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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Victoria de Trump


domingo, 6 de noviembre de 2016

Pensaba que solo temía a Trump, pero es su país lo que me aterroriza



  • Los despreciables que sienten que ya no tienen que esconder su odio no van a ir a ninguna parte después de las elecciones, no importa el resultado
  • Esto no es una cuestión de derecha o izquierda, demócratas o republicanos; es una brecha moral inconmensurable
  • Incluso si Trump pierde, esto no es solo un mal sueño del que nos despertaremos el 9 de noviembre

La semana pasada, un periódico del Ku Klux Klan mostró su apoyo a Trump y los supremacistas blancos anunciaron su plan de intimidación generalizada contra los votantes; los asiduos a los mítines de Trump lanzaron improperios antisemitas a los periodistas; y se incendió una iglesia negra histórica de Mississippi, donde se garabateó en uno de sus costados: "Vota a Trump". Otra mujer se presentó ante la policía para acusar a Trump de abuso sexual y un cargo del gobierno de Texas llamó "puta [cunt]" a Hillary Clinton.
Imagen del tuit publicado por Sid Miller, comisario de Agricultura del gobierno de Texas
Imagen del tuit publicado por Sid Miller, comisario de Agricultura del gobierno de Texas
Esto no es una cuestión de derecha o izquierda, demócratas o republicanos; es una brecha moral inconmensurable. Por eso entiendo por qué para muchos que se sienten horrorizados por Trump lo más fácil ha sido hacer como si fuera imposible que ganase la presidencia. Es demasiado duro el imaginar el odio subyacente en su campaña y las políticas que promoverá.
Si gana Trump —una posibilidad real, aunque poco probable—, ¿qué será de nuestro país? ¿Qué pasará con los derechos de las mujeres, no solo a nivel de políticas, sino también en escuelas y hogares? ¿Cuánto más miedo tendrán que soportar los inmigrantes y la gente de color de que les expulsen de sus casas o de que sean asesinados en la calle por las personas que deben protegerles? Parte del problema es que ya sabemos las respuestas a estas preguntas: las hemos estado viviendo.
Estas elecciones han destapado algo nauseabundo de Estados Unidos. Que tanta gente apoyara a un candidato despreciable no es nada nuevo para aquellos golpeados cada día por el racismo, el sexismo y la xenofobia; sabemos que están vivos y coleando. Hemos estado tratando con ello durante toda la vida. Pero ver este odio exhibido de forma tan flagrante y sin remordimientos es otra cosa muy diferente.
Incluso si Trump pierde, esto no es solo un mal sueño del que nos despertaremos el 9 de noviembre. Una constante que he escuchado en los votantes de Clinton es que somos mejor que todo esto: el odio, el acoso. Pero si esta campaña nos ha demostrado algo, es que no somos mejor que esto. El fanatismo y la misoginia: eso es lo que somos. Eso es sobre lo que se construyó este país. Incluso si Clinton gana la semana que viene, seguiremos siendo los mismos.
Por maravilloso que sea ver a la primera mujer ganar las elecciones presidenciales, no puede cambiar la verdad de lo que somos. Los despreciables que sienten que ya no tienen que esconder su odio no van a ir a ninguna parte después de las elecciones, no importa el resultado.
Después de todo, supongo que mi pánico no era por la posibilidad de una victoria de Trump. Es por la realidad en la que estamos inmersos, gane o pierda. Es por el lodo que llega hasta el techo, por la peste que no podremos limpiar con unas elecciones o un presidente. No es necesario tener miedo al futuro porque el presente ya tiene más horror del que podemos manejar.
Traducido por Javier Biosca Azcoiti
Fuente: theguardian - eldiario

martes, 18 de octubre de 2016

EE UU: La verdadera naturaleza de los candidatos



Thomas Frank Harold Meyerson

Ahora que es seguro que pierda Trump, ya podemos olvidarnos de una Clinton progresista


Thomas Frank

Y así termina el gran levantamiento populista de nuestra época, que va quedándose  patéticamente en nada entre el barro y la intolerancia agitadas por un aspirante a caudillo de tercera llamado Donald J. Trump. Así se cierra una era de indignación populista que comenzó en 2008, cuando el sueño de Davos de un mundo regido por benevolentes banqueros comenzó a agrietarse. El descontento ha adoptado muchas formas en estos ocho años – de las idealistas a las cínicas, de Occupy Wall Street al Tea Party – pero todas han fracasado a la hora de cambiar gran cosa en algo.

Y ahora la última, la manifestación más fea y fraudulenta está fracasando de un modo tan espectacular que puede desacreditar al populismo mismo en los años por venir.

Hace dos semanas, escribía yo acerca de cómo el fenómeno de Trump había reconfigurado la geometría convencional del sistema bipartidista. Trump cotizaba al alza en las encuestas en ese momento, y había razones para creer que su crítica de los acuerdos comerciales – una de las diversas causas de Trump largo tiempo ligadas a la izquierda populista  – podría dar al traste con los felices planes centristas de los demócratas.

Ahora vamos a sopesar la hipótesis contraria. En las dos semanas transcurridas, Trump se ha destruido de una manera más eficiente de lo que podría haberlo hecho cualquier campaña de oposición. Primero, lanzó una pila de insultos a a la familia de un soldado norteamericano en Irak, luego destacados periodistas suscitaron dudas acerca de su estado mental, y después (como para confirmar a los escépticos) dejó caer una pista contundente de que los entusiastas de las armas podrían emprender acciones contra   Hillary Clinton en caso de que nombrara jueces del Tribunal Supremo que no fueran de su gusto.

Sus oportunidades, según estimación de los sondeos, pasaron casi de la noche a la mañana de ser algo bastante decente a una completa basura. Durante buena parte de este año, el populismo ha tenido verdaderamente preocupada a la clase más dorada. Estaba  Bernie Sanders y la amenaza impensable de un presidente socialista. Estaba el aterrador resultado favorable al Brexit. No hace mucho los diarios norteamericanos de tirada nacional publicaban artículos en portada contándoles a los lectores que era hora de tomarse en serio a los seguidores de Trump, si no al mismo Trump. Y el 3 de agosto, Thomas Friedman, columnista del New York Times redactó, para ser exactos, lo siguiente: “Me aterra que la gente esté harta de las élites, que odie y desconfíe tanto de [Hillary] Clinton y esté tan preocupada por el futuro: los puestos de trabajo, la globalización y el terrorismo” que pueda votar de verdad a Trump.

Sí, le aterraba a Friedman que al pueblo norteamericano ya no le gusten sus señores. Puesto que sin duda les ha aterrado a muchos de sus amigos ricos darse cuenta en los últimos años de que la gente antes conocida como clase media se siente enojada por perder su nivel de vida a manos de las mismas fuerzas que están haciendo que esa gente rica se sienta todavía más cómoda.

Bueno, Friedman ya no tiene que sentirse aterrado. Hoy parece que sus élites se están ocupando debidamente de estos asuntos. Los “puestos de trabajo” la verdad es que no importan en estas elecciones ni tampoco la debacle de la “globalización”, ni ninguna otra cosa, verdaderamente. Gracias a este imbécil de Trump, todas esas cuestiones han quedado barridas de la mesa en la que los norteamericanos se congregan en torno a Clinton, la mujer del hombre que concibió el sueño de Davos desde un principio.

Conforme los republicanos más destacados han ido desertando de ese barco que se hunde del Partido Republicano de Trump, el sistema bipartidista norteamericano se ha convertido temporalmente en un sistema unipartidista. Y dentro de ese partido único, el proceso politico tiene un asombroso parecido con una sucesión dinástica. Los miembros del partido en cargos públicos seleccionaron hace mucho a Clinton como candidata propia, evidentemente decididos a elevarla a despecho de cualquier objeción posible, de cualquier potencial problema legal. También ayudó el Comité Nacional Demócrata, tal como nos cuenta WikiLeaks. Y otro tanto hizo el presidente Barack Obama, ese pretérito paladín de la franqueza, que en varios de los últimos años hizo todo lo que estaba en su mano por liquidar todo aquello que desafiara a Clinton para garantizar así que continúe ella su legado de tibio neoliberalismo amigo de los bancos.

Mis amigos de izquierdas se persuadieron de que esta cuestión realmente no importaba, de que las numerosas concesiones de Clinton a los partidarios de Sanders eran concesiones permanentes. Pero con la Convención ya acabada y rebasada la lucha con Sanders, los titulares muestran que Clinton está triangulando a la derecha, haciéndose con los dólares y el respaldo, y que las élites se han escabullido del gran destrozo de los republicanos.

Ella va contactando con el estamento de política exterior y los “neocon”, con los republicanos en cargos públicos, con Silicon Valley, y, por supuesto, con Wall Street. En su gran discurso de Michigan el jueves [11 de agosto] se presentó como la candidata  que podría reunir a todos los grupos que polemizan y lograr victorias políticas por medio de una congregación verdaderamente abarcadora.

Las cosas cambiarán de aquí a noviembre, por supuesto. Pero lo que parece más plausible desde la posición actual es una aplastante victoria de Clinton, y con ello el triunfo de la complaciente ortodoxia neoliberal. Habrá conseguido ella su gran victoria, no como adalid de las preocupaciones de los trabajadores sino como la mayor moderada de todos, como líder de una imponente campaña de sensatez y unidad nacional.El desafío populista de los últimos ocho años, lo dirigiera Trump o Sanders, habrá sido derrotado de forma resonante. El centrismo reinará triunfante sobre el Partido Demócrata en los años por venir. Este sera su gran logro. Sonarán las campanas por todo Washington D.C.

De esta forma irónica e indirecta, Trump puede acabar resultando un desastre para la política de reformas en la que nunca ha creído realmente. Desde luego, sería difícil encontrar un líder que pudiera desacreditar más concienzudamente el populismo que este multimillonario libre de compasión. Para las amadas “élites” de Friedman, predigo que Trump les valdrá de importante propósito simbólico. A Trump le encanta jactarse de que es immune al flagelo del dinero en la política, que no es títere de nadie, y a partir de su inminente ruina y deshonra, sin duda se nos dirá que saquemos muchas lecciones acerca de cómo el dinero en la política  contribuye en realidad a prevenir el ascenso de gente como Trump y hacer más estable el sistema.

A lo largo de decenios, los de Davos nos han dicho que dudar de la “globalización” era una especie de racismo, y pronto Trump, como perdedor por aplastamiento, les confirmará esto en términos abrumadores.

A mis amigos y a mí nos gusta pensar en quién sera “el próximo Bernie Sanders”, pero lo que aquí estoy sugiriendo es que quienquiera que sea el que surja para dirigir la izquierda populista se verá presentado simplemente como el siguiente Trump. El ceñudo rostro de club de campo se convertirá en imagen de la reforma populista, tuvieran los auténticos populistas algo que ver con él o no. Este es el desastre potencial real de 2016: que el legítimo descontento económico se va a ver desestimado como intolerancia y xenofobia en los años por venir.

The Guardian, 13 de agosto de 2016



El acosador nocturno


Harold Meyerson

Este mes de octubre, Turner Classic Movies—el único canal de televisión que veo con cierta frecuencia — está dedicando las tardes del domingo a las viejas películas de Frankenstein. Cuando acabó el debate Clinton-Trump de anoche [9 de octubre], cambié al TCM, que llevaba sólo media hora con The House of Frankenstein, y de repente, una pregunta que acechaba en lo profundo de mi mente mientras veía el debate —¿a quién me recuerda Donald Trump?—encontró respuesta.

Porque, afrontémoslo: Trump parece cada vez más anormal conforme la campaña sigue dale que dale. Hasta ahora, la sensación ha sido más de Mussolini que de cualquier otro: barbilla levantada (como para ocultar cualquier flacidez importante), boca burlona y una movilidad facial y corporal cada vez más rígida. Pero anoche, a medida que acechaba en torno al estrado, con su rostro como un rectángulo ceñudo, su pelo un amasijo horizontal, sus movimientos agarrotados, su tambaleante sentido de la orientación, esa  forma suya que se cernía de manera repentina y amenazante sobre Clinton, más bajita…  mostraban una perceptible semejanza con el monstruo de [Boris] Karloff.

Ojalá las monstruosidades fueran sólo visuales. Al juramentarse procesar y meter en la cárcel a Hillary Clinton en caso de ganar, el ataque de Trump a la forma en que una  democracia conduce sus asuntos llegó a nuevos abismos. Era también, con todo, la última reiteración de la costumbre de la derecha, desde hace casi veinticinco años, de criminalizar a los demócratas por el delito de ganar elecciones. La búsqueda frenética y bien financiada de algún escándalo que derribara a Bill Clinton después de que tuviera la temeridad de ser elegido presidente continuó años y años hasta que la derecha lo impugnó por una felación en el Despacho Oval. La respuesta de la ciudadanía consistió en propinarles a los republicanos una derrota resonante en las elecciones de 1998 y hacer que Clinton se disparase en las encuestas hasta alturas inéditas.

Enfrentados a las agallas todavía mayores de las que ha hecho gala Barack Obama al ser elegido presidente aun siendo negro, la derecha en general, y Trump en particular, difundieron la historia de que había nacido en realidad en Kenia. Y ahora que Hillary Clinton parece estar a sólo un mes de su victoria presidencial, Trump vuelve a recaer en las historias de las depredaciones sexuales de Bill (y esta vez, en el papel no inmediatamente aparente de Hillary en ellas) que el fiscal especial cuidadosamente escogido por la derecha, Kenneth Starr, creyó tan insubstanciales que se negó a incluirlas en su lista de exposición de hechos de 1998. Todavía saca a cuento Bengasi [el asalto al consulado estadounidense en esta ciudad libia el 11 de septiembre de 2012, que causó varios muertos, entre ellos el embajador en Libia, Christopher Stevens],otro caso favorito de la derecha republicana, por más que ocho investigaciones republicanas en el Congreso no encontraran nada que sugiriese mala praxis por parte de Hillary, así como sus correos electrónicos, aunque el FBI tampoco encontrara nada ni remotamente delictivo.

Y justo para asegurarse que la derecha no titubearía en un momento en que su campaña se está viniendo abajo, anoche Trump puso la guinda: amenazó a Clinton con la cárcel en caso de que gane él. A santo de qué, exactamente, iba a procesarla, condenarla y meterla en el trullo, Trump no supo decirlo en el momento de ser concreto, y tampoco le hacía falta: esto es justo lo que los deplorables [denominación usada por Clinton para referirse a algunos votantes republicanos] —el término, aunque impreciso, no es inadecuado —que oyen las noticias de Sean Hannity, Rush Limbaugh, Breitbart [demagogos de medios de comunicación de la derecha radical] y los de su calaña, necesitaban oír para rendirle vasallaje, una vez más, al Donald.

¿Convenció esto o cualquier otra cosa que dijera Trump a cualquier votante indeciso para decidirse por él después del debate de anoche? No hay pruebas de ello. Al dirigir ataques desmesurados que sólo tienen eco si los espectadores subscriben la realidad de ficción de Breitbart [red de noticias ultraconservadora favorable a…], Trump no estaba tratando siquiera de convencer a los indecisos. Más bien, sonaba como una llamada de apareamiento a los palurdos que constituían una porción lo bastante grande de las filas republicanas como para hacer que se lo pensaran dos veces muchos cargos electos del Grand Old Party [Republicano] que están contemplando rescindir su respaldo a Trump, como hicieron tantos en el curso del fin de semana. Pero por lo que respecta a persuadir de verdad a votantes más anclados en la realidad que los “breitbartianos” para que siguieran su senda…eso no pasó.

Y luego tenemos todo ese acoso y acecho en el estrado. Después de que saliera a la luz la grabación de “meterle mano al conejito”, no parece probable que la imagen de un gigantón frankensteiniano que se cierne sobre Clinton sea garantía para las mujeres que votan, en un plano subliminal y en el de algo no-tan-subliminal, de que Trump es un tipo seguro como para andar por ahí…y mucho menos un tipo seguro como para investirle del poder del Estado.

Además,  ni siquiera el Monstruo perseguía a sus enemigos políticos.

The American Prospect, 10 de octubre de 2016

Thomas Frank (1965), doctor en Historia por la Universidad de Chicago, es columnista de Harper´s Magazine y ha colaborado con The Wall Street Journal, Le Monde Diplomatique, The Nation, The Washington Post e In These Times. Importante analista político y sociológico, entre sus libros más conocidos se cuentan The Conquest of Cool [La conquista de lo cool, Alpha Decay, Barcelona, 2011), What´s the Matter with Kansas (2004) [¿Qué pasa con Kansas?, Ed. Antonio Machado, Madrid, 2008], The Wrecking Crew, How the Conservatives Rule (2008), Pity the Billionaire [Pobres Magnates, Sexto Piso, Ciudad de México, 2013] y el recientísimo Listen, liberal.
Harold Meyerson columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect, está considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas mas influyentes de Norteamérica. Meyerson es además vicepresidente del Comité Político Nacional de Democratic Socialists of America y, según propia confesión, "uno de los dos socialistas que te puedes encontrar caminando por la capital de la nación" (el otro es Bernie Sanders, combativo y legendario senador por el estado de Vermont).

Fuente: Sin Permiso

Traducción: Lucas Antón

lunes, 19 de septiembre de 2016

Las seis posibles ‘sorpresas de octubre’ en las elecciones en EEUU


Nazanín Armanian

Cunde pánico en las filas demócratas. La imagen de una Hilary Clinton enferma está poniendo en jaque la campaña demócrata. Aunque la candidata aún goza de ventaja respecto a Donald Trump, puede que antes del 8 de noviembre se produzca una ‘sorpresa de octubre’, un incidente de gran impacto en el tramo final de la campaña que sea capaz de inclinar la balanza a favor de Trump y le traslade de las platós de televisión a la Casa Blanca.

Las ‘sorpresas más relevantes

– 1980: el republicano Ronald Reagan conseguía un acuerdo secreto con el ayatolá Jomeini para que no liberase a sus compatriotas rehenes en la embajada de Washington en Teherán antes de las elecciones. A cambio de participar en esta trama para derrotar al demócrata Jimmy Carter, Irán (invadido por Irak) recibiría armas a través de Israel─feliz de que los iraníes y los iraquíes se destruyesen mutuamente durante ocho años de guerra─, y desbloquear sus activos monetarios en los bancos de EEUU. El fiasco de la Operación militar Garra de Águila de los marines para rescatar a los rehenes en el abril del 1980, y la operación sucia de Reagan, acabaron con el mandato de Carter. Unos 20 minutos después de que Reagan jurase su cargo el 20 de enero de 1981, los 52 rehenes fueron liberados: 77 días de los 444 que estuvieron encerrados fueron gracias a la CIA y a su futuro presidente. ¿Por qué será que la película ‘Argo’ no cuenta este episodio?

– 1992: cuatro días antes de las elecciones estallaba el escándalo Irán-Contra. El Gobierno de Reagan vendía armas ilegales a la República Islámica de Irán y con sus ganancias cometía otra ilegalidad: financiar a los terroristas nicaragüenses para derrocar a los sandinistas.

– 2004: el 29 de octubre, la cadena Al Jazeera, empeñada en convertir a Bin Laden en un héroe, transmitió el vódeo en el que el supuesto terrorista saudí ─¡tres años después!─ se hacía responsable de los atentados del 11S. Así se echaba una mano a Bush para justificar su impopular agresión a Irak y seguir con su terror mundial. Por otro lado, Arabia Saudí unos meses antes de los comicios redujo el precio del petróleo para que Bush presumiera de la mejora de la economía durante su mandato.

– 2006: el 5 de octubre Saddam Husein, el jefe de estado de un Irak ocupado y colonizado, era condenado a muerte. Bush se ponía medallas mientras millones de iraquíes víctimas de las atrocidades de EEUU convertían a Saddam de verdugo a héroe y a mártir.

– 2008: cuatro días antes de la convocatoria electoral, la noticia de que Zeituni Onyango, la tía de Barack Obama, vivía como inmigrante ilegal en Boston se publicó para dañar al candidato demócrata.

Las posibles ‘sorpresas’ de 2016

Un informe que confirme la gravedad de la enfermedad de Hilary Clinton más allá de una neumonía, quizás la consecuencia de una conmoción cerebral en 2012 después de una caída. El Partido Demócrata prepara un “Plan B” ante la posible retirada de la candidata o una vez que ella se convierta en presidenta y tenga que apartarse.
Julian Assange, presidente de WikiLeak,s ha prometido liberar nuevos correos electrónicos embarazosos hackeados de Hillary Clinton. Una de las revelaciones que tuvo lugar el julio pasado, y que mostraba la confabulación de Clinton y la presidenta del partido, Debbie Schultz, para destruir a su compañero de partido, el “socialista” Bernie Sanders, forzó la dimisión de Schultz. Según Assange los correros a publicar podrán enviar a Clinton a la prisión puesto que muestran la venta de los documentos oficiales del Departamento de Estado a terceros a cambio de favores a la empresa familiar, la “Fundación Clinton”. Y lo hará en la víspera de la votación, para que el equipo no tuviera tiempo de reaccionar.
El día 1 de noviembre, la aseguradora más grande del país, United Health Group, va a aumentar las tasas de seguro médico de millones de ciudadanos que se han inscrito al programa de la Asistencia Asequible o “Obamacare”. Medida que perjudicaría a Hilary Clinton, que ha sido una de los artífices del programa.
Informaciones que impliquen al equipo de la señora Clinton en el asesinato sin resolver de Seth Rich, de 27 años, miembro del Comité Nacional Demócrata.
Una operación militar sobre Corea del Norte para mostrar la salud de acero de Clinton. China ha advertido a EEUU acerca del vuelo de los cazabombarderos B-1B sobre Corea del Sur. El equipo belicista-NeoCon del partido demócrata, encabezado por la candidata e integrado por Victoria Nuland, Samantha Power yAshton Carte,r es capaz de comerte esta locura.
Un acontecimiento relevante en la guerra de Siria o un incidente sobre su presidente Bashar Al Asad elevará las ventajas de los demócratas.
Tampoco se deben descartar una caída de la bolsa, un ataque terrorista (que suele beneficiar a los republicanos), o un desastre natural pondrán a prueba el tipo de respuesta que darían ambos partidos al “acontecimiento”, para no perder el voto de gente asustada. Se descartan sorpresas como que acusen a Clinton de ser lesbiana o bisexual, o que Bill Clienton no es el padre biológico de su hija Chelsea.

Una elección muy difícil

El nivel mediocre de ambos candidatos, incluso para los estándares del electorado estadounidense, hace que un importante sector se declare anti-Trump o anti- Clinton, avergonzándose de defender a unos de ellos. ¿Tiene posibilidades de ganar un multimillonario apolítico, grotesco, misógino, elitista, que tiene a gran parte de las mujeres, a los no blancos, a los musulmanes y a los aliados europeos en su contra? El narcisista magnate, que hubiera vuelto loco al mismísimo Sigmund Freud, recurre al lado oscuro de la psique de una masa lobotomizado. Su único mérito ha sido acabar con la saga Bush, la familia vinculada con Wall Street, el Senado, el petróleo, las armas y la Agencia Central de Inteligencia.

Sólo en teoría Trump es más peligroso para la paz mundial que Clinton. La sofisticada representante de la casta, del status quo, la mujer más belicistas de EEUU (tanto que hasta Obama se vio bligado a apartarla en su segundo gabinete) es la valedora del clintonismo, sinónimo del neoliberalismo vinculado con la guerra perpetua. Su “pragmatismo” garantiza un mundo seguro para las instituciones financieras y las compañías militares de EEUU. La principal diferencia entre Trump y Clinton es que el primero utiliza su dinero para comprar influencia política y la segunda utiliza su influencia política para hacer fortuna: ¿Cómo tales personajes iban a hablar de la escandalosa pobreza y otros graves problemas que azotan el país? Ya se sabe: en tiempos de incertidumbre, los votantes optan por quienes están vinculados con el poder institucionalizado.

Nazanín Armanian

Fuente: Público.es

jueves, 8 de septiembre de 2016

Donald Trump se merece la bienvenida que le dieron los mexicanos



Vicente Fox - Expresidente de México 

Después de todas sus mentiras y su retórica venenosa contra nosotros, vino a México a intentar ser cortés. Demasiado tarde, Donald.


 La semana pasada, México fue foco de la mirada del mundo gracias a un evento inesperado y horrible: la visita del candidato presidencial de Estados Unidos más grosero y sin remordimientos en la historia de la política. ¿ Por qué vino Donald Trump a México? Es la pregunta que nos hicimos millones de mexicanos mientras gritábamos "¡No eres bienvenido!".

El candidato presidencial del partido republicano llegó a mi país ofreciendo una simpatía más falsa que un billete de 3 dólares. Él sabe que no es bienvenido y es consciente del rechazo que genera, no solo en México sino en toda América Latina y en otros países y culturas a los que ha ofendido. No sólo se ha ganado el odio y la indignación del mundo, sino que además con esta visita a mi país ha confirmado que es sin ninguna duda un hombre en quien no se puede confiar. No hace falta más que mirar la película que montó en su viaje a México, una farsa para demostrar lo indemostrable: cortesía.

Trump ha construido su campaña sobre la máxima de que "la mala publicidad es mejor que no tener publicidad". Está claro que lo único que le importa a Trump son las mediciones de audiencia, no la credibilidad. Su campaña es un montaje y ha engañado a sus seguidores desde el principio. Pero lo peor es que maneja la información como un virus que ha infectado al pueblo estadounidense.

Trump ha afirmado que los inmigrantes mexicanos y latinoamericanos son los que introducen armas, crimen y drogas en EEUU, que los mexicanos somos responsables de la violencia. Pero mientras con una mano señala a los mexicanos, con la otra anima a los estadounidenses a comprar armas. Según cifras del gobierno de EEUU, siete de cada diez armas incautadas en México proviene de Estados Unidos.

Con sus declaraciones, Trump demuestra que no le importan los hechos, no le importa la realidad. Lo que hace es seguir difundiendo una visión distorsionada, y esto hace pensar que, o bien es absolutamente ignorante, o está mintiendo.

El miércoles pasado, delante de las cámaras, no tuvo otra alternativa que reconocer a México como un aliado comercial y valorar el trabajo que hacen los mexicanos en EEUU. Sin embargo, unas horas más tarde, salió a decir que México tendría que pagar el muro, cuando nuestro presidente Enrique Peña Nieto había dicho lo contrario. Con este acto infame ofende no sólo a un país libre y soberano sino también a sus propios votantes.

Trump está siendo testigo de su propia decadencia. Sabe que tiene todas las encuestas en su contra. En medio de todo esto, eligió venir a México para ver si podía evitar que se le hunda el barco, para volver a su país y seguir con su deshonesta campaña.
Un hombre como Trump no puede demostrar el más mínimo respeto por nada, y no lo hará. Por el contrario, sólo hace un gran despliegue de su egoísmo. Usó al presidente de México y a todos los ciudadanos de nuestro país para su beneficio propio. Las mentiras no paran de acumularse, como su apoyo a la guerra de Irak y el hecho de que está financiando su propia campaña. Además, su denigración de las mujeres no cesa.

En mi opinión, cuando alguien se llama a sí mismo un líder ya resulta engañoso, es un recurso muy bajo. Y sin embargo, ha llegado aún más bajo, utilizando las necesidades de sus seguidores para validarse a sí mismo con un discurso lleno de intolerancia, racismo y miedo. No hay forma de que una nación crezca y prospere sin esperanza, valores ni responsabilidades. La historia ha probado que el "liderazgo" basado en el miedo y la ignorancia está condenado al fracaso.

Sé que Trump está siendo testigo de su propia decadencia. Sabe que tiene todas las encuestas en su contra. En medio de todo esto, eligió venir a México para ver si podía evitar que se le hunda el barco, para volver a su país y seguir con su deshonesta campaña.

Pues, aunque estoy rodeado de muros, con mucho gusto construiría uno alrededor de Trump, para librar al mundo de personas como él.

No te necesitamos.

Traducción de Lucía Balducci

Fuente: eldiario - The Guardian

viernes, 10 de junio de 2016

Entre lo malo y lo peor




De acuerdo con un reporte divulgado el lunes por la agencia Associated Press (Ap), la ex secretaria de Estado Hillary Clinton ya cuenta con los delegados necesarios para obtener la nominación demócrata a la presidencia estadunidense, independientemente de los resultados de las elecciones primarias que se realizaron el martes en California, Nueva Jersey, Nuevo México, Dakota del Norte y Dakota del Sur. El cálculo de Ap se desprende del conteo de los votos obtenidos en los distintos procesos de elección locales y de un sondeo entre los llamados superdelegados, figuras prominentes del partido que pueden apoyar al aspirante de su preferencia en la Convención Nacional Demócrata en Filadelfia el próximo 25 de julio. De esta forma, puede darse por hecho que la competencia presidencial será entre Clinton y el republicano Donald Trump, quien ya no tiene rivales en su partido.

Tal circunstancia deja a la ciudadanía estadunidense ante una alternativa amarga. Por una parte, Clinton representa una política imperial revestida por un lenguaje políticamente correcto. La ex primera dama tiene conocidos compromisos con intereses corporativos que conforman un verdadero poder fáctico en el país vecino, lo que hace impensable que, en caso de ganar la elección, pudiera o quisiera imprimir un viraje en las políticas económica y exterior proempresarial que la han caracterizado de manera consistente, entre las cuales cabe incluir el respaldo a estrategias internacionales elaboradas por los llamados halcones, promotores de una versión extrema del belicismo y el injerencismo de la máxima potencia militar.

En contraparte, el bando republicano ofrece la candidatura impresentable de Donald Trump, cuya meteórica carrera política se ha nutrido básicamente –como lo señaló el filósofo y activista Noam Chomsky en entrevista publicada ayer en estas páginas– del miedo, la frustración y la desesperanza de la clase media predominantemente blanca y pobre, abandonada a su suerte por las políticas neoliberales de las décadas recientes. Por medio de la mentira y la demagogia xenófoba y chovinista, el magnate ha atizado los rencores sociales no sólo de los pobres y de los empobrecidos, sino incluso de sectores empresariales desplazados de la conformación de la oligarquía. La de Trump es, pues, una opción a todas luces indeseable.

Ante tal escenario, es de lamentarse que la sociedad del vecino país no haya podido catalizar la oportunidad de transformación representada por el candidato demócrata Bernie Sanders, cuyas propuestas constituyen una solución viable para empezar la urgente tarea de desmontar los poderes fácticos que se han apoderado de la democracia estadunidense.

Sin embargo, la imposibilidad de alcanzar la nominación presidencial demócrata no minimiza el principal logro de la campaña de Sanders: la toma de conciencia, por amplios sectores sociales, de fenómenos que hasta ahora permanecían ignorados debido a la desinformación producto del estrecho vínculo entre los medios y los grandes capitales: para millones de personas fue Sanders quien sacó a la luz que la guerra permanente, la expoliación y el saqueo practicado por los mencionados poderes en el resto del mundo son la otra cara de la imposición dentro de Estados Unidos de políticas de acumulación de la riqueza basadas en la depauperación de las mayorías y la devastación del tejido social. Es deseable que las enseñanzas y el impulso transformador que introdujo la propuesta del veterano legislador por Vermont fructifiquen a mediano plazo en una nueva alternativa de poder en el país vecino.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/06/09/opinion/002a1edi

fuente: Rebelión

jueves, 12 de mayo de 2016

Sanders se apunta otro tanto frente a Clinton

El candidato demócrata Bernie Sanders. EFE
El candidato demócrata Bernie Sanders. EFE
El candidato demócrata gana sin sorpresas en Virginia Occidental, aunque sigue muy por detrás en número de delegados respecto a la exsecretaria de Estado. Donald Trump se apunta sus dos primeras victorias ya sin rivales.
MARC ARCAS (EFE)
WASHINGTON. -Bernie Sanders se ha apuntado una nueva victoria en las primarias demócratas de EEUU para lograr la nominación presidencial frente a su rival Hillary Clinton, mientras que en el campo republicano no hubo sorpresas y Donald Trump ganó las dos primeras contiendas a las que se presentó ya sin rivales.

En Virginia Occidental, los votantes tanto demócratas como republicanos estuvieron llamados a las urnas la noche del martes, dando la victoria a Sanders y Trump respectivamente, mientras que en Nebraska (centro de EEUU), sólo votaron los republicanos, que también auparon al magnate neoyorquino.

Las encuestas ya eran muy favorables a Sanders, por lo que, a diferencia de lo sucedido en casos anteriores como Michigan o Indiana, su victoria en Virginia Occidental, uno de los estados más pobres de EEUU, mayoritariamente blanco y con fuerte dependencia de la decadente industria minera, no fue una sorpresa.

"Virginia Occidental es un estado de clase trabajadora como muchos otros en este país, como Oregón, y la gente trabajadora está sufriendo", se dirigió Sanders a sus simpatizantes en un mitin en Oregón, uno de los próximos estados en votar, tras conocer que se había impuesto a Clinton por un amplio margen en Virginia Occidental.

"Lo que han dicho sus habitantes esta noche y que confío que dirán también los de Oregón es que necesitamos una economía que funcione para todo el mundo, no sólo para el 1% (en referencia a los más acaudalados)", añadió el veterano senador, autoproclamado socialista democrático.


Una campaña complicada
Pese a la victoria de hoy, Sanders sigue muy por detrás en número de delegados respecto a la exsecretaria de Estado y lejos de los 2.383 necesarios para lograr la nominación de forma automática en la convención del partido que se celebrará en julio en Filadelfia (Pensilvania).

La buena noticia para su campaña es que las próximas citas electorales en el proceso de primarias del Partido Demócrata le son a priori favorables, ya que los próximos estados en votar serán Kentucky (también de fuerte tradición minera y empobrecido) y Oregón.

"Estamos en esta campaña para ganar la nominación demócrata. Lucharemos por cada uno de los votos en Oregón, Kentucky, California, las Dakotas...", aseguró Sanders, quien pese a reconocer que tiene frente a sí "un camino empinado", dijo estar acostumbrado a este tipo de situaciones y se mostró convencido de que "todavía queda un sendero hacia la victoria".

Si el senador por Vermont conserva alguna esperanza de recortar un número significativo de delegados a Clinton, esta tiene que pasar por California, el estado más poblado del país, en el que se reparte el mayor número de delegados (475) y donde las últimas encuestas reflejan que Sanders puede lograr un buen papel.

California será de los últimos estados en votar el próximo 7 de junio, una jornada en la que también están llamados a las urnas los ciudadanos de Montana, Dakota del Sur, Dakota del Norte y Nuevo México (a priori favorables a Sanders) y Nueva Jersey (donde Clinton es la favorita).

En el bando republicano, tras las renuncias de Ted Cruz y John Kasich la semana pasada, sólo había una duda esta noche, y esta era si los votantes conservadores de Nebraska, donde Cruz era favorito antes de retirarse, podían dar una sorpresa sin precedentes y negar la victoria al único candidato en liza.

Sin embargo, la jornada no dejó ninguna sorpresa y Trump se impuso por márgenes muy amplios tanto en Virginia Occidental como en la citada Nebraska, sumando así más delegados de cara a los 1.237 que necesita para lograr la nominación de forma automática en la convención del partido que se celebrará en julio en Cleveland (Ohio).

La de hoy fue la primera noche electoral en la que, tras ganar en un estado, Trump no dio un mitin ante simpatizantes ni una rueda de prensa, lo que permite visualizar el cambio de rumbo que ha tomado su campaña desde que quedó en solitario y que ya se centra en la elección presidencial de noviembre
Fuente: Público.es


miércoles, 11 de mayo de 2016

Sanders vence en Virginia Occidental y mantiene el pulso con Clinton


Sanders vence en Virginia Occidental y mantiene el pulso con Clinton
La imagen de Sanders sigue siendo un punto fuerte entre los jóvenes más progresistas (Frederic J. Brown / AFP)




Bernie Sanders ha ganado esta noche en las primarias demócratas de Virginia Occidental lo que le va a permitir mantener el pulso con Hillary Clinton, pese a la ventaja en delegados que le saca la ex secretaria de Estado. El viejo senador de Vermont que se define como “un socialista democrático” y propone una “revolución política” en Estados Unidos reconoce que “la carrera hace subida pero vamos a mantener la lucha hasta el último voto y hasta el último minuto”.
Teniendo en cuenta que para superar a Clinton, Sanders debería ganar en todos los estados que no han celebrado primarias con un 70% de los votos, algo que a día de hoy parece imposible, el resultado de Virginia Occidental tiene más importancia por el perjuicio que inflige a la candidata en su batalla frente al virtual candidato republicano, Donald Trump.
El magnate inmobiliario, sin rivales, sigue su paseo triunfal apuntándose ahora la victoria en Virginia Occidental con más del 70% de los votos y probablemente también en Nebraska, un estado que también celebraba hoy primarias republicanas, y donde Trump no partía como favorito en los sondeos antes de la renuncia de sus contrincantes. Eso le permitirá acumular más rápidamente los delegados que necesita para proclamarse oficialmente candidato.
El equipo de campaña de Hillary Clinton se pregunta ahora cómo se pueden tener dos rivales a la vez y no acabar locos. La aspirante demócrata pretende ser la primera mujer presidenta de Estados Unidos pero a ser posible sin morir en el intento, y sus estrategas, mayoritariamente hombres, están al borde de un ataque de nervios, porque, de repente, se han visto asediados por todos los flancos. Bernie Sanders y Donald Trump son dos hombres distintos y distantes que ahora mismo comparten el mismo objetivo: vencer a Hillary Clinton.
Ocurre que Donald Trump se ha convertido en el virtual candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos antes de lo previsto y Hillary Clinton está tardando más de lo previsto en proclamarse candidata demócrata, porque su contrincante Bernie Sanders no sólo no da su brazo a torcer, sino que se ha vuelto cada día más beligerante con la ex primera dama. Así que Clinton se encuentra atrapada en medio de un fuego cruzado que le está ocasionando un desgaste político enorme. “Cada dólar que gasta y cada vez que tiene que defenderse de un ataque o responder a una acusación de Sanders, es tiempo y dinero que no dedica a combatir a Trump”, lamentaba en Politico Joe Trippi, un estratega demócrata.
La cuestión es que siendo Clinton la favorita para la presidencia, los sondeos no la ubican en su mejor momento ni le pronostican nada bueno. De entrada le atribuyen varias derrotas seguidas frente a Sanders, hoy en Virginia Occidental y la semana que viene en Oregon. Son victorias pírricas de Sanders que no amenazan en absoluto la nominación de Clinton, pero el impacto psicológico de una derrota tras otra sí adquiere mayor importancia cada día. Donald Trump no desaprovecha subrayar la debilidad política que supone perder frente a un senador de 74 años que se declara socialista. Pero a partir de ahora el problema para Clinton se hace mucho mayor porque mientras Trump realiza un paseo triunfal por los estados que todavía celebran primarias alimentando su imagen como ganador, Clinton se las ve y se las desea para aparecer ante el electorado como la garantía de que Trump no será el 45º presidente de Estados Unidos. Los sondeos de ámbito nacional señalan que Trump sigue acortando distancias respecto a Clinton, pero ella aún le saca más de seis puntos. Más preocupantes le resultan tres sondeos en tres estados clave publicados ayer por la Quinnipiac University, según los cuales Clinton perdería con Trump por cuatro puntos en Ohio y su ventaja es de sólo un punto en Florida y Pensilvania. Y a todo ello hay que añadir que en todos los sondeos sin excepción Bernie Sanders aparece como un vencedor mucho más claro sobre Trump con una ventaja promedio de 13 puntos sobre el magnate de Nueva York.
Para colmo, la única noticia relacionada con Hillary Clinton que podría considerarse positiva de cara a su campaña, también resulta envenenada. Es la candidata que mayor recaudación ha conseguido en Wall Street. Y no sólo de financieros demócratas o centristas.También reconocidos hombres de negocios que apoyaron a Jeb Bush o Marco Rubio han decidido apostar ahora por la candidata demócrata, que les inspira mayor confianza que Trump. Según The Wall Street Journal, Clinton ha recibido hasta ahora el 53% de las donaciones del mundo financiero, mientras que Trump apenas llega al 1% y Sanders las rechaza. Rápidamente Trump ha elogiado a Sanders por ser el primero en denunciar que “Hillary Clinton está totalmente controlada por la gente del dinero y de Wall Street”. Pero como al magnate nadie le exige coherencia, después de decir eso y de presumir durante las primarias que él autofinanciaba su campaña, ha contratado a un exempleado de Goldman Sachs como recaudador de fondos. Dice que para ganar a Clinton necesitará 1.500 millones de dólares.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Mattis contra Trump

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por Thierry Meyssan


Mientras los medios masivos de difusión presentan las primarias estadounidenses como una competencia entre Donald Trump y Ted Cruz, del lado republicano, y, en el Partido Demócrata, entre Hillary Clinton y Bernie Sanders, una impresionante maquinaria está instalándose para cerrar el camino al promotor inmobiliario que amenaza los intereses de la clase dirigente WASP. Thierry Meyssan expone en este trabajo lo que realmente está en juego y que, por el momento, nadie dice públicamente.
Importante: Este artículo es para lectores conocedores del tema.


Las primarias estadounidenses, que deberían ser la preparación de un enfrentamiento entre republicanos y demócratas, se han convertido poco a poco en una lucha por el control del Partido Republicano.

En el Partido Demócrata, el duelo entre Hillary Clinton y Bernie Sanders se resume a la lucha de la experiencia al servicio de los ricos contra el idealismo al servicio de la mayoría. Pero toda la atención ha ido concentrándose en el combate que se desarrolla, en el bando de los republicanos, entre Donald Trump y Ted Cruz.

Cruz es un producto fabricado por una agencia militar privada de «operaciones sicológicas». En materia de política exterior, Ted Cruz se ha rodeado de un equipo de personas formadas en tiempos de la guerra fría alrededor del senador Henry Scoop Jackson y, por ende, histéricamente antisoviéticas. El propio Ted Cruz se ha posicionado en contra de toda forma de limitación jurídica del poderío estadounidense y, por consiguiente, contra el principio mismo del derecho internacional.

Hasta la semana pasada, se ignoraban las posiciones de Donald Trump. Cuando más, se le había oído hacer declaraciones contradictorias sobre la cuestión israelí. En efecto, Trump denunció fuertemente la parcialidad proisraelí de las sucesivas administraciones estadounidenses, se declaró neutral en cuanto al conflicto israelo-palestino y, posteriormente, emitió toda una profesión de fe ultrasionista ante el AIPAC [1].

Pero la semana pasada The National Interest invitó a Donald Trump a pronunciar su primer discurso sobre política exterior.The National Interest es una revista creada a partir del Nixon Center, donde se mantienen los sobrevivientes del equipo del célebre ex secretario de Estado Henry Kissinger. Para sorpresa de todos –los únicos no sorprendidos seguramente fueron los organizadores del encuentro– esta vez Donald Trump no recitó posiciones sobre cualquier cosa para contentar a tal o más cuál grupo de presión sino que expuso un verdadero análisis sobre la política exterior de Estados Unidos y describió un real proyecto de refundación de dicha política.

Según Donald Trump, haber tratado de exportar por la fuerza el modelo democrático occidental y haber querido imponerlo a pueblos que no están ni siquiera remotamente interesados en ese modelo ha sido un error fundamental. Partiendo de esa premisa, Trump desplegó un análisis crítico sobre la ideología neoconservadora, en el poder desde el golpe de Estado del 11 de septiembre de 2001. Todo esto permite comprender mejor por qué los organizadores del encuentro fueron los amigos de Henry Kissinger, partidarios del «realismo» político (realpolitik) y chivos expiatorios de los neoconservadores.

Luego de haber denunciado los gigantescos daños humanos y económicos causados, tanto en los países agredidos como para Estados Unidos, Donald Trump pasó a un ataque indirecto contra el «complejo militaro-industrial», denunciando la excesiva cantidad de armamento que actualmente circula en el mundo. Todos entendieron perfectamente que por primera vez desde el asesinato de John F. Kennedy, un candidato a la presidencia estaba denunciando la omnipotencia de los fabricantes de armas, que está perjudicando gravemente la casi totalidad de la industria estadounidense.

Puede parecer sorprendente esta manera de tomar el toro por los cuernos precisamente en presencia de los amigos de Henry Kissinger, quien tanto contribuyó al desarrollo del complejo militaro-industrial estadounidense. Pero la historia reciente de Estados Unidos explica ese brusco cambio de posición. Todos los que combatieron el complejo militaro-industrial fueron puestos bajo estricto control o eliminados: John Kennedy fue asesinado cuando se opuso a la guerra contra Cuba; Richard Nixon fue eliminado –a través del escándalo del Watergate– por haber concluido la paz con Vietnam e implementado el proceso de distensión con China; Bill Clinton vio su administración paralizada –a través del escándalo Lewinsky– cuando trató de oponerse al rearme y a la guerra en Kosovo.

Dando muestra de un cierto sentido de la provocación, Donald Trump pone su proyecto de nueva política exterior bajo el eslogan «America First», en referencia a la asociación homónima anterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquel grupo es recordado como un grupo de presión nazi que trataba de impedir que el «país de la libertad» acudiese en ayuda de los británicos agredidos por genocidas de judíos. En realidad, «America First», que fue efectivamente desviada de su mision inicial por la extrema derecha, fue originalmente una amplia asociación, creada por los cuáqueros, que denunciaba la Guerra Mundial como un enfrentamiento entre potencias imperialistas y se oponía por ello a la implicación de Estados Unidos en ese tipo de conflicto.

O sea, los adversarios de Donald Trump falsean la verdad cuando lo presentan como un aislacionista, al estilo de Ron Paul. Donald Trump es más bien un realista.

Donald Trump no era, hasta ahora, un político sino un promotor inmobiliario, comerciante y presentador de televisión. Esta ausencia de pasado político le permite ver el futuro de manera completamente nueva y sin verse limitado por ningún compromiso anterior. Trump es además un dealmakercomo los que se vieron hace algún tiempo en Europa, al estilo de Bernard Tapie, en Francia, y de Silvio Berlusconi, en Italia. Y hay que reconocer que –aunque en procesos no exentos de problemas– estos dos personajes renovaron el ejercicio del poder en sus países, violentando los códigos de las clases dirigentes.

Para contrarrestar el fenómeno Trump, el Partido Republicano ha organizado ahora una alianza entre Ted Cruz y el otro último aspirante que aún se mantiene en la carrera, el ex presentador de televisión John Kasich. Ambos han aceptado renunciar a la presidencia y unir esfuerzos para impedir que Trump llegue a obtener la mayoría absoluta de los delegados en la Convención. A falta de un competidor con mayoría absoluta, el Partido Republicano podría proponer en la Convención un nuevo candidato, hasta ahora desconocido para el público.

Ya están haciéndose sondeos de opinión confidenciales, se están recogiendo fondos y hasta se ha creado un equipo de campaña alrededor del general James Mattis, aunque este último jura y vuelve a jurar que no piensa hacer carrera como político. Sin embargo, ya es evidente que este ex jefe del CentCom no rechazaría el papel de nuevo Eisenhower. No está de más recordar que, en 1952, el vencedor de la Segunda Guerra Mundial no participó en las primarias porque aún fungía como comandante de la fuerzas en Europa. Pero, casi al final, se deslizó en la competencia y la Convención del Partido Republicano lo designó para participar en la carrera final por la presidencia.

El general Mattis tiene la reputación de ser un intelectual. Ha coleccionado una importante y célebre biblioteca privada de obras sobre estrategia militar, pero no parece haberse interesado en la historia únicamente bajo ese ángulo. Actualmente es investigador en la Hoover Institution (universidad de Stanford) y, habiendo llegado a Washington para realizar una serie de consultas, dio una conferencia en el CSIS (Center for Strategic and International Studies). Este tanque pensante, tradicionalmente cercano a la industria del petróleo, está financiado hoy en día principalmente por Arabia Saudita.

Durante su conferencia en el CSIS, después de anunciar un porvenir «horrible» para el Medio Oriente, el «monje soldado» (así lo llaman sus subordinados) se dedicó a denunciar el peligro que en su opinión representa la revolución iraní y a llamar a hacerle la guerra. Con ello retomaba el programa al que George W. Bush y Dick Cheney tuvieron que renunciar debido a la rebelión de sus demás generales.

De hecho, el enfrentamiento que actualmente se perfila opone, de un lado, a los partidarios de la realpolitik de Henry Kissinger –defensores de los principios de la paz de Westfalia, o sea de un orden internacional basado en los Estados-naciones– contra los partidarios de la «democratización global» de los neoconservadores –o sea, los partidarios de la destrucción de las identidades nacionales y de la imposición de un régimen universal de gobierno. En pocas palabras, es la visión de Richard Nixon contra el sueño de los golpistas del 11 de septiembre de 2001.

Elementos fundamentales:
- Donald Trump, aspirante a la presidencia de Estados Unidos, pretende limitar el poderío del complejo militaro-industrial. Retoma así la causa de John F. Kennedy (asesinado), de Richard Nixon (apartado del poder por el escándalo del Watergate) y de Bill Clinton (neutralizado por el escándalo Lewinsky).
- Trump estima que tratar de exportar por la fuerza el modelo democrático occidental –que no corresponde a con los deseos de las poblaciones de otras partes del mundo– es simplemente nefasto, tanto para esas poblaciones como para el pueblo de Estados Unidos.
- El complejo militaro-industrial prepara en este momento la candidatura del general James Mattis y una guerra contra la revolución iraní.

Thierry Meyssan

Fuente
Al-Watan (Siria)



[1] El AIPAC (American Israel Public Affairs Committee) es el grupo de presión sionista en Estados Unidos. Nota de la Red Voltaire.

Thierry Meyssan

Thierry MeyssanIntelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

Cómo la Unión Europea manipula a los refugiados siriosRed Voltaire

Voltaire, edición Internacional




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Fuente : «Mattis contra Trump», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria) ,Red Voltaire , 3 de mayo de 2016, www.voltairenet.org/article191614.html

viernes, 8 de abril de 2016

El desorden electoral estadounidense

Mijaíl Leóntiev
por Mijaíl Leóntiev

RED VOLTAIRE | MOSCÚ (RUSIA)

No obstante, buen día.


La forma en que se da la campaña presidencial y, en particular, el resultado del «Martes Grande» deja estupefacto al establishment estadounidense. Entre los demócratas Clinton, la señora del sistema, a duras penas puede aventajar a Sanders, socialista imposible de imaginar en Estados Unidos. Por el otro lado el triunfo de Trump simplemente está rompiendo el cerebro del Beau Monderepublicano.

“Nuestros líderes son estúpidos. Nuestros políticos son estúpidos. Tenemos un presidente que no sabe nada. Yo podría decir que es incompetente, pero no lo haré porque estas cosas no se dicen”, expresó Trump.

El filósofo estadounidense Fukuyama, alguna vez de moda, anunció hace un cuarto de siglo el fin de la historia, que la victoria de la democracia liberal en todo el mundo significaba el punto final de la evolución sociocultural de la humanidad. El fin de la historia es, en esencia, también el fin de la política. Los valores liberales son tan absolutos e incuestionables que, propiamente, no hay de qué discutir. Quienes no los comparten son marginales, sujetos a aislamiento o, en lo ideal, a exterminación. Hasta el momento, la ausencia de política la compensaba el problema de los matrimonios homosexuales. Pero, al parecer, incluso en eso se ha alcanzado el consenso.

El proceso electoral se ha convertido en un megashow, en la imitación de la discusión política. La cumbre fue, seguramente, la elección entre McCain y Obama de 2008. «El soldado duro, incapaz de prounciar palabras de amor» y el refinado liberal-estudioso de origen afroamericano. ¿No es esto una elección? ¿Necesitan algo más? Dos roles idealmente distintos que camuflan la ausencia de distinciones políticas.

“Antes teníamos dos partidos. Uno tenía conciencia, pero no tenía cerebro, el otro tenía cerebro, pero no tenía conciencia. Ahora tenemos dos partidos idénticos, sin conciencia ni cerebro, y no entiendo para qué hacen falta”, dice Harlan Ullman, autor de la doctrina «Conmoción y pavor en Irak», miembro de la junta directiva del Consejo del Atlántico.

Pero ahora es distinto. La maquinita electoral estadounidense, de dos partidos, claramente está fallando. El socialista real Sanders y el vándalo-antisistema Trump, hablamos del regreso de la política. ¿Qué es esto: falla o crisis sistémica?

De la película El garaje: “Los que estén a favor de la lista propuesta por la junta directiva por favor alcen la mano.”

Desde luego el sistema se resistirá. Tratará de absorber o integrar a Trump . Evidentemente lo logrará, una de las dos. Sin embargo, la maquinita de todos modos falló. La política se escapó y no podrán encerrarla nuevamente.

F. Fukuyama, octubre de 2014: “El triste resultado es el siguiente: considerando cómo se acentúa la enfermedad política de este país, y cuán poco probables son las perspectivas de una reforma constructiva, el trastorno de la política estadounidense seguramente continúe hasta que no se dé una conmoción externa.”

Harlan Ullman, febrero de 2016 : “El sistema político estadounidense, posiblemente, esté tan dañado que incluso la crisis más formidable no hará que se intente repararlo.”

¿Qué más se puede añadir a esto?

No obstante, hasta la próxima.

Mijaíl Leóntiev

Traducción
Aldo Malca

Fuente
1tv (Rusia)

jueves, 7 de abril de 2016

Por qué son importantes las victorias de Cruz y Sanders en las primarias de Wisconsin


Sanders saca pecho al haber ganado siete de las últimas ocho primarias demócratas
Sanders saca pecho al haber ganado siete de las últimas ocho primarias demócratas


Sanders saca pecho al haber ganado siete de las últimas ocho primarias demócratas EFE

El triunfo de Ted Cruz le ayuda a alejar a Donald Trump de los 1.237 delegados que necesita para obtener la candidatura republicana
Aunque Sanders tendrá muy difícil llegar al nivel de Clinton, ya ha superado todas las expectativas y aún puede seguir haciéndolo
No se puede dar a nadie por perdido hasta que las matemáticas muestren que de verdad no tiene posibilidades de ganar 

The Guardian - Mona Chalabi


En teoría, las primarias de Wisconsin no son tan importantes. En ellas solo se elige a 138 delegados entre demócratas y republicanos. Pero en la práctica, llegados a este punto del calendario electoral, Wisconsin importa mucho. Y las victorias que Ted Cruz y Bernie Sanders cosecharon en la noche de este martes han ayudado a clarificar la carrera a la Casa Blanca. Sanders no es el único candidato que está yendo cuesta arriba hacia la nominación de su partido: las cosas tampoco serán fáciles para Donald Trump. El multimillonario neoyorquino afronta la posibilidad de una convención disputada.

La contienda republicana
Cruz obtuvo el 48% de los votos en Wisconsin, 13 puntos por encima de Trump (y a 34 de Kasich). Como Wisconsin es en gran medida un estado  winner-takes-all (en el que el ganador se lleva todos los delegados), esos resultados fueron suficientes para que el senador de Texas se hiciera con 36 de los 42 delegados a repartir. Esto ha puesto su total de delegados en 502. La cifra sigue por detrás de los 739 que tiene ya Trump, pero es significativa porque el triunfo del senador ayuda a alejar al magnate de la línea dorada de meta: los 1.237 delegados necesarios para obtener la candidatura republicana.

Las encuestas pronosticaban una victoria mucho más estrecha para Cruz. Los datos recogidos por Real Clear Politics apuntaban a una derrota de Trump por un margen de menos de cinco puntos porcentuales. Los sondeos también subestimaron a Sanders, que ganó a Clinton con una diferencia cuatro veces mayor de lo vaticinado.

Es probable que Cruz deba al menos una parte de ese éxito a la decisión de Marco Rubio de retirarse de la contienda republicana hace tres semanas. Unos días antes de su renuncia, las encuestas señalaban que Rubio y Trump estaban empatados en Wisconsin. A nivel nacional, parece que la mayoría de los seguidores de Rubio están eligiendo a Cruz como segunda opción y no a Trump, y los resultados de este martes sugieren una tendencia similar en Wisconsin.

Una parte de eso puede ser estratégica. Los republicanos que son conscientes de los datos electorales, ampliamente difundidos, pueden pensar que Cruz es su mejor apuesta para dejar fuera a Trump. Las adhesiones que ha cosechado el senador también pueden haber ayudado a consolidar esa percepción. Cruz tiene ahora el apoyo de 39 cargos electos, mientras que Trump y el gobernador de Ohio, John Kasich, tienen 11 entre los dos.

Esos factores han podido ser influyentes en Wisconsin, donde la participación electoral fue del 73,2% en 2012 (la segunda cifra estatal más alta del país), pero no tienen por qué ser tan importantes en otros lugares. De forma similar, puede haber sido más fácil para Cruz recoger votos en un estado que tiene un 71% de cristianos de lo que le resultará hacerlo dentro de dos semanas en Nueva York, donde solo el 60% de los adultos son cristianos.

A partir de encuestas a seis expertos políticos, FiveThirtyEight predice en una proyección que las 16 votaciones republicanas que quedan darán a Trump un total de 1.201 delegados, una cifra ligeramente inferior a los 1.237 que necesita para hacerse con la candidatura del partido. Sin embargo, esos analistas podrían estar equivocados: Trump aún podría conseguir sobrepasar la línea de meta. En cualquier caso, las primarias republicanas que están por venir serán vigiladas de cerca.

La contienda demócrata
A pesar de su primer puesto, Sanders también pasó una noche complicada. Consiguió el 57% de los votos, con una diferencia significativa respecto al 43% de Hillary Clinton. Al contrario que los republicanos, los demócratas reparten a los delegados de forma proporcional en función del porcentaje de votos. Por tanto, al final Sanders pudo sumar 45 delegados a los que había ganado en las primarias hasta el momento.

Esto aún lo sitúa 249 representantes por detrás de la exsecretaria de Estado. La distancia se eleva a la cifra aún mayor de 687 al tener en cuenta la abrumadora ventaja de Clinton en superdelegados, élites del partido que pueden votar a quien quieran sin depender de los resultados de las primarias.

Dicho esto, Sanders aún no está fuera de juego. La retórica de sus discursos se centra en mostrarlo como un supuesto perdedor subestimado que está construyendo "impulso" ( momentum). Tiene una ventaja. Aunque es cierto que los resultados actuales señalan que será muy difícil para Sanders superar a Clinton, el candidato socialista ya ha superado todas las expectativas y aún puede seguir haciéndolo.

Por supuesto, los delegados y los porcentajes de voto son lo que cuenta políticamente, pero los números de votos también deberían importar: al menos porque representan a votantes individuales. En eso Sanders también tiene mucho que recuperar. Clinton ha tenido 2,5 millones más de votos que Sanders hasta el momento.

Los resultados de Wisconsin muestran que la disputa para elegir a los candidatos a la presidencia en 2016 sigue siendo competitiva. En otro giro extraño de estas elecciones, después de Wisconsin tanto Trump como Sanders necesitan el 58% de los delegados restantes para hacerse con la nominación. Eso será difícil en ambos casos. Ningún candidato puede dormirse en los laureles, y ningún experto puede permitirse dar a nadie por perdido hasta que las matemáticas muestren que de verdad tiene cero posibilidades de ganar.

Traducción de  Jaime Sevilla Lorenzo

Fuente: The Guardian, eldiario.es

jueves, 31 de marzo de 2016

Elecciones en Estados Unidos - El circo de las primarias

Elecciones en Estados Unidos -  El circo de las primarias

Daniel Fridman

Revista Anfibia

La selección de candidatos en Estados Unidos es un complejo proceso que lleva seis meses. Después del supermartes de ayer, Daniel Fridman da las claves para entender cómo Hillary Clinton se instaló como la candidata demócrata con probabilidades de ser la primera mujer en comandar la Casa Blanca. Pero sobre todo explica el fenómeno de su casi seguro adversario: el magnate Donald Trump, un especialista en reality show.

Todo parece indicar que Donald Trump y Hillary Clinton competirán en las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos. Aunque es poco probable que esto cambie, en esta temporada electoral ya aprendí a no jugarme con predicciones. Por el lado demócrata, quienes apoyan a Bernie Sanders dicen que la idea de que Hillary ya ganó es un invento de la prensa pro-establishment demócrata (los grandes diarios como The New York Times y The Washington Post, canales como MSNBC) imponiendo una profecía autocumplida. Pero pese a las ilusiones iniciales de los seguidores de Sanders, las características demográficas de los votantes de cada precandidato hacen virtualmente imposible una remontada en la que Sanders pueda alcanzar a Clinton en cantidad de delegados.
En las primarias demócratas, los delegados de cada estado se reparten proporcionalmente según los votos recibidos, lo cual hace necesario victorias muy abultadas de Sanders para revertir su déficit actual. En los últimos días, el senador de Vermont ganó en varios estados pero no pudo acortar la distancia en delegados. En términos futboleros, Sanders gana 1 a 0 de local, pero pierde por varios goles cuando juega de visitante. Venció a todos los pronósticos en Michigan, generando una expectativa que no pudo cumplir en estados de la misma región, como Illinois y Ohio.
Se puede decir que por el lado demócrata lo que está pasando es lo que se esperaba: que el candidato insurgente movilice, ilusione, pero a la larga caiga frente a la candidata que apoya el partido. Habitualmente hay más competidores en las primarias demócratas y casi siempre hay un precandidato que concentra un voto más de izquierda, casi totalmente testimonial. Sin embargo, Bernie Sanders sorpresivamente presentó un desafío serio a Hillary Clinton, con una brillante campaña destinada a imponer en la agenda temas fundamentales para la izquierda: la desigualdad en el ingreso, la concentración económica, la ilimitada influencia del poder económico en la política y el derecho a la educación y la salud.
Sanders es un candidato excepcional; basta ver los videos que compilan sus discursos de los últimos treinta años para entender la consistencia de sus ideas. Su candidatura representa algunas de las reacciones post-crisis financiera de 2008, incluido el movimiento Occupy Wall Street que surgió en 2011, y al que le dio manifestación electoral. Es una pena que algunas de sus fortalezas en realidad también sean debilidades. Bernie tiene bien claro lo que significa su proyecto político. No se trata de elegir a un candidato, dentro de un menú de opciones, que cuando sea presidente lleve adelante sus propuestas mientras los votantes se dedican a sus cosas. Sanders subió la vara: el éxito de su proyecto depende del nacimiento de lo que él llama una “revolución política” que precisa de niveles de participación y presión popular que cambien la dinámica a la que las elites políticas de ambos partidos están acostumbradas. Bernie no pide solamente el voto, pide algo que no depende de él.
En contraste, Hillary Clinton ofrece algo muy conocido: manija política y experiencia para alcanzar objetivos (muy) moderados, sin ninguna ruptura con la elite financiera, que ha sido generosa con su campaña. Obama empezó como el candidato de la esperanza en 2008 y terminó como el presidente de lo posible en 2016. Hillary de algún modo promete más de lo mismo (algo así como un tercer mandato de Obama). Para quien la reforma del sistema de salud que impulsó el actual presidente fue la política redistributiva más importante de los últimos 50 años, Clinton parece ofrecer algo; para quien esa reforma fue simplemente una capitulación frente al poder concentrado de la medicina, los seguros y las farmacéuticas, entonces sí es necesaria una revolución política.
Lo que es seguro es que la candidatura demócrata será, como cuando la obtuvo Obama, una innovación, cualquiera sea el elegido/a. Bernie Sanders se llama a sí mismo socialista (una palabra tabú en el lenguaje político de Estados Unidos) y Hillary Clinton sería la primera mujer candidata a presidente. Para los votantes de ambos partidos, la preocupación es si elegir estratégicamente al candidato en función de sus chances de ganar la presidencia en Noviembre o si votar por convicción. Las campañas para la pre-candidatura intentan convencer a un electorado que no va a ser el mismo que en noviembre, cuando los candidatos se suelen mover al centro para captar indecisos, especialmente los de aquellos pocos estados en los que no está prácticamente garantizada la victoria de un partido u otro. La elección de cada partido, entonces, se hace con un ojo mirando al otro, para en lo posible evitar un candidato con pocas chances de ganar la elección general. Los demócratas se preguntan si será éste el año de innovar con un candidato excepcional como Sanders cuando del otro lado de la grieta los votantes republicanos están innovando más que nunca.

***

Como decía antes, esta temporada electoral aprendí a no arriesgar más predicciones. Cuando apareció Donald Trump haciendo ruido en el verano boreal de 2015, mi primera teoría fue la siguiente. Las primarias partidarias en Estados Unidos tienen mecanismos de exclusión relativamente débiles. Casi cualquiera se puede presentar en la medida en que tengan suficiente dinero para hacer campaña; el mecanismo de exclusión es principalmente económico. Estos mecanismos débiles hacían a las primarias muy tentadoras para un millonario como Trump, para quien toda publicidad es buena porque su negocio es su propia imagen. Mi teoría era entonces que Trump no tenía interés en competir seriamente y todas las barbaridades que decía eran poco más que un mecanismo publicitario a precio relativamente módico. Trump contaba además con la certeza de que la prensa le pondría atención constante por su fama, sus declaraciones xenófobas, y lo atípico de su candidatura. Luego de algunos meses de hacer ruido, a Trump le redituaría en más celebridad, más polémica, más presencia pública y más corbatas, hoteles y programas de TV vendidos en el futuro. Trump había hackeado las primarias republicanas para una gran performance publicitaria.
Mi teoría descansaba en el supuesto de que Trump sabía que no tenía chances de ganar la candidatura. Hasta hace muy poco, este supuesto gozaba de buena salud. El proceso de selección de candidatos en Estados Unidos es muy complejo y andar bien en las encuestas meses antes de las primarias no significa que la candidatura está asegurada. Este supuesto proviene de una teoría más general, conocida como The Party Decides (El Partido Decide). Según esta teoría, las elites del partido conservan un poder de decisión fundamental, por más que los ciudadanos voten. Los precandidatos suben y bajan en las encuestas en el año anterior a las primarias, pero tarde o temprano (a más tardar en las primeras elecciones internas en Iowa y New Hampshire), el establishment partidario se decide por algún candidato y tira todo el peso del partido, incluyendo recursos financieros y de movilización, para asegurar su victoria (en el caso de los demócratas, el partido cuenta además con un 15% de delegados  que no son votados y que pueden elegir a quien les plazca).
En las dos primarias republicanas que yo había seguido con atención ocurrió eso: cada mes cambiaban los líderes en las encuestas pero a la larga John McCain (2008) y Mitt Romney (2012), fieles representantes del ala tradicional del partido, ganaron la candidatura. Según The Party Decides, las elites partidarias eligen un candidato con razonables chances de ganar la presidencia, pero que al mismo tiempo no se aleje de la línea general partidaria, es decir que en caso de ganar la presidencia permanezca bajo relativo control del partido. Por eso, si bien las encuestas predicen algo, los endorsements (apoyos explícitos de miembros importantes del partido) son mejores indicadores de quién finalmente será el elegido.
Pero la teoría de The Party Decides parece haber fallado esta vez. Hasta un politólogo sugirió (un poco en chiste) culpar a la ciencia política por el fracaso: como todos esperaban que la teoría se cumpliera, el establishment del partido republicano no se ocupó de hacer lo que la teoría decía que harían (o bien no pudo hacerlo), unirse detrás de un candidato y excluir a los inviables o poco confiables. La candidatura de Trump parece haber paralizado al partido republicano, que aún no sabe cómo reaccionar, y probablemente sea ya demasiado tarde para hacerlo, al menos sin pagar enormes costos políticos.
Pero la falla de The Party Decides quizás no sea un problema de la teoría, sino de uno de sus supuestos: la necesidad de un partido relativamente saludable. En los últimos años, el partido republicano parece cada vez más una insurrección permanente que un partido político. La rebelión conservadora del movimiento Tea Party, apenas comenzada la crisis financiera de fines de la década pasada, ofreció una muestra de los conflictos que se avecinaban. La coalición electoral republicana es extremadamente compleja pero, simplificando mucho, contiene dos grandes bloques: los sectores más ricos del país (a quienes los atrae las agresivas políticas económicas pro-negocios) y sectores no tan ricos pero altamente movilizados por cuestiones ideológicas y valores religiosos. Esta coalición ha tenido siempre sus tensiones, pero en los últimos años se ha hecho cada vez más difícil de sostener. A diferencia de otros movimientos populares con poca relevancia electoral, desde 2010 el Tea Party (con ayuda financiera de algunos millonarios conservadores) se dedicó a colocar a sus propios candidatos en la cámara de representantes, enfrentando a candidatos tradicionales en las primarias de cada distrito. Al poco tiempo, la bancada republicana en el congreso se volvió cada vez más ingobernable. Los políticos de la vieja guardia republicana tenían poco margen de maniobra para negociar con el ejecutivo por la amenaza de los sectores más conservadores –y menos disciplinados políticamente—de su partido, quienes llegaron a sus bancas diciendo que Obama era más o menos el diablo.
La intransigencia de estos sectores (liderados en el senado por el hoy precandidato Ted Cruz) derivó en el congelamiento de fondos públicos en el 2013, que hizo que la administración pública tuviera que cerrar sus puertas por más de dos semanas. En 2014, el líder de la mayoría republicana en la cámara baja, Eric Cantor, perdió la elección interna en su distrito con un candidato del Tea Party (la primera vez que un congresista en esa posición pierde su banca). Ya comenzada la carrera por la candidatura republicana en 2015, el presidente de la Cámara de Representantes John Boehner puso fin a una vida política ya casi imposible, renunciando a a su banca y dejando al partido sin liderazgo en el congreso. Paul Ryan, candidato a vicepresidente en las elecciones del 2012, aceptó sucederlo luego de que otro aspirante declinara y sólo gracias a los ruegos del partido.

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En ese contexto de un partido en crisis se largó la carrera por la candidatura presidencial republicana en 2015, con más de quince candidatos, muchos de los cuales sobrevivieron aún hasta las primeras primarias en febrero. Poco después de la derrota 2012, el comité nacional del partido republicano analizó el resultado y elaboró un plan para recuperar la presidencia que incluía moderar la política migratoria y hacerse más aceptable para los hispanos y las mujeres. Según el análisis, las tendencias demográficas de largo plazo en varios estados condenaban al partido al olvido si no lograban acercarse a ese electorado. Sin embargo, este año la contienda republicana repitió la historia de las elecciones anteriores, con candidatos compitiendo por ver quién es más duro con los inmigrantes, agregando esta vez la retórica racista y xenófoba de Donald Trump, más ruidosa y explícita pero no tan diferente a la de las demás candidatos.
Por algún motivo, el establishment del partido nunca se decidió por un candidato, lo cual llevó a un problema de huevo y gallina. Jeb Bush, el más moderado de los candidatos y quien contaba con más apoyo en el partido, nunca pudo levantar en las encuestas. Otros candidatos del carril establishment, Marco Rubio, Chris Christie y John Kasich, no abandonaban la carrera en la medida en que el electorado no se consolidaba detrás de Bush, lo cual a su vez perjudicaba a Bush (Christie finalmente abandonó a fines de febrero y se sumó a la campaña de Trump). Mientras tanto, Trump se afianzaba en las encuestas y recién a comienzos de marzo, luego de varias victorias decisivas de The Donald, el candidato de 2012 y también millonario Mitt Romney salió con tapones de punta a implorar al electorado republicano que no elijan a alguien tan poco preparado para ser presidente como Trump, algo que ya había hecho Jeb Bush sin éxito. Cuatro años atrás, Romney había recibido feliz el apoyo de Trump, de quien sólo decía cosas buenas. Pese a las palabras de Romney, Trump sigue ganando primarias y será el candidato con más delegados. Quien más ha logrado acercarse a Trump, ganándole en un puñado de primarias es Ted Cruz, un candidato hiperconservador y religioso al que el establishment del partido republicano detesta. Los Ted Cruces de las elecciones anteriores (Rick Santorum y Mike Huckabee), candidatos que apelan a la base más radicalizada y religiosa de la derecha, perdían con Romney o McCain, hombres del partido. Hoy pierden con Trump, mientras los candidatos oficiales se reparten terceros y cuartos puestos.
Al debilitado establishment republicano le quedan ya pocas chances. Se conforman ahora con  impedirle una mayoría absoluta de delegados a Trump, negándole victorias clave pero sin coronar en el proceso a ningún candidato en particular y repartiendo delegados entre sus oponentes. Kasich (gobernador de Ohio) y Rubio (senador por Florida) no daban un paso al costado para contribuir con esa estrategia ganando en sus propios estados el 15 de marzo (Ohio y Florida asignan delegados en un sistema en el que el ganador se lleva todos). La idea funcionó en Ohio, en donde Kasich ganó y obtuvo todos los delegados, pero fracasó en Florida, en donde la victoria de Trump forzó al local Rubio a terminar su campaña (Rubio había parecido en algún momento la esperanza del establishment). A Trump le fue bien además en los otros tres estados que tuvieron primarias el mismo día, North Carolina, Illinois y Missouri, compensando en buena medida los delegados que le arrebató Kasich en Ohio. Con la renuncia de Rubio, quedan ahora tres candidatos en carrera. John Kasich es el único aceptable para el establishment republicano, pero marcha último lejos en la cuenta de delegados, detrás de Trump y Cruz, y sólo ganó en el estado en el que gobierna hace cinco años. Como la mayor parte de los delegados pueden cambiar de voto si en la primera vuelta ningún candidato obtiene mayoría absoluta, existe la posibilidad de que la convención republicana en julio no consagre a Trump aunque haya sido el más votado (y no se sabe a quién elegirían en ese caso). Pero si los jerarcas del partido no pudieron sacar de la cancha a Trump hasta ahora, parece difícil que puedan hacerlo en la convención, al menos sin un escándalo importante, incluyendo la posibilidad de que el millonario se presente por un tercer partido. Pero la hipótesis de una convención dividida se evaporaría si Trump alcanza 1237 delegados, lo que no está fuera de su alcance en este momento.
Mi teoría obviamente ya no es que Trump nunca pensó que ganaría. Hace varios ciclos electorales que el show se convirtió en parte fundamental de la selección de candidatos. Los debates son performances bizarras y los candidatos performers con habilidades específicas. En 2012, el gobernador de Texas Rick Perry se derrumbó en las encuestas por trabarse durante un debate de candidatos presidenciales, olvidando el nombre de un ministerio y terminando en un ya famoso “ups”. La metida de pata fue repetida miles de veces en medios y redes sociales, amplificando el ridículo. En un debate en febrero, Marco Rubio repitió tres veces en dos minutos las líneas que había memorizado y cayó al quinto puesto en las primarias de New Hampshire unos días después. Esas cosas nunca le pasarían a Trump, quien nunca se queda sin palabras.
Rick Perry cayó en desgracia como parte del show, pero lo que estaba tratando de recordar antes del “ups” era cuáles ministerios prometía abolir, incluyendo comercio, educación y energía, una propuesta absurda desde el punto de vista de la política pública. Como las de Perry, las declaraciones de los precandidatos republicanos hace años que son extravagantes y grotescas, aún para otro partido de derecha en cualquier otro país. Todos o casi todos los candidatos consideran al cambio climático una conspiración inventada por los científicos. Dos de los precandidatos son médicos (Rand Paul y Ben Carson, un reconocido neurocirujano), pero ponen en duda el conocimiento científico sobre vacunación. Todos defienden la libertad de los comerciantes a negarle el servicio a gays y lesbianas. Casi todos ven una conspiración del progresismo contra la navidad. Luego de cada masacre, todos reaccionan defendiendo el derecho divino a que los individuos porten armas (en Texas, la legislatura con mayoría republicana aprobó el año pasado una ley que permitirá llevar armas escondidas en la universidad y otra que permite circular por la calle con armas visibles). Y la lista sigue.
Mi teoría (que no es nada del otro mundo) es que el circo en el que se convirtieron las primarias motivó a Trump, un especialista en circo, a sumarse con la convicción de que su performance cultivada en años de exposición pública lo llevaría a la victoria. Para ganar en un show, ¿qué mejor que un showman en lugar de un político? En el año 2009, como parte de mi trabajo de campo sobre los fans de la autoayuda financiera, vi a Trump en una presentación en vivo en un hotel en Manhattan. En ese momento me impresionó lo simpático, carismático y gracioso que era. Su manejo de la audiencia, los chistes sobre sí mismo y su pelo, y su capacidad para improvisar en el podio hablando de negocios (sin hablar de nada muy concreto) eran fascinantes. Trasladar a la política esas habilidades no le costó mucho trabajo, particularmente si se trataba de hacer declaraciones grandilocuentes que carezcan del más mínimo sentido común.
Trump lleva décadas estudiando a su potencial electorado de una de las maneras más efectivas de conocerlo: vendiéndole libros, cursos, conferencias, programas de TV y otros productos y servicios. A sus cualidades personales y su retórica vacía pero efectiva de “hacer America grande otra vez”, “los americanos vamos a ganar tanto que se van a cansar de ganar” y “soy el mejor negociando”, Trump le sumó una calculada y peligrosa apelación al miedo, al racismo y a la desconfianza hacia los inmigrantes mexicanos y los musulmanes. Y también le agregó una dosis de crítica a los tratados de libre comercio, las compañías de seguro y las farmacéuticas, que es lo que sí está preocupando seriamente a las elites de ambos partidos. Trump construyó una inédita coalición electoral que se parece un poco al ala moderada republicana por su relativamente poco interés en cuestiones religiosas pero que se diferencia en su pesimismo por el libre mercado. Lo que comparte con el discurso que todo el partido republicano promovió desde la llegada de Obama es la noción de que esta ya no es la América que supimos tener, una América blanca y masculina, que no tenía que lidiar con la diversidad demográfica de hoy. Si todo sigue igual, Donald Trump se enfrentará en noviembre con Hillary Clinton, quien ha recibido los votos de buena parte de las minorías a las que el magnate se dedicó a insultar desde su primer acto de campaña.
Fuente: http://www.revistaanfibia.com/ensayo/el-circo-de-las-primarias/#sthash.yZHm5wIz.dpuf

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