jueves, 26 de noviembre de 2015

La mecha, la chispa, la llama

 
El derribo de un avión de combate ruso que, según Ankara, había penetrado en el espacio aéreo turco, ha sido la chispa en la mecha de los designios contrapuestos de dos países cuyos líderes —Erdogan y Putin— comparten la nostalgia por imperios perdidos y un carácter autoritario que impide dar por seguro que, de aquí en adelante, será solo el cálculo, y no las tripas, lo que determine sus decisiones.
Mecha, chispa y llama.
La mecha consiste en la delicada situación que implican los bombardeos rusos en una zona donde la política del zar y el sultán chocan frontalmente y en la que el peculiar trazado fronterizo hace entender lo fácil que puede ser violarla por error.
La chispa —ya se ha dicho— ha sido el incidente aéreo, el más grave desde 1952 en el que se han visto envueltos un país de la OTAN y otro de la antigua Unión Soviética, de la que Rusia pretende ser heredero universal.
La llama, por fortuna, aún no ha prendido, pero ahora es mucho más probable que lo haga. Erdogan y Putin han optado de momento por la prudencia, pero dando ambos a entender que si hechos similares vuelven a presentarse, su reacción será enérgica (léase explosiva). El presidente turco ha dicho que, aunque lamenta lo ocurrido, está dispuesto a defender a toda costa su territorio. El ruso, por su parte, ha anunciado que, a partir de ahora, sus bombarderos irán escoltados por cazas, lo que implica que les defenderán ante cualquier agresión.
La causa de ambos debería ser la misma: derrotar a la amenaza existencial que supone el Estado Islámico. Algo en lo que, en teoría, están de acuerdo. Y no solo ellos, sino también Estados Unidos, Francia, Irán y Arabia Saudí, por citar a los actores principales. No tendría , por tanto, que ser imposible que todos alcanzasen un acuerdo sobre la estrategia a seguir por el único procedimiento posible cuando los objetivos no son del todo coincidentes: cediendo en lo menor para hacer posible lo mayor. En la práctica, sin embargo, resulta mucho más difícil y, a veces, se diría que imposible. Porque hay varias agendas que chocan a la hora de tratar una cuestión crucial: la continuidad en el poder del presidente sirio, Bachar el Asad, un aliado irrenunciable para Moscú y Teherán, pero un enemigo al que hay que derrocar para Washington, París o Ankara.
El derribo del Sujoi convierte en escaparate de esas diferencias a una frontera que se revela como un punto incandescente, un nuevo foco de tensión que añadir a una guerra que, además de los frentes de Siria e Irak, ya había reforzado su dimensión internacional tras los recientes atentados terroristas en París, Mali y Túnez.
Si Putin defiende a Asad –y combate a su oposición moderada, tanto o más que a la yihadista- es porque constituye su mejor garantía de mantener o recuperar su influencia en la región, donde tiene una importante base militar. Un fin tan comprensible como el de Obama para defender la defenestración del presidente sirio, que pasa por mantenerse como el principal actor externo más allá de su alianza estratégica con Israel y de sus relaciones privilegiadas con Egipto y Arabia Saudí. Un nexo, sobre todo con la monarquía petrolera, en el origen de muchas de las desgracias que afligen hoy a Oriente Próximo, que entra en abierta contradicción con el objetivo declarado de combatir las raíces del conflicto.
En cuanto a Turquía, tiene sus propios objetivos, como impedir que la guerrilla del PKK consolide santuarios al otro lado de sus fronteras con Siria e Irak e impedir que se constituya allí un Estado kurdo, inspirador de la fiebre separatista en el sureste del país. Por no hablar de la decisión de Ankara de crear mediante la acción militar una zona de seguridad para evitar incursiones en su territorio, y de proteger a la población turcomana allí establecida, germen de uno de los grupos que combaten a Asad y que se ha convertido en blanco de las bombas rusas. Esta agenda turca parece estar por delante de la necesidad de combatir al EI, aunque se den facilidades a Estados Unidos para que lo haga desde su territorio, permitiendo a sus aviones que utilicen la base de Incirlik.
Pasmoso: dos países clave en dos coaliciones antiyihadistas —que deberían ser una— y que, antes que comprometerse contra el enemigo común, libran su propia guerra, que ya ha dejado de ser totalmente fría y que implica que no todos sus enemigos son comunes.
La mentira ha sido siempre un arma de guerra. Por eso, será difícil saber alguna vez si el Sujoi violó o no la frontera. Incluso de ser cierta la versión de Ankara, aterra pensar que el hecho de que penetrase durante unos segundos el territorio turco se considerase motivo suficiente para el derribo de un avión de un poderoso país, heredero de un imperio que compitió un día con el otomano, pero con el que hoy se mantienen amistosas relaciones diplomáticas y muy estrechas comerciales.
Cuesta creer que se tratase de una decisión premeditada, fruto de una política preestablecida por Erdogan. Sin embargo, de haber sido el incidente resultado de una concatenación de errores personales —de los pilotos implicados o de sus mandos inmediatos— lo lógico habría sido que ambas partes los hubieran asumido como tales, en lugar de recurrir a una retórica casi belicista que hará mucho más difícil responder a una situación similar en el futuro, es decir, evitar que otra chispa se haga llama.
 
LUIS MATÍAS LÓPEZ
FUENTE: PÚBLICO..ES














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