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jueves, 10 de noviembre de 2016

Trump y el momento populista



Pablo Iglesias Turión

Ha ganado un fascista. Decirlo no es banalizar el fascismo. El fascismo no es un fenómeno exclusivamente italiano y alemán de los años 30; es una forma de construir lo político. Algunos politólogos españoles trataron de delimitar el fenómeno fuera de nuestras fronteras para evitar hablar de fascismo en España. En España sólo habrían sido fascistas los camisas viejas de la minúscula Falange joseantoniana. No es cierto. El fascismo en España se construyó con los materiales ideológicos disponibles para un proyecto de masas; el catolicismo más reaccionario. Lo que algunos llamaron nacional-catolicismo es la versión española del fascismo. Y fascismo ha habido en muchos países de Europa y de América con diferentes combinaciones discursivas de patrioterismo, xenofobia, reivindicación de un pasado nacional glorioso, religión, una fraseología anti-élites, chovinismo y ningún cuestionamiento de las relaciones de propiedad. Trump es un fascista viable en los EEUU; no hace el saludo romano ni luce esvásticas, pero ha sido apoyado explícitamente por fascistas inviables, desde el Ku Klux Klan hasta varias milicias armadas americanas.

Quienes llamen a lo de Trump populismo de derechas tendrán razón ¿Hay una forma mejor de describir el fascismo que como populismo de derechas? El populismo no es una ideología, ni un paquete de políticas públicas, es una forma de construcción de lo político desde un “afuera” que se expande en los momentos de crisis. Ese afuera es el que ha movilizado a la white american working class con Trump, del mismo modo que movilizó a la británica a favor del Brexit. Ese desprecio aristocrático tan políticamente correcto por los rednecks americanos, por los chavs británicos o por los badaloneses que hicieron alcalde a Albiol,  revela la miopía de cierto progresismo cosmopolita que sólo es paletismo urbano.

Los populistas son outsiders y pueden ser de derechas, de izquierdas, ultraliberales o proteccionistas. ¿Quiere esto decir que los “extremos” se tocan o se parecen? En ningún caso. No por repetido es menos ridículo ese argumento mediante el que un extremista de centro se autoidentifica como el virtuoso término medio y en un triple salto mortal dice que los puntos más lejanos a un lado y a otro en realidad están cerca. Trump no está cerca de Sanders, está cerca de las políticas migratorias de Bush y de la Unión Europea. Trump, multimillonario, está cerca del mundo construido por los presidentes que le precedieron, incluido Obama, que dejaron a la intemperie a las clases populares americanas. Trump simplemente ha aprovechado el momento.

Y es que en realidad el populismo no define las opciones políticas sino los momentos políticos. Hubo un momento populista Berlusconi, un momento Putin, un momento Perón y Estados Unidos acaba de vivir el momento Trump. Pero no es un momento aislado. El colapso financiero de 2007 fue la antesala de la crisis de buena parte de los sistemas políticos occidentales. No olvidemos que esos sistemas, sustentados sobre la mejora de las expectativas de vida de la clase trabajadora, el consumo de masas, la redistribución y los derechos sociales, nacieron sobre el espíritu del antifascismo, en un contexto geopolítico bipolar. Todo eso entró en crisis con Thatcher y Reagan y se acabó definitivamente con la caída del muro de Berlín. Lo que reveló la crisis financiera de 2007 fue un conjunto de verdades económicas que, tarde o temprano, habrían de tener traducción política: el empobrecimiento de los sectores medios y asalariados y el deterioro de los servicios públicos y los derechos sociales. La traducción política en EEUU se llama Trump, en Francia se llama Le Pen y en España, gracias a la virgen que diría Esperanza Aguirre, se llama Podemos. ¿Nos parecemos en algo? En nada, lo que se parecen son los momentos políticos.

Lo importante de los momentos políticos populistas es que desnudan la política de sus ropajes parlamentarios (y de paso ponen de moda al Carl Schmitt de Chantal Mouffe incluso entre los politólogos mainstream). Trump es eso: desnuda obscenidad que tenía enfrente a la candidata de Wall Street. Qué distinto hubiera sido todo si Trump hubiera tenido enfrente a alguien que, sin obscenidad fascista, hablara al pueblo llamando a las cosas por su nombre. Ese rival existía y era Bernie Sanders. Los populistas también pueden ser socialistas porque en realidad el populismo sólo define los momentos y el momento de EEUU era el de Trump y Sanders, no el de la candidata del establishment. ¿Hubo alguna vez un momento más populista que aquel en el que hace 99 años alguien dijo paz y pan? Lo que tiene similitudes, insisto, son los momentos políticos, no las opciones políticas que los aprovechan.

Piensen ahora en España. Pregúntense cuál ha sido el asunto político más importante de este año. Algunos dirían que el bloqueo político. Pero tratemos de concretarlo. Juan Miguel Villar Mir lo dijo bien claro: “lo importante de verdad es que Podemos no esté en el Gobierno porque desajustaría la economía”.

La política cuando es de verdad es descarnada, agonista, dura. Los matices, la cortesía, la mesura, las formas palaciegas y la pulcritud aparecen a veces en los parlamentos y en las recepciones pero si se habla de lo importante se acabaron las buenas formas. No hay nada más elegante que la diplomacia pero todo el que conozca las relaciones internacionales sabe que detrás de la diplomacia hay divisiones acorazadas e inmensos poderes económicos. Por eso lo de Trump es ya un acontecimiento geopolítico que transciende su propio momento.

En estos días nosotros estamos saboreando el amargo caramelo de lo que significa ser una oposición que es realmente alternativa y que puede ganar. No tiene nada que ver con los debates parlamentarios, por mucho que allí nos llamen gilipollas, sinvergüenzas o nos acusen de trabajar para dictaduras. No se engañen, al lado de Villar Mir, Rafa Hernando es un osito de peluche, su obscenidad es cándida. En el Congreso, aunque el árbitro no sea imparcial, al menos podemos hablar con libertad y darnos el gusto de decir desde la tribuna verdades que casi nadie dijo antes.

Pero es mentira que el Congreso sea hoy el escenario más importante de la política, como es mentira que en el banco azul del Gobierno se sienten los hombres y mujeres más poderosos del país. Lo decía el otro día Rubén Juste en su valiente artículo en Ctxt: “hay un Estado paralelo y privado, o semiprivado, con un apellido propio: sociedad anónima”. Juste señala el parlamento privado de ese Estado en la sombra, compuesto por 417 consejeros entre los que solo hay 74 mujeres y señala también a sus ministros: los Villar Mir, los Echenique Landiribar, los Isla… Dueños de Repsol, Telefónica, ACS, Inditex, OHL, Santander, ex ejecutivos en Goldman Sachs, y dueños de casi todo lo que los españoles pueden ver, oír y leer para informarse. Esa sí es la política de verdad y la excepcionalidad del momento que vivimos tiene que ver también con la desnudez de los dueños de la opinión. Nunca como ahora el viejo proverbio según el cual perro no come carne de perro había estado tan lejos de la realidad. Hemos viso al dueño de un grupo mediático despedir y llevar a los tribunales a periodistas por informar sobre él. Política de la verdad en estado puro.

La victoria de Trump nos deja una importante lección, que tiene mucho que ver con nuestros debates internos. El antídoto frente a los Trump, los Albiol, los Le Pen, el antídoto frente al fascismo y el autoritarismo finaciero es la política que interpela y organiza a la gente asumiendo al enemigo como lo que es. Tiene muchos riesgos. Desata la ira de los poderosos y sus aparatos y es mucho más áspera que la política parlamentaria. Tiene muchas dificultades porque implica dotar de instrumentos de poder y auto-organización a la sociedad civil y a los movimientos populares. Tipos como Trump sólo pueden avanzar allí donde no hay trincheras de la sociedad civil organizada, allí donde la anomia y la soledad de los desposeídos imperan, allí donde puede enfrentar al penúltimo contra el último.

Pero esa política que interpela y habla claro, esa política que da instrumentos para la organización de lo popular es la única que toca las conciencias y la única que puede ganar.

Fuente: Público.es

viernes, 2 de septiembre de 2016

Karl Polanyi caracteriza el fascismo en “La gran transformación»



KARL POLANYI “LA GRAN TRANSFORMACIÓN”



El fascismo proponía un modo de escapar a una situación institucional sin salida que, esencialmente, era la misma en un gran número de países, por lo que intentar aplicar este remedio equivalía a extender por todas partes una enfermedad mortal. Así perecen las civilizaciones.
Se puede describir la solución fascista como el impasse en el
que se había sumido el capitalismo liberal para llevar a cabo
una reforma de la economía de mercado, realizada al precio de
la extirpación de todas las instituciones democráticas tanto en
el terreno de las relaciones industriales como en el político. El
sistema económico, que amenazaba con romperse, debía así
recuperar fuerzas, mientras que las poblaciones quedarían sometidas
a una reeducación destinada a desnaturalizar el individuo
y a convertirlo en un ser incapaz de funcionar como un
miembro responsable del cuerpo político1. Esta reeducación,
que incluía dogmas propios de una religión política y que
rechazaba la idea de fraternidad humana en cualquiera de sus
manifestaciones, se llevó a cabo mediante un acto de
conversión de masas impuesto a los recalcitrantes mediante
métodos científicos de tortura.
La aparición de un movimiento de este género en los países
industriales del globo, e incluso en un determinado número de
países poco industrializados, nunca debió de ser atribuida a
causas locales, a mentalidades nacionales o a historias locales,
como pensaron con contumacia los contemporáneos. El fascismo
tenía tan poco que ver con la Gran Guerra como con el Tratado
de Versalles, con el militarismo junker o con el temperamento
italiano. El movimiento hizo su aparición en países victoriosos
como Yugoslavia, en países de temperamento nórdico
como Finlandia y Noruega y en países de temperamento
meridional como Italia y España. En países de raza aria como
Inglaterra, Irlanda y Bélgica, o de raza no aria como Japón,
Hungría y Palestina, en países de tradición católica como Portugal
y en países protestantes como Holanda, en comunidades de
estilo militar como Prusia y de estilo civil como Austria, en
viejas culturas como Francia y en culturas nuevas como los Estados
Unidos y los países de América Latina. A decir verdad, no
existió ningún trozo de tierra -de tradición religiosa, cultural o
nacional- que proporcionase a un país un carácter invulnerable
frente al fascismo, una vez reunidas las condiciones que
hicieron posible su aparición.
Resulta relevante observar la escasa relación existente entre
su fuerza material y numérica y su eficacia política. El propio
término de «movimiento» es engañoso, puesto que implica
una determinada forma de encuadramiento o de participación
personal en masa. Si existiese un rasgo característico del
fascismo sería que no dependía de ese tipo de manifestaciones
populares. Pese a que, por lo general, el fascismo tuvo por
objetivo ser seguido por las masas, su fuerza potencial no se
manifesta tanto por el número de sus seguidores cuanto por la
influencia de personas de alto rango, de quienes los
dirigentes fascistas se granjearon el apoyo: podían contar con su influencia sobre la comunidad para protegerlos contra las consecuencias de un
posible golpe frustrado, con lo cual se neutralizaban los riesgos
de una revolución.
Cuando un país se acercaba a una fase fascista, presentaba una serie de síntomas, entre los que no figuraba necesariamente un movimiento propiamente fascista. Citemos algunos otros signos tan importantes como este: la difusión de filosofías irracionalistas, opiniones heterodoxas sobre la moneda, críticas
al sistema de partidos e infamias dirigidas contra el «régimen», cualquiera que fuera su forma democrática. Algunos de sus múltiples y diversos precursores fueron la denominada filosofía universalista de Othmar Spann en Austria, la poesía de Stephan George y el romanticismo cosmogónico de Ludwig Klages en Alemania, el vitalismo erótico de D. H. Lawrence en Inglaterra y el culto del mito político de Georges Sorel en Francia. Hitler fue conducido, por último, al poder por la camarilla feudal que rodeaba al presidente Hindenburg, al igual que Mussolini y Primo de Rivera, quienes consiguieron su ascensión gracias a sus soberanos respectivos. Hitler podía, sin embargo, apoyarse en un amplio movimiento; Mussolini en uno pequeño, mientras que Primo de Rivera no contaba con un movimiento de apoyo. No se produjo en ningún caso una verdadera revolución contra la autoridad constituida; la táctica fascista consistía invariablemente en un simulacro de rebelión, organizado con un acuerdo tácito de las autoridades, que pretendían haberse visto desbordadas por la fuerza. Estas son las grandes líneas de un marco complejo, en el que había que conferir un puesto a personajes tan variados como el demagogo católico francotirador de Detroit, ciudad industrial, el «Kingfish» de la retrasada Luisiana, los conspiradores del ejército japonés y los saboteadores ucranianos antisoviéticos.
El fascismo era una posibilidad política siempre dispuesta,
una reacción sentimental casi inmediata en todas las comunidades
industriales después de los años treinta. Al fascismo se
lo puede considerar como un impulso, una maniobra, más que
un «movimiento», para indicar la naturaleza impersonal de la crisis cuyos síntomas eran con frecuencia vagos y ambiguos.
Muchas veces no se sabía realmente si un discurso político, una obra de teatro, un sermón, un desfile, una metafísica, una corriente artística, un poema o el programa de un partido eran fascistas o no. No
existía un criterio general para definir el fascismo, ni tampoco para dilucidar si éste poseía una doctrina en el sentido habitual del término. Todas sus formas organizadas presentaban, sin embargo, rasgos significativos: la brusquedad con que aparecían y desaparecían, para estallar con violencia tras un periodo indefinido de latencia. Todo esto se adecúa a la imagen de una fuerza social cuyas fases de crecimiento y de declive corresponden a una situación objetiva.
Lo que nosotros hemos denominado, para ser breves, «una situación fascista» no era más que la oportunidad típica de victorias fascistas fáciles y totales. De repente, las formidables organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores y de otros partidarios declarados de la libertad constitucional se
dispersaban y grupos fascistas minúsculos barrían lo que hasta entonces parecía constituir la fuerza irresistible de los gobiernos, de los partidos y de los sindicatos democráticos. Si una «situación revolucionaria» se caracteriza por la desintegración psicológica y moral de todas las fuerzas de la resistencia, hasta el punto de que un puñado de rebeldes mal armados son capaces de tomar por la fuerza las ciudadelas dominadas por la reacción, entonces la «situación fascista» es muy semejante, salvo que, en este caso, son los bastiones de la democracia de las libertades constitucionales quienes son derrotados; resulta llamativo el carácter insuficiente de sus defensas.
En Prusia, en julio de 1932 el gobierno legal socialdemócrata,
escudado en el poder legítimo, capituló ante la simple amenaza
de violencia institucional proferida por Herr von Papen. Cerca
de seis meses más tarde, Hitler tomó posesión pacíficamente de
las posiciones más elevadas del poder, desde las que pronto
lanzó un ataque revolucionario de destrucción total contra las
instituciones de la república de Weimar y los partidos constitucionales.
Pensar que es la potencia del movimiento la que creó situaciones
como ésta, es no darse cuenta de que, en este caso, fue la
situación la que dio origen al movimiento, y, por tanto,
equivale a no extraer la lección principal de los acontecimientos
ocurridos en los últimos decenios.
El fascismo, como el socialismo, estaba enraizado en una
sociedad de mercado que se negaba a funcionar. Abarcaba, pues,
todo el planeta, su alcance era de escala mundial, universal en
sus efectos; sus consecuencias trascendían la esfera económica
y engendraron una especie de gran transformación de carácter
claramente social. El fascismo irradió a casi todos los ámbitos
de la actividad humana, políticos o económicos, culturales o
filosóficos, artísticos o religiosos. Y, hasta un cierto punto, se
fundió con tendencias propias del lugar y de la esfera de actividad.
Resulta imposible comprender la historia de este
periodo si no se diferencia el impulso fascista subyacente, de
las tendencias efímeras con las que su acción se fusionó en los
diferentes países.
En la Europa de los años veinte, dos de estas tendencias
figuraban de manera predominante y recubrían la configuración
menos clara, pero mucho más amplia, del fascismo: la
contrarrevolución y el revisionismo nacionalista. Estas tendencias
se apoyaban de forma inmediata en los tratados y las revoluciones
de la postguerra; estaban estrictamente determinadas
y, se limitaban a sus objetos específicos, pero se podían confundir
fácilmente con el fascismo.
Las contrarrevoluciones formaban el habitual retorno del
péndulo político hacia un estado de cosas que había sido
violentamente trastocado. Estos desplazamientos habían sido
característicos en Europa a partir de la Commonwealth of
England (1649-1660) por lo menos, y no tenían más que
relaciones limitadas con los procesos sociales de la época.
Karl Polanyi

Fuente: Sociología Crítica
https://dedona.wordpress.com/2016/08/28/karl-polanyi-caracteriza-el-fascismo-en-la-gran-transformacion/

viernes, 25 de marzo de 2016

¿Fascismo en EEUU?







Vicenç Navarro

Durante más de veinte años viví bajo un Estado fascista liderado por el General Franco en España. Como consecuencia conozco bien qué es el fascismo, y puedo reconocer a un fascista cuando lo veo. Y el candidato republicano Trump en EEUU es uno de ellos. Pero para definir a alguien como fascista se tienen que definir antes las características de la ideología fascista.

El fascismo se caracteriza por un nacionalismo exacerbado, de tipo imperialista, con bases racistas, profundamente antidemocrático, con un canto a la fuerza militar que debe aplicarse para defender la “pureza de la patria” frente a grupos étnicos, culturales, políticos o religiosos que la contaminan y que deben ser destruidos, proceso de destrucción que debe realizarse como condición para alcanzar una nueva sociedad que recupere la grandeza que en su día tuvo el país, mediante el surgimiento de un movimiento dirigido por un personaje que se presenta dotado provisto de unas dotes sobrehumanas, al cual se le debe obediencia y lealtad absoluta, líder que llevará a las personas a este futuro prometido.

¿Están estas características en el discurso de Trump?

Cada una de estas características aparecen en la ideología en la que se basan los discursos del Sr. Trump y los de sus colaboradores cercanos. Ni que decir tiene que la expresión de tal ideología fascista es distinta según el contexto y el país en el que vive el personaje portador de dicha ideología. En este aspecto, el Sr. Trump es la versión estadounidense de tal fascismo. Es, en otras palabras, la versión norteamericana del partido francés fundado por Le Pen. Veamos, pues, los datos que confirman la adscripción de tal personaje a la categoría del fascismo.

Tal individuo profesa un nacionalismo extremo, considerando EEUU como un país excepcional en la historia de la humanidad, superior a todos los demás, lo que justifica su liderazgo mundial, imponiendo su voluntad por la fuerza militar, la cual debe utilizarse sin ningún freno. Constantemente hace referencia al bombardeo y destrucción de sus enemigos, categoría que abarca un enorme abanico de países y movimientos. En este canto a la fuerza militar expresa una “hombría” profundamente machista, antimujer y antifeminista, valorando a la mujer como un apéndice del hombre. Trump considera el país amenazado por inmigrantes, grupos étnicos, religiones y razas que, de no pararlos, pueden llegar a destruirlo. Quiere, por ejemplo, prohibir la entrada de musulmanes a EEUU, exigiendo una identificación (carnet especial que la persona lleve consigo para identificarse) a cada musulmán que esté ya en el país, sea o no nacido en EEUU. Así, la comunidad musulmana debe estar vigilada y controlada. El Sr. Trump es profundamente racista, hasta tal punto que no se ha distanciado de los grupos blancos súper-racistas, como el Ku Klux Klan, conocido históricamente por su persecución y linchamiento a afroamericanos en el sur de EEUU. Considera también a los inmigrantes (sobre todo a los latinos) como responsables del deterioro moral del país (responsabilizándolos de los mayores dramas de la sociedad estadunidense, desde la distribución de las drogas al crimen callejero en las ciudades).

El caudillismo en Trump

Trump es profundamente antidemocrático, de carácter claramente autoritario, exigiendo a sus seguidores lealtad a su persona, presentándose como el “salvador de la patria” que resolverá todos los problemas que afectan a las masas, desde el desempleo a la falta de felicidad. Su supuesta habilidad para resolver los mayores problemas del país se basa en su propia habilidad para resolver los problemas que han tenido sus empresas, refiriéndose a su presunto éxito empresarial como muestra de ello. Su negocio empresarial, por cierto, ha sido predominantemente el inmobiliario (uno de los sectores más corruptos de la economía de EEUU, basado en la especulación). Se presenta como profundamente antiestablishment, centrándose en el establishment político-mediático del país, sin atacar o criticar al establishment financiero y económico de EEUU al cual pertenece (y al cual aquel establishment político-mediático ha estado sirviendo). En realidad, las medidas que propone –una gran reducción de los impuestos sobre la propiedad y sobre el capital- favorecen los intereses de dicho establishment financiero y económico. Aunque es crítico con los tratados llamados de libre comercio (ver mi artículo “¿Qué se intenta con los tratados mal llamados de libre comercio?”, Público, 23.07.15) por destruir puestos de trabajo en EEUU, atribuye la movilidad de las industrias a otros países a lo que él define como elevada carga fiscal a las empresas estadounidenses y a las rigideces del mercado de trabajo, supuestamente impuestas por los sindicatos.

Sus políticas económicas son de un ultraneoliberalismo extremo, atribuyendo todos los males al Estado federal y al establishment político-mediático basado en Washington y en el este de EEUU. En este aspecto, el fascismo de Trump es distinto al fascismo de Le Pen, que sí que tiene componentes del nacionalsocialismo típico del fascismo italiano o del nazismo alemán, que da mayor reconocimiento al Estado de lo que lo hace la visión fascista estadounidense del Sr. Trump. Este último no es tanto nacional socialista, sino nacionalneoliberal. En realidad, a fin de recuperar a las empresas estadounidenses que se han desplazado a otros países, propone eximirlas del pago de impuestos para que reintegren a los EEUU capital procedente del exterior (equivalente a 2,1 billones de dólares), que significaría, como bien ha dicho la Senadora Elizabeth Warren, un repago de 400 mil millones de dólares a tales empresas (“How Trump Dog-Whistles the Business Establishment”, The Nation, 18.03.16).

¿Por qué está teniendo un gran éxito en las primarias del Partido Republicano?

Para aquellos que conocen bien EEUU, es muy fácil de entender su éxito. Las causas de tal crecimiento son prácticamente las mismas que explican el crecimiento de la ultraderecha chauvinista anti-inmigración en Europa. Y tales causas son, ni más ni menos, que el gran deterioro del estándar de vida de las clases populares (y muy en especial de la clase trabajadora no cualificada), como consecuencia de la aplicación de las políticas neoliberales que se han ido imponiendo a la población y que han alcanzado su máxima expresión durante la Gran Recesión. Estas políticas han empobrecido a la clase trabajadora de una manera muy significativa, resultado de la enorme mala distribución del crecimiento de la riqueza y de las rentas, que se han concentrado en las rentas superiores a costa de las rentas de la mayoría de las clases populares.

Desde los años ochenta, cuando se inició la “revolución neoliberal” del Presidente Reagan, los salarios no han crecido paralelamente al crecimiento de la productividad. En esta mala distribución, las rentas del capital han sido las más beneficiadas por las políticas fiscales a costa de las rentas del trabajo. Componentes importantes de estas políticas han sido toda una serie de intervenciones exitosas para debilitar al mundo del trabajo, desde el ataque a los sindicatos y a los convenios colectivos hasta la externalización de los puestos de trabajo mediante tratados de libre comercio que (aun cuando tenían poco que ver con libre comercio) facilitaban (mediante subsidios públicos y exenciones fiscales) la exportación de puestos de trabajo, con el traslado de industrias a países de bajos salarios.

Las clase trabajadora ha sido víctima de estas políticas públicas del gobierno federal, instrumentalizado este último por los grandes poderes económicos y financieros (que se conocen en EEUU como la clase corporativa, the Corporate Class) que financian las campañas electorales de los miembros del Congreso (tanto de la Cámara Alta -el Senado- como de la Cámara Baja -la Casa de los Representantes, The House of the Representatives-), en un proceso electoral de financiación predominantemente privada. Este maridaje y complicidad del poder político y mediático con el poder financiero y económico es la base de una pérdida de confianza y legitimidad de las instituciones llamadas democráticas que ha sido el campo de cultivo de este enfado generalizado hacia el establishment político mediático del país, y que Trump está explotando exitosamente.

El Estado Federal como el problema y la administración del afroamericano Obama como el enemigo

Sin lugar a dudas, Trump ha sido muy exitoso con su gran habilidad para canalizar el enorme enfado popular hacia el Estado federal, siguiendo el ideario que siempre ha dominado al Partido Republicano (hoy claramente controlado por la ultraderecha, incluyendo el Tea Party), financiado por los grupos económicos de mayor peso en el país, como los hermanos Koch.

La gran diferencia, sin embargo, entre el aparato del Partido Republicano y el Sr. Trump es su gran habilidad para movilizar a la clase trabajadora blanca en contra del establishment político-mediático, incluyendo el propio aparato del Partido Republicano y sus medios, como la cadena Fox, a los cuales ha definido como parte de tal establishment político-mediático. Es, en este aspecto, su mensaje  antiestablishment, presentado con gran colorido teatral (que atrae a los medios), lo que explica su gran éxito. Es, con mucho, el candidato que tiene mayor cobertura mediática. Los grandes medios de información –a los cuales Trump critica extensamente- han cubierto su candidatura en sus informativos en cantidades muy superiores (el doble) a las de la Sra. Hillary Clinton y seis veces más que a la de Bernie Sanders, el candidato socialista (“Measuring Trump Big Advantage in Free Media”, The New York Times, 17.03.16). La política como espectáculo está contribuyendo al gran éxito de Trump.

Las consecuencias del Estado federal asistencial

Un punto de gran importancia para entender el debilitamiento de la clase trabajadora en EEUU es la función que tiene el racismo en su división. Es debido a ello que las derechas en EEUU siempre acusan al gobierno federal de defender a los negros a costa de los demás (que insinúan son los blancos). Esta acusación se basa en el hecho de que la gran mayoría de programas sociales no son de cobertura universal, es decir, no cubren a todos los ciudadanos sino solo a los pobres (Medicaid, el programa federal de atención médica a los pobres, que es financiado y gestionado también por los Estados, cubre solo a los pobres), siendo los ciudadanos negros los más beneficiados, pues, como resultado del racismo, estos se encuentran entre los grupos más vulnerables y con menos medios. De ahí que se promueva por parte de Trump y las derechas, la imagen de que tales programas están orientados a la población negra (lo cual no es cierto, pues la gran mayoría de pobres en EEUU son blancos). De ahí que Trump haga referencia a que los impuestos (que consideran excesivamente altos) pagados por los blancos están ayudando a los negros, creando una “cultura de dependencia y beneficencia” que debe denunciarse.

El redescubrimiento de la clase trabajadora

El candidato republicano Trump es, junto con el candidato socialista Bernie Sanders, el único candidato que explícitamente se refiere a la “clase trabajadora”, categoría que nunca aparece en la narrativa convencional del discurso político y mediático del país, que constantemente utiliza el término “clase media” en lugar de clase trabajadora. Este silencio mediático se ha roto. Y hoy comienza a hablarse de la clase trabajadora blanca, la gran olvidada en el discurso dominante. Esta clase trabajadora, como he indicado antes, está en una situación de gran deterioro, y su mortalidad (entre los blancos) ha crecido en los años de la Gran Recesión (sobre todo como consecuencia del aumento de suicidios). Trump constantemente hace mención a que “su gente es la gente de poca educación y bajos ingresos, que están olvidados en EEUU” (que insinúa es blanca).

Está claro que el establishment político-mediático del país no entiende lo que está ocurriendo en EEUU. Los reportajes sobre Trump se centran en las declaraciones explosivas y polémicas de este candidato, llenas de una teatralidad que, en contra de lo que interpretan los medios, contribuye a su fama entre las clases populares, que sienten un gran rechazo hacia tal establishment. Una práctica general de Trump es ridiculizar a los medios en la cobertura de su campaña. Así, frecuentemente en sus discursos ridiculiza a los medios de información -uno de los momentos de mayor goce de su audiencia-, criticando la versión que los gurús mediáticos hacen de su campaña electoral. Estos medios, en su enorme complacencia, no han descubierto todavía el enorme hartazgo y rechazo que existe a nivel de calle hacia el establishment del país, incluyendo el mediático. Trump probablemente ganará las primarias y podría ganar las elecciones, como consecuencia del rechazo hacia el establishment.

El hecho de que Trump sea un “fascista a la americana” no quiere decir, sin embargo, que la mayoría de sus seguidores sean fascistas. En realidad, son profundamente antiestablishment. La mayoría de las encuestas muestra que el candidato socialista Bernie Sanders –que está pidiendo una revolución política en EEUU, con un mensaje claramente antiestablishment (que se centra en su denuncia del maridaje y complicidad entre el establishment financiero y económico y el político-mediático)- es el candidato demócrata que ganaría más contundentemente a Trump. Sanders está movilizando a la clase trabajadora blanca y negra y a los jóvenes (personas por debajo de 35 años), compitiendo por el voto de la clase trabajadora, que es la mayoría de la población estadounidense, y que se ha abstenido en las elecciones anteriores. A la candidata Clinton, aunque se ha movido a la izquierda debido a la campaña exitosa de Sanders, se la percibe como una figura del establishment, con escasa capacidad de movilización. De ahí que su estrategia en las primarias haya sido la de enfatizar la necesidad de romper con la discriminación contra las mujeres y contra las minorías (estas últimas representan un porcentaje elevado de votantes en las primarias del Partido Demócrata), antidiscriminación necesaria, según Hillary Clinton, para que ocurra la integración de las poblaciones vulnerables y marginales dentro del sistema. Sanders, sin embargo, analiza la necesidad de establecer alianzas y complicidades entre los distintos sectores y componentes de las clases populares, acentuando la importancia de recuperar la conciencia de clase frente a un adversario común, el establishment financiero y económico que controla los medios y las instituciones políticas representativas (ver mi artículo “Race, Gender and Class Polítics in the US Primaries”, CounterPunch, 23.02.16). Esta es la situación en EEUU, que no se presenta de forma adecuada en los medios españoles.

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University
Fuente: Público.es

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