lunes, 17 de octubre de 2016

“Yo esta España tampoco la quiero”: Separar independencia de nacionalismo

Unamuno a la salida del Paraninfo de Salamanca el 12 de octubre de 1936, tras su desencuentro con Millán Astray.



Por Alexandre Masllorens 



Todos los nacionalismos tienen su épica, sus héroes, sus himnos y sus banderas. Y todos tienden a afirmarse por contraposición a otro. El Franquismo supo alimentar sus mitos y sus enemigos exteriores, con permiso de las potencias extranjeras y con el telón de fondo de la guerra fría. En la transición pareció que en España los únicos nacionalismos eran los periféricos, que –no siendo “exacerbados”– solían comportarse y hasta contribuir con docilidad a la gobernabilidad del Estado.

El nacionalismo español quedó identificado con la extrema derecha y, como no tuvo mayor relevancia política, no existía. A esa idea contribuyó también la aspiración por estar en las instituciones europeas y luego la adhesión inquebrantable a la Europa rica y al dinero que llegaba de Bruselas, al desarrollo, el pelotazo, la vida alegre y el chachachá.

La descentralización política se interpretó como que los grandes partidos abrían sucursales en las regiones, excepto en algunos lugares donde la gente era más rara. Y la solidaridad interregional, como que los líderes del pelotón debían resignarse a llevar siempre a otros chupando rueda sin posibilidad de ser relevados en ningún momento.

AZNAR HIZO UN INTENTO DE RESCATAR UN GLORIOSO NACIONALISMO ESPAÑOL

En estas llegó Aznar, e hizo un intento de rescatar un glorioso nacionalismo español, pero el hombre era feo, bajito, ridículo, casposo y, para más inri, metió la pata en una gesta guerrera de cuya memoria todos los demás compañeros de reparto se han desentendido después como han podido.

Nadie relevante, en estos casi cuarenta años de transición, ha hecho ningún esfuerzo por explicar la verdadera “historia común de los pueblos de España” (Pasqual Maragall dixit) o por poner en valor la riqueza del plurilingüismo o intentar comprender la piel de toro desde una visión de España como nación de naciones. Las culturas periféricas han sido, como mucho, algo simplemente folclórico, cuando no pueblerino. Esa visión viene de muy lejos. Y, ¡claro! el Instituto Cervantes no estaba para promocionar esas subculturas.

Poner límites a la avaricia

Mientras tanto, en Cataluña, a los nacionalistas no les iba nada mal (aunque no tan bien como a Navarra o al País Vasco, a quienes nunca les ha afectado el mantra sagrado de la igualdad radical entre españoles). Pasaron del “contra Franco vivíamos mejor” al “contra Madrid vivimos mejor”, y disfrutaron de cómodas mayorías que, cuando hacía falta, ponían al servicio de la Corona, del Estado y del sursum cordam. Lo importante era controlar la situación, hacer negocios y tener distraído al personal.

Pero ya se sabe que cuesta poner límites a la avaricia. Y que las malas conductas son como la peste, o se combaten con medidas radicales desde el primer momento o se reproducen y contagian a un ritmo vertiginoso. En la España de la Transición, este principio condujo al despiporre general. Desde la más alta magistratura del Estado, pasando por antiguos presidentes del gobierno, banqueros, empresarios, futbolistas, tonadilleras, actores y actrices, showmen sin gracia y hasta la cantante calva han trincado cuanto han podido, sin importarles para nada el destino del que decían ser su amado pueblo.

DESDE LA SENTENCIA DEL ESTATUT (2010), EL DESCONTENTO POPULAR IBA TOMANDO UNA FORMA NUEVA

Cataluña no fue muy diferente en eso. Pero ahí, desde la sentencia del Estatut (2010), el descontento popular iba tomando una forma nueva. De repente, la épica de la nación dejó de responder principalmente a los intereses de las clases dominantes. El nacionalismo emocional fue dejando paso a un independentismo más radical y con vocación de transversalidad.

Unamuno y Maragall

En cierto modo, así como la emergencia de Podemos podría ser una muestra del fracaso del pacto constitucional del 78, lo que está ocurriendo en Cataluña manifiesta también un fracaso del pactismo y la transacción llevada a cabo durante años por los mismos que vaciaban las arcas públicas a un lado y al otro del Ebro.

Algo parecido ocurrió durante la Restauración, a caballo entre los siglos XIX y XX, cuando España despertaba del sueño imperial y Cataluña vivía, a pesar de todo, una época de esplendor económico, político y cultural. Unamuno se lamentaba entonces del fracaso de las obras de Joan Maragall en castellano y del desconocimiento de Cataluña en el resto de España. Así continúa siendo hoy, cuando algunos autores son más traducidos al francés, al alemán o al italiano que al castellano o cuando hay mayor interés por la lengua catalana o la gallega en universidades extranjeras que en España. Cuando el primer Maragall pasó, de su “Hola, Espanya!”, a su famoso “Adéu, Espanya!” ya hasta Unamuno tuvo que gritar: “Yo esta España tampoco la quiero”.

Y ahí seguimos. La España institucional lleva demasiado tiempo en descomposición, mientras grandes masas de gente cada vez más empobrecidas se remueven en su miseria. Así es difícil ganar adeptos a la causa.

LA ESPAÑA INSTITUCIONAL LLEVA DEMASIADO TIEMPO EN DESCOMPOSICIÓN

¿Qué pasa hoy en Cataluña y por qué tanta gente cree que la independencia puede ser la solución? Pues que cada vez hay más personas que, como Unamuno, se dicen “yo esta España tampoco la quiero”. Pero, además, se identifica la independencia con una mayor libertad y con más bienestar.

Hay partidos hegemónicos que han hecho el ejercicio laico, como ha señalado Josep Ramoneda, “de separar independencia de nacionalismo, religión y otras ideologías con voluntad totalizante”. “Mientras nos dicen que la construcción de la nación es la prioridad, nos olvidamos del Estado (de bienestar)”, añade Ramoneda. En la Cataluña mestiza de hoy, donde la gente procede mayoritariamente de más allá del Ebro, e incluso de más allá de los océanos, difícilmente podría imponerse un nacionalismo étnico o historicista. No digo que no se intente, ni que no existan estrategias que pretendan garantizar la pervivencia de un statu quo anclado en el pasado, pero no me cabe duda de que el nacionalismo burgués ha perdido la partida y ha tenido que jugar a subirse al carro porque no le quedaba otra opción.

Si España quiere conservar a Cataluña (y no digo sólo por la fuerza de las armas) y de paso ser un Estado decente, tendrá que reformarse a sí misma muy a fondo. Deberá aplicar castigos ejemplares contra quienes han vaciado sus arcas durante decenios, por muy altas que hubieran sido sus responsabilidades (en cualquier rincón de la piel de toro). Los partidos “de la casta”, deberán hacer un mea culpa público y creíble por las fechorías cometidas y, aún más por su dejación de responsabilidades y su contemporización con los poderes fácticos. Las entidades financieras deberán pedir perdón por haber estafado a la ciudadanía más vulnerable. El PP deberá reconocer que el franquismo fue una dictadura, fruto de un golpe de estado que provocó centenares de miles de muertes y que los descendientes de muchos fusilados tienen derecho a saber dónde fueron enterrados.

Y como estas, tantas otras cosas que habría que cambiar a fondo, con mucha inversión en educación y aún mayor paciencia, con más cultura y civismo, poniendo en valor la honradez en lo privado y recuperando el respeto por la gestión de lo público. Y también apreciando la diversidad y el pluralismo.

Lo que ocurre en Cataluña es que más o menos la mitad de la población ya no cree que España sea capaz de llevar a cabo una reforma tan profunda. Creen que ya es demasiado tarde. Y sí son capaces de imaginarse una Cataluña nueva donde sea posible vivir mejor y con igualdad de oportunidades.

Según parece, en España no existe un relato convincente.

Fuente: diario 16

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