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lunes, 14 de noviembre de 2016

Trump, Le Pen, Farage: cuando las izquierdas no pueden con la extrema derecha


Donald Trump saluda Nigel Farage, ex líder del UKIP, en un acto de la campaña republicana, el pasado abril. AP PHOTO / GERALD HERBERT / GTRESONLINE

La victoria de Trump y el auge de la extrema derecha en Europa evidencian las dificultades de las izquierdas para frenar e incluso derrotar discursos xenófobos
"La izquierda tiene que aprender a analizar y actuar en el escenario de crisis y colapso de los sistemas políticos", afirma el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias
"Cada vez hay más sectores golpeados por la crisis y la globalización que se encuentran tentados por la extrema derecha; una verdadera amenaza democrática", reflexiona el coordinador federal de IU, Alberto Garzón


Andrés Gil  


Donald Trump es el presidente electo de EEUU. El Brexit no se entiende sin Nigel Farage, entonces líder del UKIP. La única candidata fija en todas las quinielas para pasar a la segunda vuelta de las presidenciales francesas es Marine Le Pen. Las próximas elecciones alemanas prevén un ascenso de Alternativa por Alemania, como ya ha ocurrido hace unas semanas en comicios regionales. Y ahí está Viktor Orban al frente de Hungría. Y lo que pueda pasar con las elecciones holandesas. ¿El denominador común? El ascenso de la extrema derecha y la incapacidad de las izquierdas para, no ya frenarlo, sino derrotarlo.

¿Por qué? "Porque la izquierda tiene que aprender a analizar y actuar en el escenario de crisis y colapso de los sistemas políticos", afirma el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias: "Cuando la geografía ideológica que se impone es la de élites-pueblo, la izquierda no puede encerrarse en la geografía parlamentaria izquierda-derecha, que además tiene muchas menos posibilidades".

"Con todo", sostiene Iglesias, "hay elementos esperanzadores como Bernie Sanders en EEUU o el propio Jeremy Corbyn en Reino Unido".

"La globalización ha empobrecido a sectores", afirma el diputado del PSOE por Teruel, Ignacio Urquizu, "y hay un montón de gente que está viendo que bajan salarios y se están empobreciendo. Todo lo que tiene que ver con la globalización y el cambio tecnológico está generando ganadores y perdedores, que se están rebelando. Y las soluciones simplistas se imponen. No es tanto de extrema derecha, porque en cada país se está expresando de formas distintas".

"Lo que está uniendo a todos estos movimientos", prosigue Urquizu, "es el rechazo a los cambios comunes en los países. Lo que puede unir a Trump y el fenómeno Podemos, salvando las distancias, es el tema de la globalización, un nacionalismo económico.

"Lo más preocupante", reflexionaba el coordinador federal de IU, Alberto Garzón, en su blog, "es que ningún partido radical o anticapitalista ha conseguido llegar a las clases populares y hacerse su representante efectivo y literal –en el sentido de ser un espejo–. Más al contrario, el apoyo a los partidos radicales tiene más que ver con cuestiones culturales e ideológicas, mientras que cada vez hay más sectores golpeados por la crisis y la globalización que se encuentran huérfanos de referencias en la izquierda. Esos sectores son tentados, en muchas partes de Europa, por los partidos de extrema derecha en particular. Algo que supone una verdadera amenaza democrática".

El escritor y periodista Thomas Frank explicaba  en The Guardian cuáles son para él las claves del triunfo de Trump: "El mayor problema es la complacencia crónica que ha ido erosionando el progesismo estadounidense durante los últimos años, una enfermedad del poder que afirmaba que los demócratas no tenían que hacer nada diferente, no necesitaban repartir nada con nadie –salvo sus amigos en el jet de Google o esa gente fantástica en Goldman Sachs–. Y al resto nos tratan como si no tuviéramos a ningún sitio al que ir y ningún papel que desempeñar excepto votar entusiastamente sobre la base de que estos demócratas son la última trinchera entre nosotros y el fin del mundo. Es un progresismo de los ricos, ha fallado a la clase media y ahora ha fracasado en sus propios términos de elegibilidad. Basta del clintonismo y su aura orgullosa de virtud de clase profesional. ¡Ya está bien!"

El eurodiputado y portavoz de ICV, Ernest Urtasun, aporta algún elemento más para entender el auge de la extrema derecha en Europa: "Creo que el centro político tradicional en Europa, socialdemócratas y conservadores, no resiste la explosión de la desigualdad y la crisis social. El cambio del sistema de partidos es imparable en todas partes, y va a profundizarse con las elecciones alemanas, holandesas y francesas. El drama es que la izquierda en la mayoría de estos países no es capaz de canalizar el descontento. Noam Chomsky lo achaca a la ausencia de una cierta conciencia de clase y de falta de organizaciones capaces de canalizarla. Cuando esos dos factores no existen, conciencia colectiva, organizaciones, la extrema derecha avanza. Si en España no ha sido así es porque posiblemente el 15M sirvió para crear una cierta conciencia colectiva de las razones de la crisis, los afectados y sus culpables reales, y luego Podemos se construyó sobre eso".

"En Europa", puntualiza Urquizu, "el nacionalismo económico tiene que ver con el euro y con una unión monetaria con problemas. Y en España hay mucho urbanita y cosmopolita, en los países nórdicos, donde también crece la extrema derecha, los perdedores de la globalización son clases obreras. Son bases de apoyos distintas, lo que les une es la apertura económica, el euro, que hemos cedido mucha soberanía y se tiene la idea de que las decisiones se toman en ámbitos que no se controlan. Los partidos tradicionales no pueden dar respuesta a todos estos fenómenos, y toda la simplificación influye. En Alemania había muchos estudios que la extrema derecha prendía con sector industrial fuerte, mucho paro y mucha inmigración. Es la mezcla perfecta y explosiva para estos partidos".

"Una de las explicaciones que más me convencen", tercia la politóloga Sandra León, "la resume muy bien Dani Rodrik en su artículo para Project Syndicate sobre  The Politics of Anger, donde hace alusión a la incapacidad de los partidos tradicionales de propocionar un discurso que se despoje de la impotencia e inmovilismo: la impotencia para cambiar el grado de internacionalización de las economías, de los efectos de la globalización y, para quienes pertenecen a la Unión Monetaria, la incapacidad de poder cambiar el rumbo de las políticas económicas".

"Frente a ello", prosigue la profesora de la Universidad de York, "los ciudadanos se sienten atraídos por ese discurso de take control back, de actuar sobre esos procesos que parecen inevitables y en los cuales los políticos se han "atado las manos", debido al proceso de integración de las economías y también de la creación de instituciones supranacionales a las que han cedido competencias".

"Podemos identificar un eje de división o fractura", afirma el eurodiputado de Podemos Miguel Urbán, "que podríamos calificar hoy como 'principal': el que se produce entre las élites europeas y nacionales por un lado –el establishment– y las poblaciones afectadas por sus políticas por el otro. Cuando una fuerza de izquierdas o de derechas es capaz de canalizar ese descontento, aparece la polarización. Las polarizaciones son cruzadas y multiformes precisamente porque estamos en un momento de reconstrucción de los campos políticos. Las polarizaciones actuales son mucho más poliédricas, temporales y se expresan fundamentalmente a través de terremotos electorales que asustan a las élites, pero afectan bien poco a la vida cotidiana de la ciudadanía europea. Sin embargo, no nos dejemos engañar por las apariencias. Estamos todavía en los inicios de una reconfiguración a escala europea a todos los niveles (político, económico y cultural) que no ha hecho más que empezar".

¿Cuáles son las alternativas?

"El reto de la izquierda", entiende León, "se encuentra en construir una narrativa que proponga soluciones, cambios. Pero las dificultades estriban en la división interna de la izquierda sobre bajo qué marco institucional y económico esos cambios pueden ser efectivos: ¿dentro o fuera de la UE?; ¿con otra UE?; ¿hay que "controlar" la globalización? Sin embargo, la parte económica del discurso de la izquierda no me parece el reto más importante para combatir el populismo, sino las cuestiones relacionadas con la identidad, como la inmigración. Porque los procesos migratorios seguirán estando ahí, no van a disminuir en el corto y medio plazo y, mientras eso ocurra, la derecha populista intentará sacarle rédito político. Construir un discurso sobre inmigración basado en los valores de tolerancia, respeto, enriquecimiento y la importancia de la cohesión social en las ciudadaes receptoras no va a ser fácil para la izquierda cuando los desequilibrios globales empujan a emigrar a miles de ciudadanos cada día".

"Tenemos por delante una tarea", sostiene Garzón, "dotarnos de un instrumento que sea útil para las clases populares. Y ese instrumento va, a mi juicio, mucho más allá de lo que actualmente son tanto IU como Podemos. De hecho, es lo que podríamos identificar con el concepto amplio de unidad popular. Y, digo yo, habrá que ser más patriota de clase que patriota de partido, porque de lo contrario estaremos siendo meras comparsas de este régimen político-económico basado en la explotación".

Jorge Moruno, responsable de Discurso de Podemos, hace el siguiente diagnóstico de la derrota electoral de las izquierdas: "Básicamente por su incapacidad de comprender los contornos y la composición social de su tiempo: el estado de las cosas. Ya ocurrió en los 80, incapaces de ofrecer 'un futuro en el que creer' –como ha abanderado Bernie Sanders– y limitarse a 'resistir' –contra Margaret Thatcher en los 80–, mientras la primera ministra ofrecía un imaginario, 'devolverle el poder al pueblo' pasando de 'proletarios a propietarios'. La total ausencia en la izquierda de la dimensión del deseo y el imaginario, confiando en que la fruta madura cae del árbol. A la izquierda le falta la importancia de la mediación política".

"Estamos en un momento político en el que repitiendo la tan manida cita de Gramsci", concluye Urbán, "lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no termina de nacer, y en ese claroscuro aparecen los monstruos. Y monstruoso también es que el campo de batalla de las polarizaciones se esté desviando cada vez más hacia las identidades y las pertenencias, y no hacia la conquista de más democracia y justicia social. Renunciar o fracasar en la impugnación del extremo centro es dejar el terreno libre a que los monstruos ocupen los vacíos de legitimidad y representación crecientes. Esto nos muestra, por un lado, que a día de hoy existe una disyuntiva real entre luchas xenófobas y lucha de clases y que, en esa disputa por determinar el campo de batalla, por el momento vamos perdiendo a escala europea. De nosotros y nosotras depende cambiar la situación. Y eso pasa, también, por disputar un proyecto alternativo para Europa".

"Resumiendo", afirma el diputado de Unidos Podemos por Córdoba, Manolo Monereo, en un artículo en Cuarto Poder, "lo que está en crisis es la globalización capitalista y, como siempre, esto tiene, al menos, dos salidas: hacia el autoritarismo oligárquico o hacia la democratización social. En medio, no hay ya nada, solo las lamentaciones de unas viejas izquierdas sindicales y políticas que se hicieron neoliberales y que ya no son capaces de entender la sociedad y, mucho menos, de transformarla. El asunto no ha hecho otra cosa que empezar".

FUENTE: ELDIARIO.ES

sábado, 5 de noviembre de 2016

El autoritarismo de Hungría podría augurar el futuro de Europa

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. / EFE. EFE


Owen Jones
eldiario.es


Hungría está en peligro mortal y su supervivencia determinará el futuro de nuestro maltrecho continente. Este fin de semana, el principal diario de la oposición —imagínense un Guardian húngaro— fue cerrado por sus propietarios tras seis décadas de existencia. Su archivo digital desapareció de la red; se dejó a sus trabajadores fuera de la oficina y no fueron capaces de acceder a sus correos.
Públicamente se ha presentado como una decisión comercial: en la cada vez más represiva sociedad húngara, existe un cinismo generalizado sobre tal argumento. Era un periódico que osó desafiar al gobierno, ya fuese en cuestiones políticas, de corrupción o por sus ataques contra la democracia.
El autoritarismo populista de derechas está barriendo el mundo occidental: Hungría es un ejemplo destacado. Todos sabemos que la historia ha dado un giro después de la crisis financiera de 2008: estamos empezando a ver lo afilado de ese giro. Desde el movimiento independentista escocés a Podemos en España, de Donald Trump al Frente Nacional de Francia y la extrema derecha de Hungría, del ascenso de Bernie Sanders y Jeremy Corbyn a Syriza en Grecia: acaba de empezar una lucha dolorosa por el futuro de Occidente.
El primer ministro húngaro, Viktor Orbán —cuyo partido derechista alcanzó el poder en 2010— lo reconoce. Su principal lección de 2008 es que “los Estados democráticos liberales no pueden seguir siendo globalmente competitivos”. Orbán ha comprometido su gobierno a la construcción de una “democracia no liberal”, y está cumpliendo su palabra.
Otros tienen descripciones más duras. El disidente húngaro Gáspar Miklós Tamás acusa al gobierno de “mearse en el status quo liberal” en favor del “posfascismo”.
El poeta húngaro-británico George Szirtes lo sabe todo sobre represión. Su madre era fotógrafa, su padre, un alto funcionario ministerial y ambos huyeron después de que la Unión Soviética machacase la revolución húngara en 1956. “La democracia húngara está en peligro”, me contó. “Nos dirigimos hacia una situación putiniana”. Como indica Lydia Gall, de Human Rights Watch: “Lo que hemos visto en los últimos seis años es, básicamente, un deterioro continuado del Estado de derecho y de la protección de derechos humanos”.
En 2010 y 2011, Hungría aprobó una serie de leyes que fueron condenadas por Amnistía Internacional como “amenaza al derecho a la libertad de expresión”. Los medios de comunicación húngaros debían registrarse ante una autoridad nacional. La emisora Klubrádió —crítica con el gobierno— se convirtió en una de sus víctimas. A finales de 2011, las autoridades decidieron no conceder la licencia de emisión a Klubrádió, forzándola a una larga batalla, aunque finalmente ganó la emisora.
Este gobierno autoritario ha modificado la Constitución en varias ocasiones: un cambio estableció discriminación contra la comunidad LGTB definiendo la familia como una unidad “basada en el matrimonio de un hombre y una mujer, o una relación por línea de sangre o tutela”. De hecho, a principios de este año, Hungría bloqueó un acuerdo europeo para prevenir la discriminación contra la comunidad LGTB.
Otros cambios han atacado la independencia judicial y las libertades religiosas. Instituciones públicas clave, tales como la oficina del fiscal general y el tribunal constitucional, se han quedado de facto a cargo del partido en el gobierno. “Estas son instituciones que deberían ejercer de vigilantes sobre el gobierno”, señala Gall. Existe una creciente atmósfera de intolerancia en este país, acusando a aquellos que disienten de traidores y cómplices del terrorismo. Peor todavía, uno de los principales partidos de la oposición es Jobbik, un partido antisemita y neofascista con una rama paramilitar.
El papel de Hungría en la crisis de refugiados europea ha sido espantoso, provocando al ministro de Exteriores de Luxemburgo proponer su expulsión de la UE por tratar a los refugiados “peor que los animales”. El año pasado, el país declaró el estado de crisis y construyó una valla con la intención de contener a los refugiados en Serbia. Las gente que ya ha huido de la violencia está siendo supuestamente perseguida por perros y golpeada.
¿Y qué ha hecho la Unión Europea? Hungría es, después de todo, dependiente de la asistencia económica de la Unión. El Artículo 7 del Tratado de la Unión Europea existe para sancionar a los Estados miembros que violen sus normas e incluye la suspensión de sus derechos de voto. La Comisión Europea ha hecho cada vez más difícil reclamarlo y el año pasado el Parlamento Europeo desechó una propuesta para invocar el Artículo 7, o al menos para activar un mecanismo de advertencia.
Cuando el gobierno de Hungría impuso la prejubilación masiva de jueces veteranos en favor de reemplazos más maleables, la Unión Europea tomó medidas —pero solo basándose en la discriminación por edad. Hungría fue multada y forzada a pagar una compensación económica a aquellos afectados— pero aun así logró su objetivo. Un reciente referéndum propuesto por el gobierno para oponerse a los planes de la UE sobre el asentamiento de refugiados, fracasó por la insuficiente participación pero desató una retórica inflamable, racista y xenófoba.
La situación de Hungría tiene ecos alarmantes en la historia de Europa: pero, horriblemente, podría augurar también nuestro futuro. En lugar de sentirse repelidos, una nueva generación —incluidos graduados universitarios— se sienten cada vez más atraídos por la extrema derecha. Polonia también está en manos de una derecha autoritaria que socava la democracia difícilmente ganada en el país. Sin consecuencias significativas, estos gobiernos se sienten cada vez más animados. En Austria, la extrema derecha se acerca al poder; en Francia, se fortalece; en Suecia y otros países, también.
La cura para tales movimientos es una izquierda que ofrezca una alternativa inspiradora y pertinente para las inseguridades y ambiciones del mundo poscrisis. No tenemos eso todavía, pero no es excusa para la apatía. Y nosotros en Gran Bretaña no podemos, engreídos, condenar a Hungría, por supuesto: desde la votación del Brexit, el nacionalismo xenófobo ha desfilado desafiante. Nuestra primera ministra condena a sus rivales políticos por mostrar desprecio al patriotismo; esta semana, tanto el periódico Daily Mail como el Daily Express imprimieron portadas espeluznantes pidiendo condenar a los “Brellorones [llorones del Brexit] antipatriotas” por “conspirar para subvertir la voluntad del pueblo británico” y pidiendo silenciar a “los quejicas de la salida de la Unión Europea”.
Cada vez es más común en la Europa moderna que los oponentes políticos sean retratados como antipatriotas de la quinta columna. La historia de nuestro continente nos cuenta donde puede ir esto a parar. Hungría es quizá el caso más extremo, un concentrado de en lo que se está convirtiendo Europa. Es una advertencia a la que deberíamos atender.

[Fuente: eldiario.es. Traducido por Javier Biosca Azcoiti]

lunes, 3 de octubre de 2016

¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo?



Ezequiel Adamovsky 23/09/2016

En discusiones políticas y en los medios, el concepto “populismo” suele mencionarse como una amenaza. Sin embargo no existen en el mundo movimientos que así se autodefinan. El historiador Ezequiel Adamovsky hace un recorrido cronológico sobre el término, arrancando en la Rusia de 1800, pasando por América Latina e incluyendo el sentido positivo que le dio Ernesto Laclau. ¿Sirve una categoría que se le puede aplicar tanto a la coalición de izquierda griega de Syriza como a sus enemigos del movimiento neonazi? Anfibia entra de lleno en el debate académico: cree el autor, "como concepto para entender la realidad, el populismo se ha extinguido".

Por todas partes se habla del “populismo” en los debates políticos y en los medios. No hay día en que no leamos columnas en la prensa norteamericana, europea o de América Latina que nos adviertan sobre alguna amenaza “populista”  en algún lado, de Venezuela a Grecia, de España a Argentina. Incluso dentro de los Estados Unidos se suele acusar a algunos políticos de ser “populistas”. Es como si fuera una especie de plaga desconocida: está por todas partes y nadie puede explicar del todo cómo se ha expandido tanto. ¿Pero qué quiere decir “populismo”? ¿Existe realmente una “amenaza populista” que esté afectando a las democracias de todo el planeta?

“Populismo” y el adjetivo “populista” fueron términos académicos antes de transformarse en expresiones de uso común. A su vez, como muchos otros conceptos académicos, nacieron como parte de vocabularios políticos de algún país en concreto. “Populismo” fue utilizado por primera vez hacia fines del siglo XIX para describir un cierto tipo de movimientos políticos. El término apareció inicialmente en Rusia en 1878 como Narodnichestvo, luego traducido como “populismo” a otras lenguas europeas, para nombrar una fase del desarrollo del movimiento socialista vernáculo. Como explicó el historiador Richard Pipes en un estudio clásico, ese término se utilizó para describir la ola antiintelectualista de la década de 1870 y la creencia según la cual los militantes socialistas tenían que aprender del Pueblo, antes que pretender erigirse en sus guías. Pocos años después los marxistas rusos comenzaron a utilizarlo con un sentido diferente y peyorativo, para referirse a aquellos socialistas locales que pensaban que los campesinos serían los principales sujetos de la revolución y que las comunas y tradiciones rurales podrían utilizarse para construir a partir de ellas la sociedad socialista del futuro. Así, en Rusia y en el movimiento socialista internacional, “populismo” se utilizó para designar un tipo de movimiento progresivo, que podía oponerse a las clases altas, pero –a diferencia del marxismo– se identificaba con el campesinado y era nacionalista.

Aparentemente sin conexión con el precedente ruso, “populismo” surgió también como término político en los Estados Unidos luego de 1891, para referir al efímero People’s Party (Partido del Pueblo) que surgió entonces, apoyado principalmente por los granjeros pobres, de ideas progresistas y antielitistas. Tal como en Rusia, el término también refirió allí a un movimiento rural y a una tendencia antiintelectualista; utilizado por los oponentes del nuevo partido, también adquirió de inmediato una connotación peyorativa. Como mostró Tim Houwen, “populismo” permaneció como un vocablo poco utilizado hasta la década de 1950. Sólo entonces fue adoptado por la academia –entre otros por el sociólogo Edward Shils– aunque con un sentido completamente novedoso. En la formulación de Shils, “populismo” no refería a un tipo de movimiento en particular, sino a una ideología que podía encontrarse tanto en contextos urbanos como rurales y en sociedades de todo tipo. “Populismo” para Shils, designaba “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”. Como un fenómeno de múltiples caras, tal “populismo” se manifestaba en una variedad de formas: el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el Macartismo en Estados Unidos, etc. Movilizar los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites: eso era el populismo. En otras palabras, “populismo” pasó a ser el nombre para un conjunto de fenómenos que se apartaban de la democracia liberal, cada uno a su modo.

En las décadas de 1960 y 1970 otros académicos retomaron el término, en un sentido algo diferente, aunque conectado con el anterior. Lo utilizaron para nombrar a un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente los latinoamericanos como el peronismo en Argentina, el Varguismo en Brasil y el Cardenismo en México. A pesar de que algunos de estos académicos valoraban positivamente la expansión de nuevos derechos para las clases bajas que había venido de la mano de estos movimientos, su tipo de liderazgo era el rasgo distintivo: era personal antes que institucional, emotivo antes que racional, unanimista antes que pluralista. En este sentido, se medían con la vara implícita de las democracias “normales” (es decir, liberales) del Primer Mundo. En eso, estos trabajos se conectaban con los de los académicos como Shils: implícitamente compartían una mirada normativa sobre cómo se suponía que debían ser y lucir las verdaderas democracias.

Así, en el mundo académico el concepto de “populismo” mutó de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a un uso más amplio para designar un fenómeno ideológico y político más o menos ubicuo. Para la década de 1970 “populismo” podía aludir a tal o cual movimiento histórico en concreto, a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una “ideología de resentimiento” que amenazaba por todas partes a la democracia. En todos los casos, el término tenía una connotación negativa.

Para complicar incluso más las cosas, el filósofo post-marxista Ernesto Laclau propuso un sentido más para nuestro término, completamente diferente a todos los anteriores. La influyente obra de Laclau planteó la necesidad de reemplazar la noción de “lucha de clases”, entendida como una oposición binaria fundamental que se generaba por la propia naturaleza de la opresión de clases, por la idea de que en la sociedad existe una pluralidad de antagonismos, tanto económicos como de otros órdenes. En tal escenario, no puede darse por sentado que todas las demandas democráticas y populares van a confluir como una opción unificada contra la ideología del bloque dominante. El plano político tiene un papel fundamental a la hora de “articular” esa diversidad de antagonismos. Y los discursos aquí son fundamentales, ya que son ellos los que “articulan” las demandas diversas, produciendo un Pueblo en oposición a la minoría de los privilegiados. Así entendido, el Pueblo es un efecto de la apelación discursiva que lo convoca, antes que un sujeto político pre-existente. En esta visión política, la articulación de un Pueblo en oposición al bloque dominante, es decir, el ordenamiento de una variedad de demandas en una oposición binaria, es fundamental para la “radicalización de la democracia” (una expresión que, para Laclau, tenía un sentido positivo). En uno de sus últimos trabajos, Sobre la Razón Populista (2005), Laclau utilizó el término “populista” para nombrar ese tipo particular de apelaciones políticas que recortaban un Pueblo en oposición a las clases dominantes. “El populismo comienza –escribió– allí donde los elementos popular-democráticos son presentados como una opción antagonista contra la ideología del bloque dominante”. Pero en verdad esa etiqueta no era indispensable. Laclau podría haber llamado al estilo específico de apelación política que le interesaba de otro modo, por ejemplo, “popular-democráticas” o alguna otra variante, en lugar de “populistas”. Pero el hecho es que decidió llamar a eso “populismo”, con lo cual, contrariamente a los académicos del pasado, le otorgó a ese término un sentido positivo. En su filosofía, el “populismo” era el nombre de la necesaria y esperada “radicalización de la democracia”. Como consecuencia de la propuesta teórica de Laclau, por primera vez algunos referentes e intelectuales de ciertos movimientos políticos (por caso el kirchnerismo en Argentina y Podemos en España) comenzaron a llamarse “populistas” a sí mismos, desafiando de ese modo el sentido común según el cual ser “populista” era algo malo. Y a su vez, eso alimentó a los liberales, dándoles más motivos para creer que existe una “amenaza populista” acechando la ciudadela de la democracia.

El término “populismo” tenía entonces una dinámica expansiva ya en sus usos académicos. Pero al volverse de uso común, especialmente en las últimas dos décadas, se descontroló completamente. Casi cualquier cosas puede ser llamada “populismo” en la prensa de hoy. “Populista” se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario, buscando asociarlo así con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar o peligroso. Algunos gobiernos latinoamericanos que en los últimos tiempos no se alinearon con Estados Unidos o con el FMI son por supuesto los blancos preferidos. Venezuela, Nicaragua, Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Brasil son o han sido atacados por la amenaza “populista” que proyectan sobre las democracias de la región. Y uno pensaría que ya entendió a qué se refiere el término, pero entonces comprueba que también Silvio Berlusconi –que no era ningún enemigo de los norteamericanos y mucho menos de los grandes empresarios– era un “populista”. ¿Y por qué? Para la revista The Economist, porque su gobierno se apoyaba en lazos de “patronazgo y corrupción” o, como otro comentarista argumentó, porque Berlusconi hablaba “en el lenguaje del hombre común de la calle”. Según el New York Times, en Europa es “populista” cualquiera que quiera poner límites a la migración interna o sea euroescéptico; con esos dos rasgos ya alcanza para ganarse el mote. El líder italiano Beppe Grillo es por supuesto un “populista” ya que critica al establishment político italiano. No importan las ideas que uno tenga en cualquier otro asunto: si uno habla como la gente común, si critica a Estados Unidos, si tiene problemas con el curso que está tomando la Unión Europea o con su establishment político local, uno es un “populista”. Y no importa si se trata de un izquierdista radicalizado o de alguien de extrema derecha. En Grecia, según nos informan, Syriza es por supuesto “populista”. Pero también lo son sus enemigos del movimiento neo-Nazi Amanecer Dorado. Las ideas de ambos grupos son totalmente opuestas en todas y cada una de las maneras posibles, pero sin embargo ambos se las arreglan para pertenecer a la misma familia política. Ambos son de “los populistas”.

De toda esta proliferación de significados, uno creería al menos entender que, comoquiera que uno lo defina, el “populismo” es un fenómeno político. Pero sin embargo las cosas no son tan sencillas. Porque economistas como Rudiger Dornbusch y otros opinan que existe también un  “populismo macroeconómico”, según el cual son “populistas” aquellos que tienen una mirada económica que “prioriza el crecimiento y la distribución del ingreso y no se preocupa suficientemente por los riesgos de la inflación y del déficit en las finanzas, por las limitantes externas y por las reacciones de los agentes económicos frente a políticas agresivas que afectan el mercado”. Este “populismo macroeconómico” parecería referir entonces a un tipo específico de políticas económicas. Y sin embargo, en los debates recientes cualquier tipo de comentario o idea que no sea total y completamente amigable hacia los empresarios recibe el mote de “populista”. La Cámara de Comercio de los Estados Unidos declaró recientemente que son “populistas” todos los que tratan de “eliminar el sistema de capital libre y abierto.” A Obama se lo acusó de serlo sólo por decir que le gustaría que los millonarios paguen un poquito más de impuestos. El Wall Street Journal llamó “populista” a Hilary Clinton porque dijo que el Congreso debería “enfocarse en la creación de empleo y en los ingresos de las familias de clase media”. Eso era todo lo que el diario necesitaba escuchar. De hecho, para ese períodico, la mera preocupación por el tema de la “desigualdad de ingresos”  es síntoma de la enfermedad del “populismo” (porque los ingresos de cada cual son un asunto privado, claro).

Bien entonces. El “populismo” es un fenómeno político y también económico. ¿Así sería? Lamentablemente la saga continúa. Porque a todo lo anterior hay que agregar la idea que presentó hace tiempo Jim McGuigan, adoptada luego por muchos otros, según la cual existe también un “populismo cultural”, que sería aquél que valoriza la cultura popular por sobre otras formas de cultura “seria”. Está visto: el “populismo” ha penetrado todas las áreas de la vida social.

En todos estos usos variados, “populismo” parece poco más que un latiguillo que busca dar credibilidad conceptual a nociones más antiguas y menos sofisticadas, como “demagogia”, “autoritarismo”, “nacionalismo” o “vulgaridad”. Se utiliza con frecuencia simplemente para desacreditar ciertas ideas o decisiones de política económica heterodoxas, asociando a las personas o gobiernos que las llevan adelante a cosas desagradables, como el nazismo o la xenofobia. Para decirlo en otras palabras, “populismo” es un término que mete en una misma bolsa cosas que no pertenecen a un mismo conjunto y, al mismo tiempo, crea barreras mentales que nos impiden comparar cosas que son perfectamente comparables. ¿Por qué se agruparía bajo una misma etiqueta a los gobiernos sudamericanos que están construyendo la UNASUR y que en general tienen leyes benignas para la inmigración, con los xenófobos y racistas de la derecha euroescéptica? ¿Por qué aplicar impuestos a los ricos es “populismo” si lo hace un gobierno latinoamericano, pero sólo una medida “socialdemócrata” si lo hace Noruega? ¿Por qué las medidas económicas de Perón eran “populistas” pero el New Deal de Roosevelt –en el que Perón se inspiró– era apenas “keynesiano”? ¿Así que la corrupción y el patronazgo son rasgos populistas? ¿Entonces por qué en España lo son los muchachos de Podemos, pero no los corruptísimos del Partido Popular? Suele asociarse a Argentina con Venezuela como dos formas extremas de “populismo”. Pero en realidad, en términos de estilos políticos, arreglos institucionales y políticas concretas, el gobierno kirchnerista se parece más al del Frente Amplio uruguayo que al de Maduro. ¿Por qué entonces rara vez se dice que Uruguay forma parte de la “amenaza populista”? No hay motivo concreto, como no sea el hecho de que Uruguay continúa siendo un país amigable para los norteamericanos.

“Populismo” se ha convertido en un término de combate profundamente ideologizado. Su valor como concepto para entender la realidad, si alguna vez lo tuvo, se ha extinguido. En los usos actuales, puede referir a una familia de ideologías, a una variedad de movimientos políticos, a un tipo de régimen, a un estilo de gobierno, a un modelo económico, a una estética o a un tipo particular de apelación política. Todo eso mezclado y sin ninguna claridad analítica. “Populismo” funciona obviamente como término peyorativo, orientado a desacreditar a quienes se lo aplica. Pero más importante que eso: se supone que las categorías con vocación taxonómica deben agrupar fenómenos sociales similares para hacerlos más comprensibles. No hay nada malo en ello –de hecho es algo fundamental –, pero a condición de que se agrupe a los fenómenos según los rasgos propios que posean. Como categoría taxonómica, “populismo” hace exactamente lo contrario. El único rasgo que comparten todos los fenómenos que son catalogados con esa etiqueta no es algo que son, sino algo que no son. Se los agrupa no por sus rasgos en común, sino simplemente porque ninguno de ellos (cada uno a su modo y por motivos diferentes) se corresponde con el tipo de movimientos, estilos, políticos o políticas que los liberales occidentales tienen a apreciar. En los debates actuales, “populismo” significa no mucho más que ser amistoso  con la clase baja –sea en términos de políticas concretas o simplemente de manera discursiva– o tomar medidas (o tener “estilos”) que desagradan a las élites políticas, económicas o culturales.  Porque, supongamos por un momento que manifestar cercanía hacia la clase baja fuera algo que se aparta de los ideales de las democracias “normales”, esto es, las que supuestamente dejan que el “pluralismo” oriente una negociación cordial de todos los intereses sociales, sin preferencia por ninguno. Y supongamos que tal desviación fuera tan importante que requiriera todo un concepto para nombrarla: no es “democracia” sino “populismo”. Aceptemos todo eso por un momento. ¿Cómo es entonces que no hay un concepto, una taxonomía específica, para nombrar la desviación opuesta, es decir, las ideas, actitudes, estilos o políticas que manifiestan cercanía con las clases altas y producen desagrado a las clases bajas? ¿Cómo es que tal apartamiento del ideal del pluralismo es simplemente una de las variantes aceptables de la democracia y no reclama una etiqueta especial que nos advierta sobre el peligro que implican? En la ausencia de respuesta a esas preguntas, la pretensión normativa del concepto de “populismo” queda perfectamente clara.

Lo que quiero decir, en resumidas cuentas, es que “el populismo” no existe. No hay ninguna “amenaza populista” al acecho de nuestras democracias. De hecho, no hay una sino varias amenazas que pesan sobre la vida democrática. Y también existen varios modelos de democracia posibles. “Populismo” nos hace creer que este escenario complejo de múltiples opciones y diversos peligros en verdad es sencillo. Se trataría de un escenario dividido en dos campos claramente distinguibles: por un lado la democracia liberal (la única que merece ser llamada “democracia”) y por el otro la presencia fantasmal de todo lo que no se corresponde con ese ideal y, por ello, debe rechazarse de plano. En otras palabras, “populismo” nos invita a cerrar filas alrededor de la democracia liberal (es decir, una democracia de alcances limitados tal como gusta a los liberales) para combatir a un solo monstruo compuesto por todo lo demás, en cuyo cuerpo indiscernible conviven neonazis, keynesianos, caudillos latinoamericanos, socialistas, charlatanes, anticapitalistas, corruptos, nacionalistas y cualquier otra cosa sospechosa. Y el problema es que esa forma de razonamiento nos impide ver dos hechos fundamentales. Primero, que dentro de esa masa de elementos “populistas” hay algunos que definitivamente son una amenaza a la democracia, pero también ideas, experimentos políticos y organizaciones que tienen el potencial de ofrecer formas mejores y más sustantivas de democracia para las sociedades modernas. Y segundo, que el propio liberalismo, con sus valores individualistas, su ethos productivista y su compromiso irrestricto con los intereses de los empresarios es, de hecho, una de las mayores amenazas que corroen las democracias actuales.

Ezequiel Adamovsky Doctor en Historia por University College London (UCL) y Licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires, es Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET, Argentina) y ha sido Investigador Invitado en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) en Francia. Actualmente es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Es autor de varios libros, entre otros: Historia de la clase media argentina (2009).
Fuente:
http://www.revistaanfibia.com/ensayo/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-populismo-2/
Temática:
Izquierda institucional
Movimientos sociales
Populismo
Fuente: Sin Permiso

lunes, 19 de septiembre de 2016

Populista, y a mucha honra



Dario Fo

Era de esperar, pero me ha pasado también esto: me han llamado populista. Ha sucedido en las páginas de L´Espresso del domingo, 21 de agosto de 2016. El autor del artículo en el que se me endilga este término se llama Marco Belpoliti. Mi detractor enseña Sociología de la Literatura y Literatura Italiana en la Universidad de Bérgamo. El hombre de letras emplea el término “populista” en la acepción negativa en boga desde hace años en Italia, a saber, la que considera el populismo una suerte de recurso a modo de pretexto para embaucar arteramente a una comunidad de simplones crédulos, fáciles de manejar con cualquier argumento. Ahora bien, me parece extraño que un profesor universitario se haya dejado llevar por un uso tan exagerado de una palabra tan acusadamente mistificada. Pero, ¿qué origen tiene en realidad esta expresión?

Basta acudir a una de tantas enciclopedias de prestigio para llegar a saber lo siguiente: “populismo” indica una ideologia característica de un movimento político o artístico que ve en el pueblo un modelo ético y social y el respeto de todos los individuos que forman parte de una comunidad civil. El movimiento precursor de esta idea de democracia se puede reconocer en la Revolución Francesa, e incluso antes, en los escritos de Jean-Jacques Rousseau. Ese primer texto suyo se inicia con una ápera crítica de la civilización como causa de todos los males y de la infelicidad de la vida de muchos hombres, que desarrollará el Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres. En su libro El contrato social, Rousseau afirma, además, que «cualquier ley que no sea ratificada por el pueblo en persona es nula, no es una ley».

Este mismo tema ha constituido la base del pensamiento de Gianroberto Casaleggio, fundador con Beppe Grillo del Movimiento Cinco Estrellas. Marco Belpoliti la emprende conmigo por lesa majestad de muslos ministeriales y, punitivo, parte a la búsqueda de mis pecados. Le honra reconocer mi profesionalidad, pero añade maliciosamente que he tenido una vida fácil, porque a diferencia de otros grandes intelectuales, nunca he corrido el riesgo de actuar en solitario yendo contra corriente y adoptando posiciones incómodas. Bueno, que un periodista que, es evidente, se alinea como valeroso defensor de quien está en el gobierno, planteee preguntas sobre el valor de los demás, provoca como mínimo ternura....Que yo pueda estar  del lado del gobierno de estos tiempos no resulta una postura muy auidaz...De cualquier modo, según Belpoliti, yo he ido a lo cómodo. Mientras Sciascia, Pasolini y Sartre han tenido el valor de la soledad, yo me habría movido siempre andando sobre seguro, protegido por poderosos movimientos de oposición.

Belpoliti calla naturalmente en su perorata sobre nuestros comienzos, los míos y los de Franca, sobre las relaciones un tanto difíciles con el poder, como aquella ocasión vivida por nosotros dos, intelectuales fuera de la norma, en nuestro choque con la RAI. Choque que terminó con la expulsión sus buenos quince años de todo programa radiofónico y televisivo por haber denunciado por vez primera en la historia de la RAI accidentes laborales que causaban víctimas como si fuera una guerra. Y de nuevo por primera vez, hemos hablado también de mafia, todo ello en el programa “Canzonissima” tras siete emisiones. En realidad, ha sido muy cómodo para mí y para Franca llevar a las Casas del Pueblo espectáculos críticos con el PCI en presencia de los dirigentes mismos y sufrir el consiguiente ostracismo de la parte más rígida del Partido. Cómo acabó era de esperar, se nos rogó que saliéramos de las Casas del Pueblo, pues nuestra critica era nociva para la unidad del Partido.

Vino después el periodo en el que la policía decidió ponernos las esposas en las muñecas y proceder a detenernos y mandarnos a la cárcel. Y luego los procesos, las bombas en casa y en el teatro, el nacimiento de Socorro Rojo, la ayuda a los compañeros detenidos, la defensa de los derechos civiles, el secuestro y las torturas a Franca [Rame, compañera de vida y arte de Fo, violada y herida por un grupo neofascista en 1973]. Desde luego, formábamos parte de un un gran movimiento, pero no veo cómo se puede afirmar que esta participación nos haya garantizado dormir tranquilos. Escribir cualquier cosa, con tal de dar estopa, se puede hacer...Pero un mínimo a la hora de ceñirse a los hechos sería acaso decente.

El autor del libelo saca a escena en cierto momento a Jean-Paul Sartre, colocándolo entre los intelectuales que obraban en soledad. Se ve perfectamente que Marco Belpoliti nunca conoció personalmente al creador del existencialismo. Yo, por el contrario, tuve esta suerte, junto a Franca.
Seguimos en contacto con él durante mucho tiempo, en la medida en que teníamos proyectos de trabajo que realizar conjuntamente. La primera vez que tuve la fortuna de escucharle fue en la la Sorbona, donde pronunciaba una conferencia en una enorme sala rebosante de jóvenes que bebían literalmente sus palabras. El tema de aquella conferencia era el uso de la situación en el teatro popular. ¿Qué “situación”? es la clave maestra de cualquier espectáculo de la Commedia dell’Arte, clave estructural que implicaba a Molière y hasta a Shakespeare.

De hecho, de Julieta y Romeo todo el mundo recuerda exactamente la clave de ese drama: el hecho de que entre dos jóvenes se escale una pared que dice: «No podéios amaros porque vuestras familias luchan cruentamente entre ellas». Pero contra toda lógica, aquí tenemos a dos que saltan esos muros infranqueables y se aman arriesgando a cada paso la muerte. Pero tenemos que admitir que sin ese veto trágico, el suyo habría sido un amor del todo normal. El contraste de lo imposible es lo que crea la espectacularidad y la conmoción, y esto gracias a la situación que a su vez crea la paradoja, el drama y el teatro popular.

¡Pero fíjense en cuántas veces sale la palabra “pueblo” en los discursos sobre la cultura! ¡El del populismo es precisamente un movimento infinito! En el debate había quien, tomando la palabra, trataba de demostrar que la del pueblo no era cultura sino más bien una imitación del arte de las clases altas. Volaron naturalmente, entre los presentes, expresiones más bien duras, de un bando contra otro, y en determinado momento Sartre pidió la palabra, la tomó y exclamó: «¡Esto sí que es dialéctica! Por fin veo a los conservadores indignados, pero faltos de argumentos válidos. Y por eso me gusta dialogar con un público heterogéneo y rico de ideas diversas como sois vosotros. La palabra es verdaderamente el medio más inteligente que haya creado el hombre». Y todavía hay quien llama solitaria la acción de un intelectual como Jean-Paul Sartre.

Visto que el articulista escribe acerca del coraje y de ir contracorriente, podría medirse con un inventario de los intelectuales que han criticado con el ímpetu destructivo de una pluma, opositores que no ha perdido nunca un día con la televisión y los diarios importantes, que no se han arriesgado ni siquiera a un golpecito.

Dario Fo clásico vivo del teatro popular italiano, actor y autor de obras capitales de la dramaturgia política como Muerte accidental de un anarquista, Misterio Bufo y ¡Aquí no paga nadie!, fue galardonado en 1997 con el Premio Nobel de Literatura.

Fuente original: L´Espresso, 31 de agosto de 2016

Traducción: Lucas Antón

Fuente: Sinpermiso

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