lunes, 11 de enero de 2016

Reino de España: ¿Nuevo escenario político?




 
 

Jordi Borja

 
Ni el nuevo año ni la aparición de nuevos actores no garantizan una nueva obra, ni tampoco un escenario diferente. Pero algo novedoso empieza, solamente empieza. Ciertamente al PP decadente y lacónico le ha salido una copia, Ciudadanos, de arrogancia juvenil y de intenciones vetustas. Y al PSOE, cainita y desorientado hace todo lo posible que le llegue el “sorpasso”, que se le pase por encima un Podemos que parece bastante dispuesto a prepararse para ser una alternativa posible. A corto plazo es probable que los cambios si los hay no sean ni numerosos ni profundos. Pero el  sistema establecido a partir de la transición ha entrado en su ocaso. El escenario ya no es ni será el de antes.
El PP quizás podrá gobernar ahora pero será muy probablemente por poco tiempo. Ciudadanos lo apoyará, luego procurará debilitarle y finalmente soñará en ganarle en las siguientes elecciones, lo cual no le garantiza ni mucho menos que pueda hacerse cargo del gobierno. El PSOE arrastra un fuerte lastre del pasado y una confrontación interna fratricida, lo cual le paraliza y deja un ancho espacio a Podemos. Éste y las nuevas fuerzas de base local, regional o nacionalitaria aparecen los actores del cambio aunque están “en construcción”. Pero el cambio o el continuismo lo garantizan no tanto los partidos políticos sino de la “sociedad política”. Es decir nos referimos al conjunto de movimientos, organizaciones y colectivos sociales y culturales que han expresado su malestar y su indignación, los están afectados por la crisis y no se sienten representados por los gobernantes, la ciudadanía no soporta la corrupción y los privilegios de las oligarquías políticas y económicas y sienten que se les despojan de sus derechos y de sus esperanzas. Han emergido generaciones que no conocieron la dictadura y que a penas saben como fue la transición. La incipiente y no desarrollada democracia en la postransición, pero con avances importantes respecto el pasado, ha sido “natural” para los nacidos entonces. Sin embargo han percibido que el marco político-jurídico les oprime más que los libera y la democracia ha sido secuestrada por corporaciones de intereses de clase política y financiera. Cómo no una parte importante de la juventud y de generaciones anteriores frustrados en sus expectativas no van a ser “antisistema” si el sistema les excluye. Difícilmente pueden confiar en partidos institucionales, esperan algo nuevo y limpio. Pero necesitan utopías posibles, el independentismo en el caso de las nacionalidades, la conquista de los ayuntamientos por parte de candidaturas nuevas, la exigencia de transparencia y control popular sobre los gobiernos. Incluso Podemos y los colectivos aliados deberán demostrar que son diferentes.  Sin embargo la “sociedad política” necesita tener representación política que conquiste las instituciones para convertir las demandas de cambio en  normas, programas y estilos al alcance de toda la ciudadanía.
Una prueba de la fuerza potencial de la aspiración al cambio es la reacción conservadora que se expresa en la “triple alianza” tan poco santa como la de Metternick que nos envió hace casi dos siglos para restablecer al infausto Fernando VII. El “gran pacto de gobierno” entre PP, Ciudadanos y PSOE recuerda también a los “7 magníficos” que reunió Fraga con López Rodó y otros personajes del franquismo.  El PP lo propone, a Ciudadanos le complacería y al PSOE fuera cual fuera la parte del pastel sería veneno. Sería un regalo a Podemos que aparecería la única alternativa y generaría un muy amplio rechazo social. Las otras salidas a la situación actual parecen cerradas. El PP puede intentar gobernar en solitario con la abstención de Ciudadanos y algunos votos de grupos minoritarios lo cual parece muy difícil o el voto a favor de Ciudadanos. Otra posibilidad es un pacto con el PSOE, lo cual marcaría a éste una vez más su opción prioritaria conservadora. Entre PP y PSOE los cambios serían para que nada cambiara.En cualquier caso la legislatura terminaría pronto, solo servirá para debilitar más al PP. El PSOE en teoría podría ser ya una alternativa pero no cuenta con el apoyo de Ciudadanos y rechaza a Podemos por su posición favorable a la consulta catalana, algo inevitable si se quiere buscar una vía dialogante que redujera las tensiones. El PSOE tiene su principal enemigo dentro del partido, los que hacen lo posible para debilitar a su actual líder. Nos referimos a algunos sus barones y parte de su aparato y principalmente la líder de Andalucía, la versión “aznarista” en mujer, andaluza y según dice socialista. A Podemos el rechazo le va ahora de rositas, ni tan solo debe decir no. Pactar con el PSOE en posición subordinada aparecería como un parte de  la “casta”. Además las coaliciones periféricas que le han proporcionado un tercio de los votos le dejarían casi medio desnudo. Su momento será las próximas elecciones.
Veamos pues el lastre o las limitaciones que arrastran los dos partidos del sistema y Ciudadanos por su vocación manifiesta. El PP es profundamente conservador como corresponde al registrador de la propiedad que lo lidera. No se ha querido enterar de la emergencia de las jóvenes generaciones. Su conservadurismo nos hace recordar al Juan de Mairena de Antonio Machado, “no estoy en contra de los conservadores pues hay mucho que conservar, pero nuestros conservadores me recuerdan al sarnoso que lo que quería conservar es la sarna”. El PP se caracteriza por el inmovilismo, ha intentado momificar la Constitución, previo largo proceso de interpretación regresiva. El tancredismo de Rajoy y su gobierno  ha sido clamoroso ante la “cuestión catalana”, incapaz de tomar alguna iniciativa que hubiera abierto caminos de díalogo. Es incapaz de hacer pactos, de ponerse en algún momento en el lugar del otro, no ha buscado aliados y ahora está solo. No sabe que en democracia tan importante o más tener muchos votos como no tener muchos muy en contra  (Popper, un filósofo de la política, al que sus “pensadores” debieran conocerlo).  Quisieran andar hacia atrás, cuando no había crisis, ni independentismos, ni escándalo social debido a la corrupción, ni nuevas formas de la acción política, inconscientes que volver a viejas aguas nos traerán mañana los mismos lodos que tenemos hoy, de nuevo el maestro Mairena. El único cambio que quieren es garantizar el sistema de poder oligárquico actual.
Ciudadanos no ha gobernado nada y nunca, podría ser innovador. Es crítico con el bipartidismo y se declara de centro. Recuerdo una clase del profesor de la Sorbonne Duverger que decía: el centro es una posición inestable que siempre cae hacia la derecha. C’s es un caso más, incluso consigue situarse a la derecha del PP sobre la violencia de género, el aborto, la participación en las malditas guerras del Próximo Oriente y de África, neoliberalismo a ultranza, etc. Y además un rechazo visceral a las nacionalidades y autonomías que ya se lo han cobrado en las recientes elecciones no solo Catalunya (ha sido el partido menos votado), también en el País Vasco, Galicia y País Valenciano. Proclaman su voluntad de transformar España, pero  no dicen nada concreto o regresivo y muchas veces solamente retórica. Es el modelo de partido gatopardesco: cambiar para que nada cambie. Su divisa implícita es “váyase señor Rajoy que en las próximas elecciones me quiero poner yo”. No parece que el futuro vaya a ser suyo. Habrán pasado de jóvenes a viejos sin conocer la edad adulta.
¿Y el PSOE?  Uno quisiera que fuera un partido serio y que recuperara algo visible del socialismo que hay o hubo en sus genes. Ya sabemos que a pesar de la O  su dedicación  a las clases obreras no es su prioridad, excepto cuando se trata de hacer clientelismo como en Andalucía y Extremadura. Y sobre la E, su españolidad,  no es republicana ni federalista ni de democracia social, es patrioterismo rancio. Su líder se reviste con la bandera que fue de Franco y la líder catalana que encabezó la candidatura en las recientes elecciones infligía fragmentos en sus discursos relativos a Catalunya que parecían copiados del PP después de un lamentable ejercicio de nulidad como ministra de la vivienda y facilitadora del boom inmobiliario. En gran parte de España ha ido perdiendo gran parte de su base popular y más aún en los territorios periféricos. Su centrismo es hueco, ni derecha, ni izquierda, nada. Sin embargo por su historia y su vieja cultura política, por algunos aspectos de sus políticas en los 80 y en los primeros años de Zapatero, por tener aún muchos militantes y electores republicanos y de izquierdas, no hay que desesperar. Hoy, su cúpula y sus intereses, están mucho más cerca del sistema oligárquico que de una nueva transición democrática. Ni Podemos ni las fuerzas de izquierda y nacionalistas de la periferia hoy no lo pueden apoyar. Pero más adelante pueden ser un aliado necesario si fuera posible una mayoría renovadora y progresista, en sintonía con las organizaciones populares y los movimientos sociales.
Podemos  y sus potenciales aliados son  por ahora las únicas fuerzas que pueden hacer posible esta mayoría alternativa a un sistema político agonizante. No tanto por sus ideas, liderazgos y organización como por ser los que conectan más directamente con la ciudadanía activa, las generaciones jóvenes y los movimientos sociales. Pueden hacer el “sorpasso” al PSOE pero deben sustituir la arrogancia por la generosidad, como ya se ha hecho en Catalunya, Valencia y Galicia. Un acuerdo con Izquierda Unida les hubiera probablemente situado por encima de los socialistas. El magma actual requiere tiempo tanto para estructurar la organización de Podemos como consolidar y ampliar las alianzas y las coaliciones ante las corrientes o colectivos de izquierdas, ecologistas y nacionalitarios. Hay que suponer que en los próximos años se consoliden o aparezcan nuevos liderazgos a nivel de todo el Estado y que complementen los actuales que a penas son dos o tres. Ya los hay,  Xosé Beirás, Ada Colau  o Alberto Garzón, por ejemplo. Y seguramente otros aparecerán en el escenario político. También hay que perfilar un programa de verdad no una mezcolanza de propuestas radicales propias de grupos minoritarios que luego pasan a la letra pequeña y se substituyen por formulaciones más o menos socialdemócratas más vagas o con lenguaje antiguo. El programa para ganar debe ser radical siempre que sea comprensible y deseable para gran parte de la ciudadanía como el control público de la banca y de las grandes empresas de servicios, medidas potentes de transparencia y contra la corrupción, no participar en guerras neocoloniales que son a la vez negocios para los armamentistas, supresión de los privilegios de la llamada “clase política”, recuperación de los derechos laborales y sociales, etc. Pero también debe ser un programa que sea viable y proporcione seguridades, como el lema de Mitterrand en la campaña que le llevó a la presidencia: la fuerza tranquila. Los programas son para aplicarlos no para dejarlos de lado por inviables. El cambio no debe ser propaganda sino una reforma del Estado que incluya el reconocimiento de la plurinacionalidad  y una reorientación de las políticas económicas y sociales que garanticen la sostenibilidad del territorio y reduzcan las desigualdades. En resumen, se trata de democratizar la democracia.
Por último, last but not least, la cuestión catalana. No nos vamos a referir a la específica situación política en Catalunya sino a como esta cuestión cuenta mucho en la próxima evolución política española. El gobierno del PP ha mantenido una posición absolutamente rígida desde el inicio del movimiento popular catalán que explotó una vez pronunciada la provocadora sentencia del Tribunal Constitucional. La dureza frente al catalanismo le pareció al gobierno del PP que era una minoría amplia y ruidosa que iría a la baja merced a la intransigencia. Por otra parte el anticatalanismo podría proporcionarle rentas en forma de votos en el resto de España. Un mal cálculo. El movimiento catalán se amplió y se radicalizó, ya no se trataba de pacto fiscal o de respeto por la lengua, ni tampoco por la consulta fuera o no vinculante. El catalanismo político optó, mayoritariamente, por la independencia. En cuanto a los réditos en votos españolistas tampoco le fue bien, ni al PP ni a Ciudadanos. El PP no pudo evitar la hemorragia de votos ni C’s no pasó de ser la cuarta fuerza en las recientes elecciones. La movilización catalana obviamente no ha despertado ningún entusiasmo en el resto de España, excepto en sectores muy minoritarios, pero sí que ha contribuido a poner en cuestión al sistema político y ha debilitado fuertemente al gobierno del PP.
Sin embargo el bloque independentista ha cometido dos errores infantiles. El primero ha sido la sustituir la política por la demagogia. Una hoja de ruta destinada a proclamar la independencia en un año y medio, a sabiendas que esto no era posible, es una irresponsabilidad que solamente puede conseguir una gran frustración popular. Había una gran mayoría social y política que exigía la consulta o referéndum. El 80% de la población consideraba legítimo y necesario el “derecho a decidir”. La Asamblea Nacional Catalana (emanación de la sociedad civil o mejor dicho “política”) y los partidos de centro, a la derecha Convergencia y hacia la izquierda ERC, junto con las CUPs, organización independentista, pancatalanista y de extrema izquierda, optaron por un atajo a sabiendas que no iba a ninguna parte: la independencia ya. El resultado ha sido previsible. El bloque independentista ha derivado de movimiento político incisivo a movimiento ideológico expresivo, de mayoritario a no serlo y de estar unido a no estarlo. CiU se ha roto y Convergencia se ha debilitado, hay divisiones internas e inicia un proceso de transformación no se sabe para donde. Esquerra deja pasar el tiempo para sustituir a Convergencia para liderar el independentismo. A todo lo más puede aspirar a una victoria pírrica, una fuerza importante seguramente pero minoritaria, emparedada entre el Bloque de izquierdas (En Comú, Iniciativa, Podem, EUiA y otros) y la CUP. Respecto a esta organización lo más sensato es no hacer previsiones, su dinámica a corto plazo es imprevisible. Sin embargo prioriza su “ser esencial” que intervenir en las. Una a permanecer, con o sin rupturas, como alternativa radical. Prefiere mantener su perfil partidario estético que intervenir en la política real. Aunque sea bajarse de la ruta después de haberse comprometido. Es un partido incapaz de asumir responsabilidades de gobierno, quizás inspirados por una inscripción en un muro de Oaxaca (México): “nos quieren obligar a gobernar, no vamos a caer en esta provocación”.
El otro error ha sido excluir a las izquierdas. La movilización social tiene una base popular y en gran parte orientada hacia la izquierda. Las elecciones y los estudios confirman que la gran mayoría de la población se sitúa entre el centro izquierda y las diversas izquierdas, soberanistas o partidarias del derecho a decidir. El resultado está a la vista. La opción independentismo exprés lleva a un callejón sin salida. Se agudizan las divisiones y las contradicciones en un bloque cuyo gobierno va a la deriva. Han facilitado a los socialistas que se descolgaran (con mucho gusto) de la hoja de ruta independentista y excluyente. Les hubiera resultado más difícil rechazar la consulta. El Bloque de izquierdas, firme en el derecho a decidir, ha ganado las recientes elecciones en Catalunya. Es posible que el independentismo consiga levantar un gobierno catalán, pero cada vez más roto por dentro y más débil por fuera.
Pero no confundamos la representación política con el sustrato social. En Catalunya hoy por lo menos la mitad de la ciudadanía es favorable a la independencia. Y la otra mitad es heterogénea, no toda es radicalmente en contra ni mucho menos. Lo cual no significa que una oferta de díalogo por parte de un gobierno de España podría cambiar la opinión pública de Catalunya. Sería suficiente que se aceptara la posibilidad de una consulta, que se reconociera la especificidad nacional y en consecuencia constitucionalizaran un conjunto de competencias (principalmente en cultura, lengua y educación) y se aprobará un pacto que mejorará el trato fiscal probablemente sería aceptable para una gran mayoría de la ciudadanía catalana. Pero para ello hacen falta por lo menos unas elecciones en España y otras en Catalunya. Será el momento de Podemos y aliados en España  y del Bloque de izquierdas en Catalunya.
El Bloque de izquierdas catalán puede consolidarse y ser una alternativa real de gobierno. Las contradicciones entre Convergencia, ERC y CUP hacen muy difícil gobernar juntos la Generalitat y el previsible fracaso de la hoja de ruta por la independencia hará que se culpabilicen los unos a los otros y se agudizaran  las tensiones. No parece que la mayoría soberanista pueda tener futuro. El Bloque de izquierdas sin embargo tiene  que consolidar una coalición que no sea únicamente una alianza electoral entre colectivos desconfiados y mal avenidos. La suma de egoísmos no multiplica, sino resta y mucho. Nadie es mejor que nadie, no pueden haber vetos a los que proceden de organizaciones partidarias históricas antiguas, ni tampoco se pueden menospreciar a los recién llegados a la complejidad de la política. Pero no basta. Este bloque debe atraer o hacer acuerdos a ERC, socialistas y CUP, o sectores de éstos por lo menos. Las propuestas deben ser innovadoras, que respondan a demandas sociales, comprensibles, viables y que no generen muchos anticuerpos. Un ejemplo positivo y confirmado es el discurso que practica la alcaldía de Barcelona. Hay que asumir que difícilmente se podrá avanzar en Catalunya sin tener una proyección política y aliados  en el conjunto de España. Para lo cual hay que tener un discurso para el Estado español, sea cual sea el gobierno español y sea más tarde cual sea el resultado de la futura consulta. Hay que generar y promover liderazgos que no se limiten al ámbito catalán. Ada Colau ya lo es, como alcaldesa de Barcelona y como posible candidata a la Generalitat o a gobernar España. Otros ya en parte lo son o pueden serlo  pronto como Joan Herrera o Xavier Doménech y otros y otras que emergen desde las organizaciones nuevas o con pasado y desde los ayuntamientos y el Parlament. Como en España es muy posible que la actual legislatura catalana puede tener una vida corta.
El cambio a penas ha empezado. Las elecciones municipales primero y las generales ahora han abierto una brecha en un sistema político inmovilista y caduco. Ha llegado el momento de las alternativas, el momento de Podemos, En Comú. Izquierdas históricas renovadas y organizaciones y movimientos sociales. Las próximas elecciones, más pronto que tarde, el cambio puede confirmarse.
Miembro del consejo Editorial de Sin Permiso
Fuente:
www.sinpermiso.info, 10 de enero de 2016

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