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martes, 19 de abril de 2016

VLADIMIR PUTIN Y FRANCOIS HOLLANDE - Dos jefes de Estado ante sus conciudadanos



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El 14 de abril de 2016, los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de Francia, Francois Hollande, respondían en televisión, cada uno en su país, a las preguntas de sus conciudadanos [1]. En ambos casos, se trataba de un mero ejercicio de comunicación y no estaba previsto el anuncio de ninguna novedad.




por Thierry Meyssan

Aunque la situación económica de Rusia es mucho más delicada que la de Francia, los televidentes rusos siguieron masivamente el programa «Línea directa con Vladimir Putin» mientras que los franceses se mantuvieron indiferentes ante los «Diálogos ciudadanos con Francois Hollande». Los niveles de audiencia de ambos programas corresponden precisamente al nivel de respaldo de los dos dirigentes. Thierry Meyssan estima que, contrariamente a lo que pretenden ciertos consejeros en comunicación, la reacción positiva o negativa de telespectadores y electores no depende fundamentalmente de los índices económicos. Los niveles de audiencia entre la ciudadanía dependen de la capacidad de sus líderes para dirigir el país o ser simples administradores.

Un formato europeo
En primer lugar, se trata de un tipo de programa de televisión que se ha desarrollado, durante los últimos años, en el continente europeo pero que no existe en otros países, como Estados Unidos.

Si bien el presidente Barack Obama acepta responder algunas preguntas de conciudadanos en ciertas actividades públicas, esto sigue teniendo un carácter excepcional y no es algo que se hace en televisión durante toda una noche. Para mostrar proximidad con su pueblo, Obama prefiere comer pizza en familia en un fast-food, rodeado de un enjambre de fotógrafos. Pero, cuando llega a la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos no rinde cuentas a nadie, ni al Congreso (exceptuando algún crimen que pudiese justificar su destitución), ni a sus electores.

En Europa, por el contrario, existe una larga tradición en cuanto a interrogar al jefe del Estado. Se parte del principio que un jefe de Estado no debe temer el contacto directo con el pueblo. Por eso es frecuente ver a un líder europeo mezclarse con la multitud, mientras que el presidente de Estados Unidos sólo se mueve en su limusina blindada y rodeado de innumerables guardaespaldas.


Dos escenarios diferentes

Vladimir Putin había escogido un escenario grandioso: una gran sala con muchísimo público, un programa que duró 3 horas y media (incluso se prolongó 10 minutos más de lo previsto). Francois Hollande optó por un decorado menos solemne, un pequeño espacio con sólo unas decenas de ciudadanos como público, y dos veces menos tiempo de duración… sólo 1 hora y 30 minutos. Ninguno de los dos presidentes utilizó un estudio de televisión permanente sino salas especialmente preparadas para la ocasión.

Por supuesto, las personas que iban a hacer uso de la palabra habían sido cuidadosamente seleccionadas. En el último momento, dos ciudadanos invitados a expresarse en el programa de France2 fueron descartadas, por orden de la presidencia de la República. Al parecer se trataba de evitar alguna expresión de cólera o que se insistiera demasiado en algún tema. En definitiva, sólo 4 ciudadanos fueron autorizados a dirigirse al presidente de la República Francesa. Mientras tanto, la selección que hicieron el canal ruso 1tv y el Kremlin fue mucho más simple, aunque las personas que intervinieron fueron mucho más numerosas, el hecho que los ciudadanos rusos se pasaban rápidamente el micrófono hizo que tuvieran individualmente mucho menos tiempo de conversación con el presidente de la Federación Rusa.

El estudio ruso recibía a telespectadores traídos del interior del país para asistir a un espectáculo y que no supieron hasta el último momento que iban a participar en la emisión Línea directa con Vladimir Putin. Este modo de organización alivió considerablemente el trabajo de los servicios de seguridad. La televisión había invitado además a numerosas personalidades muy conocidas provenientes de los sectores de la ciencia y la economía. Para terminar, el presidente ruso había invitado a sus ministros y generales a unirse al público, según lo acostumbrado en una conferencia de prensa oficial. El público francés, por el contrario, se componía únicamente de individuos anónimos ya que Francois Hollande prefirió presentarse como un ciudadano más.

En ambos casos, las personas que no se hallaban en la sala tenían la posibilidad de hacer preguntar por teléfono o por SMS. En Rusia, esta manera de interrogar al presidente tomó proporciones desmesuradas con más de 3 millones de preguntas contabilizadas.

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!4 de Abril

Dos presidentes ante
malos resultados económico

Los dos presidentes se presentaban a sus conciudadanos con un balance económico negativo. Rusia sufre una fuerte recesión (superior al 4%), mientras que Francia prosigue su lento proceso de desindustrialización y enfrenta un alza continua del desempleo. El contexto internacional, principalmente los precios extremadamente bajos del petróleo, es desgraciadamente desfavorable para la Rusia exportadora de hidrocarburos, pero confiere una enorme ventaja a la agricultura y la industria francesas, importadoras de hidrocarburos. A pesar de ello, el presidente Putin estuvo a la ofensiva mientras que su homólogo francés se vio todo el tiempo a la defensiva.

Sin embargo, los rusos están conscientes del hecho que la recesión que enfrentan está siendo provocada deliberadamente por las sanciones occidentales, mientras que los franceses contemplan los buenos resultados económicos de los demás países miembros de la Unión Europea.

Dos maneras diferentes de
responder a las preguntas

El presidente Putin respondió a las preguntas precisando sus posiciones. Cuando se le mencionaba algún caso de injusticia, el presidente ruso se comprometió a ocuparse personalmente del asunto, lo cual hizo al día siguiente. Pero nunca respondió hablando de creación de subvenciones sociales ni recordando el monto de estas, porque él deja esos temas para sus ministros. El presidente Putin concebía su papel como el de un dirigente que expone las consecuencias de las diversas opciones a su disposición y que posteriormente decide la que le parece más adecuada.

El presidente Hollande, por el contrario, respondió a las preguntas con una enumeración de las diferentes medidas que su gobierno ha adoptado. Lo que quería era demostrar que trabaja con eficacia, recitando para ello las cantidades de subvenciones y medidas de asistencia creadas o modificadas desde que él llegó a la presidencia. Pero nunca respondió hablando de las opciones estratégicas que se le plantean y sobre las cuales tendría que tomar decisiones. Hollande concibe su papel como el de un redistribuidor que no interviene en la marcha de los acontecimientos sino que corrige las desigualdades que resultan de ese proceso.

Con ello, Francois Hollande ya renuncia de entrada a su función y se rebaja al nivel de un director de administración central. El Hollande que compareció en la televisión francesa ya no era un líder sino un alto funcionario ejecutor de una política.

En materia de política interna, el presidente Putin subrayó la importancia de los diferentes partidos en la medida en que contribuyen a defender puntos de vista que en definitiva se complementan y resultan todos útiles al país. Se mostró así capaz de sintetizar esos puntos de vista, por encima o más allá de los partidos. Y nunca mencionó sus ambiciones personales.

Al optar por debatir con dos ciudadanos presentados como opositores –un elector del Frente Nacional y un participante en la «Noche de pie»–, el presidente Hollande se lanzó al ruedo partidista. Incluso trató de adoptar la posición de defensor de las instituciones republicanas más que como candidato de la izquierda. El objetivo era introducirlo en la próxima campaña electoral, en la que Hollande desea presentarse como candidato a su propia sucesión. Pero, al seleccionar a un elector del Frente Nacional que decía haber votado por ese partido movido por la cólera, Hollande parecía estar librando una batalla pasada. Hoy en día, el Frente Nacional ha dejado de ser una expresión contestataria y más bien traduce la adhesión a un programa.

Para mostrar su proximidad con sus conciudadanos, los dos presidentes recurrieron a estrategias muy diferentes.

Vladimir Putin dio la palabra a niños. Uno de ellos le preguntó si le gustaba la avena en el desayuno y si sus gustos habían cambiado con el tiempo. El presidente le respondió con amabilidad, mostrando que se mantiene a la disposición de todos.

Francois Hollande optó por mostrar sus emociones, hablando del momento en que le anunciaron –hace algunos días– la muerte de 3 jóvenes soldados en misión. Y con ello se puso nuevamente por debajo de la función presidencial ya que un jefe de Estado no debe justificar una posición adoptada en nombre de su país invocando una emoción personal. Su emoción resultaba incomprensible: si esos soldados se sacrificaron por la Nación, Hollande tendría que hablar de ellos con orgullo, como héroes. ¿Habrá entonces que entender que los mandó a morir por otras razones y que se siente culpable?

Una cuestión de autoridad

En conclusión, Putin y Hollande enviaban mensajes radicalmente diferentes.

Vladimir Putin dio muestras de disponibilidad. Cuando un ciudadano le pregunta algo sobre lo que ya él habló anteriormente, Putin pide a los periodistas que le permitan al ciudadano seguir hablando y señala que él no vino al encuentro con su reloj, le dedica tiempo a cada uno de sus interlocutores.

Francois Hollande estaba preparando su sucesión. Venía, según sus propias palabras, a «rendir cuentas» a los electores para poder solicitar nuevamente su respaldo. No se veía a sí mismo como un presidente exponiendo las opciones que se plantean al país sino que se ponía implícitamente en la posición de quien pide algo tratando de demostrar su buena fe.

Cerca del 60% de los telespectadores rusos siguieron, durante 3 horas y 40 minutos, el maratón televisivo del presidente Putin. En Francia, menos del 15% de la teleaudiencia se interesó por la hora y media de campaña electoral de Francois Hollande. Esas cifras corresponden globalmente al respaldo del que estos dos hombres disponen en sus países respectivos, un respaldo que no tiene nada que ver con la situación económica sino que se basa únicamente en su autoridad natural, en su manera de concebir la función que ejercen.

Thierry Meyssan



[1] «Прямая линия с Владимиром Путиным» (Ver la versión en inglésa través de este vínculo); «"Dialogues citoyens" avec François Hollande» (en francés), Réseau Voltaire, 14 de abril de 2016.

Thierry Meyssan

Thierry MeyssanIntelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).



Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «Dos jefes de Estado ante sus conciudadanos», por Thierry Meyssan, Red Voltaire , 18 de abril de 2016,www.voltairenet.org/article191310.html

Fuente: Red Voltaire

lunes, 11 de mayo de 2015

LA TERGIVERSACIÓN DEL 9 DE MAYO







Resultado de imagen de MARISCAL ZHUKOV
Mariscal Zhukov, el Vencedor de Berlín
Rusia: las sillas vacías del 9 de mayo
Àngel Ferrero · · · · ·
10/05/15


Este 9 de mayo se celebra el 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Tal día como hoy, el conocido locutor radiofónico Yuri Levitan anunciaba a la Unión Soviética la capitulación incondicional de la Alemania nazi: “¡Atención, habla Moscú! El 8 de mayo de 1945, en Berlín, representantes del alto mando alemán han firmado el acta de capitulación incondicional de las fuerzas armadas alemanas. La Gran Guerra Patriótica, librada por el pueblo soviético contra los invasores fascistas alemanes, ha terminado con nuestro triunfo. ¡Alemania ha sido completamente aplastada! ¡Gloria eterna a los héroes caídos en la lucha por la libertad y la independencia de nuestra patria!”
El Tercer Reich, destinado a durar mil años, era historia después de doce años de terror pardo, y Berlín, la capital de su imperio, poco más que una sucesión de montañas de escombros que se alzaban a ambos lados de las calles como doloroso recordatorio para los alemanes de adónde habían conducido sus ambiciones de dominar y someter al continente. El mayor conflicto de la historia había terminado. De los 75 millones de muertos, el mayor número, unos 27 millones, pertenecían a la URSS, que sufrió asimismo la mayor destrucción material. Sólo en Bielorrusia murieron dos millones de personas (uno de cada tres habitantes), quedaron destruidas 209 de las 290 ciudades y el 85% de la industria del país y 628 aldeas fueron borradas literalmente del mapa.
Por todo ello, el 9 de mayo es, huelga decirlo, un día importante para los rusos, y en general para todos los ciudadanos de las exrepúblicas soviéticas. Aunque durante la jornada se organizan numerosos actos de conmemoración, el más conocido es sin duda el desfile militar en la Plaza Roja de Moscú. Este desfile desapareció con la desintegración de la URSS hasta que el Kremlin decidió restablecerlo en 2008 no sin polémica. (Mucho menos revuelo tuvo, dicho sea de paso, el establecimiento en 1992 del desfile militar de las fuerzas armadas de Polonia, que se celebra todos los años el Día de la Asunción, 15 de agosto, y conmemora la victoria del Ejército polaco bajo el mando del social-chovinista Piłsudski sobre los bolcheviques en la Batalla de Varsovia).
El desfile de este año también se celebra envuelto de polémica, pero por otros motivos. Varios jefes de Estado y de gobierno han decidido declinar la invitación institucional para asistir al acto. El presidente de EEUU, Barack Obama, alegó motivos de agenda y la canciller alemana, Angela Merkel, llegó a una solución de compromiso: aunque no estará el día 9, el 10 depositará una corona de flores en la tumba al soldado desconocido frente a las murallas del Kremlin. Pero a nadie se le escapa que el motivo real de este plante es otro: visibilizar el aislamiento de Rusia en el día festivo más importante de su calendario en protesta por las interferencias rusas en el conflicto ucraniano. Un gesto mal calculado, pues tendrá seguramente como único efecto galvanizar a las propias filas, también en el lado ruso. “¡No necesitamos a Merkel o a Hollande y sus aullidos de lobos en la Plaza Roja!”, tronaba el escritor Eduard Limónov hace unas semanas desde su blog. Las quejas de Limónov, un conocido nacionalista, expresan, con todo, el sentimiento de ofensa de muchos rusos a lo largo de todo el espectro político. Una decisión razonable hubiera sido entender el acto exclusivamente en su marco histórico, obviando las tensiones geopolíticas actuales, y asistir a la conmemoración. De hecho, así parece haberlo comprendido, entre otros, el primer ministro griego, Alexis Tsipras.
No ha faltado quien haya visto paralelismos con el boicot occidental a los JJ.OO. de Moscú de 1980 a raíz de la intervención soviética en Afganistán. Aryeh Neier escribió entonces en The Nation un artículo titulado “El motivo equivocado” que podría reproducirse, mutatis mutandis, hoy, teniendo en cuenta que, además, desde la prensa occidental se ha planteado un boicot idéntico para el Mundial de Fútbol de 2018 que se celebrará en Rusia. “La intervención soviética militar en Afganistán debe condenarse”, escribía Neier, “pese a que las protestas de Jimmy Carter habrían sido más presentables si hubiese reconocido sus paralelismos con la intervención militar estadounidense en pequeños países como Camboya. Yo me inclinaría a favor de ir a las Olimpíadas a pesar de mi rechazo a lo que la Unión Soviética está haciendo en Afganistán. Creo que los contactos pacíficos entre pueblos son deseables, y participar en las Olimpiadas no sería un apoyo a la invasión”.
El 8 de mayo de Schetyna
Muchos de los políticos que no estarán hoy presentes en Moscú participaron ayer en un acto de conmemoración paralelo y sin precedentes en Polonia, anunciado hace meses por su ministro de Exteriores, Grzegorz Schetyna. Schetyna justificó la decisión afirmando que la situación actual en Ucrania hacía imposible su celebración en Moscú, y su traslado a Gdansk porque ésta fue la primera ciudad atacada por los nazis (aunque en realidad fue Wieluń). Como avanzabaRossiyskaya Gazeta, Ucrania celebró ayer en un ambiente enrarecido el Día de la Memoria y la Paz.
La ausencia de varios líderes europeos en el desfile del 9 de mayo en Moscú no es más que un nuevo episodio de una tendencia preocupante.
En enero, el presidente ruso, Vladímir Putin, fue dejado fuera de la conmemoración del 70 aniversario de la liberación de Auschwitz mediante lo que el corresponsal de La Vanguardia Rafael Poch-de-Feliu describió como “una intriga polaca”. La participación del presidente ucraniano fue, en cambio, amplificada de manera interesada por la prensa local, y políticos y periodistas establecieron toda suerte de paralelismos históricos entre la Alemania nazi y Rusia. El pasado 6 de abril el ministro de Exteriores letón echó gasolina al fuego al comparar a Rusia con el Imperio alemán y el Tercer Reich y augurarle idéntico destino. Todo ello no hace sino aumentar la sensación de agravio de los rusos, además de abundar en la peligrosa banalización del nazismo que existe desde hace casi dos décadas en Europa. Saddam Hussein es Hitler. Milošević es Hitler. Ahmadineyad es Hitler. Putin es Hitler. Etcétera.
Según Poch, “detrás de todo esto se adivina una clase política mediocre y revisionista con respecto a las realidades de la coalición antihitleriana (…) De lo que ahora se trata es de continuar con esa Ostpolitik agresiva y disolvente, arrebatándole a Rusia cualquier papel de prestigio en la historia europea. La misma política que ha pilotado el desastre de Ucrania, se propone ahora expulsar a Rusia de la historia europea”.
No es ninguna exageración. El 8 de enero, el primer ministro ucraniano, Arseni Yatseniuk, declaraba en una entrevista para el informativo de la ARD (la televisión pública alemana) que “todos recordamos la invasión soviética en Ucrania y Alemania”, y apostilló que nadie tiene derecho a reescribir los resultados la Segunda Guerra Mundial. Más chocante aún fue que la presentadora alemana no corrigiera al entrevistado. De hecho, estos intentos de revisionismo histórico, con frecuencia toscos, pueden encontrarse también en Alemania, allí más sutiles y encubiertos por la eficaz construcción ideológica, ampliamente difundida por la academia y los medios, de que el Estado alemán ha llevado a cabo ejemplarmente su ejercicio de memoria histórica. Con la extinción de la RDA, la Alemania reunificada decidió no prolongar la tradición antifascista de mantener el 8 de mayo como Día de la liberación, que hoy únicamente mantienen los Länder de Mecklemburgo-Pomerania oriental y -desde abril pasado- Brandeburgo. Aún hoy día los historiadores alemanes se enzarzan en bizantinos debates sobre si los Aliados libraron una guerra para liberar a Alemania o sólo para vencerla militarmente, como si la derrota militar total y completa de Alemania no hubiese sido la única vía de liberar a buena parte de Europa occidental del fascismo, y como si ésa no fuese la interpretación de la mayoría de historiadores en el resto de países.
Después de que los militares alemanes firmasen la capitulación incondicional en Berlín, el general del Ejército Rojo Georgi Zhúkov, uno de los artífices de la derrota del fascismo en Europa, invitó a los aliados a un banquete para celebrarlo. Según relata Zhúkov en sus memorias, el banquete terminó de madrugada, “con canciones y bailes”. Y en eso, aclara, “los generales soviéticos eran imbatibles”. “Me volví a sentir joven y bailé lo mejor que pude un baile popular ruso”, escribió. Algo así es lo que harán la mayoría de rusos hoy, a pesar de los intentos por instrumentalizar el 9 de mayo, vengan de donde vengan

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