martes, 17 de mayo de 2016

Un poder imperial en la cuesta abajo Un desafío al poder de Estados Unidos (I)

Los desafíos de hoy en día: Asia del Este
TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García.

Los desafíos de 2016 Introducción de Tom Engelhardt
El otro día cogí un ajado ejemplar del estante “El lector de Chomsky” de mi biblioteca. Hojeando algunos ensayos de la época de la guerra de Vietnam que nombraba aquel libro en rustica publicado en 1987 recordé al joven Tom Engelhardt, que en la segunda mitad de los sesenta del siglo XX estaba realizando una sorprendente transformación: la que iba desde el sueño de servir a su gobierno hasta oponerse a él. Los escritos de Noam Chomsky tuvieron algo que ver con esa transformación. Me detuve en su escalofriante ensayo de 1970 After Pinkville, que recuerdo haberlo leído apenas se publicó (‘Pinkville’ [Villa Rosada], que connotaba la influencia comunista, era la expresión de la jerga militar utilizada para nombrar la aldea donde tuvo lugar la infame masacre de My Lay). No era el primer ensayo de Chomsky que leía. Este honor le podría corresponder a The Responsibility of Intellectuals [La responsabilidad de los intelectuales, en castellano, 1969], que él escribió en 1966 (“La responsabilidad de los intelectuales es hablar la verdad y poner al descubierto las mentiras, Lo menos que puede decirse de esto es que parece ser toda una perogrullada; sin embargo no lo es. Para el intelectual moderno no es algo tan obvio”).
After Pinkville todavía permanece muy vívido en mi conciencia, desde el momento en que una creciente sensación de horror provocada por una remota guerra estadounidense, que iba siendo cada vez menos ajena y más bruta,l me lanzó al activismo contra la guerra. Sus primeras frases continúan yendo al corazón de las cosas: “Es importante entender que la masacre de la población rural de Vietnam y su forzado desplazamiento no es un subproducto fortuito de la guerra. Antes bien, es la esencia misma de la estrategia de Estados Unidos”. Después de que él lo escribiera, Chomsky colocaría la matanza indiscriminada de unos 500 vietnamitas –hombres, mujeres y niños– en el penoso contexto de los mayores crímenes de la época. Tal vez sea notable que ninguno de ellos pareció ocasionar demasiada preocupación (en EEUU). Solo se trataba de la acción de una compañía de soldados medio locos que fue vista como un escándalo y una desgracia para Estados Unidos. Ciertamente, habría sido un escándalo nacional –si asumiéramos esa posibilidad– solo si hubieran sido llevados a los tribunales, aunque no lo fueran quienes habían creado y aceptado la atrocidad con la que aquellos habían contribuido con un detalle: apenas algunos centenares más de vietnamitas asesinados”.
Tantas décadas después, todo esto sigue siendo penosamente familiar. En parte debido a la naturaleza de nuestro momento mediático, continuamos absortos frente al televisor mirando los espantosos actos cometidos contra europeos y estadounidenses. Aun así, la ‘preocupación’ por lo que ha hecho Estados Unidos en nuestras lejanas guerras –desde el asesinato de civiles en bodas, funerales y ceremonias conmemorativas hasta la voladura de hospitales, secuestros e incluso el asesinato de prisioneros, los ataques con drones tan ‘quirúrgicos’ y ‘precisos’ que cientos de personan son asesinados a pesar de que hayan sido solo unos pocos los seleccionados oficialmente para morir– parece haber desaparecido en acción desde hace mucho tiempo. Al contrario de lo que fue en la época de la guerra de Vietnam, “nada de esto”, para citar a Chomsky, “parece que preocupe mucho”. Ciertamente.
No obstante, hay excepciones; permitidme que mencione una de ellas. Cincuenta años después, Noam Chomsky sigue escribiendo con la misma escalofriante elocuencia sobre la versión actualizada de la guerra contra el terror de esta pesadilla estadounidense. Su ‘preocupación’ no ha quedado atrás, algo que es imposible de dejar pasar en su nuevo libro, Who Rules the World? [¿Quién gobierna el mundo (N. del T.)], que se ocupa, entre otras cosas, de lo que en tiempos de la guerra de Vietnam podría haberse llamado ‘la arrogancia del poder’. En momento en que el avión de bombardeo preferido en Vietnam, el B-52, vuelve a ser utilizado en la guerra contra el Estado Islámico [en adelante, Daesh], él también ha vuelto a la acción. A continuación, la primera parte de un resumen de su libro sobre el poder de Estados Unidos y el mundo.
* * *
Amos de la humanidad (Parte 1)*
Generalmente, cuando preguntamos “¿Quien gobierna el mundo?”, lo hacemos en el marco de la convención estándar de que los actores de los asuntos internacionales son países, sobre todo las grandes potencias y pensamos en sus decisiones y en la relación existente entre esas decisiones. Esto no está mal. Pero estaría mejor que recordáramos que este nivel de abstracción puede ser también muy engañoso.
Por supuesto, las naciones tienen una compleja estructura interna, y las opciones y las decisiones de sus líderes políticos están intensamente influidas por la concentración interna del poder, mientras que la población está a menudo marginada. Esto es así incluso en las sociedades más democráticas; obviamente, en las que no lo son. No podemos llegar a una comprensión realista de quién gobierna el mundo si ignoramos a los “amos de la humanidad”, como los llamó Adam Smith: en su tiempo, los comerciantes y los dueños de las fábricas de Inglaterra; en el nuestro, los conglomerados multinacionales, las mayores instituciones financieras, los imperios de la venta al por menor y otros por el estilo. Aun así, según Smith, también es sensato prestar atención a la “maldad máxima” a la que se consagran los “amos de la humanidad”: “Todo para nosotros y nada para el pueblo”, una doctrina también conocida como lucha de clases, una lucha cruda e incesante, frecuentemente unilateral, en gran parte en detrimento del pueblo del país del que se hable y del mundo.
En el orden global contemporáneo, las instituciones de los amos detentan un enorme poder, no solo en el escenario internacional sino también en el interior de su país, en las que confían para proteger su poder y proporcionar apoyo económico con una gran variedad de medios. Cuando pensamos en el papel de los amos de la humanidad, nos referimos a las prioridades del estado policial de este momento, como el Acuerdo TransPacífico (TPP) uno de los acuerdos reivindicativos de los derechos de los inversores mal llamados “de libre comercio” en la propaganda y los comentarios. Aparte de los cientos de abogados corporativos y los lobbistas que se ocupan de redactar los detalles decisivos, se negocian en secreto. El objetivo es su aprobación en el mejor estilo stalinista con procedimientos de ‘vía rápida’ diseñados para impedir la discusión y permitir solo la opción por sí o por no (o sea, sí). En general, sus diseñadores lo hacen bastante bien. El pueblo llano es algo meramente incidental, con las consecuencias que es posible anticipar.
La segunda superpotencia
Los programas neoliberales de la pasada generación concentraron la riqueza y el poder en unas poquísimas manos y debilitaron el funcionamiento de la democracia, igualmente originaron oposición, sobre todo en América latina pero también en los centros del poder mundial. La Unión Europea (UE), una de las iniciativas más prometedoras del tiempo posterior a la Segunda Guerra Mundial se ha tambaleado debido a las consecuencias de las rigurosas políticas de ajuste durante un periodo recesivo, condenadas incluso por los economistas del Fondo Monetario Internacional (si no por los mismos actores políticos del FMI). La democracia ha quedado mal parada con el traspaso de la toma de decisiones a la burocracia de Bruselas y los bancos del norte de Europa; su sombra se proyecta sobre las deliberaciones.
Los partidos de la corriente dominante han perdido seguidores rápidamente en beneficio de la izquierda y la derecha. El director ejecutivo del grupo de investigación EuropaNova, con sede en París, atribuye el generalizado desencanto a “un clima de resentida impotencia a medida que el poder real para determinar los acontecimientos se ha trasladado de los líderes políticos (que, en principio al menos, están sujetos a la política democrática) al mercado, las instituciones de la UE y las corporaciones”, en un todo de acuerdo con la doctrina neoliberal. Un proceso muy similar está produciéndose en Estados Unidos, por más o menos las mismas razones; una cuestión relevante y preocupante no solo para EEUU sino también, dado el poder que este detenta, para el resto del mundo.
La creciente oposición contra el asalto neoliberal pone de relieve otro aspecto crucial de esta convención estándar: deja a un lado al público, que con frecuencia considera inaceptable la condición de mero ‘espectador’, en lugar de ‘participante’, que se le asigna en la teoría democrática legal. Esta desobediencia siempre ha inquietado a las cases dominantes. Si nos atenemos a la historia de Estados Unidos, George Washington veía al pueblo común que formaba la milicia que él debía comandar como “una gente excesivamente sucia y asquerosa [que muestra] una inexplicable estupidez en las clases más bajas”.
En su magnífico análisis de las insurgencias –desde la “insurgencia estadounidense” hasta la contemporánea en Afganistán e Iraq– Violent Politics, William Polk llega a la conclusión de que el general Washington “estaba tan ansioso por deshacerse [de los combatientes que despreciaba] que estuvo muy cerca de perder la Revolución”. Ciertamente, “en realidad, eso podría haber sucedido” si Francia no hubiese intervenido masivamente y “salvado la Revolución”, que hasta entonces había sido ganada por las guerrillas –a quienes hoy llamaríamos “terroristas”– mientras que el ejército de Washington, al estilo del británico, “era derrotado una y otra vez y casi pierde la guerra”.
Un rasgo común de las insurgencias exitosas, escribe Polk, es que una vez que se disuelve el apoyo popular tras la victoria, el liderazgo reprime al “pueblo sucio y asqueroso” que realmente ganó la guerra mediante la lucha de guerrillas y el terror debido al temor de que este pueblo pueda desafiar sus privilegios de clase. El deprecio de las elites hacia “las clases más bajas” ha tomado variadas formas con el transcurso de los años. En los últimos tiempos, una expresión de ese desdén es el llamamiento a la pasividad y la obediencia (la “moderación democrática”) por parte de los internacionalistas liberales que reaccionaron ante las peligrosas consecuencias democratizadoras de los movimientos populares de los sesenta del pasado siglo.
Algunas veces, los países consienten en atender a la opinión pública provocando la furia de los centros de poder. En caso paradigmático fue el de 2003, cuando la administración Bush invitó a Turquía para que se uniera a la coalición que invadió Iraq. El 85 por ciento de los turcos se opuso a ello y, para asombro y horror de Washington, el gobierno turco adoptó el punto de vista de la población. Turquía fue amargamente condenada por su defección y comportamiento irresponsable. El subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, nombrado por la prensa el “idealista en jefe” de la administración reprendió a los militares turcos por haber permitido la inconducta del gobierno y exigió un pedido de disculpas. La prensa, imperturbable por esta y muchas otras muestras de nuestro legendario “anhelo de democracia”, continuó con sus comentarios laudatorios en favor del presidente George W. Bush por su dedicación a la “promoción de la democracia; algunas veces lo criticó por haber pensado –ingenuamente– que un poder exterior pudiera imponer a otros sus anhelos democráticos.
La opinión pública turca no estuvo sola. La oposición a la agresión de Estados Unidos e Inglaterra en el mundo fue abrumadora. Según las encuestas, el respaldo a los planes bélicos de Washington apenas alcanzó al 10 por ciento fuera donde fuese. La oposición realizó grandes manifestaciones de protesta en todo el mundo, también en Estados Unidos; probablemente, fue la primera vez en la historia que una agresión imperial era cuestionada con tanta fuerza antes incluso de que se iniciara oficialmente. En la portada del New York Times, el periodista Patrick Tyler informó de que “es posible que todavía queden dos superpotencias en el mundo: Estados Unidos y la opinión pública mundial”.
Una manifestación de protesta sin precedentes en Estados Unidos fue la de quienes décadas antes habían condenado la agresión de las guerras estadounidenses en Indochina y cuya protesta alcanzó un nivel importante de influencia, incluso aunque fuese demasiado tarde. Hacia 1967, cuando el movimiento pacifista había cobrado una fuerza significativa, el historiador y especialista en Vietnam Bernard Fall advirtió de que “Vietnam, como la entidad cultural e histórica que es... está amenazada de extinción... mientras la campiña se muere acosada por los golpes de la mayor maquinaria militar jamás lanzada contra una zona de esta extensión”.
Pero el movimiento por la paz y contra la guerra se había convertido en una fuerza que no podía ser ignorada. Tampoco lo podía ser cuando Ronald Reagan llegó a la Oficina Oval resuelto a lanzar un asalto contra América Central. Su administración imitó al milímetro los pasos que John F. Kennedy había dado 20 años antes cuando desencadenó la guerra contra Vietnam del Sur, pero tuvo que retroceder ante la vigorosa protesta pública que había faltado en los sesenta del pasado siglo. El ataque fue suficientemente atroz. Sus víctimas aún están recuperándose. Pero lo que pasó a Vietnam del Sur y más tarde a toda Indochina, donde “la segunda superpotencia” impuso sus límites, fue incomparablemente peor.
Es frecuente que se sostenga que la enorme oposición pública a la invasión de Iraq no tuvo consecuencias. Esto me parece equivocado. Una vez más, a invasión fue suficientemente horrorosa y las secuelas absolutamente grotescas. Aun así, podrían haber sido mucho peores. El vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el resto de los altos funcionarios de la administración Bush nunca habrían contemplado siquiera el tipo de medidas que el presidente Kennedy había adoptado 40 años antes sin una protesta importante.

Un poder occidental bajo presión

Por supuesto, hay mucho más que decir sobre los factores que inciden en la determinación de la política de un país que son dejados a un lado si adoptamos la convención estándar que supone que los países son los actores de los asuntos internacionales. Pero con una advertencia de ningún modo trivial como es esta, permitidnos que de todas maneras la adoptemos, al menos como una primera aproximación a la realidad. Entonces, la cuestión de quién gobierna el mundo nos conducirá inmediatamente a asuntos tales como el surgimiento de China en el poder mundial y el reto que esto representa para Estados Unidos y el ‘orden mundial’, la nueva guerra fría que se cuece a fuego lento en la Europa del Este, la Guerra Global contra el Terror, la hegemonía de Estados Unidos, la decadencia estadounidense y una variedad de consideraciones similares.
Los desafíos planteados por el poder de Occidente en el comienzo de 2016 están muy bien resumidos dentro del marco convencional por Gideon Rachman, columnista jefe de asuntos internacionales del Financial Times, de Londres. Empieza con una mirada general a la imagen del orden mundial: “Sin cesar desde el final de la Guerra Fría, la abrumadora supremacía del poder militar estadounidense ha sido el elemento central de la política internacional”. Eso es particularmente crítico en tres regiones: el Este de Asia, donde “... la marina de Estados Unidos se ha acostumbrado a considerar el Pacífico como un ‘lago estadounidense’”; Europa, donde la OTAN –es decir, Estados Unidos, a cargo de un sorprendente 75 por ciento del gasto militar de la Organización– “garantiza la integridad territorial de sus estados miembros”; y Oriente Medio, donde la existencia de enormes bases navales y aéreas de Estados Unidos “tranquiliza a los amigos e intimida a los rivales”.
El problema actual del orden mundial, continúa Rachman, es que “esos órdenes destinados a la seguridad están hoy siendo desafiados en las tres regiones” debido a la intervención rusa en Ucrania y Siria y debido a que China está convirtiendo sus mares territoriales junto al lago estadounidense en “aguas claramente en discusión”. La cuestión fundamental de las relaciones internacionales, entonces, es si acaso Estados Unidos “aceptaría que otras potencias importantes tengan ciertas zonas de influencia en su vecindad”. Rachman piensa que sí debería, tanto por razones de “difusión del poder económico en todo el mundo como por simple sentido común”.
Para mayor seguridad, existen formas de mirar al mundo desde distintos puntos de vista. Pero permitámosno atenernos a estas tres regiones que, con toda seguridad son muy importantes.

Los desafíos de hoy en día: Asia del Este

Comencemos por el “lago estadounidense”. Es posible que algunas cejas se arqueen con la información de mitad de diciembre de 2015 de que un bombardero B-52 de Estados Unidos en misión de rutina en el mar Meridional de China cruzó, sin proponérselo, el límite de dos millas marinas de una isla artificial construida por China, dijeron funcionarios de Defensa, empeorando una situación de división ya de por sí caliente entre Washington y Beijing”. Quienes están familiarizados con los nefastos acontecimientos de los setenta del siglo pasado, en la época de las armas nucleares, saben muy bien que este tipo de incidentes son los que a menudo acercaron peligrosamente el mundo a la ignición de una guerra nuclear que sería la última. No es necesario ser partidario de las acciones provocativas y agresivas chinas en el mar Meridional de China para percibir que en el incidente no estuvo implicado un bombardero chino con capacidad nuclear en el mar Caribe ni frente a las costas de California, zonas en la que China no pretende establecer un “lago chino”. Afortunadamente para el mundo.
Los líderes chinos comprenden muy bien que las rutas comerciales marítimas de su país están rodeadas de potencias hostiles desde Japón hasta el estrecho de Malacca y más allá, todas ellas respaldadas por abrumadoras fuerzas militares de Estados Unidos. Por consiguiente, China está expendiéndose hacia el oeste con cuantiosas inversiones y cuidadosos movimientos en pro de la integración. En parte, esos desarrollos están dentro del marco de la Organización de Cooperación de Shanghai (SCO, por sus siglas en inglés), que incluye a los países de Asia Central y Rusia, y pronto a India y Pakistán, junto con Irán en calidad de observador, un estatus que le ha sido negado a Estados Unidos, al que además se le pidió que cierre todas las bases militares en la región. China está construyendo una versión modernizada de las antiguas ‘rutas de la seda’, con la intención no solo de integrar la región a la zona de influencia china sino también de llegar a Europa y las zonas de producción petrolífera de Oriente Medio. Está destinando enormes cantidades de dinero a la creación de un sistema asiático integrado de energía y comercio con extensos ferrocarriles de alta velocidad y oleoductos.
Uno de los componentes del programa es una carretera que atreviese las cordilleras más altas del mundo hasta llegar al puerto de Gwadar, Pakistán –desarrollado por China– que protegerá las cargas marítimas de crudo de posibles interferencias de Estados Unidos. El programa también puede –así lo esperan en China y Pakistán– estimular el desarrollo industrial pakistaní, de lo que no se ha ocupado Estados Unidos a pesar de la importante ayuda militar; esto podría incentivar también la represión del terrorismo local, un tema muy serio para China en la provincia occidental de Xinjiang. Gwadar formará parte del ‘collar de perlas’, es decir, las bases construidas en el litoral del océano Índico para fines comerciales pero potencialmente también para uso militar, con la expectativa de que China sea un día capaz de proyectar poder hasta el golfo Pérsico por primera vez en tiempos modernos.
Todos estos movimientos siguen siendo inmunes al aplastante dominio militar de Washington, a menos que se produjera una guerra nuclear de aniquilación de la que Estados Unidos sería una víctima más.
En 2015, China también creó el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés) del que es el principal accionista. En su inauguración –junio de 2015– participaron 56 países, entre ellos varios aliados de Estados Unidos, como Australia y Gran Bretaña, además de otros que lo hicieron desafiado los deseos de Washington. Estados Unidos y Japón no estuvieron presentes. Algunos analistas creen que el nuevo banco podría convertirse en un competidor de las instituciones nacidas en Bretton Woods (el FMI y el Banco Mundial), en las que EEUU mantiene el poder de veto. Existen también ciertas expectativas de que el SCO podría con el tiempo convertirse en el equivalente de la OTAN.

Los desafíos de hoy en día: Europa del Este

Si giramos la vista hacia la segunda región, la Europa oriental, hay una crisis cocinándose en la frontera entre los países de la OTAN y Rusia. No se trata de un asunto menor. En su esclarecedor y acertado estudio académico de la región, Frontline Ukraine: Crisis in the Borderlands , Richard Sakwa –con toda verosimilitud– escribe que “la guerra ruso-georgiana de agosto de 2008 fue en realidad la primera ‘guerra para parar la expansión de la OTAN’: la segunda, sería la crisis de Ucrania. No está claro si la humanidad sobreviviría a una tercera”.
Occidente ve que la ampliación de la OTAN como algo benigno. Lógicamente, Rusia, junto con buena parte del Sur Global, tiene un parecer distinto, como también lo tienen prominentes analistas occidentales. George Kennan advirtió tempranamente de que la ampliación de la OTAN “es una trágica equivocación”; a él se unieron importantes personalidades políticas de Estados Unidos en una carta abierta a la Casa Blanca describiéndola como un “error político de proporciones históricas”.
La actual crisis tiene sus orígenes en 1991, en coincidencia con el final de la Guerra Fría y el derrumbe de la Unión Soviética. Había entonces dos visiones contrapuestas de un nuevo sistema de seguridad y economía en Eurasia. En palabras de Sakwa, una visión era la de una “‘Europa ampliada’ alrededor del centro representado por la UE, pero cada vez más colindante con la seguridad euro-atlántica y la comunidad política; en el otro lado, estaba la idea de una ‘Europa mayor’, una visión de una Europa continental extendiéndose desde Lisboa a Vladivostok, con múltiples centros –entre ellos Bruselas, Moscú y Ankara–, pero con el propósito común de superar las divisiones que desde siempre han atormentado el continente”.
El líder ruso Mikhail Gorvachov fue el principal proponente de la ‘Europa mayor’, un concepto que también tenía raíces europeas en el gaullismo y otras iniciativas. Sin embargo, según Rusia se venía abajo debido a las devastadores reformas de los mercados en los noventa del siglo pasado, la visión fue difuminándose. Solo fue rescatada cuando Rusia empezó a recuperarse y a buscar un sitio en el escenario mundial bajo Vladimir Putin quien, junto con su colega Dmitry Medveded, llamó repetidamente a la “unificación geopolítica de todos los componentes de la ‘Gran Europa’, desde Lisboa a Vladivostok, para crear una auténtica ‘asociación estratégica’”. Estas iniciativas fueron “recibidas con cortés desdén”, escribe Sakwa, y vistas como “poco más que un restablecimiento encubierto de la ‘Gran Rusia’, realizado con furtividad”, y un esfuerzo por “meter una cuña” entre América del Norte y Europa occidental. Esos asuntos conectan con los temores reinantes durante los primeros años de la Guerra Fría, los temores de que Europa pudiera convertirse en una “tercera fuerza” independiente tanto de las mayores como de las menores superpotencias y promover vínculos más estrechos con las segundas (tal como puede verse en la Ostpolik de Willy Brandt y otras iniciativas).
La respuesta occidental al derrumbe de Rusia fue el triunfalismo. Fue saludado como si marcara “el fin de la historia”, la victoria final de la democracia occidental capitalista, casi como si Rusia debiera ser instruida para que regresase a su estatus anterior a la Primera Guerra Mundial, como si fuera una virtual colonia económica de Occidente. La ampliación de la OTAN empezó de inmediato, violando garantías expresadas verbalmente a Gorbachov acerca de que las fuerzas de la OTAN no se moverían “ni una pulgada hacia el este”, después de que él accediera a que una Alemania unificada pudiera convertirse en miembro de la organización atlántica, una notable concesión a la luz de la historia. Esa discusión se limitó a Alemania Oriental. La posibilidad de que la OTAN se expandiera más allá de Alemania no se discutió –ni siquiera privadamente– con Gorbachov.
Muy pronto, la OTAN empezó a moverse más lejos, justo hasta la frontera rusa. La misión general de la organización fue modificada oficialmente hasta convertirse en un mandato para proteger “infraestructura esencial” del sistema mundial de la energía, rutas de navegación, oleoductos y gasoductos, lo que le concedió una zona de operaciones que abarcaba todo el planeta. Más aún, gracias a una decisiva revisión occidental de la ahora ampliamente promocionada doctrina de la “responsabilidad de proteger”, absolutamente diferente de la versión oficial de Naciones Unidas, ahora la OTAN solo puede ser una fuerza de intervención si lo hace a las órdenes de Estados Unidos.
Rusia está particularmente preocupada por los planes de expansión de la OTAN en Ucrania. Esos planes fueron articulas explícitamente en la cumbre de la OTAN de abril de 2008 realizada en Bucarest, cuando se les prometió a Georgia y Ucrania la posibilidad de integrarse en la organización atlántica. El discurso no tenía ambigüedad alguna: “La OTAN da la bienvenida a las aspiraciones euro-atlánticas de Ucrania y Georgia respecto de la incorporación en la OTAN”. Con la victoria de los candidatos pro-occidentales de la “Revolución Naranja” en 2004, el representante del departamento de Estado Daniel Fried se apresuró a acudir allí para “recalcar el apoyo estadounidense a las aspiraciones de Ucrania respecto de la OTAN y el euro-atlantismo”, como reveló una información de Wikileaks.
Las preocupaciones rusas son comprensibles. Son esbozadas por el académico especialista en relaciones internacionales John Mearsheimer en el principal periódico del establishment Foreing Affairs, quien escribe que “la raíz de la crisis actual (relacionada con Ucrania) es la ampliación de la OTAN y la dedicación de Washington a la causa de sacar a Ucrania de la órbita moscovita e integrarla a Occidente”, algo que es visto por Putin como “una amenaza directa al corazón de los intereses rusos”.
“¿Quién puede reprochárselo?”, pregunta Mearsheimer, señalando que “A Washington quizá no le guste la posición de Moscú, pero debería entender la lógica que hay tras de ella”. Eso no debería ser tan difícil. Después de todo, como cualquiera lo sabe, “Estados Unidos no tolera que grandes potencias distantes desplieguen fuerzas militares en cualquier sitio del hemisferio occidental, mucho menos en sus fronteras”.
De hecho, la posición de Estados Unidos es mucho más fuerte. No tolera lo que oficialmente recibe el nombre de “rebeldía exitosa” en la Doctrina Monroe de 1823, que declaraba (pero todavía no ha podido implementar) el control estadounidense del hemisferio. Así, un pequeño país que lleva adelante y con éxito semejante acto de rebeldía puede ser sometido a “los terrores de la Tierra” y a un aplastante bloqueo, como sucede con Cuba. No es necesario que nos preguntemos cómo habría reaccionado Estados Unidos de haberse unido los países latinoamericanos al Pacto de Varsovia y de haber existido planes para que México y Canadá también se unieran a ese Pacto. El mero atisbo de la primera tentativa en esa dirección habría “terminado con extremos perjuicios”, para utilizar la jerga de la CIA.
Como en el caso de China, no hay por qué ver con simpatía las acciones y las motivaciones de Putin para entender la lógica que hay tras ellas, tampoco para darse cuenta de la importancia de comprender esa lógica en lugar de lanzar imprecaciones contra ella. Como en el caso de China, hay demasiado en juego, incluso cosas tan importantes –literalmente– como la supervivencia.

Los desafíos de hoy en día: el mundo islámico

Giremos ahora hacia la tercera región de las principales preocupaciones, el mundo (en buena parte) islámico, que es también el escenario de la Guerra Global Contra el Terror (GWOT, por sus siglas en inglés) declarada por George W. Bush en 2001 después de los ataques terroristas del 11-S –en beneficio de la exactitud, debería decirse re-declarada–. La GWOT fue declarada por la administración Reagan desde su primer día con una enfebrecida retórica sobre la “plaga propagada por unos depravados que se oponen a la propia civilización” (tal como lo describió Reagan) y un “regreso a la barbarie en la era moderna” (según las palabras de su secretario de Estado, George Shultz). Silenciosamente, la primera GWOT fue retirada de la historia. Se convirtió muy rápidamente en una asesina y destructiva guerra terrorista que asoló América Central, el sur de África y Oriente Medio, cuyas nefastas repercusiones llegan hasta nuestros días, entre ellas la condena de Estados Unidos por parte del Tribunal Internacional de Justicia (desestimada por Washington). Sea cual sea el acontecimiento, no se trata de la historia apropiada para la Historia, por lo tanto ya no existe.
El éxito de la versión Bush-Obama de la GWOT puede evaluarse perfectamente mediante el examen directo. Cuando se declaró la guerra, los objetivos terroristas se limitaban a los existentes en un rincón del Afganistán tribal. Estaban protegidos por afganos que, en su mayor parte, no los podían ver o los despreciaban profundamente, pero se atenían a los códigos tribales de la hospitalidad, unos códigos que desconcertaban a los estadounidenses cuando algunos campesinos pobres se negaban a entregar a Osama bin Laden por la astronómica –para los campesinos– suma de 25 millones de dólares”.
Hay buenas razones para creer que una acción policial bien implementada, o incluso unas negociaciones diplomáticas serias con el Talibán, podrían haber puesto en manos de Estados Unidos a los sospechosos de los crímenes del 11-S para llevarles a los tribunales y condenarles. Pero ese tipo de opciones no estaba en consideración. En lugar de ello, la elección pensada fue la violencia a gran escala, no con el objetivo de destruir al Talibán (eso llegó más tarde) sino para dejar en claro el desdén estadounidense respecto a cualquier ofrecimiento que aquel hiciese de una posible extradición de bin Laden. Hasta qué punto eran serios esos ofrecimientos, no lo sabemos, ya que la posibilidad de que fuesen explorados nunca fue contemplada.
O tal vez, Estados Unidos solo estuviera tratando de “mostrar músculo, apuntarse una victoria e intimidar a todo el mundo en el planeta. A ellos no les importa el sufrimiento de los afganos ni cuánta gente perderíamos”. Esta es la opinión del muy respetado líder anti-Talibán Abdul Haq, uno de los numerosos críticos que condenaron la campaña estadounidense de bombardeo aéreo lanzada en octubre de 2001 por tratarse de “un gran retroceso” en sus esfuerzos para acabar con el Talibán desde dentro, un objetivo que ellos veían al alcance de la mano. Este parecer ha sido confirmado por Richard A. Clarke, director del Grupo de Seguridad y Contraterrorismo de la Casa Blanca con el presidente George W. Bush cuando se formularon los planes de ataque contra Afganistán. Tal como Clarke describe la reunión, cuando informó de que el ataque violaría la ley internacional, “el presidente gritó en la pequeña sala de conferencia: ‘No me importa lo que dicen los picapleitos internacionales; nosotros vamos a patear unos cuantos culos’”. El ataque también fue duramente cuestionado por la mayor organización de ayuda que trabajaba en Afganistán, que advirtió de que había millones de personas al borde de la muerte por hambre y de que las consecuencias podían ser horrendas.
Las consecuencias para la pobre Afganistán de años después todavía necesitan ser reconsideradas.
El mazazo siguiente fue para Iraq. La invasión anglo-estadounidense, totalmente desprovista de un pretexto creíble, es el crimen más importante del siglo XXI. La invasión llevó a la muerte a cientos de miles de personas en un país en el que la sociedad civil ya había sido devastada por las sanciones de Estados Unidos y Gran Bretaña, unas sanciones que fueron vistas como “genocidas” por los dos distinguidos diplomáticos encargados de administrarlas; ambos renunciaron por esta razón. La invasión produjo también millones de refugiados, destruyó la mayor parte del país y dio lugar a un enfrentamiento entre sectas que continúa desgarrando Iraq y toda la región. Es asombroso que en ciertos círculos informados y progresistas de nuestro mundillo cultural, intelectual y moral, esa invasión pueda ser llamada –con toda frivolidad– “la liberación de Iraq”.
Algunas encuestas del Petágono y el ministerio británico de Defensa revelaron que apenas el 3 por ciento de los iraquíes pensaba que el papel de Estados Unidos en Oriente Medio tenía alguna legitimidad, menos del 1 por ciento creía que las fuerzas de la “coalición” (EEUU-Inglaterra) eran útiles para su seguridad y el 80 por ciento se oponía a la presencia de fuerzas de la coalición en su país; la mayoría de estos últimos apoyaban los ataques a las tropas aliadas. Afganistán había quedado tan destruido que la posibilidad de realizar un sondeo confiable era algo impensable, pero hay indicios de que también algo parecido podía ser cierto allí. Sobre todo en Iraq, Estados Unidos sufrió una grave derrota, abandonó los objetivos oficiales que le llevaron a la guerra y dejó el país bajo la influencia del único victorioso: Irán.
La maza también golpeó en otros sitios, particularmente en Libia, donde los tres poderes imperiales tradicionales (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) trabajaron para aprobar la resolución 1973 del Consejo de Seguridad e inmediatamente la violaron, convirtiéndose en la fuerza aérea de los rebeldes libios. La consecuencia fue el debilitamiento de cualquier posibilidad de arreglo negociado y pacífico; el gran aumento de las bajas (que se multiplicaron al menos por 10, según el politólogo Alan Kuperman); una Libia en ruinas y en manos de las milicias de combatientes; y, más recientemente, la provisión al Daesh de una base desde la cual puede extender el terror. Algunas propuestas diplomáticas bastante sensatas de la Unión Africana, que en principio habían sido aceptadas por la Libia de Muammar al Gadaffi, fueron ignoradas por el triunvirato imperial, como lo consigna el especialista en África Alex de Waal. Gracias a un enorme flujo de armas y yihadistas, el terror y la violencia se ha extendido desde el oeste de África hacia el Levante, mientras los ataques de la OTAN, a su vez, han puesto en marcha una avalancha de refugiados de África hacia Europa.
Otro triunfo más de una “intervención humanitaria”; como el largo y espantoso historial lo revela, no es algo insólito: apenas un regreso a los orígenes de hace 400 años.


* Esta es la primera de dos notas de que consta el trabajo; una selección extraída del nuevo libro de Noam Chomsky, Who Rules the World? (Metropolitan Books, the American Empire Project, 2016). La Parte 2 será publicada próximamente. (N. del T.)
Noam Chomsky es profesor emérito en el Departamento de Lingüística y Filosofía del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Es colaborador habitual de TomDispatch; entre sus libros más recientes están Hegemony or Survival y Failed States. Su sitio web es www.chomsky.info.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176137/tomgram%3A_noam_chomsky%2C_the_challenges_of_2016/#more
Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.
Fuente: Rebelión

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