viernes, 29 de julio de 2016

Italia, ante el precipicio tras el Brexit



Sergi Cutillas
Economista e investigador de Ekona y miembro de la Plataforma por la Auditoría Ciudadana de la Deuda
Steven Forti
Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa


Tras el Brexit todas las miradas están puestas en Italia. El presidente del Consejo italiano, Matteo Renzi, se encuentra en una encrucijada de difícil solución. Las élites europeas lo presionan por la situación de los bancos italianos, mientras a nivel interno un fortalecido frente anti-Renzi quiere tumbar el gobierno aprovechando la celebración del referéndum constitucional del próximo otoño. Los resultados de los estrés test de la banca europea que se publicarán el próximo viernes 29 de julio serán cruciales.

Desde hace un mes Italia ha copado las primeras páginas de los periódicos europeos. The Economist le ha dedicado una llamativa portada el pasado 9 de julio, “The Italian Job”, donde se retrata el actual presidente del Consejo Matteo Renzi en un autobús a punto de precipitarse por un barranco, mientras que el Financial Times no deja de recordar que el Belpaese es actualmente el eslabón más débil de la Eurozona. La crisis de los bancos italianos, según el rotativo británico, podría ser más explosiva que el Brexit y dar el golpe de gracia a la moneda única.

Si bien es cierto que la situación de la economía y las finanzas italianas no es buena, ésta tampoco es nueva. Los bancos italianos arrastran desde hace años niveles muy altos de préstamos morosos, ya que la entrada de Italia en el euro dañó la competitividad de la economía, borrando cualquier rastro de crecimiento económico en l’última década y media. Actualmente el PIB crece a un ritmo del 1% y las previsiones de crecimiento económico del FMI afirman que Italia no recuperará el nivel del PIB anterior a la crisis hasta 2025. La ausencia de crecimiento redujo los incentivos a invertir, los beneficios y los salarios, así como la calidad de los empleos, lo cual no ha dejado de deteriorar la solvencia de los deudores italianos. Además el país sigue con una deuda pública muy elevada del 133% respecto al PIB aunque su déficit público es solo del 2%. No todo es negativo, ya que se estima que la tasa de paro es del 12%, muy lejos del 21% español o del 27% griego. Además el ahorro y el patrimonio familiares se mantienen en niveles elevados, y su endeudamiento en relación a la renta disponible es de los menores entre los países de la OCDE, lo cual puede explicar la resistencia de la economía italiana durante la actual crisis.

Sin embargo, parece que algo está cambiando. Los mercados financieros se han fijado en la banca italiana justo después del voto británico a favor del Brexit. Su banco más emblemático y a la vez el más antiguo del mundo, el Monte dei Paschi, se situó al borde de la quiebra al caer sus acciones a menos de la mitad de su valor inmediatamente después del referéndum británico. El presidente Matteo Renzi ha esquivado desde hace más de un año, con maniobras dignas de la mejor tradición italiana en el malabarismo político, el probable rescate europeo a la banca, el cual obligaría a aplicar la nueva directiva europea del ‘bail-in’, o rescate interno, que atribuiría pérdidas a los inversores/ahorradores italianos. Esto podría dañar peligrosamente la popularidad del presidente antes del reférendum de octubre sobre la constitución, en el que Renzi se juega la presidencia y su carrera política. Sin embargo, en las próximas semanas, dependiendo de los resultados de los estrés test del viernes 29 de julio, Italia podría convertirse en el blanco de presiones que hagan el rescate ineludible, sacudiendo más si cabe la frágil estabilidad política que el país mediterráneo había conseguido en los últimos tiempos.

Renzi, ante una partida compleja


La partida que debe jugar Matteo Renzi en las próximas semanas deberá enfocarse a conseguir el equilibrio entre las dos vertientes de la actual crisis, la europea y la doméstica.

El exalcalde de Florencia, que se convirtió en presidente del Consejo sin pasar por las urnas, ha procedido con extrema rapidez a una radical transformación del sistema político italiano, abriendo grietas dentro de su mismo partido y enemistándose aún más con la oposición. Tras la sonada derrota en las elecciones municipales del mes de junio, en las que el Movimiento 5 Estrellas, que en el pasado había defendido un reférendum sobre la salida del euro, ha conquistado las alcaldías de Roma y Turín y el alcalde “rebelde” Luigi de Magistris ha arrasado en Nápoles, en el Partido Democrático (PD) han saltado ya todas las alarmas. La preocupación no es tanto por las próximas elecciones generales que deberían celebrarse en 2018, sino por lo que pueda acaecer en otoño que se anuncia muy caliente ya que se celebrará el referéndum constitucional en que Renzi se la juega: una derrota significaría la posible muerte política del mediático líder italiano y la convocatoria de nuevas elecciones.

El frente anti-Renzi ha ido fortaleciéndose en los últimos tiempos y va desde la izquierda de Sinistra Italiana, los sindicatos y de los nuevos movimientos municipalistas hasta la extrema derecha de la Liga Norte, pasando por los Cinco Estrellas de Beppe Grillo. Por un lado, el proyecto de Renzi de convertir el PD, hijo de las transformaciones del glorioso Partido Comunista Italiano (PCI) en el “Partido de la Nación”, una especie de catch-all-party poco definido ideológicamente que incluye a católicos, berlusconianos, centristas y todos los que quieran sumarse, está encontrando cada vez más resistencias. Por otro lado, la criticada reforma de la Constitución de 1948, fruto del consenso antifascista, que pretende poner fin al sistema bicameral perfecto italiano para fortalecer así el poder ejecutivo respecto al legislativo, se suma a una serie de reformas (de la educación, la justicia, el trabajo, etc.) que ni Berlusconi se había atrevido a hacer y que han levantado una polvareda notable. Renzi se ha propuesto cambiar los cimientos del sistema político italiano, tildado de inestable, lento y farragoso, y por esto ha impuesto también una nueva ley electoral, el Italicum, que cierra la etapa del enrevesado sistema bautizado como Porcellum en vigor desde 2006 y considerado inconstitucional en 2013. El Italicum, que se propone como solución a la ingobernabilidad vivida en el pasado por Italia y que debería entrar en vigor este verano, se inspira en el sistema electoral español, pero lo modifica en algunas cuestiones cruciales: un proporcional sobre base nacional –y no provincial– con un premio para la lista que supera el 40% de los votos. Si nadie llega al 40%, hay una segunda vuelta para establecer la lista que se lleva el 55% de los escaños de la cámara baja. El Italicum viene a ser una especie de mezcla entre el sistema francés, el griego y el español. Si la propuesta de Renzi fracasara en el referéndum de octubre abriría una crisis política en Italia que podría llevar al partido de Beppe Grillo a la presidencia, lo cual podría abrir una nueva crisis del euro.

La banca italiana y la desunión europea


La actual crisis sucede a la espera de la publicación por parte de la Asociación Bancaria Europea, el próximo viernes 29 de julio, de los resultados de los tests de estrés a la banca europea, que previsiblemente anunciarán que el sistema bancario italiano necesita reformas importantes para reducir sus niveles de deuda morosa, aumentar su capital y reducir su costosa estructura, presionando así por el cierre de sucursales, la realización de fusiones y la resolución de entidades pequeñas e/o insolventes. El sistema bancario italiano continúa teniendo una estructura bancaria tradicional parecida a la de las cajas, basada en las relaciones de cercanía, redes con numerosas sucursales, y un control y gestión ligados a las estructuras de poder político y ecónomico nacionales. La actual situación podría ser una oportunidad para la burocracia europea, tutelada por las élites financieras internacionales, para forzar una reforma bancaria parecida a la llevada a cabo en el Estado español en 2012, que abriera el sistema bancario al capital extranjero y diluyera la estrecha relación entre las estructura de poder político y financiero a nivel nacional. El objetivo de estas reformas sería facilitar la europeización del sistema bancario, transitando hacia la unión bancaria europea.

Sin embargo, la unión bancaria nació con numerosos problemas, por lo que en realidad se parece más a una desunión bancaria. El más importante de ellos es la falta de un sistema común de cobertura de depósitos, dado que Alemania se ha opuesto a dotar significativamente un fondo que podría acabar compensando a depositantes no alemanes. En segundo lugar, el mecanismo creado para la supervisión bancaria común, que forma parte del BCE, aun tiene muchos aspectos por definir, y no incluye la supervisión de las entidades más pequeñas, lo que puede suponer un riesgo. Esto  también tiene como principal causa la oposicón del gobierno de Merkel, el cual peleó para dejar fuera del control del BCE las cajas alemanas, que suponen el 20% de los activos bancarios del país. Finalmente, el mecanismo de resolución bancaria que entró en vigor en enero de este año, y que debe proporcionar el marco legal y los fondos en caso de quiebra y liquidación de un banco europeo, se sustenta en el dinero que los estados ponen en el nuevo Fondo Único de Resolución. En este acuerdo se acordó dotar el Fondo con 55.000 millones (solo un rídiculo 1% del total de los depósitos) con contribuciones de los bancos durante 8 años. Al final de estos 8 años habría una mutualización plena, pero de momento ésta sería solo del 40% en el primer año, el 60% en el segundo y del 70% en 2018. En estos momentos el Fondo solo tiene 4.000 millones de euros, de los cuales según el acuerdo menos de la mitad serían mútuos. Esta cantidad es irrisoria si contemplamos por ejemplo las estimaciones optimistas de que el sistema bancario italiano, con 360.000 millones de deuda de dudosa viabilidad, necesita un mínimo de 40.000 millones de euros para ser recapitalizado. y más de 300.000 millones para ser saneado totalmente, tres veces el rescate español si contamos el dinero empleado en las recapitalizaciones del FROB y las compras de activos dudosos del banco malo SAREB.

Ha habido intensas pugnas entre los estados respecto a cuáles deberían ser los mecanismos de resolución transitorios hasta que el Fondo esté suficientemente dotado. El Fondo se puso en marcha mediante un Acuerdo Intergubernamental al margen de los Tratados, el cual no suscribieron ni Suecia ni el Reino Unido. La falta de compromiso de estos últimos y la reticencia a cambiar los Tratados, principalmente Alemania, indica la poca voluntad de los estados de ceder poder a las estructuras supranacionales de Bruselas. Además, en la actualidad no existe ningún mecanismo transitorio alternativo al Fondo Único ni tampoco un mecanismo de respaldo público europeo al que recurrir ante una crisis sistémica en la que los fondos existentes no sean suficientes.

Esta falta de compromiso con la Unión de los distintos estados se ha compensado añadiendo la cláusula bail-in o mecanismo de recapitalización interna en caso de resolución o quiebra, que implica que los accionistas y los acreedores deben asumir parte de los costes de resolución por al menos un 8% del valor de los pasivos. Cada entidad solo podrá recurrir al Fondo después de aplicar el bail-in para solicitar un máximo del 5% de sus pasivos. El hipotético rescate a la banca italiana sería un caso en el que el bail-in afectaría de forma especialmente intensa a los acreedores, ya que según indica el Staff Report de julio del FMI sobre la situación financiera del país, en Italia el 30% de los 650.000 millones de euros en instrumentos de deuda bancaria están en posesión de los hogares italianos, los cuales asumirían pérdidas de forma segura y significativa si se rescatara a cualquier de los 15 mayores bancos italianos.

Matteo Renzi ha intentado negociar que se haga una excepción con Italia y se permita facilitar fondos del Mecanismo de Estabilidad Europeo (MEDE) a los bancos italianos sin aplicar el bail-in que aplicaría pérdidas a accionistas y acreedores de los bancos, y llegó a a amenazar con proveer los fondos públicos a nivel nacional si la UE no le permitía saltarse el bail-in. Merkel ya ha dejado claro que esto no es posible, ya que si se hiciera esa excepción con Italia la credibilidad de la ya poco creíble Unión Bancaria quedaría tocada de muerte pocos meses después de su puesta en marcha. Sin embargo, la cancillera ha afirmado que la banca italiana no es un problema, y que seguramente se podrá llegar a un acuerdo que no sea traumático ni para los ahorradores ni para el gobierno italiano, intentando transmitir tranquilidad a los inversores/ahorradores italianos así como su apoyo al presidente italiano.

Las diferentes estrategias posibles


A juzgar por los elementos sobre la mesa Renzi tendría tres salidas a la actual crisis. La primera sería saltarse las normas de la UE y poner en marcha un rescate público a nivel nacional que no aplique pérdidas a los inversores/ahorradores en deuda subordinada. Esto parece casi imposible, ya que tal desafío a la Unión Bancaria y a las normas de la Eurozona forzaría al resto de estados miembros a tomar serias represalias contra Italia, que probablemente debieran pasar por su expulsión de la Eurozona. La segunda opción sería solicitar el rescate y aplicar el bail-in de forma suave, ofreciendo compensaciones a los inversores que sufran pérdidas. Renzi cuenta con el apoyo de Merkel para llevar a cabo la opción de rescate suave, pero tal opción aunque suavizada no deja de ser arriesgada ya que es difícil evaluar cuál será la reacción de aquellos que pierdan parte de sus ahorros, y cuál sería el impacto de esta estrategia sobre su popularidad antes del referéndum de octubre. Finalmente, la última opción y la preferida por Renzi sería la de alargar la situación posponiendo las reformas, a base de dilatar las negociaciones para intentar llegar a octubre sin hacer nada. La viabilidad de esta opción dependerá del dictámen de los tests de estrés de la Asociación Bancaria Europea que se publicarán el viernes, así como del nivel de apoyo recibido por parte de Merkel después de la publicación de los resultados.

La elección de la estrategia para salir de la crisis marcará también el futuro de Renzi y de la situación política italiana. Es indudable que una aplicación del bail-in, aunque de forma suave, se interpretaría como una derrota del presidente del Consejo italiano y fortalecería aún más el frente anti-Renzi de cara al referéndum constitucional del mes de octubre. Sin embargo, como es sabido, la política italiana no deja de sorprender por su capacidad de resolver los rompecabezas más complicados. Y Renzi puede que tenga aún un par de ases en la manga. Por un lado, podría jugar la carta de presentarse ante las élites europeas como el único político que garantice la estabilidad política en la tercera economía de la UE para que le permitan posponer el rescate: en caso de elecciones anticipadas, las alternativas al PD serían los 5 Estrellas o un renacido, aunque improbable a día de hoy, frente de derechas con un decadente Berlusconi que no quiere aún jubilarse, los centristas del actual ministro Angelino Alfano, la derecha de Fratelli d’Italia y la Liga Norte de Matteo Salvini, claramente ubicada en la línea del Frente Nacional de Marine Le Pen. No hay duda de que para Bruselas y Frankfurt un europeísta muy poco crítico con las políticas impuestas por las élites europeas en los últimos siete años como Renzi resulta la única solución si no se quiere abrir otro frente de inestabilidad en el sur de Europa.

Por otro lado, a nivel doméstico, el presidente del Consejo italiano podría jugar la carta de reivindicarse como uno de los pocos políticos europeos que desafía el ordoliberismo alemán, con el objetivo de intentar recuperar consenso en Italia y mostrando así su capacidad de liderazgo en la nueva fase de la UE post-Brexit. No es casualidad que a finales de agosto Renzi haya convocado un encuentro con Merkel y Hollande en la isla de Ventotene, donde Altiero Spinelli redactó su manifiesto europeísta en 1941. Además, Renzi puede jugar unas cuantas cartas más en el complejo tablero italiano. Por ejemplo, puede ceder sobre algunas cuestiones de política doméstica para obtener un cambio de posición de algunas formaciones políticas de cara al referéndum constitucional de octubre, que, para más inri, podría postergar al mes de noviembre para ganar tiempo. Una modificación de la ley electoral –con un premio a la coalición y no a la lista– podría contentar a la oposición de izquierdas dentro del PD y al mismo centro-derecha, protagonista de numerosas mini-escisiones hacia la mayoría de gobierno, y encontraría la rotunda oposición de los 5 Estrellas que se considerarían perjudicados en este nuevo escenario. De momento, Berlusconi ha reafirmado su “no” la reforma constitucional, pero, como se sabe, las vías del señor son infinitas, sobre todo en los pasillos del Parlamento de Roma.

Europa necesita cambios profundos y no remiendos


Más allá del sinvivir del día a día dedicado a ir sorteando una a una de forma precaria las actuales crisis europeas, un análisis calmado y con cierta perspectiva debería permitirnos ver la relación entre la camisa de fuerza política que supone el euro con la situación de insolvencia de la banca en la periferia europea, así como con las medidas neoliberales de austeridad aplicadas bajo el pretexto del incremento de la competitividad. La disfuncionalidad de la unión monetaria europea, los altísimos niveles de deuda tanto privada como pública y el fracaso de la banca privada en todas las economías de rentas altas, junto con la aplicación de políticas de austeridad han creado una situación de degradación social y económica que debe abordarse con valentía.

Sortear la siguiente crisis con un remiendo más y a base de malabarismos no cambia la dinámica histórica material que está haciendo que las gentes europeas se harten y expresen su malestar a la primera oportunidad que se les presenta en contra de lo que entienden que es una Unión Europea carente de democracia. Los líderes europeos siguen sin presentar propuestas que ofrezcan un futuro viable y esperanzador para Europa, por lo que los nuevos partidos de izquierdas, nacidos de la actual crisis de la Unión Europea, deberían trabajar en dibujar los horizontes pacifistas y solidarios para Europa que la actual Unión Europea niega.
Fuente: Público.es

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