viernes, 31 de mayo de 2013

La quinta Alemania

Un modelo hacia el fracaso europeo

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL ICARIA – BARCELONA

Rafael Poch

 

En la historia de la Europa contemporánea ha habido cinco Alemanias. La primera es la fragmentada y preindustrial Alemania anterior al siglo XIX, un mosaico multinacional que sobrevivió hasta Napoleón reivindicando una legitimidad imperial romana sin llegar nunca a ser verdadero Estado. La segunda aparece con la unificación bismarckiana posterior a la guerra franco-prusiana y se extiende bajo batuta prusiana hasta más allá de la Primera Guerra Mundial, con su crítico apéndice republicano de Weimar. La tercera Alemania fue la de Hitler y Auschwitz, un régimen de doce años particularmente trágico y nefasto que concluye con el fin de la Segunda Guerra Mundial. La cuarta es la Alemania doble de posguerra, tutelada por las potencias de la guerra fría; una mezcla de capitalismo y democracia en el Oeste, la RFA, y una mezcla de socialismo y dictadura en el Este, la RDA.

Todas estas Alemanias tuvieron algunos breves y fallidos contrapuntos emancipadores, desde las revoluciones de 1848 y 1918, hasta los movimientos de 1968 en la RFA y de 1989 en la RDA, pero, en general, el papel de este país en la historia europea se ha caracterizado por su condición de vanguardia continental de la contrarrevolución restauradora, la reacción absolutista y un agresivo belicismo.

Desde ese pasado, la quinta Alemania arranca de la reunificación nacional de 1990, a partir de la anexión de la RDA por la RFA,  pero es ahora, con la eurocrisis, cuando comienza a manifestarse, haciendo un uso pleno y normalizado de su recuperada soberanía y potencia. La principal novedad que esta quinta Alemania aporta respecto a la anterior tiene dos aspectos.

El primero es el de su regreso, paulatino pero decidido, a un intervencionismo militar en el mundo que comenzó en los mismos años noventa en los Balcanes y que hoy ya abarca desde Afganistán a África. En ese ámbito Berlín aún está por detrás de otras grandes naciones europeas, pero ya ha invalidado definitivamente el Nie wieder Krieg (Guerra, nunca más) del canciller Willy Brandt, la posibilidad de ser una gran Suiza europea y el antiimperialismo, al que tanto apego tuvieron los alemanes de la RFA y de la RDA, respectivamente, desde la posguerra hasta los años ochenta del siglo XX. Hoy, con el pasivo desagrado de sus ciudadanos, el establishment alemán justifica sumarse militarmente al dominio imperial de occidente en el mundo, apelando abiertamente a la necesidad y legitimidad de acceder a recursos energéticos y materias primas globales. Esa es una novedad muy significativa.

El otro es un liderazgo europeo, dogmático, egoísta y arrogante, para imponer el programa de involución neoliberal impulsado desde los años setenta desde el mundo anglosajón y que la crisis financiera de 2008 ha convertido en rodillo. Al día de hoy este liderazgo apunta a profundizar la desigualdad, social y entre países. Su prioridad es el cobro íntegro de todas las deudas bancarias generadas por los malos negocios  del sector financiero internacional a costa del sufrimiento de las clases medias y bajas europeas. Ese esquema conduce directo hacia una ruptura desintegradora del proyecto europeo. Dicho proyecto, del que la Unión Europea es resultado, fue formulado a partir de los años cincuenta del siglo XX como alternativa a la desastrosa y agresiva Europa guerrera que en los últimos siglos enfrentó crónicamente a unas naciones contra otras y solo por eso ya debe ser considerado útil y valioso.

El rechazo a estas dos grandes novedades de esta quinta Alemania es lo que marca en el país la diferencia entre izquierda y derecha. Las fuerzas y corrientes políticas minoritarias que en la Alemania de hoy rechazan el regreso al intervencionismo militar y el neoliberalismo que profundiza la desigualdad, encoge la democracia y amplía el privilegio de una minoría, son inmediatamente expulsadas del sentido común por el establishment alemán y declaradas “irresponsables” e “incapacitadas para gobernar” (regierungsunfähig).

Más que un sistema de partidos de izquierdas y derechas, conservadores o liberales, el sistema político alemán es un conglomerado que engloba a toda esa variedad en una disciplina superior y común de defensa del capitalismo. Esa esfera compacta, condena y expulsa a la marginalidad a quienes la ponen en cuestión y es ejemplo de la degeneración absolutista y oligárquica  a la que conduce la mezcla de democracia y capitalismo en los países más ricos del mundo a principios del siglo XXI.

Ninguna fuerza política llegará al poder en Alemania sin haber previamente sintonizado con el programa general del establishment. La evolución de las fuerzas políticas con intenciones de cambio, desde los socialdemócratas en su día hasta los verdes hace mucho menos, y quien sabe si Die Linke en el futuro, es una trayectoria de adaptación al sentido común del establishment. Lejos de ser un rasgo exclusivo del sistema alemán, lo que destaca en Alemania de ese fenómeno general es su estabilidad: ese conglomerado de poderes fácticos de grandes consorcios empresariales y financieros, lobbys industriales, con sus sólidos anclajes políticos y mediáticos, está particularmente organizado y bien articulado en el país.

Elemento central de esa estabilidad es la cultura nacional de la obediencia debida a la autoridad, un particular culto al Estado, concebido como una institución neutral, superior y abstracta, y una predisposición al acatamiento automático de las jerarquías. A ello se suma una tradición de consenso e integración, enemiga del conflicto y del desorden como vías legítimas de resolución del choque de intereses. El contraste de esta cultura política, la tradición del Untertan, del súbdito razonable del orden absolutista descrito en la célebre novela de Heinrich Mann, con la tradición francesa y republicana del rebelde citoyen, ha inspirado todo tipo de reflexiones que hoy continúan siendo actuales para todo el continente.

Este libro presenta unos brochazos de esta quinta Alemania en un momento en el que Europa mira hacia Berlín con cada vez más prevención y desconfianza. “Un país que vuelve a dar miedo”, como señalaba el titular de un semanario germano. La involución neoliberal que Alemania encabeza y los delirios de hegemonía europea que proyecta el subidón nacional de la quinta Alemania, está incrementando la germanofobia y el antieuropeísmo, particularmente en la Europa del Sur, cuya población era hasta hace poco muy favorable al europeismo –y no solo por la lluvia de millones recibidos de los fondos de cohesión.

Si dos anteriores Alemanias desembocaron en grandes guerras, la quinta Alemania apunta claramente hacia la desintegración europea.

Los autores no quieren contribuir a ninguna fobia nacional ni tampoco a una reacción antieuropeísta que no proponga refundación ciudadana del proyecto. Lo que pretenden es informar sobre el lamentable papel que el establishment alemán, que forma parte de un orden mundial multinacional, está desempeñando en la actual crisis europea, en el bien entendido de que ese orden también vulnera los intereses de la mayoría social en Alemania.

Las primeras víctimas de la involución llevada a cabo por la elite empresarial y política alemana fueron los propios alemanes. En los últimos veinticinco años, la actual República Federal ha sufrido una transformación radical. Más desigualdad en un país que era relativamente nivelado para criterios europeos, estancamiento salarial, generalización de la precariedad socio-laboral en un país en el que la seguridad del puesto de trabajo era considerable, avance de la pobreza y de la desolidarización, recorte de un sistema de garantías sociales que en su día fue sólido y ancho, rebaja de impuestos a los ricos y mayor apertura al negocio privado en el ámbito de la sanidad y las pensiones. Según las últimas encuestas del conservador Instituto Allensbach de demoscopia, los alemanes son perfectamente conscientes de ello: un 70% constata una inflexión en justicia social, particularmente en la distribución de la riqueza, y considera que las cosas han empeorado en los últimos años. Ese cambio brutal se ha inducido gradualmente en las dos últimas décadas, y es presentado mediáticamente como un éxito e incluso como una especie de segundo milagro económico al lado del de la posguerra, en contradicción con la experiencia de la mayoría de los ciudadanos. Eso es en gran parte posible porque, observada en el contexto de crisis europeo, especialmente comparada con los países del sur que han sufrido la misma medicina en dosis mayores y en plazos mucho más breves con consecuencias aún más brutales, la situación socio-laboral alemana es mucho mejor. Esa circunstancia atrae hacia Alemania a no pocos jóvenes, y no tan jóvenes, españoles sin futuro laboral en su país. Frecuentemente llegan al país muy mal informados sobre lo que les espera ahí.

Toda propaganda debe incluir algún anclaje con la realidad para ser eficaz y ese es el caso de la relativa e incierta salud de Alemania en la crisis. Relativa porque siendo cierta para los beneficios empresariales, no lo es para la mayoría de asalariados que, sin embargo pueden consolarse comparando su situación con la mucho peor que rige en otros países. Incierta porque se basa en una estrategia exportadora que en los últimos veinte años ha acentuado su dependencia de la coyuntura global hasta hacerla extrema. Esa dependencia es inquietante porque en caso de enfriamiento o colapso puede hundir todo el edificio alemán con gran facilidad. A diferencia de China, que dispone de un gran mercado interno y es consciente de los problemas de esa excesiva dependencia, Alemania no parece preocupada por ello.

miércoles, 29 de mayo de 2013

RUSIA SE AFIANZA EN AMÉRICA LATINA


Rusia y América Latina afianzan relaciones y diálogo político



Lavrov Ministro ruso de Asuntos Exteriores


Odalys Buscarón Ochoa
Prensa Latina
El ministro de Asuntos Exteriores Serguei Lavrov preside hoy el encuentro con cancilleres de la troika ampliada de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en un paso de afianzamiento de las relaciones de Rusia con América Latina. Lavrov celebrará una reunión de trabajo, la segunda desde la cita en Nueva York, en septiembre de 2012, con homólogos de Cuba, Chile, Costa Rica, y ahora Haití, en representación de la Comunidad del Caribe.
Será la primera cita de la troika ampliada con el gobierno ruso en Moscú, y por tanto la primera visita que realizan los cancilleres de la Celac a Rusia, declaró a Prensa Latina el titular de la Dirección de Asuntos Multilaterales del Ministerio de Exteriores de Cuba, Pedro Luis Pedroso.
El encuentro significa, subrayó, un momento muy importante en el desarrollo de las relaciones entre Rusia y América Latina y el Caribe, en pos de la consolidación de "este camino que se inició el pasado año de concertación y diálogo".
Al mismo tiempo, se busca reforzar los espacios de multipolaridad en un mundo que era cada vez más unipolar, un aspecto al que ambas partes conceden importancia, observó.
En opinión del diplomático, se reafirman con esa cita dos elementos clave y es la posición que ocupa Rusia en el escenario internacional y, a la vez, la creciente importancia que cobra la Celac como mecanismo de concertación e integración entre los países de Latinoamérica y el Caribe.
Preguntado sobre el rol de la región en la configuración de un orden mundial multipolar, Pedroso afirmó que la Celac como nunca antes contribuye a visualizar la importancia que tiene América Latina y el Caribe, no solo desde el punto de vista económico, en razón de las economías con un nivel de desarrollo importante, y también en el ámbito político.
Existe, apreció el funcionario cubano, una amplia gama de intereses bilaterales y temas vitales para la Celac y Rusia, de acuerdo con el papel de la región en la solución de asuntos candentes de la política internacional.
Dijo que la autoridad es notable en la Asamblea General de la ONU, donde el foro habla en una sola voz acerca de temas cruciales de la actualidad internacional, como el desarme nuclear y el enfrentamiento del terrorismo en sus más diversas formas.
Hay un interés común por crear un mundo de paz, de amistad y de cooperación, enfatizó.
Visualizó las posibilidades de colaboración con el grupo de naciones y Rusia en el sector energético, la agricultura y la salud, entre otros campos de intercambio económico y comercial.
Confiamos en que el encuentro siente la base para la creación de un mecanismo permanente de consultas políticas y de cooperación entre la Celac y Rusia, concluyó Pedroso, quien integra la delegación de Cuba, presidida por el canciller, Bruno Rodríguez.
Rodríguez asiste a la reunión ministerial en representación de la presidencia anual pro témpore que ocupa Cuba desde enero en la Celac, y el día 30 celebrará conversaciones oficiales con Lavrov, como parte de una visita bilateral a este país.
Al destacar la magnitud de la Celac como agrupación integracionista de peso en el continente, el portavoz de la Cancillería, Alexander Lukashevich, valoró en declaraciones a la agencia Ria Novosti la presidencia de Cuba en el foro latinoamericano y caribeño como una clara confirmación de la creciente autoridad regional de la nación antillana.
Consideró en paralelo ese acontecimiento una oportunidad adicional para el fomento de las relaciones ruso-cubanas


viernes, 24 de mayo de 2013

CHRISTINE LAGARDE SOSPECHOSA

 

 

PALACIO DE JUSTICIA, PARIS

Lagarde declara ante la Justicia bajo el riesgo de ser imputada por malversación

La información/EFE

La directora gerente del FMI está compareciendo hoy ante la Justicia por el caso de la indemnización pública millonaria a un empresario en 2008 cuando era ministra.

La directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, llegó hoy al Tribunal de Justicia de la República, donde debe comparecer ante los jueces instructores del caso por la indemnización pública millonaria a un empresario en 2008 cuando era ministra, y que podrían imputarla por malversación.

Lagarde llegó en coche, aparentemente distendida, y con más de media hora de antelación sobre su convocatoria a la sede de este órgano jurisdiccional de Parísespecializado en juzgar a las personas aforadas, como los ministros, por hechos relativos al ejercicio de sus funciones.

Su declaración ante los tres magistrados podría prolongarse hasta mañana y cuando termine se sabrá si sale sin cargos o si es acusada de complicidad en falsificación y de malversación de fondos públicos por el controvertido procedimiento de arbitraje que eligió para poner fin al contencioso entre el Estado y Bernard Tapie.

Esa decisión del arbitraje, tomada en 2007 cuando era titular de Finanzas, con una renuncia a recurrirla ante los tribunales de justicia, se resolvió un año después con una indemnización de 403 millones de euros al empresario -conocido por su amistad con el entonces presidente francés, el conservador Nicolas Sarkozy- por su litigio con el antiguo banco público Crédit Lyonnais.

Los jueces pretenden aclarar si la opción de ese procedimiento de arbitraje se tomó contra los intereses del Estado, si estuvo influida -en particular por Sarkozy- para hacerlo así, y si estaba al corriente de las sospechas de parcialidad de alguno de los árbitros que intervinieron.

Ante la eventualidad de su imputación, las autoridades francesas ya han reaccionado por anticipado en dos líneas, la primera para reiterar su confianza en Lagarde como directora del FMI, por boca en particular del actual ministro de Finanzas, Pierre Moscovici.

Pero al mismo tiempo, la portavoz del Gobierno, Najat Vallaud Belkacem, aunque señaló hoy que corresponde al Fondo fijar las reglas sobre si podría seguir en el cargo pese a estar acusada por la justicia, precisó que en el Ejecutivo francés no sería posible: "tenemos unas reglas extremadamente claras".

Vallaud Belkacem, en una entrevista radio-televisada con RMC y BFM TV, reiteró que el Estado se constituirá en acusación particular y "defenderá sus intereses patrimoniales" si se constatara en la instrucción que hubo fraude.

El FMI en marzo, días después de que la justicia francesa hubiera llevado a cabo un registro en el domicilio parisino de Lagarde, había publicado un comunicado en el que el consejo de administración mostraba su "confianza" en la capacidad de la directora gerente para asumir "eficazmente sus funciones".

miércoles, 22 de mayo de 2013

El abandono del euro deja de ser tabú y gana posiciones en Alemania

 
Tras los euroescépticos de derecha, la izquierda sopesa la salida de la moneda | "El euro se creó para mejorar la vida de la gente, no para llevarla a la ruina", dice el exministro Lafontaine

Oskar Lafontaine

RAFAEL POCH

Berlín    19/05/2013

A derecha e izquierda, el euro todavía es una vaca sagrada en Europa. "Si fracasa el euro, fracasa Europa", dice Merkel, formulando un consenso general. Hasta ahora sólo había euroescépticos políticamente organizados en la derecha conservadora, por ejemplo en el nuevo partido alemán, Alternativa por Alemania (Alternative für Deutschland), que de momento sólo tiene un 2% de intención de voto, pero las cosas están cambiando significativamente. La izquierda está comenzando a plantearse el euro, así como el dogma de que su abandono sólo puede conducir a una catástrofe apocalíptica.
La idea fundamental la ha lanzado Oskar Lafontaine, peso pesado socialdemócrata, exministro de Finanzas y seguramente el político alemán más creativo e innovador: Europa es más importante que el euro, dice. "La moneda única se creó para mejorar la vida de la gente, no para llevarla a la ruina". Hace tiempo que los políticos europeos no saben hacia dónde ir. La miseria que crea la austeridad alemana está llegando a Francia, así que la creación de una coalición europea contra Alemania es únicamente una cuestión de tiempo. En ese contexto, hay que plantearse la posibilidad de abandonar el euro.
El argumento básico parte de la opinión del economista conservador Hans-Werner Sinn, que dice que para poder regresar a un nivel de competitividad equilibrado en el interior de la eurozona, países como Grecia, Portugal o España deben acometer una devaluación interna de entre el 20% y el 30%, mientras que Alemania debe encarecerse un 20%.
Ambas cosas son imposibles, dice Lafontaine. Lo primero llevaría a esos países a la ruina. Lo segundo supondría una drástica subida salarial en Alemania, algo que las organizaciones patronales no consentirán y que los partidos políticos, desde los conservadores de la CDU/CSU, hasta los socialdemócratas (SPD) y verdes, pasando por los liberales (FDP), no tienen la menor intención de apoyar. Así que lo único que queda es organizar una "salida ordenada del euro".
Dos economistas de renombre, Heiner Flassbeck, que fue precisamente secretario de Estado con Lafontaine, y Costas Lapavitsas, de la Universidad de Londres, han explicado en un documento presentado el viernes por la Fundación Rosa Luxemburgo, lo que significa "salida ordenada del euro". Se trata de crear "un sistema monetario flexible pero coordinado" que sea capaz de lidiar con los desequilibrios internos de la Unión Europea.
"Dada la manifiesta incapacidad de las instituciones europeas para administrar correctamente la unión monetaria, hay que admitir que esta era un objetivo demasiado ambicioso", así que hay que "retirarse para poder avanzar de nuevo".
Algunos países deben plantearse salir del euro, pero no de la UE, puntualizan. Para que eso no signifique la catástrofe por todos pregonada, es necesario organizar dos cosas: "imponer estrictos controles administrativos a los bancos" y "controlar los flujos de capital", de tal forma que la salida de un país del euro no signifique su descapitalización.
Esta salida tiene riesgos, reconocen, pero también los tiene la situación actual que conduce al desastre, mientras que los planteamientos de socialización de la deuda vía eurobonos no parecen realizables.
La diferencia de este planteamiento con el de la derecha es que, por ejemplo, los euroescépticos de Alternativa por Alemania (AfD) simplemente quieren desembarazarse del euro. Su programa aboga por reintroducir el marco, aunque el presidente de AfD, Bernd Lucke, ha dicho este fin de semana que quienes deberían abandonar el euro son los países del sur de Europa. Lucke habla de "introducir una moneda paralela al euro" y admite una quita de la deuda en países como Grecia y "quizá" Portugal, mientras que desde la izquierda se quieren introducir controles a la circulación de capitales para proteger a las economías débiles. Ambos planteamientos coinciden en dejar de considerar la salida del euro como un tabú.
El mensaje no ha sentado bien ni siquiera en el partido de Lafontaine, Die Linke, y el resto de la izquierda europea, con la excepción de Chipre, desde Grecia hasta Portugal, pasando por Italia y España, abraza el euro.
Pese a la sombra del dominio alemán de Europa, la realidad es que Alemania está aislada y es cada vez más maldecida por doquier, explica el analista Jens Berger. Berlín ha tirado por la borda gran parte del capital de prestigio. En Europa ya sólo tiene a Finlandia, y a Austria a medias, como aliados. Los cruces de reproches con Bruselas son semanales. "Ningún miembro de la UE quiere ser dependiente de un solo país, Alemania", dicen Flassbeck y Lapavitsas. ¿Y fuera de Europa?: la oposición al curso alemán tiene aliados en Estados Unidos y Japón, que con una atrevida política expansiva, que está en las antípodas de la de Berlín, ya presentan buenas perspectivas

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martes, 14 de mayo de 2013

Pakistán: tirado por EEUU, recogido por China

 

 

12may 2013

 

Vigilado por los fantasmas de Bin Laden y de Benazir Bhutto, Pakistán celebraba ayer las elecciones parlamentarias empapadas de sangre de civiles cuyo único pecado era haber nacido en un país encargado de luchar “contra el terror” provocado por un EEUU con afán de ganar el Gran Juego a China y Rusia en Asia Central.

Es la primera vez que en este país de 66 años de edad -la mitad de ellos, gobernado por los militares-, el poder se transmite de un gobierno civil a otro, se pone fin al bipartidismo y se permite participar a las personas transexuales, reconocidas como el “tercer género”. Tras los resultados, en el futuro es improbable que la ganadora Liga Musulmana cambie la actual política exterior del país, diseñada por los militares encabezados por el general Ashfaq Kayani, el hombre más poderoso del país.

“La tierra cándida” (significado del nombre del país en persa/urdu), hoy con 180 millones de habitantes, fue fundada en 1947 sobre el extremismo islámico sunnita, la enemistad con los hindúes, y el anticomunismo. Junto con Israel, han sido los dos estados creados a base de una religión y no con la etnicidad. Pakistán, además, fue el primer país musulmán en tener la bomba atómica (gracias al dinero de Arabia Saudí), y hoy es un gran exportador de mano de obra, con casi la mitad de la población analfabeta, una economía paralizada y una seguridad precaria.

A pesar de los miles de millones de dólares que EEUU ha invertido – en armas y en sobornar a los dirigentes- en este país, la mayoría de la población lo considera un enemigo. La superpotencia nunca ha protegido los intereses de su socio e incluso le dejó solo en las  guerras con la India (1965 y 1971).  Fue por el plan de ocupar Afganistán cuando le asignó un papel relevante, aunque suicida: ser el cuartel general del extremismo religioso terrorista con la misión de destruir las fuerzas democráticas laicas de la región y allanar el camino de sus mentores. Un papel que dejó el país lleno de las armas oxidadas americanas, el bolsillo de sus dirigentes corruptos lleno de dólares y la vida de decenas de millones de pakistaníes y afganos llena de dolor. Hoy Pakistán, resentido por los continuos desaires de Washington y debido al choque de intereses entre ambos países, ha dejado de ser el aliado más importante de EEUU en la región.

De cómo perder un aliado clave

La estrategia del “caos controlado” que aplica la OTAN en Af-Pak [término inventado por el Pentágono para denominar a ambos países (Afganistán y Pakistán), eliminando su soberanía y considerándoles simples teatros de operaciones sin gobierno, sin gentes] le sirvió a la Alianza para militarizar Asia Central y cercar a China, Rusia e Irán. También para intentar, así, impedir el acceso de dichos países a las fuentes y rutas de tránsito de los recursos naturales.

Si el afán de “contener a China” y evitar la formación de “Chindia” -la unión entre los dos gigantes asiáticos- ya es sólo una ilusión para los estadounidenses, sacrificar a Islam Abad a los pies de Nueva Delhi fue un grave error de Obama. EEUU perdió ahí a su gran aliado sin conseguir el cariño de la India, que se resiste a abandonar su política de “no alineado”. Al final, Pakistán no pudo ser un segundo Israel para EEUU: se le aplicó la política de “usar y tirar” sin pestañear. Ahora, los tres vecinos con bombas nucleares se están acercando, para desesperación de los americanos. India rechazó, con enfado, la oferta de Obama para mediar en el conflicto de Cachemira: “Nadie ha buscado su ayuda”. Y es que Cachemira es una cuestión entre la India y Pakistán, dijo la primera.  Tras los atentados del 2008 en Bombay, que llevaron a ambas partes al borde de la guerra, fue China la que actuó de apaciguador de los roces entre los dos vecinos.

Por otro lado, el asalto hollywoodiense de los SEAL a un domicilio en Abottabad -el 1 de mayo del 2011- fue la guinda de la humillación a Pakistán. EEUU no avisó y, además, Obama afirmaba entonces haber matado a Bin Laden. El presidente Zardari echaba humo: su aliado se había reído de la soberanía del país públicamente y ni había compartido con él las medallas de aquel supuesto magnicidio. Pocos se acordaban de que la ex primera ministra Benazir Bhutto, en una entrevista fechada el 2 de noviembre de 2007 con el programa de Al Jazzira Frost Over The World, había dicho  que Osama Bin Laden había sido asesinado años atrás por un posible agente de MI6: Omar Saeed Sheikh.  Benazir fue asesinada casi un mes después de esta revelación.

La venganza de los “pequeños”

Islam Abad guardó silencio sobre la identidad de las personas asesinadas en aquella humilde casa. No podía mentir, tampoco quería poner en ridículo a Obama, pero expulsó a 150 marines. Como respuesta, el presidente de EEUU se negó a recibir a Zardai en la cumbre de la OTAN del 2012; le acusó de encubrir a los terroristas islámicos. ¡Pero si este doble juego lo hace la OTAN, que con una mano bombardea las posiciones de los talibanes y con la otra les paga peajes, negocia con ellos para devolverles al poder en Afganistán y les ofrece una oficina en Turquía y otra en Qatar! Aquí el que no corre vuela.

Estando las cosas así, Islam Abad decidió enseñar los dientes: impidió el tránsito por sus carreteras de los convoys de la OTAN -que transportan el 80% de equipamiento (desde hamburguesas a papel higiénico) a sus tropas en Afganistán- y reanudó el proyecto del gasoducto Solh, que significa “paz” y que conducirá el gas iraní hacia Pakistán pudiendo terminar en China, ignorando las advertencias de EEUU y las sanciones impuestas contra Irán. Pakistán, con importantes problemas de energía, esperó en vano varios años la construcción del gasoducto alternativo de Turkmenistán-Afganistán-Pakistán y que anularía las rutas ruso-iraníes. El conducto, a pesar de recibir ingentes inversiones, no ha sido construido porque Rusia e Irán lo han impedido.

Ahora, Pakistán, que es el mayor comprador de armas de China, busca su protección político-económica. Un eje sino-pakistaní cambiará las reglas del juego en la zona creando un equilibrio de poder con la India, el principal comprador de armas del mundo. Que se atreva a pedir un peaje a la OTAN de 5.000 dólares por contenedor, en vez de los 250 de antes de esta crisis, ya es una señal.

Rompiendo el Collar de perlas

En febrero de 2012, el Congreso de EEUU aprobó una resolución en favor de la secesión de Beluchistán, la provincia más grande de Pakistán, que incluye el 40% de su territorio y 8 millones de sus habitantes. Hasta entonces, EEUU y Gran Bretaña habían apoyado las operaciones encubiertas de los grupos separatistas de ultraderecha religiosa, que luchan por un “Gran Beluchistán” que integraría las regiones baluches (un pueblo ancestral de origen iránico) de Pakistán, Irán y Afganistán.

EEUU sueña con romper esos tres países y dominar el futuro “Beluchistán Libre”, con sus abundantes e intactos depósitos de gas y minerales, y que colinda con Irán y el Mar Arábigo. De momento, Obama desestabiliza las provincias iraníes de Sistan-Baluchistan e impide que China utilice el puerto de Gwadar, cuya “gestión y explotación” ha sido entregado por Islam Abad a una empresa china.

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Ubicado en la confluencia de Asia del Sur, Asia Central y Oriente Medio, cerca del estrecho de Ormuz, por donde pasan 17 millones de barriles de petróleo al día, Gwadar podrá convertirse en otro punto del llamado “collar de perlas” (nombre dado por el Pentágono a las bases y vínculos diplomáticos de China con los países de la región para proteger a sus intereses económicos). Aquí Pekín ya ha construido una red de carreteras y planea continuar con la construcción de un oleoducto que podría llevar el petróleo de Oriente Medio hasta las provincias orientales de China. EEUU teme que dicha infraestructura se convierta en una base naval china en el Océano Índico.

Con todo, EEUU ha perdido, en los últimos 15 años, al Irak de Saddam Husein y a Pakistán como aliados claves en la zona. El siguiente podrá ser nada menos que Arabia Saudí

Fuente: Público.es

domingo, 12 de mayo de 2013

Siria: Netanyahu ataca, Obama se lo piensa

 

 


El mundo es un volcán


10 mayo 2013


Que Israel ataque Siria, como lo ha hecho por dos veces en los últimos días, constituye una pésima noticia. Es lo que le faltaba a la sangrienta guerra civil -70.000 muertos ya, cerca de las cifras del conflicto de los noventa en la antigua Yugoslavia- para disparar el riesgo de una internacionalización que desestabilizaría toda la región. El Gobierno de Benjamín Netanyahu, como la práctica totalidad de cuantos le precedieron, actúa convencido de que la seguridad de su país solo se garantiza si se humilla una y otra vez al enemigo, real o potencial. Sin embargo, con esta agresiva política preventiva, a la que solo falta la guinda de bombardear Irán, lo único que consigue es ampliar la nómina de adversarios, incrementar el odio y el resentimiento entre sus vecinos árabes y musulmanes –no siempre de sus dirigentes, pero siempre de sus pueblos- y potenciar la claustrofóbica sensación de sus ciudadanos de que viven en una isla rodeada de aguas turbulentas y llenas de tiburones, aunque tengan los dientes rotos.
De no ser por tanta exhibición de prepotencia y matonismo, y sobre todo por el trato injusto y degradante al que se somete al pueblo palestino y sus aspiraciones nacionales, incluso tendría cierto sentido reflexionar sobre el hecho incontestable de que ser judío israelí, y sentirse destinatario de tanto odio, no es precisamente una bicoca. Pero, ¿a quién culpar sino a ellos mismos por viciar su en algunos aspectos irreprochable sistema democrático para elegir una y otra vez a gobernantes que huyen hacia delante y se dejan arrastrar por la espiral de violencia y odio?
Ahora que tanto se usa y abusa de la referencia a ese ectoplasma llamado “legalidad internacional”, son escasas las voces (y apenas ninguna en Occidente) que denuncian que bombardear un país, sin cumplir un mandato expreso de la ONU, y con el vergonzoso subproducto de daños colaterales, es un acto condenable que debería sumarse al largo catálogo de abusos y atrocidades que convierten a los dirigentes israelíes acreedores a sentarse en el banquillo del Tribunal Penal Internacional.
No hay coartadas válidas para justificar estos ataques y los que con gran probabilidad están por llegar, ni siquiera las falsas razones que, en época de George Bush, condujeron a los disparates de Irak y Afganistán. Ni “intervención humanitaria”, ni “defensa de la democracia” ni amenaza de las “armas de destrucción masiva”, sino una agresión pura y dura para defender los particulares intereses reales o supuestos de Israel, que no coinciden ni con los del pueblo sirio ni con los de una comunidad internacional que ve con honda preocupación el riesgo de que un conflicto local incendie todo Oriente Próximo.
El Estado judío ha propinado un golpe triple: a su enemigo tradicional sirio, a la milicia libanesa de Hezbolá –a la que supuestamente estaban destinados los cohetes del convoy bombardeado- y a su gran bestia negra, Irán, cuyas instalaciones nucleares amenaza con destruir desde hace años. La gran pregunta es si estas acciones responden a una decisión unilateral del Gobierno judío, no consensuada con el gran padrino norteamericano, o si, por el contrario, desde la Administración de Barack Obama, se le ha otorgado el plácet, cuando menos indirecto, para comprobar sobre el terreno, a modo de ensayo, si es posible emprender sin graves riesgos una intervención militar limpia y quirúrgica.
El ejemplo a seguir para dar la puntilla al régimen de Damasco sería el de Libia, mediante bombardeos selectivos contra el potencial militar y los centros neurálgicos del régimen, pero sin presencia sobre el terreno de tropas extranjeras. Esa es probablemente la línea roja que se ha trazado ese exótico Premio Nobel de la Paz que habita en la Casa Blanca, y no, como se está diciendo, la de impedir o castigar el eventual uso de armas químicas por parte de El Asad, tan poco acreditado hasta ahora como la misma acusación lanzada contra la oposición armada.
El Asad no se lo pondrá fácil: excepto en una situación desesperada, no dará argumentos a EE UU para que le machaque con una lluvia de fuego como la que laminó Bagdad. Lo que preocupa a Obama, aparte la defensa de sus intereses geoestratégicos, no es tanto que Asad utilice armas químicas –lo que no tendría un efecto decisivo en la marcha de la guerra- sino que pierda el control de estos arsenales y caigan en manos indeseadas, las de grupos yihadistas afines a Al Qaeda que pululan en una oposición sin cohesión interna ni unidad de acción. Es el gas sarín en Nueva York el que le inquieta, no en Alepo o Damasco.
La intervención militar sería un fracaso histórico que arruinaría aún más el ambiguo y discutible legado de Obama y que recordaría el error cometido en Afganistán en los años ochenta del pasado siglo. En aquella ocasión, por combatir al gran rival por la hegemonía mundial del momento, la Unión Soviética, Estados Unidos amamantó a las guerrillas islamistas germen del régimen de los talibanes y del magma inquietante al que hoy combate el imperio en la difusa y sin reglas “guerra contra el terror”.
Por el momento, Obama resiste las presiones que le llegan desde la oposición republicana e incluso de algunos demócratas, y sostiene que no dará el paso adelante si existe el riesgo de extender el caos por Oriente Próximo, aunque considera que existe un motivo “moral y de seguridad nacional” (¡). Pero esa contención podría evaporarse si, por ejemplo, Asad decidiese responder a la agresión de Israel, incluso con bombardeos en su territorio. No es probable, excepto que el dictador sirio llegue a verse tan contra las cuerdas que considere que no tiene ya nada que perder, pero tampoco es imposible.
En ese caso, no hay duda de que EE UU no dejaría solo a su gran aliado estratégico en Oriente Próximo, y Siria se convertiría en el laboratorio para experimentar el nuevo modelo de guerra del siglo XXI, en la que sería más que probable que los drones (aviones sin piloto) jugasen un papel fundamental. Esa seguridad en el apoyo del amigo americano es la que alimenta la prepotencia de Netanyahu y de su banda de halcones, y les hace sentirse invulnerables.
Por supuesto, antes de lanzarse a la acción, Obama buscaría ganar legitimidad y obtener el apoyo de sus aliados y de la ONU. No le costaría demasiado esfuerzo conseguir el de los primeros, incluso que como en el caso de Libia se sumasen al esfuerzo bélico y camuflasen un tanto su contribución decisiva, pero que se olvide del segundo. Ni China, ni sobre todo Rusia, que tiene en Siria una base vital para sus intereses estratégicos, permitirían que el Consejo de Seguridad aprobase una resolución que supusiera el acta de defunción del régimen de Damasco. En cualquier caso, tener como socio en este empeño militar a Israel crearía un cierto malestar incluso en los países de la OTAN, además de suscitar la repulsa casi unánime de los árabes.
Entre tanto, el cerco se estrecha sobre Asad, sin que casi nadie (apenas Rusia e Irán) muevan un dedo para impedir el inevitable aunque no inminente desenlace: la derrota total y sin paliativos. Lo peor es que la caída del régimen no tiene por qué ser limpia, ya que existe un alto riesgo de que, cuando callen las armas, no emerja precisamente una Siria estable y unida, con su entramado étnico y confesional reconciliado y en armonía.
Si esa utopía no se ha cumplido en Irak o Afganistán, después de tanta y tanta muerte y destrucción, ¿por qué habría de ocurrir en Siria

Público.es

sábado, 11 de mayo de 2013

Gigantismo imperial y decadencia del planeta Tierra

 

 

11-05-2013
Y entonces solo hubo una potencia

Tom Engelhardt
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


Se extendía desde el Caspio al Mar Báltico, desde el centro de Europa a las Islas Kuriles en el Pacífico, de Siberia a Asia Central. Su arsenal nuclear incluía 45.000 ojivas y sus fuerzas armadas tenían cinco millones de soldados bajo las armas. No había existido nada parecido en Eurasia desde que los mongoles conquistaron China, ocuparon partes de Asia Central y el altiplano iraní y cabalgaron hacia Medio Oriente, saqueando Bagdad. Sin embargo, cuando la Unión Soviética colapsó en diciembre de 1991, desapareció la potencia imperial más pobre y más débil.
Y entonces hubo una sola. Nunca había habido un momento semejante: una sola nación montada en el globo sin un competidor a la vista. Ni siquiera había un nombre para un Estado (o estado de ánimo) semejante. “Superpotencia” ya se había utilizado cuando había dos. “Hiperpotencia” se probó brevemente pero no se impuso. “Única superpotencia” duró un poco pero no satisfizo. “Gran Potencia”, otrora el cénit de los apelativos, ya era un término inferior, heredado de los siglos en los que varias naciones europeas y Japón expandían sus imperios. Algunos comenzaron a hablar de un mundo “unipolar” en el cual todos los caminos llevaban… bueno, a Washington.
Hasta hoy, nunca hemos captado enteramente ese momento en el cual el imperio soviético se convirtió inesperadamente –sobre todo, para Washington– en el imperio que explotó y ardió. El vencedor de la Guerra Fría, que permaneció de pie, pareció, entonces, un imperio en el que no se ponía el sol. Fue como si siempre la humanidad hubiera viajado hacia ese día. Parecía el final de la línea.
¿El último imperio?
Después del ascenso y la caída de asirios y romanos, de persas, chinos, mongoles, portugueses, holandeses, franceses, ingleses, alemanes y japoneses, parecía haber terminado un proceso. EE.UU. dominaba de un modo antes inimaginable excepto en las películas de Hollywood en las que los malos cacareaban sus malévolos planes de dominar el mundo.
Para empezar, EE.UU. fue un imperio del capital global. Con la caída del comunismo al estilo soviético (y la transformación del régimen comunista de China en una cuadrilla de autoritarios “arribistas capitalistas”), no había ningún otro modelo de cómo hacer algo, hablando económicamente. Había el camino de Washington –y el del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial (ambos controlados por Washington)– o la otra vía, y la Unión Soviética ya había dejado bastante claro a dónde conducía: a la obsolescencia y a la ruina.
Además, EE.UU. tenía una potencia militar sin precedentes. Cuando la Unión Soviética comenzó a tambalearse, los dirigentes de EE.UU. ya habían estado durante casi una década utilizando conscientemente “la carrera armamentista” para llevar a su oponente a una temprana muerte a fuerza de gastos. Y fue lo curioso después de siglos de carreras armamentistas; cuando ya no quedaba ninguna competencia, EE.UU. continuó una carrera armamentista de uno solo.
En los años siguientes sobrepasó a todos los demás países o conjuntos de países en gastos militares por sumas asombrosas. Era la sede de los más poderosos fabricantes de armas del mundo, estaba tecnológicamente a años luz delante de cualquier otro Estado y seguía desarrollando futuros armamentos para 2020, 2040, 2060, incluso a pesar de haber establecido prácticamente un monopolio del comercio global de armas (y así, controlaba quién estaría bien armado y quién no lo estaría).
Tenía un imperio de bases en el extranjero, más de 1.000, que abarcaban el globo, otro fenómeno sin precedentes. Y dominaba culturalmente, de nuevo de una manera que hacía que las comparaciones con otros momentos parecieran ridículas. Como los fabricantes de armas estadounidenses producían cosas que estallaban de noche para una audiencia internacional, las películas de acción y fantasía de Hollywood conquistaban el mundo. De esas cintas a los arcos dorados, el logo de Nike y el ordenador personal, no existía otra cultura que se aproximara a reivindicar un distintivo global semejante.
Las principales potencias económicas no estadounidenses del momento –Europa y Japón– mantenían fuerzas armadas dependientes de Washington, tenían bases de EE.UU. cubriendo en sus territorios y continuaban albergándose bajo el “paraguas nuclear” de Washington. No es de extrañar que el momento postsoviético, en EE.UU., se proclamase enseguida como “el fin de la historia” y la victoria de la “democracia liberal” o la “libertad” se celebrasen como si realmente no hubiera un mañana, excepto más de lo que podía ofrecer la actualidad.
No es de extrañar que, en el nuevo siglo, los neoconservadores y los expertos que los apoyaban hayan comenzado a afirmar que los imperios británico y romano habían sido mediocres en comparación. No es de extrañar que personajes clave dentro y alrededor del gobierno de George W. Bush hayan soñado con establecer una Pax Americana en el Gran Medio Oriente y posiblemente en todo el mundo (así como una Pax Republicana en el interior). Imaginaron que podrían realmente impedir que otro competidor o bloque de competidores se alzaran para cuestionar el poder de EE.UU. Jamás.
No es de extrañar que hayan tenido notablemente pocos titubeos antes de lanzar sus incomparablemente poderosas fuerzas armadas a guerras
por elección en el Gran Medio Oriente. ¿Qué podía fallar? ¿Qué podría colocarse en el camino de la mayor potencia que la historia haya visto?
Evaluando el momento imperial, al estilo del Siglo XXI
Casi un cuarto de siglo después de la desaparición de la Unión Soviética, lo notable es cuánto –y cuán poco– ha cambiado.
Desde el punto de vista del cuánto: Los sueños de gloria militar de Washington se derrumbaron con asombrosa velocidad en Afganistán e Iraq. Entonces, en 2007, el trascendente imperio del capital también se acercó a la implosión, cuando un desastre financiero unipolar se propagó por el planeta. Condujo a la gente a comenzar a preguntarse si no sería posible que la mayor potencia del globo pudiera, de hecho, ser demasiado grande para fracasar, y nos vimos repentinamente –como todos dijeron– lanzados a un “mundo multipolar”.
Mientras tanto, el Gran Medio Oriente, cayó en la protesta, la rebelión, la guerra civil, y el caos sin que hubiera una Pax Americana a la vista, cuando un sistema de Guerra Fría controlado por Washington en la región se estremecía sin (todavía) colapsar. La capacidad de Washington de imponer su voluntad al planeta parecía cada vez más ser la más descabellada fantasía, mientras cada señal, incluyendo la hemorragia del tesoro nacional en la pérdida de guerras multibillonarias, no reflejaba predominio sino una posible decadencia.
Y sin embargo, en la categoría de cuán poco: los europeos y los japoneses se mantuvieron acurrucados bajo ese “paraguas” estadounidense, con sus territorios todavía repletos de bases estadounidenses. En la Eurozona, los gobiernos siguieron reduciendo sus inversiones en la OTAN y en sus propias fuerzas armadas. Rusia siguió siendo un país con un considerable arsenal nuclear y unas fuerzas armadas reducidas pero todavía grandes. Sin embargo, no mostró señales de pretensiones de “superpotencia”. Otras potencias regionales cuestionaron económicamente la unipolaridad –Turquía y Brasil, para nombrar dos– pero no en lo militar, y ninguna mostró la necesidad de competir por sí sola o en bloques en un sentido imperial con EE.UU.
Los enemigos de Washington en el mundo siguieron siendo de tamaño modesto (aunque presentados en enormes proporciones en la cámara de resonancia de los medios estadounidenses). Incluían a un par de tambaleantes potencias regionales (Irán y Corea del Norte), una o dos insurgencias minoritarias, y grupos relativamente pequeños de “terroristas” islamistas. Aparte de eso, como una medida del poder en el planeta, no más de un puñado de otros países tenía un puñado de bases militares fuera de su territorio.
Dadas las circunstancias, nada podría haber sido más extraño que esto: en su momento de total predominio, la única superpotencia de la Tierra con fuerzas armadas de un asombroso potencial destructivo y sofisticación tecnológica no podía ganar una guerra contra guerrillas con un armamento mínimo. De un modo aún más impresionante, a pesar de no tener serios oponentes en ningún sitio, parecía no estar en ascenso sino en decadencia, con su infraestructura en descomposición, su población económicamente deprimida, su riqueza cada vez más desigualmente dividida, su Congreso al parecer irreparable, mientras que el gran sonido succionador que se podía escuchar era el de dinero y poder orientados hacia el Estado de seguridad nacional. Más temprano que tarde, todos los imperios caen, pero este caso resultaba ser ciertamente curioso.
Y luego, por supuesto, estaba China. En el planeta que ha sido habitado por la humanidad durante los últimos miles de años, ¿puede caber alguna duda de que China habría sido la potencia escogida para cuestionar, temprano o tarde, el dominio de la gran potencia reinante del momento? Se estima que posiblemente sobrepasará a EE.UU. como la economía número uno del globo en 2030.
Ahora mismo, el gobierno de Obama parece estar trabajando precisamente sobre la base de esa suposición. Con su bien publicitado “pivote” (o “reajuste”) hacia Asia, ha estado actuando para “contener” lo que teme que pueda ser la próxima gran potencia. Sin embargo, aunque los chinos ciertamente están expandiendo sus fuerzas armadas y desafiando a sus vecinos en las aguas del Pacífico, no hay señales de que la dirigencia del país esté dispuesta a lanzarse a algo parecido a un desafío global a EE.UU. ni que podría hacerlo en algún futuro concebible. Sus problemas internos, de la contaminación a la agitación, siguen siendo suficientemente alarmantes para que cueste imaginar que China no esté absorbida por problemas internos hasta 2030 y más allá.
Y luego había un solo (planeta)
Desde el punto de vista militar, cultural y en cierta medida económico, EE.UU. se mantiene sorprendentemente solo en términos imperiales en el paneta Tierra, aunque pocas cosas han dado los resultados esperados en Washington. La historia de los años desde la caída de la Unión Soviética pueden resultar ser una historia de cómo la dominación y la decadencia de EE.UU. fueron a la par con la parte decadente de la ecuación, sorprendentemente autogenerada.
Y sin embargo existe una posibilidad genuina, incluso desconcertante: ese momento de “unipolaridad” en los 90, puede realmente haber sido el punto del fin de la historia, como los seres humanos la habían conocido durante milenios – es decir, la historia del ascenso y la caída de imperios. ¿Podría EE.UU. ser en realidad el último imperio? ¿Es posible que no haya ningún sucesor porque algo ha cambiado profundamente en el campo de la construcción de imperios? Una cosa es cada vez más clara: sea cual sea el estado de EE.UU. imperial, hay algo significativamente más crucial para el destino de la humanidad (y de los imperios) que está en decadencia. Hablo, por supuesto, del planeta en sí.
El actual modelo capitalista (el único disponible) para una potencia en ascenso, sea China, India, o Brasil, es también un modelo de decadencia planetaria, posiblemente de naturaleza precipitada. La definición misma del éxito –más consumidores de clase media, más dueños de coches, más compradores, lo que significa el uso de más energía, la quema de más combustibles fósiles, que más gases invernadero lleguen a la atmósfera– es también, como nunca antes, la definición del fracaso. Mientras mayor el “éxito”, más intensas las sequías, más fuertes las tormentas, más extremo el clima, mayor la elevación de los niveles del mar, más cálidas las temperaturas, mayor el caos en tierras bajas o tropicales, más profundo el fracaso. La pregunta es: ¿Conducirá esto a un fin de los modelos anteriores de la historia, incluyendo el hasta ahora predecible ascenso de la próxima gran potencia, el próximo imperio? En un planeta que degenera, ¿es posible imaginar la próxima etapa en el gigantismo imperial?
Cada factor que normalmente conduciría a la “grandeza” ahora lleva a la decadencia global. Este proceso –que no podría ser más injusto para países con tardías revoluciones industriales y de consumo– da un nuevo significado a la frase “capitalismo del desastre”
Por ejemplo los chinos, cuyos dirigentes, al abandonar el modelo maoísta, hicieron lo más natural del mundo en la época: modelaron su futura economía según la de EE.UU. – es decir, en el éxito como era definido en aquel entonces. A pesar de tradiciones comunales tradicionales y revolucionarias, por ejemplo, decidieron que para ser una potencia en el mundo tenían que convertir al coche (o sea el conductor individual) en un pilar de cualquiera futura China capitalista de Estado. Si dio resultados en EE.UU., daría resultados para ellos, y en el corto plazo, funcionó como un sueño, un milagro capitalista – y China creció.
También fue, sin embargo, una fórmula para contaminación masiva, degradación ecológica, y el lanzamiento de combustibles fósiles hacia la atmósfera en cantidades récord. Y no es solo China. No importa si se habla del uso voraz de energía de ese país, incluyendo sus posibles “bombas de carbono”, o el potencial de que la decadencia estadounidense sea detenida por nuevos métodos extremos de producir energía (fracking, extracción de arenas bituminosas, perforación en aguas profundas). Semejantes métodos, por mucho que afecten los entornos locales, pueden ciertamente convertir a EE.UU. en una “nueva Arabia Saudí”. Pero eso, por su parte, solo contribuiría aún más a la degradación del planeta, a una decadencia en una escala cada vez mayor.
¿Y si, en el Siglo XXI, la decadencia aumentara en lugar de disminuir? ¿Y si el momento unipolar resulta ser un momento planetario en el cual eventos imperiales previamente distinguibles –el ascenso y la caída de imperios– se fusionan en un solo sistema desastroso?
¿Y si la historia de nuestros tiempos fuera la siguiente: Entonces había un planeta, y se iba deteriorando?


Tom Engelhardt, es cofundador del American Empire Project y autor de “The End of Victory Culture”, una historia sobre la Guerra Fría y otros aspectos, así como de la una novela: “The Last Days of Publishing”. y de“The American Way of War: How Bush’s Wars Became Obama’s” (Haymarket Books). Su último libro, escrito junto con Nick Turse es: Terminator Planet: The First History of Drone Warfare, 2001-2050 .
Copyright 2013 Tom Engelhardt
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175696/tomgram%3A_engelhardt%2C_the_last_empire/#more

lunes, 6 de mayo de 2013

El mundo en 2030

 



MUNDO 2030

Ignacio Ramonet
 
Le Monde Diplomatique

Cada cuatro años, con el inicio del nuevo mandato presidencial en Estados Unidos, el National Intelligence Council (NIC), la oficina de análisis y de anticipación geopolítica y económica de la Central Intelligence Agency (CIA), publica un informe que se convierte automáticamente en una referencia para todas las cancillerías del mundo. Aunque obviamente se trata de una visión muy parcial (la de Washington), elaborada por una agencia, la CIA, cuya principal misión es defender los intereses de Estados Unidos, el informe estratégico del NIC presenta una indiscutible utilidad porque resulta de una puesta en común –revisada por todas las agencias de inteligencia de EE.UU.– de estudios elaborados por expertos independientes de varias universidades y de muchos otros países (Europa, China, la India, África, América Latina, mundo árabe-musulmán, etc.).
El documento confidencial que el presidente Barack Obama encontró sobre la mesa de su despacho en la Casa Blanca el pasado 21 de enero al tomar posesión de su segundo mandato, se acaba de publicar con el título: Global Trends 2030. Alternative Worlds (Tendencias mundiales 2030: nuevos mundos posibles) (1). ¿Qué nos dice?
La principal constatación es: el declive de Occidente. Por vez primera desde el siglo XV, los países occidentales están perdiendo poderío frente a la subida de las nuevas potencias emergentes (2). Empieza la fase final de un ciclo de cinco siglos de dominación occidental del mundo. Aunque Estados Unidos seguirá siendo una de las principales potencias planetarias, perderá su hegemonía económica en favor de China. Y ya no ejercerá su “hegemonía militar solitaria” como lo hizo desde el fin de la Guerra Fría (1989). Vamos hacia un mundo multipolar en el que nuevos actores (China, la India, Brasil, Rusia, Sudáfrica) tienen vocación de constituir sólidos polos continentales y de disputarle la supremacía internacional a Washington y a sus aliados históricos (Japón, Alemania, Reino Unido, Francia).
Para tener una idea de la importancia y de la rapidez del desclasamiento occidental que se avecina, baste con señalar estas cifras: la parte de los países occidentales en la economía mundial va a pasar del 56% hoy, a un 25% en 2030... O sea que, en menos de veinte años, Occidente perderá más de la mitad de su preponderancia económica... Una de las principales consecuencias de esto es que EE.UU. y sus aliados ya no tendrán probablemente los medios financieros para asumir el rol de gendarmes del mundo... De tal modo que este cambio estructural (añadido a la profunda crisis económico-financiera actual) podría lograr lo que ni la Unión Soviética ni Al Qaeda consiguieron: debilitar durante mucho tiempo a Occidente.
Según este informe, en Europa la crisis durará al menos un decenio, es decir hasta 2023... Y, siempre según este documento de la CIA, no es seguro que la Unión Europea logre mantener su cohesión. Entretanto, se confirma la emergencia de China como segunda economía mundial y con vocación de convertirse en la primera. Al mismo tiempo, los demás países del grupo llamado BRICS (Brasil, Rusia, la India y Sudáfrica) se instalan en segunda línea compitiendo directamente con los antiguos imperios dominantes del grupo JAFRU (Japón, Alemania, Francia, Reino Unido).
En tercera línea aparecen ahora una serie de potencias intermediarias, con demografías en alza y fuertes tasas de crecimiento económico, llamadas a convertirse también en polos hegemónicos regionales y con tendencia a transformarse en grupo de influencia mundial, el CINETV (Colombia, Indonesia, Nigeria, Etiopía, Turquía, Vietnam).
Pero de aquí a 2030, en el Nuevo Sistema Internacional, algunas de las mayores colectividades del mundo ya no serán países sino comunidades congregadas y vinculadas entre sí por Internet y las redes sociales. Por ejemplo, ‘Facebooklandia’: más de mil millones de usuarios... O ‘Twitterlandia’, más de 800 millones... Cuya influencia, en el “juego de tronos” de la geopolítica mundial, podrá revelarse decisivo. Las estructuras de poder se difuminarán gracias al acceso universal a la Red y el uso de nuevas herramientas digitales.
A este respecto, el informe de la CIA anuncia la aparición de tensiones entre los ciudadanos y algunos gobiernos en unas dinámicas que varios sociólogos califican de ‘post-políticas’ o ‘post-democráticas’... Por un lado, la generalización del acceso a la Red y la universalización del uso de las nuevas tecnologías permitirán a la ciudadanía alcanzar altas cuotas de libertad y desafiar a sus representantes políticos (como durante las primaveras árabes o la crisis de los “indignados”). Pero, a la vez, según los autores del informe, estas mismas herramientas electrónicas proporcionarán a los gobiernos “una capacidad sin precedentes para vigilar a sus ciudadanos” (3).
“La tecnología –añaden los analistas de Global Trends 2030– continuará siendo el gran nivelador, y los futuros magnates de Internet, como podría ser el caso de los de Google y Facebook, poseen montañas enteras de bases de datos, y manejan en tiempo real mucha más información que cualquier Gobierno”. Por eso, la CIA recomienda a la Administración de EE.UU. que haga frente a esa amenaza eventual de las grandes corporaciones de Internet activando el Special Collection Service (4), un servicio de inteligencia ultrasecreto –administrado conjuntamente por la NSA (National Security Service) y el SCE (Service Cryptologic Elements) de las Fuerzas Armadas– especializado en la captación clandestina de informaciones de origen electromagnético. El peligro de que un grupo de empresas privadas controle toda esa masa de datos reside, principalmente, en que podría condicionar el comportamiento a gran escala de la población mundial e incluso de las entidades gubernamentales. También se teme que el terrorismo yihadista sea reemplazado por un ciberterrorismo aún más sobrecogedor.
La CIA toma tan en serio este nuevo tipo de amenazas que, finalmente, el declive de Estados Unidos no habrá sido provocado por una causa exterior sino por una crisis interior: la quiebra económica acaecida a partir de 2008. El informe insiste en que la geopolítica de hoy debe interesarse por nuevos fenómenos que no poseen forzosamente un carácter militar. Pues, aunque las amenazas militares no han desaparecido (véase les intimidaciones armadas contra Siria o la reciente actitud de Corea del Norte y su anuncio de un uso posible del arma nuclear), los peligros principales que corren hoy nuestras sociedades son de orden no-militar: cambio climático, conflictos económicos, crimen organizado, guerras electrónicas, agotamiento de los recursos naturales...
Sobre este último aspecto, el informe indica que uno de los recursos que más aceleradamente se está agotando es el agua dulce. En 2030, el 60% de la población mundial tendrá problemas de abastecimiento de agua, dando lugar a la aparición de “conflictos hídricos”... En cuanto al fin de los hidrocarburos en cambio, la CIA se muestra mucho más optimista que los ecologistas. Gracias a las nuevas técnicas de fracturación hidráulica, la explotación del petróleo y del gas de esquisto está alcanzando niveles excepcionales. Ya Estados Unidos es autosuficiente en gas, y en 2030 lo será en petróleo, lo cual abarata sus costos de producción manufacturera y exhorta a la relocalización de sus industrias. Pero si EE.UU. –principal importador actual de hidrocarburos– deja de importar petróleo, es de prever que los precios se derrumbarán. ¿Cuáles serán entonces las consecuencias para los actuales países exportadores?
En el mundo hacia el que vamos, el 60% de las personas vivirá, por primera vez en la historia de la humanidad, en las ciudades. Y, como consecuencia de la reducción acelerada de la pobreza, las clases medias serán dominantes y se triplicarán, pasando de los 1.000 a los 3.000 millones de personas. Esto, que en sí es una revolución colosal, acarreará como secuela, entre otros efectos, un cambio general en los hábitos culinarios y, en particular, un aumento del consumo de carne a escala planetaria. Lo cual agravará la crisis medioambiental. Porque se multiplicará la cría de ganado, de cerdos y de aves ; y eso supone un derroche de agua (para producir piensos), de pastos, de fertilizantes y de energía. Con derivaciones negativas en términos de efectos invernadero y calentamento global...
El informe de la CIA anuncia también que, en 2030, los habitantes del planeta seremos 8.400 millones pero el aumento demográfico cesará en todos los continentes menos en África, con el consiguiente envejecimiento general de la población mundial. En cambio, el vínculo entre el ser humano y las tecnologías protésicas acelerará la puesta a punto de nuevas generaciones de robots y la aparición de “superhombres” capaces de proezas físicas e intelectuales inéditas.

El futuro es pocas veces predecible. No por ello hay que dejar de imaginarlo en términos de prospectiva. Preparándonos para actuar ante diversas circunstancias posibles, de las cuales una sola se producirá. Aunque ya advertimos que la CIA tiene su propio punto de vista subjetivo sobre la marcha del mundo, condicionado por el prisma de la defensa de los intereses estadounidenses, su informe tetranual no deja de constituir una herramienta extremadamente útil. Su lectura nos ayuda a tomar conciencia de las rápidas evoluciones en curso y a reflexionar sobre la posibilidad de cada uno de nosotros a intervenir y a fijar el rumbo. Para construir un futuro más justo.