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viernes, 21 de octubre de 2016

En busca del chivo expiatorio


por Thierry Meyssan
Alemania, Francia, Rusia y Ucrania trataron en Berlín de desbloquear los conflictos que tienen lugar en Ucrania y Siria. Sin embargo, desde un punto de vista ruso, esos bloqueos sólo existen porque el objetivo de Estados Unidos no es la defensa de la democracia que tanto proclama Washington sino impedir el desarrollo de Rusia y China cerrándoles las “rutas de la seda”. Al disponer de ya evidente superioridad en materia de guerra convencional, Moscú hizo todo lo posible por conectar el Medio Oriente con el este de Europa. Y lo logró concediendo la prolongación de la tregua en Siria a cambio del cese del bloqueo de la aplicación de los acuerdos de Minsk. Mientras tanto, Washington sigue tratando de hacer recaer su propia culpabilidad sobre alguno de sus aliados. Al no lograrlo con Turquía, la CIA se vuelve ahora hacia Arabia Saudita.
El conflicto que enfrenta a Estados Unidos con Rusia y China se desarrolla en dos frentes: por un lado, Washington busca un chivo expiatorio para hacerlo responsable de la guerra contra Siria, mientras que Moscú –que ya vinculó la cuestión siria con el tema yemenita– trata de agregarles el tema de Ucrania.

Washington busca un chivo expiatorio

Para salir de esta situación con la frente alta, Estados Unidos tiene que atribuir la responsabilidad de sus crímenes a alguno de sus aliados. Y tiene 3 posibilidades: endilgarle la culpa a Turquía, a Arabia Saudita o a las dos juntas. Turquía está presente en Siria y en Ucrania, pero no en Yemen; mientras que Arabia Saudita está presente en Siria y Yemen, pero no en Ucrania.

Turquía

Disponemos ahora de información verificada sobre lo que realmente sucedió en Turquía el pasado 15 de julio, y esa información nos obliga a revisar nuestro juicio inicial.

En primer lugar, era evidente que poner la dirección de las hordas yihadistas en manos de Turquía después del atentado que sacó del juego al príncipe saudita Bandar ben Sultán no podia traer otra cosa que problemas. En efecto, Bandar era un intermediario obediente, pero Erdogan seguía su propia estrategia, tendiente a la creación de un 17º imperio turco-mongol, lo cual lo llevaría a utilizar los yihadistas en misiones diferentes a lo previsto en Washington.

Además, Estados Unidos no podía dejar de castigar al presidente turco Erdogan por acercar su país a Rusia en el plano económico, a pesar de ser Turquía un país miembro de la OTAN.

En fin, en plena crisis alrededor del poder mundial, el presidente turco Erdogan se convertía en chivo expiatorio ideal para salir de la crisis siria.

Desde un punto de vista estadounidense, el problema no es Turquía, indispensable como aliado regional, ni el MIT (los servicios secretos turcos) de Hakan Fidan, quien organiza el movimiento yihadista en todo el mundo, sino Recep Tayyip Erdogan.

Por consiguiente, la National Endowment for Democracy (NED) trató primeramente, en agosto de 2013, de llevar a cabo una revolución de color organizando manifestaciones en el parque Gezi de Estambul. Esa operación fracasó o Washington cambió de idea.

Se decidió entonces derrocar a los islamistas del AKP a través de las urnas. La CIA organizó la transformación del HDP en un verdadero partido de las minorías y preparó a la vez una alianza entre esa formación política turca y los socialistas del CHP. El HDP adoptó un programa muy abierto de defensa de las minorías étnicas (los kurdos) y de las minorías sociales (feministas y homosexuales) e incluyó el tema ecológico. El CHP fue reorganizado, tanto para disimular el hecho que los alevitas [1] estaban excesivamente representados en el seno de ese partido como para promover la candidatura del ex presidente de la Corte Suprema. Pero, aunque el AKP perdió las elecciones en julio de 2004, no fue posible concretar la alianza entre el CHP y el HDP. Así que hubo que realizar nuevas elecciones legislativas en noviembre de 2014, elecciones que Recep Tayyip Erdogan “arregló” descaradamente.

Washington decidió entonces proceder a la eliminación física de Erdogan. Entre noviembre de 2014 y julio de 2016 hubo 3 intentos de asesinato contra Erdogan. Contrariamente a lo que se dijo, la operación del 15 de julio de 2016, no era una intentona golpista sino una operación para liquidar solamente al presidente turco. La CIA había utilizado los vínculos industriales y militares turco-estadounidenses para reclutar dentro de la fuerza aérea turca un pequeño equipo que se encargaría de eliminar al presidente durante sus vacaciones. Pero ese equipo fue traicionado por varios oficiales islamistas (estos últimos constituyen casi un 25% de las fuerzas armadas turcas) y el presidente fue advertido una hora antes de la llegada del comando que iba a “encargarse” de él. Erdogan fue trasladado a Estambul, bajo la protección de militares leales a su régimen. Conscientes de las previsibles consecuencias de su fracaso, los conspiradores iniciaron un golpe de Estado sin preparación previa y en momentos en que todavía existía una intensa circulación de personas en Estambul. Por supuesto, fracasaron. El objetivo de la subsiguiente represión no era sólo arrestar a los autores del intento de asesinato, ni tampoco a los militares que se unieron al golpe de Estado improvisado sino más bien a todos los pro-estadounidenses: primeramente, a los laicos kemalistas y luego a los islamistas seguidores de Fethullah Gulen. En total, más de 70 000 personas fueron puestas bajo investigación y hasta hubo que liberar presos comunes para tener dónde encarcelar a los pro-estadounidenses.

La manía de grandeza del presidente Erdogan y su aparatoso Palacio Blanco, su manipulación de las elecciones y la represión que ha desatado contra todo el que no esté totalmente de acuerdo con él lo convierten en chivo expiatorio ideal de los errores cometidos en Siria. Sin embargo, el hecho que haya logrado sobrevivir a una revolución de color y 4 intentos de asesinato hace pensar que no será posible sacarlo del juego rápidamente

Arabia saudita

Para Estados Unidos, Arabia Saudita es tan indispensable como Turquía, por 3 razones: primeramente, por sus reservas de petróleo, de volumen y calidad excepcionales –aunque lo que le interesa a Washington ya no es consumir ese petróleo sino sólo controlar su venta–; por los enormes volúmenes de dinero que maneja el reino (pero sus ingresos han sufrido una caída del 70%) y que permitían financiar operaciones secretas sin control del Congreso estadounidense; y, finalmente, por el control que ejerce sobre las fuentes del yihadismo. En efecto, desde 1962 y la creación de la Liga Islamista Mundial, Riad financia, por cuenta de la CIA, la Hermandad Musulmana y la cofradía de los Naqchbandis, las dos cofradías de donde provienen todos los cuadros yihadistas del mundo.

Pero el carácter anacrónico de Arabia Saudita, propiedad privada de una familia de príncipes que nada tiene que ver con los principios comúnmente reconocidos de la libertad de expresión y la libertad religiosa, exige cambios radicales.

Debido a ello, la CIA organizó, en enero de 2015, la sucesión del rey Abdallah. La noche misma del fallecimiento del soberano, la mayoría de los incapaces fueron apartados de sus cargos y el país fue enteramente reorganizado siguiendo un plan previo. En este momento, el poder se halla repartido entre tres clanes principales: el rey Salman (y su querido hijo el príncipe Mohamed), el hijo del príncipe Nayef (el otro príncipe Mohamed) y el hijo del difunto rey (el príncipe Mutaib, comandante de la Guardia Nacional).

En la práctica, el rey Salman –de 81 años– permite que su hijo, el dinámico príncipe Mohamed –de 31 años– gobierne por él. Y este príncipe Mohamed incrementó la injerencia saudita en Siria, luego emprendió la guerra contra Yemen. En el plano interno, ha iniciado un amplio programa de reformas económicas y de carácter societal enmarcadas en su llamada «Visión para 2030».

Pero los resultados se hacen esperar. El reino saudita se ha empantanado en Siria y en Yemen y esta última guerra incluso le está costando más caro de lo que esperaba debido a las incursiones de los hutis en territorio saudita y las derrotas que han logrado infligir al ejército de Riad. En el plano económico, las reservas petroleras están llegando a su fin y la derrota en Yemen impide a los sauditas la explotación de lo que se ha dado en llamar el «la Cuarta Parte Vacía», o sea la región que abarca parte de los dos países. Cierto es que la caída de los precios del petróleo ha permitido a Arabia Saudita eliminar a varios de sus competidores, pero también ha agotado el Tesoro del reino, que ahora se ve obligado a buscar préstamos en los mercados internacionales.

Arabia Saudita nunca ha sido tan poderosa y a la vez tan frágil. La represión política alcanzó su apogeo con la decapitación del jefe de la oposición, el jeque Al-Nimr. La rebelión va más allá de la minoría chiita y se extiende también a las provincias sunnitas del oeste. En el plano internacional, la coalición árabe es ciertamente impresionante, pero hace agua por todas partes desde que Egipto se retiró de ella. El público acercamiento de Arabia Saudita a Israel en contra de Irán escandaliza al mundo árabe y musulmán. Más que ser una alianza más, el acercamiento entre Riad y Tel Aviv demuestra el pánico que embarga a la familia real, hoy objeto del odio de todos.

Visto desde Washington, ha llegado el momento de escoger a los elementos que sería conveniente salvar en Arabia Saudita y deshacerse de los demás. La simple lógica indicaría un regreso la anterior repartición del poder entre el clan de los Sudairis –pero sin el príncipe Mohamed ben Salman, quien ya demostró su incapacidad– y los Chammar –la tribu del difunto rey Abdallah.

Tanto para Washington como para los súbditos sauditas, lo mejor sería que falleciera el rey Salman. Su hijo Mohamed se vería entonces apartado del poder, que iría a manos del otro príncipe Mohamed (el hijo de Nayef), mientras que el príncipe Mutaib se mantendría en el puesto que actualmente ocupa, a la cabeza de la Guardia Nacional.

En Arabia Saudita, al igual que en Turquía y en otros países aliados de Estados Unidos, la CIA trata de mantener las cosas como están. Y para ello se limita a organizar por debajo de la mesa intentos de cambios de dirigentes, pero sin tocar las estructuras. El carácter puramente cosmético de esas modificaciones facilita que su trabajo se mantenga en la sombra.

Moscú trata de negociar juntos el Medio Oriente y Ucrania

Rusia logró establecer una conexión entre los campos de batalla de Siria y Yemen. Su despliegue militar en el Levante es público desde hace un año, pero también está presente desde hace 3 meses –de manera no oficial– en Yemen, donde participa activamente en los combates. Al negociar simultáneamente el alto al fuego en Alepo y otro alto al fuego en Yemen, Rusia obligó a Estados Unidos a vincular ambos teatros de operaciones. En esos dos países, las fuerzas rusas muestran su superioridad en materia de guerra convencional ante los aliados de Washington, evitando la confrontación directa con el Pentágono. Con esa finta, Moscú evita tener que implicarse en Irak, a pesar de sus antecedentes históricos en ese tercer país.

Sin embargo, la disputa entre los Dos Grandes se origina fundamentalmente en el corte de las dos rutas de la seda, primero en Siria y después en Ucrania. Lógicamente, Moscú trata por eso de vincular los dos asuntos en sus negociaciones con Washington. Esto resulta muy lógico, sobre todo teniendo en cuenta que la propia CIA ya creó un vínculo entre los dos campos de batalla a través de Turquía.

Al viajar a Berlín, el 19 de octubre, el presidente ruso Vladimir Putin y su ministro de Exteriores Serguei Lavrov tenían intenciones de convencer a Alemania y Francia, fuera de la presencia de Estados Unidos, de vincular estos temas. Así que extendieron la tregua en Siria a cambio del cese del bloqueo de los acuerdos de Minsk por parte de Ucrania, un trato que no dejará de irritar a Washington, que hará todo lo que esté en sus manos para sabotearlo.

Por supuesto, al final Berlín y Londres acabarán alineándose detrás de su amo otaniano. Pero, desde el punto de vista de Moscú más vale un conflicto congelado que una derrota –tanto en Ucrania como en Transnistria, por ejemplo. Además, todo lo que afecte la unidad de la OTAN acerca el fin de la supremacía estadounidense.

[1] La religión alevita es la versión turca del alauismo sirio.

Thierry Meyssan
Red Voltaire
Voltaire, edición Internacional

NOTICIERO DEL CAMBIO DE ORDEN MUNDIAL #12

Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

sábado, 17 de septiembre de 2016

Un grupo de radicales lanza fuegos artificiales y una bomba de humo contra la embajada rusa en Kiev


Ataque a la embajada con pirotecnia

Un grupo de radicales lanza fuegos artificiales y una bomba de humo contra la embajada rusa en Kiev
El suceso ha ocurrido en vísperas de las elecciones legislativas que celebra este domingo Rusia en todo su territorio, incluida la anexionada Crimea


Una veintena de radicales han lanzado esta madrugada fuegos artificiales y una bomba de humo contra el edificio de la embajada rusa en Kiev, en vísperas de las elecciones legislativas que celebra este domingo Rusia en todo su territorio, incluida la anexionada Crimea.

"Sobre la una de la madrugada, una veintena de atacantes han lanzado una bomba de humo y han disparado contra la embajada desde una lanzadera de fuegos artificiales. Por suerte, no ha habido incendio ni tampoco heridos, aunque el edificio ha sufrido daños”, ha informado la legación diplomática.

Los radicales, que han atacado la embajada con pasamontañas, han sido detenidos por la policía ucraniana, que ha incautado la lanzadera con la que se disparó contra el edificio.

A menos de 24 horas para la apertura de los colegios electorales en la propia embajada y en los tres consulados rusos en territorio ucraniano, Kiev no ha aclarado si garantizará la seguridad en torno a esas legaciones para que los ciudadanos rusos residentes en Ucrania puedan ejercer su derecho a voto sin miedo a ser agredidos.

La presidenta del Comité Electoral Central ruso, Ela Pamfílova, ha dejado claro este sábado que Rusia abrirá sus colegios electorales en Ucrania pese a la amenaza del líder de ese país, Petró Poroshenko, de no permitir las votaciones en las sedes diplomáticas rusas a menos que Rusia desista de celebrar los comicios en la anexionada Crimea.

"Nosotros hemos hecho todo lo que debíamos. Todas las papeletas están en su sitio y los colegios están listos. La seguridad la debe garantizar el Estado en cuyo territorio se encuentran nuestros colegios electorales", ha dicho Pamfílova a los periodistas.

También el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, aseguró este viernes que tanto en la Embajada en Kiev como en los consulados de Odessa, Lvov y Járkov, se abrirán los correspondientes centros de votación para los rusos que residen en Ucrania. Pese a sus amenazas, las autoridades ucranianas no han explicado cómo pretenden evitar las votaciones.
Fuente: La Vanguardia

sábado, 10 de septiembre de 2016

G20





por Thierry Meyssan

Los jefes de Estado y de gobierno buscan oportunidades para reunirse y abordar cuestiones bilaterales, incluso de carácter multilateral. Y acaban padeciendo de “reunionitis”, una enfermedad que consiste en realizar cumbres inútiles sólo para poder reunirse y negociar sobre otros temas, sin tener que justificar ese otro encuentro. La cumbre del G20 en Hangzu no escapó a esa nueva tendencia.
Los jefes de Estados de los países miembros del G20 acaban de reunirse en Hangzhu (China). El G20 es el encuentro entre las 19 economías más importantes del mundo –no participan España, los Países Bajos, ni Suiza– más la Unión Europea. Este foro fue creado en 1999, al margen del G7, con los ministros de Relaciones Exteriores para asociar las economías emergentes a las decisiones de las potencias occidentales. Y posteriormente se convirtió en una cumbre entre los jefes de Estado, ante la crisis financiera de 2008, con la esperanza de limitar la propagación de aquella crisis.

El hecho es que ninguna cumbre del G20 ha tomado decisión alguna sobre ningún tema. Lo cual es más bien tranquilizador porque lo contrario querría decir que son los ricos quienes deciden en lugar de los pobres.

Se supone que el G20 se dedicar al análisis de los problemas económicos. Actualmente se trata de la pérdida de impulso del crecimiento mundial, de una eventual detención de la globalización y de la posible disolución de la Unión Europea. En la apertura del G20, el presidente chino Xi Jinping subrayó la necesidad, en su opinión, de evitar el regreso al proteccionismo y de seguir, por el contrario, desarrollando el comercio mundial para dar un nuevo impulso al crecimiento.

Sin embargo, debido a la poca influencia de los responsables políticos sobre la economía, el G20 fue sobre todo una oportunidad para que los participantes se reunieran al margen de la cumbre para abordar temas políticos: Ucrania, Siria y el terrorismo.

Como siempre sucede, todo el mundo dijo querer preservar la libertad comercial, defender la paz y luchar contra el terrorismo. Pero todos saben que la supremacía de Estados Unidos no resistirá por mucho tiempo ante la apertura de las dos «rutas de la seda» y que los estadounidenses están haciendo todo lo posible para dividirlos en bandos separados utilizando la cuestión del Donbass, en Ucrania, y los conflictos en Siria e Irak.

La Casa Blanca anunció que había fracasado la negociación con el Kremlin por la paz en Siria, supuestamente porque Moscú «dio marcha atrás» sobre «numerosos puntos». ¿Cuáles son esos puntos? La Casa Blanca prefirió, por supuesto, no precisarlos… ¿Por qué? Porque no existen. Desde la conclusión del acuerdo de paz de Ginebra-1, en junio de 2012, son los occidentales –y sólo ellos– quienes han hecho fracasar las numerosas negociaciones. Por dos razones:

La primera es que no quieren una paz generalizada, porque pretenden mantener el caos en el desierto sirio-iraquí para impedir los intercambios comerciales entre Asia y Europa.
La segunda razón es que Washington no quiere reconocer que Rusia ha recuperado el lugar que ocupaba la URSS en la escena internacional, ni compartir el poder con ella.
En cuanto a la lucha contra el terrorismo, desde hace años es el pretexto ideal para permitir a Estados Unidos controlar las transferencias de fondos, lo cual permite a quienes financian el terrorismo y arman a los terroristas mantener las sanciones precisamente contra quienes realmente luchan contra el terrorismo: Irán, Rusia y Siria.

El G20 no puede ser, por consiguiente, más que una oportunidad para dar pequeños pasos políticos con el pretexto de celebrar una reunión de carácter económico. De esa manera, Rusia y Turquía aprovecharon ese encuentro para culminar el restablecimiento de sus intercambios comerciales y económicos, lo cual debería contribuir a que se produzca una evolución de la posición de Ankara sobre Siria.

Thierry Meyssan

Fuente: Al-Watan (Siria) - Red Voltaire

lunes, 11 de enero de 2016

Ucrania: ¡Heil mein OTAN!

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por Manlio Dinucci

La hoja de ruta para la cooperación militar entre la OTAN y Ucrania, que se firmó en diciembre de 2015, integra ahora prácticamente las fuerzas armadas y la industria de guerra de Kiev a las de la alianza atlántica, bajo la dirección de Estados Unidos. Sólo falta la entrada formal de Ucrania en la OTAN. El presidente Porochenko anunció, en ese sentido, un «referéndum», cuya fecha está aún por definir, e incluso predijo una clara victoria del «», basándose para ello en un «sondeo» ya realizado. La OTAN, por su parte, garantizó que Ucrania, «uno de los más sólidos socios de la alianza», está «firmemente comprometida con la aplicación de la democracia y la legalidad».
Los hechos son muy claros. La Ucrania de Petro Porochenko –oligarca que se enriqueció con el saqueo de las propiedades del Estado, a pesar de lo cual el primer ministro italiano Matteo Renzi canta loas a su «sabio liderazgo»– decretó en diciembre la ilegalización del Partido Comunista, acusado de «incitación al odio étnico y violación de los derechos humanos y las libertades». Hasta los símbolos comunistas están ahora prohibidos por la ley y el simple hecho de cantar La Internacional en Ucrania puede ser castigado con entre 5 y 10 años de cárcel.
Es este el acto final de una campaña de persecución análoga a la que caracterizó el ascenso del fascismo en Italia y del nazismo en Alemania. Sedes del partido destruidas, linchamientos de dirigentes, periodistas torturados y asesinados, militantes quemados vivos en la Bolsa del Trabajo de Odesa, civiles desarmados masacrados en Mariupol y bombardeados con fósforo blanco en Slaviansk, Lugansk y Donetsk.
Un verdadero golpe de Estado organizado por Estados Unidos y la OTAN, cuyo objetivo estratégico es provocar en Europa una nueva guerra fría para debilitar y aislar a Rusia y, al mismo tiempo, fortalecer la influencia y la presencia militar de Estados Unidos en Europa. Grupos neonazis, entrenados y armados con esos fines, como lo demuestran las fotos de militantes de Uno-Unso que se entrenaron en 2006 en Estonia, fueron utilizados como tropas de asalto durante el putsch de la plaza Maidan y en las acciones posteriores. Las formaciones de neonazis fueron posteriormente incorporadas a la Guardia Nacional, entrenada por varios cientos de instructores estadounidenses de la 173 división aerotransportada, transferida de Vicenza a Ucrania, y por otros militares de la OTAN.
La Ucrania del régimen de Kiev se ha convertido así en el «vivero» del nazismo que hoy renace en pleno corazón de Europa. Neonazis provenientes de toda Europa (incluyendo Italia) y de Estados Unidos llegan a Kiev, reclutados principalmente por Pravy Sektor y por el batallón Azov, cuya ideología nazi se expresa claramente en el emblema que utiliza, calcado del emblema de la división SS Das Reich. Después de recibir entrenamiento y de pasar por un bautismo de fuego participando en acciones militares contra los rusos de Ucrania en la región de Donbass, esos neonazis regresan a sus respectivos países con el pasaporte ucraniano en el bolsillo, a modo de «salvoconducto».
Al mismo tiempo, la ideología nazi está siendo difundida en Ucrania entre las jóvenes generaciones. De eso se ocupa fundamentalmente el ya mencionado batallón Azov, que organiza campos de entrenamiento militar y de formación ideológica para adolescentes y niños, enseñándoles ante todo a odiar a los rusos.
Y todo esto está sucediendo con la complicidad de los gobiernos europeos. Por iniciativa de un parlamentario de la República Checa, el jefe del batallón Azov, Andriy Biletsky, aspirante al título de «Fuhrer» de Ucrania, fue recibido en el Parlamento Europeo como «orador invitado». Esto forma parte del «apoyo práctico de la OTAN a Ucrania», incluyendo el «Programa de Fortalecimiento de la Educación Militar» en el que participaron, en 2015, 360 profesores ucranianos, que fueron instruidos por 60 expertos de la OTAN. En el marco de otro programa de la OTAN, el de «Diplomacia Pública y Comunicaciones Estratégicas», se enseña a las autoridades a «contrarrestar la propaganda rusa» y a los periodistas a «generar historias con hechos desde la Crimea ocupada y la Ucrania oriental».

Manlio Dinucci
Fuentes:
Il Manifesto (Italia)
Red Voltaire

martes, 29 de diciembre de 2015

El Estado Mayor Conjunto denuncia la influencia de los halcones liberales sobre la Casa Blanca


 




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Los generales Michael T. Flynn, ex director de la agencia de inteligencia del Pentágono (DIA), y Martin Dempsey, ex jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos (JCS), posan con sus esposas. Después de haber obedecido en silencio, hoy arremeten contra la influencia de los halcones liberales sobre la Casa Blanca. Para ambos generales, Washington debería actuar como un socio confiable para Moscú, en vez de seguir jugando sucio en Siria y Ucrania. 




¿Pueden los militares influir en los políticos o deben limitarse a obedecerlos, aunque los vean cometer errores? El coronel James H. Baker, actual estratega del Pentágono, abordó este tema en un célebre artículo. Este es también el sentido del artículo de Seymour Hersh sobre cómo el Estado Mayor Conjunto estadounidense estuvo advirtiendo constantemente a la Casa Blanca sobre las operaciones de la CIA en Siria y en Ucrania. Hace varios meses que el complejo militaro-industrial, el ex director de la DIA y el ahora ex secretario de Defensa vienen multiplicando las críticas sobre la política del presidente Obama.
 
 
 

 por Thierry Meyssan

Desde la realización de la Conferencia de Ginebra, en junio de 2012, Estados Unidos ha estado acumulando las contradicciones, tanto en Siria como en Ucrania. Ahora, el Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos ha decidido organizar “filtraciones” de información sobre su propia posición, como medio de influir en la Casa Blanca.
Contradicciones y vacilaciones de la Casa Blanca
Durante los dos mandatos de George W. Bush, la Casa Blanca quería derrocar la República Árabe Siria y crear en Ucrania una zona de caos, como había logrado hacerlo en Irak. Por un lado, esperaba proseguir así el rediseño del «Medio Oriente ampliado» y, por el otro, cortar las líneas de comunicación terrestre entre Occidente y el creciente poder que representan Rusia y China.
Cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca, como sucesor de George W. Bush, tenía como consejeros al general Brent Scowcroft y a su propio mentor en temas políticos, que no era otro que Zbignew Brzezinski.
Estos ex consejeros de Jimmy Carter y de Bush padre en materia de seguridad nacional desconfiaban de la teoría del caos de Leo Strauss. Ellos estimaban que el mundo tenía que estar organizado según el modelo de la paz de Westfalia, o sea alrededor de Estados internacionalmente reconocidos. Al igual que Henry Kissinger, ellos aconsejaban debilitar a los Estados, para que no estuvieran en condiciones de oponerse a la hegemonía estadounidense, pero sin destruirlos. Por consiguiente, no vacilaban en recurrir a grupos no estatales para que hicieran el trabajo sucio del Imperio estadounidense, pero sin la menor intención de confiarles la administración de territorios.
Cuando los halcones liberales, reunidos alrededor de Hillary Clinton, Jeffrey Feltman y David Petraeus –un general de salón reciclado en la vida civil–, sabotearon el acuerdo que la Casa Blanca acababa de negociar con el Kremlin y reactivaron la guerra en Siria, en julio de 2012, Barack Obama no reaccionó. En plena campaña para la elección presidencial, Obama no podía darse el lujo de permitir que se viera claramente el desorden reinante en su equipo de gobierno. Lo que hizo fue tender una trampa al general Petraeus, haciéndolo arrestar –llegando incluso a esposarlo– al día siguiente de su propia reelección como presidente de Estados Unidos. Después, despidió a Hillary Clinton y la reemplazó por John Kerry. Este último, que tenía relaciones cordiales con el presidente sirio Bachar al-Assad, podía recuperar el terreno perdido en ese aspecto. En cuanto a Feltman, que ya se hallaba en la ONU, sacarlo de allí bruscamente parecía delicado.
Pero John Kerry comenzó dejándose convencer de que ya era demasiado tarde y de que a la República Árabe Siria no le quedaba mucho tiempo. Y creyó que lo único que podía hacer era evitar que Assad corriera el mismo fin trágico que Muammar el-Kadhafi, sodomizado con una bayoneta antes de ser asesinado. La Casa Blanca y el Departamento de Estado se habían dejado cegar por las mentiras que databan de los tiempos de la administración Bush, cuando todos los funcionarios estaban movilizados, no para analizar el mundo y tratar de entenderlo sino para justificar por adelantado los crímenes de Washington. En 2006, el primer secretario de la embajada de Estados Unidos en Damasco, William Roebuck, había redactado un informe impuesto como verdad indiscutible: Siria no era una república baasista sino una dictadura alauita. Así que Arabia Saudita, Qatar y Turquía podían respaldar legítimamente a la mayoría sunnita de la población para implantar la «democracia de mercado» [1].
El presidente Obama dejó, por tanto, a la CIA seguir adelante con su operación de derrocamiento del régimen sirio, disfrazada de apoyo a los «rebeldes moderados». Se organizan entonces amplias redes de tráfico de armas, primeramente desde la Libia post-Kadhafi, más tarde desde la Bulgaria de Rosen Plevneliev y Boiko Borisov [2], y posteriormente desde la Ucrania post-Yanukovich [3]. Simultáneamente, se abren oficinas de reclutamiento en todo el mundo musulmán para enviar combatientes a salvar a los sunnitas sirios reprimidos por la dictadura siria.
Pero al final no queda más remedio que reconocer que la República Árabe Siria resiste a la embestida de la mayor coalición de la Historia (114 países y 16 organizaciones internacionales agrupadas en el seno de los «Amigos de Siria»). Y si la República Árabe Siria logra resistir es simplemente porque nunca ha sido una dictadura alauita sino más bien un régimen laico y socialista; porque el ejército sirio nunca se ha dedicado a masacrar a los sunnitas y porque son precisamente sunnitas la mayoría de los soldados que defienden la República Árabe Siria ante la agresión extranjera.
En febrero de 2014, cuando los neoconservadores, reunidos alrededor de Victoria Nuland, lograron derrocar el gobierno de Kiev –a golpe de millones de dólares–, el presidente Obama vio en ello el merecido resultado de largos años de esfuerzos. Barack Obama no percibió de inmediato las consecuencias de aquella operación. Y después se vio ante un dilema: dejar el país sin gobierno, como un hueco negro entre la Unión Europea y Rusia, o poner en el poder a los soldaditos de la CIA, varios nazis y unos cuantos islamistas. Así que optó por la segunda posibilidad, pensando que sus servicios secretos encontrarían entre esos mercenarios algunos individuos capaces de mantener una apariencia de respetabilidad. Los hechos han demostrado que no lo lograron. El resultado es que, si bien el régimen de Viktor Yanukovich era corrupto –aunque no más que los de Moldavia, Bulgaria o Georgia, y todavía sería posible mencionar muchos más–, el poder actualmente instalado en Kiev encarna todo aquello contra lo que luchó Franklin D. Roosevelt.
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El periodista Seymour Hersh reveló la masacre de My Lay –durante la agresión estadounidense contra Vietnam– así como las torturas que practicaban los militares de Estados Unidos en la cárcel de Abu Ghraib –durante la invasión de Irak. Después de haber trabajado en el New York Times, y posteriormente en el New Yorker, este periodista estadounidense ya no logra publicar sus trabajos en la prensa de su propio país y funge como colaborador de la London Review of Books.
Lo que quieren los militares estadounidenses
En momentos en que la Casa Blanca y el Kremlin acaban de concluir un segundo acuerdo para restaurar la paz en el Medio Oriente, el periodista estadounidense Seymour Hersh publica –en la London Review of Books– una larga investigación donde revela cómo el Estado Mayor Conjunto, encabezado por el general Martin Dempsey, se resistió a dejarse llevar por las ilusiones de Barack Obama [4]. Según Hersh, los militares estadounidenses trataron de mantener el contacto con sus homólogos rusos, a pesar del manejo político de la crisis ucraniana. Para ello transmitieron información crucial a algunos de sus aliados, con la esperanza de que estos los hicieran llegar a los sirios, pero se abstuvieron de toda ayuda directa a Damasco. Seymour Hersh deplora el hecho que ya no sea así desde que el general Joseph Dunford encabeza el Estado Mayor Conjunto.
En este artículo, Seymour Hersh afirma que la política de la Casa Blanca se ha mantenido invariable en 4 aspectos, totalmente absurdos, según los militares:
- la insistencia en la salida del presidente Assad;
- el rechazo a crear una coalición contra el Emirato Islámico junto a Rusia;
- seguir viendo en Turquía un aliado estable en la guerra contra el terrorismo
- seguir creyendo en la existencia de fuerzas sirias de oposición moderada aptas para recibir apoyo estadounidense.
Es necesario recordar que el anterior secretario de Defensa, Chuck Hagel, fue descartado en febrero de 2014 precisamente por haber cuestionado esa política [5]. Chuck Hagel fue reemplazado por Ashton Carter, un alto funcionario –ex colaborador de Condoleezza Rice– conocido por su habilidad para los negocios [6].
En octubre de 2014, la Rand Corporation, principal tanque pensante del complejo militaro-industrial estadounidense, tomó oficialmente posición a favor del presidente Assad, subrayando que su derrota haría inevitable la llegada de los yihadistas al poder mientras que su victoria permitiría estabilizar la región [7].
En agosto de 2015, fue el general Michel T. Flynn, ex director de la Defense Intelligence Agency (DIA, la agencia de inteligencia del Pentágono), quien reveló al canal de televisión qatarí Al-Jazeera que se había esforzado por advertir a la Casa Blanca sobre las operaciones planificadas por la CIA y varios aliados de Washington mediante el uso de los yihadistas. Ante las cámaras de Al-Jazeera, el general Flynn comentaba uno de sus informes –recientemente desclasificado [8]–, donde anunciaba la creación del Emirato Islámico [9].
Finalmente, en diciembre de 2015, el ex secretario de Defensa, Chuck Hagel, declaraba que la posición de la Casa Blanca sobre Siria restaba credibilidad al presidente Obama [10]
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La eliminación del presidente democráticamente electo de Siria es un objetivo de guerra de los halcones liberales y los neoconservadores estadounidenses. La neutralización de Assad implicaría la caída del régimen, de la misma manera como el linchamiento de Kadhafi hundió Libia en el caos. Hoy resulta imposible salvar al pueblo sirio sin respaldar a su presidente, Bachar al-Assad.
Cómo trataron los militares de ayudar a Siria
Según Hersh, en 2013 el Estado Mayor Conjunto estadounidense dio a conocer a sus homólogos sirios las 4 exigencias de Washington para implementar un cambio de política:
- Siria tendría que impedir que el Hezbollah atacara Israel;
- Siria tendría que retomar las negociaciones con Israel para resolver la cuestión del Golán;
- Siria tendría que aceptar la presencia de consejeros militares rusos
- y también tendría que comprometerse a realizar nuevas elecciones al final de la guerra, permitiendo además la participación de un amplio sector de la oposición.
Al leer esas 4 condiciones resulta sorprendente comprobar lo siguiente: o los militares estadounidense carecen totalmente de conocimientos sobre la política del Medio Oriente, o lo que buscan es imponer condiciones que no son tales y que serán aceptadas de inmediato por parte de Damasco. A menos que se trate, en realidad, de sugerencias enviadas al presidente Assad para que lograra hacer evolucionar la posición de su homólogo estadounidense.
- En primer lugar, el Hezbollah es una red de resistencia contra la ocupación israelí creada en Líbano como respuesta a la invasión de 1982. Inicialmente, el Hezbollah no contaba con asesoramiento de los Guardianes de la Revolución iraníes, aunque mucho le debe al Basij [11], sino del Ejército Árabe Sirio. Y sólo se volvió hacia Irán en 2005, después de la retirada del Ejército Árabe Sirio del Líbano. A pesar de ello, durante la agresión israelí de 2006 contra el Líbano, el entonces ministro sirio de Defensa estuvo –en secreto– en el campo de batalla para supervisar la entrega de material militar. Actualmente, el Hezbollah chiita y el Ejército Árabe Sirio laico luchan juntos, en Líbano y en Siria, contra los yihadistas, que a su vez cuentan con apoyo aéreo de Israel, país que además presta atención médica a los yihadistas heridos.
- Desde 1995 (en Wye River) y hasta 2000 (en Ginebra), el entonces presidente estadounidense Bill Clinton organizó negociaciones entre Israel y Siria. Todo se negoció de forma equitativa, a pesar de la deshonestidad de la delegación israelí –que escuchaba las conversaciones telefónicas entre los presidentes de Estados Unidos y de Siria [12]. La paz habría podido y debido firmarse en aquel momento, si el primer ministro israelí Ehud Barack no se hubiese echado atrás en el último momento, como señala el propio presidente Bill Clinton en sus memorias [13]. Posteriormente, Bachar al-Assad retomó las negociaciones, indirectamente –a través de Turquía– y por propia iniciativa. Pero las interrumpió cuando Israel violó descaradamente el derecho internacional al interceptar y abordar la «Flotilla de la Libertad» en aguas internacionales. Actualmente, Siria sigue estando dispuesta, y desea, retomar y llevar a buen término aquellas negociaciones, pero la parte israelí rechaza esa posibilidad.
- En cuanto a las relaciones militares entre Damasco y Moscú, estas se remontan a la época de la Unión Soviética, con una especie de paréntesis en tiempos de Boris Yeltsin. En 2005, Bachar al-Assad viajó a Rusia para renegociar la deuda que Siria había contraído con la desaparecida URSS. El presidente sirio ofreció entonces al Kremlin 30 kilómetros de litoral para ampliar el puerto militar de Tartús, pero los rusos –cuyas fuerzas armadas se hallaban en plena reorganización– no mostraron interés en la propuesta. En junio de 2012, antes de la Conferencia de Ginebra, el consejero sirio de Seguridad Nacional Hassan Turkmani propuso a los rusos desplegar «chapkas azules» (una fuerza de paz) en suelo sirio para estabilizar el país. El Kremlin, observando la actividad de la CIA y la ola de yihadistas provenientes de todo el mundo musulmán, comprendió poco después que aquella guerra era el ensayo general de una operación que habría de desplazarse hacia el Cáucaso. Vladimir Putin decidió entonces que el tema sirio era una «cuestión interna rusa» y se comprometió a desplegar sus fuerzas armadas. Si nada sucedió en 2013 y 2014 no fue porque Rusia hubiese cambiado de opinión sino porque estaba preparando sus fuerzas, y sobre todo dando los últimos toques a nuevos tipos de armas.
- En mayo de 2014, la República Árabe Siria organizó una elección presidencial, que todas las embajadas presentes en Damasco calificaron de justa y democrática. Fueron los europeos quienes, violando la Convención de Viena, impidieron a cientos de miles de refugiados sirios votar en dicha elección presidencial. Y también convencieron a diferentes grupos de oposición para que no presentaran candidatos. Bachar al-Assad, que ganó ampliamente esa consulta, está sin embargo dispuesto a poner su mandato en la balanza, de forma anticipada, cuando termine la guerra. Mediante un simple voto del parlamento, la República Árabe Siria podría aceptar las candidaturas de ciudadanos sirios exilados, exceptuando a los que hayan colaborado con la Hermandad Musulmana o con sus organizaciones armadas, como al-Qaeda, el Emirato Islámico, etc.
Los militares estadounidenses quieren desmarcarse de los neoconservadores
Justo antes de dejar el cargo de jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Martin Dempsey había logrado la nominación del coronel James H. Baker como nuevo director del Office of Net Assessment, o sea la oficina encargada de elaborar los proyectos y estrategias del Pentágono [14]. Al coronel Baker se le considera recto, racional y razonable –exactamente lo contrario de los straussianos– y aunque Seymour Hersh no lo menciona en su artículo, parece entonces posible que Baker tenga que ver con la posición del Estado Mayor Conjunto.
En todo caso, el artículo de Seymour Hersh demuestra que existe en el Estado Mayor Conjunto estadounidense una voluntad de desmarcarse a la vez de la Casa Blanca y de los halcones liberales, como los generales David Petraeus y John Allen. Esto es una manera de subrayar que, en el actual contexto, el presidente Obama ya no tiene ninguna razón para seguir con las ambigüedades que tuvo que se vio obligado a mantener durante los 3 últimos años.

Elementos fundamentales
 - En los últimos meses, la Rand Corporation (principal tanque pensante del complejo militaro-industrial estadounidense), el ex director de la Defense Intelligence Agency Michael T. Flynn, el ex jefe del Estado Mayor Conjunto Martin Dempsey y el ex secretario de Defensa Chuck Hagel han cuestionado las contradicciones y vacilaciones de la Casa Blanca.
- Los estrategas militares estadounidenses cuestionan la política de confrontación con Rusia, heredada de la era Bush. Ese sector está pidiendo que se implante una colaboración en Siria y Ucrania, así como volver a meter en cintura a los supuestos aliados de Washington, como Turquía, Arabia Saudita y Qatar.
- La alta oficialidad estadounidense estima
  1. que hay que respaldar al presidente Bachar y que este debe vencer y mantenerse en el poder;
  2. que hay que actuar junto a Rusia contra el Emirato Islámico;
  3. que hay que castigar a Turquía porque no está comportándose como aliado sino como un enemigo
  4. y que hay que dejar de soñar con la existencia de rebeldes sirios moderados y no esconderse más detrás de esa ficción, que sólo sirve para permitir a la CIA seguir aportando apoyo a los terroristas.
Thierry Meyssan
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[1] “Influencing the SARG in the end of 2006”, William Roebuck, Cable from the State Department, Wikileaks.
[2] «Sale a la luz una nueva vía del tráfico de armas destinadas a los yihadistas», por Valentin Vasilescu, Red Voltaire , 25 de diciembre de 2015.
[3] «Qatar y Ucrania acaban de entregar misiles antiaéreos Pechora-2D al Emirato Islámico », «Qatar preparó el bombardeo contra un campamento del ejército de Siria», por Andrey Fomin, Oriental Review (Rusia), Red Voltaire, 23 de noviembre y 11 de diciembre de 2015.
[4] “Military to Military. US intelligence sharing in the Syrian war”, por Seymour M. Hersh, London Review of Books, Vol. 38, No. 1, 7 de enero de 2016.
[5] «¿Todavía tiene Obama una política militar?», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 1º de diciembre de 2014.
[6] «El nuevo jefe del Pentágono se rodea de consejeros privados», Red Voltaire, 27 de diciembre de 2014.
[7] Alternative Futures for Syria. Regional Implications and Challenges for the United States, por Andrew M. Liepman, Brian Nichiporuk, Jason Killmeyer, Rand Corporation, 22 de octubre de 2014.
[8] Informe de la Agencia de Inteligencia Militar a los diferentes servicios de la administración sobre los yihadistas en Siria (documento desclasificado en inglés), 12 de agosto de 2012.
[9] «La inteligencia militar estadounidense y Siria», por W. Patrick Lang, Centre français de recherche sur le renseignement (CF2R), Red Voltaire, 22 de diciembre de 2015.
[10] “Hagel: The White House tried to destroy me”, por Dan de Luce, Foreign Policy, 18 de diciembre de 2015.
[11] El Basij es una milicia popular iraní. Sus miembros son voluntarios y participan no sólo en actividades vinculadas a la defensa del país sino también en el mantenimiento del orden público y diversas labores administrativas o de carácter social.
[12] Cursed Victory: A History of Israel and the Occupied Territories (En español, “Victoria maldita: la historia de Israel y los territorios ocupados), Ahron Bregman, Penguin, 2014 (Traducido únicamente al alemán).
[13] My Life, Bill Clinton, Knopf Publishing Group, 2004.
[14] «Nominación del nuevo estratega del Pentágono», Red Voltaire, 17 de mayo de 2015.
Fuente: Red Voltaire

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Qatar y Ucrania acaban de entregar misiles antiaéreos Pechora-2D al Emirato Islámico

 

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Si el emir Tamim ben Hamad Al`Thani y su amigo el presidente Hollande le dicen que están luchando contra el Emirato Islámico… usted puede dormir tranquilo.

 

 

por Andrey Fomin

Qatar compró a Ucrania armamento antiaéreo de muy alta tecnología destinado al Emirato Islámico. La transacción tuvo lugar a finales de septiembre de 2015, justo antes de la intervención militar rusa contra el grupo terrorista y fue aprobada por la embajada de Estados Unidos en Doha. El armamento fue enviado a través de Bulgaria y Turquía. Oficialmente, Qatar, Ucrania, Estados Unidos, Bulgaria y Turquía luchan contra el Emirato Islámico.

 

Es indiscutible que la infraestructura del Emirato Islámico en Siria e Irak es vulnerable a los ataques aéreos. Sólo durante la última semana, la fuerza aérea y la marina de guerra rusas han bombardeado 826 instalaciones del Emirato Islámico (campos de entrenamiento, depósitos de municiones, fábricas de explosivos, refinerías de petróleo y medios de transporte) causando graves daños a la organización terrorista y afectando sus fuentes de financiamiento.

Los padrinos del Emirato Islámico están tratando, por lo tanto, de adquirir y poner en manos de los yihadistas sistemas de defensa antiaérea capaces al menos de obstaculizar las acciones de Rusia en el cielo sirio.

En septiembre de 2015, mientras Rusia trasladaba su equipamiento a Siria con vista a su campaña antiterrorista, una delegación del ministerio de Defensa de Qatar viajó a Kiev para participar en Security Expo (del 22 al 27 de septiembre).

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Carta Pavlo Barbul, director de la empresa ucraniana SpetsTechnoExport, con la lista de miembros de la delegación de Qatar a Security Expo.

La delegación de Qatar concluyó un acuerdo con UkrOboronProm (un negociante de armamento del Estado ucraniano) para la compra de la versión más reciente del Air Missile Defense Complex «Pechora-2D» [1]:

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Pavlo Barbul escribe al director adjunto de Ukroboronservice anunciándole que su empresa está a punto de entregar sistemas antiaéreos Pechora-2D a las fuerzas armadas de Qatar.

El 30 de septiembre, Volodimir Kuruts, consejero comercial de la embajada de Ucrania en Qatar, escribe a su contacto de negocios en Chipre, Vasyl Babytskiy, director de Blessway Ltd:

«Gracias por lo de Marruecos y los contactos sauditas. Fue justo a tiempo.
Los locales [qataríes] estuvieron en Kiev en la Expo. Están a punto de comprar varios Pechora y otro material todavía más sofisticado. La cuestión de la entrega está en marcha. No estaremos en condiciones de hacerla nosotros mismos. Es para usted una oportunidad de ganar mucho dinero.
Trate de hablar con los militares. Es elevada la probabilidad de que los yanquis estén de acuerdo. Los búlgaros y los turcos están de acuerdo, el itinerario es el mismo…»

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Obsérvese que el mismo Vasyl Babitskiy ya había revendido a Arabia Saudita 265 baterías antiaéreas motorizadas fabricadas en Polonia –probablemente también para el Emirato Islámico–, originalmente destinadas al ministerio del Interior de Ucrania.

Estos documentos demuestran claramente que el ministerio de Defensa de Qatar organiza la compra y traslado –a través de Bulgaria y Turquía– de sistemas antiaéreos a organizaciones terroristas que operan en Siria. Ese tráfico recibió la aprobación de los representantes oficiales de Estados Unidos en Qatar.

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Pechora 2D

Dado el hecho que los misiles antiaéreos «Pechora 2D» son capaces de derribar aviones a 21 kilómetros de altitud, podría producirse un giro inesperado en la investigación sobre la catástrofe del Airbus A321 de Metrojet en el Sinaí.

Andrey Fomin

Fuente
Oriental Reviewn (Rusia)

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[1] ADM Complex S-125-2D “Pechora-2D”, UkrOboronProm.

Andrey Fomin

Andrey FominFundador del diario electrónico de análisis político Oriental Review. Máster en historia rusa en la universidad estatal Lomonosov de Moscú.

 

Red Voltaire

Voltaire, edición Internacional

domingo, 7 de junio de 2015

Ucrania, Desafiar la Operación Buitre






Michael Hudson

www.sinpermiso.info



 [La ministra de finanzas ucraniana Natalie Jaresko acaba de confirmar lo que todo el mundo sabe: Ucrania no tiene forma de evitar el impago del servicio de su deuda externa de 41.000 millones de dólares (40,6% del PIB). Un grupo de inversores privados, acreedores de 9.000 millones -entre ellos Franklin Templenton, Black Rock y Allianz- han propuesto una reestructuración de 15.800 millones en cuatro años, consistente en extender el plazo de la deuda, saquear las reservas para pagar 4 mil millones de aquí a 2019 y otro tanto en 2020. Si no se llega a un acuerdo en dos semanas, el FMI no podrá hacer efectivo un nuevo rescate del país por 17.500 millones de euros, lo que significará la quiebra del país. Sin embargo, el gobierno de Kiev exige una reducción sustancial del principal de la deuda y su restructuración en dos tipos de bonos (de los 29 actuales). A diferencia de Grecia, el ministro de finanzas alemán, Wolfang Schaüble, ha declarado que: “Estamos de acuerdo de que hay que apoyar la negociación de la reestructuración de la deuda ucraniana, que debe llegar a término”. Ucrania debe a Rusia otros 3 mil millones de dólares y ha mantenido el servicio de la deuda hasta ahora gracias en buena medida a bonos por valor de mil millones de dólares garantizados por la Agencia Internacional de Desarrollo de EE UU. Ucrania sufre una segunda “terapia de choque” neoliberal, después de la de 1991, con una caída del 20% del PIB y una inflación del 61%.].

 El colapso de Ucrania desde el golpe de Estado de febrero de 2014 se ha convertido en una excusa para el saqueo. La víctima colateral de este “agarra lo que puedas y corre” han sido los trabajadores. A muchos trabajadores simplemente no se les paga, y lo que realmente se paga suelen ser salarios tan bajos que son ilegales. Los empleadores acumulan todo el dinero que tienen en sus empresas y lo transfieren lo más lejos posible – mejor al extranjero, y siempre en divisas extranjeras. Los atrasos salariales son cada vez peores, porque como Ucrania se acerca al impago de su deuda de 10 mil millones de euros, los cleptócratas y los empresarios están abandonando el barco. Saben que los préstamos extranjeros se han agotado y que el tipo de cambio se hundirá aún más. El anuncio la semana pasada de la Rada de que ha destinado 8 mil millones de euros del servicio de la deuda para financiar un nuevo ataque militar a la región oriental exportadora del país ha sido la última gota para los acreedores extranjeros e incluso el FMI. Sus préstamos han ayudado a apoyar el tipo de cambio de la hryvnia el tiempo suficiente para que los banqueros, los hombres de negocios y los especuladores puedan sacar todo el dinero que tienen y tantos euros o dólares como puedan antes del colapso inminente de la economía del país en junio o julio. En esta situación de pre-quiebra, vaciar la tienda significa no pagar a los trabajadores ni las facturas. Los atrasos salariales han alcanzado los 2 mil millones de hryvnias, adeudados a más de medio millón de trabajadores. Ello ha obligado a la Federación de Sindicatos de Ucrania a concentrar piquetes ante el Consejo de Ministros el miércoles 27 de mayo. Están convocadas más manifestaciones para los próximos dos miércoles, 3 y 10 de junio. De acuerdo con el secretario adjunto de la federación sindical, Serhiy Kondratiuk, "el salario de subsistencia actual de 1,218 hryvnias es un 60% menor que el salario mínimo legal en Ucrania, que es calculado por el Ministerio de Política Social. ... El salario de subsistencia en el país debe superar las 3.500 hryvnias al mes, pero el gobierno se niega a un diálogo social para revisar las normas". [1] Un escenario amenazante Con las cuentas bancarias vacías, las empresas ucranianas se convertirán en meros cascarones. Con la economía de Ucrania quebrada, los únicos compradores con dinero fresco son europeos y americanos. Vender a los extranjeros es, pues, la única manera que tienen los administradores y propietarios para conseguir recuperar algo: mediante pagos en moneda extranjera en cuentas en el extranjero, lejos de cualquier fiscalización o control en Ucrania. La privatización y la fuga de capitales van de la mano. Lo mismo ocurre con la mano de obra que cambia de empleador. Los nuevos compradores reorganizan los activos que adquieren, declaran las viejas empresas en quiebra y borran de su contabilidad sus atrasos salariales, junto con cualquier factura que adeuden. Las empresas reestructuradas declararán que la quiebra ha finiquitado cualquier deuda con los trabajadores de las antiguas empresas (privadas o públicas). Es muy parecido a lo que hacen los inversores de adquisiciones corporativas en Estados Unidos para acabar con las obligaciones heredadas de pensiones y otras deudas. Alegarán que hay que "salvar" la economía de Ucrania y "hacerla competitiva". La Operación Buitre El golpe de Estado de Pinochet en Chile fue un ensayo general de todo esto. La junta militar, respaldada por Estados Unidos, seleccionó como objetivos a neutralizar a dirigentes sindicales, periodistas y potenciales líderes políticos, así como a profesores universitarios (cerrando todos los departamentos de economía de Chile a excepción del de la Universidad Católica, que seguía la doctrina económica de "libre mercado" de la Escuela de Chicago). No se puede imponer el "libre mercado" que defiende la Escuela de Chicago, después de todo, sin adoptar medidas totalitarias. A los estrategas estadounidenses les gusta designar estas conspiraciones con nombres de aves rapaces: Operación Phoenix en Vietnam y Operación Cóndor en América Latina, que tenían como objetivo la eliminación de intelectuales y militantes “izquierdistas”. Se ha puesto en marcha un programa similar en la Ucrania rusófona. No sé la palabra código que se utiliza, así que vamos a llamarla Operación Buitre. Para los dirigentes sindicales el problema no es sólo cobrar los salarios atrasados, sino sobrevivir con un salario digno. Si no protestan, simplemente no se les paga. Por eso están organizando una movilización neo-Maidan explícitamente a favor de los asalariados, de manera que los francotiradores del Sector Derecha de la junta no puedan acusar a los manifestantes de ser pro-rusos. Los sindicatos se han protegido buscando el apoyo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y de la Confederación Sindical Internacional en Bruselas. La táctica más eficaz para hacer frente a la corrupción que está permitiendo la falta de pago de salarios y pensiones es centrarse en el apoyo exterior del actual régimen, sobre todo el FMI y la UE. Apoyarse al mismo tiempo en las reivindicaciones laborales para exigir también otras reformas, como la prohibición de la venta de tierras, materias primas, servicios públicos u otros activos ucranianos a compradores extranjeros y exigir que gobiernos menos corruptos puedan revertir estas ventas y privatizaciones en el futuro. A favor de los trabajadores juega el hecho de que el FMI ha violado su Convenio Constitutivo al otorgar préstamos para fines militares. Tan pronto como recibió su último préstamo, Poroshenko anunció que intensificaba su guerra contra el Este. Esto hace que el préstamo del FMI se asimile a lo que los juristas llaman una deuda odiosa: deudas de una junta que toma el poder, saquea las reservas y otros activos públicos del gobierno, y que los futuros gobiernos deben pagar a pesar de ser un robo. La lucha de los sindicatos por un salario digno no es sólo en relación con los atrasos salariales, sino también para poner en marcha un plan de recuperación que proteja la economía de una política neoliberal como la que se ha aplicado en Grecia y Letonia. Los estrategas estadounidenses han estado discutiendo como denunciar los 3 millones de dólares que Ucrania debe a Rusia como una "deuda odiosa"; o, tal vez, clasificarla como "ayuda externa" y, por lo tanto, que no sea legalmente exigible. Por irónico que parezca, el Instituto Peterson de Economía Internacional, George Soros y otros “guerreros fríos” han proporcionado a futuros gobiernos de Ucrania un repertorio de motivos legales para reconstituir su economía sin la carga de la deuda externa, permitiendo que el gobierno este en condiciones de pagar los salarios y pensiones atrasadas. La alternativa de los acreedores internacionales es obligar al gobierno ucraniano a que pague a los tenedores de bonos extranjeros, al FMI y la Unión Europea en primer lugar, y que solo después defienda sus derechos soberanos para evitar su autodestrucción.

 Notas. [1] “Trade unions to picket government weekly from May 27, 2015,” Interfax.

 Michael Hudson es profesor de investigación de la facultad de económicas de la Universidad de Missouri, Kansas City y investigador asociado del Instituto de Economía Levy. Su último libro es Finance Capitalism and Its Discontents.

 Traducción para www.sinpermiso.info: Gustavo Buster

Fuente: sinpermiso.info

sábado, 6 de junio de 2015

Confrontación Estados Unidos-Rusia, en punto de no retorno.

CONFRONTACIÓN



por General Alberto Piris


 Los medios de comunicación españoles no suelen reproducir las opiniones de los analistas políticos rusos. Sobre el conflicto ucraniano, los principales diarios españoles repiten el argumentario generado en Washington, del que se hacen eco la mayoría de los gobiernos de la Unión Europea y el cuartel general bruselense de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).  Pero para entender mejor lo que está sucediendo en Ucrania conviene contrastar con otros puntos de vista el occidental. Rostislav Ishchenko es un analista ruso que ha publicado un indispensable artículo que circula por internet y cuyo título refleja la ambición de su intento: “¿Qué quiere Putin?”. Ésa es la pregunta que se hacen los gobiernos afectados por la crisis ucraniana para entender el comportamiento de Rusia en este conflicto. Ha sido calificado por un politólogo estadunidense como “una verdadera obra maestra: un análisis exhaustivo de la posición geoestratégica de Rusia y un claro y preciso análisis de toda la ‘estrategia de Putin’ para Ucrania”. [1] Para Ishchenko, el conflicto ucraniano no concierne sólo a una parte del territorio europeo, sino a todo el sistema internacional. Su resolución no será sólo “ucraniana” o “novorrusa” –según triunfe el gobierno de Kiev o los independentistas del Dombás–, sino que el principal resultado será la victoria estratégica de Estados Unidos o de Rusia, lo que afectará a la totalidad del planeta. Ishchenko opina que, silenciadas las armas, serán la política y la diplomacia las que determinen el resultado final del conflicto. En esto no cuentan “los políticos de Kiev porque no deciden nada… Al final mandan los estadunidenses. Ni los sublevados de Dombás y Lugansk, porque “existen sólo con el apoyo de Rusia”, cuyos intereses son los que han de proteger. Sobre la Unión Europea es claro: “Tampoco estamos interesados en la posición de la Unión Europea. Mucho dependía de la Unión Europea hasta el verano del año pasado, cuando la guerra se podría haber evitado o detenido desde el principio. Se necesitaba una posición dura y de principios en contra de la guerra por parte de la Unión Europea. Podría haber bloqueado las iniciativas estadunidenses para iniciar la guerra, y la Unión Europea se habría convertido en un actor geopolítico independiente y significativo. La Unión Europea dejó pasar esa oportunidad y en lugar de eso se comportó como un fiel vasallo de Estados Unidos”. En consecuencia, “lo que nos debe interesar es la opinión de los dos principales contendientes que determinan la configuración del frente geopolítico y están luchando por la victoria en la guerra de nueva generación: la Tercera Guerra Mundial centrada en la red. Estos contendientes son Estados Unidos y Rusia”. Analiza la posición de ambas potencias y los intereses enfrentados: “Para Estados Unidos, un compromiso con Rusia significaría renunciar de forma voluntaria a su hegemonía, lo que lo llevaría a una catástrofe sistémica acelerada: no sólo una crisis política y económica, sino también una parálisis de las instituciones del Estado y la incapacidad del gobierno para funcionar. En otras palabras, su inevitable desintegración. Pero si Estados Unidos gana, entonces es Rusia quien experimentará la catástrofe. Después de un cierto tipo de ‘rebelión’, las clases dirigentes de Rusia serían castigadas con la liquidación y confiscación de activos, así como penas de prisión. El Estado se fragmentaría, se anexionarían territorios sustanciales y el Ejército del país podría quedar destruido”. ¿Qué piensa Putin? Ha sabido impulsar el renacimiento de Rusia incluso en condiciones hegemónicas de Estados Unidos. Entendió la naturaleza estadunidense y supo adaptarse a la situación. Sólo gradualmente empezó a mostrar cierto nivel de confrontación (Georgia, Osetia, Abjasia) hasta que en 2012 la flota rusa participó en el conflicto sirio, dispuesta a enfrentarse con la OTAN. Pero tras el golpe de Estado en Kiev en 2014, la confrontación fue definitiva: “de haber estado en la era prenuclear, la guerra hubiera sido declarada de forma automática”, asegura Ishchenko. No puede resumirse la complejidad en este análisis, pero hay que reseñar que un objetivo de Putin es “evitar la mayor parte de los efectos negativos de una conflagración en Ucrania y una conflagración en Europa. Debido a que es imposible evitar completamente ese resultado (si Estados Unidos quiere encender el fuego, lo hará), es necesario poder extinguirlo rápidamente para salvar lo que es más valioso”. Opina el autor que Putin puede ganar “la guerra de las sanciones, la guerra de nervios, la guerra de la información, la guerra civil en Ucrania, y la guerra económica”. Pero también “Putin considera que la paz es de vital importancia, ya que es la paz la que hará posible alcanzar sus objetivos con efecto máximo a costo mínimo. Pero debido a que la paz ya no es posible y las treguas son cada vez más teóricas y frágiles, Putin necesita la guerra para terminar lo más rápido posible”. Una guerra que destruye Ucrania, agota y divide a la Unión Europea e implica a Estados Unidos en su pugna directa con Rusia. Aunque el lector discrepe del politólogo ruso, le aconsejo leer este interesante análisis.


General Alberto Piris General de artillería en reserva del Ejército de Tierra (Fuerzas Armadas Españolas)

  Fuente Contralínea (México), Red Voltaire

lunes, 4 de mayo de 2015

Un tumor que amenaza a Europa

 

 

VICTORIA NULAND

 

Higinio Polo

El viejo topo

Un año después de la caída del presidente Yanukóvich, y del triunfo del golpe de estado en Kiev, Ucrania continúa inmersa en una guerra civil, que Poroshenko prometió que ganaría en un mes. Es difícil encontrar un escenario donde la irresponsabilidad occidental sea tan grande como en Ucrania. En un año, los responsables de la diplomacia europea y norteamericana han pasado de estimular las protestas y financiar grupos de matones y de provocadores, mientras repartían galletas en el Maidán, como hizo Victoria Nuland, secretaria adjunta del Departamento de Estado norteamericano, a contemplar impávidos una guerra civil que ya ha causado miles de muertos en el este del país, y que puede derivar en una guerra europea de mayor envergadura si no se consolida la vía diplomática establecida en los acuerdos de Minsk.

Sin embargo, la ausencia de Estados Unidos de las negociaciones y su persistente tentación de atizar los enfrentamientos por el procedimiento de armar al gobierno de Kiev y asesorar a sus tropas para la propagación de una guerra que podría implicar a la OTAN, han abierto una peligrosa herida en Europa. Obama, el Pentágono y el Departamento de Estado, debaten sobre el grado de su implicación en la guerra, porque, en la práctica, ya participan por actores interpuestos, y han enviado asesores, espías y mercenarios. Victoria Nuland, por lo demás, no ha tenido el menor reparo en reunirse con Andriy Parubiy, el dirigente neonazi que organizó el Maidán de Kiev con la complicidad de la CIA norteamericana y la AW polaca, y que después pasó a dirigir el Consejo de Seguridad Nacional del gobierno surgido del golpe de Estado. Habituados a la manipulación y la propaganda, Washington y el cuartel general de la OTAN en Bruselas, ayudados por un ejército de periodistas sin escrúpulos, han levantado un gigantesco edificio de mentiras que recuerda otras guerras, como las de Yugoslavia e Iraq, sabiendo que la memoria de la opinión pública es débil y que unas mentiras tapan a otras. Porque el incendio de Ucrania tiene una lógica que adquiere sentido cuando se repara en las guerras iniciadas por Estados Unidos en los últimos años en Yugoslavia, Afganistán, Iraq, Siria, Libia, Yemen.

Bajo Yanukóvich, la rampante corrupción era moneda corriente, y ahogaba al país, pero todos los pasos dados hasta hoy, de la mano del complaciente, con Washington, gobierno de Poroshenko y Yatseniuk, han ido en la dirección del desastre. La Ucrania dirigida por Poroshenko es hoy un grotesco país donde mandan los capitalistas de la nueva oligarquía creada a partir del robo, como ayer, pero también los matones y asesinos, los comandantes de grupos armados de extrema derecha, que no dudan en deshacerse de cualquiera, los ladrones de los recursos del país y gente que parece no estar en sus cabales. No es una exageración: sólo hay que ver los personajes que se pasean por el parlamento y los ministerios, armados, acompañados de matones fascistas que no dudan en sacar granadas de mano de sus bolsillos. Aunque divididos en facciones, comparten la solidaridad de ser los beneficiarios del golpe de Estado y los protegidos por Estados Unidos. Yakseniuk (cómplice y socio de uno de los principales capitalistas ucranios, Igor Kolomoisky, organizador de batallones fascistas) es uno de los hombres de Washington en Kiev; Poroshenko duda entre el acercamiento a Berlín y la sumisión a Estados Unidos, y, como Turchínov y el resto de gobernantes, ambos chapotean en la corrupción y en la incompetencia, que ha hundido la economía del país, mientras lanzan gritos de ayuda a Washington y Berlín y procuran convencer al mundo de que Rusia es un peligro. Es revelador que todos ellos se acojan a una retórica patriótica que se remonta a Stepan Bandera, y oculta Babi Yar y Volin, y que se desentiende de los símbolos y la lucha contra el nazismo durante la II Guerra Mundial. Tampoco dudan en utilizar las más groseras mentiras, entregando, por ejemplo, a Washington fotografías tomadas en la guerra de Georgia en 2008… como pruebas de la invasión rusa en Ucrania, dejando en un desairado papel al senador norteamericano Jim Inhofe.

Durante el año transcurrido desde el golpe, la corrupción no sólo no se ha atajado, sino que ha aumentado, ayudada por el desorden de la guerra, y de ella participan todos los dirigentes de Kiev: incluso la prensa ucrania habla de que Poroshenko ha conseguido enormes beneficios con sus empresas, y de que no ha dudado en mentir y en aprovecharse de las estructuras del Estado para enriquecerse aún más. Así, la economía ucraniana, que ya atravesaba una dura crisis, ha sido prácticamente destruida: muchas fábricas han dejado de funcionar, es habitual que no se paguen salarios en muchas empresas, las pensiones son miserables y las condiciones de vida son cada vez más duras, pero el gobierno golpista sabe que tal vez no tendrá otra oportunidad como la actual y sus miembros roban a manos llenas. Y la guerra y el miedo callan muchas bocas.

Poroshenko reconoció que sus fuerzas habían roto la primera tregua de Minsk, sin duda aconsejado por los servicios secretos norteamericanos, confiando en una rápida derrota de los rebeldes del Donbass, pero la ayuda rusa en armamento y suministros a las milicias hicieron fracasar la ofensiva y forzaron a Poroshenko a firmar los acuerdos de Minsk II. Si durante la guerra fría los límites entre derecha e izquierda, entre partidarios y detractores de Estados Unidos eran claros, hoy la situación es más confusa. Al Donbass han acudido voluntarios de muchos países, aunque en número reducido, para ayudar a las milicias: desde comunistas e izquierdistas hasta nacionalistas y miembros de la extrema derecha, pasando por cosacos tradicionalistas y partidarios de la solidaridad paneslavista que ven en Rusia la hermana mayor, aunque es evidente que la referencia antifascista y antiimperialista es dominante entre las fuerzas rebeldes, así como la simbología fascista y nazi está muy presente en la Guardia Nacional ucraniana y en los efectivos militares que luchan con Kiev, plagados también de mercenarios y aventureros fascistas. Así, el grupo neonazi ruso Restrukt (Restructura) apoya al partido fascista ucranio Pravii Serktor, circunstancia que ha llevado a miembros de los servicios de seguridad ucranianos a acusar al FSB (Servicio Federal de Seguridad) ruso de infiltrar miembros de esa organización (que no despertarían sospechas, y a quienes han comprado) en el batallón Azov (creado por el gobierno golpista de Kiev y financiado por el oligarca Igor Kolomoisky) con el objeto de conseguir información. Es uno entre muchos ejemplos, similar a lo que están haciendo los servicios secretos occidentales.

Una parte del nacionalismo ruso apoya, por consideraciones panrrusas, a los rebeldes del Donbass, y, en esa constelación, se encuentran agrupaciones neonazis, al igual que grupos de extrema derecha también simpatizan con los grupos fascistas del Maidán de Kiev, y algunos grupos de chechenos, con motivaciones opuestas, combaten con los dos bandos. De igual forma, grupos de serbios han acudido a apoyar a los rebeldes del Este de Ucrania amparados en la identidad eslava, que consideran amenazada por Occidente, tal y como constataron ellos mismos en las guerras yugoslavas, e incluso han acudido grupos derechistas húngaros que sueñan con “recuperar” territorios rumanos y ucranios para crear una Gran Hungría… que necesita el imprescindible requisito de la partición de la actual Ucrania. Pese a todo, esos grupos conservadores son muy minoritarios entre los milicianos del Donbass. También algunos grupos rusos hablan de “enfrentamiento imperialista” entre Washington y Moscú, para postular una estricta neutralidad. Para acabar de hacer más confusa la situación, la larga mano de los servicios secretos, de la CIA, el Mossad, el BND alemán, la AW (Agencja Wywiadu) polaca, y otros, han hecho posible el tránsito de mercenarios desde Oriente Medio a Ucrania, y de grupos islamistas de la periferia rusa, mientras el FSB ruso intenta que los combatientes yihadistas teledirigidos por la CIA no lleguen a Ucrania y a la propia Rusia.

Si han cesado los combates en Ucrania gracias a Minsk II, la guerra de la propaganda sigue. La fantasía para devotos de la OTAN reza así: el sueño imperial de Putin, como muestra la anexión de Crimea, reclama esferas de influencia exclusivas en Europa y ha provocado la más grave crisis desde la desaparición de la URSS. En el paquete devocional va también el papel de Putin como agresor en la guerra, el derribo del avión malasio, la violación de las fronteras de Ucrania, el despliegue de tropas rusas en el Donbass, y la violación de la legalidad internacional. No importa que no se haya demostrado ninguna de esas acusaciones, aunque no hay duda de que las milicias del Este no habrían podido resistir sin la ayuda rusa en armas, suministros y vituallas. En la gigantesca campaña propagandística occidental tampoco faltan esfuerzos para que nadie recuerde el estímulo norteamericano y europeo para derribar a un gobierno, el de Yanukóvich, elegido por la población ucrania en comicios que ni Estados Unidos ni la Unión Europea consideraron ilegítimos; y se ha ocultado el apoyo occidental a la violencia desatada por las bandas fascistas (decenas de policías murieron por disparos de bala en el Maidán, por ejemplo) mientras se difundía la bondad de un supuesto “movimiento pacífico” que deseaba “unirse a Europa”, al igual que permanece en la sombra que, en los meses previos a la caída de Yanukóvich se organizó el entrenamiento militar de grupos de mercenarios y fascistas en Polonia para enviarlos después al Maidán de Kiev; ni que, por supuesto, apenas se hagan referencias a la paulatina expansión de la OTAN en el Este de Europa, a la guerra de provocación de Georgia, al escudo antimisiles, al intento de incorporar a Ucrania y Georgia a la OTAN, al golpe de estado en Kiev. Son patentes los endebles argumentos de Washington, así como su hipócrita indignación posterior por la ayuda rusa a las milicias, dado que si Putin hubiera iniciado el conflicto, ni siquiera se entendería la crisis ucraniana, porque ¿para qué iba Moscú a crearla si el gobierno de Yanukóvich mantenía buena relación con Rusia? Y, tras el golpe de estado prooccidental, ¿podía Moscú abandonar a su suerte a la población rebelada contra Kiev y que hubieran sido aplastada por el gobierno golpista? Pero, para esos expertos norteamericanos en el lanzamiento de gigantescas campañas publicitarias, el golpe de estado de Kiev ha quedado convertido en la “revolución de la dignidad”, y sus clientes ucranianos lo recuerdan cada día en la prensa. Un año después de la caída del gobierno de Yanukóvich, siguen sin aclararse los asesinatos cometidos por los misteriosos francotiradores que causaron una matanza en el Maidán, y que fueron la espoleta para el derrocamiento del gobierno. Ni el gabinete golpista de Kiev ni Estados Unidos han mostrado el menor interés en que se investigue, mientras los oligarcas se reparten el botín y el territorio: Igor Kolomoisky, uno de los millonarios más corruptos de Ucrania, financiador de grupos nazis, un personaje que ha llegado a utilizar grupos de matones para imponer sus deseos, que compra jueces y consigue sentencias o, si es necesario, las falsifica, es hoy gobernador de Dnepropetrovsk. El procurador general, Viktor Shokin, que descuida la lucha contra la corrupción y el crimen, que desdeña la investigación sobre los francotiradores del Maidán en los días del golpe contra Yanukóvich, y que no tiene la menor intención de aclarar la terrorífica matanza del edificio de los sindicatos de Odessa, trabaja, en cambio, para ilegalizar al Partido Comunista, la única fuerza política que intenta limitar el poder de los corruptos empresarios-ladrones; porque el Partido Comunista es también el único partido que denuncia el fascismo en Ucrania, que reclama la disolución de las bandas paramilitares nazis y pide, en vano, protección de monumentos y símbolos de la lucha contra los nazis durante la II Guerra Mundial. 

Estados Unidos se debate entre una mayor implicación en la guerra y el envío de armas. Influyentes fundaciones privadas y sectores del Pentágono y del gobierno se inclinan por enviar armamento, aunque son conscientes de que ello no convertiría al ejército ucraniano en una fuerza capaz de ganar la guerra civil, y podría crear una difícil situación con Moscú. Sin embargo, otros sectores de la administración norteamericana, aunque aceptan los riesgos de desafiar a Rusia, un país dotado de un enorme arsenal nuclear, apuestan por armar a Kiev confiados en que una guerra de desgaste acabará por dañar la economía rusa y, eventualmente, podría hundir a Putin, o, al menos, hacer inviable el esfuerzo de recomposición en la Unión Euroasiática que proyecta Moscú. Todo ello, en Washington, en medio de absurdas discusiones sobre si deben enviarse a Ucrania armas “ofensivas” o “defensivas”, cuando lo cierto es que una escalada en la guerra tendría una difícil salida, y que la tentación de anular a Rusia y amarrar más a la Unión Europea a través de una guerra continental está muy presente en los estrategas del Pentágono y la Casa Blanca. Del estado de opinión generado en Washington pueden dar idea los comentarios de uno de los analistas del CSIS, Center for Strategic and International Studies, el más importante “laboratorio de ideas” de la capital norteamericana para asuntos de política exterior. Andrew C. Kuchins, director del programa para Rusia y Eurasia del CSIS, presentaba al asesinado Boris Nemtsov como un patriota y demonizaba a Putin, señalando que el discurso del presidente ruso en el parlamento en abril de 2014 tal vez indica el “punto de inflexión de Rusia en un estado fascista”. Es obvio que, para quienes así piensan, estaría más que justificada la intervención militar abierta en Ucrania, aunque sea por actores interpuestos, mercenarios o soldados de los países más agresivos, como Polonia o los bálticos. Después de todo, siempre pueden argüirse los peligros de un “inminente ataque ruso” o pretextos semejantes a los que llevaron a la agresión norteamericana en Iraq.

El extraño asesinato de Boris Nemtsov (quien, hoy, era un personaje irrelevante en Rusia) puede tener implicaciones ligadas a la crisis ucraniana, y no puede descartarse la larga mano de Nuland y de los círculos más rusófobos del gobierno norteamericano, sobre todo ante la evidencia de que la desaparición de Nemtsov no beneficia precisamente a Putin. Convertido el presidente ruso en un espantajo pendenciero, Washington no quiere reconocer su propia responsabilidad en el aumento de la tensión internacional: hay que recordar que Putin inició su presidencia intentando acomodarse a un mundo unipolar dirigido por Estados Unidos, reclamando respeto y reconocimiento de los intereses rusos. El patente desprecio hacia el presidente ruso, la evidencia de que Estados Unidos sigue especulando y alentando una hipotética partición de Rusia, como hizo con la Unión Soviética, levantaron todas las alarmas en Moscú, y llevaron a Putin, todavía bajo la presidencia de George W. Bush, a su discurso de febrero de 2007 en Múnich, donde denunció el expansionismo norteamericano y el incumplimiento de todos los acuerdos, suscritos o tácitos, entre Moscú y Washington tras la desaparición de la Unión Soviética. Desde entonces, y pese a gestos teatrales como el del botón de “reinicio” ofrecido por Hillary Clinton (que no se concretó en ningún cambio en la política exterior norteamericana), Estados Unidos ha continuado aproximando su dispositivo militar a las fronteras rusas.

Francia y Alemania se han implicado en la búsqueda de una solución política para Ucrania, pero su margen de maniobra es escaso, porque predominan en sus gobiernos las obligaciones como miembros de la OTAN, y Washington y el cuartel general aliado de Bruselas han elaborado un discurso que, en lo esencial, ha sido impuesto a todos los miembros y ha sido adoptado también por París y Berlín, que, aunque sigan a regañadientes el discurso belicista, se ven obligados a imponer sanciones económicas a Moscú y a discutir sobre hipótesis más peligrosas, donde no se descarta el envío de armamento e, incluso, de fuerzas militares, aunque por el momento, esa posibilidad se discuta en secreto. Atrapados en su propia propaganda, los países de la OTAN son incapaces de asumir que la crisis ucraniana no estalló por unas “protestas ciudadanas” (por lo demás, instigadas y financiadas en buena parte por países occidentales), sino por el apoyo a un golpe de Estado y un cambio de régimen que pretende incorporar a Ucrania a una alianza militar abiertamente hostil con Moscú. Si te muestras agresivo con los demás, no puedes esperar que te reciban con los brazos abiertos.

Ni la Unión Europea, ni, mucho menos, Estados Unidos, quieren reconocer que la apuesta por integrar a Ucrania en la OTAN es una verdadera provocación contra Rusia (¿imagina alguien la hipótesis de que México o Canadá se integrasen en una alianza militar agresiva contra Washington?), que, además de innecesaria, ha traído una guerra civil, ha destruido la economía ucraniana, ha abierto un peligroso frente en Europa y ha dinamitado a medio plazo la posibilidad de una convivencia amistosa y pacífica en el continente. Que la guerra ucraniana haya sido producto del cálculo o una consecuencia imprevista del golpe de Estado, no mitiga la responsabilidad estadounidense. La guerra que la aventurera política exterior norteamericana ha encendido se presenta ahora como responsabilidad exclusiva de Moscú y como la prueba del peligroso “expansionismo” ruso, pero olvida que tras la disolución del Pacto de Varsovia, el destino manifiesto de la OTAN no fue iniciar su desmantelamiento sino una acelerada expansión hacia las fronteras rusas que le ha llevado a instalarse en ocho países (Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, República Checa, Eslovaquia, Rumania, Bulgaria) e intentar hacerlo con Georgia y Ucrania, sin olvidar sus instalaciones en algunas de las viejas repúblicas soviéticas de Asia central. Ese ha sido el verdadero expansionismo militar de las dos últimas décadas. Porque Washington no quiere entender que la seguridad ha de ser un principio compartido, y que llevar el dispositivo militar de la OTAN a las propias fronteras rusas no es sólo una provocación sino también la ruptura de los inestables equilibrios internacionales.

Las acusaciones y alarmas, siempre sin pruebas, lanzadas contra Rusia por el norteamericano Philip M. Breedlove, comandante de las fuerzas de la OTAN en Europa, o la visita secreta a Kiev, en enero de 2015, del general James R. Clapper, director de la Inteligencia Nacional norteamericana, entre otras, son el reflejo de la visión de los halcones de Washington. El secretario de defensa, Chuck Hagel, y el jefe del Estado Mayor conjunto, general Martin Dempsey, también apoyan el envío de armamento a Kiev, y las alarmas lanzadas por el duro Zbigniew Brzezinski sobre un hipotético ataque de Rusia a los países bálticos, van en la misma dirección: quieren enviar armas a Ucrania, emponzoñar la situación y hacer irreversible una guerra europea, tal vez global, y eso puede hacerse a través de diferentes vías, porque los halcones de Washington no tienen demasiados escrúpulos: no hace mucho, el general Wesley Clark, declaraba a la CNN sobre los nuevos islamistas que degüellan ante las cámaras: "Creamos el Estado Islámico con financiación de nuestros aliados".

La reciente declaración del Partido Comunista ucraniano, principal fuerza de la oposición, ahora perseguida y reducida, se cerraba con una preocupante proclama dirigida a ucranianos y europeos: decid no a la guerra y al fascismo. Porque ese es el riesgo, el tumor que amenaza a Ucrania y Europa. Hay otros problemas para Europa, desde luego, añadidos a la severa crisis económica y a las grietas en la zona del euro: desde la imprevista rebelión griega, que Bruselas pretende doblegar; hasta la respuesta de los poderes reales ante la hipotética emergencia de un movimiento opositor que, aunque de manera confusa, impugne en diferentes países la construcción neoliberal de la Unión Europea; pasando por el reforzamiento de la extrema derecha, que no preocupa tanto por su modelo social como porque puede hacer retroceder a las formaciones conservadores hoy dominantes; o incluso las artimañas del poco fiable socio británico, cabeza de puente norteamericana en Europa, junto con los revanchistas gobiernos polacos y bálticos; y, en fin, los retos del terrorismo que la propia Europa y Estados Unidos han contribuido a crear, pero ninguno de esos problemas es tan grave como la guerra en Ucrania y la posibilidad de que se extienda al resto del continente si no se consolida la vía diplomática. El pragmatismo de Angela Merkel, impulsando los acuerdos de Minsk, tiene una doble interpretación: por un lado, sabe que no puede vencerse a Rusia en una guerra global y, por eso, camina por el alambre de la diplomacia; por otro, aunque quisiera poner de rodillas a Moscú, sabe que esa victoria no sería alemana, sino norteamericana, y eso empuja a Berlín a los equilibrios entre la obligada sumisión a Washington (la OTAN, ata), el interés propio por la estabilidad europea, y los siempre presentes recelos germanos hacia el gran país eslavo que se niega a aceptar la supremacía occidental. Por su parte, Estados Unidos quiere una Rusia débil, y no renuncia a su fragmentación, que haría posible el control norteamericano de los yacimientos de hidrocarburos, y, en ese escenario, no es casual que Estados Unidos no participe en la solución pacífica a la crisis ucraniana: una guerra abierta sometería a Moscú a una dura prueba, le impediría la reconstrucción de los lazos entre las antiguas repúblicas soviéticas y bloquearía su modernización económica. Al mismo tiempo, para la Unión Europea, la extensión de la guerra ucrania supondría un nuevo clavo en el ataúd de la impotencia estratégica y de la sumisión con que Washington quiere encerrar a Bruselas: un enfrentamiento entre Rusia y la Unión Europea en Ucrania, una herida abierta y sangrante en el continente, es la mejor hipótesis norteamericana para fortalecer su propio poder a través de la OTAN, arrinconar a Rusia, y para aprestarse a la gran batalla de las décadas próximas: China. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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