miércoles, 28 de septiembre de 2016

Todo empezó hace un año

ENRIC JULIANA




Las elecciones catalanas del 27 de septiembre del 2015 inauguraron el ciclo laberíntico

ENRIC JULIANA
  
Hoy hace un año empezó todo. Concluida la jornada electoral más intensa que ha vivido Catalunya desde el advenimiento de la República, la mañana del lunes 28 de septiembre del 2015 empezó a quedar claro que “el voto de nuestra vida” (lema principal de los soberanistas), iba a ser muy difícil de gestionar, pese al eufórico 48%. Un gran resultado con dos inconvenientes: no superaba el 50% necesario para proclamar la victoria del “plebiscito” y la mayoría parlamentaria resultante quedaba en manos de la Candidatura d’Unitat Popular, la agrupación más contestataria del espectro político catalán (decir que están a la izquierda de Podemos hoy se queda corto).

La reelección de Artur Mas como presidente de la Generalitat quedaba en manos de diez diputados escasamente dispuestos a la subordinación y al pacto fácil. Los tres meses que vinieron después fueron muy densos. Hoy es un día adecuado para recordarlos. El 9 de enero del 2016, Artur Mas entregaba su cabeza a la CUP, a cambio de la investidura urgente de Carles Puigdemont y de un mínimo compromiso de estabilidad parlamentaria.

Hombre de carácter combativo, educado en la disciplina, Mas quería resistir, pero diversas personas de su círculo más próximo le convencieron de que la repetición de las elecciones podía ser catastrófica para él y para su partido, e incluso para la causa independentista, dado el previsible auge de la agrupación En Comú Podem, que acababa de dar la sorpresa en las elecciones generales del 20 de diciembre. A finales del año pasado, las encuestas eran poco halagüeñas para CDC si se presentaba en solitario, como consecuencia del previsible rechazo de ERC a repetir la coalición Junts pel Sí. Cabía la posibilidad de una mayoría de izquierdas en Catalunya, no estrictamente independentista. Mas tiró la toalla y aún lleva el dolor impreso en el rostro. ¿Fue bien aconsejado? He ahí una interesante pregunta para los libros de historia.

Alguna gente en Madrid se reía entonces de los líos políticos catalanes. Poco se imaginaban lo que les iba a caer encima. Las elecciones generales de diciembre habían fabricado el Parlamento menos bipartidista desde 1977. Muy interesante, pero difícil de gobernar. Los partidos nuevos (Podemos y Ciudadanos) sumaban más de cien diputados y la debacle electoral del Partido Popular (63 diputados menos) abría la posibilidad de un gobierno de Mariano Rajoy en minoría, con sólo 123 escaños, férreamente controlado por la oposición.

La llave quedaba en manos del PSOE, que también había perdido votos y diputados. Acomplejado por el ascenso de Podemos, el secretario general Pedro Sánchez no quiso seguir el consejo de Felipe González de dejar gobernar al PP y freírlo desde la oposición. Tomar el mando de la situación desde el Parlamento. Sánchez veía a venir la embestida de Susana Díaz y entendió que la mejor defensa pasaba por intentar la investidura. Todo lo que ha sucedido después es de sobra conocido.

Un año después, los dos laberintos, el catalán y el español, vuelven a cruzarse. Carles Puigdemont comparece hoy en el Parlament para intentar superar una moción de confianza, promovida por él mismo. Sigue necesitando el apoyo de la CUP. La mochila del 27 de septiembre. Puigdemont expondrá los próximos pasos del programa independentista, que cuenta con mayoría parlamentaria, sin el aval del 50% del voto ciudadano. En el debate aparecerá la propuesta de coronar el proceso con un referéndum unilateral.

La hirviente cuestión catalana regresa hoy mismo a la política española, mientras una parte del PSOE se prepara para defenestrar a Sánchez. El Partido Socialista está transformando su crisis interna en una crisis de Estado al vincular el calendario de sus vértigos con los plazos de la investidura. La izquierda española está a treinta minutos del suicidio si acaba forzando unas delirantes terceras elecciones generales.

Y Catalunya sigue ahí. El debate en el Parlament desdibujará todavía más la hipótesis de un Gobierno alternativo al PP, liderado por Sánchez con diversos y difíciles apoyos. Los soberanistas catalanes tendrían hoy una oportunidad de oro para condicionar el Gobierno de España, pero son prisioneros de sus palabras y de sus prisas. La izquierda española también comienza a ser prisionera de sus maniobras, sus enfrentamientos y sus retóricas.

Todo empezó hace un año.

ENRIC JULIANA  
uente: La Vanguardia

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