Mostrando entradas con la etiqueta Filosofía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Filosofía. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de mayo de 2016

Pontífices o amurallados


Santiago Alba Rico
Filósofo y escritor
05/05/2016


A la hora de abordar este asunto a uno le gustaría ocultarse bajo un pseudónimo y ello por dos motivos. El primero tiene que ver con el hecho de que, si vamos a hablar de intelectuales, es seguro que nos disponemos a lanzar alguna piedra y un pseudónimo permitiría no tanto esconder la mano como garantizar honestamente que el destino del proyectil es también uno mismo. A los intelectuales no nos gusta que nos incluyan en una clase o en un grupo y cuando hablamos de 'los intelectuales' -como cuando las clases medias hablan de 'la gente'- es para afirmar nuestra singularidad frente a cualquier conjunto en el que se pretenda disolvernos. En este sentido, de 'los intelectuales' sólo deberían hablar -si queremos un poco de verdad y algo de criterio- los panaderos o los pescaderos.

El segundo motivo es más ideológico, si se quiere. Los intelectuales y, sobre todo los intelectuales de izquierdas, siempre hemos despreciado o fingido despreciar -y sólo hemos sucumbido en secreto y con remordimientos- dos criaturas por encima de todas: el fútbol y la 'intelectualidad'. Si en la tradición de la izquierda clásica hay dos depósitos densos de 'alienación' y 'traición de clase' son -digamos- el Real Madrid y la poesía de Borges. Un intelectual no puede ser populista y, si es de izquierdas, tampoco individualista: huyamos de los estadios y de la propia cabeza. ¿Hacia dónde? A la espera de la revolución, sintamos al menos un poco de vergüenza.

Como no escribo con pseudónimo voy a definir el término intelectual de manera que me convenga (o, lo que es lo mismo, que me excluya). Veamos. En la antigua Roma se distinguía entre imperium, potestas y auctoritas. Simplificando mucho, digamos que el imperium era el mando del ejército, la potestas el mando del gobierno y la auctoritas el mando moral de la sociedad civil: es decir, la autoridad pública 'religiosa' que encarnaba el vínculo entre la comunidad de los vivos, la comunidad de los muertos y la comunidad de los dioses. Bajo la República romana estas tres instancias de poder estaban separadas; a partir de Augusto, el emperador pasó a reunir todas ellas en su sola persona (como también la majestas, originalmente “soberanía del pueblo”, pero que por un triste desplazamiento histórico ha acabado designando la 'majestad' de las monarquías). En lo que aquí nos importa, recordemos simplemente que el Pontífice -constructor de puentes- era el que no tenía poder sino autoridad pública; y autorizaba por ello ciertos vínculos y ciertas voces colectivas.

A través del verbo augere y de sus derivados -'augurio' y 'autor', por ejemplo- queda muy clara la relación entre religión, publicidad y poder civil. A partir de ahí podemos definir al intelectual menos por su actividad -escritura, pensamiento, investigación- que por su papel social. Intelectual es el que, sin poder militar ni político, está al mando de la sociedad civil. Su dimensión religiosa -pública y vinculante- es evidente; y así en algunas sociedades orales esta función intelectual la cumplió el poeta, en otras altamente jerárquicas el sacerdote y luego, a partir de la Ilustración y la Revolución Francesa, en nuestra Europa más o menos democrática la autoridad pontificia' recayó en la figura de escritores laicos capaces de intervenir en la esfera pública al margen de y contra el ejército y el gobierno (de Sebastian Castellio y Voltaire a Zola y Sartre).

No es extraño, por tanto, que la famosa obra de Julien Benda de 1927, traducida con fundamento al castellano como La traición de los intelectuales, en francés se llame La trahison des clercs, literalmente de los clérigos. Esa, por cierto, es la tradición que prolonga Gramsci, en la misma época, mediante el concepto de organicidad.

Para el comunista sardo, en efecto, intelectual era Benedetto Croce, el hegeliano derechista cuyo pensamiento llegaba a los cafés y las partidas de cartas en frases hechas y pildoritas de sentido común, generando así hegemonía cultural; pero también eran intelectuales el Papa y Lenin (o cualquier dirigente obrero).

La Transición en España, que se inició en un marco intelectual muy clerical, el de la lucha antifranquista y su memoria intelectual, enseguida inscribió nuestro país, y de manera particularmente veloz y brutal, en los nuevos parámetros de la autoridad capitalista. Eso trajo consigo una cosa buena y una cosa mala.

La cosa buena es que se democratizó la cultura y se desacralizó al maestro. La cosa mala es que ni se democratizó realmente la política ni se reemplazó a Sartre por un Pontífice colectivo. ¿Quién ha tenido en estos años y quién tiene aún el mando de la sociedad civil? El mercado. ¿Quiénes son nuestros clérigos? Los nuevos empresarios, las estrellas del balón, las modelos de las pasarelas. ¿Quiénes han sido los intelectuales orgánicos del mercado?

Rodrigo Rato y Mario Conde, hoy en la cárcel; Butragueño y Messi desde los estadios; Alaska y David Bisbal en las salas de conciertos; Encarna Sánchez y luego Belén Esteban en los medios de comunicación; y, si queremos incluir a algún escritor, incluyamos mejor a Juan Luis Cebrián que a Juan Marsé y mucho más a Fernando Savater que a Sánchez Ferlosio (por no mencionar a Manuel Sacristán, muerto en 1985 sin audiencia). Si definimos al intelectual como a una persona investida de autoridad pública al margen del ejército y del gobierno, nuestros filósofos y pensadores, muy activamente clericales en 1975, dejaron de ser intelectuales en los años sucesivos: unos porque se mantuvieron politizados sin audiencia y en los márgenes, perdiendo el vínculo con la sociedad civil; los otros porque aceptaron despolitizarse en un mercado en el que el vínculo con la sociedad civil no pasaba ya por la escritura y la filosofía. Si se la compara con la de la Segunda República, la cultura de la Transición ha sido mucho menos explosiva y rica; no ha producido ni una novela definitiva ni un ensayo decisivo ni un poema imprescindible. Ha habido buenos escritores y buenos artistas, sí, que, en todo caso, no han sido intelectuales, en el sentido de que su obra no ha construido puentes entre la comunidad de los vivos, la comunidad de los muertos y la comunidad de los dioses. Los que se han dedicado a pensar y escribir no han sido pontífices; y nuestros pontífices no se han dedicado a pensar y escribir. El último que lo hizo fue probablemente Vázquez Montalbán.

Dicho esto, me parece muy significativo el reciente debate sobre los intelectuales y la Transición, de cuya complicidad orgánica dan buena cuenta el libro de Gregorio Morán de 2014 y el más reciente de Sánchez-Cuenca. Si es necesario ocuparse de este tema no es porque, en el umbral dudoso de una segunda transición, haya llegado el momento de cuestionar el papel de los que hicieron la primera o de amagar un ajuste de cuentas sino porque, en el umbral incierto de una segunda transición, muchos de ellos pretenden ahora reintelectualizarse o reclericalizarse para impedirla.

Como escribía hace poco, el problema de muchos de estos autores prestigiosos que fueron muy activos y comprometidos en la primera transición, y que vuelven de pronto a la política tras haberla dejado en manos del bipartidismo, no es que hayan dejado de ser de izquierdas; es que han dejado de ser también liberales; y pretenden hoy dar lecciones sobre democracia y madurez política a los que se proponen cuestionar, revisar y mejorar una herencia traicionada e incompleta. En los años 80 tuvieron vocación de pontífices y luego, arrellanados en la organicidad del mercado, acabaron dedicándose a la poliorcética (o arte de fortificación de un castillo). Les guste más o menos deberían aceptarlo: la calidad de sus decisiones y la consistencia misma de los desplazamientos generacionales los han dejado sin ninguna autoridad. Pueden aspirar a ser recordados pero no escuchados.

Lo interesante de la constelación del cambio que se abre a partir del 15M en España es que, aceptando moverse en los límites populistas del mercado y en su sentido común adverso, ha conseguido reintelectualizar la política o, al revés, ha conseguido repolitizar la intelectualidad. Ya no da vergüenza ni disfrutar con la Liga de fútbol ni leer a Borges, pero tampoco exigir desde la universidad, desde los nuevos medios digitales o desde los libros, como lo hicieron en 1975 aquellos que hoy combaten la nueva transición, un proyecto colectivo democrático.

Repolitizando la vida pública han reintelectualizado el pensamiento como instrumento de intervención republicana. Nunca una ruptura generacional ha sido más completa, para lo malo y para lo bueno. Lo malo es que las nuevas generaciones de intelectuales, por razones tecnológicas y políticas, no tienen maestros; tanto los que perdieron la autoridad manteniéndose aislados en la izquierda como los que la despolitizaron en mercados confortables pero periféricos, tanto los apocalípticos como los integrados, nos hemos vuelto por igual inaudibles. Eso es lo malo. Eso es también lo bueno: el hecho, sí, de que las nuevas generaciones de intelectuales -que incluyen deportistas, músicos, poetas, periodistas, activistas y también notables pensadores-, por razones tecnológicas y políticas, no tienen maestros. Algunos, gracias a la universidad pública hoy amenazada, han tenido muy buenos profesores, pero feliz y desgraciadamente no han interiorizado el magisterio ni de los que perdieron su autoridad manteniéndose aislados en la izquierda (a veces heroicos y lúcidos) ni de los que la despolitizaron en mercados confortables periféricos (a veces talentosos y brillantes).

Es difícil anticipar dónde desembocará este impulso; a los límites impuestos por la realidad económica y política europea, muy adversa, hay que añadir la orfandad de magisterio y la interrupción de la tradición, inducida en parte y reemplazada por tecnologías de la simultaneidad cuyo efecto antropológico no alcanzamos todavía a medir. Pero es difícil también no aceptar que el “No nos representan” de 2011 y sus réplicas sísmicas, con sus expresiones políticas posteriores, vinieron a rescatar una generación -la que tiene entre 25 y 45 años- que estaba a punto de perderse, no en la izquierda marginal o en la orla del poder, como la nuestra, sino en el mercado laboral y sus fauces selectivas, implacables e individualizadoras. Cualquiera que sea el resultado, lo cierto es que el inesperado sobresalto de esta segunda transición ha asegurado no sólo la renovación política sino también la renovación cultural y literaria de España.

Cada generación se equivoca y se suicida a su manera; pero hay maneras más ricas que otras, más hermosas y más “verdaderas”: es lo que llamamos Historia. 'Equivocarse' y 'suicidarse' son dos aproximaciones muy libres a los acontecimientos recientes. Lo que los nuevos “intelectuales” están haciendo es más bien darse de bruces con la realidad que nosotros esquivamos o lamimos (del verbo 'lamer', sí) y de esa manera modificarla un poco, al menos de manera superficial o milimétrica, como el tsunami del Japón desplazó mínimamente el eje de la Tierra. A ese choque arriban y de ese choque se desprenden, como chispas de un martillazo sobre un yunque, todas las personalidades posibles que componen el espectro psicológico humano: el ambicioso, el calculador, el cenizo, el victimista, el apasionado, el generoso, el violento, el voluntarista, el abnegado, el misántropo, el perezoso, el luminoso; los que son como nosotros y nuestros contrarios. Eso no cambia. Es el mundo. Lo que cambia en cada época, según las circunstancias y el estado presente de las luchas de clases y sus relaciones de fuerza, es la potencia del choque y la intensidad del chisporroteo. Es decir, las obras concretas y su pequeñez o grandeza. No tengo muchas esperanzas -algunas inconfesables- de que el mundo mejore, pero sí de que en estos momentos, mientras escribo estas líneas, algunos de mis amigos intelectuales más jóvenes -o algún desconocido o desconocida que no me ha leído y que no me va a leer- estén escribiendo o se dispongan a escribir la novela definitiva, el ensayo decisivo, el poema imprescindible que no produjo la primera transición.

Fuente: Público.es

viernes, 6 de mayo de 2016

Emilio Lledó: "Este país sería mejor si se hubiera mantenido la República"


lledo

Emilio Lledó.- EFE

Discurso de Emilio Lledó durante la entrega del Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, octubre de 2015

 “Lo monstruoso es el imbécil con poder; me preocupa la ignorancia desde la que se legisla”.

El último premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades reflexiona para Público sobre la educación, la lengua y el momento actual: “Lo monstruoso es el imbécil con poder; me preocupa la ignorancia desde la que se legisla”.


CRISTINA S. BARBARROJA

La transcripción de su discurso debería estar saturada de exclamaciones que —si existieran— tendrían que ser minúsculas. Porque exclama mucho don Emilio Lledó(Sevilla, 1927), pero lo hace en pequeño, delicado, con la humildad de quien sabe que todavía no lo ha aprendido todo. “¡No soy filósofo!” es su primera interjección. “Soy profesor de Filosofía”. Y no es modesta la afirmación del académico, paladín de la Educación (en mayúscula), “esa que se crea con la palabra de un maestro que ama lo que enseña y ama a aquellos a quienes enseña”.
Él, que ha amado durante más de medio siglo, se acuerda del que tuvo con 10 años, durante la Guerra Civil, en el entonces madrileño pueblo de Vicálvaro al que fue destinado su padre, artillero. “Nos hacía leer El Quijote, pero no un Quijote arreglado, para niños, no. Nos hacía leer El Quijote y después nos pedía: 'Escribid lo que os sugiera la lectura'. Imagínate lo que nos sugeriría con 10 años. ¡Qué hermosura! Esa frase del profesor se quedó clavada en mi vida”.

“Una educación que meta grumos pegajosos en la cabeza de los niños los aniquila para siempre”

“La palabra del maestro… —insiste con un medio suspiro al referirse a la verdadera educación— ¡y la lectura!”. Y señala una de las paredes de un salón tapizado de libros, como el resto de la casa. “Son unos 10.000 y podría recordar hasta el día que los compré”, aventura. “Porque son toda mi vida, el trabajo de un profesor. Me acompañan, me hablan y, a veces, hasta me reprochan. Como Kant, al que hace tiempo que no leo”. Y no bromea don Emilio cuando cuenta que “dialoga” con todos sus títulos.
Cuántas veces le susurraría el filósofo prusiano la idea que vertebra también el pensamiento de Lledó: que los seres humanos son lo que la educación hace de ellos. “Yo creo profundamente en eso: una educación que meta grumos pegajosos en la cabeza de los niños, con ideología y fanatismos, los aniquila para siempre”, -y vuelve a gritar bajito: “¡Eso es gravísimo. Por eso son fundamentales las Humanidades!”.
Él las conoció en Madrid, junto a Julián Marías. Y en la Alemania de los años 50, a la que emigró siendo un veinteañero esquelético —“no pesaba más de 53 kilos por el hambre de la posguerra”— con lo puesto y una maletita de cartón. Eran los años de la emigración andaluza y extremeña. “De muchachos que llegaban con una inteligencia extraordinaria y un espíritu de trabajo excepcional. En una cafetería de la Universidad de Heidelberg, Juan José Carreras les daba clases de historia y yo, de alemán. Y aquella… aquella fue la experiencia docente más hermosa que he tenido nunca”.
Por eso se molesta tanto el profesor cuando recuerda lo que algunos entienden por educación. “El otro día oí a una política, de cuyo nombre no quiero acordarme —una politicastra— decir que ella no estaría contenta hasta que viese un ordenador delante de cada niño en la escuela. ¡Eso no tiene nada que ver con la educación!”, vuelve a exclamar en minúscula. “A los chicos no se les habla más que de economía. Solo quieren ser —dicho con todo el respeto— asesores de empresas o financieros. Se oye decir: ‘Si lleva usted al niño a una universidad privada, saldrá con trabajo’. Eso es la muerte de la vida intelectual, de la cultura, pero es también la muerte del país, incluso de su economía.


Se manifiesta rotundamente en contra de la educación privada y apoya el académico su certeza en los clásicos . “Ya estaba en La Política de Aristóteles”. Se dirige de nuevo a la estantería, coge un volumen cien veces subrayado con lápices de colores, y lee (o dialoga) con el griego: “La educación debe ser necesariamente una e idéntica para todos”. “Hay que luchar para conseguirlo”, añade don Emilio que vuelve a citar una “personajaza de la política”, que prefiere no identificar… y no hace falta.
“Hablaba esta señora de la libertad de los padres para escoger el centro donde educar a sus hijos. ¿También tiene libertad un obrero de Vallecas para llevar a sus hijos a un centro elegante del norte de Madrid? ¡Es una trampa tan feroz! El dinero no debe discriminar la forma de enseñanza. Es segregante, elitístico —valga el adjetivo. Y yo —es una utopía tonta— soy partidario de la educación igualitaria”.

Alumno de Hans-Georg Gadamer, doctor gracias a una beca de la Fundación Alexander von Humboldt, profesor en Heidelberg, Emilio regresó a España en el 62. ”Y no me arrepentí nunca, aunque los primeros años fueron duros”, asegura. Catedrático de Instituto en Valladolid, profesor en las universidades de La Laguna, Barcelona y Madrid, se cuenta —y él no lo niega— que algunos de sus alumnos iban allá donde estuviera el maestro Lledó. En el 71 escribió una de sus grandes obras: Filosofía y Lenguaje.

“Ahora que se habla tanto y que hay tantas posibilidades de comunicarse… estamos tan en silencio, tan vacíos”

“Ahora que se habla tanto y que hay tantas posibilidades de comunicarse… estamos tan en silencio, tan vacíos”. Con esa terrible verdad introduce el profesor otro de sus leitmotiv: la lengua -“la lengua matriz, no la materna que es la mano que nos acoge”, distingue. “Nacemos en ese hermoso cuenco que se llama lengua materna. Pero lo que realmente somos es lengua matriz, lengua creadora, personal, ¡íntima! Lengua idéntica pero conmigo mismo, no con fantasmas más o menos justos que nos venden ciertas ideologías; hay que creer en la identidad que tenga uno con su propia decencia. El lenguaje que yo hablo y yo digo, y que representa mis verdades… y mis equivocaciones”.
Y en ese reconocimiento de los errores sitúa el profesor otra de sus grandes preocupaciones. “Todos nos equivocamos; sabemos muy poco de pocas cosas, pero el error individual no tiene trascendencia. Lo grave, lo monstruoso, es el ignorante, el imbécil, con poder porque puede hacer cosas fuera de su ámbito. Una de las cosas que más me preocupan de este país, que está pasando esta época tan curiosa —por ser suave con los adjetivos— es la ignorancia desde la que se legisla, la ignorancia que organiza nuestra vida, la tuya, la mía”.

Contra la desmemoria
Evita de nuevo poner nombre y apellidos a esos imbéciles poderosos, pero sí, ejemplos de sus imbecilidades como la política laboral y, por su puesto, la educativa. También la que tiene que ver con la Memoria.
Vuelve a los recuerdos de la niñez; levanta un dedo y muestra la cicatriz que le dejó una chincheta del caballete que le regaló su padre para que pintase. “Igual que la carne conserva, la psique, la lengua matriz que somos, está hecha de la memoria de lo que hemos vivido. Por eso me choca esto que dicen algunos de que hay que olvidarse de nuestra memoria histórica. ¡Eso es una monstruosidad!” y esta vez la interjección lleva toda la fuerza.
“No podemos olvidar lo que ha pasado en este país, para no repetirlo o para aprender de sus enseñanzas. Los obsesos del olvido —es una cosa tal vez psicoanalítica— justifican cualquier vileza del presente con la esperanza de que nunca sea recordado. Y yo soy alguien de este país, que me interesa, me gusta y me duele. Y sé el país que podría haber sido”.

“Olvidarse de nuestra memoria histórica... ¡Eso es una monstruosidad!”

Confiesa el profesor lo que llama pequeña intuición: “A pesar de los errores, si no hubiera ganado la dictadura y se hubiera mantenido la Republica, este país sería distinto, sería mejor”. Aunque no tiene demasiada confianza en la posibilidad de una tercera. “Sueño con eso, pero tendríamos que madurar mucho. Y en este país siguen mandando las oligarquías, las mismas que ganaron la Guerra Civil. Por eso no se tocan ciertas cosas, tabúes que se mantienen como en el franquismo”.
Entre su despacho y un dormitorio, una pared del pasillo alberga los libros que hablan a don Emilio sobre la Guerra de España. Más allá, literatura y poesía. Y una figura que —confiesa— le conmueve sobremanera. “Todos tuvimos muchos muertos —también me tocaron en mí familia— muchos que padecieron la monstruosidad del fanatismo. Pero García Lorca. Cuando leo su poesía, su prosa, su genialidad… ¡Tenía 38 años y lo mataron!Lorca es un símbolo. Olvidar la Historia, un crimen”.
“La violencia y la crueldad son inseparables compañeros de la ignorancia”, dijo en octubre del año pasado cuando recibía el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. De nuevo en la estantería del salón, mira a los clásicos y recuerda a Platón:“Solo la educación nos salva”. Y, para el momento actual, receta: “Creer en la justicia, ilusionarnos con la verdad y ser verdaderos”. Evoca entonces a Aristóteles y extrae otro volumen con veinticuatro siglos de historia. “¡Fíjate tú qué texto de la Ética nicomaquéa! ¡Qué modernidad!”. Sabe exactamente en qué pagina está lo que busca, la abre: “Las relaciones amistosas con nuestro prójimo y lo que caracteriza la amistad se deriva de la amistad que tengamos con nosotros mismos”, dialoga el profesor Lledó.

"El más rico tesoro es el lenguaje; en él se recobra el pasado, se organizan las ideas que forjan al hombre y se edifica el silencioso diálogo que conforma la esencia de la humanidad como especie capaz de ser y de saberse ser”

Discurso de ingreso en la RAE de Emilio Lledó, octubre de 1994
Fuente: Público.es

miércoles, 27 de abril de 2016

“En el mal sentido, PP y PSOE han sido infinitamente más populistas que Podemos”


El filósofo Carlos Fernández Liria argumenta en su ensayo "En defensa del populismo" la "inevitabilidad" de esta forma de hacer política

Mario Escribano

InfoLibre

"Si no tenemos un populismo de izquierdas, lo tendremos de derechas", advierte Fernández Liria


"Carlos Fernández Liria representa para la filosofía española lo que Evaristo Páramos representa para el punk". Así presentaba Pablo Iglesias hace unos días al ensayista, filósofo y profesor de la Universidad Complutense. En los años ochenta, Fernández Liria también fue, junto a Santiago Alba Rico, guionista del mítico programa La Bola de cristal, con el que creció la generación que años más tarde auparía el movimiento 15-M.
Aunque no tiene ningún tipo de cargo ni influencia —asegura— en Podemos, sus vínculos con el partido —tanto personales como profesionales— son más que evidentes. Y el título que acaba de publicar es toda una declaración de intenciones: En defensa del populismo (Catarata, 2016).
Fernández Liria recibe a info Libre en las calles del madrileño barrio de Lavapiés, uno de los lugares en los que Podemos suscita más apoyos y donde, hasta no hace mucho, se podía ver a dirigentes de primera fila del partido en sus terrazas.

Pregunta. ¿Cuál es su idea de populismo?

Respuesta. El populismo no es una cosa que podamos elegir o no, porque el sustrato de mundo político es necesariamente populista. Hay que comprender que no se puede hacer política al margen del pueblo, porque el pueblo tiene una determinada consistencia, habla un determinado lenguaje y tú no puedes cambiarle la forma de hablar: tienes que hacer concesiones al que te está escuchando. Eso es lo fundamental.
Tampoco es una postura política a tomar, sino una condición para los discursos políticos con la que hay que contar necesariamente. Un discurso político que no tenga en cuenta esa condición necesaria de la transmisión de mensajes en el mundo político no tiene ninguna posibilidad de triunfar.

P. ¿Por qué argumenta que hay que defender el populismo en esta coyuntura?

R. Hay momentos que son marcadamente populistas. Es el momento en el que los viejos cánones de la tradición política dejan de funcionar. Por ejemplo, la contraposición izquierda-derecha está pasando por una crisis porque ha dejado de explicar muchas cosas. O la contraposición capital-trabajo, que en una población que está masivamente en paro no refleja el tipo de tensión política con la que hay que contar.
En esas reestructuraciones se trata de crear un nosotros que pueda enfrentarse a un ellos para plantear la batalla política, y eso sería lo que llamamos un momento populista. En cualquier caso, defiendo el populismo no como algo bueno, sino como algo inevitable.

P. ¿Por qué tiene una connotación tan despectiva?

R. El populismo latinoamericano ha tenido un cierto éxito a la hora de combatir los programas neoliberales. Al verse en Europa con la posibilidad de que los programas neoliberales sean también interferidos, todo los periodistas, con algunas pocas excepciones, han arremetido contra ese movimiento.
Han rescatado el término populismo como sinónimo de demagogia, pero realmente ese no es el significado técnico. Como bien ha dicho el profesor José Luis Villacañas en un libro reciente, el populismo tiene sus teóricos, que son muy diáfanos y potentes intelectualmente, como Ernesto Laclau o Chantal Mouffe. Existe el populismo ruso, el populismo italiano, el populismo latinoamericano… Y se obvia por completo que existe como corriente dentro de la teoría política.

P. ¿Qué se ha logrado en América Latina usando esta estrategia populista?

R. Desde un punto de vista maximalista de izquierdas, muy poco. Prácticamente se podría decir que la izquierda de los años setenta u ochenta quedaría muy insatisfecha. Pero vivimos tiempos muchos más duros, en los que la agresión neoliberal es imparable: va ganando por goleada en esa guerra de los ricos contra los pobres que desataron Reagan y Thatcher. Hay que tener en cuenta que la izquierda ha sido prácticamente derrotada. Desde esa perspectiva se ha ganado bastante: se paró los pies al neoliberalismo en su avance brutal y salvaje. Es suficiente: ya no se trata de conseguir gran cosa, sino de por lo menos no perder lo poco que queda.
En cuanto al uso de la estrategia populista, un buen ejemplo es el papel de la religión en los movimientos políticos. En Latinoamérica, la religión había tenido un importante papel con la teología de la liberación, que de alguna forma trasvasaba el discurso católico al marxismo, y eran muchos los curas que se comprometieron políticamente, incluso llegaron a montar guerrillas. Esa vía quedó anegada por una derrota: la CIA pagó la invasión del evangelismo para compensar la teología de la liberación. Sin embargo, determinados movimientos latinoamericanos entendieron que esa posibilidad que tenía la religión de captar la voluntad popular podía ser también utilizada políticamente por la izquierda, y eso fue lo que ocurrió en Venezuela, Ecuador, en los movimientos indígenas en Bolivia e incluso en Argentina.

P. ¿Por qué son vistos desde Europa como muy malos ejemplos?

R. Sin lugar a dudas, por los medios de comunicación. No han parado de mentir, mentir y mentir. Eso está claro. Ha habido una unanimidad prácticamente absoluta, excepto en medios marginales, para cubrir de basura cualquier movimiento que tuviera alguna posibilidad de enfrentarse al FMI, al Banco Mundial, a la OCDE, a la Organización Mundial del Comercio... Y como esto era la única posibilidad política que había, sencillamente arremetieron contra ella. La animadversión hacia los movimientos populares latinoamericanos está basada exclusivamente en mentiras mediáticas.

P. ¿Habría sido lo mismo, o habría existido siquiera Podemos sin el populismo?

R. No. Creo que Errejón, que ha sido fundamentalmente el teórico del populismo dentro de Podemos, había aprendido mucho en Latinoamérica. Tuvo mucha razón en plantear que había que renunciar al eje izquierda-derecha y que había que plantear otro tipo de eje: la casta y el pueblo, el 1% y el 99%. Algún eje que le permita al pueblo reconocerse en aquello que está votando y que les está permitiendo organizarse, aquello en lo que pueden tener una esperanza política.

P. Hace un año tuvo un largo debate con Alberto Garzón sobre este tema. ¿No considera que adoptar el populismo como estrategia lleva consigo algunos riesgos?

R. Hay más riesgos cuantas más posibilidades de ser eficaz tienes. Alguien podría decir que IU corría menos riesgo, pero también es verdad que IU tenía muy pocas posibilidades de mover el tablero. El enemigo ha reaccionado, ha montado Ciudadanos, el Podemos de derechas que esperaban los banqueros y, claro, eso ha hecho mucho daño al avance de Podemos electoralmente. En un determinado momento, se llegó plantear que podía ganar las elecciones. Pero el hecho de que el enemigo haya tenido que reaccionar es prueba de que lo estás haciendo bien.

Por otro lado, siempre que sigues una vía institucional, sabes que tienes unos límites muy precisos porque estás actuando en un campo político que, sin embargo, no tiene el poder. El poder no es político, es económico. Con lo cual hay un enorme sentimiento de frustración de que no se puede hacer políticamente todo lo que se quiere. Esto tiene su efecto boomerang: este sentimiento de impotencia hace que se vaya generando una casta de profesionales que viven de la política. Podemos corre ese riesgo, por supuesto. Por ahora, creo que se ha solventado bien.

P. El libro comienza diciendo: "El mundo de la política ha sido el mundo de las decepciones. Y no hay mayor decepción que acabar defendiendo la inevitabilidad de cosas que uno nunca hubiera querido defender". ¿Está Podemos en esa encrucijada?

R. Es una refenderencia a la defensa del populismo. Defender el populismo no es una cosa bonita, pero si quieres ser eficaz políticamente, tienes que contar con cosas que no has inventado tú. En realidad, todos los partidos son populistas: el PP es populista, el PSOE es populista… Incluso podríamos decir que, en el mal sentido de la palabra, los grandes partidos, el PP y el PSOE, han sido infinitamente más populistas que Podemos. No hay más que recordar a Esperanza Aguirre paseándose con el sofá hinchable en campaña electoral o a Pedro Sánchez escalando el peñón de Ifach mientras le entrevistaban para televisión.

P. También lamenta que "bajo el capitalismo, el proyecto político de la Ilustración ha sido derrotado". Añade que esta idea debería ser recuperada y utilizada por la izquierda, pero ¿cómo?

R. Es una de las tesis fundamentales del libro. Hay un discurso entre el populismo y la izquierda, un término medio, que es fácilmente comprensible y que puede llegar bien al pueblo. Quien lo inventó en este país fue Julio Anguita, ya hace muchos años. Es sencillamente decir: "Lo que defendemos es lo que tú defiendes. Tú defiendes que esto sea un Estado de derecho, vamos a trabajar para que lo sea. ¿Sabes cuál es el inconveniente? Que bajo el capitalismo y el poder financiero salvaje en el que estamos sumidos, el Estado de derecho no funciona, el parlamentarismo no funciona, el orden constitucional no funciona… Los defensores del Estado de derecho somos nosotros, no tú, porque tú estás muy cómodo llamando funcionamiento de las instituciones a lo que no es más que una cobertura para la dictadura de los poderes financieros".
El populismo tiene que contar con muchísimos elementos irracionales que se dan cita en el terreno político. Sin embargo, existe la posibilidad de colar por medio la razón. Basta sencillamente con devolver al enemigo su propio discurso.

P. No faltan las críticas al marxismo, de quien dice que "ha pensado muy mal la esencia de lo político". ¿Ha conseguido Podemos plantear esto mejor?

R. El marxismo pensó bien la esencia de lo político en el momento en el que había una clase trabajadora muy potente, organizada políticamente en sindicatos y partidos. Pero lleva haciendo el ridículo desde los años ochenta, el momento en que el discurso revolucionario de la clase obrera es derrotado completamente. Había que recomponer los términos y lo que era un suicidio era seguir empeñado en el mismo lenguaje y los mismos parámetros, porque la coyuntura no es la misma. En ese sentido, Podemos lo ha planteado mejor.

P. Subraya que la izquierda lo tiene "más difícil y más fácil que nunca". ¿Por qué?

R. Lo tiene más difícil porque hemos perdido lo que ellos, los ganadores, llaman una guerra de los ricos contra los pobres. Efectivamente, van ganando por tanto que las conquistas sindicales y políticas que la clase obrera ha conseguido sacar adelante a lo largo del siglo XX han sido prácticamente desmanteladas.
Pero también lo tenemos más fácil: se han invertido las tornas, ahora no somos nosotros los revolucionarios y los antisistema, ahora lo son ellos. Hay una pintada del 15-M que decía eso:No es que seamos antisistema, es que el sistema es antinosotros. Ellos son ahora los revolucionarios, les toca ahora cargar con esa etiqueta del nihilista que sería capaz de destruir todo para salirse con la suya. Ahora son los ricos, los poderosos, los que funcionan enteramente al margen de la ley como si fueran bandas en la clandestinidad, solo que es una clandestinidad de lujo, viviendo en paraísos fiscales.

P. Otra de las ideas principales del libro es que un proyecto verdaderamente republicano solo puede ser anticapitalista, haciendo hincapié en las ideas igualdad, libertad y, sobre todo, fraternidad. Tradicionalmente, la izquierda ha reivindicado la igualdad y la derecha la libertad. ¿Por qué ninguna de ellas ha hecho lo propio con la fraternidad?

R. La fraternidad es la tercera pata del taburete de la Ilustración, y es la más complicada de explicar. Antoni Dómenech lo hace muy bien: para entender el término fraternidad hay que entender que la Revolución Francesa se hizo en nombre de los hermanos y en contra de los padres, los amos, los patrones e incluso los maridos. Es decir, contra cualquier tipo de autoridad por encima del individuo.
Una revolución que se hace en nombre de la fraternidad, se hace en nombre de aquello que la Ilustración llamó independencia civil, que quiere decir: "No tengo que pedir permiso a nadie para existir a mi manera". Con ese argumento no había más que dos opciones en la Ilustración. La primera era la derechas: todos los asalariados dependen de otro, por definición, con lo cual no podían ser ciudadanos y estabas a favor del sufragio censitario. La segunda, de izquierdas, era conceder la independencia civil a todos los ciudadanos y estar a favor del sufragio universal, pero para lograrlo había que llevar a cabo una revolución que obligaba a repartir los medios de producción entre toda la población. Era la postura de Robespierre, que fue quien realmente introdujo el término fraternidad en la Revolución.
En estos momentos históricos, hablar de fraternidad supone tener en cuenta que no puedes repartir la tierra entre los habitantes de un país, porque ya no se puede vivir de la tierra. Hay que pensar en soluciones del tipo renta básica, o algo que ni siquiera esté inventado. Es la forma de que si una persona quiere no depender en absoluto del sistema, pueda permitírselo. Eso exige una revolución social, por eso por el lado de la fraternidad iba todo el programa social de la Revolución Francesa. La burguesía liberal estuvo siempre muy interesada en dejar la igualdad y la libertad ante la ley, pero olvidarse de la fraternidad.

P. En ese caso, sorprende que la izquierda no haya izado la bandera de la fraternidad.

R. Sí. Hubo un error garrafal en la interpretación marxista de la revolución francesa, que ha sido muy bien denunciado por Antoni Domènech y Florence Gauthier en el artículo La importancia de saber por qué la Revolución Francesa no fue una revolución burguesa. Lo único de burguesa que tuvo fue la contrarrevolución sanguinaria, que sí que fue enteramente burguesa. Eso que se llama el éxito de la burguesía en la Revolución Francesa, fue precisamente la derrota de la Revolución Francesa. Si no entiendes eso, lo interpretas todo mal y, efectivamente, la tradición marxista lo interpretó mal. Eso hay que corregirlo.

P. Poniendo como ejemplo a Syriza, explica que ya no es que sea difícil una revolución, sino que también lo es plantear reformas. Dicho esto, ¿cree que es posible un cambio sustancial?

R. En Grecia se ha demostrado que no, a no ser que consigas apoyas internacionales. La única forma de conseguirlos es que esto se vaya extendiendo. Syriza estaba esperando a Podemos, porque se suponía que una victoria de Podemos, como en algún momento pudo parecer, habría beneficiado mucho a Grecia. No ha sido posible, y ahora Podemos está en una situación en la que no puede ayudar a Grecia. Si tuviéramos Syriza en Grecia, Podemos en España y en Francia el movimiento de La noche en pie saliera adelante con alguna propuesta electoral, el panorama europeo iría cambiando. Hay que empezar por algún sitio.

P. Realiza un paralelismo entre el 15-M y el Frente Nacional: dos formas muy distintas, pero exitosas, de entender el momento político. ¿Son, al fin y al cabo, las dos caras del populismo?

R. Lo que se ha hecho patente en estos últimos tiempos es cómo el populismo es efectivamente inevitable. La derecha siempre ha sabido moverse en ese terreno. El lujo de un pensamiento laico, civil, burgués —en el sentido tópico— es una cosa que tienes en la medida que hay ciertas garantías de bienestar y progreso. Pero en el mismo momento en el que hay una crisis económica, la gente busca salidas políticas, y esas salidas se articulan y se expresan en un lenguaje que no va a ser el mismo que se ha abandonado.
El fascismo fue un populismo brutal de derechas y en los tiempos que estamos, creo que la alternativa está clara: si no tenemos un populismo de izquierdas lo tendremos de derechas. Es más, es mucho más probable el populismo de derechas, por eso estamos en una lucha verdaderamente heroica. Todos estos intelectualillos de baja estofa que están escribiendo contra Podemos, como Antonio Elorza, Fernando Savater o el impresentable Félix de Azúa, no se dan cuenta de que están trabajando muy activamente por un populismo de derechas. Ellos verán lo que hacen.

Fuente: http://www.infolibre.es/noticias/cultura/2016/04/20/entrevista_carlos_fernandez_liria_48351_1026.html

martes, 11 de junio de 2013

Mitos sionistas: ¿hebreos o judíos?




Moshé Machover

Permítanme comenzar con una afirmación que ya debe ser de conocimiento general: la totalidad
de los judíos no constituyen una nación en el sentido moderno del término, ni han sido una nación
en ningún sentido contemporáneo desde hace más de 2.000 años .
La única característica común de todos los judíos es el judaísmo, la religión judía, codificada en el
lenguaje hebreo-cum-arameo de sus textos sagrados y la liturgia. La única forma en que un nojudío - una persona cuya madre no es judía - puede convertirse en judío es mediante la conversión religiosa, y un judío que se convierte a otra religión ya no es considerado judío (excepto por los racistas, que creen en la falsa doctrina de la raza). Hay, por supuesto, una identidad judía laica: es decir, hay personas que no practican el judaísmo o creer en su Dios, pero que se consideran y son considerados por otros como judíos. Pero fuera de Israel - volveré a esta excepción significativa más tarde- la identidad judía secular tiende a disiparse después de dos o tres generaciones: normalmente ya no se refiere a personas que no practican el judaísmo, y ninguno de cuyos padres y abuelos la practicaron.
Por supuesto, algunas comunidades judías tienen, o han tenido, atributos culturales o sociales
seculares comunes, como un lenguaje común del discurso cotidiano, una literatura en esta lengua
y una tradición musical distintiva. Pero estos atributos difieren entre las distintas comunidades. Los
judíos ashkenazis hablaban yiddish (un dialecto alemán), los judíos sefardís ladino (judeo-español),
y los judíos iraquís judeo-árabe.
El hecho de que los judíos no son una sola nación o un "pueblo" ha sido popularizado por el libro
de Shlomo Sand La invención del pueblo judío. 1
En realidad, Sand no afirma que esta desvelando descubrimientos originales o nuevos, sino que sólo reúne lo que era bastante bien conocido, pero no tan ampliamente reconocido. De hecho, los anti-sionistas han defendido desde hace mucho tiempo que los judíos no constituyen una nación en el sentido moderno (habitual desde la Revolución Francesa).

Se trata simplemente de desmontar la falsa idea promovida por la ideología sionista: el mito de que los judíos en todo el mundo son una nación antigua, exiliada por la fuerza de su antigua patria, la tierra de Israel, a la que ha 'vuelto', gracias al proyecto sionista de "fundir en un crisol las diásporas".

Una nación judía que murió
Sin embargo, este mito sionista tiene un grado de verosimilitud, ya que se basa en parte en
hechos, una generalización falaz de una realidad particular. En la segunda mitad del siglo XIX, los
askenazís de habla yiddish en el imperio ruso y su periferia inmediata constituían una nación o
cuasi-nación, con su propia lengua yiddish, una vibrante cultura, literatura secular, música y (a
finales de ese siglo) una clase obrera organizada, dirigida por el Bund judío. (Los bundistas no
tuvieron que inventar una nueva cultura yiddish: simplemente la dotaron de contenido proletario.)
Este grupo cuasi-nacional no abarcaba, por supuesto, la totalidad de los judíos del mundo, pero
constituían una mayoría considerable de la misma.


El Bund, la organización más importantes de los trabajadores judíos en el imperio ruso, se formó
en 1897
.


Un año más tarde, cuando ayudó a fundar el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia,
pidió el derecho, y le fue inicialmente concedido, de ser una sección nacional autónoma dentro del
nuevo partido. En 1903, el segundo congreso del POSDR, la facción mayoritaria (bolchevique),
encabezada por Lenin, revocó ese derecho y el Bund se escindió del POSDR. (Se reincorporó al
partido en 1906 en el 6 º Congreso, en el que la fracción bolchevique fue minoritaria.) Entre los
argumentos de Lenin, la afirmación de que los judíos no eran una nación. En apoyo de esta
afirmación citó a "uno de los teóricos marxistas más destacados", Karl Kautsky, así como el judío
radical anti-sionista francés, Alfred Naquet.



Sin embargo, los argumentos de Lenin sobre este punto en particular están un tanto fuera de lugar:


Kautsky y Naquet sostienen, en efecto, que la totalidad de los judíos no son una nación. Pero el
Bund no tenía necesidad de una visión tan general y, de hecho, falsa. No se referían a los judíos
del mundo, sólo a los trabajadores judíos en el imperio ruso, como su nombre completo indicaba:
Bund (Federación) General de los Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia. Kautsky y
Naquet basan su negación de la nacionalidad judía en la observación de que los judíos del mundo
carecen de una lengua común y no estaban localizados territorialmente. Pero los judíos a los que
se refería el Bund tenía su propia lengua, el yiddish. Y, si bien no eran la mayoría de la población
en un solo territorio contiguo, no diferían mucho en este sentido de algunos otros grupos nacionales en el mosaico de la Europa del Este, donde la nación tiende a ser principalmente una categoría lingüística-cultural .
Por otra parte, quienes hablaban yiddish constituían una alta proporción de la población de un buen número de pueblos y ciudades, en su mayoría agrupados en la parte occidental del imperio ruso. Así fue documentado por el censo imperial ruso de 1897. Cabe destacar que la categoría 'nacionalidad' de las tablas de resumen del censo se basaba en la lengua materna que declaraban
los encuestados. El censo registró poco más de cinco millones de hablantes de yiddish, que representaban aproximadamente el cuatro por ciento de la población total. El censo también clasificaba los encuestados por su religión, y, de acuerdo con esta clasificación, los judíos eran 4,15% del total, presumiblemente debido a que algunos judíos (en su mayoría fuera de la Zona de
Residencia) habían sido asimilados lingüísticamente. 5
Veamos el porcentaje de judíos en la población de algunas ciudades.

Ciudad: Porcentaje

Łódź: 31%
Varsovia: 34%
Kovno (Kaunas): 36%
Odessa: 37%

Vilna (Vilnius): 41%
Kishinev (Chisinau): 43%
Mogilev: 52%
Vitebsk% 52%
Minsk: 52%
Pinsk: 74%


Claramente, es muy posible que los judíos que vivían en esas áreas interactuaban principalmente
con miembros de su propia comunidad, en su propio idioma. Así que no es de extrañar que
muchos de ellos se consideraban a sí mismos, y fueran ampliamente considerados por los demás,
como un grupo nacional. (De hecho, a pesar de la opinión contraria de Lenin, los judíos en la
URSS fueron clasificados como un grupo nacional, y se registró oficialmente como tal en la
categoría "nacionalidad" del documento de identidad que cada ciudadano soviético tenía que
llevar.)
Por supuesto, esta cuasi-nación ya no existe: la mayor parte de ella pereció en el genocidio nazi, y
el resto se dispersó en gran medida. Sin embargo, una mayoría considerable de los judíos de hoy
en día en todo el mundo son sus descendientes y todavía llevan en su memoria colectiva una
sensación persistente de identidad nacional, que, aunque ya no se basa en una realidad actual, sí
tuvo una base real en un pasado no muy lejano.
El punto de vista opuesto de los judíos occidentales
Mientras que muchos judíos que vivían en, o habían emigrado recientemente de Europa del Este
después de 1900 tendían a considerar la judeidad como una categoría nacional, los miembros de
las comunidades judías establecidas desde hace tiempo en Europa occidental y los EE.UU.
usualmente veían las cosas de manera muy diferente, debido a su muy diferente experiencia.
Compartían el idioma cotidiano y la cultura secular de sus compatriotas no judíos. Y, a diferencia
de sus correligionarios de Europa del Este, en la mayoría de los países occidentales habían
ganado la igualdad legal. Los judíos de EE.UU. tenía igualdad de derechos desde 1789, y la
Revolución Francesa emancipó a los judíos en 1791. Esta igualdad jurídica se extendió a otros
países de Europa occidental en el siglo XIX (Napoleón emancipó a los judíos de los países
conquistados). En el Reino Unido, el proceso fue - como era de esperar - gradual y los judíos
lograron la plena igualdad jurídica relativamente tarde, en el marco del proyecto de Ley de
Juramento de 1858 (Oath Bill).


El acuerdo en la Francia revolucionaria de 1791 fue que judíos serían ciudadanos plenos de
Francia, como miembros de la nación francesa
.


Por supuesto, perfectamente libres de practicar su
religión distinta. Este tipo de acuerdo fue emulado en otros lugares - y fue un gran logro, que sus
beneficiarios se resistían a perder. Para la mayoría de ellos la idea, propagada por los antisemitas
y los sionistas, de una nación judía independiente a nivel mundial, era anatema.
Me he referido antes a la polémica de Lenin, en la que se invocó a Alfred Naquet contra el Bund.
Aquí está la cita relevante del artículo de Lenin:
"Un judío francés, el radical Alfred Naquet, dice prácticamente lo mismo [que Kautsky - MM].,
Palabra por palabra, en su controversia con los antisemitas y los sionistas
"Si le agrada a Bernard Lazare", escribe del conocido sionista, "considerarse ciudadano de una nación independiente, es su problema, pero declaro que, a pesar de haber nacido judío ... no reconozco la nacionalidad judía ... No pertenezco a ninguna otra nación que la francesa ... ¿Son los judíos una nación? A pesar de haber sido uno de ellos en el pasado, mi respuesta es una negativa categórica. "El concepto de nación implica ciertas condiciones que no existen en este caso. Una nación debe  tener un territorio en el que se desarrolla y, en nuestro tiempo, al menos, hasta que una confederación mundial se extienda por doquier, una nación debe tener una lengua común. Pero los judíos ya no tienen ni un territorio ni una lengua común ... Como yo, Bernard Lazare probablemente no sabía una palabra de hebreo, y no le habría resultado nada fácil, si el sionismo hubiera logrado su propósito, hacerse entender por otros judíos [congéneres] de otras partes del mundo. "Los judíos alemanes y franceses son muy diferentes de los judíos polacos y rusos. Los rasgos característicos de los judíos no tienen nada que ver con los elementos [empreinte] de la  nacionalidad. Si estuviera permitido reconocer a los judíos como nación, como Drumont hace, sería una nación artificial. El judío moderno es producto de la selección natural a la que sus antepasados fueron sometidos durante casi 18 siglos".
Estos argumentos fueron repetidos un año más tarde por los principales miembros de la comunidad judía establecida en Gran Bretaña contra el líder sionista, Chaim Weizmann.  Weizmann - que acabaría por ser el primer presidente de Israel - nació en 1874 cerca de Pinsk (una ciudad donde los judíos eran casi tres cuartas partes de la población total, como hemos visto). Desde 1904 fue catedrático de química en la Universidad de Manchester, donde inventó un proceso industrial para la producción de acetona - una aportación crucial para la fabricación de explosivos
como la cordita, que jugó un papel importante en la Primera Guerra Mundial. Durante la guerra, cabildeó activamente al gobierno británico a favor de una Carta que permitiese la colonización sionista de Palestina bajo protección británica. (Esta Carta fue finalmente concedida el 2 de noviembre de 1917. Se le conoce como la Declaración Balfour y fue incluida literalmente en el texto del mandato otorgado a Gran Bretaña sobre Palestina en junio de 1922 por la Sociedad de
Naciones.)
Cuando Lucien Wolf, distinguido periodista y miembro destacado del Comité de Relaciones Exteriores Conjunto de los judíos británicos, se encontró con el proyecto de Weizmann, escribióuna carta expresando su preocupación a James de Rothschild, el 31 de agosto de 1916:
"Estimado Sr. James de Rothschild: Al cierre de la conferencia con el Dr. Weizmann, el 17 del corriente, se me pidió que escribiera una carta que defina mi punto de vista ...
He pensado con mucho cuidado las diversas declaraciones que me ha hecho el Dr. Weizmann, y, con la mejor voluntad del mundo, me temo que tengo que decir que hay diferencias fundamentales e irreconciliables de principios y método entre nosotros.La cuestión de principio se plantea por la afirmación de la nacionalidad judía del Dr. Weizmann. La afirmación tiene que ser leída a la luz del importante ensayo sobre «El sionismo y el futuro judío", publicado recientemente por el Sr. Sacher, además especialmente de los escritos del propio Dr. Weizmann y del Dr. Gaster. Yo entiendo por estos ensayos que los sionistas no se limitan a proponer la formación y establecimiento de una nacionalidad judía en Palestina, sino que creen que todos los judíos forman en el momento actual una nacionalidad independiente y desposeía, para lo cual es necesario encontrar un centro político orgánico, porque son y siempre deben ser extranjeros en las tierras donde ahora moran (Weizmann, p6), y, sobre todo, porque es "un autoengaño absoluto" creer que cualquier judío puede ser a la vez "inglés por nacionalidad y judío por la fe "(Gaster, pp. 92-93).
He pasado la mayor parte de mi vida en lucha contra estas mismas doctrinas, cuando se me presentó en forma de antisemitismo, y sólo puedo considerarlas como más peligrosas cuando vienen en la forma de sionismo. Constituyen una capitulación a nuestros enemigos, no tienen absolutamente ninguna justificación en la historia, la etnología o los hechos de la vida cotidiana, y si fueron admitidos por el pueblo judío en su conjunto, el único resultado sería que la terrible situación de nuestros correligionarios en Rusia y Rumania se convertiría en el destino común de
los judíos de todo el mundo".

Y el 24 de mayo de 1917, cuando las negociaciones que concluirían en la Declaración Balfour se encontraban en una fase avanzada, Alejandro y Claude Montefiori, presidentes, respectivamente, del Consejo de Diputados de Judíos británico y de la Asociación anglo-judía, escribieron una carta al The Times en nombre del Comité Conjunto de los dos organismos, en protesta contra las
falacias y los peligros del sionismo político. Después de declarar su adhesión a la posición de Lucien Wolf, los autores afirmaban que "el establecimiento de una nacionalidad judía en Palestina, basada en la teoría de la falta de un hogar judío, tendría como efecto en todo el mundo que los judíos fueran considerados extranjeros en sus países de origen y socavar su posición que tanto ha costado conseguir como ciudadanos y nacionales de esas tierras".
Asimismo señalaban que las teorías del sionismo político socavaban la base religiosa de la comunidad judía, por lo que la única alternativa sería una "nacionalidad judía secular, sobre la base del ambiguo y oscuro principio de raza y de la peculiaridad etnográfica".
Y continuaban:
"Pero ello no tendría nada de judío en el sentido espiritual, y su establecimiento en Palestina sería la negación de todos los ideales y esperanzas por los que la supervivencia de la vida judía en ese país recibe la admiración de la conciencia judía y la simpatía judía. Por estos motivos el Comité Conjunto de la Junta de Diputados y la Asociación anglo-judía desaprueban seriamente las propuestas nacionales de los sionistas.
La segunda parte del programa sionista que ha despertado los recelos del Comité Conjunto es la propuesta de otorgar a los colonos judíos [en Palestina] de ciertos derechos especiales que excedan de los que goza el resto de la población ...
En todos los países en los que viven los judíos el principio de igualdad de derechos para todas las denominaciones religiosas es vital para ellos. Si fuesen a dar ejemplo en Palestina de ignorar este principio, se habrían condenado a sí mismos bajo la acusación de haber recurrido a ella por motivos puramente egoístas. En los países en los que todavía están luchando por la igualdad de derechos está quedaría irremediablemente comprometida ... La propuesta es tanto más inadmisible porque los judíos son y probablemente siempre seguirán siendo una minoría de la población de Palestina, y es posible que se vean envueltos en amargas disputas con sus vecinos de otras razas y religiones, lo que retardaría seriamente su progreso y tendría un eco lamentable en Oriente".


Una nueva nación hebrea

A medida que la colonización sionista de Palestina avanzó - a partir de la primera aliyah (inmigración judía) de 1882 a 1903 y la segunda aliyah de 1904 a 1914, y luego, después de la Primera Guerra Mundial, tomando impulso bajo protección británica - una nueva nación de colonos hebreos fue formándose en ese país.
No hay nada excepcional en ello. Como regla general, la colonización, cuando la economía de los colonos no dependía de la fuerza de trabajo indígena, condujo a la formación de nuevas naciones de colonos; basta pensar, por ejemplo, en América del Norte o en Australia. La única característica excepcional de la nación de colonos hebreos es que la ideología sionista niega que sea nacionalidad distinta. Como hemos visto, de acuerdo con esta ideología, los colonos son parte de
una nación judía pre-existente, que abarca todos los judíos del mundo. Por esta razón, la conciencia de sí misma de esta nación es esquizofrénica. En el plano cotidiano informal, las personas que no son judías de acuerdo a la definición rabínica, pero están social y culturalmente
integradas en la sociedad hebrea, son considerados - por lo menos por los hebreos laicos - como parte de esta nueva nación; pero de acuerdo con la ideología dominante no pueden ser aceptados como tales. 11 Tomando prestada la distinción de Marx con respecto a los diferentes sentidos del término "clase", la nación hebrea es una nación an sich (en sí misma), pero no bastante für sich(para sí misma).
Irónicamente, la ideología nacionalista palestina burguesa y pequeño burguesa refleja esta
posición de su contraparte sionista al negar la existencia de una nueva nación hebrea. Considera
que es difícil llegar a un acuerdo sobre la existencia de esta nación y prefiere conceptualizarla como una comunidad religiosa judía, similar en naturaleza (aunque mayor que) las minorías judías que existieron durante siglos en el mundo árabe, que eran de hecho esencialmente comunidades religiosas. Esta concepción está codificada en la fórmula "una Palestina laica y democrática, en la que los cristianos, judíos y musulmanes vivan en igualdad y sin discriminación de ningún tipo", que es su propuesta para la resolución del conflicto palestino-israelí.
Sin embargo, si se está dispuesto a mirar más allá de estas ideologías cualquier persona
familiarizada con las realidades sobre el terreno llegará a la conclusión de que se ha formado una
nueva nación hebrea. Los primeros en hacerlo fueron los Jóvenes Hebreos (más conocido como
"cananeos", como les llamaban peyorativamente los sionistas, que consideraban, no sin razón, sus
puntos de vista como heréticos). Este grupo de artistas y escritores formó en 1939 una Comisión
para la Consolidación de la Juventud Hebrea. A pesar de que su nacionalismo hebreo de derechas
encontró poca aceptación política, el grupo tuvo un gran impacto en la literatura y el arte hebreos
modernos.
Los Jóvenes Hebreos no fueron los primeros en designar a la comunidad de colonos en Palestina
como "hebreos". El término había sido, de hecho, comúnmente utilizado por los sionistas para
designarse a sí mismos, porque, aunque se negaban a aceptar que esta comunidad era una nueva
nación distinta, estaban dispuesto a reconocer su singularidad y novedad, aunque como parte de la
supuesta nación judía en todo el mundo. Permítanme darles algunos ejemplos de este uso común.
Es ampliamente conocido que antes de 1948 la comunidad de los colonos en Palestina se conocía
como la "Yishuv". Sin embargo, de hecho el término completo usado en la época era la "Yishuv
Hebrea" (o, menos comúnmente, la "nueva Yishuv") - a diferencia de la "vieja Yishuv", la
comunidad judía pre-sionista en Tierra Santa. La primera organización feminista sionista en
Palestina, fundada en 1919, se llamó la Unión de Mujeres Hebreas para la Igualdad de Derechos
en Eretz Israel.  La notoria campaña sionista para excluir a los trabajadores árabes del empleo en
la economía de los colonos se llevó a cabo bajo el lema "¡Trabajo hebreo!". Y recuerdo haber presenciado de niño, cuando crecía en Tel-Aviv durante la ruptura entre el movimiento sionista y el gobierno británico, demostraciones sionistas masivas en las que las principales consignas eran "Aliah hofshit "(inmigración judía gratuita) y "Medinah Ivrit" (¡estado hebreo!).
De especial importancia es el uso del término en un texto esencialmente sionista, la Declaración de
Independencia de Israel, promulgada el 14 de mayo de 1948. En sus dos referencias a la comunidad de colonos, el texto hebreo de este documento utiliza el término "Yishuv Hebrea":
"En la Segunda Guerra Mundial, la Yishuv Hebrea de este país contribuyó con todas sus energías
a la lucha por las libertades y a favor de las naciones amantes de la paz contra la iniquidad nazi, y,
por la sangre de sus soldados y el esfuerzo de guerra, se ganó el derecho a contarse entre los
pueblos que fundaron las Naciones Unidas ...
De acuerdo con ello, los miembros del Consejo del Pueblo, representantes de la Yishuv Hebrea y
del movimiento sionista, ... declaramos el establecimiento de un estado judío en Eretz Israel, que
será conocido como el Estado de Israel".
Aún más importante, en la traducción oficial inglesa, proporcionada por el ministerio de asuntos
exteriores de Israel, el término "Yishuv Hebrea", en cursiva en esa cita, es falsamente traducido
como "la comunidad judía".

"El Estado-nación del pueblo judío"



Este dulce de azúcar - o, voy a llamar a las cosas por su nombre: falsificación - en la traducción de
un documento clave, no es accidental. Desde 1948, los sionistas han sido cada vez más reacios a
utilizar el término "hebreo", en referencia a los llamados "judíos de Israel" y han preferido este
último término. Este pedaleo terminológico tiene un propósito ideológico, político y propagandista
definido.
Es bien sabido que Israel se define oficialmente como "Estado judío y democrático": así está
consagrado en la legislación constitucional aprobada por el Knesset. 16 Sin embargo, la mayoría de
las personas no son plenamente conscientes de la importancia de esta fórmula. Es ampliamente
reconocido por sus críticos que Israel privilegia a sus ciudadanos definidos oficialmente como
judíos y relega a los ciudadanos árabes palestinos - aproximadamente una quinta parte de su
población - a un estatus inferior. Esto es cierto, pero de ninguna manera es toda la verdad. Lo que
la fórmula implica es que Israel es un estado de toda la "nación" judía: no sólo de sus propios
ciudadanos judíos, sino de todos los judíos en todas las partes del mundo.
Para evitar cualquier ambigüedad, se propone ahora promulgar una ley fundamental que declare a
Israel como el "Estado-nación del pueblo judío". 17 Por otra parte, los políticos israelíes de alto nivel ya han dejado muy claro que cualquier acuerdo entre Israel y los palestinos debe ser sobre la base de la aceptación de esta fórmula. Por lo tanto, Ron Prossor, el Embajador de Israel ante la ONU, afirmó el 26 de abril 2013 que "la paz debe basarse en un claro reconocimiento de que Israel es el Estado-nación del pueblo judío". Según esta formula, Israel sería oficialmente el Estado no sólo de Binyamin Netanyahu, sino también 'de' Ed Miliband y Michael Howard, Noam Chomsky y Norman Finkelstein, así como de
Alan Dershowitz.
Es evidente que, para promover esta impresionante pretensión es necesario reprimir la identidad
hebrea, suprimir toda referencia a ella, y borrar la distinción entre ésta y el judaísmo en general.
Esta estrategia política e ideológica no es en absoluto nueva. En la edición de mayo de 1967 de la
revista Matzpen - el último aparecer antes de la guerra de junio - publiqué un artículo titulado "Nuevas premisas para una conclusión falsa", cuya traducción al inglés está incluido en mi libro. Se trataba de una polémica contra el líder sionista, historiador e ideólogo, Yigal Elam, que proponía exactamente esa estrategia. Suplico la indulgencia del lector, que me permitirá citar mi artículo, a pesar de contar ya con 46 años:
"El núcleo del sionismo [según Elam] es "la vinculación del Estado de Israel con el pueblo judío ...
sólo esta vinculación otorga al Estado de Israel, un sentido y una razón de ser, sólo a partir de esta
relación se desarrolló, y sólo con ese vínculo puede existir y sostenerse a sí mismo en la
conciencia del mundo. "Israel es un estado sionista, porque no es un instrumento político de sus
habitantes, sino de todos los judíos del mundo,. y los judíos del mundo deben ser aprovechados
para la actividad pro-Israel ..."
Por consiguiente, propone que se de una expresión oficial, constitucional e institucional al caracter
sionista del Estado de Israel:
"El Estado de Israel será aceptado como el proyecto político del pueblo judío, en el ámbito de la
responsabilidad de los judíos en todas partes. Esto significa que la responsabilidad del Estado de
Israel y de todo lo que sucede en el no se limita a los ciudadanos que viven dentro de sus
fronteras. Los israelíes tienen que hacer valer esta cuestión en su constitución y darle expresión
institucional inmediata (énfasis en el original) "

Con el fin de asegurar el "vínculo permanente entre el pueblo judío y el Estado de Israel", Elam
propone las siguientes dos instituciones: (a) una constitución escrita que proclamará la relación
entre el Estado de Israel y el pueblo judío, (b) un Senado, en la que los judíos de la diáspora se
sentarán y que actuará junto a la Knesset, con la facultad de vetar o retrasar la legislación que sea
contraria a la constitución del Estado de Israel o de la opinión pública judía en todo el mundo.
Ante la objeción de que es inaceptable que el destino de un país lo decidan los que viven en el
extranjero, Elam tiene una respuesta preparada: no se trata de nada nuevo, esto es precisamente
lo que el sionismo siempre ha practicado. De hecho, la colonización de Palestina se llevó a cabo
sin consultar a sus habitantes, por lo que la propia existencia del Estado sionista se basa desde el
principio en la premisa de que el destino de Palestina debe ser determinado no por sus habitantes,
sino por todo el pueblo judío .
Los antecedentes de esta propuesta de estrategia fue una crisis del sionismo en el período justo
antes de la guerra de junio de 1967: la inmigración judía se había reducido a un goteo, y la
dirigencia sionista estaba preocupada de que, en el largo plazo. el pequeño tamaño de Israel
acabaría por romper en contra suya el equilibrio de poder con el mundo árabe.
Tras la guerra de 1967, Israel amplió considerablemente su dominio territorial, y ha conseguido una gran afluencia de inmigrantes judíos de la ex Unión Soviética y Etiopía. Pero ahora está
gobernando sobre una población árabe palestina de más o menos el mismo tamaño que la
ciudadanía hebrea, y las fuentes potenciales de nueva inmigración judía parecen estar prácticamente agotadas. Así que la ansiedad a largo plazo acerca de un cambio adverso en el equilibrio de poder sigue siendo una obsesión de los estrategas sionistas. Plus ça change .

La política de las dos identidades

En algunos círculos progresistas de la diáspora judía hay intentos de promover una identidad judía
alternativa - secular y no-sionista, en algunos casos deliberadamente anti-sionistas. Supongo que
esto está motivado en parte por la nostalgia de la tradición progresista y proletaria que fue
exterminada con los judíos de Europa oriental, y en parte por la indignación ante la pretensión de
Israel de hablar y actuar en nombre de todos los judíos y por lo tanto implicarlos en sus fechorías.
No es asunto mío decirles a quienes persiguen una identidad alternativa de este tipo cómo tienen
que definirse. Es cosa totalmente de ellos. Incluso la nostalgia es un sentimiento legítimo (aunque,
por desgracia, ya no es lo que solía ser ...). Y una identidad judía progresista desplegada contra la
propaganda sionista sin duda juega un papel positivo.
Pero creo que la identidad de la diáspora judía laica no tiene un futuro a largo plazo, ya que carece
de una base objetiva. La situación de los judíos en casi todas las partes de la diáspora no son en
absoluto como la de Europa del Este en 1900, sino más bien como - de hecho, mucho más
avanzada que - las que reflejaban las citas de Naquet, Wolf y los Montefioris. Los judíos tienen los
mismos derechos, están bien integrados en sus respectivos países de origen, hablan las lenguas
de sus compatriotas y no tienen una cultura separada. Hay, por supuesto, famosos autores judíos,
que escriben novelas 'judías', pero son parte de la cultura general de sus comunidades lingüísticas,
al igual que las novelas inglesas de escritores inmigrantes del subcontinente indio. Por otra parte,
como he señalado antes, la identidad judía laica en la diáspora tiende a desaparecer al cabo de
muy pocas generaciones.
Volviendo ahora a la identidad nacional hebrea, debe de haber quedado claro de mi anterior exposición que creo que es muy real y - al menos potencialmente - una alternativa positiva al sionismo. Existe la nación hebrea, y los que niegan este hecho sufren de prejuicios ideológicos.
También hay quienes afirman que Israel es una nación opresora no sólo debido a las circunstancias actuales, que son mutables, sino de manera inherente e inexorable. Me parece que están muy equivocados. No es más cierto en relación a la nación hebrea que de sus homólogos estadounidenses o australianos.
Creo que es vital reconocer este hecho, ya que ninguna eventual solución democrática benigna del
conflicto palestino-israelí será posible si no es aceptable para una gran mayoría - sobre todo la
clase trabajadora - de ambos grupos nacionales, y una condición previa para ello es el
reconocimiento de su existencia nacional, y su derecho a la existencia en condiciones de igualdad.
Lo que una nación encuentra aceptable depende, por supuesto, en gran medida de las
circunstancias objetivas reales. En las condiciones actuales una solución favorable del conflicto no
es posible, ya que el equilibrio de poder es tan abrumadoramente favorable a Israel que lo que una
gran mayoría de los hebreos encontramos aceptable está muy por debajo de lo que puede ser
aceptable para las masas palestinas. Sin embargo, incluso teniendo en cuenta el poder masivo de
Israel, y a pesar de la brutalidad de sus intentos de imponer un resultado injusto a los árabes
palestinos y la nación árabe de la que forman parte integrante, es incapaz de lograrlo. Los fuertes
hacen lo que pueden, sin embargo, los débiles solo pueden resistir mientras sigan vivos. Sólo una
masacre total puede eliminar su resistencia.
Y aun cuando la relación de fuerzas cambiase por completo - un gran "aun cuando" - las masas
hebreas resistirían hasta la muerte cualquier intento de negar su nacionalidad o subyugarlos como
nación. Pero este no es un resultado que los socialistas deberían defender.
He defendido en otro lugar una solución socialista del conflicto , por lo que no es necesario repetirla aquí.
Baste decir que va más allá de la estrecha franja territorial de Palestina para proponer una revolución regional que derroque al sionismo y a los regímenes árabes opresivos y establezca un Oriente árabe socialista, en el que tanto los grupos nacionales árabe palestino y hebreo puedan alcanzar un acuerdo democrático en igualdad de condiciones.
Moshé Machover es un veterano militante socialista antisionista israelí que fue co-fundador de la extinta Organización Socialista de Israel (Matzpen). En la actualidad vive en Londres, Inglaterra. Es profesor emérito de Filosofía del King College, de la Universidad de Londres. Su libro más reciente es de Israelíes y palestinos: la solución del conflicto.

Traducción para www.sinpermiso.info: Enrique García

lunes, 10 de junio de 2013

BUNGE UN FILÓSOFO CRÍTICO


Mario Bunge
“La mayor parte de los filósofos actuales se ocupa de menudencias”.
Entrevista
Juan Claudio de Ramón entrevistó Mario Bunge para la revista JotDown.

De Mario Bunge (Buenos Aires, 1919) vale decir lo mismo que Plutarco del legislador ateniense Solón: “Envejeció poco a poco, y cada día aprendió algo nuevo”. Es uno de los grandes filósofos vivos, Premio Príncipe de Asturias de Humanidades en 1982, doctor Honoris Causa por 19 universidades y único autor de habla española que se encuentra, con 43 milidarwins, entre los científicos “más famosos de los últimos 200 años” (The Science Hall of Fame). No está mal para ser un heterodoxo. Porque Bunge,
profesor emérito de la Universidad de McGill, es un realista: cree, humildemente, que la realida existe; desde los anillos de Saturno hasta el último quark, las cosas son de verdad. Y la realidad   estuvo muy mal considerada por la filosofía del siglo XX, que solo era capaz de ver, de manera oscura y confusa, estructuras, signos y discursos. Bunge operó de cataratas en su impresionante Tratado de Filosofía Básica en ocho volúmenes, y en más de 50 libros y 500 artículos en los que saca el polvo a la filosofía de la ciencia, física teórica, química, neurociencia, ciencia cognitiva, matemáticas, psicología y sociología. Escribe en inglés y en castellano, en grande y en pequeño, pero siempre con letra clara y sin miramientos, porque es de los que piensa que ningún adversario de valía se molesta por una crítica contundente. Me citó en Montreal, una tarde de mayo del año en que va a cumplir 94. Llama la atención la apostura, la mirada azul que arde
lentamente. Sobre la mesa y el sofá hay docenas de libros y revistas desparramadas.

 Puedo distinguir una biografía de Marx y otra de Popper, las Analectas de Confucio junto a un tratado de Helvetius, los semanarios Science y Nature encima de números atrasados del New York Review of Books. Es otra manera de entender la lujuria.
El escritor italiano Edmundo d’Amicis decía que el destino de mucha gente depende de tener o no tener una biblioteca en el hogar paterno. ¿Fue su caso?


Es muy cierto. Y sí, fue mi caso. Mi padre tenía, además de sus propios libros, algunos
heredados de su hermano Carlos Octavio, que era un escritor, profesor e intelectual público, y también de su padre, de modo que ahí había, por lo pronto, una gran colección de literatura española buenísima. Ahí leía al Arcipreste de Hita y literatura ya olvidada en España, así como a Schiller, a Goethe, estaban las obras completas de Voltaire —como correspondía a un volteriano como era mi abuelo, ministro de la Corte Suprema a fines del siglo XIX—, algún libro de filosofía, aunque no muchos, solamente uno de ciencias, que era un tratado de química obsoleto anterior a Lavoisier… Mi padre, además de ser médico era escritor y gran admirador de las grandes obras, así como traductor de varias novelas antibélicas que aparecieron justo después de terminar la primera guerra mundial. Por eso muchas veces me pregunto por estos chicos norteamericanos que nacen en una casa donde el único libro que hay es la guía telefónica en el mejor de los casos. Es un mal muy extendido. Usted se sorprendería, pero en muchas casas de profesores universitarios casi no hay libros. Los únicos que poseen los tienen
en su despacho de la universidad y casi todos son libros de texto. No gastan dinero en libros.
Se limitan a los libros de texto que les dan gratuitamente las editoriales y a la biblioteca, que es más o menos buena pero nunca completamente satisfactoria. Por cierto, D’Amicis era muy popular en Argentina. Escribió un libro que se llamaba De los Apeninos a los Andes. Contaba la historia de un chico que, debido a la miseria, emigra de Italia a Argentina. Fue antifascista, y claro, su obra no tuvo una vida fácil en la Italia de Mussolini. Fue muy fértil y, como le digo, muy leído en su tiempo.


Usted se doctoró en Física en la Universidad de La Plata en 1952, y en la Universidad de Buenos Aires, dio clase entre 1956 y 1963, antes de irse del país. ¿Cómo era el clima intelectual en la Argentina peronista?


Era lamentablemente bajo. Casi todos los intelectuales de valor estaban fuera de la
universidad. Quedaban científicos pero no había una buena atmósfera de trabajo, porque la política científica estaba dictada por las unidades políticas peronistas. Por ejemplo, se reunía al personal de maestranza para dictaminar qué materias se iban a dictar ese año. Se decía, por ejemplo: “Geometría diferencial, ¿qué es eso? ¿En qué puede ayudar al desarrollo del país?
No se dicta”. Eso fue en el segundo período peronista. Pero en el primero llegó un momento, en 1952, cuando a mí me echaron, que se requería afiliarse al partido peronista. Casi todo el mundo se afilió, dijeron que no te comprometía, pero yo, igual que algunos otros, me negué. Así que, por supuesto, a la calle.


Estuvo en la cárcel por apoyar una huelga general.


Estuve en la cárcel sin merecerlo. Me castigaron por pecados muy anteriores, en particular por haber fundado en 1938 la Universidad Obrera, que era una organización independiente perteneciente a la sociedad civil y, por lo tanto, indeseable para cualquier régimen duro, que lo primero que hace es eliminar cualquier obstáculo que haya entre el individuo y el Estado. Me acusaron de incitar a la huelga ferroviaria de 1951, que fue la primera gran huelga que le hicieron al gobierno peronista. Yo ni siquiera viajaba en tren, en aquella época tenía auto, y no tenía la menor relación con dirigentes sindicales. En la cárcel me encontré con varios de ellos.
Uno con quien compartí mi celda era un muchacho completamente desconcertado porque había sido buen peronista militante y no entendía cómo había acabado metido allí. También compartíamos morada con un médico que tampoco entendía por qué estaba allí. Tuve la ocasión de conocer no solamente a los llamados “políticos”, sino también a delincuentes, alguno de ellos famoso. Por ejemplo, al que vendió un tranvía. Estaba muy orgulloso de haber vendido un tranvía a un pobre diablo. Casi todos eran gente desagradable, muy egoísta, que no compartía nada. Había uno que era buena persona y llevaba el apodo “Dedos Brujos”.


En uno de sus libros habla de él.


Exacto. Era muy habilidoso y desenredaba las madejas en las tejedoras, era muy buena
persona. Pero los demás eran desagradables, sobre todo los criminales profesionales.


¿Su emigración fue, en alguna medida, forzada?


Pasó lo siguiente: a fines de 1962 había un gobierno constitucional elegido democráticamente, pero estaba bajo la presión de la CIA, que eventualmente lo hizo caer. El ejército se dividió en dos y hubo una batalla entre ambas facciones, los rojos y los azules, y no se sabe muy bien el motivo, yo al menos no sé por qué. En todo caso había muchos indicios de que el gobierno iba a ser cada vez a menos democrático. Echaron al presidente Frondizi porque tuvo la osadía de recibir al Che Guevara y negarse a que expulsaran a Cuba de la Organización de Estados Americanos. De la intervención de la CIA me enteré hace solo un par de años. Me dije que estaba por venir una nueva dictadura, y yo había vivido casi toda mi vida bajo alguna, pero los últimos años había estado gozando de la libertad que había, así que me dije que no, que nos
íbamos a otra parte. Nos fuimos a Estados Unidos esperando encontrar alguna cosa y
eventualmente caímos aquí, en Canadá.


En 1966.

Sí.


¿Cómo fue su llegada a Canadá? Es un país de inmigración.


Sí, completamente.

¿Lo pasaron mal al principio?

No, para nada. Nos integramos bien desde el principio y me recibieron muy bien. Al poco de llegar me metieron en una comisión cuya función era diseñar los CÉGEP1, creo que ustedes lo llaman cursos preuniversitarios. En aquella época todavía había un gran respeto por la ciencia y yo me especializaba en filosofía de la ciencia. Ahora eso ha cambiado radicalmente. Por ejemplo, en el momento actual el gobierno conservador ha resuelto dejar de apoyar a la ciencia básica y apoyar solamente a la técnica (en castellano, por cierto, decimos tecnología donde deberíamos decir técnica). ¿No saben que una cosa sin la otra no funciona y que requieren aptitudes muy diferentes? En todo caso, de entrada nos fue muy bien. A mi mujer la recibieron muy bien y a mí me toleraron.


En el último censo uno de cada cinco canadienses ha nacido en el extranjero, y en Toronto ya son más de la mitad. Hay un novelista canadiense, ya muerto, de Montreal, Mordecai Richler.


Sí, lo conocí, aunque de lejos. Tenía una hija que asistía a la misma escuela que la mía, de modo que nos vimos en las reuniones de padres. Pero yo lo evitaba porque él fumaba unos cigarros pestíferos.


Tiene una definición hermosa de Canadá: “El país de las segundas oportunidades de todo el mundo”.


Es verdad, bien cierto. Richler era muy buen escritor y entretenido, pero también muy contrario al nacionalismo quebequés. Una parte de la comunidad judía era muy hostil hacia los francófonos.
Algunos francófonos también eran hostiles hacia los judíos. Hubo un sector que apoyó a la Francia de Vichy.
Hubo dos inmigraciones de judíos. La primera fue de judíos sefardíes que venían del norte de África y se sumó a la población francófona, asimilándose en seguida; después vino una segunda que se integró en la comunidad anglófona. Si muchos francófonos eran antisemitas era también porque la Iglesia era antisemita. En 1940 los grandes enemigos de la Iglesia Católica eran los judíos, los ateos, los masones y los comunistas. Que yo sepa, masones no había, pero judíos sí, ateos había muy pocos. La Iglesia apadrinó a muchos criminales de guerra franceses y belgas que se refugiaron en Quebec a fines de la guerra, en 1944 y 1945.
Un trabajador de la embajada canadiense en el París ocupado daba visados y pasaportes a cuanto criminal de guerra hubiera. Al llegar se refugiaron en conventos y monasterios. En aquella época había muchos, pero, al poco de llegar nosotros, los conventos se vaciaron, se casaron los curas y las monjas. En cuatro o cinco años se secularizó la sociedad con notable rapidez.


La llamada “Revolución tranquila”.


Sí. Fue tranquila con la excepción de un pequeño grupo nacionalista, terrorista, extremista y separatista que incluso ponía bombas en los buzones. Pero era más retórico que otra cosa.
1 College d"Enseignement Général et Professional en sus siglas francesas, General and Vocational College, en inglés. En Quebec, institutos de
enseñanza postsecundaria por los que han de pasar los alumnos que quieran ir a la Universidad].
2 El FLQ, Frente de Liberación de Quebec.

Usted sigue escribiendo.


Sí, claro.


¿Cuál es su rutina de trabajo?


Antes solía despertarme a las siete de la mañana y trabajar seguido hasta las seis de la tarde, la mitad en casa y el resto en la Universidad. En los últimos años ha cambiado mucho. Mi vejez empezó a los 90 años, y desde entonces trabajo mucho menos porque me canso mucho más.
Me despierto y lo primero que hago es revisar mi e-mail por si hay algún mensaje urgente.
Después de bañarme y desayunar me pongo a trabajar en lo que estoy haciendo, o a estudiar, sobre todo revistas científicas. Leo regularmente los semanarios Science y Nature. Las publicaciones filosóficas ya casi ni las miro, no encuentro nada que me interese; me parece que la filosofía está en un punto muy bajo, hay mucha escolástica y pocas ideas nuevas. En cambio, la ciencia siempre se renueva.


¿Qué está escribiendo ahora?


He empezado a escribir mis memorias. Hasta hace poco trabajé en mi último libro, que se llama Medical philosophy.


Lo he visto, se publicó el año pasado.


Sí, en castellano. Pero lo he vuelto a escribir en inglés y está por salir a fines de este mes.


Hablando de lenguas. Usted ha polemizado con muchas escuelas de pensamiento, entre ellas la fenomenología y el existencialismo, a las que tacha de tenebrosas e incomprensibles.
Comparte esta aversión con su compatriota Sebreli, que dice que Heidegger y Husserl se
benefician de la idea de que todo lo absurdo es profundo. Usted añade que se aprovechan del prestigio filosófico de la lengua alemana.


Eso seguro. Si hubieran escrito en castellano, o en otra lengua, no serían tan conocidos.
En su esnobismo, Heidegger llegaba a decir que solo se puede pensar con propiedad en
alemán.
Y en griego antiguo. Claro que pensaba así, era nacionalista, al punto de ser nazi. Es algo
completamente ridículo. Heidegger, a mi modo de ver, masacró la lengua alemana. Husserl escribía mejor, pero también de forma muy oscura, y fue, por supuesto, el maestro de Heidegger. Este le dedica la primera edición de Ser y Tiempo a su maestro, Husserl. En las ediciones posteriores eliminó esa dedicatoria porque se descubrió que Husserl era judío y, por lo tanto, no estaba bien visto por los nuevos amos de Heidegger. El existencialismo llegó muy temprano a Argentina. Llegó en los años 30 porque hubo gente que fue a estudiar a Alemania con Heidegger. También hubo influencia del existencialista católico francés Gabriel Marcel.
Llegó muy temprano y se apoderó de las principales cátedras. Ya el pensamiento reaccionario, oscurantista, contrario a la Ilustración, había empezado a predominar en los años 20, con la llamada reacción antipositivista. Hay un viejo malentendido, y es identificar el positivismo con el cientificismo. Los positivistas elogian a la ciencia, pero le hicieron mucho daño, porque eran fenomenistas: no creían en nada que no fuera palpable, que no fuera visible.


Empezó a escribir en castellano, y de ahí se pasó al inglés. Desde entonces escribe en ambas.
¿Es el castellano una lengua bien dotada para la comunicación científica?


Por supuesto.


 

¿Existen lenguas más y menos aptas para la comunicación científica?


Todas las lenguas avanzadas son igualmente aptas y ha habido científicos que se han
expresado en todas ellas. Ramón y Cajal, por ejemplo, escribió en castellano y francés. ¿Por qué en francés? Porque en ese momento, antes de la Primera Guerra Mundial, el francés era la lengua culta, y Francia era una potencia, no solamente política, sino cultural; cosa que terminó definitivamente con la Segunda Guerra Mundial. El francés era la primera lengua extranjera que estudiábamos en la escuela.


En España también era así.


Después de la Segunda Guerra Mundial fue sustituida por el inglés. Yo aprendí francés, que siempre me gustó mucho, y después mi padre me puso un tutor de alemán. Y, después, inglés.


Como dice, el francés fue la lengua de comunicación científica y cultural hasta la Segunda Guerra Mundial. Después comenzó el predominio del inglés.


Bueno, en realidad los científicos en todo el mundo, a fines del siglo XIX, tenían que aprender alemán porque Alemania había llegado a ser la cumbre científica ya en 1880, tras la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. La ciencia alemana era más innovadora y la gran aspiración del joven científico era poder estudiar en Alemania. Dos de mis tíos, por ejemplo, fueron a Alemania a doctorarse en ingeniería. Y la medicina alemana era la más avanzada de su tiempo porque había recogido todo lo bueno de la medicina francesa, que fue la primera científica, y le había agregado algo que los franceses no tenían, que era la farmacología, además con una poderosa industria farmacéutica. No en vano la aspirina la inventó un alemán. Hoy la lengua franca es, de manera abrumadora, el inglés, lo que tiene sus bondades, pero también sus inconvenientes. La hegemonía del inglés impide que se preste más atención a lo
que investigan y publican científicos en universidades africanas, latinoamericanas, asiáticas, europeas incluso…

Por otro lado, la reducción de todas las lenguas a una sola lengua de trabajo favorece el comunismo epistémico que usted señala como propio de la ciencia. ¿No deberíamos renunciar a que el español o el francés, por ejemplo, que son y serán lenguas de cultura y de relación, sean también lenguas de ciencia, y pasarnos todos al inglés para hacer ciencia? ¿Perderíamos algo con eso?


No, eso me parece ridículo. En la Asociación Física Argentina, de cuyas publicaciones estuve al cargo, fui partidario de publicar algunas cosas extensas en castellano y después, de forma resumida, en inglés. Pero es que la lengua local, entre otras cosas, es la lengua de la enseñanza. En Argentina o España se enseña en castellano, no en inglés, y se comunica mucho más fácil y rápidamente en la lengua vernácula. Entonces, hay que mantener las dos cosas.
En todo caso los científicos son o deberían ser los menos propensos al nacionalismo.
Por supuesto, yo no he conocido a ningún científico notable que fuera nacionalista de lo suyo, ni siquiera en la Alemania nazi. Los científicos nacionalsocialistas alemanes eran gente de segunda o tercera categoría.


Antes hablábamos de tres clases de ciencias: naturales, sociales y morales o prudenciales.
Pero hoy hay ciencias empresariales, ambientales, del turismo, de la educación… ¿está
justificada esta floración?


No, es una división profesional, no conceptual. Al contrario, uno de los aspectos más
interesantes de las últimas décadas es la convergencia y síntesis de ciencias, la aparición de ciencias híbridas, empezando por la fisicoquímica, la bioquímica, la neurociencia cognitiva, la socioeconomía… porque la gente advierte que cada una de las ciencias es limitada artificialmente. Por ejemplo, un economista que no tenga en cuenta los aspectos sociales y la tradición e historia de la sociedad no va a tener mucho éxito. Sí se puede distinguir, que no separar, las ciencias naturales de las sociales —o culturales, como dicen los alemanes—, pero eso no impide la existencia de ciencias híbridas como la epidemiología, la demografía, la psicología, la medicina social… Obviamente, los individuos somos estudiados por científicos naturales y sociales, pero hay ciertas cosas tales como los sistemas económicos o las empresas que, pese a ser sistemas, están formadas por individuos, que con sus decisiones alteran esos sistemas, que su vez moldean a los individuos; nacemos en sociedades que nos
pre-existen, nos forman y deforman. Por ejemplo, en estos momentos mi hija la psicóloga está estudiando intensamente los efectos de la educación y el aprendizaje sobre el cerebro, cómo va cambiando y dejando huellas anatómicas.

Usted explica que la filosofía de la ciencia importa porque los científicos rara vez examinan sus presupuestos y eso los puede llevar por caminos equivocados. Un ejemplo que menciona a menudo es el dualismo mente-cerebro, que impidió durante siglos el correcto entendimiento de las enfermedades mentales. Pero la tesis contraria, que lo mental es cerebral, ha permitido avances espectaculares en los últimos 50 años. Y esa es la base para desacreditar al psicoanálisis, que usted define como la etapa chamánica de la psiquiatría.


Confirmo todo eso, pero agrego que, si bien los procesos mentales son procesos cerebrales, como ya bien señalaba Hipócrates, no es lo mismo pensar con la barriga vacía que pensar con la barriga llena, que no es lo mismo la manera de pensar y actuar de un desocupado que la de un empresario potente. Tenemos que tener en cuenta también la psicología social, que se ocupa precisamente de esa interfase individuo-sociedad.


En psicología hay varias escuelas. Refutado el psicoanálisis, ¿cuáles merecen atención?


El psicoanálisis subsiste solamente en los márgenes, por ejemplo en París, en Barcelona y en Buenos Aires. Fuera de esas ciudades ya no existe más. En psicología científica ya no se habla de escuelas. El conductismo se acabó hace ya 30 años o más. Hay estilos o maneras de abordar lo mental. La más adelantada es la neurociencia cognitiva y afectiva, el estudio de las emociones, las pasiones. Como dije, las escuelas se acabaron. Y no se estudia por autores o escuelas, sino por temas. Ojalá pasara lo mismo en filosofía. Las universidades de filosofía estudian autores: Aristóteles, Santo Tomás, Descartes… en lugar de estudiar por temas, como el problema del espacio, de la consciencia, la convivencia, la justicia… Es más fácil estudiar por autores, porque entonces una persona se lee unos cuantos libros de un autor y se convierte en experto en ese autor, y al ser experto en ese autor, no sabe nada de lo que pasa.
Por ejemplo, los expertos en Kant no entienden de dónde viene Kant y adónde va Kant. Kant es un puente entre dos tradiciones: la del racionalismo y el empirismo por un lado y el positivismo por el otro. Los positivistas son continuadores de Kant porque ambos son
subjetivistas y dicen que la realidad no es más que una colección de fenómenos, o sea,
apariencias.


En Europa hay ahora una crisis económica tremenda y es muy frustrante ver que los economistas no se ponen de acuerdo sobre sus orígenes y la manera de salir de ella. ¿La economía puede ser científica?


Puede serlo, y algunos autores han hecho economía científica, como Quesnay, que fue el
primer macroeconomista, autor del famoso Tableau economique en el siglo XVIII. Dicho sea de paso, fue mucho más que eso, fue uno de los grandes anfitriones, en su casa se reunía la gente más ilustrada de su época para discutir cosas de todo tipo. Keynes fue su sucesor.


Fundador de la macroeconomía.


Sí. Lamentablemente, los microeconomistas han estado repitiendo, refinando
matemáticamente, lo que expusieron los microeconomistas hacia 1870, no hay absolutamente nada nuevo. Más aun, Milton Friedman se jacta de ello, en un artículo llamado Vino viejo en botellas nuevas. Eso demuestra, según él, que la economía es una ciencia. ¡Al contrario, lo característico de la ciencia es la renovación permanente!, a diferencia de la teología o las ideologías. El marxismo no ha evolucionado, como tampoco la teoría económica estándar. El pecado original de la economía estándar es que postula que los seres humanos se comportan de una cierta manera, de forma egoísta, tratando siempre de maximizar sus beneficios y jamás se les ocurrió poner la prueba empírica para experimentar ese postulado. Este postulado fue puesto a prueba empírica hace solamente unos 20 años, por la escuela de Daniel Kahneman (que, siendo psicólogo, ganó el premio Nobel de Economía) y la de economía experimental de Zurich. Y han encontrado que no es así, que la mayor parte de nosotros somos reciprocadores.
No todos, pero las dos terceras partes. Es decir, que devolvemos y estamos ansiosos por devolver los favores que recibimos y por cooperar. Sin cooperar no se pueden armar sistemas económicos como una empresa. Este es el primer pecado. El segundo es la creencia de que la economía siempre está en equilibrio o muy cerca de él, y que si se aparta de él volverá automáticamente sin que se meta el Estado. Y eso no es cierto. En Estados Unidos estamos viendo que cada vez que una gran empresa entra en dificultades le pide préstamos al Estado.

¿La economía puede alcanzar un cuerpo indubitado de doctrina que nos diga cómo se sale de una crisis igual que la medicina nos saca de un resfriado?


Sí, podría, el problema es el postulado del equilibrio. Desgraciadamente, los economistas, con muy pocas excepciones, no reconocen la posibilidad de una crisis, la posibilidad de un desequilibrio entre la demanda y la oferta. Y al no reconocer la existencia de la bestia son incapaces de amaestrarla. La economía está en manos de charlatanes muy famosos, tales como Alan Greenspan, quien, cuando la crisis actual tocó fondo, en 2010, declaró que le había sorprendido mucho encontrar que los grandes empresarios y financieros no se comportaban tal y como predecía la teoría, es decir, de forma inteligente, como egoístas racionales, que es lo que le había enseñado la charlatana Ayn Rand, una persona que había sido su mentora, o mentriz, en realidad mentriz. Una mujer muy hábil que logró envolver a muchísima gente haciéndoles creer que lo principal era la libertad, cuando, como lo había proclamado la revolución francesa, lo importantes es la libertad, la igualdad y la solidaridad. Los tres ideales son alcanzables solo a la vez.
Platón quería que los filósofos fueran gobernantes. Luego, más modestamente, quiso que los gobernantes filosofaran. Y antes uno se encontraba con políticos con una concepción del bien común, pero ahora la política ya está reducida a la publicidad y la táctica electoral.
La democracia es una gran cosa pero tiene sus fallos, y uno de ellos es el electoralismo, es decir, la improvisación de políticas con el solo fin de ganar la próxima elección. La visión de los políticos no suele pasar de la próxima elección. No les interesa el futuro de sus nietos, que muchas veces no tienen. Solo les interesan ellos mismos, su futuro inmediato como ministros, parlamentarios o asesores del gobierno. No se dan cuenta de que en la sociedad todo es transitorio.


¿Aún es posible un político-filósofo?


Yo creo que sí. En realidad, tácitamente, todo el mundo tiene alguna filosofía, lo que pasa es que desgraciadamente esa filosofía está tomada de las escuelas filosóficas que están muertas.
En las facultades de humanidades sí hay escuelas. Por definición, una escuela filosófica es más o menos rígida, no se van adaptando y cambiando a medida que van evolucionando la ciencia, la técnica y la vida social. Por ejemplo, hay gente que habla de la justicia en términos abstractos, pero la justicia tal y como la entendía Aristóteles es muy diferente a como la entendemos nosotros. Para Aristóteles justicia es que cada cual obtenga lo que le corresponde.
Para nosotros es más bien el equilibrio entre los deberes y los derechos.


He leído que está decepcionado con Obama.


Muy decepcionado, y no soy el único. Hay millones de personas en todo el mundo, y en
particular en Estados Unidos, que esperaban que Obama fuese más o menos fiel a los
propósitos que anunció durante su primera campaña electoral, y los ha traicionado todos con una excepción: permaneció fiel a su promesa de apoyar la investigación científica. En eso ha sido coherente consigo mismo, en lo demás no. Fíjese usted, en Estados Unidos hay profesiones que deberían ser declaradas ilegales, tal como la de “lobbyist”, el procurador que diríamos en castellano. En Washington hay 4.500 lobistas registrados, cuya finalidad, sabida, es corromper a los parlamentarios e incluso, en muchos casos, escribir proyectos de ley. Esto lo he aprendido en un texto de economía que tiene todo un capítulo dedicado a los lobistas.
¿Qué debe ser un lobista para ser eficaz? Debe tratar, con todo cinismo, de escribir él mismo los proyectos de ley y empujar o persuadir al parlamentario para que adopte el punto de vista de ciertos intereses creados, de grupos de empresas, en particular la industria del armamento.
Tengo la impresión de que Obama es una persona con buenas intenciones que se ha dado cuenta de que Estados Unidos es un país básicamente irreformable. Mire el caso de las armas.


Para él es más fácil cambiar el mundo que su país.


Hay mucho de eso pero también hay mucha hipocresía. Obama fue profesor universitario pero su arma preferida es el drone, que está proscrito por la ley internacional porque está prohibido asesinar a la gente en una soberanía extranjera. Además, en Pakistán ha hecho que ganara las últimas elecciones un hombre totalmente corrupto, igual que era su predecesor. Y está dando pretextos a los talibanes para seguir con su campaña terrorista, porque ahora lo hacen en nombre de todos los civiles asesinados por los drones, que son la mayor parte de las víctimas. Además no es cierto que no pueda hacer nada para disminuir el número de bases militares. Estados Unidos tiene más de 900 bases militares en el extranjero. Obama no ha abierto la boca sobre eso. Teniendo como tiene un déficit monstruoso, cerrar bases militares no solamente inhibiría la tensión militar, sino que disminuiría enormemente los gastos del Estado.
Y no solamente no las ha disminuido, sino que ha instalado una base nueva, en Australia, un país donde no había bases y ahora hay unos 3.000 militares norteamericanos.


En España, que padece una crisis económica terrible, ha aparecido una nueva forma de protesta social llamada escrache. ¿Lo conoce?
No.


Al parecer es un término que proviene del lunfardo.
En lunfardo “escrachar” significa escupir.
Escupir, señalar… no está claro. Los que protestan, en lugar de manifestarse en las plazas o las calles lo hacen en los domicilios de los políticos para, de alguna manera, intimidarles. Hay mucho debate sobre la legitimidad de este tipo de protesta.


Me parece ilegítimo ejercer presión individualmente, es una táctica mafiosa. Las protestas hay que hacerlas en la calle y en el cabildo pero sobre todo hay que armar debates y discutir racionalmente lo que está pasando y lo que debe pasar. Las coacciones personales me parecen una práctica mafiosa. No me extraña que venga de Argentina, ya que allá no hay una fuerte tradición democrática. Ha sido muchas veces avasallada por las fuerzas armadas y después por el populismo peronista.


Usted ha tratado a algunos de los filósofos más importantes del siglo XX. Por ejemplo Popper, de quien dice que no aceptaba hablar de menudencias.


Ni tampoco de la actividad política. Se jactaba de que a su casa no llegaban los periódicos, no tenía televisor, no escuchaba la radio… y al mismo tiempo quería pasar por gran filósofo social.
¿Cómo puede una persona hacer eso? De hecho, tuvo posturas políticas. En su primera juventud fue socialista militante afiliado al partido socialista austríaco. Después se hizo liberal, en el buen sentido de la palabra, liberal clásico, no neoliberal; pero seguía con los mismos prejuicios europeístas. Yo le he oído decir en su casa que el movimiento de liberación nacional del Congo encabezado por Patrice Lumumba era una tropa de monos. Por ser negros tenían que ser monos. Del tercer mundo no sabía nada. Cuando yo le hablé de los crímenes que
había cometido el imperio británico, no quería creer que Gran Bretaña atacó militarmente dos veces a Argentina a principios del siglo XIX y, cuando le hablé de la India dijo que los ingleses habían hecho mucho por la India. Obviamente, nunca oyó hablar de cómo los ingleses arruinaron la industria textil doméstica de la India, nunca oyó hablar de la rebelión de los tejedores de Bengala y de cómo los ingleses les cortaron el pulgar para que no pudieran manejar el telar. Es cierto que llevaron la lengua inglesa, que hoy es la lengua de comunicación entre los distintos grupos lingüísticos del país, y también llevaron la medicina moderna, aunque lo hicieron solo para poder curar a sus propios funcionarios. En todo caso, Popper tampoco
estaba al tanto de las grandes transformaciones. Sobre el comunismo no tenía nada bueno que decir. Fue una dictadura horrible, pero también es cierto que la Unión Soviética fue el país con un menor índice de desigualdad, el índice de Gini, más bajo del mundo pero, y aquí viene lo interesante, lo compartió con Dinamarca y Suecia. Es decir, es posible tener lo mismo con métodos democráticos y no cruentos. La finalidad del socialismo es humanista. Que fuera corrupta por los comunistas es otra historia. Hay que ser objetivo y él no lo era.


En la última fase de su obra ingresó en la metafísica, con la teoría de los tres mundos, y usted se lo reprochó.


Yo escribí un artículo de crítica que no le gustó nada. Se lo mandé, por supuesto. En él
objetaba que Popper ni siquiera definía la noción de mundo; más aún, Popper decía que no lo va a definir, que dejaría la idea flou, suelta. Para un filósofo eso es un pecado mayúsculo. Pero lo más interesante, y es algo poco conocido, es que esa doctrina de los tres mundos viene de Hegel y la copió Lenin en unas páginas muy poco conocidas. En vísperas de la primera guerra mundial, en lugar de estudiar sociología y economía, Lenin estaba estudiando la lógica de
Hegel. Y en sus Cuadernos filosóficos tiene toda una página dedicada a la doctrina de los tres mundos. Textual. No creo que Popper hubiera leído eso, pero sí era buen conocedor de la filosofía de Hegel y fue uno de los primeros en decir que Hegel era un charlatán. Bueno, el primero fue Schopenhauer, pero a este no se le puede tomar en serio porque, a su vez, era un charlatán. Popper fue uno de los primeros filósofos serios que se atrevió a decir la verdad sobre Hegel. Pero ¿por qué tiene tanto atractivo Hegel? Porque construyó un sistema y se ocupó de temas importantes. Lo confundió todo, hablaba de forma difícil, fue el primer posmoderno, era tan confuso que dio lugar a una izquierda y una derecha… pero si pervivió es porque trató asuntos interesantes. La mayor parte de los filósofos actuales se ocupa de menudencias, de opiniones de otros filósofos: ¿Qué opina Fulano de lo que dijo Mengano de Zutano?


He leído que Thomas Kuhn acabó harto de hablar de paradigmas y que se arrepintió de lo quehabía escrito, pero los kunheanos no tomaron nota.


Al acabar una conferencia que dio aquí, en McGill, alguien le preguntó sobre los paradigmas, y el respondió “Por favor, no me pregunten sobre eso, estoy harto.” Además, lo que pasó es que el concepto de paradigma, tal y como lo usa Kuhn, es tan impreciso que fue masacrado por una filósofa inglesa muy poco conocida, Margaret Masterman. Demostró que Kuhn usa esa palabra en 30 sentidos diferentes, era muy confuso. Le dije ¿cuál va a ser tu próxima aventura, Tom? “Ah, voy a estudiar el concepto de analogía de Mary Hesse”. Pero Mary Hesse es una de las grandes confusas de la filosofía de la ciencia, usaba el concepto de modelo en muchos sentidos diferentes y los confundió.


¿Cuáles han sido las modas filosóficas más nefastas del siglo XX? Ya hemos hablado del psicoanálisis.


La microeconomía neoclásica es una estafa. Después, por supuesto, la parapsicología, el marxismo, completamente osificado, es también una pseudociencia. El existencialismo y la fenomenología. Los posmodernos en general.
Responsables, además, de la peor prosa académica de la historia.
Claro. Se volvió a poner de moda el viejo adagio teológico: credo quia absurdum, lo creo
porque es absurdo. En Argentina, no solo en las facultades de filosofía, sino también en las de ciencias sociales, torturan a los chicos, los obligan a leer, a tragar, a Hegel, a Nietzsche y Heidegger. Y no entienden nada. ¿Qué puede significar “El tiempo es la maduración de la temporalidad” que es la definición que da Heidegger de tiempo? Nada. Bueno, a Nietzsche se le puede entender. Era un canalla pero escribía de forma elegante.
Se le puede entender y hasta se le puede disfrutar. Así habló Zaratustra es un hermoso poema que leí a los 17 años y no volví a leer, pero todo lo demás… sobre todo sus panfletos políticos y contra la moral me parecen inmorales.


Usted también distingue entre el feminismo político y el feminismo académico.


El feminismo político es un movimiento político muy respetable que comenzó a principios del siglo XX y terminó ganando el voto y mejores condiciones de trabajo para la mujer. Y otra cosa es el feminismo académico, que consiste, por ejemplo, en atacar a todos los escritores que usan un pronombre o un artículo determinado que no gusta. Las filósofas feministas ignoran que la razón no tiene sexo, y solo logran segregarse, reuniéndose en sociedades y congresos especiales. Además, no estudian el grave problema social y político del puesto de la mujer en la sociedad, sino nimiedades. Tengo una colega que atacaba a Aristóteles porque había dicho algún disparate sobre la menstruación de los puercoespines. Pregunta de examen: ¿Qué dice Aristóteles sobre la menstruación de los puercoespines? ¿A quién puede importarle? Sí, sabemos que Aristóteles despreciaba a las mujeres, pero esta era una actitud común. Lo mismo pasó mucho después con el racismo, muchos científicos respetables y grandes novelistas del siglo XIX, como Emile Zola, que creían en la criminalidad innata. Bueno, estaban equivocados, muy bien, todo el mundo se puede equivocar. Veamos si han producido algo
positivo. Aristóteles es el más importante filósofo de la Antigüedad y tal vez de todos los
tiempos. Fue el primero en insistir en que la verdad no se encuentra en los libros viejos, sino investigando.
El feminismo político luchó para que las mujeres fueran iguales, pero el académico parece empeñado en demostrarnos que las mujeres son diferentes.
Sí, y es que entonces justifican que a la mujer no se la reconozca como es debido en el terreno científico porque “las mujeres somos más bien emotivas y nos da por cuidar a la gente más que por entenderla”. De esa manera justifican la misoginia de muchos.


En alguna entrevista usted ha dicho que casi todos los filósofos han contribuido a empeorar la sociedad. ¿En serio?


Yo creo que sí y el motivo es muy sencillo: casi todos los filósofos han estado al servicio de algún príncipe y, sobre todo a partir de la Edad Moderna, los filósofos universitarios han sido empleados del Estado y, cuando se han propasado, su soberano se lo ha hecho saber. Por ejemplo, hay una carta muy famosa que Federico Guillermo II le manda a Kant, en la que le dice que no se atreva a repetir unas ideas que corrompen a la juventud alemana porque de lo contrario se expondrá a consecuencias muy desagradables. Kant replica con una carta servil prometiendo no hablar más de religión. No se dice a menudo, pero Kant fue el primer filósofo alemán ateo. En la Crítica de la razón pura dice que Dios es una mera idea. No dice una idea pura. Una mera idea. Era ateo. En ningún momento acude a Dios para explicar nada. En todo caso, Kant fue antidemocrático, y su primer principio ético fue obedecer. Lo mismo que Confucio, la ética de ambos es de obediencia ciega al orden establecido. En el caso de Confucio porque su principal objetivo era la armonía y terminar con las interminables guerras civiles en China, así que en su caso se puede justificar. Yo usé este argumento en China hace poco porque el centro de lo que se llamaba “filosofía de Mao” es el conflicto, la idea de Hegel de que todo lo nuevo proviene de lo que llamaba una contradicción. Sí, la vida social involucra conflictos y competencia, pero al mismo tiempo involucra cooperación. Son dos lados de la misma moneda. La ambición de un estadista no es azuzar los conflictos, sino lo contrario,
resolverlos de manera justa.

Pensemos al revés. ¿Quién es el filósofo actual de mayor utilidad social?


Yo no conozco a ninguno.


¿Y que no sea contemporáneo? ¿De los últimos 200 años?


El joven John Stuart Mill, que sigue teniendo vigencia. Era un hombre brillante. Nietzsche dijo de él que era lamentable que fuera tan claro, porque si era claro no podía ser buen filósofo. No solamente estaba al tanto de lo que ocurría en las ciencias, sino que el joven filósofo también era economista y se interesó mucho por las cooperativas. Era el gran campeón de las cooperativas. Dijo, explícitamente, que esperaba que en el futuro la cooperativa administrada y poseída por los trabajadores fuera el orden económico prevaleciente. En aquella época, entre 1830 y 1850, hubo varios teóricos de la cooperativa, y entre ellos figura Louis Blanc, que curiosamente nació en Madrid.


Sí, me he enterado leyéndole a usted.
Su libro sobre la organización del trabajo tuvo muchas ediciones y fue publicado por una cooperativa fraternal de la producción. En aquella época las cooperativas comenzaron a florecer. La mayoría de ellas fueron mal gestionadas. Mi ejemplo favorito de cooperativa exitosa es Mondragón, en el País Vasco.
¿Cuál es su pecado de juventud en su biografía intelectual?


Haber creído a pies juntillas todo lo que leía. En particular, el haber creído en el marxismo y el psicoanálisis.


Pero se curó pronto.

Del psicoanálisis me curé muy fácilmente. En verano de 1938, justo antes de ingresar en la universidad escribí un libro en contra de Freud y saldé cuentas con él. Del marxismo me costó varios años entender que la dialéctica es confusa, y cuando es clara es falsa. También me costó varios años entender que hay varias clases de socialismo y que el más humano y justo es el democrático. En la escuela argentina la única historia que se enseñaba era la militar. Los marxistas también tienen la tendencia a enfocar su atención en los conflictos. Dicho sea de paso, la historia y la arqueología son los únicos terrenos en que los marxistas han hecho aportaciones valiosas. El presente es demasiado complicado para ellos, pero el pasado lo entienden mejor que los demás. Pero sí, perdí demasiado tiempo, en particular leyendo a Hegel, a quien me tomé en serio al mismo tiempo que estudiaba matemáticas y física, que son eminentemente claras. Pero es que no sabíamos que existía otra filosofía. En los años 20 en la facultad de Filosofía de Buenos Aires empezó a predominar el hegelianismo. Hubo un profesor muy influyente que enseñaba en primer año, Coriolano Alberini, que había estudiado con Giovanni Gentile. Gentile era hegeliano, había sido colaborador de Mussolini y escribieron
juntos el ciclo sobre fascismo, para la famosa Enciclopedia Italiana editada por Treccani, y fue ministro de educación y cultura de Mussolini hasta que lo ajusticiaron sin juicio los guerrilleros.
Podrían haberle hecho un juicio y de paso hacérselo también a Hegel, porque fue victima de Hegel. Pero entre los guerrilleros predominaban los comunistas, que seguían adorando a Hegel.

¿Cual es el problema filosófico al que más vueltas da ahora mismo?


El de la justicia social. Es un problema de filosofía social, problemas que trato en mi libro
Filosofía política.


Entonces no le hago la siguiente pregunta, que era cuál es la cuestión social que más le
preocupa.


Cómo conseguir la justicia social. Creo que la raíz está en la participación democrática. En 1974 publiqué un análisis matemático de los conceptos de estructura social, de participación social y de marginación social, que han sido maltratados por la sociología porque se los ha tratado de manera meramente verbal, no se los ha matematizado. Y creo haber demostrado que la participación óptima está entre el mínimo y el máximo. La máxima implica que todo el mundo se mete en los asuntos de todo el mundo, no hay esfera de lo privado y se pierde mucho tiempo. La participación mínima es la dictadura total y enajena, como hubiera dicho Hegel, a la mayor parte de la gente, que no se siente responsable. Pero no me preocupa menos el problema mente-cuerpo. Justamente estos días he renunciado a dar el discurso inaugural en un simposio que se va a hacer en Oporto organizado por la Fundación Bial, que se ocupa de financiar la investigación no solamente en psicología, sino también en parapsicología. Renuncié y dije que solo aceptaría si eliminaban la sección de parapsicología.

Y no han querido.

No, porque su idea es tratar la parapsicología de igual manera que la psicología científica, darle respetabilidad. Y eso me parece deshonesto. Incluso llegaron a proponerme cambiarle el título a esa sesión pero mantener el contenido.
Uno de los malos presupuestos que la filosofía del siglo XX propagó es que la naturaleza
humana no existe. Las neurociencias han vuelto a recuperar la idea de naturaleza humana.
Hay naturaleza humana igual que hay naturaleza equina y canina. Por supuesto. Pero eso no explica nada, es algo a explicar. ¿Qué nos hace humanos? ¿Por qué somos diferentes a los perros y los caballos? Eso es lo interesante.


Sin embargo, ahora está de moda la psicología evolutiva, que abusa de la idea de naturaleza humana.


La psicología evolutiva es una estafa porque consiste en media docena de postulados
totalmente fantasiosos. Uno de ellos es que la mente humana —a veces dicen cerebro— está formada de módulos independientes los unos de los otros. Cada módulo estaría especializado en algo, y sabemos perfectamente que el cerebro humano no está organizado así. Es cierto que hay especialización, pero también es cierto que hay interacción entre las distintas zonas del cerebro, en particular entre el intelecto y la emoción. También es falsa la tesis que sostiene que no hemos evolucionado desde lo que ellos llaman el Paleolítico, que es un período que abarca nada menos que un millón de años. Obviamente, se refieren a la última fase, de 50.000 años. Desde entonces no habría habido evolución. Se ha dicho que los contemporáneos
somos fósiles andantes. Walking fossils. Pero sabemos perfectamente que ha habido muchos cambios, y no son solamente biológicos, sino biosociales. Posiblemente nuestros cerebros no sean mucho mejores que el de Aristóteles, pero lo que podía aprender Aristóteles y lo que podemos aprender y hacer nosotros es vastamente distinto y superior. Todo lo quieren explicar a partir de la no evolución, y al hacerlo, todo lo reducen a instintos.

Instintos fijados hace 40.000 años porque nos ofrecían tal o cual ventaja adaptativa.


Exacto. Es una posición no solamente antievolutiva, sino que es falsa porque sabemos
perfectamente que el hombre primitivo de hace 40.000 años se enfrentaba a problemas que nosotros ya hemos resuelto de otra manera eficazmente y no se enfrentaba a problemas tales como la escasez de recursos naturales, la existencia de armamentos de destrucción masiva, la desocupación… No había desocupación en aquella época. La desocupación es algo moderno.


Leí una polémica entre el filósofo americano Richard Rorty y Steven Pinker sobre la naturaleza humana. Rorty decía una cosa meditable: por mucho que la ciencia avance, nunca va a estar en condiciones de ser normativa. Nunca va a estar en condiciones de decirnos qué clase de persona debemos ser o a que clase de sociedad debemos aspirar. Y esa es la razón por la cual la ciencia no puede reemplazar a la filosofía o a la religión, porque no puede darnos una visión
de la vida buena o consejos morales. ¿Está de acuerdo o en desacuerdo?


Estoy en completo desacuerdo. Yo creo que la filosofía puede ayudarnos a vivir mejor, pero solo en forma indirecta, influyendo sobre la ciencia, la técnica y la política. La medicina, por ejemplo, lo está haciendo desde hace 200 años. La ciencia puede ayudarnos a reconocer las virtudes y los vicios. Por ejemplo, un libertario, un anarquista de derechas, un miembro del Tea Party va a decir que tiene derecho a portar armas y a fumar donde quiera ¿no? Pero nosotros sabemos que eso no es así porque hace daño o puede hacer daño a otros, es antisocial. Y la sociología y la psicología nos enseñan eso. También los buenos economistas saben cuáles son algunas de las fallas del sistema actual. Saben que el mercado no es perfecto. Saben también que la planificación desde arriba sin participación es ineficaz porque desmotiva a la gente, porque es antidemocrática, etc… La ciencia por sí misma no puede resolver ese problema, porque es un problema práctico y la ciencia no se ocupa sino de entender los problemas prácticos. La que se ocupa de cambiar las cosas es la tecnología. Las técnicas
sociales. Por ejemplo, la macroeconomía puramente descriptiva no arregla nada, pero después está la macronormativa, que nos dice por ejemplo cual es o cual debería ser la tasa de interés en el momento actual. Cuando hay recesión se recomienda bajar la tasa de interés para estimular el consumo, lo que a su vez estimula la producción, etc.

Entonces cuando elmacroeconomista pasa de ser descriptivo a normativo puede ser útil. O también puede ser muy nocivo.


Claro.
El médico, al recomendar estilos de vida y advertir contra algunos estilos de vida está usando la biología médica, la biología humana. Está usando la ciencia.

Ha llamado a su moral agatonismo.


Sí. La búsqueda del bien. Ante todo gozar de la vida. Y segundo tratar de hacer el bien a los demás. Ayudar a los demás.

¿Cual es el concepto científico que más nos puede ayudar en la vida cotidiana, que
deberíamos tener siempre en la cabeza?


Contesto a la pregunta con una recomendación de tipo negativo: procurar no joder al prójimo. Y segundo cuando buscamos el placer —que no solamente es inevitable, sino que es sano—también tratar de hacerlo sin dañar al prójimo y con moderación. Yo creo que debemos volver a las máximas romanas antiguas y chinas, de los estoicos griegos, la moderación, nada en exceso. Somos exagerados en todo, consumimos demasiado, batallamos demasiado, hablamos demasiado (risas).


Ya vamos a terminar, ya vamos a terminar. Usted es autor de una frase muy sugerente: “Hay que odiar con todas nuestras fuerzas una idea para que ninguna gota de odio salpique al hombre”. Yo estoy de acuerdo, pero tengo la impresión de que es más fácil decirlo que hacerlo.


Así es. En realidad yo quería repetir una frase que me dijo un buen experto en filosofía tomista, monseñor Octavio Derisi, hablando una vez de cómo se las arreglaba para asistir a congresos filosóficos cuyos componentes en su gran mayoría no son creyentes, o por lo menos no son tomistas. Y me dijo algo que me parece que sintetiza muy bien: “Intolerancia con las ideas, pero tolerancia con los hombres”. Eso me lo enseñó él o me lo reforzó él.

Pero profesor, ¿es tan fácil separar al racista del racismo?, ¿al tonto de la tontería?


Sí, sí. Bueno, al tonto ya no porque uno lo desprecia, ¿no? Eso es lo malo. Alguna de la gente a quien yo más quiero son muy católicos, católicos a machamartillo, y sin embargo nos queremos mucho porque tenemos otros aspectos de la vida, otras ideas. Por ejemplo el motivo por el cual yo no soy comecuras, a diferencia de Fernando Savater que es comecuras, es comecuras y me ha reprochado alguna vez el que yo hablaba bien de Juan Pablo II o de algún otro sacerdote… Creo que toda la gente que comparte ciertos objetivos buenos, por ejemplo, la paz, mantener o conseguir la paz, disminuir la miseria, etc. tiene que marchar junta en eso.
Independientemente de nuestras divergencias en el resto de asuntos. Porque al fin y al cabo somos todos seres humanos y todos estamos interesados básicamente en la coexistencia. Y la coexistencia entre seres diferentes solamente se consigue con un mínimo de tolerancia y un mínimo de cooperación. Entonces hay que tratar de ser riguroso, el que sea ateo que lo diga, pero que no haga de eso el centro de su lucha. Ese es uno de los puntos en los que yo estoy en desacuerdo con el movimiento de los escépticos, tanto los norteamericanos como los españoles. Yo creo que más bien hay que asentar lo positivo en lo que podemos colaborar, antes que seguir, digamos, comiendo curas. Comamos con ellos y no a ellos (risas).


Habla, supongo, de Dawkins y de Dennet, entre otros. ¿Tiene tan mala opinión de la religión como ellos?


Estoy de acuerdo en que la religión es mala si la miras históricamente. Por ejemplo, el
cristianismo ha sido cómplice de la esclavitud primero y de la servidumbre después. Ha sido cómplice de todas las dictaduras fascistas. De todas desde el comienzo hasta el final. Nunca han apoyado ningún movimiento de liberación nacional, ningún movimiento de liberación social.
Nunca. Jamás. Ha habido cristianos digamos de izquierda por ejemplo los protestantes en Inglaterra en el siglo XVII, ha habido los anglicanos de África del Sur, que se opusieron al régimen de Apartheid, pero han sido excepciones. También los cuáqueros se opusieron a la esclavitud, han protegido la huida de esclavos hacia el Canadá. Usted sabe que había todo un camino, la trayectoria hacia la libertad. Y había hogares donde pasaban la noche los esclavos fugitivos. E iban al Canadá, porque en Canadá se abolió la esclavitud en 1833. Cuando la abolió el imperio británico, que fue veinte años después que en Argentina. La asamblea del año trece en Argentina abolió la esclavitud. Veinte años después vinieron los ingleses. (risas)
Pero eso es la religión mirada históricamente. Hay otras maneras de mirarla.
Sí y es conceptualmente. Cuando uno en lugar de enfrentar los problemas dice “Dios
proveerá”, eso es una actitud derrotista, es una actitud que distrae de la realidad. Además
cuando uno trata de mezclar la religión con la ciencia, lo que consigue es mala ciencia
solamente.

¿Ha sentido alguna vez la tentación religiosa?


No, nunca. No, porque, fíjese, mi padre fue educado por los jesuitas el Colegio del Salvador y conservaba muy buenos recuerdos de él. Nunca le oí hablar mal de sus profesores. Al contrario, les tenía cariño y respeto. Porque, a su vez, lo respetaban. Los jesuitas estaban bajo observación en ese momento. Los liberales argentinos eran muy anticlericales. Habían llegado a quemar la escuela donde asistió mi padre, lo que me parece desde luego una salvajada. En todo caso, le hicieron estudiar tanta teología, según él, que esos estudios, el estudio de la teología le mostró la inexistencia de Dios. Era el alumno más sobresaliente de su promoción. Y esperaban que en el futuro fuera el gran teólogo argentino. Entonces a la edad de catorce años
se dirigió a su profesor de teología y le dijo “lo lamento mucho, padre, pero he dejado de creer en Dios”. “¿Cómo es posible que digas algo así?” “He encontrado tantos disparates y tantas contradicciones que yo no puedo creer en eso”. Y no por eso lo castigaron. Al contrario, se sacó todas las medallas habidas y por haber.
Los jesuitas son especialistas en educar a ateos ilustrados. Voltaire fue uno de ellos.

Ah, no sabía que Voltaire…


Voltaire era alumno de jesuitas, sí, sí.
Bueno, pero los jesuitas que siguieron después no eran así. Los jesuitas que enseñaban en la escuela de los hermanos cristianos de mi barrio afuera de Buenos Aires sometían a tortura a los chicos. A los chicos que se portaban mal los encerraban en un cuarto oscuro y los obligaban a hincarse sobre granos de maíz. Entonces cuando salían, venían a jugar a la pelota conmigo, se les veían las marcas de los granos de maíz en las rodillas. No eran lo mismo. Mi padre tuvo la suerte de tener jesuitas ilustrados como profesores. Y ya le digo, siempre conservó buen recuerdo de ellos.


Ahora tenemos un papa jesuita y argentino ¿alguna opinión sobre él?


Bueno, la opinión que tienen todos los argentinos liberales: que durante la dictadura hizo lo mismo que hizo la Iglesia argentina. Colaboró. Por lo pronto no habló en contra y hay
constancia de que apartó de sus tareas a dos de sus cofrades que se dieron a la llamada
teología de la liberación. Fue una dictadura horrenda y la Iglesia argentina, lo mismo que en otras actuaciones, la apoyó. Usted sabe que en 1810 casi todos los sacerdotes argentinos se plegaron a la revolución por la independencia. Y por consiguiente el Vaticano los excomulgó a todos. Y fue recién el tirano Juan Manuel de Rosas, 20 años después, que consiguió que se levantara la excomunión. Durante veinte años estuvieron excomulgados por levantarse contra el imperio español. Pero no prejuzguemos al nuevo papa, porque acaso nos sorprenda.
Recordemos que es porteño, de modo que tal vez se siente a la diestra del Señor y se anime a corregir la corrupción de la Iglesia, que se está vaciando rápidamente incluso en Irlanda, que fuera su baluarte durante siglos. En todo caso, le deseo suerte en cualquier tentativa de hacer el bien.

Usted ha sido un gran polemista, ha peleado por sus ideas. Aristóteles dijo que era amigo de Platón, pero que era más amigo de la verdad. ¿La búsqueda apasionada de la verdad puede enfriar o romper amistades? ¿Le ha ocurrido a usted?

Sí. Sí, me ocurrió con Popper, por ejemplo. Popper elogiaba mucho la crítica. Siempre que la crítica no se refiriese a sus ideas. No toleraba ninguna crítica. Lo tomaba como un ataque. Más aún, Popper no sabía que en la ciencia predomina lo que llamamos la crítica constructiva. Una vez, en un homenaje que se le hizo en Boston, en el 79 o 69, no recuerdo,… ya ve, empecé mi moción diciendo que iba a proponer algunas críticas constructivas. Entonces saltó. Dijo “no hay tal cosa, cuando uno critica siempre lo hace para destruir al adversario, va directamente —empleó esa palabra— a la yugular”. No había oído hablar, porque él no tenía el menor conocimiento acerca de cómo funcionan las comunidades científicas, de que los científicos, cuando terminan su trabajo, lo primero que hacen es pedir una crítica constructiva a los peers, a los colegas. Hacen circular lo que antes se llamaba pre-prints. Ahora simplemente se manda un e-mail y se les pide consejo. A veces lo aceptan, otras veces no.
Y sin embargo en el diálogo nosotros solemos encastillarnos en nuestras opiniones.
Sí.


¿Eso tiene base neuronal? La resistencia a aceptar las ideas que socavan nuestras creencias.


Puede ser, no lo sé. Ese es un problema a investigar. Yo a priori no lo sé. Habría que
investigarlo. Pero desde luego, en general, uno quiere la paz interior. Por lo pronto, uno quiere estar en paz consigo mismo, eso nos lleva a ser conservadores en primera instancia. Pero si  alguien nos demuestra que estamos equivocados, debiéramos aceptarlo. Y debiera además…
Hay errores de dos tipos: los errores corregibles y los errores incorregibles. Por ejemplo, de la psicología evolutiva creo que no va a quedar absolutamente nada, salvo el descrédito de la expresión “psicología evolutiva”. De manera que en el futuro, cuando se haga psicología evolutiva auténtica, la gente creerá que es la impostura que es hoy. Desgraciadamente han copado esa palabra, la han arruinado.


¿En qué rama de la ciencia tiene depositadas más esperanzas?


No sé si fundadas o no, pero en las ciencias sociales, que todavía están en su infancia, y
desde luego en la psicología biológica que también está en su infancia, pero que por lo menosestá bien encarrilada. En cambio, las ciencias sociales siguen estando desorientadas, mucho más aun que años atrás.

Cuando habla de psicología biológica, ¿se refiere a la neurociencia? El estudio de los sistemas nerviosos.


Sí, de las funciones de esos sistemas nerviosos. Es decir, hace psicología y explica los
mecanismos que la psicología acéfala no puede explicar porque todo mecanismo es un
proceso que ocurre en un sistema material, vivo o no vivo. Yo creo que ha habido un retroceso en las ciencias sociales. Hace treinta años o cuarenta años floreció brevemente la sociología matemática. Yo hice varias contribuciones, publiqué varios estudios. Hoy ya casi nadie hace sociología matemática. Y tampoco casi nadie hace psicología matemática. Es decir, la mayor parte de los psicólogos no hacen teorías y menos aun hacen teorías matemáticas. Hace falta.
¿Por qué? Porque la matematización introduce primero claridad y, segundo, la sistematicidad puede unificar grandes sistemas teóricos, puede unificar ideas que anteriormente estaban sueltas.


Si volviera a empezar su carrera intelectual ¿empezaría por otro sitio?


Sí. Empezaría por la psicología o la sociología. O la economía, si tuviera el valor necesario. Se necesita mucho valor, porque cuanta más basura hay acumulada tanto más difícil es el desescombro, salir de ahí y construir de nuevo, borrón y cuenta nueva. En el caso de la economía, borrón y cuenta nueva. Dejando de lado a Keynes y sus discípulos creo que no queda nada.


Profesor ¿le tiene miedo a la muerte?


No. Tengo miedo a morir en forma prolongada, por eso soy partidario de la muerte asistida. Cuando ya no se puede gozar de la vida, cuando ya no se puede hacer nada por nadie, ni por uno mismo, ya no tiene sentido seguir viviendo. La muerte es el fin de la vida, es el fin del viaje y por eso vamos siempre de buen humor. Hace poco di una conferencia en Zaragoza y uno me habló después de la conferencia y me dijo que lo que más le llamó la atención es que a mi edad tuviera tan buen humor y tuviera tan buen talante.


¿Usted qué le dijo?

Pues que sigo gozando de la vida.

¿Y para llegar a los 94 años gozando de la vida?


Moderación. Y ejercicio, que yo no hago el suficiente. He dejado de hacer ejercicios como
debiera hacer. Ese es uno de los tantos motivos que tenemos para mudarnos a Barcelona: poder caminar todos los días del año. Aquí es peligroso caminar. Los meses de enero y febrero debido al hielo. Peor es en Ottawa, donde vive usted, porque aun hace más frío.


Hace más frío, sí. Ha sido un invierno muy duro. La pregunta difícil que he dejado para el final es la pregunta de Leibniz. ¿Por qué hay algo en lugar de nada?


Yo creo que no tiene sentido esa pregunta sino en una teodicea. En una teología tiene sentido preguntarse por qué diablos Dios, en lugar de seguir tranquilamente sin hacer nada, empezó a hacer algo. ¿Por qué a Dios se le ocurrió hacer el mundo? Pero en una metafísica como la mía que es completamente atea no tiene sentido esa pregunta. Pasa por ser la pregunta más importante, eso es lo que dice Heidegger y dicen muchos otros. A mí me parece un disparate.
Es una pregunta que tiene sentido solamente si se presupone que existe Dios y que fue quien creó el mundo. Si no, no. Dicho sea de paso, el primero en hacer esa pregunta no fue Leibniz, sino un teólogo islámico, cuyo nombre no recuerdo. Es muy difícil recordar nombres exóticos como son los árabes.


Mario Bunge es el más importante e internacionalmente reconocido filósofo hispanoamericano del siglo XX. Físico y filósofo de saberes enciclopédicos y permanentemente comprometido con los valores del laicismo republicano, el
socialismo democrático y los derechos humanos, son memorables sus devastadoras críticas de las pretensiones pseudocientíficas de la teoría económica neoclásica ortodoxa y del psicoanálisis “charlacanista”.

La editorial navarra Laetoli ha comenzado a publicar La Biblioteca Bunge. Para empezar, un clásico: “La Ciencia. Su método y su filosofía”. Para disfrutar del gran polemista, puede leerse la esclarecedora y divertida obrita “Las pseudociencias,¡vaya timo!”, también en .

Seguidores