viernes, 29 de julio de 2016

Un crimen contra el futuro




Tom Engelhardt
TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García


Eterno estado de guerra en Estados Unidos

El mundo después de mí


Hace unos días, en las profundidades del armario de mi dormitorio, encontré un álbum de fotos de cuando mi madre era pequeña. Cuando lo abrí me di cuenta de que la cola que ella había usado de niña para pegar unos momentos su vida en el sitio correspondiente se había evaporado, y las fotos estaban mezcladas.

Mi madre nació en los primeros años del siglo pasado. Ahora, la mayor parte de esa vieja colección de fotos y objetos de interés –dibujos (indudablemente suyos), un programa de la escuela de piano Caruthers, un folleto de Camp Weewan-Eeta, un billete infantil de promoción de la escuela de Hyde Park y fotos de niños, niñas y adultos desconocidos–, ya no queda nadie que pueda decirme quién es quién ni qué es cada cosa.

En algunas de las fotos todavía puedo reconocer el rostro juvenil de mi madre y el de su hermano, que murió hace tanto tiempo pero se mantiene bastante reconocible (incluso el de muchos años antes de que yo le conociera). En cuanto al resto –la niña que parece una gimnasta haciendo el pino, todas esas jóvenes alineadas en una playa llevando lo que entonces serían atrevidos bañadores, el chico arrodillado con sus brazos extendidos hacia mi madre de unos ocho años– todas ellas habían sido arrastradas por la corriente del tiempo.

Y así es la cuestión, por supuesto. Para todos nosotros, más pronto o más tarde.

Mi madre no era muy amiga de hablar del pasado. Tratando de convertirse en una caricaturista profesional, dejó la casa familiar en Chicago para ir a la ciudad de sus sueños, Nueva York; sobre todo nunca miraba hacia atrás. Por alguna razón, el mirar atrás le asustaba.

Y en todos esos años en los que yo podría haberla presionado para saber mucho más sobre ella, su familia, sus años de juventud, yo era demasiado joven que eso me importara. Ahora, no podría deciros lo que daría por preguntarle y saber esas cosas que ya nunca podré saber. Su madre y su padre, mis abuelos, murieron antes de que yo naciera, su hermana –a quien vi una vez cuando yo tenía quizá seis años–, sus amigos y vecinos, sus festejantes y compañeros, todos ellos, son ahora polvo de historia en un álbum que se está deshaciendo en un montón de laminillas negras al menor toque. Incluso a mí, la mayor parte de las fotos del álbum nada me dicen (aunque, extrañamente, me conmueven) como esas que uno recogería en una antigua tienda o una casa abandonada.

Niños perdidos en un caótico planeta


Acabo de cumplir –no diría celabrar– mi 72º cumpleaños. Se trató de un momento adecuado para reflexionar tanto sobre el pasado que se estira detrás de mí como el truncado futuro que está por delante. De hecho, hace unos días la cuestión de la muerte estuvo dando vueltas en mi cabeza. Estoy pensando en hacer una copia de mi vieja libreta de direcciones; seguramente, será la última vez que lo haga (sí, tengo bastantes años como para preferir que toda esa información esté escrita sobre papel, no en el éter). Y, por supuesto, cuando recorro esas desteñidas páginas, veo –como corresponde a mi edad– algo que se parece a un libro de los muertos, y me doy cuenta de que la próxima reescritura será bastante más breve.

A veces se dice de los muertos que se han ido “al más allá”. En el contexto del mundo en que vivimos hoy, empecé a pensar en ellos como algún tipo de refugiados, cada uno de ellos arrancado de su vida (como todos lo estaremos un día) y mandado a cruzar una frontera desconocida para entrar en un territorio verdaderamente extranjero. Pero si nuestro destino es, al final, ser los últimos refugiados, entrando en un sitio en el que no habrá campos de reasentamiento –presumiblemente, nada de nada– me pregunto también sobre el mundo que dejaré detrás de mí, el que dejaré a mis espaldas cuando por fin atraviese la frontera.

También me pregunto –¿cómo podría no hacerlo con mi futuro de ‘refugiado’ en la mente– acerca de los 65 millones de se seres humanos que han sido arrancados de su hogar solo en 2015, sobre todo en aquellos lugares donde nosotros, los estadounidenses, hemos estado librando nuestras guerras de esta última década y media. Resulta difícil no haberse enterado de cuántos más han seguido sus pasos este año, entre ellos los por lo menos 80.000 sunníes que vivían en la recientemente “liberada” y parcialmente destruida ciudad iraquí de Fallujah. En tanto pasaba eso, decenas de millones han continuado siendo exiliados interiores en su propio país (o lo que queda de él), mientras otras decenas de millones se han convertido oficialmente en refugiados después de atravesar fronteras y poner el pie en Turquía, Líbano o Jordania o hacerse a la mar en endebles y sobrecargadas embarcaciones con rumbo a Grecia (desde Turquía) o Italia (desde Libia) moviéndose en oleadas en las que se mezcla la desesperación y la esperanza, y ahogándose en alarmantes cantidades. Al final de su viaje, algunas veces han encontrado ayuda y socorro, pero demasiado a menudo solo hostilidad y hostilidad, como si fueran criminales o hubiesen hecho algo malo.

Del mismo modo pienso en ese 10 por ciento de niños iraquíes, un millón y medio de niños en un país sumido en el caos, la guerra, el conflicto sectario, la insurgencia y el terror, quienes –según un informe reciente de UNICEF– han abandonado su casa desde 2014, o ese 20 por ciento de pequeños (¡chicos!) que están “en serio riesgo de morir, ser heridos, sufrir violencia sexual o ser obligados a alistarse en grupos armados”. Y pienso en ese 51 por ciento de refugiados afganos, iraquíes, sirios y libios, o de donde sean, que son niños, muchos de ellos separados de sus padres y están solos en el planeta Tierra.

Ningún niño merece semejante suerte. Jamás. Cada pequeño desarraigado que ha perdido a sus padres y tal vez el acceso a la educación y a la niñez, es un crimen contra el futuro.

Y bastante a menudo pienso sobre nuestra respuesta a todo esto, la que hemos practicado durante los últimos 15 años: más bombas, más misiles, más ataques con drones, más asesores, más irrupciones con unidades de operaciones especiales, más entregas de armamento y, pese a todo ello, ni un solo éxito ni victoria mesurable por cualquier estándar imaginable; solo más desestabilización de cada vez más regiones del mundo, más proliferación de grupos terroristas y la producción de todavía más seres humanos desarraigados, niños perdidos y refugiados... esto es, constantemente más y más gente aterrorizada y más terroristas.

Si usted vive en Estados Unidos, es muy posible que se impresione (a menos que sea usted un seguidor) cuando Donald Trump hace un llamamiento por la prohibición de los musulmanes en este país, o cuando Newt Gringrich aboga por hacer una prueba a “todas las personas para verificar si tienen ascendencia musulmana y si creen en la sharia para, en ese caso, expulsarlas” de EEUU, o cuando varios gobernadores republicanos hacen lo imposible por mantener fuera de su estado a unos pocos refugiados sirios. Es bastante fácil sentir desagrado respecto de esos sentimientos si se tiene en cuenta la larga tradición de xenofobia y racismo estadounidenses, y todo eso. Sin embargo, la verdad es que, aunque pongan los pelos de punta, todos esos dichos no pasan de ser unas bravatas. La verdadera acción ‘xenofóbica’ se ha realizado en aquellas tierras lejanas en las que el poder de la fuerza aérea de Estados Unidos es absoluto, en un país que supo poner en marcha el Plan Marshall para reconstruir un continente arrasado por la guerra pero hoy ni se le ocurre crear o invertir en otra cosa que no sea más devastación y desestabilización.

Los musulmanes a quienes Donald Trump quiere prohibir su entrada son, después de todo, los mismos que su país han hecho todo lo posible para arrancarlos de su hogar y ponerlos en movimiento. ¿Cómo pueden compararse los pocos que acaso pudieran alguna vez poner el pie en este país con los millones que han entrado en avalancha en Jordania, Turquía y Líbano, entre otros lugares, desestabilizar todavía más Oriente Medio (que, por si lo habéis olvidado, sigue siendo la mayor región petrolera del planeta)? ¿Dónde está el Plan Marshall para ellos o para el resto de una región que está siendo arrasada por Estados Unidos y sus aliados (con la entusiasta ayuda del Estado Islámico [en adelante, el Daesh], variadas organizaciones extremistas, Bashar al-Assad y todo un variopinto conjunto)?

Qué bombas no podemos construir


Los estadounidenses tenemos una buena opinión de nosotros mismos. Desde nuestro presidente hacia abajo, es raro que titubeemos: nuestro país es singularmente ‘excepcional’; no solo eso, además es excepcionalmente generoso. En los últimos años, sin embargo, esa generosidad no se ha hecho notar entre nosotros ni en el extranjero (excepto en aquellos sitios en los que las fuerzas armadas de Estados Unidos están interesadas). En el ámbito nacional, la sociedad se ha escindido entre un floreciente1 por ciento (y sus gestores y operadores) y partes del otro 99 por ciento, que se sienten en el camino hacia el infierno. Con la ayuda del circo político de Donald Trump, esto ha hecho que Estados Unidos tenga el aspecto de una tierra que está cambiando hacia el tercermundismo, aunque siga siendo la ‘única superpotencia’ y el país más rico del mundo. Mientras tanto, nuestra pretendida generosidad no ha llegado hasta nuestra propia infraestructura, aquella que –hablando de los mundos que han sido arrastrados por las corrientes del tiempo– dejaba pasmado a mis padres y a otros estadounidenses de su época. La idea de que las autopistas, carreteras, puentes, puertos, oleoductos y demás pueden estar deteriorándose significativamente por falta de dólares sin que haya una respuesta de la clase política habría sido algo inconcebible para ellos. Y sin duda representa un sorprendente mensaje de mezquindad enviado por esa clase política a los niños y jóvenes de un futuro Estados Unidos: “Vosotros, y el mundo en que vosotros viviréis, no valéis nuestra inversión”.

En aquellos años –gracias, Osama bin Laden, Daesh y la interminable lista de políticos, funcionarios, jefes militares y expertos en ‘terrorismo’ de Estados Unidos– el miedo a un fenómeno –el terrorismo–, que aunque peligroso, es uno de los menores riesgos que enfrenta la vida de este país, ha atenazado su cuerpo político. No importa. La discusión sobre la forma de mantenernos ‘a salvo’ del terrorismo, es incesante. Ciertamente, en un mundo en el que unos lunáticos que van por libre armados con un fusil de asalto o conduciendo un camión pueden provocar una matanza en una operación suicida. El problema es que, en estos tiempos, la protección de nuestra ‘seguridad’ siempre implica la utilización de todavía más bombas y misiles lanzados en tierras remotas, más soldados y operadores especiales que deben entrar en acción, más vigilancia de nuestra población y la del mundo. En otras palabras, hablamos de todo aquello que es militarizar aún más la política exterior de Estados Unidos, poner el comando en manos del estado de la seguridad nacional y asegurar la continua desmovilización de una ciudadanía asustada y nerviosa. Al mismo tiempo que, en otros sitios, se hace crecer el número de seres desarraigados, de niños sin niñez y de refugiados.

Nuestros líderes –y nosotros, también– han crecido habituados a nuestra particular versión de eterno ‘estado de guerra’ y a las guerras sin final, unas guerras cuyo rasgo esencial es que continuarán interminablemente, mientras más y más partes del planeta se hunden en el infierno. En este contexto, cualquier noción de generosidad estadounidense y del espíritu de fondos, parecen haberse perdido en acción. Aquí no existe la menor comprensión de que si realmente no se quiere crear generaciones de terroristas en el seno de poblaciones despojadas de todo lo que define la vida normal, lo mejor que se puede hacer es poner en marcha un Plan Marshall para el Gran Oriente Medio.

Debería ser obvio (aunque no lo es en nuestro mundo estadounidense) que las bombas, sea lo que sea lo que pueden hacer, nunca podrán construir nada. En lugar de ellas, lo mejor es estar preparados para echar una auténtica mano, una mano muy grande, para hacer posible que millones y millones de personas que hoy viven en el caos puedan tener una vida medianamente decente. Deberíamos saber que en realidad la guerra no es una respuesta para esta situación, que si para acabar con el Daesh no dejamos piedra sobre piedra y destruimos toda esperanza en la región, dentro de unos pocos años esa brutal organización podría parecer buena en comparación con cualquiera de nosotros que sea visto por allí. Lo mejor sería saber que las acciones pacíficas –la palabra ‘paz’, aun como recurso retórico, es algo anticuado en el Washington de ‘tiempos de guerra’– todavía son posibles en este mundo.

Perdidos para el futuro


Antes de que nos arrastren la corriente que mencionaba más arriba, siempre está el anhelo de asegurar que dejamos algo detrás de nosotros. Me temo que ya estoy percibiendo algunas vislumbres de lo que podría ser ese mundo después de mí, un mundo estadounidense que nunca habría querido entregar a mi nieto, ni al de nadie. Mi país, Estados Unidos, es precisamente el único implicado en lo que parece ser una cada vez más generalizada debacle global de desestabilización: es necesario quitarse el sombrero ante los pakistaníes, los saudíes, nuestros aliados europeos, los británicos del brexit, los rusos... y tantos otros.

Sin embargo, debo admitir que mi atención –mi sentido del deber, podría decirse– está centrada en este mi país. Nunca me agradaron esas palabras tan nuestras, tan estadounidenses; ‘patriota’ y ‘superpatriota’, que solo las utilizamos con nosotros mismos, o sus alternativas ‘nacionalista’ y ‘ultranacionalista’, que reservamos peyorativamente para los extranjeros exaltados o belicosos. Pero si bien soy bastante poco inclinado a verme como un patriota estadounidense o un nacionalista estadounidense, sobre todo me preocupa mucho lo que este país elige ser, en qué quiere convertirse. Siento cierta responsabilidad por esta cuestión, y me duele ver lo que nos está pasando, a nosotros, al país y a las personas de nuestro entorno –los niños– que se están preparando para ser. Es probable que también nosotros estemos empezando a vivir las tensiones de la desestabilización global en curso y que, aunque sin duda incómodos, continuamos arruinando el futuro en una forma todavía difícil de aquilatar.

Tal vez algún día alguien tendrá en sus manos uno de los álbumes de fotografías de mi propia niñez. La cola quizá ya no esté y las fotos estén sueltas, las páginas estén desmenuzándose y los rostros que en ellas se vean, incluyendo el mío, se hayan perdido en el pasado, como tantos de esos niños por los que hemos hecho todo lo posible para arrancar de su casa y convertirlos en refugiados perdidos para el futuro. En ese momento, mi suerte será la norma y no habrá que llorar por ella. La suerte de esos niños perdidos, aun si ellos se convierten en lo normal, será el escándalo del siglo y no será otra cosa que un auténtico crimen contra el futuro

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project y autor de The United States of Fear como también de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. En miembro de The Nation Institute y administra TomDispatch.com. Su nuevo libro es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/176168/

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.

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