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lunes, 5 de septiembre de 2016

Patriotismo constitucional frente a la revolución neoliberal

Javier Cercas, "Entorno Prisa"


En respuesta a Javier Cercas y al entorno de Prisa
Patriotismo constitucional frente a la revolución neoliberal

Carlos Fernández Liria
Cuarto Poder


I

¡Pero qué fácil es tener razón! Esto es lo que le viene a uno a la cabeza tras la lectura del artículo Populismo bueno de Javier Cercas. Es un fenómeno habitual en lo que podría llamarse el “entorno PRISA” que, por más que cambie de propietarios y de jefes, continúa siempre en la misma línea desde los tiempos de Felipe González: poniendo siempre el dedo en la llaga, exhibiendo una madura ecuanimidad progresista cargada de razón. Estos intelectuales se informan de lo que es el populismo leyendo El País y luego lo refutan. Es inevitable recordar lo que decía Chesterton en un famoso texto: es muy mala idea identificar la locura con la pérdida de la razón, porque el loco, precisamente, es más bien quien lo ha perdido todo, excepto, precisamente, la razón. Los locos no razonan nada mal. Hay ciertos delirios psicóticos que construyen razonamientos intachables y minuciosos, verdaderas catedrales metafísicas invulnerables a cualquier objeción. A eso se le llama, psiquiátricamente, paranoia. El loco no ha perdido la razón, ha perdido el juicio.
La diferencia entre razón y juicio hizo a Kant escribir una nueva e inesperada crítica, la Crítica de la facultad de juzgar, para sustentar el negocio racional diseccionado en la Crítica de la razón pura y la Crítica de la razón práctica. Una cosa es saber razonar -y un loco sabe razonar- y otra cosa es saber juzgar. Pongamos un ejemplo: una cosa es razonar que robar está mal, porque nadie tiene derecho a apropiarse de lo que no es suyo, y otra es juzgar si, por ejemplo, Robin Hood es un ladrón o es, más bien, el precursor del sistema de impuestos progresivos para las rentas más altas. O si Blesa o Rodrigo Rato son más bien ladrones descomunales o, sencillamente, banqueros. O si, en realidad, un banquero es un ladrón por el mero hecho de serlo, un usurero que la Iglesia condenó en otros tiempos, o es más bien un sujeto que cumple una función social imprescindible. De la pretensión de meter en el mismo saco lingüístico, bajo el término “ladrón”, al yonqui que roba un yogur en un supermercado y al banquero que blanquea dinero en un paraíso fiscal es algo de lo que no puede dar cuenta la razón, sino el juicio. Se puede razonar que molestar a los vecinos con la música alta está muy mal, pero la cosa cambia si juzgamos que unos lo hacen en nochevieja y otros los domingos por la noche cuando al día siguiente hay que ir a trabajar. En un caso se está “celebrando una fiesta”, en otro caso se está “cometiendo un delito”. Pero entonces hay que saber “identificar los casos”, y para eso, la razón es una facultad muy insuficiente.

Pondré, otro ejemplo: hace ya años Jose Luis Pardo defendió la coherencia entre dos editoriales de El País que se referían al Che Guevara en un caso como un “idealista coherente” y en otro caso como un “caudillo asesino”. No había aquí cambio de opinión alguno, pues se puede demostrar que ser un idealista coherente es lo mismo que ser un caudillo asesino. El razonamiento era intachable y muy brillante, aunque el problema era que, al final, valía lo mismo para identificar a un caudillo asesino como Jesucristo que a un idealista coherente como Hitler. A veces, a la hora de juzgar si “esto es o no un gato, aunque parezca un perro”, la razón no ayuda lo suficiente. Hay que tener, como suele decirse, un poco de “juicio”.

Los intelectuales del tipo de Javier Cercas razonan bien, pero su facultad de juzgar está podrida. No están equivocados, están locos. Quizás no clínicamente hablando. Se trata, más bien, de una forma de locura abyecta política y moral, pues su responsabilidad como intelectuales es inmensa y su delirio a la hora de juzgar hace el juego a las potencias económicas, políticas y mediáticas más salvajes del neoliberalismo y del bipartidismo que le es tan funcional.

Javier Cercas, Antonio Elorza, Félix de Azúa, Fernando Savater, Félix Ovejero o Jose Luis Pardo siempre recurren al mismo argumento contra el supuesto “populismo” de Podemos. Hay que hablar de ciudadanos no de pueblos. El populismo es (siempre) malo -en palabras de Cercas- “porque apela al pueblo, que es una abstracción de trilero, y no a los ciudadanos, que son realidades tangibles, sujetos de derechos y deberes, hombres y mujeres responsables de su destino”. Es una idea genial y hay que responder que, en efecto, tienen mucha razón y que qué más podría pedirse. Pero el asunto del “populismo” reivindicado por Podemos es un poco más complicado de lo que se puede deducir leyendo estos artículos y los editoriales de El País.

¿Por qué, desde Podemos, hemos empezado a reivindicar una cosa tal como el “populismo”? La cosa parte, sí, como suele decirse, del 15M, cuando una gran parte de población (a los que se presupondrá, espero, la “ciudadanía”) se reunió en las plazas de este país para caer en la cuenta de un verdadero descubrimiento político: “no somos antisistema, el sistema es antinosotros”. Esto supuso un verdadero viraje en el pensamiento de izquierdas, un viraje que podríamos calificar de “muy conservador”. La ciudadanía -incluso los muy jóvenes de Juventud sin Futuro- cayeron en la cuenta de que vivían en un sistema que les había sustraído derechos muy elementales: el derecho a una vivienda, a tener una familia estable, a tener hijos, a tener una pensión, a protegerse con un derecho laboral, a una sanidad y una escuela pública dignas, etc. Era, como he dicho tantas veces, una especie de “antimayo del 68”, cuando la gente pedía lo imposible, bajo el lema de “la imaginación al poder”. Ahora era más bien al revés, y la cosa se hacía, podríamos decir, a lo Gunther Anders: si había que llevar la imaginación al poder no es por lo que esta facultad tenía de desbordante y utópica, sino por todo lo contrario. La imaginación es una facultad finita, que nos recuerda constantemente nuestra escuálida finitud. Es imposible imaginar, por ejemplo,la cadena causal que liga el movil con el que llamamos a mamá los domingos, con una guerra en el Congo en la que han muerto diez millones de personas, causada por la minería del coltán. Nadie puede imaginar que lleva tantos cadáveres en el bolsillo. La complejidad de este mundo es ya, desde hace mucho, demasiado grande para nuestra torpe imaginación. Por eso, cada vez más, es imposible distinguir las noticias de los fakes y las bromas de los periódicos satíricos.

Ocurrió entonces algo muy importante para nuestro destino político. La imaginación, tan reivindicada por la izquierda, lejos de sobrepasar todas las barreras, conectaba de forma imprevista con el sentido común. La izquierda se encontraba así frente a un experimento insólito. De pronto, se perfilaba, sí, un “ellos” y un “nosotros”, pero, por primera vez en la historia de los movimientos anticapitalistas, de una forma invertida. Ahora resultaba que “ellos” eran los revolucionarios antisistema, los partidarios del salvajismo neoliberal que está socavando todas las instituciones democráticas de nuestro orden constitucional. Y “nosotros”, los que antaño éramos los anarcoides antisistema, nos convertíamos en los guardianes del orden constitucional, en los defensores de esa consistencia política a la que hacemos bien en llamar, como Javier Cercas y compañía, “ciudadanía”.

¿Javier Cercas o Jose Luis Pardo han escuchado muchos discursos de Pablo Iglesias o de Ada Colau reivindicando las ancestrales y oscuras densidades de un pueblo imaginario? Yo no. Más bien, habría que decir que, mucho antes que con Ernesto Laclau o Chantal Mouffe (que luego veremos a cuento de qué vienen, en la segunda parte de este artículo), lo que define al discurso habitual de Podemos es lo que Habermas llamó “patriotismo constitucional”. Pensemos, por ejemplo, en el discurso con el que Pablo Iglesias no ha parado de machacar en todo momento, la reivindicación de la palabra “patria”. Defender la patria no es llevar una banderita española en la correa de tu perro, es no evadir impuestos. Defender la patria es defender la escuela pública, la sanidad pública. Defender la patria es defender un sistema fiscal que funcione sin paraísos fiscales, sin franjas de impunidad legal para el dinero. Defender la patria es defender el derecho laboral de este país, para que la ciudadanía -sí, la “ciudadanía”- no tenga que emigrar lejos de su país para buscarse la vida con todos sus títulos universitarios en la maleta. Defender la patria es defender la división de poderes, la autonomía del poder legislativo, en lugar de vender el parlamento nacional a los dictados del Eurogrupo. Defender la patria es defender a nuestros abuelos, sí, pero para no matarles de hambre, para defender el sistema de pensiones y no porque sean el receptáculo de una atávica sabiduría ancestral que nos conecta con el “pueblo” (no sé si esto es lo que piensan que pensamos Javier Cercas y compañía). Hay aquí un largo etcétera acorde con el patriotismo constitucional. Esto es Habermas, no Laclau. Y esto representa el 99% de las reivindicaciones de Podemos. Lo de Laclau y el populismo tiene mucho sentido, como vamos a ver, pero no tiene ninguno si no se empieza por aquí. Y si se critica el populismo de Podemos sin tener en cuenta que el punto de partida es puro “patriotismo constitucional” se podrá tener, desde luego, mucha razón, pero en el interior de un delirio paranoico (por otra parte muy bien recompensado mediáticamente).

La razón siempre defiende el patriotismo constitucional, lo mismo en los discursos de Podemos que en los editoriales de El País. Lo que pasa es que luego hay que identificar cuánto de patria y de constitución hay en la cruda realidad y esto es una cuestión de juicio, no de razón. Algunos contemplan el panorama europeo y ven mucho patriotismo constitucional, otros vemos ahí mucha dictadura de los poderes financieros y un patriotismo constitucional herido de gravedad y amenazado por una más que probable reacción populista de derechas cercana al fascismo. Lo sorprendente son los efectos paradójicos de esta discrepancia. A los que defendemos que haya más patriotismo constitucional y menos dictadura, se nos llama populistas. Y los que, desde sus imperios mediáticos, se alinean con la dictadura económica y el terrorismo financiero (llegando a aplaudir, como Savater, golpes de Estado financieros como el que no ha dejado de perpetrarse en Grecia), se reservan para sí la etiqueta de patriotas constitucionales. En su delirio paranoico, basta, por lo visto con defender el patriotismo constitucional para que de verdad lo haya. Es gente que, como dios, crea el mundo con sus palabras.

II

El “patriotismo constitucional” de Podemos es lo que verdaderamente ha desconcertado al mundo político de este país, es lo que en verdad ha cambiado, como suele decirse, “la centralidad del tablero” y lo que ha hecho tambalearse al bipartidismo (que gracias, entre otras muchas cosas, a gente como Javier Cercas y compañía no ha terminado de derrumbarse). El desconcierto ha sido que Podemos irrumpiera en la escena pública diciendo algo así como “no defendemos lo imposible ni ninguna ocurrencia parecida” (de las que normalmente ellos fueron fervientes entusiastas en otros tiempos en los que siempre “corrían delante de los grises”): “defendemos lo que tú defiendes, defendemos que esto sea de verdad lo que tú dices que es”, una “patria constitucional”, un “estado social de derecho”.

Defendemos un sistema parlamentario que sea de verdad un poder legislativo y no una dictadura económica recubierta de impotencia parlamentaria, que es lo que en realidad tenemos (más aún desde que se firmó el artículo 135). Defendemos una libertad de prensa que lo sea de verdad y no esta dictadura mediática en la que un puñado de oligopolios ejerce una implacable censura despidiendo o no contratando jamás a los periodistas que podrían llevarles la contraria. Defendemos la división de poderes, pero muy conscientes de que el poder económico es un poder salvaje que no está en absoluto dividido, ni sometido a la ley, ni, en suma, civilizado. Defendemos que haya un ejército de inspectores fiscales, de peritos contables que asistan al poder judicial que se ocupa de los delitos económicos. Defendemos que haya una buena policía, que se encargue cada vez más eficazmente de meter en la cárcel a esos enemigos de la patria constitucional a los que hemos llamado, a veces, la “casta” y otras veces la “mafia”. En suma, como se verá, todo un programa ‘habermasiano’ de lo más normalito y moderado.

Y entonces, se dirá, ¿por qué el famoso “populismo”? ¿Por qué Laclau? Eso viene después. Hay que tener un poco de paciencia, señores. De hecho, antes habría que hablar todavía de otra cosa. Habría que preguntar aún, ¿y por qué Marx?

Eso del patriotismo constitucional y la apelación a la ciudadanía encierra el único proyecto político que es irrenunciable para la humanidad y fue muy bien teorizado por los filósofos de la Ilustración (como no me he cansado de repetir en mis últimas publicaciones). Pero, utilizando la expresión de Jorge Alemán, hay que decir que al pensamiento de la Ilustración le esperaban dos buenos jarros de agua fría, dos grandes “malas noticias”. Una la trajo Marx y la otra Freud.

Marx demostró por qué el aparato institucional republicano pensado por la Ilustración funcionaba muy mal bajo condiciones capitalistas, es decir, bajo unas condiciones en las que, al tiempo que se dividía el poder político, el poder económico permanecía en estado salvaje y sin civilizar. En nuestros días, en los que el terrorismo financiero cambia de opinión en milésimas de segundo, chantajeando toda posible actividad parlamentaria e hipotecando caprichosamente la vida de la ciudadanía, la cosa es infinitamente más grave que aquella de la que se quejaba Marx. El parlamentarismo, sí, bajo determinadas condiciones económicas, se convierte en la coartada de un capitalismo de casino. Es verdad que buena parte del pensamiento marxista se equivocó radicalmente al arremeter entonces contra el parlamentarismo, en lugar de contra las condiciones económicas que lo subyugaban. Pero no se puede decir que ese haya sido precisamente el error de Podemos, que ha apostado sin reparos por la vía parlamentaria e institucional. Lo malo es el poder financiero que convierte el parlamentarismo en una estafa grotesca, no el parlamentarismo. Los que no lo ven así, es que no quieren ver. Combaten un fantasma en su imaginación y se regodean de lo fácil que es tener razón contra él. Por eso no se puede decir que estén equivocados, sino que deliran. Otra cosa es que su delirio sea, ciertamente, criminal e irresponsable, porque, cerrándoles las puertas al patriotismo constitucional de Podemos se las están abriendo de par en par, precisamente, a eso que ellos pretenden combatir: el populismo de derechas que, tarde o temprano y con su encomiable colaboración, se apoderará de Europa.

¿Por qué, entonces, en Podemos nos hemos puesto a leer a Laclau y nos hemos llegado a definir como “populistas”? En primer lugar, porque no queremos colaborar con esa estafa -tan habitual en gente como Javier Cercas- de defender el concepto de ciudadanía entre las nebulosas de un delirio. Sabemos muy bien que el destino de la “ciudadanía” -que es lo que defendemos como cualquier otro bien nacido- está condenado mientras no se afronte el reto de legislar sobre los poderes económicos. Si no queremos que la economía llene este mundo de cárceles y campos de refugiados (que también, sí, son “ciudadanos”), tenemos que encarcelar legislativamente a la economía. Pero son estos objetivos políticos -que intentan poner freno a la dictadura neoliberal- los que suelen mirarse por encima del hombro como “populistas”. Los que así hablan deberían pensar un poco, de una vez por todas, de qué lado están. Ellos dicen que de la “ciudadanía” y de los derechos y libertades. Pero eso es lo mismo que decimos nosotros. Y como precisamente vemos a la ciudadanía postrada frente a unos poderes económicos que deciden políticamente al margen de cualquier deliberación pública y parlamentaria, en las puertas cerradas de un nuevo feudalismo, además de defender abstractamente la “ciudadanía” lo que hacemos es poner manos a la obra contra este sobrevenido Antiguo Régimen que nos ha caído encima.

En segundo lugar, y ahora sí que es el momento de reivindicar a Ernesto Laclau y el asunto ese del “populismo”, porque somos muy conscientes de la otra “mala noticia” de la que hemos hablado. El giro hacia el “sentido común” y la “política conservadora” de la que hablábamos en la primera parte de este artículo, ha cambiado la correlación de fuerzas. Ahora los radicales antisistema son “ellos”, los defensores de esta salvaje revolución neoliberal (sean quienes sean, Javier Cercas sabrá si esto va por él o no). Nosotros, en cambio, los que abominamos de esta barbarie revolucionaria en nuestra vida cotidiana, somos muy conservadores y sensatos, tanto que podemos reivindicar, como hemos dicho, el patriotismo constitucional por el que nos identificamos con una escuela o una sanidad pública, con unos derechos laborales, con un parlamento o unos tribunales de justicia. Ahora bien, eso del “sentido común” no es algo que se sirve a la carta. Es un tejido muy abigarrado y tozudo, atravesado por prejuicios, tópicos y mentiras mediáticas. Althusser lo llamó el “macizo ideológico”. Y cuando hay que moverse en ese terreno conviene consultar a algunos expertos. Uno de ellos, que trajo, en efecto, muy malas noticias, fue Freud. Otro es el famoso Ernesto Laclau. La pregunta ¿cómo piensa el pueblo?, no es el hilo conductor de ningún programa político. Es una pregunta realista que no se puede responder desde las atalayas mediáticas en las que se mueve gente como Javier Cercas. El mundo político no está tejido de argumentos y contrargumentos, no está trenzado con razones, sino con algo de naturaleza muy distinta, algo semejante a lo que en psicología se llama “síntomas”. No vale de nada argumentar con un tímido hasta convencerle de que es científicamente imposible que se le trague la tierra si se arranca a cantar por bulerías. Los síntomas no se transforman con razonamientos. Por poner un ejemplo menos “psicológico”: no es “diciendo la verdad” en tu muro de Facebook o en el salón de tu casa como se combaten los grandes constructos mitológicos que los medios de comunicación incrustan a diario en el sentido común de los votantes. Un imperio mediático no se combate diciendo la verdad, sino, en todo caso con otro imperio mediático (que quizás, eso sí, podría trabajar en favor de la verdad).

En atención a este tipo de problemática es por lo que acepté titular a mi último libro En defensa del populismo, algo de lo que mi amigo Jose Luis Pardo se ha pitorreado mucho (he de decir que con bastante gracia). Hay una especie de dogmático veneno racionalista en este tipo de intelectuales. Lo guay es que el ser humano sea un ser racional, de modo que (como si Freud, Lacan o la antropología misma no contaran un pimiento), por lo visto, basta reivindicarlo como tal para que lo sea. Y si no llega a serlo del todo, mira por donde, será porque hay unos populistas por ahí empeñados en aguar la fiesta. El problema es que en absoluto es así. El ser humano no es ni mucho menos un ser tan espontáneamente lingüístico como se pretende. Más bien hay que decir que el ser humano se sostiene en el lenguaje como un trapecista en una cuerda floja. El ser humano no nace hablando, nace del sexo, en un afuera del lenguaje desde el que tiene que escalar muy tortuosamente a través de una aventura que llamamos infancia.

Esto hace que el lenguaje, para el ser humano nunca sea un mero instrumento para la comunicación. El ser humano, cuando habla y cuando razona, siempre está, al mismo tiempo, haciendo “otra cosa”. La evidencia antropológica es que el ser humano no accede a la palabra más que a condición de que sea una palabra ritualizada. El rito es una especie de tributo que pagamos los humanos por no ser ángeles, por haber nacido del sexo y por tener infancia. Lo curioso es que Javier Cercas pretende explicarnos, precisamente a nosotros, que “nadie con dos dedos de frente se cree la pamema de que el pueblo es por esencia virtuoso”. Es imposible saber de dónde se saca semejante presuposición respecto a nuestras convicciones. Lo que sí que es esencial al pueblo es la religión, como atestigua toda la historia de la antropología y de la sociología. Régis Debray dijo una vez, con mucha razón, que había que ser “un poco antropólogo” para enterarse de lo que estaba pasando (eran los años noventa): el resurgir de los nacionalismos, los tribalismos, los fundamentalismos, los racismos, los regionalismos, los sectarismos y los integrismos de todo tipo. El problema, decía él (llamó a esto pomposamente el “teorema de Godel de la política”), es que socialmente es imposible cerrar un círculo sin levantar una vertical, es decir, sin recurrir a un cono. El ser humano no puedo prescindir de los tronos y los altares (aunque algunos sí pensamos que puede “civilizarlos”). Esto puede ser repugnante, pero está en la raíz de las cosas que hay que tener en cuenta a la hora de hacer política.

El ser humano es, sin duda, repugnante, pero es lo que hay. Eso sí, es muy fácil olvidarte de las verticales y de los líderes cuando vas ganando. El populismo (en el peor sentido) del PP y del PSOE es apabullante y patético. Pero, bueno, si ésta es más o menos tu opción política no hay razón para aplaudirlo o para confraternizar. Uno ve a Pedro Sánchez entrevistarse por televisión mientras escala el Peñón de Ifach y, en fin, la cosa no va contigo; al fin y al cabo, lo importante es que se siga defendiendo la ciudadanía. Pero, para los que no nos conformamos con defender la ciudadanía desde nuestras tribunas, sino que queremos, además, hacer algo políticamente para hacerla realidad, la cuestión es cómo movernos en un mundo político amasado con síntomas, ritos, mitos e ideólogos como Javier Cercas o Jose Luis Pardo. Y entonces, sí, nos volvemos muy sensibles a los efectos populistas del mundo político en el que queremos actuar. Es muy fácil mirar por encima del hombro el populismo cuando tus opciones políticas van ganando. Es bastante más difícil esa altanería cuando para ganar necesitas crear, como dicen en Podemos, una “hegemonía popular”, y cuando tienes que hacerlo con todos los imperios mediáticos en contra y con cuarenta años de franquismo y cuarenta de bipartidismo a tus espaldas.

“El peor de los políticos es preferible al mejor de los caudillos”, dice Javier Cercas. Estamos completamente de acuerdo. Añadimos que el peor de los caudillos es, además, el Eurogrupo, esa instancia misteriosa que (como se le dijo a Varoufakis) ni siquiera existe, pero que decide sobre nuestras vidas al margen del cualquier control público y parlamentario. Algunos pensamos que a ese caudillismo del capital financiero es posible aún pararle los pies por vía parlamentaria, derogando, para empezar, el artículo 135 de la Constitución y luchando por crear un verdadero orden constitucional europeo. Otros, como Javier Cercas en su artículo, son mucho más radicales, al parecer, porque abogan -dice- por “cambiar de sistema”. Yo no alcanzo a comprender a lo que se refiere. En todo caso, para “cambiar de sistema”, ¿a quién habría que haber votado en las elecciones? ¿Con quién conviene pactar en esta nueva legislatura? Esto a Javier Cercas se le olvidó explicitarlo al final de su artículo. Él quiere cambiar de sistema. Nosotros no, nosotros queremos el sistema de siempre, un orden constitucional en estado de derecho. Esa patria constitucional de la que se ríen a diario los poderes económicos.

Carlos Fernández Liria. Profesor de Filosofía en la UCM. Su última obra publicada es En defensa del populismo (Ediciones Catarata).

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/09/02/respuesta-a-javier-cercas/9033 / http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/09/03/respuesta-a-javier-cercas-2/9040

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

jueves, 31 de marzo de 2016

Sobre el estilo del Manifiesto Comunista

Umberto Eco (1932-2016)


No se puede sostener que algunas hermosas páginas puedan cambiar el mundo por sí solas. Toda la obra de Dante no consiguió devolverles un emperador sacro romano  romano a los municipios italianos. No obstante, al recordar el texto que fue el Manifiesto del Partido Comunista de 1848, y que, ciertamente, ha influido largamente en los acontecimientos de dos siglos, creo que hay que releerlo desde el punto de vista de su calidad literaria o, al menos –aunque no se lea en alemán-, de su extraordinaria estructura retórico-argumentativa. En 1971 apareció el librito de un autor venezolano, Ludovico Silva, El estilo literario de Marx, publicado en italiano en 1973 por Bompiani. Creo que ya no se puede encontrar y valdría la pena reeditarlo. Refiriéndose a la historia de la formación literaria de Marx (pocos saben que también escribió poemas, bien que malísimos, en opinión de los pocos que los han leído), Silva analizó minuciosamente toda la obra de Marx. Curiosamente, dedicó sólo unas pocas líneas al Manifesto, tal vez porque no es una obra estrictamente personal. Es una lástima: se trata de un texto formidable, que alterna tonos apocalípticos e ironía, lemas eficaces y explicaciones claras, y (si realmente la sociedad capitalista quiere vengarse de las molestias que estas páginas no muy numerosas le han causado) tendría hoy que analizarse religiosamente en las escuelas publicitarias.

Comienza con un formidable golpe de timbal, como la Quinta Sinfonía de Beethoven: "Un fantasma recorre Europa" (no olvidemos que estamos todavía cerca del florecimiento prerromántico y romántico de la novela gótica, y los espectros son entitades que hay que tomarse en serio). Sigue justo después una historia a vuelo de águila de las luchas sociales, desde  la antigua Roma hasta el nacimiento y desarrollo de la burguesía, y las  pàginas dedicadas a las conquistas de esta nueva clase "revolucionaria" constituyen su poema fundador, todavía válido para quienes apoyan el liberalismo. Se ve (quiero decir  exactamente "se ve", en sentido casi cinematográfico) esta nueva fuerza irrefrenable que, impulsada por la necesidad de nuevas salidas para sus mercancías, recorre todo el orbe terráqueo (y, a mi entender, aquí el hebreo y mesiánico Marx piensa en el inicio del Génesis), altera y transforma países lejanos porque los bajos precios de sus productos son una especie de artillería pesada con la que bombardea cualquier muralla china, hace capitular a los bárbaros más endurecidos en el odio al extranjero, instaura y desarrolla las ciudades como signo y fundamento de su propio poder, se multinacionaliza, se globaliza, hasta inventa una literatura ya no nacional sino mundial...

Al final de esta apología (que conquista en la medida en que es sincera admiración), llega de improviso el giro dramático: el hechicero se encuentra impotente para dominar les fuerzas subterráneas que ha invocado, el vencedor se ahoga en su propia sobreproducción y cría en su propio seno, de sus mismas entrañas, a sus sepultureros, los proletarios.

Entra ahora en escena esta nueva fuerza que, dividida y confusa en un primer momento, se empecina con furia en la destrucción de las máquinas y es empleada por la burguesía como masa de choque, obligada a luchar contra los enemigos de sus propios enemigos (las monarquías absolutas, la propiedad feudal, los pequeños burgueses), y absorbe gradualmente a parte de los adversarios que la gran burguesía proletariza: artesanos, tenderos, campesinos propietarios. La revuelta se convierte en lucha organizada, los obreros están en contacto recíproco por medio de otro poder que los burgueses han desarrollado en su propio beneficio: las comunicaciones. Y aquí el Manifiesto cita los ferrocarriles, pero piensa también en las nuevas comunicaciones de masas (no olvidemos que Marx y Engels supieron utilizar en La sagrada família la televisión de la época, es decir, la novela de folletón como modelo de  imaginario colectivo, criticando su ideología pero, al mismo tiempo, utilizando lenguaje y situaciones que ésta había popularizado).

En este punto entran en escena los comunistas. Antes de decir de manera programática quiénes son y qué quieren, el Manifiesto (con un movimiento retórico soberbio), se detiene en el punto de vista de la burguesía que les teme y adelanta algunas preguntas aterradoras: ¿Queréis abolir la propiedad privada? ¿Queréis poner en común las mujeres? ¿Queréis abolir la religión, la patria, la familia?

Aquí el juego se vuelve sutil, porque el Manifiesto parece contestar de manera tranquilizadora a todas estas preguntas, como para ablandar al adversario, pero luego, con un movimiento improvisado, le golpea en el plexo solar y consigue el aplauso del público proletario... ¿Queremos abolir la propiedad privada? Pues no, las relaciones de propiedad siempre han objeto de transformación, ¿acaso la Revolución Francesa no abolió la propiedad feudal en favor de la burguesa? ¿Queremos abolir la propiedad privada? Qué bobada, no existe, porque es la propiedad de una décima parte de la población en perjuicio de las otras nueve. ¿Nos acusáis entonces de quere abolir “vuestra” propiedad? Si, es exactamente lo que queremos hacer. ¿La comunidad de las mujeres? Pero, a ver, ¡lo que nosotros queremos es más bien es quitarle a la mujer el carácter de instrumento de producción! Pero, ¿queréis de verdad poner en común las mujeres? ¡La comunidad  de mujeres la habéis inventado precisamente vosotros, que además de utilizar a vuestras propias esposas, sacáis partido de las de los obreros y como máximo pasatiempo practicáis el arte de seducir a las de vuestros iguales! ¿Destruir la patria? Pero, ¿cómo se le puede quitar a los obreros lo que no tienen? Nosotros queremos más bien que, al triunfar, los proletarios se constituyan como nación...

Y así sucesivamente, hasta esa obra maestra de reticencia que es la respuesta sobre la religión. Se intuye que la respuesta es "queremos destruir esta religión", pero el texto no lo dice: antes de afrontar un tema tan delicado, que pasa por alto, da a entender que todas las transformaciones tienen un precio, pero mejor por ahora no abrir capítulos demasiado candentes...

Sigue luego la parte más doctrinaria, el programa del movimiento, la crítica a los diversos socialismos, pero en este punto el lector ya está fascinado por las páginas anteriores. Y por si la parte doctrinaria resultase demasiado difícil, hete aquí el golpe final, dos lemas que cortan la respiración, fáciles de retener en la memoria, destinados (me parece) a una fortuna clamorosa: "Los proletarios no tienen nada que perder [...] salvo sus cadenas" y "¡Proletarios de todos los países, unios!".

Además de la capacidad ciertamente poética para inventar metáforas memorables, el Manifiesto permanece como una obra maestra de oratoria política (y no sólo eso) que tendría que estudiarse en las escuelas, junto con las Catilinarias y el discurso shakespeariano de Marco Antonio ante el cadáver de César. Porque tampoco ha de excluirse, dada la amplia cultura clásica de Marx, que justamente estos textos los tuviera presentes.

Umberto Eco, Sulla Letteratura (2002). Publicado originalmente en L´Espresso el 8 de enero de 1998, en el 150 aniversario del Manifiesto Comunista.

Umberto Eco

(1932-2016) Escritor, semiótico y filósofo, fue catedrático de la Universidad de Bolonia y una de las mayores figuras intelectuales de la Italia de postguerra.

Fuente: L´Espresso, 8 de enero de 1998

Traducción: Lucas Antón

Fuente: Sin Permiso

jueves, 26 de febrero de 2015

¿Quién creó el radicalismo islámico? ¿Dónde está la defensa de la libertad de expresión? 26feb 2015

 

Resultado de imaxes para LIBERTAD DE EXPRESIÓN

 

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

 

Uno de los analistas más rigurosos y creíbles del mundo islámico ha sido el palestino Edward Said, profesor de la Columbia University de Nueva York, que falleció hace ya unos años. Tuve la oportunidad de asistir a muchas de sus conferencias y leí gran parte de sus libros, que aconsejo sistemáticamente a mis estudiantes para que aprendan sobre un tema de gran importancia y relevancia: la evolución de la cultura  musulmana. España es, por cierto, parte de esta historia. En contra de la imagen frecuentemente presentada por el nacionalcatolicismo todavía imperante en España, esta cultura musulmana benefició enormemente a España, habiendo introducido muchos elementos positivos en la cultura ibérica, desde la explotación agrícola a las áreas de medicina y del conocimiento en general.

Uno de los hechos más característicos de nuestros tiempos es el reciente radicalismo existente en grandes sectores del mundo musulmán. Y para entenderlo deberíamos conocer cómo y dónde se originó este radicalismo imbuido de un fundamentalismo religioso. Muchos de estos movimientos surgieron de países que fueron colonias de imperios radicados en su mayoría en Europa. E incluso cuando estos países no fueron colonia, estuvieron claramente dominados por países basados en sistemas imperiales europeos.

En todos ellos –fueran o no colonias- aparecieron, después de la II Guerra Mundial, fuerzas progresistas que representaron una amenaza para los intereses económicos y políticos que sostenían las estructuras de poder existentes en tales países. Fueron precisamente aquellos grupos que se beneficiaban de esas estructuras los que establecieron y apoyaron a los islamistas radicales, todos ellos fundamentalistas religiosos, que se opusieron por todos los medios a las fuerzas progresistas (la mayoría laicas) que querían transformar aquellas sociedades musulmanas. El caso de Al Qaeda es un claro ejemplo. No se conoce suficientemente que Osama bin Laden fue en sus inicios financiado por Arabia Saudí (uno de los regímenes más oprimentes existentes hoy en el mundo), y por la CIA de EEUU, para oponerse a las reformas lideradas por el Partido Comunista Afgano. Y todavía hoy Arabia Saudí y Qatar (promovido en la camiseta del Barça), así como otros países del Golfo Pérsico, son los que ayudan financieramente a la rama del islam conocida por wahabismo, una de las sectas más fundamentalistas y beligerantes del islamismo. Sin dicha ayuda y la ayuda en aquellos momentos de los gobiernos británico, francés y estadounidense, estos movimientos profundamente antisocialistas no hubieran alcanzado su actual extensión. Incluso el Estado Islámico (EI) fue financiado en sus principios por EEUU, Reino Unido y Francia, además de Arabia Saudí y Qatar, que continúan financiándolos.

El desconocido caso de Indonesia

Otro caso menos conocido es lo que ha ocurrido en el país musulmán más poblado del mundo: Indonesia. En este país surgió uno de los movimientos más progresistas en el mundo islámico, liderado por el Presidente Sukarno. Ayudó a establecer el movimiento internacional de Países No Alineados (en colaboración con el presidente Nehru de la India). Los gobiernos de Australia, Reino Unido, Francia o EEUU, entre otros, se movilizaron para pararlo y destruirlo, junto con los grupos islámicos más reaccionarios en aquel país, que fueron financiados por todas las fuerzas que se opusieron al gobierno progresista. En el año 1965 tuvo lugar un golpe militar, al que apoyaron todas aquellas fuerzas reaccionarias, imponiendo uno de los regímenes más represivos que se hayan conocido en aquel continente, dirigido por el general Suharto. Se calcula que entre 500.000 y un millón de personas fueron asesinadas. Como bien ha dicho uno de los intelectuales musulmanes mas respetados hoy, Ziauddin Sardar, “no es que el imperialismo occidental se aliara con las facciones más radicales y fundamentalistas. En realidad, las establecieron”. De todo esto el lector ha leído muy poco o nada (para mayor expansión, ver Andre Vltchek, “Who Should be Blamed for Muslim Terrorism?”, CounterPunch, January 9-11,2015).

Otro silencio: la movilización francesa a raíz de Charlie Hebdo

La impresionante movilización en Francia a raíz de la protesta frente a los asesinatos de los humoristas de la revista Charlie Hebdo se ha presentado también de una manera sesgada y parcial. La justa y necesaria protesta que ha habido en Francia ha sido en defensa de la libertad de expresión, que se confunde frecuentemente con la defensa y apoyo de la postura profundamente ofensiva hacia el mundo musulmán que ha aparecido en tal semanario. En realidad, cualquier persona demócrata debería considerarse ofendida por un tratamiento tan insultante hacia una minoría profundamente discriminada en Francia. La función histórica de las revistas satíricas ha sido ridiculizar al poder, no a los oprimidos o excluidos, como es hoy la población musulmana en Francia. La caricatura de Mahoma era antimusulmana, antimujer y anti Estado del Bienestar (ridiculizando los programas de asistencia pública a las personas excluidas y a las mujeres embarazadas musulmanas en Francia), repugnante en extremo. Decir esto no es, como la derecha maliciosamente intentará tergiversar, justificar el horrible asesinato, que merece todo tipo de condena.

Pero hay también que denunciar la enorme hipocresía del establishment mediático y político europeo, incluyendo el francés. La supuesta defensa de la libertad de expresión es limitadísima e inexistente no solo en Francia, sino también en los países que estaban representados en las manifestaciones por sus dirigentes, como es el caso de España (en la que el gobierno del Sr. Rajoy había llevado a los tribunales a un humorista español por ridiculizar al partido gobernante, el PP, hacía solo un par de semanas).

En la misma Francia parece haberse olvidado la enorme represión que tuvo lugar durante la guerra de Argelia, cuando en una manifestación de 30.000 ciudadanos franceses de ciudadanía argelina en octubre de 1961, miles de ellos (10.000) fueron detenidos en las calles de París, y cerca de 200 fueron asesinados. Y en Francia, dicha libertad de expresión es también limitada cuando las autoridades consideran que un mensaje publicitado puede crear disturbios, lo cual ha ocurrido frecuentemente en movimientos ciudadanos en protesta por los ataques del gobierno de Israel a la población palestina (como sucedió durante las masacres llevadas a cabo por las fuerzas armadas israelíes en la Franja de Gaza). Y la lista es enorme. Y no digamos aquí, en España, donde la represión ha alcanzado unos niveles nunca antes vistos durante el periodo democrático.

Dos últimas observaciones. Una es que las fuerzas que han apoyado con mayor contundencia las movilizaciones en contra de los asesinatos han sido las derechas. En España, El País, bajo la dirección del Sr. Antonio Caño, una persona profundamente conservadora, ha presentado tales manifestaciones como una victoria frente al radicalismo musulmán (ver “La interpretación neoliberal de EEUU que aparece en los medios españoles: el caso el corresponsal de El País en Washington”. El Viejo Topo, diciembre de 2011). La realidad, sin embargo, muestra lo contrario. Dichas movilizaciones, que atemorizaron a la población musulmana en Francia, fueron una gran victoria para los radicales musulmanes, que deseaban el enfrentamiento de las dos comunidades, de manera que ellos pudieran presentarse como los héroes en defensa del Islam. Y así ha ocurrido. Por todas partes en el mundo musulmán ha habido manifestaciones contra Francia y contra el mundo occidental, y a favor de los “mártires”. Y a eso le llaman victoria. En lugar de aislar a los radicales dentro del mundo musulmán, les han dado la oportunidad de presentarlos como sus defensores.

Una segunda observación. Hay pruebas más que suficientes para ver que las posturas defendidas por los establishments europeos sobre el mundo musulmán están profundamente equivocadas. Como bien ha indicado el periodista que, a mi parecer, conoce mejor el mundo musulmán, Patrick Cockburn, hoy el EI y otros movimientos radicales no tendrían la fuerza que tienen si no hubiera sido por las intervenciones occidentales, incluyendo las europeas, en Irak, en Libia y en Siria, intervenciones que crearon, además de un vacío de poder, las condiciones para que estas fuerzas crecieran y se expandieran.

FUENTE: PUBLICO.ES

lunes, 16 de febrero de 2015

Rossana Rossanda. Entrevista

 

Rossana Rossanda · · · · ·

15/02/15

En su casa de París la fundadora de Il Manifesto recuerda encuentros e incomprensiones, amigos y adversarios, decepciones y grandes sueños vividos con el Partido Comunista. La entrevista de Antonio Gnoli se publicó en el diario La Repubblica el domingo 1 de febrero.

Sumergidos como estamos en los lugares comunes sobre la vejez, ya no conseguimos distinguir un carricoche de una tapiz rodante. El estereotipo de la vejez sonriente que corre y hace gimnasia ha terminado por imponerse a la imagen bastante más melancólica de una decadencia que provoca dolor y tristeza. Miro a Rossana Rossanda, con su lunar inconfundible. La miro mientras sus delgadas muñecas rozan los brazos de la silla de ruedas. La miro inmersa en la gran habitación de la planta baja de un hermoso edificio junto al Sena. La miro en ese concentrado de pasado importante y de presente incierto que representa su vida. En alguna parte ha escrito Philip Roth que la vejez no es una batalla sino una masacre. La miro con la ternura con la que se aman las cosas frágiles que se pierden. La miro pensando en que es una figura importante de nuestra historia común. Vinculada al Partido Comunista [Italiano], fue expulsada en  1969 y junto a Pintor, Parlato, Magri, Natoli y Castellina, entre otros, contribuyó a fundar Il Manifesto. Me mira con una pizca de resignación y otra de curiosidad. Hace unos meses perdió a su compañero, K. S. Karol. «Para una mujer como yo, que ha tenido la suerte de vivir años interesantes, el amor ha sido una experiencia particular. No tenía modelos. No me había entregado a las aspiraciones de las tías y de mi madre. No quería ser como ellas. Con Karol, hemos estado juntos largo tiempo. Yo, en Roma, y él, en París. Luego ya nos reunimos. Cuando perdió la vista, me trasladé definitivamente a París. Nos volvimos como dos ancianos cónyuges con su alfabeto privado», dice.

¿Cuándo se conocieron?

En 1964. Vino a una reunión del Partido Comunista Italiano como periodista del Nouvel Observateur. Ese año murió Togliatti. Dejó un memorándum que me entregó Luigi Longo y que yo a mi vez pasé al diario Le Monde, lo que suscitó la cólera del Partido Comunista Francés.

Cólera, ¿por qué?

Era un partido cerrado, ortodoxo, cumplidor de los rituales soviéticos. Louis Aragon se lamentó conmigo de que debía haberle pasado ese escrito. Él se habría encargado de organizar un bonito debate en el seno del partido. Para luego concluir en nada. Era típico.

¿El qué?

Ver a estos personajes acreditados, cierto, pero al final capaces sólo de pensar en sus propios intereses.

Pero ¿no era comunista?

Era antes que nada insoportable. ¡Revestido de la fatua certidumbre de ser "Louis Aragon"! Conservo de él un recuerdo molesto. La estupenda casa de la rue Varenne. Los retratos de Matisse y Picasso que lo homenajeaban como a un príncipe del Renacimiento. Yo experimentaba consternación y fastidio.   

¿Cómo se convirtió usted en comunista?

Eligiendo serlo. La Resistencia influyó en ello, como influyó en ello mi profesor de estética y filosofía, Antonio Banfi. Yo iba con él, alegre e inconsciente. Me han dicho que es usted comunista, le dije. Me observó curioso. Y alarmado. Fue en 1943. Luego me sugirió una lista de libros que leer. Entre ellos El Estado y la revolución, de Lenin. Me convertí en comunista a espaldas de los míos, sobre todo de mi padre. Cuando lo descubrió, se dirigió a mi con dureza. Le dije que volvería a hacerlo cien veces. Tenía yo un tono malvado, provocativo. Me miró con estupor. Me respondió fríamente: hasta que no seas independiente, olvídate del comunismo.

¿Y usted?

Me licencié rápidamente. Luego empecé a trabajar en Hoepli. En la editorial, no lejos de San Babila, realizaba labores de redacción, y por la tarde frecuentaba el Partido.

En los años 40 y 50 era fuerte el atractivo del estalinismo. ¿Cómo lo vivió?

Hoy hablamos de estalinismo. Entonces la referencia no era ésta. El Partido tenía una estructura vertical. Y no es que uno hiciera lo que quisiese. Pero yo era bastante libre. Me casé con Rodolfo, el hijo de Banfi. Me ganaba la vida en el Partido. Hasta que en 1956 entré en la Secretaría. Se me confió la tarea de poner en pie la casa de la cultura.  

Usted estuvo entre los artífices de esa hegemonía cultural que hoy se les reprocha a los comunistas?

¿Qué hegemonía? En la Universidad no nos dejaban entrar.

Pero tenían las editoriales, el cine, el teatro.

Teníamos sobre todo relaciones personales.

Pero también una línea que respetar.

Togliatti era mucho más libre mentalmente de lo que se ha dicho después. A mí el realismo soviético me daba horror. ¿Qué le puedo decir? No creo haber sido nunca estalinista. Nuna he pisoteado al prójimo. A veces ha habido relaciones complicadas. Pero forman parte de la vida.

¿Con quién se complicó la vida?

Con Anna Maria Ortese [escritora romano-napolitana, 1914-1998], por ejemplo. Le ayudé a realizar un viaje a la Unión Soviética. Al volver describió un país pobre y arruinado. Yo no estaba contenta con eso. Creía que no había comprendido que el precio de una revolución a veces es alto. Me dí cuenta de su decepción y se lo dije. Como una sensación de infelicidad que habían provocado mis palabras. Luego, repentinamente, nos abrazamos y rompimos a llorar.

¿Creía tener razón?

Yo pensaba que la URSS era un país justo. Sólo en 1956 descubrí que no era lo que me había imaginado.

Ese año algunos devolvieron el carnet.

Y otros se quedaron, aunque fuera en una posición crítica. Mi libertad nunca se vio amenazada ni oprimida. Lo que no significa que no hubiera choques o críticas duras. En 1965 escribí un artículo sobre Togliatti para Rinascita [revista mensual teórica y cultural del PCI publicada entre 1944 y 1991]. Lo comparaba con el protagonista de Las manos sucias de Sartre. Cuando apareció el artículo me hizo trizas Giorgio Amendola. ¿Cómo te has atrevido a escribir algo así? De los jóvenes era de verdad el más intolerante.

Citaba usted a Sartre, que estuvo muy próximo a los comunistas italianos.

Lo estuvo durante un cierto periodo. En realidad, era un movimentista. Venía todos los años a Italia con Simone De Beauvoir. En Roma se alojaban en el Hotel Nacional. Yo lo veía con regularidad. Una noche se encontró cenando también a Togliatti.

¿Dónde?

En una trattoria romana. Fue en 1963. Togliatti tenía curiosidad por la fama de Sartre y éste miraba al jefe de los comunistas italianos como recurso político. Desde luego, más interesante que los comunistas franceses. Pero no se causaron gran impresión mutua. La única que hablaba de todo, pero sin gran emotividad, era Simone. En cuanto a Sartre, era muy accesible. Sólo me sorprendió cuando le nombré a Michel Foucault. Reaccionó con dureza.

Foucault había tirado a matar contra el existencialismo. Se podía entender la reacción de  Sartre.

Tenían dos visiones opuestas. Y Sartre se daba cuenta de que, tanto Foucault como el estructuralismo, le estaban cortando, como suele decirse, la hierba bajo los pies.

¿Conoció personalmente a Foucault?

Estupendamente: un hombre de una rara dulzura. Estudiaba a menudo en la Biblioteca Mazarine. Y algunas tardes venía a tomar el té a una casa cercana en la que vivíamos Karol y yo en el Quai Voltaire. Era una inteligencia de primera clase y un escritor maravilloso. Cuando descubrió que tenía SIDA, me conmovió su defensa de su compañero joven. 

Otro destino trágico fue el de Louis Althusser.

Yo estaba en París cuando mató a su mujer. Yo la conocía bien y nos veíamos a menudo. Me llamó una amiga común y me dijo que Helene, su mujer, había muerto de infarto y él estaba ingresado.  Naturalmente, las cosas habían sucedido de otro modo.

Las crónicas dicen que la estranguló. Nunca se entendió la verdadera razón de ese gesto.

Hélène vino a verme unos días antes. Estaba desesperada. Decía que había comprendido hasta qué punto había llegado la enfermedad de Louis.

¿Qué enfermedad?

Althusser sufría terribles y violentas depresiones. Y pienso que se había convertido para él en algo insostenible. No creo que quisiera matar a Helene. Pienso más bien que debió tratarse de un accidente, por confusión mental, como resultado de los fármacos.  

Había sido uno de los grandes innovadores del marxismo.

Algunos de sus libros fueron fundamentales. No las últimas cosas que salieron después de su muerte. No se puede publicar todo.

A propósito de depresiones, querría preguntarle por Lucio Magri que hace algunos años, en 2011, escogió morir. Usted desempeño un papel en ese suceso. ¿Cómo lo recuerda hoy?

Lucio no era en realidad un depresivo. Era espantosamente infeliz. Tenía frente a sí un fracaso político y creía que se había equivocado en todo. O mejor, creía tener razón, pero haber perdido. Después de haber discutido tantas veces con él, le acompañé a morir a Suiza. No me arrepiento de ese gesto. Y creo incluso que ha sido una de las elecciones más difíciles, pero también profundamente humana.

Entre las figuras importantes de su vida ha estado la de Luigi Pintor.

La suya, pero también las de Aldo Natoli y Lucio Magri. Tres hombres fundamentales para mí. No se soportaban entre ellos. Tejí un tenue hilo que logró mantenerlos juntos.

Hablaba de fracaso político. ¿Cómo ha vivido el suyo?

Con el mismo dramatismo intenso de Lucio. Lo que me ha salvado ha sido una gran curiosidad por el mundo y por la cultura. Cuando Karol quedó bloqueado por la enfermedad, solía tomar un tren por la mañana y pararme a visitar algunos lugares maravillosos de la provincia y del campo y volver por la noche. Disfrutaba de la belleza de lugares que no se han destrozado, a diferencia de Italia.

Si no hubiese sido funcionaria comunista y periodista, ¿qué habría querido hacer?

Tengo una cierta envidia por amigas mías  — como Margarethe von Trotta — que han hecho cine. En el fondo, las buenas películas, como los buenos libros, quedan. Mi trabajo, admitiendo que haya sido bueno, ha desaparecido. En todo caso, si se hace una cosa, no se hace otra.  

El que usted fuera comunista, ¿habría podido convivir con alguna forma de fe?

Carezco de idea de Dios desde la edad de 15 años. Pero las religiones son una gran cosa. El  cristianismo es una gran cosa. Pablo y Agustín son pensadores absolutos. He amado a Dietrich Bonhoeffer. Extraordinario magisterio el suyo. Y su sacrificio.

¿Se acepta más fácilmente la disciplina de un maestro o la de un padre?

Los maestros los eliges, o te eligen. Los padres, no.

¿Cómo fue la relación con su padre?

Era un hombre a la antigua. Hablaba griego y latín. Se licenció en Viena. Habías muchas aprensiones económicas en la familia. La crisis del 29 también nos golpeó a nosotros, que habíamos sido parte del imperio austro-húngaro. Nuestra relación, hermosa, la arruiné con palabras inútiles. Con mi madre, veinte años más joven, estábamos en sintonía.

Parecíamos casi hermanas. Nos escapábamos en bicicleta por las callejuelas de Pola.

¿Donde usted nació?

Sí, somos gente de frontera. Gente istriana, un poco extraña.

¿Se reconoce un lado romántico?

Si lo hay, tiene una miedo de sacarlo. No hay mujer que no sienta con fuerza la pasión. Desde los 17 años he advertido a menudo la necesidad del enamoramento. Y luego he tenido la suerte de casarme con dos maridos pasablemente divertidos, a los que nunca se les pasó por la cabeza decirme lo que tenía que hacer. He compartido muchas cosas con ellos. Luego, los azares de la vida a veces reman en contra. 

¿Cómo vive el presente, este presente?

¿Cómo quiere que lo viva? La mitad del cuerpo no me responde. Y descubres entonces sus miserias.  Trato de no resultarle insoportable al que está cerca de mí y pienso que, en todo caso, hasta los 88 años he estado bien. El balance es, desde este punto de vista, positivo. No me gustaría morir por los libros que no he leído y los lugares que no he visitado. Pero le confieso que ya no tengo ningún apego a la vida.

¿Nunca ha pensado en volver a Italia?

No. Aquí en Francia no me disgusta no ser ya nadie. En Italia la cosa me molestaría.

¿Se lo impide el orgullo?

Es una componente. Pero además, ¿qué país somos? Bah.

¿Y sus raíces: Pola, Istria?

Qué quiere usted que sean las raíces. No pienso en ello. La verdadera identidad la escoge uno, el resto son casualidades. Hace ya tantos años que no voy a Pola que no consigo siquiera llevar la cuenta. Recuerdo el mar istriano. Algunos islotes con narcisos y conejos silvestres. Extraño ese mar: nadar y perderme en el sol del Mediterráneo. Pero no es nostalgia. Ninguna nostalgia es tan fuerte como para no poder reemplazarla por la memoria. Cada tanto, suelo contemplar algunas fotos de ese mundo. De mi padre y de mi madre. Y creo ser, pese a todo, una parte de ellos, como ellos son parte de mí.

Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

FUENTE: SINPERMISO

viernes, 22 de noviembre de 2013

Ataque terrorista en Líbano

 

Beirut, ciudad amenazada.

La guerra del terror wahabí-likudnik

Pepe Escobar

Asia Times Online

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

El doble ataque suicida contra la embajada iraní en Beirut –que causó por lo menos 23 muertos y 170 heridos– fue un ataque terrorista de facto ocurrido el 19-11. Si se mira a través de la numerología, recuerda naturalmente el 11-9, y así la metástasis de la guerra contra el terror declarada por Washington – conducida en gran parte por formas purulentas de la “inteligencia” saudí.

Pero no esperéis que “Occidente” lo condene como terrorismo. Mirad los titulares; todo lo normalizan como “explosiones” – como si se tratara de niños jugando con petardos.

Haya sido realizado por una nebulosa brigada vinculada a al Qaida o por los pistoleros a sueldo del jefe espía saudí Bandar bin Sultan (alias Bandar Bush), el ataque terrorista de Beirut es esencialmente configurado como una importante provocación orquestada por los saudíes. La agenda general saudí en Siria implica también que tanto Hizbulá como Irán sean inmovilizados dentro del Líbano. Si eso sucede, Israel también gana. Una vez más, es otra ilustración gráfica de la Casa de Saud-likudnik en acción.

También se aplican las sutilezas. La estrategia de Bandar Bush, coordinada con yihadistas, era virtualmente pedir a gritos que Hizbulá combatiera dentro de Siria. Cuando Hizbulá lo hizo, con solo algunos cientos de combatientes, los yihadistas se escabulleron rápidamente del campo de batalla para implementar el plan B; hacer volar en pedazos a mujeres y niños inocentes en las calles del Líbano.

Mientras Hizbulá acepta el combate, dondequiera tenga lugar, la posición de Teherán es más cautelosa. No quiere enfrentar directamente a los saudíes – por lo menos por ahora, en vista de la crucial negociación nuclear en Ginebra, y (todavía) la posibilidad de Ginebra II respecto a Siria. Sin embargo, la Casa de Saud no quiere Ginebra II porque no tiene absolutamente nada que proponer excepto cambio de régimen.

Respecto a Siria, el pilar principal de la estrategia de Bandar Bush es convertir el anterior Ejército “Libre” Siria en un “ejército nacional” de algo como 30.000 combatientes fuertemente armados – en su mayoría suministrados por el “Ejército del Islam”, que no es nada más que un código para Jabhat al-Nusra relacionado con al Qaida. El rey Playstation de Jordania, también conocido como Abdalá, colabora como proveedor de campos de entrenamiento cerca de la frontera siria. Pase lo que pase, una cosa es segura: esperad que los pistoleros a sueldo de Bandar Bush realicen más atentados suicidas en el Líbano y Siria.

El eje sionista/wahabí/salafista

Las sospechosas Brigadas Abdullah Azzam vinculadas a al Qaida existen en teoría desde 2005, colocando una que otra bomba por aquí y por allá. Un jeque Sijareddin Zreikat tuiteó la responsabilidad por el atentado terrorista de Beirut. De un modo cada vez más curioso, la reivindicación fue “descubierta” y traducida al inglés por el sitio de desinformación israelí en la web SITE. [1]

Otro sitio más de desinformación de la inteligencia israelí, DEBKAfile, afirmó que el ataque terrorista fue una bandera falsa de Irán/Hizbulá, sobre la base de una “advertencia saudí” que llegó a “agencias de inteligencia occidentales, incluyendo Israel”. [2] La justificación según la “inteligencia saudí”, era “motivar a combatientes de Hizbulá enviados contra su voluntad al campo de batalla sirio”.

Es algo que ni siquiera puede ser calificado de patético. Hizbulá defiende básicamente la frontera libanesa-siria, y solo tiene unos pocos cientos de combatientes dentro de Siria. Además, ninguna serie de ataques suicidas disuadirán a Hizbulá y Teherán de recuperar el control de lo que realmente importa en el contexto estratégico sirio; el área de Qalamoun.

Qalamoun, rodeada de montañas, es una franja de 50 kilómetros que bordea el valle Bekaa en el Líbano, entre Damasco y al-Nabk, y directamente sobre el absolutamente crítico corredor Damasco-Homs de la autopista M5. El ejército sirio está en ofensiva en Qalamoun. La recuperación de toda el área es solo cosa de tiempo. Esto significa controlar la vía de entrada norte a Damasco. Hizbulá está ayudando en la ofensiva desde el valle Bekaa. Eso no quiere decir que posteriormente se establezca en Siria.

Ahora, en cuanto a la acusación de bandera falsa. Si hablamos de una verdadera operación de bandera falsa, baste con recordar tres recientes atentados internacionales que supuestamente afectaron a Israel. En India, la bomba no contenía proyectiles; apenas hirió a un agregado israelí. En Azerbaiyán, la bomba fue milagrosamente “descubierta” antes que estallara. Y en Tailandia, la bomba explotó demasiado temprano, hiriendo solo a un iraní que se encontraba cerca.

La burda desinformación israelí es desenmascarada cuando llega a la siguiente conclusión:

Si Teherán es capaz de semejantes atrocidades simplemente como táctica de diversión, entonces los presidentes Barak Obama y Vladimir Putin debieran analizar cuidadosamente a su socio en la negociación al otro lado de la mesa antes de firmar un acuerdo importante el miércoles 20 de noviembre, que permita que siga existiendo el programa nuclear de Irán.

Por lo tanto esto se combina claramente con la actual histeria israelí por las negociaciones en Ginebra, que también incluye el enésimo informe de un órgano de News Corporation, el Sunday Times de Londres, de que Arabia Saudí ayudará a Israel a atacar Irán. [3]

Todo esto se combina con el sesgo de los proverbiales cómplices estadounidenses, que más bien se regodean ante la idea de que “estratégicamente esta alianza de-facto israelí con los saudíes es una extraordinaria oportunidad para Israel”. [4]

Hasta semejantes cómplices tienen que admitir que la Casa de Saud está “bloqueando la formación de cualquier gobierno en el Líbano, por ejemplo, para obstruir al aliado de Irán, Hizbulá”. “Bloqueando”, por supuesto, es un eufemismo para normalizar los atentados suicidas.

Y luego viene las extremas ilusiones disfrazadas como “análisis”: el primer ministro israelí Bibi Netanyahu “tratando de reemplazar a EE.UU. como protector militar del status quo”. Traducción: los likudniks sueñan con convertirse en el nuevo jefe militar de la mafia de wahabíes con petrodólares.

Los facilitadores

La estrategia de Bandar Bush –armar y proveer tapadera para salafistas, yihadistas y cada mentecato o mercenario entre ellos– continuará sin tregua. Después que Bandar Bush convenció a Washington de librarse de los cataríes amigos de la Hermandad Musulmana, los saudíes son el supremo canal hacia la guerra. La máquina de Bandar Bush tiene vínculos con prácticamente todos los grupos yihadistas en el Levante.

Y ciertamente es útil que Bandar tenga la perfecta cobertura: el hecho es que conoce y ha engatusado a cada importante protagonista en Washington. En EE.UU., Bandar Bush sigue siendo un valeroso héroe, que incluso provoca lisonjeras comparaciones con Gatbsy. [5]

Incluso después del ataque contra su propia embajada en el Líbano, Irán mantiene una actitud extremadamente prudente. La principal prioridad son las negociaciones nucleares en Ginebra con el partenaire que realmente importa, EE.UU. Esto explica que Irán culpe por el ataque terrorista en Beirut a los proverbiales “sionistas”, y no a yihadistas empoderados por los saudíes, presentándose como “rebeldes” y parte de toda la nebulosa de Bandar Bush.

Por el momento sin embargo, basta de neolengua orwelliana. Lo que pasó en Beirut fue un ataque terrorista, vitoreado por Israel, y totalmente facilitado por saudíes; una demostración gráfica del eje likudnik-Casa de Saud.

Notas:

1. Al-Qaida-linked group claims responsibility for deadly Beirut attack, Ha'aretz, 19 de noviembre de 2013.

2. Incredible! Beirut bombings killing 25 people were self-inflicted by Iran and Hizballah as a diversionary tactic, DEBKAfile, 19 de noviembre de 2013.

3. Israel, Saudi Arabia Unite For Attack On Iran, RT, 17 de noviembre '13.

4. The stakes of an Iranian deal, Washington Post, 15 de noviembre de 2013.

5. Prince Bandar bin Sultan, Saudi Arabia's Gatsby, Master Spy, The Daily Beast, 16 de noviembre de 2013.

Pepe Escobar es autor de Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War (Nimble Books, 2007) y de Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge. Su libro más reciente es Obama does Globalistan (Nimble Books, 2009). Contacto pepeasia@yahoo.com

Copyright 2013 Asia Times Online (Holdings) Ltd. All rights reserved.

Fuente: http://www.atimes.com/atimes/Middle_East/MID-03-201113.html

jueves, 18 de julio de 2013

Islam político: empujando la historia hacia atrás

 

LA GRAN MEZQUITA, EL PODER DEL ISLAM POLÍTICO

 

Nazanín Armanian

Islam político: empujando la historia hacia atrás

Hace dos años, cuando millones de personas desde el Norte de África y Oriente Próximo pedían la democracia política y económica, se anunció la muerte del islamismo (¿La era del post islamismo?). De nuevo, tras el derrocamiento del Gobierno del hermano musulmán Mohamed Mursi, a mano de 20 millones de egipcios, se vuelve a plantear si estamos ante el fin definitivo de un Islam con aspiraciones de poder. Sorprende que un año fuese suficiente para los “musulmanes” egipcios en dar la espalda a una organización que lleva 80 años en la oposición, dando asistencia social a los más pobres. Pues los que piden paciencia a los hambrientos tienen el estomago lleno.

Las primaveras árabes estaban condenadas a fracasar, en parte por la naturaleza de los grupos islamistas que las secuestraron y las desviaron (Réquiem por la Primavera Árabe).

Interpretar en clave religiosa todo lo que sucede en esta zona del mundo es tan absurdo como tratar la crisis económica europea en clave del cristianismo. Se llamó, también erróneamente, “Revolución Islámica” a la gran revolución nacional-democrática de Irán del 1979, como si los 30 millones de iraníes se jugaran la vida, pidiendo más mezquitas y más espiritualidad (Los marxistas y los islamismos, desde la experiencia de Irán).

El versículo 9:38 del Corán muestra que el bienestar personal es primordial, incluso para los militares religiosos, negándose ir a la guerra: “¡Creyentes! ¿Qué os pasa? ¿Por qué, cuando se os dice: «¡Id a la guerra por la causa de Alá!» permanecéis clavados en tierra? ¿Preferís la vida de acá a la otra? Y ¿qué es el breve disfrute de la vida de acá comparado con la otra, sino bien poco…?”. El versículo 9:81 aclara el motivo: ¡hacía calor!  Di: «El fuego del infierno es aún más caliente»”, les recordó Dios, en un tono amenazante.

En el Irán de entonces, como en el Egipto de ahora, las rebeliones de tal envergadura tienen un trasfondo económico y político. La religión y sus mensajes familiares se convierten en la bandera de los pueblos ante la ausencia de partidos (a causa de una persecución despiadada) que les representen.

El islam político es un fenómeno de nuestra era. La inexistencia de un Papa poderoso, la diversidad de los centros religiosos y la separación entre el poder mundano y el terrenal dejaban tranquilos a los reyes. Éste fenómeno aparece a partir de 1978, en plena Guerra Fría, con el objetivo de cercar a la URSS con un  cinturón religioso (el mismo año que el polaco Papa Juan Pablo II ocupó el Vaticano). Desde Afganistán, EEUU creó a los muyahedines, con la misión de derrocar al Gobierno marxista del doctor Nayibolá. En Irán los hombres vestidos de negro aparecieron en las manifestaciones al sexto mes de las protestas, obligando a las mujeres a llevar el chador. Tomaron el poder sin tener siquiera la base social que ostentan los Hermanos Musulmanes en Egipto. Es más, uno de los fundamentos del chiísmo ha sido quedarse al margen del poder hasta la llegada de Mahdi, su Mesías. Ayatolá Jomeini cambió este principio con su Welayat-e faghih (tutoría del hombre religioso), y se convirtió en el jefe del Estado teocrático de Irán, una tierra empapada de petróleo, otro vecino de la URSS, enclave estratégico y… una reunión del G-4 en la isla de Guadalupe con los representantes del ayatolá hizo el resto: habría que evitar que Irán cayera en manos de las fuerzas progresistas. Éstas luego fueron exterminadas («Decidme cómo es un árbol» ), al igual que los generales del Ejército y los islamistas moderados y liberales –el primer presidente de la República Islámica, Hasan Bani Sadr, huyó del país y unas cinco millones de personas siguieron sus pasos-.  El horror fue de tal magnitud que Hosein Montazeri, el sucesor de Jomeini, dimitió en protesta (La teología islámica de la liberación). El rechazo hacia la reislamización del país fue tal que el propio Imán, un año después, abandonó el poder y regresó a la escuela teológica de Qom, dejando la política para los políticos. Poco después, se arrepintió y regresó. Tras varias rebeliones para desmantelar el extremismo, el propio sistema, quizás en un intento de corregir los excesos, ofreció la llamada  “democracia religiosa” del presidente Jatami, que tras ocho años de ineficacia mostró hasta qué punto reconciliar el mandato popular y el divino es una ficción. El nuevo presidente de Irán, ayatolá Rohani, será otro encargado de alargar esa ilusión.

En Irak, la guerra sectaria desatada por el Gobierno instalado por EEUU sigue devorando a decenas de personas cada día. Un Gobierno medieval para un país árabe desarrollado completó la obra de Bush. En las elecciones parlamentarias del 2010 ganaron los seculares. El Consejo Supremo Islámico tuvo solo ocho escaños de los 325.

Las distintas versiones nacidas en los laboratorios islámicos han fallado.

Una crisis existencial

Decía Marx que los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces, una como tragedia y la otra como farsa. Querer imitar al profeta Mahoma y reproducir la vida de las tribus beduinas de Arabia del siglo VII, e introducir la Shari’a (centrada en la actitud moral de los súbditos) como norma de Estado es, en distintos grados, la esencia de los ideales del islamismo.

Como sus homólogos cristianos, afirman que la inmoralidad –que no la acumulación aberrante de las riquezas de todos en manos de unos cuantos- es la fuente del resto de los desequilibrios sociales. Se pueden destacar, después de más de tres décadas de este experimento – en Irán, Afganistán, Arabia Saudí, Yemen, Irak, Turquía, Tunez, Egipto, o Sudan-, los siguientes resultados:

-Mirada mutilada hacia las complejas cuestiones que presentan los Estados Modernos. El lema surrealista del “islam es la solución” para cualquier problema en cualquier tiempo y lugar no solo es simple sino también peligrosa.

- El Corán es su constitución, palabra de Dios, inamovible e infalible. Una orden para ser ejecutada. No se admite ninguna crítica, ni observación ni cambio.

-Declarar la desigualdad de los ciudadanos ante la ley, basándose en el Corán (el versículo 4:34 afirma la preferencia del hombre sobre la mujer, por ejemplo). ¡Serán iguales ante Dios!

- Su concepto de la economía:, dirigiéndose a los trabajadores, decía que “la economía es la preocupación de animales”, mientras los humanos deben mirar por su espiritualidad. ¿No será esta incapacidad de acabar con la pobreza el origen de los ayunos religiosos y santificar el hambre, o prometer  alimentos deliciosos en el Paraíso, para evitar la rebelión de los hambrientos en la tierra? El fracaso económico es el inicio del fracaso político. Al final, defienden el capitalista modelo siglo XIX que ni reconoce los mínimos derechos de los trabajadores.

- No reconocen el derecho a una sanidad y educación universal y gratuita para todos. La diferencias de clases existe, con la venia del Señor. Dejan la aspiración de promover una sociedad igualitaria a los marxistas.

- Menosprecian la dignidad y la integridad física de las personas en el sistema jurídico llamado “hodud”, basado en el ojo por ojo de hace cuatro mil años. La vigencia de la tortura y la pena de muerte es un ejemplo. Hasta el “moderado” Erdogan plantea restituir la pena capital.

- El miedo al pluralismo en el pensamiento y en los saberes les lleva a prohibir o reducir el peso de carreras de humanidades  (derecho, historia, ciencias políticas, periodismo, sociología, etc.) y expulsar a  Darwin, Shakespeare, Kant, Rousseau o Voltaire de las aulas, creando un grave vacío en dichas disciplinas y una manera de gobernar pobre. En Irán, los mandatarios, que suelen ser médicos o ingenieros, no pueden detectar el origen de los problemas y carecen de recursos mentales para ofrecer soluciones. ¡Y esto también explica que Irán sea uno de los primeros exportadores de nanotecnología o que gane año tras año en la Olimpiada Internacional de Matemática!

- Su sistema político es totalitario: no sólo eliminan las libertades políticas, sino también las más personales, obsesionados por el control sobre cada individuo. Reglamentan hasta el color de la vestimenta, y llegan a prohibir las manifestaciones de la felicidad: besar, reír, bailar, cantar, y todo bajo durísimos castigos. Odian la individualidad singular. Por eso uniforman a las mujeres.

- Crean grupos paisanos de represión para atemorizar a la población. Sus tribunales a veces recuerdan los de la Inquisición cristiana, acusando de blasfemia y ateísmo a los críticos. Mientras mandan patrullas para vigilar la moralidad de la gente, cometen las aberraciones más inmorales, a pesar de exhibir sus frentes marcadas por el sello de Mohr, tabletas de arcilla en la que pegan su frente al postrarse para rezar.

- Afirman rendir cuentas ante Dios, para no hacerla ante el pueblo. Se convierten en la nueva oligarquía, sin sonrojarse.

- Reivindican su independencia con respecto a las potencias, para no tener que responder por sus actos ante nadie, y de paso impedir que la influencia de la modernidad dañe las estructuras del poder tradicional. Su país es su “feudo”. Algo parecido al nacionalcatolicismo. No suelen reconocer ningún tratado internacional sobre los derechos de la mujer, la infancia y los trabajadores.

Nada de obituario

La experiencia como la muerte hay que vivirlo en la propia piel. Estos grupos seguirán teniendo su base social. La máxima lección que pueden sacar los Hermanos Musulmanes sería el no haber creado un ejército fiel, como los Guardianes islámicos de Irán; no entienden que si no satisfacen las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos, desaparecerán.

No hay guerra contra el Islam, sino contra su uso por los oportunistas, expertos manipuladores de fe y de una masa empobrecida y desesperada. El cruce entre la religión y la política no ha funcionado. Aun así, le queda mucha vida: EEUU seguirá utilizando a grupos religiosos como su quinta columna, contra Rusia, China  e India.

Fuente: Público.es

martes, 25 de junio de 2013

Austeridad y control político del conocimiento

 

CONTROL POLÍTICO DEL CONOCIMIENTO

Juan Torres López

Sistema Digital

Ya he explicado en otros artículos y en el libro Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero que escribí con Vicenç Navarro que los recortes de gasto que llevan consigo las políticas de austeridad son un auténtico engaño. Se justifican diciendo que solo con ellos se puede recortar la deuda para que a continuación vuelva a generarse crecimiento y empleo, pero lo que demuestran los estudios empíricos es lo contrario. Al recortar el gasto en etapas de recesión (ya de por sí de gasto insuficiente) lo que sucede es que disminuye la actividad, el empleo y los ingresos y que, por tanto, finalmente aumenta aún más la deuda.

Además, cuando estas políticas de recortes se presentan como de austeridad tienen también otro efecto no menos importante a la hora de garantizar el sometimiento de la población. Cuando lo que se reclama es la austeridad -algo con lo que nadie puede estar en desacuerdo- se está sugiriendo que es imprescindible una terapia frente a un despilfarro anterior. O, como suele decirse, para pagar el pecado de haber vivido "por encima de nuestras posibilidades". Su imposición genera en la gente un sentimiento de culpa que atemoriza, confunde y paraliza.

Pero, con independencia de ello, los recortes de gasto público social también llevan consigo otras consecuencias muy peligrosas de los que se habla aún menos. Por ejemplo, un mayor control político del conocimiento.

Con la excusa de que hay que recortar gastos se ha reducido la financiación a la universidad pública y se están aprovechando los recortes para concederle un papel mucho más determinante aún en toda la actividad universitaria a la evaluación de la actividad investigadora del personal universitario, que en España se realiza desde hace años mediante los llamados sexenios (unos complementos salariales que nacieron para retribuir la productividad investigadora y que se han convertido en medida de su "calidad") y los procedimientos de acreditación que llevan a cabo las agencias de evaluación nacional o autonómicas.

Yo soy totalmente partidario de que se evalúe la actividad docente e investigadora de los universitarios. Y de hecho, cuando fui vicerrector de ordenación académica y profesorado de la universidad de Málaga entre 1987 y 1990, puse en marcha uno de los primeros procedimientos de evaluación que se realizaron en España, tanto en los dos primeros ciclos como en el doctorado.

Pero lo que ahora se está produciendo es un verdadero control político del conocimiento cuando se empiezan a establecer las nuevas obligaciones docentes (horas de clase) o cuando se hace depender la participación en comisiones de selección, la dirección de tesis doctorales o la promoción a las diferentes categorías contractuales o del funcionariado, entre otras cosas, en función de los sexenios o de la acreditación conseguidos en procesos de evaluación que, sobre todo en algunas áreas del conocimiento, son claramente arbitrarios y muy sesgados ideológicamente.

En España como en otros países, estos procesos se basan originalmente en criterios puramente cuantitativos que simplifican al extremo la valoración de la producción científica, reduciendo o eliminando por completo cualquier atisbo de debate o controversia sobre su calidad efectiva, mediante la aplicación de índices que solo pueden tener en cuenta (en el mejor de los casos) el número de publicaciones más o menos ponderado por rangos no menos discutibles referentes a las revistas donde aparecen, y el número de citas.

Los efectos de este tipo de evaluaciones son claros. Los investigadores, en lugar de tener como objetivo de su actividad científica el descubrir nuevos conocimientos, han de orientarla necesariamente a obtener el mayor número de publicaciones consideradas como valiosas por dichos indicadores. Así ha de ser, pues de ello va a depender sus financiación, su promoción profesional, su capacidad de decisión y su incardinación en la academia o incluso las horas de clase que van a tener que impartir.

Ese incentivo perverso tiene multitud de efectos negativos. Así, se promueve la firma colectiva como práctica oportunista para lograr más y más rápidas aportaciones susceptibles de ser valoradas positivamente aunque en la mayoría de las veces eso no responda ni a la realidad de la actividad realizada por cada investigador, ni a necesidades de división del trabajo científico que se realiza.

Además, la exigencia de multiplicar al máximo la publicaciones lleva a que resulte más rentable a los investigadores el dedicarse a versionar sin descanso un trabajo, descubrimiento o planteamiento o modelo original a base de introducir muy pequeñas variaciones posteriores que se dirigen a diferentes revistas, sin que ninguna de ellas suponga alguna novedad importante o un incremento efectivo del conocimiento.

Un estudio realizado en Francia al respecto ha mostrado claramente que aunque el numero de publicaciones en el área de economía se ha triplicado desde la mitad de los años 90 del siglo pasado no puede decirse que haya mejorado sustancialmente su calidad ( Bosquet, C., Combes, P-Ph., y Linnemer, L., "La publication d'articles de recherche en économie en France en 2008. Disparités actuelles et évolutions depuis 1998". Rapport pour la Direction générale de la recherche et de l'innovation, DGRI , 2010 ).

Cualquier investigador que se comporte con un mínimo de racionalidad en este régimen de evaluación debe consagrar mucho más tiempo y esfuerzo a multiplicar las publicaciones preparando diversas versiones y a estar presente allí donde se puede conseguir influencia o redes que faciliten la publicación, que a investigar. Y así resulta que estos métodos de evaluación, aparentemente encaminados a medir la productividad y la calidad académica, incentivan comportamientos que limitan ésta última y que se basan en un sentido claramente distorsionado de la primera. No reflejan la productividad como una mayor capacidad de aportar conocimiento efectivo sino como la de colocar menores dosis de él en mayor número de publicaciones. Se promueve la productividad "publicacional", si vale el barbarismo, que no tiene mucho que ver en estas condiciones con la productividad científica.

La evaluación cuantitativa de los resultados del conocimiento tiene otro efecto no menos negativo. Para poder llevarla a cabo es por lo que se ha ido limitando a tomar en consideración los artículos publicados en revistas, que pueden ser jerarquizados y catalogados en función de dónde se publiquen, en detrimento del conocimiento publicado en libros o cualquier otro tipo de monografías, que hoy día no tienen prácticamente valor alguno, o muy escaso, a la hora de acreditarse o de ser evaluado para recibir sexenios.

Las consecuencias de esto último son variadas. Una es que los investigadores que quieran ser evaluados positivamente solo deben abordar temas que se puedan exponer en el espacio reducido y en la forma convencional que se suele establecer en las revistas. Tienen que renunciar así a exponer pasos intermedios, derivaciones de sus análisis, matices y, sobre todo, las dudas y preguntas y las cuestiones transversales y sintéticas que cada vez son más necesarias para poder conocer la realidad, pero que es casi imposible trasladar a los espacios muy especializados y por definición más cerrados, en todos los sentidos del término, de las revistas.

La generalización de la publicación en revistas ha estandarizado la expresión del conocimiento y el conocimiento mismo al establecer no solo el encuadre formal de los textos sino los contenidos, los enfoques, e incluso los postulados e hipótesis de partida "convenientes" en cada una de ellas, de modo que salirse de ese saber establecido conduce de modo prácticamente inevitable al ostracismo y a la imposibilidad de ser evaluado positivamente, pues es seguro que no se podrá publicar en las revistas que sirven de referencia como de mayor calidad e impacto.

Es por eso que el poder de evaluación efectivo recae en última instancia en los equipos que mantienen y evalúan las publicaciones en las revistas que encabezan los ranking de las más destacadas: las que están formados por miembros de los departamentos y grupos de investigación más destacados, que son aquellos cuyos miembros publican en las revistas más destacadas. Así se crea un círculo vicioso de conformismo y de redes de autentico clientelismo en donde es muy difícil que penetre la luz de enfoques novedosos, alternativos o contrarios a lo que habitualmente se publica en esas revistas por los autores solo de aquello que sus evaluadores consideran que es publicable, y que lógicamente nunca podrá ser diferente de lo que sostienen o defienden. ¿Cómo tratar de publicar en una revista si el autor o autores no se ajustan a los criterios de publicación o enfoques normalizados que mantiene?

En definitiva, el predominio de este tipo de evaluación ahoga la disidencia, la duda, la innovación, la ruptura con el saber establecido..., es decir, justo los factores que sabemos perfectamente que han sido siempre los que han promovido realmente el conocimiento y los que han hecho que de verdad avance la ciencia.

Lógicamente, no puede ser muy ajeno a todo ello el hecho de que la gestión de los trabajos que se incluyen en el Journal Citation Reports (JCR en la jerga de los investigadores) que sirve como base de referencia sacrosanta de la evaluación cuantitativa esté controlado por una sola y poderosa multinacional, Thompson Reuters, o que estos métodos de evaluación se hayan comenzado a aplicar con especial disciplina en ciencias sociales, y muy especialmente en economía, justo en los años en que se vienen imponiendo las políticas neoliberales. No es casualidad que éstas se justifiquen con el paradigma neoclásico que predomina en las publicaciones de las revistas mejor consideradas y lo cierto es que pueden aplicarse más cómodamente en la medida en que eludan más ampliamente la crítica social. Lo que puede conseguirse cuando el pensamiento económico y social en general se hiperespecializa y pierde el contacto con la realidad al desarrollar un tipo de conocimiento encerrado en sí mismo, abstracto y completamente ajeno a la complejidad e interconectividad que tienen los fenómenos económicos y sociales.

Ahora bien, si en casi todo el mundo viene ocurriendo todo esto, en España la situación es mucho más grave porque los procesos de evaluación son opacos y ni siquiera los criterios cuantitativos se aplican objetivamente sino a nuestra carpetovetónica manera clientelar y corrupta.

Aquí predomina una arbitrariedad constante que da lugar a decisiones contradictorias, a resoluciones caprichosas y sin fundamento alguno, que muchas veces no pueden disimular que se toman ad hoc o incluso ex post de haber decidido el resultado. En el caso particular de la economía, que mejor conozco, se han hecho fuertes grupos de poder de clara significación ideológica o al menos, por decirlo más sutilmente, de evidente connivencia paradigmática, que aplicando este tipo de criterios van consolidando una forma de investigar conservadora y uniformada que poco a poco va dejando fuera del juego académico a quienes optan por generar cualquier otro tipo de conocimiento o por difundirlo a través de otras publicaciones, cuyo impacto, por cierto, suele mucho mayor, la mayoría de las veces, que el de las revistas convencionales.

Al igual que pasa fuera de España, la producción bibliográfica mejor valorada en economía presenta, eso sí, una gran variedad de temáticas, pero una extraordinaria homogeneidad que se traduce en un gran irrealismo y abstracción, en una gran coincidencia en las perspectiva de análisis y en la asunción de conclusiones que terminan justificando un mismo tipo de políticas.

Es por eso que puede afirmarse que la imposición de este tipo sesgado de evaluación, en todos los campos del saber científico pero sobre todo en los que tienen más que ver con juicios de valor y con las diferentes preferencias sociales, como la economía, es un claro intento de control (político) del conocimiento que se acelera en estos momentos gracias a la oportunidad que proporcionan los recortes asociados a las políticas de austeridad.

Los resultados de son tan paradójicos y significativos como el que mencionaba recientemente el profesor de Sociología de la Universidad de Oviedo, Holm-Detlev Köhler : la investigadora Saskia Sassen que acaba de recibir el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, "una de las científicas más importantes de nuestra época, no ha conseguido ningún sexenio, ninguna acreditación, frente a los criterios de nuestras agencias de evaluación, que anteponen siempre el mismo criterio: tres publicaciones JCR (Journal Citation Reports) en los últimos cinco años. Sassen no tiene ni una, sino que ha publicado libros e informes, fruto de proyectos de investigación de verdad y referencias fundamentales para académicos comprometidos, ha publicado numerosos artículos en medios de gran difusión, etc., pero se ha resistido a la práctica de inflar su currículum con artículos estandarizados sin interés ni lectores, más allá de círculos de amigos de citación mutua".

www.juantorreslopez.com

@juantorreslopez

Gatonegro  ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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