domingo, 17 de julio de 2016

La frágil Turquía de Erdogan




EDITORIAL
 La Vanguardia

Los golpistas han fracasado pero el presidente Recep Tayyip Erdogan no sale reforzado de este episodio, al contrario. Turquía, miembro de la OTAN y socio clave de la Unión Europea, país bisagra estratégica entre las democracias occidentales y un Oriente convulso, vive horas de inestabilidad y tensión, que se añaden al resto de crisis regionales que impactan sobre la frontera más vulnerable del espacio europeo. Tras el terrible atentado yihadista en Niza, la posibilidad de un conflicto civil en Turquía ha hecho saltar todas las alarmas de la comunidad internacional.

Los mandatarios de las principales potencias y las cancillerías europeas han expresado su apoyo al Gobierno constitucional turco, a pesar del descontento con muchas de las actuaciones de Erdogan, especialmente por su ambigüedad oportunista y su inhibición en la lucha contra el Estado Islámico, prioridad principal de Estados Unidos, Rusia y la UE. Por el contrario, Erdogan ha aprovechado la confusión en suelo sirio para intentar acabar con su otrora amigo Bashar el Asad y castigar militarmente a la población kurda, cuyas tropas constituyen la primera línea de combate contra las fuerzas del Estado Islámico. A este juego ventajista de Erdogan en el tablero geopolítico hay que sumar la intensificación de su deriva autoritaria interna: se han multiplicado las medidas represivas contra los adversarios políticos, la minoría kurda, los medios, el mundo académico y los sectores sociales contrarios a la islamización de la vida pública. El único momento en que Erdogan ha podido exhibir un cierto éxito ha sido la firma del discutible acuerdo entre Turquía y la UE para la acogida de los refugiados sirios e iraquíes.

Ante la hipótesis de una mayor inestabilidad en el flanco sudoriental de Europa, la teoría del mal menor rige todas las declaraciones y gestos occidentales, a pesar de que debajo del islamismo moderado de Erdogan –que en su día fue celebrado como modelo que exportar a otros estados de la región– anida un proyecto reaccionario que desvirtúa las reglas democráticas, relega los derechos humanos y coquetea con el yihadismo. Por otro lado, como ya se ha visto en situaciones análogas en otros países, sería muy aventurado pensar que los golpistas están inspirados por un verdadero espíritu democrático. Los ciudadanos turcos parecen condenados a ser víctimas de alternativas inquietantes y sombrías.

La intentona golpista –la quinta en menos de un siglo– es un aviso severo para Erdogan y refleja la profunda di­visión y polarización de la sociedad turca, donde conviven sectores afines al presidente –que salieron a la calle a frenar el golpe– con sectores que lo rechazan por su creciente caudillismo e intransigencia, y porque desean mantener los valores laicos de la Turquía moderna fundada por el general Atatürk en 1923. El ejército ha tenido un papel determinante en la política turca y ha protago­nizado varios golpes de Estado pero Erdogan ha conseguido en los últimos años –contra pronóstico– que la cúpula castrense se haya quedado en los cuarteles, algo que podría explicar la debilidad de los golpistas en la madrugada del sábado.

A pesar del eufórico baño de multitudes que se ha dado Erdogan para celebrar su triunfo frente a los golpistas y a pesar de las detenciones en masa y las purgas inmediatas ordenadas dentro del Ejército y la judicatura, es pronto para saber si el presidente turco corregirá sus políticas o bien seguirá impulsando una reforma constitucional de corte presidencialista y gobernando con un estilo cada vez más despótico y excluyente.
Fuente: La Vanguardia

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