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miércoles, 15 de junio de 2016

¿Por qué odian a Michael Moore?





Gregorio Morán


Después de ver la última “película-documental-sátira” sobre su propio país, ese imperio que domina la tierra y sus habitantes, titulado con precisión de profeta ¿Qué invadimos ahora?, he empezado a preguntarme sobre el personaje Michael Moore. ¿Por qué le odian tanto, los suyos, sus cómplices y sus sicarios?

El siglo XIX inventó un instrumento social que fue de dudosa utilidad, el nacionalismo. El XX lo convirtió en un arma letal, y el XXI lo trasformó en una parodia. ¿Alguien se imagina un caballero atildado, con su fortuna colocada en bonos del Estado –da lo mismo el Estado que sea, aunque se trate de un Estado enemigo, como en el caso de una de las dirigentes de la CUP catalana– que en plena conversación sobre los principios que rigen su vida, dijera “yo soy un patriota”?

Primero tendría que precisar de qué patria se trata, porque es un concepto que no sirve más allá del lenguaje tertuliar. Defender la invasión de Iraq, o de Afganistán, o de Gibraltar o la isla Perejil, es una operación militar, de mayor o menos fuste, pero que no tiene nada que ver con el patriotismo hasta que llegan los sicarios de la pluma. Como yo no soy un patriota y me avergonzaría serlo, ¿desde cuándo defender un territorio es un acto de honor a menos que en ello esté en juego la libertad?

¿Por qué odian a Michael Moore buena parte de su gente, los críticos, los aguzados cinéfilos? Yo creo que aquí debemos meter a Freud. Un tipo gordo, que con toda seguridad podría quedar finalista en un concurso de feos, un colchón con pantalones, que se expresa admirablemente y que tiene un sentido del humor, que en situaciones como la suya, a más de uno le llevaría a terapias de psiquiátrico. Ahí está la mayor provocación. Ese bocoy de carne se burla de los finos estilistas, formados en escuelas donde el cuerpo, el tipo, las buenas palabras, constituyen la base de la buena educación norteamericana. A mí un país que se complace en llamarse América, cuando a lo más que llega son los Estados Unidos, me produce vergüenza ajena.

Por eso he disfrutado viendo ¿Qué invadimos hoy?, filme que, sin ser una obra ­maestra, arrasaría con buena parte de nuestra mediocre cartelera. Bastaría ese comienzo espectacular con Michael Moore presidiendo la Junta de Estado Mayor del ejército más poderoso de la tierra, y esa confesión “no tenemos ni idea”, pero eso sí, consumen más del 60 por ciento del presupuesto de un país donde la pobreza es endémica, el racismo una plaga y todo lo que una comunidad de seres libres se reparte, allí se discrimina: la sanidad, la enseñanza, la justicia…

Sobre un fondo de sarcasmo, Michael Moore constata algo que nadie escribe nunca. El ejército más poderoso de la tierra no ha ganado una guerra desde 1945, ¡y con la ayuda de los rusos!, el enemigo por excelencia. (Siempre he tenido una tentación malévola: si el lanzamiento criminal de dos bombas atómicas sobre territorios civiles, Hiroshima y Nagasaki, lo hubiera hecho otro país –la URSS de la época, por ejemplo–, ¿alguien imagina lo que hubiera supuesto para la humanidad que dicta cuándo un crimen es de guerra, cuándo una matanza racial es un holocausto, quiénes son justos y quiénes terroristas? ¿Se imaginan a los rusos lanzando las bombas, bajo la tapadera de que se salvaban muchos soldados a costa de muchos inocentes? Unos monstruos sin entrañas). Pero ya ven que no. Los patriotas, cuando ganan, hacen de su victoria una especie de amnistía sobre todos sus crímenes, porque ellos son lo que dictan justicia.

El valor de los filmes de Michael Moore, lo que los convierte en vitriólicos, es el cuestionamiento de dos tradiciones patrióticas muy unidas entre sí: la falacia del “sueño americano”, mejor sería decir estadounidense, y el desmontaje de la sociedad norteamericana. Si usted es un pringao la posibilidad que tiene de hacerse rico es muy similar al que vende agua entre Ceuta y Melilla, ahora bien, si usted consigue que el agua le salga gratis por procedimientos del mercado, podrá acumular su capitalito hasta la inminente ruina. Sólo los investigadores universitarios tienen un lugar en esos mundos, donde laboratorio y negocio marchan muy juntos en la búsqueda del éxito.

El viaje de Michael Moore por el mundo a la búsqueda de lugares donde haya cosas tan insólitas como las vacaciones, la sanidad gratuita, benevolencia en el consumo de drogas, tiempo para gozar sin ir a Las Vegas, y países donde la ambición fundamental se reduce a vivir bien, sin otras preocupaciones que las que te regala la vida a manotazos, es una provocación para una sociedad como la norteamericana, donde, desde la solidaridad al patriotismo, todo pasa por el tamiz de a cuánto me sale y de cuánto me beneficio. Esa mujer, líder política en Islandia, que responde tras unos segundos que se hacen eternos: “Usted que conoce bien EE.UU., ¿viviría allá?”. Y la respuesta lenta, como algo que llevamos dentro y nadie se había atrevido a preguntarnos: “Nunca… Nunca… Nunca”, que suene mucho mejor en inglés porque admite el “Jamás, jamás, jamás”. “Never, never, never”. Tres veces.

¿Por qué odian tanto a Moore esa mayoría social y política y económica que controla los parámetros de la sociedad norteamericana? Porque es diferente, está gordo, no parece tener ningún complejo de dietas y zarandajas, mira al contrincante a los ojos, no le suelta tras una simple respuesta, insiste, insiste, hasta que el otro se rompe o le manda al carajo. Nunca olvidaré la entrevista con Charlton Heston, convertido en un viejo cabrón que dirige la sociedad del rifle, o algo así, los defensores de las armas de fuego para todo el mundo, salvo los negros, con condiciones. Hay quien consideró aquel interrogatorio un acoso: ¿llamamos acoso al interrogatorio estrictamente verbal entre un fabricante de delincuentes y un policía correoso? La gente se ablanda con los mitos, les pueden porque les extraen la piedad, ese sentimiento humano que conformó desde Homero en la Ilíada y convirtió en humano a Aquiles, el implacable.

Son diferentes, y eso les hace odiosos para un patriota, para un nacionalista bien pagado o con aspiraciones de futuro fijo. Acaba de morir otra leyenda de la gama de los diferentes. Cassius Clay-Muhammad Alí, el boxeador que nos hacia admirar un deporte brutal. Le seguí siempre, admirado por su coraje y su sinceridad, y deberíamos preguntarnos cómo desde ya hace tantos años los negros más brillantes, Malcolm X sin ir más lejos, se hicieron musulmanes frente a las humillaciones permanentes de los cristianos blancos.

Pero si hay momento que dejó en mí una huella imborrable de valor que alcanzaba hasta la temeridad, de esos que te cuestan la vida, pero no porque te vayan a matar en ese instante, sino porque desde ese momento dejarás de vivir como los demás y serás un enemigo al que hacer pagar tu valor y tu dignidad. Uno fue el de aquellos dos muchachos negros que en los Juegos Olímpicos de México, subidos al podio, oro y bronce respectivamente, se descalzaron, se pusieron un guante negro y levantaron el puño en señal de orgullo militante ante una sociedad literalmente perpleja, que se lo hizo pagar a un costo digno de una dictadura de mediocres, o lo que es lo mismo, de clases medias orgullosas de su estupidez sin paliativos.

El otro es el Cassius Clay-Muhammad Alí respondiendo al tribunal militar que le quería llevar a la guerra de Vietnam. “No iré. A mí ningún vietcong me ha llamado nunca negrata”. Le quitaron todo lo que tenía y no sólo los beneficios de su larga carrera deportiva, sino que le retiraron de las competiciones y le robaron hasta los trofeos que había ganado hasta entonces. Hubo de empezar de cero mientras la sociedad de la democracia y la libertad aceptaba inmutable, incluso gozosa, hacerle pagar a aquel negrata arrogante que no era digno de ser admitido, aunque fuera de tapadillo, en una sociedad de blancos.

Gregorio Morán
Columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica. Su último libro: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014).

Fuente:
La Vanguardia, 11 de junio 2016
Sin Permiso: República y socialismo, también para el siglo XXI
Todo el contenido de esta web está publicado bajo licencia creative commons CC BY 3.0

miércoles, 1 de junio de 2016

"I, Daniel Blake" y la lucha por otro mundo mejor


“Otro mundo es posible y necesario”


Ken Loach

Peter Bradshaw

Ken Loach

Palabras de Ken Loach al recibir la Palma de Oro en el LXIX Festival de Cine de Cannes:

“Recibir la Palma de Oro resulta algo curioso, pues hay que recordar que los personajes que han inspirado esta película (“I, Daniel Blake”) son los pobres de la quinta potencia mundial, que es Gran Bretaña. Hacer cine es una cosa formidable y, como vemos esta tarde, muy importante. El cine hace que viva nuestra imaginación, aporta al mundo el sueño, pero nos presenta el verdadero mundo en el que vivimos. Pero ese mundo se encuentra en una situación peligrosa.

“Estamos en el filo de un proyecto de austeridad, que se dirige con ideas que llamamos neoliberales que amenazan con llevarnos a la catástrofe. Estas prácticas han provocado la miseria de millones de personas, de Grecia a Portugal, con una pequeña minoría que se enriquece de manera vergonzosa. El cine es portador de numerosas tradiciones, y una de ellas es la de presentar un cine de protesta, un cine que antepone al pueblo frente a los poderosos, y espero que esa tradición se mantenga. Nos acercamos a periodos de desesperación, de los que extrema derecha puede aprovecharse. Algunos de nosotros somos lo bastante mayores para recordar lo que eso pudo suponer. Por eso, debemos decir que hay otra cosa posible, que otro mundo es posible y necesario”.
Cannes, 22 de mayo de 2016

Franca, digna y brutalmente conmovedora
Peter Bradshaw

Con esta película — tal vez la última de las suyas, y tal vez, no —, Ken Loach se constituye todavía más en John Bunyan del cine británico contemporáneo. Sobre la base de la investigación y las entrevistas realizadas por el guionista Paul Laverty, esta película cuesta la historia imaginada de Daniel Blake, viudo de mediana edad del noreste [de Inglaterra] que no puede trabajar ni recibir prestaciones después de un infarto casi fatal, y la historia se cuenta con una llaneza pura y feroz: sin adornos, sin disculpas, hasta sin desarrollo. La película de Loach es una ofensa a las reglas tácitamente aceptadas del buen gusto sofisticado: sutiliza, ironía y oblicuidad. La película no es objetiva y acaso Loach y Laverty subscriben la máxima de Churchill de negarse a ser neutral entre la brigada de bomberos y el fuego.
Ken Loach insistirá en comportarse como si hubiera de verdad algo malo de un modo apremiante, y que no deberíamos o no tenemos que acostumbrarnos a los bancos de alimentos como una realidad de la vida; lo retrata todo como algo respecto a lo cual podríamos de verdad hacer alguna cosa en el mundo real, por oposición a lo que supone invocar la injusticia como gesto estético, o como ingrediente que dé sabor a una ficción realista social moderna. Hay muchos que están encantados de reconocer el valor de películas como ésta si se localizan en el mundo en vías de desarrollo, mostrando a gente solidaria que trata de conservar su dignidad mientras pasa hambre. Pero si eso mismo se desarrolla en la Gran Bretaña moderna se desecha con un encogimiento avergonzado  igualmente estridente o amedrentador, como si pasar hambre fuera imposible para los británicos que no son unos gandules.
I, Daniel Blake, tiene, desde luego, errores, y estaría por reconocerlo. Hay un par de escenas muy grandes, probablemente demasiado, y se veía venir cómo iba a acabar veinte minutos antes de que terminara la película. Sería un error etiquetar este estilo de austero, por supuesto. Pero tiene pasión y franqueza e idealismo, y magníficas interpretaciones, en un estilo que no es de actor, del cómico monologuista Dave Johns, en el papel de Daniel Blake, y de Hayley Squires como Katie, la madre soltera de Londres, a la que reubican en una vivienda municipal de Newcastle, donde el coste de la vida es más barato.
Desde el principio mismo, Blake se encuentra en una tormenta perfecta de infortunio burocrático. Ha sobrevivido a un paro cardiaco y su especialista del NHS le dice que debe descansar y no tratar de trabajar a destajo como carpintero. Pero de modo catastrófico, se presenta como si estuviera bastante bien; carece del ingenio o de la astucia para ofrecer al funcionariado el relato más pesimista posible de su dolencia, y de hecho pone instintivamente la mejor cara. Una valoración por parte de un funcionario que va marcando las casillas del Departamento de Trabajo y Pensiones decide que no tiene derecho a subsidio de enfermedad.
El círculo vicioso resultante concluye que sus únicos ingresos sólo pueden provenir de su asignación como demandante de empleo, que únicamente puede ganarse si le ven buscando trabajo agotadoramente y asistiendo a talleres sobre cómo hacer un currículo;  este hombre jovialmente abierto, nada reflexivo, es ingenuamente honesto acerca de su intención de evitar el trabajo debido a su salud, de manera que se le etiqueta de modo humillante de gorrón. Todo tiene que solicitarse por vía digital, pero Blake carece de ordenador, de teléfono inteligente, de Internet, y es incompetente de forma vergonzante a la hora de usar los terminales de su biblioteca pública, que se cae o se cuelga cuando llega al final del formulario, de manera que tiene que volver a empezar.
Su única amiga es Katie, la madre soltera de sangre caliente de la que Daniel se hace amigo, convirtiéndose en una figura amable, como de abuelo, para sus dos niños. Aunque es inocente como un niño cuando se trata de la Red, demuestra que puede arreglar su destartalado piso y les da diestros consejos para mantenerlo todo lo cálido que sea posible. En realidad, le gusta hacer trabajos.
La fría y dura gravedad del Centro de Empleo, con su plana iluminación y sus cubículos separados de aglomerado pintado pone un barniz brutal sobre muchas escenas. Lo mismo vale en el caso del lenguaje. Los funcionarios tienen la espeluznante costumbre de desactivar todas las quejas, ya sea cara a cara o por teléfono, insistiendo en que ellos no son los que deciden: es todo responsabilidad “del que toma las decisiones”, como si fuera una sola persona: “responsable” es jerga burocrática casi risiblemente torpe, que tiene también algo distintivamente orwelliano en ello.
Y luego está la escena clave: el afrentoso momento del banco de alimentos, cuando la desdichada y orgullosa Katie soporta una indecible humillación, que resulta casi insufriblemente conmovedora. La escena es una evocación butal, insensible de a qué cosas impensables puede llevar el hambre. Escribió Dickens en Bleak House que “lo que son los pobres para los pobres es poco conocido, salvo para ellos y para Dios”. Esta película interviene en el desordenado y desagradable mundo de la pobreza con la intención secular de hacernos ver lo que verdaderamente está pasando, y en un país próspero, además. I, Daniel Blake es una película con una dignidad propia feroz y sencilla.
(1936) es el mayor de los cineastas políticamente comprometidos del realismo social británico.
forma parte del plantel de críticos cinematográficos del diario británico The Guardian.

Fuente:
The Guardian, 12 de mayo de 2016
Traducción:
Lucas Antón  

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