Mostrando entradas con la etiqueta Capitalismo contemporáneo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Capitalismo contemporáneo. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de abril de 2017

Japón en el laboratorio: economía política del Abenomics



Alejandro Nadal

La economía japonesa es un gran experimento sobre la evolución del capitalismo. Desde los orígenes de su proceso de industrialización a partir de la restauración Meiji en el siglo XIX hasta las políticas recientes para salir del estancamiento, las lecciones se multiplican. Nadie interesado en el devenir del capitalismo debe ignorarlas.

Durante el periodo 1950-1973 la economía japonesa mantuvo tasas de crecimiento del PIB superiores a 11 por ciento en promedio. Pero después de esos años el ritmo de la expansión comenzó a debilitarse. El crecimiento en la década de los 80 ya estuvo marcado por la ralentización, con tasas promedio de 4.6 por ciento. Ese crecimiento estuvo impulsado por episodios de inflación en los precios de bienes raíces, mejor conocidos como burbujas. El efecto riqueza que acompañó esos eventos proporcionó un impulso artificial al crecimiento.

En 1990 una de esas burbujas creció de manera desorbitada y reventó con mayor fuerza. Le siguió un proceso de crecimiento mediocre (0.73 por ciento anual entre 1993-1999). Los economistas no podían interpretar la causa de esta década perdida. A pesar de mantener bajas tasas de interés y un persistente déficit público, la economía japonesa siguió sin responder. Después de 10 años de crecimiento cercano a cero, entre 2000 y 2007 se presentaron síntomas de una mediocre recuperación con tasas de expansión de 1.5 por ciento. El enigma se hacía más interesante porque en esos años se introdujeron recortes en el gasto público, lo que en teoría debería haber frenado más el crecimiento. Y después vino la crisis de 2008: a partir de ese año el crecimiento volvió a su ritmo letárgico, con una tasa promedio anual de 0.22 por ciento. Hoy los economistas tradicionales siguen sin poder identificar las causas de la enfermedad que aqueja la economía japonesa.

En 2012 el nuevo primer ministro, Shinzo Abe, comenzó a aplicar un paquete de medidas de política económica para sacar a Japón del estancamiento en el que se encuentra desde 1992. Fue anunciada como una mezcla de tres flechas: dos de inspiración keynesiana y una de tipo neoliberal y con un enfoque sobre el lado de la oferta (que en la jerga anglo-sajona se conoce como supply-side economics). A esa combinación la entusiasta prensa internacional de negocios la bautizó con el nombre de Abenomics.

El primer componente es de política monetaria ‘no convencional’. Consistió en inyectar mayor liquidez y reducir tasas de interés a cero (y hasta terreno negativo) para inducir a un mayor consumo. La meta era alcanzar una inflación de 2 por ciento anual. La postura de flexibilidad cuantitativa ha llevado a una expansión aparatosa de la base monetaria, pero su impacto sobre el crecimiento ha sido nulo.

El segundo elemento fue un incremento del gasto público y condujo a un fuerte déficit público. Pero al mismo tiempo, el paquete incluyó un aumento del IVA de 5 a 8 por ciento con un efecto recesivo y regresivo a la vez. Se planteó por ley un aumento de 10 por ciento en abril de este año, pero lo más probable es que no se aplique dicha medida.

El tercer componente del paquete es de corte neoliberal: introducir reformas estructurales, reducción de impuestos a corporaciones y desregulación de mercados, especialmente del mercado laboral.

Abenomics es una mezcla de toda clase de medidas aplicadas simultáneamente: Keynesianas en el lado fiscal (aunque con impuestos recesivos), neoliberalismo y supply-side economics, política monetaria expansiva no convencional y una postura cambiaria devaluatoria.

¿Cuáles han sido los resultados? Para empezar, el crecimiento del PIB sigue siendo mediocre. Incluso la tasa de expansión sigue situándose por debajo del nivel que se tenía antes de iniciar la aplicación del paquete de medidas de Abenomics. El gasto de los hogares no se ha podido estimular y sigue estancado. Además, el objetivo de alcanzar una inflación de 2 por ciento tampoco se ha podido cumplir. Y como era de esperarse, tampoco se ha logrado la anhelada reducción del déficit fiscal y la deuda pública como porcentaje del PIB sigue en aumento.

La expansión monetaria del Abenomics condujo a una devaluación del yen japonés. Pero el efecto sobre el sector exportador no pudo contrarrestar el impacto de la contracción del mercado internacional provocada por la crisis. La balanza comercial pudo arrojar un superávit en 2016 pero sólo porque las importaciones se redujeron 16 por ciento.

En general, el paquete Abenomics presenta un saldo negativo. Ese resultado era de esperarse porque la economía japonesa sufre una deflación crónica que se acompaña de una crisis de hojas de balance en la que todos los sectores de la economía tratan de reducir sus niveles de endeudamiento. Y ese tipo de crisis, como bien lo ha señalado Richard Koo, tarda muchos años en superarse. Lo más importante es que desde el punto de vista de la clase trabajadora, el impacto es más bien tenebroso. Y es que el objetivo del paquete era simple y llanamente aumentar la tasa de explotación de la fuerza de trabajo.

Alejandro Nadal Economista. Miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/03/29/opinion/025a1eco


lunes, 27 de marzo de 2017

¿Existió alguna vez la “época dorada” del capitalismo?




Alejandro Nadal

En muchos círculos de todo el espectro político se habla de una época dorada del capitalismo. La referencia es al periodo que arranca con el Nuevo Trato impulsado por la administración Roosevelt durante los años de la gran depresión y termina hacia finales de la década de los años 1970.

Entre 1945 y 1970 la economía estadounidense experimentó un incremento sostenido en el ingreso promedio de la población y una expansión casi sin precedentes de la clase media. Casi todos los observadores concuerdan en que durante esos años se consolidó una especie de paz social en la que capital y trabajo convivieron para generar un auge económico sin precedente. Hoy la nostalgia por la época dorada hace soñar a muchos a lo largo de todo el espectro político.

Pero, ¿realmente existió esa “época dorada”? Es una pregunta importante y compleja. Nuestra visión sobre la evolución del capitalismo en los tiempos que corren depende de la respuesta. Los objetivos estratégicos de la acción política de partidos, sindicatos y todo tipo de organizaciones también están condicionados por ella. Para simplificar el análisis podemos hacer referencia en primer lugar a la economía de Estados Unidos. No es casualidad que la referencia geográfica para ese periodo de auge sea ese país pues en él nunca existió otra cosa que el modo de producción capitalista.

Para empezar hay que reconocer que entre 1945-1970 la economía de Estados Unidos efectivamente mantuvo altas tasas de crecimiento de manera sostenida. Y durante esos años se alcanzó algo muy cercano al pleno empleo y el crecimiento de los salarios fue constante. Por esos resultados se considera que fueron los años dorados del capitalismo, tanto en círculos conservadores como en espacios más críticos y hasta radicales.

Son muchos los factores que explican este proceso de crecimiento. Uno de ellos tiene que ver con las nuevas oportunidades de rentabilidad que se abrieron para la inversión. Otro se relaciona con el mantenimiento de una demanda agregada apuntalada por salarios que acompañaron los aumentos en productividad. La reproducción de la fuerza de trabajo pudo realizarse gracias a ese crecimiento de los salarios.

Por otra parte, las élites en Washington fueron muy hábiles para explotar la hegemonía estadounidense en la posguerra. En especial, el sistema de Bretton Woods ofreció ventajas singulares a la economía estadounidense al mantener una demanda constante de dólares. No fue sino hasta la primera mitad de la década de 1970 que el régimen de Bretton Woods se desintegró y Estados Unidos tuvo que inventar otro sistema para asegurar la demanda artificial de dólares. Eso lo logró a través de un acuerdo con Arabia Saudita para que sus ventas de petróleo se hicieran en dólares, pero esa es otra historia.

En las narrativas que hablan sobre la época dorada aparece un común denominador. Se dice que el régimen económico estuvo basado en una tregua entre capitalistas y trabajadores. El respiro en la lucha entre clases habría nacido con el Nuevo Trato de Roosevelt diseñado para afrontar los efectos de la gran depresión. Pero un análisis más detallado revela que la supuesta tregua no fue sino una guerra de posiciones y de preparación para la ofensiva final del capitalismo.

Al inicio de la depresión el movimiento sindical en Estados Unidos era débil. Pero entre 1937-1947 la membresía sindical se multiplicó por un factor de cinco y alcanzó los 15 millones de trabajadores. Entre 1945-1970 estallaron más de cien huelgas importantes en sectores estratégicos: estibadores, trabajadores ferroviarios y obreros industriales en diversas ramas. Una de las huelgas más importantes fue estallada a escala nacional por trabajadores de General Electric en 1946. De ahí nació en la empresa un modelo para promover negociaciones directas con los trabajadores a nivel individual y así marginar a sindicatos y organizaciones obreras.

Las estructuras empresariales nunca vieron con buenos ojos las políticas del Nuevo Trato. Para 1945 sus objetivos pasaron a la destrucción de las bases de la contratación colectiva y a la recuperación del control sobre el proceso de trabajo en talleres y fábricas. La guerra ideológica se llevó a las universidades a través de organizaciones que financiaron todo tipo de proyectos sobre las virtudes del libre mercado y los peligros del autoritarismo y la corrupción sindical. Al arrancar la guerra fría el capital buscó recuperar la hegemonía ideológica, al acusar al sindicalismo y a la intervención estatal de “acercarse al comunismo”. Al final de la década de los setenta, el movimiento sindical había comenzado a fragmentarse y debilitarse.

En síntesis, las condiciones económicas que dieron lugar a la llamada “época dorada” del capitalismo fueron excepcionales y no volverán a repetirse. La supuesta tregua entre capitalistas y trabajadores corresponde a una mala interpretación de los hechos. Hoy que estamos en plena crisis del neoliberalismo no hay que hacerse ilusiones sobre un pretendido regreso a una mítica época dorada del capitalismo.

Fuente: Sinpermiso

 

lunes, 20 de marzo de 2017

Reino de España: Los salarios sufren la mayor caída desde 2013



Carlos Sánchez 18/03/2017

Malos tiempos para los sueldos. La Encuesta de Coste Laboral ha revelado una caída del 0,8% en 2016, lo que supone el mayor descenso desde el primer trimestre de 2013

La recuperación de la actividad económica —el PIB crece a un ritmo anual del 3%— sigue pasando de largo por los salarios. Lo dice la Encuesta de Coste Laboral que realiza trimestralmente el Instituto Nacional de Estadística (INE), que revela el mayor descenso de los salarios desde el primer trimestre de 2013, cuando caían a un ritmo del 1,4%. Es decir, desde el comienzo de la recuperación económica tras un quinquenio en recesión.

En concreto, los salarios —sin incluir otros costes— descendieron un 0,8% en el último trimestre de 2016 en términos anuales. Eso significa dos trimestres consecutivos con tasas negativas. Si se incluyen otros costes, como las indemnizaciones por despido, los pagos por incapacidad o por desempleo, el resultado es elocuente. Los costes laborales acumulan cuatro trimestres consecutivos con crecimiento anual en negativo.



Del coste total por trabajador y mes en el que incurre un empleador por la utilización del factor trabajo, 2.010 euros corresponden a salarios y 588 euros a cotizaciones obligatorias a la Seguridad Social. El resto corresponde a indemnizaciones o prestaciones sociales pagadas por el empleador.

Los datos del INE contrastan con los que ofrece la estadística de convenios colectivos, que refleja que los salarios subieron el año pasado un 1,1%. Es decir, hay una distancia de nada menos que 1,8 puntos entre ambos indicadores.

La causa de esta discrepancia tiene que ver con la diferente metodología utilizada. Mientras que la Encuesta de Coste Laboral registra, a través de una muestra, el sueldo de todos los asalariados por los que haya existido la obligación de cotizar a la Seguridad Social al menos un día durante el mes de referencia, con independencia de su modalidad de contrato y de su jornada de trabajo, el ámbito de información de los convenios es muy inferior. Según los datos de Empleo, algo más de 7,9 millones de trabajadores pactaron sus relaciones laborales en 2016, lo que supone cerca del 50% de los asalariados.



En todo caso, la encuesta de salarios es la que utiliza Eurostat, la agencia estadística de la UE, para hacer comparaciones homogéneas y elaborar el índice armonizado. Es, por lo tanto, el indicador de referencia. Esto es así porque las autoridades económicas pretenden analizar con la encuesta si la convergencia en términos reales se está produciendo entre estos países y, en especial, si se tiende a una equiparación de los costes laborales por unidad de trabajo en Europa.

Coste por hora trabajada

La información del INE detalla, igualmente, el salario por hora trabajada. Y en este caso, el resultado es también distinto. El coste laboral por hora crece a un ritmo anual del 0,6%. Este aumento, precisa Estadística, contrasta con el descenso del coste por trabajador, y la explicación que ofrece para aclararlo es que la discrepancia se debe a la bajada del 1,4% en el número de horas efectivas de trabajo. De hecho, si se elimina este efecto y el de distinto calendario laboral, el descenso estimado del coste por hora trabajada se sitúa en un 0,6%.

Hay que tener en cuenta que durante el cuarto trimestre de 2016 la jornada semanal media pactada en las empresas, incluyendo tiempo completo y tiempo parcial, fue de 34,2 horas. De estas, se pierden de media 5,1 horas a la semana, la mayoría de ellas debido a las vacaciones y fiestas disfrutadas (3,5). Si se añaden las horas extra y se restan, como dice el INE, las horas perdidas, la jornada se reduce a 29,3 horas efectivas de trabajo.

No todos los sectores han visto evolucionar sus salarios de forma homogénea. Al contrario. En la industria, destaca el crecimiento de todos los componentes del coste laboral, a excepción de las otras percepciones no salariales (indemnizaciones por fin de contrato, pagos compensatorios, pequeño utillaje, ropa de trabajo, selección de personal, etc.). La construcción, como sostiene el INE, presenta el mayor descenso del coste laboral total, especialmente del salario ordinario. En los servicios, con un mayor peso en el conjunto de la ocupación, el coste laboral total baja a un ritmo del 1% en tasa anual. En este sector destaca la disminución de los otros costes, en especial, las indemnizaciones por despido.

La horquilla salarial por regiones fluctúa entre los 2.385 euros que percibe al mes, como media, un trabajador en Madrid, y los 1.647 euros de Extremadura.

Carlos Sánchez Periodista económico, director adjunto de El Confidencial. Es autor de "Los Nuevos Amos de España" y "Dinero Fresco".
Fuente: SinPermiso -
http://www.elconfidencial.com/economia/2017-03-16/salarios-encuesta-convenios-indemnizaciones-despidos-hora-trabajada-ine-contratos-temporal-tiempo-parcial_1349860/



lunes, 23 de enero de 2017

Donald Trump y el nuevo orden mundial que se avecina



Gabriela Simon

Con su orientación nacionalista, Trump abandona las estrategias hegemonialistas de la política estadounidense y deja el camino expedito a quienes estén dispuestos a cargar con responsabilidades globales. Este texto versa sobre las oportunidades y los riesgos que ofrece el cambio que se avecina en la política mundial.

Como muy tarde después de la desaparición de la Unión Soviética, quedó en el aire la cuestión sobre el modo en que los EEUU, la superpotencia sobreviviente, abdicaría y saldría de escena. Había al respecto diversas teorías. La mayoría se inclinaban por los desbordantes déficits económicos de los EEUU, el déficit comercial y el endeudamiento público. Podría ocurrir, según una tesis particularmente estimada, que un buen día esos déficits llevaran a un desplome, en el transcurso del cual el dólar perdería su función de moneda de reserva mundial y los EEUU, su supremacía política planetaria.

O bien, esta otra tesis: en caso de conflicto, Rusia y China podrían lanzar al mercado sus considerables reservas de títulos del Tesoro norteamericano y desencadenar un desplome de los bonos estadounidenses y del dólar.

Nada de todo eso ocurrió. Ni siquiera la grave crisis financiera de 2008 logró afectar a la hegemonía estadounidense. A despecho de una deuda pública rayana en los 20 billones de dólares, los inversores siguieron considerando los bonos del Tesoro norteamericano y el dólar inversiones seguras, particularmente apetecibles en tiempos de crisis.

Con la elección de Donald Trump como nuevo Presidente de los EEUU las cosas están ahora claras. Análogamente a como hizo su otrora contraparte a fines de los años 80, la superpotencia EEUU se despide con una suerte de implosión. Debilitada y dividida internamente como está, no puede ya seguir sus estrategias imperiales. Y como le ocurrió a la Unión Soviética, no hay desplome a la vista que precipite el fin, sino que se trata de un cambio político inesperado que, bien mirado, no resulta en absoluto tan sorprendente.

Decidiéndose por Trump, los electores norteamericanos han sacado el foco de la política estadounidense encumbrada en su papel de dirección global para bajarlo a las llanuras de la sociedad norteamericana, a las realidades menos lustrosas de la vida cotidiana en las regiones económicamente deprimidas y en las comunidades socialmente desarboladas.

Visto así, tiene cierta lógica que también hayan echado por la borda la fe en el progreso y las pretensiones de modernidad y liberalidad con que los EEUU habían fundamentado su papel dirigente y hayan hecho Presidente a un nacionalista reaccionario que promete dar marcha atrás a la rueda de la historia y que en campaña electoral se ciscó a calzón quitado en los valores de la nación norteamericana moderna y globalizada.

La hegemonía global se funda en la capacidad de integrar en el propio poder y en los propios intereses estratégicos a otros Estados de modo tal, que esos Estados vean también en ello ventajas para sí mismos y terminen, más o menos voluntariamente, cooperando.

Los países industrializados occidentales necesitan mantener su posición hegemónica para asegurarse a escala planetaria el acceso a mercados comerciales, recursos minerales, empresas estatales, tierras fértiles y fuerza de trabajo barata. Por eso en su modelo de dominación las estrategias de libre comercio y permanente apertura de mercados y sociedades a los intereses de los negocios del capital mueble juegan un papel central.

Pero para que ese modelo de dominación funcione, los países industriales rectores tienen que pagar un precio. Los puestos de trabajo se marchan a países con salarios más bajos. Más y más desarraigados procedentes del Sur cruzan hacia el Norte las fronteras en busca de mejores oportunidades vitales. En la campaña electoral estadounidense, esos asuntos jugaron un papel importante, y no sólo para Trump. También el candidato de la izquierda, Bernie Sanders, criticó las estrategias de libre comercio de los EEUU y sus consecuencias para los trabajadores norteamericanos.

Así, por ejemplo, el tratado de libre comercio para América del Norte (NAFTA) suscrito por EEUU, Canadá y México habría costado cerca de 700.000 puestos de trabajo a los EEUU. Desde la incorporación de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, se han perdido más de 2 millones de empleos industriales. Mientras que las grandes empresas estadounidenses pudieron construir y afianzar su papel dirigente a escala planetaria, los trabajadores de su propio país perdieron puestos de trabajo estables y poder de negociación sindical.

A lo que hay que añadir otro efecto lateral indeseado. El conjunto de países en el umbral del desarrollo, señaladamente China, ha conseguido sacar provecho de los mercados mundiales, armar su fortaleza económica y poner en cuestión el dominio global de los países industriales occidentales.

Pronto será China –por su PIB— la mayor potencia económica del mundo. En algunos grandes países en vías de desarrollo los estratos medios han experimentado un auge sin precedentes, mientras que, en cambio, la situación de los trabajadores y de las capas medias bajas en los países industriales hasta ahora dirigentes no mejoró o empeoró. Mientras en los EEUU de la crisis financiera muchas personas de clase media se quedaron sin techo, en China un simple trabajador podía convertirse en multimillonario.

La agenda hegemonial de los EEUU se ve, pues, confrontada, por un lado, con la creciente insatisfacción de los trabajadores y los estratos medios desclasados y, por el otro, con el creciente poder de los países en vías de desarrollo robustecidos económicamente, los cuales pretenden ahora –sobre todo los BRICS: Brasil, Rusia, India, China, Suráfrica— codeterminar las reglas del juego de la economía mundial y sus instituciones.

En ese telón de fondo, la victoria electoral de un político nacionalista como Donald Trump representa un punto de inflexión. Trump ha anunciado en su campaña electoral que los EEUU no seguirán pagando el precio de sus estrategias hegemónicas. Ni pérdida de puestos de trabajo, ni inmigración procedente del Sur, ni transferencias de poder en desfavor de los EEUU.

Trump y el final de un proyecto antidemocrático

“Podemos darle la vuelta a todo, y podemos hacerlo rápido”, prometió Trump con la vista puesta en la masiva perdida de puestos de trabajo en industrias tradicionales como el acero y la producción automovilística. Trump quiere “traer de vuelta” los puestos de trabajo y “hacer grande de nuevo a América”.

Para conseguir darle la vuelta a todo, Trump se propone, entre otras cosas, llevar a cabo un giro radical en la política comercial. Un giro que convertiría la actual arquitectura de la política estadounidense de libre comercio en una escombrera.

El Tratado de Asociación Transpacífica (TPP), ya firmado, es según Trump, “un desastre potencial para el país”, razón por la cual quiere rescindirlo desde el comienzo mismo de su mandato. El Tratado de Libre Comercio para América del Norte (NAFTA) –“el peor negocio de todos los tiempos”— deberá ser renegociado. El TTIP, el planeado tratado entre la UE y los EEUU, ha sido discretamente congelado por la UE desde el triunfo electoral de Trump. Contra China procederá Trump con aranceles punitivos y pleitos en la OMC.

Lo cierto es que en nada de lo que se propone puede estar más seguro Trump de que encontrará un amplio apoyo en la sociedad norteamericana. Hasta Hillary Clinton tuvo que distanciase –ya fuera retóricamente— del TPP en la campaña electoral. Dennis Williams, presidente del sindicato obrero automovilístico United Automobil Workers (UAW) –400.000 afiliados—, que apoyó a Clinton en la campaña electoral, ofreció a Trump inmediatamente después de su victoria colaboración en este punto. De modo parecido se manifestó Richard Trumka, jefe de la poderosa federación sindical AFL-CIO.

La perspectiva de un final abrupto del gran proyecto occidental de libre comercio propició desconcierto e inseguridad en el otro lado del Atlántico, no menos que en el otro lado del Pacífico. Porque el TPP y el TTIP eran mucho más que meros tratados de libre comercio. Con ellos quería defender Occidente su poder para determinar las reglas de la globalización.

Los países industriales dirigentes habían venido teniendo cada vez más problemas para imponerse en la OMC. Porque la situación había cambiado fundamentalmente gracias al robustecimiento de países en el umbral de desarrollo como India, China y Brasil. Los países del Sur global tenían ahora, en conjunto, más poder negociador. Les fue, por ejemplo, posible, disponiendo de suficiente personal calificado y de representantes en todas las comisiones de trabajo, observar y percatarse de los distintos riesgos que podían correr. En suma: la OMC se convirtió en una organización relativamente democrática.

Demasiado democrática para el gusto de occidente. La “Ronda de Doha” puesta en marcha por la OMC en 2001 con gran alarde publicitario, y en la que tenía que negociarse un ambicioso programa global de libre comercio, fracasó porque no pudieron ponerse de acuerdo en torno a las propuestas de los países industrializados. Los EEUU pasaron entonces a formar coaliciones con sus partidarios promoviendo los proyectos TTIP y TPP, a fin de poner bajo presión al resto del mundo.

Complementariamente, la UE negoció con Canadá el Tratado CETA. Los Estados africanos y caribeños fueron forzados por la UE a firmar tratados de libre comercio bajo la amenaza de retirarles los beneficios aduaneros para sus exportaciones existentes desde hacía décadas. También con –hasta ahora— tres Estados de la Comunidad andina (Perú, Colombia y Ecuador) logró este tipo de tratado la UE.

Si todos esos tratados entraran en vigor, estaría ya una parte considerable del planeta sometida a un régimen de libre comercio que afecta a ámbitos vitales de prestación de servicios, seguridad alimentaria y acceso a medicamentos, lo que redundaría en el ulterior robustecimiento del poder de las empresas que actúan a escala global frente a los Estados y las sociedades.

El acceso a los mercados de los Estados que no participaran empeoraría notablemente. De modo que incluso Estados ya en el umbral del desarrollo, como India y China, pueden ser presionados para firmar tratados de este tipo o para sumarse a acuerdos ya existentes.

“Nosotros” deberíamos determinar las reglas de juego de la globalización, ha repetido también una y otra vez el gobierno alemán, y no deberíamos dejárselo a “los chinos”. Efectivamente, TPP, TTIP y compañía siguieron desde el comienzo un curso antidemocrático. Se proponían instalar un régimen global de libre comercio contra la voluntad de la mayoría de los miembros de la OMC.

Que ahora precisamente un magnate económico neoliberal como Donald Trump se proponga impedir ese proyecto antidemocrático, parece una ironía de la historia. Pero acaso se trate también de una astucia de la historia. Pues precisamente éste sería el papel que habría tenido que jugar el candidato de la izquierda, Bernie Sanders. Sanders ya había pronosticado acertadamente en 1993 los efectos desastrosos del Tratado NAFTA, y ha convertido la crítica al TPP en uno de los temas importantes de la precampaña electoral Demócrata. Pero fracasó como candidato a Presidente ante Hillary Clinton.

Sanders es sin la menor duda el crítico más solvente y más creíble de la política de libre comercio. Pero, como Presidente de los EEUU, ¿habría podido imponerse con una desviación tan radical de las estrategias hegemónicas de los EEUU? ¿No habría estado en una posición todavía más desventajosa que la de un Barak Obama que tenía tras de sí a todo su Partido?

No es difícil de imaginar la concertada cacería contra un Sanders Presidente a la que se habrían librado Wall Street, los medios de comunicación “respetables”, los Republicanos, el establishment de los Demócratas y el habitual séquito de economistas apoltronados. Se le habría reprochado un vétero-socialismo rancio y tan ajeno a la realidad como cabezonamente dispuesto a arruinar la economía y a poner en riesgo la creación de puestos de trabajo. En caso de que hubiera osado simplemente a rescindir el acuerdo TPP firmado por Obama, se lo habría declarado una peligrosísima amenaza para el conjunto de la economía mundial.

Por loco que ello pueda parecer, lo cierto es que el crudo nacionalista Donald Trump parece ser el hombre adecuado para esta tarea. Tiene con su Partido mayoría en ambas cámaras del Congreso. Con su obstinación, su rudeza, sus deliberados juegos de confusión y su consecuente desprecio por la corrección política, Trump ha demostrado tener una independencia y una fuerza que ya le permitieron imponerse electoralmente a los medios de comunicación y al conjunto del establishment.

Tal vez se necesite a alguien como Trump para sacar a los EEUU de su papel de superpotencia. A alguien que pueda transmitir creíblemente que así les irá mejor a los ciudadanos estadounidenses y que América recuperará su vieja grandeza.

Vuelta a la política clásica de la gran potencia

En la mentalidad empresarial de Trump, los tratados multilaterales de libre comercio a largo plazo tienen la desventaja de que los EEUU no pueden hacer valer plenamente su poder económico y geoestratégico en cada momento y en cada país concreto, porque quedan atados por acuerdos engorrosamente generales.

Tampoco la política exterior instigadora de cambios de régimen político con la que Obama y sus precursores han intervenido a fuego en guerras civiles interminables ha tenido para las grandes empresas estadounidenses más que una utilidad muy limitada. La estrategia de confrontación con Rusia no fue, desde luego, un buen negocio. Putin no cayó, sino que intensificó su colaboración con China y los otros Estados BRICS, con el resultado final de que los cambios en las relaciones de fuerza global dieron un impulso adicional a los Estados BRICS. Para el mundo norteamericano de los negocios, Trump puede darles probablemente más consiguiendo el acceso a las inmensas riquezas rusas en materias primas a través de una política de acuerdos y cooperación.

Para “recuperar la grandeza” de la economía estadounidenses y, con ella, de América, Trump se sitúa en un formato político-mundial más reducido. Se aparta de las estrategias de dirección global y configuración económica del mundo y regresa a la política clásica de gran potencia.

Qué aspecto concreto cobrará esto, está por ver. Lo claro es que Trump no actúa precisamente como alguien inclinado a rehuir los conflictos. Cuando no deja de proclamar que pasará la factura a México por la construcción de un muro fronterizo, eso suena a amenaza de un señor colonial que exige a sus tributarios que pasen por caja. Los países latinoamericanos fuertemente vinculados económicamente a los EEUU son quienes particularmente más razones tienen para temer la política de robustecimiento económico y militar de Trump.

Difícilmente podrá conseguir Trump por esta vía una reversión de las cambiadas relaciones de fuerza globales. Su ruido de sables frente a China, por ejemplo, la amenaza con aranceles punitivos y pleitos en la OMC, no es nada substancialmente nuevo.

Desde la entrada de China en la OMC, los EEUU y la UE han planteado más de 20 pleitos contra China. Nunca han dejado de utilizar el arancel punitivo: contra los neumáticos de automóvil chinos en 2009, contra los tubos de acero chinos en 2010, contra las células solares chinas en 2012: ¡y con tasas de hasta el 250%! Sólo el año pasado, 27 países llegaron a promover un total de 119 causas jurídicas contra las exportaciones chinas. Nada de eso pudo frenar el auge de China y el poderío exportador chino.

Se abre un espacio político

En vez de eso, lo que parece anunciarse es un efecto muy distinto e imprevisto de la orientación de Trump hacia una política de gran potencia tradicional. Con su nacionalismo y su rechazo de las estrategias de hegemonía global, Donald Trump abre un espacio político para la configuración de un nuevo orden internacional. Deja la vía libre para quien quiera asumir la responsabilidad global.

Por paradójico que ello pueda sonar, un giro nacionalista inducido por Trump en la política estadounidense ofrece al resto del mundo una oportunidad para configurar más democráticamente el mundo multipolar y enfrentarse conjuntamente a los grandes problemas globales: la regulación de la globalización económica, la defensa global del medio ambiente, la mejora de la situación y de las perspectivas de los 60 millones de refugiados que hay en el planeta, un procedimiento internacionalmente acordado contra el terrorismo islámico radical.

Una anticipación de eso se dio ya antes de la toma de posesión del Presidente electo. En la cumbre climática de Marrakech del pasado noviembre imperaba al comienzo un gran desconcierto tras las elecciones estadounidenses y el anuncio de Trump de que se descolgaría del Acuerdo de París. Hasta que el representante de Pekín anunció que China seguirá colaborando. India, Brasil y Rusia se sumaron, salvando así el encuentro de alto nivel. Erik Solheim, el jefe del programa medioambiental de NNUU, habló entonces de un "nuevo orden mundial general". China y otros países en el umbral de desarrollo habrían “tomado la dirección de la política climática”.

Qué aportarán China y los otros Estados BRICS a la configuración de las relaciones económicas globales, está por ver. En cualquier caso, hasta ahora, el estilo de los chinos no ha sido el de extorsionar económicamente a otros países y forzarlos a desmantelar aranceles u otros sectores de prestación de servicios básicos para abrirlos a la concurrencia exterior, como, en cambio, sí hizo la “democrática” UE con los Estados africanos.

China siempre ha apoyado en las organizaciones internacionales las inquietudes del grupo de los 77 en que se han coaligado los países del Sur global. Cuando Argentina fue atacada hace un par de años por los fondos buitres norteamericanos quedando insolvente, fueron los chinos quienes la ayudaron a llegar a fin de mes con generosos créditos y permutas de divisas, mientras que el ministerio estadounidense de finanzas intervino a favor de los fondos buitres.

Los Estados BRICS vienen exigiendo desde hace mucho tiempo una modernización de los organismos de NNUU y –por ejemplo en el caso del FMI y del Banco Mundial— su democratización. Son, una vez más paradójicamente, países gobernados no democráticamente como China y Rusia los que quieren regular democráticamente la globalización, mientras que los representantes de Occidente, que siempre presumen de “valores occidentales”, se aferran a escala global a estructuras antidemocráticas.

Un nuevo comienzo democrático de la política mundial no sólo desequilibraría la balanza del poder a favor de los países ya en el umbral del desarrollo. También los países del Sur dispondrían de mejores oportunidades para hacer que pesaran más sus inquietudes –seguridad alimenticia, protección medioambiental, asistencia sanitaria básica— que la libertad del comercio y de los inversores. Se discutiría abiertamente en los organismos internacionales sobre la configuración de la globalización, lejos de esas negociaciones secretas del TTIP, del TPP o del CETA, en las que los intereses de las grandes empresas globalizadas pueden ser discretamente atendidos y servidos.

Aquí hay sobre todo un problema: todo esto sólo es posible, si Europa colabora. Y hasta ahora no parece que la UE haya reconocido los signos del tiempo. Aquí estamos aferrados a la idea de que sólo los países industriales occidentales pueden definir las reglas de la globalización. En una mezcla de cabezonería y delirio de grandeza, los europeos se empeñan en seguir como si nada los pasos de Obama. “La UE es una superpotencia”, declaró Frederica Mogherini pocos días después de las elecciones en EEUU. Y el ministro luxemburgués de exteriores, Jean Asselborn, la secundó: “Somos una superpotencia”.

Así que la UE se ve ahora como el motor principal del régimen de libre comercio global. La mayoría de los “Tratados de asociación económica” con la UE a que fueron forzados los Estados africanos se hallan todavía en proceso de ratificación. En América Latina, la UE aspira a negociar nuevos tratados. Luego de que en Brasil y en Argentina las viejas elites reaccionarias hayan logrado recuperar el poder, hay buenas posibilidades de llegar a un acuerdo de libre comercio con la alianza económica que es el Mercosur. Las negociaciones comenzarán inmediatamente, a comienzos de este año. Y para facilitar las cosas, ya se ha excluido a la recalcitrante Venezuela del Mercosur.

Quiere hacerse ahora del CETA la regla de oro de todos los futuros tratados de libre comercio. Porque, igual que estaba previsto para el TTIP, el CETA ofrece una jurisdicción particular para los inversores extranjeros, así como una “cooperación reguladora” que permite a los lobistas económicos bloquear de antemano nuevas iniciativas legislativas.

El CETA tiene, además, una peculiar ventaja. Puesto que todas las grandes empresas estadounidenses tienen filiales en Canadá, también ellas podrían aprovecharse del tratado. Las empresas estadounidenses lograrían a través del CETA mejor acceso a los mercados europeos, a los sectores de servicios, a las licitaciones públicas, y todo eso con las correspondientes posibilidades de litigar y pleitear, sin que las empresas europeas tuvieran, en contraprestación, los mismos derechos en los EEUU. Una acuerdo perfecto para Donald Trump.

Gabriela Simon es una especialista en política internacional, columnista habitual en la revista alemana de izquierda Telepolis.
Fuente: Sinpermiso
Telepolis, 16 enero 2017
Traducción: Amaranta Süss



La era Trump



Gregorio Morán

La era Trump no empezó el viernes. Viene anunciándose desde hace años. ¿La respuesta a la crisis bancaria? Era auténtico Trump. ¡Qué paguen los ciudadanos! Los ricos estamos para ganar dinero, no para repartirlo. Un pequeño repaso a su campaña electoral demostraría que la sociedad, ese término que detestaba Margareth Thacher, verdaderamente ha dejado de existir.

Me admira la gente que encuentra esta nueva situación como si fuera algo insólito. En España la llevamos viviendo desde hace casi una década. Les regalo un ejemplo. El frío ha alcanzado cotas insólitas, las compañías de electricidad han subido sus tarifas hasta el 80%. ¿Y saben las propuestas de los radicales? Boicotear durante 20 minutos el uso eléctrico; teoría que se resumía cuando era joven en cornudo y apaleado.

Se acabaron los sindicatos salvo para sus nóminas y los recursos que les suministra ese Estado de la era Trump: te pago para que te calles o digas tonterías que todo el mundo ya conoce antes de que las pronuncies. Volvemos a tiempos muy antiguos, cuando el movimiento obrero incipiente aseguraba que el sindicato era una invención patronal. ¿Que hace más frío que nunca? Pues sube las tarifas. Han comprado los medios de comunicación, los sindicatos y hasta ese puñado de ciudadanos siempre dispuestos a decir que sí. Al fin y al cabo, qué más da el sí que el no. ¿No hubo un político español que pasará a la historia por decir cuando digo no es que no, y lo que quería decir es que sí? Nadie le escupe en la cara, porque ya hemos alcanzado ese nivel de civilización que permite insultarte y que tú le respondas en caballero y no le des dos hostias. Respuesta única ante el cinismo. El día que alguien le parta la boca a Mariano Rajoy se romperá un tópico, no una educación. Es la cosa más equilibrada desde hace siglos, cuando eso podía costarte la vida. En un momento de indignación, Pablo Iglesias, aquel, que no este, amenazó físicamente a don Antonio Maura. ¿Tenía razones? Nunca se citan las razones, solo el gesto.

Volvemos a situaciones similares. Sube el frío, sube la cuota eléctrica; te estafan los bancos y debes negociar como la fiera se come al pato, y el pato, que eres tú, no tiene otra opción que los aplazamientos. ¡Cómeme mañana! La paciencia y la asunción de delitos que jamás cometiste, se han convertido en un juego entre los poderes fácticos -aquellos mismos de los que tanto hablábamos en tiempos remotos y de los que no teníamos ni idea- y unos tipos constituidos en familias, nada de sociedades, que deben negociar en incómodos plazos cómo pagar las deudas de quienes detentan el poder. ¿Por qué no lo planteamos a lo macho, mexicano puro, y preguntamos si es más importante hablar con Mariano Rajoy o con Florentino Pérez, sin el cual la familia mafiosa Pujol-Ferrusola-Prenafeta apenas hubiera alcanzado tal nivel?

Estamos en plena era Trump. Solo un idiota podría votarle, a menos que sea rico. ¿Y hay tantos ricos como para votarle? Por supuesto, ¿acaso no se acuerdan de Franco, que era un moderado en la economía y un jaguar en el ejercicio del poder? ¡Pero cómo le visitaban los moderados de hoy!

No se crean una palabra sobre Putin y los chinos, y el cambio estratégico del país que se cae en pedazos, los EE.UU, pero estén muy atentos a que cuando vengan mal dadas, ustedes pagarán los gastos del inmueble y eso que jamás se les ocurrió invertir o trabajar o colaborar con una de esas grandes casas de seguros que le garantizan todo, antes de la ruina. Se acabó la broma. Vivimos en la era Trump, y no saldremos de ella sin una catástrofe que caerá sobre nuestra cabeza, y que los cientos y cientos de expertos en la materia le explicarán que la culpa era tuya. ¡Idiota, se repite la historia bancaria¡ ¿Acaso no querías ganar más dinero? Te engañaron. El dinero ya está repartido y es territorio dominado por los buitres. Y tú eres palomo que no llega ni a cojo; zureas en las plazas públicas.

Gregorio Morán Columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica. Su último libro: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014)

Fuente: http://www.bez.es/156172549/era-Trump.html - sinpermiso



domingo, 15 de enero de 2017

El final del neoliberalismo “progresista”



Nancy Fraser

La elección de Donald Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas espectaculares que, en conjunto, apuntan a un colapso de la hegemonía neoliberal. Entre esas insubordinaciones, podemos mencionar, entre otras, el voto del Brexit en el Reino Unido, el rechazo de las reformas de Renzi en Italia, la campaña de Bernie Sanders para la nominación Demócrata en los EEUU y el apoyo creciente cosechado por el Frente Nacional en Francia. Aun cuando difieren en ideología y objetivos, esos motines electorales comparten un blanco común: rechazan la globalización gran-empresarial, el neoliberalismo y al establishment político que los ha promovido. En todos los casos, los votantes dicen “¡No!” a la letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado que resulta característica del actual capitalismo financiarizado. Sus votos son una respuesta a la crisis estructural de esta forma de capitalismo, crisis que saltó por primera vez a la vista de todos con la casi fusión del orden financiero global en 2008.

Sin embargo, hasta hace poco, la repuesta más común a esta crisis era la protesta social: espectacular y vívida, desde luego, pero de carácter harto efímero. Los sistemas políticos, en cambio, parecían relativamente inmunes, todavía controlados por funcionarios de partido y elites del establishment, al menos en los estados capitalistas poderosos como los EEUU, el Reino Unido y Alemania. Pero ahora las ondas electorales de choque reverberan por todo el planeta, incluidas las ciudadelas de las finanzas globales. Quienes votaron por Trump, como quienes votaron por el Brexit o contra las reformas italianas, se han levantado contra sus amos políticos. Burlándose de las direcciones de los partido, han repudiado el sistema que ha erosionado sus condiciones de vida en los últimos treinta años. Los sorprendente no es que lo hayan hecho, sino que hayan tardado tanto.

No obstante, la victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista. Esto puede sonar como un oxímoron, pero se trata de un alineamiento, aunque perverso, muy real: es la clave para entender los resultados electorales en los EEUU y acaso también para comprender la evolución de los acontecimientos en otras partes. En la forma que ha cobrado en los EEUU, el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aunque maldita sea la gracia, lo cierto es que las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el “empoderamiento”, que, en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media.

El neoliberalismo progresista se desarrolló en los EEUU durante estas tres últimas décadas y fue ratificado por el triunfo electoral de Bill Clinton en 1992. Clinton fue el principal ingeniero y portaestandarte de los “Nuevos Demócratas”, el equivalente estadounidense del “Nuevo Laborismo” de Tony Blair. En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos proclamando orgullosos su bona fides moderna y progresista, amante de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres. Aun cuando la administración Clinton hizo suyas esas ideas progresistas, cortejó a Wall Street. Pasando el mando de la economía a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció tratados de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que ha entregado el Colegio Electoral a Donald Trump. Esa región, junto con nuevos centros industriales en el Sur, recibió un duro revés cuando la financiarización más desatada campó a sus anchas en el curso de las pasadas dos décadas. Continuadas por sus sucesores, incluido Barak Obama, las políticas de Clinton degradaron las condiciones de vida de todo el pueblo trabajador, pero especialmente de los empleados en la producción industrial. Para decirlo sumariamente: Clinton tiene una pesada responsabilidad en el debilitamiento de las uniones sindicales, en el declive de los salarios reales, en el aumento de la precariedad laboral y en el auge de las familias con dos ingresos que vino a substituir al difunto salario familiar.

Como sugiere esto último, al asalto a la seguridad social le dio lustre un barniz de carisma emancipatorio prestado por los nuevos movimientos sociales. Durante todos los años en los que los se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”. Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña elite de mujeres “talentosas”, minorías y gays en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última. Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70. Cuando la Nueva Izquierda menguó, su crítica estructural de la sociedad capitalista se marchitó, y el esquema mental liberal-individualista tradicional del país se reafirmó a sí mismo al tiempo que se contraían las aspiraciones de los “progresistas” y de los sedicentes izquierdistas. Pero lo que selló el acuerdo fue la coincidencia de esta evolución con el auge del neoliberalismo. Un partido inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial centrado en la “voluntad de dirigir” del leaning in o en “romper el techo de cristal”.

El resultado fue un “neoliberalismo progresista”, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. Prominentes entre los dejados atrás en este bravo mundo cosmopolita eran los obreros industriales, desde luego, pero también ejecutivos, pequeños empresarios y todos quienes dependían de la industria en el Cinturón Oxidado y en el Sur, así como las poblaciones rurales devastadas por el desempleo y la droga. Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella. Algunos –no, desde luego, todos, ni mucho menos— quedaron a un paso muy corto de culpar del empeoramiento de sus condiciones de vida a la corrección política, a las gentes de color, a los inmigrantes y los musulmanes. A sus ojos, las feministas y Wall Street eran aves de un mismo plumaje, perfectamente unidas en la persona de Hillary Clinton.

Lo que hizo posible esa combinación fue la ausencia de cualquier izquierda genuina. A pesar de arrebatos periódicos como Occupy Wall Street, que se rebeló efímero, no ha habido una presencia sostenida de la izquierda en los EEUU desde hace varias décadas. Ni se ha dado aquí una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro. Igualmente devastador resultó que se dejaran languidecer los potenciales vínculos entre el mundo del trabajo y los nuevos movimientos sociales. Divorciados el uno del otro, estos indispensables polos de cualquier izquierda viable se alejaron indefinidamente hasta llegar a parecer antitéticos.

Al menos hasta la notable campaña de Bernie Sanders en las primarias, que bregó por unirlos luego del relativo pinchazo de la consigna “Las Vidas Negras Cuentan”. Haciendo estallar el sentido común neoliberal reinante, la revuelta de Sanders fue, en el lado Demócrata, el paralelo de Trump. Así como Trump logró dar el vuelco al establishment Republicano, Sanders estuvo a un pelo de derrotar a la sucesora ungida por Obama, cuyos apparatchiks controlaban todos y cada uno de los resortes del poder en el Partido Demócrata. Entre ambos, Sanders y Trump, galvanizaron una enorme mayoría del voto norteamericano. Pero sólo el populismo reaccionario de Trump sobrevivió. Mientras que él consiguió deshacerse fácilmente de sus rivales Republicanos, incluidos los predilectos de los grandes donantes de campaña y de los jefes del Partido, la insurrección de Sanders  fue frenada eficazmente por un Partido Demócrata mucho menos democrático. En el momento de la elección general, la alternativa de izquierda ya había sido suprimida. La opción que quedaba era un tómalo o déjalo entre el populismo reaccionario y el neoliberalismo progresista: elijan el color que quieran, mientras sea negro. Cuando la sedicente izquierda cerró filas con Hillary, la suerte estaba echada.

Sin embargo, y de ahora en más, este es un dilema que la izquierda debería rechazar. En vez de aceptar los términos en que las clases políticas nos presentan el dilema que opone emancipación a protección social, lo que deberíamos hacer es trabajar para redefinir esos términos partiendo del vasto y creciente fondo de revulsión social contra el presente orden. En vez de ponernos del lado de la financiarización-cum-emancipación contra la protección social, lo que deberíamos hacer es construir una nueva alianza de emancipación y protección social contra la finaciarización. En ese proyecto, que construiría sobre terreno preparado por Sanders, emancipación no significa diversificar la jerarquía empresarial, sino abolirla. Y prosperidad no significa incrementar el valor de las acciones o el beneficios empresarial, sino la base de partida de una buena vida para todos. Esa combinación sigue siendo la única respuesta de principios y ganadora en la presente coyuntura.

En lo que a mí hace, no derramé ninguna lágrima por la derrota del neoliberalismo progresista. Es verdad: hay mucho que temer de una administración Trump racista, antiinmigrante y antiecológica. Pero no deberíamos lamentar ni la implosión de la hegemonía neoliberal ni la demolición del clintonismo y su tenaza de hierro sobre el Partido Demócrata. La victoria de Trump significa una derrota de la alianza entre emancipación y financiarización. Pero esta presidencia no ofrece solución ninguna a la presente crisis, no trae consigo la promesa de un nuevo régimen ni de una hegemonía segura. A lo que nos enfrentamos más bien es a un interregno, a una situación abierta e inestable en la que los corazones y las mentes están en juego. En esta situación, no sólo hay peligros, también oportunidades: la posibilidad de construir una nueva Nueva Izquierda.

Mucho dependerá en parte de que los progresistas que apoyaron la campaña de Hillary sean capaces de hacer un serio examen de conciencia. Necesitarán librarse del mito, confortable pero falso, de que perdieron contra una “panda deplorable” (racistas, misóginos, islamófobos y homófobos) auxiliados por Vladimir Putin y el FBI. Necesitarán reconocer su propia parte de culpa al sacrificar la protección social, el bienestar material y la dignidad de la clase obrera a una falsa interpretación de la emancipación entendida en términos de meritocracia, diversidad y empoderamiento. Necesitarán pensar a fondo en cómo podemos transformar la economía política del capitalismo financiarizado reviviendo el lema de campaña de Sanders –“socialismo democrático”— e imaginando qué podría ese lema significar en el siglo XXI. Necesitarán, sobre todo, llegar a la masa de votantes de Trump que no son racistas ni próximos a la ultraderecha, sino víctimas de un “sistema fraudulento” que pueden y deben ser reclutadas para el proyecto antineoliberal de una izquierda rejuvenecida.

Eso no quiere decir olvidarse de preocupaciones acuciantes sobre el racismo y el sexismo. Pero significa molestarse en mostrar de qué modo esas inveteradas opresiones históricas hallan nuevas expresiones y nuevos fundamentos en el capitalismo financiarizado de nuestros días. Rechazando la idea falsa, de suma cero, que dominó la campaña electoral, deberíamos vincular los daños sufridos por las mujeres y las gentes de color con los experimentados por los muchos que votaron a Trump. Por esa senda, una izquierda revitalizada podría sentar los fundamentos de una nueva y potente coalición comprometida a luchar por todos.



Nancy Fraser es una profesora de filosofía y política en la New School for Social Research de Nueva York. Su último libro: Fortunes of Feminism: From State-Managed Capitalism to Neoliberal Crisis (Londres, Verso, 2013).
Fuente:
https://www.dissentmagazine.org/online_articles/progressive-neoliberalism-reactionary-populism-nancy-fraser
Traducción: María Julia Bertomeu



lunes, 7 de noviembre de 2016

CETA y la crisis del comercio mundial



Michael Roberts 01/11/2016

La UE y  Canadá  han firmado finalmente el acuerdo de libre comercio CETA que estuvo a punto de descarrilar la semana pasada por las objeciones de los belgas francófonos, poniendo de relieve las dificultades para alcanzar nuevos acuerdos comerciales globales. El acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) entre Asia y los EE.UU., fue acordado a principios de este año, pero todavía tiene que ser ratificado por los parlamentos de todos los países firmantes. Y ambos candidatos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos se oponen ahora a su ratificación. El Acuerdo de Asociación Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP) entre Europa y los EE.UU. ha quedado congelado, con pocas probabilidades de que se llegue  a un acuerdo en un futuro previsible.

Los partidarios de CETA dicen que aumentará el comercio entre Canadá y la UE en un 20%, aportando la economía de la UE 12 mil millones de euros al año y a Canadá 12 mil millones de dólares canadienses. Sin embargo, hemos oído hablar antes de los beneficios de los acuerdos comerciales globales y siempre resultan ser mucho menos, especialmente para los socios más débiles en cualquier acuerdo.

Por otra parte, CETA fue firmado pero sólo porque se acordó que sus partes más controvertidas quedaban en suspenso, a saber, la reducción de los aranceles a los productos agrícolas canadienses que amenazan a los agricultores de Valonia y los llamados tribunales de arbitraje de diferencias que permitirían a las empresas recurrir cualquier decisión de los gobiernos que supongan una amenaza para sus beneficios (¡en tribunales con representantes de las empresas!). Ahora bien, pueden pasar otros dos años antes de que se consiga la plena ratificación por los 28 estados miembros de la UE.

Como he indicado en otras notas, estos acuerdos regionales entre bloques han sustituido a todas las negociaciones globales a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC) porque estas han fracasado una y otra vez desde la crisis financiera global. Y la razón es clara: el crecimiento del comercio mundial se ha reducido hasta estancarse. Cuando un pastel se hace más grande y más grande, los que lo reparten suelen están contentos de llegar a un acuerdo para compartirlo. Pero cuando el pastel empieza a ser más pequeño, la gente no quiere renunciar a su parte y a su trozo. Esa es actualmente la situación. La Larga Depresión con su baja tasa de crecimiento del PIB real y la falta de inflación de los precios de los productos básicos han reducido el pastel.

La OMC redujo recientemente su pronóstico de crecimiento del comercio mundial este año en más de un tercio. Ahora espera un crecimiento de sólo 1,7% del volumen de comercio de 2016, por debajo de su estimación anterior del 2,8%. La OMC espera ahora un crecimiento del comercio más lento en 2017 que en su pronóstico anterior, con un aumento del 1.8 al 3.1% en lugar del 3,6% que había estimado en abril.

Como ya he señalado antes, desde el final de la Gran Recesión, en lugar de que el crecimiento del comercio mundial supere al crecimiento del PIB real por cierto margen, está ocurriendo lo contrario. En promedio, desde 1945, el comercio mundial tendía a crecer 1,5 veces más rápido que el PIB e incluso dos veces más rápido cuando la "globalización" se aceleró en la década de 1990. En las estimaciones de la OMC, el comercio crecerá sólo un 80% que la economía mundial a partir de ahora, la primera inversión de la tendencia a la globalización desde 2001 y la segundo desde 1982.

Incluso las previsiones de la OMC parecen optimistas. La Agencia de Comercio holandesa CPD considera que hasta agosto de 2016, el volumen del comercio mundial en realidad se ha estancado. Y si nos fijamos en la evolución del crecimiento del comercio mundial desde la Gran Recesión, el crecimiento medio anual de su volumen ha sido sólo un 2% frente al 5,6% antes de 2008.




Los EE.UU. no son una excepción a la tendencia más general. El valor total de las importaciones y exportaciones de Estados Unidos  se redujo en más de $ 200 millones el año pasado . En los primeros nueve meses de 2016, el comercio cayó $ 470 mil millones más. Es la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que el comercio con otras naciones ha disminuido durante un período de crecimiento económico.

Todo esto preocupa seriamente a los estrategas del capital, especialmente  a los que representan a las principales economías. "La reducción de libre comercio sería bloquear un motor que ha aportado ganancias para el bienestar sin precedentes en todo el mundo durante muchas décadas", escribió en un reciente artículo Christine Lagarde, directora gerente del FMI,  alentando a las naciones para que renueven su compromiso con el comercio.

Todo esto hace que las perspectivas de que el capital británico consiga un buen acuerdo comercial con la UE en los próximos dos años de negociación son escasas. Y como he señalado antes , la idea de que los exportadores británicos van a ganar más cuota de mercado después de la devaluación del 20% de la libra resultará falsa. A raíz de la depreciación del 25% de la libra después de la Gran Recesión en 2008, los exportadores británicos no pudieron conseguir un aumento de su cuota de mercado. Y cuando la divisa se apreció en 2013, la cuota de exportación se redujo aún más.

La razón fue doble. Las empresas de exportación británicas prefirieron obtener más beneficios y mantuvieron sus precios de exportación, incluso con la devaluación de la libra esterlina. Pero la devaluación también significó el aumento de los precios de importación y la mayor parte de los insumos para las exportaciones británicas (coches o servicios financieros) son importados. Así que los precios de importación más altos hicieron difícil bajar los precios de exportación.



El comercio mundial ha dejado de crecer. Los acuerdos comerciales regionales están en peligro. La globalización se ha terminado. Un buen momento para Brexit.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente: Sinpermiso
https://thenextrecession.wordpress.com/2016/10/31/ceta-and-the-crisis-in-world-trade/

Traducción: G. Buster


lunes, 31 de octubre de 2016

Reino de España: Acabado el ciclo electoral, la austeridad está de vuelta



Ayoze Alfageme 27/10/2016

La carta de la Comisión Europea (CE) ha llegado. Firmada por el Vicepresidente y el comisario encargado de asuntos económicos y financieros, el conservador letón Valdis Dombrovskis y el socialista francés Pierre Moscovici respectivamente. Está dirigida al ministro de Finanzas espanol, todavía en funciones, Luis de Guindos, y las instrucciones son claras: un ajuste del 0,5% del PIB en el presupuesto del año 2017, es decir, 5.500 millones de euros que deberán salir o bien de recortes o bien de subidas de impuestos, todo para alcanzar el objetivo del défit del 3,5%.

El momento escogido para el envío de la carta es delatador. Ni dos días después de la decision del comité federal de PSOE ha esperado el señor Juncker a enviar la misiva. Sabedor de que este tipo de intervenciones en la política nacional no hubieran hecho más que dificultar el giro politico del partido socialista, dando alas a los fieles al No-es-No a Rajoy, el presidente de la comisión decidió ser prudente. Según informa Eurointelligence, lo mismo ocurrirá en Italia, por cierto, donde a la espera del resultado del referendum constitucional en el que Mateo Renzi se juega su futuro, la CE ya ha decidido esperar al día después para dar su veredicto sobre la propuesta del presupuesto público italiano. No sorprende, ya que un revés al primer ministro italiano beneficiaría directamente al nuevo partido Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, abriendo la puerta a la popularización de un discurso anti-UE. La herida abierta del Brexit todavía supura.

Lo que queda fuera de duda es que esta carta es una fuerte amenaza a la débil economía española. El respiro de recortes de los dos últimos años, a sabiendas del ciclo electoral que se avecinaba, frenó las políticas procíclicas de austeridad ayudando un cierto crecimiento en términos del PIB (Gráfico 1, línea de puntos). El freno a la austeridad, sin embargo, ha hecho al gobierno de Rajoy incumplir los objetivos de déficit y a punto han estado de costarle una grave sanción por parte de la CE. Aunque como todas las normas y leyes de la UE, estas se pueden revisar si la estabilidad política se ve amenazada, y gracias a la presión de Alemania, las sanciones han sido evitadas. Básicamente, se ha ayudado a Rajoy a mantener su economía a flote en aras de su continuidad política.

Para ilustrar cuales han sido las causas del crecimiento podemos echar un vistazo al siguiente gráfico. Simplificando, los sectores que se encuentran en déficit son los que ayudan a crecer a la economía. Los sectores con superávit, los que se encuentran por encima de 0, son los que restan al crecimiento. Esto es así ya que aquellos sectores deficitarios están gastando más de lo que ingresan. Por el contrario, los sectores con superávit están ahorrando, es decir, no gastando todo lo que ingresan y por tanto no aportando al crecimiento (demanda agregada) todo lo que podrían. En el caso del sector exterior, un déficit significa que las exportaciones de España son más de lo que importa, ayudando así al crecimiento (en contabilidad nacional las importaciones restan al PIB).

Gráfico 1: Crecimiento del PIB y balanzas sectoriales

Fuente: Eurostat e INE. Elaboración propia



.La foto es clara: durante los años anteriores a la crisis el sector privado, tanto familias y hogares, como empresas, fueron el motor de la economía gastando más de lo que ingresaban, es decir, endeudandose, principalmente para comprar y construir pisos. Éste fue, sin más misterio, el milagro de la economía espanola. Esta situación de bonanza permitió al Estado recaudar impuestos y gastar moderamente en prestaciones sociales (desempleo, etc). Incluso, consiguió tener deficits cercanos a cero. Pero ésta es la historia que ya todos conocemos.

La situación ahora es diferente. El sector privado está ahorrando, trantando de librarse de toda la deuda contraída en los años de bonanza. Sin embargo, el Estado está en déficit debido al aumento del gasto que ha sufrido y a la caída de la recaudación. Ésto es: sector público y las compras de productos espanoles desde el exterior están ayudando a la economía a crecer. Si miramos a los componentes del PIB (consumo, inversión, gasto público y exportaciones netas), nos llevamos una sorpresa. El consumo se está recuperando al mismo tiempo que, como hemos visto en la foto anterior, el sector privado está ahorrando, y sí, efectivamente el volumen de exportaciones es mayor que el de la importaciones.

¿Cómo es esto posible? ¿Cómo es que el consumo casi está a niveles anteriores a la crisis, si el empleo sigue por encima del 20%? ¿No era la economía Española incapaz de exportar? ¿Será que la reforma laboral y los recortes han funcionado como nos dicen desde el gobierno? Todo tiene una respuesta y esta no es favorable al discurso del gobierno.

Para empezar, el déficit actual, que casi no se ha movido en los últimos dos anos (5,2% en 2015 y 5,9% en 2014), ha generado un impulso positivo y sobretodo, ha estabilizado las espectativas de familias y empresas, dando margen para volver a consumir. Es decir, no es que el ajuste presupuestario haya ayudado al crecimiento, sino que, el frenazo a los recortes ha dado estabilidad a la demanda agregada en vez de seguir contrayendola.

Gráfico 2: Crecimiento y componentes del PIB (Index, 2010=100)

Fuente: INE. Elaboración propia.



Gracias a ello, el consumo ha venido recuperándose desde 2014 (línea roja Gráfico 2). Sin embargo esto no deja de sorprender, dada la escasa creación de empleo y la lamentable situación de precariedad de los puestos que se crean. La respuesta no está muy lejos: España también se ha favorecido de los turístas que ahora prefieren el sur de Europa en lugar del norte de África. Las visitas turísticas desde 2007 a 2015 han aumentado un 16%, lo que equivale a más de 10 millones de personas. En 2016, hasta agosto, el aumento ha sido de un 11% respecto al mismo periodo del año anterior, batiendo así todos los records historicos de visitas turísticas. Sin duda este incremento no es nada despreciable y ha supuesto, según datos del INE, un aumento del gasto de los turistas de más de un 13% entre 2010 y 2015.

Por su parte, la inversión en bienes de equipo está casi a niveles anteriores a la crisis. Lo cual tampoco es una gran noticia, ya que con aquellos niveles de inversión ésta nunca supuso el mortor de la economía. Lo que si lo fue es la construcción de viviendas (línea azul de puntos Gráfico 2) que está lejos de haberse recuperado. Aunque se recuperase, dadas las consecuencias que ha tenido la explosión de la burbuja que generó, no dejará de ser otro motivo de preocupación.

Y ¿qué ocurre con el sector exterior? Lo cierto es que el superávit exportador que está experimentando España, mínimo por otra parte, se situaba en un 2,5% del PIB a final de junio de este año, se debe principalmente a factores externos. El euro se ha depreciado respecto al dolar al menos un 15%, haciendo las exportaciones más baratas. Esto ha conllevado a que las exportaciones a países fuera de la Eurozona hayan aumentado más de un 30% desde 2007. Por otro lado, las materias primas en general han descendido su su precio dramáticamente. Sirva como ejemplo el precio del petróleo que desde mediados de 2014 ha visto reducido su valor más de un 50%. Precisamente, desde mediados de 2013 y 2014 es cuando la economía española mantiene unas exportaciones por encima de las importanciones.

Gráfico 3: Tipo de cambio Dólar/Euro y precio del petróleo (linea azul USD/Euro; linea roja precio del petróleo, Index 2010:100)

Fuente: Comisión Europea. Elaboración propia.


Resumiendo: Rajoy puede dar gracias al turismo por recuperar el consumo y a la crisis del euro y el QE del Banco Central Europeo, asi como la política de la OPEC por la bajada del precio del euro y el petróleo respectivamente. Sin ellos, huelga decir que en estos asuntos el gobierno del Reino ni pincha ni corta y que ha sido la dichosa fortuna quien les ha sonreído, la economía no estaría viendo estas tasas de crecimiento. Y debe agradecer, aún más si cabe, a Merkel y la CE por no forzarle a realizar los recortes acordados para alcanzar el objetivo del déficit –sin esto, el crecimiento hubiera sido imposible, y la situación política incluso más tensa. Aún así, a pesar del discurso triunfal del gobierno y de organismos internacionales como el FMI sobre el crecimiento español, el PIB en términos reales, es decir, sin tener en cuenta la subida de precios, se encuentra todavía por debajo de los niveles de 2008 (línea negra del Gráfico 2), debido a que ni la inversión ni el consumo se han recuperado, ni por supuesto, el gobierno ha realizado una política fiscal expansiva que ayude a salir de la recesión.

La carta, pues, y la consecuente vuelta a las políticas procíclicas de austeridad reducirán de nuevo la demanda agregada, al menos, por valor del 0,5% del PIB. Además, habrá efectos secundarios (el famoso multiplicador keynesiano) que pueden provocar que el efecto sea aún mayor. Aunque también puede que siga el viento a favor del gobierno del PP y que los efectos contracíclicos sigan ayudando a mantener la economía a flote. Por ejemplo, a parte de las ya mencionadas bajadas del euro y el petróleo, y el aumento del turismo, los precios de la vivienda en España empiezan a recuperarse. La incertidumbre del Brexit puede pinchar la burbuja inmobiliaria de Inglaterra, y particularmente de Londres, dejando libre capital financiero con ganas de invertir. Además, incluso la deslocalización de empresas puede encontrar cobijo aquí. A estos sí, España ya busca acogerlos. El resultado final es impreciso, lo que es seguro es que la situación económica será más difícil.

Sea como fuere, Rajoy estará en una buena posición para afrontar los recortes. Su gobierno contará con una minoría parlamentaria, pero sus dos aliados, PSOE y Ciudadanos no están en una mejor situación. Ambos partidos quieren evitar las terceras elecciones por lo que no les quedará otro remedio que aprobar los presupuestos que el PP decida junto a la CE. Por otra parte, Podemos debe erigirse como oposición y nadie parece que le vaya a hacer sombra en ese papel. Sin embargo, para hacer oposición se debe tener una alternativa de gobierno. Queda por saber qué es lo que hubiera hecho Podemos si esa carta hubiera llegado con ellos en el gobierno. De la respuesta que nos den a esta incógnita podremos deducir las opciones reales de cambio en unas posibles, no tan lejanas, futuras elecciones.

Ayoze Alfageme ex-alumno del posgrado de Sinpermiso. Actualmente estudia un máster en la Berlin School of Económica and Law y es ayudante de investigación en el Macroeconomic Policy Institute (IMK, Düsseldorf).

Fuente: SinPermiso
www.sinpermiso.info,


lunes, 10 de octubre de 2016

La turbulencia global que viene



Michael Roberts 


Esta semana ha comenzado la reunión semestral del FMI y el Banco Mundial en Nueva York. Es una oportunidad para que los estrategas económicos del mundo hagan balance del estado de las principales economías del mundo. Y las noticias no son buenas. A comienzos de este mes, la OCDE, que se ocupa de las 30 principales economías del mundo, informó en su ‘interim economic forecast’ que el crecimiento del PIB mundial (incluyendo India y China) se estancaría en torno al 3% en 2016, con sólo una modesta mejora prevista para 2017. En general, la OCDE cree que la economía mundial "se mantuvo en una fase de bajo crecimiento con un decepcionante bajo crecimiento que afectará a las expectativas y tendrá como consecuencia un debilitamiento del comercio, la inversión, la productividad y los salarios". Catherine Mann, economista jefa de la OCDE, dijo: "Se necesita actuar para sacar a la economía mundial de la trampa del bajo crecimiento". "La espiral no es ascendente, sino descendente. Con caída del comercio, baja productividad, y reducción del crecimiento global".

En cuanto al comercio mundial, antes de la reunión del FMI este fin de semana, sus economistas publicaron un capítulo de sus próximas Perspectivas de la economía mundial en el que argumentan que una de las características del bajo crecimiento (depresión) actual ha sido la caída sin precedentes del crecimiento del comercio mundial. "Desde 2012, el crecimiento del volumen del comercio mundial de bienes y servicios ha sido menos de la mitad que en las tres décadas anteriores. Apenas se ha mantenido a la par con el PIB mundial y la desaceleración ha sido generalizada”. Los economistas del FMI calculan que este débil crecimiento del comercio es sobre todo un síntoma de la lenta recuperación económica. "De hecho, hasta tres cuartas partes del déficit de crecimiento real del comercio desde 2012, en comparación con 2003-07, puede atribuirse a un crecimiento económico global más débil, en particular de una inversión moderada".

La UNCTAD, la organización de la ONU que sigue las economías de los llamados países en desarrollo, publicó un informe en el que llegó a la conclusión de que el mundo está a punto de "entrar en una tercera fase de la crisis financiera". Las campanas de alarma han estado sonando durante la explosión de los niveles de deuda de las empresas en las economías emergentes, que ahora supera los 25 billones de dólares. "No se pueden descartar espirales deflacionarias dañinas". Según la UNCTAD, muchos países "en desarrollo" no están desarrollándose. No hay inversión en los sectores productivos. Muchos países han aumentado la distancia con los países ricos en relación con la década de 1980, a pesar de la "apertura" de sus economías a los flujos de capital multinacionales. Mientras que la participación de los beneficios en el PIB en las economías emergentes se ha elevado a un máximo histórico del 36% del PIB desde el 30% en 1980, la inversión privada ha caído al 17%, desde el 21%. En otras palabras, la mayor parte de los beneficios obtenidos han salido del país o se han invertido en sectores no productivos como el inmobiliario o la especulación financiera.

Además, como las tasas de interés mundiales han caído, la deuda corporativa en los mercados emergentes ha aumentado del 57% al 104% del PIB desde finales de 2008, lo que representa un riesgo real de colapso financiero si se produce una nueva recesión global o si las tasas de interés aumentan bruscamente y las monedas nacionales se hunden frente al dólar o el euro.

La débil inversión es la mayor preocupación de todos estos organismos internacionales. Y también ha sido causa del mensaje de alarma de los estrategas económicos del sector privado como los consultores de gestión McKinsey,. En un nuevo informe, llamado Turbulence ahead: Renewing consensus amidst greater volatility, McKinsey explica por qué el comercio y el crecimiento mundial se han desacelerado a niveles tan bajos desde el final de la Gran Recesión en 2009.  "El impacto de la crisis financiera mundial de 2008 provocó la primera caída registrada del PIB mundial y dado que la resaca se ha mantenido, muchos países luchan con recuperaciones inesperadamente débiles". Y no va a mejorar según McKinsey: "lo más preocupante es que las perspectivas de crecimiento a largo plazo son alarmantes. La proyección del crecimiento del PIB anual de 2014 a 2064 se reduce a la mitad, cayendo a un 2,1 por ciento a nivel mundial y un 1,9 por ciento para los países desarrollados".

Las políticas existentes adoptadas por los gobiernos no han funcionado: "la inversión privada y pública permanecen insensibles a este crédito barato. Incluso la muy esperada política de flexibilización cuantitativa ha hecho poco para cambiar esta situación". El crecimiento de la inversión ha disminuido significativamente desde el año 2008. Se derrumbó por completo en la Unión Europea, disminuyendo en 330.000 millones de dólares. A pesar de que la inversión bruta en los EE.UU. ha aumentado, la inversión neta como porcentaje del PIB se ha reducido a la mitad desde 2007. Las empresas han invertido en activos de más corta duración, pero no han conseguido compensarlo aumentando la inversión bruta. Sin la inversión dirigida por el Estado en China, las cifras globales serían aún peores. "China ha apuntalado la inversión global, y constituye el 79 por ciento del aumento de la inversión desde el año 2008. Sin embargo, esto no va a durar: se espera que el crecimiento anual de la inversión en China caiga desde un 10,4 por ciento entre 2008 y 2015 al 4,5 por ciento entre 2015 y 2030".

De hecho, los datos más recientes de EE UU -hasta mediados de 2016- muestran que la inversión fija de Estados Unidos se ha paralizado.



He tratado la causa de este pobre historial de inversión en varias notas. En mi opinión, no se debe a "la falta de demanda de los consumidores" que impide a las empresas mayores inversiones. El crecimiento del gasto de los consumidores ha sido relativamente robusto desde el año 2009. De hecho, cuando se excluye el gasto de los consumidores, el resto de la economía de Estados Unidos ya está en territorio negativo.



La mala o incluso negativa inversión tampoco es debida a la "incertidumbre" o la regulación etc. Sólo se debe a la rentabilidad. He citado un número creciente de estudios que lo confirman. Por ejemplo, los economistas convencionales Kothari, Lewellen y Warner escribieron un artículo titulado  "El comportamiento de la inversión empresarial".

Los autores encuentran una estrecha correlación causal entre el movimiento de la inversión empresarial en Estados Unidos y la rentabilidad empresarial. Los tres autores del documento deducen que "el crecimiento de la inversión es altamente predecible, hasta un 1 ½ años de antelación, utilizando las ganancias pasadas y los rendimientos de las acciones, pero tiene poca relación con las tasas de interés, los márgenes de crédito, o la volatilidad de las acciones. De hecho, los beneficios y los rendimientos de las acciones anegan el poder predictivo de otras variables propuestas en la literatura".  Y que "los beneficios muestran un patrón de ciclo empresarial claro y una clara correlación con la inversión".

Los datos muestran que la inversión crece rápidamente después de altas ganancias y retornos consistentes de las acciones en prácticamente cualquier modelo de inversión empresarial, pero puede tomar hasta un año y medio para ajustarse plenamente. Esta era exactamente la conclusión a la que llegué en mi propio estudio y de forma conjunta con G Carchedi.

Y en un informe reciente, los economistas de JP Morgan señalan que los ratios capital-producción están por encima de su promedio histórico y que la productividad del capital ha mostrado la tendencia más débil en la última década. En términos marxistas, la composición orgánica del capital va en aumento y los rendimientos del capital social están disminuyendo. Las últimas cifras oficiales de capital social hasta 2015 en los EE UU están ya disponibles, así que en una futura nota voy a actualizar la evolución de la tasa de beneficio de EE UU a la Marx.

Pero mientras tanto, permítanme referirme al trabajo de un economista de la Reserva Federal de Cleveland, que encontró que "un análisis de correlación simple muestra que la correlación entre la evolución de los beneficios empresariales y la paralela de la producción industrial es del 54 por ciento; pero la correlación sube al 66 por ciento si utilizo los datos del trimestre previo para la producción industrial. Del mismo modo, la correlación entre la evolución de los beneficios empresariales y la evolución paralela de la inversión privada interna bruta es del 57 por ciento, pero la correlación sube al 68 por ciento utilizando los datos del trimestre previo de la inversión. Más formalmente, una prueba de causalidad de Granger indica que la variación trimestral de los beneficios conduce a una variación trimestral de la producción con una diferencia de un trimestre, pero la evolución de los beneficios es independiente de los cambios en la producción. Una relación similar se aplica a la variación trimestral entre beneficios e inversiones. 6 Por lo tanto, las empresas parecen ajustar su producción e inversión tras experimentar una caída en sus ganancias".

De acuerdo con Dubravko Lakos-Bujas de JP Morgan, desde 1900 ha habido 27 casos de dos trimestres consecutivos de caída de los beneficios empresariales,  similares a lo que tenemos ahora. Lakos-Bujas escribe:"La disminución de los beneficios empresariales, medido por acciones EPS de EE.UU. han sido seguida de cerca por, o coincidió con, una recesión 81% de las veces desde 1900".



Los economistas de Deutsche Bank también han llegado a conclusiones similares.  Citan cuatro indicadores que aparecieron antes de las recesiones en 1990, 2001 y 2008. Y están las cuatro en rojo actualmente. En primer lugar, ya hay una recesión de beneficios en los Estados Unidos. Han ido disminuyendo desde que alcanzaron su punto máximo en el segundo trimestre de 2014. En segundo lugar, el Índice de Condiciones del Mercado de Trabajo de la Reserva Federal, un rastreador de múltiples indicadores, pasó a ser negativo en agosto. Un situación por debajo de cero fue seguido por una recesión en cinco ocasiones en los últimos 40 años. En tercer lugar, el crecimiento de la tasa capital-gasto se ha vuelto negativa, un 2% más que el año pasado. Y en cuarto lugar, las tasas de morosidad de las empresas están aumentando.

Sólo un año (1986) en los últimos 60, los márgenes empresariales estadounidenses declinaron sin que esto provocara una recesión. También fue el único período en 40 años en el que no hubo una recesión a pesar de que el crecimiento de la tasa capital-gasto disminuyó. Así que por lo general, la inversión sigue la evolución de los beneficios. Y las últimas cifras de Estados Unidos lo demuestran.



Mientras se desarrollan las reuniones del FMI y el Banco Mundial, la economía global se mantiene en un estado débil. Los economistas del FMI están pidiendo una acción coordinada mundial para "contrarrestar la desaceleración renovada". En un nuevo documento afirman que solo políticas correctas pueden "acabar con la preocupación generalizada de que los políticos poco pueden hacer cuando se enfrentan a un círculo vicioso de (muy) bajo crecimiento, (muy) baja inflación, tasas de interés cercanas a cero, y altos niveles de deuda". Su sugerencia es adoptar medidas de política fiscal (gasto público e inversión); a aplicar "reformas estructurales" en los mercados de trabajo y fortalecer los bancos y los sistemas financieros.

Aparte de la cuestión de si alguna de estas políticas funcionará, no hay ninguna señal de que los gobiernos de las principales economías estén dispuestos a coordinar globalmente ninguna acción política. La inversión pública para compensar la debilidad de la inversión privada está cayendo en la mayoría de los países para tratar de "equilibrar el presupuesto" y reducir la deuda pública. Las reformas estructurales (es decir, la privatización y el recorte de los derechos laborales) se enfrentan a una oposición seria de los trabajadores. Y ahora hay nuevas señales de que los bancos están otra vez con problemas (Deutsche Bank; los bancos italianos, etc.).

El crecimiento del PIB real per cápita se está desacelerando, tanto en las economías capitalistas avanzadas como en las llamadas emergentes, mientras que el gran monstruo de la expansión global, China, también se está desacelerando. Ahora bien, si la economía de Estados Unidos reduce aun más su ritmo de caracol, será muy difícil evitar una nueva crisis mundial. Los indicadores están empezando a ponerse rojos. Por lo tanto, como dice McKinsey, nos espera una turbulencia global.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente: Sin Permiso - https://thenextrecession.wordpress.com/2016/09/29/global-turbulence-ahead/

Traducción: G. Buster


Seguidores