domingo, 2 de octubre de 2016

LAS ALIANZAS EN ORIENTE MEDIO. EE.UU. y Arabia Saudí ya no se fían


Carro de combate del ejército saudí en la frontera con Yemen (FAYEZ NURELDINE / AFP)



El acuerdo con Irán y las sospechas del 11-S desatan la peor crisis en 70 años
EE.UU. y Arabia Saudí ya no se fían


JORDI BARBETA, Washington

A bordo del USS Quincy, anclado en el canal de Suez, el día de San Valentín de 1945, el presidente Franklin D. Roosevelt y el rey Abdelaziz ibn Saud establecieron el comienzo de un gran y larga amistad entre Estados Unidos y Arabia Saudí basada en intereses comunes: la seguridad en la región y el petróleo. Han pasado 70 años, cinco reyes y doce presidentes, los intereses compartidos siguen siendo los mismos, pero la relación entre los interlocutores actuales, el presidente Barack Obama y el rey Salman bin Abdelaziz se ha convertido en la de dos socios que no se fían el uno del otro.

“Los saudíes se sienten frustrados y abandonados por Estados Unidos. Creen que Obama ha dado la espalda a sus aliados tradicionales en Oriente Medio y dudan si el acuerdo con Teherán implica que EE.UU. se cambia de bando; la tensión es muy alta y estamos en uno de los momentos más difíciles”, sostiene Kenneth Pollack, experto en temas de Medio Oriente de la Brookings Institution.

Ibn Saud pasó varios días junto a Roosevelt y ordenó que le subieran a bordo ocho ovejas para que fueran sacrificadas según el método halal y poder agasajar al presidente de Estados Unidos en la hora de la cena. En abril pasado, el actual rey Salman recibió personalmente a los líderes que participaban en la cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo, excepto a Obama. Envió a un funcionario a que le recibiera en el aeropuerto y prohibió que la llegada se retransmitiera por televisión. Luego se reunieron durante más de dos horas y apenas lograron ponerse de acuerdo en ninguno de los asuntos que más preocupan a ­ambos.

El acuerdo nuclear con Irán, propiciado por EE.UU., ha sido la principal fuente de alimentación de la desconfianza saudí, pero no es el único asunto que ha provocado que voces de uno y otro bando se proclamen partidarias de reconsiderar los términos de la alianza.

“Arabia Saudí es quizás la fuente más importante de fondos para los terroristas en todo el mundo, promueve una interpretación extrema del islam que implica un sentimiento antioccidental y practica una brutal represión de los disidentes no violentos en el país (...) Es el momento adecuado para una reevaluación de nuestros estrechos vínculos con el régimen saudí”, señala la activista Medea Benjamin, autora del libro Kingdom of the unjust ( El reino de lo injusto).

Con todo, la alianza estratégica entre Estados Unidos y Arabia Saudí sufre una mala salud de hierro. Para entender esta sutileza basta con observar dos recientes acontecimientos a cual más significativo. El miércoles 21, el Senado estadounidense autorizó la venta a Arabia Saudí de 130 tanques Abrams, otros 20 vehículos blindados y diversos equipos militares por valor de 1.150 millones dólares. Votaron a favor 71 senadores, o sea, más de dos tercios de la Cámara. Una semana después, el miércoles 28, el mismo Senado aprobó con 97 votos a favor anular el veto presidencial y autorizar a las víctimas y sus familiares de los ataques del 11-S que demanden al Gobierno de Riad por su implicación en la organización de los atentados.

La venta de armas se autorizó aun a sabiendas de que el ejército saudí las está utilizando para masacrar a la población civil en Yemen. Los senadores Rand Paul y Chris Murphy, que lideraron la oposición a la transacción, constataron en vano que con armas fabricadas en EE.UU. se había destruido un hospital de Médicos Sin Fronteras. No faltó una referencia a las donaciones millonarias de los mandatarios saudíes a la Fundación Clinton. Y Tim Kaine, el senador elegido por Hillary Clinton candidato a vicepresidente, se escaqueó de la votación.

En contraste con ello, de nada han servido los millones de dólares invertidos por el Gobierno de Riad en la contratación de los más influyentes lobbies de Washington para impedir que prosperara la ley que autoriza a demandar al Gobierno saudí ante los tribunales estadounidenses, denominada ley de Justicia contra los Patrocinadores del Terrorimo (Jasta). Movilizaron incluso a grandes corporaciones como General Electric y Dow Chemical, y hasta embajadores de la Unión Europea intentaron disuadir a los congresistas. El fracaso de estos esfuerzos pone pues de manifiesto la pérdida de influencia de Riad y el rechazo que suscita el reino saudí entre la opinión pública estadounidense.

Que 15 de los 19 terroristas que participaron en los ataques, además de Osama bin Laden, fueran de nacionalidad saudí alimenta la teoría de la conspiración. La desclasificación de 28 páginas del informe del Congreso sobre el 11-S que se habían mantenido en secreto no conducen a ninguna conclusión, pero aparecen datos, nombres y contactos que legitiman la reapertura de investigaciones.

¿Y ahora qué? “Es probable algún tipo de represalia por parte de Riad, porque el mensaje de fondo del Congreso es que Estados Unidos considera culpable a Arabia Saudí de participar en los ataques del 11-S”, declaró al Wall Street Journal Bruce Riedel, un exoficial de la CIA. Precisamente, lo que más preocupa en Washington es que el aparato de inteligencia saudí deje de colaborar en la persecución del yihadismo.

Riad ya amenazó de antemano con retirar activos si el Congreso aprobaba la Jasta. El reino saudí tiene invertidos 750.000 millones de dólares en Estados Unidos y cerca de 100.000 en bonos del tesoro. Riad no teme tanto que le acusen del 11-S como que un juez ordene bloquear sus cuentas. “Arabia Saudí adoptará medidas de contingencia para proteger sus activos”, ha advertido el príncipe Faisal bin Farhan.

La venta de armas y la importación de petróleo saudí pasan todavía por encima de las diferencias políticas, pero estas van creciendo cada día y amenazan aquellas. El rey Salman no concibe el acercamiento de Washington al régimen chií de Irán, rival de las monarquías suníes del golfo en su disputa por la hegemonía en la región. No ha disimulado su preocupación por el levantamiento de las sanciones a Teherán que comporta la liberación de miles de millones de dólares que podrán ser utilizados contra intereses saudíes. Riad exige a Washington una mayor implicación contra Irán, contra su aliado Bashar el Asad en Siria, contra las milicias chiíes en Iraq y contra las organizaciones terroristas que financiadas por Teherán desestabilizan la región: Hezbolá y los rebeldes hutíes en Yemen.

Obama por su parte intenta convencer a Riad de aceptar una hegemonía compartida con Irán en la región, le exige mayor compromiso en la lucha contra el terrorismo, especialmente contra las milicias suníes del Estado Islámico y las diversas ramas de Al Qaeda, le reprocha las masacres de población civil que el ejército saudí está provocando en Yemen y se empeña además, cada vez que habla con el rey Salman, en leerle la cartilla del respeto a los derechos humanos en un país que prohíbe a las mujeres incluso conducir un automóvil.

La irritación saudí con el presidente de EE.UU. se dejó sentir especialmente en abril pasado, cuando en una entrevista en profundidad con The Atlantic, Obama empleó un término polémico para describir la actitud de Arabia Saudí y las monarquías del golfo. “Free riders” les llamó, lo que se ha traducido como “gorrones” o “aprovechados” . “No somos gorrones”, replicó inmediatamente el príncipe Turki al Faisal, en un contundente artículo que establecía una significativa diferencia entre Estados Unidos y su presidente con la vista puesta en las elecciones de noviembre. “Vamos a seguir para mantener al pueblo estadounidense como nuestro aliado”, escribió. Las donaciones saudíes a la Fundación Clinton no dejan duda de cuál es el candidato favorito de Riad.

JORDI BARBETA
Corresponsal en Washington. Corresponsal
Fuente: La Vanguardia

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