domingo, 17 de abril de 2016

Los votos del silencio




A pesar de la ley mordaza y de las reformas laborales que nos empobrecieron en futuro y en derechos, les siguieron votando. El Partido Popular era el de los listos de la clase, el de los hombres y mujeres de provecho que corregían los desmanes de los socialistas, esos eternos becarios del poder. Mano dura en la economía y en las costumbres, durante cuatro años. Y sus charranes fueron los más votados del 20-D, así que no sería nada extraño que su victoria, como el cartero,llamara dos veces.

Las urnas confiaron en ellos porque su caos les convenció de que el resto era el caos y durante una legislatura usaron el último año de Zapatero como el viejo cuento del pastor que gritaba que viene el lobo. Qué pulcros, qué limpios, qué educadamente insultaban, con qué decencia a menudo se disfraza la indecencia.
A pesar de que las tasas convirtieron a la justicia y a la universidad en un deporte para ricos y pese a que privatizaron la salud y los fármacos mediante el copago o los seguros que paliaban los recortes sanitarios, las encuestas más solventes vaticinan que el PP incrementará su respaldo electoral en los puede que inevitables próximos comicios.

Les han seguido eligiendo para representarnos a todos, a pesar de la sumisión a la curia del Consejo de Ministros o de la misa diaria de varios de ellos, mientras sus cuerpos y fuerzas de seguridad disparaban contra los inmigrantes como los que el Papa Francisco acaba de visitar en Lesbos. Mientras Esperanza Aguirre pasea por España su libro “Yo no me callo” –qué lejos su prosa de la de su pariente Jaime Gil de Biedma–, sigue callando sobre su segundo Francisco Granados y sobre el tamallazo, pero hicieron falta encajes de bolillos para apearla de la presidencia de la comunidad de Madrid y de su propio partido.
A pesar de la Gurtel y de la Púnica, del saqueo de Valencia y de la contabilidad con B de Bárcenas, sus votantes siguieron mostrándoles su apoyo a esos candidatos con traje príncipe de Gales, sonrisa de Quicksilver con incrustaciones Dolce & Gabbana, rebequitas de Tommy Hilfiger a pesar de ser latinos, chaquetitas de la Vespa y perfume Caroulina Jerrera.

A pesar de que nunca explicaron el rescate bancario y cuándo van a empezar a pagarnos semejante préstamos. A pesar de que tampoco aclararon qué pasó en la Agencia Tributaria y qué sigue pasando, ni nos dieron razones suficientes para justificar los líos de las tarjetas black. Les aplaudían a mansalva desde plazas de toros y polideportivos, mientras jugaban a las casitas con los desahucios y la pobreza energética que ellos siguen negándose a combatir, aún hoy, mediante un proyecto de ley manifiestamente mejorable pero que probablemente no llegue a salir nunca en el BOE.

Si al PSOE empezaron a faltarles votos desde el escándalo Filesa que visto lo visto fue un chanchullo de carteristas aficionados, desde el Caso Naseiro y aún desde antes, los pufos del PP no le han pasado factura en los sufragios. Desde el Caso Brugal a Cajamadrid, desde Aquamed al Caso Troya, de la Operación Taula de Alfonso Rus al Caso Serrallo del alcalde de Granada Torres Hurtado –qué buen apellido para presumir su inocencia–, pasando por las trapisondas del diplomático Gustavo de Aristegui y de su diputado tránsfuga Pedro Gómez de la Serna al que su pariente Ramón probablemente le hubiera rechazado en la tertulia del Café Pombo.

A pesar de las contradicciones y falsedades del ministro José Manuel Soria sobre sus empresas familiares y los Papeles de Panamá y a pesar de que en lugar de cesarle, el todavía inquilino de La Moncloa esperó su dimisión como si fuera Sancho Panza harto de la Insula Barataria. A pesar de que pueda ser que otros dos ministros salgan envueltos en tramas de paraísos fiscales, mientras transcurre la campaña de la declaración de la Renta y ahora sabemos que a José María Aznar se le perdonaron 20.000 euros de una sanción. A pesar de la amnistía fiscal del ministro Montoro y de los escalofríos diarios a manos de la UCO o de la UDE, una mayoría silenciosa seguirá creyendo que ese partido es el idóneo para acabar con la corrupción del Caso Noos o de Mario Conde, que pasó de ser el Ché Guevara de la España del pelotazo para convertirse en una especie de Lute de cuello blanco con el que entretener a la España de la crisis.

El secreto mejor guardado de Mariano Rajoy también son sus silencios. Quizá por ello un pueblo en silencio prefiere votar a dirigentes silenciosos. Ahora, sin embargo, esa boca callada puede convertirse en su mayor trampa. Hasta hoy, al presidene en funciones, le iba bien huyendo por los garajes o haciéndose el longuis durante la crisis del Ebola. Cuando el peligro acechaba, usaba a Soraya Sáenz de Santamaría con un alfil, para protegerse. O quemaba a Carlos Floriano con los rayos uva de sus comparecencias como portavoz en las que la única noticia era como marear la perdiz sin perder votantes fieles. En las últimas semanas, María Dolores de Cospedal –la del despido en diferido del tesorero Bárcenas– suele acompañarle de un lado a otro como una reina en jaque sobre un ajedrez en el que ahora puede resultar imposible enrrocarse.

A pesar de que la LOMCE sólo le parece buena al ministro Wert y al Opus Dei, mientras inventan ahora un pacto por la Educación mientras la enseñanza está en pie de huelga, Mariano Rajoy, sin ruedas de prensa, parece más blindado que su coche oficial y de su boca sólo salen muecas. ¿Cuántos votantes le quedarán al susodicho después de estos meses en que los representantes públicos del partido que más o menos dirige salía más en las páginas de sucesos que en las de política? Las supuestas trincalinas con dinero de por medio, a su tenor, eran casos aislados, pero fueron convirtiéndose en el pan nuestro de cada día, las piezas de un sudoku siniestro, las teselas de un mosaico construido con números de cuentas corrientes en paraisos fiscales, sobres bajo cuerda, cuentas en B, recalificaciones inmobiliarias, toda una alta gama de bajas pasiones.

Desde dentro de su propio partido, andan cortándole un traje para que sus horas bajas terminen convirtiéndose en horas contadas. Si se repiten las elecciones generales, sin embargo, volverán a presentarle, aunque haya guardado silencio incluso ante el propio Felipe VI, en esa hora crucial de la última España cuando también se le cortó el habla a la hora de atreverse a protagonizar una sesión de investidura. ¿Seguirán votándole callada y sufridamente los suyos después de todo esto? A lo peor, el electorado del PP prefiere no hablar porque podría subir el pan. Lo único que nos faltaba, tras el velado anuncio del FMI que constató, durante este fin de semana, que la economía mundial, y también la española, vuelve a desacelerarse. Lo dejó entrever en Nueva York, Luis de Guindos, el ministro en funciones que ha sustituido al desfuncionado ministro del fraking. De confirmarse dicho pronóstico, más temprano que tarde, volverá la crisis, la austeridad, el cinturón apretando a los de siempre y otra antigua conspiración del silencio, la de los parados; que no suelen hablar quizá porque como a los votantes del PP nadie les escucha. Lo mismo, unos y otros, habrán hecho voto de silencio en la sagrada cofradía de la resignación y paciencia.


Juan José Téllez




Fuente: Público.es

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