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viernes, 26 de mayo de 2017

Jeremy Corbyn debería seguir el ejemplo de Bernie Sanders y apostarlo todo

El líder laborista Jeremy Corbyn, en su primer día de campaña en Londres EFE

El líder laborista no tiene nada que perder salvo a los nuevos blairistas que piden prudencia. Esta es su oportunidad para descubrir qué pasiones mueven su política


Simon Jenkins


  Dejen a Corbyn que sea Corbyn. Lo que está dando en este momento es un espectáculo lastimero. Pretender que va a ser el próximo primer ministro no le funciona. Ni siquiera le alcanza para aparentar que lidera el laborismo. Y creer que Jeremy Corbyn es "la negación de Theresa May" es Michael Foot para principiantes [Foot fue el líder laborista bajo cuyo mandato el partido obtuvo una derrota histórica frente a Margaret Thatcher en 1983).

Hace dos semanas, Corbyn pronunció un dinámico discurso de apertura para sus seguidores londinenses en el centro de conferencias Church House (Westminster). Aquello fue Bernie Sanders puro. Cargó contra los ricos, acusó al establishment de "escribir sus propias reglas"; invocó a Kier Hardie (fu ndador del partido laborista) y ridiculizó a los medios de comunicación laboristas y al "sistema amañado", sea lo que sea que eso signifique. Una actuación con muchas promesas y ninguna política: irresponsable, salvaje y en absoluta comunión con su audiencia.

Corbyn se convirtió esta semana en una cámara de eco donde resonaban frases como "programas completamente presupuestados", "pilladas" a los conservadores en sus mentiras, y diez mil policías. Su responsable de Asuntos Exteriores, John McDonnell, balbuceaba números; su responsable de Interior, Diane Abbott, alcanzaba uno de esos momentos de suma cero; y Corbyn estaba atascado entre un micrófono y una pared de ladrillos: en su tono monocorde tuvo que pedir apoyo a sus colegas. Aquello tenía tanto que ver con la política como el avistamiento de trenes.

Dudo mucho que a los votantes les importe un pimiento cuánto cuesta un policía o a cuántos médicos equivalen los impuestos corporativos. Enfrentamos la perspectiva de una semana con manifiestos partidarios llenos de promesas descabelladas en las que los votantes no creen, aunque todavía tienen el poder de limitar a futuros ministros de Exteriores. Promesas que deberían ser revisadas por la Oficina de los Presupuestos Responsables y adjuntar una advertencia: "Tan viable como lo permitan los recursos". Los manifiestos son las fake news de las elecciones.

La principal y evidente lección de la nueva política no es la importancia cardinal de la personalidad. Eso ya lo sabemos. La lección es que ahora se prescinde del partido. Los políticos profesionales detestan esa idea, porque vuelve superfluos sus esfuerzos electorales. Una vez, el sociólogo electoral de la Universidad de Oxford David Butler intentó persuadir a los dos grandes partidos para que no hicieran campaña en ciertos distritos, a ver si había o no alguna diferencia. Pero ninguno se atrevió a seguir su consejo: los dos se quedaron cuidando a sus votantes por miedo de que fuera peor si no lo hacían.

Tony Blair ganó las elecciones para el partido laborista siendo él mismo, un "no laborista". El partido perdió cuando presentó líderes poco viables como Neil Kinnock, Gordon Brown y Ed Miliband. Los conservadores también perdieron con los débiles (William Hague y Michael Howard) y ni siquiera lo intentaron con Iain Duncan Smith.

Esa tendencia se ve reforzada ahora por el derrumbe de los partidos tradicionales. La cantidad de votos para los partidos que ganan las elecciones en Europa se ha desplomado. En los años cincuenta en Reino Unido, los conservadores y los laboristas se llevaban el 97% de los votos. Ese porcentaje apenas araña el 60% hoy. Aquella frase que comenzaba con un 'yo siempre voto' hace tiempo que murió, como demostraron el partido Ukip y el Brexit.

En las últimas elecciones francesas, el apoyo a los partidos tradicionales se desintegró. La mitad del voto fue explícitamente para candidatos anti establishment. Aproximadamente un 10% de los  que apoyaron a Bernie Sanders en las primarias votaron a Donald Trump en noviembre. Al parecer, les gustaba su postura anti establishment.

Esta es la narrativa de la nueva política. A los votantes les gustan los candidatos auténticos, con personalidad y directos. En el Reino Unido le hicieron el juego (un rato) a Ken Livingstone, Boris Johnson, Nigel Farage y Alex Salmond: todos políticos que parecían hablar de una forma sencilla, sin clichés, sinceros y divertidos (aunque en verdad no lo fueran). Como señaló el piscólogo estadounidense Jonathan Haidt, los votantes ya no buscan a alguien que defienda sus intereses sino una combinación de cualidades. Una de las cosas que sí les gustan es que sea alguien con el que compartir una barbacoa o un ascensor. Ahora hay que pasar el test 'es uno de los míos'.

Cuando el partido laborista ofreció a Corbyn a su electorado estaba eligiendo a un rebelde de izquierdas, partidario del desarme nuclear y de las campañas contra la guerra. Un hombre de Islington (municipio pobre del norte de Londres)

con barba, suéter, bici y casco que siente un desprecio profundo por el dinero, el poder y los privilegios. Imposible que se hiciera uno con sus compañeros en el parlamento. Tan imposible como que lograra unir al partido laborista, una tarea similar a la de reparar el Sacro Imperio Romano. Aún así, lo eligieron.

Cuando de repente se anunciaron en abril las elecciones, un escenario posible habría sido que Corbyn rompiera la disciplina y apoyara pactos locales electorales para enfrentar a los conservadores.  El argumento que podían haber usado Caroline Lucas (Los Verdes) y otros líderes para defender una alianza progresista de ese tipo era incontestable: en 2015, el 49% de los votantes dio su apoyo a partidos más o menos progresistas, incluyendo al laborista, los Liberal Democrats (Demócratas Liberales) y los nacionalistas. Sin embargo, llegan las elecciones y se enfrentan unos a los otros como rivales.

El resultado es que entre  40 y 50 escaños que podían haber ido para un candidato progresista terminaron en manos de los conservadores. Entonces, como ahora, ganó el sentido de tribu en Westminster. Por hacerse los machos el laborismo exigió "disputar todos los escaños del país". Al parecer, eso era más importante que quitarle a los conservadores una mayoría potente (ni hablar de ganar las elecciones).

Pero a Corbyn le quedaba una estrategia posible y era imitar la de Sanders y Trump: "dejar a Jeremy que sea Jeremy". En este enfoque, incluso era una ventaja tener pocas posibilidades de ganar. Los votantes de perfil liberal o progresista podrían abandonar el pragmatismo y "votar con el corazón". Si el politólogo Paul Collier está en lo cierto, y ser de izquierdas es "una manera sencilla de sentirse moralmente superior", ¿por qué no mimar entonces la moral de la gente?

Corbyn debería olvidarse de lo que piensa hacer en el poder o de lo que dice su manifiesto. Tiene que apostarlo todo. Provocar la indignación moral, proponer el desarme nuclear y el fin de las guerras neo-imperiales. Atacar los salarios de los gerentes, los irracionales subsidios a la energía y los proyectos de infraestructura de líderes vanidosos. Pedir la renta universal, la reforma de las prisiones y la legalización de los drogas. Sensata o no, la lista se puede hacer perfectamente. Pero en las elecciones es raro escuchar las ideas radicales porque los políticos tienen miedo a asustar a los caballos que tiran del centro. Lo único que nos dan son estadísticas sobre policías, enfermeras y escuelas.

Mi impresión es que Corbyn es apasionado y cree en lo que dice. Son los nuevos blairistas de su propio partido los que desaprueban su pasión. No me interesa saber qué haría el laborismo "si llegase al poder", porque incluso si llega es poco probable que lo haga. Pero sí me gustaría saber cuáles son las fuerzas que mueven a su líder, qué le importa, cuál sería su respuesta ante determinados acontecimientos. Me gustaría que Corbyn piense lo que no se puede pensar.

Sólo hay que recordar a aquel simpatizante de Trump en desacuerdo con todo lo que el republicano decía. "Es uno de los míos", dijo. Ríanse o acéptenlo, pero estas son las personas que hoy están ganando las elecciones. Corbyn debería darle con todo y mostrarnos quién es de los suyos.

Traducido por Francisco de Zárate
Fuente: eldiario.es

martes, 23 de mayo de 2017

Manchester superará esta atrocidad

Personas que asistieron al concierto de Manchester salen el martes del hotel Park Inn de Manchester. Rui Vieira / AP




Owen Jones

   
El odio que conduce a alguien a explotarse entre una multitud de niños y adolescentes en un concierto es imposible de persuadir, valorar y comprender. Asistir a un concierto en esas edades supone una excitación única: los que asisten cuentan los días, comparten su entusiasmo por SMS y Whatsapp en las horas anteriores, y cantan las canciones junto a sus padres y amigos. Alcanzas una comunión especial en un concierto, te sientes unido al instante con personas que no conoces gracias a ese amor compartido por la música que forma la banda sonora de tu vida.

Escuchar esa alegría, verla marcada en las caras de los niños, y luego asegurarte de que la última cosa que hagas es conseguir que sus padres no les oigan reír nunca más, ese odio pervertido no puede explicarse.

Pero Manchester ha demostrado algo: no importa cómo sea el odio que haya en la mente de este perpetrador patético y retorcido –cuyo nombre debe ser olvidado–. No está a la altura del amor y solidaridad de Manchester. Esos mancunianos que ofrecieron su casa a extraños. Los taxistas que llevaron gratis a la gente a su casa. Fueron respuestas instintivas, porque cuidarse unos a otros está grabado en el espíritu de la gente de Manchester.

Es un tópico hablar del carácter amistoso de la gente del norte. Manchester tiene los problemas de todas las ciudades. Ningún sitio está lleno de santos. Todo el mundo es capaz de ser un maleducado o de algo peor. Pero mientras en otras ciudades la gente puede tener mucha prisa para mostrarse agradable, donde la fría amabilidad sustituye al afecto, Manchester destaca sobre las demás. Gente que no te conoce te pregunta cómo estás, y lo dice en serio. Personas que no se han visto antes charlan en el transporte público o en la calle. Francamente, en Londres eso se considera un poco extraño. Eso ocurrió en el concierto de ayer. Es lo que hacen los mancs.

Ayer, Manchester era una de las mejores ciudades de la Tierra, y continúa siéndolo hoy. La cordialidad, la solidaridad, el típico humor manc, todo eso prevalecerá tanto como antes. Esta fue la ciudad que trajo la civilización industrial moderna. Es un huracán de creatividad y talento, con la música de Oasis y The Smiths, el arte de Lowry, el fútbol, los atletas y los cómicos.

Un espíritu depravado ha podido infligir un inmenso sufrimiento a esta ciudad. Inevitablemente, ya hay buitres motivados por el odio sobrevolando esta atrocidad que responderán justo de la forma que quieren los terroristas. Pero podemos elegir. Cuando salgan los nombres de las víctimas mortales, y sus seres queridos nos cuenten quiénes y cómo eran, recordemos solo eso. Celebremos el talento y el cariño de Manchester. Destaquemos todas las cosas que unen a esta sociedad diversa y rechacemos a todos los que piden lo contrario. Y seamos conscientes de que no importa qué motivo retorcido se haya usado para justificar y realizar una matanza de niños y adolescentes, Manchester siempre vencerá.
Fuente: eldiario.es - theguardian

domingo, 21 de mayo de 2017

¿Hacia una «primavera latina»?

Agitación contrarrevolucionaria en Venezuela

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Va en ascenso la inquietud en Latinoamérica, donde Estados Unidos y el Reino Unido están implementando una «primavera» al estilo de las «primaveras árabes». Por supuesto, como prácticamente todos los latinoamericanos son cristianos, no se tratará en este caso de sembrar la guerra enemistando a los pueblos con argumentos religiosos. Se buscará más bien la manera de recurrir a ciertos aspectos de las identidades locales. Pero el objetivo seguirá siendo el mismo: no se trata de reemplazar un gobierno por otro sino de destruir los Estados para eliminar así toda posibilidad de resistencia nacional frente al imperialismo.
Con el tiempo, numerosos líderes políticos del mundo entero han reinterpretado las «primaveras árabes». Lo que al principio parecía ser una serie de revoluciones espontáneas contra gobiernos autoritarios se ve hoy en día como lo que realmente es: un plan anglosajón de desestabilización de toda una región del mundo para poner en el poder a la Hermandad Musulmana. El recuerdo de la «revuelta árabe de 1916», durante la cual Lawrence de Arabia sublevó la región en contra del Imperio Otomano haciendo que los pueblos soñaran con la libertad para acabar sometiéndolos al Imperio Británico, está ahí para demostrarnos que Londres dispone de la experiencia necesaria para ello.
Los anglosajones están preparando al parecer una nueva ola de seudo revoluciones en Latinoamérica. Todo comenzó con un decreto del entonces presidente Barack Obama, emitido el 9 de marzo de 2015, que declaraba un estado de emergencia ante la extraordinaria amenaza que la situación en Venezuela supuestamente representaba para Estados Unidos. Ese documento suscitó en todo el continente una ola de indignación que obligó al presidente estadounidense a presentar excusas durante una cumbre regional. Obama se excusó… pero no anuló el decreto y los preparativos para una nueva guerra siguieron adelante.
Es importante observar que el texto de Obama sobre Venezuela no es una ley, como la Syrian Accountabilty Act adoptada bajo la administración de George W. Bush, en 2003, sino un decreto presidencial. Eso implica que el poder ejecutivo no está obligado a rendir cuentas al legislativo sobre los preparativos que lleva a cabo al respecto.
En el mundo árabe en general, y en el caso de Siria en particular, los anglosajones necesitaron 8 años para iniciar las acciones. Pero numerosos elementos hacen pensar que necesitarán menos tiempo para emprender un programa de destrucción en Latinoamérica.
En Brasil, justo antes de los Juegos Olímpicos, estalló una serie de desórdenes contra el gobierno de la presidente Dilma Rousseff. Esta última fue destituida como resultado de un procedimiento parlamentario, legal pero totalmente en contradicción con el espíritu de la Constitución.
El golpe parlamentario contra Dilma Rousseff fue implementado, bajo el control del Banco Central –cuyo segundo al mando tiene doble nacionalidad brasileña e israelí–, por un grupo de diputados hoy metidos hasta el cuello en graves escándalos de corrupción. Los servicios de seguridad brasileños se mantuvieron extrañamente pasivos durante el golpe. ¿Cómo se explica eso? Con vista a los Juegos Olímpicos, se hallaban bajo la supervisión de expertos israelíes. Actualmente, el nuevo presidente, Michel Temer –quien tiene doble nacionalidad brasileña y libanesa–, es objeto del más amplio rechazo popular.
La situación no es mucho mejor en México, país ya de hecho dividido en cuatro. El norte exhibe un fuerte crecimiento mientras que el sur está en plena recesión. Los dirigentes políticos mexicanos han vendido Pemex, la empresa petrolera nacional, y todas sus reservas a Estados Unidos, que por consiguiente ya no necesita el petróleo del Medio Oriente. Sólo el ejército parece creer aún en el concepto de patria.
En Venezuela, la oposición ha logrado capitalizar algunos errores económicos del gobierno para realizar unas pocas grandes manifestaciones pacíficas. Pero también organiza simultáneamente minúsculas concentraciones extremadamente violentas durante las cuales han sido asesinados tanto policías como manifestantes. Creando la confusión, las agencias de prensa internacionales dan la impresión de que ha comenzado una revolución contra los chavistas, lo cual no tiene absolutamente nada que ver con la realidad.
O sea, los tres principales Estados latinoamericanos están siendo desestabilizados al mismo tiempo. Tal parece como si los neoconservadores estadounidenses, previendo un posible restablecimiento de la paz en Siria, estuviesen acelerando la aplicación de sus planes en Latinoamérica.
El viernes, en una alocución transmitida por televisión, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, puso en guardia al pueblo sobre el proyecto anglosajón de «primavera latina». El presidente Maduro citó amplia y repetidamente los precedentes de Libia y Siria ante una audiencia de intelectuales latinoamericanos, a quienes tuve la oportunidad de unirme, como sirio de corazón.
Fuente
Al-Watan (Siria)

lunes, 6 de marzo de 2017

No culpemos a Corbyn de los pecados de Blair, Brown y el Nuevo Laborismo



Ken Loach

El aluvión de peticiones para que dimita Jeremy Corbyn desde las elecciones parciales de Stoke y Copeland ha sido tan previsible como premeditado. Lo dice todo de la agenda política de los medios y nada acerca de las verdaderas necesidades y experiencias de la gente.

Estuve en Stoke y Whitehaven, en Cumbria, pocos días antes de la jornada electoral. Momentum [movimiento favorable a Corbyn dentro del laborismo] había organizado proyecciones de I, Daniel Blake. Fuimos a clubes laboristas en zonas abandonadas, en viejas fincas alejadas del centro. En uno de los clubes me preguntaron: “¿Por qué ha venido usted ? No viene nadie por aquí”.

Los organizadores, Joe Bradley y Georgie Robertson, eran un modelo de cómo tendrían que trabajar los organizadores laboristas: plenos de energía, de los que trabajan duro y son intensamente eficaces. Tenían para todo el mundo un saludo cordial, comprobaban las instalaciones para la proyección, dejaban espacio a los colaboradores locales, de modo que la gente de esa comunidad tuviera la impresión de que el acto era suyo y que se les escuchaba. Así es cómo puede el laborismo recuperar el contacto.

Las dos proyecciones estuvieron a rebosar. Los debates fueron apasionados, informados y estimulantes, a un millón de años de los fatigosos clisés del discurso público. No se trataba de un ejercicio de mercadotecnia sino de un compromiso real con la gente y sus preocupaciones.

El fracaso de los gobiernos laboristas – y lo que es importante, de los concejales laboristas  – era tema corriente. No es difícil ver el abandono en torno a Stoke. Sólidamente laborista, desde luego, pero ¿qué bien les ha hecho? Un informe de 2015 descubrió que 60.000 personas viven en la pobreza, 3.000 hogares dependen de la caridad para comer y deben 25 millones de libras en impuestos municipales atrasados. La presencia del BNP, hoy reemplazado por el UKIP,  demuestra de qué modo el fracaso del laborismo abrió espacios a la extrema derecha.

La historia era parecida en Copeland. Se han perdido industrias – acero, minas, una factoría química – sin plan alguno para substituirlas. Al laborismo se le juzga tan culpable como a los tories. Alguien dijo que el de Copeland fue un voto contra el establishment, y el laborismo es el establishment local. Fue un voto contra Tony Blair y Gordon Brown, contra Jack Cunningham y Jamie Reed, anteriores diputados.

En ambos distritos los candidatos laboristas, ninguno de la izquierda del Partido, recibieron invitaciones a mítines que ambos ignoraron. Con la cobertura de la television, la radio y la prensa, esto resulta estrambótico. ¿Puede que fuese porque el organizador era Momentum? Estábamos allí para apoyar al laborismo. Ni siquiera hubo la cortesía de una respuesta.

Y ahora hagámonos las preguntas de verdad. ¿Cuáles son los grandes problemas a los que se enfrenta la gente? ¿Cuál es el análisis y el programa del liderazgo laborista?  ¿Por qué es el laborismo aparentemente impopular? ¿Quién es responsable de las divisiones del Partido?

Los problemas son de sobra conocidos, pero rara vez se ligan a la cuestión del liderazgo. Una clase trabajadora vulnerable que conoce la inseguridad en el empleo, los bajos salarios, el espurio “autoempleo”, la pobreza para muchos, contando a los que tienen empleo, regiones enteras que se han dejado pudrir: estas son las consecuencias de de la economía de libre mercado tanto de los tories como del Nuevo Laborismo. La “flexibilidad” de los patronos es explotación de los trabajadores. Se desmiembran, se deslocalizan, se clausuran servicios públicos, fuente de beneficios para unos pocos y de una sociedad empobrecida para los más. El hecho esencial resulta cegadoramente obvio: los años de Blair, Brown y Peter Mandelson fueron centrales en esta degeneración. Esa es la razón por la que los afiliados laboristas votaron por Jeremy Corbyn.

Corbyn y su canciller [de Economía] en la sombra, John McDonnell, tienen un análisis diferente y están proponiendo medidas políticas diferentes. El mercado no proporcionará jamás una existencia segura y digna para la inmensa mayoría. Si existe una necesidad, pero sin que rinda beneficios, la necesidad no se satisface. Colectivamente, podemos planificar un futuro seguro, utilizar nueva tecnología en beneficio de todos, garantizar que se regeneren todas las regiones con industrias de verdad, y reconstruir nuestros servicios públicos y la calidad de nuestra vida cívica. Se trata de una visión de un mundo transformado y un rechazo de la sociedad amarga, dividida y empobrecida que vemos a nuestro alrededor.

Las medidas políticas de Corbyn supondrían un comienzo. En primer lugar, inversiones públicas en las regiones abandonadas para proporcionar empleos adecuadamente pagados; una sanidad pública con financiación plena, en el que todo el mundo, de las limpiadoras a los consultores, esté empleado directamente y del que se expulse los contratistas privados; resolver el desastre del PFI,[Private Finance Initiative, plan de incentivos y potenciación de la iniciativa privada en el sector público] tan caro al Nuevo Laborismo; vivienda municipal para resolver la crisis de la gente sin hogar, en comunidades planificadas y sostenibles; y el transporte devuelto a la propiedad pública para acabar con el caos de la privatización. Hay una comprensión de cuáles son los problemas y las ideas para empezar la reconstrucción. ¿Cómo pagarlo?  Corrigiendo la desigualdad a través de los impuestos a las grandes fortunas y beneficios.  Yo añadiría también que la economía precisa de cambios fundamentales para que todos “reciban los frutos plenos de su trabajo”, como dice mi viejo carnet del Partido Laborista.

La ironía es que estas medidas políticas son populares. En un sondeo reciente llevado a cabo por la Media Reform Coalition, el 58% se opone a la implicación privada en el  NHS [la Sanidad pública], el 51% apoya la propiedad pública de los ferrocarriles, y el 45% está a favor de un mayor gasto público y de aumentar los impuestos a los más ricos. ¿Por qué no oímos a los diputados laboristas proponer este programa? ¿A qué viene el silencio de los capitostes que se niegan a estar en el gabinete en la sombra? ¿Rechazan las medidas políticas, prefiriendo la política del Nuevo Laborismo de privatización y austeridad, o permanecen en silencio para aislar a Corbyn y a suss partidarios?

Corbyn y su pequeño grupo luchan contra los tories de frente y se las arreglan con un motín silencioso a sus espaldas.  Pero los diputados, poco representativos de los afiliados, están causando un daño inmenso. ¿Cómo es que los medios no los llaman a capítulo? Son ellos y quienes les respaldan dentro de la burocracia los que han sido rechazados.

Fue su Partido Laborista, no el de Corbyn, el que perdió Escocia, fue derrotado en dos elecciones generales y ha visto menguar inexorablemente el voto laborista. Pero conservan el sentido de su derecho a liderar. Han tolerado o respaldado la erosión del Estado del Bienestar, el abandono de las viejas zonas industriales, los servicios públicos recortados y privatizados, y una guerra ilegal que provocó un millón o más de muertos y aterrorizó y desestabilizó Irak y los países vecinos. Si se puede eliminar a Corbyn, volveremos a lo de siempre, con escasa diferencia entre el laborismo y los conservadores. Si ha de transformar la sociedad, el Partido mismo ha de transformarse.

Y ¿qué pasa con la prensa? El maltrato de la derechista es tan tosco como podría esperarse. Pero los diarios que se presentan como radicales han dejado ver que nada tienen de eso. El Guardian y el Mirror se han convertido en corifeos del Viejo estamento de poder laborista. Una columna tras otra exige que se vaya Corbyn. Volcanes extintos aparecen citados con alborozo. Gran titular para Mandelson: “Trabajo todos los días para echar a Corbyn”. Mandelson tuvo que dimitir dos veces del gobierno, desacreditado. ¿Por qué darle esa importancia, salvo por añadirlo a la música del sentimiento contrario a Corbyn?

Los locutores siguen las pistas de la prensa. Un informe descubrió que durante la campaña para la reelección de Corbyn, la BBC escogió el doble de entrevistados hostiles a Corbyn que de partidarios. La crítica es personal y tan feroz como la empleada en contra de Arthur Scargill [líder minero de las huelgas de los años 80 contra el cierre de los pozos ordenado por el gobierno de Thatcher]. Si hicieran falta pruebas de la fortaleza de Corbyn, está su habilidad de aguantar esta acometida.

¿Por qué este ataque? ¿Por qué se exonera a los abstencionistas de su partido y se le juzga personalmente responsable del prolongado declive del laborismo? ¿Podría ser por temor a que Corbyn y McDonnell quieran hacer lo que dicen? Si tuvieran un movimiento poderoso que les apoyara, bajo su liderazgo el laborismo comenzaría a restringir el poder del capital, sacar a las multinacionales de los servicios públicos, devolver derechos a los trabajadores y comenzar el proceso de crear una sociedad segura y sostenible que todos podríamos compartir. Es un premio por el que vale la pena luchar. Sería un comienzo, sólo el comienzo, de un largo viaje.

Ken Loach es el mayor de los cineastas políticamente comprometidos del realismo social británico

Fuente: The Guardian, 28 de febrero de 2017

Traducción: Lucas Antón



domingo, 19 de febrero de 2017

Los inmigrantes, siempre el chivo expiatorio, responden a las mentiras del UKIP

EFE


Las historias honestas y emocionantes de los inmigrantes que contribuyen a diario con el progreso en Reino Unido pueden vencer a los xenófobos.


Owen Jones   


Ake Achi no recuerda cuándo empezó a trabajar en la plantación de su familia, en Costa de Marfil, aunque dice que debió de ser "cuando aprendí a caminar". No había guarderías ni nadie que cuidara de los niños, así que su hermana y él iban a los campos con su madre. Sin embargo, sus padres tenían familiares en Francia y, una noche, despertaron a los dos pequeños de 11 años y los metieron en un vehículo con la esperanza de conseguir una vida mejor.

Hace una década, Achi se mudó a Londres para mejorar su inglés y buscar oportunidades. Tuvo que trabajar mucho. Compaginaba sus estudios en la Universidad de Kingston con un empleo de guardia de seguridad a jornada completa. Hoy es delegado sindical y ayuda a los trabajadores a combatir las injusticias que cometen los poderosos, aunque las culpas recaigan con demasiada frecuencia sobre los inmigrantes. También es fundador de Right2workuk, un grupo que lucha por el derecho de los inmigrantes a trabajar en Gran Bretaña.

Achi pertenece a un movimiento nuevo, One Day Without Us (1DWU), cuyo objetivo consiste en dar voz a los frecuentemente despreciados inmigrantes. El próximo lunes, cuando miles de personas salgan a la calle para manifestarse contra el sometimiento de Theresa May a Donald Trump, los inmigrantes y no inmigrantes que lo deseen podrán sumarse a un acto contra la xenofobia que se celebrará en todo el país: 1DWU les invita a cogerse del brazo, sostener sus pancartas y hacerse una fotografía en lo que será una demostración nacional de solidaridad.

"Cuando las cosas van mal, siempre se culpa a los inmigrantes", dice Achi. El Gobierno ha  prohibido que los trabajadores no comunitarios se queden en Gran Bretaña con carácter permanente si ganan menos de 35.000 libras (41.000 euros) al año o llevan menos de una década en el país. Es una medida que afecta a muchos trabajadores; por ejemplo, de una institución que, como afirma Achi, "no sobreviviría sin nosotros": el NHS (Sistema Nacional de Salud). Pero acusar a los inmigrantes del lamentable estado de la Seguridad Social británica es menos comprometido que acusar al Gobierno por haberla empujado a lo que la Cruz Roja describe como "una crisis humanitaria".

1DWU no podría llegar en mejor momento. Hasta ahora, los inmigrantes carecían de una voz propia capaz de hacerse oír y el debate ha sido demasiado a menudo sobre ellos pero sin ellos. También es crucial por otro motivo: el UKIP ha planteado el asunto desde la emoción y el poder de las historias personales, Por el contrario, los que han defendido la contribución de los inmigrantes se han apoyado en datos y estadísticas.

En cierta ocasión, alguien recordó a Nigel Farage, entonces líder del UKIP, que los inmigrantes aportan mucho a las arcas públicas, a lo que él contestó: "Prefiero comunidades unidas donde los jóvenes británicos tengan una oportunidad real de conseguir empleo". Como de costumbre, su posición se basaba en un mito; las comunidades que sufren los índices más altos de paro juvenil coinciden a menudo con las que tienen menos inmigrantes. Pero esa no es la cuestión.

Farage se presentó como paladín de la comunidad contra los ideólogos de la obsesión por el dinero; decía que el dinero no es lo más importante de la vida, asaltando audazmente uno de los mensajes tradicionales de la izquierda: "Lo social importa más que los mercados". Y su desventurado sucesor, Paul Nuttall, ha intentado usar el poder de las historias personales.

Pero tienden a ser falsas. Sabe que los votantes se sienten atraídos por un pasado vital emocionante, como el de ser jugador profesional de fútbol (falso) y sacarse un doctorado (falso). Sabe que Hillsborough es una tragedia emocional para todos los británicos y  también resultó ser falsa la noticia publicada en su página web de que había perdido a uno de sus amigos en el suceso.

Ahora, por el contrario, hay una oportunidad de promover casos verídicos e igualmente emocionales desde la causa de los inmigrantes. Tienen pasados que cautivan. Y aunque todos dependemos de ellos, están preocupados, asustados y enfadados por el trato que reciben. Como Birgit Möller, una alemana de 55 años que lleva en Gran Bretaña desde casi antes de que yo naciera.

Möller, una apasionada de la educación y los niños, trabaja en una guardería. Tiene un marido y un hijo que también viven aquí. Llegó atraída por la pluralidad social de Londres, "por el clamor de tantas personas de sitios diversos, unidas en una sola comunidad", pero la tóxica campaña del referéndum de la UE, que presentó a los inmigrantes como un problema, le ha dejado "tan impactada como insegura".

"Nunca me había visto en la necesidad de defender mi derecho a vivir y trabajar aquí. No sé lo que va a pasar". En su opinión, hay muchos problemas en Gran Bretaña que no tienen nada que ver con la inmigración, "como la enorme diferencia de ingresos y el excesivo poder de las empresas". Y, al igual que Achi, cree que "se busca un chivo expiatorio para no tener que enfrentarse a las cuestiones reales, muy difíciles de resolver".

Silvia Aced lleva veinte años en Gran Bretaña. Antes trabajaba en la red de transportes y ahora lo hace con niños discapacitados. "Yo misma soy madre de un niño autista y he dedicado mi vida a cosas como esa. Sé por experiencia lo que significa tener un niño con necesidades especiales y lo que cuesta defenderlos".

Aced opina que usar a los inmigrantes como chivos expiatorios es algo "terrible", y explica el sencillo principio que está detrás de 1DWU: "Imagina que faltamos un día al trabajo, solo uno. Sería el caos. La gente se queja cuando los trabajadores del metro hacen huelga, pero sería poca cosa en comparación con el caos que se produciría si nosotros dejamos de trabajar".

El debate sobre la inmigración no será fácil de cambiar. Los sucesivos gobiernos británicos han sido incapaces de ofrecer la vivienda, los empleos estables y bien pagados y el nivel de vida que la gente necesita y tampoco han invertido lo necesario en servicios públicos; especialmente, en los últimos tiempos.

La inmigración se ha convertido en un discurso válido para todo con el que se explican problemas que, en realidad, son culpa de los poderosos. Romper esa lógica va a ser muy difícil, porque implica debatir con mucho tacto con millones de personas que no son conscientes de la contribución de los inmigrantes a la sociedad británica.

Esta no es una causa que podamos ganar con datos y estadísticas. Las sensaciones y las emociones desempeñan un papel crucial. Los inmigrantes han estado ausentes de un debate que les afectaba; pero, si logran que su voz se oiga, podrán hablar de su contribución diaria y cambiar el rumbo de las cosas. El Ukip es un partido de timadores, vendedores de mitos, charlatanes y tramposos profesionales, pero han conseguido envenenar el debate sobre la inmigración porque han monopolizado el discurso emocional durante demasiado tiempo.

El contraataque de los inmigrantes, muchos de los cuales viven el futuro con preocupación, acaba de empezar. Y nos recordarán que el origen de los problemas que sufrimos no está en unas personas que han enriquecido este país, incluso en sentidos que no se pueden explicar con palabras.

Traducido por Jesús Gómez

Fuente: theguardian - eldiario.es

viernes, 14 de octubre de 2016

Afganistán, ocupación duradera




por Manlio Dinucci

A pesar de las ya numerosísimas pruebas que demuestran que Estados Unidos y el Reino Unido planearon la guerra contra Afganistán desde la ruptura en Berlín de las negociaciones con los talibanes –en julio de 2001– aún prevalece la versión que invoca los atentados del 11 de septiembre como justificación de esa guerra. Una guerra cuyo objetivo oficial era el derrocamiento del emirato que los mismos Estados Unidos habían instalado en Afganistán. Esa guerra continúa hoy en día, desde hace 15 años.

El 15º aniversario de los atentados del 11 de septiembre ocupó durante varios días las primeras páginas de los periódicos. Hubo, en cambio, un silencio total de los medios sobre el 15º aniversario de la guerra contra Afganistán, iniciada el 7 de octubre de 2001 con la operación «Enduring Freedom», o sea «Libertad Duradera».

Motivo oficial de la operación: perseguir a Osama ben Laden, organizador [designado] de los atentados del 11 de septiembre y supuestamente escondido en una cueva afgana bajo la protección de los talibanes.

En realidad, como finalmente acabó por saberse, todo el plan de invasión de Afganistán ya estaba sobre el buró del entonces presidente George W. Bush antes del 11 de septiembre. Sus objetivos estratégicos podían además distinguirse claramente en el informe Quadriennal Defense Review, cuyo texto divulgó el Pentágono el 30 de septiembre de 2001, una semana antes del inicio de la guerra contra Afganistán.

El 10 de octubre de 2001, nosotros publicamos las partes fundamentales de ese documento en el diario [italiano] Il Manifesto. Quince años después, su lectura, a la luz de los acontecimientos de los últimos tiempos, resulta especialmente interesante:

«Estados Unidos, que como potencia mundial tiene importantes intereses geopolíticos en el mundo entero, debe impedir que otros dominen áreas cruciales, particularmente Europa, el noreste asiático, el litoral del Asia oriental, el Medio Oriente y el sudeste asiático. Asia, en particular, está emergiendo como una región de posible rivalidad militar a gran escala. Es posible que aparezca en esa región un rival militar con una formidable base en recursos. Nuestras fuerzas armadas deben conservar la capacidad de imponer la voluntad de Estados Unidos a cualquier adversario, incluso a`Estados y entidades no estatales, cambiando el régimen de un Estado opositor u ocupando un territorio extranjero hasta que se alcancen los objetivos estratégicos estadounidenses.»

Lo anterior expresa de manera totalmente transparente las verdaderas razones de la guerra en Afganistán.

Durante el periodo anterior a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 pudieron verse en Asia fuertes señales de acercamiento entre China y Rusia. Ese acercamiento se concreta, el 17 de julio de 2001, con la firma del Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amigable, definido como «piedra angular» de las relaciones entre esos dos países.

Washington ve el acercamiento entre China y Rusia como un desafío a sus intereses en Asia, en un momento crítico en que Estados Unidos trata de ocupar el vacío que el derrumbe de la URSS había dejado en Asia Central, área de primera importancia tanto por su posición geoestratégica en relación con Rusia y China como por sus reservas de petróleo y gas natural en los límites del Mar Caspio.

Y Afganistán es una posición clave para el control de esa área. Eso explica el enorme despliegue de fuerzas de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán, en una guerra que –según un estimado por defecto del Watson Institute (de la Brown University de Estados Unidos)– ha arrojado hasta ahora más de 170 000 muertos y 180 000 heridos graves y el gasto oficial –contabilizando únicamente los gastos estadounidenses– de unos 830 000 millones de dólares (más de 40 veces el PIB de Afganistán), además de enormes gastos no registrados.

En estos 15 años, las operaciones militares en Libia, Irak, Siria y en otros países han costado oficialmente, contabilizando sólo las operaciones militares en el terreno, alrededor de 3 700 millardos [1] de dólares. Pero los “gastos colaterales” futuros, principalmente en términos de asistencia médica a los veteranos estadounidenses de esas guerras, elevan la suma a 4 800 millardos.

En la operación de la OTAN en Afganistán, bajo el mando de Estados Unidos, hoy rebautizada con la denominación «Apoyo Resuelto», se mantiene la participación de Italia con un contingente desplegado en las regiones afganas de Kabul y Herat. Oficiales italianos son enviados además a Tampa (en la Florida, Estados Unidos) para servir en el mando estadounidense de la operación y también a Bahréin, como personal de enlace con las fuerzas de Estados Unidos.

En el marco de esa misma estrategia, Italia está implicada actualmente en 27 «misiones» que hoy tienen lugar en 19 países.

Manlio Dinucci

Fuente original: Il Manifesto (Italia)
Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la versión al francés de Marie-Ange Patrizio.

[1] 1 millardo = 1 000 millones

Manlio Dinucci Geógrafo y politólogo. Últimas obras publicadas: Laboratorio di geografia, Zanichelli 2014 ; Geocommunity Ed. Zanichelli 2013 ; Escalation. Anatomia della guerra infinita, Ed. DeriveApprodi 2005.

FUENTE: Red Voltaire
Voltaire, edición Internacional
Artículo bajo licencia Creative Commons

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domingo, 25 de septiembre de 2016

Corbyn se ha consolidado como líder, pero ahora debe plantear un proyecto claro y coherente


Jeremy Corbyn es reelegido líder del Partido Laborista británico EFE


La esperanza recae en los seguidores críticos que apoyan al líder cuando lo hace bien y lo critican cuando se equivoca.
Muchos afiliados al Partido Laborista creen que los parlamentarios y los cargos jerárquicos del partido no respetan sus decisiones democráticas y que quieren borrarlos del mapa, y si esta furia no se detiene a tiempo, el partido implosionará como fuerza política.  



Owen Jones



Estaba claro que Jeremy Corbyn sería reelegido como líder del Partido Laborista. Vivimos en una época en la que las predicciones políticas se equivocan una y otra vez, pero éste era un resultado sobre el que no cabían dudas.

Aún así, es difícil pensar en un mayor desafío a las probabilidades políticas en tiempos modernos. ¿Cuál era su principal oponente?  Su propio triunfo en las elecciones anteriores.

Durante el último año, el liderazgo de Corbyn fue atacado por la campaña mediática más extrema e implacable que se haya visto contra un político en la historia moderna del Reino Unido. Los parlamentarios laboristas intentaron hacerlo echar de su puesto con un fallido golpe en un momento de crisis nacional, y 172 parlamentarios del Partido Laborista votaron contra la moción de confianza en su liderazgo.

El equipo de Corbyn, que no tenía ninguna esperanza de ganar el año pasado, ha cometido innegables y repetidos errores comunicativos y estratégicos. Y aún así, no sólo el Partido Laborista se ha consolidado como uno de los partidos políticos más fuertes de Europa, sino que Corbyn ha quedado incluso más fortalecido que tras su apabullante triunfo del año pasado. El año pasado ganó por un 59%, y esta vez ganó con un 62%, y con un electorado mucho mayor.

Después de la victoria del año pasado, a Corbyn se le criticó su discurso triunfal por no apelar a todo el país en su conjunto. Esta vez no fue así. Esta vez realizó un fervoroso llamado a la unidad: “Somos parte de la misma familia laborista”, dijo. Sin reclamos ni rencores. Dejó en claro que el Partido Laborista busca ganar, que deben derrotar a los conservadores y presentar una alternativa política atractiva. Ayer pareció un líder. Ahora, Corbyn debe continuar como empezó.

Cuando Corbyn ganó el año pasado, yo escribí que ganar había sido la parte más fácil. Hoy, esa declaración es mucho más pertinente que entonces. El Partido Laborista está hasta el tope de ira, desconfianza mutua y lo acecha una inminente guerra interna. Los anti-corbynistas extremos y los corbynistas están de acuerdo en una cosa: que la guerra no será de agotamiento sino de aniquilación, que los que pierdan serán destruidos.

Cuando el Nuevo Laborismo triunfó en 1997, los socialdemócratas estaban arrasando toda Europa occidental. Hoy, los socialdemócratas alemanes, cuyo líder promueve una tercera vía politica al estilo de Blair, ronda el 18-22% en las encuestas. Los socialdemócratas españoles tienen un líder telegénico pero pierde cada vez más apoyo que le quitan opciones más a la izquierda
La bronca va mucho más lejos que los radicalismos más apasionados. Una gran porción de los afiliados al Partido Laborista creen que los parlamentarios y los cargos jerárquicos del partido les han declarado la guerra, que no respetan sus decisiones democráticas y que quieren borrarlos del mapa para siempre. Muchos parlamentarios creen que el partido se ha llenado de gente que no tiene lealtad al laborismo y que no tolera el desacuerdo. Si esta furia no se detiene a tiempo, el Partido Laborista implosionará como fuerza política.

La única esperanza recae en los seguidores críticos del liderazgo laborista. A estos se los atacará desde ambos lados. La facción anti-corbynista extrema los verá como ingenuos cómplices de las derrotas electorales. Los más leales al liderazgo los verán como ingenuos rajados o saboteadores que no pueden aceptar un partido que se inclina hacia la izquierda. En una atmósfera tan polarizada, los que presentan matices son vistos como chaqueteros, que no se mojan, que se quedan en medio de la carretera y son atropellados por los coches de ambas direcciones, parafraseando a Nye Bevan. Pero, por más críticas que reciban, los seguidores críticos son cruciales para la supervivencia y el éxito de la izquierda en general y del laborismo en particular.

Los seguidores críticos esperan que los parlamentarios laboristas acepten y respeten la segunda decisión electoral democrática, masiva y rotunda en menos de un año. Sin desestimarla y sin sabotearla. Esto no significa silenciar desacuerdos ni traicionar sus propias conciencias, pero se puede expresar desacuerdo sin causar daño político. Los parlamentarios deberían ver la participación de la masa laborista como una oportunidad, no como una amenaza. Deberían aceptar como pilares de la política laborista la inversión –no el ajuste-, la justicia fiscal, la titularidad pública y los asuntos exteriores que priorizan la paz. Si el laborismo va camino a una derrota calamitosa, los rivales de Corbyn necesitan un líder que se haga responsable de lo que suceda. Si, en cambio, conspiran contra el líder, corren el riesgo de que se los culpe por la derrota.

Los adversarios más ideológicos de Corbyn también deberían tomarse un tiempo para pensar en sus propios errores. Ante la ausencia de un proyecto inspirador y coherente, dejaron un vacío y ahora están enfurecidos porque alguien lo ha llenado. Cuando el Nuevo Laborismo triunfó en 1997, los socialdemócratas estaban arrasando toda Europa occidental. Hoy, los socialdemócratas alemanes, cuyo líder promueve una tercera vía politica al estilo de Blair, ronda el 18-22% en las encuestas. Los socialdemócratas españoles tienen un líder telegénico pero pierde cada vez más apoyo que le quitan opciones más a la izquierda. Si la derecha laborista tuviera un buen plan para llegar al poder, no estaría en una situación tan precaria.

Los seguidores críticos también deben hacer demandas y poner presión al liderazgo laborista. Dada la renovación del mandato y la furia de gran parte de las bases por los acontecimientos del verano, sería fácil no decir nada. Las ganas de muchos miembros del Partido Laborista de aplicar la “reselección obligatoria” son reales, pero deben resistirlas. Lo que lograrían sería desestabilizar el partido. Corbyn y John McDonnell enfatizan fervorosamente la unidad. Ése es exactamente el camino que hay que seguir. Si los anti-corbynistas extremos caen en la tentación de socavar públicamente el liderazgo de Corbyn, los que quedan como unos insensatos son ellos. Una vez acabada la batalla por el liderazgo, las disputas internas del partido deben quedar a un lado y debe priorizarse la apremiante necesidad de ganar electorado.

Deben enfatizarse las cuestiones que unifican al partido. Hay que ver cómo Corbyn puso a Theresa May a la defensiva por el tema de la educación secundaria. Los errores cometidos durante el último año son entendibles, dada la falta de preparación para una victoria por el liderazgo que parecía imposible. Esas excusas ya no corren. El liderazgo tiene que plantear un proyecto claro y coherente que atraiga no sólo a sus partidarios apasionados. ¿Cuál es exactamente el proyecto de Corbyn? ¿Qué tipo de país quiere construir el Partido Laborista, y cómo? ¿Cómo puede unificar un país dividido por el referéndum sobre la permanencia en la UE? Estas preguntas necesitan respuestas claras.

A menudo ha fallado la estrategia mediática. Hay que priorizar la presencia en los medios, ya que es donde la mayor parte de la gente se informa sobre temas políticos. Cada vez es más la gente mayor que se aleja del laborismo. Recuperar esa parte del electorado es un desafío existencial. Los autónomos pronto serán más que los empleados del sector público, y necesitan respuestas. La coalición laborista tradicional está divida por las cuestiones de inmigración y la UE. Estas divisiones se tienen que resolver. La masa laborista tiene mucho potencial, pero tiene que haber una estrategia para movilizarla, para llegar a las comunidades y convencer a los indecisos.

Dado el torrente de ataques que sufrió el liderazgo laborista, los corbynistas apasionados se enfurecen ante la más mínima crítica. Pero seguidores ciegos y acríticos no le harán ningún bien al movimiento. Los seguidores críticos no son críticos porque quieran que pierda la izquierda. Quieren desesperadamente que gane. Silenciar los desafíos y los problemas, y culpar a los medios y a los parlamentarios por todo lo que no funciona sólo los llevará a la derrota. Los seguidores críticos deberían apoyar al líder cuando hace algo bien, combatir los ataques cuando son irracionales y criticar al líder cuando se equivoca. No hay nada más desleal a la izquierda que no hablar de las cuestiones incómodas que se tienen que enfrentar si se quiere tener éxito.

Las 313.209 personas que votaron por Jeremy Corbyn están felices con su triunfo. Pongamos ese entusiasmo a trabajar por un proyecto coherente, inspirador y creíble, y quizás –sólo quizás- se pueda construir un Reino Unido basado en los intereses de la mayoría.

Traducción de Lucía Balducci

Fuente: eldiario.es - theguardian

domingo, 7 de agosto de 2016

Jaque a la Unión Europea y pie cambiado de las fuerzas transformadoras



Daniel Albarracín

El apenas esperado acontecimiento de la salida del Reino Unido de la Unión puede comprenderse como una de las posibles consecuencias no deseadas por quienes impulsaron la consulta y las luchas tacticistas entre las élites y, más en particular aquí, las contradicciones en el marco de la disputa por el poder entre las fuerzas de derecha británica. Si bien detrás de este desencaje de piezas se encuentran varias placas tectónicas de carácter socioeconómico y político, que han acabado por desplazar del continente europeo a las Islas Británicas un poco más de lo que ya lo estaban. Se ha mostrado al mismo tiempo la crisis del modelo de integración fallido como es el de la Unión Europea y el divorcio evidente con la población británica, algo que podría replicarse en otros países si se facilitaran nuevas consultas.

El 23 de Junio de 2016 pasará a la historia no sólo como la fecha en que el Reino Unido decidió votar, con un 51,9 %, a favor de la salida de la UE. El 24 Junio no será sólo el momento en que Cameron anunció que, en tres meses, renunciaría a su cargo de primer ministro; también será recordado como el inicio de un proceso de desintegración y caos político que modificó el mapa de Europa, que hirió de muerte el diseño de la Unión Europea. También puede representar el inicio del cambio de las propias fronteras y vínculos de un viejo imperio, que pierde razones para mantener unido a su Reino. Será recordado como un cataclismo legislativo que aboca a un desafío proverbial para recomponer la base regulatoria de un país y el retorno de varias competencias. Lo más preocupante, supone un hito fundamental para el resurgimiento de antiquísimos, orgullosos y reaccionarios sentimientos nacionalistas y xenófobos porque, por desgracia, la opción del Lexit (una salida de izquierdas) ha quedado al margen del debate público en estos últimos meses.

El proceso político de desvinculación

Ahora se abre un complejo proceso político institucional. Debemos conocerlo para disponer de los tiempos en los que se va a mover el curso de lo que está por venir, en el que hay muchas cosas todavía por definir. El único precedente conocido es el de la salida de Groenlandia en 1982, una región autónoma de Dinamarca con apenas 50.000 habitantes.

El Referéndum no es vinculante. Se han abierto dos maneras de gestionarlo. Bruselas quiere activar el artículo 50 de los Tratados Europeos, invocado de inmediato para reducir la incertidumbre mientras que el gobierno británico no quiere darse tanta prisa. Pero, aunque pueda retrasarse, no parece que pueda evitarse el proceso de desvinculación relativa que supone su concreción política. Cualquier acuerdo habrá de ratificarse en el Consejo y en el Parlamento en Estrasburgo. El resto de los 27 países que aún permanecen tienen derecho de veto para establecer un modelo de salida. Luego se daría el paso a la ratificación por los parlamentos nacionales y cualquier país puede obstaculizar el proceso.

Sin duda, los funcionarios británicos en Whitehall van a tener que asumir retos de envergadura. Varias competencias antes reservadas a la UE, como salud, seguridad, servicios financieros o aspectos de política de empleo, regresan al país; habrá que redefinir o redactar numerosas leyes, para evitar vacíos regulatorios o de gestión política. Un reto fundamental será la negociación de nuevos tratados comerciales, así que el Ministerio competente se sobrecargará de tareas.

Activado el artículo 50, se abre un periodo de dos años de negociaciones donde aún se seguirán cumpliendo los tratados y leyes de la UE, pero el Reino Unido no podrá incidir más en sus cambios. Habrá que concretar bajo qué términos se regulará financieramente la ciudad de Londres, los aranceles a aplicar o los derechos de circulación de personas de ciudadanos comunitarios y del Reino Unido.

Un cataclismo para la historia política del Reino Unido.

Cameron ha dimitido “en diferido” para gestionar la transición en su partido y los que aspiren a sucederle, posiblemente un pro-Brexit, tendrán una patata bien caliente.

Entre las candidaturas a ser nuevo primer ministro, si no hay convocatoria de elecciones, cabe hablarse de Boris Johnson, ex alcalde de Londres que lideró entre los Tories al Brexit; George Osborne, que apoyó la permanencia; y los candidatos de compromiso como Theresa May, Ministra del Interior.

El próximo líder tendrá que hacer frente a un partido dividido, asediado por el ascenso del UKIP de Farage. El partido conservador británico puede verse desbordado por su la derecha xenófoba y populista, o bien quedarse absorbido por tener que aplicar las políticas que la derecha más reaccionaria exige.

Mientras tanto, en Escocia e Irlanda del Norte, donde triunfó el voto por la permanencia, o en Gibraltar, puede haber consecuencias de calado a medio plazo. El Partido Nacionalista Escocés activará, si los cálculos le favorecen, una próxima consulta, que podría derivar en la salida de Escocia del Reino Unido y su reinserción en la UE. E Irlanda e Irlanda del Norte podrían asistir a nuevos y reforzados movimientos políticos para alcanzar su reunificación.

Las razones para un Reino Unido se agotan. El viejo imperio que anexionó a varios pueblos y pudo sostenerlos en su interior por su actitud hegemonista ante el resto del mundo y su represión interna, queda muy mal parado de cara a darles razones para mantener a irlandeses o escoceses bajo la Corona Británica, una de las instituciones más poderosas económica y políticamente del mundo.

Las posibles repercusiones económicas

Los mercados financieros han sobrereaccionado cayendo más de un 15 %. Está cundiendo la alarma por las potenciales repercusiones económicas. Estas se materializarán, pero más allá del histrionismo de corto plazo de los mercados financieros, no tendrán un alcance mayor. No al menos por esta causa. No nos olvidemos que vivimos una crisis global como pocas veces hemos atravesado y eso sí que es el problema. La libra esterlina se va a devaluar, ya lo está haciendo en torno a un 10 % respecto a otras grandes monedas. Podría hacerlo próximamente hasta el 20 %, aunque a medio plazo se restablecerá parcialmente. Ha perdido parte de su atractivo como moneda refugio, pero la economía británica es poderosa, con la principal industria financiera y con un aparato productivo sólido, con influencia comercial en varios espacios económicos internacionales. No sólo el norte de la UE (Dinamarca, Holanda, Alemania, Irlanda, etcétera) sino también en EEUU y la Commonwealth. No es un país aislado ni débil. Y puede jugar aún sus bazas como gran plaza financiera. Aunque el peligro es que caiga en la tentación de emprender una partida arriesgada: una carrera de devaluación competitiva.

A corto plazo, algunos sectores se verán afectados porque la ventaja de la industria financiera, que le aporta excedentes rentistas, para poder abordar sus transacciones internacionales, puede verse durante un periodo perjudicada por el deterioro de la libra y la retracción del inversor internacional. Así, que, mientras no se disipen algunas dudas, puede haber un impacto recesivo en Reino Unido.

Como siempre, la incertidumbre afecta a la histeria de los rentistas, pero parece que los bancos centrales europeo, suizo o japonés, proveerán nueva liquidez para dar estabilidad a los mercados financieros. Si persiste la crisis, como decimos, será más bien fruto de la decadencia del capitalismo que por esta reordenación económico-comercial.

La desvinculación formal de Gran Bretaña de la UE es relativamente sencilla, dentro de su complejidad regulatoria. Más complicado será acordar una nueva relación comercial, estableciendo lo que se permiten los aranceles y otras barreras a la entrada, y ponerse de acuerdo sobre las obligaciones tales como la libre circulación. Tal proceso podría tomar al menos cinco años.

La opción por defecto es establecer el comercio con la UE en virtud de las normas de la Organización Mundial del Comercio como Estados Unidos, China o cualquier otro país. Se baraja que los productos británicos se encontrarían con la posible desventaja de tener que hacer frente a un 10% de aranceles en sus exportaciones. Pero lo más presumible es que UK buscase un status comparable al de Noruega, que es miembro del Espacio Económico Europeo (EEE), a cambio de lo cual se requiere contribuir al presupuesto de la UE y permitir la libre circulación de personas. Aunque caben otras opciones como las que ofrecen el caso suizo o turco. Pero hay que constatar que cualquier acuerdo comercial tarda muchos años en alcanzarse.

Quizá un status como el de Noruega sería una base insuficiente para las aspiraciones británicas. Aún hay que ver si el Reino Unido quiere asomarse al TTIP o si opta por esperar a que Trump pudiera alcanzar la Casa Blanca, y hacer migas con él. Los conservadores británicos saben que si Trump ganase la Casa Blanca, éste pondría al Reino Unido como prioridad, justo lo contrario de lo que harían China o Canadá.

El atractivo financiero británico se va a ver deslucido porque el capital que allí buscaba su refugio y un bue negocio rentista tendría que restar de sus cálculos los beneficios indirectos del acceso al mercado único europeo.

Un nuevo mapa político y geoestratégico.

Mientras Reino Unido aspira a recuperar su pretérito hegemonismo, aunque al final acabe cayendo en brazos de alguno de los bloques económicos en ascenso, también su mapa interno, como hemos indicado, puede verse alterado. Ni que decir tiene que esta experiencia va a dar razones añadidas a aquellos que persiguen una restauración de los refugios nacionales y exaltará viejos prejuicios patrióticos.

La Unión Europea, se encuentra atravesada por diferentes movimientos contradictorios. Mientras se consagra una Unión intergubernamental con múltiples acuerdos fuera de los Tratados Europeos, en los que las relaciones asimétricas otorgan cada vez más poder a Alemania, la Comisión Europea insiste en poner sobre la mesa un nuevo proyecto federalista, tecnócrata, intervencionista y, al mismo tiempo, neoliberal, como es el que se idea en el Informe de los 5 presidentes. Sin embargo, el actor decisor radica en el Consejo, y el bloqueo político allí es más que evidente. Para casi todo se necesita unanimidad. Y por eso, el monstruo de la Unión Europea se ve esclerotizado. Al mismo tiempo, han crecido a su alrededor multitud de acuerdos e instrumentos económicos entre grupos de países que, bajo la alfombra y de manera más bien siniestra, pueden estar sentando las bases para futuros acuerdos que dejen obsoleta la institucionalidad existente. Ese proceso “constituyente” lo están desarrollando las élites, mientras que las clases populares se dirimen entre el escepticismo, el aburrimiento o la ingenuidad respecto a lo que es el devenir supranacional, un debate poco formado y maduro entre las mayorías sociales y completamente metido en una urna en el marco de las instituciones europeas.

Las tentaciones, por tanto, pueden inclinarse a la formación de una Europa a múltiples velocidades, o la desintegración a plazos del proyecto, merced al ascenso de la extrema derecha y populismo nacionalista reaccionario. Estos ya han mostrado sus dientes en Austria, Francia u Holanda, sin detenernos en muchos de los países del Este europeo.

Un nuevo internacionalismo y una estrategia para la recomposición para otra Europa.

En esta tesitura hay que constatar que a las fuerzas políticas transformadoras la situación les ha pillado con el pie cambiado. Se ha optado por acumular fuerzas defendiendo una idea de Europa que, no cabe lugar a dudas, no existe y que es completamente opuesta a lo que promueven las instituciones europeas. Las instituciones europeas ponen a competir a las clases trabajadoras entre sí y devalúan sus condiciones de existencia y derechos, al mismo tiempo que abren las puertas al capital y su movilidad depredadora, con políticas que instauran la dictadura de las finanzas y que promueven una industria ecológicamente insostenible.

Creo que es un acierto insistir en la necesidad de la construcción de modelos supranacionales solidarios, democráticos, que articulen a los diferentes pueblos en un esquema cooperativo. Creo que, posiblemente, algunas ideas surgidas del proyecto de la UE podrían tomarse en cuenta, como el método comunitario o algunas prácticas institucionales que pudieron haber dinamizado la cooperación. Pero debe afirmarse que como proyecto en su conjunto se basa en dar alas y soporte al capital transnacional y la banca privada centroeuropea contra el mundo del trabajo y los derechos de los pueblos.

De tal manera que, aun siendo comprensible que se defienda un modelo europeísta, debe dejarse constancia que un esquema semejante como el descrito no cabe en la institucionalidad de la Unión Europea.

Algunas izquierdas defienden acumular legitimidad, razones y gobiernos que se sienten en el Consejo. Es preciso recordar que los tratados fundamentales requieren de la unanimidad. Entraña un blindaje del modelo en vigor. Esta ruta sólo cabe transitarla si somos conscientes de que cualquier cambio en la UE no se conseguirá por la vía procedimentalmente establecida. Será precisa una gran conmoción política, exterior a su carácter blindado y esclerotizado. Así que la opción de la permanencia crítica también debiera tener previsto algún ejercicio de desobediencia y ruptura concertada entre varios países.

En el otro polo hay quien ha querido insistir en la salida unilateral para rearmarse con viejos instrumentales económicos keynesianos. Pero esa opción, de manera aislada, preparará muy mal los retos por venir. Porque el terreno de juego global exige amplios espacios económicos y una institucionalidad democrática y políticas supranacionales y no sólo políticas económicas nacionales.

En el caso británico muy pocos han optado por la siguiente ruta: desvincularse para recomponer relaciones con aquellos que se pueda y con las políticas e instituciones necesarias para construir un área socioeconómica y política supranacional que, entonces sí, pusiese en pie acuerdos comerciales justos y regulados, políticas de inversión pública conjuntas, políticas tendentes a una convergencia real, lo que implica redistribuciones, una política monetaria esbozada con otro banco central y otros criterios, y la definición de un modelo productivo y una distribución internacional del trabajo complementaria entre equivalentes. Para el Reino Unido, por su capacidad y potencial, cabía esta opción. Aunque, es cierto, la ausencia de debate y madurez de este tipo de orientación allí hacía muy difícil el reto, dado el retroceso en este terreno en la sociedad británica.

En el caso de las periferias europeas, difícilmente podría plantearse de inmediato la desvinculación. Pero caben otras opciones. La opción de la desobediencia al Pacto de Estabilidad y Crecimiento, avanzar en el control de movimiento de capitales y la regulación del sistema financiero, al mismo tiempo que se abriesen los brazos a otros países o regiones para una estrategia cooperativa en extensión, daría tiempo, mientras reacciona la contraparte, a preparar las mejores condiciones e instituciones, para, en caso, de expulsión, poder hacer frente a un periodo excepcional, y poner en pie las condiciones de desarrollo endógeno y supranacional necesarias para construir un espacio socioeconómico y político internacional favorable a las clases trabajadoras y populares.



Daniel Albarracín es sociólogo y economista. Es miembro del Consejo Asesor de VIENTO SUR

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Fuente: Viento Sur

sábado, 6 de agosto de 2016

Antiguos asesores económicos de Corbyn no le ven preparado para ganar las elecciones


Jeremy Corbyn, en una imagen de archivo EFE




ROWENA MASON

  • David Blanchflower y Simon Wren-Lewis dicen que el actual líder laborista no puede vencer en los próximos comicios y ven ahora a Owen Smith mejor candidato
  • La campaña de Corbyn acusa a Smith de dar apoyo tácito a aquellos que quieren que haya una escisión en el Partido Laborista


Dos asesores económicos de Jeremy Corbyn han dicho que no creen que pueda ganar las próximas elecciones y que el partido tendría más oportunidades bajo el liderazgo de Owen Smith. David Blanchflower, antiguo miembro del comité de política monetaria del Banco de Inglaterra, y Simon Wren-Lewis, profesor de la Universidad de Oxford, que han sido miembros del comité económico asesor del Partido Laborista, ahora expresan sus dudas sobre el liderazgo de Corbyn. El comité fue convocado por el canciller de Hacienda en la sombra, John McDonnell, y dependía directamente de Corbyn.

Blanchflower se marchó del comité asesor en junio y ahora ha decidido apoyar públicamente a Smith después de llegar a la conclusión de que Corbyn es "absoluta y completamente no elegible". Cree que Corbyn fue incapaz de formar una oposición fuerte cuando parecía que la economía estaba "derrumbándose" después de que Reino Unido votase a favor de abandonar la Unión Europea.

El profesor, que enseña en la universidad Dartmouth College en Estados Unidos y es conocido por predecir la recesión de 2008, dice que la confianza de los consumidores ha colapsado y que parece que la economía se encuentra en serios problemas, con la aparición de "horribles" indicadores económicos.

"Con la economía en el estado que se encuentra, es necesario que todos nos pongamos manos a la obra. Empresas, sindicatos, trabajadores, Gobierno y oposición", explica para the Guardian. Blanchflower, que aboga por un recorte del 5% del IVA, también ha dicho que Smith había sido mejor al hacer consultas a empresas y economistas en tres semanas que la directiva de Corbyn en los últimos nueve meses.

Wren-Lewis, que todavía era un miembro del comité hasta que las reuniones fueron suspendidas en junio, escribió en su blog: "Lo que me parece totalmente claro es que, dados los recientes acontecimientos, un partido liderado por Corbyn no puede ganar en 2020, ni siquiera quedarse cerca".

"Fui muy crítico con los contrarios a Corbyn que querían argumentar que sus excentricidades no estaban teniendo impacto sobre la opinión pública, por lo que sería absurdo fingir que esa gente elegirá para llegar al poder a un Partido Laborista que ha votado que no confía en su líder", añade.

En un comentario de un artículo posterior, reconoció que quiere que sea Smith el que gane la pugna por el liderazgo.

Un portavoz del equipo en la sombra del Tesoro rechazó las críticas de Blanchflower, diciendo que su trabajo para el Partido Laborista nunca ha dado frutos.

"Es lamentable que se sienta de esa manera pero le deseamos lo mejor y le damos las gracias por las amables palabras que dedicó anteriormente a John McDonnell sobre la política económica que ha realizado como canciller en la sombra", comenta el portavoz.

Un partido lleno de divisiones

Todo esto ocurre después de que las dos campañas tuvieran su primer enfrentamiento serio cuando Smith fue acusado por la campaña de Corbyn de hablar sobre la amenaza de una escisión en el partido y de dar apoyo tácito a los conspiradores que querían verlo dividido. McDonnell, el jefe de campaña de Corbyn, asegura que Smith debe hacer algo más que denunciar a aquellos que buscan una división o el riesgo para convertirse en el "candidato de la desunión".

"Si continúa negándose a denunciar a aquellos que reclaman una división, los afiliados pensarán que simplemente está intentando alarmarles para que voten por él, por haber hablado de amenazas por parte de una minoría de parlamentarios que apoyan su campaña y que están conspirando para dividir nuestro partido en los periódicos conservadores, mientras que al mismo tiempo se niega a denunciarlos", apunta McDonnell.

"Y será duro contar a cualquier persona lo mucho que Owen se opone a una división y cuánto apoyo tácito está dando a aquellos conspiradores con la esperanza de que esto ayude en su campaña", añade MaDonnell.

La jefa de campaña de Smith, ha rechazado la idea de que él sea un riesgo que contribuya a dicha división: "La ironía de John MacDonnell ofreciendo palabras vacías sobre la unidad del partido no pasará desapercibida para los afiliados y seguidores", avisa. Tras esto, un aliado de Corbyn contraatacó: "Lo que no pasa desapercibido es que claramente están esquivando esta cuestión".

Anteriormente, la campaña liderada por Smith había acusado a Corbyn de negarse a participar en los debates televisivos en directo. Se espera que ambos se enfrenten cara a cara por primera vez el jueves durante un debate en Cardiff organizado por el partido. También se espera que Corbyn reciba el apoyo del sindicato Communication Workers Union este lunes después de una votación de sus miembros. Sin embargo, Corbyn rechazó participar en un acto electoral en Channel 4 este lunes y, en su lugar, se reunirá con miembros del partido en Liverpool.

Corbyn sigue siendo el favorito

"Jeremy participará en programas de debate, pero es el partido el que tiene que facilitar, y no dictar, qué candidatos tienen que participar", ha dicho un portavoz de Corbyn. Se considera que Corbyn es el candidato más fuerte para ganar la pugna por el liderazgo sin la necesidad de convencer a más miembros. Por el contrario, Smith es un nombre menos conocido y le interesa elevar su perfil público tanto como sea posible.

En otra controversia este domingo, la campaña de Smith fue obligada a pedir disculpas por enviar mensajes de texto automáticos a los afiliados y seguidores del Partido Laborista en medio de la noche por error, enfureciendo a muchos de los destinatarios.

"Ha habido un fallo técnico con el sistema que se utiliza para enviar mensajes, lo que ha hecho que algunos mensajes se enviaran después de la hora límite, es decir, las 20.00 horas. Pedimos disculpas por los inconvenientes que esto haya podido causar", ha dicho un portavoz de la campaña.

Traducido por Cristina Armunia Berges

Fuente: eldiario.es - theguardian

sábado, 23 de julio de 2016

Una campaña marcada por la intolerancia hace que sea aceptable ser racista en Reino Unido


Un 7 % de los británicos lamenta haber apoyado el "brexit", según un sondeo
Peatones caminando por Oxford Street EFE


  • La campaña del leave ha abierto la caja de Pandora del resentimiento y la sospecha, y empeorará cuando el Brexit no consiga cumplir sus promesas

  • Un 7 % de los británicos lamenta haber apoyado el "brexit", según un sondeo

Aditya Chakrabortty   


Sobre el tipo de caos al que se enfrenta ahora Reino Unido, la historia es clara: algunas personas resultan más perjudicadas que otras. Ya se está viendo de forma clara y preocupante qué grupos serán los que sufran más en esta ocasión. Se puede echar un vistazo a las denuncias por delitos de odio que se han multiplicado en estos últimos días.

En Huntingdon, niños de colegios de origen polaco recibieron tarjetas en las que les llamaban "sabandijas" que debían "salir de la Unión Europea". Las tarjetas tenían traducción al polaco, suficientemente cuidadosa. Desde Barnsley, un periodista de televisión apuntó que, en cinco minutos, tres personas diferentes gritaron: "Mándalos a casa". En Facebook, un amigo en el este de Londres cuenta cómo, mientras intentaba dormir en una noche calurosa, escuchó a un hombre gritando fuera de su ventana: "Nos han devuelto nuestro país, lo siguiente que haré será volar esa jodida mezquita".

Nada de esto es casual. Esto es lo que pasa cuando los ministros, los líderes de los partidos y los aspirantes a primer ministro esparcen argumentos con veneno racista. Cuando la intolerancia no solo se tolera, sino que se consiente y se fomenta. En los últimos meses hasta la votación de la semana pasada, los políticos vertieron una versión británica de 'Donaldtrumpismo' en una frágil taza de té. Contaron 350 millones de pequeñas mentiras. Fabricaron promesas rotundas que, según el propio Iain Duncan Smith ahora admite, eran solo "posibilidades". Y la brigada del Brexit flirteó una y otra vez con el racismo.

Michael Gove y Boris Johnson vendieron su ficción sobre la posibilidad de que Turquía se integre en la UE. No hace falta ser muy listo para entender que con eso se referían a la entrada de 80 millones de musulmanes en la cristiandad. Renunciando a cualquier tipo de sutileza, Nigel Farage dijo que permitir la entrada de refugiados sirios en Reino Unido ponía a las mujeres británicas en riesgo de sufrir asaltos sexuales. Con el fin de promover sus campañas y sus carreras políticas, esos políticos profesionales añadieron la intolerancia a su arsenal de armas políticas.

Para ser claros, no estoy diciendo que los 17 millones de británicos que votaron a favor del Leave sean racistas, y sí que hay preocupación real sobre la presión migratoria. Más allá de todo esto, está claro que la votación del pasado jueves abordó otros problemas además de la migración a Europa: élites extractivas  en política, negocios y finanzas; una economía llena de desigualdades; un Estado que atiborra a Londres mientras que mata de hambre al resto de la nación.

Pero durante los meses pasados, los hombres que ahora moldean el futuro de Reino Unido fuera de la Unión Europea efectivamente tiraron por la borda la decencia pública y decidieron que estaba bien ser racista. En el proceso, tal y como dijo el director del instituto de investigación Compas de la Universidad de Oxford, "lo impronunciable no solo se convirtió en nombrable, sino en común".

Vi todo esto en la campaña, mientras visitaba el sur de Gales. Con el paso de los años, he estado en muchos sitios en los que han perdido sus industrias y sus economías, incluido el lugar en el que nací. En esta ocasión, noté un cambio entre mis entrevistados. Antes, en Derby, Gateshead o Barking, un parado o una joven madre tardaba al menos 20 minutos en sacar el tema de los inmigrantes, quizá porque tenían en cuenta que estaban hablando con un hombre asiático de un periódico progresista. Esta vez, no hubo titubeos. En una región que tiene relativamente pocos migrantes, la inmigración fue lo primero que mencionaron. Y el lenguaje que usaron iba recubierto de la diferenciación entre ellos y nosotros, y de todos los detalles que yo había asumido estúpidamente que habían quedado relegados a las actuaciones de Jim Davidson.

"No soy racista. No quiero ofenderte", no paraba de decirme una trabajadora de una cafetería, que evidentemente no se preocupó de si lo hizo. Lo intenté de nuevo en Dorset el fin de semana anterior a la votación, con una pareja que llevaba carteles de 'Vote Leave'. La mujer detalló las dificultades que tiene su hija para conseguir casa en Londres, los toqueteos en el transporte público y cómo una cocina terminó ardiendo en el piso de debajo donde vivían cinco hombres de Europa del Este. Se estremeció de ira: "Solo quiero que me devuelvan mi país".

Quizá estas personas siempre han albergado estos resentimientos, pero ahora sienten que pueden expresarlos públicamente sin tener cuidado de quién les pueda oír. Quizá lo que Claire Alexander de la Universidad de Manchester llama la "alegre intolerancia" de Farage y su calaña ha ayudado a encauzar su ira.

Por mi parte, me centré en la creciente tolerancia que había caracterizado a Reino Unido durante los años 90 y los 2000, y pasé por alto algunos de los embarazosos ejemplos de prejuicios residuales hacia los musulmanes y personas llegadas de Europa del Este. También obvié las portadas de los tabloides o la bilis derramada debajo de las frases de mis propios artículos y de otros. Pero quizá pueden perdonarme por querer sentirme en casa en el país en el que he nacido.

Las actitudes cambian y se hacen más duras, siempre se pueden ofrecer nuevas cabezas de turco a la sociedad. Reino Unido ha estado atravesando seis años de austeridad y rencor, en los que a las personas con discapacidad se les han recortado sus prestaciones y han sido etiquetados por los ministros como gandules. El resultado ha sido un incremento de crímenes de odio contra las personas con discapacidad.

El viudo de Jo Cox dice que fue asesinada por sus ideas políticas
El viudo de Jo Cox dice que fue asesinada por sus ideas políticas EFE
Y en relación a los europeos del este y los musulmanes, mientras investigaba para este artículo, un profesor me dijo sin darle importancia: "Ahora tengo miedo de decirle a un taxista que soy polaco". En Tell Mama, la organización que investiga crímenes de odio contra musulmanes, el director Fiyaz Mughal contó cómo los "comentarios" procedentes de pequeños grupos violentos de extrema derecha no habían dejado de aumentar durante la campaña. Cuando Boris Johnson habló sobre Turquía, hicieron circular imágenes de una iglesia con un minarete añadido con photoshop en la cúspide. Cuando Farage habló sobre los asaltos sexuales por parte de sirios, ellos empezaron a hablar de "refugiados-violadores" ("rape-fugees"). Estos comentarios de extrema derecha alcanzaron su punto álgido la semana en la que Jo Cox fue asesinada.

En cualquier caso, los racistas y la extrema derecha tienen ante sí un periodo fértil. Reino Unido acaba de votar a favor de un gran retroceso. Ninguna gran empresa querrá hacer grandes inversiones en un país marcado por la incertidumbre, donde la libra esterlina está en camino de convertirse en una moneda de segundo nivel. Y Reino Unido, como dijo una vez el gobernador del Banco de Inglaterra, depende de  "la bondad de los forasteros" –de los extranjeros que financian nuestro déficit de cuenta corriente. Todo bien hasta que un día los extranjeros sean un poco menos indulgentes.

Una vez que resulta evidente que Gove y Johnson no van a conseguir el acuerdo con el que fantaseaban, millones de británicos se sentirán estafados y con razón. Y en antiguos bastiones del Partido Laborista en todo el norte y en Gales, la oposición real pasará a ser la de Farage y su pandilla de desechos de Westminster, obsesos y racistas extremos.

Después de haber creado este gran desastre, los políticos británicos se esforzarán por buscar gente a la que echar parte de culpa. Por mucho que espere lo contrario, sospecho que estos últimos días son los precursores de este aumento de maldad. Los políticos favorables al Brexit, como dice Mughal, "abrieron una caja de Pandora" de resentimiento y sospecha. Los antiguos alumnos del internado de élite  Eton o los defensores del UKIP ataviados con sus chaquetas a rayas no serán los que se enfrenten a las consecuencias. Iran contra un anciano que vuelve a casa después de los rezos del viernes o una madre rumana pillada en un autobús hablando en su lengua materna.

Traducido por Cristina Armunia Berges
Fuente: the guardian - eldiario.es

sábado, 16 de julio de 2016

El mandato de David Cameron: una tragedia que pagaremos todos



Cameron abandona Downing Street con pocos admiradores, con un país sumergido en su peor crisis desde la guerra y con los objetivos centrales de su mandato en ruinas


Owen Jones



  • Cameron: El Reino Unido corre el riesgo de "aislarse" si vota por el "brexit"
  • David Cameron dimitirá como primer ministro británico tras la victoria del Brexit


El mandato más desastroso de un primer ministro desde Neville Chamberlain está a punto de llegar a un final despiadadamente abrupto. David Cameron es un fracaso en sus propios términos, así como en los de sus rivales. Los revisionistas históricos llegarán un día y, por ir  contracorriente, intentarán salvar a Cameron de los escombros de su propia acción. Que no se molesten.

Mientras recoge sus cosas de Downing Street, me pregunto si le viene a la cabeza el discurso que dio en la conferencia tory de 2005 que le dio la victoria frente al favorito, David Davis. Era una retórica exagerada y aderezada de optimismo: "Decidamos aquí, en esta conferencia, cuando dejemos atrás la derrota, cuando dejemos atrás el fracaso, mirarnos a los ojos y decirnos: nunca, nunca más".

Quizá se detiene en el recuerdo de haber obtenido el año pasado una mayoría que las encuestas y los corredores de apuestas declaraban casi imposible. "Hubo un breve momento en que pensé que todo era un sueño", contó después. "Pensé que había muerto y que había ido al cielo". Debe de parecer ahora un sueño, uno del que preferiría despertar.

Cameron se arrastró hasta el gobierno en 2010 con la promesa de erradicar el déficit en una única legislatura. Su gobierno ni siquiera se acercó. En 2013 afirmó que estaba "pagando las deudas de Reino Unido", pero en realidad añadió más deuda de la que generaron los gobiernos laboristas en 13 años. En cuanto asumió el cargo, se comprometió "a garantizar que todo el país se beneficia de un aumento de la prosperidad", pero su gobierno ha presidido la mayor caída de salarios y el estancamiento económico más profundo en generaciones.

Después de las últimas elecciones generales, su ministro de Hacienda introdujo tres reglas fiscales: un techo de gasto social, una reducción de la deuda pública en proporción al PIB y un superávit presupuestario para 2020. Las dos primeras ya se habían incumplido en marzo; el superávit presupuestario ya estaba abandonado por George Osborne de forma ignominiosa a principios de julio.

El propio Osborne ha sido menos consecuente con la austeridad de lo que sus seguidores o sus críticos, como yo, hemos admitido a menudo. Pero sus posibles sucesores ahora piden abandonar su estrategia económica: una confesión del fracaso. Su ministro de Economía, Sajid Javid, defiende un estímulo fiscal que podría implicar un aumento del déficit del 3 al 5% del PIB. Toda esa miseria, todo ese estancamiento, toda esa retórica aterradora sobre las catastróficas consecuencias de que Reino Unido no recorte el déficit... ¿Todo eso para qué?

Hablemos de otro eje central de la agenda interior de Cameron: la educación. "Tenemos que ganar el gran debate sobre educación en este país, dejar elegir a los padres, dar libertad a los colegios y luchar por la excelencia", dijo en ese discurso de 2005. Una clasificación reveló hace poco que las escuelas de las autoridades locales están obteniendo en general mejores resultados que las grandes academias del Gobierno.

Hay una excepción: el matrimonio igualitario para las parejas del mismo sexo, obtenido gracias a los votos laboristas y liberaldemócratas. Qué pena que un logro raramente brillante sea uno del que, según han afirmado algunos, Cameron se arrepiente.

El primer ministro también esperaba que su gobierno preservaría la unión británica durante generaciones. Pero el resultado del referéndum sobre la independencia de Escocia no solo fue mucho más ajustado de lo previsto, sino que dejó al país polarizado y a medio camino de la salida. Mientras que el Partido Nacional Escocés solo tenía seis diputados cuando llegó al poder David Cameron, en el momento de su dimisión tiene en frente un bloque parlamentario de 56 nacionalistas. Con Escocia expulsada de la UE contra su voluntad, nunca ha parecido más probable que se vaya y precipite la ruptura de Reino Unido.

¿Qué hay de la política exterior? Se ha hablado poco sobre la gran aventura militar exterior de Cameron: la guerra en Libia. En lugar de avanzar hacia una Libia pacífica, estable y democrática, se ha dejado un país sumido en el caos, la guerra y el extremismo.

Y luego está su instrumento para el suicidio político: el referéndum sobre la UE. No se convocó con el interés del país en la cabeza, sino como método para resolver divisiones internas de partido. Le ayudó a ganar las elecciones, y lo ha apostado todo a esa carta. El hombre que quería que su partido dejara de "dar la lata con Europa" perdió, quedó repudiado personalmente y con su país sumergido en su peor crisis desde la guerra: tormenta económica, ola de xenofobia y racismo y un país más extremadamente dividido de lo que ha estado nunca en varias generaciones. Los que votaron permanecer en Europa están resentidos con él por ser el instrumento de la salida de Reino Unido de la UE; los que votaron por el Brexit están resentidos con él por lo que consideran alarmismo.

Cameron abandona Downing Street con pocos admiradores, con un país en crisis y con los objetivos centrales de su mandato en ruinas. Es casi suficiente para compadecerlo, pero, teniendo en cuenta lo grave que es la situación que afronta nuestro país, no tanto. Su mandato es una tragedia que pagaremos todos.

Traducción de Jaime Sevilla Lorenzo

Fuente: eldiario.es - theguardian

jueves, 14 de julio de 2016

Un respeto a los ‘brexiters’



PEDRIPOL

Un país con la fortaleza del Reino Unido puede permitirse el lujo de decidir sobre su pertenencia a la UE. El resto seguimos atrapados en el marasmo tecnocrático y neoliberal en el que ha derivado el proyecto de integración europea

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA


Resulta escandalosa la condescendencia, cuando no el abierto desprecio, de tantos comentaristas hacia los británicos que han votado a favor de abandonar la UE. Se les presenta como unos viejos idiotas, xenófobos y reaccionarios que están arruinando el futuro de sus hijos, jóvenes que aman los viajes, el multiculturalismo y el capitalismo global. Los partidarios del Brexit son unos perdedores, unos “losers”, que viven en la periferia de Inglaterra; en el Londres cosmopolita la permanencia ha ganado ampliamente.
La responsabilidad última del Brexit, con todo, se hace recaer sobre unos políticos miopes que han jugado con fuego. Como dijo Pedro Sánchez, “los referéndums trasladan a la ciudadanía problemas que tienen que resolver los políticos”. En fin, esta “catástrofe” ha ocurrido por convocar un referéndum; si la ciudadanía no hubiera votado, todos estaríamos mejor ahora.
Creo que esta visión del asunto es extremadamente simplificadora. Responde a los prejuicios de la élite europeísta, es decir, de ese 5% (aproximadamente) de europeos que se benefician claramente de la integración europea (grandes empresas y entidades financieras, políticos y altos funcionarios, académicos, periodistas, consultores y hombres de negocios).

1. La idea del referéndum no era absurda

Se ha atacado con virulencia el plan de someter al pueblo británico una cuestión tan compleja como la pertenencia a la UE. Pero no debe olvidarse que el referéndum ha sido un recurso habitual a la hora de decidir el ingreso de un país en la UE. Son casi 20 los referéndums que por este motivo se han celebrado. En general, el “sí” ganó en todos los casos, con la excepción de los dos referéndums noruegos.
Cuando venció el “sí”, nadie afirmaba que fuese una equivocación haber convocado el referéndum, o que la cuestión fuera tan compleja que resultaba improcedente resolverla mediante referéndum, o que las preguntas binarias son siempre una simplificación drástica de la realidad. Tampoco, que yo recuerde, se adujo que era necesario establecer un umbral mínimo de participación, o que debería haber una mayoría cualificada para modificar el statu quo.
De ahí que suenen tan hipócritas ahora las críticas al referéndum británico. Veamos algún ejemplo concreto. El Tratado de Maastricht, que establecía la unión monetaria, se sometió a referéndum en dos países. En Francia, el 20 de septiembre de 1992 se celebró un referéndum y salió el “sí” por un estrechísimo margen, 50,8% frente a 49,2%. El establishment no salió en aquella ocasión a decir que una mayoría tan exigua no era suficiente para ir adelante con el euro. Al revés, hubo un gran alivio al comprobar que el “sí” se imponía al “no”, aunque fuera por unos pocos miles de votos. En Dinamarca las cosas fueron un poco distintas. En el referéndum sobre Maastricht del 20 de junio de 1992 ganó el “no” (50,7% frente a 49,3%). Mientras que el referéndum francés se dio por bueno, el danés no. Así que se garantizaron diversas excepciones para Dinamarca y el 16 de mayo de 1993 se repitió el referéndum, que en esta segunda ocasión sí tuvo el resultado apetecido, con un 56,7% a favor de Maastricht. Esta práctica tan curiosa de repetir el referéndum volvió a darse con Irlanda. En 2001 los irlandeses rechazaron el Tratado de Niza: un 53,9% se declaró en contra, aunque la participación fue muy baja (35%). Al año siguiente se repitió el referéndum tras obtener Irlanda algunas concesiones de la UE: el apoyo fue entonces masivo, el 62,9% (con una participación del 49,5%). El caso irlandés es verdaderamente extraordinario, pues volvió a suceder lo mismo con el referéndum sobre el Tratado de Lisboa de 2008, en el que se impuso el “no” con un 53,4%, por lo que se repitió la consulta un año después, tras los preceptivos cambios para satisfacer a Irlanda, obteniéndose entonces el ansiado “sí” con un rotundo 67,1%.

El patrón parece claro: los referéndums son un buen instrumento siempre que dé resultados favorables a Europa. En caso contrario, se repiten o se deslegitima el proceso, como ha ocurrido con el Brexit. La tentación de repetir ya está planteada, pues se han recogido 3,5 millones de firmas para celebrar un nuevo referéndum en el Reino Unido.

2. La capacidad de los votantes

Resulta curioso que no se cuestionara la capacidad de los irlandeses para entender el lenguaje incomprensible de los Tratados de Niza y Lisboa, lleno de eurojerga para iniciados, y en cambio se ponga en duda el discernimiento de los británicos para poder valorar los pros y los contras de la permanencia en la UE. O que se considere que los franceses que votaron a favor de Maastricht eran gente ilustrada y abierta de mente, mientras que quienes votaron en contra eran todos unos populistas y unos “lepenistas”.
El doble juego es evidente: cuando los ciudadanos se alinean con las élites europeístas, los referéndums son fundamentales para dotar de cierta legitimidad popular al proyecto de integración, pero si los ciudadanos se resisten, es porque no entienden lo suficiente, se dejan confundir por consideraciones irrelevantes, son víctimas de la demagogia y se mueven por prejuicios.
Se ha presentado a los votantes británicos favorables al Brexit como un atajo de ignorantes resentidos que han ejercido su derecho democrático sin tener noción de los inmensos beneficios que la UE produce en su país. Así, se ha insistido en que la campaña electoral ha sido de muy mala calidad democrática, despertando las bajas pasiones a propósito de asuntos como la inmigración. Sin duda, habrá habido gente que se haya dejado convencer por la demagogia más xenófoba, pero resulta sencillamente absurdo pensar que más de la mitad de los votantes fueron víctimas de un engaño masivo. Nuestros europeístas más acérrimos, incapaces de entender que haya gente que repudie la UE, han concluido que todos los partidarios del Brexit son unos insensatos. Si alguien quiere leer una exposición razonada y razonable de un académico experto en la UE de su voto a favor del Brexit, puede leerlo aquí: resulta de lo más refrescante por el contraste con el tono monolítico de nuestros analistas.
Ha sido una desgracia, sin duda, que no haya habido un apoyo al Brexit desde la izquierda, dejando todo el terreno libre a las fuerzas más chovinistas. Si un sector de la izquierda hubiese mostrado los argumentos existentes sobre el carácter intrínsecamente neoliberal del proyecto europeo, los europeístas no lo habrían tenido tan fácil a la hora de descalificar a los votantes favorables a la salida. Pero como la izquierda se ha mantenido al margen, la campaña del Brexit la han monopolizado los partidos y grupos más derechistas. De aquí no se sigue, sin embargo, que la mitad de los británicos estén de acuerdo con esos planteamientos por el hecho de haber apoyado la salida de la UE.
Entre todos los argumentos utilizados para ridiculizar las razones del Brexit, creo que el más endeble es aquel que se burla de que los políticos contrarios a la UE hablaran de soberanía, como si la soberanía fuera una antigualla decimonónica a la que sólo los nostálgicos apelan. Por un lado, cabe sospechar que muchos de estos europeístas convencidos de que vivimos en un mundo “postsoberano” luego se cierran a cal y canto ante la demanda de un referéndum catalán porque cuestiona la soberanía de la nación española. Pero esto es solo una respuesta ad hominem. Por eso, debe recordarse también que las constituciones de los estados miembro de la UE parten de la existencia de la soberanía nacional. El artículo 1 de nuestra Constitución dice, ni más ni menos, que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. En ningún lugar está escrito que disolver la soberanía en un orden tecnocrático como el de la UE sea lo más moderno o lo más progresista. Sólo en un país dominado por el europeísmo papanatas como el nuestro se considera seriamente que la soberanía sea una ficción.

3. Las razones de la salida

Multitud de analistas están estudiando las características de los votantes partidarios de la salida. De momento, la explicación que parece ir ganando más adeptos es aquella que establece que el criterio fundamental es el de los beneficios/pérdidas que la globalización entraña en diferentes territorios. En aquellos lugares en los que la globalización ha tenido un impacto más negativo (regiones desindustrializadas, que han sufrido la deslocalización de las empresas), la oposición a la UE ha sido más alta, y viceversa (aquí). La gente es partidaria del libre comercio cuando hay protección social. Cuando dicha protección desaparece o es muy escasa, como sucedió en el periodo de entreguerras, la gente muestra su oposición al libre comercio. Aunque la situación actual es muy diferente a la de entreguerras, es posible establecer un cierto paralelismo entre lo que sucedió entonces y lo que está sucediendo ahora: si no se establece una protección efectiva para las familias perjudicadas por la globalización, los afectados reaccionan en contra.
Me gustaría señalar, sin embargo, algo mucho más simple. Desde hace décadas, la opinión pública británica era, con gran diferencia, la más euroescéptica de toda la UE. Los indicadores que lo demuestran son múltiples (este artículo contiene buenos gráficos). La confianza de los británicos en la Comisión europea era, de lejos, la más baja de toda la UE. La serie histórica de las encuestas muestra que las opiniones sobre la permanencia y la salida han estado siempre bastante reñidas y en algunos momentos la salida iba en cabeza, lo que no deja de resultar llamativo teniendo en cuenta que parece haber un sesgo en las encuestas a favor de la permanencia (aquí).
Lo que ha provocado el Brexit, a mi juicio, ha sido que, debido a las disensiones en el seno del Partido Conservador, se ha abierto una oportunidad para que la gente opinara y, de esta forma, se constatase el bajo nivel de apoyo al proyecto europeísta. Muchos parecen lamentarlo: todo habría seguido en su sitio si no se hubiese preguntado a la gente. Con una sociedad tan euroescéptica, ¿a qué irresponsable se le ocurre preguntar a la ciudadanía?
Un país con la fortaleza económica del Reino Unido y con una de las democracias más sólidas y antiguas del mundo puede permitirse el lujo de decidir sobre su pertenencia a la UE. El resto de países europeos, en cambio, seguimos atrapados en el marasmo tecnocrático y neoliberal en el que ha derivado el proyecto de integración europea, con unas élites rocosas incapaces de rectificar el rumbo emprendido. Aunque muchos de ellos lo hayan decidido por razones equivocadas, los británicos han optado por abandonar una organización supranacional ineficiente y tecnocrática que elimina la soberanía nacional sin dar lugar a un orden democrático a escala europea.

AUTOR
Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Entre sus últimos libros, La desfachatez intelectual (Catarata 2016), La impotencia democrática (Catarata, 2014) y Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia (Alianza, 2014).

Fuente: Público.es

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