lunes, 1 de octubre de 2012

Rusia: entre Occidente y Oriente

 

Russia Today · · · · ·

30/09/12

SUBMARINO NUCLEAR RUSO

Esta semana Russia Today publicó esta breve nota sobre Rusia que traducimos para Sin Permiso electrónico por su interés, aprovechando la llegada a las librerías el viernes pasado del número 11 de nuestra revista en papel, que cuenta con un dossier coordinado por Àngel Ferrero sobre la evolución reciente del país.

Occidente ha formado una coalición político-militar que no incluye a Rusia y China es un país aferrado a su aislamiento, históricamente cauteloso a la hora de construir alianzas internacionales. Todo ello fuerza a Rusia a adoptar una posición nada cómoda, en la que no puede más que confiar en sí misma y maniobrar con pragmatismo.

Tras su viaje a Rusia, a comienzos de la Guerra fría, el poeta estadounidense Robert Frost resumió su visita con una frase memorable: “Si usted no conoce la grandeza de este país, yo sé de alguien que sí lo hace: Rusia.”

Si los rusos conocen o no esta grandeza puede que aquí no importe demasiado. Hoy más que nunca el país se encuentra en una situación en la que debe depender de sus propios recursos (resources) e inventiva (resourcefulness) para mantener su posición como uno de los centros mundiales de poder. Es más, parece que no tiene más opción que ésa.

Rusia debería seguir siendo un centro de poder político independiente”, declaró Alexey Pushkov, Presidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Duma (Parlamento) en una rueda de prensa esta semana. “De hecho, la situación internacional determina nuestras decisiones.

Muchos europeos temen que, debido a su vasto tamaño geográfico, una admisión de Rusia en la Unión Europea anulase la influencia de la que los 27 estados miembro ahora gozan en el plano internacional. Por otra parte, el orgullo ruso excluye la posibilidad de que el país se convierta en otro apéndice de soberanía nacional limitada y perpetuamente dependiente de la burocracia de Bruselas.

No olvidemos que Occidente ya está integrado”, recordó Pushkov. “Hay dos sistemas de integración, la Unión Europea y la OTAN, y nosotros no tenemos acceso a ninguno de ellos.

La OTAN es otro de los obstáculos a la cooperación bilateral entre Rusia y Occidente. El bloque militar, que muchos rusos ven como una reliquia de la Guerra fría que debería desmantelarse como si fuese un viejo tanque, no tiene ninguna intención de cooperación sincera con Moscú, algo que ha quedado demostrado con el ambicioso proyecto de los EE.UU. y la OTAN de construir un escudo antimisiles en los territorios del antiguo Pacto de Varsovia.

No sólo Occidente ha rechazado la voluntad de Rusia de cooperar en el proyecto, sino que rechaza aportar pruebas, más allá de una mera declaración de intenciones escrita, de que el proyecto no tendrá como objetivo, en un hipotético escenario en el futuro, al territorio ruso, lo que ha conducido a muchos observadores rusos a la conclusión de que Estados Unidos está aflojando la correa de la OTAN.

La OTAN es una unión en la que sus miembros son formalmente iguales, pero como George Orwell escribió en Rebelión en la granja, 'Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros'”, declaró el parlamentario.

La tensión innecesaria que la disputa sobre el escudo de defensa ha supuesto para las relaciones entre Rusia y Occidente, hoy en punto muerte, es el equivalente a lo que fue la crisis de los misiles en Cuba para la generación anterior. La única diferencia es que el sistema estadounidense está siendo vendido como un “escudo”, no como un elemento militar desestabilizador que es capaz de pasar rápidamente de una función defensiva a una ofensiva. A la luz de este proyecto el 'reset' anunciado por la administración de los EE.UU. en la diplomacia con Rusia se asemeja más bien un programa cuidadosamente diseñado para que Rusia baje la guardia.

Sin embargo Moscú no se ha dejado engañar y no habrá que esperar a que los historiadores nos expliquen lo que ya es obvio para muchos: que está en marcha una carrera armamentística. El Presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin, ha convertido el gasto militar en una de sus principales prioridades, a pesar de las advertencias de los economistas de que un gasto militar creciente puede acabar lastrando el presupuesto del país. Los gastos de defensa para 2012 se estimaron en 677 mil millones de rublos (21 mil millones de dólares estadounidenses).

Entre 2011 y 2020 el Ministerio de Defensa ruso se ha comprometido a renovar el 70% de su armamento y a desarrollar modernos sistemas de precisión. Está previsto que Rusia gaste 23 billones de rublos (718 mil millones de dólares estadounidenses) para modernizar su ejército a lo largo de la próxima década.

A quienes sorprenda la elevada cifra deberían tener en cuenta por qué Rusia ha adoptado estas medidas. Se estima que los Estados Unidos destinan cerca de un billón de dólares a financiar su complejo militar-industrial, que ha crecido hasta alcanzar tales dimensiones que ni los demócratas ni los republicanos tienen la menor idea de cómo enfrentarse a este monstruo.

Naturalmente, todos los países que no reciben felicitaciones de la Casa Blanca por Navidad tienen motivos para alarmarse ante el desarrollo de estos acontecimientos.

No contribuye a la calma que el hombre que podría reemplazar próximamente al Presidente estadounidense Barack Obama, su contrincante en las elecciones, el republicano Mitt Romney, haya declarado abiertamente que Rusia es “nuestro enemigo geopolítico número uno”. Rusia no esperará, huero es decirlo, al resultado de las elecciones antes de guardarse las espaldas.

Incluso si Obama gana las elecciones presidenciales en noviembre, Moscú todavía tiene que enfrentarse a la posibilidad de que otro político que no tiene reparos en recurrir a las decisiones bélicas –y en ello no se diferencia demasiado de un neocon– ocupe el cargo los próximos cuatro años.

Mientas tanto, la situación en Oriente, aunque no tan ominosa como en Occidente, no proporciona a Rusia más que algunas oportunidades de negocio basadas en los recursos naturales.

Pushkov, el presidente del Comité de Asuntos Exteriores, descartó las posibilidades de que Rusia pudiera forjar uniones político-militares con los países asiáticos.

No hay ninguna certeza de que podamos llega a establecer una unión en Oriente, pues no existe ningún bloque que lo permita”, señaló. “China no desea cerrar acuerdos militares ni los necesita porque se adhiere al principio de 'manos libres' en materia de política exterior.

Cierto, mantenemos excelentes relaciones, tenemos un acuerdo estratégico y somos aliados en numerosos campos, pero difícilmente podemos formalizar estos acuerdos en un tratado especial, al menos en el futuro próximo”, concluyó Pushkov.

Esta situación sitúa a Rusia, a caballo entre Oriente y Occidente, en una posición nada cómoda. Rusia tendrá que confiar en sí misma en vez de apostar por alianzas que garanticen su seguridad futura.

Russia Today

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero

¿MAS AUSTERIDAD TODAVÍA?

 

 

 

" ¡Mucha, mucha Policía

 

La locura de la austeridad europea

Paul Krugman · · · · ·

30/09/12

 

Las protestas en Grecia y España demuestran que no puede haber acuerdo

Adiós a la complacencia. Hace tan solo unos días, la creencia popular era que Europa finalmente tenía la situación bajo control. El Banco Central Europeo (BCE), al comprometerse a comprar los bonos de los Gobiernos con problemas en caso necesario, había calmado los mercados. Todo lo que los países deudores tenían que hacer, se decía, era aceptar una austeridad mayor y más intensa —la condición para los préstamos de los bancos centrales— y todo iría bien.

Pero los abastecedores de creencias populares olvidaron que había personas afectadas. De repente, España y Grecia se ven sacudidas por huelgas y enormes manifestaciones. Los ciudadanos de estos países están diciendo, en realidad, que han llegado a su límite: cuando el paro es similar al de la Gran Depresión y los otrora trabajadores de clase media se ven obligados a rebuscar en la basura para encontrar comida, la austeridad ya ha ido demasiado lejos. Y esto significa que puede no haber acuerdo después de todo.

Muchos comentarios indican que los ciudadanos de España y Grecia simplemente están posponiendo lo inevitable, protestando en contra de unos sacrificios que, de hecho, deben hacer. Pero la verdad es que los manifestantes tienen razón. Imponer más austeridad no va a servir de nada; aquí, quienes están actuando de forma verdaderamente irracional son los políticos y funcionarios supuestamente serios que exigen todavía más sufrimiento.

Pensemos en los males de España. ¿Cuál es el verdadero problema económico? Esencialmente, España sufre las consecuencias de una enorme burbuja inmobiliaria que provocó un periodo de auge económico e inflación que hizo que la industria española se volviese poco competitiva respecto a la del resto de Europa. Cuando la burbuja estalló, España se encontró con el complejo problema de recuperar esa competitividad, un proceso doloroso que durará años. A menos que España abandone el euro —una medida que nadie quiere tomar—, está condenada a años de paro elevado.

Pero este sufrimiento, posiblemente inevitable, se está viendo tremendamente magnificado por los drásticos recortes del gasto, y estos recortes del gasto solo sirven para infligir dolor porque sí.

En primer lugar, España no se metió en problemas porque sus Gobiernos fuesen derrochadores. Al contrario: justo antes de la crisis, España tenía de hecho superávit presupuestario y una deuda baja. Los grandes déficits aparecieron cuando la economía se vino abajo y arrastró consigo los ingresos, pero, aun así, España no parece tener una deuda tan elevada.

Es cierto que España tiene ahora problemas para financiar sus déficits. Sin embargo, esos problemas se deben principalmente a los temores existentes ante las dificultades más generales por las que pasa el país (entre las que destaca la agitación política debida al altísimo paro). Y el hecho de reducir unos cuantos puntos el déficit presupuestario no hará desaparecer esos temores. De hecho, una investigación realizada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) da a entender que los recortes del gasto en economías profundamente deprimidas reducen la confianza de los inversores porque aceleran el ritmo del deterioro económico.

En otras palabras, los aspectos puramente económicos de la situación indican que España no necesita más austeridad. No está para fiestas, y, de hecho, probablemente no tenga más alternativa (aparte de la salida del euro) que soportar un periodo prolongado de tiempos difíciles. Pero los recortes radicales en servicios públicos esenciales, en ayuda a los necesitados, etcétera, son en realidad perjudiciales para las perspectivas de un ajuste eficaz del país.

¿Por qué, entonces, se exige todavía más sufrimiento?

Una parte de la explicación se encuentra en el hecho de que en Europa, al igual que en Estados Unidos, hay demasiadas personas muy serias que han sido captadas por la secta de la austeridad, por la creencia de que los déficits presupuestarios, no el paro a gran escala, son el peligro claro y presente, y que la reducción del déficit resolverá de algún modo un problema provocado por los excesos del sector privado.

Aparte de eso, en el corazón de Europa —sobre todo en Alemania— una proporción considerable de la opinión pública está profundamente imbuida de una visión falsa de la situación. Hablen con las autoridades alemanas y les describirán la crisis del euro como un cuento con moraleja, la historia de unos países que vivieron por todo lo alto y ahora se enfrentan al inevitable ajuste de cuentas. Da igual que eso no sea en absoluto lo que sucedió (o el asimismo incómodo hecho de que los bancos alemanes desempeñasen una función muy importante a la hora de inflar la burbuja inmobiliaria de España). Su historia se limita al pecado y sus consecuencias, y se atienen a ella.

Y, lo que es aún peor, esto es también lo que creen los votantes alemanes, en gran parte porque es lo que los políticos les han contado. Y el miedo a la reacción negativa de unos votantes que creen, erróneamente, que les toca cargar con las consecuencias de la irresponsabilidad de los europeos del sur hace que los políticos alemanes no estén dispuestos a aprobar un préstamo de emergencia esencial para España y otros países con problemas a menos que antes se castigue a los prestatarios.

Naturalmente, no es así como se describen estas exigencias. Pero en realidad todo se reduce a eso. Y hace mucho que llegó la hora de poner fin a este cruel sinsentido. Si Alemania realmente quiere salvar el euro, debería permitir que el Banco Central Europeo haga lo que sea necesario para rescatar a los países deudores. Y debería hacerlo sin exigir más sufrimiento inútil.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008.

El País, 30 de septiembre de 2012