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lunes, 6 de junio de 2016

Finlandia, la 'crisis' que otros añoran

Un manifestante antiinmigración con una bandera de Finlandia durante una protesta en Helsinki. - AFP
Un manifestante antiinmigración con una bandera de Finlandia durante una protesta en Helsinki. - AFP
 El desplome de la industria papelera, de Nokia y de sus relaciones comerciales con Rusia pasan factura a la economía del país nórdico, que no levanta cabeza desde 2012 y que incluso debatirá en el Parlamento su posible salida del euro. Con todo, la situación de Finlandia, con un 9,5% de desempleo, sigue siendo la envidia de gran parte de Europa.
HELSINKI.- Tuonela es en la mitología finlandesa el equivalente local al Hades griego, el lugar por donde vagan las almas de los muertos. Según el folklore nacional, los héroes y chamanes podían cruzar el río que dividía los dos mundos y conocer los secretos que allí se guardaban. Pero para bastantes finlandeses, estos últimos años es como si Tuonela hubiese desbordado los confines del inframundo y comenzado a invadir su realidad. El ministro de Finanzas, Alexander Stubb, se refirió recientemente a su país como “el hombre enfermo de Europa”, un testigo incómodo que los países europeos vienen pasándose desde 2008 y que nunca augura una pronta recuperación.
Se trata sin duda de una exageración: va de suyo que de acuerdo con todos los estándares la situación de Finlandia sigue siendo mucho mejor que la de Europa oriental o meridional y, comparada con éstas, del país difícilmente podría concluirse que ha tocado fondo. De lo que aquí se trata es de una cuestión de percepción: el reciente deterioro de la situación económica y política en comparación con la tradicional estabilidad que caracterizaba al país hace que la percepción de la crisis sea probablemente mayor que su impacto real.

El digital mató al papel

Las crisis de la industria papelera y de Nokia, una empresa que devino todo un símbolo nacional, sumadas al desplome de las relaciones comerciales con la vecina Rusia, se han cobrado una considerable factura a la economía finlandesa, históricamente una de las más robustas de Europa. Finlandia, según el consenso de los economistas, no levanta cabeza desde 2012. El país despidió 2015 con una tasa de desempleo del 9,5%.
La caída de Nokia se dejó notar con fuerza en la pequeña economía del país, contribuyendo a un tercio de la caída del PIB entre 2008 y 2014
La aparición de nuevos dispositivos tecnológicos como smartphones, e-books y tabletas ha hecho mella en la antaño poderosa industria papelera, a la que también perteneció Nokia hasta la década de los sesenta. La incapacidad de ésta de adaptarse a este nuevo mercado dejó fatalmente rezagada a una compañía que había llegado a liderar las ventas en el sector convirtiéndose en sinónimo de innovación, y así, cuando por ejemplo en 1999 los directores de The Matrix tuvieron que escoger un modelo de teléfono móvil, se decantaron por un Nokia 8110. La caída en las ventas, que comenzó en 2011, llevó a que a mediados de 2012 las acciones de la empresa se cotizasen por debajo de los dos dólares por título, acercando a Nokia peligrosamente a la bancarrota. La estadounidense Microsoft compró poco después la división de teléfonos móviles en una operación que finalizó en abril de 2014 y hoy Nokia es un poco menos finlandesa. Según un informe del Instituto de Investigación de la Economía Finlandesa (ETLA), la caída de este gigante de la telecomunicación se dejó notar con fuerza en la pequeña economía del país, contribuyendo a un tercio de la caída del PIB entre 2008 y 2014.
Para paliar la crisis económica, el gobierno de coalición de centro-derecha con participación del Partido de los Finlandeses ─el partido de derecha populista y euroescéptico─ ha anunciado que quiere poner en orden las finanzas del país con nuevas reformas y un duro programa de recortes de hasta 10.000 millones de euros hasta el año 2030. El ejecutivo de Juha Sipilä ha llegado a un acuerdo con los sindicatos mayoritarios para prolongar la jornada laboral y congelar los salarios con el fin de aumentar la competitividad y las exportaciones siguiendo la ya habitual fórmula de “devaluación interna”, pero algunos sindicatos todavía se oponen.
Una pantalla de Nokia al inicio de la Asamblea Geneal anual de la compañía en Helsinki, en mayo de 2015. - AFP
Una pantalla de Nokia al inicio de la Asamblea Geneal anual de la compañía en Helsinki, en mayo de 2015. - AFP

El fin de la 'finlandización'

Tras la Segunda Guerra Mundial, Finlandia optó por lo que en el país se conoce oficialmente como “doctrina Paasikivi-Kekkonen” y fuera de él ─al principio peyorativamente, luego ya menos─ como “finlandización”. Considerado el principal arquitecto de la política exterior finlandesa de posguerra, el presidente Juho Kusti Paasikivi defendió una relación de buena vecindad con la Unión Soviética que permitiese a Finlandia mantener y a la vez sacar partido de su soberanía en un mundo dividido en bloques. Su sucesor, Urho Kekkonen, mantuvo esa política de “neutralidad activa” hasta el fin de la guerra fría y Finlandia renovó por tres veces ─en 1955, en 1970 y en 1983─ el Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua Fino-Soviético, que consagraba no solamente la plena soberanía del país escandinavo, sino también la de la URSS al comprometerse a resistir cualquier ataque externo en territorio finlandés que tuviese como objetivo a su vecino.
Fruto de la “doctrina Paasikivi-Kekkonen”, Finlandia se convirtió en un modelo de neutralidad y defensa del multilateralismo en las relaciones internacionales ─en Helsinki nació por ejemplo la OSCE en 1975─, y es hoy, junto con la República de Irlanda, Suecia y Austria, uno de los cuatro países de la Unión Europea que no forma parte de la OTAN,aunque desde 2014 algunos sectores piden con creciente insistencia su integración en la Alianza Atlántica. La última encuesta de la radiotelevisión pública indicó que un 55% de los finlandeses quiere mantener la neutralidad de su país.
Tras la desintegración de la URSS, Finlandia mantuvo sus buenas relaciones con Rusia, pero su pertenencia a la UE la ha arrastrado recientemente a una posición incómoda. La aprobación de sanciones contra Moscú en 2014 a raíz de la crisis en Ucrania ha afectado a Finlandia por partida doble: por una parte la depreciación del rublo causada por las sanciones ha desequilibrado la balanza comercial con Rusia, mientras que, por la otra, la respuesta asimétrica del Kremlin, con la aprobación de un veto agroalimentario a los países que secundaron las sanciones occidentales, se ha dejado notar en este sector.
En una reunión en Moscú entre el presidente ruso y su homólogo finlandés, Sauli Niinisto, Vladímir Putin presentó algo así como un informe de daños. Según Putin, en el encuentro, que tuvo lugar el pasado 22 de marzo, “se prestó una atención especial a la esfera comercial y económica. Es digno de notarse que las bien conocidas sanciones europeas y nuestras medidas de respuesta han dañado el comercio bilateral, que cayó un 15% en 2014 y un 40% en 2015”, según recoge la agencia TASS. La caída es destacada, porque desde el año 2000 el comercio bilateral marcaba una curva ascendente. Además, añadió Putin, el turismo ruso a Finlandia ha caído un 19%.
“El volumen de las inversiones rusas acumuladas en Finlandia ─detalló el presidente ruso─ asciende a los 2.300 millones de dólares; el total de inversiones en Rusia supera los 12.000 millones” en proyectos que incluyen sectores como la industria maderera, la maquinaria industrial y de equipos electrónicos, el sector químico o la construcción naval. Rusia es un importante proveedor de hidrocarburos (el 58,5% de sus exportaciones a Finlandia corresponden al petróleo y el 10,4% al gas natural) y, en menor grado, de productos químicos (11%). Según datos oficiales de las autoridades aduaneras de Finlandia, las importaciones de Rusia cayeron un 31% en 2015 en comparación el año anterior, y las exportaciones lo hicieron un 32%.
Protesta de agricultores en la Plaza del Senado de Helsinki. - AFP
Protesta de agricultores en la Plaza del Senado de Helsinki. - AFP
Los productores lácteos han sido los más afectados por la actual situación. Valio, una de las mayores compañías del país ─productora de hasta el 85% de la leche que se consume en Finlandia─ exportaba antes de la crisis la mitad de sus productos a Rusia. Una reciente normativa europea que ha eliminado las cuotas de producción ha empujado al sector lácteo a una crisis aún más profunda, con una combinación letal de sobreproducción en el mercado comunitario y reducción de la demanda global. En 2015 las ventas de Valio registraron una caída de un 11,9%.
En una imagen inusual, unos 3.000 agricultores se concentraron el pasado 11 de marzo con 600 tractores en la Plaza del Senado de Helsinki ─donde todavía se alza la estatua del zar Alejandro II, erigida cuando Finlandia aún pertenecía al Imperio ruso─ para reclamar al gobierno que apoyase al sector y pusiese fin a las sanciones a Rusia. Según el sindicato MTK, la protesta era “una llamada de emergencia” a los políticos “para salvar la producción nacional”. El sindicato sostiene que los ingresos de los agricultores finlandeses son los que han registrado en toda la UE una mayor caída en los últimos años.

¿Salir de la eurozona?

Ésta no es, huelga decirlo, la primera crisis que vive Finlandia. A comienzos de los noventa, la combinación de una crisis bancaria ─resultado de una burbuja crediticia que sobrecalentó la economía y que costó al país el 8% de su PIB─ y la desaparición de la Unión Soviética como socio comercial ─representaba entre un 15-20% de su comercio exterior─ llevaron a Finlandia a una recesión que muchos calificaron como la peor desde la década de los treinta. Entre 1990 y 1993 el PIB de Finlandia se desplomó un 13%, la bolsa un 70% y el mercado inmobiliario un 50%. El desempleo pasó del 3,5% al 18,9%. La crisis dejó una profunda huella psicológica en la población. Helsinki obtuvo el poco halagador título de “capital mundial del suicidio”: en 1991 Finlandia era el tercer país con más suicidios del mundo, solamente por detrás de Nueva Zelanda e Islandia.
La crisis de comienzos de los 90 dejó una profunda huella psicológica en la población. Helsinki obtuvo el poco halagador título de “capital mundial del suicidio”
“La crisis pudo aliviarse gracias al abandono de una tasa de interés fija. El marco finlandés se devaluó inicialmente un 40%. Esto, combinado con la desaparición de las empresas improductivas, condujo a mejoras dramáticas en la competitividad”, explica el economista finlandés Jaakko Kiander. Con todo, estas medidas, que llegaron únicamente después de aplicarse planes de contención presupuestaria y recortes en el sector público, no consiguieron que el país nórdico recuperase los niveles anteriores a la crisis. Sea como fuere, hoy, en el marco de la Unión Europea, esas medidas son imposibles, y Finlandia, como otros, sólo puede recurrir a la llamada devaluación interna.
El Parlamento finlandés (Eduskunta) debatirá próximamente la salida del euro, después de que una campaña iniciada por el político centrista Paavo Väyrynen recogiese 53.000 firmas ─se precisan 50.000─ para forzar el debate en la Cámara. Aunque el porcentaje de finlandeses que apoya la divisa comunitaria sigue siendo elevado, nada parece impedir que la desafección hacia la UE pueda crecer. En un artículo publicado el año pasado en Die Tageszeitung, la economista alemana Ulrike Herrmann incluso aventuraba que Finlandia podría ser el primer país en abandonar la eurozona. "La historia muestra que son más bien los pequeños países ricos los primeros en abandonar una unión monetaria", escribía Herrmann citando como ejemplo Eslovenia, que en 1991 declaró su independencia de Yugoslavia e introdujo su propia divisa. Según la economista, "las pequeñas naciones exportadoras pueden permitirse su propia moneda sin riesgos", ya que su divisa "se revaloriza de inmediato, de modo que sus importaciones incluso se tornan más baratas". Pero para conseguir algo así, Finlandia debería “finlandizarse”, valga la redundancia.
El descontento ha encontrado su traducción política en el aumento de la nueva ultraderecha. En las últimas elecciones, el Partido de los Finlandeses rompió su techo electoral y consiguió un 12,9% de los votos y 38 diputados en el Eduskunta. Hoy forma parte de la coalición de gobierno, lo que, según sus críticos, demuestra que la ultraderecha, lejos de ser una amenaza, puede ser cooptada por el establishment. Fuera de las instituciones, la aparición de una “patrulla ciudadana” de orientación claramente xenófoba como los Soldados de Odin no es lo que se dice un buen presagio. No es que Tuonela haya cruzado a este lado, es que quizá no lo ha hecho todavía del todo.
Fuente: Público.es

lunes, 28 de marzo de 2016

Las ignoradas causas de la enorme crisis que estamos viviendo




Por Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University

Por extraño que parezca, poco se ha escrito sobre las causas reales de la enorme crisis económica y financiera que se conoce como la Gran Recesión (que para millones de españoles es la Gran Depresión), crisis que continúa existiendo. Soy consciente de que esta afirmación producirá sorpresa entre muchos lectores, pues se ha escrito muchísimo sobre esta Gran Recesión que, además, se presenta como un hecho pasado, pues se asume que ya hemos salido de ella. Pero veamos los datos.

La Gran Recesión se ha ido gestando desde los años ochenta y está causada por la enorme concentración de la riqueza y de las rentas en la gran mayoría de países a los dos lados del Atlántico Norte, lo que ha estado ocurriendo a costa del descenso de la riqueza y de las rentas de la mayoría de la población, que deriva sus ingresos del mundo de trabajo. En realidad, desde los años ochenta ha habido una redistribución de las rentas con una gran transferencia de fondos de la mayoría de la población a una minoría muy reducida de esta, fenómeno que ha causado la crisis (ver mi artículo “Capital-Trabajo: el origen de la crisis actual”, Le Monde Diplomatique, julio 2013).

La distribución de las rentas en la “época dorada del capitalismo” (1945-1979)

Comencemos por analizar la situación en EEUU (cuyo gobierno federal es uno de los que recoge con mayor detalle la información sobre la distribución de las rentas) y la evolución de las rentas durante el periodo 1945-2014, que dividiremos en dos periodos. El primero va desde la II Guerra Mundial hasta el año 1979-1980. Durante este periodo hubo una redistribución de las rentas, de manera que el 80% de la población (los cuatro quintiles inferiores) vio crecer año tras año sus ingresos un 2,3% anual como promedio, siendo tal crecimiento en las rentas inferiores (2,5%) mayor que en las renta superiores (2,2%). En realidad, el grupo que vio crecer menos sus rentas fue el 5% superior de la población (los súper ricos). Su tasa de crecimiento anual promedio fue de un 1,9%. Durante aquel periodo, los salarios crecieron paralelamente al crecimiento de la productividad. El país iba creciendo, pero las rentas de la mayoría de la población iban creciendo más y más rápido que las rentas superiores (ver Elise Gould, Debates on Income Inequality and Social Cohesion, Economic Policy Institute, February 2016).

La reacción neoliberal (1979-2014)

Pero a partir de los años ochenta, cuando se llevaron a cabo las políticas neoliberales iniciadas por el Presidente Reagan en EEUU y la Sra. Thatcher en el Reino Unido, y más tarde hechas suyas por la Tercera Vía en el socialismo europeo, esto cambió y se revirtió. A partir de entonces, el crecimiento de las rentas superiores, el 5% superior de la población, fue mucho más rápido (un 2%) que el de las del resto de la población. En realidad, el 40% (los dos quintiles inferiores de la población, que constituyen la clase trabajadora de EEUU) apenas vio crecer sus ingresos durante el periodo 1979-2007 (un promedio del 0,2%). Y en el periodo de la Gran Recesión (2007-2015), que no ha terminado, sufrió un descenso en sus ingresos de un 2,4%. La bajada de la capacidad adquisitiva de la gran mayoría de la población (la clase trabajadora y las clases medias de renta media y baja) ha sido muy dramática durante esta crisis. Durante este periodo, el crecimiento de los salarios ha sido muy inferior al crecimiento de la productividad. Así, mientras en el periodo 1948-1973 el crecimiento de los salarios (un 91,3% de crecimiento acumulado) fue parecido al crecimiento de la productividad (un crecimiento acumulado del 96,7%), en el periodo 1973-2014 el crecimiento de los salarios fue solo de un 9,2%, mientras que el de la productividad fue del 72,2% (los salarios son la compensación laboral por hora, y todos los datos son acumulativos para el periodo definido. Véase Understanding the Historic Divergence Between Productivity and a Typical Worker’s Pay, Economic Policy Institute, September 2015).

Las consecuencias del crecimiento de las desigualdades de renta

Las consecuencias de este crecimiento de las desigualdades de renta son muchas. A nivel humano (que es el nivel que debería ser más importante), estas desigualdades han tenido un enorme impacto en la calidad de vida, salud y bienestar de las poblaciones. La esperanza de vida (años de vida de la persona) de las personas con niveles de ingreso iguales o superiores a la media ha subido, durante el período neoliberal 1972-2001, casi siete años. En cambio, para las personas de nivel de ingresos inferior a la media (la mitad inferior de la población estadounidense), ha subido solo 1,9 años. En realidad, para las mujeres de clase trabajadora la esperanza de vida ha descendido 3 años, un descenso más que considerable.

Pero lo que es igualmente importante es que cuando analizamos el impacto de este crecimiento de las desigualdades de renta en las áreas económicas, es cuando vemos las causas de la crisis actual. La reducción de la capacidad adquisitiva de la gran mayoría de la población (al ser el crecimiento de los ingresos mucho menor, e incluso negativo) determinó una bajada muy marcada de la demanda de bienes y servicios, generando un enorme descenso del crecimiento económico, alcanzando incluso niveles negativos como hemos estado viendo en el sur de Europa, incluyendo España. La reducción de los salarios (así como la reducción del gasto público, incluyendo el social) ha sido una de las mayores causas de la Gran Recesión. La evidencia científica de ello es abrumadora y se podía ver fácilmente que las políticas de austeridad y las reformas laborales que caracterizan las políticas liberales (conocidas como neoliberales), encaminadas a reducir los salarios estaban creando un grave problema económico, como ya indiqué en mi libro Neoliberalismo y Estado del Bienestar, escrito en 1997. Hoy, por fin, incluso el último informe de la OCDE y el grupo de investigación del Fondo Monetario Internacional (FMI) han admitido el error de tales políticas, aunque los economistas neoliberales que monopolizan los espacios mediáticos en España, con chaquetas llamativas o normales, todavía no lo reconocen, aferrados a su dogma liberal.

Cómo se generó la crisis financiera

Pero este descenso de la demanda ha generado a su vez otros dos graves problemas. Uno es que la población, que veía disminuir sus ingresos, intentó mantener su nivel de vida a base de endeudarse. Tanto la población como las empresas y el Estado se endeudaron más y más, con lo cual, el capital financiero (es decir, la banca) creció considerablemente. Pero aquel descenso salarial creó otro problema: el descenso de la demanda de productos y servicios, disminuyendo con ello la rentabilidad de las inversiones en las áreas de la economía productiva, es decir, donde se producen los bienes y servicios cuyo consumo ha disminuido. De ahí que el gran capital (los súper ricos) fuera invirtiendo más y más en actividades especulativas (tales como en el sector inmobiliario) que tienen una elevada rentabilidad. Un resultado de ello es que la actividad especulativa ha ido sustituyendo la actividad productiva, apareciendo así el capitalismo del casino. De ahí que hemos visto que el capital financiero, además de crecer debido al endeudamiento de la población, también ha crecido debido al enorme desarrollo de tal actividad especulativa, puesto que las instituciones financieras se han ido especializando más y más en inversiones especulativas. Hoy tal sector (que es sumamente negativo para la economía) está hipertrofiado en la mayoría de países a los dos lados del Atlántico Norte, y significa asimismo una enorme absorción de recursos que deberían utilizarse en la economía productiva. España, donde el sector bancario es (en relación con el PIB) uno de los más grandes de la UE-15, es un claro ejemplo de ello.

Pero además de absorber recursos que deberían haberse invertido en áreas productivas (donde se producen bienes y servicios) en el país, la expansión del capital financiero creó una enorme inestabilidad, pues toda actividad especulativa (que crea enormes burbujas, como la inmobiliaria que hemos vivido en España) conlleva un riesgo. Toda burbuja explota, con consecuencias negativas para la economía y, más importante, para el bienestar de la población, como hemos visto en España. Ahora bien, lo que es importante subrayar es que el riesgo no lo asume la banca, pues cuando está en dificultades (es decir, cuando corre el peligro de colapsar) inmediatamente viene el Estado (es decir, los ciudadanos que pagamos impuestos) y la “rescata”, con lo cual la banca nunca se arriesga, pues sabe que el Estado benefactor la salvará. Se ha creado así una complicidad banca-Estado que está en la raíz de la crisis financiera.

¿Qué es lo que debería hacerse?

A la luz de esta evidencia está muy claro qué es lo que debería hacerse, y que se resume en hacer casi lo opuesto a lo que la mayoría de gobiernos a los dos lados del Atlántico Norte (Norteamérica y la UE) han estado haciendo. Las soluciones desde el punto de vista de política económica son muy fáciles de entender, aunque, por desgracia, no son fáciles de ver o de leer en los medios españoles, debido al abusivo control de estos medios por parte de los grupos económicos y financieros que han originado la crisis y se han beneficiado de ella. Es probable que usted, lector, no haya leído esta explicación en los medios porque la mayoría de ellos están influenciados, cuando no controlados, por los grupos económicos y financieros que dominan la economía de estos países. Y ello ocurre no solo en los medios privados (poseídos por grupos empresariales privados), sino también en los públicos (controlados por partidos políticos próximos, cuando no financiados, por tales grupos).

El mayor obstáculo para resolver el grave problema actual no es económico, sino político, pues el cambio propuesto implica un enfrentamiento con grupos muy poderosos: en primer lugar, nos encontramos con el enorme poder del 1% de la población de más renta (los súper ricos), al cual hay que sumar, en segundo lugar, el 10 ó el 15% de renta superior, es decir, de la clase media de renta alta, la clase media profesional, que está al servicio de aquel 1%, gestionando los aparatos de la reproducción del sistema a través de la difusión de valores, percepciones, creencias, recursos e instituciones que sostienen el dominio político y la hegemonía ideológica cultural en tales países.

Estos cambios pueden hacerse en España

Quisiera hacer aquí una reflexión, motivada por el hecho de que percibo que se está extendiendo en España una percepción que está creciendo rápidamente, incluso en círculos progresistas, de que tales cambios hoy no se pueden hacer a nivel nacional, pues se considera que la globalización económica en general y la europeización de la economía española en particular imposibilitan tales cambios, a no ser que haya un cambio a nivel mundial o, en el caso español, a nivel de la UE o al menos de la Eurozona.

Ni que decir tiene que hay elementos de tal opinión que son acertados, excepto cuando concluyen –como lo hacen a menudo- que no hay nada que hacer hasta que se cambie lo supranacional. En esta percepción, los Estados-nación han desaparecido o deberían desaparecer (algo en lo que autores como Toni Negri continúan insistiendo). El argumento de la globalización (que los conservadores y liberales -y Negri- aplauden) ignora que la economía mundial ha estado siempre globalizada. En realidad, estaba más globalizada a principios del siglo XX que ahora. Y también ignora que algunos de los países más globalizados, como los países nórdicos europeos (que son los que tienen mayores indicadores de globalización), son los que tradicionalmente han tenido salarios más altos y Estados del Bienestar más desarrollados. El conflicto Capital-Trabajo (que solía llamarse “lucha de clases”) tiene lugar predominantemente (pero no exclusivamente) a nivel de Estado-nación. Y ello continúa siendo así. En realidad, el problema no es la globalización, sino el tipo de globalización, que sistemáticamente favorece a los Estados-nación más dominantes en el área internacional o en la Eurozona. Hoy los Estados-nación juegan un papel clave en la reproducción del orden (mejor dicho, desorden) internacional. No hay empresas multinacionales. Son empresas transnacionales.

Naturalmente que se necesita llevar las estrategias de cambio a nivel global y/o a nivel de la Eurozona. Pero esta estrategia conlleva la articulación de las luchas que tienen lugar a nivel de cada Estado-nación con las luchas a nivel de las instituciones europeas, unas instituciones que –de nuevo- son controladas y hegemonizadas por los grupos económicos y financieros dominantes de los Estados-nación como Alemania, aliados con los establishments financieros y económicos de cada país. El establishment financiero-económico español, a través del gobierno Rajoy, está consiguiendo lo que siempre ha deseado (la reducción salarial, y el desmantelamiento del Estado del Bienestar) con la inestimable ayuda del gobierno Merkel en Alemania, que representa los intereses financieros y económicos dominantes de aquel país. En contra de lo que se está diciendo, los Estados-nación juegan un papel clave en la reproducción de aquel dominio. La evidencia científica que apoya tal tesis es abrumadora. Las empresas mal llamadas multinacionales, son en realidad transnacionales, es decir, están basadas en un Estado-nación. Telefónica, prototipo de lo que se define como una multinacional, es una empresa española. El hecho de que su producción y distribución ocurra en varios países, no quiere decir que sea propiedad de varios países. En realidad, para entender el comportamiento de Telefónica, hay que entender la relación entre aquella empresa y el Estado español. Son, pues, los Estados los que continúan teniendo un gran protagonismo en la esfera mundial. Atribuir la continuidad de las políticas neoliberales por parte del Estado español a la imposibilidad de cambiarlas debido a la europeización de la economía española es hacerle el juego al argumentario de las élites dominantes en el país. Naturalmente que el sistema de gobernanza de la UE dificulta enormemente la posibilidad de cambios en cada país. No hay duda de ello. Pero que sea difícil no quiere decir que sea imposible. Hay que romper con un determinismo globalizador que está paralizando a las izquierdas, mostrando que sí que hay alternativas, tal como Juan Torres, Alberto Garzón y yo mostramos en su día, cuando escribimos el libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España (2011).


Fuente: Público.es

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