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jueves, 17 de noviembre de 2016

Trump y el fin de las utopías


Donald Trump, presidente electo de EEUU, y Nigel Farage, eurodiputado de UKIP, tras la victoria del republicano en las elecciones del 8 de noviembre. | Foto: @Nigel_Farage


Los indigentes intelectuales han encontrado a su líder. Se han reafirmado y presumen de ello. El patanismo amenaza con extenderse de forma incontrolable.


Rosa María Artal


" El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos", le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en la mítica película Casablanca, bajo el ruido de las tropas nazis que ya entraban en París. A lo largo de la historia las víctimas de todos los conflictos –bélicos o económicos– han sufrido mucho, como mínimo tanto como ahora. Sus reacciones son imprevisibles. En Estados Unidos ha primado el rencor de un sector decisivo de electores. Con motivos pero nada ingenuo: la mochila de Trump viene cargada hasta de algo que se parece al fascismo. El mundo que nunca ve lo que tiene alrededor se muestra atónito con el odio de los votantes que nos han clavado a alguien como Donald Trump en la presidencia del país más poderoso de la tierra. Y con los que en Europa siguen parecidas sendas. La diferencia crucial, ante el dolor, está en la actitud de los ciudadanos.

El triunfo en las urnas de Trump era el peor de los escenarios posibles y sin duda puede agravarse mucho más si el fenómeno se extiende por Europa. Lo aterrador es que los creadores de Trumps, los responsables de esta situación, no operan ni el menor cambio en sus estrategias y se mantienen atrincherados en las ensoñaciones de un tiempo que se les escapa para mal de todos. Ahí siguen definiendo populismos, atacando contrincantes de su estatus, invocando varitas mágicas que devuelvan las aguas al cauce. A veces de forma tan obsesiva y pueril que roza el patetismo. Olvidan a los ciudadanos y el cóctel maldito que se les ha aplicado: primero el abuso, y, parejo, el entontecimiento.

Quién nos iba a decir que, tras empobrecer a una gran parte de la población, truncar sus oportunidades y sus esperanzas, educarles en la ignorancia y embutirles basura adormecedora a través de la televisión y otros medios, iba a pasar lo que ha pasado. Ni la más tenebrosa pesadilla llegó a imaginar –alguna película sí– el ascenso al poder de un patán de las dimensiones de Donald Trump. Los indigentes intelectuales han encontrado a su líder. Se han reafirmado y presumen de ello. Es lo que lo cambia todo. En la COPE, cadena de emisoras de la Conferencia Episcopal española, un tertuliano del programa de Herrera dice que Trump ha derrotado a las dictaduras feminazis, medioambientales y "buenistas" que quieren proteger a las minorías. Las personas que "piensan diferente", como él aclara,  se sienten muy reconfortadas con los nuevos tiempos.

Definía el español Ortega y Gasset en 1930 al Hombre Masa, satisfecho de su ignorancia. Unos años antes lo había hecho también el italiano argentino José Ingenieros al alumbrar su Hombre Mediocre. Ése es el modelo que hace furor ahora. A través del tiempo, había sido más habitual el espíritu de superación, la búsqueda de valores, la lucha por lograr un mundo mejor. De hecho, por eso no nos hemos extinguido. Siempre hubo quién lo intentó y logró avances. Enormes en el último siglo. Hoy, la búsqueda del dinero como objetivo máximo ocasiona Trumps. Cuando lo que sueñas son loterías, como nos manda la administración española, caemos en picado hacia las cavernas.

El pintoresco concejal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona dio la pauta estos días de la era que se abre. Su delirante discurso contra el compañero de Pamplona En común por querer ampliar el circuito del carril bici arrancaba de considerar las utopías un hecho deleznable. Ya no es que desbarrara en todo el hilo argumental, que lo hizo, es ese inquietante punto de partida. No se ha valorado la importancia de tamaño ensañamiento con el ideal de una sociedad más justa, perfecta incluso, concepto al que dio forma Tomás Moro en el siglo XVI. Fijarse objetivos más altos de lo posible, la utopía, ayuda a conseguir metas superiores a las que andan a ras de suelo. El conservador navarro no hacía sino marcar por dónde camina la nueva derecha, la derecha más cerril que se haya conocido.

A diario vemos ejemplos de una incultura que deja boquiabierto a cualquier ser humano con cierta sensibilidad. Y sin complejo alguno. Aquí tenemos, por ejemplo, la redefinición del Muro de Berlín que una adolescente se marcó en un programa de gran audiencia en España. Nadie dirá que no pueda emular en su día a Trump. Nuestro ministro de Deportes, Educación, Cultura y portavocía del Gobierno, no sabe –según evidenció esta semana– si los poemas de Leonard Cohen se cantan o se bailan.  Miles de anécdotas y una actitud común de rechazo a la cultura. Ni se nos ocurra usar en un texto o en la contraportada de un libro el término "intelectual": provoca urticaria. El conocimiento vive una época crítica. Porque peor aún que no saber es que no querer saber. Sentirse orgulloso de ser un ignorante. Trump y sus electores han venido a reafirmales. A ambos lados del océano atlántico.

El mundo feliz se impone a la utopía del mundo mejor. El mismo Mundo Feliz que Adouls Huxley escribiera en 1932. Con sus "epsilones", el nivel más bajo de los empleados subalternos destinados a trabajos arduos. Con sus mujeres "neumáticas" y el "soma", un narcótico que evade de la realidad. Las grandes novelas futuristas (ficción distópica) surgidas a raíz de las grandes convulsiones de los años 30 del siglo XX se están cumpliendo con terrible precisión. En todos sus extremos. La imagen se superpone con la realidad actual. Con esa estética hortera del nuevo presidente estadounidense, sus mujeres clónicas, su palacio de oro, y el estado de sus votantes. La manipulación, la neolengua y la permanente vigilancia que planteaba Orwell también se ha dado. Y aún podríamos terminar convertidos en personas-libro para salvar de la hoguera la literatura como aventuró en este caso Ray Bradbury en Fahrenheit 451. La era iletrada y sin escrúpulos ha llegado.

Lo peor está por venir si todo avanza por el cauce emprendido. Mientras oímos las quinielas sobre cuánto cumplirá Donald Trump de sus promesas electorales, conviene analizar los hechos. Mintió en su campaña y es lógico pensar que lo sigue haciendo ahora. Algunos dirigentes de nuestro país también mintieron y mienten. En estos casos hay que atender a lo que hacen.

El vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, es un ultraderechista nato sustentado por el Tea Party. Extremadamente religioso y conservador, se opuso con firmeza a las políticas sociales de Obama. No "cree" sin embargo en el cambio climático. Contrario al aborto y a los derechos de los LGBT, en su página web como congresista se puede ver aún su deseo de "financiar de forma directa a estas instituciones que asisten a las personas que buscan cambiar su comportamiento sexual". Como Trump, también se hizo popular por su participación en medios.

Los jueces que apoya el presidente para la Corte Suprema son del mismo perfil. Y además pro-armamentista y anti-regulación (el ultraliberalismo que acabaría ocasionando la crisis financiera de 2008). El nombramiento de Stephen Bannon como jefe de estrategia y principal asesor de la Casa Blanca no ofrece la menor duda: extrema derecha de manual, sin paliativos. Para educación Trump anda pensando en un creacionista. Es decir, los que están convencidos de que los seres vivos han surgido de un acto del creador y que, por tanto, no son fruto de la evolución. Y si alguien cree no hay peligros mayores, déjenle con el botón nuclear en un día tonto. Lo tendrá todos.

Es fácil deducir cómo quedará la sociedad tras el tratamiento que van a impartir estos dirigentes. En Estados Unidos y en España –dan muchas pistas los nombramientos de Rajoy–. Es cierto que quienes alientan a los Trump de América y Europa no representan a toda la ciudadanía. Y que siempre hubo quien salió adelante pese a todo. Hay quien habla también de una catarsis para regenerarse. Sería partiendo cada vez de más atrás. El problema es la apatía y desprecio al pensamiento que se está imponiendo. El patanismo amenaza con extenderse de forma incontrolable. Apoyado, de forma consciente o no, porque quienes son incapaces de ver lo que sucede de tanto mirarse el ombligo. Frenar esta deriva en objetivo común debería ser una prioridad. Ya que no lo hicieron en el largo proceso que ha derivado en esto, a pesar de todas las evidencias y todas las advertencias.

Para que no quede ninguna duda, recapitulemos. Ilsa Lund le dijo a Rick Blaine en circunstancias tan terribles como la invasión del primer nazismo y casi pidiendo disculpas por distraer un espacio a la lucha por derrotarlo: "El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos". Ahora, le diría "El mundo se desmorona, vamos a ver qué dicen Inda y Marhuenda".

Fuente: eldiario.es

martes, 11 de octubre de 2016

España, el país de los Trump



Juan Carlos Escudier

Analistas muy sesudos siguen intentando explicar el fenómeno Donald Trump, o por qué un tarambana millonario que presume de ser racista, misógino, acosador y de no pagar impuestos ni en legítima defensa tiene posibilidades reales de ser presidente de EEUU, un puesto reservado para indiscutibles líderes mundiales como George Bush o Gerald Ford, del que se decía que había jugado demasiado al fútbol americano sin casco y al que se atribuye una cita inmortal: “Si Lincoln estuviera vivo, se retorcería en su tumba”.

Hay que reconocer no obstante, que lo de Trump es bastante fuerte, hasta el punto de que la revelación de cómo se maneja privadamente con las mujeres ha herido la sensibilidad de Arnold Schwarzenegger, lo que no está a la altura de cualquiera. En realidad, el único misterio de Trump es su tupé en forma de ola surfeante y al parecer ya ha sido descubierto: no es verdad que se lo deje secar al aire una hora y que luego se lo peine repetidamente adelante y atrás, como él mismo sostiene; un árabe, apellidado Ivari, y con clínica abierta en su propia Torre Trump, le ha puesto la cabeza como un colador a base de injertarle miniextensiones capilares. Que no se diga que no hay inmigrantes valiosos.

Trump será un tipo hediondo, que eso nadie lo niega, pero aquí habría pasado desapercibido porque somos un país muy competitivo y en lo que refiere al machismo, la xenofobia, la evasión de impuestos y las simplezas tenemos gente muy preparada. No está claro, por ejemplo, que en un campeonato de falócratas el magnate ganara fácilmente a aquel señor de Valladolid, León de la Riva, alcalde todo el tiempo que quiso, y que tenía poluciones nocturnas con Leire Pajín o se refería así a la entonces portavoz socialista Soraya Rodríguez: “Me han acusado de todo menos de violar a la candidata, pero se comprende…”.

Es cierto que su idea de levantar un muro en la frontera con México para cortar el paso a drogatas y violadores es casi tan ambiciosa como la de prohibir la entrada en EEUU de los musulmanes, pero denle presupuesto a García Albiol, hoy al frente del PP de Cataluña, y verán lo que hace este hombre con los rumanos, especialmente si son gitanos, o con esos 500 que se ponían a rezar cada viernes en Badalona y que en Ramadán eran 2.500. “Si a alguien no le parece bien lo que tiene que hacer es darme la dirección de su casa y yo se los enviaré a rezar a ver qué les parece”. El dinero mueve montañas.

¿No pagar a Hacienda? En eso sí que nos salimos de la tabla. Comparen sin ir más lejos lo que ha podido defraudar el republicano con el arte de Rodrigo Rato, que ahora porque está distraído con unos juicios pero que en sus buenos tiempos era capaz de soltar filípicas contra el fraude mientras le tuteaban en todos los paraísos fiscales. Pongan a Trump al frente del Bank of America y si en dos años es capaz de dejar un agujero de 23.000 millones de euros, entonces hablamos.

Hay que reconocer que el de Queens se supera con las simplezas. No es fácil encontrar la tontería justa para cada tema (“creánme, volverá a haber empleo, será realmente sencillo” o “devolveré la grandeza a Estados Unidos”), o argumentar como lo haría un neandertal en un concurso (“Obama es el fundador de ISIS y diría que Hillary Clinton es la cofundadora”, o “Hillary quiere abolir, en esencia abolir la Segunda Enmienda. Y por cierto, si consigue elegir sus jueces, no podréis hacer nada. Aunque probablemente la gente de la Segunda Enmienda sí puede. No lo sé”).

Ahora bien, Trump tendría que saber que aquí se enfrentaría al campeón mundial de majaderías. Para superarlo, y aún queda un mes para las elecciones, debería atreverse a decir algo semejante a esto: “EEUU es una gran nación y los estadounidenses muy estadounidenses y mucho estadounidenses”. O bien, “me gustan los neoyorkinos porque hacen cosas”. O, incluso, “una cosa es ser solidario y otra serlo a cambio de nada”, por no hablar del ya célebre “a glass is a glass and a dish is a dish”, que es el lema de una época.

Los analistas siguen estudiando los motivos por los que el nota tiene cautivado a buena parte del imperio, sin pararse a pensar que en otras latitudes hay gente como él que está en el Gobierno. Por separado, las habilidades de Trump no nos impresionan aunque haya que reconocer que, contemplado en conjunto, es un rival formidable. Anoche, mientras medio mundo se hinchaba a poner velas a los dioses del Alto y Bajo Egipto para que renunciara a su candidatura o, al menos, para que fuera barrido por Hillary Clinton en su segundo debate presidencial, el del tupé salió airoso y hasta se permitió el lujo de amenazar a su oponente con la cárcel. Si gana se demostrará que los dioses egipcios son un camelo. Y si pierde, que son muy cabrones.

Juan Carlos Escudier

Fuente: Público.es

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