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domingo, 2 de octubre de 2016

LAS ALIANZAS EN ORIENTE MEDIO. EE.UU. y Arabia Saudí ya no se fían


Carro de combate del ejército saudí en la frontera con Yemen (FAYEZ NURELDINE / AFP)



El acuerdo con Irán y las sospechas del 11-S desatan la peor crisis en 70 años
EE.UU. y Arabia Saudí ya no se fían


JORDI BARBETA, Washington

A bordo del USS Quincy, anclado en el canal de Suez, el día de San Valentín de 1945, el presidente Franklin D. Roosevelt y el rey Abdelaziz ibn Saud establecieron el comienzo de un gran y larga amistad entre Estados Unidos y Arabia Saudí basada en intereses comunes: la seguridad en la región y el petróleo. Han pasado 70 años, cinco reyes y doce presidentes, los intereses compartidos siguen siendo los mismos, pero la relación entre los interlocutores actuales, el presidente Barack Obama y el rey Salman bin Abdelaziz se ha convertido en la de dos socios que no se fían el uno del otro.

“Los saudíes se sienten frustrados y abandonados por Estados Unidos. Creen que Obama ha dado la espalda a sus aliados tradicionales en Oriente Medio y dudan si el acuerdo con Teherán implica que EE.UU. se cambia de bando; la tensión es muy alta y estamos en uno de los momentos más difíciles”, sostiene Kenneth Pollack, experto en temas de Medio Oriente de la Brookings Institution.

Ibn Saud pasó varios días junto a Roosevelt y ordenó que le subieran a bordo ocho ovejas para que fueran sacrificadas según el método halal y poder agasajar al presidente de Estados Unidos en la hora de la cena. En abril pasado, el actual rey Salman recibió personalmente a los líderes que participaban en la cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo, excepto a Obama. Envió a un funcionario a que le recibiera en el aeropuerto y prohibió que la llegada se retransmitiera por televisión. Luego se reunieron durante más de dos horas y apenas lograron ponerse de acuerdo en ninguno de los asuntos que más preocupan a ­ambos.

El acuerdo nuclear con Irán, propiciado por EE.UU., ha sido la principal fuente de alimentación de la desconfianza saudí, pero no es el único asunto que ha provocado que voces de uno y otro bando se proclamen partidarias de reconsiderar los términos de la alianza.

“Arabia Saudí es quizás la fuente más importante de fondos para los terroristas en todo el mundo, promueve una interpretación extrema del islam que implica un sentimiento antioccidental y practica una brutal represión de los disidentes no violentos en el país (...) Es el momento adecuado para una reevaluación de nuestros estrechos vínculos con el régimen saudí”, señala la activista Medea Benjamin, autora del libro Kingdom of the unjust ( El reino de lo injusto).

Con todo, la alianza estratégica entre Estados Unidos y Arabia Saudí sufre una mala salud de hierro. Para entender esta sutileza basta con observar dos recientes acontecimientos a cual más significativo. El miércoles 21, el Senado estadounidense autorizó la venta a Arabia Saudí de 130 tanques Abrams, otros 20 vehículos blindados y diversos equipos militares por valor de 1.150 millones dólares. Votaron a favor 71 senadores, o sea, más de dos tercios de la Cámara. Una semana después, el miércoles 28, el mismo Senado aprobó con 97 votos a favor anular el veto presidencial y autorizar a las víctimas y sus familiares de los ataques del 11-S que demanden al Gobierno de Riad por su implicación en la organización de los atentados.

La venta de armas se autorizó aun a sabiendas de que el ejército saudí las está utilizando para masacrar a la población civil en Yemen. Los senadores Rand Paul y Chris Murphy, que lideraron la oposición a la transacción, constataron en vano que con armas fabricadas en EE.UU. se había destruido un hospital de Médicos Sin Fronteras. No faltó una referencia a las donaciones millonarias de los mandatarios saudíes a la Fundación Clinton. Y Tim Kaine, el senador elegido por Hillary Clinton candidato a vicepresidente, se escaqueó de la votación.

En contraste con ello, de nada han servido los millones de dólares invertidos por el Gobierno de Riad en la contratación de los más influyentes lobbies de Washington para impedir que prosperara la ley que autoriza a demandar al Gobierno saudí ante los tribunales estadounidenses, denominada ley de Justicia contra los Patrocinadores del Terrorimo (Jasta). Movilizaron incluso a grandes corporaciones como General Electric y Dow Chemical, y hasta embajadores de la Unión Europea intentaron disuadir a los congresistas. El fracaso de estos esfuerzos pone pues de manifiesto la pérdida de influencia de Riad y el rechazo que suscita el reino saudí entre la opinión pública estadounidense.

Que 15 de los 19 terroristas que participaron en los ataques, además de Osama bin Laden, fueran de nacionalidad saudí alimenta la teoría de la conspiración. La desclasificación de 28 páginas del informe del Congreso sobre el 11-S que se habían mantenido en secreto no conducen a ninguna conclusión, pero aparecen datos, nombres y contactos que legitiman la reapertura de investigaciones.

¿Y ahora qué? “Es probable algún tipo de represalia por parte de Riad, porque el mensaje de fondo del Congreso es que Estados Unidos considera culpable a Arabia Saudí de participar en los ataques del 11-S”, declaró al Wall Street Journal Bruce Riedel, un exoficial de la CIA. Precisamente, lo que más preocupa en Washington es que el aparato de inteligencia saudí deje de colaborar en la persecución del yihadismo.

Riad ya amenazó de antemano con retirar activos si el Congreso aprobaba la Jasta. El reino saudí tiene invertidos 750.000 millones de dólares en Estados Unidos y cerca de 100.000 en bonos del tesoro. Riad no teme tanto que le acusen del 11-S como que un juez ordene bloquear sus cuentas. “Arabia Saudí adoptará medidas de contingencia para proteger sus activos”, ha advertido el príncipe Faisal bin Farhan.

La venta de armas y la importación de petróleo saudí pasan todavía por encima de las diferencias políticas, pero estas van creciendo cada día y amenazan aquellas. El rey Salman no concibe el acercamiento de Washington al régimen chií de Irán, rival de las monarquías suníes del golfo en su disputa por la hegemonía en la región. No ha disimulado su preocupación por el levantamiento de las sanciones a Teherán que comporta la liberación de miles de millones de dólares que podrán ser utilizados contra intereses saudíes. Riad exige a Washington una mayor implicación contra Irán, contra su aliado Bashar el Asad en Siria, contra las milicias chiíes en Iraq y contra las organizaciones terroristas que financiadas por Teherán desestabilizan la región: Hezbolá y los rebeldes hutíes en Yemen.

Obama por su parte intenta convencer a Riad de aceptar una hegemonía compartida con Irán en la región, le exige mayor compromiso en la lucha contra el terrorismo, especialmente contra las milicias suníes del Estado Islámico y las diversas ramas de Al Qaeda, le reprocha las masacres de población civil que el ejército saudí está provocando en Yemen y se empeña además, cada vez que habla con el rey Salman, en leerle la cartilla del respeto a los derechos humanos en un país que prohíbe a las mujeres incluso conducir un automóvil.

La irritación saudí con el presidente de EE.UU. se dejó sentir especialmente en abril pasado, cuando en una entrevista en profundidad con The Atlantic, Obama empleó un término polémico para describir la actitud de Arabia Saudí y las monarquías del golfo. “Free riders” les llamó, lo que se ha traducido como “gorrones” o “aprovechados” . “No somos gorrones”, replicó inmediatamente el príncipe Turki al Faisal, en un contundente artículo que establecía una significativa diferencia entre Estados Unidos y su presidente con la vista puesta en las elecciones de noviembre. “Vamos a seguir para mantener al pueblo estadounidense como nuestro aliado”, escribió. Las donaciones saudíes a la Fundación Clinton no dejan duda de cuál es el candidato favorito de Riad.

JORDI BARBETA
Corresponsal en Washington. Corresponsal
Fuente: La Vanguardia

viernes, 20 de mayo de 2016

Arabia y la guerra siria

Arabia

Topoexpress


La implicación de Arabia saudita en la guerra contra el gobierno de Damasco ha añadido nuevos peligros a la conflictiva situación de Oriente Medio, que asiste al horror de la guerra en toda la zona, a la caída de los precios del petróleo, y a la enconada lucha entre las potencias regionales sobre la martirizada Siria. Arabia, además, pretende cambiar su estructura económica de forma que, sin renunciar a la riqueza petrolera, le permita dotarse de otros sectores productivos. Alí al-Naimi, ministro de Petróleo, ha sido destituido por el monarca árabe, que ha nombrado en su lugar a Jaled al-Falih, anterior ministro de Salud. Al-Naimi llevaba más de veinte años en el cargo, y su destitución, así como la de otros ministros, se enmarca en el empeño del nuevo rey árabe por fortalecer la economía del país con un gigantesco plan de reformas económicas que fue anunciado a principios de mayo. Arabia está decidida a convertirse en una potencia regional dominante, dotada además de un preciso programa de instrucción y propaganda religiosa en todo Oriente Medio, África y Europa, y de influencia global a través de la Conferencia Islámica y del papel especial que le otorga su condición de guardiana de las ciudades santas musulmanas de La Meca y Medina. La religión (la versión del islam suní wahabista) siempre ha sido un pilar de su política, indisociable de la casa Saud. No debe olvidarse el papel histórico que jugó Arabia en la creación de los Hermanos Musulmanes (que tanto han influido en la moderna historia de Egipto y de otros países de la zona) y de sus hijastras al-Qaeda y Daesh, que, al decir de Alí Abdalá Salé, el ex presidente de Yemen, son “derivados de los Hermanos Musulmanes”. En Ginebra, el ministro de Asuntos Exteriores de Arabia, Adel al-Jubeir, anunciaba que su país se comprometía a enviar tropas y fuerzas especiales a Siria si Estados Unidos y sus aliados las enviaban también. Al-Jubeir se abstuvo de citar que Washington ya ha enviado comandos de operaciones especiales a Siria, que operan ya dentro del país, y que, además, el propio Obama ha anunciado el envío de un nuevo contingente de soldados entrenados en el sabotaje, la acción de comandos y el asesinato selectivo. La justificación norteamericana para explicar su flagrante violación del derecho internacional (sin el acuerdo del gobierno de Damasco, el único reconocido internacionalmente, enviar tropas a Siria es, a todos los efectos, un acto de guerra y de agresión) ha sido que esos comandos de operaciones especiales ayudarán a la “oposición moderada siria” en su lucha contra Daesh. El ministro de Arabia anunció el propósito de su gobierno al propio mediador de la ONU en las negociaciones de Ginebra sobre Siria, Stefan de Mistura.
Las mentiras norteamericanas son evidentes, y la interesada y artera connivencia saudita, también: ni los grupos armados que luchan contra el gobierno de Damasco son una “oposición moderada” (en su gran mayoría, son islamistas fanáticos y mercenarios pagados por las monarquías del golfo, así como voluntarios captados por las redes yihadistas en decenas de países), ni los comandos especiales norteamericanos están dedicando su esfuerzo a combatir a Daesh. Aunque es cierto que Washington considera a Daesh un peligroso ejército yihadista que ha complicado su estrategia en Oriente Medio, no por ello ha desdeñado su contribución en la guerra contra el gobierno de Bachar al-Asad, confiando en que, tras la hipotética caída de éste, podrá deshacerse de Daesh. Y Arabia ha seguido sus pasos. Los peligros de semejante estrategia son obvios: Washington no sólo no repara en que sus fracasos en Oriente Medio en la última década han incendiado toda la región (Afganistán lleva quince años en guerra, tras la invasión norteamericana impuesta a la comunidad internacional bajo la conmoción de los atentados de Nueva York; y en Iraq, conseguida la destitución y asesinato de Sadam Hussein, el país sigue hundido en una guerra que dura ya trece años, con el territorio en manos de ejércitos opuestos y milicias yihadistas, entre ellas Daesh. Por no hablar de Libia), sino que, además del caos, la guerra y la tensión en que se encuentra toda la región que va desde la India hasta el Mediterráneo, el fenómeno terrorista ha aumentado a consecuencia de su aventurera política exterior. Tras quince años de guerras, nunca el terrorismo yihadista había tenido tanta capacidad para golpear.
Por su parte, Arabia y Turquía han secundado a grandes rasgos el acoso norteamericano a la Siria de Bachar al-Asad, aunque manteniendo su propia agenda de intervención y sus propios intereses. Arabia mantiene recelos históricos hacia Ankara, por su condición de viejo territorio otomano hasta la I Guerra Mundial, pero ambos países han contribuido a armar a los grupos yihadistas de la “oposición moderada” siria y han sido complacientes tanto con el Frente al-Nusra (filial de al-Qaeda en Siria) como con Daesh, hasta el punto de que se han abstenido de atacar las rutas de abastecimiento de ambas organizaciones, y el gobierno de Erdogan incluso se beneficia del contrabando y venta de petróleo extraído por Daesh y vendido en la frontera con Turquía. Arabia se muestra dispuesta a enviar tropas y aviones a territorio turco para preparar la intervención si Estados Unidos se decide a ello, aunque también mantiene diferencias de criterio con la diplomacia norteamericana, en torno a Irán y sobre la supuesta tentación de Washington de ceder ante Teherán. El declarado propósito saudita de “luchar contra el terrorismo”, encubre en realidad su objetivo estratégico sobre las guerras en Oriente Medio: pretende contener a Irán y sus aliados (la Siria de Bachar al-Asad, pero también el Hezbolá libanés y los hutíes yemenitas), y limitar la influencia de Rusia, objetivo que comparte con Washington.
Arabia ha intervenido militarmente en la región del golfo Pérsico (por ejemplo, enviando tropas y reprimiendo las protestas en Bahréin), apoya a las monarquías medievales de la zona, y considera un grave error (casi una traición) el acuerdo norteamericano con Irán sobre su programa nuclear, que, junto con el levantamiento de sanciones, cree que facilitarán el fortalecimiento económico iraní y su posible emergencia como potencia militar dominante en Oriente Medio. En ese terreno, Arabia mantiene puntos de vista semejantes a los de Israel, país siempre dispuesto a atacar a Irán, y esa coincidencia de intereses ha llevado a aumentar los intercambios entre ambos países: hasta el punto de que incluso el jefe del Mossad ha viajado a Riad para coordinar la acción de ambos países, sin que la cuestión palestina, los frecuentes bombardeos sobre Gaza y el sufrimiento de la población civil palestina, además de la ampliación de las colonias judías y de la negativa de Netanyahu a negociar el futuro con la Autoridad Palestina, hayan conmovido lo más mínimo al gobierno de Salmán vin Abdulaziz. Arabia mantiene oficialmente que normalizará sus relaciones diplomáticas con Israel si el gobierno de Netanyahu se compromete a respetar las fronteras de 1967 y se aborda la cuestión de los refugiados palestinos, y se muestra cada vez más interesada en la hipótesis de abrir una embajada en Tel-Aviv, aunque su diplomacia duda a causa de la repercusión que tendría en el mundo árabe el abandono de los palestinos, cuya “defensa” Riad no quiere dejar en manos de Irán.
En las negociaciones de Ginebra, Arabia mantiene que Bachar al-Asad debe abandonar el poder o bien a través de negociaciones políticas o por la “fuerza militar”, por lo que los inquietantes anuncios de posibles envíos de nuevas tropas a Siria no son buenas noticias para el esfuerzo mediador en que Moscú ha puesto todo su interés y su diplomacia, acompañada (de momento, y no sin reticencias) por el Departamento de Estado norteamericano, que, más allá del caos controlado y de la obligada respuesta a la inercia de la guerra y el terrorismo, sigue sin una estrategia clara para Siria y Oriente Medio.


Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpress/arabia-y-la-guerra-siria/

viernes, 6 de mayo de 2016

Arabia Saudí compra Egipto y asalta el Mar Rojo



Tiran y Safrein


Por 25.000 millones de dólares la dictadura militar de Egipto ha cedido las islas Tiran y Safrein y algo más a la dictadura teocrática de Arabia saudí, provocando la ira de miles de ciudadanos y las primeras grandes manifestaciones que se organizan después del fracaso de su primavera en 2011. Empieza el fin del síndrome de Estocolmo que padecen los egipcios; nada como la pérdida de territorios por parte de la “madre patria” puede generar tales movilizaciones en un pueblo ancestral: la mayoría ni siquiera se acordaba de la existencia de estas islas deshabitadas.
La transferencia de la soberanía de Tiran y Safrein, islas ubicadas en la entrada del Golfo de Aqaba en el Mar Rojo y con fronteras marítimas con Egipto, Israel, Jordania, y Arabia Saudita (que obviamente se ha realizado previa autorización de EEUU e Israel), cambia las fronteras internacionales en una región de frágil equilibrio. De hecho, esta cesión afecta al Tratado de Camp David que reconocía la soberanía de Egipto sobre las islas, que fueron ocupadas por Israel una vez durante la guerra de los Seis Días del 1967 y otra en 1973 cuando el presidente Anwar Sadat reclamaba la liberación de las tierras conquistadas en aquella guerra. Fue tras la firma del acuerdo de paz, y el reconocimiento del Estado israelí por parte de Egipto, cuando el país árabe recuperó la soberanía sobre las islas.
Una polémica renuncia
Mientras los medios oficiales alegan que aquellas rocas, en realidad, siempre habían sido de propiedad saudí y que habían sido arrendadas a Egipto en 1950, algunos juristas e historiadores egipcios ofrecen otras versiones:
1. Que un tratado marítimo fechado en 1906 (antes de la fundación de Arabia Saudí en 1932), y firmado por Egipto y el Imperio Otomano, reconoce la soberanía egipcia sobre las islas.
2. Que durante el Conflicto de Suez de 1956, Tiran y Safrein fueron “abandonadas” por los saudíes, dejando que las tropas de Jamal Abdel Naser las protegiera. De este modo, Riad se mantenía al margen de la guerra, y de paso se salvaba de las críticas por su pasividad en el conflicto.
Más allá del pretexto, los dos principales motivos que han llevado al general Al Sisi a renunciar a una parte del territorio del país son:
1. Que ya había vendido su alma a Riad, cuando los jeques financiaron su golpe de Estado contra el califato de Muhammed Mursi.
2. Y que la poderosa casta militar egipcia, que controla cerca de la mitad de la economía y la fortuna del país, seguirá recibiendo más petrodólares de Arabia, a cambio de proteger los intereses de la familia Saud en la región.
Riad y la diplomacia de la chequera
Lo que busca Riad con este inaudito movimiento estratégico de hacerse con islas egipcias  son:
1. Proyectar su poder desde el Mar Rojo sobre las rutas marítimas: por ejemplo, el Golfo de Aqaba es la única salida de Jordania la mar.
2. Mejorar su posición para poder presionar a Egipto, el peso pesado del mundo árabe, quitándole la hegemonía actual que ostenta. Consolidar la dependencia económica y política casi absoluta de El Cairo a Riad es uno de los medios para conseguir este objetivo.
3. Estrechar la alianza entre ambos países contra el nuevo enemigo: Irán, el país “musulmán” sustituye el “ente sionista”.
4. Fortalecer la hermandad militar entre los dos pilares de la llamada “OTAN árabe”. Mientras Arabia mantiene su posición de ser el segundo importador mundial de armas, (después de la India), la compra del material bélico por Egipto se multiplicó por tres en 2015 comparado con el 2014, alcanzando así la cifra de 1.475 millones de dólares, que tapa otras estadísticas; como por ejemplo que el 40% de sus 80 millones de habitantes sufra una pobreza escandalosa, o que el 51,2%  de los jóvenes no tiene empleo.
5. Cambiar su política de “dinero a cambio de lealtad” con sus aliados árabes. Ahora, imita al Fondo Monetario Internacional tomando de rehén a los que reciben sus formidables cheques e inversiones vitales. No le perdona a Al Sisi haberse negado a participar de forma activa en las guerras contra Yemen y Siria. A todas luces, está convirtiendo a un gigante como Egipto en un humillado y servil cliente.
6. Dar un paso más hacia el reconocimiento del Estado de Israel. Al aceptar el estatus de las dos islas —registrado en el Tratado de Camp David—, los saudíes respetarán el derecho de Israel a usar el Golfo de Aqaba y también ahora las aguas oficiales de Arabia. Las autoridades de Riad, que a pesar de la BDS —la campaña internacional de boicot a Israel—, importan productos y tecnología de Israel, según revela Haaretz, miran a Tel Avive como un aliado imprescindible en su batalla contra Teherán. Así, ha nacido de forma discreta el eje Jerusalén-Riad-El Cairo, una asociación de cooperación militar sin precedentes entre los árabes y los israelíes.
Cambio en el mapa del Mar Rojo
El Mar Rojo, que perdió su color en 1991 cuando se desmoronaron los gobiernos de izquierdas en Etiopía y Yemen (del sur), hoy vuelve a ser el centro de unos cambios fundamentales:
. Arabia Saudí planea construir  un megapuente sobre el Mar Rojo que una Egipto con la Península Arábiga. Su objetivo es diversificar sus rutas comerciales, y ampliar los beneficios por los peregrinos que atravesaría dicha ruta terrestre a la Meca. Los saudíes construyeron otro puente que empalmó Bahréin con Arabia, aunque lo utilizaron en marzo del 2011 para enviar un contingente militar para aplastar la “Primavera bahreiní”
. China, que sigue con su estratégica de la Nueva Ruta de la Seda, está construyendo un largo tren eléctrico que conectará la capital etíope de Addis Abeba con Kenia, Sudán del Sur, Sudán y Yibuti, enlazando los mercados africanos con China, en el medio de una cruenta batalla entre las potencias mundiales y regionales por los recursos naturales del continente.
El desaire de Salman a Obama
El divorcio religioso entre Arabia Saudí y la Administración Obama por  “su benevolencia con Irán”,  es tal que el rey Salman no fue a recibirle al aeropuerto de Riad el pasado 21 de abril en la última visita oficial que realizaba el presidente de EEUU al viejo aliado. Obama, si bien ha apoyado la formación de un frente amplio anti-iraní en la región que contenga el aumento de la influencia de Teherán, también ha mirado con preocupación la “agenda” económica, política y militar de la Casa Saud en el mundo a golpe de petrodólares y del clérigo wahabita.
EEUU sin retirarse de Oriente Próximo y Norte de África está ofreciendo más espacio a las rivalidades entre Irán y Arabia Saudí, que serán quienes, aparentemente, determinarán la dirección de los acontecimientos.

Nazanín Armanian

Fuente: Público.es


sábado, 6 de febrero de 2016

Reino Unido está en guerra con Yemen y nadie lo sabe


Arabia Saudí bombardea a los civiles de Yemen con el apoyo de asesores militares británicos y con armas británicas, y sin embargo el Gobierno no habla de ello



 
Owen Jones
 
  • Militares británicos y estadounidenses colaboran en los ataques saudíes a Yemen
La ONU denuncia la muerte de 2.795 civiles en últimos nueve meses en Yemen
Bombardeos en Yemen: "No hay ni sirenas, sólo oyes la explosión" 


 
Reino Unido está armando y ayudando a una dictadura fundamentalista que bombardea y mata a civiles. Es un hecho indiscutible. La tiranía saudí –homófobos y opresores de la mujer que empezaron el año con una decapitación masiva– lleva 10 meses en guerra con Yemen.
Si los 26 millones de yemeníes estuvieran siendo acosados y bombardeados por un enemigo oficial de Occidente, podríamos esperar emotivos llamados a "hacer algo" y a intervenciones militares. Bueno, estamos interviniendo: no solo porque proporcionamos armas sino porque incluso aportamos asesores militares británicos a la coalición de dictadores árabes liderada por Arabia Saudí. Como le espetó el portavoz parlamentario del Partido Nacional Escocés, Angus Robertson, al primer ministro, Reino Unido está "efectivamente en guerra", y sin embargo pocos británicos saben algo de ello.
Desde que las fuerzas de la coalición árabe intervinieron en el conflicto entre el presidente Hadi y los rebeldes houthis en marzo del año pasado, unos 6.000 yemeníes han muerto, y probablemente la mitad de ellos eran civiles. En un país bajo bloqueo naval, lo que la ONU ya denominaba "catástrofe humanitaria" hace seis meses se ha desatado. Ocho de cada diez yemeníes dependen ahora de la ayuda humanitaria y la mayoría no tienen "un acceso adecuado a agua limpia o a instalaciones de higiene", según Naciones Unidas.
Los bombardeos han destrozado el sistema sanitario del país: 130 instalaciones médicas han recibido ataques, incluidas las de Médicos Sin Fronteras, en lo que esta organización califica de "total despreocupación por las reglas de la guerra". El riesgo de hambruna es inminente: la ONU cree que más de 14 millones de personas padecen inseguridad alimentaria, la mitad de ellos de forma severa, y casi uno de cada diez han sido expulsados de sus hogares.
Yemen es un desastre generado por el ser humano, y las huellas de Occidente están en él. Tengamos en cuenta lo que revela un informe de la ONU al que ha tenido acceso the Guardian: los ataques aéreos han atacado "a civiles  ya objetos civiles, en violación del derecho humanitario". Esos ataques incluyen todo, desde campos de refugiados hasta escuelas, bodas y autobuses.
Creen que más de cien misiones militares están relacionadas con "violaciones del derecho internacional humanitario". Sí, todas las partes han sido acusadas de crímenes de guerra. Pero, según el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, las fuerzas saudíes son responsables de "una cantidad desproporcionada" de ataques a civiles. No es de extrañar entonces que se hable de esta guerra como  el Vietnam de Arabia Saudí.
En lugar de condenar esta guerra sucia, Estados Unidos respalda firmemente a su aliado, uno de los regímenes más repulsivos del mundo. "Hemos dejado claro que apoyamos a nuestros amigos de Arabia Saudí", dijo el secretario de Estado, John Kerry, exmiembro los Veteranos de Vietnam contra la Guerra. Pero es seguro que tenemos que exigir a nuestro gobierno que responda por lo que hace en nuestro nombre.
Desde que David Cameron es primer ministro, Reino Unido ha vendido a la dictadura saudí casi 6.000 millones de libras (casi 8.000 millones de euros) en armas. Es significativo que desde que los saudíes empezaron su ofensiva de bombardeos, Londres ha firmado más de 100 licencias de armas. El suministro de asesores militares muestra que no se trata de consentimiento pasivo a lo que están haciendo los saudíes: nuestro Gobierno está implicado directamente. "Apoyamos a las fuerzas saudíes mediante acuerdos preexistentes de larga duración". Así describe su papel eufemísticamente el Ministerio de Defensa.
Como dice Amnistía Internacional, el Gobierno de Cameron ha "alimentado este conflicto con ventas imprudentes de armas que incumplen sus propias leyes". Según los juristas de Matrix Chambers, que asesoran a la organización, Reino Unido está incumpliendo una serie de obligaciones, entre las que se incluyen sus propios criterios de exportación de armas y la posición común de la Unión Europea en ese ámbito. De hecho, en 2014, un comunicado ministerial declaró que Reino Unido "no otorgaría una licencia si hay riesgo claro de que pueda usarse para cometer una violación grave del derecho internacional humanitario".
La Campaña contra el Comercio de Armas ha lanzado una acción legal contra el Gobierno por incumplir el derecho internacional. Sorprendentemente, como ha recalcado el Partido Laborista, el observatorio del Parlamento sobre la exportación de armas no se ha reunido desde las elecciones generales: casi todo el tiempo que dura la guerra de Arabia Saudí respaldada por Reino Unido.
La alianza británica con los dictadores saudíes –que la semana pasada se negaron a descartar adquirir armas nucleares de Pakistán– no recibe el escrutinio público que merece. No se trata solo de derechos humanos, tan maltratados en el historial saudí, de encerrar, azotar y matar a los disidentes, de prohibir las protestas, los partidos políticos y los sindicatos, y de privar a las mujeres de sus derechos básicos –por cierto, nuestro Gobierno comerció con votos para garantizar que los saudíes fueran elegidos para el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que fue como darle a Harold Shipman (médico que mató al menos a 15 de sus pacientes) un asiento en el Consejo Médico Británico–. También se trata de la amenaza que supone Arabia Saudí para nuestra seguridad nacional: el país está en el epicentro del extremismo internacional.
Su asalto a Yemen no supone solo matar, mutilar e infligir sufrimiento masivo. Es también generar rencor. Estando nuestro Gobierno totalmente detrás de sus aliados saudíes, es seguro que el resentimiento hacia Reino Unido está creciendo, un resentimiento que puede ser muy fácilmente manipulado por los extremistas.
Si la sociedad británica fuera plenamente consciente de lo que está ocurriendo, la implicación de Reino Unido sería seguramente insostenible. Pero hay muy pocas voces que hablen. Un ejemplo excepcional es el exministro conservador Andrew Mitchell, que dijo hace unos meses: "Debemos tomarnos en serio la posibilidad de que armas hechas en Reino Unido se estén empleando para matar a civiles en Yemen". Desde entonces, sabemos de al menos un ataque letal que usó un misil británico contra una fábrica de cerámicas.
Yemen necesita un acuerdo negociado y pacífico. Su pueblo necesita asistencia humanitaria, no más bombas. Pero Reino Unido está ayudando a intensificar esta guerra, está ayudando a un régimen atroz que sabe que está bombardeando a civiles. Esto es un crimen, literalmente. Y se debe responsabilizar al Gobierno por ello.
Traducción de:  Jaime Sevilla
Fuente original: The Guardian
Fuente: eldiario.es

sábado, 30 de enero de 2016

El rey y el Gobierno rinden pleitesía al régimen más tiránico del mundo

Visita del Rey a Arabia Saudí
 
 
 Se llenan la boca con falsedades sobre la supuesta financiación extranjera de Podemos y agitan en las tertulias su impostada indignación ante el sistema teocrático que impera en Irán, pero son totalmente indiferentes, algunos incluso obsequiosos, ante el régimen más tiránico e integrista del mundo, al que el Gobierno, el jefe del Estado y los poderes económicos de España rinden pleitesía con pleno conocimiento no sólo de su brutal represión interna sino también de su responsabilidad financiera e ideológica directa en los crímenes contra la humanidad del aberrante Estado Islámico.
Más aún, nuestros gobernantes multiplican las ventas de armas a ese mismo régimen saudí –por valor de 744 millones de euros entre 2010 y 2014– pese a que el Ejército de Riad está cometiendo las mayores atrocidades en Yemen, donde sus bombardeos –contra barrios residenciales, hospitales, centros de salud (al menos, 70), decenas de escuelas, mercados, campos de refugiados y hasta banquetes de boda– han dado muerte a miles de civiles premeditadamente… puesto que lo que pretendían era precisamente aterrorizar a la población yemení. Como denuncia el director de Human Rights Watch, David Mephan, “los saudíes están cometiendo en Yemen múltiples violaciones de las leyes de la guerra”.
Pero no acaba aquí el sometimiento del Ejecutivo del PP a los deseos de la Casa de Saúd: la empresa naval pública Navantia se dispone a vender cinco fragatas Avante 2200 a la Armada saudí, con plena conciencia de que ese cliente mantiene desde hace casi un año un despiadado bloqueo naval contra Yemen, que ha privado a ese país de alimentos, medicinas y otros productos de primera necesidad. Una lucrativa operación que supondría una “clara violación del derecho internacional”, así como del Tratado sobre el Comercio de Armas, los Principios Reguladores de las Transferencias de Armas Convencionales adoptados por la OSCE y las normas sobre el control de exportaciones de material militar de la Posición Común de la UE, según denuncian el Centre d’Estudis per la Pau, Amnistía Internacional, FundiPau, Greenpeace y Oxfam.
Una y otra vez, los tertulianos afines al PP nos recuerdan la represión del régimen iraní, pero jamás mencionan que la teocracia saudí es infinitamente más cruel y desalmada en su bárbara opresión de la mujer y su sanguinaria persecución de toda disidencia política o religiosa. Quizá porque el rey Salman Ibn Abdulaziz siempre ha mantenido estrechas relaciones con nuestro monarca emérito, Juan Carlos I, y esa amistad se ha prolongado al actual soberano Felipe VI.
De hecho, lo de “rendir pleitesía” que planteaba al inicio de este artículo no es una mera licencia literaria, sino que se consumó literalmente hace un año, cuando Felipe VI cambió precipitadamente la agenda de un viaje por Asia para acudir al funeral del rey Abdulá y mostrar sus condolencias a la Casa Real Saudí, precisamente en el momento en que Amnistía Internacional hacía una gran campaña a favor del activista Raif Badawi, condenado a mil latigazos y diez años de cárcel por haber creado un foro en internet en el que promovía el debate público y en el que abogaba por la separación de poderes entre el Estado y la Iglesia. Después, el Gobierno de Rajoy eludió responder a una pregunta parlamentaria sobre si Felipe VI se había dignado a interceder por Badawi durante su visita a Riad.
Así que clama al cielo –sea el cristiano o el musulmán– que vengan ahora los mandamases del PP fabricando supuestas relaciones de Podemos con Irán y rasgándose las vestiduras por las restricciones de los derechos de la mujer y las medidas represivas impuestas por Teherán, mientras hacen la vista gorda a la situación de auténtica esclavitud de las saudíes y ni siquiera protesta el Gobierno de Rajoy cuando el de Riad decapita a 47 opositores de una tacada, incluido el eminente clérigo chií Nimr Baqr al-Nimr, incendiando Oriente Próximo hasta el borde del abismo bélico.
Por una parte –y, por supuesto, sin justificar en absoluto el machismo fundamentalista del régimen de los ayatolás–, hay que subrayar que ya les gustaría a las saudíes gozar de la mitad de las oportunidades de trabajo, la independencia, las libertades y los derechos que conservan las iraníes, pese a las odiosas restricciones del chiismo jomeinista. Para ilustrarlo, baste mencionar los 15 años de cautiverio (casi sin comida ni agua) al que sometió a sus propias hijas, para vengarse de su ex esposa Alanud Al-Fayez, el rey Abdulá, que tan amiguito era de nuestro Juan Carlos I.
El monarca saudí, al que siempre se aplaudió desde La Zarzuela y La Moncloa, ordenó el arresto domiciliario de sus hijas Jawaher, Sahar, Hala y Maha porque la madre –una de sus treinta esposas, quien logró exiliarse en Londres– las educó en la defensa de los derechos de la mujer y ellas se atrevieron a expresar esas ideas en público a través de las redes sociales y en entrevistas por videoconferencia. Así demostró el gran amigo wahabí de los Borbones que ni siquiera las princesas pueden librarse de la férula patriarcal saudí, bajo la cual las féminas no tienen derecho a salir del domicilio (aunque aquí se suele hablar sólo de la prohibición de conducir un coche), ni a tener una cuenta bancaria, ni a ejercer cualquiera de los derechos y libertades más básicos, sin el permiso, tutela, vigilancia y dominio de algún varón… cualquiera; si no tienen marido, algún familiar –cercano o lejano–, y a falta de machos parientes, el varón que sea, conocido o no. Lo de ir tapadas de pies a cabeza por una especie de mortaja negra que a veces no les permite ni ver bien, es lo de menos.
Pero eso no es más que una parte de la cavernícola doctrina del wahabismo, que es el padre ideológico del Daesh (el autodenominado Estado Islámico), impuesta en Arabia por la dinastía de los Saud y promovida en todo el mundo por la fabulosa fortuna de petrodólares de Riad. Una demencial versión híper-fundamentalista del Islam que está en el origen del salafismo yihadista y, por tanto, es el verdadero autor intelectual de los más feroces actos de terrorismo masivo cometidos en todo el mundo. Su creador y predicador, Muhammad ibn Abd al Wahhab, fue quien pactó en 1744 con el jequecillo Muhammad ibn Saud una alianza religioso-militar que dio origen a la dinastía saudí que hoy controla la mayor producción de petróleo del planeta… y las mayores reservas del crudo más barato de extraer, razón por la cual Riad ha hecho que se hundiera el precio del barril para arruinar a sus rivales dentro y fuera de la OPEP.
Eso se lo puede permitir gracias a los 650.000 millones de dólares en divisas que sigue acumulando Riad a pesar de la caída de sus ingresos petroleros. Una riqueza astronómica que también se ha dedicado a financiar a esos mismos grupos terroristas contra los que supuestamente estamos en guerra. Hace ya seis años que la propia secretaria de Estado de EEUU y hoy candidata a la Casa Blanca, Hillary Clinton, reconoció en un cable secreto que Arabia Saudí es “la más importante fuente de financiación de los grupos terroristas suníes en el mundo”. Tres años más tarde, eso era ratificado por el informe del Parlamento Europeo sobre el destino de los 10.000 millones de dólares invertidos por Riad en su “agenda wahabista” para Asia, la mayor parte de ellos entregados a grupos terroristas como Lashkar-e-Taiba, autor de la masacre de Bombay en 2008.
Esos son nuestros buenos amigos árabes, venerados por sus obscenos derroches de petrodólares en la Costa del Sol –donde se han construido un palacio-réplica de la Casa Blanca, el Mar Mar– y alabados incesantemente por los mismos que ahora se mesan los cabellos en público tras inventarse falsas investigaciones judiciales sobre una supuesta financiación iraní de Podemos.
Es repugnante, pero todavía da más asco ver cómo mucha gente todavía se cree esos infundios sobre “financiación ilegal de Podemos”, esparcidos impúdicamente por los máximos dirigentes del PP (el primer partido jamás imputado por corrupción en España) y hasta por la vicepresidenta de un Gobierno que sigue negando las evidencias de la podredumbre de su formación política, desde la sede de Génova pagada en negro hasta la cúpula de Valencia imputada en masa, pasando por la Caja B y los sobresueldos de Bárcenas (y de los otros cuatro tesoreros de la historia del partido, todos ellos imputados) y el expolio de fondos públicos a través de la Gürtel, la Púnica, Nóos… las redes corruptas de Fabra, Camps, Matas, Granados…
¿Cómo es, pues, posible que tantos ciudadanos sigan creyendo a esos farsantes?

Carlos Enrique Bayo
Fuente: Público.es

domingo, 17 de enero de 2016

Siete motivos para matar al Jomeini de Arabia


 
                                    Riyadh capital de arabia-saudí


Nazanín Armanian


A la sombra de las luces navideñas, el régimen de Arabia Saudí cometió dos horrendos crímenes: ejecutar a 46 opositores y poner fin a la tregua humanitaria en la silenciada guerra contra Yemen, que ha dejado cientos de miles de víctimas. Pero, en el mundo de los muertos, también hay categorías: sólo se destacó el nombre del ayatolá Nimr al-Nimr, predicador chiíta de escasa relevancia religiosa, que ni exigía democracia económica ni libertades políticas y personales. Su asesinato por la teocracia totalitaria de Riad provocó masivas manifestaciones organizadas por la derecha chiíta en la misma Arabia, en Bahréin, Kuwait, Líbano, Cachemira o Pakistán. En Irán, el asalto a las sedes diplomáticas de la patria de Mahoma, causó la ruptura diplomática de Riad con Teherán. Nimr llevaba 4 años en el corredor de la muerte, ¿por qué ejecutarle ahora?
 
Nimr: la cortina de humo
A nivel interno, lo que buscaba la Casa Saud ha sido:
1. Reunir las facciones enfrentadas en el seno del poder en torno a la lucha contra dos enemigos en común: los chiítas e Irán. Según The Independent, los principales clérigos del país y la mayoría de los 12 hermanos del rey Salmán preparan su derrocamiento y reemplazarlo por su hermano pequeño Ahmed Bin Abdulaziz, de 73 años, hombre moderno y místico. Acusan al rey y a su hijo Mohammed —de 30 años y convertido en ministro de defensa y adjunto al príncipe heredero Mohammed Bin Nayef—  de llevar a cabo una política exterior aventurera y peligrosa, de la desastrosa guerra contra Yemen, de la muerte de unos 2.500 peregrinos en una estampida en la Meca en 2015 y de la tensión en las fuerzas armadas del reino.
2. Consolidar los lazos con el clérigo anti chiíta y las facciones duras del régimen.
3. Desmentir que el rey, octogenario y enfermo, esté incapacitado para llevar el timón del país: ¡Puede mandar a decapitar a medio centenar de personas en un día!
4. Pedagogía del terror y un mensaje: Matará a cualquier “opositor”, sobre todo a los disidentes sunnitas, que eran, al parecer, la mayoría de los ejecutados. El clan Saud se enfrenta a tres amenazas: los extremistas sunnitas que le acusan de ser poco islámicos y permitir, por ejemplo, piscinas mixtas en la base militar de EEUU; los sectores liberales “sunnitas”, las mujeres feministas y jóvenes seculares como el bloguero Raif Badawi o el poeta palestino Ashraf Fayadh, acusados de apostasía; y los chiítas considerados herejes, que buscan el estatus de la minoría religiosa. Irán es un “Coco” útil, incluso para acabar con los opositores laicos y sunnitas cuando Irán, en realidad, carece de influencia sobre los chiítas yemeníes, saudíes o bahreiníes.
5. Ejecutar al ayatolá parecía ser la manera de evitar que se convirtiera en un héroe para los discriminados chiítas de Arabia que componen el 15% de los 30 millones de habitantes, y que para la desgracia de los Al- Saud habitan la Provincia Oriental, que alberga cerca del 80% del petróleo del país.
6. Temor a que el predicador chiíta se transformase en otro Hasan Nasrolah, el líder de Hizbolá la milicia libanesa, aliado de Irán.
7. Y la razón más importante: provocar la reacción de la facción radical del poder en Irán, con el fin de aislar a Teherán en el escenario regional y mundial. Riad había desalojado su embajada en Teherán horas antes del asalto. Los Saud, arrinconados por la “diplomacia de terciopelo del presidente Hasan Rohani, intentan sabotear el acuerdo nuclear de los 5+1 con Teherán. En breve, Irán podrá vender su petróleo y gas, recibir inversiones extranjeras y también los 100.000 millones de dólares bloqueados en los bancos extranjeros, mientras Arabia sufre un déficit presupuestario de 87.000 millones de dólares y plantea vender ARAMCO, su empresa estatal de petróleo y gas. Según el FMI, el país árabe puede quedarse sin activos financieros en cinco años, salvo que el gobierno frene drásticamente su gasto, incrementado por el dumping en el precio del petróleo y sus guerras en la región. El acuerdo nuclear iraní ha destrozado los esfuerzos de los Saud por acabar con las “Primaveras árabe” (en Egipto, Túnez, Yemen o Bahréin) y crear un entorno favorable a sus intereses.
Los temores geopolíticos de los Saud les empujan a promover dos tácticas extremadamente peligrosas:
1. Una guerra anti-chiíta en la región (fabricando yihadistas) y también en su propio país, radicalizando a los chiítas que en su mayoría son leales al difunto ayatolá libanés Mehdi Sahmseddin y tienen un pacto con la Casa Saud de respeto mutuo. Dentro del diseño de EEUU para un Nuevo Oriente Próximo, se baraja unir las Provincias Orientales de Arabia con Bahréin –la sede de la quinta flota de EEUU— y así romper un país que ha pasado de ser aliado a un obstáculo para Washington a la hora de llevar a delante su agenda.
2. Una guerra anti-iraní que es estéril, y no porque Irán sea una nación con un Estado desde hace unos 4.000 años y Arabia, un país recién formado gestionado por una familia que parece una compañía familiar de compra-venta de armas y petróleo. La formación de la “OTAN sunnita” encabezada por Riad es la guinda de las medidas para enfrentarse a Irán, echando mano de la superioridad numérica de los sunnitas y el apoyo del Occidente.
En Irán, la facción extremista del poder está provocando “conmoción y pavor” con dos objetivos principales: perseguir a los reformistas en la víspera de las elecciones parlamentarias de febrero y romper el acuerdo nuclear. En esta línea, el ejército islámico arrestó, el 13 de enero, a 10 marines de EEUU en las aguas iraníes del Golfo Pérsico. La rápida reacción de los gobiernos de Rohani y Obama nos salvó de un mal mayor, aunque este tipo de “crisis” podrán repetirse en las próximas semanas. La quema de la embajada de Arabia convirtió a los Saud de verdugos a víctimas, poniendo además en peligro la seguridad nacional de Irán.
Que este sismo geopolítico por la hegemonía regional entre ambos países tenga un disfraz religioso se debe al agotamiento de sus discursos políticos: Teherán no puede condenar el asesinato de Nimr chiíta desde la defensa de las libertades o de los derechos humanos si en 2015 ejecutó a cerca de 700 personas chiítas, sunnitas, laicas, opositores políticos, etc. Que la mayoría de los ejecutados en Arabia sean sunnitas y en Irán, chiítas, se debe en parte a los nexos entre la religión y el terror.
Este conflicto, en caso de intensificarse, imposibilitará el proceso de paz en Siria y militarizará a ambos países, aislará a Irán y dará mayor protagonismo de Arabia, aunque el principal ganador volverá a ser Israel: ¡Cómo disfrutaría al ver que dos países “musulmanes” se destruyen mutuamente, ahorrándole trabajo!
La frágil estructura social y el sistema estatal de muchos países de la región, con las fuerzas de la derecha (además, fundamentalista) como protagonistas, aumentan los riesgos de nuevas e interminables guerras: un réquiem para la ONU y otros inútiles organismos creados para resolver los conflictos vía diplomacia.

Fuente: Público.es

martes, 12 de enero de 2016

Arabia Saudita… hacia el derrumbe



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El príncipe Mohammed ben Salman Al Saud, de 30 años, príncipe heredero suplente, segundo Primer ministro suplente, ministro de Estado, ministro de Defensa, secretario general de la Corte Real y presidente del Consejo de Asuntos Económicos y Desarrollo.




 
 
 
por Thierry Meyssan
En un año, el nuevo rey de Arabia Saudita, Salman, hijo número 25 del fundador de la dinastía Saud, ha logrado consolidar su autoridad personal en detrimento de las demás ramas de la familia real, como el clan del príncipe Bandar ben Sultan y el del ex rey Abdallah. Pero no se sabe lo que Washington puede haber prometido a los perdedores para que no traten de recuperar el poder que han perdido. En todo caso, una serie de cartas anónimas publicadas en la prensa británica hacen pensar que estos miembros de la familia real saudita no han renunciado a sus ambiciones.
Después de haberse visto obligado por sus hermanos a nombrar al príncipe Mohamad ben Nayef como próximo heredero, el rey Salman rápidamente lo aisló y limitó sus competencias, favoreciendo con ello a su propio hijo, el príncipe Mohammed ben Salman, cuyo carácter impulsivo y brutal no ha podido ser compensado por el Consejo de Familia –que ya no se reúne. De hecho, el príncipe ben Salman y su padre el rey son quienes están gobernando el reino, solos, como autócratas, sin ninguna forma de contrapoder en un país donde nunca se ha elegido un parlamento y los partidos políticos están prohibidos.
Así se ha podido ver al príncipe Mohammed ben Salman asumir la presidencia del Consejo de Asuntos Económicos y Desarrollo, imponer una nueva dirección al Ben Laden Group y apoderarse de Aramco [1]. En todos los casos, su objetivo ha sido marginar a sus primos y poner a sus propios hombres de confianza a la cabeza de las grandes empresas del reino.
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El jeque al-Nimr describía de la siguiente manera la vida de la poblacion chiita de Arabia Saudita: «Desde el momento mismo en que usted nace, se ve rodeado por el miedo, la intimidación, la persecución y los abusos. Hemos nacido en una atmósfera de intimidación. Tenemos miedo hasta de las paredes. ¿Cuál de nosotros no está familiarizado con la intimidación y la injusticia a las que nos vemos sometidos en este país? Yo tengo 55 años, he vivido más de medio siglo. Desde que nací hasta hoy, nunca me he sentido seguro en este país. Uno siempre está acusado de algo. Siempre está bajo amenaza. El director de la Seguridad del Estado lo reconoció en mi presencia. Cuando me arrestaron me dijo: “A ustedes, los chiitas, habría que matarlos a todos.” Esa es la lógica de ellos.»
En el plano interno, el régimen saudita se apoya solamente en la mitad de la población sunnita o wahabita, mientras que discrimina a la otra mitad de la población. El príncipe Mohammed ben Salman aconsejó a su padre ordenar la decapitación del jeque Nimr Baqir al-Nimr porque este último había osado desafiarlo.
Dicho de otra manera, el Estado condenó a muerte y ejecutó al principal jefe de su oposición, cuyo único crimen era haber formulado y repetido la consigna: «El despotismo es ilegítimo.» El hecho que ese líder fuese un jeque chiita refuerza inevitablemente la impresión que tienen los no sunnitas de vivir bajo un apartheid, ya que se les prohíbe la educación religiosa y se les prohíbe el acceso a cualquier empleo en el sector público. En cuanto a los no musulmanes, que son un tercio de la población saudita, no están autorizados a ejercer su religion y ni siquiera tienen acceso a la nacionalidad saudita.
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El líder de la Corriente del Futuro libanesa, Saad Hariri, ostenta la doble nacionalidad líbano-saudita. Oficialmente, es hijo del ex primer ministro libanés Rafic Hariri. Extraoficialmente, su padre es un príncipe de la familia real de Arabia Saudita.
En el plano internacional, el príncipe Mohammed y su padre aplican una política basada en las tribus beduinas del reino. Sólo así se explican simultáneamente el financiamiento saudita a los talibanes afganos y a la Corriente del Futuro libanesa, la represión contra la revolución en Bahréin, el apoyo a los yihadistas en Siria y en Irak y la invasión de Yemen. Los Saud siempre apoyan grupos sunnitas, a los que consideran más cercanos al wahabismo que esa familia impone como religión estatal en Arabia Saudita. Pero los apoyan no sólo contra los chiitas duodecimanos sino, en primer lugar, en contra de los sunnitas ilustrados y también en contra de todas las demás religiones (ismaelitas, zaiditas, alevitas, alauitas, drusos, sijs, católicos, ortodoxos, sabateos, yazidíes, zoroastrianos, hindúes, etc.). Y lo más importante es que, en todos los casos, apoyan única y exclusivamente a los líderes provenientes de las grandes tribus sunnitas sauditas.
Es también importante señalar, de paso, que la ejecución del jeque al-Nimr tiene lugar inmediatamente después del anuncio de la creación de una amplia coalición antiterrorista de 34 Estados musulmanes alrededor de Riad. Cuando se sabe que el ejecutado, que siempre rechazó recurrir a la violencia, había sido condenado a muerte por «terrorismo», el mensaje que se desprende de su ejecución es que dicha coalición en realidad es una alianza sunnita contra las demás religiones.
El príncipe Mohammed decidió iniciar la guerra en Yemen, supuestamente para prestar ayuda al presidente Abd Rabbo Mansur Hadi –derrocado por una alianza entre los rebeldes huthis y el ejército del ex presidente Ali Abdallah Saleh– y en realidad para apoderarse de los yacimientos yemenitas de petróleo y explotarlos junto a Israel. Como era previsible, esa guerra no está dando los resultados que esperaba el príncipe y los rebeldes están incursionando en suelo saudita, donde el ejército del reino huye despavorido, incluso abandonando su armamento.
Arabia Saudita es, por consiguiente, el único país del mundo que es propiedad personal de un solo hombre, gobernado por ese autócrata y su hijo, que rechaza todo debate ideológico, no tolera ninguna forma de oposición y no acepta otra cosa que el vasallaje tribal. Estas características, por mucho tiempo consideradas residuos del pasado llamados a adaptarse al mundo moderno, se han enquistado al extremo de convertirse en la identidad misma de un reino anacrónico.
La caída de la casa Saud podría verse provocada por el desplome de los precios del petróleo. Incapaz de rediseñar su tren de vida, el reino se endeuda a toda velocidad y, según los analistas financieros, tendría que enfrentar la bancarrota de aquí a 2 años. La venta parcial de Aramco podría prolongar la agonía, pero tendrá como consecuencia una pérdida de autonomía.
La decapitación del jeque al-Nimr ha resultado el capricho que desborda la copa. La caída se ha vuelto inevitable en Arabia Saudita porque quienes allí viven carecen ahora de toda esperanza. Como resultado, el país enfrentará una mezcla de revueltas tribales y de revoluciones sociales que resultará mucho más mortífera que los conflictos que hasta ahora han sacudido el Medio Oriente.
Lejos de oponerse a este trágico fin, los protectores estadounidenses del reino lo esperan impacientes. Y si no dejan de celebrar la «sabiduría» del príncipe Mohammed, en realidad lo hacen para estimularlo a seguir cometiendo errores. Ya en septiembre de 2001, el Estado Mayor Conjunto estadounidense trabajaba en un mapa de rediseño del «Medio Oriente ampliado» que preveía el desmembramiento del reino en 5 Estados. Y en junio de 2002, durante una célebre reunión del Defense Policy Board, Washington estudiaba cómo deshacerse de los Saud, algo que ahora es sólo una cuestión de tiempo.
Elementos fundamentales:
- Estados Unidos logró resolver el problema de la sucesión del rey Abdallah, pero ahora está empujando a Arabia Saudita a cometer errores. Estados Unidos tiene ahora como objetivo dividir el reino en 5 partes.
- El wahabismo es la religión de Estado en Arabia Saudita, pero la familia Saud se apoya –tanto dentro del país como fuera de este– únicamente en las tribus sunnitas y practican un apartheid contra la población que practica otras religiones.
- El rey Salman, de 80 años, deja el ejercicio del poder en manos de uno de sus hijos, el príncipe Mohammed, de 30 años. Este último se ha apoderado de las grandes empresas del país, inició la guerra en Yemen y acaba de obtener la ejecución del jefe de la oposición, el jeque al-Nimr.
[1] La Saudi Aramco es la empresa nacional a cargo de la comercialización del petróleo de Arabia Saudita. Nota de la Red Voltaire.

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