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sábado, 23 de abril de 2016

Vender armas a Arabia Saudí es participar de una carnicería


Fabrica de armas de A Coruña


La industria armamentística no tiene ninguna razón de ser en España. Son muchas las ocasiones en las que defiendo la necesitad de tener unas Fuerzas Armadas, aunque deberían ser muy diferentes a las que tenemos. Necesitamos cambiarlas internamente y conseguir que sirvan a la sociedad y no a las grandes empresas. No podemos volver a permitir desastres como los acaecidos en Irak o Afganistán, porque estas guerras han generado muerte, destrucción, terrorismo y enriquecimiento. Han sido las petroleras, las industrias farmacéutica, textil y militar y una serie de personajes oscuros los que se han lucrado con estas guerras. Por tanto, el mal uso de las Fuerzas Armadas es más que evidente, ya que se han usado para guerras neocoloniales con intereses empresariales, pero eso no significa que no se necesiten ejércitos.

Para terminar con el EI necesitamos una intervención terrestre, al igual que para terminar con la situación Israel-Palestina, los genocidios de Yemen o Sudán, permitir la implantación de ayuda al desarrollo en estados fallidos, desactivar minas en lugares en conflicto, etc. Es decir, necesitamos una milicia aunque no sea esta ni para lo que está siendo utilizada.

Si bien es cierto que para terminar con el EI necesitamos un ejército no lo es menos que para terminar con el terrorismo no será suficiente con ello. Son los planes de desarrollo de las regiones más deprimidas y los planes de integración de las comunidades más marginadas en Europa los que terminarán con el terrorismo. Las armas que debemos emplear son la educación, la sanidad, las infraestructuras y el progreso, pero no podemos confundir EI con terrorismo. El primero se combate con un ejército, pues es muy difícil su posibilidad de extinción espontánea, y el segundo con un plan de desarrollo, pues esta es la mayor prevención para la existencia en un futuro de un nuevo EI.

Defendida la necesitad de unas Fuerzas Armadas, aunque sean otras, creo que es completamente innecesaria la existencia de la industria armamentística. A día de hoy, la mayoría del armamento se compra a los mismos países y la necesidad de secreto es muy reducida. Prueba de ello es que la información sobre las unidades militares y su armamento puede ser consultada de forma sencilla en internet. Casi todos los países compran y comparten armamento, lo que hace superfluo que cada país tenga su propia industria que le provea de armas o se dedique a la innovación de estas. Salvo las grandes potencias, el resto no tienen exigencia de fabricar nuevas y exclusivas armas. Quien alegue que ello lo hacemos para no depender de otros países niega la evidencia: militarmente hablando (y en muchos sentidos) España es una colonia.

La fabricación de armas en España se ha multiplicado de forma brutal desde el año 2000, beneficiándose precisamente de guerras como las de Irak y Afganistán, y en la actualidad somos la séptima potencia del mundo en fabricación y exportación de armas. En total, son 8.800 millones de euros los que factura esta industria, unos 4.000 millones los que exporta y 22.000 los puestos de trabajo que ofrece.

Ni es ético ni es responsable sostener esta industria, lo que no quiere decir abandonar a las 22.000 familias que viven de ella. Es necesario reconvertirla y para ello los políticos tendrán que trabajar duro, pero es del todo inaceptable que continuemos potenciando dicha industria.

Hoy, en Público, Carlos del Castillo nos informa de la situación de la venta de varias corbetas a Arabia Saudí, país que ha estado bombardeando Yemen y ha asesinado a más de 700 niños y 6.000 personas. España, que el año pasado exportó el 26% de las armas a este país, es colaborador del genocidio que se está cometiendo y deberíamos ser los españoles los que pidiésemos su cese. Esta venta supondría unos 3.000 millones de euros en ingresos y un aporte de cinco corbetas que ayudarían a Arabia Saudí a proseguir su genocidio en Yemen. Hay que pensar en todos los muertos que se derivarían, aunque sea de forma indirecta, de esta venta.

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En muchas ocasiones nos arrojan como arietes las 22.000 familias que pueden ver amenazado su empleo, pero lo cierto es que los verdaderos beneficiados de todo esto son otros. El rey Juan Carlos es el que participa en muchas ocasiones en la intermediación de venta de armas a Arabia Saudí y, curiosamente, en su entorno había al menos dos personas con cuentas en Panamá.Cuentas en Panamá que también tenía Miguel Blesa, vinculado a Aznar, y con las que vendía armas. Por si fuera poco, en esta historia aparece otro personaje muy inquietante, Gadafi, y la venta de armas a Libia.
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A poco que recordemos, en noviembre de 2013 Elipidio Silva afirmó tener correos electrónicos que vinculaban a Aznar, Agag, Blesa y el tráfico de armas. Los que hayan leído la novela Código rojo habrán comprobado que la ficción termina por convertirse en realidad o que esa ficción estaba documentada. El tiempo pone a cada uno en su sitio.

En este mundo tan globalizado, si fabricamos armas es porque hay personajes muy siniestros ganando mucho dinero con ello y varias industrias que convierten los cadáveres en billetes.



Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra.

Puedes obtener más información en las novelas “Código rojo” (2015) y “Un paso al frente” (2014).



Fuente: Público.es

sábado, 30 de enero de 2016

El rey y el Gobierno rinden pleitesía al régimen más tiránico del mundo

Visita del Rey a Arabia Saudí
 
 
 Se llenan la boca con falsedades sobre la supuesta financiación extranjera de Podemos y agitan en las tertulias su impostada indignación ante el sistema teocrático que impera en Irán, pero son totalmente indiferentes, algunos incluso obsequiosos, ante el régimen más tiránico e integrista del mundo, al que el Gobierno, el jefe del Estado y los poderes económicos de España rinden pleitesía con pleno conocimiento no sólo de su brutal represión interna sino también de su responsabilidad financiera e ideológica directa en los crímenes contra la humanidad del aberrante Estado Islámico.
Más aún, nuestros gobernantes multiplican las ventas de armas a ese mismo régimen saudí –por valor de 744 millones de euros entre 2010 y 2014– pese a que el Ejército de Riad está cometiendo las mayores atrocidades en Yemen, donde sus bombardeos –contra barrios residenciales, hospitales, centros de salud (al menos, 70), decenas de escuelas, mercados, campos de refugiados y hasta banquetes de boda– han dado muerte a miles de civiles premeditadamente… puesto que lo que pretendían era precisamente aterrorizar a la población yemení. Como denuncia el director de Human Rights Watch, David Mephan, “los saudíes están cometiendo en Yemen múltiples violaciones de las leyes de la guerra”.
Pero no acaba aquí el sometimiento del Ejecutivo del PP a los deseos de la Casa de Saúd: la empresa naval pública Navantia se dispone a vender cinco fragatas Avante 2200 a la Armada saudí, con plena conciencia de que ese cliente mantiene desde hace casi un año un despiadado bloqueo naval contra Yemen, que ha privado a ese país de alimentos, medicinas y otros productos de primera necesidad. Una lucrativa operación que supondría una “clara violación del derecho internacional”, así como del Tratado sobre el Comercio de Armas, los Principios Reguladores de las Transferencias de Armas Convencionales adoptados por la OSCE y las normas sobre el control de exportaciones de material militar de la Posición Común de la UE, según denuncian el Centre d’Estudis per la Pau, Amnistía Internacional, FundiPau, Greenpeace y Oxfam.
Una y otra vez, los tertulianos afines al PP nos recuerdan la represión del régimen iraní, pero jamás mencionan que la teocracia saudí es infinitamente más cruel y desalmada en su bárbara opresión de la mujer y su sanguinaria persecución de toda disidencia política o religiosa. Quizá porque el rey Salman Ibn Abdulaziz siempre ha mantenido estrechas relaciones con nuestro monarca emérito, Juan Carlos I, y esa amistad se ha prolongado al actual soberano Felipe VI.
De hecho, lo de “rendir pleitesía” que planteaba al inicio de este artículo no es una mera licencia literaria, sino que se consumó literalmente hace un año, cuando Felipe VI cambió precipitadamente la agenda de un viaje por Asia para acudir al funeral del rey Abdulá y mostrar sus condolencias a la Casa Real Saudí, precisamente en el momento en que Amnistía Internacional hacía una gran campaña a favor del activista Raif Badawi, condenado a mil latigazos y diez años de cárcel por haber creado un foro en internet en el que promovía el debate público y en el que abogaba por la separación de poderes entre el Estado y la Iglesia. Después, el Gobierno de Rajoy eludió responder a una pregunta parlamentaria sobre si Felipe VI se había dignado a interceder por Badawi durante su visita a Riad.
Así que clama al cielo –sea el cristiano o el musulmán– que vengan ahora los mandamases del PP fabricando supuestas relaciones de Podemos con Irán y rasgándose las vestiduras por las restricciones de los derechos de la mujer y las medidas represivas impuestas por Teherán, mientras hacen la vista gorda a la situación de auténtica esclavitud de las saudíes y ni siquiera protesta el Gobierno de Rajoy cuando el de Riad decapita a 47 opositores de una tacada, incluido el eminente clérigo chií Nimr Baqr al-Nimr, incendiando Oriente Próximo hasta el borde del abismo bélico.
Por una parte –y, por supuesto, sin justificar en absoluto el machismo fundamentalista del régimen de los ayatolás–, hay que subrayar que ya les gustaría a las saudíes gozar de la mitad de las oportunidades de trabajo, la independencia, las libertades y los derechos que conservan las iraníes, pese a las odiosas restricciones del chiismo jomeinista. Para ilustrarlo, baste mencionar los 15 años de cautiverio (casi sin comida ni agua) al que sometió a sus propias hijas, para vengarse de su ex esposa Alanud Al-Fayez, el rey Abdulá, que tan amiguito era de nuestro Juan Carlos I.
El monarca saudí, al que siempre se aplaudió desde La Zarzuela y La Moncloa, ordenó el arresto domiciliario de sus hijas Jawaher, Sahar, Hala y Maha porque la madre –una de sus treinta esposas, quien logró exiliarse en Londres– las educó en la defensa de los derechos de la mujer y ellas se atrevieron a expresar esas ideas en público a través de las redes sociales y en entrevistas por videoconferencia. Así demostró el gran amigo wahabí de los Borbones que ni siquiera las princesas pueden librarse de la férula patriarcal saudí, bajo la cual las féminas no tienen derecho a salir del domicilio (aunque aquí se suele hablar sólo de la prohibición de conducir un coche), ni a tener una cuenta bancaria, ni a ejercer cualquiera de los derechos y libertades más básicos, sin el permiso, tutela, vigilancia y dominio de algún varón… cualquiera; si no tienen marido, algún familiar –cercano o lejano–, y a falta de machos parientes, el varón que sea, conocido o no. Lo de ir tapadas de pies a cabeza por una especie de mortaja negra que a veces no les permite ni ver bien, es lo de menos.
Pero eso no es más que una parte de la cavernícola doctrina del wahabismo, que es el padre ideológico del Daesh (el autodenominado Estado Islámico), impuesta en Arabia por la dinastía de los Saud y promovida en todo el mundo por la fabulosa fortuna de petrodólares de Riad. Una demencial versión híper-fundamentalista del Islam que está en el origen del salafismo yihadista y, por tanto, es el verdadero autor intelectual de los más feroces actos de terrorismo masivo cometidos en todo el mundo. Su creador y predicador, Muhammad ibn Abd al Wahhab, fue quien pactó en 1744 con el jequecillo Muhammad ibn Saud una alianza religioso-militar que dio origen a la dinastía saudí que hoy controla la mayor producción de petróleo del planeta… y las mayores reservas del crudo más barato de extraer, razón por la cual Riad ha hecho que se hundiera el precio del barril para arruinar a sus rivales dentro y fuera de la OPEP.
Eso se lo puede permitir gracias a los 650.000 millones de dólares en divisas que sigue acumulando Riad a pesar de la caída de sus ingresos petroleros. Una riqueza astronómica que también se ha dedicado a financiar a esos mismos grupos terroristas contra los que supuestamente estamos en guerra. Hace ya seis años que la propia secretaria de Estado de EEUU y hoy candidata a la Casa Blanca, Hillary Clinton, reconoció en un cable secreto que Arabia Saudí es “la más importante fuente de financiación de los grupos terroristas suníes en el mundo”. Tres años más tarde, eso era ratificado por el informe del Parlamento Europeo sobre el destino de los 10.000 millones de dólares invertidos por Riad en su “agenda wahabista” para Asia, la mayor parte de ellos entregados a grupos terroristas como Lashkar-e-Taiba, autor de la masacre de Bombay en 2008.
Esos son nuestros buenos amigos árabes, venerados por sus obscenos derroches de petrodólares en la Costa del Sol –donde se han construido un palacio-réplica de la Casa Blanca, el Mar Mar– y alabados incesantemente por los mismos que ahora se mesan los cabellos en público tras inventarse falsas investigaciones judiciales sobre una supuesta financiación iraní de Podemos.
Es repugnante, pero todavía da más asco ver cómo mucha gente todavía se cree esos infundios sobre “financiación ilegal de Podemos”, esparcidos impúdicamente por los máximos dirigentes del PP (el primer partido jamás imputado por corrupción en España) y hasta por la vicepresidenta de un Gobierno que sigue negando las evidencias de la podredumbre de su formación política, desde la sede de Génova pagada en negro hasta la cúpula de Valencia imputada en masa, pasando por la Caja B y los sobresueldos de Bárcenas (y de los otros cuatro tesoreros de la historia del partido, todos ellos imputados) y el expolio de fondos públicos a través de la Gürtel, la Púnica, Nóos… las redes corruptas de Fabra, Camps, Matas, Granados…
¿Cómo es, pues, posible que tantos ciudadanos sigan creyendo a esos farsantes?

Carlos Enrique Bayo
Fuente: Público.es

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