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viernes, 28 de octubre de 2016

Afganistán, ese pequeño y sucio secreto de la campaña estadounidense

Imagen de archivo de la misión de la OTAN en Afganistán EFE

Ambos candidatos están ignorando la guerra en Afganistán: en los tres debates presidenciales el conflicto solo se ha mencionado una vez
De acuerdo con estimaciones de Estados Unidos, los talibanes controlan actualmente más territorio que nunca desde 2001
La esperanza de que el ejército y la policía entrenados por la OTAN remplacen con éxito a los soldados occidentales, se ha demostrado ilusoria

Simon Tisdall 

Con todos los ojos puestos en Mosul, Alepo y el despliegue militar ruso en Oriente Medio, el rápido deterioro de la seguridad en Afganistán ha sido totalmente ignorado por Hillary Clinton y Donald Trump. Quienquiera que gane la presidencia en Estados Unidos tendrá difícil justificar esa indiferencia tras el discurso inaugural.

Como demuestra el asesinato esta semana de 30 personas en la provincia de Ghor, el asunto de Afganistán tiene formas de forzar su entrada en el foco político. Barack Obama aprendió está lección a la fuerza. Prometió acabar con la guerra. En su lugar, la intensificó, después flaqueó y finalmente perdió el interés.

La estrategia de Obama de 2009 de aumento de presencia estadounidense en el país, apoyada por Clinton, entonces secretaria de Estado, envió 51.000 soldados adicionales a Afganistán. Pero los refuerzos fracasaron en su objetivo de acabar con la insurgencia talibán. En 2014 Obama dijo que la guerra estaba acabando. Pero se ha tenido que comer sus palabras. Mientras deja el cargo, 8.400 soldados estadounidenses y un amplio contingente aéreo siguen allí.

Los talibanes afganos, apoyados por células en Pakistán, siguen siendo el enemigo más numeroso y mortífero. Análisis recientes sugieren que los talibanes están ganado territorio en Helmand, donde una vez combatieron los soldados británicos. Las continuas ofensivas en la zona de Kunduz en el norte y los osados ataques en Kabul han sido repelidos, pero con mucha dificultad.

Los yihadistas de al Qaeda, razón por la cual entró Estados Unidos en Afganistán en 2001, siguen activos en al menos siete provincias, mientras que el ISIS se ha afianzado en Nangarhar. Señores de la guerra enfrentados étnicamente complican aún más el panorama.

Afganistán es ya la guerra más larga de Estados Unidos. Su 15º aniversario se cumplió el pasado 7 de octubre. Más de 2.300 soldados estadounidenses han muerto en Afganistán. El conflicto ha costado a los contribuyentes estadounidenses 628.700 millones de euros.

Incluso a pesar de las recientes e inciertas conversaciones de paz, el conflicto está lejos de terminarse. Afganistán se ha convertido en el pequeño y sucio secreto de la campaña presidencial de Estados Unidos sobre el que ningún candidato se preocupa en discutir.

En los tres debates presidenciales, Afganistán solo se ha mencionado una vez, por Clinton, y después solo de pasada. La demócrata, ya atacada por su apoyo a la invasión de Irak de 2003 y la intervención estadounidense en Libia en 2011, tiene muy pocos alicientes para llamar la atención de un problema inconcluso en Afganistán. Sabe que la guerra es sumamente impopular entre los votantes.

Por su parte, Trump parece entender muy poco e importarle menos. Una vez dijo que la guerra era un “error terrible”, pero no tiene una política conocida. Hasta los talibanes parecen ofendidos. Un portavoz talibán, mencionado por el analista Yochi Dreazen, señaló tras el primer debate que Trump dice “lo primero que se le ocurre” y que “no es serio”.

Esta indiferencia no puede durar, escribe Dreazen. “Cualquiera que sea el motivo, el silencio sobre Afganistán es una auténtica vergüenza, ya que el futuro de la larga guerra liderada por Estados Unidos será una de las primeras y principales decisiones que tanto Trump o Clinton tendrán que tomar... El próximo presidente tendrá que decidir si dejar allí las tropas, enviar más, o traer todavía más a casa”, señala.

Abandonar Afganistán no es probablemente una opción, no importa lo mucho que a los países occidentales les gustase hacer desaparecer el problema. A pesar del fracaso de muchos proyectos de reconstrucción rural, 70 países donantes se han comprometido a dar otros 13.900 millones de euros durante los próximos cuatro años.

Aunque las necesidades humanitarias son, sin duda, acuciantes, semejante generosidad parece ser un triunfo de la esperanza sobre la experiencia. La situación en materia de seguridad es grave en muchas zonas, el gobierno afgano en Kabul es débil y la corrupción oficial es endémica.

La violencia contra las mujeres continúa a pesar de los arduos esfuerzos para combatirla. Más de 5.000 casos —incluidos 241 asesinatos— fueron denunciados en la primera mitad del año. La producción de opio vuelve a estar alta. Los refugiados afganos continúan dirigiéndose a Europa en grandes cantidades. El conflicto continúa desestabilizando a Pakistán.

La esperanza entusiasta de que el ejército y la policía tan entrenados por la OTAN remplacen con éxito a los soldados occidentales y que proporcionen la seguridad adecuada se ha demostrado ilusoria. De acuerdo con análisis de Estados Unidos, los talibanes controlan actualmente más territorio que nunca desde 2001. En lo que llevamos de 2015, cerca de 2.500 civiles han muerto, según cifras de la ONU. Muchos de ellos fueron asesinados por fuerzas gubernamentales. Y las muertes de menores han crecido un 15%.

Piensen lo que piensen Clinton y Trump, Afganistán no es un problema que pueden esquivar por mucho tiempo.

Traducido por Javier Biosca Azcoiti

Fuente: theguardian - eldiario.es

lunes, 16 de mayo de 2016

Los muertos que vos matasteis gozan de buena salud



Foto ARG noticias



Afganistán




Afganistán se yergue hoy como símbolo de uno de los mayores fracasos de la denominada “guerra contra el terrorismo”. Esto porque precisamente este objetivo lo que generó fue el nacimiento y desarrollo de nuevos grupos de raíz takfirí, decididos a implementar su política del terror a la par de la destrucción que trajo aparejada la invasión de las potencias occidentales.La “Guerra Contra el terrorismo” es una conceptualización, con la cual la ex Administración de Estados Unidos, presidido por George W. Bush el año 2001, denominó la invasión de la nación centro asiática, tras los atentados del 11 de septiembre del año 2001 en suelo norteamericano y que sirvió, igualmente, como pretexto para agredir a otras naciones como fue el caso de Irak a quien se le acusó falsamente de poseer armas de destrucción masiva.
En concreto, con respecto a Afganistán ¿cuál fue la excusa esgrimida para atacar con todo el poderío militar de la mayor potencia del mundo a un país considerado dentro de los más pobres y subdesarrollados del mundo? Desde Washington se repitió, hasta el hartazgo, que el objetivo era buscar en el montañoso territorio afgano al responsable de los ataques terroristas en Nueva York y Washington. Aunque se haya comprobado posteriormente que 15 de los diecinueve inculpados eran súbditos de la monarquía wahabita de la Casa al Saud. El nombre del acusado de los atentados del 11 de septiembre del año 20101 era Osama Bin Laden, de quien se sostenía contaba con la protección del gobierno talibán, que a la época regía los destinos de Afganistán. Osama Bin Laden, líder de una organización llamad Al-Qaeda – La Red – cuyo origen se encuentra en la lucha que diversos grupos y movimientos afganos, entre ellos milicianos de ideología takfirí, sostuvieron contra las fuerzas de la ex Unión Soviética, que invadieron Afganistán entre los años 1979 a 1989.
Bandas takfiríes como instrumentos de Occidente
Esos grupos, en el marco de lo que se denominó historiográficamente como “Guerra Fría”, fueron creados, entrenados, armados y financiados generosamente por los servicios de inteligencia de Washington y sus aliados - Paquistán, Arabia Saudita, la entidad sionista entre otros - para luego convertirse en la base de organizaciones terroristas, entre ellos Al Qaeda, que terminarían luchando contra los intereses de su padre putativo pero al mismo tiempo sirviendo a los intereses generales de las potencias occidentales, decididas a encontrar un nuevo enemigo tras la caída de los socialismos reales. Ese enemigo tendría nombre y apellido: el mundo musulmán, donde los grupos takfirí han servido con su accionar y alejamiento de la esencia del Islam como títeres e instrumentos de la política hegemónica de Washington y sus aliados.
Esta visión geopolítica de “guerra contra el terrorismo” se hunde en el contubernio entre Washington y la entidad sionista. Socios que a principios de los años 80 del siglo XX y con ayuda de sus medios de comunicación realzaron, profusamente, el concepto de terrorismo internacional, como una manera de desacreditar a aquellas corrientes político-militares en lucha, ya sea contra las dictaduras militares, como también a los Movimientos de Liberación Nacional. Para la denominada Red Voltaire, “Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, tanto Israel como Estados Unidos deslizan la represión del terrorismo del ámbito policial al campo militar. Para la clase dirigente anglosajona la «guerra contra el terrorismo» tenía que ser un instrumento que le permitiera consolidar su control sobre las vías comerciales - libre circulación marítima y aérea – principalmente –. Pero, la administración Bush y el movimiento sionista la utilizaron para vestir anacrónicas aventuras coloniales - en Palestina, Afganistán e Irak –. Los occidentales utilizan también ese concepto para justificar la instauración de una sociedad orwelliana obsesionada con la cuestión de la seguridad. Otros, como es el caso de la Organización de Cooperación de Shangai, la utiliza para luchar contra la injerencia y estabilizar por la fuerza las poblaciones nómadas del Asia Central".
Menciono el concepto de fracaso respecto a la política de agresión implementada por Estados Unidos en Afganistán pues, a 15 años de invasión de la nación centroasiática, la muerte de Osama Bin Laden, un gasto estimado en 650 mil millones de dólares, la destrucción de gran parte de la infraestructura básica del país, la muerte de medio millón de afganos, junto a 2.381 estadounidenses y 20 mil heridos de esa nacionalidad, que se unen a los 500 muertos británicos y 3 mil heridos, los Talibán – considerado blanco esencial para las fuerzas estadounidenses - no sólo no han desaparecido, sino que han fortalecido sus posiciones y reiniciado sus actividades en gran parte del país, operando en 26 de las 34 provincias. No existe la tan cacareada democracia que se supone vendría de la mano de las tropas invasoras, convertido en coto de caza para los intereses hidrocarburíferos y manantial inagotable para cubrir la demanda del 85% de la heroína que consume el mundo occidental.
Igualmente, Al Qaeda y sus células son cada día más activas, generando un crónica inestabilidad, a lo que se une la constatación que EIIL – Daesh en árabe - que irrumpió en Afganistán a partir de mediados del año 2014, y ha consolidado sus posiciones en el país asiático generando un fuerza decidida a enfrentarse, no sólo a las fuerzas militares del gobierno afgano, sino también a las estadounidense, que aún permanecen en Afganistán. Tropas que para el ex funcionario del Departamento de Estado de EE.UU. Lawrence Wilkerson “no abandonarán Afganistán en los próximos 50 años”.
Las palabras de Wilkerson no sólo tienen un carácter militar, sino que hunden su razonamiento en aspectos ligados a una vigente ambición geopolítica enmarcada en la concepción del Heartland con que suelen moverse las estrategias globales de dominio de las potencias occidentales. Visión y práctica en la cual Afganistán – parte de la denominada tierra alta iraní - es considerada integrante de ese Heartland o área pivote. Por ende, sujeta a la necesidad de controlarla en función de la idea, que quien controle la zona de Asia Central-Rusia Central y la Siberia tendrán una basa privilegiada, no sólo para controlar el resto de Asia, sino también Europa, obteniendo una situación de privilegio en el enfoque y la praxis del dominio mundial.
En los círculos de estudio geopolíticos suele considerarse que esta Teoría del Heartland – o Teoría del Corazón Continental o de la Región Cardial - desarrollada por el político y geógrafo inglés Halford John Mackinder, es demasiado generalista, una teoría simplista y poco concluyente, ante la necesidad de poseer una mirada más sistémica sobre lo que acontece en el área de estudio específico, como también en Oriente Medio y el Magreb – que vienen a ser dentro de esta Teoría, las regiones del Creciente Interior -. A pesar de esta crítica, resulta interesante tenerla en cuenta como modelo de estudio de la política exterior y modelo económico - sobre todo frente a una realidad mundial donde visualizamos el ascenso y resurgimiento de potencias como es el caso de China, la República islámica de Irán y Rusia.
Estados Unidos ha gastado en esta supuesta “guerra contra el terrorismo”, en los últimos tres lustros, 650 mil millones de dólares en sus intentos de consolidar en tierras afganas gobiernos afines a su ambición de dominio del “área pivote”, que consolide su plan general de controlar las rutas de gasoductos y oleoductos. A Estados Unidos poco le importa que la clase política a la cual apoya en Afganistán carezca de poder social y político real, destruyendo aún más a un país fragmentado y prácticamente balcanizado. El objetivo es no entregar la zona a sus rivales de la Organización de Cooperación de Shanghái y frenar la influencia de Teherán, en la zona, sobre todo partir de los acuerdos nucleares de julio del año 2015.
Viejas guerras, nuevos actores
Lo mencionado se da en el marco de objetivos geoestratégicos en la zona de Asia Central, que se inserta en el intento estadounidense de luchar contra el proyecto de desarrollo exterior de la República Popular China, que ha enfocado su mirada hacia occidente, buscando salidas al cerco que Washington y sus aliados japoneses, surcoreanos y australianos le quieren imponer a China en su salida al Océano Pacífico. China se ha visto impulsada a buscar oxigeno, mercados y alianzas hacia el oeste, donde Afganistán y Paquistán cumplen un papel central en esta tarea.
El Estado actual afgano, sujeto a las presiones de los grupos insurgentes y el chantaje permanente de Washington y sus aliados, es un Estado débil, supeditado a los hilos que se muevan desde el eje Estados Unidos-Inglaterra, en el marco de la influencia regional que dicha alianza desea seguir manteniendo en el centro de Asia. Recordemos, como prueba de esta absoluta dependencia, la conducta del actual gobierno, presidido por Ashraf Qani, que al día siguiente de su toma de posesión rubricó con su firma el denominado Acuerdo de Seguridad Bilateral - BSA, por sus siglas en inglés - entre Afganistán y Estados Unidos, que ha permitido a Washington mantener parte de sus tropas en territorio afgano después de fines del año 2014.
El fracaso estadounidense en Afganistán se deja sentir día a día, ya sea con ataques dentro de lo que se considera la zona más segura en su capital, Kabul – la llamada Zona Verde -, como el avance de las fuerzas del talibán en gran parte de las provincias afganas, como también la irrupción de bandas terroristas como Daesh, que a partir del año 2014 se ha hecho presente en Afganistán y su idea de crear un califato, generando la alarma de países como Paquistán y la República Islámica de Irán. Al Qaeda, la Red Haqqani y Daesh son tentáculos de la misma criatura takfirí, que suelen nacer, desarrollarse y adquirir relevancia gracias a sus padres putativos.
Para el canciller iraní Mohamad Yavad Zarif, “la entrada en territorio afgano de nuevos factores de inseguridad, como es el caso de Daesh, la brecha entre los talibán y el uso que podría hacer Daesh de esas divisiones preocupan enormemente. El terrorismo, el extremismo y las drogas representan las principales amenazas, no sólo para Afganistán, sino para toda la región y el mundo entero. Resulta por ello muy lamentable que ciertos países sigan pensando en el extremismo y en el terrorismo como un capital, que les ayuden a conseguir sus objetivos a corto plazo… ignoran esa realidad probada, repetidas veces, que los extremistas morderán por fin las manos que los alimentaron. Apoyaremos a Afganistán en estos tiempos difíciles, pues un Afganistán seguro, con una economía activa y creciente, garantizará los intereses de todos los Estados de la región”.
Irán tiene interés en que la situación en Afganistán mejore pues, no sólo es vecino fronterizo de la nación afgana, sino también tiene en su suelo a un millón de refugiado de esa nacionalidad, en un trabajo que ha sido destacado por la propia ONU, que a través del Alto Comisionado Para los refugiados – ACNUR – declaró, a fines del año 2015 que “la actitud de la República Islámica de Irán constituye por su atención, dedicación y generosidad, un modelo que es un ejemplo para el mundo, que debe ser imitada. Acceso a un seguro médico universal como el que tienen los iraníes, educación gratuita para casi 350.000 niños y adolescentes afganos en las escuelas públicas, acceso a la universidad y a cursos de formación técnica y el permiso para que los refugiados elijan libremente su lugar de residencia”. Esto a pesar, como lo reconoce el organismo internacional, de los problemas que ha enfrentado Irán a partir del bloqueo de occidente, y las guerras en la zona de Asia Central y Oriente medio.
Sostuve tiempo atrás, al referirme a un nuevo aniversario de la invasión a Afganistán que “cuando a pocos meses del 11 de septiembre del año 2001 Estados Unidos dio inicio a la Operación Libertad Duradera, las oficinas de propaganda de la superpotencia se encargaron de transmitir al mundo que la incursión bélica en la nación afgana sería “coser y cantar”. Sin embargo, poco a poco, los halcones de Washington se dieron cuenta que lo que iban a coser y en forma creciente eran los sacos con los cuerpos de jóvenes soldados - principalmente de origen hispano y negros - que retornaban a Estados Unidos, empantanados en una guerra que trajo al recuerdo la pesadilla de Vietnam”.
Esa realidad seguirá siendo parte de la política exterior estadounidense pues al complejo escenario afgano se han ido agregando nuevos actores, más intereses y una maraña de objetivos que cruzan lo político, lo económico y lo militar. Con el objetivo declarado de Estados Unidos de sacar a los talibanes del poder, en aquel lejano octubre del año 2001 y con una guerra civil devastadora, los que pueden volver a ocupar ese poder son precisamente los miembros del movimiento rigorista Talibán, dominadores de las principales zonas de cultivo de la adormidera, principal ingrediente para la producción de la Heroína. El balance de la ocupación occidental de Afganistán muestra profundas fisuras con lo que se pretendía originalmente: ¿vencer a los talibán? ¡Ni pensarlo! Hoy, más que nuca los talibán están firmes en sus territorios. ¿Destruir las plantaciones de Opio? ¡Menos aún!
El terrorismo se consolida en Afganistán, las luchas por hegemonizar el poder es pan de cada día entre el Talibán y Daesh, que busca en tierras afganas consolidar una fuente de ingresos importantes a través del control y distribución de la heroína y que podría generarle cerca de mil millones de dólares anuales, según cifras dadas a conocer por el Jefe del servicio Federal Ruso de Control de Drogas – FSKN por sus siglas en ruso – Víctor Ivanov. Este funcionario ruso, subraya, además que “en Turquía se encuentran laboratorios que procesan opio proveniente de Afganistánpara fabricar heroína y suministrarla a Europa y Rusia”. Afganistán tiene prácticamente el monopolio de las exportaciones mundiales de opio y sus ingresos financian hasta el 15 por ciento de las actividades de la insurgencia talibán que mediante la inseguridad han logrado alzar crecientemente el precio del opio, llevando a los agricultores afganos – cerca de tres millones de ellos se dedican al cultivo de la adormidera - a incrementar el cultivo ilícito de la amapola en un 7 por ciento en el 2015, según revelan los reportes de las Naciones Unidas publicados periódicamente.
En otro plano, la alianza Talibán con la Red Haqqani se ha consolidado con fuerza y no sólo en los clásicos bastiones del sur del país, sino en la amplia geografía afgana, donde antes tenía escasa o casi nula presencia. Cercanos a los talibanes, pero dotado de cierta autonomía, la Red Haqqani controla amplias áreas del sureste del país donde su estrategia de control se basa tanto en el vasallaje tribal como en la férrea disciplina en el campo ideológico, sobre todo en las provincias de Paktia y Khost. A cinco años de la muerte de Bin Laden, a quince años de la invasión a Afganistán, Al Qaeda, la Red Haqqani, Daesh, atentados, muerte y destrucción son parte del agreste paisaje afgano.
Y es en este escenario donde 31 millones de afganos - a lo que se deben unir 2 millones de refugiados que se han visto sometidos a una intervención que dura ya 15 años y la presencia de grupos y bandas takfirí - viene al caso traer a colación aquella expresión que se encuentra en una antigua traducción de la comedia francesa “Le Menteur (El mentiroso)” que Pierre Corneille escribió a mediado del siglo XVII: “los muertos que vos matasteis gozan de buena salud”, visualizada para Afganistán, en el tercer lustro del siglo XXI, en toda su trágica dimensión.

Artículo del Autor Cedido por Hispantv.

Fuente: Rebelión

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

lunes, 10 de febrero de 2014

El futuro de Pakistán está vinculado a los talibanes

 

RAWLPINDI, PAKISTAN

 

 

La agonía de Afganistán y las consecuencias de la retirada de EE UU y sus aliados. Dossier

Tariq Alí

Hace doce años, unas pocas semanas después de la ocupación de Afganistán,sugerí (en estas páginas) que la euforia despertada por una conquista fácil estaba fuera de lugar. Sería una guerra larga y uno de sus efectos secundarios sería desestabilizar seriamente Pakistán. Por desgracia, los acontecimientos no han contradicho el análisis. El desbordamiento en Pakistán ha estado provocando el caos durante años. La opinión de que esto no tiene nada que ver con Afganistán es demasiado superficial para merecer una consideración seria.

No es ningún secreto que, desde el 9/11, los sucesivos gobiernos -Musharraf, Zardari y ahora los hermanos Sharif - han consentido los ataques con aviones no tripulados de Estados Unidos y han estado al tanto de las operaciones encubiertas de la CIA en Pakistán. Las encuestas de opinión, sin embargo, revelan que una gran mayoría de ciudadanos paquistaníes se oponen a las políticas estadounidenses. La capitulación de los partidos laicos liberales ante Washington dejó el campo libre a los grupos armados fundamentalistas religiosos, que comenzaron a desafiar el monopolio de la violencia legítima del Estado, presentándose como defensores del Islam y de los oprimidos pastunes en Pakistán. Sus afirmaciones son falsas.

Sólo el año pasado el TTP (Movimiento Talibán de Pakistán), el mayor de los grupos fundamentalistas armados, ha llevado a cabo cientos de ataques en diferentes partes del país, masacrando a cientos de inocentes y la mitad de esa cifra de personal de seguridad y militar. ¿Quiénes eran los muertos? Los cristianos en Peshawar, chiítas en otras partes del país, la flota de guerra en Karachi, agentes de inteligencia y policías y soldados en todas partes.

Los intentos de los militares en los últimos años para desalojarlos de ciertas áreas que controlaban (Swat es el mejor ejemplo) fracasaron por dos razones: la aplanadora maquina militar es torpe e imprudente, a menudo logra exactamente lo contrario de lo que se ha propuesto antes de tener que retirarse, y, en segundo lugar, una vez que los soldados regresan a los cuarteles, la infraestructura civil es demasiado débil para resistir las intrusiones armadas de los militantes islamistas. El patrón se repite y nada cambia.

Hace unas semanas, el TTP atacó el cuartel general militar en Rawalpindi, matando a soldados y civiles. Cuando el primer ministro, Nawaz Sharif, llegó a visitar a los heridos en un hospital local, multitudes de ciudadanos enojados corearon los más selectos insultos en punjabi contra el TTP y exigieron una respuesta contundente. Sharif, visiblemente afectado, autorizó a uno de sus ministros más cercanos a declarar virtualmente la guerra: se ordenó a la fuerza aérea paquistaní atacar las bases del TTP. Los líderes del TTP se sorprendieron, y pidieron de inmediato conversaciones con el gobierno.

Pidieron a Imran Khan, líder del PTI - el gobierno provincial en la provincia de Pakhtunkhwa, fronteriza con Afganistán - que formase parte de su delegación. Avergonzado por la solicitud, se negó. Pero otros han aceptado, incluyendo Sami-ul-Haq, el espeluznante clérigo a quién se considera como el "padre de los talibanes". Nawaz Sharif ha decidido dar marcha atrás a partir de la acción militar, y se espera que las conversaciones comiencen muy pronto. Pueden producir un alto el fuego temporal, pero no mucho más.

A pesar de horrorosa la serie de atentados recientes, el corazón del problema sigue siendo Afganistán. No es porque el TTP y sus redes sean tan poderosos que sus líderes no puedan ser encontrados, capturados, acusados y castigados. El hecho es que, con la retirada inminente de los EE.UU. de Afganistán, el servicio de inteligencia de Pakistán, el ISI, y sus jefes en Pakistán no puede permitirse el lujo de ofender al TTP demasiado. Islamabad ha desarrollado la teoría de la "profundidad estratégica": mantener Afganistán fuera de las manos de los aliados de la India como una estrategia defensiva contra la India. Esto siempre fue un poco absurdo, teniendo en cuenta que tanto la India como Pakistán son potencias nucleares y cualquier conflicto serio sería un desastre para ambos países.

Además, los pastúnes de Afganistán siempre han resentido la división británica de sus tierras y no pocos en Pakistán se sienten más cerca de sus hermanos afganos que del régimen en Islamabad. El velo de los talibanes ha enmascarado esta hostilidad y le ha dado colores religiosos, pero, en el fondo, la cuestión nacional sigue siendo fuerte. Si una sección del ISI apoya a las redes armadas, es difícil para otras alas del ISI acabar con ellas.

Una solución duradera, que puede muy bien que no sea la preferida por muchos paquistaníes, vendrá después de que los EE.UU. y sus aliados hayan abandonado el país. El presidente títere, Hamid Karzai, es consciente de todo esto, y ha declarado: "Los talibanes son nuestros hermanos", y denunciado la presencia británica en Helmand. Probablemente tratará de promover el nacionalismo pastún para debilitar a Islamabad. Hay mucho en juego para todas las partes.

Tariq Ali es miembro del consejo editorial de SIN PERMISO. Uno de sus últimos libros publicados esThe Duel: Pakistan on the Flight Path of American Power [hay traducción castellana en Alianza Editorial, Madrid, 2008: Pakistán en el punto de mira de Estados Unidos: el duelo].

http://www.theguardian.com/commentisfree/2014/feb/04/pakistan-future-tied-to-taliban

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