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| Blas Infante |
En el preámbulo de su actual estatuto –costó trabajo sacarlo adelante–,
Andalucía se define como “realidad nacional”, una fórmula que el viejo profesor
Manuel Clavero Arévalo se sacó de la manga, expurgando la bibliografía de Blas
Infante para echarle un pulso a la definición como nación que Cataluña incorporó
al suyo y que luego tumbó el Tribunal Constitucional. ¿Habría existido una
respuesta soberanista similar a la catalana en la comunidad andaluza si se le
hubiera negado el pan y la sal? Probablemente, el profundo sur no hubiera
llegado a tanto, pero tampoco se habría quedado de brazos cruzados.
El Día de Andalucía se celebra cada 28 de febrero, en memoria, como la Diada
de Catalunya, de una derrota que se convirtió en victoria. En el caso andaluz,
el referéndum de 1980 que el Gobierno de la UCD convocó para que los andaluces
decidieran quedarse relegados respeto a Catalunya, Euskadi y Galiza. Las normas
para que fuera posible una victoria andaluza fueron muy estrictas: era necesario
que la adhesión al artículo 151 de la Constitución fuera refrendada por cada
provincia y no fue así en Almería. Hizo falta una negociación política ulterior
en la que se certificó la muerte clínica de la coalición liderada por Adolfo
Suárez, que un año después renunciaba a su cargo, y el largo via crucis del
andalucismo, al no explicar suficientemente su postura y asumir mediáticamente
el PSOE la causa de la bandera verdiblanca.
Treinta y cinco años después del primer estatuto andaluz, el de 1981, el
Partido Andalucista ha sido disuelto después de sucesivos fiascos electorales,
aunque otras tres organizaciones intentan resucitar el andalucismo político. Se
trata de Iniciativa por Andalucía, Izquierda Abierta, que siempre tuvo
personalidad propia pero que se escindió hace una semana de Izquierda Unida para
apostar por un “partido soberano” en la estela de Compromís en Valencia;
completan la terna ‘Andalucía por sí’, una plataforma abanderada por Antonio
Jesús Ruiz, el último secretario general del PA que aspira a ser transversal
respecto a otras siglas políticas y “Somos andaluces”, un partido nacionalista
coordinado desde Málaga por Pedro Altamirano, que ha logrado concitar incluso a
antiguos militantes de partidos tan jacobinos como Ciudadanos y UpyD.
El barrunto del 28-F
Carente de burguesía nacionalista, o simplemente de burguesía, el andalucismo
se sustentó sobre las emergentes clases medias de los 60 y lo 70 y no tanto como
un trasunto de la txapela de Sabino Arana o el seny combatiente de Francesc
Maciá. Más allá del Ideal Andaluz de Blas Infante y de las Juntas Liberalistas
de hace un siglo, la revuelta verdiblanca venía perfumada de estudiantina
madrileña, emigración en media Europa, el nacionalismo internacionalista del Ché
Guevara y los movimientos independentistas del tercer mundo.
Casí cuarenta años después de las manifestaciones multitudinarias del 4 de
diciembre de 1977, que acuñaron el martirologio andaluz de Manuel José García
Caparrós –cuyo asesinato en Málaga sigue sin esclarecer– Andalucía confía más en
sus leyendas –desde La Atlántida de Platón a aquellos celtas de ojos azules que
quizá fundaron Tartessos– y en sus intuiciones. A estas últimas, les llaman
barruntos. Y un barrunto silencioso pero generalizado es que este territorio y
sus pobladores tienen mucho que perder en la actual encrucijada española.
Andalucía celebra su 28 de febrero en pleno debate sobre la formación de
gobierno y la reordenación constitucional de España. El rumor a gritos es el de
que dicho proceso consumará un desequilibrio interno del Estado, ya presente en
los fueros históricos especiales del País Vasco y de Navarra.
Entre 1977 y 1981, los andaluces resucitaron su vieja identidad colectiva,
que habría cuajado en un estatuto propio en septiembre de 1936 si no se hubiera
cruzado por medio el golpe de Estado de Francisco Franco y la inmediata guerra
civil. Para esa reconquista de sus propias señas políticas, hicieron falta
movilizaciones de toda índole, congresos de cultura, la construcción de un
imaginario que superaba localismos y españolismos al uso, al tiempo que se
reivindicaba Andalucía sin entrar a calibrar la unidad de España. Era Andalucía
por sí, sin apelar al españolismo que ahora parece viajar en el mismo tren de
los discursos del PSOE andaluz. Sin embargo, el hecho de haber ganado a la
postre dicho pulso, benefició al conjunto de España, ya que en la práctica
supuso el café para todas las regiones españolas y el acceso a un similar
autogobierno de quienes lo alcanzaron a través del 151 y del 143.
El andalucismo, desde entonces, parecía anestesiado, expresión que
insólitamente acaba de utilizar Juan Manuel Moreno Bonilla, el líder andaluz del
Partido Popular, al desplegar en Sevilla una bandera andaluza de seiscientos
metros que quizá pretenda hacer olvidar la retirada de dichas enseñas a favor de
las rojigualdas en los ayuntamientos de las capitales que dicha formación ha
venido gobernando.
De la anestesia, se sale y hay síntomas de que las viejas reivindicaciones de
1980 vuelven a reactivarse, como intentó inútilmente Izquierda Unida
Convocatoria por Andalucía, en una preocupante situación de postergación
electoral. Hace unas horas, Susana Díaz, apoyada por algunos de sus antiguos
predecesores en la Junta de Andalucía como Rafael Escuredo y José Rodríguez de
la Borbolla, aseguraba que el PSOE llevaba “treinta y seis años peleando por
Andalucía y que nadie fuera más que nosotros”, en clara referencia a la España
de dos velocidades que pudiera esconder la propuesta de Podemos a escala
estatal. Tampoco, en el fondo, hay tanto abismo entre el Estado federal que
propone el PSOE y el planteamiento de Podemos sobre el plurinacionalismo.
Este último pasa porque se clarifiquen las competencias de las actuales
autonomías, la administración de sus recursos –desde los puertos a las empresas
que estén radicadas en las mismas aunque su sede social quede en Madrid o
Barcelona– y que se incrementen, sobre la base de los mismos derechos, en un
modelo que se acercaría al de los cupos actuales, sólo que con mayor
homogeneidad y una cuota de solidaridad para los más desfavorecidos. El
soberanismo periférico podría aceptar dicho modelo, aunque no le satisfaga al
cien por cien, pero al soberanismo españolista no le cuadran las cuentas.
Plurinacionalismo y autonomías.-
Podemos en Andalucía, además, apuesta por un claro equilibro dentro del
Estado plurinacional que enunciara Iñigo Errejón a partir de su propia tesis
sobre Bolivia: “Andalucía no debe ser como las demás, sino como la que más”,
aseveraba poco antes de su fallecimiento el novelista José Luis Serrano,
presidente del grupo de Podemos en el Parlamento de Andalucía y heredero del
andalucismo de la transición. Ese es el eslogan que esgrime ahora, desde esa
misma formación, Teresa Rodríguez, arropada por nacionalistas andaluces de la
talla de Isidoro Moreno, el antiguo secretario general del Partido del Trabajo,
un antropólogo consciente de que el andalucismo de antaño no sólo reivindicaba
una voz propia desde el plano político sino también conquistas identitarias o
socieconómicas como una mayor renta y un menor porcentaje de paro, logros
todavía incumplidos.
Desde las filas podemitas, se rechaza la simple hipótesis de que en el marco
de ese estado plurinacional en el que convivan “naciones, comunidades políticas
y territorios”, Andalucía pueda ser excluida del primer vagón. De hecho, incluso
reclaman un grupo confederal en el Congreso y, para aventar sospechas en este
sentido, el secretario de Organización y diputado por Sevilla Sergio Pascual se
suma a un debate con Compromís, Podemos Euskadi, Podem y la Marea Gallega sobre
“Plurinacionalidad y Patria”, dos conceptos presentes en la Constitución de
Bolivia, cuyo artículo primero reconoce el pluralismo cultural e incorpora a su
artículo 2 el concepto de “libre determinación” de alrededor de cuarenta pueblos
indígenas con treinta y ocho lenguas oficiales, pero eso sí “en el marco de la
unidad del Estado”.
El artículo 3 menciona a la “nación boliviana”, conformada por “las naciones
y pueblos indígenas”, cuyo eco español es la fórmula de la nación de naciones
con que se pretende buscar una solución de compromiso en torno al respeto de las
diferentes identidades. Lo que resulta paradójico, a juicio de ciertos
analistas, es que el modelo administrativo de la Bolivia de Evo Morales se
inspira en las autonomías españolas que ahora parecen en vías de extinción. De
hecho, frente al ministerio de la Plurinacionalidad que propone podemos en
España, Bolivia cuenta con un llamado ministerio de las Autonomías, a quien se
le ha encomendado la tarea de “desarrollar y profundizar el proceso de
descentralización de las entidades territoriales”.
En Andalucía, hoy por hoy, no se habla de nada de esto los bares, más allá
del anticatalanismo que desde las tribunas de la demagogia se intenta inocular
en un pueblo que llamó a Cataluña la novena provincia andaluza y cuya emigración
aprendió hace mucho a que la verdiblanca conviviese con la senyera. Los
andaluces, hoy por hoy, no exigen un referendum de autogobierno, es cierto.
Hasta que no tengan más remedio que hacerlo. Sobre todo, si al albur de su sexto
sentido sospechan que puede vulnerarse un criterio de igualdad territorial que
les afecte, a favor de distingos poliédricos.
El futuro de las diputaciones.-
Sin embargo, a partir del controvertido pacto entre PSOE y Ciudadanos, en
Andalucía preocupa el futuro de las diputaciones provinciales: casi todo el
mundo está de acuerdo en su anacronismo pero nadie –sobre todo en los municipios
de menos de veinte mil habitantes– querrían desvestir a un santo antiguo sin
vestir a otro nuevo. Por no hablar del empleo que generan y del cometido y
sueldo extra que supone para los partidos y sus representantes.
El Consejo de Alcaldes sería insuficiente para asumir las competencias de las
anticuadas corporaciones provinciales. Tampoco parece que vaya a salvarlas
Podemos, crítico con las diputaciones y partidario de que cada nacionalidad,
comunidad o territorio divida su ámbito jurisdiccional como más funcional les
resulte, modificando si fuera preciso el actual ámbito de las provincias. Hasta
ahora, los intentos de modificar dicho mapa administrativo ha resultado fallido:
tanto Cataluña como Andalucía intentaron comarcalizar su entorno y no pudieron o
no supieron hacerlo más allá de la creación de mancomunidades que viene
resultando complejo amortizar y que, a veces, solapan las funciones de las
diputaciones.
Así las cosas, la única formación que parece sostener a pie firme esta última
bandera, es la del Partido Popular, cuyos hermanos mayores de AP rechazaron el
primer estatuto de autonomía y que incluso, a la postre y a partir del
andalucismo de Javier Arenas, ha terminado asumiendo a Carlos Cano, quizá por no
mirar a otro lado cuando el cantautor granadino –que hubiera cumplido setenta
años a finales de enero–, preguntase “no sé por qué te lamentas/ en vez de
enseñar los dientes/ ni por qué llamas mi tierra/ a aquello que no defiendes”.
Hace unos días, me pareció apreciar que el respetable aplaudía con más ganas que
antes cuando Pasión Vega recreaba “Las murgas de Emilio El Moro”, que acababan
diciéndole a Andalucía: “Si en vez de ser pajaritos/ fuéramos tigres bengala,/ a
ver quien sería el guapito/ de meternos en una jaula”.
Juan José Téllez
Fuente. Público.es