martes, 3 de mayo de 2016

Alborotadores y policía complican la contestación del 15-M francés


Alborotadores y policía complican la contestación del 15-M francés
Una mujer protesta ante un policía antidisturbios que impide el acceso a la plaza de la República. Poco antes había habido enfrentamientos entre policías y grupos de alborotadores (Miguel Medina / AFP)

La opinión de los manifestantes es unánime: ¿qué demonios hace la policía bloqueando un Primero de Mayo en París?


RAFAEL POCH, París. Corresponsal

Al filo de las diez de la noche el convoy del metro de la línea 2 entra en la estación République, bajo la plaza parisina del mismo nombre. Los pasajeros se sorprenden al ver policías antidisturbios con máscaras antigas en los andenes. En pocos segundos su sorpresa da lugar a otras sensaciones: un fuerte picor en los ojos y una asfixia muy molesta. La estación está llena del humo de los gases lacrimógenos.

El lanzamiento de gases en espacios cerrados y repletos de público es una irresponsabilidad manifiesta, pero los pasajeros no piensan en eso sino en un sálvese quien pueda. Algunos vomitan, otros tosen. Mientras se cubren boca y nariz con pañuelos hay que decidir qué hacer; bajarse del metro y huir de la ahumada estación entre policías, o quedarse en el vagón y confiar en que el convoy siga su trayecto hacia latitudes menos gaseadas. El público se divide entre las dos opciones, pero unos y otros tosen y se frotan los ojos.

Quince minutos antes en la plaza de la República, encima de esos túneles gaseados, el 15-M francés está en plena sesión. El discurso es tedioso y poco productivo. Un parado que dice estar en paro desde hace siete años –lo cual en Francia tiene su mérito– expresa su “rechazo al trabajo asalariado”, una chica habla de una nueva fórmula de relación laboral, “sin sindicatos y en la que la secretaria no se llama secretaria, sino cooperadora de asuntos X”, que deja un genuino regusto a memez. Mala suerte asistir a este segmento plasta del discurso nuitdeboutista que muchas veces tiene gran interés. El foro lo siguen unas quinientas personas, mientras en el centro de la plaza tiene lugar un concierto con mucho público.

En los alrededores, bajo un plátano, la improvisada emisora Nuit Debout, emite su programa de radio y más allá un grupo de voluntarios recoge la basura acumulada. Pero en todo ese hormigueo de actividad, lo decisivo ocurre a un centenar de metros de distancia. Frente a la tienda Habitat, un alborotador intenta romper el escaparate. Los antidisturbios, que están apostados y prestos a intervenir en la esquina, cargan y son recibidos con el lanzamiento de algunas botellas. Comienzan a tirar botes de humos que en el espacio de media hora lograrán desalojar por completo la plaza, pese a que un valeroso grupo de nuitdeboutistas organiza inmediatamente una cadena para interponerse entre la policía y los casseurs. A las 22.30 toda la plaza, incluido el subterráneo, cuya estación se ha cerrado, está envuelta en una nube de gas.

La jornada del Primero de Mayo comenzó en París con una enorme manifestación de los sindicatos, los estudiantes y la Nuit Debout contra el proyecto de ley laboral, bajo un sol radiante y con un ambiente alegre y festivo. A los cincuenta minutos la manifestación, con decenas de miles de pacíficos ciudadanos se topa con un tapón de antidisturbios. Algunos jóvenes les tiran petardos y botellas, los policías responden cargando y lanzando gas. La opinión de los manifestantes es unánime: ¿qué demonios hace la policía bloqueando un Primero de Mayo en París?

“Nadie puede moverse ni para delante ni para detrás y ¿qué hacen los jóvenes?: se hace estallar su violencia”, explica un sindicalista cincuentón.

“Es vergonzoso para la democracia, hay una actitud muy agresiva de parte de la policía”, dice una señora, maestra jubilada con los ojos irritados.

“Es la primera vez en treinta años que nos hacen poner en cabeza de una manifestación del Primero de Mayo”, explica un antidisturbios desde su camioneta a un sindicalista de la CGT que le pide explicaciones. Nadie entiende nada. La manifestación resulta paralizada durante cincuenta minutos. La gente grita, “¡Policia, lárgate, la calle no es tuya!”. Entre los manifestantes hay una minoría, de algunos centenares entre las decenas de miles presentes, para la que apedrear a la policía forma parte del derecho de manifestarse. “Ganar espacios a la policía”, lo llaman, pero lo curioso, y verdaderamente específico de Francia, es la indulgencia con la que el resto de manifestantes contempla a esa minoría. Algunos hablan de “provocadores” manejados por la Prefectura de Policía, pero la mayoría considera normal la situación: la policía nos bloquea, luego le tiramos botellas y petardos. En el boulevard Diderot se registran media docena de heridos, incluido un periodista del diario español Público. Todo el mundo es gaseado y maldice a la policía.

Muchos de los que por la mañana han pasado por este suplicio, son gaseados, o tiran botellas a la policía, por la tarde en la plaza de la República. Resultado: todo desalojado, un Primero de Mayo pasado por gas y una nueva directiva policial: a partir de anoche no se toleraran concentraciones en la plaza entre diez de la noche y siete de la mañana.

El Ministerio del Interior y las televisiones dan cifras de policías heridos. Las redes sociales divulgan videos indignantes en los que se ve a policías golpeando a jóvenes que yacen en el suelo con las manos esposadas.

El candidato a la presidencia de la izquierda Jean-Luc Mélenchon (atención: un sondeo ya le coloca por delante de François Hollande en una primera vuelta presidencial, algo inimaginable hace unas semanas) advierte por televisión: “Al ritmo que vamos, alguien va a morir pronto”. Es lo que falta para que la actual rebeldía de lugar a una verdadera explosión. En Le Monde un experto habla de una “estrategia deliberada de las autoridades para pudrir la situación”.

El Gobierno cree que ésta ola de contestación se extinguirá por sí sola. “No creo que se extienda”, dice el primer ministro, Manuel Valls. El ministro de Interior anuncia penas de prisión firme para los alborotadores.

Fuente: La Vanguardia

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