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viernes, 26 de mayo de 2017

Jeremy Corbyn debería seguir el ejemplo de Bernie Sanders y apostarlo todo

El líder laborista Jeremy Corbyn, en su primer día de campaña en Londres EFE

El líder laborista no tiene nada que perder salvo a los nuevos blairistas que piden prudencia. Esta es su oportunidad para descubrir qué pasiones mueven su política


Simon Jenkins


  Dejen a Corbyn que sea Corbyn. Lo que está dando en este momento es un espectáculo lastimero. Pretender que va a ser el próximo primer ministro no le funciona. Ni siquiera le alcanza para aparentar que lidera el laborismo. Y creer que Jeremy Corbyn es "la negación de Theresa May" es Michael Foot para principiantes [Foot fue el líder laborista bajo cuyo mandato el partido obtuvo una derrota histórica frente a Margaret Thatcher en 1983).

Hace dos semanas, Corbyn pronunció un dinámico discurso de apertura para sus seguidores londinenses en el centro de conferencias Church House (Westminster). Aquello fue Bernie Sanders puro. Cargó contra los ricos, acusó al establishment de "escribir sus propias reglas"; invocó a Kier Hardie (fu ndador del partido laborista) y ridiculizó a los medios de comunicación laboristas y al "sistema amañado", sea lo que sea que eso signifique. Una actuación con muchas promesas y ninguna política: irresponsable, salvaje y en absoluta comunión con su audiencia.

Corbyn se convirtió esta semana en una cámara de eco donde resonaban frases como "programas completamente presupuestados", "pilladas" a los conservadores en sus mentiras, y diez mil policías. Su responsable de Asuntos Exteriores, John McDonnell, balbuceaba números; su responsable de Interior, Diane Abbott, alcanzaba uno de esos momentos de suma cero; y Corbyn estaba atascado entre un micrófono y una pared de ladrillos: en su tono monocorde tuvo que pedir apoyo a sus colegas. Aquello tenía tanto que ver con la política como el avistamiento de trenes.

Dudo mucho que a los votantes les importe un pimiento cuánto cuesta un policía o a cuántos médicos equivalen los impuestos corporativos. Enfrentamos la perspectiva de una semana con manifiestos partidarios llenos de promesas descabelladas en las que los votantes no creen, aunque todavía tienen el poder de limitar a futuros ministros de Exteriores. Promesas que deberían ser revisadas por la Oficina de los Presupuestos Responsables y adjuntar una advertencia: "Tan viable como lo permitan los recursos". Los manifiestos son las fake news de las elecciones.

La principal y evidente lección de la nueva política no es la importancia cardinal de la personalidad. Eso ya lo sabemos. La lección es que ahora se prescinde del partido. Los políticos profesionales detestan esa idea, porque vuelve superfluos sus esfuerzos electorales. Una vez, el sociólogo electoral de la Universidad de Oxford David Butler intentó persuadir a los dos grandes partidos para que no hicieran campaña en ciertos distritos, a ver si había o no alguna diferencia. Pero ninguno se atrevió a seguir su consejo: los dos se quedaron cuidando a sus votantes por miedo de que fuera peor si no lo hacían.

Tony Blair ganó las elecciones para el partido laborista siendo él mismo, un "no laborista". El partido perdió cuando presentó líderes poco viables como Neil Kinnock, Gordon Brown y Ed Miliband. Los conservadores también perdieron con los débiles (William Hague y Michael Howard) y ni siquiera lo intentaron con Iain Duncan Smith.

Esa tendencia se ve reforzada ahora por el derrumbe de los partidos tradicionales. La cantidad de votos para los partidos que ganan las elecciones en Europa se ha desplomado. En los años cincuenta en Reino Unido, los conservadores y los laboristas se llevaban el 97% de los votos. Ese porcentaje apenas araña el 60% hoy. Aquella frase que comenzaba con un 'yo siempre voto' hace tiempo que murió, como demostraron el partido Ukip y el Brexit.

En las últimas elecciones francesas, el apoyo a los partidos tradicionales se desintegró. La mitad del voto fue explícitamente para candidatos anti establishment. Aproximadamente un 10% de los  que apoyaron a Bernie Sanders en las primarias votaron a Donald Trump en noviembre. Al parecer, les gustaba su postura anti establishment.

Esta es la narrativa de la nueva política. A los votantes les gustan los candidatos auténticos, con personalidad y directos. En el Reino Unido le hicieron el juego (un rato) a Ken Livingstone, Boris Johnson, Nigel Farage y Alex Salmond: todos políticos que parecían hablar de una forma sencilla, sin clichés, sinceros y divertidos (aunque en verdad no lo fueran). Como señaló el piscólogo estadounidense Jonathan Haidt, los votantes ya no buscan a alguien que defienda sus intereses sino una combinación de cualidades. Una de las cosas que sí les gustan es que sea alguien con el que compartir una barbacoa o un ascensor. Ahora hay que pasar el test 'es uno de los míos'.

Cuando el partido laborista ofreció a Corbyn a su electorado estaba eligiendo a un rebelde de izquierdas, partidario del desarme nuclear y de las campañas contra la guerra. Un hombre de Islington (municipio pobre del norte de Londres)

con barba, suéter, bici y casco que siente un desprecio profundo por el dinero, el poder y los privilegios. Imposible que se hiciera uno con sus compañeros en el parlamento. Tan imposible como que lograra unir al partido laborista, una tarea similar a la de reparar el Sacro Imperio Romano. Aún así, lo eligieron.

Cuando de repente se anunciaron en abril las elecciones, un escenario posible habría sido que Corbyn rompiera la disciplina y apoyara pactos locales electorales para enfrentar a los conservadores.  El argumento que podían haber usado Caroline Lucas (Los Verdes) y otros líderes para defender una alianza progresista de ese tipo era incontestable: en 2015, el 49% de los votantes dio su apoyo a partidos más o menos progresistas, incluyendo al laborista, los Liberal Democrats (Demócratas Liberales) y los nacionalistas. Sin embargo, llegan las elecciones y se enfrentan unos a los otros como rivales.

El resultado es que entre  40 y 50 escaños que podían haber ido para un candidato progresista terminaron en manos de los conservadores. Entonces, como ahora, ganó el sentido de tribu en Westminster. Por hacerse los machos el laborismo exigió "disputar todos los escaños del país". Al parecer, eso era más importante que quitarle a los conservadores una mayoría potente (ni hablar de ganar las elecciones).

Pero a Corbyn le quedaba una estrategia posible y era imitar la de Sanders y Trump: "dejar a Jeremy que sea Jeremy". En este enfoque, incluso era una ventaja tener pocas posibilidades de ganar. Los votantes de perfil liberal o progresista podrían abandonar el pragmatismo y "votar con el corazón". Si el politólogo Paul Collier está en lo cierto, y ser de izquierdas es "una manera sencilla de sentirse moralmente superior", ¿por qué no mimar entonces la moral de la gente?

Corbyn debería olvidarse de lo que piensa hacer en el poder o de lo que dice su manifiesto. Tiene que apostarlo todo. Provocar la indignación moral, proponer el desarme nuclear y el fin de las guerras neo-imperiales. Atacar los salarios de los gerentes, los irracionales subsidios a la energía y los proyectos de infraestructura de líderes vanidosos. Pedir la renta universal, la reforma de las prisiones y la legalización de los drogas. Sensata o no, la lista se puede hacer perfectamente. Pero en las elecciones es raro escuchar las ideas radicales porque los políticos tienen miedo a asustar a los caballos que tiran del centro. Lo único que nos dan son estadísticas sobre policías, enfermeras y escuelas.

Mi impresión es que Corbyn es apasionado y cree en lo que dice. Son los nuevos blairistas de su propio partido los que desaprueban su pasión. No me interesa saber qué haría el laborismo "si llegase al poder", porque incluso si llega es poco probable que lo haga. Pero sí me gustaría saber cuáles son las fuerzas que mueven a su líder, qué le importa, cuál sería su respuesta ante determinados acontecimientos. Me gustaría que Corbyn piense lo que no se puede pensar.

Sólo hay que recordar a aquel simpatizante de Trump en desacuerdo con todo lo que el republicano decía. "Es uno de los míos", dijo. Ríanse o acéptenlo, pero estas son las personas que hoy están ganando las elecciones. Corbyn debería darle con todo y mostrarnos quién es de los suyos.

Traducido por Francisco de Zárate
Fuente: eldiario.es

lunes, 27 de marzo de 2017

MARIANO EL EUROPEO, UNA HISTORIA DE HOY PARA HOY



En medio de los fastos bastante acartonados de este cumpleaños del artefacto de Bruselas, que deberían haberse celebrado en esa ciudad y no en la vieja y encantadora Roma, que trae a la memoria cosas más hermosas que las cotizaciones del euro. Hay un jefe de gobierno, que parece el último mohicano, de la desprestigiada Unión Europea. Cuándo hasta el propio presidente de la Comisión, reconoce las enormes quiebras del aparato, cuándo conspicuos adalides del europeísmo oficial agachan la cabeza con pudor y reconocen, que el proyecto no ha cumplido las expectativas que en algún momento suscitó, tras los fuegos artificiales de 1957, don Mariano Rajoy Brey sale a la palestra a defender con ardor algo que los españoles niegan con gran ostentación al abstenerse en las votaciones a los candidatos al Parlamento Europeo. Don Mariano con su entusiasmo, pone de manifiesto la gran mutación de la derecha española, convertida a un liberalismo fervoroso cuando era tradición inveterada que el español cabal, no debía apoyar al liberalismo, excomulgado por el papa Pío Nono en aquel documento llamado SYLABUS.
Los que un día se formaron como católicos con la doctrina del famoso Catecismo del padre Ripalda, recodarán que el librito decía que la lectura del periódico “El liberal”  ERA PECADO MORTAL. Tras la guerra civil y en los primeros años del Régimen, lo liberal era algo nefasto para la España eterna, LUZ DE TRENTO Y MARTILLO DE HEREJES.
Pero la derrota alemana de 1945, disolvió en el olvido los ya escasos perfumes falangistas que quedaban en el franquismo. Tras el Plan de Estabilización de 1959 y la entronización del Gobierno de los llamados TECNÓCRATAS DE 1962, la Economía eclipsó poco a poco a la Política y los Gobernadores del Banco de España iban mandando cada vez más.
En la nueva etapa de la Transición, lo de Europa era un verdadero mantra, había que entrar al Mercado Común, cosa que logró Felipe González el primero de enero de 1986, consagrando la muy callada pertenencia a la OTAN.
El Liberalismo militante del PSOE hizo que las élites económicas olvidasen los residuos del derechismo tradicional,  si es que algunos subsistían aún, la izquierda era y es muy débil y la GRAN COALICIÓN gobierna sin problemas,  de modo que Rajoy hablando en nombre del IBEX 35, debe alejarse de los movimientos euroescépticos que proliferan por Europa, aquí no puede haber BREXIT ni se ven las CINCO ESTRELLAS italianas, en España con muchos parados y gran parte de la población amenazada por la pobreza, se impone sin  rechistar la ortodoxia liberal de Bruselas que da de comer al empresariado y a muchos ex políticos que en ese cementerio de elefantes de la capital belga o de Estrasburgo encuentran retiros dorados. Este Presidente está muy comprometido con el amplio elenco de gentes enganchadas al maná europeo, no se puede ni se debe poner en du[JRMG1] da la   archivenerada ESTABILIDAD y la muy citada RESPONABILIDAD que el de Pontevedra saca a colación, para recriminar a los díscolos estibadores y a los parlamentarios, que han tumbado su muy europeo real decreto de liberalización de los puertos españoles. Con Portugal por la izquierda, Inglaterra en su BREXIT y con una Francia que puede dar la sorpresa en mayo, el Partido Popular, hablando en nombre de quienes habla, no tiene otra opción coherente que defender con uñas y dientes el montaje que patrocinan todos los sectores financieros del continente. Las derechas extrañas de DONALD TRUMP y del Frente Nacional de le Pen, no son el camino llamado racional que los economistas avalan,  son de derechas sin duda,  pero con demasiados componentes no estrictamente económicos y eso alarma mucho a los mercados, cuya  tranquilidad les quita el sueño a todos los liberales,  desde doña Esperanza Aguirre hasta al mismo Rajoy,  gentes de orden que leen con mucha atención las noticias cuantificadas de las Bolsas, santo y seña de esas mitificadas clases medias que en España van siendo cada día más pequeñas. En Inglaterra, de repente, surgieron grupos sociales que no se creían clases medias y votaron por el NO A BRUSELAS; en España las clases no medias tiene bastante con eso de llegar a fin de mes y todavía esperan que el tono europeo de Mariano les alivie su marasmo. MARIANO DEBE DEFENDER A SUS CREYENTES

Jose Ramón Montes,  Gatonegro.


sábado, 10 de diciembre de 2016

La élite europea labra su propia muerte

Marine Le Pen (Frente Nacional) en una imagen de archivo. EFE

De la elección de Francoise Fillon por la derecha francesa al referéndum italiano y las elecciones austríacas, el centrismo europeo vive ajeno a su propia crisis existencial. Puede que quiera desempolvar su copia de La muerte en Venecia, de Thomas Mann

Paul Mason  


“Buenas noticias para Europa”, destaca el análisis en su primera línea. Si te digo que es un análisis de un banco de inversiones que defendió la austeridad de la eurozona hasta el final, puedes suponer cuál es la buena noticia. Sí,  François Fillon (el Thatcher francés) se consolida para una segunda vuelta contra Marine Le Pen (la Mussolini francesa) en las elecciones presidenciales del año que viene.

¿Qué noticia podría ser mejor para la comunidad bancaria inversora que tener obligados a todos los votantes no fascistas, de izquierda, centro y derecha, a votar por un político que quiere recortar el Estado de bienestar, despedir a los trabajadores y alargar la jornada laboral?

Berenberg, el banco privado alemán del que salió este análisis, no pudo esperar a celebrar el éxito de Fillon en las primarias. “Por suerte, el 2017 será más una oportunidad que un riesgo”, aseguró a sus clientes el economista jefe del banco, Holger Schmieding.

El gobierno de Fillon tiene la “oportunidad”, sin una oposición socialista creíble, de llevar a cabo medidas a favor del crecimiento económico: atacando los salarios, las jornadas laborales y el Estado de bienestar y enriqueciendo a la gente que guardaba el equivalente a 37.700 millones de euros en el banco privado. Es sintomático del inmenso error de cálculo que está cometiendo la élite europea.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, declaró a un periódico austríaco el pasado domingo que n o habría tregua en los esfuerzos por convertir Europa en una federación; sin posibilidad de darse de baja de la economía de estancamiento impuesta y administrada por Bruselas.

El próximo domingo veremos si la estrategia de 'doble o nada' del centrismo europeo da sus frutos. En Austria, donde el populista de extrema derecha Norbert Hofer está igualado con el candidato del Partido Verde  en la repetición de las elecciones a la presidencia —un puesto ceremonial—, la izquierda y el centro están intentando frenéticamente movilizar a los votantes de clase trabajadora leales a sus partidos. Puede que fracasen.

En Italia, el mismo día, el gobierno de centro izquierda parece preparado a perder un referéndum diseñado para reforzar el poder del ejecutivo sobre el Parlamento. Si el mercado financiero cae por la dimisión del primer ministro, Matteo Renzi, y Europa impone un plan de rescate bancario que asalte los ahorros de la gente de la calle, se podría llegar tanto a una crisis bancaria interna como a una crisis de la eurozona para Navidad.

Para completar este patrón de tozuda estupidez, el Fondo Monetario Internacional (FMI), de acuerdo con fuentes gubernamentales griegas, optó esta semana por presionar a Grecia con más recortes todavía en el gasto público, bajo la amenaza, de nuevo, del desplome forzoso del sistema bancario. Ajeno a los asaltos neonazis en los campos de refugiados en las islas griegas, el FMI en Washington, igual que la Comisión y el Banco Central Europeo, solo es capaz de ver normas y hojas de balances económicos.

La tolerancia existe porque la gente deja su nacionalidad y religión en la puerta. Ahora, la política y la nacionalidad han empezado a llamar fuerte a la puerta y de momento han producido, principalmente, parálisis y miedo
Parece, en resumen, que la élite de centro europea ha desarrollado un deseo de muerte. Y una vez que uno entiende la cultura europea, esta posibilidad macabra no es tan inverosímil.

En la novela La Muerte en Venecia (1912),  Thomas Mann describe el deseo de muerte de la cultura europea cosmopolita a través de la obsesión amorosa de un anciano enfermo. El protagonista, Aschenbach, se registra en un hotel cosmopolita en una Venecia con una epidemia de cólera para cumplir su deseo de morir. De hecho, escribiendo dos años antes de que muriese realmente el cosmopolitismo, Mann ya estaba al tanto de las razones por las que este podría morir.

En la novela, las autoridades de la ciudad niegan la existencia de una epidemia de cólera y, haciéndolo, crean las condiciones para que se extienda. La novela, a menudo interpretada como una parábola sobre el amor y el fracaso, trata explícitamente la capacidad de autodestrucción de lo que Mann llamó “el alma de Europa”. La ambientación de Mann en esta y otras novelas —en el hotel en la isla Lido (Venecia) y en un manicomio suizo— enfatiza la fragilidad de una cultura transnacional cuando estallan las crisis.

Para Mann, el mundo multicultural del lobby del hotel, cuidadosamente elaborado, —donde los polacos hablan francés, los italianos siguen a la moda parisina y la orquesta toca una selección de la opereta húngara— es un espejismo frágil. Cuando una sola pieza se rompe, todo se acaba.

Hoy, nuestro multiculturalismo no es tan frágil como en la Belle Époque. Las libertades del espacio Schengen son reales, por lo menos para los blancos. El programa Erasmus, el proyecto europeo de intercambio de estudiantes, ha entrecruzado  las vidas de más de tres millones de estudiantes. Junto con el valioso programa “ciudad de cultura”, los jóvenes europeos han estado creando algo auténtico: en la escena artística de Berlín, en festivales musicales como el de Benicàssim en España y en la noche salvaje del Belgrado contemporáneo.

Pero incluso esta cultura de globalización enraizada en la sociedad europea es rompible con el empeño necesario —porque solo puede existir en un espacio aislado de la política—. En el típico bar europeo, playa o cafetería, la tolerancia existe porque la gente formada deja su nacionalidad y religión en la puerta. La suposición entre los jóvenes, implícita pero fuerte, es que la política es una estupidez y que no importa.

Ahora, la política y la nacionalidad han empezado a llamar fuerte a la puerta. De momento han producido, principalmente, parálisis y miedo.

Cuando pregunté en septiembre a los jóvenes que conocí en Ferrara, al norte de Italia, cómo responderían a la nueva ola xenófoba, muchos mencionaron el genuino clandestino — un movimiento de regreso a la tierra que aboga por la desconexión con la economía oficial como estrategia de supervivencia contra la austeridad.

“ Se acabó, es imposible, la derecha ha ganado”, son respuestas que escucharás entre los jóvenes de cualquier lugar una vez que dejas de preguntar a los activistas y escuchas a los jóvenes de pueblos pequeños que consumen su juventud en el cuarto de invitados de su abuela.

Así que Fillon contra Le Pen no son “buenas noticias para Europa”. Tampoco la promesa de Junker de doblar la apuesta a todos los errores que nos han traído a esta situación; tampoco la insistencia del FMI en que Grecia destroce su democracia un poco más; tampoco la decisión de Renzi de jugar a todo o nada con el sistema bancario italiano.

Esto ya no es una élite transnacional y segura disfrutando las famosas descripciones de  Samuel Huntington de los gobiernos nacionales como “residuos del pasado cuya única función útil es facilitar la acción de la élite global”. Ahora se enfrentan a un movimiento internacional de extrema derecha: Trump, Farage, la gente de Breitbart. Cuya coherencia crece al ritmo que decrece la de los globalistas.

Podemos pararlo; pero solo si rechazamos la demanda incesante de austeridad, privatización, jornadas más largas, salarios más bajos y el robo del futuro a una generación más joven. Esa es la razón por la que el centro izquierda, en el breve plazo disponible, debe encontrar a alguien mejor que Fillon para el pueblo francés.

Traducido por Javier Biosca Azcoiti
Fuente: eldiario.es - theguardian

lunes, 14 de noviembre de 2016

Trump, el preferido de Clinton




Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Es difícil añadir nada nuevo a algunos de los excelentes análisis que desde la izquierda se vienen haciendo estos días en torno al triunfo de Trump en las elecciones estadounidenses del pasado martes; nada, desde luego, al marco interpretativo general, orientado a tratar de entender -y no a despreciar- los motivos del votante republicano. Me gustaría sólo recordar algunos datos muy elementales para desplazar la mirada hacia arriba, lejos de las urnas, en dirección al lugar que ocupan los candidatos, ese lugar donde -en EEUU y en Europa- se están produciendo los verdaderos cambios.Recordemos, por ejemplo, que el 37% del ya reducido censo electoral estadounidense no ha votado.
Que Trump ha ganado el voto electoral pero no el popular; es decir, que va a ser presidente de los EEUU con menos votos que su rival.
Que Trump ha obtenido menos votos que otros candidatos republicanos derrotados en comicios anteriores. Pensemos, por ejemplo, en los casos de McCaine en 2008 y de Romney en 2012.
Que la mayor parte de los votantes ha votado a uno de los dos partidos tradicionales en un país donde sólo formalmente es posible llegar a la Casa Blanca desde fuera del bipartidismo centenario dominante. Que Trump era, por tanto, el candidato de los republicanos como Clinton la candidata de los demócratas y que gran parte del voto estadounidense va rutinariamente destinado a una de las dos marcas, con independencia de quién las represente.
Que no es cierto -o no del todo- que el voto a Trump refleje una “revuelta de los pobres”. Según las estadísticas, del 17% de votantes cuyos ingresos son inferiores a 30.000 dólares, el 53% habría votado a Clinton y sólo el 41% a Trump; una distribución muy parecida se registra en la franja de población (19%) con ingresos inferiores a 50.000 dólares. Trump gana precisamente en todos los tramos económicos superiores, donde el resultado, por lo demás, es muy equilibrado. Gana también entre los blancos, hombres y mujeres (63% y 53% respectivamente), mientras pierde entre los no blancos, cuyas condiciones sociales son menos favorables (sólo han votado republicano un 12% de negros y un 35% de latinos, algunos más, en todo caso, que en las elecciones ganadas por Obama). Si hay una “revuelta” es la de los blancos trabajadores pobres de zonas rurales, “revuelta” que, más que autorizar una lectura tradicional de “clase”, expresa una fractura cultural no desdeñable -dirá la socióloga Arlie Rusell Hochschild– entre la derecha pobre estadounidense y el Estado del que depende. En un libro de título muy elocuente (Extranjeros en su propia tierra: ira y luto en la derecha americanaHochschild describe con detalle la situación en Louisiana, donde los blancos más castigados por la crisis, beneficiarios de subsidios estatales, se sienten despreciados por las clases urbanas liberales, también blancas, que les habrían cortado el acceso al “sueño americano” (en favor de los negros o los latinos) y además condenarían sus relaciones familiares, sus creencias religiosas y hasta su forma de comer.
Digamos, por tanto, que la crisis, y la respuesta de los poderosos, ha agravado una fractura cultural ya existente que no ha afectado, sin embargo, al sistema de partidos ni a la distribución del voto. La lección que yo extraería de la victoria de Trump -y de la extensión del destropopulismo en el mundo entero- no es la de que los trabajadores y clases medias empobrecidas prefieren el fascismo; lo que se ha desplazado hacia la derecha no es el electorado sino los dirigentes y sus partidos. Podemos afirmar sin vacilaciones que en las elecciones del pasado martes, en el marco intocado del bipartidismo, cada uno de los candidatos representaba, respecto del año 2012, la derechización extrema de sus respectivas organizaciones, con la diferencia de que, mientras Clinton había cerrado toda apertura por la izquierda y representaba a las élites blancas y al establishment capitalista, Trump representaba un paradójico -dice muy bien Amador Fernández-Savater– “elitismo anti-elitista, un sistema anti-sistema y un capitalismo anti-capitalista”. Mientras el votante de izquierdas se quedaba sin representación o derechizaba su voto como mal menor, el votante republicano se radicalizaba y hasta giraba hacia la izquierda votando una propuesta que combinaba ataques a los ganglios económicos y simbólicos del sistema con una reivindicación orgullosa de la cultura material de los blancos más pobres, despreciada por los demócratas. Sólo Bernie Sanders, el candidato demócrata derrotado en primarias, se ha mostrado plenamente consciente de este doble frente -social y cultural- como lo demuestra su comunicado del pasado miércoles, en el que escribe que “en la medida en que Trump esté dispuesto a tomar medidas políticas en favor de las familias trabajadoras de este país, yo y otros progresistas estamos preparados para trabajar con él; en la medida en que defienda políticas racistas, sexistas, xenófobas y anti-ecológicas, nos tendrá vigorosamente en contra”.
¿Quién es el último responsable de la victoria de Trump? Hay motivos fundados para creer que, en el contexto descrito, sólo Sanders podía haber presentado verdaderamente batalla con alguna garantía de éxito. Y que son los liberales blancos del partido demócrata -no menos racistas, por cierto, y más clasistas- los que, entre Sanders y Trump, han preferido al chiflado, autoritario, machista y xenófobo candidato republicano. La citada Arlie Rusell Hochschild es tajante sobre la responsabilidad de los dirigentes progresistas: “El Partido Demócrata, el partido de los trabajadores, se está desangrando. La gente trabajadora abandona el partido en masa, haciendo que sea la izquierda la que se convierte en extranjera en su propia tierra. [Los votantes de Trump] no son en absoluto deplorables, como declaró Clinton. Son sus aliados naturales. Muchos sienten simpatía por Bernie Sanders, a quien llaman, con afecto, “tío Bernie”. De hecho ya estamos de acuerdo en muchas cosas. La pelota está en el tejado de los demócratas. El error es suyo: han abandonado a la clase trabajadora”.
Esta “opción por el mal mayor” de los partidos “demócratas”, que ya hemos visto otras veces antes a lo largo de la historia, es un fenómeno común que hoy se extiende por Europa. ¿Por qué gana terreno Le Pen en Francia mientras el PSF se desploma? ¿Por qué gana el Brexit en Inglaterra? ¿Por qué la socialdemocracia se disuelve como un azucarillo mientras avanza irresistible la ultraderecha? Más allá o más acá de una izquierda autocomplacida en la derrota y desamarrada de la “cultura de los pobres”, la culpa es de unos partidos, unos intelectuales y unos medios de comunicación que abren camino a todos los Trump del continente cerrando el paso a quienes podrían frenarlos. Lo explica muy bien el conocido sociólogo italiano Marco d’Eramo: “nunca habrá un plan B si sigue prevaleciendo el relato según el cual toda forma de disidencia, de descontento popular y de voluntad de cambio es catalogada bajo el sello de “populista”. [En EEUU] la partida estaba ya jugada desde el momento en que los gestores de la opinión pública habían equiparado a Sanders y a Trump bajo la etiqueta “populista”, olvidando que la distancia entre los dos es intergaláctica: uno quería el servicio sanitario nacional, el otro quería suprimir el Obama Care; uno quería imponer tasas a los bancos, el otro abolir los impuestos, uno reducir los gastos militares y el otro construir un muro en la frontera de México”. Uno, añadiría yo, quería recuperar y profundizar la democracia; el otro sacrificarla a un proyecto ideológico autoritario, discriminatorio y medieval.
Nuestros políticos y periodistas mainstream optan una vez más por “el mal mayor”. El caso de España es ejemplar. Es el único país de Europa donde existe una alternativa pujante a la ultraderecha; el único país donde el malestar frente a la crisis y la clase política ha adoptado una forma democrática; el único país donde puede apoyarse institucionalmente un dique europeo frente al fascismo. Ayer en estas mismas páginas Carlos Fernández Liria escribía un magnífico artículo en el que recordaba lo que representan Podemos y las fuerzas del cambio, así como la responsabilidad de nuestros medios de comunicación (y nuestros opinadores) en su debilitamiento y criminalización. Cada vez que se califica a Podemos de “populista”, equiparando a Pablo Iglesias con Trump o Le Pen, se toma en realidad partido por Trump o Le Pen -se trabaja en favor de un Trump o un Le Pen- y ello frente al único proyecto factible que, con todos sus errores y hasta sus miserias, no sólo está evitando el trumpismo y el lepenismo en España sino que se toma en serio la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho.
La sola polarización real que existe hoy en el mundo -muerto el comunismo histórico- es la que existe entre democracia plena y dictadura(s), entre civilización y barbarie, entre derecho(s) e intemperie. El caso de EEUU debería enseñarnos lo que ocurre cuando las élites abandonan a los pueblos y desplazan a un Sanders en favor de una Clinton: que los Clinton y sus partidarios, con la democracia que no han querido defender, son devorados por el fascismo.
(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.
Fuente original: https://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/11/11/trump-el-preferido-de-clinton/9290
Fuente: Rebelión

jueves, 10 de noviembre de 2016

No te agobies, España, pero puede que el futuro de Europa dependa de ti


"Pedro Sánchez fue depuesto por un golpe de su propio partido, destinado a asegurar la abstención del PSOE en el Parlamento para permitir que Mariano Rajoy volviera al Gobierno". EFE


Los socialdemócratas europeos se están desangrando en múltiples direcciones, con independencia del carácter más o menos progresista o derechista de sus líderes
El PSOE ha iniciado el camino de sus compañeros griegos del PASOK, cuyos votantes naturales se pasaron en masa a Syriza
Si Podemos logra capitalizar el desencanto con los socialistas y los conservadores, serán un ejemplo para toda la izquierda europea; si fracasan, tendrá consecuencias terribles en todo el continente.


Owen Jones  



Con frecuencia, la democracia entra en rumbo de colisión con las élites económicas, y no siempre de forma sutil. La situación actual de España es un buen ejemplo. Pedro Sánchez, líder de los socialistas españoles, fue depuesto el mes pasado por un golpe de su propio partido, destinado a asegurar la abstención del PSOE en el Parlamento para permitir que el conservador Mariano Rajoy volviera al Gobierno.

Muchos de los votantes tradicionales del PSOE lo consideraron una traición. Para ellos, el Partido Popular de Rajoy no es más que el ala política de una élite inescrupulosa, corrupta y de derechas. Sin embargo, las revelaciones posteriores de Sánchez dejaron al descubierto las maniobras de importantes grupos de poder.

Tras dos elecciones marcadas por el colapso del bipartidismo y la imposibilidad de formar una mayoría parlamentaria estable, Sánchez intentó un gobierno de la izquierda al estilo del portugués. Pretendía gobernar con Podemos (un partido nuevo, sugido de los movimientos de protesta contra los recortes que han devastado la sociedad española) y conseguir el apoyo de los nacionalistas catalanes.

Pero esta misma semana Sánchez reveló que un grupo de corporaciones –entre las que están varios bancos y el gigante español de telecomunicaciones, Telefónica– sabotearon su plan. Si no permitía otro gobierno de Rajoy o no aceptaba la convocatoria de otras elecciones, organizarían una feroz campaña contra él a través de uno de sus diarios, El País, el periódico más importante de España. Sencillamente, no iban a tolerar una coalición con Podemos. Era una intervención directa de poderes fácticos para impedir la formación de un Gobierno progresista.

"Sánchez ha reconocido las presiones de la oligarquía, y que cometió un error al no buscar un acuerdo con nosotros", aseguró Pablo Iglesias, líder de Podemos. Y ciertamente, Sánchez tiene motivos para arrepentirse: intentó formar una alianza con otro de los beneficiarios de la implosión del bipartidismo, Ciudadanos, un partido de centro derecha, pero solo fue un ardid. Pidió a Podemos que apoyara dicha alianza, aunque sabía que rechazaría el ofrecimiento porque implicaba renunciar a una política económica de izquierdas. No era nada más que una forma de culpar a Podemos de la posible vuelta de Rajoy al poder.

"Organizarían una feroz campaña contra él a través de uno de sus diarios, El País, el periódico más importante de España. Sencillamente, no iban a tolerar una coalición con Podemos. Era una intervención directa de poderes fácticos para impedir la formación de un Gobierno progresista"
Los socialistas españoles se encuentran ahora en una situación terrible. Sus bases están en rebeldía, y los triunfantes conservadores pueden utilizar la amenaza de nuevas elecciones, de las que el PSOE saldría mal parado, para que apoyen unos presupuestos reaccionarios. Los socialistas han iniciado el camino de sus compañeros griegos del PASOK, cuyos votantes naturales se pasaron en masa a Syriza. Además, los socialistas catalanes están tan descontentos con la jefatura del PSOE que hasta se podría producir una escisión, y Podemos se ha encontrado de repente con la posibilidad de presentarse como la única oposición real; pero eso no es un consuelo para las bases de Podemos, que se pueden ver obligadas a sufrir varios años más de un gobierno conservador del que pretendían liberarse.

La situación de España arroja luz sobre sucesos que están mucho más allá de sus fronteras. En Gran Bretaña, la oposición interna a Jeremy Corbyn señala legítimamente el hundimiento de los laboristas en las encuestas, aunque sus resultados son mejores que los de la mayoría de los partidos socialdemócratas del otro lado del Canal, lo cual dice bastante del estado de la socialdemocracia europea.

En 1997, cuando Tony Blair obtuvo su mayor victoria electoral, los socialdemócratas dominaban todo el continente, desde Alemania, Francia e Italia hasta los países escandinavos. Hoy, los partidos socialdemócratas sufren una hemorragia constante en favor de la nueva izquierda, la derecha populista y el nacionalismo cívico. Puede que los socialdemócratas alemanes sigan comprometidos con las políticas de la "tercera vía" que algunos laboristas quieren recuperar, pero languiceden con el 22% de los votos, según el último sondeo.

Entre tanto, el Frente Nacional podría superar al Partido Socialista Francés en la primera ronda de las elecciones presidenciales del año que viene; los socialdemócratas suecos se aferran al poder por los pelos mientras sus aliados nórdicos lo pierden y, a pesar de que el centroizquierda italiano sea una excepción, está en situación precaria y amenazado por el asenso del populista M5S.

Pablo Iglesias participa el viernes en Mérida en un acto público en el marco de la iniciativa 'Vamos!'



Los socialdemócratas europeos se están desangrando en múltiples direcciones, con independencia del carácter más o menos progresista o derechista de sus líderes. Sus bases se han fragmentado entre votantes jóvenes y viejos, universitarios y obreros, hostiles a la inmigración y favorables a ella. La guerra destatada entre el centroizquierda y la izquierda radical europea oculta con demasiada frecuencia una verdad incómoda: que ninguna de las dos ha ofrecido hasta ahora una solución convincente para dichas fracturas ni una forma viable de organizar una coalición electoral que pueda alcanzar el poder.

Podemos está ahora ante un dilema, y su decisión tendrá repercusiones en toda Europa. A fin de cuentas, Podemos surgió de la frustración ante las élites. Hace cinco años, millones de españoles –hartos de  un poder político decidido a pasarles la factura de una crisis que ellos no habían provocado– se movilizaron por todo el país. Sin los 'indignados', Podemos y sus aliados no se habrían convertido jamás en un partido de masas. Podemos tiene mucho que enseñar a otras izquierdas europeas sobre la forma de comunicarse fuera de las zonas tradicionales de confort; pero sus resultados en las elecciones de junio fueron decepcionantes: esperaban superar al PSOE y convertirse en el segundo partido, y sufrieron el trauma del fracaso.

También han estado por debajo de lo que anunciaban los sondeos en las elecciones locales posteriores. El partido se ha sumido en un profundo examen de conciencia, e intenta encontrar el modo de democratizar sus estructuras para volver a conectar con los movimientos sociales de los que surgió.

Si Podemos logra capitalizar el desencanto con los socialistas y los conservadores, serán un ejemplo para toda la izquierda europea; si fracasan, tendrá consecuencias terribles en todo el continente. El populismo de derechas está en plena ofensiva, y ha hecho grandes avances en comunidades de trabajadores que tradicionalmente optaban por la izquierda. Si el descontento sigue creciendo en el mundo occidental, o si se produce otra crisis, la derecha populista estará en una posición perfecta para hacerse con el poder.

El viejo modelo socialdemócrata se está derrumbando, y no hay garantía de que las fuerzas progresistas puedan llenar el vacío que deja. En Polonia, la izquierda ha dejado de existir: la política se convertido en un debate entre liberales conservadores como David Cameron y populistas de derecha. Si la izquierda fracasa, Europa podía caer en un proceso de polonización.

No te agobies, España; pero puede que el futuro del continente dependa de ti.

Fuente: theguardian - diario.es

En francés "Trump" se dice "Le Pen"

Marine Le Pen


Rafael Poch
La Vanguardia


La victoria de peor contra malo siembra la incertidumbre en Francia y Europa. La pregunta es si el triunfo de un producto bastardo de la degeneración política en Estados Unidos es extrapolable a su homólogo francés. De momento es casi seguro que la Señora Le Pen estará en la segunda vuelta de las presidenciales francesas del próximo mayo.

Trump se dice en francés, «Le Pen». Esa es la traducción literaria del oprobio y la vergüenza. Su victoria en Estados Unidos, ¿tiene una traducción directa al francés? ¿En las presidenciales del próximo mayo? Hasta ahora el ascenso del ultraderechista Frente Nacional en Francia ha sido contenido por el mayor peso de la alergia que tal fuerza política suscita en una mayoría de franceses, pero ¿tiene ese factor alergia fecha de caducidad? ¿La erosiona y anula lo que ha pasado en Estados Unidos?
“Después del Brexit y de esta elección ya todo es posible, todo un mundo se está hundiendo ante nuestros ojos, un vértigo”, tweeteaba sobre las siete de la mañana el embajador de Francia en Estados Unidos, Gérard Araud. Una hora después, mientras el ministro de exteriores francés observaba que si Trump ganaba, Francia le felicitaría y trabajaría con Estados Unidos, el mensaje del embajador era borrado de la red.

A aquella misma hora, las 7:20 la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, era la primera en felicitar a Trump: “Felicidades al nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump y al pueblo americano libre”. “Por segunda vez después del Brexit, el pueblo no se deja dictar su opción por una oligarquía”, abundaba tres minutos después el segundo del partido, Florian Philippot.

En lo que tienen de reacción “antisistema” y de “socialismo de los tontos”, como alguien calificó en su día al antisemitismo -hoy aplicable al ultraderechismo- los Trump y Le Pen son productos bastardos de la degeneración de las democracias occidentales. Democracias de baja intensidad erosionadas por su fundamento oligárquico, por el miedo, la inseguridad, la guerra y la desigualdad.

El sistema político francés “funciona cada vez peor” declaran el 77% de los franceses en una encuesta publicada esta semana. Seis de cada siete consideran que, “las elecciones no cambian nada”.

Dado que tal proceso de degeneración continúa viento en popa, tanto en Estados Unidos como en Europa, no hay ninguna garantía de que los productos bastardos no acaben imponiéndose a largo plazo contribuyendo así a la propia degeneración de la que son resultado.

Así lo ven muchos observadores en Francia, donde pocos son los que descartan por absurda que la fórmula Le Pen termine venciendo por la suma del agotamiento, el aburrimiento, el desencanto y la abstención. De momento es casi seguro que la Señora Le Pen estará en la segunda vuelta de las presidenciales francesas del próximo mayo. En cierto sentido no se trata solo de un peligro futuro, sino de una tendencia presente, porque elementos del discurso lepenista ya comienzan a adquirir rango de respetabilidad al haberse instalado en el centro mismo del discurso político del establishment francés.

Nicolas Sarkozy intenta arrebatarle banderas al Frente Nacional para afirmarse como candidato líder de la derecha y hasta el maltrecho presidente “socialista”, François Hollande, intentó lanzar sus guiños con su malograda propuesta de desposeer de la nacionalidad francesa a los binacionales implicados en terrorismo. Y quien dice Francia, dice Europa y el mundo occidental en general.

En política exterior, la simple realidad es que nadie, ni siquiera el propio Trump, sabe lo que el nuevo presidente hará. “No tiene competencias, no sabe qué hará en el conflicto israelo-palestino, ni con Irán… afirma la voluntad de la fuerza, una postura de tipo mussoliniano, como él mismo explicó al principio de campaña al decir en un tweet que Mussolini era un buen tipo”, dice Philip Golub, especialista de la Universidad Americana de París. “Al llegar al poder se encontrará con la interdependencia compleja que da a Estados Unidos su preponderancia mundial: las instituciones moderarán seguramente su postura”, aventura este experto.

Lo que está claro es que Estados Unidos ya no dispone de las palancas y resortes para actuar en el mundo con la holgura que antes tenía y que en el contexto de los Imperios Combatientes apenas puede aspirar a una gestión del caos. ¿Será prudente o profundizará ese caos como hizo George W. Bush? ¿Qué pasará en materia de cambio global? “No podrá poner en cuestión la conferencia de París sobre calentamiento”, ha dicho esta mañana la ministra de medio ambiente francesa, Ségoléne Royal. Ni siquiera eso es seguro. ¿Y en Europa?

Con la necia colaboración de la Unión Europea, aquí se está incubando una nueva guerra fría, tanto más absurda en cuanto que ya ni siquiera hay diferencias entre los sistemas socioeconómicos de las potencias implicadas, es decir Rusia y las potencias de la OTAN. Una dinámica tanto más peligrosa, porque la actual escalada está teniendo lugar en ausencia del tejido de acuerdos en materia de armas nucleares que regía mal que bien las relaciones de la guerra fría y ante una considerable indiferencia informativa y ciudadana.

La previsión era que todo eso empeorara con la Clinton, dice Diana Johnstone, una brillante observadora americana residente en París, autora de un magnífico libro sobre Clinton, La Reine du Chaos (La reina del caos). “Ella era el partido de la guerra”, dice. ¿Los guiños de Trump a Putin, cambiarán ahora algo este desatino?

Son preguntas sin respuesta. “Entre los consejeros de Trump hay algunos integristas cristianos, militaristas, aislacionistas, ahí hay un gran fluido, pero Trump es un autócrata y nadie sabe lo que resultará de todo ello”, dice Golub. En la elección entre malo y peor ha ganado… un ovni.

“Quise conocer América para saber que podíamos esperar o temer de ella”, escribió Alexis de Tocqueville hace 180 años. Nosotros también.

Fuente:​ http://www.lavanguardia.com/internacional/20161109/411716827121/donald-trump-marine-le-pen-presidente-estados-unidos.html ​

sábado, 5 de noviembre de 2016

El autoritarismo de Hungría podría augurar el futuro de Europa

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. / EFE. EFE


Owen Jones
eldiario.es


Hungría está en peligro mortal y su supervivencia determinará el futuro de nuestro maltrecho continente. Este fin de semana, el principal diario de la oposición —imagínense un Guardian húngaro— fue cerrado por sus propietarios tras seis décadas de existencia. Su archivo digital desapareció de la red; se dejó a sus trabajadores fuera de la oficina y no fueron capaces de acceder a sus correos.
Públicamente se ha presentado como una decisión comercial: en la cada vez más represiva sociedad húngara, existe un cinismo generalizado sobre tal argumento. Era un periódico que osó desafiar al gobierno, ya fuese en cuestiones políticas, de corrupción o por sus ataques contra la democracia.
El autoritarismo populista de derechas está barriendo el mundo occidental: Hungría es un ejemplo destacado. Todos sabemos que la historia ha dado un giro después de la crisis financiera de 2008: estamos empezando a ver lo afilado de ese giro. Desde el movimiento independentista escocés a Podemos en España, de Donald Trump al Frente Nacional de Francia y la extrema derecha de Hungría, del ascenso de Bernie Sanders y Jeremy Corbyn a Syriza en Grecia: acaba de empezar una lucha dolorosa por el futuro de Occidente.
El primer ministro húngaro, Viktor Orbán —cuyo partido derechista alcanzó el poder en 2010— lo reconoce. Su principal lección de 2008 es que “los Estados democráticos liberales no pueden seguir siendo globalmente competitivos”. Orbán ha comprometido su gobierno a la construcción de una “democracia no liberal”, y está cumpliendo su palabra.
Otros tienen descripciones más duras. El disidente húngaro Gáspar Miklós Tamás acusa al gobierno de “mearse en el status quo liberal” en favor del “posfascismo”.
El poeta húngaro-británico George Szirtes lo sabe todo sobre represión. Su madre era fotógrafa, su padre, un alto funcionario ministerial y ambos huyeron después de que la Unión Soviética machacase la revolución húngara en 1956. “La democracia húngara está en peligro”, me contó. “Nos dirigimos hacia una situación putiniana”. Como indica Lydia Gall, de Human Rights Watch: “Lo que hemos visto en los últimos seis años es, básicamente, un deterioro continuado del Estado de derecho y de la protección de derechos humanos”.
En 2010 y 2011, Hungría aprobó una serie de leyes que fueron condenadas por Amnistía Internacional como “amenaza al derecho a la libertad de expresión”. Los medios de comunicación húngaros debían registrarse ante una autoridad nacional. La emisora Klubrádió —crítica con el gobierno— se convirtió en una de sus víctimas. A finales de 2011, las autoridades decidieron no conceder la licencia de emisión a Klubrádió, forzándola a una larga batalla, aunque finalmente ganó la emisora.
Este gobierno autoritario ha modificado la Constitución en varias ocasiones: un cambio estableció discriminación contra la comunidad LGTB definiendo la familia como una unidad “basada en el matrimonio de un hombre y una mujer, o una relación por línea de sangre o tutela”. De hecho, a principios de este año, Hungría bloqueó un acuerdo europeo para prevenir la discriminación contra la comunidad LGTB.
Otros cambios han atacado la independencia judicial y las libertades religiosas. Instituciones públicas clave, tales como la oficina del fiscal general y el tribunal constitucional, se han quedado de facto a cargo del partido en el gobierno. “Estas son instituciones que deberían ejercer de vigilantes sobre el gobierno”, señala Gall. Existe una creciente atmósfera de intolerancia en este país, acusando a aquellos que disienten de traidores y cómplices del terrorismo. Peor todavía, uno de los principales partidos de la oposición es Jobbik, un partido antisemita y neofascista con una rama paramilitar.
El papel de Hungría en la crisis de refugiados europea ha sido espantoso, provocando al ministro de Exteriores de Luxemburgo proponer su expulsión de la UE por tratar a los refugiados “peor que los animales”. El año pasado, el país declaró el estado de crisis y construyó una valla con la intención de contener a los refugiados en Serbia. Las gente que ya ha huido de la violencia está siendo supuestamente perseguida por perros y golpeada.
¿Y qué ha hecho la Unión Europea? Hungría es, después de todo, dependiente de la asistencia económica de la Unión. El Artículo 7 del Tratado de la Unión Europea existe para sancionar a los Estados miembros que violen sus normas e incluye la suspensión de sus derechos de voto. La Comisión Europea ha hecho cada vez más difícil reclamarlo y el año pasado el Parlamento Europeo desechó una propuesta para invocar el Artículo 7, o al menos para activar un mecanismo de advertencia.
Cuando el gobierno de Hungría impuso la prejubilación masiva de jueces veteranos en favor de reemplazos más maleables, la Unión Europea tomó medidas —pero solo basándose en la discriminación por edad. Hungría fue multada y forzada a pagar una compensación económica a aquellos afectados— pero aun así logró su objetivo. Un reciente referéndum propuesto por el gobierno para oponerse a los planes de la UE sobre el asentamiento de refugiados, fracasó por la insuficiente participación pero desató una retórica inflamable, racista y xenófoba.
La situación de Hungría tiene ecos alarmantes en la historia de Europa: pero, horriblemente, podría augurar también nuestro futuro. En lugar de sentirse repelidos, una nueva generación —incluidos graduados universitarios— se sienten cada vez más atraídos por la extrema derecha. Polonia también está en manos de una derecha autoritaria que socava la democracia difícilmente ganada en el país. Sin consecuencias significativas, estos gobiernos se sienten cada vez más animados. En Austria, la extrema derecha se acerca al poder; en Francia, se fortalece; en Suecia y otros países, también.
La cura para tales movimientos es una izquierda que ofrezca una alternativa inspiradora y pertinente para las inseguridades y ambiciones del mundo poscrisis. No tenemos eso todavía, pero no es excusa para la apatía. Y nosotros en Gran Bretaña no podemos, engreídos, condenar a Hungría, por supuesto: desde la votación del Brexit, el nacionalismo xenófobo ha desfilado desafiante. Nuestra primera ministra condena a sus rivales políticos por mostrar desprecio al patriotismo; esta semana, tanto el periódico Daily Mail como el Daily Express imprimieron portadas espeluznantes pidiendo condenar a los “Brellorones [llorones del Brexit] antipatriotas” por “conspirar para subvertir la voluntad del pueblo británico” y pidiendo silenciar a “los quejicas de la salida de la Unión Europea”.
Cada vez es más común en la Europa moderna que los oponentes políticos sean retratados como antipatriotas de la quinta columna. La historia de nuestro continente nos cuenta donde puede ir esto a parar. Hungría es quizá el caso más extremo, un concentrado de en lo que se está convirtiendo Europa. Es una advertencia a la que deberíamos atender.

[Fuente: eldiario.es. Traducido por Javier Biosca Azcoiti]

sábado, 29 de octubre de 2016

La influencia de Estados Unidos y la OTAN en las relaciones de la Unión Europea con China



por Manlio Dinucci

Al intervenir en un foro internacional, el geógrafo italiano Manlio Dinucci sintetiza su análisis sobre el arsenal que Estados Unidos ha venido acumulando para imponer su voluntad al mundo. Este trabajo reviste especial importancia ya que esa voluntad claramente asumida de dominación y esa organización unipolar del mundo son precisamente lo que Siria, Rusia y China cuestionan hoy por la vía de las armas.


Entro de inmediato en el quid de la cuestión. Pienso que no podemos hablar de las relaciones entre la Unión Europea y China sin abordar la influencia que Estados Unidos ejerce sobre la Unión Europea, tanto directamente como a través de la OTAN.

Hoy en día, 22 de los 28 países miembros de la Unión Europea (21 de los 27 después de la salida del Reino Unido) son miembros de la OTAN, reconocida por la Unión Europea como «base fundamental de la defensa colectiva». Y la OTAN se halla bajo el mando de Estados Unidos: el Comandante Supremo de las fuerzas de la OTAN es siempre un general estadounidense nombrado directamente por el presidente de Estados Unidos y todos los demás mandos de la OTAN también están en manos de militares estadounidenses. La política exterior y militar de la Unión Europea se ve así fundamentalmente subordinada a la estrategia estadounidense, tras la cual se alinean las principales potencias europeas.

Esa estrategia, claramente enunciada en los documentos oficiales, es trazada en el momento histórico en que la situación mundial cambia como resultado de la desintegración de la URSS. En 1991, la Casa Blanca declara en la National Security Strategy of the United States:

«Estados Unidos queda como el único Estado que dispone de una fuerza, de un alcance y de una influencia en todos los aspectos –político, económico y militar– realmente globales. No existe sustituto del liderazgo estadounidense.»

En 1992, en su Defense Planning Guidance, el Pentágono subraya:

«Nuestro primer objetivo es impedir que cualquier otra potencia domine una región cuyos recursos sean suficientes como para engendrar un poderío mundial. Esas regiones incluyen Europa occidental, el Asia oriental, el territorio de la ex Unión Soviética y el Asia sudoccidental.»

En 2001, en el informe Quadrennial Defense Review –publicado una semana antes de la guerra de Estados Unidos y la OTAN contra Afganistán, área de primera importancia geoestratégica en relación con Rusia y China–, el Pentágono anuncia:

«Existe la posibilidad de que surja en la región un rival militar con una formidable base de recursos. Nuestras fuerzas armadas deben conservar la capacidad de imponer la voluntad de Estados Unidos a cualquier adversario, ya sean Estados o entidades no estatales, cambiando el régimen de un Estado adverso o ocupando un territorio extranjero hasta que se alcancen los objetivos estratégicos estadounidenses.»

En base a esa estrategia, la OTAN –bajo el mando de Estados Unidos– ha emprendido su ofensiva en el frente oriental: luego de haber destruido la Federación Yugoslava mediante la guerra, desde 1999 hasta este momento la OTAN ha abarcado todos los Estados del desaparecido Pacto de Varsovia, 3 Estados de la antigua Yugoslavia, 3 de la antigua URSS y dentro de poco abarcará otros (comenzando por Georgia y Ucrania, esta última ya está de hecho en la OTAN), moviendo bases y fuerzas, incluso nucleares, hacia zonas cada vez más cercanas a Rusia. Al mismo tiempo, en el frente sur, estrechamente vinculado al oriental, la OTAN bajo el mando estadounidense destruyó el Estado libio –también recurriendo a una guerra– y también trata de destruir el Estado en Siria.

Estados Unidos y la OTAN hicieron estallar la crisis ucraniana y, acusando a Rusia de «desestabilizar la seguridad europea», arrastraron Europa a una nueva guerra fría, principalmente por voluntad de Washington –y a expensas de las economías europeas, ampliamente afectadas por sanciones y contrasanciones– para destruir las relaciones económicas y politicas entre Rusia y la Unión Europea, [relaciones] nefastas para los intereses estadounidenses. En esa misma estrategia se inscribe el creciente traslado de fuerzas militares estadounidenses hacia la región Asia/Pacífico, con objetivos antichinos. La US Navy anunció que, en 2020, tendrá concentrado en esa región el 60% de sus fuerzas navales y aereas.

La estrategia estadounidense está enfocada hacia el Mar de China Meridional, cuya importancia subraya el almirante Harris, jefe del PaCom (el mando militar estadounidense para el Pacífico): por ahí transitan anualmente 5 000 millardos [1] de dólares en mercancías por vía marítima, incluyendo un 25% de las ventas mundiales de petróleo y un 50% de las ventas de gas natural.

Estados Unidos quiere controlar esa vía marítima en nombre de lo que el almirante Harris define como una «libertad de navegación fundamental para nuestro modo de vida aquí y en Estados Unidos» y atribuye a China «acciones agresivas en el Mar de China Meridional, similares a las de Rusia en Crimea». Así que la US Navy «patrulla» el Mar de China Meridional.

Tras Estados Unidos llegan las principales potencias europeas: en julio pasado, Francia pidió a la Unión Europea «coordinar el patrullaje naval en el Mar de China Oriental para garantizar una presencia regular y visible en esas aguas ilegalmente reclamadas por China». Y mientras Estados Unidos instala en Corea del Sur sistemas «antimisiles» –pero capaces de lanzar también misiles nucleares, como los instalados contra Rusia en Rumania y próximamente en Polonia, además de los que llevan los navíos de guerra desplegados en el Mediterráneo– el secretario general de la OTAN Jens Stoltenberg recibe el 6 de octubre, en Bruselas, al ministro de Exteriores sudcoreano Yun Byung-se para «fortalecer la asociación de la OTAN con Seúl».

Esos hechos y muchos más demuestran que en Europa y en Asia se está aplicando la misma estrategia. Es el intento desesperado de Estados Unidos y las demás potencias occidentales por conservar la supremacía económica, política y militar en un mundo en plena transición, donde están surgiendo nuevos actores estatales y sociales.

La Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), nacida del acercamiento estratégico entre China y Rusia, dispone de recursos y capacidades de trabajo que pueden convertirla en el área de integración económica más grande del mundo. La organización de Shanghai y los países del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) son capaces, con sus organismos financieros, de tomar en gran parte el lugar que actualmente ocupan el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), dos instituciones que durante los últimos 70 años permitieron a Estados Unidos y las principales potencias occidentales dominar la economía mundial mediante préstamos dignos de usureros a los países endeudados y otros instrumentos financieros. Los nuevos organismos pueden concretar a la vez la desdolarización de los intercambios comerciales, con lo cual privarían a Estados Unidos de la posibilidad de transferir a otros países su propia deuda al imprimir el papel moneda utilizado como divisa internacional dominante.

Para mantener su cada vez más tambaleante supremacía, Estados Unidos no sólo utiliza la fuerza militar sino también otras armas a menudo más eficaces que las armas propriamente dichas.

- Primera arma: los llamados «acuerdos de libre comercio», como la «Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones» (TTIP) con la Unión Europea y la «Asociación Transpacífica» (TPP) cuyo objetivo no es solamente económico sino también geopolítico y geoestratégico. Es por eso que Hillary Clinton califica la asociación Estados Unidos-Unión Europea como el «objetivo estratégico más grande de nuestra alianza transatlántica», proyectando una «OTAN económica» que integraría [la OTAN] política y militar.
El proyecto está claro: formar un bloque político, económico y militar Estados Unidos-Unión Europea, también bajo el mando de Estados Unidos, para oponerlo al área euroasiática en ascenso, que a su vez se basa en la cooperación entre China y Rusia; y oponerlo también a los BRICS, a Irán y a cualquier otro país que se sustraiga al control de Occidente.
Como las negociaciones sobre el TTIP encuentran dificultades para avanzar, a causa de las divergencias en materia de intereses y de una amplia oposición en Europa, actualmente tratan de recurrir al «Acuerdo Económico y Comercial Global» (CETA) entre Canadá y la Unión Europea, que no es otra cosa que un TTIP disimulado ya que Canadá es firmante del NAFTA [2] con Estados Unidos. El CETA será probable firmado por la Unión Europea el próximo 27 de octubre, en ocasión de la visita del primer ministro canadiense a Bruselas.

- Segunda arma: la penetración en los países designados como blancos para desintegrarlos desde adentro.
Se recurre para ello a los puntos débiles que todo país puede presentar: la corrupción, el deseo de ganar dinero, el arribismo político, el secesionismo fomentado por grupos de poder locales, el fanatismo religioso, la vulnerabilidad de las masas ante la demagogia política. Apoyándose también, en ciertos casos, en un descontento popular justificado hacia la conducta del gobierno del país.
Los instrumentos de penetración son las llamadas «organizaciones no gubernamentales» (ONGs) que en realidad obedecen al largo brazo del Departamento de Estado y de la CIA, que con enormes medios financieros han organizado las «revoluciones de colores» en el este de Europa y que también trataron de realizar una operación similar en Hong Kong con la llamada «Revolución de los Paraguas» («Umbrella Révolution»), tendiente a fomentar movimientos similares en otras zonas de China pobladas por minorías.
Esas mismas organizaciones operan en Latinoamérica, fundamentalmente tratando de subvertir las instituciones democráticas en Brasil [país miembro del grupo BRICS], saboteando así a los BRICS desde adentro.
Otro instrumento de la misma estrategia son los grupos terroristas, como los grupos armados e infiltrados en Libia y en Siria para sembrar el caos, contribuyendo a la destrucción de Estados enteros que son al mismo tiempo agredidos desde el exterior.

- Tercera arma: las «PsyOps» (Operaciones psicológicas) que se realizan a través de los canales mediáticos mundiales, operaciones que el Pentágono define de la siguiente manera:
«Operaciones planificadas para influir a través de determinadads informaciones sobre las emociones y motivaciones, y por tanto en el comportamiento de la opinión pública, de organizaciones y gobiernos extranjeros, con el fin de inducir o fortalecer actitudes favorables a los objetivos predeterminados.»
Mediante esas operaciones, que acondicionan a la opinión pública para que acepte la escalada belicista, se presenta a Rusia como responsable de las tensiones en Europa y a China como responsable de las tensiones en Asia, acusándolas simultáneamente de «violaciones de los derechos humanos».
Manlio Dinucci y su esposa, Carla, ante la casa natal de Mao Tse Tung, en 1965.



Permítanme una última consideración. Por haber trabajado en Pekín en los años 1960, donde contribuimos juntos a la publicación de la primera revista china en italiano, puedo decir que viví una experiencia formativa fundamental en el momento en que China –liberada desde hacía apenas 15 años del control colonial, semicolonial y semifeudal– se hallaba completamente aislada y ni Occidente ni las Naciones Unidas la reconocían como Estado soberano.

De aquel periodo quedaron profundamente grabados en mi recuerdo la capacidad de resistencia y la conciencia de aquel pueblo –por entonces 600 millones de personas– inmerso, bajo la dirección del Partido Comunista, en la construcción de una sociedad con bases económicas y culturales totalmente nuevas. Pienso que aquella capacidad es también necesaria hoy en día para que la China de nuestros tiempos, que está desarrollando su enorme potencial, logre resistir ante los nuevos planes imperiales de dominación, contribuyendo con ello a la lucha decisiva por el porvenir de la Humanidad: la lucha por un mundo sin guerras, donde triunfe la paz indisolublemente vinculada a la justicia social.

Manlio Dinucci
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Este artículo reproduce la intervención de Manlio Dinucci en el Foro Europeo 2016 «La “Vía China” y el contexto internacional», realizado en Roma el 15 de octubre de 2016 y organizado conjuntamente por la Academia de Marxismo de la Academia china de Ciencias Sociales y la Asociación Político-cultural Marx XXI.

Red Voltaire
Voltaire, edición Internacional

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «La influencia de Estados Unidos y la OTAN en las relaciones de la Unión Europea con China», por Manlio Dinucci, Red Voltaire , 27 de octubre de 2016, www.voltairenet.org/article193888.html

sábado, 8 de octubre de 2016

El control de la movilidad humana en la Europa prefascista



El referéndum húngaro y un año de políticas europeas xenófobas y segregacionistas
El control de la movilidad humana en la Europa prefascista


Samuel Pulido
Diagonal


El referéndum celebrado el pasado 2 de octubre en Hungría, sobre si el país debía aceptar o no las cuotas de refugiados acordadas por el Consejo de la Unión Europea, contó finalmente con una participación menor de la esperada, un 43,4 % del cuerpo electoral. Apenas un 40% del electorado emitió un voto válido, a pesar de la campaña institucional xenófoba de los últimos meses, por lo que no se superaba el 50% requerido para que la consulta fuera legalmente válida. Eso sí, la inmensa mayoría de quienes votaron lo hicieron a favor del rechazo a la acogida de refugiados, más o menos el equivalente a la suma de quienes votaron por Fidesz y Jobbik en las últimas elecciones. Si en cierto modo puede considerarse un fracaso político del promotor de la consulta, el primer ministro Viktor Orbán, se trataría en todo caso de un fracaso relativo.

La campaña ha servido para que el partido de Orbán, el conservador Fidesz (miembro del Partido Popular Europeo), se asegure un apoyo elevado en las encuestas, a distancia de su competidor directo el ultraderechista Jobbik. Y lo ha hecho además con un discurso abiertamente xenófobo (refugiados, fuera) y anti-UE (o Bruselas o Budapest). Además, sería un error interpretar la abstención de manera unívoca. Entre los abstencionistas hay personas que rechazan la inmigración pero que también se oponen a Orbán por diversos motivos. Y lo cierto es que son minoría quienes en Hungría se movilizan activamente en favor de los refugiados y de una política migratoria más respetuosa con los derechos humanos.
Este contratiempo no va a echar atrás los hechos consumados del gobierno húngaro: vallas de alambradas en las fronteras con los países vecinos, a las que se añade ahora una zona tampón de ocho kilómetros donde la policía puede detener inmigrantes (a menudo con la colaboración de patrullas de militantes ultraderechistas) y realizar “devoluciones en caliente”, criminalización de la inmigración irregular, etc.

Así pues, el alivio que han expresado algunos representantes de la Unión Europea es seguramente prematuro. E hipócrita. Porque ninguno de ellos, al igual que ningún gobierno europeo, cuestiona la premisa de fondo: “ningún otro problema global es más urgente que la migración actual de millones de personas”, en palabras del presidente del Consejo Europeo Donald Tusk. La migración como problema y como amenaza para Europa. Éste es el consenso de mínimos, un año después de que la larga marcha por los Balcanes pusiera en evidencia las carencias de la gobernanza migratoria europea y de que se abriera, por un lapso de tiempo muy breve, una ventana de oportunidad para cambiar de política.

Cuando el 25 de agosto de 2015 Angela Merkel anunció que Alemania procesaría las peticiones de asilo de los más de 140.000 sirios que ya habían llegado a ese país, en lugar de transferirlos al primer país de llegada (Grecia) como exige el denominado “sistema de Dublín”, no lo hizo motivada por un súbito arrebato de filantropía o por consideración con su exprimido socio griego. En realidad, estaba admitiendo que las políticas de asilo y de migración europeas y nacionales estaban siendo desbordadas por el movimiento masivo y paciente de millares de personas que preferían buscarse la vida a respetar normativas fronterizas aprobadas contra ellas. El anuncio de Merkel las animó a continuar, desde luego, pero no fue el “efecto llamada” que desencadenó el movimiento.

Asimismo, al mostrarse dispuesta a admitir 800.000 sirios más (y solo sirios) en un año el gobierno de Angela Merkel emitía varias señales. Primero, que había que efectuar una distinción tajante entre refugiados y migrantes económicos, una segregación celebrada por muchas organizaciones pero que tendrá también consecuencias graves, al dejar en una situación de mayor vulnerabilidad a afganos, iraquíes o paquistaníes. Segundo, que Alemania y la Europa en declive demográfico podían acoger a centenares de miles de personas, tal y como habían hecho Turquía, Líbano o Jordania. Y tercero, que era necesaria una solución europea, por lo que conminaba a sus socios europeos a compartir “la carga” (sic) y a evitar medidas unilaterales (como las adoptadas por la Hungría de Viktor Orbán) que creasen problemas para los países vecinos. Poco después, en septiembre el Consejo de ministros de la UE, a propuesta de la Comisión Europea y tras un acuerdo inicial en el Consejo Europeo de junio, aprobó sucesivamente dos decisiones de reubicación de solicitantes de asilo desde Italia y Grecia, que establecían un reparto entre Estados miembros de manera temporal y excepcional.

Este impulso político alemán no se produjo en un vacío. Se apoyó en un movimiento europeo de solidaridad con los solicitantes de asilo, que por unas semanas acalló las fuerzas más racistas y xenófobas. Sin embargo, la reacción no se hizo esperar. Los sectores más reaccionarios de la CDU-CSU, así como el partido Alternativa para Alemania, criticaron las propuestas de Merkel, mientras los gobiernos de Austria y Hungría --país fundamentalmente de tránsito-- promovían un discurso público antiinmigración explícito y reforzaban las fronteras exteriores Schengen, mediante el despliegue de fuerzas militares y la construcción de vallas de alambradas para filtrar las entradas en unos puestos fronterizos determinados. Además, los países del denominado grupo de Visegrado (República Checa, Eslovaquia, Polonia y Hungría) rechazaron la segunda decisión de reubicación, aprobada en el Consejo por mayoría cualificada. Otros países, como Dinamarca, instauraron controles en las fronteras internas de la UE.

La solución de compromiso se obtuvo en una sucesión de acuerdos consensuados a finales de 2015 y durante el primer semestre de 2016, bajo la presidencia holandesa de la UE. Oficialmente, consiste en una zanahoria y un palo. La zanahoria: los países europeos aplicarían medidas legales de acceso (reubicación, reasentamiento, reunificación familiar) limitadas a quienes tuvieran posibilidades elevadas de conseguir el estatuto de refugiado. El palo: a cambio, había que cortar la llegada de nuevos migrantes y solicitantes de asilo, reforzar la frontera externa de la UE y promover el retorno masivo de personas reducidas a la condición de migrantes irregulares.

Cierre de la ruta
En marzo de 2016 se declaraba el cierre definitivo de la ruta de los Balcanes, a instancias de Austria, y la UE acordaba con Turquía la deportación de los nuevos solicitantes de asilo que llegaran a Grecia desde Turquía, un considerable paquete de ayuda financiera que permitiera mantener a toda esa gente en su territorio y el reasentamiento de refugiados desde ese país a los países de la UE. Un auténtico fraude de ley para sortear la obligación internacional de no devolución de solicitantes de asilo.

Hoy los gobiernos europeos, también el griego, se felicitan del éxito del acuerdo con Turquía, dado que las llegadas a las islas griegas del Mar Egeo se han reducido notablemente, pasando de una media de 1.740 personas al día antes del 20 de marzo a unas 90 personas al día en las últimas semanas. Aunque ahora en dichas islas se hacinen miles de personas en centros de detención. La Unión Europea ha tratado de preservar el acuerdo con Turquía por todos los medios, a pesar de la represión política indiscriminada que siguió al fallido golpe del 15 de julio, y mientras el presidente Recep Tayyip Erdoğan juega sus cartas y presiona para conseguir la liberalización de visados para nacionales turcos lo antes posible.

Otras áreas en las que los gobiernos europeos consideran que se ha “progresado” es en el reforzamiento de la frontera oriental de la UE o la conversión de la agencia Frontex en una Guardia Europea de Fronteras y Costas, con crecientes competencias en los retornos de migrantes. Sin embargo, los gobiernos europeos han venido retrasando deliberadamente la implementación de las medidas de reubicación y de reasentamiento. Es decir, mucho palo y muy poca zanahoria.

Un año después de la provisional apertura alemana, el discurso que impera en las capitales europeas es el del “regreso a Dublín” y el “regreso a Schengen” (por no hablar de la negociación del Brexit). Continúa preocupando la ruta migratoria del Mediterráneo central, pero esta ya no atañe a un país central como Alemania ni involucra a los sirios (que tienen una tasa de reconocimiento de protección internacional del 98%) sino a grupos de personas que en su mayor parte son de origen subsahariano y consideradas como migrantes económicos, esto es, “retornables” con apoyo de políticas condicionadas “de desarrollo”.

En lugar del reconocimiento de las migraciones como un fenómeno humano en la que juegan múltiples motivaciones se consolida una concepción segregacionista, que se articula mediante sistemas de registro e identificación biométrica y en la que las consideraciones humanitarias se reservan para una categoría limitada de migrantes. Asumida la migración como problema, las nuevas derechas radicales, a las puertas de los gobiernos, exigen llevar el razonamiento hasta sus últimas consecuencias.

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/global/31795-control-la-movilidad-humana-la-europa-prefascista.html - Rebelión

viernes, 7 de octubre de 2016

“Alemania destruye su propia dominación porque no se puede salir de la crisis a través del ahorro”

Tomasz Konicz, experto en Europa del Este


Alemania lleva a cabo una guerra en Europa de nuevo, esta vez con métodos económicos. El euro ha servido a la economía alemana a aumentar su superávit comercial a costa de sus vecinos, denuncia el ensayista Tomasz Konicz


Carmela Negrete   - Berlín


Tomasz Konicz es uno de los periodistas y ensayistas que denuncian desde dentro de Alemania la imposición por Berlín de políticas económicas a los demás países de la eurozona. Considera que las reglas del juego en la UE están diseñadas en beneficio de Alemania aunque muchos de sus habitantes también deben ser incluidos en la lista de víctimas.

Sus artículos aparecen en los diarios junge Welt y neues Deutschland. En 2017 se publicará en España su libro Exit. Ideología de la crisis, y estos días presenta en Berlín Colapso del capital.

Escribe en su libro Auge y caída de la Europa alemana (2015) que “Alemania lleva a cabo una guerra de nuevo”. ¿Puede explicar brevemente su tesis?


No es una guerra militar, por supuesto, sino una especie de guerra económica que se traduce en una dominación política. Se pueden trazar paralelos históricos con la década de los 30. En aquellos años se llamaba a esta estrategia "beggar thy neighbour" (arruinar al vecino, en inglés). Y funcionó entonces, así como hoy, basada en el máximo superávit comercial. Con el superávit se exportan al mismo tiempo las deudas, por lo que muchos de los países que tienen deudas tienen déficit. Con el superávit comercial se exporta desindustrialización y paro. La República Federal Alemana ha obtenido en la zona euro un superávit comercial muy fuerte desde que se introdujo el euro.

En la periferia, además, se une a dicha política las crisis propias. No se podría afirmar que en España no hubo corrupción, igual que en Grecia. ¿Dónde empieza la responsabilidad propia y acaba la alemana?


Esa política de arruinar a tu vecino solo funciona naturalmente cuando una de las economías es mas fuerte que la otra. Cuando la productividad es mayor. La corrupción está por todas partes, también en Alemania, solo hay que ver el proyecto del aeropuerto de la capital, que aún continúa sin ser inaugurado porque por cuestiones de malversación se ha construido de una forma desastrosa.

La corrupción es una constante del capitalismo, pero Alemania es el centro económico de Europa, en especial desde que se ha dedicado a precarizar la fuerza de trabajo autóctona. La introducción de la Agenda 2010 hizo que los salarios bajasen de forma masiva. Desde la introducción del euro, los salarios sólo han aumentado de forma marginal. Un masivo dumping salarial ha contribuido a aumentar aun mas dicho superávit comercial. Ha sido una estrategia consciente.

¿Qué rol juegan los acreedores de la deuda?


La ofensiva exportadora alemana ha ido de la mano de las burbujas de deuda en la periferia de Europa, como las de España, Grecia o Irlanda, que suele olvidarse. Estas burbujas hacen posible el endeudamiento. ¿De dónde viene el dinero? Pues del norte. La coyuntura de déficit provoca una circulación de dicho déficit, es decir, que desde el norte viajan las mercancías al sur y desde el sur viajan los títulos de la deuda a los tesoros de los bancos del norte. El norte se beneficia de esa forma vendiendo las mercancías y al mismo tiempo reproduciendo su capital.

Sin embargo, afirma en su libro que este sistema contiene el germen de la caída de la propia Alemania.


La política deflacionaria actual tiene consecuencias devastadoras. En los años 30 vimos las consecuencias de una política similar con el canciller Heinrich Brüning, que ha pasado a la historia como el canciller del hambre, porque llevó a cabo una política muy dura de ahorro. Ello contribuyó al ascenso de los nazis en Alemania. Y esto, de forma parecida, es precisamente lo que tenemos ahora en Europa.

El Ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, impone esa dictadura de la deuda, lo cual exacerba los sentimientos nacionalistas. A través de la política que lleva a cabo Alemania, destruye a medio plazo su propia dominación porque no hay posibilidad de salir de una crisis sistemática a través del ahorro. Es una espiral deflacionaria devastadora, en la cual las medidas de ahorro llevan a que la demanda baje cada vez más. Y ello hace que la crisis de la deuda sea a su vez mayor. Esto es lo que está pasando sobre todo en Grecia.

Si cae la demanda en Europa, ¿no hay otros mercados emergentes para los productos alemanas como Brasil o India?


Eso fue una tesis que duró un tiempo, que estos países serían las nuevas locomotoras, pero eso ya es pasado, todos los países emergentes se encuentran en una fuerte crisis. Y en el caso de Brasil, porque lo ha mencionado, la crisis política que ha conducido a un golpe de Estado fáctico muestra cómo dicha creencia era errónea, ya que el pueblo en estos países es dependiente de los precios de las materias primas, y también tienen burbujas de deudas.

El mundo se encuentra en una burbuja de liquidez que ha ido fluyendo hacia los lugares en los cuales los intereses eran más elevados. Incluso en China hay unas tendencias muy fuertes a que se formen burbujas inmobiliarias y el Estado ha tenido que intervenir de forma masiva para poder estabilizar la economía.


¿Puede ser la caída del Deutsche Bank el comienzo del fin?


Puede que el Estado consiga salvar al Deutsche Bank para que no quiebre, pero después vendrá algo nuevo, una nueva crisis. Nos encontramos en una burbuja de liquidez global ante la cual los instrumentos políticos parecen estar agotados. Los intereses están en cero, de hecho ya hay intereses negativos. Si hay una nueva crisis, no habrá casi posibilidades políticas para reaccionar. Esta política de tipos bajos de interés, si se prolonga en el tiempo, socava el negocio de los bancos. El sistema se encuentra en los preludios de una gran crisis global.

¿Esos instrumentos políticos son aún más limitados en los países de la periferia del euro, como muestra el caso de Syriza en Grecia?


El caso de Syriza muestra la necesidad urgente de una organización transnacional de la izquierda emancipadora a nivel europeo. En Grecia sería necesario oponerse al régimen de ahorro impuesto por Alemania. Una conexión de las fuerzas de izquierda, al menos a nivel europeo, que en parte ya existe, que entre en las estructuras y que consiga ser una resistencia y que sobre todo desarrolle una conciencia para una transformación del sistema.

Hay fuerzas en el interior de las izquierdas que piden acabar con el euro, por ejemplo. Si Grecia hubiese salido del euro, que era lo que quería Schäuble, el país sería desde 2014 un país tercermundista.

Hay una izquierda conservadora que quiere volver al pasado. Lo cual es una verdadera tragedia, ya que los conceptos tienen que tener perspectiva de futuro y partir del presente. Muchos quieren volver a los años 70, a la Unión Soviética, a la RDA, siempre al pasado, en lugar de mirar a la crisis que tenemos ante nuestros ojos. Ante esta crisis, hay que comenzar un proceso de transformación política buscando formas de colectivización postcapitalistas. La Unión Europea no debe ser vista como algo positivo per se, porque es un campo de batalla.


Es experto en Europa del Este y sigue muy de cerca el conflicto con Rusia y el juego de intereses al que hemos asistido en Ucrania y en Siria. ¿Cuál es su visión de las relaciones entre Alemania y Rusia en este momento?


Dentro de las élites alemanas hay dos tendencias. El grupo atlántico, que cree más importante la cooperación con los EEUU, y el grupo de Charles de Gaulle, que busca alianzas con Rusia. Estamos en un momento estratégico en el que Alemania tiene que decidir si cree que es más importante el tratado TTIP y una alianza con EEUU, o se trataría de hacer una coalición euroasiática. Estas tendencias se encuentran en los dos partidos en el poder, tanto en la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU) como en el partido socialdemócrata (SPD).

Yo mismo no sé cómo se va a decidir. Siria es ahora mismo el punto de conflicto del imperialismo global. Siria es tan peligrosa porque hay tres conflictos en su interior: el juego imperial (los EEUU ya no son el único país imperialista que interviene en Oriente Medio), una nueva guerra fría con Rusia y por último están los actores locales, como Turquía. La lucha entre chiíes y suníes, entre el eje Ankara-Riad y el Irán y Siria. Y el innumerable número de milicias que se han formado de la descomposición del sistema capitalista en la región.

Ahora que la hegemonía de EEUU está erosionada, aparecen nuevos estados-monstruos de nuevo. Hay una competencia mayor. La mayor amenaza para EEUU es una coalición eurasiática entre Rusia y China. De ahí que traten de llevar a cabo los acuerdos económicos TTIP con Europa y TPP con Asia. Es un cordón sanitario que pasaría en Asia por Filipinas, Japón, Corea y Vietnam. Y en Europa y en Oriente Medio la frontera va hasta Ucrania. Esa guerra en Ucrania es parte de esta estrategia. No se trata de Ucrania como tal, sino del peligro de que Putin acoja a Ucrania en una coalición euroasiática. Entonces es cuando se produjo el golpe de Estado liderado por fuerzas de extrema derecha.

¿Qué fuerzas emancipadoras de izquierdas ve en esas dos regiones en guerra, Ucrania y Siria?


Para mí claramente en Siria los únicos son los kurdos de las Unidades de Protección Popular, el YPG, que fueron formadas por el PKK (turco) y tratan de llevar a cabo una estrategia inclusiva. Durante un tiempo estuvieron haciendo malabarismos entre las fuerzas imperiales.

En Ucrania, sin embargo, prácticamente no hay nada. No veo fuerzas progresivas en la región. El movimiento del Maidán fue instrumentalizado por fuerzas occidentales y se apoyó en las fuerzas más radicales de derecha en su interior. Sobre todo, EEUU formó a neonazis en técnicas paramilitares en torno a la ciudad de Lviv, que es el centro del fascismo ucraniano.

El ministro alemán de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, estuvo en la plaza de Maidán jaleando a los manifestantes para luchar contra el régimen de Kiev. ¿Por qué no estuvo en la Puerta del Sol de Madrid apoyando al movimiento 15M?


En Alemania toda la protesta española se siguió con mucho interés, así como la posterior imposición de la Ley Mordaza, que fue la reacción del Estado español a las protestas masivas. España estaba en la línea de los intereses económicos alemanes, ha seguido el dictado del ahorro, así que sus dirigentes pueden hacer lo que quieran. Ucrania no estaba en esa tendencia, quería entrar en la Unión Euroasiática, la oligarquía del Este estaba en aquel momento en el poder y quería colaborar con Putin. En ese caso se apoya incluso a los nazis si hace falta.

Fuente: eldiario.es

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