la legalidad va a la par con la ilegalidad, esto es un gran engaño y lo vamos a ver próximamente en Río+20 en junio de 2011 con toda esta discusión sobre el capitalismo verde, la economía verde, de desarrollo sostenible que es el gran concepto de los últimos treinta años. Todo lo que vamos a observar en esta cumbre de Río no es más que el resultado de un secuestro del derecho por las transnacionales y por eso hablan del capitalismo verde. Para mí el capitalismo solo es verde en los billetes de dólar, no es verde en ningún otro sentido. De esta manera, la legalidad es poco apropiada, pero también porque aumenta la desigualdad social, se inventan amenazas de lucha social en que la seguridad en términos de seguridad militar y policial tiene una fuerza tan grande que se crean formas de estados de emergencia no declarados en muchos países, no es el caso de Colombia, porque este país ha tenido un pasado muy fuerte de estados de sitio o estados de excepción. Cuando estaba aquí realizando mis estudios los estados de excepción eran normales por eso es que Colombia no tuvo dictaduras como otros países de América Latina, eso lo analizábamos en ese entonces, pero ahora hay formas que van más allá de la legalidad, por ejemplo cuando los Estados Unidos matan a dos ciudadanos norteamericanos en Yemen a través de los drones, esto es legalidad, o ilegalidad, esto ya no tiene normas. Porque la ilegalidad exige una norma, digámoslo así, y esto es una cosa completamente nueva.
Extranjerización de tierras, nuevo colonialismo
- ¿Como el caso del centro de concentración de Guantánamo?
- Guantánamo es lo mismo, es una ausencia total de criterios de legalidad, es más que ilegal, es sin ley. Para entender esto hay que regresar a los siglos XVI y XVII cuando en este continente americano se produjo el exterminio de los indígenas que no era es propiamente ilegal, era sin ley. O sea, como existía la idea de que los indígenas no eran humanos, entonces los conquistadores no aplicaban los criterios de legalidad o de ilegalidad, eran cosas, esclavos. Hoy en el mundo hay rasgos en los que ya no podemos hablar de intervención política social porque a veces son tan crueles y agresivos en contra de ciertas poblaciones que por ser consideradas inferiores no se les aplican los criterios de legalidad, y por eso se presenta la arbitrariedad. Se pueden ver casos por ejemplo en África en este momento donde se viene dando con mucho énfasis la acumulación por despojo, también se da en India y en América Latina con la minería y el extractivismo. En el caso africano se presenta con mucha fuerza a través del acaparamiento y compra de tierras por parte de países como Brasil, China, Corea del Sur que están buscando tener una reserva de tierra fuera de sus respectivos Estados, este es un nuevo colonialismo que no hemos teorizado. La concesión es legal pero luego qué pasa con los campesinos desplazados de sus tierras y de un día a otro se convierten en ocupantes o invasores. ¿Esto es legalidad? Es una acumulación primitiva violenta que actúa de una manera en que no hay ninguna forma de rescate políticamente. Esto no es ilegalidad, es algo más grave, es sin ley, que ocurre dentro de Estados de derecho y de democracias, y este es otro gran reto para las izquierdas, sobre todo de raíz socialdemócrata, que creen en la institucionalidad.
- En medio de este oscuro panorama de la crisis civilizatoria originada por el capitalismo, usted que se confiesa un optimista trágico ha formulado una teoría jurídica de emancipación social así como un nuevo concepto de ciudadanía y de derechos humanos que paulatinamente no solo obtienen apoyo popular sino que se van abriendo paso. ¿Ese no es un motivo para ser moderadamente optimistas?
- Sí, lo que ocurre es que el pesimismo es siempre conservador, porque yo puedo ser pesimista si tengo mi salario, tengo mi casa, mi habitación, yo puedo ser nihilista, hasta cínico, porque mi cotidianidad está garantizada. Pero qué pasa con la gente que tiene comida hoy para su familia pero no sabe si tiene para mañana; qué pasa con la gente que está viva hoy pero puede ser víctima de una violencia en la que no esté directamente involucrada; la mayor parte de la población del mundo está en condiciones en las que su supervivencia no está mínimamente garantizada; esta gente no puede ser pesimista. Esta gente tiene que salir a la calle a luchar, a encontrar formas de garantizar su sobrevivencia y la de su familia, no puede paralizarse, son activistas. El problema es que no son activistas políticos en nuestro sentido, son activistas de la vida. Entonces, lo que necesitamos es transformar ese activismo de la vida en activismo político, por eso trabajo mucho con los movimientos sociales y con gente que está en situaciones difíciles y gracias a mi actividad académica y a mi trayectoria los conozco bien por cuanto he compartido con ellos múltiples luchas. Por ello puedo decir que me anima el hecho de que estos sectores sociales no pueden ser pasivos, ellos tienen que tener esperanza. Tenemos que construir día a día la posibilidad de una nueva sociedad, y eso es lo que me da la idea de este optimismo trágico; es decir, la idea de que hay una alternativa pero también muchas dificultades. La tragedia es esa, que hay muchas dificultades que no podemos minimizarlas pero tenemos que saber que no todo está perdido, como decía la gran cantante argentina Mercedes Sosa. Cuando la gente piensa que estamos en el fin de la política, que no hay activismo, y que el neoliberalismo lo ha dominado todo, vienen los Indignados, vienen los Ocupa, la primavera árabe que derrumba a los dictadores, entonces hay siempre en la sociedad las emergencias, lo que llamo la sociología de las emergencias. El nuevo proyecto de investigación que estoy iniciando ahora busca analizar las emergencias para darlas a conocer, porque el problema es que muchas de las luchas maravillosas no son conocidas, de gente que resolvió el problema del agua, de la propiedad, de la ciudadanía, en comunidades de India, de
Sudáfrica, y de otros países. La gente en el mundo sigue con esperanza buscando soluciones porque no tiene alternativa, vive una situación demasiado cruel y vergonzosa, por eso no puede cruzar los brazos. Un intelectual militante como me considero, no un teórico de vanguardia porque no lo soy ni quiero serlo, pero sí de retaguardia en el sentido de apoyar a estos movimientos, tiene que teorizar la esperanza en condiciones difíciles, por supuesto, generando un respeto por la gente. Nosotros tenemos una cultura en los partidos de izquierda según la cual la masa de la gente que no está organizada es una masa de maniobra, por lo tanto pensamos por ella y por eso vamos con consignas, con eslóganes para comandarla. No, eso no es así, hoy la gente que se moviliza es porque tiene razones que son suyas, hoy está más preparada. Eso se puede ver en países muy controversiales como Venezuela, donde la gente ha adquirido una cultura política muy interesante, que puede estar con Chávez o contra Chávez, pero está mucho más consciente de las condiciones, de lo que debería ser y lo que es, es mucho más exigente, no puede ser manipulada por ideas abstractas que no le dice nada sobre su cotidianidad. Ese es el respeto por la gente que la izquierda tiene que tener en el inmediato futuro

miércoles, 1 de febrero de 2012

GRAN CHINA












GRAMATICA CHINA




Imperialismo lingüístico, conceptos y civilización

Thorsten Pattberg

Global Research

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens





Si eres ciudadano estadounidense o europeo, es probable que nunca hayas oído hablar de shengren, minzhu y wenming. Si algún día los promueves, incluso te podrían acusar de traición cultural.


Porque son conceptos chinos. A menudo se traducen convenientemente como “filósofos”, “democracia” y “civilización”. De hecho, no son nada de eso. Son algo diferente. Algo de lo que Occidente carece. Pero eso es irritante para la mayoría de los occidentales, por lo tanto, en el pasado, los conceptos extranjeros se eliminaron rápidamente de los libros y los archivos y, cuando era posible, de la historia del mundo, que es un mundo dominado por Occidente. Como señaló una vez el filósofo Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Oriente no contribuye a la formación de la historia del pensamiento.

Pero demos un pequeño paso atrás. ¿Recuerdan lo que nos enseñaron en escuela sobre las humanidades? ¡No son ciencia!” Si las humanidades fueran ciencia, los vocabularios de los idiomas del mundo se sumarían, no se superpondrían. ¿Te sorprende?

Calculo que hay más de 35.000 palabras o frases chinas que no pueden traducirse adecuadamente al inglés. Palabras como yin y yang, kung fu y fengshui. A esto hay que sumar otros 35.000 términos sáncritos, sobre todo de India y del budismo. Palabras como Buda, bodhisattva y gurú.

En una reciente conferencia en la Universidad Pekín, el renombrado lingüista Gu Zhengkun explicó que wenming describe un alto nivel de ética y gentileza de un pueblo, mientras la palabra inglesa “civilización” deriva de la maestría de la gente de una ciudad sobre materiales y tecnología.

La traducción correcta al chino de civilización debería ser chengshijishu-zhuyi. Wenming es mejor, pero intraducible. También ha existido algunos miles de años, mientras la noción europea de “civilización” es una “invención” de fines del Siglo XVIII.

Turistas e imperialistas no llegan a aprender. Llaman a las cosas como las llaman en casa. Después se dan cuenta de que los nombres no son correctos.

En muchos países, la adopción de la terminología china es un tabú. Incluso los más nobles pensadores, como el Premio Nobel Hermann Hesse, advirtieron a los alemanes de que “no debemos convertirnos en chinos […] de otra manera nos adherimos a un fetiche”.

Luego viene “democracia”, un concepto de origen griego. La “civilización” helénica, por supuesto, fracasó hace mucho tiempo. Se acabó, mientras el wenming de China sigue existiendo, ininterrumpidamente, desde hace 5.000 años. “Democracia” tuvo originalmente poco que ver con dejar que el populacho vote, menos todavía con que el populacho gobierne el país; al contrario, significaba que diversos grupos de intereses poderosos luchaban por los recursos, cada uno movilizando a sus partidarios entre los habitantes influyentes de las ciudades.

Mientras en China todavía vemos un orden social basado en valores familiares, en Occidente tenemos un orden social basado en los intereses de grupos. En tu familia no aplicas leyes estrictas o haces contratos, sino que induces un código moral. Cuando estás entre extraños que luchan contra otros intereses de grupos, simplemente no puedes confiar en ellos como en tu propia familia, por lo tanto necesitas leyes.

Hasta el Siglo XX, los europeos creían que China no era una “civilización” propiamente, porque no tenía policía, mientras China acusaba a Europa de carecer de "wenming" porque carecía de piedad filial, tolerancia, gentileza humana, etc.

Finalmente, shengren es la personalidad ideal y el máximo miembro en esa tradición de valores chinos basados en la familia, un sabio que tiene los estándares morales más elevados, llamado de, quien aplica los principios de ren, li, yi, zhi y xin (y 10 más), y conecta a toda la gente como si fuera, hablando metafóricamente, su familia.

La palabra moderna china para filósofo, zhexuejia, no se encuentra en ninguno de los clásicos chinos. De hecho, zhexuejia llegó a China a través de Japón, donde se pronuncia tetsugakusha, después que Nishi Amane acuñó por primera vez la palabra en 1874. Sin embargo, al público occidental se le dice constantemente, a través de nuestra erudición altamente subvencionada sobre China, que Confucio es un “filósofo” y que el pensamiento confuciano es “filosofía”.

Como dijo una vez el filósofo y teórico crítico esloveno Slavoj Zizek: “la verdadera victoria (la verdadera ‘negación de la negación’) ocurre cuando el enemigo habla tu lenguaje”, Occidente sería irracional si adoptara conceptos asiáticos. Sería como no llegarle a los talones a China. Además, el Reino del Medio es tristemente célebre por haber asimilado todas las culturas invasoras en el pasado. ¿Por qué ponerse en la fila?

“Los bárbaros” siempre tuvieron armas y tecnología superiores, pero, como señaló Gu Hongming en 1920, carecían de verdadera inteligencia humana. ¿Cómo es posible? Bueno, es algo como sabiduría de Star Trek: Si la humanidad prehistórica se desarrolló de las bestias, las sociedades humanas más avanzadas deberían ser las menos físicamente agresivas, ¿verdad?

En 1697, el filósofo alemán Gottfried Leibniz argumentó de manera famosa que los chinos estaban mucho más avanzados en las humanidades que “nosotros”. Nunca lo especificamos, pero pienso que todo se reveló cuando instó a todos los alemanes a que no utilizaran palabras extranjeras, sino su propio lenguaje (el alemán es un lenguaje compuesto, de modo que es una fuente infinita), para construir y ampliar el mundo de habla alemana.

Y es lo que hicieron. Y así los alemanes llegaron a la cima. Como era de esperar, los alemanes, descendientes del Sacro Imperio Romano Germánico, llamaron a Confucio “Santo”. Ahora bien, es conveniente. ¿Pero es erudición correcta?

Dado que los lenguajes europeos tienen sus propias historias y tradiciones, no pueden representar suficientemente los conceptos chinos. La solución, pienso, sería no traducir en absoluto los conceptos extranjeros más importantes, sino adoptarlos.

Por lo tanto la próxima vez en las relaciones internacionales podríamos discutir cómo mejorar minzhu en Europa, y cómo contribuir a la transición de EE.UU. hacia un wenming decente.

Tal vez, después de todo. Occidente simplemente carezca de shengren.

Thorsten Pattberg es un experto alemán en el Instituto de Literatura Mundial de la Universidad Pekín y autor de The East-West Dichotomy (2009) y Shengren (2011). Su correo electrónico es: pattberg@pku.edu.cn. Versiones de este artículo aparecieron en Japan Times el 17 de noviembre, y en China Daily el 25 de noviembre de 2011