lunes, 10 de octubre de 2016

Dejad que las urnas se acerquen a mí




Juan José Téllez


De vez en cuando, regresan los telepredicadores. ¿Recuerdan cuando España se llenó de apóstoles de Adam Smith que aseguraban que abaratando el despido se iban a crear más empleo cuando, en realidad, lo único que lograron fue crear más despidos? Durante la última semana, la Galaxia Gutenberg, las efe emes, las ondas hertzianas, las redes sociales y la televisión por cable se han llenado de politólogos que intentan hacernos creer que la democracia representativa no es mejor ni peor que la democracia directa.

A quienes no nos gustan que se impongan apellidos a las cosas importantes, nos gusta la democracia a secas, tan simple como un verso, tan tangible como la piel. Ni democracia orgánica, ni popular. Es como cuando la inteligencia militar es a la inteligencia, lo que la música militar es a la música, sin que tengamos que incurrir en chistes fáciles sobre madres políticas.

Voltaire creía que la democracia sólo sería posible en un país muy pequeño y Jorge Luis Borges, que llegó a elogiar públicamente a Augusto Pinochet mientras escribía obras maestras que nos libertaban a todos, entendía que la democracia se trataba de un abuso de la estadística. Mi generación creció en la firme creencia de que la democracia directa era imposible: ¿cómo consultar cada decisión al pueblo soberano, sin la mediación de sus representantes? Quien hizo internet hizo la trampa. Ahora, la red podría convertirse en una formidable urna global, si fuéramos capaces de concebir un procedimiento que impidiera los pucherazos electrónicos.

A veces, el pueblo se equivoca: como presumiblemente ha ocurrido con el Brexit en Gran Bretaña, o con el plebiscito sobre los acuerdos con las FARC en Colombia en donde el voto en contra de la ciudadanía frente al de las propias víctimas, ha sido corregido por un órgano menos democrático como el jurado de los premios Nobel que le han dado el de la paz  al derrotado presidente Juan Manuel Santos.

Claro que siempre es preferible que el pueblo se equivoque votando que los tiranos acierten al no permitirnos votar.
Tampoco la democracia directa es la panacea: existió en Atenas, pero sólo podía ser disfrutada por un diez por ciento de la población, aquellos a quienes se consideraba ciudadanos, una categoría inalcanzable para las mujeres y los esclavos. A partir de la revolución francesa, la democracia era representativa pero también era censitaria: los mismos segmentos, más aquellos trabajadores que no eran independientes sino asalariados, no podían ejercer las libertades proclamadas por la Constitución de Cádiz, que Fernando VII se aprestó a abolir.

Algo debería provocar más miedo que votar: no poder hacerlo. Fue célebre el debate mantenido en 1931 entre Clara Campoamor, del Partido Radical de Lerroux, y Victoria Kent, que militaba entonces en el Partido Republicano Radical Socialista, por Jaén. Hasta entonces, las mujeres podían ser elegidas pero no podían elegir. Campoamor reclamó la igualdad de derechos de los hombres, incluso en contra de su propio partido. Y Victoria Kent le dio la réplica, a pesar de su propio compromiso feminista, reclamando que se aplazara dicha decisión hasta que la mujer alcanzara una formación adecuada.

La campaña y los debates duraron varios meses: “Se dice que el peligroso voto de la mujer puede dar el triunfo a la Iglesia. Yo les diría a estos pseudoliberales que debieron tener más cuidado cuando el siglo XIX dejaban que sus mujeres frecuentaran el confesionario y que sus hijos poblaran los colegios de monjas y de frailes”, señalaba Campoamor, un mes antes de que el sufragio femenino fuera finalmente aprobado en a 1 de octubre de aquel año. En efecto, en las elecciones de 1933, las mujeres pudieron votar por primera vez y ganaron las derechas de la CEDA. Pero en febrero de 1936 volvieron a hacerlo y ganó el Frente Popular. ¿Quién se atrevería hoy a negar el voto a la mujer por la simple suposición de que su voto no iba a ser políticamente correcto?

“Lejos yo de censurar ni atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent –replicó Clara Campoamor–; comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en el trance de negar la capacidad inicial de la mujer… Creo que por su pensamiento ha debido de pasar de alguna forma la amarga frase de Anatole France, cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar en contra de los suyos”.

Todo esto es historia. Pero, ¿por qué nos quieren hacer creer que el ejercicio de la democracia, sea cual sea, puede ser muy perjudicial para el pueblo soberano? Así se comportan, por ejemplo, los partidarios de que los militantes del PSOE no sean quienes vuelvan a elegir a su secretario general o aquellos que piensan que lo ideal es lo que ocurre en el Partido Popular, donde no hay primarias ni secundarias, sino una libreta en donde un líder como José María Aznar apuntaba el nombre de Mariano Rajoy o borraba el de Manuel Pimentel. Desconocemos si el actual presidente del gobierno en funciones nombrará a la cúpula del Partido Popular con el voto de los afiliados o, como en las democracias restringidas, con los sufragios de aquellos que estén siendo acusados por la Gurtel, como un amplio muestreo de lo que ha venido siendo su formación política hasta el día de hoy, aunque resulta estremecedor que apenas se le esté dando importancia a ese juicio.

¿Qué tiene que ver la democracia directa o la representativa con el hecho de que cada vez que sea posible no viene mal que cada hombre o cada mujer valga un voto o viceversa? Sorprende que, a estas alturas de la película, mientras la extrema derecha no necesita invadir Polonia para conquistar Europa, esos nuevos ilustrados a la violeta quieran poner coto a los desmanes del voto. Así, por tierra, mar y aire, sus rostros invaden tertulias y columnas de opinión para explicarnos al dedillo que no fue lo mismo el plan Ibarretxe que el referéndum unilateral del soberanismo catalán y que si en el referéndum escocés sólo votaron los escoceses es porque el Reino Unido de la Gran Bretaña no es lo mismo que el Reino desunido de la pequeña España. ¿Tendriamos que votar todos los españoles en la consulta que el Parlament de Catalunya ha convocado para el año próximo? De ser así, ¿por qué no lo exigimos en lugar de limitarnos a pensar que el órdago independentista no existe?

El problema no estriba en la democracia directa o en la representativa. El problema es la democracia. O, mejor dicho, su ausencia. José Saramago murió creyendo que vivíamos el momento histórico en que más sistemas democráticos convivían al mismo tiempo a escala mundial. Pero no servían para nada, porque en realidad el mundo ya era gobernado por trasnacionales cuyos consejos de administración no eran sometidos al sufragio universal.

Hay otras voces que no inundan los telediarios, ni los informativos de radio ni las primeras planas. Por ejemplo, la de Noam Chomsky, que ha vuelto a poner el dedo en la llaga al asegurar que “está cayendo el apoyo a las democracias formales porque no son verdaderas democracias”.

“En Europa, las decisiones se toman en Bruselas –acaba de lamentar en una entrevista–. En EEUU, alrededor del 70% de la población -el 70% con ingresos más bajos- está totalmente desvinculado del proceso político. Eso demuestra que hay una correlación enorme entre nivel económico y educativo y movilización política. No es de extrañar que a la gente no le entusiasme la democracia.

Tampoco se paran las rotativas para reproducir las opiniones de Susan George, en un momento en que tememos más a las víctimas que a los verdugos, a los fugitivos que a los perseguidores: “Cuando la gente tiene algo que perder, siempre surge el miedo, y el sistema capitalista sabe manejar a la perfección ese miedo de los ciudadanos. Cuando los ciudadanos avanzan en la consecución de derechos, incluso cuando ejercen ciertos derechos libremente, el capitalismo se encarga de esparcir ciertas dosis de miedo. El miedo llega de manera individual y colectiva. Si a eso le añadimos que si desaparece la democracia, y lo está haciendo, las personas nos sentimos desamparadas y el miedo es brutal, porque sientes que no hay nada que te proteja, ni siquiera lo que debería hacerlo siempre, la ley, la justicia”.
¿Qué votarían los imposibles candidatos a buscar asilo en Europa si nuestros gobiernos les permitieran ejercer esa democracia que hemos intentado imponer en la punta de las bayonetas o de los misiles, en medio mundo?

Dejad que las urnas se acerquen a mí. A nosotros. Si el resultado de las papeletas no se ajusta a los deseos del poder, seguro que el poder encuentra la forma de manipular a la opinión pública para que voten lo contrario en las siguientes elecciones: “La economía es el medio; el objetivo final es cambiar el corazón y el alma”, declaró Margaret Thatcher en una entrevista en 1981. Lo logró. Lo lograron. Quizá con la ayuda de la democracia, sea cual sea, consigamos más temprano que tarde darle la vuelta a esa ecuación. O sea, cambiar el corazón, el alma y, a ser posible, la economía.

Fuente: Público.es

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