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viernes, 30 de diciembre de 2016

Noam Chomsky pide perdón presidencial para 11 millones de indocumentados


El afamado historiador dice que las deportaciones serían una tragedia humanitaria. El gobierno de Obama ha dicho que esto solo aplicaría a infracciones penales y que cruzar indocumentado es una infracción civil, pero hay expertos que opinan lo contrario. 


La Opinión

Ante la perspectiva de un incremento en las deportaciones -ya un récord bajo el actual presidente- diversos políticos y activistas han asomado la posibilidad de un perdón presidencial para disculpar las infracciones a la ley migratoria que hayan cometido millones de indocumentados y evitar que sean vulnerables a la expulsión.A este llamado se sumó hoy el historiador, filósofo y crítico social Noam Chomsky, indicando que la deportación de 11 millones de indocumentados, si se llega a dar, sería una “tragedia humanitaria”.
Chomsky, en un video distribuido por el Immigrant Worker Center Collaborative, dijo que estos “ciudadanos productivos en todo, menos en nombre” están amenazados por Trump y que su deportación sería un “ultraje moral que puede ser evitado con un perdón general”.
He aquí el vídeo con subtítulos en español:



Hasta el momento, la reacción del gobierno del presidente Barack Obama ha sido negativa, ya que esta no es la primera llamada a usar los poderes constitucionales de perdón presidencial que tiene cada mandatario, para otorgar perdones y amnistías generales para grupos de personas, cuando este determina que es una medida “positiva para el interés público”.
Desde hace algunas semanas, diversos grupos y políticos demócratas han pedido, por ejemplo, que Obama use su poder de perdón con los llamados “dreamers” o jóvenes inmigrantes que ahora están protegidos por DACA o Acción Diferida para los Llegados en la Niñez, un grupo de más de 700,000 personas cuyo actual estatus legal está amenazado por el futuro presidente Donald J. Trump.
De hecho, hace poco más de un mes, cuatro líderes demócratas de la Cámara de Representantes instaron al presidente Obama a que otorgue un “perdón” para centenares de miles de “DREAMers” que afrontarían una situación de “vida o muerte” con el próximo gobierno.
Los congresistas demócratas Luis Gutiérrez, Zoe Lofgren, Judy Chu, y Lucille Roybal-Allard, dirigieron una carta al presidente el mes pasado, en la que argumentan que Obama sí tiene autoridad constitucional para dar un “perdón” a los “DREAMers” amparados al programa de “acción diferida” (DACA) de 2012.
“Para nosotros, la acción es una cosa de vida o muerte, y la acción que le estamos pidiendo al presidente es de vida o muerte… esto no les dará un lugar seguro permanente, pero es un comienzo”, afirmó Gutiérrez, demócrata por Illinois.
Pero Cecilia Muñoz, asesora principal en política interna del presidente, dijo recientemente a La Opinión que esto no funcionaría.
“Un perdón es para cuando se comete un crimen, y la entrada ilegal no es un crimen, es una ofensa civil… no confiere un estatus legal, no protege a nadie de la deportación”, y no ofrece las herramientas urgentes que piden los activistas, explicó.
Hay expertos legales, sin embargo, que no opinan lo mismo. Peter Markowitz, profesor de la Escuela de Leyes Benjamin N. Cardozo dijo que es perfectamente factible, ya que la constitución da al presidente el poder de perdona “todas las ofensas contra Estados Unidos” y que esto puede interpretarse en forma más amplia que sólo las violaciones a la ley penal.
Históricamente, los perdones presidenciales han sido utilizados por diversos presidentes con diversos fines. Por ejemplo, Jimmy Carter perdonó a medio millón de hombres estadounidenses que evadieron el servicio militar para no ir a la Guerra de Vietnam en los años 70.

Fuente: http://laopinion.com/2016/12/27/noam-chomsky-pide-perdon-presidencial-para-11-millones-de-indocumentados/

martes, 8 de noviembre de 2016

Noam Chomsky: “La extrema impopularidad de Clinton y Trump es un reflejo del descrédito de las instituciones”

Noam Chomsky durante una conferencia en Londres

El pensador y lingüista alerta del peligro que tienen unas políticas neoliberales que dejan a la clase trabajadora sin derechos y con una frustración que alimenta el discurso del odio
Noam Chomsky: “La extrema impopularidad de Clinton y Trump es un reflejo del descrédito de las instituciones”Noam Chomsky durante una conferencia en Londres


MARINA MESEGUER, Barcelona

Estamos a pocas horas de conocer cuál de los dos candidatos presidenciales más impopulares de la historia gana las elecciones de los Estados Unidos. Más que una campaña electoral ha parecido una pelea de barro, que ha reflejado la polarización de una sociedad que hoy no votará al candidato que le entusiasma, si no al que menos detesta.

El pensador y lingüista Noam Chomsky observa estos comicios como reflejo de un fenómeno mucho más amplio: el hartazgo con el sistema. El intelectual estadounidense cree que la impopularidad de Hillary Clinton y Donald Trump es síntoma del descrédito de las instituciones; desde la política, a la banca, a las grandes empresas y los medios de comunicación. Y alerta del peligro que tienen unas políticas neoliberales que dejan a la clase trabajadora sin derechos y con una frustración que alimenta el discurso del odio. “Hay mucho por lo que estar preocupado”, reconoce.

Chomsky visitó Barcelona a pocos días de los comicios para hablar sobre la crisis de la inmigración en un acto organizado por el Instituto de Investigación de la Universidad de las Naciones Unidas sobre la Globalización, la Cultura y la Movilidad (UNU-GCM).

Esta campaña electoral nos ha deparado la paradoja de que dos candidatos a las primarias se han definido como ‘antiglobalización’. Uno es Bernie Sanders, y el otro Donald Trump, que podría ser el nuevo inquilino de la Casa Blanca. ¿Cómo lo interpreta?

Globalización es una palabra extraña. Nadie se opone a ella en si. Hoy estoy aquí hablando contigo, y eso es globalización. A lo que sí que hay oposición es a la globalización neoliberal, que es algo muy diferente. Lo que se denomina tratados de libre comercio, que con el núcleo de la llamada ‘globalización’, de hecho se oponen radicalmente al libre comercio ya que son acuerdos altamente protectores para ciertas industrias y corporaciones o medios de comunicación. De hecho, gran parte de esos acuerdos tienen poco que ver con el comercio en un sentido serio. Se trata básicamente de acuerdos sobre los derechos de los inversores. En su mayoría, otorgan mecanismos que permiten a las corporaciones hacer cosas que la gente común no puede hacer y limita la posibilidad de los gobiernos a implantar políticas que puedan tener un impacto en los beneficios futuros de esas corporaciones.

¿Cómo afecta eso a la gente?

Esto no son cosas abstractas, esto pasa todo el tiempo y los efectos de las llamadas medidas globalizadoras están diseñados intencionalmente para poner a la clase trabajadora en competición entre ellos a nivel global, lo que acaba bajando los salarios. La globalización neoliberal está diseñada para asegurar que las élites están protegidas pero no la clase trabajadora. Por supuesto, el capital puede moverse con libertad, pero no la gente. Lo que es bastante contrario a los principios del libre comercio que defendía Adam Smith, por ejemplo.

¿Cómo ha acabado la mayor potencia mundial viéndose en la tesitura de tener que elegir entre dos candidatos de perfil tan dudoso como Hillary Clinton y Donald Trump?

Son unas elecciones inusuales. Es la primera vez en la historia de los Estados Unidos en que ambos candidatos son extremadamente impopulares. Es un reflejo de la extrema impopularidad de todas las instituciones. Si miras al Congreso, por ejemplo, tienen un apoyo de tal vez el 10%, lo mismo casi con todas las instituciones incluyendo los bancos, las corporaciones… Hay un enfado generalizado a la forma en que la sociedad se mueve. Ha razones específicas para explicar porqué cada candidato es tan impopular, pero es, en parte, un reflejo del declive general de las principales instituciones centristas a juicio del público en general, algo que está ocurriendo también en Europa.

¿Dónde empezó el declive?

Podemos encontrar los orígenes en las políticas neoliberales de las pasadas generaciones. Más recientemente, en Europa cogió la forma extrema de las medidas de austeridad que han sido muy perjudiciales económicamente, pero también para la población. Están tendiendo el efecto de minar los mayores logros de Europa desde la Segunda Guerra Mundial, que son la libre circulación de personas y el Estado del Bienestar socialdemócrata. Y hay razones para creer que esto es intencionado. Hay un esfuerzo consciente para ir en esa dirección. También en los Estados Unidos, y el modo en que mucha gente muestra su enfado está adoptando formas a veces bastante peligrosas. Alguien de mi edad, que es capaz de recordar ciertos discursos que escuchaba en la radio cuando era niño, los resultados electorales en Austria y en Alemania evocan recuerdos muy desagradables. Hay mucho por lo que estar preocupado.

MARINA MESEGUER
Barcelona
Fuente: La Vanguardia

domingo, 23 de octubre de 2016

¿Quién domina el mundo?


El autor Noam Chomsky aborda la política exterior de EEUU en su nuevo libro



Elvira Huelbes
Cuarto Poder


Noam Chomsky, ese incómodo profesor emérito del Departamento de Lingüística y Filosofía del MIT, vuelve a la carga con un libro, ¿Quién domina el mundo? (Ediciones B, 2016) en el que, como suelen los suyos, plantea una sencilla pregunta que requiere casi 400 páginas de respuestas.

La mente brillante de la persona probablemente mejor documentada del orbe insiste en su denuncia de las atrocidades y enormes “equivocaciones” que los poderosos, y más concretamente Estados Unidos con su recua de aliados, siguen cometiendo en todas partes –ahora, significativamente, en Siria- con el pretexto de salvaguardar la seguridad de las personas de todo el mundo.

Esa arrogante atribución se repite año tras año por no importa cuál sea la cabeza de la administración del país que sigue gobernando el destino de las naciones. Quizás sea el profesor Chomsky la más reputada mosca cojonera que le ha salido al Imperio, cuando se empeña en señalar, con pelos y señales y una documentación aplastante, las meteduras de pata y las violaciones de la ley internacional que han ido logrando –y en ello siguen- crear mayor inseguridad que aquella que disfrutábamos todos en tiempos de la Guerra Fría. Como recuerda el autor, lejos ha quedado el año en que un incuestionado Abraham Lincoln consiguió la prohibición del asesinato en el derecho internacional, con su enérgica proclama de 1863 contra lo que él llamó “bandolerismo internacional” impropio de naciones civilizadas.

En este libro, Noam Chomsky, en la espléndida traducción de Javier Guerrero, analiza las estrategias que movilizan a las fuerzas privilegiadas estadounidenses –no siempre, solamente las armadas- a salvaguardar principalmente los intereses de Washington y del más poderoso sector empresarial. Repasa, poniendo puntos sobre las íes, los panoramas actuales de los teatros en conflicto, particularmente Palestina, y su reciente evolución hasta llegar a donde estamos ahora.

Pone sobre el tapete las circunstancias por las que el todavía negado cambio climático está acabando con los polos y el hábitat de la selva, entre otras amenazas; propone dos formas de ver lo que pasó en el atentado terrorista de Charlie Hebdo; traza un esquema histórico clarificador de cómo el control del mundo por parte de los EEUU requiere el de los gasoductos que provienen de Oriente Próximo y todo lo que pasa desde que Franklin Delano Roosevelt comenzara su cruzada, apenas estalló la Segunda Guerra Mundial.

La maestría de Chomsky para traer asuntos de la historia con los que aclarar la situación presente es admirable. Se podrá estar de acuerdo o no con sus conclusiones, pero de lo que no puede dudar nadie con argumentación contrastada es de su capacidad de lector atento a lo que ocurre en el mundo, cómo ocurre y quién está detrás, esa mano invisible del poder con que titula uno de los capítulos del libro.

El volumen comienza con una atención dedicada a la responsabilidad de los intelectuales: un estribillo que se repite ante determinados acontecimientos que quedan huérfanos de reflexiones de peso. Pone como ejemplo el de John Dewey que, tras la Gran Guerra (1914/1918) cambió su posición de “intelectual responsable” por la de “anarquista de atril”, mostrando una sumisión a la que no cedieron voces como las de Rosa Luxemburg, Bertrand Russell o Eugene Debbs, que conocieron el frío de aquellas cárceles.

En resumen, un libro de lectura muy recomendable que llega a apasionar, en el que Chomsky domina el ejercicio de intercambiar protagonistas de situaciones conflictivas, para lucubrar sobre las reacciones de la opinión pública; o el de animar al lector a mirar los acontecimientos y las actuaciones de los líderes con ojos diferentes, poniéndolo en el brete de determinar qué postura es éticamente plausible y cuál no.

Ante los que sospechan de los que sospechan de los Estados Unidos (ese “destacado Estado terrorista”), Chomsky invita a reflexionar con elegantes toques de ironía sobre la realidad que no vemos delante de nuestros ojos. Una lección de historia y de actualidad.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/otromilagro/noam-chomsky-quien-domina-el-mundo/8330

martes, 24 de mayo de 2016

Noam Chomsky o la historia de cómo los ricos del mundo detestan la democracia

Mónica Maristain
Mónica Maristain
SinEmbargo


Un documental estrenado en Netflix diagnostica el fin del sueño americano. En un filme extensivo a todas las naciones occidentales, el prestigioso intelectual estadounidense diserta acerca de por qué la mayor parte de la riqueza y la influencia de su país están en manos de tan pocos. Dice Noam Chomsky que una de las principales palabras del abuso y la tortura contra los disidentes es “antipatriota”. El prestigioso intelectual estadounidense ha sido llamado muchas veces el enemigo del país donde nació hace 87 años.
“Antiestadounidense es la palabra más usada y es de hecho una palabra totalitaria. Se usaba en los tiempos de la Unión Soviética, por ejemplo. Aquel que estaba en contra del régimen o sencillamente lo criticaba un poco, era llamado inmediatamente antisoviético”, afirma el autor entre otros de Estados fallidos, La propaganda y la opinión pública, Lucha de clases y Piratas y emperadores.
Sin embargo, nada hay más estadounidense que el sentido común surgido de irrefutables estadísticas como las que expone en el documental Requiem for american dream, estrenado recientemente en Netflix.
La mitad de toda la riqueza del mundo está concentrada en el 1% de la población mundial. Un estudio realizado por la organización Oxfam reveló que las tendencias actuales apuntan que, para el próximo año, el 50% de la riqueza mundial estará en manos de las 85 personas más acaudaladas, las cuales poseen una fortuna promedio de 2.7 millones de dólares por adulto.

Con estos datos, el célebre pensador elabora sus 10 principios de la concentración de la riqueza y del poder, a saber:
1.Reducir la Democracia
2.Moldear la ideología
3.Rediseñar la economía
4.Desplazar la carga
5.Atacar la solidaridad
6.Dirigir las instituciones reguladoras
7.Manipular las elecciones
8.Mantener a la plebe bajo control
9.Fabricar el consentimiento
10.Marginar a la población

UN DOCUMENTAL ESCLARECEDOR

Para quienes estén familiarizados con el pensamiento del afamado lingüista Noam Chomsky, este documental dirigido por Kelly Nycks, Jared P Scott y Peter D Hutchinson en 2015, tal vez implique la reiteración de un pensamiento ampliamente difundido tanto en los medios de comunicación, como en la gran cantidad de libros escritos por él.
Sin embargo, la explicación del sistema político, social y económico que nos toca atravesar a principios de milenio, en forma sucinta y concentrada, resulta esclarecedora y, por momentos, conmueve hasta las lágrimas. Se trata de verdades del sentido común, de esas que a las que uno accede con cierta sorpresa y luego cae en la cuenta de que ya lo sabía, sólo que no podía explicarlo.“En el neoliberalismo, el gobierno es el problema, no la solución”, dice Chomsky, quitándonos toda esperanza en sistemas de mando ordenados por las corporaciones, que digitan elecciones a su antojo, sin ninguna restricción ni pudor.
Se trata de un sistema donde se busca romper el concepto de la solidaridad. Donde “si conviertes a las personas en consumidores, te las quitas de encima” y en cuyo marco el otro siempre es el enemigo, nunca el prójimo.“El objetivo es que la gente se odie entre sí, tenga miedo del prójimo y sólo vele por sí misma”, en esta “tierra de la desigualdad” que hoy nos toca habitar.“Los ataques constantes a los sindicatos es porque son en esencia una fuerza democratizadora. Defienden los derechos de los suyos y los derechos populares en general”, afirma en un tramo del documental, al tiempo que marca la injusticia de las políticas migratorias en nuestro continente“Si General Motors se afinca en México, obtiene inmediatamente todos los derechos que corresponden a una persona nacida en México; los que construyen edificios y cortan el césped en los Estados Unidos, ni siquiera llegan a la categoría de persona”, afirma.Es el fin del sueño americano, donde los derechos adquiridos a través de años de lucha son puestos en cuestionamiento e incluso atacados con ferocidad por sistemas de gobierno que responden a las corporaciones y no a los principios políticos que dan base a las sociedades modernas.
Son gobiernos para los que la democracia real es sólo una declamación hueca, puesto que -denuncia Chomsky- los nuevos ricos del mundo detestan la democracia y en su íntima naturaleza está el combate a toda forma de participación popular en las grandes decisiones políticas.
Son cuatro entrevistas realizadas en un periodo de cuatro años donde entre citas a Adam Smith y un final optimista que no revelaremos, Noam Chomsky ayuda a pensar sobre el futuro que nos espera en un mundo que ha decidido, con nuestra pasividad, renunciar a los principios de igualdad, libertad y fraternidad.

Mónica Maristain
SinEmbargo
Fuente: Rebelión

martes, 17 de mayo de 2016

Un poder imperial en la cuesta abajo Un desafío al poder de Estados Unidos (I)

Los desafíos de hoy en día: Asia del Este
TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García.

Los desafíos de 2016 Introducción de Tom Engelhardt
El otro día cogí un ajado ejemplar del estante “El lector de Chomsky” de mi biblioteca. Hojeando algunos ensayos de la época de la guerra de Vietnam que nombraba aquel libro en rustica publicado en 1987 recordé al joven Tom Engelhardt, que en la segunda mitad de los sesenta del siglo XX estaba realizando una sorprendente transformación: la que iba desde el sueño de servir a su gobierno hasta oponerse a él. Los escritos de Noam Chomsky tuvieron algo que ver con esa transformación. Me detuve en su escalofriante ensayo de 1970 After Pinkville, que recuerdo haberlo leído apenas se publicó (‘Pinkville’ [Villa Rosada], que connotaba la influencia comunista, era la expresión de la jerga militar utilizada para nombrar la aldea donde tuvo lugar la infame masacre de My Lay). No era el primer ensayo de Chomsky que leía. Este honor le podría corresponder a The Responsibility of Intellectuals [La responsabilidad de los intelectuales, en castellano, 1969], que él escribió en 1966 (“La responsabilidad de los intelectuales es hablar la verdad y poner al descubierto las mentiras, Lo menos que puede decirse de esto es que parece ser toda una perogrullada; sin embargo no lo es. Para el intelectual moderno no es algo tan obvio”).
After Pinkville todavía permanece muy vívido en mi conciencia, desde el momento en que una creciente sensación de horror provocada por una remota guerra estadounidense, que iba siendo cada vez menos ajena y más bruta,l me lanzó al activismo contra la guerra. Sus primeras frases continúan yendo al corazón de las cosas: “Es importante entender que la masacre de la población rural de Vietnam y su forzado desplazamiento no es un subproducto fortuito de la guerra. Antes bien, es la esencia misma de la estrategia de Estados Unidos”. Después de que él lo escribiera, Chomsky colocaría la matanza indiscriminada de unos 500 vietnamitas –hombres, mujeres y niños– en el penoso contexto de los mayores crímenes de la época. Tal vez sea notable que ninguno de ellos pareció ocasionar demasiada preocupación (en EEUU). Solo se trataba de la acción de una compañía de soldados medio locos que fue vista como un escándalo y una desgracia para Estados Unidos. Ciertamente, habría sido un escándalo nacional –si asumiéramos esa posibilidad– solo si hubieran sido llevados a los tribunales, aunque no lo fueran quienes habían creado y aceptado la atrocidad con la que aquellos habían contribuido con un detalle: apenas algunos centenares más de vietnamitas asesinados”.
Tantas décadas después, todo esto sigue siendo penosamente familiar. En parte debido a la naturaleza de nuestro momento mediático, continuamos absortos frente al televisor mirando los espantosos actos cometidos contra europeos y estadounidenses. Aun así, la ‘preocupación’ por lo que ha hecho Estados Unidos en nuestras lejanas guerras –desde el asesinato de civiles en bodas, funerales y ceremonias conmemorativas hasta la voladura de hospitales, secuestros e incluso el asesinato de prisioneros, los ataques con drones tan ‘quirúrgicos’ y ‘precisos’ que cientos de personan son asesinados a pesar de que hayan sido solo unos pocos los seleccionados oficialmente para morir– parece haber desaparecido en acción desde hace mucho tiempo. Al contrario de lo que fue en la época de la guerra de Vietnam, “nada de esto”, para citar a Chomsky, “parece que preocupe mucho”. Ciertamente.
No obstante, hay excepciones; permitidme que mencione una de ellas. Cincuenta años después, Noam Chomsky sigue escribiendo con la misma escalofriante elocuencia sobre la versión actualizada de la guerra contra el terror de esta pesadilla estadounidense. Su ‘preocupación’ no ha quedado atrás, algo que es imposible de dejar pasar en su nuevo libro, Who Rules the World? [¿Quién gobierna el mundo (N. del T.)], que se ocupa, entre otras cosas, de lo que en tiempos de la guerra de Vietnam podría haberse llamado ‘la arrogancia del poder’. En momento en que el avión de bombardeo preferido en Vietnam, el B-52, vuelve a ser utilizado en la guerra contra el Estado Islámico [en adelante, Daesh], él también ha vuelto a la acción. A continuación, la primera parte de un resumen de su libro sobre el poder de Estados Unidos y el mundo.
* * *
Amos de la humanidad (Parte 1)*
Generalmente, cuando preguntamos “¿Quien gobierna el mundo?”, lo hacemos en el marco de la convención estándar de que los actores de los asuntos internacionales son países, sobre todo las grandes potencias y pensamos en sus decisiones y en la relación existente entre esas decisiones. Esto no está mal. Pero estaría mejor que recordáramos que este nivel de abstracción puede ser también muy engañoso.
Por supuesto, las naciones tienen una compleja estructura interna, y las opciones y las decisiones de sus líderes políticos están intensamente influidas por la concentración interna del poder, mientras que la población está a menudo marginada. Esto es así incluso en las sociedades más democráticas; obviamente, en las que no lo son. No podemos llegar a una comprensión realista de quién gobierna el mundo si ignoramos a los “amos de la humanidad”, como los llamó Adam Smith: en su tiempo, los comerciantes y los dueños de las fábricas de Inglaterra; en el nuestro, los conglomerados multinacionales, las mayores instituciones financieras, los imperios de la venta al por menor y otros por el estilo. Aun así, según Smith, también es sensato prestar atención a la “maldad máxima” a la que se consagran los “amos de la humanidad”: “Todo para nosotros y nada para el pueblo”, una doctrina también conocida como lucha de clases, una lucha cruda e incesante, frecuentemente unilateral, en gran parte en detrimento del pueblo del país del que se hable y del mundo.
En el orden global contemporáneo, las instituciones de los amos detentan un enorme poder, no solo en el escenario internacional sino también en el interior de su país, en las que confían para proteger su poder y proporcionar apoyo económico con una gran variedad de medios. Cuando pensamos en el papel de los amos de la humanidad, nos referimos a las prioridades del estado policial de este momento, como el Acuerdo TransPacífico (TPP) uno de los acuerdos reivindicativos de los derechos de los inversores mal llamados “de libre comercio” en la propaganda y los comentarios. Aparte de los cientos de abogados corporativos y los lobbistas que se ocupan de redactar los detalles decisivos, se negocian en secreto. El objetivo es su aprobación en el mejor estilo stalinista con procedimientos de ‘vía rápida’ diseñados para impedir la discusión y permitir solo la opción por sí o por no (o sea, sí). En general, sus diseñadores lo hacen bastante bien. El pueblo llano es algo meramente incidental, con las consecuencias que es posible anticipar.
La segunda superpotencia
Los programas neoliberales de la pasada generación concentraron la riqueza y el poder en unas poquísimas manos y debilitaron el funcionamiento de la democracia, igualmente originaron oposición, sobre todo en América latina pero también en los centros del poder mundial. La Unión Europea (UE), una de las iniciativas más prometedoras del tiempo posterior a la Segunda Guerra Mundial se ha tambaleado debido a las consecuencias de las rigurosas políticas de ajuste durante un periodo recesivo, condenadas incluso por los economistas del Fondo Monetario Internacional (si no por los mismos actores políticos del FMI). La democracia ha quedado mal parada con el traspaso de la toma de decisiones a la burocracia de Bruselas y los bancos del norte de Europa; su sombra se proyecta sobre las deliberaciones.
Los partidos de la corriente dominante han perdido seguidores rápidamente en beneficio de la izquierda y la derecha. El director ejecutivo del grupo de investigación EuropaNova, con sede en París, atribuye el generalizado desencanto a “un clima de resentida impotencia a medida que el poder real para determinar los acontecimientos se ha trasladado de los líderes políticos (que, en principio al menos, están sujetos a la política democrática) al mercado, las instituciones de la UE y las corporaciones”, en un todo de acuerdo con la doctrina neoliberal. Un proceso muy similar está produciéndose en Estados Unidos, por más o menos las mismas razones; una cuestión relevante y preocupante no solo para EEUU sino también, dado el poder que este detenta, para el resto del mundo.
La creciente oposición contra el asalto neoliberal pone de relieve otro aspecto crucial de esta convención estándar: deja a un lado al público, que con frecuencia considera inaceptable la condición de mero ‘espectador’, en lugar de ‘participante’, que se le asigna en la teoría democrática legal. Esta desobediencia siempre ha inquietado a las cases dominantes. Si nos atenemos a la historia de Estados Unidos, George Washington veía al pueblo común que formaba la milicia que él debía comandar como “una gente excesivamente sucia y asquerosa [que muestra] una inexplicable estupidez en las clases más bajas”.
En su magnífico análisis de las insurgencias –desde la “insurgencia estadounidense” hasta la contemporánea en Afganistán e Iraq– Violent Politics, William Polk llega a la conclusión de que el general Washington “estaba tan ansioso por deshacerse [de los combatientes que despreciaba] que estuvo muy cerca de perder la Revolución”. Ciertamente, “en realidad, eso podría haber sucedido” si Francia no hubiese intervenido masivamente y “salvado la Revolución”, que hasta entonces había sido ganada por las guerrillas –a quienes hoy llamaríamos “terroristas”– mientras que el ejército de Washington, al estilo del británico, “era derrotado una y otra vez y casi pierde la guerra”.
Un rasgo común de las insurgencias exitosas, escribe Polk, es que una vez que se disuelve el apoyo popular tras la victoria, el liderazgo reprime al “pueblo sucio y asqueroso” que realmente ganó la guerra mediante la lucha de guerrillas y el terror debido al temor de que este pueblo pueda desafiar sus privilegios de clase. El deprecio de las elites hacia “las clases más bajas” ha tomado variadas formas con el transcurso de los años. En los últimos tiempos, una expresión de ese desdén es el llamamiento a la pasividad y la obediencia (la “moderación democrática”) por parte de los internacionalistas liberales que reaccionaron ante las peligrosas consecuencias democratizadoras de los movimientos populares de los sesenta del pasado siglo.
Algunas veces, los países consienten en atender a la opinión pública provocando la furia de los centros de poder. En caso paradigmático fue el de 2003, cuando la administración Bush invitó a Turquía para que se uniera a la coalición que invadió Iraq. El 85 por ciento de los turcos se opuso a ello y, para asombro y horror de Washington, el gobierno turco adoptó el punto de vista de la población. Turquía fue amargamente condenada por su defección y comportamiento irresponsable. El subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, nombrado por la prensa el “idealista en jefe” de la administración reprendió a los militares turcos por haber permitido la inconducta del gobierno y exigió un pedido de disculpas. La prensa, imperturbable por esta y muchas otras muestras de nuestro legendario “anhelo de democracia”, continuó con sus comentarios laudatorios en favor del presidente George W. Bush por su dedicación a la “promoción de la democracia; algunas veces lo criticó por haber pensado –ingenuamente– que un poder exterior pudiera imponer a otros sus anhelos democráticos.
La opinión pública turca no estuvo sola. La oposición a la agresión de Estados Unidos e Inglaterra en el mundo fue abrumadora. Según las encuestas, el respaldo a los planes bélicos de Washington apenas alcanzó al 10 por ciento fuera donde fuese. La oposición realizó grandes manifestaciones de protesta en todo el mundo, también en Estados Unidos; probablemente, fue la primera vez en la historia que una agresión imperial era cuestionada con tanta fuerza antes incluso de que se iniciara oficialmente. En la portada del New York Times, el periodista Patrick Tyler informó de que “es posible que todavía queden dos superpotencias en el mundo: Estados Unidos y la opinión pública mundial”.
Una manifestación de protesta sin precedentes en Estados Unidos fue la de quienes décadas antes habían condenado la agresión de las guerras estadounidenses en Indochina y cuya protesta alcanzó un nivel importante de influencia, incluso aunque fuese demasiado tarde. Hacia 1967, cuando el movimiento pacifista había cobrado una fuerza significativa, el historiador y especialista en Vietnam Bernard Fall advirtió de que “Vietnam, como la entidad cultural e histórica que es... está amenazada de extinción... mientras la campiña se muere acosada por los golpes de la mayor maquinaria militar jamás lanzada contra una zona de esta extensión”.
Pero el movimiento por la paz y contra la guerra se había convertido en una fuerza que no podía ser ignorada. Tampoco lo podía ser cuando Ronald Reagan llegó a la Oficina Oval resuelto a lanzar un asalto contra América Central. Su administración imitó al milímetro los pasos que John F. Kennedy había dado 20 años antes cuando desencadenó la guerra contra Vietnam del Sur, pero tuvo que retroceder ante la vigorosa protesta pública que había faltado en los sesenta del pasado siglo. El ataque fue suficientemente atroz. Sus víctimas aún están recuperándose. Pero lo que pasó a Vietnam del Sur y más tarde a toda Indochina, donde “la segunda superpotencia” impuso sus límites, fue incomparablemente peor.
Es frecuente que se sostenga que la enorme oposición pública a la invasión de Iraq no tuvo consecuencias. Esto me parece equivocado. Una vez más, a invasión fue suficientemente horrorosa y las secuelas absolutamente grotescas. Aun así, podrían haber sido mucho peores. El vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el resto de los altos funcionarios de la administración Bush nunca habrían contemplado siquiera el tipo de medidas que el presidente Kennedy había adoptado 40 años antes sin una protesta importante.

Un poder occidental bajo presión

Por supuesto, hay mucho más que decir sobre los factores que inciden en la determinación de la política de un país que son dejados a un lado si adoptamos la convención estándar que supone que los países son los actores de los asuntos internacionales. Pero con una advertencia de ningún modo trivial como es esta, permitidnos que de todas maneras la adoptemos, al menos como una primera aproximación a la realidad. Entonces, la cuestión de quién gobierna el mundo nos conducirá inmediatamente a asuntos tales como el surgimiento de China en el poder mundial y el reto que esto representa para Estados Unidos y el ‘orden mundial’, la nueva guerra fría que se cuece a fuego lento en la Europa del Este, la Guerra Global contra el Terror, la hegemonía de Estados Unidos, la decadencia estadounidense y una variedad de consideraciones similares.
Los desafíos planteados por el poder de Occidente en el comienzo de 2016 están muy bien resumidos dentro del marco convencional por Gideon Rachman, columnista jefe de asuntos internacionales del Financial Times, de Londres. Empieza con una mirada general a la imagen del orden mundial: “Sin cesar desde el final de la Guerra Fría, la abrumadora supremacía del poder militar estadounidense ha sido el elemento central de la política internacional”. Eso es particularmente crítico en tres regiones: el Este de Asia, donde “... la marina de Estados Unidos se ha acostumbrado a considerar el Pacífico como un ‘lago estadounidense’”; Europa, donde la OTAN –es decir, Estados Unidos, a cargo de un sorprendente 75 por ciento del gasto militar de la Organización– “garantiza la integridad territorial de sus estados miembros”; y Oriente Medio, donde la existencia de enormes bases navales y aéreas de Estados Unidos “tranquiliza a los amigos e intimida a los rivales”.
El problema actual del orden mundial, continúa Rachman, es que “esos órdenes destinados a la seguridad están hoy siendo desafiados en las tres regiones” debido a la intervención rusa en Ucrania y Siria y debido a que China está convirtiendo sus mares territoriales junto al lago estadounidense en “aguas claramente en discusión”. La cuestión fundamental de las relaciones internacionales, entonces, es si acaso Estados Unidos “aceptaría que otras potencias importantes tengan ciertas zonas de influencia en su vecindad”. Rachman piensa que sí debería, tanto por razones de “difusión del poder económico en todo el mundo como por simple sentido común”.
Para mayor seguridad, existen formas de mirar al mundo desde distintos puntos de vista. Pero permitámosno atenernos a estas tres regiones que, con toda seguridad son muy importantes.

Los desafíos de hoy en día: Asia del Este

Comencemos por el “lago estadounidense”. Es posible que algunas cejas se arqueen con la información de mitad de diciembre de 2015 de que un bombardero B-52 de Estados Unidos en misión de rutina en el mar Meridional de China cruzó, sin proponérselo, el límite de dos millas marinas de una isla artificial construida por China, dijeron funcionarios de Defensa, empeorando una situación de división ya de por sí caliente entre Washington y Beijing”. Quienes están familiarizados con los nefastos acontecimientos de los setenta del siglo pasado, en la época de las armas nucleares, saben muy bien que este tipo de incidentes son los que a menudo acercaron peligrosamente el mundo a la ignición de una guerra nuclear que sería la última. No es necesario ser partidario de las acciones provocativas y agresivas chinas en el mar Meridional de China para percibir que en el incidente no estuvo implicado un bombardero chino con capacidad nuclear en el mar Caribe ni frente a las costas de California, zonas en la que China no pretende establecer un “lago chino”. Afortunadamente para el mundo.
Los líderes chinos comprenden muy bien que las rutas comerciales marítimas de su país están rodeadas de potencias hostiles desde Japón hasta el estrecho de Malacca y más allá, todas ellas respaldadas por abrumadoras fuerzas militares de Estados Unidos. Por consiguiente, China está expendiéndose hacia el oeste con cuantiosas inversiones y cuidadosos movimientos en pro de la integración. En parte, esos desarrollos están dentro del marco de la Organización de Cooperación de Shanghai (SCO, por sus siglas en inglés), que incluye a los países de Asia Central y Rusia, y pronto a India y Pakistán, junto con Irán en calidad de observador, un estatus que le ha sido negado a Estados Unidos, al que además se le pidió que cierre todas las bases militares en la región. China está construyendo una versión modernizada de las antiguas ‘rutas de la seda’, con la intención no solo de integrar la región a la zona de influencia china sino también de llegar a Europa y las zonas de producción petrolífera de Oriente Medio. Está destinando enormes cantidades de dinero a la creación de un sistema asiático integrado de energía y comercio con extensos ferrocarriles de alta velocidad y oleoductos.
Uno de los componentes del programa es una carretera que atreviese las cordilleras más altas del mundo hasta llegar al puerto de Gwadar, Pakistán –desarrollado por China– que protegerá las cargas marítimas de crudo de posibles interferencias de Estados Unidos. El programa también puede –así lo esperan en China y Pakistán– estimular el desarrollo industrial pakistaní, de lo que no se ha ocupado Estados Unidos a pesar de la importante ayuda militar; esto podría incentivar también la represión del terrorismo local, un tema muy serio para China en la provincia occidental de Xinjiang. Gwadar formará parte del ‘collar de perlas’, es decir, las bases construidas en el litoral del océano Índico para fines comerciales pero potencialmente también para uso militar, con la expectativa de que China sea un día capaz de proyectar poder hasta el golfo Pérsico por primera vez en tiempos modernos.
Todos estos movimientos siguen siendo inmunes al aplastante dominio militar de Washington, a menos que se produjera una guerra nuclear de aniquilación de la que Estados Unidos sería una víctima más.
En 2015, China también creó el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés) del que es el principal accionista. En su inauguración –junio de 2015– participaron 56 países, entre ellos varios aliados de Estados Unidos, como Australia y Gran Bretaña, además de otros que lo hicieron desafiado los deseos de Washington. Estados Unidos y Japón no estuvieron presentes. Algunos analistas creen que el nuevo banco podría convertirse en un competidor de las instituciones nacidas en Bretton Woods (el FMI y el Banco Mundial), en las que EEUU mantiene el poder de veto. Existen también ciertas expectativas de que el SCO podría con el tiempo convertirse en el equivalente de la OTAN.

Los desafíos de hoy en día: Europa del Este

Si giramos la vista hacia la segunda región, la Europa oriental, hay una crisis cocinándose en la frontera entre los países de la OTAN y Rusia. No se trata de un asunto menor. En su esclarecedor y acertado estudio académico de la región, Frontline Ukraine: Crisis in the Borderlands , Richard Sakwa –con toda verosimilitud– escribe que “la guerra ruso-georgiana de agosto de 2008 fue en realidad la primera ‘guerra para parar la expansión de la OTAN’: la segunda, sería la crisis de Ucrania. No está claro si la humanidad sobreviviría a una tercera”.
Occidente ve que la ampliación de la OTAN como algo benigno. Lógicamente, Rusia, junto con buena parte del Sur Global, tiene un parecer distinto, como también lo tienen prominentes analistas occidentales. George Kennan advirtió tempranamente de que la ampliación de la OTAN “es una trágica equivocación”; a él se unieron importantes personalidades políticas de Estados Unidos en una carta abierta a la Casa Blanca describiéndola como un “error político de proporciones históricas”.
La actual crisis tiene sus orígenes en 1991, en coincidencia con el final de la Guerra Fría y el derrumbe de la Unión Soviética. Había entonces dos visiones contrapuestas de un nuevo sistema de seguridad y economía en Eurasia. En palabras de Sakwa, una visión era la de una “‘Europa ampliada’ alrededor del centro representado por la UE, pero cada vez más colindante con la seguridad euro-atlántica y la comunidad política; en el otro lado, estaba la idea de una ‘Europa mayor’, una visión de una Europa continental extendiéndose desde Lisboa a Vladivostok, con múltiples centros –entre ellos Bruselas, Moscú y Ankara–, pero con el propósito común de superar las divisiones que desde siempre han atormentado el continente”.
El líder ruso Mikhail Gorvachov fue el principal proponente de la ‘Europa mayor’, un concepto que también tenía raíces europeas en el gaullismo y otras iniciativas. Sin embargo, según Rusia se venía abajo debido a las devastadores reformas de los mercados en los noventa del siglo pasado, la visión fue difuminándose. Solo fue rescatada cuando Rusia empezó a recuperarse y a buscar un sitio en el escenario mundial bajo Vladimir Putin quien, junto con su colega Dmitry Medveded, llamó repetidamente a la “unificación geopolítica de todos los componentes de la ‘Gran Europa’, desde Lisboa a Vladivostok, para crear una auténtica ‘asociación estratégica’”. Estas iniciativas fueron “recibidas con cortés desdén”, escribe Sakwa, y vistas como “poco más que un restablecimiento encubierto de la ‘Gran Rusia’, realizado con furtividad”, y un esfuerzo por “meter una cuña” entre América del Norte y Europa occidental. Esos asuntos conectan con los temores reinantes durante los primeros años de la Guerra Fría, los temores de que Europa pudiera convertirse en una “tercera fuerza” independiente tanto de las mayores como de las menores superpotencias y promover vínculos más estrechos con las segundas (tal como puede verse en la Ostpolik de Willy Brandt y otras iniciativas).
La respuesta occidental al derrumbe de Rusia fue el triunfalismo. Fue saludado como si marcara “el fin de la historia”, la victoria final de la democracia occidental capitalista, casi como si Rusia debiera ser instruida para que regresase a su estatus anterior a la Primera Guerra Mundial, como si fuera una virtual colonia económica de Occidente. La ampliación de la OTAN empezó de inmediato, violando garantías expresadas verbalmente a Gorbachov acerca de que las fuerzas de la OTAN no se moverían “ni una pulgada hacia el este”, después de que él accediera a que una Alemania unificada pudiera convertirse en miembro de la organización atlántica, una notable concesión a la luz de la historia. Esa discusión se limitó a Alemania Oriental. La posibilidad de que la OTAN se expandiera más allá de Alemania no se discutió –ni siquiera privadamente– con Gorbachov.
Muy pronto, la OTAN empezó a moverse más lejos, justo hasta la frontera rusa. La misión general de la organización fue modificada oficialmente hasta convertirse en un mandato para proteger “infraestructura esencial” del sistema mundial de la energía, rutas de navegación, oleoductos y gasoductos, lo que le concedió una zona de operaciones que abarcaba todo el planeta. Más aún, gracias a una decisiva revisión occidental de la ahora ampliamente promocionada doctrina de la “responsabilidad de proteger”, absolutamente diferente de la versión oficial de Naciones Unidas, ahora la OTAN solo puede ser una fuerza de intervención si lo hace a las órdenes de Estados Unidos.
Rusia está particularmente preocupada por los planes de expansión de la OTAN en Ucrania. Esos planes fueron articulas explícitamente en la cumbre de la OTAN de abril de 2008 realizada en Bucarest, cuando se les prometió a Georgia y Ucrania la posibilidad de integrarse en la organización atlántica. El discurso no tenía ambigüedad alguna: “La OTAN da la bienvenida a las aspiraciones euro-atlánticas de Ucrania y Georgia respecto de la incorporación en la OTAN”. Con la victoria de los candidatos pro-occidentales de la “Revolución Naranja” en 2004, el representante del departamento de Estado Daniel Fried se apresuró a acudir allí para “recalcar el apoyo estadounidense a las aspiraciones de Ucrania respecto de la OTAN y el euro-atlantismo”, como reveló una información de Wikileaks.
Las preocupaciones rusas son comprensibles. Son esbozadas por el académico especialista en relaciones internacionales John Mearsheimer en el principal periódico del establishment Foreing Affairs, quien escribe que “la raíz de la crisis actual (relacionada con Ucrania) es la ampliación de la OTAN y la dedicación de Washington a la causa de sacar a Ucrania de la órbita moscovita e integrarla a Occidente”, algo que es visto por Putin como “una amenaza directa al corazón de los intereses rusos”.
“¿Quién puede reprochárselo?”, pregunta Mearsheimer, señalando que “A Washington quizá no le guste la posición de Moscú, pero debería entender la lógica que hay tras de ella”. Eso no debería ser tan difícil. Después de todo, como cualquiera lo sabe, “Estados Unidos no tolera que grandes potencias distantes desplieguen fuerzas militares en cualquier sitio del hemisferio occidental, mucho menos en sus fronteras”.
De hecho, la posición de Estados Unidos es mucho más fuerte. No tolera lo que oficialmente recibe el nombre de “rebeldía exitosa” en la Doctrina Monroe de 1823, que declaraba (pero todavía no ha podido implementar) el control estadounidense del hemisferio. Así, un pequeño país que lleva adelante y con éxito semejante acto de rebeldía puede ser sometido a “los terrores de la Tierra” y a un aplastante bloqueo, como sucede con Cuba. No es necesario que nos preguntemos cómo habría reaccionado Estados Unidos de haberse unido los países latinoamericanos al Pacto de Varsovia y de haber existido planes para que México y Canadá también se unieran a ese Pacto. El mero atisbo de la primera tentativa en esa dirección habría “terminado con extremos perjuicios”, para utilizar la jerga de la CIA.
Como en el caso de China, no hay por qué ver con simpatía las acciones y las motivaciones de Putin para entender la lógica que hay tras ellas, tampoco para darse cuenta de la importancia de comprender esa lógica en lugar de lanzar imprecaciones contra ella. Como en el caso de China, hay demasiado en juego, incluso cosas tan importantes –literalmente– como la supervivencia.

Los desafíos de hoy en día: el mundo islámico

Giremos ahora hacia la tercera región de las principales preocupaciones, el mundo (en buena parte) islámico, que es también el escenario de la Guerra Global Contra el Terror (GWOT, por sus siglas en inglés) declarada por George W. Bush en 2001 después de los ataques terroristas del 11-S –en beneficio de la exactitud, debería decirse re-declarada–. La GWOT fue declarada por la administración Reagan desde su primer día con una enfebrecida retórica sobre la “plaga propagada por unos depravados que se oponen a la propia civilización” (tal como lo describió Reagan) y un “regreso a la barbarie en la era moderna” (según las palabras de su secretario de Estado, George Shultz). Silenciosamente, la primera GWOT fue retirada de la historia. Se convirtió muy rápidamente en una asesina y destructiva guerra terrorista que asoló América Central, el sur de África y Oriente Medio, cuyas nefastas repercusiones llegan hasta nuestros días, entre ellas la condena de Estados Unidos por parte del Tribunal Internacional de Justicia (desestimada por Washington). Sea cual sea el acontecimiento, no se trata de la historia apropiada para la Historia, por lo tanto ya no existe.
El éxito de la versión Bush-Obama de la GWOT puede evaluarse perfectamente mediante el examen directo. Cuando se declaró la guerra, los objetivos terroristas se limitaban a los existentes en un rincón del Afganistán tribal. Estaban protegidos por afganos que, en su mayor parte, no los podían ver o los despreciaban profundamente, pero se atenían a los códigos tribales de la hospitalidad, unos códigos que desconcertaban a los estadounidenses cuando algunos campesinos pobres se negaban a entregar a Osama bin Laden por la astronómica –para los campesinos– suma de 25 millones de dólares”.
Hay buenas razones para creer que una acción policial bien implementada, o incluso unas negociaciones diplomáticas serias con el Talibán, podrían haber puesto en manos de Estados Unidos a los sospechosos de los crímenes del 11-S para llevarles a los tribunales y condenarles. Pero ese tipo de opciones no estaba en consideración. En lugar de ello, la elección pensada fue la violencia a gran escala, no con el objetivo de destruir al Talibán (eso llegó más tarde) sino para dejar en claro el desdén estadounidense respecto a cualquier ofrecimiento que aquel hiciese de una posible extradición de bin Laden. Hasta qué punto eran serios esos ofrecimientos, no lo sabemos, ya que la posibilidad de que fuesen explorados nunca fue contemplada.
O tal vez, Estados Unidos solo estuviera tratando de “mostrar músculo, apuntarse una victoria e intimidar a todo el mundo en el planeta. A ellos no les importa el sufrimiento de los afganos ni cuánta gente perderíamos”. Esta es la opinión del muy respetado líder anti-Talibán Abdul Haq, uno de los numerosos críticos que condenaron la campaña estadounidense de bombardeo aéreo lanzada en octubre de 2001 por tratarse de “un gran retroceso” en sus esfuerzos para acabar con el Talibán desde dentro, un objetivo que ellos veían al alcance de la mano. Este parecer ha sido confirmado por Richard A. Clarke, director del Grupo de Seguridad y Contraterrorismo de la Casa Blanca con el presidente George W. Bush cuando se formularon los planes de ataque contra Afganistán. Tal como Clarke describe la reunión, cuando informó de que el ataque violaría la ley internacional, “el presidente gritó en la pequeña sala de conferencia: ‘No me importa lo que dicen los picapleitos internacionales; nosotros vamos a patear unos cuantos culos’”. El ataque también fue duramente cuestionado por la mayor organización de ayuda que trabajaba en Afganistán, que advirtió de que había millones de personas al borde de la muerte por hambre y de que las consecuencias podían ser horrendas.
Las consecuencias para la pobre Afganistán de años después todavía necesitan ser reconsideradas.
El mazazo siguiente fue para Iraq. La invasión anglo-estadounidense, totalmente desprovista de un pretexto creíble, es el crimen más importante del siglo XXI. La invasión llevó a la muerte a cientos de miles de personas en un país en el que la sociedad civil ya había sido devastada por las sanciones de Estados Unidos y Gran Bretaña, unas sanciones que fueron vistas como “genocidas” por los dos distinguidos diplomáticos encargados de administrarlas; ambos renunciaron por esta razón. La invasión produjo también millones de refugiados, destruyó la mayor parte del país y dio lugar a un enfrentamiento entre sectas que continúa desgarrando Iraq y toda la región. Es asombroso que en ciertos círculos informados y progresistas de nuestro mundillo cultural, intelectual y moral, esa invasión pueda ser llamada –con toda frivolidad– “la liberación de Iraq”.
Algunas encuestas del Petágono y el ministerio británico de Defensa revelaron que apenas el 3 por ciento de los iraquíes pensaba que el papel de Estados Unidos en Oriente Medio tenía alguna legitimidad, menos del 1 por ciento creía que las fuerzas de la “coalición” (EEUU-Inglaterra) eran útiles para su seguridad y el 80 por ciento se oponía a la presencia de fuerzas de la coalición en su país; la mayoría de estos últimos apoyaban los ataques a las tropas aliadas. Afganistán había quedado tan destruido que la posibilidad de realizar un sondeo confiable era algo impensable, pero hay indicios de que también algo parecido podía ser cierto allí. Sobre todo en Iraq, Estados Unidos sufrió una grave derrota, abandonó los objetivos oficiales que le llevaron a la guerra y dejó el país bajo la influencia del único victorioso: Irán.
La maza también golpeó en otros sitios, particularmente en Libia, donde los tres poderes imperiales tradicionales (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) trabajaron para aprobar la resolución 1973 del Consejo de Seguridad e inmediatamente la violaron, convirtiéndose en la fuerza aérea de los rebeldes libios. La consecuencia fue el debilitamiento de cualquier posibilidad de arreglo negociado y pacífico; el gran aumento de las bajas (que se multiplicaron al menos por 10, según el politólogo Alan Kuperman); una Libia en ruinas y en manos de las milicias de combatientes; y, más recientemente, la provisión al Daesh de una base desde la cual puede extender el terror. Algunas propuestas diplomáticas bastante sensatas de la Unión Africana, que en principio habían sido aceptadas por la Libia de Muammar al Gadaffi, fueron ignoradas por el triunvirato imperial, como lo consigna el especialista en África Alex de Waal. Gracias a un enorme flujo de armas y yihadistas, el terror y la violencia se ha extendido desde el oeste de África hacia el Levante, mientras los ataques de la OTAN, a su vez, han puesto en marcha una avalancha de refugiados de África hacia Europa.
Otro triunfo más de una “intervención humanitaria”; como el largo y espantoso historial lo revela, no es algo insólito: apenas un regreso a los orígenes de hace 400 años.


* Esta es la primera de dos notas de que consta el trabajo; una selección extraída del nuevo libro de Noam Chomsky, Who Rules the World? (Metropolitan Books, the American Empire Project, 2016). La Parte 2 será publicada próximamente. (N. del T.)
Noam Chomsky es profesor emérito en el Departamento de Lingüística y Filosofía del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Es colaborador habitual de TomDispatch; entre sus libros más recientes están Hegemony or Survival y Failed States. Su sitio web es www.chomsky.info.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176137/tomgram%3A_noam_chomsky%2C_the_challenges_of_2016/#more
Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.
Fuente: Rebelión

lunes, 8 de febrero de 2016

Entrevista al intelectual estadounidense Noam Chomsky: "Es el momento más crítico en la historia de la humanidad"



Entrevista al intelectual estadounidense Noam Chomsky
"Es el momento más crítico en la historia de la humanidad"


 Agustín Fernández Gabard y Raúl Zibechi
La Jornada

 
Chomsky repasa las principales tendencias del escenario internacional, la escalada militarista de su país y los riesgos crecientes de guerra nuclear. Se detiene en el proceso electoral estadunidense y esboza una reflexión sobre las esperanzas de paz en Colombia
Estados Unidos fue siempre una sociedad colonizadora. Incluso antes de constituirse como Estado estaba eliminando a la población indígena, lo que significó la destrucción de muchas naciones originarias, sintetiza el lingüista y activista estadunidense Noam Chomsky cuando se le pide que describa la situación política mundial. Crítico acérrimo de la política exterior de su país, sostiene que desde 1898 se volcó hacia el escenario internacional con el control de Cuba, a la que convirtió esencialmente en colonia, para invadir luego Filipinas, asesinando a un par de cientos de miles de personas.
Continúa hilvanando una suerte de contrahistoria del imperio: Luego le robó Hawai a su población originaria, 50 años antes de incorporarla como un estado más. Inmediatamente después de la segunda Guerra Mundial Estados Unidos se convierte en potencia internacional, con un poder sin precedente en la historia, un incomparable sistema de seguridad, controlaba el hemisferio occidental y los dos océanos, y naturalmente trazó planes para tratar de organizar el mundo a su antojo.
Acepta que el poder de la superpotencia ha disminuido respecto al que tenía en 1950, la cima de su poder, cuando acumulaba 50 por ciento del producto interno bruto mundial, que ahora ha caído hasta 25 por ciento. Aun así, le parece necesario recordar que Estados Unidos sigue siendo el país más rico y poderoso del mundo, y a nivel militar es incomparable.

Un sistema de partido único
 
En algún momento Chomsky comparó las votaciones en su país con la elección de una marca de pasta de dientes en un supermercado. El nuestro es un país de un solo partido político, el partido de la empresa y de los negocios, con dos facciones, demócratas y republicanos, proclama. Pero cree que ya no es posible seguir hablando de esas dos viejas colectividades políticas, ya que sus tradiciones sufrieron una mutación completa durante el periodo neoliberal.
Están los republicanos modernos que se hacen llamar demócratas, mientras la antigua organización republicana quedó fuera del espectro, porque ambas partes se desplazaron a la derecha durante el periodo neoliberal, igual que sucedió en Europa. El resultado es que los nuevos demócratas de Hillary Clinton han adoptado el programa de los viejos republicanos, mientras éstos fueron completamente desplazados por los neoconservadores. Si usted mira los espectáculos televisivos donde dicen debatir, sólo se gritan unos a los otros y las pocas políticas que presentan son aterradoras.
Por ejemplo, destaca que todos los candidatos republicanos niegan el calentamiento global o son escépticos, que si bien no lo niegan dicen que los gobiernos no deben hacer algo al respecto. Sin embargo el calentamiento global es el peor problema que la especie humana ha enfrentado jamás, y estamos dirigiéndonos a un completo desastre. En su opinión, el cambio climático tiene efectos sólo comparables con la guerra nuclear. Peor aún, los republicanos quieren aumentar el uso de combustibles fósiles. No estamos ante un problema de cientos de años, sino de una o dos generaciones.
La negación de la realidad, que caracteriza a los neoconservadores, responde a una lógica similar a la que impulsa la construcción de un muro en la frontera con México. “Esas personas que tratamos de alejar son las que huyen de la destrucción causada por las políticas estadunidenses.
En Boston, donde vivo, hace un par de días el gobierno de Obama deportó a un guatemalteco que vivió aquí durante 25 años; tenía una familia, una empresa, era parte de la comunidad. Había escapado de la Guatemala destruida durante la administración Reagan. En respuesta, la idea es construir un muro para prevenirnos. En Europa es lo mismo. Cuando vemos que millones de personas huyen de Libia y de Siria a Europa, tenemos que preguntarnos qué sucedió en los últimos 300 años para llegar a esto.

Invasiones y cambio climático se retroalimentan
 
Hace apenas 15 años no existía el tipo de conflicto que observamos hoy en Medio Oriente. Es consecuencia de la invasión estadunidense a Irak, que es el peor crimen del siglo. La invasión británica-estadunidense tuvo consecuencias horribles, destruyeron Irak, que ahora está clasificado como el país más infeliz del mundo, porque la invasión se cobró la vida de cientos de miles de personas y generó millones de refugiados, que no fueron acogidos por Estados Unidos y tuvieron que ser recibidos por los países vecinos pobres, a los que se encargó recoger las ruinas de lo que nosotros destruimos. Y lo peor de todo es que instigaron un conflicto entre sunitas y chiítas que no existía antes.
Las palabras de Chomsky recuerdan la destrucción de Yugoslavia durante la década de 1990, instigada por Occidente. Al igual que Sarajevo, destaca que Bagdad era una ciudad integrada, donde los diversos grupos culturales compartían los mismos barrios, se casaban miembros de diferentes grupos étnicos y religiones. La invasión y las atrocidades que siguieron instigaron la creación de una monstruosidad llamada Estado Islámico, que nace con financiación saudita, uno de nuestros principales aliados en el mundo.
Uno de los mayores crímenes fue, en su opinión, la destrucción de gran parte del sistema agrícola sirio, que aseguraba la alimentación, lo que condujo a miles de personas a las ciudades, creando tensiones y conflictos que explotan apenas comienza la represión.
Una de sus hipótesis más interesantes consiste en cruzar los efectos de las intervenciones armadas del Pentágono con las consecuencias del calentamiento global.
En la guerra en Darfur (Sudán), por ejemplo, convergen los intereses de las potencias con la desertificación que expulsa poblaciones enteras de las zonas agrícolas, lo que agrava y agudiza los conflictos. Estas situaciones desembocan en crisis espantosas, como sucede en Siria, donde se registra la mayor sequía de su historia que destruyó gran parte del sistema agrícola, generando desplazamientos, exacerbando tensiones y conflictos, reflexiona.
Aún no hemos pensado detenidamente, destaca, sobre lo que implica esta negación del calentamiento global y los planes a largo plazo de los republicanos que pretenden acelerarlo: Si el nivel del mar sigue subiendo y se eleva mucho más rápido, se va a tragar países como Bangladesh, afectando a cientos de millones de personas. Los glaciares del Himalaya se derriten rápidamente poniendo en riesgo el suministro de agua para el sur de Asia. ¿Qué va a pasar con esos miles de millones de personas? Las consecuencias inminentes son horrendas, este es el momento más importante en la historia de la humanidad.
Chomsky cree que estamos ante un recodo de la historia en el que los seres humanos tenemos que decidir si queremos vivir o morir: “Lo digo literalmente. No vamos a morir todos, pero sí se destruirían las posibilidades de vida digna, y tenemos una organización llamada Partido Republicano que quiere acelerar el calentamiento global No exagero –remata– es exactamente lo que quieren hacer”.
A continuación cita el Boletín de Científicos Atómicos y su Reloj del Apocalipsis, para recordar que los especialistas sostienen que en la Conferencia de París sobre el calentamiento global era imposible conseguir un tratado vinculante, solamente acuerdos voluntarios. ¿Por qué? Debido a que los republicanos no lo aceptarían. Han bloqueado la posibilidad de un tratado vinculante que podría haber hecho algo para impedir esta tragedia masiva e inminente, una tragedia como nunca ha existido en la historia de la humanidad. Eso es lo que estamos hablando, no son cosas de importancia menor.

Guerra nuclear, posibilidad cierta
 
Chomsky no es de las personas que se dejan impresionar por modas académicas o intelectuales; su razonamiento radical y sereno busca evitar furores y, quizá por eso, se muestra reacio a echar las campanas al vuelo sobre la anunciada decadencia del imperio. Tiene 800 bases alrededor del mundo e invierte en su ejército tanto como todo el resto del mundo junto. Nadie tiene algo así, con soldados peleando en todas partes del mundo. China tiene una política principalmente defensiva, no posee un gran programa nuclear, aunque es posible que crezca.
El caso de Rusia es diferente. Es la principal piedra en el zapato de la dominación del Pentágono, porquetiene un sistema militar enorme. El problema es que tanto Rusia como Estados Unidos están ampliando sus sistemas militares, ambos están actuando como si la guerra fuera posible, lo cual es una locura colectiva. Cree que la guerra nuclear es irracional y que sólo podría suceder en caso de accidente o error humano. Sin embargo, coincide con William Perry, ex secretario de Defensa, quien dijo recientemente que la amenaza de una guerra nuclear es hoy mayor de lo que era durante la guerra fría. Chomsky estima que el riesgo se concentra en la proliferación de incidentes que involucran fuerzas armadas de potencias nucleares.
La guerra ha estado muy cerca innumerables veces, admite. Uno de sus ejemplos favoritos es lo sucedido bajo el gobierno de Ronald Reagan, cuando el Pentágono decidió poner a prueba las defensas rusas mediante la simulación de ataques contra la Unión Soviética.
Resultó que los rusos se lo tomaron muy en serio. En 1983 después de que los soviéticos automatizaron sus sistemas de defensa detectaron un ataque de misil estadunidense. En estos casos el protocolo es ir directo al alto mando y lanzar un contraataque. Había una persona que tenía que transmitir esta información, Stanislav Petrov, pero decidió que era una falsa alarma. Gracias a eso estamos acá hablando.
Sostiene que los sistemas de defensa de Estados Unidos tienen errores serios y hace un par de semanas se difundió un caso de 1979, cuando se detectó un ataque masivo con misiles desde Rusia. Cuando el consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, estaba levantando el teléfono para llamar al presidente James Carter y lanzar un ataque de represalia, llegó la información de que se trataba de una falsa alarma. Hay docenas de falsas alarmas cada año, asegura.
En este momento las provocaciones de Estados Unidos son constantes. La OTAN están llevando a cabo maniobras militares a 200 metros de la frontera rusa con Estonia. Nosotros no toleraríamos algo así sucediendo en México.
El caso más reciente fue el derribo de un caza ruso que estaba bombardeando fuerzas yihadistas en Siria a fines de noviembre. Hay una parte de Turquía casi rodeada por territorio sirio y el bombardero ruso voló a través de esa zona durante 17 segundos, y lo derribaron. Una gran provocación que por suerte no fue respondida por la fuerza, pero llevaron su más avanzado sistema antiaéreo a la región, que le permite derribar aviones de la OTAN. Argumenta que hechos similares están sucediendo a diario en el mar de China.
La impresión que se desprende de sus gestos y reflexiones es que si las potencias que son agredidas por Estados Unidos actuaran con la misma irresponsabilidad que Washington, la suerte estaría echada.

Visión sobre Colombia
 
El lingüista estadunidense Noam Chomsky conoce de primera mano la realidad colombiana. Fiel a su estilo y sus ideas, visitó el país en puntillas, lejos de los focos académicos y mediáticos, para adentrarse en el Cauca, donde los indígenas nasa construyen su autonomía en resguardos y cabildos, con base en sus saberes ancestrales actualizados en medio del conflicto armado.
Parece haber señales positivas en las negociaciones de paz, reflexiona Chomsky. Colombia tiene una terrible historia de violencia desde el siglo pasado, la violencia en los años 50 era monstruosa, reconociendo que la peor parte ha sido la de las operaciones paramilitares. Más recientes son las fumigaciones de Estados Unidos, verdaderas operaciones de guerra química que desplazaron poblaciones campesinas para beneficio de multinacionales.
En consecuencia, Colombia es el segundo país del mundo en desplazados, detrás de Afganistán. Debería ser un país rico, próspero, pero se está rompiendo en pedazos, añade. Por eso, si las negociaciones de paz funcionan, eliminarán algunos de los problemas, no todos. Colombia aun sin el problema de la guerrilla sigue siendo uno de los peores países para los defensores de derechos humanos, para líderes sindicales y otros.
Uno de los peligros que observa en caso de que se firme la paz, sería la integración de los paramilitares en el gobierno, una realidad latente en el país. Así y todo, sostiene que la reducción del conflicto con las FARC sería un gran paso hacia adelante, por eso cree que se debe hacer todo lo posible para contribuir al proceso de paz.

Fuente original: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/07/politica/002n1pol
Fuente: Rebelión

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