jueves, 21 de julio de 2016

El Brexit, la geopolítica y la amistad con derecho a roce



Causas inmediatas y la venganza de la democracia

En los últimos días, los expertos han ido señalando las principales causas del Brexit. Coinciden en señalar el deterioro del Estado de Bienestar por los recortes, el desempleo y la precarización del empleo, la creciente desigualdad social y territorial… La nostalgia de los más mayores por la época imperial y el desinterés de los jóvenes a la hora de votar, también han jugado lo suyo.

En relación a la cuestión de los extranjeros, se han propuesto interpretaciones divergentes. Algunos remiten al racismo y a “los nacionalismos de siempre, excluyentes y chovinistas, que dibujan sociedades cerradas al exterior y empobrecidas moralmente” (editorial de El País, 3 de julio de 2016). Para otros, el asunto tiene más calado. Manuel Castells (La Vanguardia, 2 de julio de 2016) opina que “en contraste con las acusaciones de racismo, la crítica no fue contra las personas del Tercer Mundo, porque estas necesitan visado”, sino contra la inmigración de Europa del Este porque  “sin control compiten legalmente por trabajo, sanidad y educación gratuitas, vivienda pública y subsidio de paro”. No afecta al Gran Londres pero sí a otras regiones industriales ahora envejecidas y en plena depresión. No se trataría  pues de un nacionalismo étnico sino de resistencia frente a la globalización y a la pérdida de control del país, y a lo que se le llama populismo sería “en realidad una defensa de la vida que les queda”. Las dos serán ciertas, aunque quizás una más que otra.

Si sumamos a todo ello la reciente crisis de los refugiados que huyen de las guerras, cuanto menos alimentadas por los propios poderes occidentales, y la deriva terrorista nacida de sus políticas insensatas en Palestina, Afganistán, Libia, Irak, Siria…, y le añadimos el rechazo a las élites de la UE que han protagonizado las respuestas europeas a la crisis financiera que pronto cumplirá 10 años, dispondremos de un retrato robot suficiente para inventariar las causas inmediatas de la desafección de los ingleses y del Brexit. En definitiva, ha sido un voto de edad, de clase y territorial. Me permito sugerir la hipótesis de un voto religioso: los católicos habrían apoyado la permanencia y los anglicanos la salida.

En cualquier caso, ha sido la venganza de la democracia, del voto de la gente “corriente” frente a la frialdad tecnocrática de las elites. La imagen del expresidente de la Comisión Europea Barroso usando las puertas giratorias de Goldman Sachs (a quien muchos consideran la entidad financiera más influyente en el mundo) para ganar cinco millones de euros al año, sin renunciar a su pensión “europea” de 18.000 euros mensuales por su anterior cargo dice mucho del fondo del asunto. ¿En qué manos estamos? se preguntarán más de uno.

Alguien ha resumido con pocas palabras el estilo de quienes gobiernan Europa: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. El Brexit es una bofetada espectacular en los morros de Bruselas y la primera factura que la UE pagará. Y el proyecto descarrilará si se empeñan en un europeísmo ilustrado paternalista que no puede funcionar en el siglo XXI con la democracia como única fuente legítima para hacer política. Atentos al futuro.

El Brexit es una venganza de la geografía o la razón geopolítica de fondo

Tres semanas después, las bolsas se han recuperado del momentáneo derrumbe post-Brexit. Todo vuelve a la normalidad, tal vez porque geopolíticamente el Brexit es lo normal…

Un celebrado ensayo del ensayista geopolítico Robert Kaplan lleva por título “La venganza de la geografía” y en él se nos dice que la geografía es el telón de fondo sobre el que discurre la historia. Pero, ¿porqué relacionar esta sentencia con el Reino Unido? ¿Acaso hay algo más detrás del Brexit?

Inglaterra, mil cien años objeto del deseo y la codicia continentales

Inglaterra, o el territorio que hoy conocemos como tal, se vinculó a la Europa continental con la conquista romana iniciada por Julio César a mitad del I a.C. y culminada un centenar de años después por Claudio. Esta etapa se cierra a principios del siglo V cuando nuevas y sucesivas invasiones irán construyendo a partir del sustrato anterior celta-britano-romano un conglomerado social dominado primero por los anglo-sajones, más ocasionalmente por los vikingos daneses  y al final por los normandos (con la batalla de Hastings en 1066). En números redondos, durante 1.100 años Inglaterra y el resto de pueblos británicos fueron invadidos una y otra vez por grupos humanos procedentes del Continente.

Cuatro siglos para cimentar la rivalidad anglo-francesa y quinientos años de estrategia extra-continental

La conquista normanda supone una inflexión histórica. Inglaterra pasa de ser tierra de conquista por parte de pueblos y élites continentales a constituir un poder con intereses territoriales, feudales  y dinásticos en Francia, en el Continente. Durante cuatrocientos años la herencia francesa de los normandos y las políticas matrimoniales fueron la manzana de la discordia entre unos y otros.

La historia moderna inglesa comienza con su derrota (1453) en la guerra de los Cien años ante Francia, lo que supone su renuncia a seguir disputando la corona francesa a la dinastía de los Valois  y la pérdida de sus posesiones territoriales en el continente. De este modo sus intereses directos en el continente fueron extinguiéndose y más aún tras los conflictos dinásticos que enfrentaron a las casas de Lancaster y de York durante los últimos 50 años del siglo XV. Francia por su parte convirtió a Juana de Arco (la archienemiga de los ingleses) primero en heroína y mucho después  la hizo Santa y Patrona de la Nación (no sin antes pasarla por la hoguera con la complicidad de nobles y eclesiásticos del país). Desde entonces la estrategia de Inglaterra iba a descansar en el repliegue insular respecto a Europa, sin renunciar a influir para impedir, o cuanto menos dificultar, que una potencia llegase a acumular tanto poder como para dominar el Continente. Complementariamente, el diseño exigía la consolidación de su predominio en las Islas Británicas (conquista de Irlanda y control de Escocia) y buscar su destino en ultramar (aprovechando los océanos abiertos ante sus costas occidentales) con un poderoso imperio marítimo.

Enrique VIII puso las bases para esta política británica, de espaldas al Continente y parapetada detrás del Canal de la Mancha y del Mar del Norte; y así puede entenderse, entre otras cosas, su ruptura con las autoridades eclesiásticas de Roma y la creación de una iglesia nacional inglesa (1534). Suponía un desafío en toda regla a cualquier pretensión de unidad religiosa y política, con una sola Iglesia (la Romana) y un solo Emperador (fuesen reyes “católicos” como los hispánicos, “cristianísimos” como los monarcas franceses, emperadores del Sacro Imperio Romano-Germánico o emperadores novísimos como Napoleón…). Ahí y así se forjan la identidad nacional inglesa y la construcción institucional del Reino Unido. Durante quinientos años no hubo más invasiones. Por el contrario, el sentido de los movimientos se invirtió. Los británicos se expandieron por todo el planeta con sus ejércitos, sus negocios y sus emigrantes colonizadores.

Inglaterra, entre los siglos XVI y XIX, cuando no guerrea contra los Austria lo hace contra Francia o contra ambas a la vez. Las dos conflagraciones  mundiales de la primera mitad del siglo XX modifican su política de alianzas cuando el enemigo a batir son los “imperios” germánicos y Francia es un socio inevitable y cada vez menos poderoso. Siempre “controlando” lo que sucede en el Continente…

La temida -y derrotada – invasión de la Armada Invencible ha funcionado como metáfora de los miedos de la sociedad británica. La fallida invasión alemana de 1941 la actualizó y el Brexit coincide con una gran visibilidad del poder rector alemán en la Unión Europea y con una Francia progresivamente más impotente.

Principio y final de la amistad con derecho a roce

Cuando el 25 de marzo de 1957 se firma el Tratado de Roma que alumbró la Comunidad Económica Europea, el Reino Unido era aún un poderoso y orgulloso Imperio. No hacía demasiado que había perdido la “joya” india, entre otras colonias, pero la bandera de la Union Jack seguía ondeando en todos los continentes.

Tuvo que llegar 1963 para que el Reino Unido, con el conservador Harold Macmillan, pidiese la entrada en el club europeo. Su Imperio se iba desvaneciendo: en 1960 se independizaban Nigeria, Camerún y Chipre; al año siguiente, Sierra Leona y Tanganica; en 1962, Uganda; en 1963, Zanzíbar y Kenia… La Francia de De Gaulle vetó su incorporación.

En 1967, con el laborista Harold Wilson de primer ministro, el RU insiste para ver como De Gaulle de nuevo rechaza su petición. Han seguido perdiendo colonias. En 1964, Malta y Zambia; en 1965 Gambia…

Por fin, el 1 de enero de 1973 el conservador Edward Heath lograba el ingreso de su país. El referéndum de 1975 (el año de la muerte de Franco) celebrado para conocer la opinión de los ciudadanos daba el visto bueno con un 67% de votos afirmativos. Está claro que los británicos ya aplicaban entonces un patrón democrático para resolver sus grandes cuestiones. La paz firmada en el Ulster, el referéndum escocés y la consulta del Brexit son pruebas renovadas de ello. (En España, Mariano Rajoy es partidario de que las decisiones importantes no las tome el pueblo sino las personas sabias como él. Por ejemplo, con la sabiduría demostrada cuando formaba equipo con el presidente Aznar y decidieron y jalearon la guerra contra Irak…).

Cuando en 1992 el Tratado de Maastrich modifica la CEE para llamarla simplemente Comunidad Europea y cuando en 1993 pasa a ser la Unión Europea, el Reino Unido había  perdido casi enteramente su imperio colonial, pero había sabido crear una Comunidad de Naciones (la Commonwealth) y con ella mantener una notable influencia económica y política a lo largo y ancho del planeta y su monarca seguía (y sigue) siéndolo de muchas naciones independizadas, como Australia, Canadá o Nueva Zelanda… Con esto cuentan ahora; además de sus relaciones excepcionales con los EE.UU.

Los británicos se las prometían muy felices en la Europa de los mercaderes que tanta prosperidad anunciaba. Pero se convirtió en una Unión política, contradictoria con sus  quinientos años más importantes de historia. Cuando la amistad con “derecho a roce” y sin excesivos compromisos (el Mercado Común), se ha convertido en un proyecto matrimonial cada vez más irreversible, se han activado las alarmas y la geografía y la historia han pedido la palabra.

Los resultados del referéndum iban a validar si prevalecía la geopolítica del largo periodo 1453-1975 (su historia sobre el telón de fondo de la brecha defensiva del Canal de la Mancha y el Mar del Norte) o el tímido golpe de timón de los últimos 41 años que impulsaba al Reino Unido hacia el Continente. Parece que la geografía se ha vengado y la Autopista-Túnel se ha anegado. El mar del Norte, el Canal de la Mancha y la historia de quinientos años han impuesto su lógica geopolítica. El sueño de la prosperidad creciente se ha roto y el precio político y social a pagar no compensa a muchos; y el Brexit (la independencia) ha ganado.

Es inquietante que los candidatos más citados por los expertos para emular al Reino Unido sean Francia, Holanda y Dinamarca. Todos ellos antiguos Aliados de los Británicos en las dos Guerras Mundiales. ¿Tendrá algo que ver Alemania y otras dimensiones geopolíticas europeas en lo que está sucediendo ahora?
Ricardo Romero de Tejada
Fuente: Público.es

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