Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de agosto de 2016

El Observatorio Metropolitano de Madrid publica “Enclaves de riesgo” (Traficantes de Sueños) Seguridad y control social en el orden neoliberal



Enric Llopis
Rebelión


El binomio seguridad-riesgo se vincula íntimamente al neoliberalismo. Los intereses individuales priman sobre la vida en común, en un mundo lleno de precariedades, competitividad e incertidumbre, en el que los lazos comunitarios y los resortes del Estado del Bienestar se ven claramente mermados. La vida se torna peligrosa. Una parte de los ciudadanos piden más monitoreo, policía y castigo. Exigen el “derecho a la seguridad”. Las ideas libertad-seguridad han desplazado a las de igualdad-fraternidad en el centro de las relaciones sociales. Aquellos barrios estigmatizados de la década de los 70 y 80, como Vallecas, Carabanchel, Villaverde o San Blas en Madrid, a los que se asoció a los atracos, la heroína y el chabolismo, sufren actualmente nuevas “amenazas”: familias de “ocupas”, “bandas latinas” y otros “elementos” que se consideran ajenos a las barriadas. Cunde asimismo un discurso de vuelta a la disciplina, en profesionales, iglesias, asociaciones de víctimas y vecinales, entre otros sectores. Según el argumentario neoliberal, los profesores y la ley han perdido autoridad, lo que se entiende como una perniciosa herencia de mayo del 68. El profesor de Sociología y Trabajo Social, Sergio García, y la investigadora militante Débora Ávila apuntan estas ideas en la introducción del libro “Enclaves de Riesgo. Gobierno neoliberal, desigualdad y control social”, publicado por el Observatorio Metropolitano de Madrid en la editorial Traficantes de Sueños. “La seguridad funciona como único pegamento posible en un tejido social tremendamente desigual”, añaden.

La prisión recupera un espacio de preeminencia. Autor de “Las cárceles de la miseria” (2001) y “Los condenados de la ciudad” (2013), el investigador Loïc Wacquant destaca que la realidad ha desmentido las reflexiones, a mediados de los 70, de pensadores como David Rothman, Michel Foucault o Michael Ignatieff, tres de los principales historiadores revisionistas de la prisión. La observaban como una institución en declive, frente a otras fórmulas más difusas de control social. Se discutía entonces sobre la “desencarcelación” y la aplicación de penas de servicios a la comunidad, pero los gobiernos han caminado por otra senda. “La población encarcelada se ha duplicado en Francia, Bélgica e Inglaterra, triplicado en Holanda, España y Grecia, y quintuplicado en Estados Unidos”, subraya Wacquant. El profesor de Sociología en la Universidad de California (Berkeley) señala que la “repentina hipertrofia” del sistema penal en Estados Unidos encontraba un complemento en la Ley de 1996 de “oportunidades laborales y responsabilidad individual”, que operaba una mutación radical de principios. Se cambiaba el derecho al bienestar por la obligación al trabajo. Era la respuesta al final del modelo keynesiano, el trabajo asalariado fordista y la crisis del gueto como espacio de confinamiento tras las revueltas por los derechos civiles de los 60.

En un artículo titulado “Policías cotidianas”, el sociólogo y miembro de las Brigadas Vecinales de Observación de Derechos Humanos (Madrid), Sergio García, pone el acento en los llamados enfoques “preventivistas”, que requieren “mucha policía y muy presente”. Entre 2003 y 2010, Madrid pasó de 94,7 a 90,5 delitos y faltas por cada 1.000 habitantes, pero los responsables policiales continuaban apelando a la necesidad de incrementar las plantillas. En la época podían leerse titulares como “Gallardón promete reducir la tasa de delitos un 10% y ampliar la plantilla de la Policía Municipal con 1.500 agentes”. La capital de España era en ocasiones escenario de “una feria de luces azules sobre flamantes coches patrulla, o un desfile de jóvenes cuerpos dentro de renovados uniformes (o de ‘secretas’ ropa Springfield)”, apunta Sergio García. En plena crisis (julio de 2012), afirmaba el director general del Cuerpo Nacional de Policía, Ignacio Cosidó: “Sin seguridad no puede haber libertad, desarrollo ni crecimiento económico”. Son principios generales que después se traducen en medidas específicas, como el Plan Integral de Mejora de la Seguridad y la Convivencia del Barrio de Lavapiés (diciembre de 2012), que apunta –sostiene Sergio García- a una división del cuerpo asociativo de la barriada madrileña. Se trataba de aislar a los sujetos “ilegítimos” (Okupas o activistas del 15-M que, según el documento, trataban de impedir las operaciones contra “narcotraficantes de raza negra”); y por otro lado el tejido “legítimo”, formado por comerciantes y vecinos. Todo ello aderezado con una actualización de las estrategias comunicativas: programas televisivos como “Policías en Acción”, buzoneo con “Ideas de seguridad para vivir mejor”, el “Plan Mayor Seguridad” del Ministerio del Interior dirigido a las personas mayores o la incorporación de nuevos lenguajes por la Policía Local de Madrid respecto a los menores (“ayuda”, “cuida”, “protege”…).

En diferentes artículos del libro se da cuenta de cómo los cuerpos policiales intentan abandonar la imagen del escudo y la porra. Se cuidan aspectos como la “proximidad”, la “cercanía” o la “empatía” e incluso los agentes locales incorporan formatos de la “intervención social”: se reúnen con escuelas y asociaciones de vecinos o imparten conferencias en centros cívicos. Una de las expresiones del paradigma son los “agentes tutores” de la policía municipal. Oficialmente se habla de “trabajo en red”, “reinserción”, “menores en protección” y “absentismo”. Los trabajadores sociales amoldan también algunos elementos de su labor a lógicas cercanas a la actuación policial. “Alejados cada vez más del barro y de quienes lo habitan –sostienen Sergio García y Débora Ávila- sus competencias responden cada vez más a las necesidades de contención (de riesgos) del sistema, que obvian todo análisis de las causas sociales”. “Las antiguas ‘chiquilladas’ –pequeños hurtos o peleas- hoy provocan la intervención institucionalizada sobre los chavales de educadores y trabajadores sociales, previo paso por comisaría”.

El arquitecto y profesor de la Universidad Técnica Nacional de Atenas, Stavros Stavrides, que participó en las movilizaciones de la primavera de 2011 en la plaza Syntagma, entiende la “normalización” como un proyecto de dominación para moldear a los sujetos sociales. Las normas rigen dentro de cada “enclave urbano”, sea la organización de unos grandes almacenes, la entrada de una entidad financiera o la utilización de un gran estadio. Pero también barrios o urbanizaciones cerradas, en la que se normalizan los comportamientos y se vigila el cumplimiento de las regulaciones. Éstas se presentan como asépticas normas de gestión, que garantizan la protección frente a cualquier amenaza señalada por la autoridad.

Otro elemento decisivo en la reflexión de Stavros Stavrides es la “excepción”, considerada la suspensión de los derechos que los habitantes del “enclave” aceptan e incluso desean. Incluso puede actuar como fuerza motriz de la norma. Por ejemplo la “zona roja” establecida durante la celebración de la cumbre del G8 de 2001 en Génova. “Las autoridades decidieron enfrentarse a las manifestaciones masivas como si la peste se cerniera sobre la ciudad”, escribió el filósofo Giorgio Agamben en un artículo en Il Manifesto. Foucault señaló la epidemia de la viruela como ejemplo del poder normalizador en desarrollo durante el siglo XIX. Se recurría a tasas de mortalidad y estadísticas de la enfermedad, lo que permitía asociar a las personas sanas con lo normal y las afectadas con lo anormal. En conclusión, las patologías se tenían que considerar como una excepción recurrente, y es la ciencia la que aporta el poder de controlar lo impredecible mediante la creación de modelos y el cálculo de probabilidades.

Después de tres años de trabajo de campo en las periferias de la capital, los investigadores del Observatorio Metropolitano de Madrid elaboraron el texto “Viejas y nuevas periferias en la ciudad neoliberal: seguridad y desigualdad social”. Reventada la burbuja del ladrillo, se ha ahondado en la tradicional desigualdad noreste-sureste en la ciudad de Madrid. Los autores concluyen que el viejo cinturón rojo de Canillejas a Campamento –dentro de la corona metropolitana madrileña- y del Corredor del Henares a Móstoles padece sobremanera el paro y los desahucios. Un análisis de 32 páginas distingue entre la periferia obrera que surge de la población rural llegada a Madrid en los años 50 y 60 del siglo pasado, en la que hoy se mantienen las mismas gentes –ya de edad avanzada- y buena parte de la población inmigrante. El segundo gran núcleo es la periferia “guetificada”, que emerge de los grandes planes de realojo de poblaciones chabolistas no integradas por los barrios obreros. Allí reside una parte importante de la población gitana y “paya” pobre. La categorización se completa con las llamadas “nuevas periferias neoliberales”, que acompañaron al monocultivo del ladrillo. “Una mezcla de descampados con urbanizaciones hipervigiladas y bloques de protección oficial, con el coche como único dispositivo capaz de comunicar vidas”.

En el artículo “De la disciplina obrera al improbable control securitario”, el profesor de Ciencia Política en la Universidad de París X-Nanterre, Laurent Bonelli, parte de perspectivas como la del historiador marxista E.P. Thompson, quien demostró que el control del tiempo y los ritmos laborales fue uno de los principales mecanismos para dirigir conductas durante el capitalismo industrial en Inglaterra. Se trataba también de minimizar el ocio (“la madre de todos los vicios”). “Durante mucho tiempo –abunda Bonelli- el empleo no cualificado ha actuado mucho más como agente disciplinador de las fracciones más turbulentas de las clases populares, que la acción institucional”. Pero en el nuevo orden neoliberal, al generalizarse la precariedad, las estructuras de “integración” juvenil, el Ministerio de Educación, la policía y la justicia (el Estado) imponen nuevas disciplinas.

Los múltiples controles de identidad a los jóvenes de los barrios populares –incluso tres o cuatro veces al día- refurzan la autoridad. Los guardias de seguridad privada asisten a los agentes de la policía nacional. Además, las políticas llamadas de “tolerancia cero”, como las desarrolladas en Nueva York en la década de 1990 o la Ordenanza Cívica de Barcelona en 2006, separan territorialmente a los “deseables” de los “indeseables”. En este modelo que convierte la inseguridad en sentido común, quienes son percibidos como amenaza o no pueden consumir son relegados a las periferias pobres. El libro, de 278 páginas, incluye artículos sobre las policías cotidianas, las nociones de riesgo y emergencia, las ciudades de excepción y la “burorrepresión”, además de la política neoliberal y el incremento de los presos. Consta de tres bloques (“La gestión securitaria neoliberal; “Enclaves: sujetos y espacios de riesgo” y “Más allá del riesgo: represión y castigo”).

Fuente: Rebelión

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

viernes, 3 de junio de 2016

Fotografías de la “normalidad” palestina

Fotografías de la “normalidad” palestina






¿Cuál es la realidad de la Palestina anterior a la “Naqba”, la época previa a la fundación del Estado de Israel? ¿Cómo se vivía en Palestina antes de la “limpieza étnica” de 1948, proceso que implicó la expulsión de más de 750.000 palestinos de sus hogares, la “limpieza” de cerca de 530 pueblos, 11 barrios urbanos y la implantación en estos territorios de “asentamientos” de colonos judíos? El libro coordinado por Teresa Aranguren y Sandra Barrilaro -“Contra el olvido” (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo)- aporta fotografías de aquellos tiempos previos a la “Naqba”, entre 1889 y 1948. Son testimonios gráficos de “aquella existencia que se quiso borrar”, afirman las autoras. El hecho de que esta documentación sea tan accesible como poco conocida, señala un interés en que los hechos –la historia del pueblo palestino- permanezcan en el olvido.

La propaganda israelí ha intentado sistemáticamente negar la “Naqba”. Uno de los argumentos utilizados es que se compraron las tierras a los propietarios palestinos. Para que el lector pueda hallar respuestas, el libro en el que han colaborado Bichara Khader y Johnny Mansour, aporta imágenes del Archivo Fotográfico del Hotel American Colony de Jerusalén además de álbumes de familias residentes en la zona norte de Palestina. En el libro “Bajo el olvido” también se incluyen breves textos explicativos. La periodista especializada en Oriente Medio, Teresa Aranguren, toma como fuente de referencia los censos. “Sabemos cómo era la composición demográfica de Palestina en el siglo XIX, a comienzos del siglo XX y en los años 20 y 30”, explica en acto organizado por el BDS-País Valenciá en la Facultat de Geografia i Història de València. Cuando Palestina se hallaba bajo la férula del Imperio Otomano, la población árabe no fue asimilada pero sí tuvo que pagar impuestos que requerían censos de población y registros de la propiedad de la tierra. “Sólo con mirarlos, igual que cuando se analizan los registros de la propiedad de la tierra británicos, se desmiente el argumento central israelí de la adquisición de tierras”.

La primera colonia sionista arribó a Palestina en 1878, cerca de Jaffa en torno a la franja costera. Contaron con ayuda y financiación de uno de los multimillonarios de la época, el barón Rotschild. En su inicio las colonias no lograron ser autosuficientes, de hecho contaron siempre con dinero del exterior. En ese momento, en torno al 80% de la población de palestina era de origen musulmán, el 11% cristiano y cerca del 7% judío (se trataba de judíos integrados en el tejido social palestino, hasta el punto que hablaban en árabe; no tenían nada en común con los colonos del movimiento sionista que empezaban a llegar a Europa). El estudio del proceso desmiente otro argumento difundido por la propaganda israelí: que el proyecto de Estado judío fuera una consecuencia –a modo de reparación- del Holocausto nazi. “En 1880 el mundo no conocía el nombre de Hitler”, aclara Teresa Aranguren. “El proyecto de nuevo estado va desarrollándose primero bajo el dominio otomano, y a partir de 1917 bajo control británico”. El apoyo incondicional de la gran potencia de la época, Gran Bretaña, y la financiación exterior, generosa, hicieron posible que se materializara el objetivo, más allá de los mitos sobre un movimiento sionista pionero y emprendedor.

Es cierto que en Europa surgió un movimiento –sionista- con una capacidad importante de suscitar adhesiones. Se apelaba al factor de la religión, “aunque los fundadores del estado de Israel no fueran religiosos”, matiza Teresa Aranguren. Sobre todo se infamaba un sentimiento nacionalista que estaba gestándose a favor de un pueblo y una nación judíos. Pero siempre judíos europeos. El proceso se inicia a finales del siglo XIX y culmina en una limpieza étnica por medios militares (entre diciembre de 1947 y junio de 1949). ¿Cómo puede recogerse esta complejidad histórica en un libro de fotografías de 240 páginas? “Contra el olvido” incluye fotografías de una vida cotidiana, “normal”, que los procesos de limpieza étnica arrancarán de cuajo. Instantáneas de los chicos de un colegio que forman un equipo de fútbol, excursiones de grupos de amigos al lago Tiberiades, personas que juegan poniéndose una cacerola en la cabeza… Hay fotografías, de los años 30, que muestran un cine nocturno al aire libre cerca de Hebrón, en el que las imágenes se proyectan en la pared exterior de una mezquita. También se incluyen testimonios gráficos de familias de Belén y de Ramala, con toda la diversidad de situaciones de la Palestina tradicional: por ejemplo campesinas ataviadas con su túnica. Junto a retratos de las clases medias, hay otros de mujeres trabajadoras del departamento de aduanas de Haifa, en la década de los 40. “Podían ser fotos de nuestros álbumes familiares, no somos diferentes a ellos; también hay mujeres más modernas que las mujeres árabes que actualmente vemos en Palestina”.

Teresa Aranguren es miembro del Consejo de Administración de RTVE desde 2007 a propuesta de Izquierda Unida. Cubrió como enviada especial la invasión israelí de Líbano en 1982 y desde Teherán la guerra entre Irán e Iraq. En 1990 viajó a Ammán y Jerusalén para informar de la guerra del golfo; también dio cuenta sobre el terreno de las crisis de Iraq y del conflicto entre Israel y Palestina. No sólo ha trabajado en Oriente Medio. En 1999 narró en directo los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia. Del libro colectivo de fotografías extrae la siguiente conclusión: “No sólo Palestina no estaba vacía de población antes de la Naqba; había una sociedad compleja, con ricos y pobres, con hombres de negocios, poetas, campesinos y comerciantes”. Podían encontrarse, en un movimiento pendular, tradiciones y tendencias tanto modernas como conservadoras. Era una sociedad, en los albores del siglo XX, no muy diferente de la española, la italiana, la griega y otras de la cuenca del Mediterráneo. La propaganda de Israel consiguió ocultar esta realidad.

Otra consigna que ha cundido es la de un desierto que floreció gracias a los colonos emprendedores, judíos, aterrizados de Europa. “Pero Palestina nunca fue un desierto”, rebate Aranguren. Como otras zonas de la cuenca del Mediterráneo, cuenta con áreas semidesérticas, hortícolas, de ásperas montañas y de desierto como Neguev o Sinaí, donde las zonas desérticas hoy continúan siéndolo. Durante la fase preparatoria del libro, el arabista Pedro Martínez Montávez aportó una prueba de interés. Un libro de dos profesores de Geografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela, que en 1875 decidieron realizar un viaje por los “lugares santos” del mundo. El texto, publicado en 1881, relata la experiencia y dedica un párrafo a la ciudad de Jaffa y sus alrededores: “Existen extensos bosques de granados, naranjos, limoneros, manzanos, cañas de azúcar y palmeras; sus preciosos jardines tienen gran variedad de plantas, huertos con toda clase de legumbres y hortalizas, regados todos con agua sacada de multitud de norias; la naturaleza es prodigiosa: posee unos extraordinarios jardines que posiblemente dan las primeras naranjas del mundo”. Es una realidad documentada, pero invisibilizada.

La periodista resalta la capacidad propagandística que tuvo desde un inicio el movimiento sionista. “Hoy la continúa teniendo”. “A ello hay que agregar la ceguera del mundo occidental y su mirada colonial”. Los oficiales del ejército británico mantenían una relación muy cercana con sectores de la burguesía palestina, `”pero ocurre que finalmente son árabes, pueblos sometidos que cuando nos interesa podemos desgajarlos de su entorno para crear un enclave occidental: eso también está en el origen del sufrimiento del pueblo palestino”. En términos todavía más claros: “Si no hubiera sido por el mandato británico (en vigor desde 1922), el movimiento sionista no hubiera tenido suficiente fuerza para desplazar a una sociedad entera”. El profesor Bichara Khader caracteriza lo ocurrido durante la “Naqba” como “sociocidio”. “Contra el olvido” termina en 1948, pero incluye diez fotografías de 1950-1951 cedidas por la UNRWA. Se aprecia cómo una sociedad que vivía en la “normalidad” terminó convertida en un territorio de refugiados.

Bichara Khader sostiene que el plan de partición realizado en 1947 por Naciones Unidas conducía inevitablemente a la limpieza étnica. En 1947 la situación en Palestina ya era explosiva. En 1936 se había producido un gran levantamiento, iniciado con una huelga general de seis meses (lo que da cuenta de una sociedad articulada) que se prolongó en forma de revueltas y partidas guerrilleras hasta 1939. Fue la primera Intifada palestina, reprimida brutalmente por las autoridades británicas y con un centenar de condenas a muerte. También se demolieron casas, prácticas de laminación que después Israel extremó. En la partición de Palestina en dos estados promovida por Naciones Unidas, al Estado judío se le asignó el 56% del territorio (básicamente la franja costera y las tierras más fértiles), mientras que al Estado árabe se le otorgó el resto (salvo un área que quedó bajo control internacional). En ese momento los registros de la propiedad de la tierra elaborados por la autoridad británica daban cuenta de una propiedad judía (del movimiento sionista en Palestina) sobre el 6,6% de las tierras, mientras que el resto correspondía a titulares árabes. Lo decisivo es que en el territorio destinado a acoger el nuevo Estado judío, la población judía no era mayoritaria y tampoco tenía la propiedad de la tierra. ¿Cómo construir entonces un estado propio? Vaciando el territorio de población palestina mediante operaciones militares, tal como sucedió entre diciembre de 1947 y el verano de 1949.

Israel también alega que la “Naqba” fue resultado de la guerra árabe-israelí declarada el 15 de mayo de 1948, y de la huida masiva de la población. Pero el contingente mayor de palestinos expulsados y las matanzas más atroces se dio en los meses previos a la declaración bélica. Por ejemplo el ocho de abril de 1948 en Deir Yassin, pueblo palestino de unos 700 habitantes al oeste de Jerusalén, donde los asesinados oscilan según las fuentes entre las 93 y las 254 personas. Ni siquiera Ben-Gurión había proclamado el nuevo Estado de Israel (14 de mayo de 1948). “La memoria es uno de los elementos clave de la resistencia del pueblo palestino, y que con más medios combaten los sistemas de comunicación de Israel”, remata Teresa Aranguren, autora del libro “El hilo de la memoria” y de la compilación de relatos “Olivo roto: escenas de la ocupación”.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Seguidores