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viernes, 2 de junio de 2017

Trump adelanta sus peones

La OTAN fue concebida para luchar contra la Unión Soviética pero Donald Trump está reorientándola. Aunque su objetivo siga siendo rivalizar con Rusia, la alianza atlántica dedicará en lo adelante la mitad de sus recursos a la`lucha contra el yihadismo.


por Thierry Meyssan

Thierry Meyssan observa como actúa el presidente Trump para convencer a sus aliados y socios de que deben abandonar a los yihadistas a los que respaldan, arman y dirigen. A pesar de las afirmaciones de la prensa internacional y de sus adversarios políticos, la Casa Blanca sigue tratando de aplicar, desde hace 4 meses, una política antiimperialista que comienza a dar sus primeros frutos: el proceso de cese del apoyo de Arabia Saudita a la Hermandad Musulmana, el fin de la coordinación de los yihadistas a través de la OTAN y el proceso destinado a cortar el financiamiento occidental a la Hermandad Musulmana.

Durante todo el tiempo transcurrido entre la 3ª Conferencia de los “Amigos de Siria” –celebrada en París, el 6 de julio de 2012– y la investidura del presidente estadounidense Donald Trump –el 21 de enero de 2017–, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se dedicaron constantemente a organizar la guerra contra Siria mientras fingían negociar una salida política a ese conflicto.

Durante los 16 últimos meses, y sobre todo durante la campaña electoral que lo llevó a la Casa Blanca, Donald Trump se presentó como contrario al imperialismo. Contrariamente a lo que afirman sus detractores, su condición de millonario no menoscaba sus convicciones políticas.

Desde que llegó a la Casa Blanca [1], el presidente Trump ha estado luchando contra su propia administración –estructura en la que 98% de sus funcionarios votaron por Hillary Clinton– además de tener que luchar también contra los gobiernos aliados de su predecesor.

Durante los 4 últimos meses, el presidente Trump ha seguido tratando de imponer su voluntad de liberar a su país y al mundo a través de una serie de acciones que sus adversarios deforman y presentan como simples contradicciones.

Durante la cumbre realizada con los Estados arabo-musulmanes, en Riad el 21 de mayo, Donald Trump exhortó a sus interlocutores en general –y a Arabia Saudita en particular– a poner fin a todo vínculo con la Hermandad Musulmana [2]. Consciente que esta instando al rey Salman de Arabia Saudita a renunciar a su principal ejército, le ha garantizado un enorme arsenal cuyo valor ascenderá a 110 000 millones de dólares.

A pesar de los constantes asaltos de amabilidad del rey saudita y de su corte, al final de la cumbre Arabia Saudita publicó una declaración sin someterla a la aprobación de los demás participantes [3]. Ese documento puede interpretarse como el anuncio de la creación de una «Coalición militar islámica» que amplía la «Fuerza Común Árabe», cuyo accionar ya hemos podido ver en Yemen. Pero también puede servir en el futuro para justificar una ocupación saudita en regiones de Siria, Irak y de otros países después de ser liberadas de Daesh.

En la cumbre de la OTAN, celebrada el 25 de mayo en Bruselas, Donald Trump obligó a sus aliados a congregarse ante un pedazo del muro de Berlín y otro de una de las Torres Gemelas, destruidas durante los hechos del 11 de septiembre de 2001. Y, recordándoles que –en virtud del Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte– habían aceptado el principio mismo de la lucha contra el terrorismo luego de los atentados del 11 de septiembre, los forzó a reorientar los objetivos de la alianza [4]. Por supuesto, la OTAN conservará su función anti-rusa, pero se compromete en lo adelante a participar en la erradicación de los mismos yihadistas cuyas acciones había venido coordinando desde su base en Izmir (Esmirna), en territorio turco. Trump también comprometió a los participantes en la cumbre de la OTAN a compartir la información que posean sobre las organizaciones terroristas en el marco de un grupo de coordinación en materia de inteligencia.

En la cumbre del G7, reunido el 26 de mayo en Taormina, Donald Trump arrancó a sus aliados una declaración «contra el terrorismo y el extremismo violento» [5]. En realidad, sus socios se comprometieron solamente a evitar que el terrorismo desborde las zonas donde ellos mismos lo organizan, lo financian y hasta lo dirigen e impedir que se extienda a Occidente. En todo caso, el G7 dio inicio a un proceso tendiente a poner fin no sólo al financiamiento del terrorismo sino también al del extremismo violento, lo cual apunta a la Hermandad Musulmana, matriz del terrorismo islamista.

Esta última declaración sólo fue posible en el contexto del atentado perpetrado en Manchester, el 22 de mayo, por el hijo de un agente doble del MI6 –simultáneamente ex miembro de los servicios de seguridad de Muammar el-Kadhafi y de al-Qaeda [6]. Pero es evidente que los británicos no tienen intenciones de renunciar a utilizar la Hermandad Musulmana.

En cambio, sí parece posible que Francia y Alemania inicien un proceso de “limpieza” en sus servicios de inteligencia, lo cual les llevará tiempo. El propio Donald Trump no ha logrado realizar esa “limpieza” en el seno de su propia administración. Y basta con citar un ejemplo: el 20 de mayo, el Pentágono hizo llegar al puerto saudita de Jedda un nuevo cargamento de armas destinado a los yihadistas, en cumplimiento de un contrato que data de los últimos días de la transición presidencial estadounidense [7]. Esos nuevos envíos de armamento incluyen lanzacohetes múltiples y blindados búlgaros OT-64 SKOT.
Thierry Meyssan

Fuente
Al-Watan (Siria)


[1] “Discurso de investidura de Donald Trump”, por Donald Trump, Red Voltaire , 21 de enero de 2017.

[2] “Donald Trump’s Speech to the Arab Islamic American Summit”, por Donald Trump, Voltaire Network, 21 de mayo de 2017.

[3] “Riyadh Declaration”, Voltaire Network, 23 de mayo de 2017.

[4] “Remarks by Donald Trump at NATO Unveiling of the Article 5 and Berlin Wall Memorials”, por Donald Trump, Voltaire Network, 25 de mayo de 2017.

[5] “G7 Taormina Statement on the Fight Against Terrorism and Violent Extremism”, Voltaire Network, 26 de mayo de 2017.

[6] «Manchester, el MI6, al-Qaeda y los Abedi», Red Voltaire, 25 de mayo de 2017.

[7] «El Pentágono continúa los envíos de armas a los yihadistas pactados por la administración Obama», Red Voltaire, 28 de mayo de 2017.
Thierry Meyssan
Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «Trump adelanta sus peones», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria) , Red Voltaire , 30 de mayo de 2017, www.voltairenet.org/article196489.html

jueves, 25 de mayo de 2017

Donald Trump contra el yihadismo


por Thierry Meyssan

El discurso de Donald Trump a los dirigentes del mundo musulmán marca un cambio radical de la política militar estadounidense. Ahora el enemigo no es la República Árabe Siria sino el yihadismo, precisamente el movimiento que sirve de herramienta estratégica al Reino Unido, Arabia Saudita y Turquía.

Durante su campaña electoral, Donald Trump había declarado simultáneamente que no aspiraba a derrocar regímenes y que quería acabar con el terrorismo islámico. Desde su elección, sus adversarios han venido tratando de imponerle la continuación de la política que ellos habían iniciado, consistente en utilizar la Hermandad Musulmana para acabar con la República Árabe Siria.

Se ha recurrido a todos los medios para destruir el equipo que el candidato Trump había conformado, principalmente provocando la renuncia del general Michael Flynn, a quien Trump había escogido como consejero de seguridad nacional. Ya en 2012, el general Flynn se había opuesto al proyecto del entonces presidente Barack Obama, destinado a crear el Emirato Islámico [Daesh], y constantemente señalaba a la Hermandad Musulmana como la matriz del terrorismo islamista.

Se ha recurrido también a todos los argumentos para presentar al nuevo presidente de Estados Unidos como un islamófobo. Para ello se le criticó duramente por haber promulgado un decreto que prohibía la entrada a Estados Unidos a los nacionales de 6 países musulmanes. Magistrados demócratas utilizaron sus funciones de forma arbitraria para justificar esa acusación contra el presidente Trump. Lo que en realidad hizo este último fue suspender la entrada al país de personas cuya identidad era imposible de verificar para las autoridades estadounidenses por depender para ello de 6 Estados en guerra o seriamente afectados por ella.

El problema que enfrenta Donald Trump no está determinado por la supervivencia de la República Árabe Siria sino por la pérdida que supondría para varios aliados de Washington el posible fin de la estrategia terrorista. Es un secreto a voces que en todas las conferencias internacionales todos los Estados se pronuncian públicamente contra el terrorismo islamista, mientras que en privado varios de esos mismos Estados han venido organizándolo desde hace 66 años.

En ese caso se halla, en primer lugar, el Reino Unido, creador –en 1951– de la cofradía designada como Hermandad Musulmana, construida sobre las ruinas de una organización homónima que había sido disuelta 2 años antes y cuyos ex dirigentes se hallaban casi todos en la cárcel. El segundo país que se halla en esa situación es Arabia Saudita, que –a pedido de Londres y de Washington– creó la Liga Islámica Mundial para respaldar simultáneamente la Hermandad Musulmana y la Orden de los Naqshbandis. Esta Liga Islámica Mundial, cuyo presupuesto es superior al del ministerio de Defensa de Arabia Saudita, es el órgano que alimenta con dinero y armas todo el conjunto del sistema yihadista a nivel mundial. Y finalmente, se halla también en ese caso Turquía, que actualmente garantiza la dirección de las operaciones de ese sistema.

Al dedicar el discurso que pronunció en Riad a aclarar las ambigüedades creadas alrededor de su actitud hacia el islam y a reafirmar su intención de acabar con la herramienta de los servicios secretos anglosajones, Donald Trump impone su voluntad a los alrededor de 50 Estados que se reunieron para escucharlo. Para evitar malentendidos, su secretario de Defensa, el general James Mattis, había explicado 2 días antes su estrategia en el plano militar: cercar a los grupos yihadistas y exterminarlos, sin dejarles posibilidad de escapar.

Por el momento se ignora cuál será la reacción de Londres. Con respecto a Riad, Donald Trump puso especial cuidado en exonerar a los Saud de sus crímenes anteriores. Arabia Saudita no fue señalada como culpable… pero Irán sí es designado como chivo expiatorio, lo cual resulta evidentemente absurdo cuando sabemos que la Hermandad Musulmana y los Naqshbandis son sunnitas mientras que Irán es un país chiita.

Sin embargo, la carga anti-iraní del discurso de Trump carece de importancia… Teherán sabe perfectamente a qué atenerse. Sin dejar de escupir a su paso desde hace 16 años, Washington ha venido destruyendo uno a uno todos los enemigos de Teherán: los talibanes, Saddam Hussein y, dentro de poco, Daesh.

Lo que está en juego ahora, como ya anunciamos hace 8 meses, es el fin de las primaveras árabes y el regreso a la paz regional.
Thierry Meyssan

Fuente
Al-Watan (Siria)

Thierry Meyssan
Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «Donald Trump contra el yihadismo», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria) , Red Voltaire , 23 de mayo de 2017, www.voltairenet.org/article196402.html

martes, 23 de mayo de 2017

En Riad, Donald Trump habló del terrorismo, no del islam




Red Voltaire

Al contrario de lo que reportan las agencias de prensa occidentales, y de lo que Barack Obama hizo en Egipto hace 8 años, el actual presidente estadounidense Donald Trump no pronunció en Arabia Saudita un discurso sobre el islam.

Recordando que su gira internacional, iniciada en Arabia Saudita –donde se encuentran los sitios más sagrados del islam–, lo llevará también a Jerusalén, Belén y el Vaticano, el presidente Donald Trump llamó a la práctica del respeto y la tolerancia entre las tres principales religiones abrahamánicas, o sea el islam, el judaísmo y el cristianismo.

Centrando su discurso en la lucha contra el terrorismo, el presidente Trump apeló a los sentimientos religiosos y al humanismo de los responsables musulmanes presentes en Riad para invitarlos a no seguir cooperando con quienes siembran la muerte y los invitó a participar en el Global Center for Combating Extremist Ideology o Centro Global de Lucha contra la Ideología Extremista.

Veamos a continuación los principales fragmentos de su discurso:

    «No estamos aquí para impartir conferencias. No estamos aquí para decir a los demás cómo deben vivir, actuar, aprender o adorar. En vez de eso, estamos aquí para ofrecer una asociación –basada en intereses y valores compartidos– con vista a perseguir un futuro mejor para todos nosotros.

    (…) Es una opción entre dos futuros, una opción que América [léase Estados Unidos] no puede adoptar en lugar de ustedes. Un futuro mejor es posible sólo si las naciones de ustedes rechazan a los terroristas y los extremistas. Expulsadlos, sacadlos de vuestros lugares de culto. Sacadlos de vuestras comunidades. Sacadlos de vuestra tierra santa. Sacadlos de nuestra tierra.

    Por nuestra parte, América se ha comprometido a adaptar sus estrategias para enfrentar la evolución de las amenazas y los nuevos hechos. Eliminaremos las estrategias que no han arrojado frutos y aplicaremos nuevos puntos de vista basados en la experiencia y el juicio. Estamos adoptando un realismo de principio, anclado en valores comunes y en intereses compartidos.

    (…) Los responsables religiosos deben hacer que esto quede absolutamente claro: la barbarie no nos aportará ningún tipo de gloria, la devoción por el mal no nos aportará ningún tipo de dignidad. Si escogéis el camino del terror, vuestra vida estará vacía, vuestra vida será breve y vuestra alma acabará siendo condenada.

    (…) Con la ayuda de Dios, esta cumbre marcará el principio del fin para quienes practican el terror y divulgan su vil credo. Al mismo tiempo, rezamos para que algún día sea posible recordar este encuentro como el principio de la paz en el Medio Oriente –y quizás incluso en el mundo entero.

    (…) Os pido que os unáis a mí, que os unáis a mí, que trabajemos juntos y que luchemos juntos. Unidos, no fallaremos.

    Os doy las gracias. Que Dios os bendiga. Que Dios bendiga a vuestros países. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.» [1]

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[1] “Donald Trump’s Speech to the Arab Islamic American Summit”, por Donald Trump, Voltaire Network, 21 de mayo de 2017.
Red Voltaire

Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «En Riad, Donald Trump habló del terrorismo, no del islam», Red Voltaire , 22 de mayo de 2017, www.voltairenet.org/article196409.html

sábado, 13 de mayo de 2017

Donald Trump y su propaganda de Ajit-ación



Amy Goodman y Denis Moynihan
Democracy Now!


“¡Estás despedido!”. Cuando Donald Trump destituyó al director del FBI , James Comey, la noche del martes, fue más que otra de las chocantes acciones ejecutivas de Trump. Es escalofriantemente relevante la comparación con el escándalo Watergate, ocurrido durante la presidencia de Richard Nixon. Comey estaba investigando una posible conspiración entre el gobierno ruso y la campaña presidencial de Trump. Pocos días antes de ser destituido, Comey había solicitado más recursos para la investigación al Departamento de Justicia dirigido por el lacayo de Trump, el fiscal general Jeff Sessions. El despido de Comey por parte de Trump recuerda al despido por parte de Richard Nixon del fiscal especial independiente que investigaba el escándalo Watergate, Archibald Cox, en lo que se llamó “La masacre del sábado por la noche”.

En medio del diluvio diario de escándalos, hay un detalle que sigue siendo muy claro y trasparente: Donald Trump entiende el poder de los medios y lo emplea de forma implacable. Desde el anuncio de su candidato a la Corte Suprema en un evento intrigante que podría haber sido tomado de un Reality show, hasta sus incesantes e inflamatorias publicaciones en Twitter, Trump manipula los medios de comunicación y, con frecuencia, controla el ciclo informativo. Sus declaraciones impredecibles han capturado la atención de los medios de comunicación corporativos, prácticamente llegando a un punto donde es lo único en recibir cobertura mediática.

Sin embargo, detrás del caos que desborda los titulares, se van deshaciendo décadas de logros políticos progresistas gracias al ejército de conservadores que Trump ha reunido a su alrededor. En la Comisión Federal de Comunicaciones ( FCC , por su sigla en inglés), por ejemplo, el recién designado presidente, Ajit Pai, está haciendo todo lo posible para eliminar las normas que protegen la neutralidad de Internet, al tiempo que permite una mayor consolidación a las grandes cadenas pro-Trump. Esto llevará a que tengamos un diálogo democrático cada vez más restringido en nuestra sociedad, reforzando aún más el dominio de Trump sobre el poder.

La neutralidad de Internet es descrita por Free Press, organización que aboga por la democratización de los medios de comunicación, como “la Primera Enmienda de Internet”. Describe una característica fundamental de Internet: que la información fluya líbreme y equitativamente en la web, sin importar su contenido. Por ejemplo, si se desea ver el contenido web de la Asociación Nacional del Rifle o de la Campaña Brady para prevenir la violencia con armas, cualquiera de los sitios buscados se cargará con la misma rapidez. Los proveedores de Internet no están autorizados a favorecer a un sitio por encima de otro.

Veamos otro ejemplo: muchas personas usan Netflix para ver videos en Internet. Pero imaginemos un proveedor de Internet con intereses propios en un servicio competidor de Netflix que decida enlentecer la descarga desde Netflix para frustrar a esos usuarios y conducirlos al servicio de su propiedad. Con normas de neutralidad aplicadas de forma estricta, este tipo de conducta sería ilegal. En la Internet que está intentando construir Ajit Pai, ex abogado de la gigante de las telecomunicaciones Verizon, despojado de normas de neutralidad, probablemente este tipo de conducta desleal sería lo habitual. Los sitios que cuenten con un fuerte respaldo financiero tendrían el predominio, y a los emprendimientos web más pequeños se les haría imposible competir con ellos. El dinamismo de Internet terminaría desapareciendo.

Vayamos un paso más allá con otras hipótesis posibles. Imaginemos un sitio web activista dedicado a organizar la resistencia contra la prohibición a inmigrantes del presidente Trump. Actualmente, se podría acceder libremente a un sitio así. Pero sin la protección de la neutralidad de Internet, nada podría impedir que un proveedor enlentezca el tráfico hacia y desde el sitio, volviéndolo inútil.

Las normas de propiedad de los medios, que también son competencia de la FCC , también están en la mira de Pai para ser eliminadas. El 20 de abril, la FCC votó 3 contra 2 en concordancia con las líneas partidarias para suavizar las reglas de propiedad de los medios, lo cual desencadenó una ola de concentración de canales de TV en manos de unos pocos propietarios. Según informes, la corporación de telecomunicaciones Sinclair Broadcast Group está intentando comprar el grupo mediático Tribune Media por 4.000 millones de dólares, lo que le daría control sobre más de un tercio de las estaciones de televisión locales del país.

Sinclair es mucho más que una cadena televisiva: ha explotado durante muchos años las ondas de radio públicas para promover ideologías políticas de derecha. Craig Aaron, presidente y director ejecutivo de Free Press, dijo en una entrevista para Democracy Now!: “Desplegaron una alfombra roja para el presidente Trump. Justo después de las elecciones, Jared Kushner, el yerno y asesor del presidente, indicó que había llegado a un acuerdo con Sinclair para obtener una cobertura favorable, en la que Trump saldría al aire hablando a sus anchas sin interrupción. Ese es el tipo de cosas que han permitido. Han contratado a múltiples personas del círculo íntimo de Trump, portavoces del gobierno, para que salgan al aire, para expresar las opiniones del gobierno”.

Las cadenas de televisión siguen siendo la forma en que la mayoría de la gente obtiene sus noticias, especialmente aquellas menos conectadas a Internet, como las personas mayores y los pobres. Al apoyar a candidatos como Donald Trump, Sinclair también se asegura que no haya cambios drásticos en la ley de financiamiento de campañas. Cada ciclo electoral, entonces, Sinclair y las otras cadenas televisivas cosechan enormes ganancias del flujo de “dinero oscuro” obtenido por la difusión de anuncios políticos engañosos. Esto genera un círculo vicioso, que permite a las fuerzas antidemocráticas reforzar el control de los canales de televisión y, cada vez más, de Internet.

El presidente Trump sabe cómo usar los medios masivos de comunicación y las redes sociales para manipular la opinión pública y atraer votantes. Pero Trump y sus funcionarios, como Ajit Pai, están aprendiendo que hay una fuerza más poderosa: el pueblo organizado que toma las calles. Trump puede despedir a individuos que pongan en riesgo su poder, como James Comey, pero no puede despedir a un movimiento social.

© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

Fuente: Rebelión http://www.democracynow.org/es/2017/5/12/donald_trump_y_su_propaganda_de

jueves, 23 de marzo de 2017

¿Qué pasaría si Washington renunciara a la yihad?



por Thierry Meyssan

La voluntad del presidente Trump de combatir a Daesh y acabar con el terrorismo internacional resulta extremadamente difícil de concretar porque perjudica a los países que lo organizaron e implica una reorientación de la política internacional. El nuevo presidente estadounidense no parece en condiciones de ordenar a sus tropas el paso a la ofensiva mientras no logre establecer nuevas alianzas.

La oposición que el presidente Donald Trump está teniendo que enfrentar es tan fuerte que el plan de lucha contra el Emirato Islámico (Daesh), cuya presentación debía tener lugar el 22 de marzo en una cumbre de la coalición prevista en Washington, todavía no está listo. Su línea política sigue siendo poco clara. El único objetivo confirmado es la erradicación del yihadismo, pero no se ha resuelto ninguna de sus implicaciones.

El general Joseph Votel, jefe del CentCom, sigue sin presentar las opciones existentes en el terreno. Al parecer ya no habrá de hacerlo hasta el mes de abril.

En el terreno, todo se limita por tanto a un intercambio de información entre los estadounidenses, de un lado, y rusos e iraníes del otro. Para mantener la situación, estas 3 potencias han acordado evitar un enfrentamiento entre los turcos y los kurdos y se están realizando intensos bombardeos aéreos contra al-Qaeda, en Yemen, y contra el Emirato Islámico, en Irak. Pero no se ve nada decisivo. Se mantiene el compás de espera.

Quien se ocupa del manejo del terrorismo internacional por cuenta de Londres y Washington es la Liga Islámica Mundial, que ha venido haciéndolo desde 1962. La Liga Islámica Mundial abarca simultáneamente la Hermandad Musulmana –que se compone de árabes– y la Orden de los Naqchbandis –cuyos miembros son fundamentalmente turco-mongoles y caucásicos.

Hasta el inicio de la guerra de Yemen, el presupuesto militar de la Liga Islámica Mundial era más alto que el del ejército de Arabia Saudita, lo cual quiere decir que la Liga es el primer ejército privado del mundo, sobrepasando ampliamente al tristemente célebre Academi/Blackwater. Aunque es una fuerza estrictamente terrestre, resulta particularmente eficaz en la medida en que su logística depende directamente del Pentágono y porque dispone de numerosos combatientes suicidas.

Fue la Liga Islámica Mundial –o sea, la familia real de Arabia Saudita– quien garantizó a Londres y a Washington el personal que organizó en 2011 la segunda «Gran Rebelión Árabe», siguiendo el modelo de la que tuvo lugar en 1916, pero respondiendo esta vez a la denominación de «primavera árabe». En ambos casos, el objetivo era apoyarse en los wahabitas para redefinir las fronteras regionales en interés de los anglosajones.

Por consiguiente, ahora no se trata simplemente de abandonar el arma que constituye el terrorismo sino también:
- de romper la alianza entre Londres y Washington tendiente a garantizar el control del Medio Oriente Ampliado;
- de privar a Arabia Saudita y Turquía del arma que habían venido desarrollando por cuenta de Londres y de Washington durante más de medio siglo;
- de decidir el futuro de Sudán, Túnez y Libia.
Por otro lado, hay que llegar también a un acuerdo con Alemania y Francia, países que desde 1978 acogieron dirigentes de la Hermandad Musulmana y financiaron la yihad.

Pero ya estamos viendo que el Reino Unido no está muy conforme con todo eso. Ahora resulta que fue el GCHQ –o sea, el servicio británico que se dedica a la intercepción satelital– la entidad que garantizó la escucha de las comunicaciones de la Trump Tower durante la campaña electoral estadounidense y el posterior periodo de transición. Por su parte, según la agencia jordana de noticias Petra, Arabia Saudita financió en secreto un tercio de la campaña electoral de Hillary Clinton contra Donald Trump.

Es por eso que el presidente Trump parece estar en busca de nuevos aliados cuyo respaldo le permita imponer el cambio.

Trump está organizando ahora un encuentro con el presidente chino Xi Jinping, durante el cual podría planificar la adhesión de Estados Unidos al banco chino de inversiones. Con esa jugada, Trump pondría a sus aliados ante el hecho consumado: si Estados Unidos participa en la construcción de las rutas de la seda, será imposible para el Reino Unido, Arabia Saudita, Turquía, Alemania y Francia continuar la yihad en Irak, Siria y Ucrania.

Thierry Meyssan
Fuente: Al-Watan (Siria)
Red Voltaire
Voltaire, edición Internacional
Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «¿Qué pasaría si Washington renunciara a la yihad?», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria) , Red Voltaire , 21 de marzo de 2017, www.voltairenet.org/article195670.html

jueves, 16 de febrero de 2017

Trump: los negocios contra la guerra

Donald Trump inaugura el “Strategy and Policy Forum” en la Casa Blanca, el 3 de febrero de 2017.

por Thierry Meyssan


Thierry Meyssan nos invita a que observemos a Donald Trump sin juzgarlo según los criterios de su predecesor sino tratando de entender su propia lógica. Y observa que el nuevo presidente estadounidense está tratando de restaurar la paz y de reactivar el comercio mundial, pero sobre una nueva base, totalmente diferente a la actual globalización.
Tratando de echar por tierra el poder que le precedió y que se aferra al control en contra suya, el presidente Donald Trump no puede conformar su administración apoyándose en la clase política ni en altos funcionarios. Por eso está recurriendo a nuevas personalidades, a empresarios como él, a pesar de los riesgos que eso implica.


Según la ideología puritana en boga desde la disolución de la Unión Soviética, es un crimen mezclar la política de un Estado con los negocios personales, razón por la cual se instauró una estricta separación entre ambas cosas. En siglos anteriores, por el contrario, la política no se abordaba bajo una perspectiva moral sino siguiendo el principio de la eficacia. En esos tiempos se consideraba normal asociar los empresarios a la política. El enriquecimiento personal de estos últimos se calificaba de «corrupción» sólo si se enriquecían en detrimento de la Nación, no cuando la desarrollaban.

En lo que concierne a sus relaciones con los Dos Grandes, el presidente Trump aborda el tema de Rusia en el plano político y el tema de China en el plano comercial. Por eso recurre a Rex Tillerson –el ex patrón de Exxon-Mobil–, amigo personal de Vladimir Putin, como secretario de Estado; y a Stephen Schwarzman –el mandamás de la firma de inversiones y capital Blackstone–, amigo personal del presidente Xi Jinping, nombrándolo presidente del nuevo órgano consultativo encargado de proponer la nueva política comercial estadounidense: el Foro Estratégico y Político (Strategy and Policy Forum), inaugurado personalmente por el presidente Trump en la Casa Blanca, el 3 de febrero [1]. Ese Foro reúne a 19 empresarios de muy alto nivel. Contrariamente a las prácticas anteriores, esos consejeros no fueron designados teniendo en cuenta si apoyaron o no al presidente en su campaña electoral, ni tampoco en función de las empresas que dirigen, del tamaño de estas o de su influencia. Sólo se tuvo en cuenta la capacidad personal de dirección de los seleccionados.

Rex Tillerson


Como director de ExxonMobil, Rex Tillerson concibió una forma de asociación con sus homólogos rusos. Gazprom y, posteriormente, Rosneft autorizaron a los estadounidenses a trabajar en Rusia, a condición de que los estadounidenses hicieran lo mismo autorizando esos consorcios a trabajar con ellos en otras partes del mundo. Los rusos cubrieron así un tercio de las operaciones de ExxonMobil en el Golfo de México, mientras que la transnacional estadounidense participó en el descubrimiento de un gigantesco campo de hidrocarburos en el Mar de Kara [2].

Fue ese éxito lo que le valió a Rex Tillerson recibir la Medalla de la Amistad de manos del presidente Vladimir Putin. Pero la prensa prefiere resaltar los vínculos personales que Tillerson estableció con el presidente ruso y con Igor Sechin, hombre de confianza de Putin.

A la cabeza de ExxonMobil, Tillerson se enfrentó a la familia Rockefeller, fundadora del emporio. Pero logró hacer valer su punto de vista y los Rockefeller comenzaron a vender sus acciones para abandonar la compañía [3].

Según los Rockefeller, el petróleo y el gas son recursos finitos, o sea limitados, que están a punto de agotarse –conforme a la teoría divulgada en los años 1970 por el Club de Roma. El uso de esos recursos provoca emisiones de carbono hacia la atmósfera y así da lugar al calentamiento climático del planeta –teoría difundida en los años 2000 por el GIEC y el ex vicepresidente demócrata estadounidense Al Gore [4]. Y es hora de pasar a fuentes renovables de energía.

Por el contrario, para Rex Tillerson, nada permite validar la idea de que los hidrocarburos son una especie de compost de detritus biológicos. Constantemente siguen apareciendo nuevos yacimientos en zonas donde no parecía que pudiese haber yacimientos y a profundidades cada vez mayores. Nada demuestra que los hidrocarburos vayan a agotarse en los próximos siglos. Nada prueba tampoco que el carbono proveniente de las actividades humanas sea la causa del cambio climático. Los dos bandos inmersos en ese debate han financiado un intenso cabildeo para convencer a los políticos que toman las decisiones porque ninguna de las dos partes dispone de un argumento determinante [5].

Pero los dos bandos también defienden, por otro lado, posiciones diametralmente opuestas en materia de política exterior. Es por eso que la lucha entre los Rockefeller y Tillerson tuvo un impacto en la política internacional. Veamos:

En 2005, los Rockefeller aconsejeron a Qatar –cuyos ingresos provienen de ExxonMobil– que apoyara a la Hermandad Musulmana. Después, en 2011, aconsejaron a Qatar que se implicara en la guerra contra Siria. Y Qatar dilapidó decenas de miles de millones de dólares en apoyo a los grupos yihadistas.

Tillerson, por el contrario, consideró que la guerra clandestina es buena para la política imperial, pero no hace avanzar los negocios. Desde la derrota de los Rockefeller, Qatar ha venido retirándose paulatinamente de la guerra y dedica sus gastos a los preparativos de la Copa Mundial de futbol.

En todo caso, la administración Trump no ha tomado, hasta ahora, ninguna decisión sobre Rusia, exceptuando la abrogación de las sanciones adoptadas en reacción a una injerencia en la campaña electoral estadounidense, injerencia supuestamente observada por la CIA.

Stephen Schwarzman


El presidente Trump inicialmente incomodó a China al aceptar una llamada telefónica de la presidenta de Taiwán, a pesar del principio de «Una China, dos sistemas». Recientemente ofreció excusas al presidente Xi Jinping, deseándole calurosamente un «Feliz año del Gallo de Fuego».

Pero antes le hizo un regalo de lujo al anular la participación de Estados Unidos en el Tratado Transpacífico. Ese acuerdo, que ni siquiera estaba firmado aún, estaba concebido –como todo el conjunto de la globalización de los 15 últimos años– para excluir a China del poder de decisión.

El presidente Trump ha abierto un canal de negociación con las principales autoridades comerciales y financieras chinas, a través de los miembros de su Foro Estratégico y Político. Un 9,3% de la empresa de Stephen Schwarzman, Blackstone, pertenece desde 2007 al fondo soberano chino China Investment Corp. [6], cuyo director de aquella época, Lou Jiwei, es el actual ministro de Finanzas de la República Popular China.

Schwarzman es miembro del Consejo Consultativo de la Escuela de Economía y Gestión de la Universidad Tsinghua [7]. Y ese Consejo, bajo la presidencia del ex primer ministro Zhu Rongji, reúne en su seno a importantísimas personalidades chinas y occidentales. Basta con citar a Mary Barra, de General Motors; Jamie Dimon, de JPMorgan Chase; Doug McMillon, de Wal-Mart Stores; Elon Musk, de Tesla Motors; e Indra K. Nooyi, de PepsiCo; quienes además son ahora miembros del nuevo Foro Estratégico y Político de la Casa Blanca.

En un artículo anterior, indiqué que desde su encuentro con Jack Ma –de Alibaba e igualmente miembro del Consejo Consultativo de la Universidad Tsinghua–, Donald Trump se plantea la posibilidad de que Estados Unidos se incorpore al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (Asian Infraestructure Investment Bank o AIIB). Si esa posibilidad se concretara, Estados Unidos estaría iniciando una verdadera cooperación para desarrollar las «rutas de la seda», lo cual haría inútiles los conflictos en Ucrania y en Siria [8].

La cooperación a través del comercio


Desde la disolución de la URSS, la política de Estados Unidos se trazaba según la «doctrina Wolfowitz». Para garantizar que Estados Unidos fuese «el primero», las sucesivas administraciones no vacilaron en librar de manera consciente toda una serie de guerras que empobrecieron el país [9].

Por supuesto, ese empobrecimiento no fue para todos. Por eso se vio un conflicto intestino del capitalismo entre las empresas que se benefiaban con la guerra –actualmente BAE, Caterpillar, KKR, LafargeHolcim, Lockeed Martin, Raytheon, etc.– y las que sabían que podían beneficiarse con la paz.

La administración Trump pretende reactivar el desarrollo de Estados Unidos rompiendo con el ideal de ser «el primero» y fijando como objetivo ser «el mejor». Para eso hay que actuar rápido. Se necesitarán años para abrir las «rutas de la seda», aunque su construcción ya está ampliamente iniciada. Por consiguiente, Estados Unidos no tiene tiempo para ponerse a renegociar los grandes tratados comerciales multilaterales ya existentes. Tiene que concluir sin demora acuerdos bilaterales para que los contratos se apliquen de inmediato.

Consciente de que es extremadamente difícil convertir una economía de guerra en economía de paz, Donald Trump asoció a su Foro Estratégico y Político un empresario proveniente de una de las grandes firmas que podrían desarrollarse tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra:: Jim McNerney, de Boeing.

Thierry Meyssan

[1] “Remarks by President Trump in Strategy and Policy Forum”, The White House, 3 de febrero de 2017.

[2] «Rosneft exploitera le pétrole du golfe du Mexique », por Juliana Gortinskaïa, Оdnako (Rusia) , Réseau Voltaire, 8 de marzo de 2013.

[3] “The Rockefeller Family Fund vs. Exxon”, David Kaiser y Lee Wasserman, The New York Review of Books, 8 de diciembre de 2016.

[4] «1997-2010: La ecología financiera», por Thierry Meyssan, Оdnako (Rusia) , Red Voltaire, 28 de abril de 2010.

[5] “Exxon Mobil Accuses the Rockefellers of a Climate Conspiracy”, John Schwartz, The New York Times, 21 de noviembre de 2016. “Rockefeller Foundations Enlist Journalism in ‘Moral’ Crusade Against ExxonMobil”, Ken Silverstein, The Observer, 16 de enero de 2017.

[6] Annual Report 2008, p. 40 & 56, The Blackstone Group.

[7] “The Advisory Board of Tsinghua University School of Economics and Management (2016-2017)”, Tsinghua University.

[8] “The Geopolitics of American Global Decline”, Alfred McCoy, Tom Dispatch (Estados Unidos) , Voltaire Network, 22 de junio de 2015.

[9] La doctrina Wolfowitz se elaboró en el marco de la Defense Policy Guidance for the Fiscal Years 1994-1999. Aunque ese documento no ha sido desclasificado, su contenido fue revelado en el artículo «U.S. Strategy Plan Calls For Insuring No Rivals Develop», por Patrick E. Tyler, The New York Times, el 8 de marzo de 1992. Ese mismo diario publica largos pasajes del informe en la página 14: «Excerpts from Pentagon’s Plan: "Prevent the Re-Emergence of a New Rival"». Informaciones adicionales aparecen en «Keeping the U.S. First; Pentagon Would Preclude a Rival Superpower», por Barton Gellman, The Washington Post, 11 de marzo de 1992.

Thierry Meyssan

Thierry Meyssan Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).


¿Quién está usando la prensa y la Justicia contra Donald Trump y Francois Fillon?¿Quién está usando la prensa y la Justicia contra Donald Trump y Francois Fillon?

Contra Donald Trump, la propaganda de guerraContra Donald Trump, la propaganda de guerra

16. El cambio de bando de TurquíaEl cambio de bando de Turquía

Las sonrisas de la señora MayLas sonrisas de la señora May

Donald Trump disuelve la organización del imperialismo estadounidense Donald Trump disuelve la organización del imperialismo estadounidense

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Fuente : «Trump: los negocios contra la guerra», por Thierry Meyssan, Red Voltaire , 14 de febrero de 2017, www.voltairenet.org/article195245.html

sábado, 4 de febrero de 2017

Las sonrisas de la señora May





por Thierry Meyssan

En momentos en que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca abre una nueva etapa en las relaciones internacionales, cada Estado va tratando de reposicionarse. El gobierno británico, después del referéndum que lo obliga a salir de la Unión Europea, trata de conciliar los intereses de su clase dirigente con los del pueblo. Con ese objetivo, la primera ministro Theresa May está explorando opciones contradictorias.
Las cosas nunca son sencillas. El cambio de administración en Washington debería llevar a la erradicación de la Hermandad Musulmana y del conjunto de grupos yihadistas nacidos de esa cofradía. En sólo una semana, el nuevo presidente de Estados Unidos publicó un Memorándum sobre la manera de combatir realmente contra el Emirato Islámico (Daesh) [1]. Sin embargo, los aliados de Estados Unidos no parecen dispuestos a someterse tan fácilmente a ese giro de 180 grados en relación con una política de la que ya han aprendido a sacar ventajas.

El Reino Unido se plantea en este momento diferentes opciones que se le abren con el Brexit: acercarse a la potencia económica en ascenso, que es China, o apostar nuevamente por la alianza anglosajona y conformar un directorio mundial con Estados Unidos. El problema es, por un lado, que los chinos conservan un desastroso recuerdo de la colonización británica y que están mostrando a Hong Kong que no tienen ninguna intención de ir más allá con el acuerdo conocido como «Un país, dos sistemas» mientras que, por otro lado, los estadounidenses quieren reemplazar el imperialismo militar por un renacimiento comercial.

Dado el hecho que Donald Trump no quiso por el momento viajar a Londres, fue la primera ministro Theresa May quien se apresuró a cruzar el Atlántico. En un sorprendente discurso pronunciado ante los congresistas republicanos en Filadelfia, la señora May recordó la historia común que comparten su país y Estados Unidos y la influencia internacional del Commonwealth, para concluir anunciando que está dispuesta a establecer con el presidente Donald Trump una relación similar a la que existió entre Ronald Reagan y Margareth Thatcher, tándem que dominó el mundo occidental en los años 1980.

Durante su encuentro con el presidente Trump, la primera ministra británica fue toda sonrisas. Se felicitó por el acuerdo comercial bilateral que anunció Trump, aunque ese acuerdo no podrá entrar en vigor hasta que el Reino Unido haya salido efectivamente de la Unión Europea, lo cual no ocurrirá antes de uno o 2 años.

Como no está segura de haber sido lo suficientemente convincente, la señora May viajó después a Turquía. Durante su encuentro con el presidente Recep Tayyip Erdogan, la primera ministro británica anunció –por supuesto– un desarrollo del comercio bilateral. Pero, no era ese el verdadero objeto de su visita. Las conversaciones con Erdogan estuvieron dedicadas principalmente a buscar la manera de que Londres y Ankara puedan aprovecharse juntos de la Unión Europea, desde afuera.

Pero lo primero que hizo la jefe del gobierno británico fue felicitar al dictador por haber defendido de manera brillante la democracia durante el abominable intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016, que en realidad fue un intento de asesinato orquestado por la CIA contra Erdogan. Ya en julio, el embajador británico en Turquía fue el primero en cambiar de casaca y celebrar la victoria del «Estado de derecho».

La idea más reciente del Foreign Office consiste en “resolver” el conflicto chipriota otorgando derechos económicos especiales a Turquía. Ankara podría así gozar de las ventajas del mercado común europeo sin ser miembro de la Unión. Esa jugada también permitiría a Londres utilizar ese privilegio para seguir comerciando con la Unión más allá del Brexit. La idea es ciertamente una muestra de astucia, pero no de buena fe, ni tampoco inspira la confianza que la propia señora May exige a Bruselas para negociar el Brexit.

Theresa May expresó inquietud ante el acercamiento entre Turquía y Rusia, surgido a pesar del antagonismo secular existente entre ambas partes. Como la señora May ha entendido que las negociaciones de Astaná no tienen como objetivo conciliar puntos de vista entre los sirios sino permitir a Turquía dar un primer paso hacia Damasco, lo que hizo fue tratar de crear problemas en el seno de la naciente alianza. Desde su punto de vista, el problema no es que Erdogan esté preparándose para abrazar al presidente Assad –después de haberlo combatido durante largo tiempo– sino que lo haga bajo los auspicios del gran rival ruso del Reino Unido.

En cuanto a Siria, Londres podría ayudar en la lucha contra los kurdos si Ankara le entregara el control de los yihadistas –una propuesta que contradice totalmente la que hizo a los estadounidenses. Pero eso no importa, históricamente la «pérfida Albión» siempre ha tenido la costumbre de decir cosas muy diferentes a sus distintos interlocutores para ver con el tiempo lo que funciona y lo que no.

Thierry Meyssan
[1] «Donald Trump disuelve la organización del imperialismo estadounidense», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 30 de enero de 2017.

Thierry Meyssan
Thierry Meyssan Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).



Red Voltaire
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Fuente : «Las sonrisas de la señora May», por Thierry Meyssan, Red Voltaire , 31 de enero de 2017, www.voltairenet.org/article195151.html

martes, 31 de enero de 2017

Donald Trump disuelve la organización del imperialismo estadounidense

Reunión del Consejo de Seguridad Nacional bajo la presidencia de Barack Obama.

por Thierry Meyssan

Donald Trump acaba de realizar la reforma más importante de las estructuras administrativas de Estados Unidos en los últimos 69 años. Acaba de poner fin al proyecto imperial y está comenzando a rehacer su país, convirtiéndolo en un Estado como los demás.


Modificando el sistema de gobierno establecido en 1947, el presidente Donald Trump publicó un Memorándum sobre la organización del Consejo de Seguridad Nacional y del Consejo de Seguridad de la Patria (Homeland Security) [1].

El principio adoptado en el pasado consistía en manejar la «Seguridad Nacional» bajo la autoridad conjunta de la Casa Blanca, del Estado Mayor Conjunto y de la CIA, que fue creada en aquella época.

Desde 1947 y hasta el 2001, el Consejo de Seguridad Nacional fue el centro del Ejecutivo estadounidense. En su seno, el presidente compartía el poder con el director de la CIA –nombrado por él– y con el jefe del Estado Mayor Conjunto, seleccionado por sus pares de este órgano estrictamente militar. Desde el 11 de septiembre de 2001, el Consejo de Seguridad Nacional se hallaba de facto bajo la supervisión del «Gobierno de Continuidad» de Raven Rock Mountain.

En lo adelante, a raíz de las decisiones de Donald Trump, el jefe del Estado Mayor Conjunto no estará sistemáticamente representado en las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional. Sólo estará presente si el tema a discutir exige su presencia. Además, la CIA pierde el asiento que ocupaba en el Consejo de Seguridad Nacional, donde será eventualmente representadA por el director de la Inteligencia Nacional.

La CIA, que fue hasta ahora el brazo armado del presidente para la realización de las acciones secretas, finalmente se convierte en una agencia de inteligencia en el verdadero sentido de la palabra, o sea en una agencia encargada de estudiar los actores internacionales, de anticipar las acciones de dichos actores y de aconsejar al presidente.

Según un informe de su actividad anual, el Consejo de Seguridad Nacional ordenó en 2015 asesinatos políticos en 135 países.

Durante el periodo de transición y traspaso del poder, el presidente Trump anunció solemnemente que Estados Unidos ya no organizará cambios de régimen, como lo hizo o trató de hacerlo desde 1989 recurriendo a las técnicas de Gene Sharp, el fabricante de «revoluciones de colores».

El presidente Trump asignó además un puesto permanente en el Consejo de Seguridad Nacional a su estratega en jefe, en condiciones de igualdad con su jefe de gabinete.



La ex consejera de seguridad nacional de Barack Obama, Susan Rice, reaccionó duramente ante esos cambios a través de su cuenta de Twitter. La mayoría de los ex directores de la CIA también han saltado a la palestra para protestar.

Thierry Meyssan

[1] “Presidential Memorandum: Organization of the National Security Council and the Homeland Security Council”, por Donald Trump, Voltaire Network, 28 de enero de 2017.

Thierry Meyssan
Thierry Meyssan Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).


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La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «Donald Trump disuelve la organización del imperialismo estadounidense », por Thierry Meyssan, Red Voltaire , 30 de enero de 2017, www.voltairenet.org/article195138.html

lunes, 9 de enero de 2017

¿Hará Trump que "1984" parezca un cuento para niños?




Tom Engelhardt
TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

El distópico Donald

El futuro según Trump

¿Duda el lector que, aunque todavía falten cuatro semanas* para que Donald Trump entre en el Despacho Oval, estamos en una época distópica? Nunca antes habíamos tenido tan vívidos anticipos de qué podía significar un capitalismo sin restricciones en un país cada día más desigual, ahora que su versión ‘política del 1%’ ha elevado al pináculo del poder a un extravagante multimillonario y su “panda de deplorables”. Por supuesto, no hablo de sus seguidores sino de quienes él ha elegido para los más altos cargos del país. Entre ellos, unos cuantos generales listos para conducirnos a un nuevo ciclo de cruzadas y un equipo de milmillonarios y multimillonarios preparados para adueñarse otra vez de Estados Unidos.

Es un momento que ya sorprende por lo deprimente... y aun así todavía no ha comenzado. Un momento que, lo menos que se puede decir, nos convoca para estar a la altura de las circunstancias. Eso significa aglutinar una imaginación distópica que se ajuste a los tiempos que se vienen.

No tengo dudas de que el lector es tan capaz como yo de crear escenarios inhóspitos para el futuro de este país (por no hablar del planeta todo). Pero solo para mantener la bola rodando en vísperas de las vacaciones, permítame que le ofrezca un par de mis propias fantasías distópicas enfocadas en las posibles acciones del presidente Donald Trump.

Existe ya una vasta literatura –prácticamente, una biblioteca– de textos sobre los conflictos de intereses de nuestro único presidente electo. Después de todo, él es dueño –o usufructúa– de varias torres, exclusivos campos de golf, clubes, hoteles, condominios, residencias y vaya unos a saber qué más en por lo menos 18 o 20 países. Su nombre, invariablemente en impresionantes letras doradas, se alza muy alto en los cielos de todo el planeta. De hecho, en estos días, es difícil librarse de la marca Trump y sus conflictos, desde Bali hasta Filipinas, desde Dubai a Escocia e India; tampoco en el mismísimo corazón de la isla de Manhattan. Aquí, en la ciudad donde vivo, a un costo de más de un millón de dólares por día –pagados por el contribuyente; yo mismo–, la policía está protegiendo su importantísimo tiempo, mientras el Servicio Secreto y las fuerzas armadas agregan lo suyo al crecimiento del campamento en armas en medio de Manhattan. Por supuesto, están defendiendo la torre Trump, el mismo lugar donde en junio de 2015, utilizando el Rockin’ in the Free World de Neil Young, se montó en la escalera mecánica que le llevaría directamente a la campaña presidencial, prometiendo que construiría un “gran muro”, expulsaría a todos los “violadores” mexicanos y haría que “Estados Unidos volviese a ser grande”.

Frente a esa torre en la concurrida Quinta avenida hay ahora una hilera de camiones volquete llenos de arena (“para defender al candidato presidencial republicano de un posible atentado con bomba”); se ha dicho que, pensando en la seguridad del futuro presidente y su familia, el Servicio Secreto está considerando la posibilidad de alquilar un par de plantas del edificio a un costo –para el contribuyente estadounidense– de tres millones de dólares por año que, por supuesto, irán directamente a las arcas de una empresa Trump (oiga, ni hablar de conflicto de intereses y ¡ni se le ocurra sugerir la palabra “cleptocracia”!). Todo esto sin duda garantizará que el edificio más paradigmático de Trump –apodado Casa Blanca Norte– se mantendrá razonablemente a salvo de intrusos, atacantes, suicidas con cinturón explosivo y tipos por el estilo. Pero puede que gran parte de la marca imperial Trump en todo el mundo no tenga tanta suerte. En otros sitios, la vigilancia estará a cargo de guardias privados no de agentes del gobierno; en consecuencia, el dinero disponible para seguridad será mucho más modesto.

Con raras excepciones, la atención mediática se ha centrado en apenas un aspecto –cuando son muchísimos– de la cuestión relacionada con los conflictos de intereses de Donald Trump, por no hablar de su afán por evitar hablar de qué hará con ellos ni de la repetida postergación de su prometida conferencia de prensa para discutir estos temas ni del papel de sus hijos en su presidencia o sus negocios. Por lo general, el énfasis se ha puesto en el tipo de problemas que se presentarían con un empresario con marca propia al acceder al poder y aprovecharse de él, o tomando decisiones basadas en el dinero que se puede obtener de ellas. Generalmente, los medios se han centrado en la posibilidad, por ejemplo, de que líderes extranjeros y otros podrían afectar a la política estadounidense mediante la promesa de enriquecimiento de Trump o sus hijos. Informan de algunos diplomáticos que se sentirían obligados a hospedarse en su nuevo hotel de la avenida Pennsylvania muy cerca de la Casa Blanca, o de jefes de Estado de otros países tratando de hacer amistad con él a través de sus socios comerciales en su tierra de origen, o de acuerdos comerciales con la marca Trump que están avanzando en varios países gracias a su triunfo electoral.

Casi invariablemente, la atención está puesta en cómo arreglárselas con un presidente que, por lo menos en los próximos cuatro años, podría tratar –de mil maneras posibles– de aprovecharse de sus distintos actos de gobierno (o sencillamente por estar ahí, aunque no haga nada). No nos equivoquemos, ciertamente esta cuestión podría convertir a la presidencia Trump en algo verdaderamente peliagudo, por no hablar de quiebre de paradigmas en la historia de la Casa Blanca. Pero no llamemos distópico a esto. Lo que alguna gente (aparte del Servicio Secreto) está pensando es en la forma que los conflictos de intereses podrían agotar al nuevo presidente mediante la amenaza no de enriquecerlo sino lo contrario: de empobrecerlo, a él y a sus hijos. Creedme, si avanzamos por este camino, inmediatamente entramos en el territorio de la distopía.

He aquí un escenario posible:

Es 1 de abril de 2017. Donald Trump lleva en el cargo menos de dos meses y medio cuando un elegante “empresario” consigue entrar en las torres Trump de Estambul, Turquía, un edifico importante del paisaje de la capital turca, que ostenta el nombre del nuevo presidente de Estados Unidos en grandes letras doradas en lo más alto de una de ellas. Una vez en el hall de entrada, el hombre, un recadero del Daesh que se ha abierto paso a través del complejo sistema de seguridad privado portando un chaleco explosivo, provoca su estallido y mata a un conserje, a un agente de seguridad y un número indeterminado de clientes y hiere a una docena más.

Ciertamente, jamás he estado en las torres Trump de Estambul, por lo tanto no conozco sus medidas de seguridad; las torres están en el corazón de una ya de por sí explosiva capital, pero dado que es posible encontrar un edificio Trump en cualquier lugar del mundo, siéntase libre el lector de elegir el que más le plazca: torre, centro turístico u hotel. Puede ser que esa explosión sea apenas la primera. No olvide que se ha informado de que a Osama bin Laden la realización de los atentados del 11-S le costó 400.000 dólares e hizo que la administración Bush se embarcara en una sucesión de guerras fracasadas que costaron un billón de dólares y que se diseminaran las organizaciones terroristas por el Gran Oriente Medio y África. Siendo así, no cabe duda alguna de que los jefes del Daesh (o cualquier otra organización similar) verán la ventaja de enviar a ese recadero de tan poco costo para colarse en los dominios del tan susceptible nuevo presidente de Estados Unidos para embrollarle vaya uno a saber en qué.

Imaginar también este otro escenario: estamos en 2018. China y Estados Unidos no se ponen da acuerdo sobre el estrecho de Taiwan; una vez más surgen presiones y pasiones en el norte de África, donde continuas incursiones militares en Libia y Somalia no han hecho más que incrementar el caos que ya existía antes de Trump; al mismo tiempo, en la zona central de Oriente Medio donde, a pesar del intenso bombardeo estadounidense, el Daesh –otra vez un grupo guerrillero sin territorio– está engendrando el caos. Además, en Afganistán, 17 años después de iniciada la segunda guerra afgana de Estados Unidos, el gobierno de Kabul respaldado por Washington se está tambaleando ante nuevas ofensivas del Talibán, Daesh y al-Qaeda. Nutridos contingentes de refugiados provenientes de todas esas zonas de conflicto continúan amenazando a una crispada Europa, mientras aumenta el antiamericanismo por todas partes, no de una forma generalizada sino centrada furiosamente en el presidente de Estados Unidos y su muy apreciada marca.

Imaginar asimismo durante un momento demostraciones y manifestaciones cada vez más grandes, todas ellas dirigidas contra distintas torres, clubes, centros de vacaciones y condominios de la marca Trump. Solo pensar cómo puede afectar a la rentabilidad de la marca del presidente una combinación de amenazas de ataques terroristas y airadas manifestaciones además del aumento de la animosidad contra el nombre de Trump en todo el mundo islámico. Ahora pensar en las torres Trump en Pune, India, o en la torre de 75 plantas en Mumbay o en el lujoso centro de vacaciones de 6 estrellas en Bali o en la torre que se construye en Century City de Manila (cada uno de ellos, un proyecto por todo lo alto de la marca Trump que se espera estarán terminados en un futuro próximo y escenarios todos ellos en ciudades en las que en el pasado se produjeron devastadores atentados terroristas). ¿Qué harán sus propietarios si los presumibles compradores, temerosos por su comodidad, su salud o incluso su vida, empiezan a esfumarse? ¿Qué pasará cuando los hoteles no puedan mantener la ocupación de sus habitaciones, los condominios ya no interesen y de repente la marca Trump empiece a vaciarse?

En estas circunstancias, sin duda, la política exterior y militar de Estados Unidos acabará centrándose en el defensa de la marca Trump, algo que a su vez será muy difícil de proteger. Si recordamos polémicos nombramientos del pasado –muy bien, sé que no estamos en esos tiempos, pero síganme la corriente–, en 1953, el presidente Dwight Eisenhower tuvo su propio momento estilo Rex Tillerson y eligió a Charles Wilson, el CEO del gigante automotriz General Motors para que fuese su secretario de Defensa. En la sesión de confirmación, Wilson ofreció esta infame fórmula para el éxito: “Yo pienso que lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para General Motors, y viceversa”. Si al departamento de Estado y las fuerzas armadas se les encomendara la tarea de rescatar de los escombros a la marca Trump quizá necesitaramos dar vuelta completamente los dichos de Wilson: “Pienso que lo que es malo para la marca Trump es malo para Estados Unidos, y viceversa”.

Por cierto, sabiendo lo que sabemos del presidente electo, si la marca Trump empieza a venirse abajo, casi podríamos tener la certeza de que veríamos una política exterior estadounidense progresivamente dedicada a la protección de la marca del presidente; en esas circunstancias –citando a Peter Van Buren, ex funcionario del departamento de Estado–, ¿qué es lo que posiblemente funcione mal?

Ahora sí estamos en territorio de la distopía.

El asesino en jefe

Permítame el lector que agregue otra fantasía distópica a lo que obviamente podría llegar a ser una interminable sucesión de ellas. Pensemos durante un instante en el tema de los asesinatos presidenciales. Con esta expresión no me refiero a los presidentes asesinados, como Lincoln, McKinley o Kennedy. Hablo del moderno impulso presidencial de asesinar a otras personas.

Al menos desde Dwight Eisenhower, los presidentes de Estados Unidos han estado en el campo de los asesinos. En tiempos de Eisenhower, fue el complot de la CIA contra el primer ministro congoleño Patrice Lumumba; en los de John Kennedy (y su hermano, el fiscal general Robert Kennedy), fue la Cuba de Fidel Castro; durante el mandato de Richard Nixon (y su secretario de Estado Henry Kissinger), fue el asesinato del presidente chileno Salvador Allende en el golpe de Estado realizado por las fuerzas armadas –con respaldo estadounidense– en el primer ataque con fecha 11-S, esta vez en 1973.

En 1976, en la estela del Watergate, el presidente Gerald Ford prohibió el asesinato político mediante un decreto ejecutivo, una prohibición que fue reafirmada por los presidentes que le siguieron (a pesar de que Ronald Reagan estuvo en la dirección de los planes de la fuerza aérea estadounidense para bombardear la residencia del dictador libio Muammar Gaddafi). Sin embargo, con el comienzo el siglo XXI, el más excitante de los ingenios tecnológicos asesinos de todos los tiempos, el dron certeramente llamado Predator, sería dotado de misiles Hellfire y enviado a la acción en la guerra contra el terror dando lugar a la posibilidad del asesinato presidencial en una escala jamás imaginada antes. Las misiones que se le encomendaron forman parte de la creación de este nuestro mundo en versión Terminator.

A instancias de dos presidentes –George W. Bush y Barack Obama– una escuadrilla de esos robots asesinos introdujo en la historia su exclusiva función de cazadores-asesinos que operan fuera de las zonas de guerra oficialmente asumidas por Estados Unidos. Los drones Predator y sus sucesores, los Reaper, serían despachados en juergas asesinas que no han hecho más que comenzar y son mayormente organizadas en la misma Casa Blanca sobre la base de una “lista de la muerte” aprobada y regularmente actualizada por el presidente.

De esta manera, el presidente, sus ayudantes y sus asesores se han convertido en jueces, jurados y verdugos de “sospechosos de terrorismo” (y frecuentemente de quienquiera que acierte a andar por ahí, sea hombre, mujer o niño) prácticamente en todo el mundo. Tal como lo escribí en 2012**, en estas circunstancias, el comandante en jefe se ha convertido en un asesino en jefe a tiempo completo. Hoy en día, los presidentes estadounidenses tienen la tarea de supervisar la eliminación de cientos de personas en tierras lejanas con ciertos visos de “legalidad concedidos mediante memorandos secretos redactados por los abogados de su propio departamento de Justicia. ¡Estamos hablando de distopía! Gorge Orwell se sentiría sobrecogido.

Entonces, cuando se trata de asesinatos, ya estábamos en terreno oscuro antes siquiera de que Donald Trump pensara en aspirar a la presidencia. Pero reconozcamos lo suyo al hombre. Casi sin que nadie lo perciba, quizás esté desarrollando las posibilidades de un novedoso estilo de asesinato presidencial –no en tierras remotas, sino aquí mismo, en casa–. Empecemos por sus notable pericia para los twits y los sorprendentes 17,2 millones de seguidores de sus twiteos –no importa el tema que traten–, entre ellos numerosos integrantes de lo que cortésmente se llama la derecha radical. Créanme, se trata de toda una audiencia si se la provoca, algo que Donad Trump ya ha demostrado que puede hacer con soltura.

En cierto sentido, podríamos verle como una especie de as del Twiter. Ciertamente, su capacidad de arremeter contra quien sea con 140 caracteres no es algo menor. Por ejemplo, recientemente twiteó una repentina crítica a la empresa fabricante de armas Lockheed-Martin por producir el sistema de armas más caro de la historia: el caza F-35 (“El programa F-35 y su costo están descontrolados. Después del 20 de enero, podrán ahorrarse millones de millones de dólares, y lo serán, en gastos militares [y otros]”. Inmediatamente, las acciones de la empresa tuvieron una caída multimillonaria, lo cual –debo admitirlo–, me pareció más divertido que distópico.

Según parece, también le irritó una columna del Chicago Tribune centrada en las críticas que el CEO de Boeing Dennis Muilenburg expresó a los comentarios de Trump sobre el comercio internacional y China, donde esta empresa realiza importantes operaciones comerciales. Muilenburg sugería, con bastante suavidad, que Trump “retrocedía de la retórica de 2016, contraria al comercio, y amenazaba con castigar a otros países con aranceles y honorarios más altos”. La respuesta de Donald fue inmediata: anunció que cancelaría el contrato con Boeing por la construcción de una nueva versión del Air Force One, el avión presidencial (“Boeing está construyendo un nuevo Air Force One 747 para futuros presidentes pero su costo está fuera de control, más de 4.000 millones. ¡Cancelar la orden!”) El paquete accionario de la empresa tuvo una caída similar a la de L-M.

Pero, obviamente, las corporaciones del enorme complejo militar-industrial son capaces de defenderse. Por lo tanto, nada de piedad. Sin embargo, cuando se trata de ciudadanos corrientes, es otra la cuestión. Ahí está Chuck Jones, presidente de Indiana United Steelworkers, un sindicato metalúrgico local. Jones cuestionó la cantidad de puestos de trabajo que el presidente electo había salvado poco tiempo antes en Carrier Corporation. Muchos menos (con bastante agudeza) que los que Trump sostenía. Claramente, esto dañaba el enorme –aunque notablemente frágil– ego del presidente electo. Antes de que supiera qué estaba pasando, Jones se encontró con que estaba involucrado en una típica pelea twitera de Trump (“Chuck Jones, desde 1999 presidente de United Steelworkers ha hecho un espantoso trabajo representando a trabajadores. ¡No nos sorprendamos si las empresas huyen de este país!”). A eso le siguieron llamadas violentas y amenazas; por ejemplo, “Vamos por ti” o, como contó Jones, “Nada que dijera que me iban a matar pero, ya sabéis, a partir de entonces no quitas el ojo de tus hijos. Ya sabemos cómo son las cosas”.

Hace un año, una estudiante de 18 años tuvo una experiencia parecida después de estar en un acto de campaña y decirle a Trump que él no era “amistoso con las mujeres”. Al candidato le faltó tiempo para atacarla por Twiter, etiquetándola de “arrogante”; poco tiempo después, tal como lo describió el Washington Post, el teléfono de la chica “empezó a recibir mensajes amenazantes, a menudo de contenido sexual. La casilla de entrada de su cuenta de Facebook y la de su correo electrónico se llenaron de mensajes similares. Cuando empezó a circular su dirección por la redes sociales y su foto salió en las noticias de la TV, la joven abandonó su casa para esconderse”.

Con estos antecedentes no es nada difícil hacer una predicción. Alguno de esos días de su presidencia, Trump la emprenderá por Twiter contra un ciudadano determinado –¡pobre de él– que estuviese crispándole los nervios. Motivado por eso, algún trastornado integrante de lo que podría ser la futura fuerza aérea de drones de Trump cogerá un arma (de las que hay demasiadas al alcance de la mano en esta trumpiana época de auge de la NRA). Entonces, en un arranque, el tipo decide –armado– “investigar por sí mismo” en la pizzería de Washington que supuestamente servía de sede de “un círculo de adolescentes esclavos sexuales” de Hillary Clinton. En el “Pizzagate”, el tipo –por entonces detenido– dispara su fusil de asalto sin herir a nadie en el establecimiento, cuyo dueño ya estaba harto de recibir insultantes mensajes de voz y amenazas de muerte. Sin embargo, es bastante fácil imaginar un final bastante distinto de un suceso como el descrito. En ese caso, Donald Trump estaría creando una nueva acepción para la expresión “asesinato con dron”. De pasar eso, ¿cuáles serían las consecuencias del primer “ataque” por Twiter de nuestra historia.

Por supuesto, no debemos olvidar que, gracias a George W. Bush y Barack Obama, Trump tendrá todos los drones de la CIA para utilizarlos de la forma que lo desee y golpear a quienquiera que él elija en tierras lejanas. Pero como posible asesino Twiter, incitando al ataque a sus “drones” de la derecha radical, habrá conseguido otro tipo de primacía estadounidense.

Un mensaje al planeta Tierra

Y no he hecho más que aproximarme al universo futuro de Donald Trump, que –por supuesto– está a punto de ser el universo de todos nosotros. Sospecho que su presidencia será la más traumática de todos los tiempos. Créanme, resultará ser una distopía más allá de toda comparación; ¿o debería decir más allá de toda desesperación?

Tomemos la cuestión más distópica de todas: el cambio climático. En las últimas semanas, Trump ha farfullado palabras de amor ante la dirección reunida del New York Times par jurar que, en la cuestión del vínculo entre la humanidad y el calentamiento global, él tiene la “mente abierta”. También, en pleno corazón de la torre Trump, ha hablado de amor a Al Gore (“Tuve una larga y muy productiva conversación con el presidente electo”, dijo Gore más tarde. “Fue una búsqueda sincera de puntos de coincidencia. Fue una conversación sumamente interesante, y eso va a continuar”). Además de todo lo que Donald Trump pueda ser, él es –ante todo y principalmente– un vendedor; esto quiere decir que sabe vender cualquier cosa y, cuando es necesario, hipnotizar casi a cualquiera; la realidad le importa un bledo.

Sin embargo, si el lector desea evaluar los verdaderos sentimientos de Trump respecto de esa cuestión, valen aquellos sentimientos de extrarradio de los años juveniles de Donald, cuando sin duda creció sintiendo cuan lejos estaba de la elite neoyorquina. Entonces, prestar menos atención a sus palabras y dedicar una mirada a lo que hace. En la cuestión del cambio climático, todos sus hechos son devastadores; evidentemente se venga de los muchos verdes, progresistas y de aquellos que solo están preocupados por el futuro de la Tierra y de sus nietos y no le votaron ni le apoyaron.

Hace poco, The Guardian hizo un resumen de las opciones de Trump, tanto para formar su equipo de transición como para los puestos clave de su administración, que no tuvieran nada que ver con los combustibles fósiles ni con el calentamiento del planeta. El resumen comprobó que los negacionistas climáticos y los llamados escépticos estaban en todas partes. De hecho, “por lo menos nueve de los principales miembros” de su equipos de transición –informó Oliver Milman en ese periódico– “niegan el acuerdo básico de los científicos de que el planeta se está calentando debido a la combustión del carbón [en sus variadas formas] y otras actividades humanas”.

Unamos esto con el deseo imperioso del presidente electo de explotar todos los combustibles fósiles con una intensidad que no tiene precedentes en la historia de Estados Unidos y tenemos un mensaje que no podría ser más claro ni más devastador para el futuro de un planeta habitable.

El mensaje no podría ser más claro. Si tuviera que escribirlo con solo tres palabras, éstas serían:

De Trump a la Tierra: ¡Vete al demonio!

Notas:

* El original en inglés de esta nota fue publicado el 22 de diciembre de 2016. (N. del T.)

** En una nota (en inglés) disponible en http://www.tomdispatch.com/post/175551/tomgram%3A_engelhardt,_assassin-in-chief/ (N. del T.)

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176225/tomgram%3A_engelhardt%2C_will_trump_make_1984_look_like_a_nursery_tale/#more

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Las minorías también forman parte de la clase trabajadora

Imagen de archivo de una mujer caminando frente a una pintada de dos corazones con los colores del arcoíris EFE

Al parecer, la clase trabajadora se compone solamente de hombres blancos heterosexuales. Ni rastro de mujeres que luchan por sus derechos, nada de etnias minoritarias, ni inmigrantes, ni personas LGTB


Owen Jones


Ya veo hacia dónde va todo esto.  Trump ganó las elecciones estadounidenses y la derecha populista está en pleno funcionamiento. Según cuenta la historia, la gente que defendió los derechos de las minorías y de las mujeres se excedieron. "La izquierda ha ido demasiado lejos", declara un columnista del Wall Street Journal. "Políticas de identidad, censura y políticas basadas en las necesidades de exóticas minorías sexuales. Y llega la reacción".  

Exóticas minorías sexuales: supongo que hombres gays con tres cabezas, lesbianas con piernas de llama y personas  trans que pueden pulverizar a los seguidores de Trump con rayos láser. Pero el mensaje es claro. Las minorías que para muchos son peculiares, depravadas, pervertidas y/o peligrosas han gritado demasiado alto por sus derechos. Las mujeres ( quizá sucias mujeres) han sido demasiado incisivas. Han generado un torbellino y ahora deben asumir las consecuencias.

La élite solía ir a por los que, en cualquier sociedad, tenían riqueza, poder y privilegios. Por ejemplo, antiguos corredores de bolsa con educación privada o plutócratas multimillonarios que pasan el rato en ascensores dorados. Aparentemente, ahora se dedican a señalar a aquellos que defienden los derechos de las minorías y de las mujeres. El populismo de derechas de nuestros días está a gusto hablando sobre la clases pero solo para definir a una patriótica clase trabajadora contra un grupo de burgueses desarraigados, metropolitanos y odiosos bienhechores que desprecian sus valores y estilo de vida.

"Si eres un ciudadano del mundo, eres un ciudadano de ningún sitio", dice Theresa May, burlándose de una élite desdeñosa que mira a la clase trabajadora y "encuentra su patriotismo desagradable, y sus preocupaciones sobre la inmigración muy provincianas".

Según la columnista Melanie Phillips, el Brexit y el trumpismo representan una "contrarrevolución popular: un intento de hacer que la política vuelva al verdadero centro de gravedad cultural". Su tesis es que los verdaderos fanáticos no son los nacionalistas blancos a punto de hacerse con el poder en Washington sino el "racismo anti-blancos de Black Lives Matter" y de otros "liberales". Aquellos que han osado oponerse al veto de musulmanes dentro de Estados Unidos son quienes han conducido al pueblo americano a los brazos de Trump, sostiene.

El tormento de la clase trabajadora no son las instituciones financieras que han llevado a sus países a una situación económica calamitosa. Tampoco son aquellos que no pagan los suficiente a sus trabajadores, o lo que defraudan a hacienda ( justo como Trump). No: son los defensores de las minorías y las mujeres los que supuestamente obstaculizan a la clase trabajadora. Al parecer, la clase trabajadora se compone solamente de hombres blancos heterosexuales. Ni rastro de mujeres que luchan por sus derechos, nada de etnias minoritarias, ni inmigrantes, ni personas LGTB.

La vieja izquierda, dominada en el pasado (y todavía hoy) por hombres blancos heterosexuales, ha reflejado durante mucho tiempo este sentimiento. La lucha de clases va primero. Después de la revolución, resolveremos todo lo demás. Fue un enfoque contra el que las mujeres y las minorías se rebelaron. La clase obrera era completamente diversa, argumentaron, y la opresión por clase no era la única injusticia que muchos sufrían.

La opresión no solo venía de las altas esferas sino también de sus propias comunidades o lugares de trabajo. Las mujeres eran explotadas por sus jefes y por sus mismos compañeros. También fueron toqueteadas por algunos hombres ( justo como Trump) o incluso algo peor. También cobraban menos o eran relegadas a hacer trabajos domésticos no pagados y a encargarse de la mayor parte del cuidado infantil.

Los trabajadores negros también tenían pésimas condiciones de trabajo pero también fueron tratados como ciudadanos de segunda por la ley. Acosados por la policía, sometidos a abusos en las calles y discriminados en sus puestos de trabajo, transformándoles en carne de desempleo.

Los trabajadores LGTB, al igual que sus colegas heterosexuales, pueden ser contratados y despedidos por puro antojo, pero también estaban expuestos a intolerancia durante toda su vida. A menudo sufrían angustia mental porque en muchos casos la sociedad les rechazaba y les odiaba. No se veían capaces de coger de la mano a sus amantes por la calle sin ser objeto de abusos y violencia. Y ni siquiera tenían los mismos derechos legales que el resto de parejas.

Surgieron entonces movimientos para subsanar estas injusticias. Estos movimientos, a lo largo de la historia, siempre han sido acusados por ser demasiado agresivos, enrabietados y nada conciliadores. "La rabia no funciona como oposición política", dice el analista  Kurt Eichenwald desafiando, bueno, a toda la historia. "Alta moral, compromiso pacífico, realizar preguntas respetuosas a los oponentes. Eso sí que funciona". Si las educadas campañas por carta y las charlas con café con los legisladores consiguieran cambios sociales radicales, aún estaríamos viviendo como siervos y señores.

El problema es que los derechos para las mujeres y las minorías significa irremediablemente la pérdida de privilegios para los otros, que a su vez están desesperados por que eso no suceda. Los movimientos encuentran resistencia. Están obligados a molestar, a hacer que la gente les escuche aunque prefieran ignorarles. Y, francamente, si alguna vez en tu vida te han dañado por odio o por discriminación, quizá sientas una rabia justificada y quieras expresarla. La mayoría de la gente no protesta porque sí. Están hartos de la opresión y solo quieren que termine para poder seguir adelante con sus vidas.

Hay quien cree que la izquierda ha abandonado la clase en favor de la identidad política. Ciertamente hay un tipo de progresista que ha hecho esto, que ha abogado por soluciones como la incorporación de más mujeres en las salas de conferencias de las empresas en lugar de abordar la desigualdad sistemática. Pero los socialistas sostienen que la clase es un asunto absolutamente central para entender los males de la sociedad, que no pueden ser entendidos sin el género, la raza y la orientación sexual.

Los múltiples agravios sufridos por la clase trabajadora de Trumplandia o de Brexitlandia los ha causado el sector financiero, la élite corporativa y los evasores de impuestos. No por los polacos, los musulmanes, los negros o los activistas trans.

Algunos que se describen a sí mismos como progresistas se han convertido en cómplices de la derecha del Brexit y de Trump, aceptando que la izquierda, efectivamente, se ha sobrepasado. Este enfoque no solo tira por la borda a las mujeres y a las minorías, también es un error estratégico. Los trumpistas nunca estarán satisfechos. Todo lo que se les conceda les parecerá poco y simplemente les envalentonará.

Sí, deberíamos debatir las mejores estrategias para conseguir que todos tengamos los mismos derechos y persuadir a los que no están convencidos. Pero eso no significa retroceder o ceder de cara a una reacción violenta. La emancipación de la clase trabajadora tiene que ser de toda la clase trabajadora: hombres y mujeres, blancos y negros, heteros y LGTB. Vivimos una época en la que muchos fanatismos han sido condenados oficialmente. Los espantosos demonios se han liberado a ambos lados del Atlántico. Este año, la derecha ya ha ganado votos de manera masiva. Si nos rendimos a su agenda, les regalaremos más victorias.

Traducido por Cristina Armunia Berges

martes, 15 de noviembre de 2016

Es sorprendente que se considere sorprendente la victoria de Trump



 VICENÇ NAVARRO

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Director del JHU-UPF Public Policy Center

Lo que ha ocurrido en EEUU con la elección del candidato republicano, el Sr. Donald Trump, era predecible. Y así lo había yo indicado en un artículo reciente (ver “De lo que no se informa y/o se conoce sobre las elecciones en EEUU”, Público, 18.10.16). En realidad, la posibilidad de que ocurriera lo que ha ocurrido se ha ido fraguando desde los años noventa, cuando el partido Demócrata, bajo la presidencia del Sr. Bill Clinton, aplicó toda una serie de políticas de clara sensibilidad neoliberal (hasta entonces patrimonio del Partido Republicano), algo que también ocurrió en el Reino Unido cuando el Sr. Tony Blair, dirigente del Partido Laborista, adoptó las medidas neoliberales que había propuesto la Sra. Thatcher, dirigente del Partido Conservador. En realidad, y tal como he documentado en otro artículo, la Tercera Vía del gobierno Blair estaba muy inspirada en las políticas llevadas a cabo por la Administración Clinton (ver “El fracaso del nuevo laborismo y del socioliberalismo”. Sistema, 21.05.10).

La derechización del Partido Demócrata: el origen de la Tercera Vía

Estas políticas neoliberales significaron un cambio notable de las políticas del Partido Demócrata heredadas del New Deal establecido por el presidente Roosevelt, y que justificaban que tal partido se presentara como el “partido del pueblo llano” frente al instrumento político del gran empresariado, representado por el Partido Republicano. Tales políticas del New Deal (y más tarde de la Great Society) fueron sustituidas por políticas neoliberales llevadas a cabo por el presidente Clinton, las cuales incluyeron la desregulación en la movilidad del comercio y del capital financiero, iniciándose toda una serie de tratados referidos como tratados de libre comercio, de los cuales el más importante fue el Tratado de Libre Comercio entre EEUU, Canadá y México, conocido en inglés como NAFTA. Tal tratado era altamente impopular entre los sindicatos y entre las bases electorales del Partido Demócrata, lo cual explica que la mayoría de los miembros del Partido Demócrata en el Congreso no votaran a su favor. Solo los procedentes del sur de EEUU (que suelen ser los más conservadores) apoyaron dicho tratado, junto con la mayoría de los miembros del Partido Republicano. Tal aprobación significó un giro importante en las políticas del supuesto “partido del pueblo”, el cual dañó, como era predecible, a los trabajadores de los sectores manufactureros (los sectores mejor pagados dentro de la fuerza laboral en EEUU), pues vieron sus trabajos desplazados a Méjico cuando sus empresas se trasladaron a aquel país, perdiéndose con ello millones de buenos empleos en EEUU. Fue así como el Partido Demócrata favoreció extensamente el tipo de globalización económica que hemos conocido desde los años ochenta y noventa (iniciado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher). Este globalismo ha sido uno de los elementos que ha debilitado más a la clase trabajadora, pues el mundo empresarial ha utilizado contra el mundo de trabajo la amenaza de desplazarse a otros países en caso de no obtener concesiones en forma de bajada de salarios, de recortes en su protección social y de deterioro de sus condiciones de trabajo.

Tal globalización contribuyó al alejamiento de la clase trabajadora del Partido Demócrata. En realidad, la pérdida de la mayoría del Partido Demócrata en el Congreso (incluyendo el Senado) se debió a la masiva abstención de la clase trabajadora en las elecciones al Congreso del 1994, después de que el presidente Clinton aprobara en 1993 el NAFTA con el apoyo mayoritario del Partido Republicano. Fue entonces cuando ya se inició el enfado de la clase trabajadora. Como bien ha comentado el politólogo Thomas Frank en su libro Listen, Liberal, a medida que el Partido Demócrata fue distanciándose de la clase trabajadora, fue aumentando la influencia de la clase media profesional (personas con estudios superiores, incluyendo los universitarios) en los aparatos de tal partido. En realidad, fue el crecimiento de esta influencia, ejemplificada por la Administración Clinton, la que causó el distanciamiento de la clase trabajadora, algo semejante a lo que ha estado ocurriendo con los partidos socialdemócratas en Europa.

El continuismo del neoliberalismo con Obama

Tales políticas han sido seguidas por el Presidente Obama, e incluso expandidas durante su mandato para incluir el proyectado tratado de libre comercio con los países del Pacífico y el intento de establecer otro con la Unión Europea (UE). No hay que olvidar que una de sus promesas electorales, realizadas en su primera elección, había sido modificar el NAFTA, lo cual no hizo. La propuesta de los sindicatos era la de su eliminación, a lo cual el presidente Obama no accedió, sin ni siquiera modificarlo. Como consecuencia, los datos fácilmente accesibles muestran un gran descenso de los salarios y de la protección social, mayores causas de que las rentas del trabajo como porcentaje de las rentas totales continuaran descendiendo, proceso que se había iniciado en los años ochenta, adquiriendo mayor descenso a partir de la plena expansión del proceso de globalización. Mientras las rentas del trabajo disminuían, las rentas derivadas del capital fueron subiendo, habiendo alcanzado niveles nunca vistos desde los años treinta del siglo XX (causa, por cierto, de la Gran Depresión).

La segunda mayor ofensa a las clases populares por parte del socioliberalismo: la desregulación de la banca

Otra política pública introducida por el presidente Clinton fue la desregulación de la banca, eliminando la separación entre la banca comercial y la banca de inversión (y que exigía la Ley Glass-Steagall aprobada durante el mandato del presidente Roosevelt), medida propuesta por su Secretario del Tesoro (equivalente al Ministro de Finanzas), el Sr. Robert Rubin, que había sido codirector de la banca Goldman Sachs antes de incorporarse al gobierno del presidente Clinton. Esta medida desreguladora tuvo dos impactos sumamente negativos para el bienestar de las clases populares (y de la economía). Tal desregulación del capital financiero favoreció las burbujas especulativas, de las cuales la inmobiliaria afectó particularmente a la clase trabajadora y a las clases medias de renta baja, que tuvieron que endeudarse profundamente para pagar precios abusivos de las viviendas, resultado del carácter especulativo de las inversiones inmobiliarias. Esta desregulación bancaria era resultado de la complicidad nueva que se estableció entre Wall Street y el Partido Demócrata, que ha sido una constante de la Tercera Vía, iniciada por Clinton y continuada por Obama.

El resultado de tal complicidad es el rescate que el gobierno federal hizo de la banca cuando las burbujas especulativas estallaron, poniendo en peligro la viabilidad del sistema financiero, que estaba metido en la especulación hasta la médula. Es significativo resaltar que ningún banquero haya ido a la cárcel, a pesar de haber cometido delitos graves que afectaron muy negativamente el bienestar de las clases populares. En realidad, el enorme crecimiento de las rentas del capital se debe, en parte, a la gran expansión del capital financiero basada en un enorme endeudamiento de las clases populares, consecuencia a su vez del descenso de las rentas del trabajo. Hay que señalar que dirigentes de la empresa Enron terminaron en la cárcel durante la Administración Bush. No así los dirigentes de la banca en la Administración Obama.

El justificado y predecible enfado de la clase trabajadora

Era obvio que se estaba acumulando un enfado que podía apercibirse en el enorme descrédito de las instituciones llamadas representativas en aquel país, y que son ocupadas por una de las clases políticas más estables en el mundo capitalista avanzado, resultado del sistema de financiación, predominantemente privado, del proceso electoral de aquel país, en un sistema bipartidista carente de proporcionalidad y que prácticamente imposibilita la entrada de nuevos partidos.

Tal pérdida de legitimidad se traduce en que la mayoría de la clase trabajadora no vota en EEUU. Tal clase representa aproximadamente el 52% de la población estadounidense (un número bastante próximo a lo que la población señala como su pertenencia, cuando se le pregunta si se considera de la clase alta, la clase media o la clase trabajadora). Al haber una relación inversa entre nivel de renta y participación en el proceso electoral, se deduce que la mitad de la población estadounidense, por debajo de la media, es la que no vota (en EEUU solo votan entre un 52% y un 54% de la población que podría hacerlo), y pertenece a la clase trabajadora. En realidad, el descenso electoral del Partido Demócrata está muy marcado por el creciente grado de abstención de la población obrera identificada con este partido. El cambio del Congreso de demócrata a republicano que tuvo lugar en el año 1994, que he citado en un párrafo anterior, fue resultado del crecimiento de la abstención obrera en respuesta a la aprobación del NAFTA.

La marginación de la clase trabajadora

El cambio de los partidos que electoralmente tenían como base central la clase trabajadora y otros componentes de las clases populares hacia otros sectores y clases sociales (definiéndose a sí mismos como partidos de las clases medias) fue resultado del cambio de composición de los aparatos de tales partidos, con un claro dominio de las clases profesionales, personas con educación superior que asumían que o bien la clase trabajadora estaba despareciendo, o bien se estaba convirtiendo en clases medias. Esta llamada “modernización” de tales partidos incluyó la adopción por su parte de elementos de la ideología neoliberal, que había sido transmitida desde los años ochenta por los partidos conservadores y liberales. En realidad, el Partido Demócrata hoy está próximo (sin estar afiliado) a la Internacional Liberal. Clinton fijó esta nueva línea. Tal neoliberalismo económico, por cierto, redefinió la política social, enfatizando la importancia de la empresa privada (financiada públicamente) en la gestión de los servicios públicos, tema que trataré en una sección posterior de este artículo.

Los costes de ignorar a la clase trabajadora

La desaparición de clase social como categoría sociopolítica por parte del Partido Demócrata (como también ha ocurrido con la socialdemocracia) implicó el abandono de las políticas redistributivas. El Partido Demócrata (considerado con excesiva generosidad como la izquierda en EEUU) enfatizó, en lugar de políticas de clase, políticas encaminadas a integrar a las minorías y a las mujeres en el sistema político, basando su estrategia política en combatir la discriminación en contra de las minorías (negras y latinas) y en contra de las mujeres. Estas políticas fueron, en parte, exitosas en incorporar estos grupos discriminados dentro de las instituciones políticas de carácter representativo y en la administración pública. Pero las mayores beneficiarias de estas políticas fueron personas de clase media de renta alta, sin que en general afectaran al bienestar económico y social de la mayoría de minorías y mujeres, que pertenecían a la clase trabajadora. El intento de integrar a las mujeres y a los negros (y en parte también a los latinos) en el sueño americano no afectó al bienestar de las clases populares. Las políticas de identidad sin sensibilidad de clase (supuestamente desaparecida) no cambiaron el poder de la clase dominante del país. Solo cambiaron el color y el género de las clases medias de renta alta. La victoria del presidente Obama, una persona negra, no afectó al bienestar económico de la clase trabajadora negra, mostrando los límites de tal estrategia identitaria, en ausencia de unas medidas de tipo clasista.

Y las elecciones del pasado 8 de noviembre han mostrado como la gran mayoría de las mujeres de clase trabajadora ha votado por Trump, que fue, de los dos candidatos (Trump y Clinton), el que acentuó más el discurso de clase. Trump se presentó como el defensor del mundo del trabajo, haciendo referencia constante a que su gente eran las personas con escasa educación, a las cuales el establishment político del país denominaba como “white trash” (basura blanca). Y el primer punto que subrayó en su discurso en la noche de las elecciones fue que él representaba a las personas olvidadas por el sistema. Viéndole en aquel momento, me recordaba el discurso de la líder del Partido Conservador británico, la Sra. Theresa May, que tras otra gran sorpresa del establishment, el Brexit, promovió a partir de entonces que el Partido Conservador tenía que ser el partido de la clase trabajadora del Reino Unido. Mientras, la Sra. Clinton apelaba a las mujeres, habiendo definido a los seguidores de Trump como “deplorables”, un adjetivo parecido a “basura”.

Siempre había alternativas que el establishment político-mediático vetó

En las últimas elecciones hubo la alternativa a Hillary Clinton, que había apoyado todas las políticas de su esposo durante su mandato Se llamaba Bernie Sanders, el candidato en las primarias demócratas, socialista sin complejos, que siempre defendió los intereses de la clase trabajadora, Bernie Sanders, conocido por su integridad y compromiso con las clases trabajadoras, y que apostaba explícitamente por una “revolución política” encaminada a democratizar las instituciones políticas y económicas del país, movilizando a grandes sectores de la clase trabajadora y a la juventud del país. Fue un terremoto dentro del Partido Demócrata, y el aparato de tal partido se movilizó por todos los medios para parar tal candidatura, y ello a costa de perder las elecciones. La gran mayoría de encuestas mostraban que Sanders, cuando aparecía frente a Trump, sacaba mucho más apoyo popular que el que Clinton conseguía frente al candidato republicano. Sanders era la única posibilidad de parar a Trump. Y su lenguaje, el de Sanders, era clasista, subrayado la conjunción de intereses de todas las razas y de todos los géneros, unidos en sus reivindicaciones basadas en su clase. Este mensaje hubiera sido imbatible. Pero el nuevo Partido Demócrata era incapaz de presentar esta imagen, pues el aparato estaba claramente conectado con la clase que se sentía amenazada con este enfoque de clase del candidato Sanders. La victoria de Clinton en las primarias desmovilizó a los votantes de Sanders, aumentando significativamente la abstención, un aumento que ha sido fatal para Clinton, pues su adversario tenía movilizada a la clase trabajadora blanca y a los grupos extremistas claramente racistas, que apoyaron masivamente a su candidato, y en cambio la candidata Clinton tenía a sus bases desmovilizadas.

Clase o raza y género, o clase, raza y género: los orígenes históricos de este debate en EEUU

 El desconocido precedente de Sanders fue la candidatura del reverendo Jesse Jackson en 1988. Tal candidato en las primarias del Partido Demócrata enfatizó, en las primarias anteriores, en 1984, la necesidad de integrar a la población negra en la sociedad estadounidense. Su eslogan fue “Our time has come” (nuestro tiempo ha llegado). Presentándose como discípulo de Martin Luther King y como “la conciencia de EEUU”, la recepción del establishment político-mediático fue sumamente favorable. El New York Times escribió un editorial sumamente positivo. Fui asesor suyo en temas sociales y económicos en aquella campaña, y ello a pesar de mi desacuerdo con la orientación de la misma, pues si la intención era llegar a ser presidente de EEUU, presentándose como la voz de las minorías, no era el mejor método para llega a tal puesto.

En el año 1988, en cambio, se presentó como el candidato de la clase trabajadora, siguiendo el consejo de algunos de sus asesores, incluyéndome a mí. Formó así el movimiento Arco Iris (la Rainbow Coalition), que era la manera gráfica de mostrar que cuando los trabajadores negros, los amarillos, los verdes y los blancos se unen, forman la mayoría. Y cuando en Baltimore, ciudad industrial, con una amplia clase trabajadora dividida por razas (obreros negros y obreros blancos), le preguntaron “¿cómo conseguirá usted el voto del obrero blanco?”, respondió “haciéndole ver que tiene más común con el obrero negro, por ser los dos obreros, que con su empresario por ser blanco”. Con ello recuperó el mensaje de Martin Luther King expresado una semana antes de ser asesinado, cuando aseguró que el conflicto clave en EEUU era un conflicto de clases entre una minoría y una gran mayoría de la población compuesta por diferentes razas y etnias. Jesse Jackson consiguió con ello casi la mitad de los delegados en la Convención del Partido Demócrata en Atlanta. Su programa incluía “propuestas universalistas”, como el establecimiento del Programa Nacional de Salud que, debido a la presión del Rainbow, fueron incluidas en la campaña del Partido Demócrata del 1988.

Ahora bien, la fuerza de las izquierdas asustó al Partido Demócrata y el gobernador Clinton del Estado de Arkansas lideró la campaña para parar a las izquierdas, a la vez que hizo suya, en las elecciones en el año 1992, la petición de establecer un programa nacional de salud, que había sido muy movilizadora en la campaña de Jackson del 1988. De ahí que, después de ganar, estableciera un grupo de trabajo, liderado por su esposa, Hillary Clinton, del que Jesse Jackson y líderes sindicales insistieron que yo formara parte, invitándoseme a que les representara en tal grupo de trabajo. La Sra. Clinton, sin embargo, no apoyó la propuesta de las izquierdas, que pedían que la gestión del sistema sanitario (que deseábamos que fuera universal) se hiciera por parte del sector público en lugar de que lo hicieran las compañías de aseguramiento sanitario privado, como ocurrió y continúa ocurriendo ahora. El mantenimiento del enorme poder de tales compañías en el sistema sanitario estadounidense es el origen del enorme gasto sanitario por un lado (19% del PIB), y de la gran impopularidad del programa (el 62% de estadounidenses están insatisfechos con la manera como se financia y gestiona la sanidad), incluido el Obamacare. Mi año de experiencia en la Casa Blanca, trabajando en aquel grupo de trabajo liderado por la Sra. Clinton, fue enormemente frustrante, pero de gran valor para entender cómo funciona el poder en Washington, concluyendo que la complicidad de Washington con lo que se llama “clase corporativa” vacía de sentido aquella famosa frase que aparece en la Constitución de EEUU, “We, the people”, debiéndose añadir que no es el pueblo, sino las grandes compañías que dominan la economía estadounidense, las que deciden en el gobierno. Y el Partido Demócrata es una fuerza clave en tal entramado. De ahí la necesidad de hacer una revolución política, para democratizar el país. La marginación del único candidato, Bernie Sanders, que hizo tal propuesta, enormemente popular, augura una continuidad de la extrema derecha en el gobierno.

Una última observación

Como era predecible, los grandes medios de información no han explicado ni han entendido lo que está ocurriendo en EEUU. Durante toda la campaña se han centrado en la figura de Trump, presentándolo como un payaso. Es extraordinaria la enorme atención que dieron a este personaje, intentando ridiculizarlo. Pero estos ataques movilizaron todavía más a las clases populares que odian a los establishments mediáticos, hecho del cual Trump es consciente. Ni que decir tiene que Trump era y es una persona de gran astucia política, que sabe bien cómo canalizar el enorme enfado popular contra el establishment político-mediático del país. Pero si no hubiera habido Trump, hubiera habido otro personaje, tan o incluso más a la derecha que él. En realidad, algunos de los candidatos que derrotó en la campaña electoral en las primarias eran incluso más reaccionarios, queriendo prohibir, por ejemplo, el aborto.

Este excesivo énfasis en los personajes, frivolizando la política, es la característica de lo que se conoce como medios de información. Pero para entender lo que está pasando, hay que entender y conocer lo que ha estado pasando en EEUU, y que, por desgracia, los medios no citan. Presentar lo ocurrido, como he leído en más de un reportaje, como una traición de las mujeres trabajadoras a la causa feminista, es no entender nada de lo que pasa en EEUU. Es urgente que las izquierdas, incluyendo los movimientos progresistas en defensa de las minorías y también los movimientos feministas, recuperen el concepto de clase en sus proyectos, pues la mayoría de cada uno de sus sujetos pertenecen a la clase trabajadora y clases medias de rentas medias y bajas, que constituyen la mayoría de la población en EEUU y en cualquier país de capitalismo desarrollado. Olvidarse de la clase trabajadora ha sido lo que ha llevado al tsunami que estamos viendo a los dos lados del Atlántico Norte. Así de claro.
Fuente: Público.es

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