martes, 20 de septiembre de 2016

¡Por favor, Xavier Batalla, resucita!




Gregorio Morán 17/09/2016


Como me consta que la memoria es frágil, cabe recordar que Xavier Batalla (1948-2012) fue el más brillante e inteligente analista de política internacional que tuvo nunca este periódico. Muy por encima de figuras como Gaziel, y no digamos de Fernández Armesto, el fulero; conservo una colección de falacias bien pagadas del inefable gallego, que empezó en comunista spartakista en Alemania y terminó administrando sus vaquitas y sus finquitas, y su señora, ¡una fortuna!, bien metida en política. Lo digo a beneficio de inventario. Su hijo salió historiador notable. Hay que ser justos.

Pero estamos en Xavier Batalla, en la añoranza que no sólo es familiar y amistosa sino profesional. Si resucitara, es un decir, hasta su buen talante se alteraría ante las cosas que se escriben sobre política internacional y aún más de las que no se escriben. El Congreso de EE.UU. ha aprobado que cualquier ciudadano afectado por el mayor acto terrorista cometido en su país, el derribo de las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001, pueda iniciar una demanda con todas las de la ley contra Arabia Saudí, por probada responsabilidad en la masacre, dado que 15 de los 19 terroristas que participaron eran ciudadanos saudíes y fueron amparados por su Estado. (Ya nos han advertido que el presidente Obama vetará la decisión, al tratarse del aliado y sicario más eficaz para la política de EE.UU. en la zona) .

¿Usted conocía esta bestialidad, que no por intuida deja en ridículo todas las boberías que los medios de comunicación barajaron durante años para cubrir a los culpables y apelar a supuestas conspiraciones internacionales? Silencio absoluto. Ni un comentario. La confirmación de que hay terroristas business class y pringrados low cost. Estoy seguro de que Xavier Batalla no hubiera dejado pasar esta oportunidad de acercarle al lector la política cínica y criminal de los estados y nuestra simpleza de lectores hechos a todo.

Ocurre en mayor grado con la guerra en Siria. Aunque lleva cinco años y medio, prácticamente no le pilló a Xavier porque empezó durante la primavera del 2011 y a él le quedaba poco más de un año de vida. ¿Por qué empezó? Estados Unidos, animado por Israel, que es el país más peligroso de la zona, deseaba por enésima vez fabricarse otra derrota. Desde la Segunda Guerra Mundial, militarmente, jamás ha ganado una batalla; la de la Guerra Fría se la regalaron. Primero fue invadir Afganistán, que el presidente Bush “el tonto”, a diferencia de su padre “el listo”, probablemente no sabía ni dónde quedaba, y se metieron en un avispero del que no saben cómo salir, a menos que lo hagan a las bravas, como los rusos. ¡Ahí os quedáis! Imagínense invadir el país probablemente más difícil del planeta sólo porque buscan a un hombre, Bin Laden, que por cierto vivía y cómodamente en Pakistán, aliado de EE.UU.

Luego fue Irak. Sería imposible relatar, a menos de hacer un libro, las barbaridades tácticas y estratégicas cometidas. Decisión final: las agencias tienen la orden no escrita de ocultar Irak. A menos de atentados mayores, es decir, tres planos de las grandes cadenas televisivas, nadie sabe a ciencia cierta qué pasa en Irak, y los pobres y temerarios periodistas que se internan, conocen como nadie el desdén absoluto hacia su trabajo.

No sé quién fue el imbécil que se inventó lo de la primavera árabe. No hace falta hablar de Egipto, otro secreto de las pirámides. Pero lo que se hizo en Libia, amparado por esa casta corrupta de los intelectuales franceses con Bernard-Henry Lévy a la cabeza, supera la desvergüenza. Convendría llevarles allí ahora y que convivieran con su obra. Liquidaron a Gadafi para cubrir los fondos basura de la clase dominante francesa. Y de un sátrapa aventado como era Gadafi se pasó a un país inexistente; un territorio que volvió a las tribus, pero no a las antiguas, sino a las nuevas, formadas a partir del tráfico de droga, de armas y de esclavos.

Pero donde se llega al delirio es en el caso sirio. EE.UU. y Rusia han decidido el pasado lunes, en Suiza, parar la guerra. Es decir, su guerra. La que inició una vez más Estados Unidos y que no supo terminar. Rusia no estaba dispuesta a otra experiencia como la de Irak. Quitarle un aliado tradicional en la zona para dejarlo luego hecho un erial. Y decidieron que Asad, el dictador –¿hay alguno en la zona que no lo sea?– no debía caer. Y entonces se produce lo más sorprendente. Después de más de cuatro años de guerra entre el Gobierno de Asad, Estado Islámico –apoyado hasta ayer por EE.UU. y sus agentes Arabia Saudí y Dubái, el de las camisetas de fútbol– y las diversas filiales de Al Qaeda, empieza un fenómeno resaltado y con razón por todos los medios de comunicación del mundo: los refugiados.

Nadie que yo sepa hasta ahora –¡Batalla, ilumíname!– ha explicado por qué explota en un año la invasión de refugiados. Hacia Europa, no hacia Arabia Saudí y los países del golfo Pérsico. Buscan, con todo derecho, una vida mejor en Europa. Pero estamos en el año quinto de una guerra. ¿Antes no había refugiados? En general, y la guerra civil española es un paradigma, los refugiados los formaban los perdedores.

¿De qué bando son perdedores esta pobre gente que aguantó cinco años de guerra?

Con toda probabilidad serán sirios, un país que tenía 22 millones de habitantes, que perdió casi medio millón en la guerra y del que están emigrando más de la mitad de lo que quedaba. Aquí tiene que haber una explicación que ayude a entender, no el éxodo, que se explica por sí solo, sino por qué de pronto toda Europa se encuentra ante un hecho inesperado que desmorona las estructuras políticas y amenaza la estabilidad del continente. ¿Saben ustedes cuántos centenares de expertos, a precio de vellón de oro, tiene cada Estado europeo para analizar los acontecimientos y las probabilidades de lo que suceda? ¿Estaban sordos, mudos o conchabados?

Si resucitaras, querido Batalla, te encontrarías que esto que ya era en tu tiempo un poco “casolano”, ahora se ha ido convirtiendo en un aplec . Se acabó el mundo que no se refiera a Catalunya. Hasta han convertido a aquel descerebrado de Francesc Pujols en un pensador, como ocurrió en España cuando sacaron del armario a Ramiro de Maeztu, el pobre, que se comía la cal de las paredes, según narra perplejo Indalecio Prieto en sus memorias. Fíjate si las cosas han llegado lejos, amigo Xavier, que recordarás al “factor K”, que condicionó la posguerra europea, y mundial, porque se refería a si EE.UU. podría aceptar algo tan inaceptable para él como que los comunistas del PCI, con Togliatti a la cabeza, o Berlinguer, da lo mismo, podían participar de pleno derecho en el gobierno de Italia. Una ruptura con el statu quo que se había instaurado tras los acuerdos de Yalta. No te lo vas a creer.

Gracias a los aspirantes a Indro Montanelli, por el que sabes yo no sentía ninguna admiración, frívolo heredero de Curzio Malaparte, pues bien, estos aspirantes a Montanellis de Badalona y Rodalies, consideran que el “factor K” del momento es Catalunya, y aseveran que en todas las cancillerías (¡cancillerías, como lo oye!, casi parecen beber de Musil, al que me temo no han leído nunca, y Kakania, las tertulias no les dan tiempo).

Pues bien “el factor K”, de los tiempos que vivimos, lo que inquieta a las cancillerías, me gusta escribirlo después de tanto tiempo, ¡es Catalunya! ¡Aldeanos todos, unámonos hasta la lucha final!

En el fondo, no sé si te hubiera merecido la pena resucitar, salvo para satisfacción de los tuyos, en esta aldea nada global donde cualquier mediocridad tiene su asiento.

Hasta su buen talante se alteraría ante las cosas que se escriben sobre política internacional.

Gregorio Morán Columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica. Su último libro: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014).

Fuente: La Vanguardia, 17 de septiembre 2016

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