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sábado, 10 de diciembre de 2016

La élite europea labra su propia muerte

Marine Le Pen (Frente Nacional) en una imagen de archivo. EFE

De la elección de Francoise Fillon por la derecha francesa al referéndum italiano y las elecciones austríacas, el centrismo europeo vive ajeno a su propia crisis existencial. Puede que quiera desempolvar su copia de La muerte en Venecia, de Thomas Mann

Paul Mason  


“Buenas noticias para Europa”, destaca el análisis en su primera línea. Si te digo que es un análisis de un banco de inversiones que defendió la austeridad de la eurozona hasta el final, puedes suponer cuál es la buena noticia. Sí,  François Fillon (el Thatcher francés) se consolida para una segunda vuelta contra Marine Le Pen (la Mussolini francesa) en las elecciones presidenciales del año que viene.

¿Qué noticia podría ser mejor para la comunidad bancaria inversora que tener obligados a todos los votantes no fascistas, de izquierda, centro y derecha, a votar por un político que quiere recortar el Estado de bienestar, despedir a los trabajadores y alargar la jornada laboral?

Berenberg, el banco privado alemán del que salió este análisis, no pudo esperar a celebrar el éxito de Fillon en las primarias. “Por suerte, el 2017 será más una oportunidad que un riesgo”, aseguró a sus clientes el economista jefe del banco, Holger Schmieding.

El gobierno de Fillon tiene la “oportunidad”, sin una oposición socialista creíble, de llevar a cabo medidas a favor del crecimiento económico: atacando los salarios, las jornadas laborales y el Estado de bienestar y enriqueciendo a la gente que guardaba el equivalente a 37.700 millones de euros en el banco privado. Es sintomático del inmenso error de cálculo que está cometiendo la élite europea.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, declaró a un periódico austríaco el pasado domingo que n o habría tregua en los esfuerzos por convertir Europa en una federación; sin posibilidad de darse de baja de la economía de estancamiento impuesta y administrada por Bruselas.

El próximo domingo veremos si la estrategia de 'doble o nada' del centrismo europeo da sus frutos. En Austria, donde el populista de extrema derecha Norbert Hofer está igualado con el candidato del Partido Verde  en la repetición de las elecciones a la presidencia —un puesto ceremonial—, la izquierda y el centro están intentando frenéticamente movilizar a los votantes de clase trabajadora leales a sus partidos. Puede que fracasen.

En Italia, el mismo día, el gobierno de centro izquierda parece preparado a perder un referéndum diseñado para reforzar el poder del ejecutivo sobre el Parlamento. Si el mercado financiero cae por la dimisión del primer ministro, Matteo Renzi, y Europa impone un plan de rescate bancario que asalte los ahorros de la gente de la calle, se podría llegar tanto a una crisis bancaria interna como a una crisis de la eurozona para Navidad.

Para completar este patrón de tozuda estupidez, el Fondo Monetario Internacional (FMI), de acuerdo con fuentes gubernamentales griegas, optó esta semana por presionar a Grecia con más recortes todavía en el gasto público, bajo la amenaza, de nuevo, del desplome forzoso del sistema bancario. Ajeno a los asaltos neonazis en los campos de refugiados en las islas griegas, el FMI en Washington, igual que la Comisión y el Banco Central Europeo, solo es capaz de ver normas y hojas de balances económicos.

La tolerancia existe porque la gente deja su nacionalidad y religión en la puerta. Ahora, la política y la nacionalidad han empezado a llamar fuerte a la puerta y de momento han producido, principalmente, parálisis y miedo
Parece, en resumen, que la élite de centro europea ha desarrollado un deseo de muerte. Y una vez que uno entiende la cultura europea, esta posibilidad macabra no es tan inverosímil.

En la novela La Muerte en Venecia (1912),  Thomas Mann describe el deseo de muerte de la cultura europea cosmopolita a través de la obsesión amorosa de un anciano enfermo. El protagonista, Aschenbach, se registra en un hotel cosmopolita en una Venecia con una epidemia de cólera para cumplir su deseo de morir. De hecho, escribiendo dos años antes de que muriese realmente el cosmopolitismo, Mann ya estaba al tanto de las razones por las que este podría morir.

En la novela, las autoridades de la ciudad niegan la existencia de una epidemia de cólera y, haciéndolo, crean las condiciones para que se extienda. La novela, a menudo interpretada como una parábola sobre el amor y el fracaso, trata explícitamente la capacidad de autodestrucción de lo que Mann llamó “el alma de Europa”. La ambientación de Mann en esta y otras novelas —en el hotel en la isla Lido (Venecia) y en un manicomio suizo— enfatiza la fragilidad de una cultura transnacional cuando estallan las crisis.

Para Mann, el mundo multicultural del lobby del hotel, cuidadosamente elaborado, —donde los polacos hablan francés, los italianos siguen a la moda parisina y la orquesta toca una selección de la opereta húngara— es un espejismo frágil. Cuando una sola pieza se rompe, todo se acaba.

Hoy, nuestro multiculturalismo no es tan frágil como en la Belle Époque. Las libertades del espacio Schengen son reales, por lo menos para los blancos. El programa Erasmus, el proyecto europeo de intercambio de estudiantes, ha entrecruzado  las vidas de más de tres millones de estudiantes. Junto con el valioso programa “ciudad de cultura”, los jóvenes europeos han estado creando algo auténtico: en la escena artística de Berlín, en festivales musicales como el de Benicàssim en España y en la noche salvaje del Belgrado contemporáneo.

Pero incluso esta cultura de globalización enraizada en la sociedad europea es rompible con el empeño necesario —porque solo puede existir en un espacio aislado de la política—. En el típico bar europeo, playa o cafetería, la tolerancia existe porque la gente formada deja su nacionalidad y religión en la puerta. La suposición entre los jóvenes, implícita pero fuerte, es que la política es una estupidez y que no importa.

Ahora, la política y la nacionalidad han empezado a llamar fuerte a la puerta. De momento han producido, principalmente, parálisis y miedo.

Cuando pregunté en septiembre a los jóvenes que conocí en Ferrara, al norte de Italia, cómo responderían a la nueva ola xenófoba, muchos mencionaron el genuino clandestino — un movimiento de regreso a la tierra que aboga por la desconexión con la economía oficial como estrategia de supervivencia contra la austeridad.

“ Se acabó, es imposible, la derecha ha ganado”, son respuestas que escucharás entre los jóvenes de cualquier lugar una vez que dejas de preguntar a los activistas y escuchas a los jóvenes de pueblos pequeños que consumen su juventud en el cuarto de invitados de su abuela.

Así que Fillon contra Le Pen no son “buenas noticias para Europa”. Tampoco la promesa de Junker de doblar la apuesta a todos los errores que nos han traído a esta situación; tampoco la insistencia del FMI en que Grecia destroce su democracia un poco más; tampoco la decisión de Renzi de jugar a todo o nada con el sistema bancario italiano.

Esto ya no es una élite transnacional y segura disfrutando las famosas descripciones de  Samuel Huntington de los gobiernos nacionales como “residuos del pasado cuya única función útil es facilitar la acción de la élite global”. Ahora se enfrentan a un movimiento internacional de extrema derecha: Trump, Farage, la gente de Breitbart. Cuya coherencia crece al ritmo que decrece la de los globalistas.

Podemos pararlo; pero solo si rechazamos la demanda incesante de austeridad, privatización, jornadas más largas, salarios más bajos y el robo del futuro a una generación más joven. Esa es la razón por la que el centro izquierda, en el breve plazo disponible, debe encontrar a alguien mejor que Fillon para el pueblo francés.

Traducido por Javier Biosca Azcoiti
Fuente: eldiario.es - theguardian

martes, 29 de noviembre de 2016

Deportación, parálisis y miedo

Foto: EFE / CSABA KRIZSAN


Higinio Polo
Rebelión


Hace tiempo que en toda Europa suenan las alarmas, y que, en muchos países de la Unión, amplios sectores sociales observan las actitudes xenófobas, racistas e intolerantes propias de la extrema derecha, a veces, con indiferencia (como si no fuera un asunto que les afectase) y, a menudo, con simpatía, asumiendo el discurso fascista que señala al extranjero, al refugiado, al pobre, como una amenaza, como un enemigo, como alguien que merece la humillación y el castigo, la cárcel o la deportación.
La crisis económica, con el recetario neoliberal y la política de austeridad y eliminación de derechos laborales y cívicos que han impulsado la mayoría de gobiernos europeos; los nuevos nacionalismos y movimientos de extrema derecha, y la ciega subordinación de la Unión Europea a Estados Unidos, con el apoyo (abierto, resignado o tácito) a las guerras lanzadas por Washington en Oriente Medio, que han traído la crisis de los refugiados, configuran las hechos más importantes que han hecho estallar las costuras de Europa, sumida hoy en una gravísima crisis. Porque la crisis no la han causado los atentados terroristas, a pesar de su gravedad en Copenhague, París, o Bruselas; ni los refugiados que llegan a Europa: ellos son una de las consecuencias de la irresponsable política exterior que Occidente ha impulsado.

Un somero examen de la situación en Europa constata el reforzamiento de la extrema derecha: desde Francia, donde el Frente Nacional se ha convertido en el principal partido del país, hasta Alemania, donde la aparición de Pegida y de AfD (que ha obtenido buenos resultados en las recientes elecciones regionales alemanas, sobre todo en Sajonia-Anhalt), los dos países que forman el eje de la Unión, pasando por la mayor parte del continente. La extrema derecha holandesa se ha convertido en la principal fuerza política del país. En Hungría, la deriva del gobierno de Orban, con sus propuestas abiertamente xenófobas, le lleva a afirmar que quienes llegan a sus fronteras huyendo de la guerra no son refugiados, sino una amenaza para los húngaros. La pendiente hacia la extrema derecha ha llevado incluso a la Academia Húngara de Ciencias a tomar la decisión de cerrar el Archivo Lukács en Budapest, en una muestra más de la persecución de los instrumentos y del imaginario de la izquierda

En Polonia, el nuevo gobierno de Beata Szydło (con Kaczyński en la trastienda), cabalga también el nacionalismo y el rechazo a los extranjeros, además de intentar borrar de la historia del país el recuerdo de los dignos brigadistas internacionales que combatieron al fascismo en España. La imposición del feroz ajuste en Grecia, con la rendición de Syriza y Tsipras, mantiene un fuerte partido fascista, Amanecer Dorado. Incluso en Francia, la contaminación de las tóxicas ideas de la extrema derecha ha llevado a Hollande a impulsar una ley que anule la nacionalidad francesa en algunos casos de terrorismo; propuesta que, en origen, lanzó el Frente Nacional de Le Pen. Por su parte, el gobierno danés ha aprobado la confiscación de bienes a los refugiados para que sean ellos mismos quienes paguen los gastos que Dinamarca tenga atendiéndolos. Es un robo legal, una vergüenza, una ignominia que empieza a recordar el robo de los objetos de valor a los deportados protagonizado por los nazis en el infierno de la guerra de Hitler. Todos esos gobernantes, como Orban, mantienen que la oleada de refugiados sólo traerá delincuencia y terrorismo a Europa, y otros, como el gobierno británico, se niegan a aceptar refugiados, al tiempo que la sesgada política informativa de grandes medios informativos consigue, al mismo tiempo, que una parte de los ciudadanos dirija su ira no hacia banqueros y gobernantes, cómplices de la gran estafa de la crisis económica, sino hacia los refugiados pobres.

Organizaciones como el Partido Popular danés, el Frente Nacional francés, el Partido del Progreso noruego, el Partido Popular suizo, la Lega Nord italiana, el UKIP británico, el Partido de los Auténticos Finlandeses, el Partido por la Libertad holandés, el FPÖ austríaco, los Demócratas suecos, la Alternativa para Alemania (AfD), entre otros, atizan el miedo y la desconfianza hacia los refugiados y los inmigrantes, presionando a los gobiernos. Junto a ello, la abierta tolerancia de los gobiernos bálticos (en Estonia, Letonia y Lituania) con los grupos de extrema derecha, y, algunos, abiertamente nazis, que lleva a celebrar públicamente hechos protagonizados por el ejército hitleriano en la II Guerra Mundial y a organizar desfiles de los veteranos de las SS, en abierta complicidad con los gobiernos, mientras aumenta la represión contra la izquierda y continúa la conculcación de los derechos cívicos de la minoría rusa en los tres países bálticos. Por no hablar, fuera de la Unión Europea, del cómplice silencio de la gran mayoría de gobernantes europeos ante el horror de Kosovo, y ante la actividad de los grupos nazis y de extrema derecha en Ucrania, cuyo golpe de Estado fue inspirado por Estados Unidos y la Unión Europea, para después apoyar al gobierno golpista de Yatseniuk y Poroshenko. La terrorífica matanza de Odessa, hace apenas dos años, donde los nazis quemaron vivos en el edificio de los sindicatos, a decenas de personas, ni siquiera fue criticada por Washington y Bruselas, cuyos responsables frecuentaron a dirigentes de los partidos de extrema derecha fascista Svoboda y Pravy Sektor. En la Unión Europa, apenas la izquierda comunista ha denunciado la represión en Ucrania, la ignominia del golpe de Estado, la impunidad de los grupos nazis que recorren el país. Ni la derecha, ni la socialdemocracia, ni la mayor parte de esa nueva izquierda surgida de la confusión, ha considerado importante impulsar la solidaridad antifascista con Ucrania, pese a hechos tan graves como la ilegalización del Partido Comunista de Ucrania. Así se ha llegado a la situación actual, donde la impunidad con que actúan las organizaciones nazis hace que sean habituales hechos como los de Lviv, donde un grupo de más de doscientos fascistas atacaron y apedrearon el hotel donde iba a celebrarse un encuentro de homosexuales.

La parálisis de la Unión Europea viene de lejos, y su silencio ante el atropello a los derechos democráticos en los nuevos miembros del Este de Europa, ha sido acompañado por la inoperancia para combatir los brotes fascistas y xenófobos en el conjunto de la Unión. Sin olvidar que sus países miembros aceptaron que la CIA norteamericana, con la connivencia de gobiernos e instituciones europeas, organizase centros clandestinos de detención, y a veces de tortura, en Europa: en Lituania, Rumania, Italia, España, entre otros países, los sicarios de la CIA encerraron e interrogaron brutalmente a personas detenidas en distintos países, que fueron trasladadas ilegalmente en el marco de la “lucha contra el terrorismo”.

A la crisis griega y la amenaza de salida de Gran Bretaña (a la hipótesis del Grexit, se añadió el Brexit), con la suspensión práctica del acuerdo de Schengen que suprimió los controles fronterizos entre veintiséis países europeos, se añade la disolución del proyecto federal europeo: a las tradiciones reservas nacionalistas y de partidos conservadores, se une una parte de la izquierda que apuesta por la liquidación del euro (como en Grecia), y, tal vez, de la propia Unión, hipótesis que en el marco de una crisis económica de la que no se vislumbra la salida, alertan de la voladura de la Unión Europea. ¿Mejoraría la suerte de los trabajadores la disolución de la Unión Europea? Al margen de la evidencia de que la actual Europa neoliberal y las estructuras creadas desde el Tratado de Roma suponen duras hipotecas para la población, y de que el debate sobre las escasas posibilidades reales de abordar su reforma en el actual escenario político lleva a algunas fuerzas a optar por su desmantelamiento, es muy dudoso que las fuerzas populares afrontasen unas mejores perspectivas con la desaparición de la Unión Europea, por no hablar de que los distintos países afrontarían una mayor, y tal vez definitiva, subordinación ante Estados Unidos, además de la desaparición práctica de Europa como protagonista en las grandes cuestiones internacionales.

En las urnas y en las calles, la extrema derecha es cada vez más visible, y, muchas veces, pasa a la acción. Las agresiones contra refugiados en Alemania, las inquietantes y vergonzosas escenas de la policía de algunos países reprimiendo violentamente a quienes huyen de las guerras y la devastación causada en Oriente Medio (en Siria, en Iraq, en Afganistán, en Libia, en Yemen) por Estados Unidos, con el apoyo europeo, forman parte de ese degradado paisaje moral donde se debate una agónica Unión Europea. Aquel hombre que orinaba sobre una mendiga en el puente de Sant’Angelo de Roma; los seguidores futbolísticos que humillaron a otros mendigos en Barcelona, o los entusiastas partidarios de un equipo de fútbol holandés que se divertían lanzando monedas en la Plaza Mayor de Madrid a mujeres que pedían limosna, riéndose de su pobreza, en un gesto de tan feroz inhumanidad, debe llevar a preguntarse dónde estamos, que está ocurriendo. Porque, aunque esas escenas se olvidan con rapidez, revelan que el odio y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno han arraigado en Europa: esos seguidores del equipo de fútbol holandés que humillaron a las mendigas de la plaza Mayor de Madrid, en una situación idónea y con el poder en sus manos, se comportarían como los esbirros nazis de las SS.

Ahora, Europa, atenazada por el miedo, ha optado por un vergonzoso acuerdo con Turquía para la deportación de los refugiados, que ha llevado a Amnistía Internacional a denunciar que el convenio entre Bruselas y Ankara “es una violación histórica de los derechos humanos”. Ese acuerdo con Turquía es similar al suscrito con Marruecos, y ya empieza a tener consecuencias: las patrullas costeras turcas han agredido con palos a precarias embarcaciones de refugiados que intentan llegar a las islas griegas, y la propia actitud del gobierno de Erdogan no llama, precisamente, a la tranquilidad: su exaltado nacionalismo reprime ferozmente a la población kurda del Este del país; bombardea a los kurdos sirios; es cómplice del incendio y la guerra en Siria, donde arma y financia a grupos terroristas; e influye en el conflicto entre Armenia y Azerbeiján por Nagorno Karabaj, atizando las reclamaciones azeríes.

Algunos analistas advierten de que tal vez diez millones de refugiados intentarán llegar a Europa a lo largo del año 2016, y aunque otros observadores rebajan la cifra, las perspectivas alarman a los responsables de la Unión Europea y a los gobiernos, que temen la reacción de una parte de los ciudadanos, sin reparar en que el conjunto de la Europa comunitaria ha acogido a poco más de un millón de personas, mientras que los países de Oriente Medio albergan a la mayoría de los refugiados: Turquía a más de tres millones, Jordania a dos millones y medio, y el pequeño Líbano (que tiene una población de cuatro millones de habitantes) a un millón y medio. La Unión Europea, que se comprometió a acoger a sólo 160.000 personas, aunque ha incumplido sus compromisos, simula ignorar su responsabilidad conforme a la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados , firmada en Ginebra en 1951, que estipula con claridad las obligaciones de los gobiernos. Para justificar su clamoroso incumplimiento, los gobiernos europeos alegan falta de recursos, aunque eso no les ha impedido dedicar ayudas millonarios al sistema financiero, al tiempo que apretaban el dogal a la población y daban prioridad a los pagos a grandes inversores y deudores sobre las necesidades de la población europea más pobre. Por fortuna, miles de voluntarios suplen con su esfuerzo la falta de atención de los gobiernos a los refugiados, y una parte de la población contribuye con ayudas, alimentos, ropa, a paliar la catástrofe humana. La Comisión Europea cree que llegada de refugiados será “uno de los asuntos determinantes para Europa en las próximas décadas”.

Ese es panorama que ha dejado la conjunción de la crisis económica, las guerras imperialistas norteamericanas en Oriente Medio y el acoso a las organizaciones de izquierda y sindicatos obreros en todo el continente: a la destrucción de derechos sociales y obreros dirigida por gobiernos de derecha y gabinetes socialdemócratas; a la imposición de enormes sacrificios a la población, que ha visto aumentar la explotación y ha visto reducidos sus salarios; a la precarización del trabajo y la ruptura de los mecanismos de solidaridad; a la destrucción o el debilitamiento de las organizaciones obreras y de izquierda (sustituidas, a veces, por partidos que han adoptado el neoliberalismo: el ejemplo italiano con el Partido Democrático de Renzi no es el único) gracias a una permanente deslegitimación impulsada desde todos los resortes del poder económico, y, también, a la aparición de nuevos partidos de confuso discurso que huyen de las tradiciones de la izquierda y que suponen, más que la recuperación de la iniciativa, la manifestación del desconcierto, se añade el horizonte de un escenario político dominado por la derecha y la extrema derecha, como ha ocurrido en las recientes elecciones polacas, donde las hipótesis de gobierno se repartían entre la derecha de la Plataforma ciudadana de Tusk y la extrema derecha del partido Ley y Justicia (PiS) de Duda y Kaczyński. Algo similar podría ocurrir en Francia, donde la pérdida de espacio social por la izquierda abre la hipótesis de un enfrentamiento entre la derecha de Fillon y la extrema derecha de Le Pen para las elecciones presidenciales de 2017. Ese reforzamiento de la extrema derecha y de los partidos fascistas, contrasta con la debilidad de la izquierda europea, inmersa en la dispersión, la ilegalización (el Partido Comunista de Ucrania ha sido prohibido), y con la construcción de instrumentos formalmente opositores que ni siquiera se atreven a romper de forma clara con el neoliberalismo y con las ataduras militares de Europa: la tácita aceptación de la OTAN por Podemos es un ejemplo.

En una reciente entrevista, Perry Anderson ilustraba la aparición de fuerzas “reales o potenciales” de oposición con los ejemplos de las manifestaciones en Brasil durante las competiciones futbolísticas de 2014, con las manifestaciones de Estambul y Hong-Kong y, en Europa, con la aparición de Podemos en España. No parece que sean destacamentos relevantes, ni tan siquiera de izquierda en algunos casos, sino más bien episodios efímeros o espejismos. Sólo algunos partidos de izquierda y organizaciones progresistas trabajan para combatir el nuevo monstruo fascista que asoma en tantos lugares de Europa. La indiferencia ante el sufrimiento de los refugiados mostrado por los gobernantes europeos, las escenas de Idomeni, las risotadas de la plaza Mayor de Madrid, son un síntoma de los peligros que acechan, y que anuncian los llamamientos patrióticos, los viejos y nuevos nacionalismos, el rechazo a los “extranjeros”, la violación del derecho internacional y del imperativo deber de socorro a quienes huyen de la guerra de que ha hecho gala la Unión Europea, ignorando los convenios internacionales suscritos y la obligación de respetar los derechos humanos de los refugiados.

Europa se llena de xenofobia, de centros de detención ilegales, de policías y aduaneros, de cámaras de vigilancia, de ataques a centros de acogida, de alambradas. Europa no quiere refugiados de las guerras, mientras la extrema derecha y el fascismo cabalgan sobre el odio al “diferente”, al pobre. Miles de personas que huían de las guerras imperiales de Oriente Medio han muerto ahogadas, forzadas a peligrosas travesías, y seguirán muriendo mientras Europa no habilite vías legales y seguras. Las escenas de los refugiados viviendo entre el fango de los campos fronterizos griegos, los niños perdidos, las miradas de indefensión, la inhumana respuesta de Europa al sufrimiento ajeno.

Mientras el populismo y el nacionalismo vuelven a recorrer el continente, el fascismo reaparece como un indicio que no debe trivializarse porque el fanatismo asociado a tantos exaltados xenófobos y, a veces, seguidores del fútbol podría derivar rápidamente en grupos abiertamente violentos, fascistas: ya ocurrió en Yugoslavia en los años noventa, donde los primeros enfrentamientos que dieron paso a la guerra civil fueron protagonizados por los extremistas más fanáticos de los equipos de fútbol. Cuando la movilización de la extrema derecha europea presiona a los gobiernos y marca la agenda política, la izquierda se debate confusa, temerosa. Organiza la solidaridad y el combate a la xenofobia, pero la respuesta se revela débil, incapaz, por ahora, de cambiar el escenario. La vieja receta fascista de levantar alambradas de espino en las fronteras ha sido adoptada por muchos países europeos. La inhumana Francia de Daladier y Bonnet que encerró a decenas de miles de republicanos españoles, que habían combatido al fascismo, entre campos de arena y cercas de reclusos en las playas de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Gurs, es la Europa de hoy que detiene y encierra a tantos refugiados en los campos griegos, para deportarlos después, en el momento en que parece sucumbir a la parálisis y al miedo, y Estados Unidos sigue arrojando dinamita al voraz incendio de Oriente Medio.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Trump, Le Pen, Farage: cuando las izquierdas no pueden con la extrema derecha


Donald Trump saluda Nigel Farage, ex líder del UKIP, en un acto de la campaña republicana, el pasado abril. AP PHOTO / GERALD HERBERT / GTRESONLINE

La victoria de Trump y el auge de la extrema derecha en Europa evidencian las dificultades de las izquierdas para frenar e incluso derrotar discursos xenófobos
"La izquierda tiene que aprender a analizar y actuar en el escenario de crisis y colapso de los sistemas políticos", afirma el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias
"Cada vez hay más sectores golpeados por la crisis y la globalización que se encuentran tentados por la extrema derecha; una verdadera amenaza democrática", reflexiona el coordinador federal de IU, Alberto Garzón


Andrés Gil  


Donald Trump es el presidente electo de EEUU. El Brexit no se entiende sin Nigel Farage, entonces líder del UKIP. La única candidata fija en todas las quinielas para pasar a la segunda vuelta de las presidenciales francesas es Marine Le Pen. Las próximas elecciones alemanas prevén un ascenso de Alternativa por Alemania, como ya ha ocurrido hace unas semanas en comicios regionales. Y ahí está Viktor Orban al frente de Hungría. Y lo que pueda pasar con las elecciones holandesas. ¿El denominador común? El ascenso de la extrema derecha y la incapacidad de las izquierdas para, no ya frenarlo, sino derrotarlo.

¿Por qué? "Porque la izquierda tiene que aprender a analizar y actuar en el escenario de crisis y colapso de los sistemas políticos", afirma el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias: "Cuando la geografía ideológica que se impone es la de élites-pueblo, la izquierda no puede encerrarse en la geografía parlamentaria izquierda-derecha, que además tiene muchas menos posibilidades".

"Con todo", sostiene Iglesias, "hay elementos esperanzadores como Bernie Sanders en EEUU o el propio Jeremy Corbyn en Reino Unido".

"La globalización ha empobrecido a sectores", afirma el diputado del PSOE por Teruel, Ignacio Urquizu, "y hay un montón de gente que está viendo que bajan salarios y se están empobreciendo. Todo lo que tiene que ver con la globalización y el cambio tecnológico está generando ganadores y perdedores, que se están rebelando. Y las soluciones simplistas se imponen. No es tanto de extrema derecha, porque en cada país se está expresando de formas distintas".

"Lo que está uniendo a todos estos movimientos", prosigue Urquizu, "es el rechazo a los cambios comunes en los países. Lo que puede unir a Trump y el fenómeno Podemos, salvando las distancias, es el tema de la globalización, un nacionalismo económico.

"Lo más preocupante", reflexionaba el coordinador federal de IU, Alberto Garzón, en su blog, "es que ningún partido radical o anticapitalista ha conseguido llegar a las clases populares y hacerse su representante efectivo y literal –en el sentido de ser un espejo–. Más al contrario, el apoyo a los partidos radicales tiene más que ver con cuestiones culturales e ideológicas, mientras que cada vez hay más sectores golpeados por la crisis y la globalización que se encuentran huérfanos de referencias en la izquierda. Esos sectores son tentados, en muchas partes de Europa, por los partidos de extrema derecha en particular. Algo que supone una verdadera amenaza democrática".

El escritor y periodista Thomas Frank explicaba  en The Guardian cuáles son para él las claves del triunfo de Trump: "El mayor problema es la complacencia crónica que ha ido erosionando el progesismo estadounidense durante los últimos años, una enfermedad del poder que afirmaba que los demócratas no tenían que hacer nada diferente, no necesitaban repartir nada con nadie –salvo sus amigos en el jet de Google o esa gente fantástica en Goldman Sachs–. Y al resto nos tratan como si no tuviéramos a ningún sitio al que ir y ningún papel que desempeñar excepto votar entusiastamente sobre la base de que estos demócratas son la última trinchera entre nosotros y el fin del mundo. Es un progresismo de los ricos, ha fallado a la clase media y ahora ha fracasado en sus propios términos de elegibilidad. Basta del clintonismo y su aura orgullosa de virtud de clase profesional. ¡Ya está bien!"

El eurodiputado y portavoz de ICV, Ernest Urtasun, aporta algún elemento más para entender el auge de la extrema derecha en Europa: "Creo que el centro político tradicional en Europa, socialdemócratas y conservadores, no resiste la explosión de la desigualdad y la crisis social. El cambio del sistema de partidos es imparable en todas partes, y va a profundizarse con las elecciones alemanas, holandesas y francesas. El drama es que la izquierda en la mayoría de estos países no es capaz de canalizar el descontento. Noam Chomsky lo achaca a la ausencia de una cierta conciencia de clase y de falta de organizaciones capaces de canalizarla. Cuando esos dos factores no existen, conciencia colectiva, organizaciones, la extrema derecha avanza. Si en España no ha sido así es porque posiblemente el 15M sirvió para crear una cierta conciencia colectiva de las razones de la crisis, los afectados y sus culpables reales, y luego Podemos se construyó sobre eso".

"En Europa", puntualiza Urquizu, "el nacionalismo económico tiene que ver con el euro y con una unión monetaria con problemas. Y en España hay mucho urbanita y cosmopolita, en los países nórdicos, donde también crece la extrema derecha, los perdedores de la globalización son clases obreras. Son bases de apoyos distintas, lo que les une es la apertura económica, el euro, que hemos cedido mucha soberanía y se tiene la idea de que las decisiones se toman en ámbitos que no se controlan. Los partidos tradicionales no pueden dar respuesta a todos estos fenómenos, y toda la simplificación influye. En Alemania había muchos estudios que la extrema derecha prendía con sector industrial fuerte, mucho paro y mucha inmigración. Es la mezcla perfecta y explosiva para estos partidos".

"Una de las explicaciones que más me convencen", tercia la politóloga Sandra León, "la resume muy bien Dani Rodrik en su artículo para Project Syndicate sobre  The Politics of Anger, donde hace alusión a la incapacidad de los partidos tradicionales de propocionar un discurso que se despoje de la impotencia e inmovilismo: la impotencia para cambiar el grado de internacionalización de las economías, de los efectos de la globalización y, para quienes pertenecen a la Unión Monetaria, la incapacidad de poder cambiar el rumbo de las políticas económicas".

"Frente a ello", prosigue la profesora de la Universidad de York, "los ciudadanos se sienten atraídos por ese discurso de take control back, de actuar sobre esos procesos que parecen inevitables y en los cuales los políticos se han "atado las manos", debido al proceso de integración de las economías y también de la creación de instituciones supranacionales a las que han cedido competencias".

"Podemos identificar un eje de división o fractura", afirma el eurodiputado de Podemos Miguel Urbán, "que podríamos calificar hoy como 'principal': el que se produce entre las élites europeas y nacionales por un lado –el establishment– y las poblaciones afectadas por sus políticas por el otro. Cuando una fuerza de izquierdas o de derechas es capaz de canalizar ese descontento, aparece la polarización. Las polarizaciones son cruzadas y multiformes precisamente porque estamos en un momento de reconstrucción de los campos políticos. Las polarizaciones actuales son mucho más poliédricas, temporales y se expresan fundamentalmente a través de terremotos electorales que asustan a las élites, pero afectan bien poco a la vida cotidiana de la ciudadanía europea. Sin embargo, no nos dejemos engañar por las apariencias. Estamos todavía en los inicios de una reconfiguración a escala europea a todos los niveles (político, económico y cultural) que no ha hecho más que empezar".

¿Cuáles son las alternativas?

"El reto de la izquierda", entiende León, "se encuentra en construir una narrativa que proponga soluciones, cambios. Pero las dificultades estriban en la división interna de la izquierda sobre bajo qué marco institucional y económico esos cambios pueden ser efectivos: ¿dentro o fuera de la UE?; ¿con otra UE?; ¿hay que "controlar" la globalización? Sin embargo, la parte económica del discurso de la izquierda no me parece el reto más importante para combatir el populismo, sino las cuestiones relacionadas con la identidad, como la inmigración. Porque los procesos migratorios seguirán estando ahí, no van a disminuir en el corto y medio plazo y, mientras eso ocurra, la derecha populista intentará sacarle rédito político. Construir un discurso sobre inmigración basado en los valores de tolerancia, respeto, enriquecimiento y la importancia de la cohesión social en las ciudadaes receptoras no va a ser fácil para la izquierda cuando los desequilibrios globales empujan a emigrar a miles de ciudadanos cada día".

"Tenemos por delante una tarea", sostiene Garzón, "dotarnos de un instrumento que sea útil para las clases populares. Y ese instrumento va, a mi juicio, mucho más allá de lo que actualmente son tanto IU como Podemos. De hecho, es lo que podríamos identificar con el concepto amplio de unidad popular. Y, digo yo, habrá que ser más patriota de clase que patriota de partido, porque de lo contrario estaremos siendo meras comparsas de este régimen político-económico basado en la explotación".

Jorge Moruno, responsable de Discurso de Podemos, hace el siguiente diagnóstico de la derrota electoral de las izquierdas: "Básicamente por su incapacidad de comprender los contornos y la composición social de su tiempo: el estado de las cosas. Ya ocurrió en los 80, incapaces de ofrecer 'un futuro en el que creer' –como ha abanderado Bernie Sanders– y limitarse a 'resistir' –contra Margaret Thatcher en los 80–, mientras la primera ministra ofrecía un imaginario, 'devolverle el poder al pueblo' pasando de 'proletarios a propietarios'. La total ausencia en la izquierda de la dimensión del deseo y el imaginario, confiando en que la fruta madura cae del árbol. A la izquierda le falta la importancia de la mediación política".

"Estamos en un momento político en el que repitiendo la tan manida cita de Gramsci", concluye Urbán, "lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no termina de nacer, y en ese claroscuro aparecen los monstruos. Y monstruoso también es que el campo de batalla de las polarizaciones se esté desviando cada vez más hacia las identidades y las pertenencias, y no hacia la conquista de más democracia y justicia social. Renunciar o fracasar en la impugnación del extremo centro es dejar el terreno libre a que los monstruos ocupen los vacíos de legitimidad y representación crecientes. Esto nos muestra, por un lado, que a día de hoy existe una disyuntiva real entre luchas xenófobas y lucha de clases y que, en esa disputa por determinar el campo de batalla, por el momento vamos perdiendo a escala europea. De nosotros y nosotras depende cambiar la situación. Y eso pasa, también, por disputar un proyecto alternativo para Europa".

"Resumiendo", afirma el diputado de Unidos Podemos por Córdoba, Manolo Monereo, en un artículo en Cuarto Poder, "lo que está en crisis es la globalización capitalista y, como siempre, esto tiene, al menos, dos salidas: hacia el autoritarismo oligárquico o hacia la democratización social. En medio, no hay ya nada, solo las lamentaciones de unas viejas izquierdas sindicales y políticas que se hicieron neoliberales y que ya no son capaces de entender la sociedad y, mucho menos, de transformarla. El asunto no ha hecho otra cosa que empezar".

FUENTE: ELDIARIO.ES

domingo, 1 de mayo de 2016

La extrema derecha derrota a los partidos de la “gran coalición”

La extrema derecha austriaca







AUSTRIA

BERTOLD DU RYON

Sonríe y tiene la costumbre de controlar sus emociones. Hospitalizado durante un año como consecuencia de un accidente de parapente en 2003, ha aprendido a ser paciente. Pero es todo salvo un moderado o un arribista de la política. Norbert Hofer, 45 años, es un ideólogo, de los de verdad. Forma parte de los principales cuadros del FPÖ (FPOe) o “Partido de la Libertad de Austria”, el partido de extrema derecha al que pertenece desde su adolescencia.

El domingo 24 de abril de 2016 ha logrado un resultado de más del 35% a escala de todo el país. (La cifra exacta no es conocida aún debido al lento recuento de los votos por correspondencia, que siguen siendo muy numerosos en los escrutinios austríacos. La participación global fue de alrededor del 70%)

En su pueblo natal de Pinkafeld, en la región de Burgenland, ha logrado un resultado del 60,7%… que no es el resultado local más elevado puesto que ha superado el 64% en la municipalidad de Wiesenfeld. La región de Burgenland está gobernada desde hace un año por una coalición compuesta por el FPÖ, partido de extrema derecha (que forma parte del mismo grupo en el Parlamento Europeo que el FN francés), y… la socialdemocracia local. También esto es Austria, país que es generalmente más conocido por la belleza de sus paisajes y su gastronomía…

Fue aquí, en Pinkafeld, donde Hofer llegó a la política, reclutado por un profesor que pertenecía al medio deutschnational (pangermanista). Un medio compacto compuesto de miembros de las Burschenshaften o corporaciones estudiantiles de extrema derecha y que llevan armas -organizan duelos con espadas-; un medio más bien anticlerical en una región mayoritariamente católica, y una parte del cual esconde con dificultad sus afinidades con el nazismo histórico y actual. Con 23 años Norbert Hofer comenzó a hacer política a escala regional y luego nacional, atraído por el ascenso de Jörg Haider, jefe del FPOe desde 1986 antes de escindirse en 2005 (y de morir en un accidente en 2008). Pero siempre mantuvo sus distancias con él: pensaba que Jörg Haider era poco serio, no era suficientemente sólido en sus convicciones, no suficientemente firme ideológicamente.

Así pues, no es un asunto sin importancia el que Norbert Hofer, un duro de esta extrema derecha austriaca que ha participó en el gobierno federal entre 2000 y 2005 (o 2006 para la escisión más “moderada” que se había ido con Haider), haya ganado el primer puesto en las elecciones presidenciales federales en Austria. La segunda vuelta del escrutinio tendrá lugar el próximo domingo 22 de mayo.

Ciertamente, el presidente federal austríaco solo tiene poderes limitados, su papel es en general más bien protocolario. El verdadero poder político está concentrado en manos del canciller, jefe del gobierno salido de la mayoría parlamentaria. Pero el candidato Höfer ha anunciado que podría cesar al gobierno actual -compuesto por una “Gran coalición” entre la socialdemocracia (SPÖ) y la derecha cristiano demócrata (ÖVP (“Partido del Pueblo Austríaco”) -“si trabaja mal”, y provocar elecciones anticipadas. En el clima actual, el FPÖ superaría seguramente el 30% en tales legislativas anticipadas, subiendo alrededor del 10%.

La nulidad de los partidos de la “Gran coalición”, miembros de una pareja sin imaginación y sin ninguna creatividad política, se refleja en los resultados de sus dos candidatos. Si los dos partidos socialdemócrata y cristiano demócrata habían obtenido alrededor del 60% de los votos en las últimas legislativas, sus dos candidatos (Andreas Kohl y Rudolf Hundstorfer) acaban la primera vuelta del escrutinio presidencial con respectivamente el 11,1% y el 10,9%, según las cifras del domingo por la noche. Así se puede constatar que la fuerza electoral de la extrema derecha se ha merendado literalmente a los representantes de los dos grandes partidos en el poder.

Ha sido el candidato de los Verdes, Alenxander van der Bellen (más bien centrista, de estilo demócrata-humanista) quien ha salido mejor librado, después del de la extrema derecha. Con el 21,3% de los votos según las cifras provisionales del domingo, será él quien desafíe al representante de la extrema derecha en la segunda vuelta. Es previsible que los partidos del centro-izquierda y del centro derecha sostengan al candidato de los Verdes. En cambio, una candidata “independiente” Irmgard Griss, una antigua jueza en el Tribunal Supremo que ha obtenido el 19% de los votos, no ha dado hasta ahora consigna de voto; pero puesto que ha hecho campaña contra el pretendido laxismo del gobierno en materia de inmigración, hay que esperarse que su electorado se vaya en parte hacia el candidato del FPÖ.

La política de inmigración ha sido objeto de debates durante una gran parte de la campaña electoral. En Austria, que hasta ahora había sido sobre todo un país de paso hacia Alemania y Escandinavia -para la emigración venida de Medio Oriente que pasa a por los Balcanes-, no ve ya muchos refugiados y refugiadas venir por el Este, puesto que la “ruta de los Balcanes” ha sido cerrada con barreras y alambradas plantadas en las fronteras de Macedonia, Hungría o Bulgaria. Ahora bien, a la espera de una nueva afluencia de emigrantes provenientes de Libia que pasarían por Italia e irían hacia Europa del Norte, Austria acaba de anunciar (el 12 de abril) que cierra su frontera, restaurando controles de identidad en su frontera con Italia. Ha comenzado la construcción de una valla alrededor del collado de Brenner que debe estar terminada “como muy tarde el próximo mes de junio”. Los grandes partidos no han carecido de voluntad de cierre de las fronteras, aunque sea lo que pretende la extrema derecha y ésta lo haya repetido insistentemente a lo largo de toda la campaña…

El electorado de Norbert Hofer (FPÖ) estaría compuesto mayoritariamente de hombres -las mujeres serían más reticentes- más bien jovenes y menos instruido que la media. Según las cifras de dos empresas de sondeos publicadas por encargo de la cadena de televisión pública ORF, el 45% de los electores masculinos habrían votado por él (y el 27% entre las mujeres), llegando al 51% en los hombres de menos de 29 años. Los y las jubiladas habrían votado en un 34%, un poco menos que la media, por el candidato de extrema derecha. El resultado subiría sin embargo al 51% entre los aprendices y al 72%… entre los obreros. Recordemos que en Austria la izquierda (sin incluir la socialdemocracia pero si al PC) es minúscula y está marginada, y que el movimiento obrero institucionalizado bajo control de la socialdemocracia ha sido influyente mucho tiempo, pero ha estado totalmente integrado en el Estado. Hoy, cuando la socialdemocracia participa en un gobierno que pone en marcha más o menos las mismas “reformas” que en el resto de Europa, la clase de los y las asalariadas está en gran medida desarmada desde el punto de vista político.

Solo en Viena, feudo histórico de la socialdemocracia y de la izquierda austríaca el cuerpo electoral resiste algo mejor que en el resto del país a la extrema derecha. En Viena el candidato del FPÖ ha obtenido el 27,8% de los votos según las cifras disponibles el domingo, y llega así en segundo puesto tras Alexander van der Bellen que logra alrededor del 33%.

No es todavía seguro que Norbert Hofer resulte realmente elegido el 22 de mayo en todo el país. Pero incluso si esto no ocurriera, su resultado constituye tanto un choque político como una lección a meditar en toda Europa.

https://npa2009.org/actualite/international/autriche-lextreme-droite-bouffe-les-partis-de-la-grande-coalition

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Fuente: Viento Sur

martes, 12 de abril de 2016

Alemania: La nueva extrema derecha, mezcla de neoliberalismo y racismo


Elsässer: de la extrema izquierda a la extrema derecha



Anthony Fano Fernandez

Jacobin Magazine

El abismo que media entre ideología y realidad no podría ser más llamativo: de acuerdo con un estudio del Centro Europeo de Investigación Económica, publicado en noviembre, los inmigrantes aportan una contribución neta positiva a los sistemas de previsión y seguridad social de Alemania. El autor del informe, el economista Holger Bonin, demuestra que en 2012 cada residente en Alemania que no tenía pasaporte alemán pagó en promedio 3 300 euros más de impuestos y cotizaciones a la seguridad social que lo que recibió en forma de transferencias del Estado. No obstante, los sondeos dicen que dos tercios de los alemanes están convencidos de que los inmigrantes son una carga para el sistema de bienestar de su país. Al margen del mal gusto de evaluar la vida humana con criterios económicos, la combinación del cálculo de Bonin con los sondeos muestra una imagen sorprendente de la mentalidad actual de los alemanes en materia de inmigración y la convergencia de la reconfiguración neoliberal de la sociedad alemana con formas racistas de entender estos cambios.

Cuando el ex ministro de Hacienda del land de Berlín, Thilo Sarrazin, publicó su libro Deutschland schafft sich ab (Alemania se condena), en 2010, pocos observadores reconocieron que anunciaba el surgimiento de una nueva extrema derecha modernizada en Alemania, una que se apartaba significativamente de la extrema derecha nazi y nacional-conservadora populista de la vieja escuela de décadas anteriores. Quedaron olvidados de modelos sociopolíticos colectivistas y el racismo biológico, sustituidos por el matrimonio de la doctrina neoliberal moderna con el racismo culturalista. Esta nueva extrema derecha está conformando ahora una entidad coherente con contornos bien definidos y una división del trabajo entre diferentes componentes: un partido electoral denominado Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania, AfD); un ala extraparlamentaria combativa, encarnada en el movimiento Pegida (Patriotas europeos contra la islamización de Occidente), y un centro ideológico representado por la revista mensual Compact, editada por Jürgen Elsässer, un periodista de izquierda radical convertido en nacionalpopulista de extrema derecha.

Cuesta algún esfuerzo desenredar la genealogía del nuevo movimiento, dado que todos sus componentes tienen orígenes diferentes: la AfD surgió al principio como una protesta electoral de conservadores contrarios a la Unión Europea y a los rescates del euro practicados por el gobierno de Angela Merkel, mientras que las manifestaciones convocadas por Pegida representan una movilización de base con raíces en el racismo antimusulmán que impregna el discurso público alemán desde hace un tiempo. La revista Compact representa el intento de Elsässer de forjar un bloque “antiimperialista” alrededor de un fantasmagórico eje París-Berlín-Moscú para contrarrestar la hegemonía estadounidense. No obstante, puesto que el racismo antimusulmán sirve en este momento de punto de convergencia de estas fuerzas diversas, tiene sentido esbozar la función del discurso racista contrario a los musulmanes en Alemania durante los últimos años.

En 2007, el sociólogo Georg Klauda observó que había un racismo específicamente antimusulmán que estaba confinado principalmente en la intelectualidad: “La islamofobia tiene, al menos en este país, cierta relevancia no como fenómeno de masas, sino como discurso de la élite, que, compartido por un número considerable de intelectuales de izquierda, liberales y conservadores, permite articular resentimientos contra los inmigrantes y los militantes antirracistas de una manera que hace que uno pueda aparecer como un brillante campeón de la Ilustración europea.” Aunque esta observación era sin duda cierta en el contexto en que se escribió hace siete años, lo que hoy en día representa Pegida es la transformación del racismo antimusulmán en un fenómeno de masas, capaz de movilizar grandes manifestaciones de más de 20 000 personas.

El ahora difunto Gruppe Soziale Kämpfe (Grupo Luchas Sociales, GSK) trató de teorizar esta transformación del discurso racista como parte de una “culturalización de la cuestión social” específicamente neoliberal. El GSK señaló que el racismo en Alemania, en el periodo de inmediata posguerra, se concretó en la calificación de “no alemana” a la población de trabajadores inmigrantes, sobre todo italianos, turcos y yugoslavos. El racismo dirigido contra esta población inmigrante estaba basado en su posición como estrato más bajo de una clase obrera industrial generada al amparo del pacto social fordista en la República Federal del “milagro económico”.

Un nuevo racismo neoliberal culturalista

Con la llegada de Helmut Kohl a la cancillería en 1982 –cabalgando la misma ola conservadora que alzó al poder a Ronald Reagan y Margaret Thatcher–, la proclamación de un “giro espiritual-moral” marcó un nuevo retorno al conservadurismo “basado en valores”. De un modo similar a la reacción conservadora en el mundo anglosajón en torno a cuestiones como el aborto y los derechos de gays y lesbianas, se fueron recuperando cuestiones de “cultura” e “identidad” por parte de la derecha, y paralelamente se produjo un cambio del discurso racista. Durante el periodo que va desde la reunificación alemana y la primera Guerra del Golfo hasta los atentados terroristas del 11 de Septiembre y las subsiguientes guerras de Afganistán e Iraq, los trabajadores inmigrantes del sur de Europa fueron sustituidos por una población inmigrante caracterizada racial y culturalmente como “musulmana”.

Mientras que las antiguas formas populistas y fascistas del racismo nunca desaparecieron del todo –basta recordar los pogromos que hubo en Rostock-Lichtenhagen en 1992, el ataque mortal contra una familia turca en la ciudad occidental de Solingen en 1993 o el éxito electoral del Nationale Partei Deutschlands (Partido Nacional de Alemania, NPD), un partido abiertamente fascista, en Sajonia en 2004–, se desarrolló un lento proceso de conversión en el nuevo racismo “culturalista”. Esta iteración mezcla una ideología neoliberal utilitaria, que valora a los extranjeros en términos de su “utilidad” para “nuestra sociedad”, con la construcción de un relato que atribuye la mala fortuna o la falta de éxito de quienes se hallan en el peldaño más bajo de la escala social a su “otredad” cultural y su “falta de voluntad” de “integrarse” en la sociedad “alemana” u “occidental” a causa de un inveterado compromiso con los ideales religiosos o culturales “islámicos”.

Ni que decir tiene que este relato culturalista no suele comprender la realidad de estos alemanes o residentes de origen turco o kurdo –que en muchos casos son laicos y se sitúan políticamente en la izquierda– ni la diversidad y las discrepancias internas de las comunidades musulmanas de Alemania. Más bien, ese relato sirve para racionalizar el juego de suma cero del capitalismo neoliberal en términos de voluntad o incapacidad del “yo emprendedor” para tomar en sus manos las riendas del propio destino. Lo perverso es que este racismo culturalista neoliberal representa una especie de “victoria” sobre el viejo racismo populista. En 2000, cuando el gobierno de coalición relativamente nuevo del Partido Socialdemócrata (SPD) con el Partido Verde intentó instituir un programa de “tarjeta verde” con el fin de atraer a trabajadores extranjeros altamente cualificados en informática y telecomunicaciones y en otros campos muy especializados, el presidente de la Unión Demócrata-Cristiana (CDU) del land de Renania del Norte-Westfalia, Jürgen Rüttgers, acuñó el lema racista movilizador de “Kinder statt Inder!” (“¡Niños en vez de indios!”) para resumir la posición de su partido, favorable a la formación de alemanes nativos en carreras de alta tecnología en vez de importar trabajadores cualificados.

En los años del gobierno de coalición rojiverde, los Estados federados encabezados por políticos de la CDU lograron asimismo bloquear efectivamente los planes de implementación de una ciudadanía dual para quienes desearan adquirir o conservar la ciudadanía alemana sin perder al mismo tiempo la de su país de origen. Ahora, en 2014, la CDU se ha comprometido a implementar una ley de doble nacionalidad con su socio de coalición, el SPD, con lo que el racismo de viejo cuño de un Rüttgers se ha quedado completamente fuera de juego en el seno de la CDU modernizada y neoliberal de la canciller Angela Merkel. Lo que los conservadores tradicionalistas tachan a menudo de “socialdemocratización de la CDU” representa de hecho una convergencia entre el SPD y la CDU sobre la base de la adopción común de la ideología neoliberal y la “culturalización de la cuestión social”.

Sarrazin, el pionero

Sobre este telón de fondo podemos ver en la nueva extrema derecha de la AfD, Pegida y compañía una radicalización desde la base de lo que esencialmente es un discurso propio del sistema. Sarrazin desempeñó al respecto un papel de pionero. Como miembro del senado berlinés presidido por el socialdemócrata Klaus Wowereit de 2002 a 2009, durante el periodo del gobierno de coalición “rojirroja” del SPD con el PDS (uno de los partidos predecesores de Die Linke), Sarrazin se forjó un renombre tanto por su radical aplicación de la austeridad fiscal en el land de Berlín, que se hallaba en quiebra, y sus inflamadas declaraciones sobre los pobres y otras gentes marginadas. En una entrevista publicada en el semanario Stern, Sarrazin declaró que los beneficiarios del seguro de desempleo crónico eran unos derrochadores de energía porque “suelen estar más en casa, quieren estar calientes y regulan la temperatura con la ventana”, defendiendo el cambio del sistema de bienestar de manera que “uno no pueda mejorar su nivel de vida teniendo hijos, como sucede hoy en día”.

Después de abandonar Berlín para asentarse en las aguas más plácidas de un breve mandato en el consejo del Bundesbank en Fráncfort, durante una entrevista con la revista Lettre Internationalsobre su experiencia como senador responsable de las finanzas, Sarrazin declaró lo siguiente a propósito de la población musulmana de Berlín: “No tengo por qué respetar a nadie que viva del Estado mientras al mismo tiempo rechaza ese Estado, no se ocupa razonablemente de la educación de sus hijos y produce continuamente pequeñas niñas con velo.” Todo esto fue un preludio de la publicación, en 2010, de su citado libro, donde dibuja un hiperbólico proceso de hundimiento de una Alemania aquejada de una tasa de natalidad declinante de su población autóctona y de un supuesto declive del coeficiente de inteligencia colectivo nacional debido a que la inmigración “musulmana” contribuye al crecimiento de una subclase permanente.

El libro de Sarrazin, que fue un arrollador éxito de ventas, tocó la fibra sensible del zeitgeist, al tiempo que constituyó una especie de manifiesto de una versión radicalizada de la nueva síntesis racista neoliberal-culturalista. Este racismo de nuevo tipo conserva trazas del viejo racismo, como el lamento antisemita de Sarrazin de que “los turcos están conquistando Europa exactamente del mismo modo que los kosovares conquistaron Kosovo: mediante tasas de natalidad más altas. Yo preferiría que fueran los judíos de Europa Oriental, que tienen un coeficiente de inteligencia un 15 % más elevado que la población alemana.”

Mientras que el libro de Sarrazin arrasó entre la población alemana, todavía tendría que pasar un tiempo entre su éxito de ventas en 2010 y el éxito electoral de la AfD y el surgimiento de Pegida en 2014. Una especie de “puente” ideológico fue el que se tendió con la creación en 2010 de la revista Compact, editada por Elsässer. En la portada del primer número aparecía una foto de Sarrazin bajo el siguiente título: “¿El próximo canciller federal?” La biografía política de Elsässer es una ilustración fascinante de cómo la nueva extrema derecha consigue integrar a elementos de la “izquierda” en el marco de un intento más amplio de configurar una nueva “rebelión conformista”. Antiguo profesor de formación profesional en Stuttgart, Elsässer se dio a conocer primeramente en la escena política como miembro de la Kommunistischer Bund (Liga Comunista, KB), un partido maoísta, en 1990, en el curso de las manifestaciones que dieron lugar a la disolución de la República Democrática Alemana.

Elsässer: de la extrema izquierda a la extrema derecha

En un artículo publicado en la revista del KB, Arbeiterkampf, y titulado “Por qué la izquierda ha de ser antialemana”, Elsässer expresó los temores de la izquierda radical germanooccidental con respecto al posible resurgimiento de una Alemania unificada como gran potencia, y al mismo tiempo estrenó lo que en el curso del decenio siguiente aparecería como tendencia diferenciada en el seno de la propia izquierda radical alemana. Como reportero del diario de izquierda Junge Welt, cofundador del semanario Jungle World y, finalmente, como editor de la venerable revista mensual de extrema izquierda, konkret, Elsässer pasó la mayor parte del decenio siguiente escribiendo artículos de cariz decididamente antinacionalista y contrario a la emergencia de un supuesto “IV Reich” alemán, un temor que pareció confirmarse con el papel que desempeñó Alemania en la fragmentación de la antigua Yugoslavia a raíz del reconocimiento de las repúblicas de Eslovenia y Croacia en 1991 por parte del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher y de la participación de Alemania en la guerra de Kosovo en 2000.

Cuando estalló la segunda Intifada en septiembre de 2000, Elsässer comenzó a ver al candidato israelí a primer ministro, Ariel Sharon, como una especie de Slobodan Milošević levantino, un jefe de Estado “antifascista” atribulado, víctima del imperialismo humanitario hegemónico liderado por Alemania. Sin embargo, tras la reafirmación de la hegemonía global de EE UU durante la Guerra de Afganistán en 2001 y de la subsiguiente Guerra de Iraq, que concitó la oposición de Francia y Alemania bajo la dirección de Jacques Chirac y Gerhard Schröder, respectivamente, Elsässer se vio obligado a revisar a fondo sus teorías. Después de todo, Alemania, pese a su importancia dentro de la Unión Europea, no era más que una potencia regional de segunda clase que oscilaba entre al atlantismo y las apuestas renovadas por constituirse en una “gran potencia” rival.

Elsässer comenzó a publicar libros y artículos en defensa de la constitución de un “eje Berlín-París-Moscú” opuesto a Washington. Después de que una serie de intervenciones explícitamente nacionalistas le cerraran las puertas de prácticamente todas las principales publicaciones de izquierda, Elsässer lanzó Compact, creando de este modo un centro ideológico coherente para una política de extrema derecha de nuevo tipo: resueltamente nacionalista, blande de modo explícito temas tradicionales de extrema derecha contra el “capital financiero”, plantea la formación de una potencia “eurasiática” como polo opuesto a EE UU y se muestra decididamente contrario a la inmigración en política interior, mientras que apoya a países “antiimperialistas” como Irán o Siria, en política exterior. Esta mezcla inusitada ha encontrado una audiencia entusiasta en la nueva extrema derecha y algunos elementos de la ideología están profundamente arraigados en el corazón de la propia sociedad alemana, como atestigua la presencia destacada de Compact en los quioscos de prensa de las estaciones de ferrocarril.

Las dos alas de la AfD

Por tanto, era inevitable que Elsässer saludara con entusiasmo el surgimiento de la candidatura electoral de AfD. Fundada inicialmente en 2013 como partido monotemático contrario al euro, la AfD expresó los intereses de una derecha conservadora que ya no se sentía representada por la CDU supuestamente “socialdemocratizada” de Merkel. Con una dirección compuesta por el economista de Hamburgo Bernd Lucke y el ex editor del Frankfurter Allgemeine Zeitung Konrad Adam, la AfD trató inicialmente de mantener un perfil decididamente “burgués”, distanciándose de los partidos neonazis tradicionales como la NPD y la Deutsche Volksunion (Unión Popular Alemana, DVU). Sin embargo, esta alianza insólita de nacionalconservadores que ven comprometida la soberanía de Alemania por instituciones multilaterales como la UE y monetaristas defensores de la austeridad más estricta, carentes de un referente político tras el colapso del Freidemokratische Partei (Partido Liberal Democrático, FDP), de derecha liberal, se convirtió en un polo de atracción irresistible para toda clase de derechistas que vieron en la AfD la oportunidad de crear una potente formación electoral a la derecha de la CDU y sus aliados bávaros de la CSU.

Con las impecables credenciales burguesas de Lucke y Adam, la AfD parecía estar bien pertrechada para acabar finalmente con el tabú de posguerra, expresado por el que fuera durante mucho tiempo presidente de la Unión Social Cristiana (CSU) bávara, Franz Josef Strauss, con la famosa frase de que “no puede haber ningún partido a la derecha de la CSU”. Aunque la AfD no logró superar la barrera del 5 % de los votos para entrar en el Bundestag (parlamento federal) en las elecciones de 2013, en 2014 obtuvo un 7,1 % en las elecciones al Parlamento Europeo y siete escaños en esta institución. En las elecciones regionales de los Estados federados orientales de Sajonia, Brandeburgo y Turingia, la AfD ya alcanzó porcentajes notables: el 9,7 %, el 12,2 % y el 10,6 %, respectivamente.

La posición política de la AfD oscila entre el liberalismo “respetable” de un Lucke, quien se considera adscrito a la tradición del ministro de Economía del periodo de posguerra, Ludwig Erhard, y de la CDU anterior a Merkel, y una derecha más radical, representada por la presidenta de Sajonia Frauke Petry. Mientras que ambas alas procuran distanciarse del tradicional racismo biológico populista a favor de un populismo neoliberal que preconiza una política de inmigración “en el interés de Alemania”, es decir, de brazos abiertos a los inmigrantes “económicamente útiles” y mano dura contra los demandantes de asilo y los “delincuentes extranjeros”, los contornos de la tensión entre ellas aparecen claramente en la controversia que se produjo cuando cuatro eurodiputados de la AfD, entre ellos Lucke y Henkel, votaron a favor de las sanciones a Rusia a raíz de la anexión de Crimea. Este hecho concitó la oposición de Petry y Alexander Gauland, ex miembro de la CDU y director de la cancillería de Estado de Hesse. Tenía razón Elsässer cuando describió el conflicto político surgido en el interior del partido como un enfrentamiento entre un “ala Pegida” y un “ala EE UU” (esta última sería la que mantiene la posición atlantista tradicional de la CDU de posguerra). Las tensiones alcanzaron un punto crítico a comienzos de 2015 cuando Lucke declaró que había que cambiar la estructura del partido de modo que solo hubiera un presidente (aunque finalmente ambas alas se pusieron de acuerdo en esta cuestión).

El racismo de Pegida

En todo caso, el movimiento Pegida sigue siendo la prueba palpable de la amplitud de la base social de esta nueva extrema derecha. Las manifestaciones, que en su punto álgido reunían a más de 20 000 personas todos los lunes en las marchas por el centro de Dresde, fueron un tema de debate importante durante gran parte del invierno de 2015. El nombre del movimiento –Patriotas europeos contra la islamización de Occidente– parece indicar que se trata de una iniciativa monotemática, nacida de una visión paranoica y ridícula de una inminente toma de Alemania por parte del islam. Sin embargo, quedarse con esta imagen sería subestimar el astuto oportunismo táctico de una iniciativa que pretende crear un movimiento xenófobo moderno, para el que la palabra “islam” no es más que una referencia útil. Esto se pone de manifiesto en la forma en que se creó la organización: el fundador, Lutz Bachmann, un extraño personaje con un pasado de delitos menores, creó un grupo en Facebook llamado Pegida con el fin de movilizar la protesta contra una marcha a través del centro de Dresde de simpatizantes del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). En otras palabras, pese a la pretensión de ser un movimiento contra la “islamización”, el Pegida se formó en realidad para protestar contra quienes apoyan a una organización kurda laica que actualmente está combatiendo al Estado Islámico (EI).

Es un movimiento contra la inmigración, como demuestra su declaración de 19 puntos, donde reclama una “política de tolerancia cero” contra los solicitantes de asilo e inmigrantes “criminales”; propugna una política de inmigración basada en los modelos “utilitaristas” de Suiza, Canadá y Australia; propone mantener y defender la “cultura judeo-cristiana de Occidente” y formula denuncias tan estrafalarias como la que se opone a la inclusión de la perspectiva de género en todas las políticas públicas, junto con llamamientos paranoides a favor de la prohibición de la sharíay las “sociedades paralelas”. El apoyo a la mejora de la atención a los solicitantes de asilo y la demanda de unas condiciones más humanas en las viviendas que se ponen a su disposición se incluyen para crear una imagen de Pegida como una formación moderna, “tolerante”, contraria a la inmigración, pero la base abiertamente racista del movimiento queda perfectamente reflejada en una serie de vídeos no editados con entrevistas realizadas por Panorama, un programa de noticias de la televisión pública. En ellos, los participantes en las manifestaciones de Pegida articulan puntos de vista típicos de la extrema derecha, como eso de que “Alemania no es un país soberano”, de que “las órdenes vienen de Tel Aviv y Washington” y de que los inmigrantes no son “refugiados de guerra”, sino más bien “parásitos”.

El carácter racista de Pegida llevó a Merkel a criticar públicamente al movimiento en su discurso de Año Nuevo y a urgir a la ciudadanía a que no acuda a sus manifestaciones. No obstante, Pegida se granjeó simpatías políticas de procedencia previsible: en enero de 2015, Petry invitó a la dirección de Pegida a una reunión con el grupo parlamentario de la AfD en el parlamento regional de Sajonia para hablar de las coincidencias entre el movimiento y el partido. Petry defendió asimismo a Pegida frente a las acusaciones de racismo en los medios. Sin embargo, las mismas tensiones inherentes al proyecto AfD también han provocado una crisis aguda en el seno de Pegida: la contradicción entre la apuesta por la respetabilidad burguesa y la necesidad de mantener una base fiel y apelar a un electorado tradicionalmente de extrema derecha. El discurso racista antimusulmán heredado de la intelectualidad liberal ha ayudado a la nueva extrema derecha a meter el pie en la puerta de la respetabilidad discursiva, pero en la medida en que este planteamiento da lugar a invitaciones a tertulias televisivas y manifestaciones de “preocupación” de los políticos por los temores “legítimos” de los ciudadanos, acaba entrando en conflicto con el núcleo descaradamente racista del movimiento.

Un ejemplo claro fue la controversia que surgió en torno al fundador Lutz Bachmann a raíz de la publicación en su muro de Facebook de una fotografía en que aparecía disfrazado de Hitler, además de algunas declaraciones en que califica a los extranjeros de “alimañas” y “sucia escoria”. Aunque Bachmann realizó inicialmente un gesto ostentoso y dimitió de la presidencia de Pegida para no dañar al movimiento (que desde diciembre de 2014 había adquirido la condición legal de “asociación registrada”), insistió pese a todo en mantener un papel en la organización, lo que provocó a su vez la dimisión de los miembros agrupados en torno a Kathrin Oertel, la autonombrada “asesora económica” y “experta inmobiliaria” que desempeñaba la función de tesorera del movimiento y pretendía mostrar una cara burguesa respetable de Pegida en la epónima tertulia televisiva de Günther Jauch.

Receloso ante un Bachmann irremediablemente manchado y contrario a toda asociación con el movimiento Legida de la ciudad de Leipzig, cuya dirección está más explícitamente anclada en la extrema derecha organizada, el grupo de simpatizantes de Oertel fundó la organización Direkte Demokratie für Europa (Democracia Directa para Europa, DDfE). La declaración fundacional de DDfE constituye un intento de ampliar la inicial fijación de Pegida en el islam y la inmigración para incluir el apoyo a la demanda de plebiscitos, iniciativas legislativas populares, “libertad de expresión”, “seguridad ciudadana”, la oposición al tratado TTIP de libre comercio planeado y la retirada de las sanciones de la UE a Rusia decretadas a raíz de la crisis de Ucrania, aunque manteniendo la imagen de respetabilidad pequeñoburguesa, que había quedado dañada cuando se reveló que Bachmann no era más que un vulgar matón racista.

La DDfE no logró reunir a más de 500 personas en su primera manifestación en Dresde, el 8 de febrero de 2015, mientras que el Pegida juntó a unas 2 000, una cifra muy inferior a las que solían darse apenas unos meses antes. Lo que resulta interesante en relación con la escisión de la DDfE es que su intento de distanciarse de Pegida no implica en modo alguno un alejamiento real de las posiciones políticas de extrema derecha; en efecto, su “expansión” en un movimiento más amplio favorable a la democracia popular y a una política más conciliadora hacia Rusia y contraria al libre comercio, etc., encaja perfectamente en la orientación preconizada por Elsässer y las “manifestaciones de los lunes” del nuevo “Movimiento por la Paz 2014”. En su lugar, la apuesta de la DDfE por la respetabilidad no se basa en ningún rechazo de la política de extrema derecha, sino más bien en el deseo de presentarse como una organización formada por gente “normal” del “centro de la sociedad”.

Un estudio publicado en enero de 2015, realizado por un equipo de investigación de la Universidad Técnica de Dresde, dio credibilidad a esta imagen, señalando que el 70 % de los participantes tenían empleo y no estaban en el paro, que la mayoría tenía ingresos ligeramente superiores a la media y un nivel educativo universitario o de formación profesional especializada. Pese a que otros académicos del Centro Científico de Berlín y del instituto de opinión pública Forsa lo tacharon de no representativo (65 de los llamados a participar se negaron a hacerlo), el estudio arroja una luz interesante sobre el movimiento Pegida desde el punto de vista de su continuidad con los movimientos tradicionales de extrema derecha.

Aunque ciertos teóricos de la Comintern de la década de 1930, como Georgi Dimitroff, hubieran calificado erróneamente el fascismo de “dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero”, León Trotsky y otros analizaron correctamente que el fascismo tenía una dimensión de clase autónoma, basada en la pequeña burguesía acosada por el miedo al declive social. Por tanto, las posiciones de extrema derecha de Pegida y DDfE y su intento de presentar una imagen burguesa “respetable” generan una tensión inherente a los movimientos de extrema derecha en su conjunto. La mayoría de encuestados en el estudio de la Universidad de Dresde que declararon que el principal motivo de su participación era una “insatisfacción general con la política” es una prueba más del espíritu apolítico de la extrema derecha contemporánea.

Por supuesto, cualquier análisis que trate de alguna manifestación contemporánea de la extrema derecha ha de responder por fuerza a la pregunta de “¿qué hacer?” En varias ciudades de Alemania Occidental ha habido admirables contramanifestaciones frente a sendos intentos de los nazis locales de formar Pegidas y otros grupos “gida” con nombres diferentes, pero la potencial base de masas de la extrema derecha en la Alemania Occidental histórica es bastante limitada y seguirá siéndolo dentro de un futuro previsible. Mucho más impresionantes fueron las manifestaciones masivas contra la marcha de Legida en Leipzig, aunque allí las circunstancias también eran más favorables debido al carácter más abiertamente fascista de este movimiento y la continuidad de un fuerte sentimiento antifascista en el seno de la izquierda de esta ciudad.

Un elemento problemático que no se ha examinado suficientemente en los debates de la izquierda radical sobre la nueva extrema derecha es la resistencia de muchos activistas de izquierda a abordar la especificidad del racismo antimusulmán. Si bien es cierto que la hostilidad expresada abiertamente contra los musulmanes oculta un planteamiento más amplio de carácter racista frente a los extranjeros, demasiado a menudo los activistas de izquierda alemanes se han negado a tratar el tema de cómo el racismo antimusulmán dominante en la intelectualidad liberal e incluso en partes de la izquierda radical ha abierto camino a la extrema derecha.

Una admirable oposición al antisemitismo que todavía cunde en la sociedad europea condujo, tras la segunda Intifada y las guerras de Afganistán e Iraq, a un alarmante racismo antimusulmán en una parte de la izquierda radical alemana. Hasta los sectores que no cayeron en esa trampa no tuvieron el cuidado de no confundir una crítica materialista general de la religión como tal con un discurso racista que pretende pintar a los musulmanes como personas especialmente patológicas o amenazas para la “ilustración” o la “civilización”. La transición de una figura como Elsässer de propagandista “antialemán” a figura de proa de la nueva extrema derecha nacionalista debería dar que pensar a aquellos militantes de la izquierda radical alemana que tratan de evitar la confrontación con discursos específicamente antimusulmanes y los límites difusos entre la defensa de la “racionalidad de la Ilustración” y los movimientos que claman por la protección de “Occidente”.

Anthony Fano Fernandez es un activista y escritor residente en Alemania.

Fuente original: https://www.jacobinmag.com/2015/02/germany-far-right-pegida/

Fuente: Rebelión

Traducción: VIENTO SUR

domingo, 13 de marzo de 2016

Israel está cada vez más fracturado por la religión y la política


Israel celebra hoy su 65 Día de la Independencia
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu (séptimo por la izquierda), en una celebración del Día de la Independencia EFE

Israel celebra hoy su 65 Día de la Independencia

Un estudio muestra que la mitad de los israelíes están a favor de expulsar del país a los árabes, que conforman el 19% de la población 

Tanto los judíos ultraortodoxos como los seculares están ganando terreno a los colectivos más moderados, y la política de asentamientos tiene el apoyo del 62% de quienes se identifican como de derechas 

The Guardian - Peter Beaumont (Jerusalén)


Israel se está desplazando políticamente muy a la derecha, está más polarizado en el ámbito de la religión y casi la mitad de su población está a favor de "la expulsión o traslado de los árabes", según una encuesta a gran escala de las actitudes de los israelíes desarrollada por uno de los centros de investigación social más relevantes del mundo.

Entre las conclusiones más llamativas del sondeo, realizado por la prestigiosa institución estadounidense Pew Research Centre, está el hecho de que una ajustada mayoría de los judíos israelíes se muestra "muy" o "bastante de acuerdo" con la idea de que los árabes deberían ser expulsados o trasladados de Israel. Los árabes israelíes suponen el 19% de los 8,4 millones de habitantes del país.

El 21% de los encuestados están "muy de acuerdo" con la propuesta y el 27%, "bastante de acuerdo", lo que suma un total del 48% de los israelíes judíos a favor del traslado de los ciudadanos árabes. El 46% se opone, mientras que el 6% restante no opina. Además, la encuesta de Pew señala que:

- El 42% de los que han respondido al cuestionario creen que la construcción constante de asentamientos en Cisjordania contribuyen a la seguridad de Israel, frente al 30% que los considera perjudiciales.

- El 79% considera que los ciudadanos judíos de Israel deberían tener un trato preferente respecto a los ciudadanos árabes.

- El 61% cree que Dios entregó Israel al pueblo judío.

Pew entrevistó a más de 5.600 adultos israelíes entre octubre de 2014 y mayo de 2015, incluidos 3.789 judíos, 871 musulmanes, 468 cristianos y 439 drusos. Ha publicado sus conclusiones esta semana.

Polémica por la formulación de una pregunta
La pregunta sobre los traslados pronto generó críticas, por la acusación de estar formulada de manera vaga. Entre los críticos está el premiado sociólogo israelí Sammy Smooha, que dijo lo siguiente al periódico israelí Haaretz: "Aunque está claro que habría que condenar el apoyo a la expulsión y a los traslados, la formulación de la pregunta es confusa y vaga".

El sociólogo añadió que "la forma en que se presenta la pregunta, la frase 'para expulsar a los árabes de Israel', es evasiva e incluso es fácil estar de acuerdo con ella". El director de investigación religiosa de Pew, Alan Cooperman, defendió la metodología y dijo que la pregunta sobre el apoyo a los traslados era directa y simple.

La investigación identifica las filiaciones políticas de los israelíes. Parece confirmar que se está dando un desplazamiento hacia la derecha. El 55% de los israelíes se consideran a sí mismos en el centro político, el 37% a la derecha y solo el 8% a la izquierda.

En cuanto a la pregunta sobre una paz negociada con los palestinos, en torno al 40% de los judíos israelíes dicen que se puede encontrar la manera de que Israel coexista con un futuro Estado palestino, y un porcentaje similar cree que eso no es posible. Esas cifras han variado relativamente poco en los últimos años. Sin embargo, el porcentaje de árabes israelíes que consideran posible esa convivencia cayeron del 74% en 2013 al 50% en 2015.

Solo los ciudadanos de derechas apoyan los asentamientos
Las respuestas cambian mucho en función de la filiación política del encuestado. Entre los de derechas, el 62% afirma que los asentamientos contribuyen a la seguridad, mientras que solo el 13% de los de izquierdas está de acuerdo. De forma similar, solo el 29% de los de la derecha creen que Israel puede vivir de forma pacífica junto a un Estado palestino, frente al 86% de la izquierda.

El estudio también muestra que Israel se está convirtiendo en una sociedad más polarizada en lo religioso. Tanto los judíos ultraortodoxos como los seculares están ganando terreno a los colectivos más moderados. A pesar de eso, el porcentaje de la población que considera la religión "muy importante" en su vida (30%) sigue estando detrás del de Estados Unidos, donde más de la mitad define la religión como muy importante.

La encuesta llega en un momento de punto muerto entre Israel y Palestina, con una mayor presión internacional para que Israel retroceda en su ofensiva de asentamientos. Entre la minoría árabe de Israel, la mitad de los encuestados afirma que un Estado palestino independiente podría convivir en paz con Israel, lo que supone una caída en picado respecto a sondeos anteriores.

La investigación también muestra un país profundamente dividido en familias religiosas y políticas, en el que los judíos muy religiosos tienden a casarse con personas de sus mismos grupos. Según el estudio, el 95% de los jaredíes (judíos ultraortodoxos) y el 93% de los judíos seculares están casados con alguien del mismo subgrupo, mientras que el 85% de los judíos sionistas tienen un cónyuge también sionista.

La encuesta indica que asuntos como el traslado de "árabes" tienen más apoyo entre quienes se consideran de derechas o religiosos. Entre estos últimos, el 69% de los judíos ultraortodoxos y el 54% de los judíos tradicionales apoyan los traslados y la expulsión, mientras que entre los judíos seculares el 58% se opone a esos traslados y un tercio está a favor.

Traducido por:  Jaime Sevilla
Fuente: eldiario.es

domingo, 14 de febrero de 2016

La extrema derecha está lista para una nueva crisis económica






Owen Jones

The Guardian

Deberíamos aprender de la historia para que la izquierda europea prepare una alternativa a la austeridad. Y rápido. España es uno de los países más castigados, pero el descontento popular se ha materializado en Podemos y no en un partido radical de derechas.

La última crisis económica no ha terminado del todo mientras que una nueva podría estar a punto de surgir. Los europeos han sufrido durante años y años el desempleo, un deterioro de su calidad de vida y unos recortes en los servicios sociales que se han hecho cuesta arriba hasta la aniquilación. La desintegración de Siria ha generado un maremoto de miseria humana que rompe contra las fronteras y a veces deja sus secuelas en las orillas del continente europeo. Y la derecha ya ocupa una posición de poder con sus políticas populistas anti-inmigración, desde Suecia hasta Francia, pasando por Grecia y Holanda.
Así que cuando el exministro de Finanzas griego, el todoterreno Yanis Varufakis, alerta de que Europa podría precipitarse hacia unos modernos años 30, es momento de sentarse, escuchar y prepararse.
Cualquiera es capaz de predecir la próxima crisis económica y luego atribuirse el mérito, pero esto es todo lo que sabemos. Nunca llegamos a superar la anterior crisis: nos mantenemos en las secuelas del desastre, una década perdida, y los gobiernos tendrán unas opciones bastante más limitadas si se enfrentan a otro hundimiento. En la Eurozona -donde los miembros de la moneda única dejan poco margen de maniobra y los años de recortes han derivado en una devastación social y económica- una de cada 10 personas sigue en el paro.
Es especialmente desalentador para los jóvenes, a quienes el desempleo afecta en una quinta parte; en Grecia y España el número de parados incluye casi a la mitad de ellos; en Italia, al 38%; y en Francia a casi un cuarto . El "licenciado sin futuro", como lo describe el periodista Paul Mason, es reconocible por todo el continente. Un perfil que se corresponde con la gente joven que descubre que las oportunidades que esperan de su formación simplemente no existen.
La pobreza y la adversidad se han convertido en el destino de un número cada vez más preocupante de europeos. Intermón Oxfam afirmó que 7,5 millones más de europeos sufrían en 2013 una "importante carencia de bienes materiales" en comparación con los cuatro años anteriores.
Y ahora el fantasma económico de 2008 parece estar nuevamente de gira. El crecimiento global cada vez depende más de una economía china en retroceso. Los temores crecen ante una recesión de Estados Unidos, el despertar de la producción industrial europea y una posible crisis crediticia en los bancos de Europa. Las imágenes de inversores entrando en pánico, y echándose las manos a la cabeza cuando se desploma la bolsa, contribuyen a una sensación de déjà vu. La política económica de (George) Osborne ha dejado al Reino Unido poco preparado para una crisis, ya que el débil incremento salarial implica una menor recaudación fiscal y la reducción de la producción industrial nos deja más dependientes que nunca de los mercados financieros.
¿Y quién está ahí aguardando mientras se prepara y se consolida? La extrema derecha europea, que se está alimentando del desaliento de la crisis económica y del revés contra los refugiados que huyen de la violencia de Oriente Medio. Donde antes el objetivo principal era la comunidad judía, ahora es la musulmana.
A pesar de que no consiguió el éxito previsto en las elecciones regionales de diciembre, el ultraderechista Frente Nacional de Marine Le Pen -combinando una política anti-inmigración con una audaz retórica de ataque contra la izquierda- ganó cerca de 7 millones de votos en Francia. Aunque, afortunadamente, la líder tiene pocas posibilidades de hacerse con la presidencia -al menos en el actual ambiente político-, es bastante posible que encabece la primera vuelta.
Además, la formación de extrema derecha Demócratas de Suecia -de origen neonazi- ha liderado en ocasiones las encuestas de opinión y recibe el apoyo habitual de una quinta parte del electorado. He aquí un partido cuyo líder identificó la expansión del Islam como "la mayor amenaza extranjera desde la Segunda Guerra Mundial". En Finlandia, afectada por la recesión económica, el partido de extrema derecha Verdaderos Finlandeses está actualmente en el Gobierno.
La Liga Norte de Italia está avanzando posiciones en el país. Su líder, Matteo Salvini, ha exigido desmantelar los asentamientos de gitanos, y Luca Zaia, tras convertirse en gobernador de Venecia, reclamó el año pasado la expulsión de los migrantes africanos. Mientras, el ultraderechista Partido de la Libertad de Austria -cuyo presidente Jörg Haider fue acusado de simpatizar con los nazis- no ganó las elecciones de Viena del año pasado pero batió el récord con sus resultados.
Los sondeos en Holanda señalan que la formación liderada por Geert Wilders, quien, como Donald Trump, quiere frenar la inmigración musulmana para impedir una "invasión islámica", va en camino de encabezar las elecciones generales. En la Grecia azotada por la austeridad, el partido neonazi Amanecer Dorado aterroriza a los inmigrantes. Incluso en Alemania, donde en la posguerra evitaron el auge del fascismo, los populistas de extrema derecha de Alternativa para Alemania cada vez cuentan con más apoyos.
Por lo tanto, en la izquierda recae la responsabilidad de ofrecer una salida alternativa. Es posible. España ha sido más castigada que muchos, pero no se ha impuesto ningún partido radical derechas con políticas anti-inmigración como los anteriores. En su lugar, el descontento popular se ha catalizado en Podemos, un partido progresista que plantea una alternativa a la austeridad.
Podemos ha prosperado gracias a movimientos organizados en comunidades locales tales como las plataformas contra los desahucios. Pero también vale la pena atender a su enfoque de la comunicación. El partido ha conseguido quedar muy por encima de la habitual zona tradicional de las formaciones progresistas, rompiendo con los símbolos y el lenguaje de la izquierda, incluso al resistirse a usar ese lenguaje contra el de la "derecha". Han atraído a una generación joven desesperada con un mensaje implacable de optimismo y esperanza. Podemos tiene un enfoque firmemente patriótico, pero que redefine el patriotismo en favor de la mayoría contra la élite y libera al país de la injusticia.
La izquierda -incluida la británica- tiene mucho que aprender. Generar una alternativa convincente y coherente a la tala y quema de la economía, entre otras razones porque si otra crisis económica está en camino, es también totalmente necesario. Pero debería ser mucho más urgente entre las filas izquierdistas, ya que las de la extrema derecha son más fuertes, están mejor organizadas y posicionadas para beneficiarse ante cualquier crisis inminente. La historia de Europa debería ser lo suficientemente alarmante. Ha llegado el momento de prepararse, y rápido.
Fuente: http://www.eldiario.es/theguardian/Europa-deberia-preparada-crisis-economica_0_483301805.html
Traducción de: Mónica Zas

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