lunes, 23 de mayo de 2016

Brasil: Temer y la república oligárquica




Luiz Gonzaga Belluzzo

Frei Betto

Michel Löwy


Patear el cadáver
Luiz Gonzaga Belluzzo
Entre muertos y ahogados, flota impávida la estructura del poder real.
La producción nacional de cadáveres va viento en popa. No hablo de los miles que sucumbieron ante la violencia explícita o implícita que se apodera del país. En este momento, el sistema de poder y del dinero, la fuente de toda violencia, prepara las exequias de otro cadáver notorio.
El epitafio de Eduardo Cunha /1/ se ha estampado en las editoriales que más levantan la voz del moralismo, para ocultar la complicidad del difunto, un fiel servidor de los que ahora promueven su liquidación moral y política. Diría el personaje de Lampedusa en Gatopardo: “Hay que cambiar para que todo siga como está”. El transformismo brasileño es más cruel: “Tienes que asesinar a los vasallos más nobles, para preservar la reproducción de los engranajes del poder”. Los portavoces del establishment nativo se encargan del deporte conocido: palear al cadáver.
En el Congreso y fuera de él, los bandidos y trúhanes de la República ya preparan requintados las patadas en carcaza de quien, al final, sirvió y sirve tan bien a sus intereses y sus apetitos. Así, por ejemplo, se escaparon del naufragio del régimen militar y se consagraron en la democracia como corifeos de las libertades. 
Los servidores de Eduardo (Cunha) se enfrentan, sin embargo, a una duda terrible: no saben si, de hecho, el cadáver está muerto del todo. Teniendo el difunto un notable dominio y conocimiento de amplios y reconocidos saberes de las maldades de la política nativa, los estragos de una resurrección o un último suspiro podrían ser aterradores. Imagino la angustia que en esta hora oprime los corazones de algunos de los acusadores de ocasión. Como pistoleros a sueldo, solamente van a tranquilizarse cuando estén convencidos de que el cadáver esté completamente muerto. No pueden hacer otra cosa que esperar su defunción definitiva. Pero aquí sólo hay una posible certeza: no hay manera de evitar la convulsión política del moribundo.
Entonces convendría sopesar la conveniencia del asesinato de un personaje tan emblemático, una encarnación perfecta de los vicios y las virtudes del sistema dominante. Los vicios son muchos. Dejo a la imaginación del lector el trabajo de enunciar el reparto. En cuanto a las virtudes, entre las pocas se destaca la capacidad de reproducir las alianzas de poder a costa de la des caracterización humillante y trágica de los que dicen oponerse a tal estado de cosas. Ahí están postradas y subyugadas, arruinadas, las instituciones responsables de promover la mediación democrática.
La democracia de los patricios, observada desde una perspectiva realista y sombría, revela una enorme capacidad de sobrevivencia del poder de los dueños. Gobierno tras gobierno,  cambian los métodos, pero no los rumbos, ni siquiera los pretextos. Hay que admirar el refinamiento de los poderosos en el cuidado de preservar a las personas notoriamente comprometidas las truculencias y las fechorías del pasado. Allí están los sobrevivientes de otros naufragios de la República perorando sobre las virtudes del fulano.   
Elemental, querido Watson, entre muertos y ahogados flota impávida la estructura del poder real, ese contubernio entre el dinero y la política. Mandan y desmandan los mismos grupos de siempre, reforzados ahora por la presencia de los yuppies cosmopolitas de las finanzas globalizadas. La mayor innovación de los tiempos que corren, además de la Internet y del celular, es la puerta giratoria entre las mesas de dinero de las instituciones financieras y las burocracias ejecutoras de los proyectos y programas de privatización. En ese bloque hegemónico no faltan los servicios de los medios, infatigables en presentar esos compañeros de ruta como portadores de un saber superior, lo único capaz de asegurar, a los ojos de los mercados financieros, la credibilidad de la política económica.
Más que eso, las normas del mercado pasaron a dictar las reglas de la vida política. En el Brasil de hoy, esa lógica fatal viene contaminando las instancias decisivas del poder estatal. El sistema partidario y el financiamiento de las campañas electorales parecen engendrados con el propósito de transformar el Congreso en un mercado de mostradores, donde los gritos de “compro” y “vendo” tornan ridícula la hipocresía de los discursos moralistas de los plenarios.
La voluntad, el favoritismo, el secreto, la oscuridad y el nepotismo fueron los demonios que los valores de la República restaurada pretendían exorcizar. Pues los fantasmas de la Patria Amada están ahí, libres, patanes, riendo a carcajadas sobre nuestras increíbles esperanzas.
En esta columna me remito a un artículo publicado en ocasión de la renuncia del entonces senador Antonio Carlos Magalhães /2/. Cambian las máscaras, pero los personajes son los mismos.  Al contrario de lo que dice, los señores se han vuelto más feroces. Pero aprendieron a usar métodos más sutiles y eficientes para torturar colectivamente a los ciudadanos, con las técnicas de la desinformación, de la masacre ideológica y de la “espectacularización” de la política.
Notas: 1. Eduardo Cunha fue presidente de la Cámara de Diputados, iniciador de la acusación contra Dilma Russeff, acusado él mismo ahora de recibir millonarias coimas y titular de cuentas bancarias en Suiza. 2. Antonio Carlos Magalhães, emblemático caudillo nordestino, tres veces gobernador de Bahía.
Carta Capital 19 de mayo 2016
 Traducción para Sin Permiso: Carlos A. Suárez

Por un nuevo progresismo
Frei Betto
La destitución de Dilma me huele a golpe parlamentario, como lo que sucedió en Honduras y en Paraguay. Su gobierno, en este inicio del segundo mandato, no alcanzó el éxito alcanzado en el primero. Con todo, fue elegido democráticamente y yo, que lo critico, no cedo al oportunismo que se empeña en quebrar los límites entre oposición y destitución.
Aceptar que antipatía y fracaso administrativo deban tener más peso que principios constitucionales es admitir el retroceso, y arrojar a Brasilia y América Latina a la cartografía de las “repúblicas bananeras”, tan en boga en el continente en la primera mitad del siglo XX.
Mi incomodidad es obvia. No veo salida para la emancipación brasileña dentro de nuestra institucionalidad política actual. ¿Elecciones generales? Sería una buena medida si un payaso Tiririca no pudiese arrastrar consigo al parlamento a figuras que se valen de la distorsión del coeficiente electoral, sin siquiera haber recibido los votos de su familia.
Y entre tantos candidatos, ¿quién encarna un programa consistente de reformas estructurales? ¿Vale la pena “cambiar seis por media docena”?
Si el PT hubiera valorado, a lo largo de los últimos 13 años, a las dirigencias populares de izquierda, hoy tendríamos un Congreso progresista y con muchas menos figuras ridículas. Pero prefirió realizar alianzas no confiables, de las cuales ahora es víctima.
Las fuerzas políticas progresistas necesitan redefinirse en Brasil. Establecer un programa mínimo de liberación nacional para no seguir siendo rehenes de esta política de efectos, sin poder aplicar una política capaz de alterar las causas de las anomalías nacionales.
Es preciso romper el ciclo vicioso de la política de resultados y redefinir una política de principios, capaz de mirar más allá de las urnas, del neoliberalismo y de esta fase histórica del capitalismo.
Si la izquierda brasileña no rescata la utopía libertaria, nuestro horizonte quedará limitado a este o aquel candidato, en un círculo dantesco de éxitos y decepciones, avances y retrocesos.
La edad adulta de la democracia tiene nombre: socialismo. Pero el enemigo ha maldecido de tal manera ese nombre que tenemos miedo de pronunciarlo. Aún no nos hemos recuperado de la caída del Muro de Berlín. Enrojecemos de vergüenza ante el capitalismo de Estado adoptado por China y el hermetismo idólatra de Corea del Norte.
Pero no se trata de soportar el peso de la culpa de tantos errores cometidos por el socialismo, aunque América Latina abrigue la única experiencia victoriosa, Cuba. Se trata de confrontar el verdadero rostro del capitalismo, repleto de atrocidades, miserias, explotación neocolonial, guerras y degradación ambiental.
¿Cuál es ese “otro mundo posible”? ¿Dónde estará el camino del “buen vivir”? El camino se hace al caminar. Es una certeza que tengo: fuera del mundo de los pobres y de su protagonismo político, los progresistas siempre correrán el riesgo de sostener el violín con la izquierda y tocarlo con la derecha.
Perfil, 13 de mayo 2016
Traducción para Sin Permiso: Carlos A. Suárez

Golpe de Estado
Michael Löwy
A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Lo que acaba de ocurrir en Brasil, con la destitución de la Presidenta electa, Dilma Rousseff, es un golpe de Estado. Golpe de Estado pseudolegal, “constitucional”, “institucional”, parlamentario, todo lo que se quiera, pero golpe de Estado en cualquier caso.
Parlamentarios -diputados y senadores- masivamente comprometidos en casos de corrupción (se cita la cifra del 60 %) han instituido un procedimiento de destitución contra la Presidenta de la República de Brasil, Dilma Roussef, con el pretexto de irregularidades contables, de “maquillajes fiscales” para ocultar los déficit en las cuentas públicas -¡una práctica rutinaria de todos los gobiernos brasileños anteriores!. Cierto, varios cuadros del Partido de los Trabajadores (PT) están implicados en el escándalo de corrupción de Petrobras, la Compañía Nacional de Petróleo, pero no Dilma… De hecho, los diputados de derechas que han dirigido la campaña contra la Presidenta están entre los más implicados en este asunto, comenzando por el presidente del Parlamento, Eduardo Cunha (recientemente suspendido), acusado de corrupción, blanqueo, evasión fiscal a Panamá, etc.
La práctica del golpe de Estado legal parece ser la nueva estrategia de las oligarquías latino americanas. Probada en Honduras y Paraguay -países que la prensa trata a menudo como “Repúblicas bananeras” - se ha revelado eficaz y productiva para eliminar a presidentes (muy moderadamente) de izquierdas. Ahora acaba de ser aplicada en un país-continente…
Se pueden hacer muchas críticas a Dilma: no ha mantenido sus promesas electorales y ha hecho muchísimas concesiones a los banqueros, a los industriales, a los latifundistas. La izquierda política y social no ha dejado, desde hace un año, de exigir un cambio de política económica y social. Pero la oligarquía de derecho divino de Brasil -la élite capitalista financiera, industrial y agrícola- no se contenta ya con concesiones: quiere la totalidad del poder. No quiere ya negociar sino gobernar directamente, mediante sus hombres de confianza, y abolir las pocas conquistas sociales de los últimos años.
Citando a Hegel, Marx escribía en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, que los acontecimientos históricos se repiten dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. Esto se aplica perfectamente a Brasil. El golpe de Estado militar de abril de 1964 era una tragedia, que hundió a Brasil en veinte años de dictadura militar, al precio de centenas de muertos y miles de torturados. El golpe de Estado parlamentario de mayo de 2016 es una farsa, un asunto tragicómico, en el que se ve a una camarilla de parlamentarios, reaccionarios y notoriamente corruptos, derrocar a una Presidenta democráticamente elegida por 54 millones de brasileños, en nombre de “irregularidades contables”. La principal componente de esta alianza de partidos de derechas es el bloque parlamentario (no partidista) conocido como “las tres B”: “Bala” (diputados ligados a la Policía Militar, a los Escuadrones de la muerte y a otras milicias privadas), “Buey” (los grandes propietarios de tierra criadores de ganado) y “Biblia” (los neopentecostales integristas, homófobos y misóginos). Entre los partidarios más entusiastas de la destitución de Dilma se distingue el diputado Jairo Bolsonaro, que ha dedicado su voto a los oficiales de la dictadura militar y en particular nominalmente al Coronel Ustra, torturador notorio. Entre las víctimas de Ustra, Dilma Roussef, entonces (comienzo de los años 1970) militante de un grupo de resistencia armada; y también mi amigo Luis Eduardo Merlino, periodista y revolucionario, muerto en 1971 bajo la tortura a la edad de 21 años.
El nuevo Presidente Michel Terner, entronizado por sus acólitos, está él mismo implicado en varios escándalos, pero no ha sido aún objeto de una imputación. En un reciente sondeo, se ha preguntado a los brasileños si votarían por Temer como Presidente de la República: el 2% ha respondido favorablemente…
En 1964, se tuvo derecho a grandes manifestaciones “Con Dios y la Familia por la Libertad”, que prepararon el terreno para el golpe de Estado contra el presidente Joao Goulart; esta vez de nuevo multitudes “patrióticas” -arengada por la prensa encargada de ello- se han movilizado para exigir la destitución de Dilma, llegando, en algunos casos, hasta pedir una vuelta de los militares…
Compuestas esencialmente de personas de color blanco (la mayoría de la gente en Brasil es negra o mestiza) salidas de las clases medias, esta multitudes han sido convencidas por los medios de que lo que estaban en juego en este asunto era el “combate contra la corrupción”.
Lo que la tragedia de 1964 y la farsa de 2016 tienen en común es el odio a la democracia. Los dos episodios revelan el profundo desprecio de las clases dominantes brasileñas por la democracia y la voluntad popular. ¿Va a salir adelante el golpe de Estado “legal” sin demasiadas resistencias, como en Honduras y Paraguay? No está tan claro… Las clases populares, los movimientos sociales, la juventud rebelde no han dicho su última palabra.
Traducción: Faustino Eguberri para Viento Sur

economista, profesor del Instituto de Economía da Unicamp.
miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, es escritor, autor de "Cartas desde la prisión", entre otros libros.
es un reconocido filósofo e historiador marxista del pensamiento contemporáneo.
Fuente: Sin Permiso
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