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viernes, 30 de septiembre de 2016

Grecia: la amarga derrota. ¿Es posible desafiar a la UE?




Un imprescindible debate para nuestro futuro



Jesús Jaén
Viento Sur


“No hay derrota estéril. En ella se educan los revolucionarios, y la revolución toma conciencia de sí misma”.

(Daniel Guerín, La lucha de clases en el apogeo de la Revolución francesa)



¿Cómo es posible que entre las organizaciones de la izquierda no haya existido un debate más a fondo sobre la derrota de Syriza en julio de 2015 a manos de la Troika y Bundesbank? ¿Cómo es posible que, salvo unas cuantas excepciones (los trabajos de Toussaint, Lapavitsas, Varoufakis, dirigentes de la Unidad Popular o Anticapitalistas, etc), no se produjera una mayor conmoción internacional?

En julio de 2015 el gobierno de Tsipras firmaba un nuevo rescate después de seis meses de intensas negociaciones. Sin duda un mal acuerdo. Un pésimo acuerdo. Tras ganar las elecciones en enero de ese año con el 35,7 por ciento de los votos y enviar a negociar a Varoufakis con el Bundesbank, el BCE y la Comisión europea; fracasan las negociaciones porque los comisionados solo aceptan la rendición incondicional de Syriza y Grecia.

Incompresiblemente, Alexis Tsipras, tras vencer en un referéndum el 5 de julio de 2015 por el 61,31 por ciento contra el 38,69 por ciento, acaba aceptando el memorando propuesto por la Troika y Alemania. Se trataba de una humillación política que agregaba más hiel a la herida griega ya que los términos del acuerdo eran, si cabe, aún más duros.

Ha pasado más de un año de todos estos acontecimientos. Este artículo solo intenta contribuir a un debate que considero que no se ha llevado, al menos aquí en el Estado español, de una manera seria y rigurosa.

Un debate que tiene un alcance internacional y estratégico

La importancia de la experiencia griega trasciende a las fronteras del país y a sus tiempos. Se trataba del primer partido de izquierdas no socialdemócrata que alcanzaba un porcentaje tan alto de votos en una sociedad europea avanzada desde hacía 40 años. Tenemos que remontarnos a la Italia de 1975, al Partido Comunista Italiano de Enrico Berlinguer que obtuvo (menos aún que Syriza), el 33,5 por ciento de los votos e incluso quedó por detrás de la Democracia Cristiana (lo que no ocurrió en Grecia en donde Syriza superó a Nueva Democracia).

La experiencia de Syriza solo podía compararse, salvando las distancias, a los acontecimientos que protagonizó Portugal en 1974 con la revolución de los claveles. Volviendo a las frías analogías, el gobierno de Tsipras era el primer gobierno de izquierdas no socialdemócrata en la Europa del oeste después de 40 años de dura sequía. El último había sido en la Portugal revolucionaria de 1975 donde el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), junto a una coalición de partidos de izquierda, PSP, PCP, PDP y MES accedieron al poder poniendo en marcha un profundo plan de transformaciones sociales y económicas.

El filósofo y militante revolucionario griego Panagiotis Sotiris que militó en Syriza y ahora en la UP, lo sintetizaba de esta manera tan clara:

“El problema es que en el país en el que el más agresivo de los experimentos sociales neoliberales se había topado con la más masiva, casi insurreccional, secuencia de luchas, en el que la crisis política era lo más cercano a una crisis de hegemonía que haya conocido Europa occidental desde la caída de las dictaduras, en el que un partido de izquierdas relativamente pequeño fue catapultado al poder, en el que un pueblo desafiante se opuso al chantaje de la UE…” (“El realismo de la audacia”, VIENTO SUR, 24/11/2015, http://vientosur.info/spip.php?article10717).

Cómo entonces se ha subestimado y minimizado la experiencia griega hasta el punto de que apenas (como antes decíamos) no haya habido un debate serio, salvo una minoría de intelectuales y organizaciones. Si comparamos la reacción de la izquierda y el marxismo internacional en los años 70 con la experiencia de Allende en Chile y la que ha existido ahora, la diferencia es abismal (una vez más insisto que no pretendo hacer comparaciones de los procesos sino de las experiencias).

Cuando el gobierno de la Unidad Popular en Chile es aplastado por el golpe militar, además de una tremenda reacción internacional de solidaridad, hubo un intenso debate en los partidos y organizaciones políticas o sindicales. Ya pocos recuerdan que la política votada por el Partido Comunista Italiano que auspició Berlinguer “el compromiso histórico” era una reacción, a mí entender profundamente equivocada, de la derrota de Allende. El PCI trataba con ella de “no asustar” a la burguesía nacional (representada en la Democracia Cristiana), y, “no provocar” a la CIA y a los ejércitos norteamericanos desplazados en la OTAN. El compromiso histórico dio lugar en 1978 al nacimiento del eurocomunismo y por consiguiente a la mayor crisis del estalinismo europeo. Sin embargo otro sector, minoritario, de la izquierda revolucionaria pensamos que la derrota chilena no era consecuencia solo de la violencia de las clases dominantes latinoamericanas, los militares y del gobierno Nixon-Kissinger; sino también de los errores cometidos por el gobierno de Allende y su insistencia en la vía conciliadora con estos sectores golpistas que, en última instancia, había propiciado un cambio en la relación de fuerzas posteriormente a la victoria de Allende.

Este debate, hoy, se ha soterrado por ejemplo en Podemos. En particular cuando los dos dirigentes más representativos como son Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, no tardaron ni un día en salir en defensa de la decisión de Tsipras de aceptar finalmente el plan de Bruselas. Solamente algunas voces de la corriente anticapitalista marcaron distancias con esta decisión. ¿Acaso no tendría repercusiones esa estrategia política en un hipotético gobierno de izquierdas donde participe o encabezara Podemos?

Estoy convencido que la capitulación de Syriza ha tenido consecuencias políticas muy graves y las tendrá en el futuro. No solo para Grecia sino para Europa y el Estado español en particular, sobre todo porque la derrota se ha visto como un anticipo de lo que podría suceder aquí.La gente nos ha preguntado que si en Grecia no les han permitido avanzar en su propio autogobierno por qué nos lo van a permitir en el Estado español. ¿Acaso no somos parte de unas instituciones y acuerdos que nos obligan a llevar a cabo unas mismas políticas? Esta pregunta no tiene nada de retórica y por el contrario, se ha respondido –desde las instancias de Podemos- con una auténtica insensatez: “nosotros somos la cuarta potencia europea y no se atreverían a hacernos lo que a Grecia” (sic).

De la misma forma que la experiencia de Chile tuvo graves consecuencias, también lo tiene y tendrá lo sucedido en Grecia. Toda revolución o contrarrevolución (violenta o no violenta), tienen efectos a corto, medio y largo plazo (en muchos casos efectos retardados). Como auguró Perry Anderson en Campos de batalla, las derrotas de la revolución portuguesa y de los procesos de emancipación en el Estado español y en Grecia con la caída de las dictaduras, marcó el final de un ciclo revolucionario en Europa del oeste y la crisis del marxismo occidental.

Y pese a todo, a pesar de la victoria del liberalismo y de la cultura de la posmodernidad en las últimas cuatro décadas, nos hemos vuelto a encontrar de cara con las revoluciones muy cercanas a Europa y con situaciones de alta conflictividad como en el sur. La historia no se cierra. Nos vuelve a plantear retos. La crisis sistémica es independiente de la crisis de la izquierda y del marxismo que, a pesar de su enorme debilidad, ha confirmado dos grandes hipótesis: su crítica implacable a la economía política desarrollada por Karl Marx en las décadas de 1850 y 1860 y, la existencia de una brutal desigualdad social que estabiliza el conflicto de las clases como parte de la agenda del siglo XXI.

¿Se puede desafiar a la UE?

El debate que pretendo hacer en este artículo no es con la ideología liberal; ni siquiera con un tipo de neo-reformismo que existe entre las organizaciones de izquierda. Creo que hay un debate más interesante en el espacio del anticapitalismo, eco-socialismo, autonomismo, feminismo o sindicalismo; entre los que opinan que no se puede desafiar a la UE porque no hay condiciones para la victoria y que la salida de la zona euro conduciría o bien a un desastre social o bien a otro experimento estatista como muchos de los que conocemos o hemos conocido históricamente.

En mi opinión, no solo es factible desafiar a la UE sino que es absolutamente necesario hacerlo. Creo que no existe la menor posibilidad de cambiar las políticas económicas y sociales actuales sin ese desafío que, con toda probabilidad, nos lleve a la expulsión o desenganche de la zona euro. Desde dentro, terminaremos presos de la lógica de la austeridad como hemos visto le sucedió a Zapatero, Hollande, Renzi y, finalmente, a Tsipras.

El compañero Panagiotis lo sintetizaba de forma brillante: “¿Había otro camino posible para Grecia, o debemos aceptar la premisa de que un pequeño país del sur de Europa no estaba en condiciones de responder al chantaje de la UE? Estoy totalmente en desacuerdo. El momento del referéndum era óptimo para una estrategia de ruptura: fin de las negociaciones, suspensión del pago de la deuda, nacionalización del sistema bancario, inicio de un proceso de retorno a la moneda nacional, como puntos de partida de un proceso de transformación más amplio. Las obvias dificultades iniciales, en realidad no mucho mayores que las que estamos sufriendo ahora en Grecia y seguramente menores que las que nos vamos a encontrar en los próximos años, podrían abordarse con el tremendo potencial del resultado del referéndum y del grado de movilización popular y de solidaridad internacional. Sin embargo, la dirección de Syriza no estaba dispuesta ni siquiera a pensar la posibilidad de una estrategia de ruptura, lo que llevó a una serie de concesiones y compromisos desastrosos, incluso antes de las elecciones de enero del 2015. Esta falta de disposición para afrontar cualquier eventualidad que no fuera el compromiso dentro de la zona euro no se debió a la falta de tiempo. Más bien, fue el resultado de una opción consciente de que la ruptura era imposible, derivada de la combinación de un europeísmo compulsivo junto con el intento de construir alianzas con sectores de la burguesía griega”. (VIENTO SUR, artículo citado).

En este párrafo están los nudos de muchos de los debates entre nosotros, la combinación entre coyuntura y estrategia, la combinación entre voluntad y estrategia y la combinación entre economía y política. El referéndum –como coyuntura- fue una oportunidad histórica para llevar adelante un proceso de transformación económica y social. Ese es para mí el punto de partida en el que coinciden los tiempos de la coyuntura con la voluntad política, y de ambas con la estrategia. Los tiempos –como oportunidad- no se suceden indefinidamente; el “arte” de la política transformadora consiste en distinguir el momento en el que una táctica o decisión tiene garantías (nunca al cien por cien) de salir con mayor o menor éxito. Como decía Bensaid, “tanto en la revolución como en la guerra, siempre se está en la incertidumbre recíproca de los dos bandos” (“La política como arte estratégico”, VIENTO SUR 23/08/2016, http://vientosur.info/spip.php?article10717 ).

En Grecia, tras un proceso que se había iniciado tres años antes, se encontraba en julio de 2015 en su punto decisivo. La victoria holgada en el referéndum marcaba un momento de la correlación de fuerzas muy favorable. Syriza había logrado arrastrar a una mayoría social que, con el referéndum, se había transformado en mayoría política. Esto es lo que Gramsci entendía (entre sus numerosas definiciones e interpretaciones) como “hegemonía”.

La antropóloga Kate Crehan lo explica así en su libro:“Para Gramsci, la hegemonía significa también que una clase, o una alianza de clases, ha conseguido transcender sus propios intereses corporativosy ha incorporado al menos parte de los intereses de las clases subordinadas para representar aparentemente los intereses de la sociedad en su conjunto”(Gramsci, cultura y antropología, Edicions bellaterra).

En el caso de Grecia, aparentemente, la inmensa mayoría de la clase trabajadora y amplísimos sectores de las clases medias y campesinas pauperizadas se habían unido. Era el momento de lanzar una apuesta económica y político-social alternativa. Es decir, emprender el complejo y arriesgado camino de la transformación radical de la sociedad griega, propiciando la transición hacia un nuevo régimen social y político donde las clases subalternas (históricamente oprimidas y explotadas) pasaran a ocupar un papel en las estructuras políticas. Esa transición, que es ante todo social antes incluso que económica, es la apuesta fuerte de la izquierda para contraprogramar las tendencias a la burocratización, la estatización o la dimensión exclusivamente nacionalista.

En la Grecia del verano del 2015, había que hacer frente a una situación de embargo económico, fuga de capitales y sabotaje patronal. Por eso era preciso poner en marcha un conjunto de medidas económicas que, algunos economistas, como Eric Toussaint o Costas Lapavitsas, han sistematizado perfectamente tanto en sus trabajos sobre la deuda soberana griega o el capitalismo financiarizado: la nacionalización del sector bancario y financiero bajo un control democrático y social; el desconocimiento de la deuda injusta y la propuesta de restructuración a los acreedores; la implementación de un conjunto de medidas dirigidas a paliar la emergencia social de las clases más machacadas desde la crisis de 2007 (salarios, paro, vivienda, servicios públicos, etc).

Además había que evitar que éste y otro conjunto de medidas, pudieran caer en la retórica nacionalista que, demagógicamente, vienen agitando las fuerzas ultraconservadoras en Europa (Brexit) o en los populismos de extrema derecha que no son sino un anticipo del fascismo. Había que vincular el plan de salvamento griego con la construcción de un nuevo proyecto europeo. La propuesta era la apertura de un o unos procesos constituyentes en toda la UE, empezando por el sur de Europa en lo que yo entiendo podría ser una primera confederación de Estados del sur que pudiera incluir una moneda común y un espacio económico que podría aglutinar (Portugal, Estado español, Grecia e Italia), alrededor del 25 por ciento del PIB de la UE (Ver “El despertar de los PIIGS”, AA VV, Ediciones Maia).

Dentro de estas propuestas u otras similares, cobraba y cobra importancia el desarrollo de un movimiento real a la austeridad. En ese sentido el movimiento que se está creando en torno al Plan B es una iniciativa muy positiva.

Una estrategia de transformación político-social para la UE

A lo largo de la historia pasada y reciente, hemos visto como muchas experiencias anticapitalistas derivaban en formaciones sociales burocráticas en lo político, y, en experimentos nacional-estatistas en lo económico. Ese es el caso del llamado “socialismo real”; pero también de los supuestos gobiernos anti-liberales como el chavismo, Evo Morales o Correa; y ya no digamos de los gobiernos peronistas de los Kichner o del PT en Brasil que podríamos definir como neoliberalismo de guante blanco.

No es esa, por lo tanto la propuesta transformadora ni para la UE ni para Grecia ni para el Estado español que queremos hacer aquí. Reemplazar una economía de mercado ultra-liberal desregularizada por otra economía –también capitalista- pero tutelada por un gobierno que maneja el Estado, es sustituir una forma de explotación por otra y una forma de opresión política por otra.

El fallo de alguna gente de izquierdas que ha planteado la salida de un país de la zona euro reside, muchas veces, en abrir –exclusivamente- una perspectiva economicista dejando de lado las necesarias transformaciones socio-políticas. Ninguna transformación se puede llevar a largo plazo solamente desde la economía o solamente desde un gobierno y su aparato estatal. Es necesario que entren en el juego los actores principales que no son otros que las clases sociales subalternas (y especialmente los trabajadores), conformándose como los nuevos sujetos del cambio y transformación.

En Grecia, tras años de huelgas generales y movilizaciones ininterrumpidas existía una experiencia de lucha, democrática y participativa para que los movimientos sociales y sindicales tomaran en sus propias manos la gestión de la deuda soberana, el control del sistema financiero y el desarrollo de las políticas sociales. Todo ello para empujar al gobierno de Syriza a perder el miedo: “Para que un gobierno de transición emprenda una dinámica de ruptura y no de salvamento del orden establecido, debería apoyarse en el ascenso de las movilizaciones sociales, atreverse desde sus primeras medidas a penetrar sin miedo en el coto vedado del poder estatal y de la propiedad privada” (Daniel Bensaid, artículo citado).

Ningún gobierno, y mucho menos un gobierno que estaba, como decía Panaiotis, atado a las instituciones de la UE podía llevar a cabo en solitario una descomunal transformación como la que significaba enfrentarse a los mercados financieros, la Troika y Alemania. Se necesitaba la fuerza de unas clases populares unificadas y organizadas en torno a un proyecto común y apelando continuamente a la más amplia solidaridad internacional. No había otra salida.

La experiencia histórica nos indica, que los gobiernos de transición chocan con dificultades colosales por parte de las clases dominantes que no están dispuestas a ser desalojadas del poder pacientemente. Por eso surgen organismos y plataformas de poder popular que se levantan como una alternativa. De esa manera se crea una situación de doble poder que no puede coexistir por mucho tiempo (lo que algunos han definido como“equilibrio catastrófico”).

Esta es una situación crítica donde el péndulo y la balanza pueden inclinarse de un lado a otro por breves detalles. Una vez llegados a ese punto, no hay vuelta atrás, o la revolución avanza o la reacción se impone. La batalla se puede desarrollar por la vía democrática no violenta o por una revolución cruenta como sucedió con las experiencias de las revoluciones inglesa, francesa, rusa o española. Si pensamos que estamos liberados de esa violencia contrarrevolucionaria por el hecho de que seamos ciudadan@s del siglo XXI estamos profundamente equivocados. La terrible involución de la primavera árabe con las guerras civiles en Siria o Libia o los golpes de estado como Egipto pone, una vez más de manifiesto, que las élites en el poder no están dispuestas a ceder terreno fácilmente, y que una vez vencidas, no dejarán de intrigar.

Durante el año 2015 en Grecia se había dibujado una mayoría social que era además política. Como decíamos anteriormente, no era sencillo llegar a ese punto. Había hecho falta una gran dosis de sufrimiento, una situación de la economía prácticamente de guerra (la caída del PIB había llegado al 27 por ciento y la caída de la actividad productiva rondaba el 70 por ciento) y una respuesta social continuada. En ese escenario se produjo una de las variadas interpretaciones del concepto gramsciano de hegemonía como “mayoría” social de una alianza de clases; pero también como conquista política de las ideas fuerza que, en esos momentos, eran capaces de movilizar y cohesionar a un sector mayoritario de la sociedad. ¿A qué se esperaba entonces? Lamentablemente se perdió una gran oportunidad. Tsipras jugó sus bazas como un farol, a diferencia de la burocracia de la UE que apostó fuerte sabiendo en que el caso griego le iba algo más que una deuda soberana. Lo que para ellos estaba en juego era el futuro de su proyecto político y la hipótesis de que tras Syriza, Podemos ganase las elecciones en el Estado español.

El “mal griego” ya está aquí

Podemos era el hermano de Syriza, aunque los caminos fuesen muy distintos y las diferencias entre una formación política y otra diferentes. Ya hemos comentado las reacciones públicas de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón cuando Tsipras decidió firmar el acuerdo del tercer rescate que tan terribles consecuencias está teniendo para las clases populares griegas.

Si al principio el hilo de argumentos consistía en decir “esto no pasará aquí porque somos la cuarta potencia económica de la UE” o “nuestra deuda pública no es tan vital en el conjunto de la economía”, más tarde se cambió el discurso a “estamos de acuerdo con Tsipras” y “estamos dispuestos a una restructuración de la deuda negociada previamente con los acreedores y para ello impulsaremos una profunda reforma económica basada en ingresar más para poder pagar”. Estas son actualmente las líneas centrales que maneja el programa económico de Podemos de un perfil típicamente keynesiano.

El problema, o uno de los problemas centrales, es que la UE no deja margen a políticas keynesianas o reformistas para mitigar la austeridad. Por el contrario, exige esfuerzos y más esfuerzos sociales a las clases trabajadoras, con el único objetivo de que el capital se valorice lo necesario. Bajo el objetivo de la rentabilidad capitalista se aprueban programas de reducción del déficit o de la deuda que exigen sacrificios sociales de forma constante a las clases trabajadoras y clases medias.

Ese es el gran problema con el que se encontró Tsipras y la socialdemocracia en sus distintas variantes gubernamentales, y ese sería el problema que se encontraría Podemos si llegara a gobernar en compañía o solos. No hay más vuelta de hoja. Por lo tanto y sin ánimo de simplificar, o se aborda el problema de frente o no sirve ponerse de perfil. Eso exige un debate a fondo en Podemos sobre la estrategia a seguir en caso de gobernar o participar en un gobierno.

El peligro actual consiste en ocupar espacios públicos institucionales en donde nos limitamos a mejorar la gestión del PP o PSOE (lo cual no es muy difícil), siendo honestos administradores y saneando las cuentas del reino, pero sin auténticos proyectos de transformación económica, social y democrática.

No conozco concretamente la mayoría de las experiencias municipales donde las fuerzas emergentes por el cambio han ganado y gobiernan; sin embargo vivo muy de cerca la de Ahora Madrid con Manuela Carmena al frente y me parece –rotundamente- decepcionante. Ninguno de los ingredientes de una auténtica política transformadora se está dando con el gobierno municipal de Ahora Madrid. Ni existe la búsqueda de complicidad con las organizaciones o movimientos sociales, sindicales o de izquierdas ni están favoreciendo el desarrollo de la organización vecinal, ni la remunicipalización de los servicios de limpieza y públicos, ni medidas que favorezcan la situación de los barrios de base obrera o popular (que no son guetos ni suburbios, sino grandes poblaciones donde gracias a ellos, Ahora Madrid, fue aupada a la mayoría).

No deberíamos esperar ni especular con el futuro. El debate actual de Podemos es poco menos que decepcionante y la actitud de los dirigentes incompresiblemente pasiva. Ninguno de los dos ingredientes necesarios para evitar lo de Grecia se está haciendo. En primer lugar construirnos pegados a las clases trabajadoras y populares, tanto en los momentos de ascenso social como de grave retroceso como está ocurriendo ahora mismo. Hacer un partido inserto en el tejido social, laboral y vecinal que, sin desmerecer el papel de los medios o las redes, no nos exponga a ellos y a su volatilidad. La estrategia no es “el movimiento de posiciones” tomando como única herramienta la representación institucional, sino la implantación social del partido. En segundo lugar, es necesario abordar el debate estratégico pero no bajo cuatro palabras en las redes sociales, sino construyendo un discurso coherente ante la opinión pública.

Europa camina lentamente hacia un abismo político entre el ultraliberalismo económico y el ultranacionalismo político con claras connotaciones racistas. Todavía hay tiempo para la izquierda social y política. Mucho tiempo. No hemos llegado a una situación irreversible, ni estamos en las disyuntivas del período de entreguerras. Pero hay que ponerse a trabajar sin pausa.

Jesús Jaén es militante de Anticapitalistas

Fuente: http://www.vientosur.info/spip.php?article11733#sthash.vlktyVvY.dpuf

domingo, 15 de mayo de 2016

¿Y si Europa no frenara el cambio?

Pablo Iglesias junto a Alexis Tsipras en la Asamblea Ciudadana de Podemos / FOTO: Marta Jara
Pablo Iglesias junto a Alexis Tsipras en la Asamblea Ciudadana de Podemos / FOTO: Marta Jara



A la vista de este panorama, todavía muy abierto e incierto, resulta demagógico descalificar como utópicas las muy contenidas propuestas de aumento del gasto social que hacen Podemos e IU
Carlos Elordi
La derecha y los socialistas afirman una y otra vez que el programa económico y social de Podemos e Izquierda  Unida es una utopía irrealizable porque la UE rechazará cualquier aumento del gasto social. Y se solazan recordando lo que le ocurrió a la Grecia de Syriza cuando intentó algo parecido, sin tener en cuenta las enormes diferencias que hay entre los dos países. Pero ese planteamiento está empezando a quedarse  cojo a la luz de cómo están evolucionando las cosas en Europa. En su horizonte empieza a perfilarse cada vez con más claridad que la política de austeridad que Alemania ha impuesto sin piedad a toda la Unión podría tener los meses contados. Ningún experto se atreve a pronosticar en qué quedará –un giro de 180 grados es impensable- pero unos cuantos sí a asegurar que en un plazo relativamente corto de tiempo los perfiles de esa política serán modificados.
En cierta medida, muy tímida en lo sustancial, eso ya ha empezado a ocurrir. Desde hace algunas semanas el presidente del BCE y el gobierno alemán libran un enfrentamiento abierto, y muy duro, por la decisión de Mario Draghi de abrir el grifo de la financiación y colocar el interés básico del euro en el cero. La pelea, que no ha acabado, expresa una disidencia que va mucho más allá de las disquisiciones en materia de política monetaria, siendo éstas un asunto no precisamente despreciable. Porque lo que está haciendo Draghi es contestar la omnipotencia de Berlín y no parece dispuesto a ceder en ese empeño. Hace un año nadie habría dicho que eso podía ocurrir.
El presidente del BCE no está sólo. Otro italiano, el primer ministro de centro-izquierda Matteo Renzi ha decidido a lanzarse a la arena y pedir sin muchos ambages el fin de la austeridad. Su necesidad de afianzarse en el escenario político interior y la presión del empresariado italiano le han llevado a dar ese paso. Seguramente él es el primero en saber que sólo no va a ganar esa batalla y más teniendo en cuenta las debilidades económicas de su país - Italia está más endeudada que España-. Pero su gesto indica, como poco, que Angela Merkel ha dejado de ser intocable.
Lo de Draghi y Renzi son indicios de que las aguas se están moviendo. Pero la tormenta puede estallar si los británicos deciden dejar la UE en el referendo del 23 de junio. Los sondeos siguen dando un empate entre el “sí” y el “no” y según todos los expertos éste último puede perfectamente ganar.   Para todos está muy claro que la política económica de la UE sufrirá cambios sea cual sea el resultado. Pero si gana el “no”, la crisis política que se está gestando en la Unión por la acumulación de fracasos, y a la cabeza de ellos su incapacidad frente a la crisis de los refugiados, podría devenir en una implosión de consecuencias imprevisibles.
A la chita callando, el entramado institucional comunitario se está preparando para esa eventualidad. Pero puede que esta vez las palabras y los documentos no consigan controlar los hechos. Aunque la propaganda y la desidia intelectual nos han acostumbrado a creer que el Reino Unido pinta poco en la UE, su salida del entramado sería un hecho dramático. No sólo porque la City londinense es la capital financiera de Europa, sino también porque la pertenencia británica a la Unión es un referente para países tan importantes como los escandinavos y Holanda que están más tranquilos contando como socio a Gran Bretaña que teniéndoselas que ver solos frente a Alemania y a los que ellos llaman díscolos países del Sur. Por otra parte, parece evidente que si los británicos deciden seguir en Europa, el gobierno de Londres exigirá cambios, y no pequeños a Bruselas.
El problema griego, que sigue igual que hace tres años, si es que no se ha agravado, confirmando la inutilidad de la política europea al respecto, podría contribuir, y no poco, a agravar el panorama. Grecia podría dar un nuevo susto al euro en pleno verano, como siempre. La única novedad en este capítulo –que sigue marcado por las exigencias draconianas de la UE al gobierno de Tsipras y la resistencia de éste a adoptarlas- es que el FMI ha decidido romper con Bruselas en la gestión de este asunto. Tampoco esa es una buena noticia para Alemania.
No deja de ser significativo el hecho de que en medio del debate sobre el Brexit que llena las páginas de la prensa británica y que también tiene gran eco en la europea, Martin Wolf, una de las firmas más respetadas del continente, haya escrito en el Financial Times que el mayor problema de la eurozona es Alemania. Y que si este país no está dispuesto a promover los cambios que exige la realidad económica europea, entre ellos el fin de la austeridad, lo que tendría que hacer es abandonar el euro.
En definitiva que la política germana está en el punto de mira de muchos poderes europeos, entre ellos el de la opinión pública. Es cierto que la situación política interna alemana no permite prever cambios en la cerrazón de Angela Merkel, que sus socios de gobierno, los socialdemócratas, apoyan sin fisuras. Porque el partido de la canciller no deja de caer en los sondeos, al igual que el SPD, y la coalición de gobierno ha perdido más del 30 % de sus apoyos respecto de hace 3 años. Un 60 % de los alemanes no quieren que la canciller se presente para un cuarto mandato y más de un comentarista ha escrito que los socialdemócratas podrían abocarse a la “pasokización”, situación en la que ya parecen estar sus correligionarios austriacos.
Acosado por la derecha, por la Alianza por Alemania y también por sus socios históricos del CSU bávaro, el CDU de Angela Merkel no tiene más remedio que reforzar sus planteamientos, en los que prima el interés egoísta de los alemanes –el de los banqueros y el de buena parte de los ciudadanos- frente a las demandas de cambio que le hacen desde el exterior. Pero tras de las elecciones generales alemanas de dentro de un año, las cosas pueden cambiar mucho. Sobre todo si antes se han producido algunas de las catástrofes europeas anunciadas.
A la vista de este panorama, todavía muy abierto e incierto, resulta demagógico descalificar como utópicas las muy contenidas propuestas de aumento del gasto social que hacen Podemos e IU. Una buena acción diplomática española que arrumbara el servilismo hacia Alemania con la que ha actuado la de Rajoy podría obtener concesiones en el nuevo ambiente político que parece estar diseñándose en Europa. 
Fuente: eldiario.es

domingo, 31 de enero de 2016

Un año después, Syriza ha vendido su alma por poder

 
Un año después...
 
Costas Lapavitsas
The Guardian

Hoy se cumple [25 de enero] un año desde que un gobierno de izquierda radical fue elegido en Grecia; su joven y dinámico primer ministro, Alexis Tsipras, prometió un golpe decisivo contra la austeridad. Yanis Varoufakis, el poco convencional Ministro de Finanzas, llegó a Londres poco después de la victoria y causó un gran impacto en los medios. Aquí había un gobierno que ignoraba las convenciones burguesas y estaba buscando pelea. Las expectativas eran altas.
Un año después, el partido Syriza está aplicando fielmente las políticas de austeridad. Se ha purgado la ala izquierda del partido y Tsipras ha desechado su radicalismo para mantenerse en el poder a toda costa. Grecia ha sido abatida.
¿Por qué terminó así? Un mito propagado por algunos círculos mediáticos sugieren que los radicales sufrieron un golpe de Estado compuesto por políticos conservadores y funcionarios de la UE, decididos a eliminar cualquier riesgo de contagio. Syriza fue superada por los monstruos del neoliberalismo y el privilegio. Aún así, peleó una buena batalla, y tal vez incluso sembró las semillas de la rebelión.
La realidad es muy diferente. Hace un año la dirección de Syriza estaba convencida que si se rechazaba un nuevo plan de rescate, los prestamistas europeos serían afeados por un descontento político y financiero generalizado. Los riesgos para la zona euro eran, se presume, mayores que los riesgos de Grecia. Si Syriza negociaba duro, se ofrecería un "compromiso de honor" que relajara la austeridad y aligerara la deuda nacional. El autor intelectual de esta estrategia fue Varoufakis, y fue ávidamente adoptada por Tsipras y la mayor parte de la dirección de Syriza.
Los críticos bien intencionados señalaron reiteradamente que el euro tenía un conjunto rígido de instituciones con su propia lógica interna y que simplemente rechazarían las demandas que apostaran por abandonar la austeridad y amortizar la deuda. Por otra parte, el Banco Central Europeo estaba preparado para restringir la provisión de liquidez a los bancos griegos, estrangulando su economía y al gobierno de Syriza. Grecia no podría negociar con eficacia sin un plan alternativo, incluyendo la posibilidad de salir de la unión monetaria, ya que la creación de su propia liquidez era la única manera de evitar el bloqueo del BCE. Esto no sería nada fácil, por supuesto, pero al menos habría ofrecido la opción de hacer frente a las condiciones catastróficas de rescate de los prestamistas. Desafortunadamente, Tsipras y buena parte de la dirección de Syriza no quiso saber nada de esta opción.
La respuesta de los políticos de la UE a Syriza fue el desconcierto, la frustración y una escalada de hostilidad.
L a naturaleza desastrosa de la estrategia de Syriza quedó clara ya el 20 de febrero de 2015. Los políticos europeos obligaron al nuevo gobierno griego a estar de acuerdo con la meta de los superávits presupuestarios, a implementar "reformas", a cumplir todas las obligaciones de deuda total y desistir de utilizar los fondos de rescate existentes para cualquier otro propósito que no fuera el apoyo a los bancos. La UE cerró poco a poco el grifo de liquidez del Banco Central Europeo, y se negó a darle un centavo de apoyo financiero adicional hasta que Grecia obedeciera.
Las condiciones en el país se hicieron cada vez más complicadas ya que el gobierno liquidó las reservas de liquidez, los bancos se quedaron secos, y la economía apenas avanzaba. En junio Grecia se vio obligada a imponer controles de capital y dar vacaciones a sus bancos. Syriza hizo un último intento en julio, Tsipras convocó un referéndum sobre un nuevo y duro programa de rescate. Sorprendentemente, y con gran valentía, el 62% de los griegos votaron negativamente a la propuesta de rescate. Tsipras había hecho campaña para su rechazo, pero cuando el resultado llegó se dio cuenta que en la práctica, eso significaba salir del euro, para este escenario su gobierno no había hecho preparativos serios. A grandes rasgos habían "planes" para una moneda paralela, o un sistema bancario paralelo, pero esas ideas de aficionados no eran de ninguna utilidad estando ya a un minuto para la medianoche. Por otra parte, el pueblo griego no había sido preparado para esta situación y Syriza como partido político apenas funcionaba por su base. Por encima de todos, Tsipras y su círculo se comprometieron personalmente por la permanencia en el euro. Frente a los resultados catastróficos de su estrategia, se rindieron abyectamente a los prestamistas.
Desde entonces, ha adoptado una dura política de superávits presupuestarios, aumentado los impuestos y vendiendo los bancos griegos a fondos especulativos, privatizando aeropuertos y puertos marítimos, y ahora está a punto de recortar las pensiones. El nuevo plan de rescate ha condenado a Grecia a estar atrapada en una profunda recesión y a un declive a largo plazo, ya que las perspectivas de crecimiento son pobres, los jóvenes más preparados están emigrando y la deuda nacional pesa demasiado.
Syriza es el primer ejemplo de un gobierno de izquierdas que no ha dejado simplemente de cumplir con sus promesas, sino que también ha adoptado por lo general el programa de la oposición. Su fracaso ha reforzado la percepción de toda Europa que la austeridad es la única vía posible y que nada puede cambiar. Las consecuencias son graves para varios países, entre ellos España, donde Podemos está llamando a la puerta del poder.
Syriza no fracasó porque la austeridad es invencible, ni porque el cambio radical es imposible, sino porque, desastrosamente, no estaba dispuesta y ni preparada para soportar un desafío directo con el euro. El cambio radical y el abandono de la austeridad en Europa requieren de una confrontación directa con la propia unión monetaria. Para los países más pequeños, esto significa prepararse para salir, para los países centrales significa aceptar cambios decisivos en unos acuerdos monetarios disfuncionales.
Esta es la tarea que nos espera y la única lección positiva de la debacle Syriza para la izquierda europea.
Traducción Albert Medina.
Fuente: http://www.theguardian.com/commentisfree/2016/jan/25/one-year-on-syriza-radicalism-power-euro-alexis-tsipras?CMP=twt_gu
Fuente: Rebelión.org

miércoles, 15 de julio de 2015

GRECIA, LA LUCHA ESTÁ EN LA CALLE





Grecia se construye en Europa


Syriza se ha rendido, es el momento de reforzar las resistencias populares


Theodoros Karyotis
Diagonal

Durante dos semanas, el tiempo político se ha condensado en Grecia, y los ciudadanos vivieron en situaciones límite, luchando contra fuerzas que parecen mucho más allá de su control. El 27 de junio, el gobierno liderado por Syriza sometió el ultimátum de los acreedores a referéndum e hizo campaña para el 'no'. El resultado del referéndum –un rechazo rotundo de la austeridad perpetua y la continuada servidumbre por endeudamiento– pasará a la historia como un momento excepcional de dignidad de un pueblo que está bajo ataque por los acreedores europeos y la élite griega.
A pesar de los matices patrióticos, este resultado fue la culminación de cinco años de resistencia a la degradación constante de nuestras vidas. Significó escapar del dominio de los medios de comunicación, superar el miedo y hacer escuchar la voz del pueblo. Ratificó el descrédito absoluto de las élites políticas que han estado gobernando desde la transición democrática de 1974, que hicieron campaña por el 'sí'.
Por otra parte, el resultado reveló una sociedad dividida según la clase: las clases medias y bajas, que hasta ahora han asumido prácticamente todo el coste de la austeridad y el ajuste estructural, votaron abrumadoramente 'no'. Sin embargo, el resultado resiste todos los intentos de los partidos políticos de capitalizarlo; es la negación categórica del presente arreglo político y económico, la negación que necesariamente precede todos los actos de autodeterminación social.
Sin embargo, menos de una semana después del referéndum, el gobierno griego presentó una nueva propuesta de financiación a sus acreedores, ligada a un paquete de medidas de austeridad aún más duras que las rechazadas en el referéndum. Después de un fin de semana de "negociaciones", que reveló una división entre los acreedores de Grecia, se llegó en la madrugada del lunes a un acuerdo humillante, que convierte a Grecia en una colonia de deuda europea.
Pero ¿cómo fue que este 'no' se transformó en un 'sí' en cuestión de días?
El dilema de Syriza
Como muchos analistas preveían, la estrategia del gobierno de utilizar el veredicto popular como medio de presión en las negociaciones fracasó. Al regresar a la mesa de negociación, los acreedores de línea dura, reunidos alrededor del ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, dejaron claro que están dispuestos a permitir que Grecia quiebre –con todas las implicaciones económicas y políticas que ello tendría para la Eurozona– antes de ver la más mínima grieta en la disciplina neoliberal de austeridad.
El gobierno liderado por Syriza se encontró en un dilema duro y apremiante: o bien aceptar la implementación de un nuevo programa de ajuste neoliberal, o tener que asumir el coste político de una quiebra, con todos los efectos desastrosos sobre la población griega que tal desenlace supondría.
Se optó por lo primero, poniendo así oficialmente fin a estos cinco meses de enfrentamiento entre el gobierno griego y sus llamados "socios" europeos. Los términos de la capitulación son dolorosos, ya que van en contra de la totalidad de las promesas electorales de Syriza: el nuevo memorándum es quizá más duro que los dos anteriores, un experimento extremo de ingeniería social y de redistribución de la riqueza a favor de los poderosos. Mantiene muchas de las medidas injustas aplicadas por los gobiernos anteriores, como ENFIA, un impuesto transversal a la pequeña propiedad que ha convertido a las familias de clase baja en inquilinos dentro de sus propias casas, o la abolición del límite de ingresos no imponibles para los trabajadores por cuenta propia, que hace imposible que los trabajadores cualificados consigan salir de la trampa del desempleo.
El nuevo acuerdo también reafirma el papel de TAIPED, y posiblemente, le cambia el nombre. Se trata de una institución creada para vender todos los activos públicos, sobre todo las infraestructuras básicas, como puertos, aeropuertos y la empresa de la infraestructura eléctrica. Además, el acuerdo exige la abolición de la moratoria a los desahucios, abriendo el camino para una operación de expolio que amenaza con provocar un desastre humanitario, como bien sabemos por la experiencia española. Además de eso, se prevé un aumento de los impuestos indirectos, un alza en los precios de los alimentos y el transporte, así como recortes en los salarios y las pensiones a través de un aumento de las contribuciones de seguridad social.
En definitiva, un paquete de medidas destinadas a comprimir aún más las clases medias y bajas, aumentar la recesión y el desempleo, destruir las pequeñas y medianas empresas, que constituyen la columna vertebral de la economía griega, y entregar todos los activos públicos y bienes comunes al capital transnacional. A la vez perpetuando la depresión y aumentando la deuda, paralizando efectivamente la economía de Grecia y destruyendo la capacidad del país para salir de la crisis por su propio pie.
Los acreedores hicieron todo lo posible para asegurarse de que las medidas son tan punitivas como fuera posible. Para humillar aún más a sus oponentes, exigieron la votación inmediata de leyes de reforma y el regreso a Atenas de los supervisores de la Troika, que fueron expulsados por el gobierno durante las primeras etapas de la negociación.
Los argumentos de los oficiales del gobierno y los cuadros del partido que defienden los aspectos "positivos" del acuerdo son irrisorios, ya que hacen eco a los argumentos de los gobiernos anteriores, que repetían que la austeridad ampliaba las perspectivas a largo plazo para la economía griega y que el coste del ajuste no sería transferido a los más desfavorecidos. Es más honesto ver el acuerdo como lo que es: una operación de desposesión a gran escala, un sacrificio de todo un país para defender el engaño sobre el que se construyó la Eurozona.
Parece que el gobierno de "salvación nacional" de Syriza ha llegado al final de su trayecto. Está llamado a votar e implementar un plan de austeridad que no sólo hace caso omiso de la lucha de los movimientos anti-austeridad de los últimos cinco años, de los cuales Syriza formo anteriormente parte, sino que también traiciona el veredicto del 61% de los griegos que votó en contra de la austeridad sólo una semana antes.
Por supuesto, se podría argumentar que se trata de una apuesta colectiva que ha salido mal, y frente al chantaje de los "socios", el gobierno eligió la salida menos dolorosa. No hay duda de que un Grexit desordenado, junto con las medidas punitivas que serían empleadas por los extremistas neoliberales para hacer de los griegos un ejemplo, sería a corto plazo un desastre, sobre todo para las clases populares. En cualquier caso, los desenlaces políticos serán rápidos: el gobierno seguramente será remodelado o reemplazado, y Syriza se enfrentará a una división interna que podría significar el fin de este partido en su forma actual.

Una relación contradictoria

Durante los últimos tres años, los movimientos sociales de base en Grecia han tenido una actitud profundamente contradictoria ante el ascenso electoral de Syriza. Por un lado, la perspectiva de un gobierno de izquierda fue una oportunidad para llevar el conflicto a nivel institucional; después de todo, muchas de las demandas de las luchas se reflejaron en el programa de Syriza y el partido siempre mantuvo un perfil cercano a los movimientos.
Por otro lado, Syriza ha sido un agente de desmovilización, poniendo fin a la crisis de legitimación que dio un papel protagonista a la creatividad social y la autodeterminación de los movimientos, y ha promovido la institucionalización de las luchas, la marginación de las demandas que no encajaban con su proyecto de gestión estatal, y la restitución de la lógica de la representación y delegación política, que promovió la inacción y la complacencia.
Al mismo tiempo, Syriza cultivó la ilusión de que la transformación social real era posible sin romper con los mecanismos de la dominación capitalista, sin poner en cuestión el paradigma económico dominante, sin la construcción de alternativas concretas a las instituciones capitalistas desde abajo, sin siquiera cuestionar la permanencia del país dentro de una unión monetaria que por diseño favorece las economías del Norte, orientadas a la exportación, en detrimento de la periferia europea.
Los líderes de Syriza se disociaron de las bases del partido y de sus antiguos aliados dentro de los movimientos, y se resistieron tenazmente a abrir un debate público referente a la elaboración de un 'Plan B' fuera de la Eurozona, por si el 'Plan A' de "fin a la austeridad dentro de la eurozona" fallase, por temor a que esto fuera utilizado en su contra por la oposición pro-austeridad como prueba de que tenían una agenda oculta desde el principio.
Por desgracia, los acontecimientos recientes tienden a dar la razón a los que sostenían que, dada la deslegitimación y la fragilidad extrema del gobierno anterior, un nuevo memorándum sólo era posible a través de un nuevo y popular gobierno ‘progresista’. Este es probablemente el papel que Syriza acabó jugando involuntariamente, usando sus amplias reservas de capital político.
Levantando el velo de la ilusión
El hecho de que Syriza no consiguió cumplir ninguna de sus promesas electorales o revertir la lógica de austeridad levanta el velo de ilusión respecto a las soluciones institucionales desde arriba y deja a los movimientos de base exactamente donde comenzaron: siendo la principal fuerza antagónica al asalto neoliberal a la sociedad y la única fuerza capaz de imaginar un mundo diferente que va más allá de las instituciones fallidas del mercado capitalista depredador y la democracia representativa.
Sin lugar a dudas muchos activistas honestos y comprometidos están vinculados a las bases partidistas de Syriza. Es ahora su tarea reconocer el fracaso del plan de Syriza y resistir los esfuerzos del gobierno para vender el nuevo memorándum como un desarrollo positivo o inevitable. Si Syriza, o una parte mayoritaria del mismo, decide permanecer en el poder –en este conjunto gubernamental o en algún otro, más servil, establecido por los acreedores– y supervisar la aplicación de este brutal memorándum, es la tarea de la bases del partido rebelarse y unirse con otras fuerzas sociales en busca de una salida a la barbarie, a romper filas de un partido que podría ser rápidamente convertido de una fuerza de cambio en un administrador reacio de un sistema brutal sobre el cual no tiene ningún control.
El papel de la Izquierda –definida en términos amplios– no es la de un administrador más benévolo de la barbarie capitalista: después de todo, ese era el propósito original de la socialdemocracia, un proyecto que se agotó ya en la década de los 80. No puede haber "austeridad con rostro humano": la ingeniería social neoliberal es un ataque a la dignidad humana y a los bienes comunes en todas sus manifestaciones, de derecha o de izquierda.
He argumentado en otro lugar que el 'no' en el referéndum de la semana pasada fue ambivalente, y la lucha para darle sentido acaba de empezar. Horas después del anuncio de los resultados, el primer ministro Tsipras interpretó el veredicto popular como un mandato para "mantenerse dentro de la Eurozona a cualquier precio'. Es evidente, sin embargo, que el nuevo paquete de 'rescate', está fuera de su mandato: el Plan A, el único plan de Syriza, que vaticinaba el fin de la austeridad sin un enfrentamiento con los poderes fácticos ha fracasado totalmente.
El Plan B, promovido en diversas formas por Antarsya, el Partido Comunista y la propia Plataforma de Izquierda de Syriza aboga por una recapacitación productiva fuera de la Eurozona. Aunque se hace cada vez más popular después de que la inflexibilidad del proyecto europeo se ha hecho evidente, todavíaes un plan productivista, centrado en el Estado, de arriba hacia abajo, que no pone en tela de juicio los significados dominantes del capitalismo: el crecimiento capitalista sin fin, la economía extractiva, la expansión de la producción, el crédito y el consumo. Por otra parte, mediante el atrincheramiento nacional que promueve, conlleva el peligro de desviaciones autoritarias.
Un punto de inflexión decisivo
Como siempre, la crisis griega es un punto de inflexión referente al futuro del proyecto europeo. Los representantes de la línea dura en la Eurozona insisten en culpar a la gente de la periferia europea por los defectos estructurales de la moneda común y por su propia insistencia en socializar la deuda privada a través de los eufemísticamente llamados "paquetes de rescate". Al mismo tiempo, están envenenando las mentes de la gente del norte de Europa con un discurso moralista neocolonial propagado a través de los medios de comunicación.
La percepción de pérdida del poder político sobre su propia vida está haciendo que muchos europeos den un giro hacia partidos xenófobos y reaccionarios que prometen un retorno al Estado-Nación autoritario. La izquierda europea mira con perplejidad como sus esperanzas de una UE basada en la solidaridad y la justicia social se desvanecen junto con los esfuerzos de Syriza de negociar una salida humana de la crisis de la deuda griega.
Es el momento oportuno para que una amplia alianza de fuerzas sociales lleve adelante un "Plan C", basado en la colaboración social, el autogobierno descentralizado y la administración de los bienes comunes. Sin pasar por alto su importancia, la política electoral nacional no es el campo privilegiado de acción cuando se trata de la transformación social.
La extinción de la democracia en Europa debe complementarse por el fortalecimiento de las comunidades auto-organizadas a nivel local y el establecimiento de fuertes lazos entre ellos, junto con un giro hacia una economía basada en la solidaridad y las necesidades humanas, y la gestión y defensa colectiva de los bienes comunes. El contrapoder social de los oprimidos debe enfrentar el poder social del capital directamente en su espacio privilegiado: la vida cotidiana.
En Grecia, después de dar una vuelta completa, el debate sobre nuestro futuro más allá de la austeridad acaba de empezar. El rotundo 61% de rechazo a la austeridad sirve para recordarnos que este debate es urgente, y la reactivación de los movimientos sociales que prefiguran nuevas relaciones sociales construidas desde abajo es inminente, después de algunos años de relativa desmovilización. Tenemos por delante un nuevo ciclo de resistencia creativa, de forjar sujetos colectivos y de experimentación incansable por la transformación de nuestra realidad desde abajo.
Theodoros Karyotis es sociólogo, traductor y activista que participa en movimientos sociales que promueven la autogestión, la economía solidaria y la defensa de los comunes. Escribe en autonomias.net y tuitea en twitter.com/TebeoTeo

FUENTE: Rebelión

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