sábado, 10 de diciembre de 2016

Renzi: la derrota de un populista del poder

Matteo Renzi. EFE


Matteo Renzi ha atacado los populismos con un Populismo de Estado todavía más absurdo y maquillado a su gusto para reforzar su liderazgo y complacer los poderes económicos y la Unión Europea

Euprepio Padula

La derrota de Matteo Renzi en el pasado referéndum italiano constituye el fracaso total de un proyecto egoísta y sin alma. Una apuesta arrogante, hecha por  un político con talento, algo trepa, que ha manejado como nadie las triquiñuelas de la política italiana acabando solo y asfixiado por su falta de diálogo y superficialidad. ¡Al menos de momento! No albergo dudas de que volveremos a hablar del florentino más pronto que tarde y que su carrera no ha terminado. ¡Su 40% vale su peso en oro!

Mientras tanto, Renzi pasará a la historia por ser el autor de la simplificación absoluta de la política como post-lenguaje. Otro destructor ideológico y de las distinciones entre derecha e izquierda. Su referéndum de pacotilla ha sido la escenificación final y extrema de la reducción del discurso político a la elección básica entre el SÍ o el NO. Una reducción a los mínimos términos que ha terminado fulminando a su ideólogo. Un KO tan contundente como merecido, un boomerang cruel e irónico que ha dividido Italia como nunca, rompiendo la sociedad en mil pedazos.

Una reforma a la medida del líder

La reforma de la Constitución es un complejo asunto cuya lógica y técnica hay que explicar muy bien. No es posible enfrentarse a ella con la superficialidad y el egocentrismo demostrados por el ya exprimer ministro. En el caso de Italia, sin embargo, se ha querido hacer a golpe de machete –proponiendo una reducción de los senadores, de sus sueldos y de su poder legislativo– sin la construcción de un relato cultural, histórico e institucional que diera la sensación de una modernización controlada, pragmática, realista del sistema. Unos cambios planteados además sin el necesario respeto por el propio marco constitucional, sin la serenidad necesaria que hubiera requerido una reforma que representara a la ciudadanía en su pluralidad.

Renzi se ha intentado aprovechar de las ganas de cambio de los italianos, agotados por la ineficiencia de la maquinaria política, por la ineficacia de la administración pública y por la falta de productividad de las instituciones, para consolidar su poder. Diseñó una consulta que le ensalzara como único actor de la renovación, denunciando como conservadores y rancios a todos los que le criticaban, o al menos defendían la vigente Constitución. Ciego de arrogancia y asesorado por las oligarquías financieras europeas, que le han apoyado desde el principio, ha pintado a todos los demás como enemigos del pueblo italiano, como si fuera el salvador de la patria.

La antipolítica de un populista del poder

En realidad, Renzi ha utilizado en su discurso elementos de un inédito ‘populismo del poder’ que ha instrumentalizado en el intento de trazar un doble perfil de lucha y de gobierno, usando las armas de la antipolítica para combatirla. Ha atacado los populismos con un Populismo de Estado todavía más absurdo y maquillado a su gusto para reforzar su liderazgo y complacer los poderes económicos y la Unión Europea.

Todo esto ha provocado una simplificación equivalente en los partidos de la oposición, mucho más radicales y extremistas, más sencilla aún para ellos puesto que carecen de responsabilidades y contradicciones. Para todas las fuerzas del NO, de repente Renzi y su batalla se han visto como un intento de golpe de estado, como un gesto de autoritarismo dictatorial.

Sin embargo, es evidente que se trataba de una palpable demostración de la falta de autoridad del líder y de la debilidad de su Gobierno. Han pintado a Renzi como a un monstruo, como una especie de enemigo del Estado y de la democracia. Sin embargo el que fuera alcalde de Florencia ha sido un ejemplo de liderazgo moderado, gustaba a los líderes de la Unión Europa e incluso a Ángela  Merkel. Tan es así que se le perdonó el hecho de haber llegado al poder sin ser elegido, poniendo una zancadilla al pobre Enrico Letta, rehén de su propia debilidad e ingenuidad.

En este caso, su órdago al resto de la oposición se ha transformado en un plebiscito a favor o en contra de su liderazgo. Y este ha sido el gran pecado mortal del ya exprimer ministro: no haber creído en la política y pensar que todo se reducía a una mera confrontación de fuerzas. Renzi no alcanzó a entender que su órdago iba a cohesionar a todos sus enemigos. Desde un extremo al otro del arco ideológico. Tampoco tuvo la inteligencia de dotar de alma a su proyecto. Ni la paciencia necesaria para construir un relato creíble para que su diseño no se viera tal y como finalmente se ha percibido: superficial, arrogante y falto de consenso. Reformar la Carta Magna es un ejercicio de enorme responsabilidad que tiene que representar a todo un pueblo, no a los caprichos de pocos.

Un liderazgo equivocado

Se ha equivocado Renzi al pensar que la política es solo fuerza, instinto, pragmatismo, técnica y valor. La política es también cultura, pedagogía, paciencia. No sirve de nada tener cualidades de liderazgo si luego fallas en lo más básico, que es proyectar tu particular visión a los demás y hacer que todos hagan suyo tu relato (cuando está claro y bien explicado).

Con su actitud, Renzi ha enseñado su peor cara: ha tratado a los ciudadanos como meros figurantes. Los ha ninguneado.

Renzi, el constructor de una política sin alma

Renzi ya no representaba a la totalidad del PD; sencillamente usaba su partido, mandaba en su partido. No tenía auctoritas sino potestas. Nada menos que un 23% de los electores del PD han votado NO, asqueados por no sentirse representados por su "capo".

Renzi tendría que haber dedicado tiempo y esfuerzo para que su lucha, esta reforma, hubiera representado la voluntad de todo su partido, y así poder defenderla con la cabeza bien alta frente a todo el país. Solo así, la reforma hubiera tenido un alma política y cultural, un relato creíble convertido en cremallera de la izquierda y no en la lucha de uno contra todos. Solo en este caso, la modificación de la Carta Magna hubiera tenido el color del reformismo.

Renzi habría ganado a pulso el liderazgo incuestionable de la izquierda del país. La misma izquierda que hoy aplaude su derrota y la considera merecida. El florentino se ha ganado así el Nobel a la torpeza política. Pensó que era suficiente controlar a su partido en vez ganarse su confianza.

El error de esta post-politica está en la convicción de que derecha e izquierda son categorías ya superadas y que ya no sirven para nada. Como si Trump y los populismos europeos no fueran derecha real en sus lenguajes, en sus diseños, en sus programas… en su ‘cultura’. En la edad del Trump, pero también en la de Beppe Grillo, necesitaríamos una izquierda de gobierno moderna, occidental, europea, real, coherente y pragmática. Una izquierda con un relato claro y común, no de vaguedades sin fondo y sin espina dorsal. Sin alma la política se ahoga… y muere.

Los populismos devorarán la democracia si se combaten con sus mismas armas. Reducir la política a 'blanco y negro', 'sí y no', 'bueno y malo' es condenar el mundo a un futuro peor.
Fuente: eldiario.es

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