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lunes, 3 de abril de 2017

Japón en el laboratorio: economía política del Abenomics



Alejandro Nadal

La economía japonesa es un gran experimento sobre la evolución del capitalismo. Desde los orígenes de su proceso de industrialización a partir de la restauración Meiji en el siglo XIX hasta las políticas recientes para salir del estancamiento, las lecciones se multiplican. Nadie interesado en el devenir del capitalismo debe ignorarlas.

Durante el periodo 1950-1973 la economía japonesa mantuvo tasas de crecimiento del PIB superiores a 11 por ciento en promedio. Pero después de esos años el ritmo de la expansión comenzó a debilitarse. El crecimiento en la década de los 80 ya estuvo marcado por la ralentización, con tasas promedio de 4.6 por ciento. Ese crecimiento estuvo impulsado por episodios de inflación en los precios de bienes raíces, mejor conocidos como burbujas. El efecto riqueza que acompañó esos eventos proporcionó un impulso artificial al crecimiento.

En 1990 una de esas burbujas creció de manera desorbitada y reventó con mayor fuerza. Le siguió un proceso de crecimiento mediocre (0.73 por ciento anual entre 1993-1999). Los economistas no podían interpretar la causa de esta década perdida. A pesar de mantener bajas tasas de interés y un persistente déficit público, la economía japonesa siguió sin responder. Después de 10 años de crecimiento cercano a cero, entre 2000 y 2007 se presentaron síntomas de una mediocre recuperación con tasas de expansión de 1.5 por ciento. El enigma se hacía más interesante porque en esos años se introdujeron recortes en el gasto público, lo que en teoría debería haber frenado más el crecimiento. Y después vino la crisis de 2008: a partir de ese año el crecimiento volvió a su ritmo letárgico, con una tasa promedio anual de 0.22 por ciento. Hoy los economistas tradicionales siguen sin poder identificar las causas de la enfermedad que aqueja la economía japonesa.

En 2012 el nuevo primer ministro, Shinzo Abe, comenzó a aplicar un paquete de medidas de política económica para sacar a Japón del estancamiento en el que se encuentra desde 1992. Fue anunciada como una mezcla de tres flechas: dos de inspiración keynesiana y una de tipo neoliberal y con un enfoque sobre el lado de la oferta (que en la jerga anglo-sajona se conoce como supply-side economics). A esa combinación la entusiasta prensa internacional de negocios la bautizó con el nombre de Abenomics.

El primer componente es de política monetaria ‘no convencional’. Consistió en inyectar mayor liquidez y reducir tasas de interés a cero (y hasta terreno negativo) para inducir a un mayor consumo. La meta era alcanzar una inflación de 2 por ciento anual. La postura de flexibilidad cuantitativa ha llevado a una expansión aparatosa de la base monetaria, pero su impacto sobre el crecimiento ha sido nulo.

El segundo elemento fue un incremento del gasto público y condujo a un fuerte déficit público. Pero al mismo tiempo, el paquete incluyó un aumento del IVA de 5 a 8 por ciento con un efecto recesivo y regresivo a la vez. Se planteó por ley un aumento de 10 por ciento en abril de este año, pero lo más probable es que no se aplique dicha medida.

El tercer componente del paquete es de corte neoliberal: introducir reformas estructurales, reducción de impuestos a corporaciones y desregulación de mercados, especialmente del mercado laboral.

Abenomics es una mezcla de toda clase de medidas aplicadas simultáneamente: Keynesianas en el lado fiscal (aunque con impuestos recesivos), neoliberalismo y supply-side economics, política monetaria expansiva no convencional y una postura cambiaria devaluatoria.

¿Cuáles han sido los resultados? Para empezar, el crecimiento del PIB sigue siendo mediocre. Incluso la tasa de expansión sigue situándose por debajo del nivel que se tenía antes de iniciar la aplicación del paquete de medidas de Abenomics. El gasto de los hogares no se ha podido estimular y sigue estancado. Además, el objetivo de alcanzar una inflación de 2 por ciento tampoco se ha podido cumplir. Y como era de esperarse, tampoco se ha logrado la anhelada reducción del déficit fiscal y la deuda pública como porcentaje del PIB sigue en aumento.

La expansión monetaria del Abenomics condujo a una devaluación del yen japonés. Pero el efecto sobre el sector exportador no pudo contrarrestar el impacto de la contracción del mercado internacional provocada por la crisis. La balanza comercial pudo arrojar un superávit en 2016 pero sólo porque las importaciones se redujeron 16 por ciento.

En general, el paquete Abenomics presenta un saldo negativo. Ese resultado era de esperarse porque la economía japonesa sufre una deflación crónica que se acompaña de una crisis de hojas de balance en la que todos los sectores de la economía tratan de reducir sus niveles de endeudamiento. Y ese tipo de crisis, como bien lo ha señalado Richard Koo, tarda muchos años en superarse. Lo más importante es que desde el punto de vista de la clase trabajadora, el impacto es más bien tenebroso. Y es que el objetivo del paquete era simple y llanamente aumentar la tasa de explotación de la fuerza de trabajo.

Alejandro Nadal Economista. Miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/03/29/opinion/025a1eco


lunes, 27 de marzo de 2017

¿Existió alguna vez la “época dorada” del capitalismo?




Alejandro Nadal

En muchos círculos de todo el espectro político se habla de una época dorada del capitalismo. La referencia es al periodo que arranca con el Nuevo Trato impulsado por la administración Roosevelt durante los años de la gran depresión y termina hacia finales de la década de los años 1970.

Entre 1945 y 1970 la economía estadounidense experimentó un incremento sostenido en el ingreso promedio de la población y una expansión casi sin precedentes de la clase media. Casi todos los observadores concuerdan en que durante esos años se consolidó una especie de paz social en la que capital y trabajo convivieron para generar un auge económico sin precedente. Hoy la nostalgia por la época dorada hace soñar a muchos a lo largo de todo el espectro político.

Pero, ¿realmente existió esa “época dorada”? Es una pregunta importante y compleja. Nuestra visión sobre la evolución del capitalismo en los tiempos que corren depende de la respuesta. Los objetivos estratégicos de la acción política de partidos, sindicatos y todo tipo de organizaciones también están condicionados por ella. Para simplificar el análisis podemos hacer referencia en primer lugar a la economía de Estados Unidos. No es casualidad que la referencia geográfica para ese periodo de auge sea ese país pues en él nunca existió otra cosa que el modo de producción capitalista.

Para empezar hay que reconocer que entre 1945-1970 la economía de Estados Unidos efectivamente mantuvo altas tasas de crecimiento de manera sostenida. Y durante esos años se alcanzó algo muy cercano al pleno empleo y el crecimiento de los salarios fue constante. Por esos resultados se considera que fueron los años dorados del capitalismo, tanto en círculos conservadores como en espacios más críticos y hasta radicales.

Son muchos los factores que explican este proceso de crecimiento. Uno de ellos tiene que ver con las nuevas oportunidades de rentabilidad que se abrieron para la inversión. Otro se relaciona con el mantenimiento de una demanda agregada apuntalada por salarios que acompañaron los aumentos en productividad. La reproducción de la fuerza de trabajo pudo realizarse gracias a ese crecimiento de los salarios.

Por otra parte, las élites en Washington fueron muy hábiles para explotar la hegemonía estadounidense en la posguerra. En especial, el sistema de Bretton Woods ofreció ventajas singulares a la economía estadounidense al mantener una demanda constante de dólares. No fue sino hasta la primera mitad de la década de 1970 que el régimen de Bretton Woods se desintegró y Estados Unidos tuvo que inventar otro sistema para asegurar la demanda artificial de dólares. Eso lo logró a través de un acuerdo con Arabia Saudita para que sus ventas de petróleo se hicieran en dólares, pero esa es otra historia.

En las narrativas que hablan sobre la época dorada aparece un común denominador. Se dice que el régimen económico estuvo basado en una tregua entre capitalistas y trabajadores. El respiro en la lucha entre clases habría nacido con el Nuevo Trato de Roosevelt diseñado para afrontar los efectos de la gran depresión. Pero un análisis más detallado revela que la supuesta tregua no fue sino una guerra de posiciones y de preparación para la ofensiva final del capitalismo.

Al inicio de la depresión el movimiento sindical en Estados Unidos era débil. Pero entre 1937-1947 la membresía sindical se multiplicó por un factor de cinco y alcanzó los 15 millones de trabajadores. Entre 1945-1970 estallaron más de cien huelgas importantes en sectores estratégicos: estibadores, trabajadores ferroviarios y obreros industriales en diversas ramas. Una de las huelgas más importantes fue estallada a escala nacional por trabajadores de General Electric en 1946. De ahí nació en la empresa un modelo para promover negociaciones directas con los trabajadores a nivel individual y así marginar a sindicatos y organizaciones obreras.

Las estructuras empresariales nunca vieron con buenos ojos las políticas del Nuevo Trato. Para 1945 sus objetivos pasaron a la destrucción de las bases de la contratación colectiva y a la recuperación del control sobre el proceso de trabajo en talleres y fábricas. La guerra ideológica se llevó a las universidades a través de organizaciones que financiaron todo tipo de proyectos sobre las virtudes del libre mercado y los peligros del autoritarismo y la corrupción sindical. Al arrancar la guerra fría el capital buscó recuperar la hegemonía ideológica, al acusar al sindicalismo y a la intervención estatal de “acercarse al comunismo”. Al final de la década de los setenta, el movimiento sindical había comenzado a fragmentarse y debilitarse.

En síntesis, las condiciones económicas que dieron lugar a la llamada “época dorada” del capitalismo fueron excepcionales y no volverán a repetirse. La supuesta tregua entre capitalistas y trabajadores corresponde a una mala interpretación de los hechos. Hoy que estamos en plena crisis del neoliberalismo no hay que hacerse ilusiones sobre un pretendido regreso a una mítica época dorada del capitalismo.

Fuente: Sinpermiso

 

lunes, 10 de octubre de 2016

La turbulencia global que viene



Michael Roberts 


Esta semana ha comenzado la reunión semestral del FMI y el Banco Mundial en Nueva York. Es una oportunidad para que los estrategas económicos del mundo hagan balance del estado de las principales economías del mundo. Y las noticias no son buenas. A comienzos de este mes, la OCDE, que se ocupa de las 30 principales economías del mundo, informó en su ‘interim economic forecast’ que el crecimiento del PIB mundial (incluyendo India y China) se estancaría en torno al 3% en 2016, con sólo una modesta mejora prevista para 2017. En general, la OCDE cree que la economía mundial "se mantuvo en una fase de bajo crecimiento con un decepcionante bajo crecimiento que afectará a las expectativas y tendrá como consecuencia un debilitamiento del comercio, la inversión, la productividad y los salarios". Catherine Mann, economista jefa de la OCDE, dijo: "Se necesita actuar para sacar a la economía mundial de la trampa del bajo crecimiento". "La espiral no es ascendente, sino descendente. Con caída del comercio, baja productividad, y reducción del crecimiento global".

En cuanto al comercio mundial, antes de la reunión del FMI este fin de semana, sus economistas publicaron un capítulo de sus próximas Perspectivas de la economía mundial en el que argumentan que una de las características del bajo crecimiento (depresión) actual ha sido la caída sin precedentes del crecimiento del comercio mundial. "Desde 2012, el crecimiento del volumen del comercio mundial de bienes y servicios ha sido menos de la mitad que en las tres décadas anteriores. Apenas se ha mantenido a la par con el PIB mundial y la desaceleración ha sido generalizada”. Los economistas del FMI calculan que este débil crecimiento del comercio es sobre todo un síntoma de la lenta recuperación económica. "De hecho, hasta tres cuartas partes del déficit de crecimiento real del comercio desde 2012, en comparación con 2003-07, puede atribuirse a un crecimiento económico global más débil, en particular de una inversión moderada".

La UNCTAD, la organización de la ONU que sigue las economías de los llamados países en desarrollo, publicó un informe en el que llegó a la conclusión de que el mundo está a punto de "entrar en una tercera fase de la crisis financiera". Las campanas de alarma han estado sonando durante la explosión de los niveles de deuda de las empresas en las economías emergentes, que ahora supera los 25 billones de dólares. "No se pueden descartar espirales deflacionarias dañinas". Según la UNCTAD, muchos países "en desarrollo" no están desarrollándose. No hay inversión en los sectores productivos. Muchos países han aumentado la distancia con los países ricos en relación con la década de 1980, a pesar de la "apertura" de sus economías a los flujos de capital multinacionales. Mientras que la participación de los beneficios en el PIB en las economías emergentes se ha elevado a un máximo histórico del 36% del PIB desde el 30% en 1980, la inversión privada ha caído al 17%, desde el 21%. En otras palabras, la mayor parte de los beneficios obtenidos han salido del país o se han invertido en sectores no productivos como el inmobiliario o la especulación financiera.

Además, como las tasas de interés mundiales han caído, la deuda corporativa en los mercados emergentes ha aumentado del 57% al 104% del PIB desde finales de 2008, lo que representa un riesgo real de colapso financiero si se produce una nueva recesión global o si las tasas de interés aumentan bruscamente y las monedas nacionales se hunden frente al dólar o el euro.

La débil inversión es la mayor preocupación de todos estos organismos internacionales. Y también ha sido causa del mensaje de alarma de los estrategas económicos del sector privado como los consultores de gestión McKinsey,. En un nuevo informe, llamado Turbulence ahead: Renewing consensus amidst greater volatility, McKinsey explica por qué el comercio y el crecimiento mundial se han desacelerado a niveles tan bajos desde el final de la Gran Recesión en 2009.  "El impacto de la crisis financiera mundial de 2008 provocó la primera caída registrada del PIB mundial y dado que la resaca se ha mantenido, muchos países luchan con recuperaciones inesperadamente débiles". Y no va a mejorar según McKinsey: "lo más preocupante es que las perspectivas de crecimiento a largo plazo son alarmantes. La proyección del crecimiento del PIB anual de 2014 a 2064 se reduce a la mitad, cayendo a un 2,1 por ciento a nivel mundial y un 1,9 por ciento para los países desarrollados".

Las políticas existentes adoptadas por los gobiernos no han funcionado: "la inversión privada y pública permanecen insensibles a este crédito barato. Incluso la muy esperada política de flexibilización cuantitativa ha hecho poco para cambiar esta situación". El crecimiento de la inversión ha disminuido significativamente desde el año 2008. Se derrumbó por completo en la Unión Europea, disminuyendo en 330.000 millones de dólares. A pesar de que la inversión bruta en los EE.UU. ha aumentado, la inversión neta como porcentaje del PIB se ha reducido a la mitad desde 2007. Las empresas han invertido en activos de más corta duración, pero no han conseguido compensarlo aumentando la inversión bruta. Sin la inversión dirigida por el Estado en China, las cifras globales serían aún peores. "China ha apuntalado la inversión global, y constituye el 79 por ciento del aumento de la inversión desde el año 2008. Sin embargo, esto no va a durar: se espera que el crecimiento anual de la inversión en China caiga desde un 10,4 por ciento entre 2008 y 2015 al 4,5 por ciento entre 2015 y 2030".

De hecho, los datos más recientes de EE UU -hasta mediados de 2016- muestran que la inversión fija de Estados Unidos se ha paralizado.



He tratado la causa de este pobre historial de inversión en varias notas. En mi opinión, no se debe a "la falta de demanda de los consumidores" que impide a las empresas mayores inversiones. El crecimiento del gasto de los consumidores ha sido relativamente robusto desde el año 2009. De hecho, cuando se excluye el gasto de los consumidores, el resto de la economía de Estados Unidos ya está en territorio negativo.



La mala o incluso negativa inversión tampoco es debida a la "incertidumbre" o la regulación etc. Sólo se debe a la rentabilidad. He citado un número creciente de estudios que lo confirman. Por ejemplo, los economistas convencionales Kothari, Lewellen y Warner escribieron un artículo titulado  "El comportamiento de la inversión empresarial".

Los autores encuentran una estrecha correlación causal entre el movimiento de la inversión empresarial en Estados Unidos y la rentabilidad empresarial. Los tres autores del documento deducen que "el crecimiento de la inversión es altamente predecible, hasta un 1 ½ años de antelación, utilizando las ganancias pasadas y los rendimientos de las acciones, pero tiene poca relación con las tasas de interés, los márgenes de crédito, o la volatilidad de las acciones. De hecho, los beneficios y los rendimientos de las acciones anegan el poder predictivo de otras variables propuestas en la literatura".  Y que "los beneficios muestran un patrón de ciclo empresarial claro y una clara correlación con la inversión".

Los datos muestran que la inversión crece rápidamente después de altas ganancias y retornos consistentes de las acciones en prácticamente cualquier modelo de inversión empresarial, pero puede tomar hasta un año y medio para ajustarse plenamente. Esta era exactamente la conclusión a la que llegué en mi propio estudio y de forma conjunta con G Carchedi.

Y en un informe reciente, los economistas de JP Morgan señalan que los ratios capital-producción están por encima de su promedio histórico y que la productividad del capital ha mostrado la tendencia más débil en la última década. En términos marxistas, la composición orgánica del capital va en aumento y los rendimientos del capital social están disminuyendo. Las últimas cifras oficiales de capital social hasta 2015 en los EE UU están ya disponibles, así que en una futura nota voy a actualizar la evolución de la tasa de beneficio de EE UU a la Marx.

Pero mientras tanto, permítanme referirme al trabajo de un economista de la Reserva Federal de Cleveland, que encontró que "un análisis de correlación simple muestra que la correlación entre la evolución de los beneficios empresariales y la paralela de la producción industrial es del 54 por ciento; pero la correlación sube al 66 por ciento si utilizo los datos del trimestre previo para la producción industrial. Del mismo modo, la correlación entre la evolución de los beneficios empresariales y la evolución paralela de la inversión privada interna bruta es del 57 por ciento, pero la correlación sube al 68 por ciento utilizando los datos del trimestre previo de la inversión. Más formalmente, una prueba de causalidad de Granger indica que la variación trimestral de los beneficios conduce a una variación trimestral de la producción con una diferencia de un trimestre, pero la evolución de los beneficios es independiente de los cambios en la producción. Una relación similar se aplica a la variación trimestral entre beneficios e inversiones. 6 Por lo tanto, las empresas parecen ajustar su producción e inversión tras experimentar una caída en sus ganancias".

De acuerdo con Dubravko Lakos-Bujas de JP Morgan, desde 1900 ha habido 27 casos de dos trimestres consecutivos de caída de los beneficios empresariales,  similares a lo que tenemos ahora. Lakos-Bujas escribe:"La disminución de los beneficios empresariales, medido por acciones EPS de EE.UU. han sido seguida de cerca por, o coincidió con, una recesión 81% de las veces desde 1900".



Los economistas de Deutsche Bank también han llegado a conclusiones similares.  Citan cuatro indicadores que aparecieron antes de las recesiones en 1990, 2001 y 2008. Y están las cuatro en rojo actualmente. En primer lugar, ya hay una recesión de beneficios en los Estados Unidos. Han ido disminuyendo desde que alcanzaron su punto máximo en el segundo trimestre de 2014. En segundo lugar, el Índice de Condiciones del Mercado de Trabajo de la Reserva Federal, un rastreador de múltiples indicadores, pasó a ser negativo en agosto. Un situación por debajo de cero fue seguido por una recesión en cinco ocasiones en los últimos 40 años. En tercer lugar, el crecimiento de la tasa capital-gasto se ha vuelto negativa, un 2% más que el año pasado. Y en cuarto lugar, las tasas de morosidad de las empresas están aumentando.

Sólo un año (1986) en los últimos 60, los márgenes empresariales estadounidenses declinaron sin que esto provocara una recesión. También fue el único período en 40 años en el que no hubo una recesión a pesar de que el crecimiento de la tasa capital-gasto disminuyó. Así que por lo general, la inversión sigue la evolución de los beneficios. Y las últimas cifras de Estados Unidos lo demuestran.



Mientras se desarrollan las reuniones del FMI y el Banco Mundial, la economía global se mantiene en un estado débil. Los economistas del FMI están pidiendo una acción coordinada mundial para "contrarrestar la desaceleración renovada". En un nuevo documento afirman que solo políticas correctas pueden "acabar con la preocupación generalizada de que los políticos poco pueden hacer cuando se enfrentan a un círculo vicioso de (muy) bajo crecimiento, (muy) baja inflación, tasas de interés cercanas a cero, y altos niveles de deuda". Su sugerencia es adoptar medidas de política fiscal (gasto público e inversión); a aplicar "reformas estructurales" en los mercados de trabajo y fortalecer los bancos y los sistemas financieros.

Aparte de la cuestión de si alguna de estas políticas funcionará, no hay ninguna señal de que los gobiernos de las principales economías estén dispuestos a coordinar globalmente ninguna acción política. La inversión pública para compensar la debilidad de la inversión privada está cayendo en la mayoría de los países para tratar de "equilibrar el presupuesto" y reducir la deuda pública. Las reformas estructurales (es decir, la privatización y el recorte de los derechos laborales) se enfrentan a una oposición seria de los trabajadores. Y ahora hay nuevas señales de que los bancos están otra vez con problemas (Deutsche Bank; los bancos italianos, etc.).

El crecimiento del PIB real per cápita se está desacelerando, tanto en las economías capitalistas avanzadas como en las llamadas emergentes, mientras que el gran monstruo de la expansión global, China, también se está desacelerando. Ahora bien, si la economía de Estados Unidos reduce aun más su ritmo de caracol, será muy difícil evitar una nueva crisis mundial. Los indicadores están empezando a ponerse rojos. Por lo tanto, como dice McKinsey, nos espera una turbulencia global.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente: Sin Permiso - https://thenextrecession.wordpress.com/2016/09/29/global-turbulence-ahead/

Traducción: G. Buster


lunes, 12 de septiembre de 2016

G-20: De China a Marte



Michael Roberts
La reunión del pasado fin de semana de los jefes de Estado de las 20 economías más importantes del mundo (G-20) en la localidad china de Hangzhou llegó a la conclusión de que la economía mundial todavía tiene problemas. El FMI calcula que 2016 será el quinto año consecutivo de un crecimiento global por debajo de la media del 3,7% registrada en el período de 1990 a de 2007.

Y justo antes de la cumbre del G-20, el FMI emitió un informe con una previsión de crecimiento aún más débil. "La alta frecuencia de datos apunta a un crecimiento más débil este año, especialmente en las economías avanzadas del G-20, mientras que el rendimiento de los mercados emergentes será más heterogéneo".   Y continua: "El panorama global sigue siendo limitado, con una dinámica de crecimiento a largo plazo desfavorable y con disparidades de ingresos nacionales que suponen nuevos desafíos para los gobiernos. Los desarrollos recientes, incluyendo una inflación muy baja, junto con la desaceleración del crecimiento del comercio y de la inversión, confirman ampliamente el modesto ritmo de la actividad global. La disminución de la inversión, agravada por los problemas de sobreendeudamiento del sector privado y los problemas de balance del sector financiero en muchos países, la tendencia a un crecimiento débil de la productividad, así como factores demográficos pesan sobre las perspectivas de crecimiento a largo plazo, lo que reduce aún más los incentivos para la inversión, a pesar de las tasas de interés históricamente bajas. Un período de bajo crecimiento que ha dejado de lado a muchas personas de bajos ingresos, que ha aumentado la ansiedad sobre la globalización y empeorado el clima político para las reformas. El riesgo de decrecimiento sigue dominando".



la directora del FMI, Christine Lagarde, también escribió en su blog que "un crecimiento global débil, que interactúa con un aumento de la desigualdad, está alimentando un clima político en el que las reformas se estancan y los países recurren a políticas orientadas hacia el interior. En una amplia muestra representativa de las economías avanzadas, los ingresos del 10 por ciento se incrementaron en un 40 por ciento en los últimos 20 años, mientras que el crecimiento ha sido muy modesto en la parte inferior. La desigualdad también se ha incrementado en muchas economías emergentes, aunque el impacto en los pobres a veces se ha visto compensado por un fuerte crecimiento de los ingresos en general" .



Bajo crecimiento, elevada deuda, débil productividad y aumento de la desigualdad: esa es la historia de la economía mundial desde el final de la Gran Recesión en 2009.

¿Qué sugiere el FMI a los líderes del G-20 para salir de esta deprimente situación? En primer lugar, un mayor apoyo a la "demanda". Pero la política monetaria (cero o tasas de interés negativas y la impresión de dinero) no están funcionando. Por lo tanto, ha llegado la “hora de impulsar la inversión pública y mejorar las infraestructuras".  Pero el mundo necesita más "reformas estructurales" neoliberales, como la desregulación de los mercados laborales y de productos, el recorte de los planes de pensiones, etc., con el fin de aumentar la rentabilidad. Pero también se debería reducir la desigualdad a través de mayores beneficios básicos y una mejor educación para los trabajadores con salarios bajos. Así que necesitamos más globalización, más comercio mundial, más reformas neoliberales y menos desigualdad. ¡A ver como reconcilian eso!

Una idea que dominó la reunión del G-20 fue la necesidad de impulsar el comercio mundial y apoyar la "globalización". Como he expuesto con frecuencia, el crecimiento del comercio mundial ha sido pésimo y es una importante característica de la Larga Depresión desde 2009.



Pero lo peor para el capitalismo mundial, y el imperialismo estadounidense en particular, es que ha habido una tendencia cada vez mayor a distanciarse de la "globalización" (libre comercio de bienes, servicios y flujos de capital para las grandes empresas). Los acuerdos comerciales de la Organización Mundial del Comercio están bloqueados y los grandes acuerdos regionales como TTP y TTIP están en grave peligro. En todas partes, los gobiernos están bajo presión para bloquear nuevas ofertas e incluso revertirlas (por ejemplo, Trump en relación con el TLC). Lagarde pidió un renovado apoyo a la globalización y el neoliberalismo ahora bajo ataque.

Los chinos están particularmente preocupados porque el crecimiento del comercio mundial es vital para sus exportaciones y su modelo económico impulsado por la inversión. El presidente de China, Xi Jinping, fue especialmente claro a la hora de pedir más comercio e inversiones. "Deberíamos convertir el grupo G-20 en un equipo de acción, en lugar de una tertulia", dijo.

Mientras tanto, persiste el optimismo sobre una recuperación económica mundial real. Gavyn Davies, en el FT, ha defendido recientemente que su consultora de previsiones Fulcrum cree que esta en marcha un repunte económico mundial. Sin embargo, este fin de semana, era un poco menos optimista. "En agosto, no hemos tenido ninguna confirmación de que esté ganando impulso un relanzamiento cíclico. Pero ni ha habido un descenso significativo de la actividad: Todavía está por ver que pasará".

A principios de año, muchos economistas convencionales estimaban que China y otras economías emergentes ''iban desacelerando y arrastrarían el resto del mundo con ellas. No estuve de acuerdo entonces. El optimismo sobre la recuperación recayó en los EE.UU. e incluso Europa.

Sin embargo, a medida que avanzamos en la última parte de 2016, se ha hecho evidente que la economía de Estados Unidos se ha ralentizado aún más y que Europa no ha logrado recuperarse en absoluto. Así que el optimismo ha vuelto de nuevo a depositarse en las principales economías emergentes. Como los economistas de la empresa de contabilidad Deloitte del Reino Unido han escrito hoy: "La tendencia a la baja de la actividad de los mercados emergentes parece haber llegado a su fin. Se espera que el crecimiento se acelere en 2017. Se prevé que la India crezca un 7,6% el próximo año, la mayor tasa de crecimiento de cualquier economía importante. Brasil y Rusia tienden a salir de la recesión. Se espera que el crecimiento de China se debilite, con una previsión del 6,2% en 2017, todavía mucho más alto que los promedios globales. Fundamentalmente, el riesgo de un "aterrizaje duro" de la economía china ha casi desaparecido".

Así que es hora de volver al futuro con los llamados BRICs y que abran el camino para salir de la depresión. Ya veremos.

Hablando de volver al futuro, una de las propuestas políticas más importantes de los economistas convencionales ha sido que los gobiernos aumenten el gasto público en infraestructura (construcción de carreteras, ferrocarril, puentes, centrales eléctricas, telecomunicaciones, etc.) para conseguir relanzar las economías. Hasta ahora, han sido ampliamente ignorados por los gobiernos que tratan de reducir los déficits presupuestarios con recortes en el gasto público o por la presión de los altos niveles de deuda pública.

La última propuesta en este campo ha venido de los economistas del Departamento de inversiones en Australia, de Macquarie. ¿Por qué no colonizar Marte? "No es tan loco como parece" escriben Viktor Shvets y Chetan Seth del equipo de renta variable global de Macquarie. "Un programa gigante de colonización de Marte crearía una vasta industria, intensiva en capital, que se extendería por el mundo, crearía puestos de trabajo, y resolvería el problema de la productividad de la economía global".

Por si no se habían enterado, la economía mundial no está creciendo a una velocidad suficiente porque hay un "declive de los rendimientos de la inversión". Así que lo que tenemos que hacer es iniciar un amplio programa público para colonizar Marte, similar al programa espacial de la década de 1960 bajo Kennedy para colocar un hombre en la Luna.



Curiosamente, los economistas de Macquarie no están interesados en un programa de inversión global para ayudar a los más pobres de este mundo; para tratar de resolver el desastre ambiental global o para impulsar la educación, la sanidad o las infraestructuras básicas en los países más pobres de la Tierra. No, eso no es tan útil (rentable) como invertir en otro planeta para obtener una mejora de la rentabilidad de las inversiones.

La solución Macquarie es el último grito de la política económica keynesiana (en breve "keynesianismo de guerra”). Es la idea de que hay un montón de capital disponible, pero no existen ‘oportunidades de inversión’ debido a la falta de demanda. Así que la guerra o el espacio puede ofrecer una salida.

Los economistas de Macquarie piensan que la enorme inyección de dinero y de crédito en activos financieros, que ha empujado las tasas de interés hasta cero o menos aun es lo que ha provocado los bajos rendimientos. Pero que los bajos rendimientos del capital sean generados por un exceso de capital, es una teoría marginalista neoclásica (que Keynes defendió). Pero es confundir  capital 'ficticio' con capital productivo.

El punto de vista marxista es diferente.  La inversión productiva no se produce porque haya 'demasiado capital y baja demanda’, sino debido a la poca plusvalía o baja rentabilidad del capital productivo. Y la baja rentabilidad no se recuperará gracias al gasto público de un programa espacial. Por el contrario. En la década de 1960, el programa espacial fue posible debido a la alta rentabilidad (no baja) del sector capitalista. Por lo tanto, lo que los gastos improductivos hicieron, sin duda, fue desarrollar nuevas tecnologías y empleo para muchos, porque eran asequibles. Esto es lo opuesto de lo que ocurre ahora. No hay salida por Marte.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.
Fuente:
https://thenextrecession.wordpress.com/2016/09/05/from-china-to-mars/
Traducción: G. Buster
Fuente: Sin Permiso



martes, 6 de septiembre de 2016

Un agujero llamado Jackson

Jackson Hole


Alejandro Nadal

En el estado de Wyoming existe un valle llamado . Desde 1982 el Banco de la Reserva federal de Kansas City organiza en ese lugar un simposio para administradores de bancos centrales y académicos interesados en política monetaria. A pesar de su nombre, Jackson no es un agujero. Es un valle que fue escogido porque al entonces presidente de la Reserva federal, Paul Volcker, le gustaba pescar truchas y el lago es un excelente sitio para esa actividad.

Este año lo más esperado en este simposio no tiene nada que ver con las pobres truchas y sí mucho con el discurso de la señora Janet Yellen, presidenta de la Fed, sobre las perspectivas del instituto monetario frente a un posible aumento en la tasa de interés.

Durante las últimas décadas el público ha escuchado sin cesar que la inflación era el peor enemigo a combatir. Ese fue el dogma alrededor del cual se organizó la política macroeconómica, tanto en su vertiente fiscal como monetaria. Pero desde que estalló la crisis económica y financiera global las cosas han cambiado radicalmente. Desde 2009 el enemigo es la deflación.

Este fenómeno tiene varias raíces en una economía capitalista, pero quizás la más importante es que después de una orgía de endeudamiento creciente todos los agentes económicos prefieren desendeudarse antes que adquirir nuevos compromisos para financiar su demanda. Cuando todos los agentes hacen lo mismo el resultado macroeconómico es una recesión profunda y larga.

La mayor parte de los especialistas en política macroeconómica considera que para incrementar la tasa de inflación es necesario reducir la tasa de interés de referencia en una economía. La idea es que una menor tasa de interés permite activar la demanda agregada, lo que conduce a un incremento en los salarios y en los precios. La recuperación requiere algo de tiempo, pero en este razonamiento se supone que una vez que la rehabilitación se consolide, la Fed puede proceder a incrementar la tasa de interés y mantenerla en un nivel “normal” sin provocar una recaída de la economía.

La tasa de interés de referencia en Estados Unidos y las principales economías del planeta han permanecido en niveles cercanos a cero desde 2009 con el fin de estimular la economía. Los resultados no han sido brillantes, pero muchos piensan que la economía estadounidense se encuentra en un proceso de recuperación y que la tasa de interés debería ir aumentando gradualmente hasta encontrar su nivel “normal”. Ese nivel estaría ligado a la necesidad de prevenir los excesos de los tomadores de riesgo y evitar que los ahorradores y los tenedores de cuentas de retiro (individuales o en fondos de pensión) sufran un efecto negativo. Hay que notar que el recurrir a un incremento en la tasa de interés está relacionado con el objetivo de reducir las distorsiones en el sector financiero.

Pero ahora el problema es si puede la Reserva federal salir del agujero en el que se encuentra metida la economía estadounidense desde 2008. Para comenzar, los signos de recuperación no han sido estables. La tasa de crecimiento sigue siendo mediocre y está por debajo de su nivel potencial. Por otra parte, el desempeño del mercado laboral ha sido juzgado satisfactorio, pero el descenso en los indicadores de desempleo se debe en buena medida al hecho de que millones de personas han salido del mercado de trabajo y han abandonado la búsqueda de empleo en medio de la desesperanza. Para las estadísticas, ellos no cuentan como ‘desempleados’. En pocas palabras, la “recuperación” no es tan sólida como algunos quisieran creer.

Pero hay un problema adicional que debe superar cualquier intento por ‘normalizar’ las tasas de interés. En lo más álgido de la crisis la Reserva federal adquirió billones de dólares en títulos del Tesoro estadounidense y valores garantizados con hipotecas. Fue una manera de inyectar liquidez y reactivar el moribundo mercado bancario después del colapso de Lehman Brothers. La forma de pago se hizo acreditando las cuentas de los bancos como si hubieran depositado más reservas en la cuenta de la Fed. Así que hoy los bancos tienen en su haber una cantidad astronómica de reservas por las cuales reciben un pago de intereses. Éste ha sido el instrumento a través del cual la Reserva federal ha podido aumentar las tasas de corto plazo porque si un banco puede recibir 0.5 por ciento por tener dinero como reserva no lo prestará a una tasa inferior. Pero el costo para la Fed es altísimo: 7 mil millones de dólares en 2015.

Para regresar a la manera convencional de operar, la Fed tendría que deshacerse de los trillones que tienen acumulados los bancos en reservas. La señora Yellen descarta esa opción porque sería “demasiado perturbador para la economía”. Tiene razón: los fondos de pensión y las compañías de seguros tienen en su contabilidad billones de dólares de títulos gubernamentales de casi cero rendimiento. Si suben las tasas de interés, el precio de esos títulos bajará y se producirá una crisis financiera de proporciones gigantescas. Parece difícil que la principal economía del mundo pueda salir del agujero.

Alejandro Nadal Economista. Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente: La Jornada, 31 de agosto 2016 - Sin Permiso

lunes, 25 de julio de 2016

Dinero y deuda: desde los orígenes hasta la crisis


Alejandro Nadal


En las últimas décadas el sector bancario y financiero consolidó su dominio sobre la economía mundial. Las transacciones e inversiones se hicieron cada vez más a imagen y semejanza de la circulación del capital financiero. El ciclo del capital industrial se fue deformando y subordinando cada vez más a los dictados de la racionalidad financiera. Y las prioridades de la política macroeconómica se convirtieron en simple reflejo de las necesidades de bancos y demás agencias del mundo financiero.
No ha faltado quien busque justificar este estado de cosas desde la perspectiva de la teoría económica. El intento apologético más conocido es el de Eugene Fama, autor de la hipótesis de mercados eficientes. Según esta idea, los precios de los activos financieros incorporan toda la información relevante disponible. Por lo tanto, es casi imposible que un inversionista compre activos subvaluados o que pueda venderlos a precios inflados. En otras palabras, los activos financieros siempre son vendidos a su valor real y los especuladores no pueden ganarle al mercado. La única forma de obtener ganancias a través de la especulación es a través de la adquisición de activos cada vez más riesgosos.
Fama recibió el (llamado) premio Nobel de Economía en 2013. No es que el comité encargado de escoger el ganador del premio se hubiera equivocado al seleccionar a un autor cuyas ideas estaban chocando de manera tan espectacular con la realidad. Al contrario. Precisamente porque el mundo de las finanzas y la desregulación estaban siendo tan cuestionados en el momento más álgido de la crisis, el comité Nobel decidió cerrar filas alrededor de uno de los hijos predilectos del neoliberalismo financiero.
La credibilidad de los apologistas del sector financiero siempre ha enfrentado serios problemas. Una de las razones es que la teoría económica nunca fue capaz de desarrollar un discurso teórico sólido sobre la naturaleza y orígenes de la moneda. Desde los escritos de Adam Smith y algunos precursores, hasta los últimos desarrollos de la disciplina, la moneda siempre apareció como un objeto accesorio de lo principal, es decir, del mundo de las mercancías.
En el relato de la teoría económica los seres humanos existen de manera independiente y sólo entran en relaciones de intercambio a través de operaciones de trueque. Pero la permuta es una operación complicada en la que es indispensable el encuentro entre personas con necesidades recíprocas. Es decir, en una economía no monetaria el intercambio es un proceso arduo, que consume mucho tiempo. De acuerdo con la narrativa de los economistas, se inventó el dinero como una ingeniosa tecnología de transacciones que facilita los intercambios.
El corolario de esta narrativa es que el dinero se presenta por los economistas como una creación del mercado. O sea que para poder salir del torpe mecanismo del trueque, los economistas nos dicen con una cara dura digna de la Isla de Pascua que fue el sector privado el que inventó la solución, el dinero.
El libro de David Graeber, Deuda: los primeros 5 mil años, y una gran cantidad de trabajos de historia y arqueología se han encargado de colocar las cosas en su lugar. Hoy sabemos que el dinero está más ligado al desarrollo del complejo monetario-imperial-militar que al bucólico mundo del trueque que sólo existe en la mente de los economistas. Es decir, el dinero es más una institución creada por el poder público que por los actores privados que intervienen en el mercado. Sin embargo, la propaganda es más eficaz cuando se trata de contrastar 900 páginas de texto con un par de lemas de fácil digestión en el gran público.
Por supuesto que el corolario de la mitología de los economistas es que es indispensable evitar que el Estado controle de alguna manera este instrumento de la civilización que es el dinero. La historieta que cuentan los economistas está llena de ejemplos de reyes y emperadores malévolos que provocaron todo tipo de males e infortunios por haber tenido algún tipo de potestad sobre el dinero. Este es el mito fundamental sobre la creación del sistema económico. De ahí a las ideas sobre la necesidad de la independencia del banco central no hay más que un paso.
Lo que no se puede perder de vista es que la crisis global estalló en un momento en el que la función de creación monetaria está fuertemente controlada por el sector privado y sus bancos comerciales. Todos los mitos sobre el mercado de fondos prestables y sobre el sistema bancario fraccionario sólo sirven para distraer la atención. Los bancos no necesitan contar con depósitos para realizar operaciones de crédito. Al revés, la creación monetaria se realiza a través del crédito y este dinero-deuda tiene una clara función pro-cíclica: se desarrolla vertiginosamente en la fase ascendente del ciclo económico y se desploma cuando el ciclo entra en la fase declinante. La actividad de los bancos comerciales privados y el exceso de endeudamiento que provocan está en la raíz de la crisis. La solución pasa por una regulación estricta de la actividad bancaria.

es miembro del consejo Editorial de SinPermiso
Fuente:
http://www.jornada.unam.mx/2016/07/20/opinion/023a1eco  

martes, 19 de julio de 2016

De economistas y oráculos



Alejandro Nadal

Los economistas fueron durante mucho tiempo algo parecido a los oráculos en la antigua Delfos. Sus consejos sobre política económica eran mensajes de los dioses: sagrados anuncios de eventos que el destino había marcado. De no seguirse las recetas de política económica que recomendaban, las consecuencias serían funestas. Sus anuncios parecían desplegarse como si fueran fruto del contacto directo con los dioses.

Muy poca gente discutía la veracidad de su contenido. Y en la disciplina misma, sólo una minoría seguía el derrotero de la crítica y del trabajo analítico serio para abordar las preguntas más urgentes y relevantes. A ese grupo minoritario se le castigaba con el ostracismo y con la marginación.

Hoy la imagen de los economistas se ha empañado y la credibilidad en sus oráculos esotéricos se ha perdido. Su desprestigio ha ido en aumento. Las causas y la evolución de la crisis financiera global no han sido entendidas por los más connotados economistas del mundo. Hoy algunos de estos guardianes del templo presagian una nueva etapa de estancamiento secular. Pero al igual que los oráculos sibilinos, el misterio rodea sus augurios y se desconocen las raíces de esta nueva etapa en el desarrollo del capitalismo mundial.

Los factores que conducen a una mayor desigualdad tampoco terminan de ser bien analizados. El libro de Piketty sirvió para alertar sobre la magnitud del fenómeno, pero muy poco (casi nada) contribuyó al análisis serio sobre las fuerzas que la engendran.

Las promesas sobre los beneficios que traería consigo la globalización al estilo neoliberal han sido desmentidas por una realidad terca como el destino que buscaba adivinar la Pitonisa en Delfos. Pero aún hoy la economía ortodoxa sigue insistiendo en los ventajas de dicho proceso de globalización y la nueva generación de acuerdos comerciales.

Al interior de la disciplina se escucha la voz de la confusión. Un ejemplo es el catálogo de dudas existenciales que recientemente publicó Mark Thoma, un macroeconomista respetable de la Universidad de Oregon (cuyo blog sobre temas económicos es el más leído del mundo, economistsview.typepad.com). Thoma hace una lista de preguntas para las cuales habría que tener una buena respuesta. Sobresalen dos interrogantes. La primera: ¿qué tan robusto es el mecanismo económico de "autocorrección" después de una recesión? La segunda: ¿cuáles son las fricciones sobre las que debemos concentrarnos? ¿Las de precios y salarios o las del sistema financiero?

Esas preguntas de Thoma son un indicador del estado de desorden mental en el que se encuentra la teoría económica. La combinación de las ideas de "auto-corrección" y de "fricciones" es reveladora. Detrás de estas consideraciones yace el dogma central que todo domina en la disciplina: el mecanismo económico está animado por una tendencia inexorable al equilibrio y lo único que obstaculiza esta propensión son las fricciones que existen en la formación de nuevos precios y, sobre todo, en los salarios. Necesitamos mayor humildad, dice Thoma, para cambiar de opinión cuando "los datos" están en desacuerdo con nuestro modelo teórico favorito. Yo creo que necesitamos algo más que humildad.

Esta visión sobre la situación actual de la disciplina es algo frívola. Como punto de partida se supone que existe un mecanismo (económico) que tiene la capacidad de autoregulación. Ataviada de diferentes ropajes esta idea ha sido la columna vertebral de la teoría económica dominante desde el nacimiento del capitalismo. La búsqueda de "datos" para corroborar y confirmar su veracidad se reveló al paso de las décadas como un ejercicio infructuoso. Entonces se recurrió a la construcción de complejos modelos matemáticos que permitirían demostrar que el mecanismo económico está dotado de esta propiedad de auto-corrección y que sólo las fricciones impiden su buen funcionamiento.

Pero el uso de modelos matemáticos no pudo demostrar que unas supuestas fuerzas estabilizadoras permitieran mantener une economía de mercado en una senda de equilibrio. Al contrario: lo único que se pudo demostrar fue que solamente introduciendo supuestos arbitrarios en los modelos sería posible "demostrar" que una economía de mercado tendría la propiedad de auto-corrección. Esas condiciones arbitrarias nada tienen que ver con los "datos" cuya existencia presuponen las preguntas de Thoma.

Quizás el vicio de origen más fuerte que tiene el pensamiento económico consistió en trazar desde el arranque un programa de investigación que buscaba justificar el capitalismo en lugar de comprender su naturaleza. Así se organizó la teoría económica alrededor de una misión sacrosanta: demostrar que el mercado libre y sin regulación tenía propiedades benéficas para todos. Mientras se abandonaba la vía analítica de una ciencia normal, la metáfora de la mano invisible se constituyó en el paradigma (en el sentido de Kuhn) del pensamiento económico. Enderezar de alguna manera el camino es lo que busca el pensamiento económico heterodoxo, pero será difícil convencer a los oráculos en Delfos para que abandonen sus viejas prácticas divinatorias.

Alejandro Nadal
es miembro del consejo Editorial de SinPermiso
Fuente:
http://www.jornada.unam.mx/2016/07/13/opinion/026a1eco

lunes, 23 de mayo de 2016

Para imaginar un nuevo Bretton Woods



Yanis Varoufakis 

El derrumbe financiero de 2008 dio lugar a varios llamamientos a un sistema financiero global que recortara los desequilibrios comerciales, moderase los flujos especulativos de capital e impidiera un contagio sistémico. Tal era, por supuesto, la meta del sistema inicial de Bretton Woods. Pero ese sistema resultaría hoy tan insostenible como indeseable. Así pues, ¿qué apariencia tendría una alternativa?
La conferencia de Bretton Woods de 1944 presentó la colisión entre dos hombres y sus respectivas visiones: Harry Dexter White, representante del presidente Franklin Roosevelt, y John Maynard Keynes, que representaba a un imperio británico desfalleciente. Como no es de sorprender, prevaleció el programa de White, fundado en el superávit del comercio de postguerra de los EE. UU., que se desplegó para dolarizar Europa y Japón a cambio de su aquiescencia al criterio pleno de la política monetaria para los EE.UU. Y el nuevo sistema de postguerra proporcionó el cimiento de la mejor hora del capitalismo…hasta que Norteamérica perdió su superávit y se vino abajo lo que  White  había dispuesto.
La pregunta que se ha formulado periódicamente durante buena parte de la pasada década es una pregunta directa: ¿habría sido más adecuado para nuestro mundo multipolar posterior a 2008 el plan que se descartó de Keynes?
Zhu Xiaochuan, gobernador del banco central de China, así lo sugirió a principios de  2009, lamentando que Bretton Woods no se hubiera adherido a la propuesta de Keynes. Dos años más tarde, a Dominique Strauss Kahn, entonces Director Ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, se le preguntó cuál pensaba que debería ser el papel del FMI posterior a 2008. Su contestación fue: “Hace sesenta años, Keynes ya previó lo que hacía falta, pero era demasiado pronto. Ahora es el momento de realizarlo ¡y creo que estamos listos para llevar eso a cabo!”
A las pocas semanas, Strauss Kahn cayó en desgracia, sin llegar a explicar nunca qué es lo que entendía por “eso”. Pero no resulta difícil delinear qué es lo que “eso” podría ser.  
Por encima de todo, el nuevo sistema reflejaría la visión de Keynes de que la estabilidad global se ve socavada por la ingénita tendencia del capitalismo a insertar una cuña entre las economías con superávit y las que tienen déficit. El hiato entre superávits y déficits se agranda hace durante los períodos de mejoría, mientras que, durante la recesión, el peso del ajuste recae de modo desproporcionado sobre los deudores. Lo que trae consigo un proceso de deuda y deflación que echa raíces en las regiones de déficit antes de que disminuya la demanda en todas partes.
A fin de contrarrestar esta tendencia, Keynes abogaba por substituir cualquier sistema en el que “el proceso de ajuste sea obligatorio para el deudor y voluntario para el acreedor” por otro en el que la fuerza del ajuste recaiga simétricamente sobre deudores y acreedores.
La solución de Keynes fue una Unión de Compensación Internacional (UCI) que subscribirían las principales economías. Aunque mantendrían su propia moneda y sus respectivos bancos centrales, sus miembros acordarían la denominación de todos los pagos en una unidad de contabilidad común –que Keynes denominó el “bancor”— y la compensación de todos los pagos internacionales por medio de la UCI.
Inicialmente, a la cuenta de reserva de cada Estado miembro con la UCI se le abonaría una suma de bancores proporcional a su participación en el comercio mundial. A partir de ahí, a cada uno se le abonarían bancores extra en proporción a sus exportaciones netas. Una vez establecida, la UCI gravaría fiscalmente de manera simétrica los superávits y déficits persistentes, a fin de anular el mecanismo de retroalimentación negativo entre flujos de capital desequilibrados, volatilidad, demanda agregada global inadecuada y desempleo innecesario distribuidos de manera desigual alrededor del mundo.
La propuesta de Keynes no carecía de problemas. Contemplaba divisas fijas, lo que requeriría sobregiros limitados para aquellos países que incurren en dáficits crónicos y entrañaría un regateo constante entre los ministros de economía para reajustar los tipos de cambio y de interés. Y los controles financieros rígidos, que dan a los burócratas un poder discrecional desorbitado sobre las transferencias de capital, equivalen a un error fatal.
Pero no hay razón por la que no se pueda diseñar una UCI con tipos de cambio variables y reglas sencillas y automatizadas que minimicen el poder discrecional de políticos y burócratas, a la vez que preservan las ventajas de la idea original de Keynes para mantener bajo control los desequilibrios globales.
Una nueva UCI o NUCI sería tal como Keynes la había contemplado. Pero, en lugar del  bancor abstracto, presentaría una divisa digital común – llamémosla Kosmos – que emitiría y regularía el FMI. El Fondo administraría Kosmos sobre la base de un libro de contabilidad distribuido, digital y transparente, y un algoritmo que ajustaría la oferta  total de una forma acordada previamente al volumen del comercio mundial, permitiendo un componente contracíclico automático que impulse la oferta en momentos de desaceleración general.  
Los mercados cambiarios operarían tal como lo hacen hoy, y el tipo de cambio entre Kosmos y diversas divisas variaría del mismo modo que lo hacen los Derechos Especiales de Giro del FMI frente al dólar, el euro, el yen, la libra y el renminbi. La diferencia, por supuesto, consistiría en que, con la NUCI, los estados miembros permitirían que todos los pagos de uno a otro pasaran por la cuenta Kosmos NUCI del banco central.
Para aprovechar todo el potencial del programa para mantener los desequilibrios bajo control, se introducirían dos transferencias estabilizadoras. En primer lugar, se cargaría anualmente un gravamen al desequilibrio comercial en la cuenta de Kosmos de cada banco central, en proporción a su déficit o superávit y se pagaría a un fondo común de la NICU. En segundo lugar, las instituciones financieras privadas pagarían una tarifa al mismo fondo de la NUCI en proporción a cualquier aumento de los flujos de capital que salgan del país, lo que recuerda al aumento de precio que imponen empresas como Uber durante las horas de mayor tráfico.
El gravamen por desequilibrio comercial está destinado a motivar a los gobiernos de los países con superávit a que incrementen el gasto y la inversión internos a la vez que reducen de manera sistemática el poder adquisitivo internacional de los países con déficit. Los mercados cambiarios tomarán esto en consideración, ajustando los tipos de cambio con más rapidez como respuesta a los desequilibrios por cuenta corriente y anularán buena parte de los flujos de capital que hoy sostienen un comercio desequilibrado de manera crónica. De forma semejante, el recargo por “aumento” penalizará automáticamente las entradas y salidas de capital especulativas, como en manada, sin incrementar el poder discrecional de los burócratas o introducir controles de capital inflexibles.
De repente, el mundo habrá adquirido, sin necesidad de subscribir capital, un fondo soberano global de riqueza. Esto permitiría que la transición a un sistema energético bajo en carbono se financiara a escala global, y de modo tal, que estabilice la economía global por medio de inversiones en investigación y desarrollo consagrados a la energía verde y a tecnologías sostenibles.
Keynes era un adelantado a su tiempo: su propuesta precisaba de tecnologías digitales y de mercados de divisas extranjeras que no existían en los años 40. Pero hoy los tenemos, además de tener experiencia institucional con sistemas internacionales de compensación. Necesitamos desesperadamente la transición verde global que crearía automáticamente un Bretton Woods keynesiano. Todo lo que nos hace falta es el proceso político. Y, ciertamente un Roosevelt, convocar a las partes y catalizar el cambio.
exministro de finanzas del gobierno griego de Syriza, es Profesor de política económica en la Universidad de Atenas. Su libro El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, fue publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2ª edición inglesa revisada. Una extensa y profunda reseña del Minotauro, en SinPermiso N
Traducción:
Lucas Antón
Fuente: Sin Permiso

lunes, 2 de mayo de 2016

Keynes, el subversivo




Alejandro Nadal
El primer día de 1935 encontró a John Maynard Keynes escribiendo una carta para George Bernard Shaw. En la misiva señaló: Creo estar escribiendo un libro sobre teoría económica que revolucionará en gran medida la manera en que el mundo piensa sobre los problemas económicos. Mostrando cierta cautela agregaba en un paréntesis que ese resultado no se dejaría sentir inmediatamente, pero sí en los próximos 10 años. Quién le iba a decir que pasado el decenio, él estaría a punto de morir de manera prematura (a los 62 años) y que ya se habría iniciado un proceso contrarrevolucionario para distorsionar y aniquilar los principales descubrimientos de su obra.
Keynes tenía razón. Su obra fue revolucionaria. Y el mensaje central fue juzgado subversivo por la clase política y por la mayoría de sus colegas en el mundo académico. Ese mensaje puede sintetizarse en una frase: las economías capitalistas son intrínsecamente inestables y pueden mantener niveles de desempleo socialmente inaceptables durante largos periodos de tiempo.
La teoría de Keynes no se hizo en un día. La evolución puede resumirse en una de sus frases más célebres: el problema no está en las nuevas ideas, sino en escapar de las viejas formas de pensar que se ramifican, para nosotros que hemos sido educados en sus tradiciones, hasta ocupar todos los rincones de nuestra mente.
El mundo anterior a Keynes rechazaba la posibilidad de una crisis económica generalizada. Dominaba la idea según la cual la venta de mercancías sirve para financiar la compra de otras mercancías. Es decir, cuando una persona vende una mercancía lo hace para inmediatamente comprar otra mercancía con el ingreso obtenido. Esta idea recibe el nombre de ley de Say (por el economista francés del siglo XIX), y de aquí se desprende que todo el ingreso se gasta y lo que no se gasta se ahorra. De ahí que Keynes la redujo a la frase la oferta crea su propia demanda. Podría haber un problema de desequilibrio en un mercado particular, pero, a nivel de toda la sociedad, lo que deja de gastarse en un mercado se gastará en otro y siempre habrá, en el agregado, un equilibrio.
La obra de Keynes se basa en el principio de la demanda efectiva: la producción de mercancías se ajusta o depende de la demanda de mercancías. Esta idea implica una transformación radical: la actividad económica está determinada por la demanda, no por las limitaciones que pudieran encontrarse por el lado de la oferta (dotaciones de recursos o por la tecnología). La idea choca radicalmente con la ley de Say y el establishment no tardó en darse cuenta del peligro de este mensaje subversivo.
Keynes identificó los dos componentes de la demanda agregada, el consumo y la inversión. El consumo es más o menos estable, pero es insuficiente porque la propensión a consumir (cuando aumenta el ingreso) crece menos que proporcionalmente. La inversión, por su lado, puede colmar la brecha para alcanzar el pleno empleo (los inversionistas también demandan bienes y servicios para sus proyectos). Sin embargo, la inversión es inestable porque depende de las expectativas de los inversionistas y está condicionada por la incertidumbre, otro personaje clave en la obra de Keynes.
En 1932 Keynes pudo reconocer la relación de identidad entre los agregados macroeconómicos inversión y ahorro. Es uno de los más importantes descubrimientos de Keynes y hoy el análisis monetario permite identificar no sólo la naturaleza, sino el mecanismo a través del cual se explica esta identidad. Por la creación monetaria de los bancos privados, ya no se necesita una reducción en el consumo para tener un ahorro que pueda invertirse. El crédito bancario genera los depósitos y un incremento en la inversión provoca crecimiento del ingreso. Aquí se invierte la relación de causalidad. Hoy sabemos que el ahorro no precede a la inversión. El alto nivel de consumo, no del ahorro, es lo que lleva a mayor inversión y al crecimiento del ingreso.
Keynes mostró que aún con plena flexibilidad de precios en todos los mercados el desempleo puede mantenerse durante largos periodos de tiempo. Aun así, hoy se puede decir que el mundo de la macroeconomía se divide entre aquéllos que acompañan el análisis de Keynes y los que siguen insistiendo en que el problema del desempleo está provocado por algún tipo de rigidez. Típicamente se buscan las fuentes de rigidez en el mercado laboral (serían los sindicatos los villanos) o en las intervenciones del gobierno (que vendrían a distorsionar la bella obra de los mercados con precios flexibles). Frente a esta tontería se yergue la obra de Keynes: los precios flexibles en el mercado no sólo no resuelven el problema del desempleo, sino que pueden agravarlo.
Varios mensajes de Keynes irritan a los economistas convencionales e ignorantes. Pero hay uno que les parece intolerable porque atenta contra su creencia sacrosanta de que la esfera de lo económico es autónoma y no debe ser perturbada por nadie porque tiene la capacidad de autoregulación. Keynes demostró, por el contrario, que se necesita la intervención externa para poder estabilizar el funcionamiento de una economía capitalista.

Alejandro Nadal

Economista. Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso

Fuente: Sin Permiso,

http://www.jornada.unam.mx/2016/04/27/opinion/024a1eco

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