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martes, 4 de octubre de 2016

El NO se impuso, ¿qué sigue?

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José Antonio Gutiérrez D.
Rebelión


Con una participación de apenas el 37% del electorado, el NO se impuso, con un 50% de los votos, por un breve margen de menos de un 1%. En circunstancias normales, este resultado se vería como un empate técnico[1]. Sin embargo, la derrota política sufrida por los sectores políticos que han respaldado el acuerdo de paz entre el gobierno de Santos y las FARC-EP no puede ser minimizada. La campaña del NO, en estricto rigor, no tenía que ganar para ganar: le hubiera bastado tener un margen de votos lo suficiente amplio como para poner un signo de interrogación y quitar piso de legitimidad a lo acordado en La Habana. En cambio, lograron mucho más que eso, imponiéndose en el conteo final en una jornada electoral cuyos altos niveles de abstención tampoco pueden atribuirse exclusivamente a la lluvia. La falta de entusiasmo en torno a este acuerdo de paz ha sido más que evidente, pese a que todos los medios de comunicación, la llamada “comunidad internacional” y las principales personalidades de la política y la cultura se posicionaron a favor del SI. No es de sorprenderse que el SI haya tendido a imponerse en las zonas de presencia guerrillera o de fuerte intensidad del conflicto, mientras que el NO se tendió a imponer en las zonas alejadas del conflicto[2]. Pero estas son tendencias, no realidades absolutas: en zonas del Caribe, claramente ajenas al conflicto, se impuso el SI y el NO se impuso en municipios fundacionales de las FARC-EP, como ser Chaparral, Rioblanco y Planadas en Tolima.

Ya habíamos dicho, a contravía del triunfalismo reinante entre los partidarios del SI, que resultaba insensato despreciar la fuerza que el NO podía tener entre los votantes[3]. Pese a que en un principio el espectro del NO era feudo exclusivo de los uribistas, sería un error asumir que pertenecen al expresidente todos los votos en contra al acuerdo, o que todos estos votos representen al “guerrerismo”: aunque esos sean los sectores más visibles, hubo sectores que con argumentos jurídicos también se posicionaron en el campo del NO[4]. No creo que muchos de los votantes contra el acuerdo quieran, genuinamente, volver a la guerra o quieran más derramamiento de sangre. Esto es algo que no debe ser obviado. Acá no se debatió la paz y la guerra, aunque así lo quiera ver obstinadamente un determinado sector –se sabía que, fuera cual fuera el resultado del plebiscito, la decisión de las FARC-EP de abandonar la lucha armada no tiene reversa y en ese sentido se habían ya expresado algunos comandantes de esa guerrilla[5]. Quienes rechazaron el acuerdo tal cual fue negociado en La Habana esperan una renegociación.

Desde luego, no ayudó la pobre pedagogía de paz durante el proceso de negociación, en el cual hubo más interés en aislar y desacreditar a la insurgencia que en dar capital político a lo que se venía negociando. Ni tampoco ayudó la campaña de Santos, que invitó al pueblo a tragarse sapos. Al pueblo no le gusta tragarse sapos , aunque a veces tenga que hacerlo contra su voluntad. Pero si se le da la opción, dirá que no. Así de sencillo. Podrá decirse que el mensaje de Santos fue tibio o confuso, pero no podía ser de otra manera: en realidad, tanto él como Uribe son representantes de la oligarquía y sus contradicciones, magnificadas por la prensa, son más de forma que de fondo[6]. En la narrativa post-conflicto que están construyendo –antes de que estemos en el post-conflicto-, el Estado aparece como un padre benevolente que perdona a su hijo rebelde sus desafueros pasados. La cuestión es cuanto están dispuestos a ceder o a perdonar. Un acuerdo que no tocaba el modelo y que no tenía, de manera evidente, capacidad transformadora para la mayoría, no tuvo mayor eco y el debate terminó limitándose a la supuesta impunidad para las FARC-EP.

Pero más allá de las limitaciones obvias de la campaña oficialista, el triunfo del NO refleja la debilidad de las partes negociadoras de cara a la población . Santos es uno de los presidentes más impopulares de la historia colombiana[7], y dudo mucho que la colección de politiqueros, vividores y oportunistas encabezando el SI –entre ellos personajes como Samper o Gaviria- hayan contribuido a generar confianza en torno al proceso. Esto, sin considerar la profunda crisis institucional que vive el país. Por otra parte, aunque las FARC-EP cuentan con un respaldo profundo y arraigado en ciertas zonas rurales donde han tenido presencia, el rechazo a ellas por parte de las mayorías urbanas es indiscutible. El repudio a las FARC-EP tiende a aumentar mientras más lejos se esté de ellas –resulta curioso, por decir lo menos, que algunas de las personas más viscerales en contra de la guerrilla sea gente que jamás en su vida han conocido a un guerrillero, lo cual demuestra la fuerza de la construcción que mediante la propaganda oficial se ha hecho. Pero sea cual sea el origen de esta percepción, ella es una realidad que no puede ser ignorada. Resultaba clave, para ganar apoyos al proceso de paz, conectar con la población que vive fuera de las zonas rurales de influencia tradicional y llegar una población mayoritariamente urbana o incluso no urbana pero que está inmersa en otras problemáticas y otros procesos , que son afectados indirectamente por la guerra de maneras diferenciadas. ¿Qué significaba el proceso de paz para ellos, en concreto? La izquierda que rodeó al proceso, dividida como está, débil, marginal, desconectada del sentir y pensar de las mayorías populares, más hábil para alienar y señalar a los que piensan diferente que para generar procesos incluyentes, sin suficiente imaginación, con prácticas añejas, acostumbrada a consignas que han tapado su falta de proyecto para ofrecer al conjunto del pueblo, fue incapaz de hacer esta tarea.

El triunfo del NO vuelve a demostrar que el proceso fue visto como un asunto distante para la mayoría de la población, como algo ajeno. De hecho, el proceso de paz fue “vendido” mucho mejor a la comunidad internacional que al propio pueblo colombiano. Santos parecía más interesado en una agenda externa (buscar fondos internacionales para “Paz Colombia”, su anhelado premio Nobel de la paz) que en los resultados de la misma negociación. La alta abstención indica esa falta de conexión con el acuerdo de La Habana, pero es difícil creer que una mayor participación hubiera revertido la tendencia. Tal vez, en este sentido, no resulta tan descabellado, como se ha querido hacer creer, la posición del ELN de convocar un amplio diálogo nacional para superar el conflicto social y armado –recordemos que las negociaciones con esta otra insurgencia están empantanadas, entre otras cosas, por los mecanismos de participación popular, que demandan sean mucho más fuertes que los que existieron en el proceso de La Habana.

Si bien el triunfo del SI no significaba el triunfo del “castro-chavismo”, tampoco el triunfo del NO significa el retorno a la guerra total. Quedan dos caminos por delante frente a este impase: una renegociación de los acuerdos, que implicaría a las dos partes tragarse sus palabras previas de que nada era re-negociable e incluir una participación más amplia incluyendo, entre muchos otros, a sectores del uribismo[8], o la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, propuesta inicial tanto de las FARC-EP como del uribismo, propuesta que en el actual contexto político podría resultar desastrosa para las fuerzas progresistas . Nada asegura que la nueva Constitución sea más progresista que la del ’91, y todo pareciera indicar que se impondrían fuerzas reaccionarias que dejarían su impronta en la Carta Magna por décadas. Así las cosas, lo más probable es que termine renegociándose condiciones más draconianas para los insurgentes, mientras el ELN toma nota de los acontecimientos.

Después de esta dura derrota, volvemos entonces a la pregunta del millón ¿qué hacer? Responder esta pregunta requiere de un ejercicio de autocrítica profunda por parte de la izquierda: no es suficiente criticar a terceros, sea la lluvia, sea la oligarquía, sean los medios, sea el imperio. Como para variar, los principales medios, sectores oligárquicos y las principales potencias del mundo (incluido EEUU) estuvieron de acuerdo con el SI al plebiscito. Hay también que abandonar la arrogancia de esa izquierda que presupone que cuando los sectores populares no están de acuerdo con ella, es porque son brutos, tienen la cabeza lavada, son irracionales, son guerreristas, pasionales, etc. En vez de vociferar “caverna” o “guerrerismo” hay que aceptar con humildad estos resultados y tratar de entender el mensaje de fondo que se entrega a quienes creen en la posibilidad de construir una sociedad más libre, más justa y más igualitaria.

Hay que dar un paso atrás y tratar de pensar nuevamente el proyecto de sociedad que se ofrece al conjunto del pueblo, pero también hay que entender que ese proyecto no puede ser sencillamente ofrecido a las masas con la benevolencia paternalista del despotismo ilustrado: todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Se requiere que el pueblo, sus mil luchas, organizaciones, expresiones, deseos, ocupen el centro del quehacer político. No se trata solamente de ofrecer una alternativa al pueblo o “venderle” un acuerdo, se trata de construir esa alternativa junto a él. La paz, por sí sola, ya no es el máximo convocante para la sociedad colombiana, así haya quienes la hayan utilizado para re-elegirse o para candidatearse en las próximas elecciones[9]. Toca enfatizar ese componente de “justicia social” que siempre se insistió que era un aspecto crucial de la paz, el cual estuvo apenas tímidamente representado en la paz ofrecida por los acuerdos de La Habana. Es necesario conectar la paz con las condiciones de vida de la mayoría de la población, mayorías que tienen interés en una Colombia mejor, en una Colombia más humana, más participativa, más igualitaria, pero que no se ve reflejada en lo acordado en La Habana o que lo desconocen porque es un proceso distante. Para lograr ser relevantes, toca abandonar la arrogancia y los vicios autoritarios de cierta izquierda, y encontrar la manera de contribuir a que las masas se conviertan en protagonistas de su propia historia y no verlas solamente como un rebaño que se acarrea para implementar decisiones tomadas por las “mentes superiores”. Una tarea formidable pero que requiere un cambio de mentalidad en quienes apuestan por una nueva sociedad. Más allá del plebiscito, el sol volverá a salir, el mundo seguirá girando y los problemas sociales de las mayorías seguirán ahí –mientras esto sea así, hay esperanza para un proyecto transformador que realmente convoque al conjunto del pueblo.

Notas:

[1] Puede consultarse el resultado electoral pormenorizado en la página de la Registraduría http://plebiscito.registraduria.gov.co/99PL/DPLZZZZZZZZ...1.htm

[2] Se pueden revisar los datos en la página de la Registraduría ya mencionada. Mientras el NO se impuso en Caquetá, municipios como Solano, Cartagena de Chairá y San Vicente del Caguán, votaron mayoritariamente por el SI (aunque con un margen estrecho). Lo mismo ocurre en Norte de Santander (donde el NO se impuso en prácticamente todas partes menos el Catatumbo) o en Arauca.

[3] http://anarkismo.net/article/29580

[4] Ver, por ejemplo, el artículo de José Gregorio Hernández Galindo http://www.razonpublica.com/index.php/conflicto-drogas-....html

[5] Ver las declaraciones del comandante fariano Carlos Antonio Lozada http://www.elespectador.com/noticias/paz/farc-sostienen...40303

[6] Sobre este asunto, recomiendo la lectura de Jaime Jiménez entre las similitudes de la campaña oficialista del SI y la del uribismo por el NO http://www.rebelion.org/noticia.php?id=217480&titular=a...-del-

[7] Curiosamente, la falta de legitimidad y popularidad de Samper fue una de las razones por la cual la insurgencia no negoció con él. Hoy se negocia con el igualmente impopular Santos, mientras Samper ha utilizado el proceso de paz y sus contactos con sectores de la izquierda liberal para intentar rehabilitarse.

[8] Como anécdota, el nunca bien ponderado pero casi siempre lúcido William Ospina decía en una polémica columna en las pasadas elecciones presidenciales que, en su infinita capacidad de equivocarse, la izquierda creía que el mal menor era Santos debido a la negociación de paz. En cambio, de manera preclara, Ospina afirmaba: “Yo he abogado 20 años por la paz negociada, pero, con el perdón de las Farc, nada me parece más inverosímil que la paz de Santos. La paz, para que sea verdadera, tiene que ser otra cosa, y ya muchos han advertido que si la paz sólo puede hacerse con el enemigo, una paz sin Uribe es como una mesa de dos patas”. Creo que el resultado del plebiscito y la perspectiva de renegociar con el uribismo, de alguna manera, reivindica la posición de Ospina que en ese momento provocó un voladero de plumas e hizo que se le descalificara con toda clase de epítetos abusivos. Ver su columna http://www.elespectador.com/opinion/de-dos-males-column...95794

[9] Humberto de la Calle ha recibido una dura paliza en sus intentos de ser el candidato de la paz.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

sábado, 3 de septiembre de 2016

¿Habemus pacem? Los desafíos en el tránsito de La Habana a Colombia



José Antonio Gutiérrez D.
Rebelión


Tras cuatro años de negociaciones, se firmó en la Habana, Cuba, el acuerdo de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP, mientras el proceso con el ELN sigue empantanado y el proceso con el EPL ni siquiera está en la agenda política. Los pronósticos que temían la posibilidad de un quiebre en las negociaciones han quedado ya sin base, cerrándose así un ciclo de lucha que, necesariamente, deberá abrir nuevos escenarios y posibilidades. La decisión de este movimiento insurgente de abandonar las armas no pareciera tener reversa y pase lo que pase, seguirán en el camino de lo que se ha llamado su “reincorporación a la vida civil”. Aun cuando este acuerdo no genera cambios estructurales, sin lugar a dudas representa un avance significativo para la población rural –que, aunque invisibilizada, es un nada despreciable 34% de la población del país- y una oportunidad para que el movimiento popular pueda, potencialmente, articularse en función de las grandes tareas transformadoras que quedan por delante. Nada está escrito en las estrellas: todo dependerá de la lucidez y la capacidad organizativa y movilizadora del movimiento popular. 

Falta su ratificación por el Congreso y la firma final en Colombia, que sería a finales de Septiembre. No se esperan grandes sorpresas en la décima conferencia de las FARC-EP, que debería ratificar el acuerdo el 19 de Septiembre. El plebiscito mediante el cual los acuerdos se someterían a refrendación por parte del soberano, quedaría acordado para el día 2 de Octubre. En este plebiscito deben obtenerse 4,5 millones de votos para el “si” para que los acuerdos sean ratificados –por eso es tan importante el motivar a la población y cerrar las puertas al retorno a la guerra total entre el Estado y las FARC-EP [1]. Pese a la pobreza argumentativa de la caverna que hace campaña por el “no”, sería insensato despreciar el arrastre que esta opción tiene en muchos sectores urbanos, aún bajo el embrujo autoritario del uribismo[2]. Aun así, el mayor desafío será alcanzar las metas requeridas para la aprobación de este referéndum. 

Histórico, pero…

Si bien la firma de este acuerdo se trata de un hecho histórico, no deja de sorprender el escaso entusiasmo que se ha respirado no solamente con el anuncio de la firma final, sino durante todo el proceso . Aunque no falten razones para celebrar, hay poco ánimo de celebración. No ha habido el ambiente de fiesta generalizado que ha acompañado a otros procesos de paz, como el de Irlanda del Norte o El Salvador, por nombrar algunos; ni siquiera se ha acercado a la efervescencia democratizante que se respiraba en 1990 para el proceso de paz con el M-19, el EPL, el MAQL y el PRT. Es doloroso constatar que, al menos en los centros urbanos, ha habido más entusiasmo en las marchas contra las FARC-EP que ahora que firma la paz con ellas, lo cual en gran medida demuestra que la guerra mediática del establecimiento en contra de los rebeldes ha tenido un impacto tóxico y los ha aislado considerablemente de un gran segmento de la población que todavía cree que los insurgentes son responsables de todos los males de Colombia. 

De cara al plebiscito, la actitud predominante de quienes llaman a votar “sí” pareciera ser un tibio “la guerra es peor”, o un ácido “habrá que tragarse algunos sapos”. Otras voces que están llamando a votar “sí” lo hacen, no tanto por un respaldo al contenido de los acuerdos, sino que explícitamente para votar la desaparición y desarme de las FARC-EP.[3] Una estocada final que, en ojos de estos sectores, sería como el corolario de la movilización de Febrero del 2008 en contra de las FARC-EP estimulada por el gobierno de Álvaro Uribe. Pocos son los sectores –predeciblemente la izquierda- que están llamando a votar en claro apoyo a los contenidos del acuerdo, aunque muchos perciben que un triunfo del “no” sería una verdadera catástrofe. Es una realidad que no nos gusta, pero que debemos entender para poder cambiarla. 

La difícil conexión

Varios factores parecieran explicar este fenómeno. Primero que nada, es un proceso de paz que la mayoría de la población colombiana lo percibe como algo que está ocurriendo en un país distante, para resolver un conflicto igualmente distante, que se experimenta en veredas de un mundo rural ignoto para esas mayorías urbanas. A lo que hay que sumar que durante todo el proceso los medios hicieron un flaco favor al proceso con ataques permanentes a los insurgentes. Tampoco el magro trabajo de la llamada pedagogía de paz ha ayudado: los esfuerzos del gobierno por socializar los contenidos de lo acordado en La Habana, o por estimular debate en torno a ellos, han sido asaz pobres, cuando no inexistentes. A su vez, los intentos de la insurgencia por “meterle pueblo” al proceso de paz no han podido o no han sabido llegar más allá de sus áreas tradicionales de influencia o de los sectores políticos que desde siempre han pedido una solución política al conflicto. 

¿Qué significa este proceso de paz para una travesti en los barrios marginales de Bogotá? ¿Qué significa la paz para una mujer indígena emigrante en una capital departamental? ¿Qué significa para los trabajadores y trabajadores tercerizados y precarizados? ¿Qué significa para esas muchedumbres que sobreviven en el subempleo? ¿Para los que chupan bóxer porque no pueden llevar un pan a la boca? El tener que recordar al pueblo que “la paz sí es contigo”, como reza la campaña plebiscitaria de la izquierda, sencillamente deja en evidencia que ese vínculo de la paz con el ciudadano del común no es evidente, que el proceso de paz es visto como algo ajeno por éste. 

Ni fatalismo, ni triunfalismo: Acuerdo posible con la actual correlación de fuerzas

Se sabía que no se lograría el socialismo con las negociaciones. Se han buscado algunas reformas básicas que ayuden a superar las causas estructurales que originaron el conflicto: pero lo acordado no es la paz con justicia social que buscaron los sectores populares comprometidos con la negociación del conflicto. Ni hay paz –porque sigue el conflicto con el ELN y el EPL, así como con posibles disidencias, porque sigue el paramilitarismo en todo el país, porque sigue la estructura represiva que criminaliza la disidencia política y la protesta social, porque sigue la violencia estructural que asesina de hambre y enfermedades prevenibles-, ni hay justicia social. Pero eso tampoco significa que el acuerdo no sea un paso significativo o que no haya espacio para un “optimismo moderado” –utilizando la jerga en boga durante el proceso. Acá no debe haber espacio desde la izquierda ni para vociferar “traición” a los cuatro vientos, pero tampoco para asumir un triunfalismo alucinado. El acuerdo es lo que es: todo lo que las FARC-EP pudo firmar con la correlación de fuerzas existente , claramente favorable al bloque en el poder. 

El juicio histórico puede ser muy duro con las partes[4]: una ojeada a lo acordado, automáticamente nos lleva a preguntarnos si en realidad debía correr tanta sangre para lograr unos acuerdos que, en lo grueso, suponen que el gobierno cumpla con mandatos constitucionales que ya tiene de antemano, sumado a la ampliación del sistema político existente –que no su transformación[5]. Hay, desde luego, algunos logros importantes sobre todo en lo relativo a la modernización del campo, pero el programa agrario de los guerrilleros de Marquetalia, conjunto de propuestas mínimas que inspiró la sublevación fariana durante décadas, queda como una aspiración: el problema de la concentración de tierra sigue ahí, candente. Ahora complicado aún más con el impulso que recibirá la agroindustria a través de las llamadas Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social (Zidres). Quizás un acuerdo con mayor potencial transformador podía haber tenido un proceso de estas características y podría haber suscitado un mayor entusiasmo popular. Quizás. 

La paz… ¿de Santos?

El gobierno prometió que no se tocaría el modelo y le cumplió a la oligarquía. El juicio del ELN sobre los acuerdos de La Habana, según un comunicado fechado el 05/08, es lapidario: no se modifica la realidad del país, y sigue “ intacto el régimen oprobioso de violencia, exclusión, desigualdad, injusticia y depredación ”[6]. En términos similares se refirió a los acuerdos un comunicado de un sector disidente del Frente 1 de las FARC-EP, que se abrió del proceso[7]. Pero no se debiera juzgar en términos excesivamente duros lo acordado: lograr un escenario diferente o un acuerdo que representara más cabalmente este deseo de paz con justicia social no era algo que dependiera, naturalmente, de las FARC-EP por sí solas. Debía, necesariamente, haberse apoyado en una amplia movilización popular que respaldara esas transformaciones y que desarrollara el potencial transformador de algunos puntos de la agenda así como de las propuestas políticas presentadas por los insurgentes en cada uno de ellos . Pero la posibilidad de haber generado una gran convergencia popular entre el proceso de paz con la ola de protesta popular ascendente en el período 2008-2013, no se materializó. El gobierno, mediante la cooptación, la división y la sectorización del movimiento popular, frenó esa oleada, a la vez que aisló exitosamente el proceso de paz del día a día de la población. El paro agrario del 2013 fue el momento clave para destrabar esta discusión y para generar una simpatía pública, masiva, entre los temas discutidos en La Habana con la realidad diaria del país, momento que logró generar un puente entre el campo y las ciudades, donde se perfiló claramente el interés de los sectores populares en contradicción con los del bloque en el poder. 

Después del paro, ante el incumplimiento del gobierno, se desestimuló la movilización popular en la calle, que algunos sectores consideraron como “inoportuna”, con la sorprendente excusa de que “desestabilizar” a Santos era debilitar el proceso de paz (y fortalecer al uribismo), para apuntar a una estrategia electoral, que fue desastrosa para la izquierda. En este contexto, el proceso de paz terminó encadenado a la figura de Santos , uno de los presidentes más impopulares en la historia, quien lo utilizó para hacerse re-elegir, a la vez que redefinió los términos de la paz y pudo pasar a una posición ofensiva. Después de tanto insistir que las llaves de la paz pertenecían al pueblo, se le entregaron a Santos en bandeja de plata. De tanto “reconocer la voluntad de paz” de Santos, presidente que comenzó gobernando con el mandato de perpetuar la “seguridad democrática”, se desfiguró la realidad de que el proceso de paz fue conquistado en gran medida por la movilización popular que tuvo su clímax en el período 2012-2013[8]. En el imaginario ciudadano, el proceso de paz no quedó solamente ligado indisolublemente a la figura de Santos, sino que además, con el lanzamiento del plebiscito por las figuras de la vieja política, quedó asociado a la politiquería nacional. ¿Hay entonces que sorprenderse por esta falta de entusiasmo? 

Post-conflicto, nueva resistencia y desarrollo de una oposición social y política

El jefe negociador del gobierno, Humberto de la Calle, aseguró que este acuerdo era el “mejor posible”[9] –afirmación ambigua, que demuestra que aunque hayan podido imponer muchos de sus términos en el acuerdo, tampoco pudieron imponerlo todo. Los acuerdos son como una puerta abierta, que tanto el sector oligárquico como el popular pueden aprovechar. La oligarquía buscará acelerar la penetración de capital inversionistas en la agroindustria y el extractivismo. Dependerá de los sectores populares, de su lucha y de su organización, si ese escenario se materializa o no . También dependerá de los sectores populares si el gobierno cumple o no con los acuerdos, pues –como lo pueden corroborar las comunidades del Putumayo, del Catatumbo y de todo el país- se especializan en la trampa y el incumplimiento a los de abajo –y pecan de excesiva ingenuidad quienes creen que la veeduría internacional, de la ONU o de los garantes, es garantía de que el gobierno cumplirá. 

Desafortunadamente, aún hay demasiada desorganización y sectorialización de las luchas. Se requerirá del desarrollo de una nueva izquierda, de la creación de nuevos liderazgos colectivos y de un amplio proceso de organización y movilización popular. Aunque se insista tanto en la unidad de la izquierda, lo cierto es que antes que todo es necesario un gran esfuerzo de construcción para llegar a todos los sectores oprimidos, excluidos, hambreados que necesitan de un nuevo modelo. Se requiere de audacia, de visión, de decisión, de mucho diálogo, de escuchar al otro, y de mucha organización. Solamente en base a una amplia organización y activa búsqueda de creación de espacios para que se exprese de manera constructiva el descontento, se podrá hablar de una unidad que sea mucho más que la mera sumatoria de los mismos dirigentes de siempre. Una unidad que surja orgánicamente en torno a la identificación de ejes mínimos de acción común, y desde las propuestas surgidas en las mil y una luchas que a diario desarrolla el pueblo. Requiere también de una nueva forma de entender y hacer la política, verdaderamente desde abajo, desde el mundo popular, huyendo de los viejos vicios de la política tradicional como de la propia peste, en lugar de asumirlos poco a poco como si fueran muestra de madurez. Por todo ello, disociarse de la figura de Santos y reclamar la vocación de la izquierda como oposición (arrebatándole ese espacio político al uribismo, que lo ocupa de manera fraudulenta) es un paso fundamental que puede llevar a re-encantar al pueblo con la idea de la construcción de la paz con justicia social, ligada a un proceso de movilización y transformación social. 

Una lucha cuesta arriba, un pueblo con experiencia y tesón

De momento, los dados están tirados a favor del bloque dominante. El triunfalismo de estos sectores es evidente en las declaraciones del comandante del Ejército colombiano, general Alberto Mejía, quien expresa que el ejército está listo para garantizar la integridad de los ex-guerrilleros: " Para nosotros no es una humillación, para nosotros es un honor porque quien las cuida es quien ganó la guerra, porque quien las cuida es quien queda con las armas, quien las cuida es quien viste los uniformes de la República "[10]. Claro, podría entrarse al debate si las FARC-EP están o no derrotadas, cosa discutible, o la pírrica naturaleza (en el mejor de los casos) de esta supuesta victoria del ejército; pero es necesario reconocer que, se piense lo que se piense de este grupo insurgente, hoy la hegemonía la tiene el bloque dominante, no los sectores populares. Al “monopolio de la fuerza” que el Estado oligárquico reclama, hay que oponer una fuerza aún mayor a sus ejércitos y sus armas: la del pueblo organizado . Porque aunque se hable mucho de que ya no se hará política sin armas, como decía el revolucionario africano Amílcar Cabral, en el capitalismo toda lucha es armada: el Estado siempre tiene armas y las utiliza en contra del pueblo cuando sus intereses y su dominación se ven amenazados[11]. Cuando el pueblo ejerza su derecho a hacer política en las calles, el ESMAD, la policía o el ejército, políticamente, la reprimirán. Por la fuerza y con las armas, apoyados en la re-estructuración que los EEUU (¿quién más?) ya están implementando para la fuerza pública en el post-conflicto, y por el nuevo código de policía y la ley de seguridad ciudadana. 

El apoyo al “sí” en el plebiscito no debería obviar que esto no es ni el fin del proceso ni el comienzo de la construcción de una nueva sociedad, sino un paso más, de una larga historia de resistencias, en el largo camino hacia la conformación de un bloque popular capaz de imponerle a los sectores oligárquicos un modelo alternativo, radicalmente democrático, igualitario, libertario . Es necesario también reconocer que, más allá del debate sobre la naturaleza de la paz o la violencia estructural intrínseca al sistema, sin el ELN y sin el EPL no puede hablarse de construcción de paz , por lo cual rodear la solución política para estas otras expresiones insurgentes se vuelve un imperativo político, ético y moral. Es importante hoy pensar autocríticamente en las fuerzas sociales y políticas existentes, en el contexto territorial, nacional, regional e internacional tan complejo en que éstas deben operar[12], y aplicar la auto-crítica para ir corrigiendo los errores, y así poder revertir esa correlación de fuerzas desfavorable para los sectores populares. Una tarea nada fácil, pero impostergable. Hoy, en vez de enfrascarse en fórmulas fáciles, reemplazando la reflexión por las consignas a favor o en contra, corresponde aplicar la máxima de Gramsci de ser pesimistas del intelecto, pues las dificultades objetivas que se enfrentan son inmensas, pero optimistas del corazón: pues somos conscientes del enorme potencial de lucha del pueblo colombiano así como de las valiosas experiencias acumuladas en casi un siglo de resistencia . Solamente así se podrá desarrollar un proyecto que realmente entusiasme al conjunto del pueblo colombiano y gane su corazón. Y con un pueblo entusiasmado, las fuerzas transformadoras serán imparables. 

Notas

[1] Lamentablemente, en meses anteriores, sectores de la izquierda gastaron demasiada tinta y saliva atacando la idea del plebiscito, el cual veían como una opción excluyente de su llamado a una asamblea constituyente. Asamblea constituyente que, de realizarse en la actual coyuntura, muy probablemente no sería favorable a los sectores populares y podría significar hasta un retroceso de la constitución de 1991. Las buenas ideas no bastan: hay que entender el contexto y la coyuntura en la cual deberían llevarse a efecto. 

[2] Los medios, nuevamente, en su tarea de fabricar percepciones ciudadanas, entregan encuestas que dan triunfo a veces al “si” a veces al “no”, dependiendo de la agenda política del momento. 

[3] Ver en este sentido la editorial del Espectador del 25/08, “la paz, entendida como el desarme y el fin del conflicto con las distintas guerrillas, ha estado en la agenda de todos los presidentes (…) [pero] nunca hemos tenido una propuesta tan cercana para desarmar a las Farc. Sea como fuere, por primera vez el país tiene la oportunidad de pensarse sin la existencia de esa guerrilla . 

[4] Para que una guerra sea considerada “justa” según el Jus ad Bellum , una de las partes debe demostrar que no podía obtener lo que se obtuvo sino mediante el recurso a las armas. Esto será un tema de disputa candente durante las décadas venideras en Colombia, igual como lo sigue siendo en Irlanda dos décadas después del inicio del proceso de paz en ese país. 

[5] Puede consultarse el acuerdo completo en http://static.iris.net.co/semana/upload/documents/acuer...c.pdf

[6] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215328&titular=p...%FAa-

[7] http://www.elespectador.com/noticias/politica/frente-de...41831 El comunicado de las FARC-EP que acusa a estos disidentes de tener motivaciones “económicas” (minería, narcotráfico) es desafortunado porque desconoce las razones –equivocadas o no- eminentemente políticas que entregan y porque esa clase de acusaciones, lanzadas a un grupo salido de su seno, puede fácilmente volverse en su contra y perpetuar los estereotipos dominantes sobre la insurgencia colombiana, que como todos los estereotipos, suelen ser erróneos. 

[8] Escribimos extensamente sobre este tema a su momento. Algunos de los artículos son “¿Tiene Santos las llaves de la paz?”, “Sólo la lucha decide”, “El proceso de paz ¿secuestrado por el miedo?” y Habemus presidente: mandato por la paz con injusticia social. 

[9] http://www.semana.com/nacion/articulo/proceso-de-paz-de...91131

[10] http://www.semana.com/nacion/articulo/proceso-de-paz-co...91112

[11] https://www.marxists.org/subject/africa/cabral/1968/ppt.htm Es importante no caer en una visión idealista, liberal y burguesa del Estado como la encarnación del “contrato social”, o del “bien común”. El Estado es un aparato de dominación, de clase, diseñado para servir a los sectores oligárquicos y ejercer la violencia cuando los sectores subalternos se rebelan. Cualquier conquista favorable a los intereses populares es a pesar de este Estado, no gracias a él. 

[12] Antes de iniciado el proceso de paz, polemizaba con una carta abierta que Medófilo Medina había enviado al entonces comandante de las FARC-EP Alfonso Cano, quien fuera asesinado a los pocos meses en estado de absoluta indefensión por orden expresa de Santos, en momentos en que ambos discutían sobre negociar la paz. En esa ocasión se decía que una de las razones para que las FARC-EP se desmovilizaran era el contexto regional, en el cual la izquierda había podido llegar al poder por las urnas. Desde esta óptica, el actual escenario, marcado por la destitución de Rouseff y la profundización de la crisis venezolana, ¿cambiaría la evaluación de estos sectores respecto a las posibilidades políticas de las FARC-EP? Para leer la polémica, http://www.anarkismo.net/article/20115
 
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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