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sábado, 2 de julio de 2016

26J: El fin de la burbuja Podemos



La Boca del Logo

El partido ha cometido errores muy graves que tienen que ver con la estrategia, la táctica, el lenguaje y la comunicación y el formato electoral


Juan Torres López


Que Podemos haya logrado cinco millones de votos con solo dos años y medio de vida como partido político y en las condiciones tan adversas en que se ha desarrollado es una proeza innegable. Una proeza que a mi juicio ha sido posible gracias a tres tipos de circunstancias. Unas, relativas al entorno en el que ha actuado Podemos desde su fundación y que le han sido siempre favorables:

- La pérdida de apoyo social al PP y al PSOE y el descrédito institucional que su comportamiento político ha provocado.

- La consolidación del "precariado" como un nuevo grupo social activo y con una actitud de rechazo al statu quo muy primitiva (del estilo del "que se vayan todos porque todos son igual de chorizos") pero firmemente asumida y bastante homogénea,

- La incapacidad de IU y de los sindicatos para erigirse en referentes y canalizadores de la indignación tras los recortes y la del 15M para actuar como sujeto político de una movilización ciudadana cuya transversalidad va mucho más allá de los esquemas ideológicos tradicionales.

Pero estas condiciones favorables no hubieran podido consolidar a un partido como Podemos si no se hubieran dado al mismo tiempo otras de carácter más subjetivo y que no se pueden obviar: la osadía (en el mejor sentido del término) de sus dirigentes que les llevó --a diferencia de otras personas que actuaron con miedo y conservadurismo-- a dar un paso adelante y a organizar desde la nada una candidatura en las elecciones europeas de 2014. Y, por supuesto, la inteligencia con que supieron captar desde los primeros momentos a grupos sociales muy diversos y hasta entonces deshilvanados y desprotegidos, con solo su indignación por montera podríamos decir, en medio de la crisis.

Si a eso se le añade una cobertura mediática siempre muy amplia que a cada momento ha estado amplificando, incluso hasta la exageración, lo bueno y lo malo de Podemos, creo que se tienen los ingredientes básicos que explican su expansión impresionante desde su fundación.

Pero si todo eso ha sido excepcional, mucho más extraordinario me parece a mí que en solo seis meses, justo cuando su ola expansiva parecía estar en estado de gracia, Podemos haya perdido un millón de votos y, sobre todo, su aura de caballo ganador.

Sin duda es pronto para sacar conclusiones pero sí creo que puede ser útil ir aportando reflexiones sobre lo que ha ocurrido. Yo lo voy a hacer con algunas hipótesis en torno a una tesis central que a mi juicio podría explicar lo que le ha sucedido y lo que previsiblemente puede ocurrir en el futuro.

Mi tesis puede resumirse en tres ideas principales:

--La gestión que ha hecho Podemos de su posición en el tablero político tras las elecciones del 20 de diciembre fue nefasta.

--Las decisiones que ha ido tomando desde entonces y la forma de tomarlas le han supuesto una pérdida muy elevada de apoyo electoral que no ha podido compensarse con la aportación de voto de IU (que, a su vez, también puede haber mermado el suyo propio, como diré más adelante, por el rechazo a Podemos como socio y por el tipo de coalición con el que se han presentado).

--Lo anterior no ha sido un incidente sino el efecto de un cambio de posición estratégica en la dirección de Podemos que ha supuesto empezar a actuar como lo que se creía que nunca sería Podemos (un partido político más, con las virtudes pero también con los usos y abusos de todos los demás), lo que presumiblemente se consolidará en cuanto celebre un nuevo congreso.

A mi juicio, tras las elecciones del 20 de diciembre pasado Podemos ha cometido errores muy graves que tienen que ver con la estrategia, con la táctica, con el lenguaje y la comunicación y con el formato electoral. Los resumo brevemente a continuación.

Me parece que el error estratégico de Pablo Iglesias y de los demás dirigentes que han coincidido con él en estos seis últimos meses consiste en no darse cuenta de que las elecciones habían consolidado a Podemos y Ciudadanos como los dos polos del cambio en España. Pero polos todavía potenciales o a medio plazo, porque sus resultados fueron demasiado precarios como para poder convertirse de inmediato en ejes decisivos o autónomos de cualquier proceso de regeneración.

Podemos podría haber optado por consolidar y tratar de reforzar esa situación embrionaria o simplemente por aprovecharse de ella, con su apoyo crítico a un gobierno bien de PSOE, de PSOE-Cs o de ambos con independientes, del que podría haber conseguido mejoras en su programa en una legislatura que hubiera sido corta y en la que Podemos podría haberse apuntado lo bueno de cualquier gobierno y la oposición a lo malo. Un gobierno no óptimo sin duda --a la luz del acuerdo que suscribieron PSOE y Cs-- pero que nunca haría el daño que hará a los grupos sociales más desfavorecidos el que previsiblemente forme el PP en pocas semanas.

Sin embargo, la estrategia de Pablo Iglesias fue la de forzar unas nuevas elecciones pensando que entonces superaría al PSOE gracias a la presión a la que lo sometía y a que a IU no le quedaría ya más remedio que echarse en sus brazos.

Es verdad que en este error le acompañó Ciudadanos, que tampoco entendió que la regeneración política (si se quiere que sea de verdad) no va a ser cosa de un solo polo en España sino compartida. Rivera se dedicó por encima de todo a combatir a Podemos, sin darse cuenta de que así se combatía a sí mismo porque eliminaba el escenario de regeneración que es el único en el que Ciudadanos puede tener sitio y sentido en nuestro mapa político. Al final, la estrategia de combatirse mutuamente (o de negarse uno a otro como operadores del cambio) ha hecho que Ciudadanos y Podemos (que tras el 20D aparecían como las estrellas de un nuevo tipo de equilibrio político) hayan resultado mutuamente dañados y ninguno beneficiado del fracaso del otro.

El error de Podemos (y el de Ciudadanos) traía consigo, además, otras dos consecuencias. Una, que consolidaba unido en torno al PP el bloque electoral de la derecha, lo que claramente perjudica a todos los partidos del centro a la extrema izquierda (y, por supuesto, a Ciudadanos). Y, por otro, que obligaba a Podemos a entrar constantemente en planteamientos cortoplacistas en donde siempre llevará las de perder.

En segundo lugar, y desde un punto de vista táctico, es decir, teniendo en cuenta las posiciones más a corto plazo, la actuación (creo que se puede utilizar esta palabra) de Pablo Iglesias y otros dirigentes de Podemos tras las elecciones del 20D me ha parecido un auténtico desastre, no solo para los intereses de Podemos sino para el avance futuro de una alternativa de transformación progresista en España:

--Insistieron en un empeño que era inútil (seguramente porque en realidad no buscaban conseguirlo sino debilitar al PSOE), como era un gobierno de cambio de izquierdas cuando su otro componente principal (el PSOE) decía que no lo quería y había decidido ya tener otra pareja de baile (el error táctico, lógicamente, no consistió en desearlo sino en seguir insistiendo en ello como si fuera posible cuando no lo era por la negativa del PSOE).

-’Quisieron hacer creer que su deseo era gobernar con el PSOE pero lo cierto es que no pararon de atacar, zaherir y provocar a sus dirigentes y militantes, un comportamiento que es justamente el contrario que alguien en su sano juicio tiene con otro con quien de veras quiere asociarse.

--Establecieron líneas rojas y condiciones que al final resultaban cambiantes pero que, en cualquier caso, eran contrarias al clima de negociación que se esperaba naciera de un nuevo tipo de acción política.

--Modificaron sus ofertas programáticas, reformularon su ideología (la supuesta deriva hacia la socialdemocracia resulta ya patética) y se alejaron de promesas electorales, dando a entender que los principios son para Podemos una simple moneda de cambio.

--En medio de un proceso en el que se esperaba sosiego, comprensión y generosidad en los partidos, Pablo Iglesias mostró un lado duro y dictatorial humillando públicamente, con un estilo que para sí quisiera un viejo politburó soviético, a su secretario de organización, Sergio Pascual. Un cainismo intrapartido que el electorado siempre ha rechazado y castigado a la hora de votar.

--Y, en su línea habitual, los dirigentes de Podemos no pararon de recurrir al efectismo, a las salidas de tono e incluso a la provocación izquierdista. Algo muy del gusto de su base social más iconoclasta, pero que al común de la gente termina por cansar y que desagrada cuando lo que está en juego es el futuro de casi 47 millones de personas. Iglesias, como otros dirigentes de Podemos, no parece que se haya dado cuenta de que un discurso que se pretende transversal debe ser creíble también para quienes se encuentran lejos de las posiciones de quien lo defiende y que los gestos, la expresión no verbal y las formas son esenciales en política porque ésta es, al fin y al cabo, un modo sutil de diálogo. Y, por supuesto, determinantes esenciales de esa credibilidad.

Y a eso cabe añadir que en todo este proceso Podemos renunció a tensionar y movilizar a la ciudadanía y, lo más importante, a su militancia, precisamente en momentos en los que se estaban produciendo hechos gravísimos en materia de corrupción, de refugiados y de política europea o económica. Como también renunció a propuestas y formas de actuación que supuestamente estaban en el ADN de la formación morada, como las primarias, la participación de las bases y la democracia interna.

En tercer lugar, y como ya expresé en un artículo anterior (Podemos, entre ataques ajenos y errores propios), el partido de Pablo Iglesias se equivocó no solo en la lectura de la situación sino también en el modo de transmitir su posición, al hacer una interpretación masculina, agresiva, competitiva y tacticista de la política. Se equivocó, en mi opinión, dividiendo a España entre ellos (los buenos) y los malos y cuando quiso imponer a los demás su dinámica del cambio, sin darse cuenta de que la gente estaba harta de imposiciones y que en ese momento deseaba transigencia y negociación. Se equivocó en el modo de dialogar con la situación, con los demás partidos, con la gente que la había votado y con la que no. Curiosamente, le sobró radicalismo en la forma de hacer sus propuestas cuando las que hacía estaban más descafeinadas y eran menos radicales que nunca.

Y, por último, yo creo que Podemos se equivocó (como también Izquierda Unida) presentando, incluso explícitamente, su coalición como una matrimonio de conveniencia y despreciando lo que hasta entonces había sido algo que la experiencia ha confirmado en los últimos años: que la gente está harta de las sopas de siglas y que lo que moviliza y tiene éxito electoral es la unidad ciudadana, no los aparatos decidiendo sino la gente llamando a la gente para hacer una política diferente a la actual.

El problema que tiene Podemos por delante y lo que va a condicionar el futuro es que lo que ha pasado, los errores que ha cometido, no son fruto de una casualidad ni de un accidente sino el efecto de la opción estratégica y del modo de actuar que defienden parte de sus dirigentes en contra de los otros en el seno de una organización que ya tiene dentro lo peor de los partidos tradicionales y muy poco de lo que prometió que tendría como nuevo tipo de fuerza política. La opción de ir a nuevas elecciones, no se olvide, la adelantó Anticapitalistas en un comunicado.

Ahora, las cosas van a empezar a transcurrir de otro modo. La nave va a dejar de acelerar constantemente para tomar velocidad de crucero y las bases y los dirigentes de una y otra corriente (y me atrevería a decir que incluso sus votantes) no tendrán más remedio que pararse a reflexionar, mirándose de frente y a los ojos. Entonces será cuando quizá se den cuenta de que no comparten el modo de hacer real el sueño y que tienen que decidir si quieren o pueden seguir viajando juntos.

Me atrevo a pensar que el Podemos triunfador y de vértigo que hasta ahora hemos conocido, la burbuja, ha terminado aquí su andadura porque nada puede ser algo siendo una cosa y su contraria. Sobre su futuro, sin embargo, no creo que pueda saberse mucho, de momento.
Autor

    Juan Torres López
Fuente: CTXT - Público.es

domingo, 26 de junio de 2016

Las seis sorpresas posibles del 26J

Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera.
Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera.



ANTONIO AVENDAÑO / 26 Jun 2016

Lo que hace excepcionales las elecciones generales de hoy es que con toda seguridad habrá sorpresa en ellas, aunque todavía no sepamos cuál. Habrá sorpresa si aciertan las encuestas y la habrá si no lo hacen.


Sorpresa 1
El PP y Ciudadanos suman una mayoría amplia. Es improbable pero no imposible. Las encuestas no han previsto este resultado pero es que lo propio de las encuestas es la imposibilidad congénita que tienen para prever lo imposible. Es el resultado preferido por el PSOE porque le ahorraría el incierto, amargo y comprometido trago de tener que inclinarse hacia el PP –¡España, aparta de mí este cáliz!– o hacia Podemos –¡Pueblo mío de mi corazón, no me hagas esto!–.

Sorpresa 2
El PP mejora con claridad sus resultados del 20D. No lo prevén las encuestas, pero tampoco es imposible. Sería una buena noticia para la derecha pero una mala noticia para el país por no haber sido capaz de castigar los muchos pecados mortales del PP que merecían ser castigados, el último de ellos el vergonzosísimo ‘Jorgegate’ protagonizado por el pío ministro Fernández Díaz. (Por cierto: ¿jueces y fiscales no tienen NADA que DECIR a propósito de las ideas del ministro del Interior sobre la utilización de la justicia para obtener ventaja electoral?)

Sorpresa 3
Podemos adelanta al PSOE y ambos rozan la mayoría absoluta. No sería una sorpresa para las encuestas, pero sí para la historia, sí para España e incluso sí para Europa. De hecho, sería tal sorpresa que podría cambiar no el rumbo político del país, pero sí el modo de encararlo. Los socialistas no han desvelado qué harían en ese caso: contra lo que muchos piensan, su silencio no se debe a la astucia sino a la necesidad. No dicen qué harán porque no saben qué harán.

Sorpresa 4
Podemos adelanta al PSOE, ambos rozan la mayoría absoluta y Pablo Iglesias se olvida de referéndum. O habla de él en su rueda de prensa de esta noche pero sin el énfasis con que lo hizo el 20D, lo que de hecho equivaldría a no hablar de él. Es lo que pronostican los independentistas catalanes, irritados porque Podemos les está robando la cartera –¡también a ellos!– y convencidos de que la apuesta de Pablo Ladrón de Carteras por la consulta no es sincera, sino meramente instrumental: su prioridad, piensan lo soberanistas, no es consultar a Cataluña, sino gobernar en España.

Sorpresa 5
Podemos no adelanta al PSOE. En este caso la sorpresa sería para los encuestadores… y para el PSOE, pero no tendría mayor importancia: los pobres (encuestadores y socialistas) se han llevado ya tantas sorpresas en los últimos años que sumar otra más no tendría mayor importancia. Aunque Podemos gane en votos, si no aventaja al PSOE en escaños se llevará una gran decepción porque habrá visto defraudadas sus expectativas. Aunque sus líderes proclamaran lo contrario, Podemos sentiría esa victoria parcial como una derrota total. (Consejo: fijarse esta noche en la carita de Iglesias; ella sí dirá la verdad de sus sentimientos porque las caritas de la noche electoral siempre la dicen).

Sorpresa 6
Podemos iguala o incluso gana al PP. Sería un hecho excepcional que ninguna encuesta pronostica, pero de nuevo hay que recordar que las encuestas nunca pronostican cisnes negros. En ese caso, el terremoto sería total pero solo en apariencia. Podemos tendría la legitimidad moral de la victoria, pero no las armas para imponer sus promesas, muchas de ellas, por lo demás, lo bastante imprecisas como para ser incumplidas sin grave riesgo para la vida del artista.

Fuente: Público.es

viernes, 10 de junio de 2016

Gente que ya dio el 'sorpasso'

ROBERT BONET
Yo no sé si el 26J veremos el sorpasso que predice el CIS, el sorpassito que vaticinan otras encuestas (en votos pero no en escaños), o hasta el sorPPasso con que sueñan los más optimistas de Unidos Podemos. Lo que sí es que el sorpasso electoral, cuando llegue, será solo el último de una larga serie de sorpassos en los últimos años. El del 26J sería el más sonado, sí, el campanazo, pero no habría sido posible sin los muchos previos.
En el origen de Podemos (aparte de Venezuela, Irán, el comunismo, la Sexta y el Papa Francisco, se entiende) está un grupo de profesores universitarios y activistas que a finales de 2013 se dio cuenta precisamente de eso: que cada vez más gente había dado ya el sorpasso. La mayoría lo daba sin hacer ruido, en la intimidad, casi sin darse cuenta, pero irreversible.
Recuerdo cómo algunos de los fundadores de Podemos, en los meses previos a su nacimiento, enseñaban encuestas donde entre líneas se podía anticipar la crisis política que acabó llegando tras la crisis económica y social. Encuestas que mostraban un desplazamiento de discurso, un corrimiento de valores y principios que en efecto iba más allá del eje izquierda-derecha, compartido por ciudadanos a ambos lados. Un movimiento tectónico que todavía no sonaba a terremoto, pero que estaba ahí para quien acercase la oreja, y apuntaba a los pilares del “consenso” español.
Una parte de ciudadanos había dado un primer sorpasso en 2011, en el 15M y los meses posteriores. El “no nos representan” gritado en las plazas era eso: unsorpasso cultural al sistema de partidos, aunque todavía solo de palabra. Otros muchos siguieron sorpassando mientras participaban en Mareas, huelgas y stop desahucios en aquel intenso ciclo de protesta.
Pero también hubo muchos otros, la mayoría, que daban el sorpasso desde casa, sin salir a la calle, solo viendo el telediario o la tertulia política y maldiciendo entre dientes. Gente que se sentía engañada, estafada, e iba perdiendo la confianza en los partidos tradicionales y en las instituciones. Gente sorpassada por la corrupción, la desigualdad, los recortes, la falta de expectativas y la descomposición generalizada del sistema post-Transición. Gente con ganas de pegar un buen sorpasso en la mesa.
Algunos todavía iban a votar, y acababan eligiendo partidos a los que en realidad ya hacía tiempo que habían sorpassado, pero los votaban por no encontrar una papeleta sorpassante. De ahí el éxito fulgurante de Podemos: era lo que muchos esperaban, la posibilidad de hacer realidad las ganas locas de pegarle un sorpassoen los morros a los partidos de la crisis.
Ante esa ruptura, no hay campaña del miedo que valga. Ante esa desconexión, poco pueden ofrecer PP y PSOE, que casi deberían darse con un canto en los dientes por seguir manteniendo tanto apoyo después de todo lo que ha caído y cae, pues entre sus votantes hay muchos que ya les dieron el sorpasso aunque todavía cojan su papeleta.
La pregunta no es por tanto si habrá sorpasso, sino cuándo. Si caerá ya el 26J o será en las siguientes elecciones. Y hasta si lo protagonizará Unidos Podemos, o acabarán ellos mismos sorpassados a poco que se descuiden.
Fuente: eldiario.es

miércoles, 1 de junio de 2016

Si quieres Rajoy, ¿vota PSOE?

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Con este artículo concluyo la trilogía de artículos de análisis que inicié hace un mes en el diario.es a propósito del suicidio y de la autopsia de este partido centenario
Una de las manías de los partidos es que aunque no tengan posibilidad remota de ganar, no anuncian con quien pactarían. Sólo hablan de la posibilidad de ser triunfadores para luego maniobrar aunque sean pactos contra natura
Cuánto más tarde Sánchez Castejón en pronunciarse (acaso no lo hará nunca) más pagará en las urnas esa indefinición ante la idea de que por vía abstención permitiría que Rajoy siga de presidente del Gobierno de España

Jesús López-Medel

Tranquilo, amigo lector. Que no cunda el pánico ni la ira, ni el gozo.
Es solo una pregunta. No una aseveración. Y la respuesta está, tras una reflexión, en el interior de cada uno.

Pero de un modo especial de quien debería contestar de modo claro, sin ejercicios contorsionistas como lleva haciendo desde un largo tiempo, el Secretario General y candidato del PSOE. Incluso sus más recientes aseveraciones le muestran más preocupado por mantener un territorio imaginario y ancestral de representar como quimera perdida una izquierda de la que se alejaron y ni siquiera un centro progresista avanzado. Evidencian que están muy perdidos.

Es este un artículo que aun siendo el título una interrogación, no hubiera deseado escribir pues, como he reiterado, reconozco la aportación antaño de este partido en los avances sociales. Pero de esto hace mucho tiempo. Ya no, sino lo contrario, el iniciador de los recortes sociales. Y, también, porque tengo numerosos amigos allí que, cada vez más fuera de la organización, todavía llevan el puño y la rosa en su corazón aunque su desaliento aumenta.

Con este artículo concluyo la trilogía de artículos de análisis que inicié hace un mes en el diario.es a propósito del suicidio  y de la autopsia  de este partido centenario. Pero tristemente, quienes hace tiempo representan ese símbolo carecen de norte, de ideas ni de pulso.

Tras las elecciones de diciembre, los cuatro actores políticos iniciaron una obra de teatro de enredo de la cual, todos ellos, como rinconetes y lazarillos intentaron más que explicar sus propuestas, echar las culpas a otros. Pero quien más insistió y lleva tres meses cansinos sin dar otra idea es Pedro Sánchez Castejón y todo el PSOE que siguen repitiendo hasta la saciedad un mantra: la culpa es de Podemos (bis, bis, bis). ¡Que esteril!

En los anteriores artículos ya vaticiné hace tiempo que Unidos Podemos superaría en votos claramente al PSOE y las difíciles tres salidas que tendría de futuro éste.

Pero hay una que va adquiriendo más consistencia que es la posición de abstención, posibilitando que Mariano Rajoy siga de presidente de gobierno con el apoyo -entusiasta aunque disimulado- de Albert Rivera cuyos deslices verbales sobre lo bueno (?) de las dictaduras ("hay orden y seguridad") confirman que lo que llevan dentro es una concepción de derecha más extrema que el PP.

Pero ello, una vez superados los juegos preliminares de estos meses en un país sin cultura de pactos de gobierno, ahora ya es elección y momento decisivo, acabada la prórroga y no puede ser asunto de juegos sino que es definitivo, al menos por cuatro años.

Si siguiera el PSOE esa opción no sólo quedará estigmatizado por muchísimo tiempo por posibilitar que siga Rajoy y la derecha tan autoritaria que nos ha gobernado. Ya por ello, quedaría casi hundido. También porque quedándose en una nebulosa semi-oposición, frente a la firmeza de Podemos y el movimiento cívico heredero del 15-M en Sol, con infinitas más ideas y frescura, devoraría a aquellos dinosaurios que no se han enterado de nada.

Esta es la opción que va extendiéndose en la opinión de más y más gente y que puede contribuir al retroceso de España como "Estado Social y Democrático de Derecho" (artículo 1 de la Constitución). Y también para el PSOE. Por ello, es mi requerimiento a este para que previamente diga cuál sería su opción preferida. Y por bien de ellos mismos.

Una de las manías de los partidos es que aunque no tengan posibilidad remota de ganar, no anuncian con quien pactarían. Sólo hablan de la posibilidad de ser triunfadores para luego maniobrar aunque sean pactos contra natura. Pero todos sabemos que con la más plural configuración del Parlamento, se va a necesitar pactos y los votos y el lugar del PSOE va a ser el más descendente, sobre todo por ser el más desconcertante.

Está muy claro que puestos a buscar apoyos, el PP preferiría a Rivera y C´s. Gracias a ellos, gobierna en muchos municipios y Comunidades Autónomas. Igual que este prefiere (una vez hecho el acto teatral del pacto tan solemne como ridículo) al PP. El pacto de gran coalición con el PSOE sería de muerte súbita para este.

Por Podemos se ha dicho hasta la saciedad que su socio natural es el PSOE. Lo han dejado muy claro. Y esto es lo que, insisto, el PSOE debe clarificar a la ciudadanía, sabiendo bien (ya lo sabían entonces) que su opción hace unos meses por Ciudadanos, dejaba fuera al entendimiento con Podemos. Ambas almas eran y son incompatibles. El PSOE prefirió al primero. Pero eso, ojala sea pasado.

Pero siguen haciendo malabarismos verbales que más que equidistancia, generan mucha confusión y aún más dudas. Y como vienen acompañados con progresivos ataques a Podemos (que este no devuelve), hace que se extienda más y más que de las tres posibilidades la más probable sea la de que el PSOE no pacte con Podemos aunque entre los dos sumasen más escaños que las derechas sino que, por el contrario, suponga apoyar a Rajoy.

Por ello, este artículo es una demanda, por bien del PSOE, que aclare ya y no después, a quien respaldaría por vía directa o indirecta. Como Sánchez Castejón está rodeado de pelotas (como casi todos los líderes), le dirán que siga así, marcando su identidad (?) propia. Pero es muy triste reconocer que esa identidad es la nada, la vacuidad y un partido sin alma.

Cuánto más tarde en pronunciarse (acaso no lo hará nunca) más pagará en las urnas esa indefinición ante la idea de que por vía abstención permitiría que Rajoy siga de presidente del Gobierno de España. No será quien (tampoco el candidato desnudo hace años y que ahora parece una Barbie en vestuario) para decir que el PP presente otro candidato ni tendrá margen para salir de los nudos que ellos solos han creado en su cuello.

Mientras que no quede claro que su socio preferente es Podemos, seguirá extendiéndose esa idea de que dejaría gobernar al más votado, a Rajoy. Apelarán a su sentido de responsabilidad. Utilizarán de modo falaz el argumento de la unidad de la patria, cuando más sólida y verdad es su entendimiento con el gran capital.

Pero la responsabilidad se la pasarán ahora sus electores y en los siguientes comicios se convertirían en un partido muy menor, casi un partido regional del sur, porque si no fuese por los que consiguen siempre allí, serían casi laminados. Está Sánchez Castejón muy condicionado por esos poderes territoriales, especialmente Andalucía cuya lideresa colocó cerca del candidato gente de escasa talla y de fidelidades siempre cambiantes. También por ese fantasma sin alma que representa el felipismo.

Antes de las elecciones municipales y autonómicas ya escribí un artículo desnudando a Albert Rivera y su ideología que dentro de la escasa que tiene, está muy próxima a los derechismos que son un auténtico peligro en Europa. Lo titulé Si quieres PP, vota Ciudadanos .

Ahora, decía al comienzo, este artículo va con interrogante porque quiero dar la oportunidad a que un partido bastante desnortado, anuncie ya que se unirá con los que, en este momento, encarnan el progresismo que ellos representaban en tiempo o si seguirán en el limbo.

Pero mientras no lo aclaren ellos mismos, y como quien calla otorga, tendría que re-titular el artículo avisando a los lectores votantes del PSOE que su voto va a servir para que Rajoy siga no unos meses sino cuatro años.
Fuente: eldiario.es

martes, 10 de mayo de 2016

26-J: nueva oportunidad para el cambio




Antonio Antón
Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de ‘Movimiento popular y cambio político. Nuevos discursos’ (editorial UOC)
Para el 26J la ciudadanía tiene dos nuevos hechos relevantes para incorporar a la decisión sobre su voto y avalar el proyecto de país que prefiere. El primero, la actuación de las distintas formaciones políticas para iniciar o bloquear un nuevo ciclo político de cambio. La pugna por la  interpretación del significado de ese cambio y su representación y legitimación es crucial. El segundo, la probable y deseable mayor confluencia entre las fuerzas alternativas, en particular, el acuerdo para la presentación electoral conjunta de Podemos y sus actuales alianzas (En Comú Podem, En Marea, Compromís y otros como Equo) con Izquierda Unida-Unidad Popular (ampliable también con algunos como MES balear, Chunta aragonesista o Batzarre navarro), así como con personalidades de varios ámbitos profesionales y sociales. La diversidad, complejidad e importancia de esta articulación unitaria y su impacto electoral merece también una reflexión.
El fracaso del inmovilismo y el continuismo vestido de cambio
En primer lugar, los resultados electorales del 20D ofrecieron la posibilidad de dejar atrás la gestión autoritaria y antisocial del PP y asegurar un cambio institucional de progreso. El fin del bipartidismo y la emergencia de Podemos y sus aliados permitía un acuerdo entre fuerzas progresistas para un cambio real de las políticas regresivas que constituyen la causa fundamental del agravamiento de la situación de la mayoría social. Esa oportunidad se ha perdido en esta breve y fallida legislatura.  La capacidad de bloqueo de las derechas (PP y C’s) era importante, pero no era decisiva. Frente al continuismo inmovilista del PP y el continuismo renovado de C’s, había otra opción, ampliamente respaldada por la mayoría de la gente: el cambio.
Es patente la responsabilidad de la dirección del Partido Socialista por no querer romper con esa inercia liberal-conservadora y avanzar por la senda del cambio, cuando hay una base social y parlamentaria suficiente: ha renunciado a un Gobierno de Progreso, pactado con Podemos y sus aliados, con un programa compartido de cambio real y una composición gubernamental equilibrada con la Presidencia para Pedro Sánchez. Su pacto con Ciudadanos expresa su apuesta por el continuismo político, económico, europeo y territorial, su interés por conseguir solo un recambio de élites gubernamentales para ensanchar su poder sin asegurar mejoras para la gente y su objetivo de reforzarse a costa de debilitar a Podemos. La disponibilidad del PNV, CC u otras fuerzas nacionalistas para evitar el bloqueo inmovilista de las derechas era evidente y la ha desechado.
Su alternativa, desde el principio, consistía en doblegar a Pablo Iglesias y su equipo: bien imponiéndole la exigencia de un apoyo incondicionado a la investidura de Pedro Sánchez y su plan continuista con Albert Rivera, bien promoviendo su división y desprestigio apoyándose en una gran campaña mediática. Su operación Gran Centro, con el liderazgo compartido con Ciudadanos y los poderes económicos y europeos, perseguía impedir en España el ‘riesgo’ del cambio real, político y socioeconómico, que alimentase la resistencia democrática en otros países, así como mantener su inercia irrespetuosa con la plurinacionalidad.
Al mismo tiempo, su oposición a pactar con el PP, lamentablemente, tiene poca consistencia y limitado recorrido, tal como aventuran algunos de sus propios barones. Hay que interpretarla no como un giro de izquierdas para facilitar un gobierno progresista; es una táctica obligada para ganar autonomía ante la derecha, aumentar su diferenciación retórica, frenar la sangría de desafectos por su izquierda e intentar desactivar a Podemos y sus exigencias de derrotar a las derechas y sus políticas.
Toda la estrategia del PSOE para garantizar un continuismo político y económico, de la mano de Ciudadanos, con solo un recambio de élites gubernamentales y la neutralización de la dinámica cívica de cambio sustantivo, ha constituido un fracaso. No han podido doblegar a Podemos y el resto de fuerzas alternativas para que aceptasen una posición subordinada para apoyar la simple continuidad de similares políticas sociales, económicas y fiscales. Tampoco encaraban la necesaria democratización política y constitucional, una auténtica regeneración institucional, la modernización económica y productiva, una salida democrática al conflicto en Cataluña o una orientación más justa y solidaria para la construcción europea. La incógnita es si este plan ha beneficiado significativamente o no a Ciudadanos en su reequilibrio respecto del PP. Pero las opciones de la suma de las derechas no parece que hayan descendido.
Las bases de Podemos han acertado en no avalar ese plan continuista y exigir un auténtico Gobierno de Progreso (a la valenciana) y de cambio real. Su dirección ha sido realista al moderar su programa transformador, en aras de un posible acuerdo programático intermedio, y admitir un gobierno bajo la presidencia socialista, aunque con proporcionalidad representativa, equilibrio en la gestión y garantías de su cumplimiento.
Pero la contundencia del plan socialista ha quedado clara. No admiten la representatividad de los seis millones de votos a favor de un cambio sustantivo, no quieren reconocer esa demanda de cambio, incluida la de su base social, y se empeñan en manipularla, esconderla y marginarla. Solo reconocen a Podemos y las fuerzas afines como apéndices de su plan y su gestión. Denota prepotencia y escasa sensibilidad democrática.
El Partido Socialista tiene un carácter ambivalente. La mayoría de sus más de cinco millones de votantes prefiere un cambio, lento, moderado o seguro, pero un cambio positivo para mejorar la situación de la gente, no para consolidar los retrocesos impuestos. Había margen para un gobierno de coalición progresista y un programa intermedio compartido. No obstante, en su dirección, ha prevalecido su compromiso con los poderosos y su plan continuista, el vértigo a la confrontación con ellos, el miedo a representar las demandas populares de justicia social y democratización. Ha privado a la ciudadanía española la posibilidad real de iniciar ya un camino de cambio. La frustración social por no aprovechar esa oportunidad parece que le puede pasar factura, por mucha campaña sectaria y manipuladora para presentarse como garantía de ‘su’ (re)cambio. Intenta externalizar hacia Podemos su responsabilidad por desaprovechar esta ocasión, con resultados electorales dudosos.
La segunda oportunidad
Ahora viene la segunda oportunidad. El desafío es importante: ganar a las derechas, derrotar la estrategia autoritaria y antisocial de la austeridad, garantizar un Gobierno de Progreso, de cambio real y democratizador, e iniciar una política favorable para la mayoría social.
Las fuerzas partidarias de un cambio consecuente, aun con el objetivo de conseguir una mayoría relativa, están lejos de una hegemonía representativa entre la mayoría ciudadana. Su avance electoral es posible; en el mejor de los casos, la referencia orientativa  de siete millones de votos, cerca del 30% del electorado y en torno a un centenar de diputados, sería un gran éxito. No obstante, todavía no garantizaría la configuración de un Gobierno auténtico de Progreso, ni sería determinante para persuadir al PSOE; tampoco es previsible su hundimiento. Podemos admite, de forma realista, que ellos solos (con todas sus confluencias e IU-UP) no van a tener la suficiente representatividad electoral y fuerza sociopolítica para asegurar el cambio institucional que abra este nuevo ciclo político. Así, expresa su oferta de colaboración con el PSOE para negociar un plan común de cambio sustantivo y gestión compartida.
Por tanto, es imprescindible que la dirección socialista se comprometa a negociar, en plan de igualdad, con Podemos y sus aliados, ese cambio de ciclo. Su materialización es dudosa. Veremos si supera sus actuales inercias y vínculos con el poder establecido. Se juega la renovación del proyecto socialdemócrata o su declive continuado. Pero, lo más importante, en su mano puede estar su colaboración para una gran coalición liberal-conservadora-socioliberal o para una coalición progresista, garantía de avance social y democrático. El distinto impacto para las condiciones de vida de las capas populares es evidente, así como los efectos en la rearticulación del mapa político y las expectativas sociales. La apuesta por el desempate, con la victoria progresista, es imprescindible.
El 26J despejará el nuevo escenario y la determinación por una de las dos opciones: continuidad (renovada) y cambio (real, aunque sea limitado). Lo que parece no tiene futuro es el continuismo vestido de cambio. Cualquier opción, una vez acabado este prolongado ciclo electoral, señalará la necesidad y las características del ajuste de estrategia política de Podemos y las confluencias. El objetivo seguirá siendo forzar el necesario giro democratizador y de justicia social que demanda la mayoría social, junto con la ampliación y el fortalecimiento del campo progresista. La diferencia será el peso y el tipo de combinación de, por una parte, la gestión institucional del cambio y, por otra parte, y en mayor medida si no se accede al Gobierno o a otras mayorías parlamentarias, la oposición política y la activación popular frente al continuismo.
Tras los nuevos resultados electorales habrá que volver sobre ello. Ahora solo cabe ampliar la oportunidad para desalojar a las derechas del poder y facilitar el cambio institucional con una amplia participación activa en este proceso. Y una de esas claves es la mejora del discurso y el liderazgo, así como la mayor convergencia del conjunto de fuerzas alternativas.
La deseable unidad de las fuerzas del cambio
En segundo lugar, la otra novedad relevante es la deseable mayor unidad de las fuerzas del cambio. Podemos, como formación mayoritaria, tiene una responsabilidad principal en la articulación de toda la diversidad existente en las distintas confluencias y, en especial, con el acuerdo con Izquierda Unida-Unidad Popular. No es tarea fácil, pero es imperiosa para afrontar en mejores condiciones el desafío histórico (similar quizá, en su dimensión, al de la transición política) de esta nueva oportunidad de cambio, construida por el actual ciclo de movilización ciudadana por un proyecto de país más justo, avanzado y democrático y representada por una nueva configuración de la élite política y asociativa.
Señalamos algunas reflexiones iniciales. Entre estas fuerzas progresistas existen culturas políticas y organizativas muy distintas, con valores y deficiencias muy desiguales. El esfuerzo unitario e integrador, con un talante democrático, participativo y respetuoso con el pluralismo, es determinante. La tolerancia ante la diversidad, el reconocimiento de las mejores aportaciones, el acuerdo básico ante las discrepancias e intereses contrapuestos, son imprescindibles. No solo para articular un pacto programático básico y un reparto consensuado de responsabilidades y cargos institucionales. Sino, sobre todo, para avanzar en la construcción de un sujeto político a la altura del reto que exige la situación y la gente.
Existe una ventaja respecto de antes del 20D. Un mayor sentido de la realidad de la representatividad social y electoral de cada cual (en votos y en escaños) y, por tanto, del impacto y legitimidad de unas propuestas u otras, de unos líderes u otros, de unos mensajes u otros. Hay más datos objetivos sobre el valor y la capacidad de cada cual para trasladar a los demás lo mejor de cada experiencia y trayectoria y articular las orientaciones del conjunto. La interpretación acabada o consensuada es difícil, pero el realismo ayuda a racionalizar. Sin embargo, ese ejercicio todavía necesita finura, altura de miras y capacidad integradora.
Tenemos otra ventaja, poder articular el sentido de pertenencia de todo el conglomerado a través de la experiencia y la participación en una dinámica colectiva y con un proyecto común de mucho impacto e interés general. La implicación y la participación, mayor en la gente más activa pero que llega a los varios millones de personas que comparten este desafío del cambio, es fundamental para construir una identidad colectiva, un nuevo sujeto unitario y transformador, admitiendo la particularidad de cada grupo político. Es la experiencia compartida en la defensa de unos intereses comunes de la mayoría social la que facilita los lazos de solidaridad y pertenencia, respecto de un proceso igualitario, democrático y emancipador.
Las ideas clave, los discursos y las alternativas deben estar conectados con la experiencia sociopolítica y cultural del movimiento popular en España, en este contexto de crisis. Se han reforzado desde el movimiento 15-M de 2011: la democracia y la igualdad o justicia social. Se oponen al autoritarismo institucional y la desigualdad y regresión social y económica. No son valores éticos o político-ideológicos transversales. No caben puntos intermedios o eclecticismos. Se pueden, y de hecho lo han hecho, rellenar de puntos programáticos para articular un proyecto básico de país. Constituyen una diferenciación con el proyecto liberal-conservador de las derechas y el socio-liberal del centrismo socialista. Parten de los derechos humanos y definen una cultura progresista, con fuerte contenido social, cívico y democrático.
La democracia es un pilar básico: las libertades civiles y políticas, la regeneración y democratización institucional -también la europea-, el respeto a la opinión y demandas de la ciudadanía –incluida la consulta ante opiniones distintas como en Cataluña-, etc. La igualdad (social y de género…) o la justicia social es el otro: el plan de emergencia o rescate ciudadano, la defensa de los derechos sociales y laborales, la reversión de los recortes, un Estado de bienestar avanzado, un plan económico activador del empleo decente, la modernización del aparato productivo o una fiscalidad progresiva…
Ambos discursos confluyen en una democracia social, un proyecto avanzado de país y de Unión Europea, dentro de las mejores tradiciones progresistas europeas, y contrario al modelo autoritario y regresivo que el poder liberal-conservador está imponiendo, en particular para el Sur europeo.
La democracia (o el republicanismo cívico según Fernández Liria) y la igualdad (de acuerdo con Ch. Mouffe) son elementos sustanciales de una dinámica popular emancipadora. Y son constitutivos de las mejores tradiciones ilustradas, progresistas… y de las izquierdas. Son valores comunes, centrales para una confluencia política, que pueden servir de cemento, unión e identificación.
En definitiva, la experiencia popular compartida en la pugna y la realización del cambio político, así como el desarrollo de un discurso democrático, una cultura cívica y unas propuestas vinculadas a la defensa de la mayoría social, son mimbres imprescindibles para consolidar una nueva fuerza política, diversa pero unitaria, necesaria para articular una representación institucional y estimular la participación activa de la ciudadanía.
Fuente: Público.es

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