 |
| Los desafíos de hoy en día: Asia del Este |
TomDispatch
| Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García. |
Los desafíos de 2016 Introducción de Tom Engelhardt
El
otro día cogí un ajado ejemplar del estante “El lector de Chomsky” de
mi biblioteca. Hojeando algunos ensayos de la época de la guerra de
Vietnam que nombraba aquel libro en rustica publicado en 1987 recordé al
joven Tom Engelhardt, que en la segunda mitad de los sesenta del siglo
XX estaba realizando una sorprendente transformación: la que iba desde
el sueño de servir a su gobierno hasta oponerse a él. Los escritos de
Noam Chomsky tuvieron algo que ver con esa transformación. Me detuve en
su escalofriante ensayo de 1970 After Pinkville
, que recuerdo
haberlo leído apenas se publicó (‘Pinkville’ [Villa Rosada], que
connotaba la influencia comunista, era la expresión de la jerga militar
utilizada para nombrar la aldea donde tuvo lugar la infame masacre de My
Lay). No era el primer ensayo de Chomsky que leía. Este honor le podría
corresponder a The Responsibility of Intellectuals [La responsabilidad de los intelectuales
, en castellano, 1969]
,
que él escribió en 1966 (“La responsabilidad de los intelectuales es
hablar la verdad y poner al descubierto las mentiras, Lo menos que puede
decirse de esto es que parece ser toda una perogrullada; sin embargo no
lo es. Para el intelectual moderno no es algo tan obvio”).
After Pinkville
todavía
permanece muy vívido en mi conciencia, desde el momento en que una
creciente sensación de horror provocada por una remota guerra
estadounidense, que iba siendo cada vez menos ajena y más bruta,l me
lanzó al activismo contra la guerra. Sus primeras frases continúan yendo
al corazón de las cosas: “Es importante entender que la masacre de la
población rural de Vietnam y su forzado desplazamiento no es un
subproducto fortuito de la guerra. Antes bien, es la esencia misma de la
estrategia de Estados Unidos”. Después de que él lo escribiera, Chomsky
colocaría la matanza indiscriminada de unos 500 vietnamitas –hombres,
mujeres y niños– en el penoso contexto de los mayores crímenes de la
época. Tal vez sea notable que ninguno de ellos pareció ocasionar
demasiada preocupación (en EEUU). Solo se trataba de la acción de una
compañía de soldados medio locos que fue vista como un escándalo y una
desgracia para Estados Unidos. Ciertamente, habría sido un escándalo
nacional –si asumiéramos esa posibilidad– solo si hubieran sido llevados
a los tribunales, aunque no lo fueran quienes habían creado y aceptado
la atrocidad con la que aquellos habían contribuido con un detalle:
apenas algunos centenares más de vietnamitas asesinados”.
Tantas
décadas después, todo esto sigue siendo penosamente familiar. En parte
debido a la naturaleza de nuestro momento mediático, continuamos
absortos frente al televisor mirando los espantosos actos cometidos
contra europeos y estadounidenses. Aun así, la ‘preocupación’ por lo que
ha hecho Estados Unidos en nuestras lejanas guerras –desde el asesinato
de civiles en bodas, funerales y ceremonias conmemorativas hasta la
voladura de hospitales, secuestros e incluso el asesinato de
prisioneros, los ataques con drones tan ‘quirúrgicos’ y ‘precisos’ que
cientos de personan son asesinados a pesar de que hayan sido solo unos
pocos los seleccionados oficialmente para morir– parece haber
desaparecido en acción desde hace mucho tiempo. Al contrario de lo que
fue en la época de la guerra de Vietnam, “nada de esto”, para citar a
Chomsky, “parece que preocupe mucho”. Ciertamente.
No
obstante, hay excepciones; permitidme que mencione una de ellas.
Cincuenta años después, Noam Chomsky sigue escribiendo con la misma
escalofriante elocuencia sobre la versión actualizada de la guerra
contra el terror de esta pesadilla estadounidense. Su ‘preocupación’ no
ha quedado atrás, algo que es imposible de dejar pasar en su nuevo
libro, Who Rules the World? [¿Quién gobierna el mundo (
N. del T.)]
,
que se ocupa, entre otras cosas, de lo que en tiempos de la guerra de
Vietnam podría haberse llamado ‘la arrogancia del poder’. En momento en
que el avión de bombardeo preferido en Vietnam, el B-52, vuelve a ser
utilizado en la guerra contra el Estado Islámico [en adelante, Daesh]
,
él también ha vuelto a la acción. A continuación, la primera parte de
un resumen de su libro sobre el poder de Estados Unidos y el mundo.
* * *
Amos de la humanidad (Parte 1)*
Generalmente,
cuando preguntamos “¿Quien gobierna el mundo?”, lo hacemos en el marco
de la convención estándar de que los actores de los asuntos
internacionales son países, sobre todo las grandes potencias y pensamos
en sus decisiones y en la relación existente entre esas decisiones. Esto
no está mal. Pero estaría mejor que recordáramos que este nivel de
abstracción puede ser también muy engañoso.
Por supuesto, las
naciones tienen una compleja estructura interna, y las opciones y las
decisiones de sus líderes políticos están intensamente influidas por la
concentración interna del poder, mientras que la población está a menudo
marginada. Esto es así incluso en las sociedades más democráticas;
obviamente, en las que no lo son. No podemos llegar a una comprensión
realista de quién gobierna el mundo si ignoramos a los “amos de la
humanidad”, como los llamó Adam Smith: en su tiempo, los comerciantes y
los dueños de las fábricas de Inglaterra; en el nuestro, los
conglomerados multinacionales, las mayores instituciones financieras,
los imperios de la venta al por menor y otros por el estilo. Aun así,
según Smith, también es sensato prestar atención a la “maldad máxima” a
la que se consagran los “amos de la humanidad”: “Todo para nosotros y
nada para el pueblo”, una doctrina también conocida como lucha de
clases, una lucha cruda e incesante, frecuentemente unilateral, en gran
parte en detrimento del pueblo del país del que se hable y del mundo.
En
el orden global contemporáneo, las instituciones de los amos detentan
un enorme poder, no solo en el escenario internacional sino también en
el interior de su país, en las que confían para proteger su poder y
proporcionar apoyo económico con una gran variedad de medios. Cuando
pensamos en el papel de los amos de la humanidad, nos referimos a las
prioridades del estado policial de este momento, como el Acuerdo
TransPacífico (TPP) uno de los acuerdos reivindicativos de los derechos
de los inversores mal llamados “de libre comercio” en la propaganda y
los comentarios. Aparte de los cientos de abogados corporativos y los
lobbistas que se ocupan de redactar los detalles decisivos, se negocian
en secreto. El objetivo es su aprobación en el mejor estilo stalinista
con procedimientos de ‘vía rápida’ diseñados para impedir la discusión y
permitir solo la opción por sí o por no (o sea, sí). En general, sus
diseñadores lo hacen bastante bien. El pueblo llano es algo meramente
incidental, con las consecuencias que es posible anticipar.
La segunda superpotencia
Los
programas neoliberales de la pasada generación concentraron la riqueza y
el poder en unas poquísimas manos y debilitaron el funcionamiento de la
democracia, igualmente originaron oposición, sobre todo en América
latina pero también en los centros del poder mundial. La Unión Europea
(UE), una de las iniciativas más prometedoras del tiempo posterior a la
Segunda Guerra Mundial se ha tambaleado debido a las consecuencias de
las rigurosas políticas de ajuste durante un periodo recesivo,
condenadas incluso por los economistas del Fondo Monetario Internacional
(si no por los mismos actores políticos del FMI). La democracia ha
quedado mal parada con el traspaso de la toma de decisiones a la
burocracia de Bruselas y los bancos del norte de Europa; su sombra se
proyecta sobre las deliberaciones.
Los partidos de la corriente
dominante han perdido seguidores rápidamente en beneficio de la
izquierda y la derecha. El director ejecutivo del grupo de investigación
EuropaNova, con sede en París, atribuye el generalizado desencanto a
“un clima de resentida impotencia a medida que el poder real para
determinar los acontecimientos se ha trasladado de los líderes políticos
(que, en principio al menos, están sujetos a la política democrática)
al mercado, las instituciones de la UE y las corporaciones”, en un todo
de acuerdo con la doctrina neoliberal. Un proceso muy similar está
produciéndose en Estados Unidos, por más o menos las mismas razones; una
cuestión relevante y preocupante no solo para EEUU sino también, dado
el poder que este detenta, para el resto del mundo.
La creciente
oposición contra el asalto neoliberal pone de relieve otro aspecto
crucial de esta convención estándar: deja a un lado al público, que con
frecuencia considera inaceptable la condición de mero ‘espectador’, en
lugar de ‘participante’, que se le asigna en la teoría democrática
legal. Esta desobediencia siempre ha inquietado a las cases dominantes.
Si nos atenemos a la historia de Estados Unidos, George Washington veía
al pueblo común que formaba la milicia que él debía comandar como “una
gente excesivamente sucia y asquerosa [que muestra] una inexplicable
estupidez en las clases más bajas”.
En su magnífico análisis de
las insurgencias –desde la “insurgencia estadounidense” hasta la
contemporánea en Afganistán e Iraq–
Violent Politics, William
Polk llega a la conclusión de que el general Washington “estaba tan
ansioso por deshacerse [de los combatientes que despreciaba] que estuvo
muy cerca de perder la Revolución”. Ciertamente, “en realidad, eso
podría haber sucedido” si Francia no hubiese intervenido masivamente y
“salvado la Revolución”, que hasta entonces había sido ganada por las
guerrillas –a quienes hoy llamaríamos “terroristas”– mientras que el
ejército de Washington, al estilo del británico, “era derrotado una y
otra vez y casi pierde la guerra”.
Un rasgo común de las
insurgencias exitosas, escribe Polk, es que una vez que se disuelve el
apoyo popular tras la victoria, el liderazgo reprime al “pueblo sucio y
asqueroso” que realmente ganó la guerra mediante la lucha de guerrillas y
el terror debido al temor de que este pueblo pueda desafiar sus
privilegios de clase. El deprecio de las elites hacia “las clases más
bajas” ha tomado variadas formas con el transcurso de los años. En los
últimos tiempos, una expresión de ese desdén es el llamamiento a la
pasividad y la obediencia (la “moderación democrática”) por parte de los
internacionalistas liberales que reaccionaron ante las peligrosas
consecuencias democratizadoras de los movimientos populares de los
sesenta del pasado siglo.
Algunas veces, los países consienten en
atender a la opinión pública provocando la furia de los centros de
poder. En caso paradigmático fue el de 2003, cuando la administración
Bush invitó a Turquía para que se uniera a la coalición que invadió
Iraq. El 85 por ciento de los turcos se opuso a ello y, para asombro y
horror de Washington, el gobierno turco adoptó el punto de vista de la
población. Turquía fue amargamente condenada por su defección y
comportamiento irresponsable. El subsecretario de Defensa Paul
Wolfowitz, nombrado por la prensa el “idealista en jefe” de la
administración reprendió a los militares turcos por haber permitido la
inconducta del gobierno y exigió un pedido de disculpas. La prensa,
imperturbable por esta y muchas otras muestras de nuestro legendario
“anhelo de democracia”, continuó con sus comentarios laudatorios en
favor del presidente George W. Bush por su dedicación a la “promoción de
la democracia; algunas veces lo criticó por haber pensado
–ingenuamente– que un poder exterior pudiera imponer a otros sus anhelos
democráticos.
La opinión pública turca no estuvo sola. La
oposición a la agresión de Estados Unidos e Inglaterra en el mundo fue
abrumadora. Según las encuestas, el respaldo a los planes bélicos de
Washington apenas alcanzó al 10 por ciento fuera donde fuese. La
oposición realizó grandes manifestaciones de protesta en todo el mundo,
también en Estados Unidos; probablemente, fue la primera vez en la
historia que una agresión imperial era cuestionada con tanta fuerza
antes incluso de que se iniciara oficialmente. En la portada del
New York Times,
el periodista Patrick Tyler informó de que “es posible que todavía
queden dos superpotencias en el mundo: Estados Unidos y la opinión
pública mundial”.
Una manifestación de protesta sin precedentes en
Estados Unidos fue la de quienes décadas antes habían condenado la
agresión de las guerras estadounidenses en Indochina y cuya protesta
alcanzó un nivel importante de influencia, incluso aunque fuese
demasiado tarde. Hacia 1967, cuando el movimiento pacifista había
cobrado una fuerza significativa, el historiador y especialista en
Vietnam Bernard Fall advirtió de que “Vietnam, como la entidad cultural e
histórica que es... está amenazada de extinción... mientras la campiña
se muere acosada por los golpes de la mayor maquinaria militar jamás
lanzada contra una zona de esta extensión”.
Pero el movimiento por
la paz y contra la guerra se había convertido en una fuerza que no
podía ser ignorada. Tampoco lo podía ser cuando Ronald Reagan llegó a la
Oficina Oval resuelto a lanzar un asalto contra América Central. Su
administración imitó al milímetro los pasos que John F. Kennedy había
dado 20 años antes cuando desencadenó la guerra contra Vietnam del Sur,
pero tuvo que retroceder ante la vigorosa protesta pública que había
faltado en los sesenta del pasado siglo. El ataque fue suficientemente
atroz. Sus víctimas aún están recuperándose. Pero lo que pasó a Vietnam
del Sur y más tarde a toda Indochina, donde “la segunda superpotencia”
impuso sus límites, fue incomparablemente peor.
Es frecuente que
se sostenga que la enorme oposición pública a la invasión de Iraq no
tuvo consecuencias. Esto me parece equivocado. Una vez más, a invasión
fue suficientemente horrorosa y las secuelas absolutamente grotescas.
Aun así, podrían haber sido mucho peores. El vicepresidente Dick Cheney,
el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el resto de los altos
funcionarios de la administración Bush nunca habrían contemplado
siquiera el tipo de medidas que el presidente Kennedy había adoptado 40
años antes sin una protesta importante.
Un poder occidental bajo presión
Por
supuesto, hay mucho más que decir sobre los factores que inciden en la
determinación de la política de un país que son dejados a un lado si
adoptamos la convención estándar que supone que los países son los
actores de los asuntos internacionales. Pero con una advertencia de
ningún modo trivial como es esta, permitidnos que de todas maneras la
adoptemos, al menos como una primera aproximación a la realidad.
Entonces, la cuestión de quién gobierna el mundo nos conducirá
inmediatamente a asuntos tales como el surgimiento de China en el poder
mundial y el reto que esto representa para Estados Unidos y el ‘orden
mundial’, la nueva guerra fría que se cuece a fuego lento en la Europa
del Este, la Guerra Global contra el Terror, la hegemonía de Estados
Unidos, la decadencia estadounidense y una variedad de consideraciones
similares.
Los desafíos planteados por el poder de Occidente en el
comienzo de 2016 están muy bien resumidos dentro del marco convencional
por Gideon Rachman, columnista jefe de asuntos internacionales del
Financial Times,
de Londres. Empieza con una mirada general a la imagen del orden
mundial: “Sin cesar desde el final de la Guerra Fría, la abrumadora
supremacía del poder militar estadounidense ha sido el elemento central
de la política internacional”. Eso es particularmente crítico en tres
regiones: el Este de Asia, donde “... la marina de Estados Unidos se ha
acostumbrado a considerar el Pacífico como un ‘lago estadounidense’”;
Europa, donde la OTAN –es decir, Estados Unidos, a cargo de un
sorprendente 75 por ciento del gasto militar de la Organización–
“garantiza la integridad territorial de sus estados miembros”; y Oriente
Medio, donde la existencia de enormes bases navales y aéreas de Estados
Unidos “tranquiliza a los amigos e intimida a los rivales”.
El
problema actual del orden mundial, continúa Rachman, es que “esos
órdenes destinados a la seguridad están hoy siendo desafiados en las
tres regiones” debido a la intervención rusa en Ucrania y Siria y debido
a que China está convirtiendo sus mares territoriales junto al lago
estadounidense en “aguas claramente en discusión”. La cuestión
fundamental de las relaciones internacionales, entonces, es si acaso
Estados Unidos “aceptaría que otras potencias importantes tengan ciertas
zonas de influencia en su vecindad”. Rachman piensa que sí debería,
tanto por razones de “difusión del poder económico en todo el mundo como
por simple sentido común”.
Para mayor seguridad, existen formas
de mirar al mundo desde distintos puntos de vista. Pero permitámosno
atenernos a estas tres regiones que, con toda seguridad son muy
importantes.
Los desafíos de hoy en día: Asia del Este
Comencemos
por el “lago estadounidense”. Es posible que algunas cejas se arqueen
con la información de mitad de diciembre de 2015 de que un bombardero
B-52 de Estados Unidos en misión de rutina en el mar Meridional de China
cruzó, sin proponérselo, el límite de dos millas marinas de una isla
artificial construida por China, dijeron funcionarios de Defensa,
empeorando una situación de división ya de por sí caliente entre
Washington y Beijing”. Quienes están familiarizados con los nefastos
acontecimientos de los setenta del siglo pasado, en la época de las
armas nucleares, saben muy bien que este tipo de incidentes son los que a
menudo acercaron peligrosamente el mundo a la ignición de una guerra
nuclear que sería la última. No es necesario ser partidario de las
acciones provocativas y agresivas chinas en el mar Meridional de China
para percibir que en el incidente no estuvo implicado un bombardero
chino con capacidad nuclear en el mar Caribe ni frente a las costas de
California, zonas en la que China no pretende establecer un “lago
chino”. Afortunadamente para el mundo.
Los líderes chinos
comprenden muy bien que las rutas comerciales marítimas de su país están
rodeadas de potencias hostiles desde Japón hasta el estrecho de Malacca
y más allá, todas ellas respaldadas por abrumadoras fuerzas militares
de Estados Unidos. Por consiguiente, China está expendiéndose hacia el
oeste con cuantiosas inversiones y cuidadosos movimientos en pro de la
integración. En parte, esos desarrollos están dentro del marco de la
Organización de Cooperación de Shanghai (SCO, por sus siglas en inglés),
que incluye a los países de Asia Central y Rusia, y pronto a India y
Pakistán, junto con Irán en calidad de observador, un estatus que le ha
sido negado a Estados Unidos, al que además se le pidió que cierre todas
las bases militares en la región. China está construyendo una versión
modernizada de las antiguas ‘rutas de la seda’, con la intención no solo
de integrar la región a la zona de influencia china sino también de
llegar a Europa y las zonas de producción petrolífera de Oriente Medio.
Está destinando enormes cantidades de dinero a la creación de un sistema
asiático integrado de energía y comercio con extensos ferrocarriles de
alta velocidad y oleoductos.
Uno de los componentes del programa
es una carretera que atreviese las cordilleras más altas del mundo hasta
llegar al puerto de Gwadar, Pakistán –desarrollado por China– que
protegerá las cargas marítimas de crudo de posibles interferencias de
Estados Unidos. El programa también puede –así lo esperan en China y
Pakistán– estimular el desarrollo industrial pakistaní, de lo que no se
ha ocupado Estados Unidos a pesar de la importante ayuda militar; esto
podría incentivar también la represión del terrorismo local, un tema muy
serio para China en la provincia occidental de Xinjiang. Gwadar formará
parte del ‘collar de perlas’, es decir, las bases construidas en el
litoral del océano Índico para fines comerciales pero potencialmente
también para uso militar, con la expectativa de que China sea un día
capaz de proyectar poder hasta el golfo Pérsico por primera vez en
tiempos modernos.
Todos estos movimientos siguen siendo inmunes al
aplastante dominio militar de Washington, a menos que se produjera una
guerra nuclear de aniquilación de la que Estados Unidos sería una
víctima más.
En 2015, China también creó el Banco Asiático de
Inversión en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés) del que es
el principal accionista. En su inauguración –junio de 2015–
participaron 56 países, entre ellos varios aliados de Estados Unidos,
como Australia y Gran Bretaña, además de otros que lo hicieron desafiado
los deseos de Washington. Estados Unidos y Japón no estuvieron
presentes. Algunos analistas creen que el nuevo banco podría convertirse
en un competidor de las instituciones nacidas en Bretton Woods (el FMI y
el Banco Mundial), en las que EEUU mantiene el poder de veto. Existen
también ciertas expectativas de que el SCO podría con el tiempo
convertirse en el equivalente de la OTAN.
Los desafíos de hoy en día: Europa del Este
Si
giramos la vista hacia la segunda región, la Europa oriental, hay una
crisis cocinándose en la frontera entre los países de la OTAN y Rusia.
No se trata de un asunto menor. En su esclarecedor y acertado estudio
académico de la región,
Frontline Ukraine: Crisis in the Borderlands
, Richard Sakwa –con toda verosimilitud– escribe que “la guerra
ruso-georgiana de agosto de 2008 fue en realidad la primera ‘guerra para
parar la expansión de la OTAN’: la segunda, sería la crisis de Ucrania.
No está claro si la humanidad sobreviviría a una tercera”.
Occidente ve que la ampliación de la OTAN como algo benigno.
Lógicamente, Rusia, junto con buena parte del Sur Global, tiene un
parecer distinto, como también lo tienen prominentes analistas
occidentales. George Kennan advirtió tempranamente de que la ampliación
de la OTAN “es una trágica equivocación”; a él se unieron importantes
personalidades políticas de Estados Unidos en una carta abierta a la
Casa Blanca describiéndola como un “error político de proporciones
históricas”.
La actual crisis tiene sus orígenes en 1991,
en coincidencia con el final de la Guerra Fría y el derrumbe de la Unión
Soviética. Había entonces dos visiones contrapuestas de un nuevo
sistema de seguridad y economía en Eurasia. En palabras de Sakwa, una
visión era la de una “‘Europa ampliada’ alrededor del centro
representado por la UE, pero cada vez más colindante con la seguridad
euro-atlántica y la comunidad política; en el otro lado, estaba la idea
de una ‘Europa mayor’, una visión de una Europa continental
extendiéndose desde Lisboa a Vladivostok, con múltiples centros –entre
ellos Bruselas, Moscú y Ankara–, pero con el propósito común de superar
las divisiones que desde siempre han atormentado el continente”.
El líder ruso Mikhail Gorvachov fue el principal proponente de la
‘Europa mayor’, un concepto que también tenía raíces europeas en el
gaullismo y otras iniciativas. Sin embargo, según Rusia se venía abajo
debido a las devastadores reformas de los mercados en los noventa del
siglo pasado, la visión fue difuminándose. Solo fue rescatada cuando
Rusia empezó a recuperarse y a buscar un sitio en el escenario mundial
bajo Vladimir Putin quien, junto con su colega Dmitry Medveded, llamó
repetidamente a la “unificación geopolítica de todos los componentes de
la ‘Gran Europa’, desde Lisboa a Vladivostok, para crear una auténtica
‘asociación estratégica’”. Estas iniciativas fueron “recibidas con
cortés desdén”, escribe Sakwa, y vistas como “poco más que un
restablecimiento encubierto de la ‘Gran Rusia’, realizado con
furtividad”, y un esfuerzo por “meter una cuña” entre América del Norte y
Europa occidental. Esos asuntos conectan con los temores reinantes
durante los primeros años de la Guerra Fría, los temores de que Europa
pudiera convertirse en una “tercera fuerza” independiente tanto de las
mayores como de las menores superpotencias y promover vínculos más
estrechos con las segundas (tal como puede verse en la Ostpolik de Willy Brandt y otras iniciativas).
La respuesta occidental al derrumbe de Rusia fue el triunfalismo. Fue
saludado como si marcara “el fin de la historia”, la victoria final de
la democracia occidental capitalista, casi como si Rusia debiera ser
instruida para que regresase a su estatus anterior a la Primera Guerra
Mundial, como si fuera una virtual colonia económica de Occidente. La
ampliación de la OTAN empezó de inmediato, violando garantías expresadas
verbalmente a Gorbachov acerca de que las fuerzas de la OTAN no se
moverían “ni una pulgada hacia el este”, después de que él accediera a
que una Alemania unificada pudiera convertirse en miembro de la
organización atlántica, una notable concesión a la luz de la historia.
Esa discusión se limitó a Alemania Oriental. La posibilidad de que la
OTAN se expandiera más allá de Alemania no se discutió –ni siquiera privadamente– con Gorbachov.
Muy pronto, la OTAN empezó a moverse más lejos, justo hasta la frontera
rusa. La misión general de la organización fue modificada oficialmente
hasta convertirse en un mandato para proteger “infraestructura esencial”
del sistema mundial de la energía, rutas de navegación, oleoductos y
gasoductos, lo que le concedió una zona de operaciones que abarcaba todo
el planeta. Más aún, gracias a una decisiva revisión occidental de la
ahora ampliamente promocionada doctrina de la “responsabilidad de
proteger”, absolutamente diferente de la versión oficial de Naciones
Unidas, ahora la OTAN solo puede ser una fuerza de intervención si lo
hace a las órdenes de Estados Unidos.
Rusia está
particularmente preocupada por los planes de expansión de la OTAN en
Ucrania. Esos planes fueron articulas explícitamente en la cumbre de la
OTAN de abril de 2008 realizada en Bucarest, cuando se les prometió a
Georgia y Ucrania la posibilidad de integrarse en la organización
atlántica. El discurso no tenía ambigüedad alguna: “La OTAN da la
bienvenida a las aspiraciones euro-atlánticas de Ucrania y Georgia
respecto de la incorporación en la OTAN”. Con la victoria de los
candidatos pro-occidentales de la “Revolución Naranja” en 2004, el
representante del departamento de Estado Daniel Fried se apresuró a
acudir allí para “recalcar el apoyo estadounidense a las aspiraciones de
Ucrania respecto de la OTAN y el euro-atlantismo”, como reveló una
información de Wikileaks.
Las preocupaciones rusas son
comprensibles. Son esbozadas por el académico especialista en relaciones
internacionales John Mearsheimer en el principal periódico del
establishment
Foreing Affairs, quien escribe que “la raíz de la
crisis actual (relacionada con Ucrania) es la ampliación de la OTAN y la
dedicación de Washington a la causa de sacar a Ucrania de la órbita
moscovita e integrarla a Occidente”, algo que es visto por Putin como
“una amenaza directa al corazón de los intereses rusos”.
“¿Quién
puede reprochárselo?”, pregunta Mearsheimer, señalando que “A Washington
quizá no le guste la posición de Moscú, pero debería entender la lógica
que hay tras de ella”. Eso no debería ser tan difícil. Después de todo,
como cualquiera lo sabe, “Estados Unidos no tolera que grandes
potencias distantes desplieguen fuerzas militares en cualquier sitio del
hemisferio occidental, mucho menos en sus fronteras”.
De hecho,
la posición de Estados Unidos es mucho más fuerte. No tolera lo que
oficialmente recibe el nombre de “rebeldía exitosa” en la Doctrina
Monroe de 1823, que declaraba (pero todavía no ha podido implementar) el
control estadounidense del hemisferio. Así, un pequeño país que lleva
adelante y con éxito semejante acto de rebeldía puede ser sometido a
“los terrores de la Tierra” y a un aplastante bloqueo, como sucede con
Cuba. No es necesario que nos preguntemos cómo habría reaccionado
Estados Unidos de haberse unido los países latinoamericanos al Pacto de
Varsovia y de haber existido planes para que México y Canadá también se
unieran a ese Pacto. El mero atisbo de la primera tentativa en esa
dirección habría “terminado con extremos perjuicios”, para utilizar la
jerga de la CIA.
Como en el caso de China, no hay por qué ver con
simpatía las acciones y las motivaciones de Putin para entender la
lógica que hay tras ellas, tampoco para darse cuenta de la importancia
de comprender esa lógica en lugar de lanzar imprecaciones contra ella.
Como en el caso de China, hay demasiado en juego, incluso cosas tan
importantes –literalmente– como la supervivencia.
Los desafíos de hoy en día: el mundo islámico
Giremos
ahora hacia la tercera región de las principales preocupaciones, el
mundo (en buena parte) islámico, que es también el escenario de la
Guerra Global Contra el Terror (GWOT, por sus siglas en inglés)
declarada por George W. Bush en 2001 después de los ataques terroristas
del 11-S –en beneficio de la exactitud, debería decirse
re-declarada–.
La GWOT fue declarada por la administración Reagan desde su primer día
con una enfebrecida retórica sobre la “plaga propagada por unos
depravados que se oponen a la propia civilización” (tal como lo
describió Reagan) y un “regreso a la barbarie en la era moderna” (según
las palabras de su secretario de Estado, George Shultz).
Silenciosamente, la primera GWOT fue retirada de la historia. Se
convirtió muy rápidamente en una asesina y destructiva guerra terrorista
que asoló América Central, el sur de África y Oriente Medio, cuyas
nefastas repercusiones llegan hasta nuestros días, entre ellas la
condena de Estados Unidos por parte del Tribunal Internacional de
Justicia (desestimada por Washington). Sea cual sea el acontecimiento,
no se trata de la historia apropiada para la Historia, por lo tanto ya
no existe.
El éxito de la versión Bush-Obama de la GWOT puede
evaluarse perfectamente mediante el examen directo. Cuando se declaró la
guerra, los objetivos terroristas se limitaban a los existentes en un
rincón del Afganistán tribal. Estaban protegidos por afganos que, en su
mayor parte, no los podían ver o los despreciaban profundamente, pero se
atenían a los códigos tribales de la hospitalidad, unos códigos que
desconcertaban a los estadounidenses cuando algunos campesinos pobres se
negaban a entregar a Osama bin Laden por la astronómica –para los
campesinos– suma de 25 millones de dólares”.
Hay buenas razones
para creer que una acción policial bien implementada, o incluso unas
negociaciones diplomáticas serias con el Talibán, podrían haber puesto
en manos de Estados Unidos a los sospechosos de los crímenes del 11-S
para llevarles a los tribunales y condenarles. Pero ese tipo de opciones
no estaba en consideración. En lugar de ello, la elección pensada fue
la violencia a gran escala, no con el objetivo de destruir al Talibán
(eso llegó más tarde) sino para dejar en claro el desdén estadounidense
respecto a cualquier ofrecimiento que aquel hiciese de una posible
extradición de bin Laden. Hasta qué punto eran serios esos
ofrecimientos, no lo sabemos, ya que la posibilidad de que fuesen
explorados nunca fue contemplada.
O tal vez, Estados Unidos solo
estuviera tratando de “mostrar músculo, apuntarse una victoria e
intimidar a todo el mundo en el planeta. A ellos no les importa el
sufrimiento de los afganos ni cuánta gente perderíamos”. Esta es la
opinión del muy respetado líder anti-Talibán Abdul Haq, uno de los
numerosos críticos que condenaron la campaña estadounidense de bombardeo
aéreo lanzada en octubre de 2001 por tratarse de “un gran retroceso” en
sus esfuerzos para acabar con el Talibán desde dentro, un objetivo que
ellos veían al alcance de la mano. Este parecer ha sido confirmado por
Richard A. Clarke, director del Grupo de Seguridad y Contraterrorismo de
la Casa Blanca con el presidente George W. Bush cuando se formularon
los planes de ataque contra Afganistán. Tal como Clarke describe la
reunión, cuando informó de que el ataque violaría la ley internacional,
“el presidente gritó en la pequeña sala de conferencia: ‘No me importa
lo que dicen los picapleitos internacionales; nosotros vamos a patear
unos cuantos culos’”. El ataque también fue duramente cuestionado por la
mayor organización de ayuda que trabajaba en Afganistán, que advirtió
de que había millones de personas al borde de la muerte por hambre y de
que las consecuencias podían ser horrendas.
Las consecuencias para la pobre Afganistán de años después todavía necesitan ser reconsideradas.
El
mazazo siguiente fue para Iraq. La invasión anglo-estadounidense,
totalmente desprovista de un pretexto creíble, es el crimen más
importante del siglo XXI. La invasión llevó a la muerte a cientos de
miles de personas en un país en el que la sociedad civil ya había sido
devastada por las sanciones de Estados Unidos y Gran Bretaña, unas
sanciones que fueron vistas como “genocidas” por los dos distinguidos
diplomáticos encargados de administrarlas; ambos renunciaron por esta
razón. La invasión produjo también millones de refugiados, destruyó la
mayor parte del país y dio lugar a un enfrentamiento entre sectas que
continúa desgarrando Iraq y toda la región. Es asombroso que en ciertos
círculos informados y progresistas de nuestro mundillo cultural,
intelectual y moral, esa invasión pueda ser llamada –con toda
frivolidad– “la liberación de Iraq”.
Algunas encuestas del
Petágono y el ministerio británico de Defensa revelaron que apenas el 3
por ciento de los iraquíes pensaba que el papel de Estados Unidos en
Oriente Medio tenía alguna legitimidad, menos del 1 por ciento creía que
las fuerzas de la “coalición” (EEUU-Inglaterra) eran útiles para su
seguridad y el 80 por ciento se oponía a la presencia de fuerzas de la
coalición en su país; la mayoría de estos últimos apoyaban los ataques a
las tropas aliadas. Afganistán había quedado tan destruido que la
posibilidad de realizar un sondeo confiable era algo impensable, pero
hay indicios de que también algo parecido podía ser cierto allí. Sobre
todo en Iraq, Estados Unidos sufrió una grave derrota, abandonó los
objetivos oficiales que le llevaron a la guerra y dejó el país bajo la
influencia del único victorioso: Irán.
La maza también golpeó en
otros sitios, particularmente en Libia, donde los tres poderes
imperiales tradicionales (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos)
trabajaron para aprobar la resolución 1973 del Consejo de Seguridad e
inmediatamente la violaron, convirtiéndose en la fuerza aérea de los
rebeldes libios. La consecuencia fue el debilitamiento de cualquier
posibilidad de arreglo negociado y pacífico; el gran aumento de las
bajas (que se multiplicaron al menos por 10, según el politólogo Alan
Kuperman); una Libia en ruinas y en manos de las milicias de
combatientes; y, más recientemente, la provisión al Daesh de una base
desde la cual puede extender el terror. Algunas propuestas diplomáticas
bastante sensatas de la Unión Africana, que en principio habían sido
aceptadas por la Libia de Muammar al Gadaffi, fueron ignoradas por el
triunvirato imperial, como lo consigna el especialista en África Alex de
Waal. Gracias a un enorme flujo de armas y yihadistas, el terror y la
violencia se ha extendido desde el oeste de África hacia el Levante,
mientras los ataques de la OTAN, a su vez, han puesto en marcha una
avalancha de refugiados de África hacia Europa.
Otro triunfo más
de una “intervención humanitaria”; como el largo y espantoso historial
lo revela, no es algo insólito: apenas un regreso a los orígenes de hace
400 años.
* Esta es la primera de dos notas de que consta el trabajo; una selección extraída del nuevo libro de Noam Chomsky,
Who Rules the World? (Metropolitan Books, the American Empire Project, 2016). La Parte 2 será publicada próximamente. (
N. del T.)
Noam Chomsky es
profesor emérito en el Departamento de Lingüística y Filosofía del
Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Es colaborador habitual de
TomDispatch; entre sus libros más recientes están Hegemony or Survival y
Failed States. Su sitio web es www.chomsky.info.
Fuente:
http://www.tomdispatch.com/post/176137/tomgram%3A_noam_chomsky%2C_the_challenges_of_2016/#more
Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.
Fuente: Rebelión