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domingo, 26 de marzo de 2017

El fracaso de las élites europeas

Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, durante un debate plenario en el Parlamento el pasado mes de octubre.
EUROPEAN PARLIAMENT

EDITORIAL CTXT


Poco hay que celebrar en el sesenta aniversario del Tratado de Roma. Lo que en su día fue un elevado ideal de superación de las divisiones nacionales es hoy un proyecto gastado y en buena medida fracasado.
En estos últimos años hemos sido testigos de la catástrofe económica de Grecia, inducida por las instituciones de la Unión y por los propios Estados miembro.
Hemos asistido incrédulos a la intervención de la Unión Europea (UE) en los países en situación más vulnerable, saltando por encima de los mecanismos de la democracia representativa e imponiendo ajustes draconianos que han empobrecido a amplias capas de la población del sur de Europa, han disparado la desigualdad y han debilitado el sector público de los Estados afectados.
Nos hemos quedado atónitos ante la decisión de una mayoría de británicos de abandonar la Unión.
Hemos contemplado cómo la unión monetaria, lejos de impulsar un nuevo estadio de integración entre los pueblos de Europa, generaba un conflicto entre países acreedores y países deudores. Hemos visto periódicos alemanes que exigían a los griegos que vendieran sus islas e incluso el Partenón para pagar su deuda, y periódicos griegos que presentaban a la canciller Merkel ataviada con el uniforme nazi.
Hemos sufrido viendo la incapacidad de la UE para frenar la involución autoritaria en dos de sus Estados miembro, Hungría y Polonia.
Y hemos protestado contra la debilidad y la mezquindad de Europa ante la tragedia de los refugiados.
¿Cómo hemos llegado a esto?
Los europeístas siempre pensaron que los avances en la integración económica producirían cambios políticos favorables a una mayor unión entre los pueblos europeos. Unas élites formadas por políticos, empresarios, académicos, altos funcionarios y periodistas marcharon varios pasos por delante de la ciudadanía, poniendo en práctica políticas cada vez más ambiciosas de integración económica, con la esperanza de que las costuras del Estado-nación fueran cediendo en beneficio de una gran federación europea. Pero el plan no ha funcionado como se esperaba. El elitismo que impregna el proyecto europeísta ha terminado cavando su propia tumba.

Probablemente las cosas se torcieron a raíz del Tratado de Maastricht. Se trataba de encontrar una vía propia, distinta de la estadounidense, para competir en la economía globalizada. El  proyecto de la Unión Económica y Monetaria se complementaría con la consolidación del modelo social europeo. Pero mientras que el euro se desarrolló plenamente (contribuyendo, a causa de su defectuoso diseño, a producir grandes desequilibrios económicos entre los Estados), del modelo social europeo no volvió a saberse nada. Hoy es solo un lejano recuerdo.
De hecho, cuando llegó la crisis y los países acreedores, la Comisión y el Banco Central Europeo impusieron las políticas de austeridad, los Estados del bienestar de los países endeudados se vieron en la picota. En nombre de la supervivencia del euro se exigieron recortes en las políticas sociales, la desregulación de los mercados de trabajo y la devaluación salarial. No es de extrañar entonces que mucha gente comenzara a pensar que la UE era una estructura supranacional que favorecía objetivamente políticas neoliberales.
España es uno de los Estados de la UE con un debate más pobre sobre la cuestión europea. Hay un consenso granítico entre políticos, periodistas y académicos a favor del proyecto de integración. En nuestro país, no ser europeísta se considera tan aberrante como ser seguidor de un partido ultra xenófobo. Nuestras élites siguen presas de la máxima de Ortega de “España es el problema, Europa la solución”. Las críticas por el mal hacer de Europa se resuelven siempre despejando a córner, es decir, reclamando acríticamente “más Europa”: unión fiscal, mutualización de la deuda, elección directa del presidente de la Comisión, impuestos europeos y lo que haga falta.
Esta actitud parece una huida hacia adelante, pues en el corto y medio plazo no se vislumbra esperanza alguna de que Estados con intereses económicos tan divergentes vayan a ser capaces de dar un salto de gigante, máxime cuando la opinión pública recela más que nunca de estas aventuras y el euroescepticismo de los partidos xenófobos sigue en ascenso.
La apuesta por “más Europa” es hoy poco más que un brindis al sol. Lo que necesitamos debatir es qué hacer si la UE sigue favoreciendo políticas neoliberales y no hay visos de un cambio real. ¿Vamos a seguir esperando indefinidamente con tal de no revisar nuestras convicciones europeístas? ¿Cuál va a ser, mientras tanto, el coste social y democrático de esta ensoñación? Entonces, ¿es Europa una causa perdida? ¿Puede ser salvada? ¿Debería ser salvada?

Fuente: Ctxt - Público

miércoles, 22 de marzo de 2017

Volquetes de putas para todos

 Prostíbulos del barrio rojo de Ámsterdam


 JUAN CARLOS ESCUDIER

Lo del volquete de putas que iban prometiendo como recompensa algunos dirigentes del PP nos ha creado muy mala fama en Europa, especialmente en Holanda, donde el acceso de camiones al barrio rojo de Amsterdam está seriamente restringido. Jeroen Dijsselbloem, holandés y todavía presidente del Eurogrupo, es de los que creen que aquí, y en general en el sur de Europa, somos muy de volquete y de gin tonic, y que con personas así, que piensan que todo el monte es orégano y hasta orgasmo, no se puede ser solidario. Dicen que Dijsselbloem es socialista, con lo que el temor a que la extrema derecha se hiciera con el poder en su país estaba plenamente justificado. Si la izquierda es tan retrógrada y machista, la ultraderecha holandesa debe ser de pesadilla.

Sin descartar algún resentimiento por los Tercios de Flandes y sus picas, la opinión del sujeto no dista mucho de la que se ha alentado en el norte de Europa, capital Berlín, donde arraigó rápidamente la idea de que el Mediterráneo está llenos de parásitos, cigarras ‘vivalavirgen’ que culpan de sus males a las abnegadas hormigas calvinistas que les abastecen de grano, en vez de arremeter contra los políticos corruptos que vaciaron sus despensas.

Se trata, en realidad, de la expresión de un mayúsculo fracaso, el del proyecto europeo, el de una Unión que, ante el vendaval de la crisis financiera, se demostró incapaz de guarecer a sus ciudadanos más débiles, y que se vanaglorió incluso de imponerles condiciones insoportables. Exportadas desde Alemania, las proclamas en contra de que los ahorros alemanes u holandeses sirvieran para financiar el desenfreno de los golfos sureños han contribuido decisivamente al resurgir de los nacionalismos y de la xenofobia.

Ese mismo desprecio fue el que acuñó el acróstico PIGS para referirse a los países más golpeados por la tormenta, aunque en la denuncia sobre los excesos cometidos se olvidaran algunos hechos relevantes. Nos excedimos en comprar Mercedes y BMW y en pagar sin rechistar el coste de la reunificación alemana que se llevó 50.000 millones de los fondos europeos sin condiciones. Nos excedimos al aceptar ese dinero barato que llegaba del BCE para relanzar la maltrecha economía de las hormigas teutonas, y que fue la principal causa de nuestra burbuja inmobiliaria, sin que nadie hasta el momento haya pedido por ello disculpas. Tras sanar de sus heridas, Alemania y la institutriz que oficia de canciller ignoraron pronto que para ser la locomotora de Europa no bastaba con estar delante sino que debían tirar de los vagones.

A otras cosas, nos resignamos. Por ejemplo, a aceptar que Holanda sea lo más parecido a un paraíso fiscal en el corazón de Europa, a que miles de millones de euros transiten por su territorio hacia sus Antillas o hacia Jersey -en lo que se ha dado en llamar, el sándwich holandés-, a que sus ventajas fiscales a no residentes sean los pilares de una de sus principales ‘industrias’ y a que numerosas multinacionales eludan sus impuestos gracias a la hospitalidad de estos anfitriones tan generosos con el maldito sur.

La economía holandesa es envidiable. En términos per capita es la tercera más prospera de la UE. Exporta fundamentalmente a Europa, y esas cigarras que son Italia y España son respectivamente su sexto y séptimo cliente. En el caso español, el saldo comercial es negativo, es decir, que compramos a los señores de los tulipanes mucho más de lo que les vendemos.

Dijsselbloem es un cretino que ha ejercido en el Eurogrupo de lacayo del ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble. Presumió de haber impuesto en el rescate a Chipre quitas en los depósitos bancarios y ha tenido una especial fijación con los incumplimientos de España en sus objetivos de déficit, quizás porque nuestro ministro de Lehman, Luis de Guindos, le disputó la canonjía. Tras la estrepitosa derrota de su partido en las elecciones holandesas le quedan dos telediarios al frente del Eurogrupo, cargo para el que parece que Guindos vuelve a postularse. No habrá volquetes de putas en la celebración de su partida. De eso puede estar seguro.

Fuente: Público.es

jueves, 16 de marzo de 2017

Escenario 3: una integración diferenciada para la Unión Europea

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker (izq), conversa con el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk (d). EFE


Durante el Consejo Europeo de diciembre de  2017 los Estados miembros deberán   tomar posiciones sobre la Unión Europea que desean. Hay demasiado en juego

Mariola Urrea Corres


El 14 de septiembre, como cada año por esas mismas fechas, el presidente de la Comisión Europea compareció ante el Parlamento Europeo para pronunciar su Discurso sobre el Estado de la Unión. Una oportunidad perfecta para hacer balance sobre los logros conseguidos y plantear los retos de futuro. En esta ocasión, Juncker no quiso restar importancia a la situación de profunda crisis por la que atraviesa la Unión y, en un ejercicio de realismo y honestidad, no dudó en afirmar que "nunca antes había visto tanta fragmentación, tan pocas cosas en común en nuestra Unión".

Desde este planteamiento, se preguntaba, a continuación, si queremos dejar que nuestra Unión se desintegre ante nuestros propios ojos o si, por el contrario, ha llegado el momento de ponerse manos a la obra para avanzar hacia una Europa mejor. Un proyecto que, a su juicio, pasa por profundizar en "una Europa que proteja, una Europa que preserve el modo de vida europeo, una Europa que empodere a nuestros ciudadanos, una Europa que vele por su seguridad y una Europa que asuma responsabilidades". En definitiva, una Europa más justa, más solidaria, más democrática, más atractiva y más comprensible.

Resulta difícil no compartir el diagnóstico expuesto o no estar de acuerdo con el propósito señalado por el presidente de la Comisión en torno a la necesidad de construir una Europa mejor. Sin embargo, nada de lo dicho hasta el momento responde a la pregunta clave: ¿cómo abordamos en los próximos 12 meses el fortalecimiento de esta Europa con ciertas garantías de éxito en el empeño?

Para inspirar la solución y contribuir al debate, la Comisión Europea ha preparado un documento con el que aporta su reflexión particular a la Cumbre que tendrá lugar en Roma, el próximo 25 de marzo, en la que se conmemora el sexagésimo aniversario de un proyecto de integración que debe hacer frente a nuevos desafíos dentro de las posibilidades que le ofrece el actual marco jurídico-institucional previsto en los Tratados, dado que la opción de una reforma de los mismos, aunque necesaria, está obviamente descartada.

En este sentido, el citado Libro Blanco sobre el futuro de Europa de la Comisión Europea describe cinco escenarios posibles hacia los que, a su juicio, puede evolucionar la Unión Europea hasta 2025. A saber,  Seguir igual (escenario 1), Solo el mercado único (escenario 2), Los que deseen hacer más, hacen más (escenario 3), Hacer menos pero de forma más eficiente (escenario 4) y Hacer mucho más conjuntamente (escenario 5).

De los cinco escenarios descritos por la Comisión Europea, en tres de ellos se aprecia un preocupante escaso nivel de compromiso con la filosofía que ha inspirado desde su nacimiento el proyecto europeo (escenarios 1, 2 y 4). Más aún, parece claro que mientras el escenario 1 incorpora, incluso, un potencial riesgo de involución sobre lo ya logrado, el escenario 2 proyecta una verdadera mutación de la actual Unión Europea hacia una modesta zona de libre cambio. Más ambiguo resulta la descripción del escenario 4, cuyos pretendidos resultados, para que sean positivos, demandan unos consensos previos que difícilmente pueden hoy asegurarse.

Parece claro, por tanto, que sólo los escenarios 3 y 5 descritos en el Libro Blanco presentan, realmente, un nivel de ambición política digna de ser tomada en consideración por quienes aspiran a  garantizar la viabilidad futura de Europa. De los dos escenarios señalados, el escenario 5 responde al modelo de Unión federal que ha estado presente desde los documentos fundacionales, si bien no parece una agenda realista para una Europa a 27 trufada de importantes desencuentros. En consecuencia, el impulso que precisa la Unión requiere asentarse, al parecer, sobre la  integración diferencia que expone, con acierto, el escenario 3.

Conviene tener presente que la conveniencia de introducir elementos de diferenciación temporal, espacial o material en el proceso de construcción europea, para hacer compatible el progreso de la Unión con la capacidad y la voluntad de los distintos Estados miembros, no es ninguna novedad. De hecho, fue Willy Brandt quien formuló por primera vez esta idea ante el Congreso del Movimiento Europeo celebrado en París en 1974.

Desde entonces, la búsqueda de fórmulas flexibles de integración con creativas formulaciones semánticas (Europa "varias velocidades", Europa como "núcleo duro", Europa a "geometría variable", Europa de "círculos concéntricos", Europa a "la carta"…) ha sido un recurso habitual, dentro y fuera de los Tratados, para materializar la Unión Económica y Monetaria, el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia o la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión, entre otras políticas.

De hecho, difícilmente se habrían obtenido tales avances si hubieran estado sometidos a las exigencias que impone la integración unitaria. Desde una concepción positiva de la idea de integración diferenciada, el Tratado de Ámsterdam dio un paso más al regular la cláusula de cooperación reforzada imponiendo condiciones y limitaciones para su uso que las reformas de Niza y Lisboa han ido modulando con acierto. Este mecanismo jurídico, cuya utilización hasta la fecha ha sido testimonial, permite, a aquellos Estados que lo deseen, poder seguir avanzando en la integración, dentro de las instituciones europeas y de acuerdo a los procedimientos de la Unión, sin que sus pretensiones puedan verse limitadas por aquellos otros Estados que no deseen acompañar el proceso. Una fórmula, sin duda, ingeniosa que, en breve, puede dar importantes resultados en el ámbito de la defensa, a través de la puesta en marcha de una cooperación estructurada permanente.

Durante el Consejo Europeo de diciembre de  2017 los Estados miembros deberán   tomar posiciones sobre la Unión Europea que desean y apuntar los compromisos que están dispuestos a asumir para hacerla realidad. En este debate, todavía abierto, creo firmemente que la integración diferenciada puede ser una opción adecuada por tratarse de un método que permite, de una parte, administrar  con cierta armonía intereses contrapuestos de los Estados y, de otra, preservar la concepción de la Unión como una federación supranacional de corte asimétrico.

No es una aspiración de máximos, pero su consolidación en un momento de extrema debilidad política para la Unión podría representar, sin duda, un escenario claramente esperanzador. Este es, en realidad, el desafío político más importante al que se enfrenta la Unión en el momento de celebrar su sesenta aniversario. Convendría acertar con la propuesta. Hay demasiado en juego.
Fuente: eldiario.es

jueves, 2 de febrero de 2017

Adiós, Unión Europea



Rafael Poch
La Vanguardia


Las condiciones de un proceso aparentemente irreversible de autodestrucción (*)

TIEMPOS DE CAMBIO Y DESORDEN

El mundo se encuentra en una fase de cambio y gran desorden. El modelo del capitalismo neoliberal y la receta del hegemonismo en relaciones internacionales no funcionan desde hace tiempo, pero su inercia sigue siendo fuerte y nos lleva contra las rocas.

Este año hemos tenido tres cambios principales que marcarán tendencia;

1-La derrota occidental en Siria (que refleja las tensiones del paso del desorden hegemónico monopolar a las del mundo multipolar).2-El cambio de orientación en Estados Unidos, con la sugerencia de cambiar el “América World” por el “América First” de Trump, lo que abre la puerta a peleas internas en la primera potencia mundial y a toda una serie de otros “first´s” en el mundo; “China first”, “EU first”, etc.y 3-La desaparición de todo proyecto común en Europa, fracaso que induce a buscar enemigos (Rusia) y a incrementar la militarización de la “Europa de la defensa”. (1)

Todo esto es mucho para un solo año y explica con creces el vértigo que hay en el ambiente.

SIN PRECEDENTES E IRRESOLUBLE

La crisis de la Unión Europea está inserta en ese desorden más general y ha derivado en lo que da la impresión que es un dilema irresoluble:

“Si la UE quiere atajar lo que la destruye (es decir los referéndums crispados y el progreso de la extrema derecha antiliberal), debería negarse a sí misma. Si por el contrario prefiere no hacer nada y quedarse como está, entonces parece condenada a continuar alimentando lo que la destruye”. La cita es de Fréderic Lordon, el autor que mejor ha retratado la situación en el debate francés. (2)

La Unión Europea ha perdido el grueso de sus ilusiones y mitos fundadores. La crisis financiera de 2007/2008 ha demostrado que no es un club democrático de iguales, sino una construcción oligárquica y antidemocrática. Su diseño de los últimos treinta años bajo ese sello, los defectos de nacimiento del euro y la nacionalización de las pérdidas bancarias a costa de las clases medias y bajas, se han derrumbado sobre la promesa de prosperidad y justicia que estaba en la base del discurso europeísta y su narrativa narcisista.(3)

El desencanto es patente, especialmente en la Europa del Sur, antigua receptora de fondos de cohesión, pero también, y seguramente aún más, en el Este, cuya integración en la UE ha sido un fracaso en términos económicos y políticos.

En el Sur, la Europa de los fondos de cohesión, la modernidad y las “infraestructuras” ha dado paso a la Europa del recorte en su más dura modalidad.

En la Europa del Este después de 27 años de vida europea (más de la mitad del tiempo pasado bajo el yugo soviético) la evidente ganancia en oxígeno que la sociedad obtuvo al salir de las dictaduras sociales ha quedado deslucida por el regreso del ex bloque al estatuto de periferia subordinada y dependiente que tenía en el periodo de entreguerras: reserva de mano de obra barata y completa dependencia financiera e industrial. No hay atisbo de convergencia económica y social niveladora hacia Europa Occidental, y, a diferencia del Sur, tampoco de fondos de cohesión. (4)

En el Norte hay un hartazgo y una clara animosidad hacia los manirrotos del Sur: “Venderos vuestras islas”, dice el Bild alemán, mientras se compra a precio de saldo los aeropuertos griegos más jugosos obligados a privatizarse.

Todo esto guarda, desde luego, una relación directa con la incompatibilidad general de la lógica de mercado con la nivelación social y territorial -el sistema capitalista es intrínsecamente desigual- pero en el caso del particular sistema UE se parte de una contradicción esencial: la democracia y la soberanía popular residen en los estados nacionales, pero en la UE casi todo lo que cuenta queda fuera de ese marco:

-Los bancos centrales son “independientes”, la moneda común impide ajustes y devaluaciones, los ministerios de economía son meros ejecutores de directivas decididas en la UE, la OMC, el FMI…

-El derecho europeo tiene mayor rango que el nacional, pese a carecer de un fundamento democrático: es legal, pero no legítimo.

-Y la política exterior y de defensa viene encuadrada por una estrategia (americana) organizada a través de la OTAN que es no solo exterior a la nación, sino a la propia UE.

¿Qué le queda a la soberanía popular, al sujeto que vota en unas elecciones nacionales? Muy poco. Y encima, esa desposesión ha sido santuarizada, blindada en normas y tratados para hacerla irreversible.

El maltrato de Grecia, castigada su sociedad con un programa de austeridad aún más estricto por haber rechazado el anterior en referéndum, ha ofrecido el último ejemplo de desprecio de la voluntad popular. El Brexit ha demostrado la estricta jerarquía y desigualdad en el trato, porque la voluntad popular expresada por el referéndum británico (mucho más ajustada que la griega), sí ha sido reconocida, aunque con mal humor.

“No puede haber opción democrática contra los tratados europeos”, ha dicho Jean-Claude Juncker. (5)

¿Qué clase de club es ese del que no se puede salir, ni plantear reforma de sus estatutos, sin provocar convulsiones y amenazas? Manifiestamente no solo un club defectuoso en su diseño, sino también autoritario. Esta historia del desprecio de los referéndums ya tiene 24 años y 9 consultas a su cuenta. (6)

BALCANIZACIÓN

Es la hora de la balcanización. Por doquier se asiste a una desintegradora fragmentación. El Brexit (UK first) ha sido un adelanto del contagioso “America First” de Donald Trump, pero el proceso ya tenía su propia dinámica interna no solo en las naciones de la UE -e incluso dentro de sus estados en algunos casos- sino en sus conglomerados y clubs informales.

Los países del Sur celebran tímidas cumbres en las que sus timoratos dirigentes, de momento, ponen en común su impotencia. En el Este, se incrementa la concertación de clubs como el de Visegrado (Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia). En el Norte, con centro en Berlín -sin duda el club más relevante y discreto- se hacen números alrededor de la idea de una Kerneuropa, la Europa matriz luterana y virtuosa, separada del lastre. Los números no salen y la conclusión sigue siendo la misma que la señalada en 2012 por los documentos internos del Ministerio de Finanzas alemán: de momento no conviene. De todos los “first” europeos, el “Kerneuropa first” de Alemania y sus compañeros de fe en la “regla de oro” y el principio, “por la exportación hacia Dios-crecimiento”, es seguramente el más relevante…

Si la tesis del dilema irresoluble es correcta, el vector de esta balcanización es inequívoco: la desmembración es solo cuestión de tiempo.

SEGURIDAD: INTEGRAR O EXCLUIR

En materia de seguridad y relaciones internacionales, la situación es obvia: cuando hay que inventar algo nuevo y consensuado entre los actores de la multipolaridad para afrontar los retos del siglo (actuar contra el calentamiento global, paliar la desigualdad y afrontar el desarme de la cada vez más generalizada capacidad de destrucción masiva), en Occidente constatamos la persistencia de toda una generación política (y la red de expertos a su servicio) formada en el viejo hegemonismo y sin experiencia ni recuerdo ya de la misma esencia de la acción diplomática y el multilateralismo.

Tras setenta años de holgado dominio, Estados Unidos está muy mal preparado para ese cambio de actitud exigido por la realidad del mundo multipolar. Enfrentándose a Rusia en Occidente y a China en Oriente, ha suscitado el acercamiento entre esos dos países, que no desean un regreso a la lógica de bloques pero que al mismo tiempo ya se declaran dispuestos a oponerse militarmente al cerco en sus fronteras más inmediatas (Ucrania/Mar de China meridional). Se constata la fuerza inercial de toda esa gente (en la política, los think tanks y los medios de comunicación) aferrada a la política del castigo militar, de las sanciones, del desprecio al derecho internacional y a la invocación fraudulenta -por selectiva y tramposa- de los derechos humanos como argumento de injerencia y guerras. (7)

Varios estados han sido ya disueltos y sustituidos por agujeros negros, mayormente en operaciones occidentales de cambio de régimen en Oriente Medio, con el resultado de centenares de miles de muertos. (8)

En Europa esa misma tendencia contribuyó a exacerbar los dramas de la desmembración yugoslava y la proliferación de conflictos y tensiones militares en el continente: Croacia, Bosnia, Serbia, Kosovo, Macedonia, Transnistria, Abjasia, Osetia y Donbas.

En el contexto de grave crisis interna en la UE, cuando hay una urgente necesidad de encontrar “explicaciones” a todo ello, es extremadamente peligrosa la búsqueda de enemigos practicada desde Bruselas, con Rusia en el punto de mira. (9)

Es necesario hacer memoria y recordar la alternativa integrar/excluir de la historia europea.

Tras las guerras napoleónicas los vencedores implicaron a la vencida Francia en la toma de decisiones, lo que abrió una larga etapa de paz y estabilidad continental. El ejemplo contrario es lo que se hizo con la Alemania posguillermina tras la primera guerra mundial y también con la Rusia bolchevique tras la Revolución de 1917. En ambos casos, las políticas de exclusión -y de tremendo intervencionismo militar en la guerra civil rusa- tuvieron consecuencias nefastas para lo que luego fue el nazismo y el estalinismo.

Lo que hemos visto hacia Rusia en Europa desde el fin de la guerra fría es una nueva advertencia sobre los peligros de excluir a una gran potencia de la toma de decisiones y tratarla a base de imposiciones y sanciones.

La integración del ex bloque del Este se hizo de una forma fraudulenta. Desde la agenda oculta del expansionismo de la OTAN, traicionando los acuerdos tácitos alcanzados con Moscú a cambio de su retirada imperial, se ofreció a esos países el ingreso en un bloque militar antiruso como antesala del ingreso en la UE. (10)

Durante treinta años, ese proceso de meterle el dedo en el ojo al oso ruso ha creado tensiones artificiales que se han ido acumulando. Cuando esas tensiones han estallado militarmente, la reacción instintiva del oso, se ha denunciado como muestra de la agresividad de Rusia, de la maldad de su dirigente (un nacionalista de derechas, popular en su país por haberlo estabilizado, sin que haya repartido renta petrolera ni revisado la criminal privatización de los noventa) o de su mítica voluntad de “reconstruir la URSS”. La denunciada “agresividad” rusa, en realidad un reflejo defensivo largamente anunciado e ignorado, ha sido una profecía inducida y autocumplida. (11)

Para remediar eso es imprescindible que Europa ejerza la independencia estratégica y se organice un sistema de seguridad continental, libre de la lógica de bloques y en el que la seguridad de unos no se construya a costa de la seguridad de otros. Es decir: precisamente aplicar la intención que se firmó en noviembre de 1990 con la Carta de París para una nueva Europa de la OSCE.

Para llegar a algo así es imperativo disolver la OTAN como bloque militar. Pero, ¿qué político del establishment europeo actual asumiría hoy esa causa en las inestables condiciones actuales, cuando el propio mando de la OTAN se dedica a sembrar esa inestabilidad promocionando la tensión con Rusia para justificar su existencia?

Los dos políticos que en Alemania y en Francia hablan de ello y claman contra el vector de la guerra -Oskar Lafontaine y Jean-Luc Mélenchon- tienen una intención de voto de entre el 10% y el 15%… Así que veo una gran necesidad y una escasa posibilidad.

Pero imaginemos que la UE llega a ser un polo autónomo y soberano en el mundo con la gran potencia e influencia mundial que se deduce de sus parámetros fundamentales de población, PNB y potencia cultural y militar. La pregunta que se impone es, ¿todo eso para hacer qué? ¿Para contribuir a qué mundo? Continuar haciendo soberanamente lo que se ha venido haciendo hasta ahora en calidad de “ayudante del sheriff” significa contribuir de una forma más efectiva y autónoma al desastre, a la perspectiva de los imperios combatientes. Tener por ejemplo un ejército europeo integrado para poder hacer la guerra en Siria, en Libia, en Ucrania, etc.

Mi conclusión es que si Europa resultara incapaz de elaborar un proyecto de acción exterior en sintonía con los retos del siglo, hay que decirlo con claridad: es mejor que no exista como gran potencia, que sea un conglomerado lo más débil posible para reducir su capacidad de hacer daño.

EL EJE FRANCO-ALEMÁN NO EXISTE

Durante muchos años una Alemania que veía en Europa la única posibilidad de recuperar su soberanía y una Francia que temía dejarla sola, formaron el gran eje básico de interés común de la Unión Europea. En aquella época fundacional, en ambos países la derecha defendía políticas económicas y sociales que hoy serían consideradas de “izquierda radical”.

En Francia la inspiración social del gaullismo era el programa del Consejo Nacional de la Resistencia de marzo de 1944. En Alemania la Economía social de mercado era la doctrina de la coalición de cristianos y ex nazis de la CDU con la que se conjuraba a la alternativa de la otra Alemania, la RDA, con su mezcla de socialismo y dictadura que ponía la asistencia y nivelación social en el centro de su proyecto.

Esa base histórica del eje ya no corresponde al mundo de hoy.

Desde que Alemania recuperó su plena soberanía con la reunificación nacional de 1990 y la anexión de la RDA por la RFA, su visión de la UE cambió. Europa ya no era la solución al handicap heredado del desastre nazi, sino el primer espacio sobre el que proyectar su soberanía dominadora.

Desapareció la generación política de los que vivieron la guerra; los Brandt, Kohl y Schmidt.

Se inició la rehabilitación del nacionalismo alemán en unos términos completamente nuevos e impensables en la fase anterior (12)

Y el marco general de este cambio en la relación franco-germana no es una “economía social de mercado” / Consejo nacional de la resistencia con el telón de fondo del miedo al “comunismo”, sino la doctrina neoliberal, es decir: la demolición programada y sostenida de las conquistas sociales vigentes desde la posguerra.

En ese contexto de subidón nacionalista y costeando con dos billones de euros la anexión de la RDA, Alemania impuso al resto del club europeo su estrategia nacional exportadora, desprovista de todo deseo de subvencionar a socios. Vía dumping salarial, todo lo alemán se hizo más competitivo frente a (y a costa de) sus socios. El dinero que generó su excedente comercial se invirtió. En los noventa invertir era, en gran parte, financiar burbujas inmobiliarias que encontraban el terreno mejor abonado en países con gran corrupción y pésimo gobierno como España.

Cuando eso explotó poniendo en peligro a los fondos de pensiones alemanes y a los bancos, los políticos germanos hicieron ver que ellos no tenían nada que ver con el asunto, que todo era culpa de una serie de manirrotos “Pigs” meridionales faltos de reformas. Es decir: ofrecieron una explicación nacional en línea con la ortodoxia neoliberal a un problema sistémico internacional.

La canciller que gobernó todo eso con torpeza, Angela Merkel, ha dañado seriamente los tres pilares que rehabilitaron a la política alemana después de la Segunda Guerra Mundial: el Estado social, la integración de la Unión Europea y la política de distensión hacia Rusia conocida como Ostpolitik. Que a pesar de ello Merkel pase por ser la gran líder continental resume muy bien la situación en la UE, pero sobre todo demuestra que nos encontramos ante otra Alemania. (13)

¿Qué pasa con Francia? En 1983 Mitterrand renunció a la política del programa común de la izquierda con el que había ganado las elecciones de 1981, un programa nacional de transformación, para abrazar la línea europeísta neoliberal arriba descrita. A diferencia de Alemania, Francia no tenía ninguna estrategia económica nacional propia. La moneda común fue saludada por Mitterrand como mecanismo para evitar sorpresas alemanas pero se volvió contra Francia. Todo el terreno ganado por la exportación alemana en el último periodo corresponde, aproximadamente, a lo perdido por los socios europeos, con Francia en primer lugar.

Los políticos franceses se han convertido en subalternos de la línea alemana. El periodista Romaric Gordin describe la situación como, “una especie de Vichy postmoderno”. “En Europa, Francia solo sirve como el socio colaboracionista de Alemania”, dice. Bajo esa colaboración la vida social francesa y la convivencia interna se han degradado.

Curiosamente, en Francia no se conoce muy bien Alemania. Es un país asociado a malas experiencias históricas que nunca ha interesado demasiado. Pese a que el sistema educativo promociona intensamente la enseñanza del alemán, significativamente se estudia mucho más el español (a razón de 4 millones de alumnos contra medio millón). Sobre ese desconocimiento y desinterés, se ha impuesto, con la ayuda de los medios de comunicación, cierta leyenda acomplejada de que en Alemania todo va bien, incluso mucho mejor que en Francia. En ese contexto se ha ido abriendo paso, sordamente, a nivel popular, no en las élites, la idea de que en el actual matrimonio, Alemania es el macho y Francia la mujer maltratada. Cobra fuerza la idea de que ya no estamos ante un matrimonio en crisis, sino ante un caso de violencia de género. ¿Tiene eso solución?

MÁS EUROPA O DECONSTRUCCIÓN ORDENADA

Mi impresión es que Fréderic Lordon tiene razón cuando habla de una situación cerrada en la que eliminar lo que está destruyendo al sistema de la Unión Europea pasaría por negar el propio sistema.

La reflexión puede aplicarse a Alemania: no será capaz de hacer marcha atrás sin que su clase política, sus medios de comunicación, todo su establishment se nieguen a sí mismos diciendo: “lo que hemos hecho hasta ahora es un error garrafal”.

¿Es imaginable que Francia sea capaz de convencer a Alemania de que renuncie a la europeización de su estrategia económica nacional por ejemplo desmontando el euro y regresando al Sistema Monetario Europeo, SME (como propone Oskar Lafontaine), la regla de oro de los déficits presupuestarios o el estatuto del BCE? Me parece que no, así que estamos ante algo parecido a un proceso irreversible de autodestrucción.

En Francia da la sensación de que cada vez más gente piensa, a izquierda y a derecha, que la única forma de cambiar Europa es empezar por cambiar Francia. Es lógico teniendo en cuenta la ausencia de un “demos” europeo, sujeto de la soberanía, y la fuerza de la tradición social francesa. Sin esperar una coordinación automática entre países, ese regreso a los estados nacionales, es decir al marco de la soberanía popular, es lo que a largo plazo podría redundar en una redefinición del proyecto europeo. El problema es que, hoy por hoy, ese regreso al estado nacional lo está capitalizando la extrema derecha. Incluido en Francia.

Me parece que uno de los escenarios que tiene más futuro en la Europa de hoy (“presente” si se atiende a lo que los tories están haciendo en el Reino Unido) es el de la “lepenización de Goldman-Sachs”: una síntesis y entendimiento entre la extrema derecha y el establishment neoliberal.

Pero, aunque la extrema derecha esté capitalizando ese regreso al estado nacional, eso no quiere decir que una solución decente a la crisis europea (es decir social, ecologista e internacionalista y en línea con los retos del siglo) no pase por ese vector de regreso. Los pasos atrás, lo que Lordon define como un proceso ordenado de deconstrucción de la Unión Europea, serán una solución más efectiva para salir del atolladero que el más Europa y más federalismo autoritario cuyo último recurso es el vector de guerra que supone la “Europa de la defensa”.

Por doquier se responde a la idea de ese regreso a los estados nacionales con el anatema: “aislamiento”, “repliegue”, “nacionalismo excluyente”, “fascismo”, pero las naciones de Europa vivieron en paz y crearon cosas como Airbus y el programa Erasmus durante muchos años sin moneda única y sin el corsé de los actuales tratados. Algunos de los países europeos más prósperos (Islandia, Noruega o Suiza) ni siquiera son miembros de la UE. Muchos más no participan en el euro, sin que ello los convierta en algo remotamente parecido a marginados de la globalización. Así que, si se quiere poner en el centro del proyecto europeo otras cosas diferentes a la libre circulación de mercancías/ capitales y a los beneficios oligárquicos que lo ha dominado y arruinado todo en los últimas décadas, cierta desintegración me parece ineludible.

Para remediar la situación el primer paso es desacralizar la Unión Europea, bajarla del altar y colocarla al alcance de una crítica realista.

MUERTOS VIVIENTES, LA SOCIEDAD DE NACIONES

¿Qué puede ocurrir en defecto de esta deconstrucción ordenada que permita reformular el proyecto Europa a largo plazo? Continuará lo que tenemos ahora: el derrumbe paulatino de la actual UE.

En ese escenario la UE se convertiría en una especie de muerto viviente cada vez más irrelevante a todos los efectos. Podría ser un poco como la Sociedad de Naciones, antecesora de la ONU. ¿Recuerdan? Aquello también nació de un buen propósito, en 1919, para imponer la paz entre europeos y acabó siendo un instrumento de los intereses de los imperios coloniales occidentales.

La Sociedad de Naciones fue completamente inoperante en la génesis de la Segunda Guerra Mundial, el rearme alemán y la invasión japonesa de China, y cuando la disolvieron en abril de 1946 sobre el panorama de una Europa y un Japón en ruinas, nadie la echó a faltar porque hacía tiempo que había muerto.

(*) Este texto sigue las notas de la conferencia “Crisis del eje franco-alemán, ¿terminal o reconducible?” pronunciada el 26 de enero en el Palau Macaya de Barcelona a invitación del Consell Català del Moviment Europeu.

NOTAS

(1) Ver las previsiones para 2017 del LEAP, raro think tank europeísta independiente que destaca por su crítico realismo. En: GEAB, 111. 15/01/2017.

(2) Para la posición de Lordon, ver aquí y aquí sus dos artículos fundamentales.

(3) Sobre la narrativa narcisista de la UE y su legitimación, contrastada con las realidades de la historia europea, ver: Europa, ¿se hace o deshace?

(4) La evolución de la opinión negativa sobre la UE es reveladora: 71% en Grecia, 61% en Francia (24 puntos más que en 2007), 41% en España (34 puntos más que en 2007) y 39% en Italia (23 puntos más que en 2007). Ver Pew Research Center, junio 2016. Para el fracaso de la integración del ex bloque del Este: Joachim Becker, Europe´s other periphery. NLR, mayo/junio 2016. Eldesencanto que reflejan las encuestas del BERD en el Este es aún más notable: En el grupo de Visegrado, el más exitoso del ex bloque, la valoración de si la vida ha mejorado o no respecto a 1989 divide por la mitad a checos, eslovacos y polacos, mientras que un 80% de húngaros opinan que las cosas han ido a peor. En Rumania algunas encuestas han dado un apoyo de hasta el 80% al estado de cosas bajo el régimen de Ceaucescu, uno de los peores del bloque a finales de los ochenta.

(5) En Le Figaro, 29/01/2015.

(6) He aquí la serie completa (porcentajes sobre participantes):

-1992: el 50,7% de los daneses votan contra el Tratado de Maastricht. Se les hace volver a votar.

-2001: el53,9% de los irlandeses votan contra el Tratado de Niza. Se les hace volver a votar.

-2005: el 55% de los franceses y el 61% de los holandeses rechazan el tratado constitucional europeo. No se les hace volver a votar (demasiado arriesgado) y se incluye la esencia de lo rechazado en el Tratado de Lisboa, dos años después.

-2008: el 53,4% de los irlandeses vuelven a votar contra lo que ahora se llama Tratado de Lisboa.

-2015: Referéndum griego contra la austeridad (61,3%). Se les impone más.

-2016: El 61,1% de los holandeses rechazan el acuerdo de asociación de la UE con Ucrania.

-2016: Brexit (51,9%)

-2016: 59,4% de los italianos rechazan la reforma constitucional.

(7) En Siria hemos vuelto a ver en acción a esa coalición de halcones militaristas, periodistas, y defensores de derechos humanos bien intencionados, pidiendo más guerra.

(8) Este es el somero balance:

-Afganistán: 15 años de guerra (por no hablar de 30, si incluimos a los soviéticos), 230.000 muertos / los talibán siguen fuertes/ catástrofe en seguridad y ausencia de mejoras en las condiciones de vida. Al Qaeda nace allí.

– Irak: 13 años de guerra/un millón de muertos/ partición del país en tres trozos y condiciones de vida peores que con Sadam. El Estado Islámico nace allí.

-Libia: 5 años de caos/ 40.000 muertos/ país partido en tres y condiciones de vida peores que con Gadafi. Ulterior desestabilitación del África subsahariana.

-Siria: 5 años de guerra/ 350.000 muertos/ probable partición en dos o tres trozos/ Situación general mucho peor que antes de la rebelión.

(9) La resolución del Parlamento Europeo del 14 de octubre de 2016, acusando a medios de comunicación rusos de practicar, en una escala mucho menor, hacia la UE (con el objetivo de, “socavar la coherencia de la política exterior de la Unión”), lo mismo que los medios occidentales realizan con Rusia desde siempre, ilustra el naufragio europeo ante unos medios rusos, como el canal RT, que han mejorado su influencia en Occidente, contribuyendo a un pluralismo de propagandas. La resolución coloca la amenaza de la propaganda rusa junto a la del Estado Islámico y es un ataque muy significativo al pluralismo informativo.

(10) Para una crónica de los términos de las negociaciones que pusieron fin a la guerra fría en Europa, ver R. Poch-de-Feliu, La quiebra optimista del orden europeo, en La Gran Transición. Rusia 1985-2002. Barcelona Crítica 2003.

(11) El discurso de Putin ante la Conferencia de Seguridad de Munich del 10 de febrero de 2007, hace diez años, fue la más clara expresión de la posición de Rusia. Para una lectura interna del machismo exterior de Putin y los riesgos del “escenario 1905” para su régimen, ver: Rusia, riesgos y agravios

(12) El secretario general de la CDU, Volker Kauder, puede, por ejemplo, jactarse ahora, de que, “Europa habla alemán” y ser por ello ovacionado en un congreso de su partido. Los Brandt, Kohl y Schmidt, nunca se habrían permitido tal licencia.

(13) Sobre ello véase, Poch-de-Feliu/Ferrero/Negrete: La Quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo. Icaria, Barcelona 2013.

Fuente: http://blogs.lavanguardia.com/paris-poch/2017/02/01/adios-union-europea-42041/

jueves, 1 de diciembre de 2016

¿Por qué el PP, C’s y el PSOE (y el PDECat en Catalunya) están equivocados en sus políticas económicas?




Vicenç Navarro
Autor del libro ‘Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante’. Anagrama, 2015

Para responder a esta pregunta hay que ser consciente de que hay diferencias entre las propuestas económicas de tales partidos. No se pueden poner en el mismo cajón, por ejemplo, al PP (un partido conservador-liberal), a Ciudadanos (un partido liberal) y en Catalunya al Partit Demòcrata Europeu Català –PDECat- (un partido liberal perteneciente a la misma familia política que Ciudadanos) por un lado, y al PSOE (un partido socioliberal que se autodefine como socialdemócrata) por el otro. Hay diferencias en sus políticas económicas, pero, a pesar de tales diferencias, comparten los mismos principios que caracterizan las políticas económicas que hoy son dominantes en las instituciones europeas (tales como el Consejo Europeo, la Comisión Europea, el Eurogrupo y el Banco Central Europeo). E incluyo a la familia que se autodefine como socialdemócrata en esta categoría. En realidad, una de las voces más duras con la aplicación de tales políticas ha sido el presidente del Eurogrupo (los Ministros de Finanzas de la UE), el Sr. Jeroen Dijsselbloem, un socialista holandés, Ministro de Finanzas de los Países Bajos, como también lo es el Sr. Pierre Moscovici, Comisario de Asuntos Económicos y Financieros de la Comisión Europea, un político francés que fue Ministro de Finanzas en el gobierno socialista francés presidido por el Sr. François Hollande (y como lo había sido el Sr. Pedro Solbes, también Comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la Comisión Europea, y después Ministro de Economía del gobierno socialista del Sr. Zapatero, y más tarde el Sr. Almunia, también socialista, ministro del gobierno socialista presidido por el Sr. Felipe González). Todos estos dirigentes socialistas han sido piezas clave del establishment que ha impuesto las políticas económicas neoliberales, tanto en sus propios países como en la Unión Europea y en la Eurozona.

¿En qué coinciden estos partidos?

En principios básicos de las políticas económicas neoliberales. Incluyen la necesidad de aumentar la competitividad de cada país como manera de salir de la enorme crisis que han sufrido, aumentando las exportaciones, que serán las que estimularán la economía. Y para alcanzar tal aumento de la competitividad hay que hacer reformas (como las reformas laborales) que en teoría aumentarán la flexibilidad laboral, término que ha significado en la práctica bajar los salarios, medida deseada de tales reformas para  bajar los costes laborales, y así abaratar los precios de los productos y de los servicios cuya exportación se desea aumentar. La ideología que sostiene tal política económica es que, puesto que no se puede devaluar la moneda del país, hay que devaluar los costes de producción, entre los cuales, los costes del trabajo se consideran los más esenciales.

En este aspecto, el gobierno Rajoy es presentado por el establishment europeo como el mejor ejemplo de lo que debe hacerse en Europa. No solo la Sra. Merkel, sino también el Sr. Draghi, Presidente del Banco Central Europeo, el Sr. Juncker, Presidente de la Comisión Europea, el Sr. Dijsselbloem, Presidente del Eurogrupo, y el Sr. Moscovici, Comisario de Economía, han mostrado a España como ejemplo a emular en Europa. En España los salarios y la protección social han bajado enormemente, atribuyéndose (erróneamente) el crecimiento de la economía española al aumento de las exportaciones, resultado de una disminución de precios como consecuencia del descenso de los salarios.

Cada uno de estos supuestos es falso

Estos supuestos, descritos en la sección anterior, están siendo reproducidos constantemente por los mayores medios de información del país, así como por los blogs económicos como Nada es Gratis y centros de investigación como FEDEA financiados o próximos al IBEX-35. Escuchen las entrevistas casi semanales a los grandes gurús económicos en Catalunya Ràdio, en TV3, en La Sexta Noche, entre muchos otros, y verán que todos repiten predeciblemente estos postulados como “dogmas y verdades objetivas de las ciencias económicas”.

Estos supuestos se promueven aun cuando la evidencia científica muestra su enorme falsedad. Vayamos uno por uno:

1. El precio de una mercancía, sea un producto o un servicio, no depende solo de los salarios. Hay muchos otros factores que influyen en la determinación de precios de las mercancías, puesto que en el cálculo de los costes de producción se deben incluir muchas otras variables como, por ejemplo, los beneficios empresariales. En realidad, como bien han señalado Torsten Müller, Thorsten Schulten y Sepp Zuckerstätter en su artículo “Wages and Economic Performance” (en Social Europe Journal, 24.11.16), el llamado “milagro Rajoy” tan cacareado por el establishment europeo liderado por la Sra. Merkel, basado en una enorme devaluación salarial (la mayor en la UE), no se ha traducido primordialmente en una reducción de los precios de las exportaciones españolas, sino en un enorme incremento de los beneficios empresariales. En realidad, España ha sido uno de los países que ha visto crecer más las rentas derivadas del capital, a costa de un enorme descenso de las rentas del trabajo.

2. El éxito de las exportaciones en la UE no depende primordialmente del precio de las mercancías (sean productos o servicios) exportadas, sino de la capacidad de compra de los que importan los productos exportados (que depende mucho de la demanda doméstica del país importador), y sobre todo de la calidad y composición del cuadro de exportaciones del país exportador. El gran éxito exportador alemán, por ejemplo, no está basado en los precios de los productos exportados, sino en su mix exportador, de elevado valor añadido. La centralidad de sus exportaciones en las industrias automovilísticas, químicas y de ingeniería son las mayores causas del gran tamaño del sector exportador.

3. Y el supuesto de que las exportaciones deben ser el mayor estímulo de la economía es profundamente erróneo, como bien muestra la evidencia científica existente. Una prueba de ello ha sido, por ejemplo, la situación económica española durante estos años de crisis. Las clases populares han atravesado (y continúan atravesando) un periodo de enorme dolor debido a la Gran Recesión, y, sin embargo, el sector exportador ha continuado siendo exitoso durante todo el período de la Gran Recesión. El éxito del sector exportador tiene un limitado efecto en el resto de la economía en la mayoría de países de la Eurozona, donde tal sector representa solo un 20% de toda la actividad económica. De ahí que intentar salir de la crisis económica potenciando el sector exportador (que es lo que proponen el PP, Ciudadanos, el PSOE y el PDECat) mediante el aumento de la competitividad sea una propuesta enormemente limitada. Durante muchos años vimos el desastre que significaron las políticas económicas de promoción del sector exportador en América Latina.

¿Qué es lo que debería ocurrir?

La única vía para salir de la Gran Recesión es precisamente aumentar la demanda doméstica para estimular la economía a través de medidas que sigan una dirección opuesta a las que se están aplicando. Y puesto que la mayoría de la demanda doméstica procede de las rentas del trabajo, es condición sine qua non para la recuperación económica que aumenten los salarios (y también el gasto público, del cual el gasto social es el gasto público que se traduce en mayor aumento del consumo y la demanda). Una condición para que ello ocurra es que se refuercen los sindicatos y todos los instrumentos del mundo del trabajo (tales como los convenios colectivos), con un giro de 180º en las políticas públicas del país, que deberían estar orientadas hacia crear buen empleo, no solo directamente (mediante inversiones públicas en la infraestructura social, energética y de comunicaciones del país), sino también indirectamente, exigiendo (por parte de las autoridades públicas) a las empresas privadas que paguen buenos salarios como condición para que sean contratadas por el Estado (sea este central, autonómico o local). El Estado es en cualquier país el mayor contratante de servicios, y debe utilizar esta situación para configurar las prácticas empresariales en el sector privado, a favor del mundo del trabajo.

Y esta notable expansión del sector público debería financiarse a través de reformas a las que el PP, Ciudadanos, el PSOE y el PDECat se están oponiendo, tales como el aumento de los ingresos al Estado mediante mayor gravación real a las rentas del capital, a las rentas superiores, recuperando los impuestos de sucesiones y de patrimonio, y reformando el IRPF, haciéndolo más progresivo y redistributivo, medidas que algunos sectores del PSOE podrían apoyar, aunque ello requeriría un cambio notable en la dirección y el aparato de tal partido, y muy en particular de sus asesores económicos, la mayoría de los cuales proceden de los sectores más neoliberales próximos al mundo empresarial, con el cual han establecido amplias complicidades. Sería de desear que estos cambios en el PSOE ocurrieran para poder ayudar a los cambios tan urgentes y necesarios que España (incluyendo Catalunya) necesita. El bienestar de las clases populares depende, en gran medida, de que haya una amplia base de apoyo a estas políticas opuestas a las políticas neoliberales dominantes, con una amplia coalición de partidos políticos y movimientos sociales que exijan su aplicación y desarrollo, interrumpiendo las políticas que se han ido aplicando llevando al país a una situación insostenible e intolerable. Así de claro.
Fuente: Público.es

martes, 29 de noviembre de 2016

Deportación, parálisis y miedo

Foto: EFE / CSABA KRIZSAN


Higinio Polo
Rebelión


Hace tiempo que en toda Europa suenan las alarmas, y que, en muchos países de la Unión, amplios sectores sociales observan las actitudes xenófobas, racistas e intolerantes propias de la extrema derecha, a veces, con indiferencia (como si no fuera un asunto que les afectase) y, a menudo, con simpatía, asumiendo el discurso fascista que señala al extranjero, al refugiado, al pobre, como una amenaza, como un enemigo, como alguien que merece la humillación y el castigo, la cárcel o la deportación.
La crisis económica, con el recetario neoliberal y la política de austeridad y eliminación de derechos laborales y cívicos que han impulsado la mayoría de gobiernos europeos; los nuevos nacionalismos y movimientos de extrema derecha, y la ciega subordinación de la Unión Europea a Estados Unidos, con el apoyo (abierto, resignado o tácito) a las guerras lanzadas por Washington en Oriente Medio, que han traído la crisis de los refugiados, configuran las hechos más importantes que han hecho estallar las costuras de Europa, sumida hoy en una gravísima crisis. Porque la crisis no la han causado los atentados terroristas, a pesar de su gravedad en Copenhague, París, o Bruselas; ni los refugiados que llegan a Europa: ellos son una de las consecuencias de la irresponsable política exterior que Occidente ha impulsado.

Un somero examen de la situación en Europa constata el reforzamiento de la extrema derecha: desde Francia, donde el Frente Nacional se ha convertido en el principal partido del país, hasta Alemania, donde la aparición de Pegida y de AfD (que ha obtenido buenos resultados en las recientes elecciones regionales alemanas, sobre todo en Sajonia-Anhalt), los dos países que forman el eje de la Unión, pasando por la mayor parte del continente. La extrema derecha holandesa se ha convertido en la principal fuerza política del país. En Hungría, la deriva del gobierno de Orban, con sus propuestas abiertamente xenófobas, le lleva a afirmar que quienes llegan a sus fronteras huyendo de la guerra no son refugiados, sino una amenaza para los húngaros. La pendiente hacia la extrema derecha ha llevado incluso a la Academia Húngara de Ciencias a tomar la decisión de cerrar el Archivo Lukács en Budapest, en una muestra más de la persecución de los instrumentos y del imaginario de la izquierda

En Polonia, el nuevo gobierno de Beata Szydło (con Kaczyński en la trastienda), cabalga también el nacionalismo y el rechazo a los extranjeros, además de intentar borrar de la historia del país el recuerdo de los dignos brigadistas internacionales que combatieron al fascismo en España. La imposición del feroz ajuste en Grecia, con la rendición de Syriza y Tsipras, mantiene un fuerte partido fascista, Amanecer Dorado. Incluso en Francia, la contaminación de las tóxicas ideas de la extrema derecha ha llevado a Hollande a impulsar una ley que anule la nacionalidad francesa en algunos casos de terrorismo; propuesta que, en origen, lanzó el Frente Nacional de Le Pen. Por su parte, el gobierno danés ha aprobado la confiscación de bienes a los refugiados para que sean ellos mismos quienes paguen los gastos que Dinamarca tenga atendiéndolos. Es un robo legal, una vergüenza, una ignominia que empieza a recordar el robo de los objetos de valor a los deportados protagonizado por los nazis en el infierno de la guerra de Hitler. Todos esos gobernantes, como Orban, mantienen que la oleada de refugiados sólo traerá delincuencia y terrorismo a Europa, y otros, como el gobierno británico, se niegan a aceptar refugiados, al tiempo que la sesgada política informativa de grandes medios informativos consigue, al mismo tiempo, que una parte de los ciudadanos dirija su ira no hacia banqueros y gobernantes, cómplices de la gran estafa de la crisis económica, sino hacia los refugiados pobres.

Organizaciones como el Partido Popular danés, el Frente Nacional francés, el Partido del Progreso noruego, el Partido Popular suizo, la Lega Nord italiana, el UKIP británico, el Partido de los Auténticos Finlandeses, el Partido por la Libertad holandés, el FPÖ austríaco, los Demócratas suecos, la Alternativa para Alemania (AfD), entre otros, atizan el miedo y la desconfianza hacia los refugiados y los inmigrantes, presionando a los gobiernos. Junto a ello, la abierta tolerancia de los gobiernos bálticos (en Estonia, Letonia y Lituania) con los grupos de extrema derecha, y, algunos, abiertamente nazis, que lleva a celebrar públicamente hechos protagonizados por el ejército hitleriano en la II Guerra Mundial y a organizar desfiles de los veteranos de las SS, en abierta complicidad con los gobiernos, mientras aumenta la represión contra la izquierda y continúa la conculcación de los derechos cívicos de la minoría rusa en los tres países bálticos. Por no hablar, fuera de la Unión Europea, del cómplice silencio de la gran mayoría de gobernantes europeos ante el horror de Kosovo, y ante la actividad de los grupos nazis y de extrema derecha en Ucrania, cuyo golpe de Estado fue inspirado por Estados Unidos y la Unión Europea, para después apoyar al gobierno golpista de Yatseniuk y Poroshenko. La terrorífica matanza de Odessa, hace apenas dos años, donde los nazis quemaron vivos en el edificio de los sindicatos, a decenas de personas, ni siquiera fue criticada por Washington y Bruselas, cuyos responsables frecuentaron a dirigentes de los partidos de extrema derecha fascista Svoboda y Pravy Sektor. En la Unión Europa, apenas la izquierda comunista ha denunciado la represión en Ucrania, la ignominia del golpe de Estado, la impunidad de los grupos nazis que recorren el país. Ni la derecha, ni la socialdemocracia, ni la mayor parte de esa nueva izquierda surgida de la confusión, ha considerado importante impulsar la solidaridad antifascista con Ucrania, pese a hechos tan graves como la ilegalización del Partido Comunista de Ucrania. Así se ha llegado a la situación actual, donde la impunidad con que actúan las organizaciones nazis hace que sean habituales hechos como los de Lviv, donde un grupo de más de doscientos fascistas atacaron y apedrearon el hotel donde iba a celebrarse un encuentro de homosexuales.

La parálisis de la Unión Europea viene de lejos, y su silencio ante el atropello a los derechos democráticos en los nuevos miembros del Este de Europa, ha sido acompañado por la inoperancia para combatir los brotes fascistas y xenófobos en el conjunto de la Unión. Sin olvidar que sus países miembros aceptaron que la CIA norteamericana, con la connivencia de gobiernos e instituciones europeas, organizase centros clandestinos de detención, y a veces de tortura, en Europa: en Lituania, Rumania, Italia, España, entre otros países, los sicarios de la CIA encerraron e interrogaron brutalmente a personas detenidas en distintos países, que fueron trasladadas ilegalmente en el marco de la “lucha contra el terrorismo”.

A la crisis griega y la amenaza de salida de Gran Bretaña (a la hipótesis del Grexit, se añadió el Brexit), con la suspensión práctica del acuerdo de Schengen que suprimió los controles fronterizos entre veintiséis países europeos, se añade la disolución del proyecto federal europeo: a las tradiciones reservas nacionalistas y de partidos conservadores, se une una parte de la izquierda que apuesta por la liquidación del euro (como en Grecia), y, tal vez, de la propia Unión, hipótesis que en el marco de una crisis económica de la que no se vislumbra la salida, alertan de la voladura de la Unión Europea. ¿Mejoraría la suerte de los trabajadores la disolución de la Unión Europea? Al margen de la evidencia de que la actual Europa neoliberal y las estructuras creadas desde el Tratado de Roma suponen duras hipotecas para la población, y de que el debate sobre las escasas posibilidades reales de abordar su reforma en el actual escenario político lleva a algunas fuerzas a optar por su desmantelamiento, es muy dudoso que las fuerzas populares afrontasen unas mejores perspectivas con la desaparición de la Unión Europea, por no hablar de que los distintos países afrontarían una mayor, y tal vez definitiva, subordinación ante Estados Unidos, además de la desaparición práctica de Europa como protagonista en las grandes cuestiones internacionales.

En las urnas y en las calles, la extrema derecha es cada vez más visible, y, muchas veces, pasa a la acción. Las agresiones contra refugiados en Alemania, las inquietantes y vergonzosas escenas de la policía de algunos países reprimiendo violentamente a quienes huyen de las guerras y la devastación causada en Oriente Medio (en Siria, en Iraq, en Afganistán, en Libia, en Yemen) por Estados Unidos, con el apoyo europeo, forman parte de ese degradado paisaje moral donde se debate una agónica Unión Europea. Aquel hombre que orinaba sobre una mendiga en el puente de Sant’Angelo de Roma; los seguidores futbolísticos que humillaron a otros mendigos en Barcelona, o los entusiastas partidarios de un equipo de fútbol holandés que se divertían lanzando monedas en la Plaza Mayor de Madrid a mujeres que pedían limosna, riéndose de su pobreza, en un gesto de tan feroz inhumanidad, debe llevar a preguntarse dónde estamos, que está ocurriendo. Porque, aunque esas escenas se olvidan con rapidez, revelan que el odio y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno han arraigado en Europa: esos seguidores del equipo de fútbol holandés que humillaron a las mendigas de la plaza Mayor de Madrid, en una situación idónea y con el poder en sus manos, se comportarían como los esbirros nazis de las SS.

Ahora, Europa, atenazada por el miedo, ha optado por un vergonzoso acuerdo con Turquía para la deportación de los refugiados, que ha llevado a Amnistía Internacional a denunciar que el convenio entre Bruselas y Ankara “es una violación histórica de los derechos humanos”. Ese acuerdo con Turquía es similar al suscrito con Marruecos, y ya empieza a tener consecuencias: las patrullas costeras turcas han agredido con palos a precarias embarcaciones de refugiados que intentan llegar a las islas griegas, y la propia actitud del gobierno de Erdogan no llama, precisamente, a la tranquilidad: su exaltado nacionalismo reprime ferozmente a la población kurda del Este del país; bombardea a los kurdos sirios; es cómplice del incendio y la guerra en Siria, donde arma y financia a grupos terroristas; e influye en el conflicto entre Armenia y Azerbeiján por Nagorno Karabaj, atizando las reclamaciones azeríes.

Algunos analistas advierten de que tal vez diez millones de refugiados intentarán llegar a Europa a lo largo del año 2016, y aunque otros observadores rebajan la cifra, las perspectivas alarman a los responsables de la Unión Europea y a los gobiernos, que temen la reacción de una parte de los ciudadanos, sin reparar en que el conjunto de la Europa comunitaria ha acogido a poco más de un millón de personas, mientras que los países de Oriente Medio albergan a la mayoría de los refugiados: Turquía a más de tres millones, Jordania a dos millones y medio, y el pequeño Líbano (que tiene una población de cuatro millones de habitantes) a un millón y medio. La Unión Europea, que se comprometió a acoger a sólo 160.000 personas, aunque ha incumplido sus compromisos, simula ignorar su responsabilidad conforme a la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados , firmada en Ginebra en 1951, que estipula con claridad las obligaciones de los gobiernos. Para justificar su clamoroso incumplimiento, los gobiernos europeos alegan falta de recursos, aunque eso no les ha impedido dedicar ayudas millonarios al sistema financiero, al tiempo que apretaban el dogal a la población y daban prioridad a los pagos a grandes inversores y deudores sobre las necesidades de la población europea más pobre. Por fortuna, miles de voluntarios suplen con su esfuerzo la falta de atención de los gobiernos a los refugiados, y una parte de la población contribuye con ayudas, alimentos, ropa, a paliar la catástrofe humana. La Comisión Europea cree que llegada de refugiados será “uno de los asuntos determinantes para Europa en las próximas décadas”.

Ese es panorama que ha dejado la conjunción de la crisis económica, las guerras imperialistas norteamericanas en Oriente Medio y el acoso a las organizaciones de izquierda y sindicatos obreros en todo el continente: a la destrucción de derechos sociales y obreros dirigida por gobiernos de derecha y gabinetes socialdemócratas; a la imposición de enormes sacrificios a la población, que ha visto aumentar la explotación y ha visto reducidos sus salarios; a la precarización del trabajo y la ruptura de los mecanismos de solidaridad; a la destrucción o el debilitamiento de las organizaciones obreras y de izquierda (sustituidas, a veces, por partidos que han adoptado el neoliberalismo: el ejemplo italiano con el Partido Democrático de Renzi no es el único) gracias a una permanente deslegitimación impulsada desde todos los resortes del poder económico, y, también, a la aparición de nuevos partidos de confuso discurso que huyen de las tradiciones de la izquierda y que suponen, más que la recuperación de la iniciativa, la manifestación del desconcierto, se añade el horizonte de un escenario político dominado por la derecha y la extrema derecha, como ha ocurrido en las recientes elecciones polacas, donde las hipótesis de gobierno se repartían entre la derecha de la Plataforma ciudadana de Tusk y la extrema derecha del partido Ley y Justicia (PiS) de Duda y Kaczyński. Algo similar podría ocurrir en Francia, donde la pérdida de espacio social por la izquierda abre la hipótesis de un enfrentamiento entre la derecha de Fillon y la extrema derecha de Le Pen para las elecciones presidenciales de 2017. Ese reforzamiento de la extrema derecha y de los partidos fascistas, contrasta con la debilidad de la izquierda europea, inmersa en la dispersión, la ilegalización (el Partido Comunista de Ucrania ha sido prohibido), y con la construcción de instrumentos formalmente opositores que ni siquiera se atreven a romper de forma clara con el neoliberalismo y con las ataduras militares de Europa: la tácita aceptación de la OTAN por Podemos es un ejemplo.

En una reciente entrevista, Perry Anderson ilustraba la aparición de fuerzas “reales o potenciales” de oposición con los ejemplos de las manifestaciones en Brasil durante las competiciones futbolísticas de 2014, con las manifestaciones de Estambul y Hong-Kong y, en Europa, con la aparición de Podemos en España. No parece que sean destacamentos relevantes, ni tan siquiera de izquierda en algunos casos, sino más bien episodios efímeros o espejismos. Sólo algunos partidos de izquierda y organizaciones progresistas trabajan para combatir el nuevo monstruo fascista que asoma en tantos lugares de Europa. La indiferencia ante el sufrimiento de los refugiados mostrado por los gobernantes europeos, las escenas de Idomeni, las risotadas de la plaza Mayor de Madrid, son un síntoma de los peligros que acechan, y que anuncian los llamamientos patrióticos, los viejos y nuevos nacionalismos, el rechazo a los “extranjeros”, la violación del derecho internacional y del imperativo deber de socorro a quienes huyen de la guerra de que ha hecho gala la Unión Europea, ignorando los convenios internacionales suscritos y la obligación de respetar los derechos humanos de los refugiados.

Europa se llena de xenofobia, de centros de detención ilegales, de policías y aduaneros, de cámaras de vigilancia, de ataques a centros de acogida, de alambradas. Europa no quiere refugiados de las guerras, mientras la extrema derecha y el fascismo cabalgan sobre el odio al “diferente”, al pobre. Miles de personas que huían de las guerras imperiales de Oriente Medio han muerto ahogadas, forzadas a peligrosas travesías, y seguirán muriendo mientras Europa no habilite vías legales y seguras. Las escenas de los refugiados viviendo entre el fango de los campos fronterizos griegos, los niños perdidos, las miradas de indefensión, la inhumana respuesta de Europa al sufrimiento ajeno.

Mientras el populismo y el nacionalismo vuelven a recorrer el continente, el fascismo reaparece como un indicio que no debe trivializarse porque el fanatismo asociado a tantos exaltados xenófobos y, a veces, seguidores del fútbol podría derivar rápidamente en grupos abiertamente violentos, fascistas: ya ocurrió en Yugoslavia en los años noventa, donde los primeros enfrentamientos que dieron paso a la guerra civil fueron protagonizados por los extremistas más fanáticos de los equipos de fútbol. Cuando la movilización de la extrema derecha europea presiona a los gobiernos y marca la agenda política, la izquierda se debate confusa, temerosa. Organiza la solidaridad y el combate a la xenofobia, pero la respuesta se revela débil, incapaz, por ahora, de cambiar el escenario. La vieja receta fascista de levantar alambradas de espino en las fronteras ha sido adoptada por muchos países europeos. La inhumana Francia de Daladier y Bonnet que encerró a decenas de miles de republicanos españoles, que habían combatido al fascismo, entre campos de arena y cercas de reclusos en las playas de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Gurs, es la Europa de hoy que detiene y encierra a tantos refugiados en los campos griegos, para deportarlos después, en el momento en que parece sucumbir a la parálisis y al miedo, y Estados Unidos sigue arrojando dinamita al voraz incendio de Oriente Medio.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Todo lo que esconde el CETA

Jean-Claude Juncker, Justin Trudeau, Donald Tusk y el primer ministro eslovaco, Robert Fico, durante la firma del CETA este domingo 30 de octubre

Un análisis del recorrido del acuerdo durante las últimas semanas y de los textos firmados finalmente demuestra que, en todo caso, la victoria de la Comisión y sus aliados es una victoria pírrica



ADORACIÓN GUAMÁN / ALEXANDRE MATO PABLO SÁNCHEZ CENTELLAS


El CETA está firmado: la UE y Canadá plasmaron su firma el domingo 30 de octubre en Bruselas. “Lo conseguimos”, dijo la ministra de Comercio de Canadá, Chrystia Freeland, a punto de saltar de alegría entre las sonrisas de los políticos presentes en la Cumbre de última hora convocada tras la ‘rendición’ de Valonia, la región belga que durante dos semanas ha bloqueado el Acuerdo Económico y Comercial Global entre la UE y Canadá.
La puesta en escena y el lenguaje corporal mostraron que la Comisión Europea, los gobiernos del continente y el canadiense y las grandes empresas que han empujado por este Tratado Comercial han salvado un momento crítico. La política comercial comunitaria “ha recuperado su credibilidad”, decía aliviada su responsable en la UE, la comisaria sueca Cecilia Malmström, mientras se escenificaba lo que aparentemente ha sido una victoria frente a sindicatos, organizaciones sociales y ecologistas y sobre Valonia, la pequeña aldea gala del siglo XXI que puso contra las cuerdas al mismísimo Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea.
Pero, ¿realmente han ganado los que apostaban por el tratado? ¿Han sido en vano los esfuerzos de las campañas de las organizaciones sociales y la izquierda europea? Un análisis del recorrido del acuerdo en las últimas semanas y de los textos firmados finalmente demuestra que, en todo caso, la victoria de la Comisión y sus aliados es una victoria pírrica.
Han sido quince días de “presiones increíbles” sufridas por Valonia, la pequeña región de apenas el 1% de la población de la UE, donde se han concentrado todos los poderes políticos (y económicos) hasta conseguir torcer el brazo de su gobierno. El líder de los socialistas belgas y ex primer ministro, Elio di Rupo, llegó a asegurar que tanto él como el ministro-presidente de Valonia, Paul Magnette, habían sufrido coacciones directas de los dirigentes europeos.
También el presidente del Europarlamento, Martin Schulz, en una actitud sin precedentes, ha llegado a presionar al presidente socialista del gobierno valón para que se rindiera a las presiones de la Comisión. El también socialista alemán realizó esas presiones sin la aquiescencia de la Eurocámara, y diversas eurodiputadas/os quieren pedirle responsabilidades.
HAN SIDO QUINCE DÍAS DE “PRESIONES INCREÍBLES” SUFRIDAS POR VALONIA, DONDE SE HAN CONCENTRADO TODOS LOS PODERES POLÍTICOS (Y ECONÓMICOS) HASTA CONSEGUIR TORCER EL BRAZO DE SU GOBIERNO
Las presiones se han librado también en los grandes medios, que han intentando sacarle los colores al gobierno valón por su declive económico, utilizando cuestiones como el reciente cierre de la fábrica de maquinaria Caterpillar para intentar justificar la necesaria apertura a las inversiones extranjeras que se promueve con el CETA. De hecho, aunque en la Comisión afirman que “han respetado con paciencia” los tiempos de las instituciones belgas, Juncker ha reconocido que sus negociaciones habían ido más allá del gobierno federal del país. Un equipo de la Comisión visitó varias veces Namur, capital de Valonia, durante los días del rechazo al CETA para discutir directamente sus objeciones.
La resistencia de la pequeña Valonia representaba en realidad el esfuerzo de miles de activistas que llevan años de campaña contra el CETA y el TTIP, y sumaba las reticencias de otros Estados miembros que no acababan de estar cómodos con el acuerdo en ciernes y que han exigido, al calor de las negociaciones para convencer a la región belga, introducir cambios en el texto de la manera que fuera posible.
En realidad, tras dos semanas de fracasos (un Consejo de Comercio que no pudo firmar el acuerdo, una Cumbre de líderes europeos con el primer ministro belga cabizbajo, incapaz de convencer a los valones, una ministra canadiense llorando, horas interminables de negociaciones...) se podría afirmar que ha sido la Comisión la que ha dado su brazo a torcer.
Es cierto que el presidente Juncker y su equipo, con Malmström al frente, han salvado la cara evitando “un golpe muy serio a la política comercial común y a la credibilidad de la UE”, en palabras de un alto diplomático de un país europeo. Pero tampoco puede negarse que Valonia solo ha bajado los brazos tras conseguir un acuerdo de escala nacional con numerosas condiciones, que también se han plasmado de manera parcial en la Declaración firmada como anexo al CETA. En todo caso, tras la firma quedan numerosos pasos por dar para que el acuerdo con Canadá entre en vigor, de manera provisional primero y de manera total posteriormente.
El camino que le queda al CETA
El primer reto del CETA será conseguir el apoyo de la mayoría simple de las y los diputados del Parlamento Europeo, en una votación que, si no se celebra en diciembre, deberá esperar a febrero. En principio, ese primer trámite no debería dar problemas a las partes firmantes: votará a favor la gran coalición de facto, formada por los conservadores del PP Europeo y el grupo de los ‘Socialistas y Demócratas’, a la que se unirán los liberales del ALDE, el cuarto grupo de la Cámara. La oposición quedará en manos del GUE/NGL, el grupo de izquierdas del Parlamento, y Los Verdes, junto a algunas eurodiputadas/os belgas y franceses.
EL PRIMER RETO QUE TENDRÁ QUE ENFRENTAR EL CETA SERÁ CONSEGUIR EL APOYO DE LA MAYORÍA SIMPLE DE LAS Y LOS DIPUTADOS DEL PARLAMENTO EUROPEO
Es sabido, también, que los socialdemócratas franceses en conjunto están siendo muy combativos en las negociaciones del TTIP, el tratado comercial con Estados Unidos, así que la disciplina de voto socialista podría romperse. En todo caso, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha señalado que su previsión “es que no habrá problemas en el Parlamento Europeo”.
Una vez aprobado el CETA por el Parlamento Europeo, las dos partes procederán a la aplicación provisional del acuerdo. Este es el as en la manga de la Comisión, ya que permitirá que el tratado se aplique sin el tercer paso necesario para su ratificación, la aprobación por cada Estado de la UE. Sin embargo, gracias a las reticencias de Valonia, de numerosos juristas, del Tribunal Constitucional alemán y de varios países, la aplicación provisional sólo se producirá respecto de determinadas partes del tratado y no respecto de la totalidad del capítulo más criticado: el de la protección de la inversión extranjera. Aun así, durante la rueda de prensa tras la firma, el propio primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, ha señalado que “una de las claves es que la entrada en vigor provisional representa el 98% de lo que es el CETA”.

A partir de ahí, el CETA libraría su última batalla, una lid con casi 40 escenarios pues en algunos Estados miembros, como evidentemente Bélgica, el Tratado requerirá la aprobación en los parlamentos regionales. Por esta razón, Bruselas tiembla ante otros ‘valones’ en cualquier rincón del continente y, entre bambalinas, no se descarta que probablemente el acuerdo con Canadá nunca llegue a ser ratificado del todo.
Si finalmente el CETA descarrila porque alguno de los Estados Miembros de la UE no lo ratifica o, incluso, si un Tribunal Constitucional o una institución similar falla en contra de la compatibilidad entre el CETA y alguna de las Constituciones nacionales, finalizaría la aplicación provisional del acuerdo. La duda estriba en saber cuándo va a ocurrir esto ¿será inmediato el cese de la aplicación? ¿Habrá un tiempo mínimo para que el CETA muera definitivamente?
Esta cuestión ha ocupado, entre otras, un lugar central en el debate que ha llevado hasta el sí de Valonia. Si repasamos los documentos publicados tras la negociación en Bélgica se observa que la aquiescencia valona se ha conseguido mediante la adopción de una resolución firmada por el conjunto de autoridades belgas implicadas. Este texto, resultante de la negociación intrabelga, establece condiciones importantes que pueden lastrar la vida del Tratado.
Las condiciones de Valonia
En primer lugar, y como declaración principal, las autoridades implicadas van a realizar a intervalos regulares evaluaciones de las implicaciones sociales y ambientales de la aplicación provisional. Si una de las entidades federadas informa al gobierno belga de su decisión definitiva y permanente de no ratificarlo, éste deberá notificar en un plazo máximo de un año al Consejo la imposibilidad total de ratificación. Valonia y las otras federaciones siguen teniendo en su mano la muerte definitiva del CETA.
EN ALGUNOS ESTADOS MIEMBROS EL TRATADO REQUERIRÁ LA APROBACIÓN EN LOS PARLAMENTOS REGIONALES. BRUSELAS TIEMBLA ANTE OTROS ‘VALONES’ EN CUALQUIER RINCÓN DEL CONTINENTE
Un segundo punto clave es que los distintos Gobiernos belgas también han acordado elevar ante el Tribunal de Justicia de la UE una solicitud de examen de la compatibilidad del mecanismo de resolución de controversias inversor-Estado (ICS) con los Tratados de la UE. Estas regiones han manifestado en ese mismo texto su negativa a ratificar el CETA si se mantiene el capítulo 8, respecto de la inversión extranjera, tal y como está en el texto.
Además, la resolución incluye una previsión de activar la cláusula de salvaguarda en materia de agricultura, y la obligación de que el Parlamento belga apruebe cualquier iniciativa en materia de cooperación reguladora que trate competencias compartidas con Bélgica.
Las reclamaciones valonas contra el CETA también han estado muy centradas en los posibles cambios de la legislación europea en áreas como los productos transgénicos, en concreto sobre su “autorización, comercialización, crecimiento y etiquetado” en suelo europeo. El texto belga “reafirma que el CETA no afectará a la legislación de la UE” sobre estos alimentos, pero no hace mención, por ejemplo, a posibles problemas en la gestión del agua.
El resto del acuerdo intrabelga se vincula con el contenido de la Declaración interpretativa del CETA que llevaba meses fraguándose y que ha sido engordada y acabada in extremis, como único camino posible para sortear obstáculos que parecían infranqueables.
Realmente ¿qué han firmado la UE y Canadá?
El contenido del CETA finalmente firmado no ha cambiado, es exactamente el mismo que rechazó el Parlamento valón y que ha suscitado las críticas de Estados, movimientos sociales, sindicatos e incluso del propio Tribunal Constitucional alemán. Sin embargo, junto con el CETA se ha firmado una Declaración anexa que debe entenderse como parte del acuerdo.
Esta declaración de 12 páginas contiene dos novedades fundamentales respecto de los textos filtrados antes de que Valonia se rebelara. Por un lado, la Declaración se reconoce a sí misma como interpretación obligatoria en el sentido del artículo 31 del Convenio de Viena sobre el derecho de los Tratados. El CETA, por tanto, debe interpretarse según el sentido que le dé esa declaración, que incluye un listado de los artículos específicos a los que afecta y que deben ser interpretados según sus indicaciones.
JUNCKER Y SU EQUIPO TIENEN SERIOS PROBLEMAS PARA SACAR ADELANTE SU AGENDA POLÍTICA Y ESPECIALMENTE UNO DE SUS PILARES, LA POLÍTICA COMERCIAL
Esta contundencia choca con la segunda de las novedades que incluye la Declaración, con afirmaciones que van en sentido totalmente contrario al contenido del CETA. Por ejemplo, en la Declaración se reconoce que del CETA no se va a derivar un trato más favorable para los inversores extranjeros que para los nacionales. Si aplicamos estrictamente esta idea, directamente hemos de eliminar del texto el mecanismo de solución de controversias inversor-estado (ICS), lo cual significaría dejar caer una de las piezas fundamentales del Tratado. ¿Cuál puede ser la solución? ¿Están diciendo realmente una cosa y la contraria? La respuesta puede estar en el propio artículo 31 del mencionado Convenio de Viena, donde se señala que la interpretación de todo tratado debe realizarse en primer lugar atendiendo a su texto y en segundo lugar a las declaraciones anexas. Si se aplica esta norma de manera rigurosa queda claro que, en todo caso, va a primar lo que diga el CETA, lo que sin duda resta valor a la Declaración que tantos esfuerzos ha costado firmar.
El anexo parece escrito para fomentar la tranquilidad. Su preámbulo tiene un aroma conocido y repite las bondades del CETA y sus potencialidades para impulsar la economía, incluyendo afirmaciones como que “el principal propósito del comercio es aumentar el bienestar de la ciudadanía”; el reconocimiento del derecho a regular; el reconocimiento de la capacidad de ambas partes de plantear y conseguir sus “objetivos legítimos de políticas públicas” decididas por sus instituciones democráticas; o la afirmación de que el CETA no rebajará los estándares y regulaciones relativas a la salud, protección del consumidor, ambiente o protección de los derechos laborales. Ambas partes reafirman su compromiso con el principio de precaución y reiteran que la cooperación en materia normativa será voluntaria, algo que es evidente según el capítulo 21 del CETA. No se explica en cambio que si una de las partes decide “voluntariamente” apartarse del método de cooperación debe justificarlo y esta justificación no es sencilla.
A partir de ahí la Declaración aborda los temas que más reticencias y polémica han despertado durante las negociaciones: el derecho a regular de los Estados y sus entidades, los mecanismos de cooperación reguladora, los servicios públicos, el ICS (el mecanismo de arbitraje entre inversor y Estado), el desarrollo sostenible (en cuestiones laborales y ambientales), las consultas con los agentes sociales, la contratación pública, el agua, las pymes o la protección de los pueblos aborígenes de Canadá.
LA LUCHA PÚBLICA DE VALONIA EN LAS DOS ÚLTIMAS SEMANAS HA SUPUESTO UN ESPALDARAZO Y UN RECONOCIMIENTO A LA LABOR DE LAS CAMPAÑAS Y MOVIMIENTOS SOCIALES
En muchos de estos puntos la Declaración es una mera repetición de lo dicho hasta ahora: buenas intenciones sin modificar el texto del CETA. Sin embargo, hay algunas novedades como la mención a los sistemas de seguridad social, que se reconocen expresamente fuera del ámbito del tratado, y quedan exentos de las obligaciones de liberalización establecidas para el conjunto de los servicios en diversos capítulos del CETA.
Otro ejemplo es la materia laboral, ya que se afirma que los mecanismos de sanción por incumplimiento de los estándares laborales (mínimos) serán vinculantes, un extremo que no está establecido en el tratado y que, sin duda, generará confusión a la hora de activar estos mecanismos. Una parte positiva es que se remarca que el CETA no afecta a los derechos de negociación colectiva y de huelga.
Menos clara resulta la parte de la declaración que atañe a la contratación pública: se afirma que ninguna previsión del CETA va a ser un obstáculo para la introducción de cláusulas sociales y ambientales, pero el contenido del Tratado apunta a lo contrario. También se subraya que los stakeholders, o partes con intereses en el CETA, no son solo empresas, sino sindicatos, grupos ecologistas, cosa que hasta ahora no se contemplaba.
La parte dedicada a la protección de la inversión extranjera es la que más profundamente afecta al contenido del CETA. Para matizar la frase comentada sobre la no discriminación entre inversores extranjeros y nacionales, en la Declaración se indica que el “trato igual”  significa que los inversores extranjeros pueden, que no deben, utilizar los tribunales estatales. Además, se clarifica que una modificación normativa no puede ser objeto de un recurso de un inversor, y que sólo las empresas con un claro vínculo con Canadá o la UE podrán utilizar estos mecanismos (lo que no es óbice para que el mecanismo siga siendo una avenida para las empresas de EEUU porque muchas tienen filiales en Canadá).
LA SUERTE DEL TTIP ESTÁ EN SUS HORAS MÁS BAJAS. LOS SOCIALISTAS DEL CONTINENTE ESTÁN DIVIDIDOS Y TIENEN POR DELANTE MUCHAS VOTACIONES PARA AHONDAR EN SUS CONTRADICCIONES
La Declaración incluye cuestiones que ya se habían afirmado como un maquillaje que no cambia el corazón del mecanismo de ICS (jueces seleccionados por su currículum, un código de conducta, normas de remuneración, etc). Ante este contenido, los sectores críticos recuerdan que el principal problema es que el mecanismo de ICS genera una justicia paralela sólo al alcance de las empresas extranjeras, algo que no cambia con la Declaración anexa. Haciendo bandera de esta nueva aproximación a los mecanismos de solución de controversia inversor-Estado, la Declaración confirma la voluntad de la UE de caminar con rapidez y con el apoyo de Canadá hacia una Corte Multilateral de Inversiones.
También es importante señalar que la Declaración incluye la cuestión del agua. Aunque la Comisión había prometido dejar este asunto fuera del acuerdo, el European Water Movement ha analizado el capítulo del CETA sobre ‘Derechos y obligaciones relacionados con el agua’ y concluye que facilitará en Europa y Canadá “el acaparamiento del agua por parte de empresas multinacionales”. Aunque este capítulo considera que el agua no es un bien ni un producto y, por tanto, queda fuera del acuerdo comercial, el European Water Movement alerta de que sus usos posteriores como mercancía (agua potable, saneamiento o riego agrícola) sí abren la posibilidad de que esté sujeta a los mecanismos del CETA. Para contrarrestar estas críticas, se ha introducido una cláusula interpretativa asegurando que “nada en el Acuerdo obliga a la UE a permitir el uso comercial del agua para cualquier propósito”.                                                                
Tras el CETA, ¿está muerto el TTIP?
Juncker y su equipo, la autodeclarada “Comisión política y no de tecnócratas”, tienen serios problemas para sacar adelante su agenda política y especialmente uno de sus pilares, la política comercial. En el último choque de trenes europeo se ha evidenciado cómo, en este tema, lo que debería haber sido un paseo triunfal se ha convertido en una pírrica victoria y esto va a afectar sin duda al TTIP.
La suerte del tratado con los Estados Unidos está en sus horas más bajas. Los socialistas del continente están divididos y tienen por delante muchas votaciones para ahondar en sus contradicciones, sobre todo por sus repetidas sentencias de muerte al TTIP. El tiempo dirá si se materializan estas sentencias de muerte de ciertos políticos franceses y alemanes en horas preelectorales pero, de momento, ponen palos en las ruedas de los Tratados de Libre Comercio de nueva generación. Por añadidura, una gran parte de la ciudadanía conoce el CETA, el TISA --Acuerdo sobre el Comercio de Servicios que negocian 23 miembros de la OMC-- y sobre todo el TTIP.
La lucha pública de Valonia en las dos últimas semanas ha supuesto un espaldarazo y un reconocimiento a la labor de las campañas y movimientos sociales que, en palabras de sus miembros, van a seguir peleando para extender el conocimiento y el rechazo de estos tratados al conjunto del continente. Como apuntan desde los movimientos de rechazo al CETA, “puede parecer que hemos perdido una batalla, pero hemos salido con la moral alta y el grueso de las tropas intactas, no todos pueden decir lo mismo. Ahora no vamos a bajar la guardia, tenemos por delante la votación en el Parlamento Europeo y hay que seguir en las calles”.
AUTORES:
Adoración Guamán
Es profesora titular de derecho del trabajo en la Universitat de València y autora del libro TTIP, el asalto de las multinacionales a la democracia.

Alexandre Mato
Periodista por la UCM, donde cursó un Máster en Relaciones Internacionales.
Antiguo editor jefe de cierre de 'Mercados', ha pasado por la Cadena Ser, Informativos Telecinco y 'El Confidencial'. Colabora con la TVG o Telemadrid. Vive en Bruselas.

FUENTE: CTXT

sábado, 22 de octubre de 2016

Valonia se mantiene firme y Canadá se va sin el CETA firmado

Parlamento valón bloquea el acuerdo de libre comercio de Bélgica y Canadá


Pablo Elorduy
Diagonal

La presión por parte de la Comisión Europea sobre los representantes del Gobierno de la federación de Valonia no surte efecto y Canadá anuncia el fracaso de las negociaciones para la firma del CETA.
Un Estado dentro de un Estado que alberga a la Comisión Europea está cerca de terminar con el tratado de inversiones de la UE con Canadá. La archipresionada Valonia sigue en su negativa de dar luz verde a la aprobación provisional del acuerdo y se estancan las negociaciones para que el Consejo Europeo pueda culminar el proceso de ratificación del texto.

Durante 18 meses, el Parlamento valón ha estado analizando el contenido del tratado, explica Tom Kucharz, de Ecologistas en Acción, "han invitado a empresarios, ecologistas el gobierno canadiense, es impresionante en términos de trabajo democrático que han hecho". Pese al "chantaje" que según Kucharz se ha llevado a cabo esta semana, Valonia se ha mantenido firme. Hasta cinco veces ha sido llamado su Ministro-Presidente a la Comisión Europea y hasta cinco veces el Parlamento se ha ratificado en su 'no'.

"Hay que celebrar que el Parlamento haya resistido al chantaje: les han llamado radicales, les han acusado de no tener ni idea del tratado", explica un optimista Kucharz, que no obstante califica este episodio como "una victoria temporal: lo van a volver a intentar". "La UE seguirá presionando ferozmente al Gobierno de Valonia, incluso el Gobierno de Bélgica presionará al Gobierno regional", advierte.
Un poco antes de las 16h, la ministra canadiense de Comercio, Chrystia Freeland anunciaba que vuelve a su país con las manos vacías. Han sido inútiles sus esfuerzos por convencer a Paul Magnette, Ministro-Presidente de la región de Valonia, el bastión que no ha podido conquistar la presión de la gobernanza europea, que ha realizado un esfuerzo ímprobo para cambiar el mandato del Parlamento de Valonia de no aprobar el acuerdo tal y como está en este momento.

El principal motivo del 'no' valón es el polémico tribunal de arbitraje ISDS, como ha reconocido el propio Magnette. Este capítulo, incluido en el Acuerdo Integral de Economía y Comercio (CETA, por sus siglas en inglés), permitiría a una empresa denunciar a Gobiernos regionales y locales que legislasen contra lo que ellos entendiesen sean sus legítimos intereses. El capítulo de derechos extraordinarios para inversores ha sido considerado por el Parlamento valón "un atentado contra los derechos laborales, sociales y ambientales".

Leer: Cómo algo llamado CETA puede cambiarte la vida
En declaraciones a Diagonal, Lola Sánchez, diputada de Podemos en Bruselas, considera "inaceptable" las presiones que la Comisión Europea ha ejercido sobre el representante del Parlamento valón, una presión que "evidencia que se les está cayendo este castillo de naipes", en referencia al tratado.

Sánchez, que forma parte del grupo de 88 eurodiputados que han enviado una carta de apoyo a Magnette y otros tres altos cargos valones, considera una buena noticia que los belgas se planten, pero advierte del peligro que tiene el comportamiento de los actores proCETA: "Todo el mundo está felicitando a Valonia por mantenerse firme, pero son una barbaridad las presiones de representantes democráticos comportándose poco o nada democráticamente", apunta Sánchez, que apunta que "un primer ministro no puede saltarse un mandato democrático" como se le ha pedido desde la UE.

El pressing Valonia no ha sido el primer síntoma de que la CE y la gobernanza europea han acelerado la máquina para aprobar de manera exprés el CETA. El 5 de julio se aprobaba el tratado como mixto pero se introducía la posibilidad de la aprobación provisional en octubre, antes de la ratificación en los parlamentos nacionales, que es la que se ha discutido esta semana. ¿Por qué tanta prisa?

Para Sánchez, "se dan cuenta de que cuando se conoce el contenido más rechazo hay, además, conocer el CETA permite conocer el TTIP, hay una prisa tremenda para sacar adelante esto lo antes posible, el tiempo juega en su contra". En este sentido, Sánchez recuerda que el negociador canadiense ha pedido que las negociaciones sean "más rápidas" para que no haya "tanto revuelo".

Casi por accidente, Valonia se ha convertido en el epicentro de un terremoto en los tratados de inversiones, tratados que "es cierto que crean riqueza", dice Sánchez, "pero sólo para unos pocos". El sistema federal belga ha impedido que se cierre un tratado que ha sido rechazado por varios departamentos y comunidades autónomas en toda Europa y por más de 2.000 ayuntamientos. "Cuanto más te acercas a la ciudadanía, como es el caso de los Ayuntamientos, más rechazo al tratado te encuentras, incluso en partidos que en niveles superiores aceptan el tratado y en niveles inferiores dicen que no", concluye Lola Sánchez.

Kucharz destaca que otros ministros de la UE han mostrado sus dudas respecto al acuerdo y que esto permitirá seguir adelante en la batalla para que el CETA quede en papel mojado, aunque advierte que sólo la movilización "en la calle" parará el acuerdo.

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/global/31984-ceta-mas-lejos-canada-anuncia-fracaso-negociaciones-con-valonia.html

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