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domingo, 21 de mayo de 2017

La Guerra Civil que Pérez-Reverte no te contó

 

 

El cómic "¿Qué fue la Guerra Civil?", de Carlos Fernández Liria y Silvia Casado Arenas ofrece un relato de vencedores y vencidos que supone una replica al que publicó el escritor murciano el año pasado, que califican de equidistante


Alejandro Torrús
Público

Cuentan Silvia Casado Arenas y Carlos Fernández Liria que el libro de Arturo Pérez-Reverte La Guerra Civil contada a los jóvenes (Alfaguara) es una obra que dice cosas "muy ciertas", pero que peca de "equidistante". Critican que el cómic venga a decir únicamente algo así como que la guerra española fue un enfrentamiento entre dos bandos rivales que provocó un enorme sufrimiento. Y así fue. No cabe duda. Pero la Guerra Civil ─dicen Casado Arenas y Fernández Liria─ fue otras muchas cosas también "muy ciertas" que se omiten en el relato de Pérez-Reverte. Este es el motivo por el que se han lanzado a publicar ¿Qué fue la Guerra Civil? Nuestra historia explicada a los jóvenes (Akal).

"Intentamos sacar a la luz algunos aspectos de la guerra que también son ciertos y deben ser tomados en cuenta. Será el lector, por joven que sea, quien tendrá que preocuparse de interpretar qué es, entonces, lo que realmente sucedió", explican los autores en el prólogo de la obra, ilustrada por David Ouro.

Así, lo primero que intentan explicar Silvia Casado y Carlos Fernández es qué y quién está detrás del golpe de Estado. Si bien Pérez-Reverte señala que hay una sublevación militar contra el legítimo Gobierno republicano, Casado y Fernández ponen el énfasis en explicar quién está detrás de los militares.

Explican que "los banqueros y los militares más simpatizantes del fascismo italiano y alemán se aliaron contra la democracia", "recibieron apoyo de la jerarquía de la iglesia" y que estuvieron financiados por Juan March, mayor banquero de España, y por los grandes terratenientes.

Por otro lado, si Pérez-Reverte dibuja la Guerra Civil como una especie de "confrontación inevitable" en "tiempos exaltados", la réplica editada por Akal explica que la causa de fondo es que "los capitalistas comprendieron que la democracia misma era una amenaza para sus intereses económicos y comenzaron a apoyar a partidos y sindicatos de extrema derecha con programas antidemocráticos".

"Hoy, el cine y los libros de texto de historia nos lo pintan como monstruos aberrantes, racistas y genocidas (y, sin duda, lo eran) pero en aquellos tiempos fueron tolerados, apoyados o financiados por las élites económicas europeas", inciden los autores en su texto.
No intervención y una España comunista

Una diferencia radical entre ambos libros es la manera de contar la intervención de las potencias extranjeras en la Guerra Civil y el Comité de No Intervención. Pérez-Reverte cuenta que Francia e Inglaterra "prefirieron mantenerse neutrales", mientras que la Alemania nazi y la Italia fascista "tomaron partido por las tropas rebeldes" y la Rusia soviética intervino activamente "confiando en que una victoria republicana acabaría convirtiendo a España en un país comunista".

La obra ¿Qué fue la Guerra Civil? explica que la participación soviética en la Guerra Civil española se produjo una vez que se comprobó que alemanes e italianos estaban saltándose la no-intervención pactada y que fue menos relevante que la prestada por las potencias nazis. Así, esta obra también explica que EEUU se mantuvo neutral, pero que sus empresas vendieron el petróleo a los militares sublevados vulnerando el contrato firmado con el Gobierno de la República.

Llama la atención, no obstante, la afirmación de Pérez Reverte de que la Rusia comunista creía en una próxima España comunista. Una afirmación difícilmente contrastable. En este aspecto, entra en muchos más detalles la obra editada por Akal que entra a explicar las diferentes posturas dentro de la España republicana sobre la necesidad de defender la República o realizar una revolución.
¿El revisionismo?

La obra de Casado y Fernández Liria denuncia la aparición de historiadores "revisionistas", que se visten de "neutrales". Estos revisionistas se sirven de que en el bando republicano hubiera revolucionarios para mantener que en la Guerra Civil se enfrentaron dos fuerzas igualmente radicales y que solo una minoría luchó por la legalidad del orden republicano, por lo que los dos bandos serían igualmente culpables. La pieza fundamental de esta argumentación es la conocida como Revolución de 1934, que tuvo su epicentro en la cuenca minera asturiana.

No obstante, Fernández Liria y Casado Arenas recuerdan en su obra que "el llamamiento a la insurrección por parte de la izquierda tuvo que ver con la llegada al gobierno de ministros fascistas que admiraban a Hitler y Mussolini". Asimismo, también denuncian que la "simetría" que buscan el revisionismo es "completamente falsa" ya que "los comunistas y los socialistas lucharon por la legalidad democrática, ganaron las elecciones y fue entonces cuando se produjo el golpe de Estado, con la ayuda de los nazis y los fascistas italianos".

"Los partidarios del golpe de Estado, los que lo apoyaron y lo financiaron, eran las élites más ricas del país, dispuestas a aliarse con Mussolini y con Hitler, las mismas que luego sostuvieron la criminal dictadura de Franco durante 40 años. Los protagonistas de los intentos revolucionarios eran las clases populares, inmersas por aquel entonces en una pobreza terrible, obreros y campesinos que luchaban por un poco de justicia social", explican.
De la represión incontrolada a la organizada

Un matiz nada desdeñable que diferencia radicalmente ambas obras es el énfasis que se dedica a esclarecer que la represión del bando sublevado estuvo organizada, controlada y alentada por los dirigentes del golpe de Estado, mientras que la vivida en la parte controlada por el Gobierno republicano se debe al "desorden y a elementos incontrolados" y que las autoridades republicanas, con Azaña a la cabeza, hicieron reiteradas llamadas al orden social.

Así, Pérez-Reverte da buena cuenta en su libro, en el capítulo dedicado a "las atrocidades", de que "en los dos lados se sucedieron las denuncias, los encarcelamientos y las ejecuciones" y hay que esperar hasta el capitulo de la represión republicana para leer que la diferencia entre las represalias franquistas y las republicanas es que las primeras estaban organizadas desde los altos mandos. Casado y Fernández, por su parte, inciden con mucha más fuerza en el hecho de que el Gobierno republicano trató en todo momento de dominar el caos y poner fin a los "ajusticiamientos y venganzas personales".
Un básico más completo

Carlos Férnandez y Silvia Casado incluyen en su edición para jóvenes de la Guerra Civil un buen número de temáticas que apenas sí son mencionadas en el libro de Pérez Reverte. Un ejemplo de ello es el papel de los intelectuales. Si en el caso de Pérez-Reverte se limita a recordar el ¡Viva la Muerte! de Millán Astray a Unamuno y los asesinatos de García Lorca y Muñoz Seca, la obra de Akal dedica un capítulo entero para incluir los casos de mujeres como María Zambrano, Clara Campoamor o Ernest Hemingway.

No obstante, no es el único ejemplo. El libro ¿Qué fue la Guerra Civil? incluye las diferencias en la política cultural de ambos lados, da más información sobre las Brigadas Internacionales y compara con mucho más detalle el protagonismo de las mujeres y la lucha feminista. Así, Pérez-Reverte escribe que los abusos a mujeres fueron más frecuentes en la zona sublevada y que los avances para la mujer que había traído la República fueron eliminados en el franquismo.

Por su parte, Casado y Fernández Liria reconocen el papel de la mujer durante los primeros compases de batalla también como miliciana y prestan una especial atención a mujeres notables como Federica Monseny, ministra de Sanidad en 1936 que defendió el derecho al aborto y llegó a desarrollar un proyecto para su legalización. También recuerda que el ideal femenino del franquismo es el de "servir de perfecto complemento del hombre".

Fuente: http://www.publico.es/politica/guerra-civil-perez-reverte.html

viernes, 5 de agosto de 2016

Historia de los brigadistas chinos que lucharon en la guerra civil española, su valor y sus destinos



South China Morning Post


Agricultores analfabetos, trabajadores manuales, funcionarios públicos, unos 100 chinos se unieron a las brigadas internacionales que ayudan a luchar contra los fascistas del general Franco hace 80 años. A pesar de ser pocos en número, dejaron un recuerdo duradero.


En el otoño de 1937, Zhang Ruishu estaba disfrutando de uno de sus raros descansos de su trabajo de 14 horas diarias en primera línea del frente. Uno de los pocos, si no el único chino en Madrid, que no había pedido permiso de descanso -quedaba mucho que hacer-, pero su comandante había insistido en que se lo tomara. La capital española estaba decorado con desafiantes banderas desgarradas en que se leía "No pasarán " y "Madrid será la tumba del fascismo". Zhang había visto a menudo antes estos signos. En un puesto de periódicos, sin embargo, un gran cartel promocional en la revista de noticias española la Estampa le llamó la atención.

El intrigante cartel mostraba la cara de un hombre de perfil. No era una cara bonita, sino ruda y curtida, con el pelo muy recortado, mejillas hundidas y un montón de dientes torcidos en una boca ligeramente abierta -la cara de un tonto que ha conocido dificultades. De repente, una multitud se agolpaba alrededor de Zhang; los ojos se abrían y los dedos le apuntaban. "Es él!" Clamaron, lanzándose hacia adelante para estrechar la mano del desconocido.


Los soldados chinos que lucharon en la guerra civil americana 30.6.2013


Casi 20 años después del día en que puso el pie en suelo europeo, el humilde hombre de 44 años de edad de la provincia de Shandong, ahora médico con las fuerzas republicanas en la lucha contra el fascismo en la guerra civil española, fue aclamado como un héroe en un país a casi 10.000 kilómetros de su casa.

Poco más de un año antes, el 17 de julio de 1936, al mismo tiempo que militarismo japonés se volvía cada vez más pesado en China, un grupo de oficiales [traidores] de derechas del ejército español, dirigido por el general Francisco Franco, se levantó contra el gobierno republicano democráticamente elegido. El movimiento marcó el comienzo de una guerra civil que se prolongó durante dos años y ocho meses y hacía entrever un conflicto aún mayor en Europa.

Mientras que los nacionalistas de Franco eran asistidos abiertamente por las fuerzas alemanas e italianas de los dictadores fascistas Adolf Hitler y Benito Mussolini, las naciones democráticas como Francia y Gran Bretaña aplicando una política oficial de no intervención para disgusto de muchos de sus propios ciudadanos, que vieron la contienda como una lucha contra los males del fascismo y el preludio de un conflicto aún mayor en Europa.

Reseña del libro: Entre los Headhunters - increíble historia real de la arena del tiempo de guerra en Birmania 20.6.2016

En respuesta a la indiferencia de sus gobiernos, decenas de miles de trabajadores, sindicalistas y estudiantes de izquierda se movilizaron y dirigieron a España, a tomar las armas. El número de combatientes extranjeros que lucharon en lo que llegó a ser conocido como las Brigadas Internacionales se ha estimado en 40.000, con voluntarios de 53 países, entre ellos Francia (9.000 personas), Estados Unidos (2800), Gran Bretaña (2.500), Polonia (3000) e incluso Alemania (4.000) e Italia (3000). Llegaron de Costa Rica y Albania, de Grecia, Cuba y Argentina, de Finlandia, Irlanda, Sudáfrica y Bulgaria.

Y llegaron desde China


Una investigación de varias décadas de Len y Hwei-Ru Tsou, dos investigadores americano-taiwanés (ahora retirados y con domicilio en San José, California), ha demostrado que más de 100 chinos combatieron hombro con hombro con los republicanos [y anarquistas]. Algunas de sus historias se detallan en el libro de la pareja, La llamada de España: Los voluntarios chinos en la Guerra Civil española (1936-1939), que fue publicado por primera vez en chino tradicional en Taiwán en 2001 (y ampliado en 2015), y en español y chino simplificado en 2013, con nuevo material añadido, que ahora sale a la luz.

'La llamada a las armas de Tsou' [Tsou's call to arms ] fue una película documental realizada en los EE.UU.

    "Creo que fue alrededor de 1986, que vimos 'El Buen Combate' [The Good Fight], dice Len Tsou, señalando que el documental se centró en la Brigada Abraham Lincoln, un batallón de combatientes estadounidenses que habían viajado a España. "Nos quedamos muy sorprendidos de que tantos voluntarios de todas partes del mundo se hubieran alistado. Comenzó entonces nuestro interés en las brigadas internacionales, y hemos aprendido todo lo que pudimos".

Ese año fue el 50 aniversario del inicio de la guerra, y los veteranos de la Brigada Abraham Lincoln publicaron un folleto para recordar la ocasión. Contenía una lista completa de los voluntarios.

    "Len y yo hechamos un vistazo y vimos que había tres nombres chinos allí", dice Hwei-Ru Tsou. "Nos quedamos estupefactos. Los chinos en ese momento estaban luchando por su propia supervivencia - intentando rechazar la agresión japonesa ".

En el amor y en la guerra: una luna de miel en Hong Kong para Ernest Hemingway y Martha Gellhorn 13.2.2016

Una semilla había brotado, y la pareja cavó más profundo. Con muchos veteranos de guerra envejeciendo, los investigadores tuvieron que moverse rápido, viajando varias veces a España, China, Francia, Países Bajos, Bulgaria, Alemania y otros países para entrevistar a ex soldados, ex voluntarios, familiares y amigos, y entresacar la información de entre el marasmo de documentos oficiales.

Descubrieron que los chinos habían venido de todos los estratos, algunos de familias de funcionarios públicos, otros de lo más bajo de los trabajadores manuales y los agricultores analfabetos. Como su número había sido relativamente pequeña, no había habido ninguna brigada china oficial en España, y luchado en batallones de otras naciones, por lo general elegido en función de sus habilidades lingüísticas.

Aunque los fascistas de Franco tenían poder de su lado, los republicanos no estaban completamente solos: recibieron ayuda material y más de 2.000 tropas de combate de la Unión Soviética.

Mao Zedong envió una carta abierta de apoyo a los republicanos en el de mayo de 1937.

    "Si no fuera por el hecho de que tenemos el enemigo japonés frente a nosotros", escribió Mao, "seguramente nos uniríamos a sus tropas".

Lo que Mao quizá no sabía era que, para aquel entonces, un número de chinos ya estaban allí.

El camino de Zhang a Europa comenzó ya en 1917, cuando - en los tiempos de la Primera Guerra Mundial - Gran Bretaña y Francia reclutaron a más de 100.000 chinos con el fin de que trabajaran en las fábricas cuyas plantillas regulares ahora estaban luchando en el frente. Nacido en la pobreza extrema en 1893, Zhang - huérfano siendo ya adolescente, sin trabajo, analfabeto y desesperado - se había registrado a bordo de un barco lleno de casi otros 2.000 hombres chinos con destino a Marsella.

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Después de un viaje agotador 70 días por mar, Zhang se puso a trabajar en una fábrica de papel francesa. En menos de un año, sin embargo, Alemania se había rendido, la 1º Guerra terminó y los trabajadores chinos fueron un exceden para las necesidades franceses. La mayoría fueron enviados de vuelta a casa.

Sin familia y sin perspectivas en China, Zhang decidió quedarse y probar suerte, realizando los trabajos más desagradables y peligrosos (desenterrar cadáveres o detonación de bombas de gas sin explotar, por ejemplo) que los franceses evitaban.

También proveniente de Shandong, fuerte y valiente, Liu Jingtian nació en 1890. Tras su paso por el Ejército Chino también viajó a Francia en 1917, se quedó al terminar la guerra y en 1924, él y Zhang (cada vez más un autodidacta ahora enseñaba francés) obtuvieron un empleo estable en la planta de fabricación de automóviles Renault en el oeste del suburbio [gueto] parisino de Boulogne-Billancourt. Al igual que muchos trabajadores de la industria del momento, se unieron al Partido Comunista Francés y, cuando estalló la guerra civil española, fueron llamados a bajar las herramientas, cruzar los Pirineos a pie y luchar contra el fascismo.

Zhang y Liu llegaron a España en noviembre de 1936, y aunque se les pidió a convertirse en ametralladores de la Brigada Internacional , por sus edades (ambos estaban en sus 40s) se les asignó a los equipos médicos como camilleros, a menudo encargados de rescatar a los soldados heridos bajo el fuego enemigo. Como se describe en el Estampa, Zhang fue herido en el pecho, hombros y las manos durante el desempeño de sus funciones. También una dramática fotografía en el calor de la batalla que muestra a Liu rescatando a un soldado herido fue publicada en el diario español Frente Rojo, fue entonces alabado en reconocimiento a su heroísmo.

    "En ese momento, era probable que si iban no recuperaran de nuevo sus trabajos [en la Renault de París]; Incluso puede que no fueran capaces de volver a Francia, "dice Hwei-Ru Tsou," pero ellos fueron de todos modos, porque era una pelea muy importante. Estos dos tipos no eran jóvenes, los dos estaban solteros, y dijeron entre sí: "Si los trabajadores franceses van, cuando tienen familias, tienen hijos, entonces nosotros vamos también." Fueron extraordinarios, y también muy queridos por sus compañeros. Eran muy valientes".

Luchando con la Brigada Abraham Lincoln, estaban Zhang Ji de Minnesota y Chen Wenrao de Nueva York, que eran a demás originarios de China. Chen, nacido en la provincia de Guangdong y fue muerto en la sangrienta batalla de Gandesa, en 1938, a la edad de 25 años. Zhang, sin embargo, sobrevivió a la guerra en España.

Viniendo de una familia educada de relativamente privilegiada en la provincia de Hunan, Zhang Ji había salido de China hacia San Francisco en 1918, recibiendo el título de Ingeniero de Minas por la Universidad de Minnesota en 1923. Después de la crisis financiera del 1929, en que perdió su trabajo como una ingeniero y se radicalizó, se unió al Partido Comunista de los Estados Unidos en 1935. En marzo de 1937 a la edad de 37 - Zhang Ji subió a bordo del trasatlántico SS París en Nueva York y se dirigió a Francia, luego cruzó los Pirineos hacia España. Alto, delgado y desgarbado, y no físicamente el más fuerte de voluntarios, Zhang Ji fue asignado inicialmente como conductor de camión, antes de tomar funciones de secretario.

Se describe en 'La llamada de España' a un silencioso y misterioso doctor chino-indonesio, Bi Daowen (que también fue conocido por el nombre Indonesio como Tío Oen Bik) de Java, tenía 31 años cuando llegó a España, en septiembre de 1937.

Mientras que uno de los más fervientemente políticos de entre los chinos, delgado, con binóculos, fue Xie Weijin, que nació en la provincia de Sichuan en 1899. Xie participó en el Movimiento Antiimperialista del Cuatro de Mayo en Shanghai en 1919 antes de dirigirse a Francia.

En la década de 1920, se unió a la Liga de la Juventud Comunista en Europa y al Partido Comunista de la rama europea china, y una foto tomada en una reunión en Berlín en 1927 muestra a Xie entregando una pancarta con la leyenda "De los Trabajadores de la huelga de Hong Kong y Kowloon" al líder comunista alemán Ernst Thalmann, que fue asesinado a tiros por orden expresa de Hitler en el campo de concentración de Buchenwald en 1944.

Xie se dirigió a España en abril de 1937. En una carta al Partido Comunista de España escribió: "llegué a España no para una estancia corta, sino para ir al frente de batalla. Me esforzaré al máximo en combatir como soldado. Espero que el comité me conceda este derecho y deje que me una a las Brigadas Internacionales al igual que muchos otros compañeros extranjeros".

Xie se hizo ametrallador con el batallón de Austria, pero fue retirado de la primera línea por un disparo que atravesó su pierna derecha, por debajo de la rodilla.

De acuerdo con la investigación de los Tsou, Chen Agen fue posiblemente el único voluntario chino que llegó a la guerra directamente desde China. Chen, de hecho, huía de las autoridades después de haber organizado un sindicato en Shanghai. Mientras se dirigía a Europa en 1937, un cocinero vietnamita - se rumorea que fue Ho Chi Minh - quien encandiló a Chen con fábulas de la intrepidez anti-fascista de España, por lo que viajó allí para luchar; sólo para ser capturado y puesto a trabajar como prisionero de guerra sirviendo de mano de obra.

Con un embargo de armas, de acuerdo con la política de no intervención de muchos países, en 1938 los republicanos estaban en retirada, y en octubre el mando ordenó la disolución de las Brigadas Internacionales, con la esperanza [excusa] de convencer a los aliados extranjeros de los nacionalistas [fascistas] de retirar sus tropas; pero fue en vano, y la guerra terminó oficialmente el 1 de abril de 1939, con victoria de los nacionales.


Las suertes de los voluntarios de las Brigadas Internacionales Chinos después de la Guerra


Las suertes finales de los voluntarios de las Brigadas Internacionales fueron tan variadas como sus orígenes.

Chen no fue liberado de la cárcel hasta 1942, y su rastro rápidamente se perdió en Madrid.

Zhang Ji huyó de España después de la disolución de las Brigadas Internacionales y llegó a Hong Kong, donde en marzo de 1939 tas sus experiencias en la guerra civil española publicó las "viñetas españolas" en el periódico mensual Tien Hsia.

Chang había escrito de su deseo de unirse a VIII Ejército de Mao a su regreso a China, pero se desconoce si tuvo éxito - los Tsou no han encontrado ningún registro de su paradero después de Hong Kong.

Bi se enroló en China y en 1940 estaba en Yanan con las tropas de Mao. Bi fue uno de los voluntarios extranjeros que volvieron y fueron venerados como "los médicos españoles", apoyando el esfuerzo de guerra de China contra Japón. Los médicos habían llegado en China desde Polonia, Alemania, Canadá, Gran Bretaña, India y muchos otros países, y habían servido en los campos de batalla españoles. Bi se mantuvo en Yanan hasta 1945 tras la rendición japonesa, trabajó en la Unión Soviética antes de regresar a Indonesia, donde fue condenado al ostracismo por sus acciones revolucionarias y creencias políticas. No se supo nada de él después de 1966, un año después del golpe militar de Suharto, y se sospecha que Bi pudo haber sido ejecutado.

    "Cuando lo oí, lloré", dice Hwei-Ru Tsou. "Sentí que había llegado a conocerlo. Lo sentía muy cercano a mi. Más tarde supe mucho acerca de sus hechos, no sólo en España sino también en China. Sentí que este gran hombre había sido olvidado, no sólo por su propio pueblo, pueblo de Indonesia, y sus compañeros, sino también por el mundo. Fue un hombre que vivió de sus ideales, y que tuvo un gran valor. Era un hombre increíble ".

A principios de 1939, Xie fue uno de los cientos de miles de refugiados republicanos que huyeron a Francia, donde fueron confinados en el famoso Campo de Concentración de Gurs durante ocho meses antes de regresar a China a través de Singapur, Hong Kong y Vietnam. Xie luchó con el Ejército Rojo contra los japoneses. Con el tiempo de trabajo como ingeniero para la fuerza aérea china en la década de 1950 y principios de los años 60. En 1965, sin embargo, Xie fue purgado por el Partido Comunista y acusado de revisionista debido a su implicación con los extranjeros en Europa. Murió de cáncer en 1978, no habiendo podido ser "rehabilitado".

Liu llegó a Yanan a finales de 1939 y fue admitido en el Partido Comunista en 1946. Se sabe que trabajó en proyectos de construcción, incluyendo las [arqueológicas] viviendas cavernícolas de Yaodong por las que Yanan se hizo famoso, pero luego su rastro se pierde.

Q & A: El destino de 200.000 trabajadores chinos en Rusia durante la primera guerra mundial 7.8.2014

¿Y el cartel del muchacho del Estampa?


De acuerdo con Hwei-Ru Tsou, cuando los voluntarios internacionales se retiraron en 1938, Zhang Ruishu volvió a París y fue rápidamente detenido por el gobierno francés. Finalmente liberado con ayuda del Partido Comunista Francés, su antiguos compañeros de trabajo y sindicalistas de la Renault pagaron su pasaje en barco a China en el año 1939. A partir de 1949, trabajó en varias posiciones administrativas para la agencia de noticias Xinhua, retirándose en 1958. Diez años más tarde, solo y olvidado, calló a las puerta de su casa, y murió ese mismo año, a la edad de 75.

Para Hwei-Ru Tsou, las experiencias de los voluntarios chinos, que lucharon - y en algunos casos murieron - por sus convicciones internacionalistas en el lado opuesto del planeta de su tierra natal, no son mera historia, son ejemplos que brillan en un mundo habitualmente sacudido por tormentas políticas y la creciente intolerancia.

"Sus historias - en los tiempos actuales - son muy importantes", dice ella. "La situación en aquel entonces, - con Hitler y Mussolini levantandose sobre Europa, la situación económica y política en ese momento - podría regresar, y vemos signos de esto en algunos lugares del mundo.

"Estas historias pueden servir para mantenernos alerta."

Traducción: The Chinese volunteers who fought in the Spanish civil war - their amazing courage and obscure fates | South China Morning Post 18.7.2016 vía tarcotecacounterinformation.blogspot
Fuente: Rebelión.org

jueves, 28 de julio de 2016

La memoria dividida del 36


Foto La Vanguardia


BORJA DE RIQUER I PERMANYER

Ahora, cuando hace 80 años del comienzo de la Guerra Civil, tal vez es pertinente comentar una afirmación del informe hecho hace dos años por el relator especial de las Naciones Unidas, Pablo de Greiff, respecto de la política española sobre la promoción y la protección del derechos humanos: “Los legados de la Guerra Civil y de la dictadura continúan siendo objeto de diferencias más profundas de lo que podrían ser”. Desgraciadamente, esta es una gran verdad: hoy en España hay una memoria histórica dividida sobre cómo interpretar los años de la república, la Guerra Civil y el franquismo.

Después de más de 40 años de la muerte del general Franco, todavía hay discrepancias que dificultan un consenso político, e incluso historiográfico, sobre esta cuestión. Hay divergencias sobre el significado y el carácter del mismo régimen republicano y, derivado de eso, sobre las causas y las responsabilidades en el estallido de la Guerra Civil. Son pocos, ciertamente, pero todavía hay políticos, periodistas e historiadores que presentan la rebelión de julio de 1936 como la simple respuesta al asesinato de Calvo Sotelo. Desaparece, así, la conspiración militar organizada desde finales de 1935 y acelerada después de la victoria de las izquierdas en febrero de 1936. Otros sostienen recientemente que fue “el innato revolucionarismo socialista” el principal responsable de la inestabilidad del régimen republicano, y ex­culpan la actuación de las extremas derechas. Según estos, el “clima prerrevolucionario” y violento creado por los socialistas en la primavera del 36 en buena parte de la España rural y en Madrid fue el que explica que el golpe de Estado estuviera motivado sólo por la necesidad de poner orden, y no para acabar con el régimen republicano.


Ya va siendo hora de que dejemos de lado los sesgos heredados del franquismo, que necesitaba justificar el levantamiento militar, para buscar la verdad y poner las cosas en su sitio. Hay que recordar que el golpe de Estado se preparó mucho antes, como se ve en las instrucciones escritas por el director de la conspiración militar, al general Emilio Mola, ya a finales de 1935. Mola reprobaba claramente el sistema democrático: “Hay que evitar las elecciones, de las cuales sacarían algunos partidos de izquierda argumentos para intervenir en el Gobierno”. Y lo decía explícitamente, había que acabar con aquel régimen: “Nada de turnos ni transacciones: un corte definitivo, un ataque contrarrevolucionario a fondo es lo que se impone... la destrucción del régimen político actualmente imperante en España”. El jefe de los militares conspiradores consideraba necesario aniquilar la democracia e imponer una dictadura: “En el porvenir, nunca debe volverse a fundamentar el Estado ni sobre las bases del sufragio inorgánico, ni sobre el sistema de partidos, ni sobre el parlamentarismo infecundo”. No podía ser más claro: el golpe de Estado iba contra el sistema democrático republicano. El desorden existente era una simple excusa.

De hecho, hay una pregunta que sirve perfectamente para mostrar la raíz política de las divergencias interpretativas actuales: ¿la Segunda República es hoy un precedente democrático reivindicable por las instituciones políticas?; ¿o la democracia en España nace con las elecciones del 15 de junio de 1977? Este es el elemento fundamental de la gran discrepancia. Si se acepta que la Segunda República fue un régimen democrático, con todas las deficiencias, problemas y tensiones que se quieran, pero legítimo, y se sostiene que tenía una Constitución que daba garantías a los ciudadanos, se tiene que concluir inequívocamente que la rebelión militar de 1936 fue antidemocrática. Si, por el contrario, se defiende que el régimen republicano era tan caótico, sectario, violento que no permitía la convivencia política, las responsabilidades sobre su quiebra estarían mucho más compartidas y eso minimizaría las de los que se rebelaron en 1936.

Es innegable que el régimen republicano fue muy frágil y que casi todas las formaciones políticas y sindicales cometieron graves errores e imprudencias, y que el sectarismo fue amplio y compartido. Ahora bien, esta situación política no difería demasiado de la existente en la mayoría de los regímenes democráticos de la Europa de entonces, que también vivían grandes tensiones políticas y sociales. Si bien no se puede ocultar que entre las izquierdas había enemigos de la democracia, lo cierto es que en julio de 1936 la razón democrática estaba al lado de los que defendían la legalidad. Y, además, no es un hecho irrelevante que dos veces seguidas, el año 1933 y el año 1936, y por primera vez en la historia hispánica, el gobierno que convocaba unas elecciones las perdiera y que las ganara la oposición, lo que reflejaba que el juego democrático de la alternancia empezaba a asentarse. Manuel Azaña sostenía que el principal reto que en 1931 tenían los españoles era “ enseñarles a gobernar en democracia”. No los dejaron casi ni probarlo.

Es ciertamente preocupante que hoy no exista una memoria compartida sobre el significado de la Segunda República, de la Guerra Civil y del franquismo y que todavía se recurra a la mani-pulación de los hechos históricos con la fi-nalidad de ocultar responsabilidades. En algunos países democráticos justificar el golpismo anticonstitucional y hacer apología de una dictadura es un delito perseguido por la justicia. En la España del siglo XXI, la Fundación Francisco Franco lo puede hacer con toda impunidad. Esta es una muestra fehaciente de las grandes insuficiencias de unas políticas de memoria que no han conseguido detener la difusión de planteamientos notablemente sesgados sobre nuestro pasado.

BORJA DE RIQUER I PERMANYER

Fuente: La Vanguardia

domingo, 17 de julio de 2016

18 de julio: ochenta años de la guerra de nunca acabar




Con las cosas de morir no hay que jugar. Siempre hubo golpes de estado, desde la antigua Roma hasta la actual Turquía, aunque a veces ignoremos cual es el golpe real, si se tienen en cuenta el centenar de muertes y las redadas masivas entre el ejército, la justicia y la sociedad civil que está propiciando Recept Tayipp Erdogan, el martillo de los kurdos, desde que le ganó el pulso a los golpistas con la ayuda de la población y del Skype. Tampoco falta quien polemice sobre la naturaleza de los asesinos: sabemos que Mohamed Lahouaiej-Bouhlel, el diablo sobre ruedas que masacró la Niza del 14 de julio, no era Dennis Weaver ni lo dirigía el misacantano Steven Spielberg, pero ignoramos si era un simple psicópata, un fanático religioso o gozaba de ambas identidades; un carnicero en cualquier caso, desde los mandos de su camión zigzagueante, matando marcianitos de verdad en la Nintendo del paseo de los ingleses.

Es bueno que todo esté sometido a duda. Pero hay sucesos indudables con los que, sin embargo, intentan marearnos la perdiz. El 18 de julio de 2016 se cumplen ocho décadas de una guerra de nunca acabar, que comenzó con un golpe de Estado y derrapó como un camión loco asesinando a destajo a lo largo de cuarenta años y un día. Desde la recuperación de las libertades públicas y en el proceso de construcción de la democracia, se nos ha intentado sin embargo enmascarar la realidad hasta convertir las víctimas en verdugos y viceversa. Lo peor no ha sido que toda una generación –la mía–, primero por miedo y luego por desidia, no haya logrado sentar en el banquillo al totalitarismo español y a sus cómplices, ese reguero de casullas, gorras con borlones, charnaques con entorchados, camisas azules, ternos tecnócratas, delatores, chaqueteros y verdugos que no eran de Berlanga. Tampoco sigue siendo lo peor el hecho de que cunetas y cementerios estén llenos de fosas comunes, de cuerpos sin identificar y de poetas perdidos en un proceso de excavación tan insufriblemente lento como el de la aplicación de la ley de memoria histórica que sigue tolerando que nombres de asesinos identifiquen todavía calles, avenidas, plazas o lugares públicos.

Lo peor es que persiste un fascismo de baja intensidad que ya no necesita sacar a los tanques o a los regulares a la calle. El que mantiene y acrecienta los privilegios del Vaticano, cuyos obispos y cardenales madrugaron a la hora de alzar el brazo del saludo romano en la España nacional-católica: el Papa Francisco haría bien en pedir disculpas por aquella bendición del fratricidio. El que sella la impunidad de esa oligarquía que no sólo se beneficia de las amnistías fiscales sino de una legislación laboral que amordaza a los sindicatos, engrilla los convenios y somete a los trabajadores como si hubiéramos retornado al siglo XIX, esa centuria que Juan Rosell, presidente de la CEOE, relaciona con el trabajo fijo y seguro. Si la España de hoy traga, incluso por la vía de las urnas, con leyes mordaza y, en vez de Sección Femenina, dinamitan el ministerio de Igualdad, ¿a qué meternos en cintura con los leones de Rota, la Legión Cóndor y los requetés con sus campechanos curas trabucaires?

En vez de alocuciones radiofónicas de Queipo de Llano, al día de hoy, contamos con una división mediática que, en el mejor de los casos, ha deparado una cierta equidistancia entre los horrores de uno y de otro bando, como si fuera posible equiparar los excesos crueles de una guerra con la represión en la retaguardia o a lo largo de la posguerra: numerosas provincias españolas fueron tomadas por los rebeldes durante los primeros días de la sublevación y conocieron ejecuciones sumarísimas hasta 1942, como demuestra fehacientemente el caso de Cádiz, que no es precisamente el único. Por no hablar de las humillaciones, los desahucios, el exilio como única forma de supervivencia, los viacrucis carcelarios, la tisis en nuestras hernandianas prisiones, el certificado de adhesión al régimen, el aceite de ricino, las mujeres trasquiladas, el tráfico de niños, la censura, la tortura o el tiro de gracia.

En el peor de los casos, personajes como Pío Moa o César Vidal se encargaron de perfilar un revisionismo histórico con respecto a la contienda civil español bajo similares parámetros a la prohibición que pesó en media Europa en torno al revisionismo nazi del holocausto. Buena parte de la derecha española –y no hablemos de la extrema derecha—pasa de puntillas por el alzamiento del 18 de julio, como si fuera tan sólo el santo de bertas y federicos o el de la antigua paga extraordinaria del verano. Y llega a situar el origen del millón de muertos en la revolución de octubre de 1934, que fue abortada por el gobierno de la República y que no fue precisamente penalizada por las urnas en febrero de 1936. Sería como si la izquierda fijara la culpa de todo lo ocurrido en la Sanjurjada del 10 de agosto de 1923 contra la legitimidad republicana.

Ya no será posible, presumiblemente, enjuiciar a los instigadores y a los responsables directos de aquella matanza cainita: en su mayoría pasaron a mejor vida o están a punto de morir por sus ideas por muerte natural. Hubo ocasión de hacerlo y no pudimos o no quisimos: el juez Baltasar Garzón, casualmente, fue expulsado de la carrera judicial poco después de intentarlo. Ahora, la querella contra la dictadura franquista instruida desde Argentina por la jueza María Servini, al menos nos está sacando los colores de la vergüenza, al enjuiciar desde el otro lado del Atlántico las responsabilidades políticas y criminales en torno a la ejecución de Salvador Puig Antich el 2 de marzo de 1974, los cinco últimos fusilamientos franquistas -a tres militantes del FRAP y dos de ETA- perpetrados el 27 de septiembre de 1975–, y el asesinato de cinco trabajadores en Gasteiz el 3 de marzo de 1976, durante los llamados sucesos de Vitoria, cuando Manuel Fraga Iribarne, como ministro de Gobernación, pretendía que la calle fuera suya. La magistrada, hace un año, ordenó como un brindis al sol la detención preventiva de Rodolfo Martín Villa, José Utrera -suegro de Alberto Ruiz Gallardón-, y de otros cargos franquistas. Tan escaso éxito tuvo dicha petición como el  exorto de esta primavera por el que la jueza porteña solicitaba a nuestra Audiencia Nacional la toma de declaraciones a todos ellos, así como a Antonio Carro Martínez, Alfonso Osorio García, José María Sánchez-Ventura Pascual, Fernando Suárez, el abogado Carlos Rey González, el exfiscal del Tribunal Supremo Antonio Troncoso y el exjuez Jesús Cejas Mohedano, junto con diversos miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado como el Guardia Civil Jesús Muñecas Aguilar y el excomisario Ricardo Algar Barrón, los expolicías Antonio González Pacheco más conocido por el mote de ‘Billy el Niño’, Félix Criado Sanz, Benjamín Solsona Cortés, Jesús González Reglero, Jesús Martínez Torres y Jesús Quintana Saracibar, así como el médico Abelardo García Belaguer.

Fuego de San Telmo, probablemente. Pero menos es nada. Aquí nos resignamos a interpretar la Ley de Amnistía de 1977 como una ley de punto final. El ruido de sables, el consenso, todo aquello que trenzó la transición democrática, propició ese silencio que, ochenta años después del siniestro vuelo del Dragón Rapide, sigamos asumiendo que, como en la magnífica serie de Almudena Grandes, seguimos viviendo los episodios de una guerra de nunca acabar.

Durante estos días, diversas organizaciones claman por que se archiven en los desvanes del paisaje los restos de la simbología franquista que sigue presente en nuestro entorno. Qué menos. Qué poco. Al menos, una minoría de este país sigue en resistencia contra el olvido. El resto ha pasado página y le resta importancia a la necesidad de juzgar y condenar de una vez por todas a quienes secuestraron las urnas, deportaron a nuestros mejores cerebros y asesinaron a la heterodoxia sobre el paredón de su fanatismo. Quizá por ello resulta tan fácil acabar hoy con los derechos adquiridos durante siglos, sin necesidad de que el Convoy de la Victoria cruce nuevamente el Estrecho. Algo es algo, se conforman aquellos que aceptan, como en la canción de Raimon, que a veces la paz no sea más que miedo. No queremos la guerra quienes invocamos justicia. Tan sólo deseamos que los intereses de unos cuantos no se impongan sobre los de la mayoría. Sin embargo, de nuevo nos están venciendo. A menudo, incluso, sin disparar un tiro. Sus tropas económicas están, por si no os habéis dado cuenta, alcanzado sus últimos objetivos.
Juan José Téllez
Fuente: Público.es

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