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jueves, 28 de mayo de 2015

EUROPA VA A LA GUERRA (INFORMATIVA)

              
                         Antenas de Radio Liberty en la playa de Pals
 
Àngel Ferrero

En 2006 se dinamitaron, con gran cobertura informativa, las antenas de Radio Liberty en la playa de Pals, consideradas una reliquia de la guerra fría que había cumplido con su misión. “En maldita hora”, debieron pensar en la cumbre de la UE celebrada el pasado 19 y 20 de marzo. El décimo punto del día, filtrado un día antes a la prensa, anunciaba que se encargaría a la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, la tarea de preparar para junio “un plan de acción […] en apoyo a la libertad de los medios”. Este “apoyo a la libertad de los medios” no será en Europa (¿no permitió la UE en 2013 el cierre de ERT, la radiotelevisión pública griega?), ni tampoco en Oriente Próximo o África, sino en Rusia, y de hecho, únicamente allí, porque a los líderes europeos les preocupa lo que denominan “propaganda rusa”. En 1992 la Unión Europea de Radiodifusión (UER) –una entidad que no depende de la UE, pero formada por la mayoría de televisiones públicas de sus Estados miembros– ya creóEuronews (que también retransmite en ruso) justo después de la Guerra del Golfo para presentar la información “desde un punto de vista europeo”, entonces como respuesta al éxito de la CNN.
Según el portal EurActiv, un diplomático confesó su escepticismo. “¿Puede una estrategia así desarrollarse con los medios libres europeos? No estoy seguro”, se preguntaba, apuntando él mismo, quizá sin saberlo, a un horizonte que en realidad muchos en Bruselas anhelan desde hace tiempo: el de una UE más antidemocrática. “No entiendo por qué estamos poniendo esto en el punto del día”, dijo otro, “si fuese ruso estaría absolutamente encantado, porque estamos proporcionándoles pruebas de su éxito”. El 12 de mayo, el Comité de Exteriores del Parlamento Europeo aprobó con 53 votos a favor, 10 en contra y tres abstenciones el “plan de contingencia mediante soft power” que incluye “una asistencia financiera más ambiciosa a la sociedad civil de Rusia”.
Letonia ya ha propuesto crear una cadena de televisión en lengua rusa con fondos comunitarios. A finales de abril ordenó, sin ninguna trascendencia informativa, el cierre de las emisiones de RTR Planeta, en lengua rusa, cuyo programa sustituirá otra cadena con “información amiga”. Según Der Spiegel, los contenidos los proporcionará la televisión alemana Deutsche Welle.
La medida anunciada resulta tanto más sorprendente teniendo en cuenta que, según el último sondeo del Centro Levada (independiente) en Rusia, el 60% de los encuestados se mostró a favor de “incrementar los vínculos económicos, políticos y culturales” con los países occidentales (3% más que en noviembre de 2014), mientras que sólo un 29% se decantaba por “cortar todos los vínculos” con ellos. Según Levada, un 63% de los encuestados cree que “Rusia está realmente amenazada por varios enemigos externos e internos” pero sólo un 23% opina que “las historias sobre enemigos son un anzuelo para espantar al país y hacer que obedezca al gobierno”.
“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, escribió Evelyn Beatrice Hall. Esta frase –erróneamente atribuida a Voltaire, de quien Hall escribió una biografía– acostumbra a tomarse como principio fundamental de la libertad de expresión, de la que la libertad de información forma parte. Pero eso era antes. El primer medio en comprobarlo no fue, de hecho, ruso, sino iraní. En enero de 2013, los operadores de satélite Eutelsat y Argiva interrumpieron, a petición del Gobierno español, la emisión de HispanTV por considerarla vinculada al entonces responsable de la radiodifusión iraní, Ezatola Zarghami, sancionado por la UE en 2012 por “haber cometido violaciones contra los derechos humanos”. El cese de emisiones no sólo afectó a los espectadores de HispanTV en España, sino también a los de Latinoamérica, que recibían la señal a través de Hispasat.
El 2 de marzo The Guardian informaba que Ofcom, la entidad reguladora de medios en Reino Unido, había iniciado una investigación a la cadena de televisión rusa RT a raíz de las quejas de un espectador después de un debate televisado sobre Ucrania. Un portavoz declaró que Ofcom “ha iniciado una investigación sobre si este programa sobre la situación en Ucrania, que incluía comentarios antioccidentales, fue debidamente imparcial”. Ya el año pasado, el director del ente radiotelevisivo rusoRossiya Segodnya, Dmitri Kiseliov, fue incluido entre los sancionados por EEUU y la UE tras la adhesión de Crimea a Rusia.
Desde un punto de vista estrictamente legal, uno puede pensar lo que quiera sobre Zarghami o Kiseliov, pero las medidas tomadas contra ellos son una clara violación del derecho a la libertad de expresión.
¿Qué es lo que molesta, pues, de estos medios de comunicación? No, evidentemente, las repetidamente denunciadas credenciales democráticas de sus países emisores –sólo hay que echar un vistazo a la de algunos de los aliados de EEUU y la UE–, sino que la aparición de RT (2005), Telesur (2005) o HispanTV (2011) ha terminado con el oligopolio comunicativo que mantenían EEUU y, en menor grado, la UE, en el cual el grado de consenso es tan elevado que Noam Chomsky llegó a decir que “cualquier dictador admiraría la uniformidad y la obediencia de los medios de EEUU”. Ahora no sólo sus versiones de los hechos llegan al público, sino que en estas plataformas han encontrado espacio personas a quienes se privaba de acceso a los grandes medios de comunicación, como era el caso de Pablo Iglesias y Fort Apache en HispanTV o es el de Julian Assange, que contó con un programa de entrevistas en RT, llenando así un vacío, el de la información crítica, que el resto de medios de comunicación de masas ha abandonado.
Con esta medida, Bruselas podría terminar abriendo un debate que por ahora no parece dispuesta a aceptar. ¿Cómo puede la UE brindar su “apoyo a la libertad de los medios” en Rusia mientras los periodistas europeos denuncian crecientes presiones económicas? Es más, ¿cómo puede la UE, cuyo secretismo y falta de transparencia son notorios, apoyar la libertad de los medios e impedir a los periodistas acceder a la información sobre el TTIP?
Esta escalada retórica es peligrosa, porque acompaña a la escalada de tensión geopolítica en Europa y potencialmente justifica cualquier agresión armada. Durante los bombardeos de la OTAN a Yugoslavia en 1999, la Alianza Atlántica justificó el ataque contra la sede de la televisión pública serbia (RTS) asegurando que era necesario “para interrumpir y degradar la red de mando, control y comunicaciones” y que la sede de RTS era un “objeto dual” (civil, pero con un uso que también puede ser militar) que “contribuía a la guerra propagandística que orquestaba la campaña contra la población de Kosovo”. Rusia no es evidentemente Yugoslavia, pero el vocabulario que se emplea recuerda en ocasiones peligrosamente a aquel.
Si la UE quiere sinceramente proteger a su población contra una pretendida propagada rusa, venezolana o iraní –en el supuesto que, según parece, solamente quien no acepta la política occidental parece hacer “propaganda”– lo que tendría que hacer es apoyar la educación para contar con una ciudadanía formada y capaz de leer crítica y racionalmente las noticias, y no recortarla, creando precisamente ciudadanos más vulnerables a la manipulación, venga de donde venga. Por otra parte, la “nueva guerra informativa” de la UE revela una concepción paternalista de la sociedad, que entiende tanto a la población rusa como de los Estados miembros de la UE como un receptáculo vacío o una masa amorfa que los poderes fácticos pueden modelar a voluntad.
De materializarse este plan, no sólo contribuirá al mayor deterioro de las relaciones entre Bruselas y Moscú, sino a una polarización de las opiniones que, de hecho, ya está en marcha. Todo análisis y opinión críticos con la política de la UE –y especialmente con la gestión de la crisis– y todo intento por explicar que Rusia es una sociedad compleja, pasarán a considerarse, automáticamente, como “prorrusas”. Ya tuvimos una muestra de ello con la victoria en Grecia de Syriza y el viaje a Moscú de Tsipras. El exsecretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, llegó a afirmar que Greenpeace recibía financiación del Kremlin para protestar contra el 'fracking' y mantener así la dependencia de Europa del gas ruso.
La prensa conservadora alemana acuñó ya el año pasado dos términos para desprestigiar a sus adversarios: Putinversteher y Russlandversteher, traducibles como “quien entiende a Putin” y “quien entiende a Rusia”, como si “entender” significase “aprobar”, “aceptar” o “justificar”. “Nostálgicos de la URSS”, “teóricos de la conspiración”... se trata, en suma, de argumentos ad hominem que buscan psicologizar al contrario para presentar sus posiciones como irracionales y evitar enfrentarse a sus argumentos. Los periodistas que tratan de desafiar este consenso se arriesgan a perder su prestigio, sus contactos o incluso su puesto de trabajo. Los periodistas y analistas de think tanks que lo abonan, en cambio, se ven recompensados y consiguen más proyección mediática, lo que conduce en última instancia a un sesgo informativo, si no a una espiral de empobrecimiento del discurso público: quien más constantemente golpea a Rusia y su gobierno más puntos obtiene, más artículos y libros publicados, más entrevistas concedidas y más dinero.
Bruselas quiere clavar otro clavo en el ataúd de la libertad de expresión en Europa. El pretexto es Rusia. ¿Su argumento? La libertad de expresión.
Ángel Ferrero es miembro del comité de redacción de Sinpermiso
http://www.eldiario.es/contrapoder/liberticidio_informativo_6_389221116.html

jueves, 7 de mayo de 2015

"Podemos" y la agenda-setting

 

 

OLGA RODRIGUEZ, PERIODISTA

Olga Rodríguez

eldiario.es

En 1972 McComb y Shaw hicieron un estudio con el que acuñaron el nombre de la agenda-setting, un concepto que todos los periodistas estudiamos durante la carrera universitaria y cuyos efectos posteriormente comprobamos al poner en práctica el oficio. La agenda-setting se refiere a cómo los medios influyen en el público directa o indirectamente no en las opiniones o dictámenes que estos enuncian, sino otorgando relevancia o espacio informativo a temas o cuestiones que los medios eligen.

Los mass media tienen una gran capacidad para imponer de qué se habla y cómo se habla de lo que se habla. Marcan la agenda-setting, al igual que la marcan las instituciones, las empresas, los gobiernos, los partidos, a través de sus gabinetes de prensa y comunicación y de sofisticados procedimientos que buscan influencia. Para romper esa agenda-setting se requiere voluntad, tiempo y trabajo. Para muchos medios es más cómodo -y sirve a unos intereses claros- esperar a que te llegue la “información” que buscarla directamente. Por eso hay tantas “noticias” procedente de fuentes institucionales y tan pocas procedente de la gente.

La Plataforma de Afectados por la Hipoteca logró romper la agenda-setting del poder, demostrando que aquí había una realidad que nadie decente podía ignorar, a pesar de que los de arriba se afanaran diariamente para desviar la atención. El discurso claro, franco y contundente de la PAH y de Ada Colau rompió la atmósfera de irrealidad en la que pretendían obligarnos a vivir y colocó encima de la mesa del debate público una injusticia hasta entonces ignorada por los mass media: los desahucios sin solución habitacional y la ley hipotecaria, que dejan a familias en el absoluto y radical desamparo y encima endeudados de por vida.

El 15M tuvo el mismo efecto. Mientras la agenda-setting del poder empujaba a los medios a la inercia de seguir mirando hacia arriba, el movimiento de los indignados les obligó a mirar hacia abajo. El 15-M fue el primer acontecimiento en mucho tiempo que empujó a los medios a cubrir durante semanas “algo” protagonizado por la gente de a pie y no agenda-setting marcada por poderes económicos o institucionales.

Darle la vuelta al “de qué se habla” fue también clave en el nacimiento de Podemos y en su vertiginoso ascenso en 2014. Podemos no nació con miedo ni con ambigüedad, sino con contundencia. Pablo Iglesias impuso en los debates televisivos problemas económicos y sociales fundamentales de nuestra actualidad, y lo hizo con la suficiente claridad para que le comprendiera no solo una elite intelectual. Cuando nació Podemos la formación mantuvo esa irreverencia, mezclada con una voluntad divulgadora, con mensajes claros y comprensibles, libres de significantes percibidos por muchos como radicales, sectarios o anticuados. Esto último, el lenguaje, es fundamental para diferenciar Podemos de una izquierda tradicional.

Hablar de política

La aparición de Pablo Iglesias -y de otros- en programas de televisión habría sido mucho más difícil si no hubiera tenido lugar el movimiento del 15M, que puso de moda hablar de política y no de partidos. Podemos rompió el matrix de la agenda-setting hablando sin pelos en la lengua, sin miedo. Se convirtió en la representación de la indignación de tanta gente que veía cómo no podía llegar a fin de mes, cómo el Gobierno recortaba servicios públicos fundamentales, cómo la corrupción no eran manzanas podridas en los partidos políticos, sino una forma de gobierno supeditada a un poder financiero.

“Ese es el problema de este país: un casta económica que gobierna sin presentarse a las elecciones, eso es la corrupción, una forma de gobierno, no tiene que ver con manzanas podridas”, decía Pablo Iglesias en la campaña electoral de las europeas.

Al igual que la PAH o que el 15M, Podemos contaba lo que otros no se atrevían ni a sugerir. Lo hacía sin medias tintas, sin temor a la reacción de la maquinaria del establishment, lo hacía consciente de que el aumento de la desigualdad, la pobreza y la precariedad había creado receptores interesados en escuchar y en apoyar esas denuncias. Así ganó Podemos más de un millón doscientos mil votos en tan solo cuatro meses de existencia.

Lo interno y lo externo

Después del verano de 2014 Podemos tuvo que mirar hacia dentro, para constituirse como partido en los diversos territorios del Estado, para organizar su estructura, para decidir sus métodos de funcionamiento. “Estamos construyendo un proyecto de partido y a la vez un proyecto de país”, afirmaban fuera de las cámaras algunos de sus integrantes más conocidos, conscientes de la dificultad que entrañaba aquella duplicidad de tarea.

La configuración de Podemos como partido duró meses. Durante ese tiempo se celebraron debates, elecciones primarias y surgieron algunas tensiones internas. Por aquella época ya estaba en marcha una campaña de desprestigio contra Podemos en la que valía todo: algunos periodistas y contertulios aseguraban, sin pruebas, que Podemos estaba financiado por “el chavismo”, otros repetían que Iglesias y los suyos eran “radicales y populistas”, hubo analistas y articulistas de reconocido “prestigio” que pusieron el grito en el cielo ante la posibilidad de que Podemos pudiera gobernar, y alguno llegó a hablar de “terror soviético”.

Semejante campaña, que prosigue a día de hoy, llevó a Podemos a replegar el tono de sus mensajes y a hablar de sí mismo en sus apariciones públicas con el objetivo de limpiar su imagen. La crisis, la estafa, pasaban a un segundo plano. Las preguntas que les formulaban y formulan en las ruedas de prensa redirigen su discurso. Ante ello, un sector de Podemos optó por sustituir irreverencia, conflicto y atrevimiento por un mensaje más moderado. Se replegó un poco, rebajó el tono. Pasó, inevitablemente, de la ofensiva a la defensiva, frente a una agenda-setting oficial recuperada y crecida.

Puede que en un primer momento Podemos cayera en la trampa de querer ser considerado respetable y respetuoso, olvidando que el poder solo entiende el respeto como algo vinculado a la sumisión o a la aceptación de las reglas tal cual son actualmente. Podemos quiere ganar para poder cambiar las cosas, para ello necesita aglutinar a la gente procedente de sectores políticos diversos y por eso apostó por evitar cuestiones que podrían hacerle perder votos y por centrarse en “temas blancos”, como la denuncia de la corrupción y la defensa de lo nuevo frente a lo viejo, asuntos que no implican atemorizar a ciertos sectores.

Sin embargo, es ahí donde Ciudadanos se apodera del territorio de Podemos, disfrazándose de “algo nuevo” y centrando su discurso en la lucha contra la corrupción. La formación de Albert Rivera, neoliberal en lo económico -defiende el contrato único, externalizaciones en el sector público o el aumento del IVA superreducido que encarece el precio de productos básicos- es sin embargo percibida con ambigüedad por muchos ciudadanos. Al contar con el beneplácito de plataformas mediáticas conservadoras y de otras que tradicionalmente han apoyado a la socialdemocracia, consigue apoderarse de un amplio espacio electoral.

Ciudadanos pelea bien en la dicotomía “nuevo frente a viejo” y alza la voz contra la corrupción. Lo que no puede -no está en su naturaleza- es decir verdades incómodas para el poder, hablar de los de abajo o romper con las políticas que nos han llevado al desastre.

Sin medias tintas

De todo esto se está debatiendo internamente en Podemos, y lo que surge de ese debate es más que reseñable.

Hace un par de semanas Pablo Iglesias escribió un artículo en el que indicaba, hablando de Ciudadanos, que “por eso lo importante es que nosotros no olvidemos lo que nos trajo hasta aquí: un discurso permanente de la visualización de las víctimas de la crisis y de reivindicación del Estado social y de las políticas redistributivas; exactamente el terreno que ha abandonado la socialdemocracia”. Y añadía:

“Sería un grave error si nos dejáramos llevar a un terreno que no nos es propio. Hemos llegado hasta aquí llamando a las cosas por su nombre; debemos seguir haciéndolo”.

Días después Iglesias escribía que “no habrá cambio sin ruptura y, por tanto, quien quiera pactar con nosotros tendrá que romper con las políticas que nos llevaron al desastre. En estas elecciones no hay cuatro opciones, hay dos: cambiar o seguir con lo de siempre”. Y añadía: “El adversario nos quiere siguiendo sus movimientos. Debemos obligarles a que sigan los nuestros haciendo lo que mejor sabemos hacer; decir sin ambages las verdades que otros no se atreven a decir, por incómodas que resulten para las élites. No ganaremos pareciéndonos al adversario, sino siendo nosotros mismos”.

A pesar de pasar desapercibida, simbólica fue también la aparición de Iglesias el pasado sábado 2 de mayo en la Casa de Campo, para cerrar el mitin de Jose Manuel López, candidato de Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Arropado por los asistentes, Iglesias no tuvo duda en apostar por un discurso rompedor, volviendo a la esencia del primer Podemos.

Lo dijo claro: “No estamos para mensajes ambiguos ni para medias tintas. Ninguna moderación para defender a los de abajo. Yo vivo en Vallecas, y hay gente en mi barrio que me dice “me alucina que alguien de este barrio pueda llegar a ser presidente”. No nos avergonzamos de venir de donde venimos, no nos vamos a poner corbata, no vamos a ser como ellos. Vamos a decir las cosas como son, estamos orgullosos de venir de donde venimos y de no parecernos a ellos, no nos gustan, son casta, han robado a los madrileños”.

A mi lado, una chica que aplaudía con entusiasmo, activó la grabadora de su teléfono móvil para recoger esas palabras de Iglesias. A la hora de poner nombre a la grabación para guardarla, ví que escribió: “Pablo Iglesias coming back”. “El regreso de Pablo Iglesias”.

Fuente original: http://www.eldiario.es/zonacritica/Podemos-agenda-setting_6_384671567.html

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