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miércoles, 15 de marzo de 2017

El debate sobre la UE pone a todo el Hemiciclo en contra de la política económica de Rajoy

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante su intervención ante el pleno del Congreso donde expone las conclusiones del último Consejo Europeo EFE/Chema Moya

Los portavoces socialista, de Podemos y de Ciudadanos critican la actitud española en Bruselas y el triunfalismo que manifiesta el Gobierno cuando las cifras del desempleo y de la precariedad laboral son las más altas de la UE

Juncker asegura que la UE a varias velocidades no será un nuevo 'telón de acero'
Rajoy respalda la Europa de varias velocidades que proponen Merkel y Hollande
La UE exigirá a Londres 57.000 millones de euros por el 'brexit'

MADRID JUAN ANTONIO BLAY

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se ha visto sorprendido sin duda esta mañana en el Congreso de los Diputados cuando todos los portavoces de los grupos parlamentarios de la oposición han manifestado duras críticas a las políticas económicas de su Gobierno y el triunfalismo que proclama ante sus socios europeos.

Rajoy comparece durante este miércoles ante la Cámara baja para explicar los acuerdos del Consejo Europeo de la UE del pasado día 9 en Bruselas y de la reunión informal del día siguiente ya sin el Reino Unido. Para el presidente del Gobierno, la cita fue “un paso adelante” para superar las actuales dificultades a raíz del Brexit y de la contestación interna en varios países que cuestionan el futuro de la UE.

“La UE es la historia de un éxito”, ha proclamado Rajoy frente a quienes quieren que no siga por ese camino. Y en esa línea se ha proclamado impulsor de lo que a su juicio deben ser las medidas adecuadas para profundizar en el proyecto futuro de la UE: insistir en el desarrollo de la UE, apostar por una defensa de los ciudadanos y sus derechos y avanzar en la unión fiscal y económica.

Las manifestaciones de Rajoy, que apenas ha empleado media hora para explicar los contenidos del Consejo Europeo y su posición, han sido calificadas como “triunfalistas” por el portavoz del grupo socialista, Antonio Hernando. “Su tono inicial de complacencia no se corresponde con la crisis europea y el informe de la OCDE sobre España”, ha dicho Hernando, para quien “las resoluciones del Consejo Europeo utiliza la típica jerga que aleja a los ciudadanos de las instituciones europeas”.
El portavoz del Grupo Socialista en el Congreso, Antonio Hernando, durante el pleno del Congreso donde el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, expone las conclusiones del último Consejo Europeo EFE/Mariscal

“¿Qué ha hecho usted para bajar las altas tasas de paro en España?” le ha preguntado tras denunciar “la falta de concreción en las medidas de su Gobierno para estimular el empleo y fomentar el crecimiento económico sostenible”. Según Hernando, “la mejora de los datos macroeconómicos no llegan a todos los ciudadanos, sobre todo a las víctimas de la crisis”, ha proclamado tras denunciar su incumplimiento del compromiso de acoger a los refugiados. “¿Por qué no cumple?”, ha preguntado.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, ha sido el portavoz que ha empleado los más ácidos argumentos frente al presidente del Gobierno: ”Señor Rajoy, la UE no es un éxito, es un fracaso, un completo fracaso”, le ha espetado. “Habla de éxito cuando el Reino Unido se marcha, hay una crisis con la inmigración y los discursos que llegan son reaccionarios”, ha insistido para definir una situación que nació “por los intereses de Estados Unidos junto a Francia e incluso de la Alemania Federal frente al bloque del este”.

Tras recordar que la estructura actual, sobre todo financiera en torno al euro, nació en Maastricht , Iglesias insistió en que los ciudadanos rechazaron el proyecto de Constitución en Francia y en Holanda como prueba de que no responde a los intereses de la gente, como lo demostró la crisis inmobiliaria en Irlanda y, sobre todo, en España.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, antes de su intervención ante el pleno del Congreso donde el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, expone las conclusiones del último Consejo Europeo EFE/Chema Moya


“Los intereses de nuestra patria, de España, no son los de Alemania”, ha proclamado ya con un verbo más encendido que el inicial. Iglesias ha finalizado su intervención, que ha compartido con portavoces de las convergencias, emplazando a Rajoy a cumplir con el compromiso de acoger a 18.000 refugiados haciéndole una pregunta: ¿Qué es para usted la soberanía?”.

Por su parte, Albert Rivera, líder de Ciudadanos, formación que respaldó la investidura de Rajoy, no se ha quedado corto a la hora de lanzar reproches al presidente del Gobierno. “Si no queremos dar alas a los populismos –ha dicho Rivera al tiempo que era abucheado desde la bancada de Podemos -… ahora nos toca a nosotros. Ya hemos hecho La Tuerka en streaming y ahora vamos nosotros”, ha dicho dirigiéndose a la bancada morada (…). “Tenemos que reconstruir el proyecto, no hay que ser inmovilista”, le ha reprochado a Rajoy.

Y ha insistido: “No se puede sacar pecho con la desgracia poerque somos campeones en desempleo, en la precariedad laboral e incluso en el fracaso escolar. ¡Haga reformas!, señor Rajoy. Solo nos queda renovar o morir”, ha exclamado rivera ante la mirada un tanto incrédula de Rajoy, muy solo en medio de una bancada popular prácticamente vacía.
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, conversa con el portavoz de su grupo, Juan Carlos Girauta, tras su intervención ante el pleno del Congreso donde el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha expuesto las conclusiones del último Consejo Europeo. EFE/Mariscal


Joan Tardá, portavoz del grupo parlamentario de ERC, fiel a su estilo contundente, ha iniciado sus palabras destacando una coincidencia: “Mientras usted acudía al Consejo europeo de Bruselas los jueces españoles perpetraban el mayor ataque contra las libertades del pueblo catalán”. “Pero vamos avanzando – ha añadido -, el último dirigente catalán que fue juzgado acabó peor (en referencia a Lluis Companys). Pero nosotros confiamos en Europa”.

El diputado de PDeCAT Francesc Homs, durante su intervención en el pleno del Congreso de los Diputados donde se celebró la sesion del control al Gobierno.A la derecha, el portavoz del Grupo Socialista, Antonio Hernando.EFE/Mariscal


Francesc Homs, del PDeCAT, recientemente juzgado en el Tribunal Supremo por un presunto delito de desobediencia al tribunal Constitucional por el 9-N, se ha dirigido a Rajoy de forma irónica: “celebro que esté usted hoy aquí, señor Rajoy. Y lo digo porque ahora se juzga por desacato al Tribunal Constitucional y su Gobierno ha incumplido 34 sentencias del alto tribunal”.

Fuente: Público.es

lunes, 21 de noviembre de 2016

Las minorías también forman parte de la clase trabajadora

Imagen de archivo de una mujer caminando frente a una pintada de dos corazones con los colores del arcoíris EFE

Al parecer, la clase trabajadora se compone solamente de hombres blancos heterosexuales. Ni rastro de mujeres que luchan por sus derechos, nada de etnias minoritarias, ni inmigrantes, ni personas LGTB


Owen Jones


Ya veo hacia dónde va todo esto.  Trump ganó las elecciones estadounidenses y la derecha populista está en pleno funcionamiento. Según cuenta la historia, la gente que defendió los derechos de las minorías y de las mujeres se excedieron. "La izquierda ha ido demasiado lejos", declara un columnista del Wall Street Journal. "Políticas de identidad, censura y políticas basadas en las necesidades de exóticas minorías sexuales. Y llega la reacción".  

Exóticas minorías sexuales: supongo que hombres gays con tres cabezas, lesbianas con piernas de llama y personas  trans que pueden pulverizar a los seguidores de Trump con rayos láser. Pero el mensaje es claro. Las minorías que para muchos son peculiares, depravadas, pervertidas y/o peligrosas han gritado demasiado alto por sus derechos. Las mujeres ( quizá sucias mujeres) han sido demasiado incisivas. Han generado un torbellino y ahora deben asumir las consecuencias.

La élite solía ir a por los que, en cualquier sociedad, tenían riqueza, poder y privilegios. Por ejemplo, antiguos corredores de bolsa con educación privada o plutócratas multimillonarios que pasan el rato en ascensores dorados. Aparentemente, ahora se dedican a señalar a aquellos que defienden los derechos de las minorías y de las mujeres. El populismo de derechas de nuestros días está a gusto hablando sobre la clases pero solo para definir a una patriótica clase trabajadora contra un grupo de burgueses desarraigados, metropolitanos y odiosos bienhechores que desprecian sus valores y estilo de vida.

"Si eres un ciudadano del mundo, eres un ciudadano de ningún sitio", dice Theresa May, burlándose de una élite desdeñosa que mira a la clase trabajadora y "encuentra su patriotismo desagradable, y sus preocupaciones sobre la inmigración muy provincianas".

Según la columnista Melanie Phillips, el Brexit y el trumpismo representan una "contrarrevolución popular: un intento de hacer que la política vuelva al verdadero centro de gravedad cultural". Su tesis es que los verdaderos fanáticos no son los nacionalistas blancos a punto de hacerse con el poder en Washington sino el "racismo anti-blancos de Black Lives Matter" y de otros "liberales". Aquellos que han osado oponerse al veto de musulmanes dentro de Estados Unidos son quienes han conducido al pueblo americano a los brazos de Trump, sostiene.

El tormento de la clase trabajadora no son las instituciones financieras que han llevado a sus países a una situación económica calamitosa. Tampoco son aquellos que no pagan los suficiente a sus trabajadores, o lo que defraudan a hacienda ( justo como Trump). No: son los defensores de las minorías y las mujeres los que supuestamente obstaculizan a la clase trabajadora. Al parecer, la clase trabajadora se compone solamente de hombres blancos heterosexuales. Ni rastro de mujeres que luchan por sus derechos, nada de etnias minoritarias, ni inmigrantes, ni personas LGTB.

La vieja izquierda, dominada en el pasado (y todavía hoy) por hombres blancos heterosexuales, ha reflejado durante mucho tiempo este sentimiento. La lucha de clases va primero. Después de la revolución, resolveremos todo lo demás. Fue un enfoque contra el que las mujeres y las minorías se rebelaron. La clase obrera era completamente diversa, argumentaron, y la opresión por clase no era la única injusticia que muchos sufrían.

La opresión no solo venía de las altas esferas sino también de sus propias comunidades o lugares de trabajo. Las mujeres eran explotadas por sus jefes y por sus mismos compañeros. También fueron toqueteadas por algunos hombres ( justo como Trump) o incluso algo peor. También cobraban menos o eran relegadas a hacer trabajos domésticos no pagados y a encargarse de la mayor parte del cuidado infantil.

Los trabajadores negros también tenían pésimas condiciones de trabajo pero también fueron tratados como ciudadanos de segunda por la ley. Acosados por la policía, sometidos a abusos en las calles y discriminados en sus puestos de trabajo, transformándoles en carne de desempleo.

Los trabajadores LGTB, al igual que sus colegas heterosexuales, pueden ser contratados y despedidos por puro antojo, pero también estaban expuestos a intolerancia durante toda su vida. A menudo sufrían angustia mental porque en muchos casos la sociedad les rechazaba y les odiaba. No se veían capaces de coger de la mano a sus amantes por la calle sin ser objeto de abusos y violencia. Y ni siquiera tenían los mismos derechos legales que el resto de parejas.

Surgieron entonces movimientos para subsanar estas injusticias. Estos movimientos, a lo largo de la historia, siempre han sido acusados por ser demasiado agresivos, enrabietados y nada conciliadores. "La rabia no funciona como oposición política", dice el analista  Kurt Eichenwald desafiando, bueno, a toda la historia. "Alta moral, compromiso pacífico, realizar preguntas respetuosas a los oponentes. Eso sí que funciona". Si las educadas campañas por carta y las charlas con café con los legisladores consiguieran cambios sociales radicales, aún estaríamos viviendo como siervos y señores.

El problema es que los derechos para las mujeres y las minorías significa irremediablemente la pérdida de privilegios para los otros, que a su vez están desesperados por que eso no suceda. Los movimientos encuentran resistencia. Están obligados a molestar, a hacer que la gente les escuche aunque prefieran ignorarles. Y, francamente, si alguna vez en tu vida te han dañado por odio o por discriminación, quizá sientas una rabia justificada y quieras expresarla. La mayoría de la gente no protesta porque sí. Están hartos de la opresión y solo quieren que termine para poder seguir adelante con sus vidas.

Hay quien cree que la izquierda ha abandonado la clase en favor de la identidad política. Ciertamente hay un tipo de progresista que ha hecho esto, que ha abogado por soluciones como la incorporación de más mujeres en las salas de conferencias de las empresas en lugar de abordar la desigualdad sistemática. Pero los socialistas sostienen que la clase es un asunto absolutamente central para entender los males de la sociedad, que no pueden ser entendidos sin el género, la raza y la orientación sexual.

Los múltiples agravios sufridos por la clase trabajadora de Trumplandia o de Brexitlandia los ha causado el sector financiero, la élite corporativa y los evasores de impuestos. No por los polacos, los musulmanes, los negros o los activistas trans.

Algunos que se describen a sí mismos como progresistas se han convertido en cómplices de la derecha del Brexit y de Trump, aceptando que la izquierda, efectivamente, se ha sobrepasado. Este enfoque no solo tira por la borda a las mujeres y a las minorías, también es un error estratégico. Los trumpistas nunca estarán satisfechos. Todo lo que se les conceda les parecerá poco y simplemente les envalentonará.

Sí, deberíamos debatir las mejores estrategias para conseguir que todos tengamos los mismos derechos y persuadir a los que no están convencidos. Pero eso no significa retroceder o ceder de cara a una reacción violenta. La emancipación de la clase trabajadora tiene que ser de toda la clase trabajadora: hombres y mujeres, blancos y negros, heteros y LGTB. Vivimos una época en la que muchos fanatismos han sido condenados oficialmente. Los espantosos demonios se han liberado a ambos lados del Atlántico. Este año, la derecha ya ha ganado votos de manera masiva. Si nos rendimos a su agenda, les regalaremos más victorias.

Traducido por Cristina Armunia Berges

domingo, 7 de agosto de 2016

Jaque a la Unión Europea y pie cambiado de las fuerzas transformadoras



Daniel Albarracín

El apenas esperado acontecimiento de la salida del Reino Unido de la Unión puede comprenderse como una de las posibles consecuencias no deseadas por quienes impulsaron la consulta y las luchas tacticistas entre las élites y, más en particular aquí, las contradicciones en el marco de la disputa por el poder entre las fuerzas de derecha británica. Si bien detrás de este desencaje de piezas se encuentran varias placas tectónicas de carácter socioeconómico y político, que han acabado por desplazar del continente europeo a las Islas Británicas un poco más de lo que ya lo estaban. Se ha mostrado al mismo tiempo la crisis del modelo de integración fallido como es el de la Unión Europea y el divorcio evidente con la población británica, algo que podría replicarse en otros países si se facilitaran nuevas consultas.

El 23 de Junio de 2016 pasará a la historia no sólo como la fecha en que el Reino Unido decidió votar, con un 51,9 %, a favor de la salida de la UE. El 24 Junio no será sólo el momento en que Cameron anunció que, en tres meses, renunciaría a su cargo de primer ministro; también será recordado como el inicio de un proceso de desintegración y caos político que modificó el mapa de Europa, que hirió de muerte el diseño de la Unión Europea. También puede representar el inicio del cambio de las propias fronteras y vínculos de un viejo imperio, que pierde razones para mantener unido a su Reino. Será recordado como un cataclismo legislativo que aboca a un desafío proverbial para recomponer la base regulatoria de un país y el retorno de varias competencias. Lo más preocupante, supone un hito fundamental para el resurgimiento de antiquísimos, orgullosos y reaccionarios sentimientos nacionalistas y xenófobos porque, por desgracia, la opción del Lexit (una salida de izquierdas) ha quedado al margen del debate público en estos últimos meses.

El proceso político de desvinculación

Ahora se abre un complejo proceso político institucional. Debemos conocerlo para disponer de los tiempos en los que se va a mover el curso de lo que está por venir, en el que hay muchas cosas todavía por definir. El único precedente conocido es el de la salida de Groenlandia en 1982, una región autónoma de Dinamarca con apenas 50.000 habitantes.

El Referéndum no es vinculante. Se han abierto dos maneras de gestionarlo. Bruselas quiere activar el artículo 50 de los Tratados Europeos, invocado de inmediato para reducir la incertidumbre mientras que el gobierno británico no quiere darse tanta prisa. Pero, aunque pueda retrasarse, no parece que pueda evitarse el proceso de desvinculación relativa que supone su concreción política. Cualquier acuerdo habrá de ratificarse en el Consejo y en el Parlamento en Estrasburgo. El resto de los 27 países que aún permanecen tienen derecho de veto para establecer un modelo de salida. Luego se daría el paso a la ratificación por los parlamentos nacionales y cualquier país puede obstaculizar el proceso.

Sin duda, los funcionarios británicos en Whitehall van a tener que asumir retos de envergadura. Varias competencias antes reservadas a la UE, como salud, seguridad, servicios financieros o aspectos de política de empleo, regresan al país; habrá que redefinir o redactar numerosas leyes, para evitar vacíos regulatorios o de gestión política. Un reto fundamental será la negociación de nuevos tratados comerciales, así que el Ministerio competente se sobrecargará de tareas.

Activado el artículo 50, se abre un periodo de dos años de negociaciones donde aún se seguirán cumpliendo los tratados y leyes de la UE, pero el Reino Unido no podrá incidir más en sus cambios. Habrá que concretar bajo qué términos se regulará financieramente la ciudad de Londres, los aranceles a aplicar o los derechos de circulación de personas de ciudadanos comunitarios y del Reino Unido.

Un cataclismo para la historia política del Reino Unido.

Cameron ha dimitido “en diferido” para gestionar la transición en su partido y los que aspiren a sucederle, posiblemente un pro-Brexit, tendrán una patata bien caliente.

Entre las candidaturas a ser nuevo primer ministro, si no hay convocatoria de elecciones, cabe hablarse de Boris Johnson, ex alcalde de Londres que lideró entre los Tories al Brexit; George Osborne, que apoyó la permanencia; y los candidatos de compromiso como Theresa May, Ministra del Interior.

El próximo líder tendrá que hacer frente a un partido dividido, asediado por el ascenso del UKIP de Farage. El partido conservador británico puede verse desbordado por su la derecha xenófoba y populista, o bien quedarse absorbido por tener que aplicar las políticas que la derecha más reaccionaria exige.

Mientras tanto, en Escocia e Irlanda del Norte, donde triunfó el voto por la permanencia, o en Gibraltar, puede haber consecuencias de calado a medio plazo. El Partido Nacionalista Escocés activará, si los cálculos le favorecen, una próxima consulta, que podría derivar en la salida de Escocia del Reino Unido y su reinserción en la UE. E Irlanda e Irlanda del Norte podrían asistir a nuevos y reforzados movimientos políticos para alcanzar su reunificación.

Las razones para un Reino Unido se agotan. El viejo imperio que anexionó a varios pueblos y pudo sostenerlos en su interior por su actitud hegemonista ante el resto del mundo y su represión interna, queda muy mal parado de cara a darles razones para mantener a irlandeses o escoceses bajo la Corona Británica, una de las instituciones más poderosas económica y políticamente del mundo.

Las posibles repercusiones económicas

Los mercados financieros han sobrereaccionado cayendo más de un 15 %. Está cundiendo la alarma por las potenciales repercusiones económicas. Estas se materializarán, pero más allá del histrionismo de corto plazo de los mercados financieros, no tendrán un alcance mayor. No al menos por esta causa. No nos olvidemos que vivimos una crisis global como pocas veces hemos atravesado y eso sí que es el problema. La libra esterlina se va a devaluar, ya lo está haciendo en torno a un 10 % respecto a otras grandes monedas. Podría hacerlo próximamente hasta el 20 %, aunque a medio plazo se restablecerá parcialmente. Ha perdido parte de su atractivo como moneda refugio, pero la economía británica es poderosa, con la principal industria financiera y con un aparato productivo sólido, con influencia comercial en varios espacios económicos internacionales. No sólo el norte de la UE (Dinamarca, Holanda, Alemania, Irlanda, etcétera) sino también en EEUU y la Commonwealth. No es un país aislado ni débil. Y puede jugar aún sus bazas como gran plaza financiera. Aunque el peligro es que caiga en la tentación de emprender una partida arriesgada: una carrera de devaluación competitiva.

A corto plazo, algunos sectores se verán afectados porque la ventaja de la industria financiera, que le aporta excedentes rentistas, para poder abordar sus transacciones internacionales, puede verse durante un periodo perjudicada por el deterioro de la libra y la retracción del inversor internacional. Así, que, mientras no se disipen algunas dudas, puede haber un impacto recesivo en Reino Unido.

Como siempre, la incertidumbre afecta a la histeria de los rentistas, pero parece que los bancos centrales europeo, suizo o japonés, proveerán nueva liquidez para dar estabilidad a los mercados financieros. Si persiste la crisis, como decimos, será más bien fruto de la decadencia del capitalismo que por esta reordenación económico-comercial.

La desvinculación formal de Gran Bretaña de la UE es relativamente sencilla, dentro de su complejidad regulatoria. Más complicado será acordar una nueva relación comercial, estableciendo lo que se permiten los aranceles y otras barreras a la entrada, y ponerse de acuerdo sobre las obligaciones tales como la libre circulación. Tal proceso podría tomar al menos cinco años.

La opción por defecto es establecer el comercio con la UE en virtud de las normas de la Organización Mundial del Comercio como Estados Unidos, China o cualquier otro país. Se baraja que los productos británicos se encontrarían con la posible desventaja de tener que hacer frente a un 10% de aranceles en sus exportaciones. Pero lo más presumible es que UK buscase un status comparable al de Noruega, que es miembro del Espacio Económico Europeo (EEE), a cambio de lo cual se requiere contribuir al presupuesto de la UE y permitir la libre circulación de personas. Aunque caben otras opciones como las que ofrecen el caso suizo o turco. Pero hay que constatar que cualquier acuerdo comercial tarda muchos años en alcanzarse.

Quizá un status como el de Noruega sería una base insuficiente para las aspiraciones británicas. Aún hay que ver si el Reino Unido quiere asomarse al TTIP o si opta por esperar a que Trump pudiera alcanzar la Casa Blanca, y hacer migas con él. Los conservadores británicos saben que si Trump ganase la Casa Blanca, éste pondría al Reino Unido como prioridad, justo lo contrario de lo que harían China o Canadá.

El atractivo financiero británico se va a ver deslucido porque el capital que allí buscaba su refugio y un bue negocio rentista tendría que restar de sus cálculos los beneficios indirectos del acceso al mercado único europeo.

Un nuevo mapa político y geoestratégico.

Mientras Reino Unido aspira a recuperar su pretérito hegemonismo, aunque al final acabe cayendo en brazos de alguno de los bloques económicos en ascenso, también su mapa interno, como hemos indicado, puede verse alterado. Ni que decir tiene que esta experiencia va a dar razones añadidas a aquellos que persiguen una restauración de los refugios nacionales y exaltará viejos prejuicios patrióticos.

La Unión Europea, se encuentra atravesada por diferentes movimientos contradictorios. Mientras se consagra una Unión intergubernamental con múltiples acuerdos fuera de los Tratados Europeos, en los que las relaciones asimétricas otorgan cada vez más poder a Alemania, la Comisión Europea insiste en poner sobre la mesa un nuevo proyecto federalista, tecnócrata, intervencionista y, al mismo tiempo, neoliberal, como es el que se idea en el Informe de los 5 presidentes. Sin embargo, el actor decisor radica en el Consejo, y el bloqueo político allí es más que evidente. Para casi todo se necesita unanimidad. Y por eso, el monstruo de la Unión Europea se ve esclerotizado. Al mismo tiempo, han crecido a su alrededor multitud de acuerdos e instrumentos económicos entre grupos de países que, bajo la alfombra y de manera más bien siniestra, pueden estar sentando las bases para futuros acuerdos que dejen obsoleta la institucionalidad existente. Ese proceso “constituyente” lo están desarrollando las élites, mientras que las clases populares se dirimen entre el escepticismo, el aburrimiento o la ingenuidad respecto a lo que es el devenir supranacional, un debate poco formado y maduro entre las mayorías sociales y completamente metido en una urna en el marco de las instituciones europeas.

Las tentaciones, por tanto, pueden inclinarse a la formación de una Europa a múltiples velocidades, o la desintegración a plazos del proyecto, merced al ascenso de la extrema derecha y populismo nacionalista reaccionario. Estos ya han mostrado sus dientes en Austria, Francia u Holanda, sin detenernos en muchos de los países del Este europeo.

Un nuevo internacionalismo y una estrategia para la recomposición para otra Europa.

En esta tesitura hay que constatar que a las fuerzas políticas transformadoras la situación les ha pillado con el pie cambiado. Se ha optado por acumular fuerzas defendiendo una idea de Europa que, no cabe lugar a dudas, no existe y que es completamente opuesta a lo que promueven las instituciones europeas. Las instituciones europeas ponen a competir a las clases trabajadoras entre sí y devalúan sus condiciones de existencia y derechos, al mismo tiempo que abren las puertas al capital y su movilidad depredadora, con políticas que instauran la dictadura de las finanzas y que promueven una industria ecológicamente insostenible.

Creo que es un acierto insistir en la necesidad de la construcción de modelos supranacionales solidarios, democráticos, que articulen a los diferentes pueblos en un esquema cooperativo. Creo que, posiblemente, algunas ideas surgidas del proyecto de la UE podrían tomarse en cuenta, como el método comunitario o algunas prácticas institucionales que pudieron haber dinamizado la cooperación. Pero debe afirmarse que como proyecto en su conjunto se basa en dar alas y soporte al capital transnacional y la banca privada centroeuropea contra el mundo del trabajo y los derechos de los pueblos.

De tal manera que, aun siendo comprensible que se defienda un modelo europeísta, debe dejarse constancia que un esquema semejante como el descrito no cabe en la institucionalidad de la Unión Europea.

Algunas izquierdas defienden acumular legitimidad, razones y gobiernos que se sienten en el Consejo. Es preciso recordar que los tratados fundamentales requieren de la unanimidad. Entraña un blindaje del modelo en vigor. Esta ruta sólo cabe transitarla si somos conscientes de que cualquier cambio en la UE no se conseguirá por la vía procedimentalmente establecida. Será precisa una gran conmoción política, exterior a su carácter blindado y esclerotizado. Así que la opción de la permanencia crítica también debiera tener previsto algún ejercicio de desobediencia y ruptura concertada entre varios países.

En el otro polo hay quien ha querido insistir en la salida unilateral para rearmarse con viejos instrumentales económicos keynesianos. Pero esa opción, de manera aislada, preparará muy mal los retos por venir. Porque el terreno de juego global exige amplios espacios económicos y una institucionalidad democrática y políticas supranacionales y no sólo políticas económicas nacionales.

En el caso británico muy pocos han optado por la siguiente ruta: desvincularse para recomponer relaciones con aquellos que se pueda y con las políticas e instituciones necesarias para construir un área socioeconómica y política supranacional que, entonces sí, pusiese en pie acuerdos comerciales justos y regulados, políticas de inversión pública conjuntas, políticas tendentes a una convergencia real, lo que implica redistribuciones, una política monetaria esbozada con otro banco central y otros criterios, y la definición de un modelo productivo y una distribución internacional del trabajo complementaria entre equivalentes. Para el Reino Unido, por su capacidad y potencial, cabía esta opción. Aunque, es cierto, la ausencia de debate y madurez de este tipo de orientación allí hacía muy difícil el reto, dado el retroceso en este terreno en la sociedad británica.

En el caso de las periferias europeas, difícilmente podría plantearse de inmediato la desvinculación. Pero caben otras opciones. La opción de la desobediencia al Pacto de Estabilidad y Crecimiento, avanzar en el control de movimiento de capitales y la regulación del sistema financiero, al mismo tiempo que se abriesen los brazos a otros países o regiones para una estrategia cooperativa en extensión, daría tiempo, mientras reacciona la contraparte, a preparar las mejores condiciones e instituciones, para, en caso, de expulsión, poder hacer frente a un periodo excepcional, y poner en pie las condiciones de desarrollo endógeno y supranacional necesarias para construir un espacio socioeconómico y político internacional favorable a las clases trabajadoras y populares.



Daniel Albarracín es sociólogo y economista. Es miembro del Consejo Asesor de VIENTO SUR

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Fuente: Viento Sur

sábado, 6 de agosto de 2016

Antiguos asesores económicos de Corbyn no le ven preparado para ganar las elecciones


Jeremy Corbyn, en una imagen de archivo EFE




ROWENA MASON

  • David Blanchflower y Simon Wren-Lewis dicen que el actual líder laborista no puede vencer en los próximos comicios y ven ahora a Owen Smith mejor candidato
  • La campaña de Corbyn acusa a Smith de dar apoyo tácito a aquellos que quieren que haya una escisión en el Partido Laborista


Dos asesores económicos de Jeremy Corbyn han dicho que no creen que pueda ganar las próximas elecciones y que el partido tendría más oportunidades bajo el liderazgo de Owen Smith. David Blanchflower, antiguo miembro del comité de política monetaria del Banco de Inglaterra, y Simon Wren-Lewis, profesor de la Universidad de Oxford, que han sido miembros del comité económico asesor del Partido Laborista, ahora expresan sus dudas sobre el liderazgo de Corbyn. El comité fue convocado por el canciller de Hacienda en la sombra, John McDonnell, y dependía directamente de Corbyn.

Blanchflower se marchó del comité asesor en junio y ahora ha decidido apoyar públicamente a Smith después de llegar a la conclusión de que Corbyn es "absoluta y completamente no elegible". Cree que Corbyn fue incapaz de formar una oposición fuerte cuando parecía que la economía estaba "derrumbándose" después de que Reino Unido votase a favor de abandonar la Unión Europea.

El profesor, que enseña en la universidad Dartmouth College en Estados Unidos y es conocido por predecir la recesión de 2008, dice que la confianza de los consumidores ha colapsado y que parece que la economía se encuentra en serios problemas, con la aparición de "horribles" indicadores económicos.

"Con la economía en el estado que se encuentra, es necesario que todos nos pongamos manos a la obra. Empresas, sindicatos, trabajadores, Gobierno y oposición", explica para the Guardian. Blanchflower, que aboga por un recorte del 5% del IVA, también ha dicho que Smith había sido mejor al hacer consultas a empresas y economistas en tres semanas que la directiva de Corbyn en los últimos nueve meses.

Wren-Lewis, que todavía era un miembro del comité hasta que las reuniones fueron suspendidas en junio, escribió en su blog: "Lo que me parece totalmente claro es que, dados los recientes acontecimientos, un partido liderado por Corbyn no puede ganar en 2020, ni siquiera quedarse cerca".

"Fui muy crítico con los contrarios a Corbyn que querían argumentar que sus excentricidades no estaban teniendo impacto sobre la opinión pública, por lo que sería absurdo fingir que esa gente elegirá para llegar al poder a un Partido Laborista que ha votado que no confía en su líder", añade.

En un comentario de un artículo posterior, reconoció que quiere que sea Smith el que gane la pugna por el liderazgo.

Un portavoz del equipo en la sombra del Tesoro rechazó las críticas de Blanchflower, diciendo que su trabajo para el Partido Laborista nunca ha dado frutos.

"Es lamentable que se sienta de esa manera pero le deseamos lo mejor y le damos las gracias por las amables palabras que dedicó anteriormente a John McDonnell sobre la política económica que ha realizado como canciller en la sombra", comenta el portavoz.

Un partido lleno de divisiones

Todo esto ocurre después de que las dos campañas tuvieran su primer enfrentamiento serio cuando Smith fue acusado por la campaña de Corbyn de hablar sobre la amenaza de una escisión en el partido y de dar apoyo tácito a los conspiradores que querían verlo dividido. McDonnell, el jefe de campaña de Corbyn, asegura que Smith debe hacer algo más que denunciar a aquellos que buscan una división o el riesgo para convertirse en el "candidato de la desunión".

"Si continúa negándose a denunciar a aquellos que reclaman una división, los afiliados pensarán que simplemente está intentando alarmarles para que voten por él, por haber hablado de amenazas por parte de una minoría de parlamentarios que apoyan su campaña y que están conspirando para dividir nuestro partido en los periódicos conservadores, mientras que al mismo tiempo se niega a denunciarlos", apunta McDonnell.

"Y será duro contar a cualquier persona lo mucho que Owen se opone a una división y cuánto apoyo tácito está dando a aquellos conspiradores con la esperanza de que esto ayude en su campaña", añade MaDonnell.

La jefa de campaña de Smith, ha rechazado la idea de que él sea un riesgo que contribuya a dicha división: "La ironía de John MacDonnell ofreciendo palabras vacías sobre la unidad del partido no pasará desapercibida para los afiliados y seguidores", avisa. Tras esto, un aliado de Corbyn contraatacó: "Lo que no pasa desapercibido es que claramente están esquivando esta cuestión".

Anteriormente, la campaña liderada por Smith había acusado a Corbyn de negarse a participar en los debates televisivos en directo. Se espera que ambos se enfrenten cara a cara por primera vez el jueves durante un debate en Cardiff organizado por el partido. También se espera que Corbyn reciba el apoyo del sindicato Communication Workers Union este lunes después de una votación de sus miembros. Sin embargo, Corbyn rechazó participar en un acto electoral en Channel 4 este lunes y, en su lugar, se reunirá con miembros del partido en Liverpool.

Corbyn sigue siendo el favorito

"Jeremy participará en programas de debate, pero es el partido el que tiene que facilitar, y no dictar, qué candidatos tienen que participar", ha dicho un portavoz de Corbyn. Se considera que Corbyn es el candidato más fuerte para ganar la pugna por el liderazgo sin la necesidad de convencer a más miembros. Por el contrario, Smith es un nombre menos conocido y le interesa elevar su perfil público tanto como sea posible.

En otra controversia este domingo, la campaña de Smith fue obligada a pedir disculpas por enviar mensajes de texto automáticos a los afiliados y seguidores del Partido Laborista en medio de la noche por error, enfureciendo a muchos de los destinatarios.

"Ha habido un fallo técnico con el sistema que se utiliza para enviar mensajes, lo que ha hecho que algunos mensajes se enviaran después de la hora límite, es decir, las 20.00 horas. Pedimos disculpas por los inconvenientes que esto haya podido causar", ha dicho un portavoz de la campaña.

Traducido por Cristina Armunia Berges

Fuente: eldiario.es - theguardian

sábado, 23 de julio de 2016

Una campaña marcada por la intolerancia hace que sea aceptable ser racista en Reino Unido


Un 7 % de los británicos lamenta haber apoyado el "brexit", según un sondeo
Peatones caminando por Oxford Street EFE


  • La campaña del leave ha abierto la caja de Pandora del resentimiento y la sospecha, y empeorará cuando el Brexit no consiga cumplir sus promesas

  • Un 7 % de los británicos lamenta haber apoyado el "brexit", según un sondeo

Aditya Chakrabortty   


Sobre el tipo de caos al que se enfrenta ahora Reino Unido, la historia es clara: algunas personas resultan más perjudicadas que otras. Ya se está viendo de forma clara y preocupante qué grupos serán los que sufran más en esta ocasión. Se puede echar un vistazo a las denuncias por delitos de odio que se han multiplicado en estos últimos días.

En Huntingdon, niños de colegios de origen polaco recibieron tarjetas en las que les llamaban "sabandijas" que debían "salir de la Unión Europea". Las tarjetas tenían traducción al polaco, suficientemente cuidadosa. Desde Barnsley, un periodista de televisión apuntó que, en cinco minutos, tres personas diferentes gritaron: "Mándalos a casa". En Facebook, un amigo en el este de Londres cuenta cómo, mientras intentaba dormir en una noche calurosa, escuchó a un hombre gritando fuera de su ventana: "Nos han devuelto nuestro país, lo siguiente que haré será volar esa jodida mezquita".

Nada de esto es casual. Esto es lo que pasa cuando los ministros, los líderes de los partidos y los aspirantes a primer ministro esparcen argumentos con veneno racista. Cuando la intolerancia no solo se tolera, sino que se consiente y se fomenta. En los últimos meses hasta la votación de la semana pasada, los políticos vertieron una versión británica de 'Donaldtrumpismo' en una frágil taza de té. Contaron 350 millones de pequeñas mentiras. Fabricaron promesas rotundas que, según el propio Iain Duncan Smith ahora admite, eran solo "posibilidades". Y la brigada del Brexit flirteó una y otra vez con el racismo.

Michael Gove y Boris Johnson vendieron su ficción sobre la posibilidad de que Turquía se integre en la UE. No hace falta ser muy listo para entender que con eso se referían a la entrada de 80 millones de musulmanes en la cristiandad. Renunciando a cualquier tipo de sutileza, Nigel Farage dijo que permitir la entrada de refugiados sirios en Reino Unido ponía a las mujeres británicas en riesgo de sufrir asaltos sexuales. Con el fin de promover sus campañas y sus carreras políticas, esos políticos profesionales añadieron la intolerancia a su arsenal de armas políticas.

Para ser claros, no estoy diciendo que los 17 millones de británicos que votaron a favor del Leave sean racistas, y sí que hay preocupación real sobre la presión migratoria. Más allá de todo esto, está claro que la votación del pasado jueves abordó otros problemas además de la migración a Europa: élites extractivas  en política, negocios y finanzas; una economía llena de desigualdades; un Estado que atiborra a Londres mientras que mata de hambre al resto de la nación.

Pero durante los meses pasados, los hombres que ahora moldean el futuro de Reino Unido fuera de la Unión Europea efectivamente tiraron por la borda la decencia pública y decidieron que estaba bien ser racista. En el proceso, tal y como dijo el director del instituto de investigación Compas de la Universidad de Oxford, "lo impronunciable no solo se convirtió en nombrable, sino en común".

Vi todo esto en la campaña, mientras visitaba el sur de Gales. Con el paso de los años, he estado en muchos sitios en los que han perdido sus industrias y sus economías, incluido el lugar en el que nací. En esta ocasión, noté un cambio entre mis entrevistados. Antes, en Derby, Gateshead o Barking, un parado o una joven madre tardaba al menos 20 minutos en sacar el tema de los inmigrantes, quizá porque tenían en cuenta que estaban hablando con un hombre asiático de un periódico progresista. Esta vez, no hubo titubeos. En una región que tiene relativamente pocos migrantes, la inmigración fue lo primero que mencionaron. Y el lenguaje que usaron iba recubierto de la diferenciación entre ellos y nosotros, y de todos los detalles que yo había asumido estúpidamente que habían quedado relegados a las actuaciones de Jim Davidson.

"No soy racista. No quiero ofenderte", no paraba de decirme una trabajadora de una cafetería, que evidentemente no se preocupó de si lo hizo. Lo intenté de nuevo en Dorset el fin de semana anterior a la votación, con una pareja que llevaba carteles de 'Vote Leave'. La mujer detalló las dificultades que tiene su hija para conseguir casa en Londres, los toqueteos en el transporte público y cómo una cocina terminó ardiendo en el piso de debajo donde vivían cinco hombres de Europa del Este. Se estremeció de ira: "Solo quiero que me devuelvan mi país".

Quizá estas personas siempre han albergado estos resentimientos, pero ahora sienten que pueden expresarlos públicamente sin tener cuidado de quién les pueda oír. Quizá lo que Claire Alexander de la Universidad de Manchester llama la "alegre intolerancia" de Farage y su calaña ha ayudado a encauzar su ira.

Por mi parte, me centré en la creciente tolerancia que había caracterizado a Reino Unido durante los años 90 y los 2000, y pasé por alto algunos de los embarazosos ejemplos de prejuicios residuales hacia los musulmanes y personas llegadas de Europa del Este. También obvié las portadas de los tabloides o la bilis derramada debajo de las frases de mis propios artículos y de otros. Pero quizá pueden perdonarme por querer sentirme en casa en el país en el que he nacido.

Las actitudes cambian y se hacen más duras, siempre se pueden ofrecer nuevas cabezas de turco a la sociedad. Reino Unido ha estado atravesando seis años de austeridad y rencor, en los que a las personas con discapacidad se les han recortado sus prestaciones y han sido etiquetados por los ministros como gandules. El resultado ha sido un incremento de crímenes de odio contra las personas con discapacidad.

El viudo de Jo Cox dice que fue asesinada por sus ideas políticas
El viudo de Jo Cox dice que fue asesinada por sus ideas políticas EFE
Y en relación a los europeos del este y los musulmanes, mientras investigaba para este artículo, un profesor me dijo sin darle importancia: "Ahora tengo miedo de decirle a un taxista que soy polaco". En Tell Mama, la organización que investiga crímenes de odio contra musulmanes, el director Fiyaz Mughal contó cómo los "comentarios" procedentes de pequeños grupos violentos de extrema derecha no habían dejado de aumentar durante la campaña. Cuando Boris Johnson habló sobre Turquía, hicieron circular imágenes de una iglesia con un minarete añadido con photoshop en la cúspide. Cuando Farage habló sobre los asaltos sexuales por parte de sirios, ellos empezaron a hablar de "refugiados-violadores" ("rape-fugees"). Estos comentarios de extrema derecha alcanzaron su punto álgido la semana en la que Jo Cox fue asesinada.

En cualquier caso, los racistas y la extrema derecha tienen ante sí un periodo fértil. Reino Unido acaba de votar a favor de un gran retroceso. Ninguna gran empresa querrá hacer grandes inversiones en un país marcado por la incertidumbre, donde la libra esterlina está en camino de convertirse en una moneda de segundo nivel. Y Reino Unido, como dijo una vez el gobernador del Banco de Inglaterra, depende de  "la bondad de los forasteros" –de los extranjeros que financian nuestro déficit de cuenta corriente. Todo bien hasta que un día los extranjeros sean un poco menos indulgentes.

Una vez que resulta evidente que Gove y Johnson no van a conseguir el acuerdo con el que fantaseaban, millones de británicos se sentirán estafados y con razón. Y en antiguos bastiones del Partido Laborista en todo el norte y en Gales, la oposición real pasará a ser la de Farage y su pandilla de desechos de Westminster, obsesos y racistas extremos.

Después de haber creado este gran desastre, los políticos británicos se esforzarán por buscar gente a la que echar parte de culpa. Por mucho que espere lo contrario, sospecho que estos últimos días son los precursores de este aumento de maldad. Los políticos favorables al Brexit, como dice Mughal, "abrieron una caja de Pandora" de resentimiento y sospecha. Los antiguos alumnos del internado de élite  Eton o los defensores del UKIP ataviados con sus chaquetas a rayas no serán los que se enfrenten a las consecuencias. Iran contra un anciano que vuelve a casa después de los rezos del viernes o una madre rumana pillada en un autobús hablando en su lengua materna.

Traducido por Cristina Armunia Berges
Fuente: the guardian - eldiario.es

jueves, 21 de julio de 2016

El Brexit, la geopolítica y la amistad con derecho a roce



Causas inmediatas y la venganza de la democracia

En los últimos días, los expertos han ido señalando las principales causas del Brexit. Coinciden en señalar el deterioro del Estado de Bienestar por los recortes, el desempleo y la precarización del empleo, la creciente desigualdad social y territorial… La nostalgia de los más mayores por la época imperial y el desinterés de los jóvenes a la hora de votar, también han jugado lo suyo.

En relación a la cuestión de los extranjeros, se han propuesto interpretaciones divergentes. Algunos remiten al racismo y a “los nacionalismos de siempre, excluyentes y chovinistas, que dibujan sociedades cerradas al exterior y empobrecidas moralmente” (editorial de El País, 3 de julio de 2016). Para otros, el asunto tiene más calado. Manuel Castells (La Vanguardia, 2 de julio de 2016) opina que “en contraste con las acusaciones de racismo, la crítica no fue contra las personas del Tercer Mundo, porque estas necesitan visado”, sino contra la inmigración de Europa del Este porque  “sin control compiten legalmente por trabajo, sanidad y educación gratuitas, vivienda pública y subsidio de paro”. No afecta al Gran Londres pero sí a otras regiones industriales ahora envejecidas y en plena depresión. No se trataría  pues de un nacionalismo étnico sino de resistencia frente a la globalización y a la pérdida de control del país, y a lo que se le llama populismo sería “en realidad una defensa de la vida que les queda”. Las dos serán ciertas, aunque quizás una más que otra.

Si sumamos a todo ello la reciente crisis de los refugiados que huyen de las guerras, cuanto menos alimentadas por los propios poderes occidentales, y la deriva terrorista nacida de sus políticas insensatas en Palestina, Afganistán, Libia, Irak, Siria…, y le añadimos el rechazo a las élites de la UE que han protagonizado las respuestas europeas a la crisis financiera que pronto cumplirá 10 años, dispondremos de un retrato robot suficiente para inventariar las causas inmediatas de la desafección de los ingleses y del Brexit. En definitiva, ha sido un voto de edad, de clase y territorial. Me permito sugerir la hipótesis de un voto religioso: los católicos habrían apoyado la permanencia y los anglicanos la salida.

En cualquier caso, ha sido la venganza de la democracia, del voto de la gente “corriente” frente a la frialdad tecnocrática de las elites. La imagen del expresidente de la Comisión Europea Barroso usando las puertas giratorias de Goldman Sachs (a quien muchos consideran la entidad financiera más influyente en el mundo) para ganar cinco millones de euros al año, sin renunciar a su pensión “europea” de 18.000 euros mensuales por su anterior cargo dice mucho del fondo del asunto. ¿En qué manos estamos? se preguntarán más de uno.

Alguien ha resumido con pocas palabras el estilo de quienes gobiernan Europa: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. El Brexit es una bofetada espectacular en los morros de Bruselas y la primera factura que la UE pagará. Y el proyecto descarrilará si se empeñan en un europeísmo ilustrado paternalista que no puede funcionar en el siglo XXI con la democracia como única fuente legítima para hacer política. Atentos al futuro.

El Brexit es una venganza de la geografía o la razón geopolítica de fondo

Tres semanas después, las bolsas se han recuperado del momentáneo derrumbe post-Brexit. Todo vuelve a la normalidad, tal vez porque geopolíticamente el Brexit es lo normal…

Un celebrado ensayo del ensayista geopolítico Robert Kaplan lleva por título “La venganza de la geografía” y en él se nos dice que la geografía es el telón de fondo sobre el que discurre la historia. Pero, ¿porqué relacionar esta sentencia con el Reino Unido? ¿Acaso hay algo más detrás del Brexit?

Inglaterra, mil cien años objeto del deseo y la codicia continentales

Inglaterra, o el territorio que hoy conocemos como tal, se vinculó a la Europa continental con la conquista romana iniciada por Julio César a mitad del I a.C. y culminada un centenar de años después por Claudio. Esta etapa se cierra a principios del siglo V cuando nuevas y sucesivas invasiones irán construyendo a partir del sustrato anterior celta-britano-romano un conglomerado social dominado primero por los anglo-sajones, más ocasionalmente por los vikingos daneses  y al final por los normandos (con la batalla de Hastings en 1066). En números redondos, durante 1.100 años Inglaterra y el resto de pueblos británicos fueron invadidos una y otra vez por grupos humanos procedentes del Continente.

Cuatro siglos para cimentar la rivalidad anglo-francesa y quinientos años de estrategia extra-continental

La conquista normanda supone una inflexión histórica. Inglaterra pasa de ser tierra de conquista por parte de pueblos y élites continentales a constituir un poder con intereses territoriales, feudales  y dinásticos en Francia, en el Continente. Durante cuatrocientos años la herencia francesa de los normandos y las políticas matrimoniales fueron la manzana de la discordia entre unos y otros.

La historia moderna inglesa comienza con su derrota (1453) en la guerra de los Cien años ante Francia, lo que supone su renuncia a seguir disputando la corona francesa a la dinastía de los Valois  y la pérdida de sus posesiones territoriales en el continente. De este modo sus intereses directos en el continente fueron extinguiéndose y más aún tras los conflictos dinásticos que enfrentaron a las casas de Lancaster y de York durante los últimos 50 años del siglo XV. Francia por su parte convirtió a Juana de Arco (la archienemiga de los ingleses) primero en heroína y mucho después  la hizo Santa y Patrona de la Nación (no sin antes pasarla por la hoguera con la complicidad de nobles y eclesiásticos del país). Desde entonces la estrategia de Inglaterra iba a descansar en el repliegue insular respecto a Europa, sin renunciar a influir para impedir, o cuanto menos dificultar, que una potencia llegase a acumular tanto poder como para dominar el Continente. Complementariamente, el diseño exigía la consolidación de su predominio en las Islas Británicas (conquista de Irlanda y control de Escocia) y buscar su destino en ultramar (aprovechando los océanos abiertos ante sus costas occidentales) con un poderoso imperio marítimo.

Enrique VIII puso las bases para esta política británica, de espaldas al Continente y parapetada detrás del Canal de la Mancha y del Mar del Norte; y así puede entenderse, entre otras cosas, su ruptura con las autoridades eclesiásticas de Roma y la creación de una iglesia nacional inglesa (1534). Suponía un desafío en toda regla a cualquier pretensión de unidad religiosa y política, con una sola Iglesia (la Romana) y un solo Emperador (fuesen reyes “católicos” como los hispánicos, “cristianísimos” como los monarcas franceses, emperadores del Sacro Imperio Romano-Germánico o emperadores novísimos como Napoleón…). Ahí y así se forjan la identidad nacional inglesa y la construcción institucional del Reino Unido. Durante quinientos años no hubo más invasiones. Por el contrario, el sentido de los movimientos se invirtió. Los británicos se expandieron por todo el planeta con sus ejércitos, sus negocios y sus emigrantes colonizadores.

Inglaterra, entre los siglos XVI y XIX, cuando no guerrea contra los Austria lo hace contra Francia o contra ambas a la vez. Las dos conflagraciones  mundiales de la primera mitad del siglo XX modifican su política de alianzas cuando el enemigo a batir son los “imperios” germánicos y Francia es un socio inevitable y cada vez menos poderoso. Siempre “controlando” lo que sucede en el Continente…

La temida -y derrotada – invasión de la Armada Invencible ha funcionado como metáfora de los miedos de la sociedad británica. La fallida invasión alemana de 1941 la actualizó y el Brexit coincide con una gran visibilidad del poder rector alemán en la Unión Europea y con una Francia progresivamente más impotente.

Principio y final de la amistad con derecho a roce

Cuando el 25 de marzo de 1957 se firma el Tratado de Roma que alumbró la Comunidad Económica Europea, el Reino Unido era aún un poderoso y orgulloso Imperio. No hacía demasiado que había perdido la “joya” india, entre otras colonias, pero la bandera de la Union Jack seguía ondeando en todos los continentes.

Tuvo que llegar 1963 para que el Reino Unido, con el conservador Harold Macmillan, pidiese la entrada en el club europeo. Su Imperio se iba desvaneciendo: en 1960 se independizaban Nigeria, Camerún y Chipre; al año siguiente, Sierra Leona y Tanganica; en 1962, Uganda; en 1963, Zanzíbar y Kenia… La Francia de De Gaulle vetó su incorporación.

En 1967, con el laborista Harold Wilson de primer ministro, el RU insiste para ver como De Gaulle de nuevo rechaza su petición. Han seguido perdiendo colonias. En 1964, Malta y Zambia; en 1965 Gambia…

Por fin, el 1 de enero de 1973 el conservador Edward Heath lograba el ingreso de su país. El referéndum de 1975 (el año de la muerte de Franco) celebrado para conocer la opinión de los ciudadanos daba el visto bueno con un 67% de votos afirmativos. Está claro que los británicos ya aplicaban entonces un patrón democrático para resolver sus grandes cuestiones. La paz firmada en el Ulster, el referéndum escocés y la consulta del Brexit son pruebas renovadas de ello. (En España, Mariano Rajoy es partidario de que las decisiones importantes no las tome el pueblo sino las personas sabias como él. Por ejemplo, con la sabiduría demostrada cuando formaba equipo con el presidente Aznar y decidieron y jalearon la guerra contra Irak…).

Cuando en 1992 el Tratado de Maastrich modifica la CEE para llamarla simplemente Comunidad Europea y cuando en 1993 pasa a ser la Unión Europea, el Reino Unido había  perdido casi enteramente su imperio colonial, pero había sabido crear una Comunidad de Naciones (la Commonwealth) y con ella mantener una notable influencia económica y política a lo largo y ancho del planeta y su monarca seguía (y sigue) siéndolo de muchas naciones independizadas, como Australia, Canadá o Nueva Zelanda… Con esto cuentan ahora; además de sus relaciones excepcionales con los EE.UU.

Los británicos se las prometían muy felices en la Europa de los mercaderes que tanta prosperidad anunciaba. Pero se convirtió en una Unión política, contradictoria con sus  quinientos años más importantes de historia. Cuando la amistad con “derecho a roce” y sin excesivos compromisos (el Mercado Común), se ha convertido en un proyecto matrimonial cada vez más irreversible, se han activado las alarmas y la geografía y la historia han pedido la palabra.

Los resultados del referéndum iban a validar si prevalecía la geopolítica del largo periodo 1453-1975 (su historia sobre el telón de fondo de la brecha defensiva del Canal de la Mancha y el Mar del Norte) o el tímido golpe de timón de los últimos 41 años que impulsaba al Reino Unido hacia el Continente. Parece que la geografía se ha vengado y la Autopista-Túnel se ha anegado. El mar del Norte, el Canal de la Mancha y la historia de quinientos años han impuesto su lógica geopolítica. El sueño de la prosperidad creciente se ha roto y el precio político y social a pagar no compensa a muchos; y el Brexit (la independencia) ha ganado.

Es inquietante que los candidatos más citados por los expertos para emular al Reino Unido sean Francia, Holanda y Dinamarca. Todos ellos antiguos Aliados de los Británicos en las dos Guerras Mundiales. ¿Tendrá algo que ver Alemania y otras dimensiones geopolíticas europeas en lo que está sucediendo ahora?
Ricardo Romero de Tejada
Fuente: Público.es

martes, 19 de julio de 2016

No podemos dejarles a los conservadores las negociaciones con Europa





Jeremy Corbyn


Gran Bretaña se encuentra dividida e insegura. Años de austeridad destructiva y un modelo económico inservible han dado como resultado un país de inseguridad laboral, escasez de vivienda asequible, trabajo en relación de dependencia, recortes salariales y desigualdades cada vez mayores.


Desde que los votantes decidieron abandonar la Unión Europea, estas divisiones se han acentuado. Los incidentes de racismo y xenofobia han llegado a su máximo. Muchos votantes favorable al "no" se sienten conmocionados y distantes de quienes respaldaron marcharse. El país se enfrenta hoy a una crisis económica y política. El gobierno es un desbarajuste. Tal como exigía el laborismo, George Osborne ha tenido que desestimar sus planes de superávit presupuestario lesivo para el empleo. Pero ninguno de los que tratan de substituir a David Cameron tiene ninguna clase de plan de salida. En cambio, una vez más, lo que planean es que pague la gente trabajadora, con más recortes del gasto y más subidas de impuestos todavía.


Lo que se necesita, por el contrario, es liderazgo y una estrategia clara. Debemos respetar la decision democrática del pueblo británico – y negociar una nueva relación con la UE: una relación que proteja el empleo, el nivel de vida y los derechos de los trabajadores – y garantizar también que tengamos la libertad de volver a dar forma a una economía del siglo XXI para todoa nuestro pueblo.


Para reconciliar de nuevo al país, tenemos que comprender lo que está detrás de la reducida mayoría en favor de marcharse de la UE. Esta se debió claramente en parte a las repercusiones de la inmigración en un mercado de empleos desregulados y de vivienda y servicios públicos famélicos de inversiones.


Pero los votantes del “sí” se concentraron en antiguas zonas industriales duramente golpeadas por los bajos salarios, la inseguridad en el empleo y el estancamiento económico. De hecho, las ciudades que apoyaron al laborismo y votaron por el "no", como Londres, Bristol y Manchester, tienen poblaciones inmigrantes bastante más elevadas que muchas de las que respaldaron marcharse.


La diferencia estriba en que estas últimas están entre las zonas que menos se han beneficiado de una recuperación económica dispareja. Fue este el voto de la gente relegada en Gran Bretaña contra un estamento de poder político que les ha fallado.


El laborismo hizo campaña por “quedarse y reformar” la Unión Europea y dos tercios de los partidarios laboristas votaron a favor de permanecer. Eso nos proporciona una sólida base para reunir a votantes de ambos campos, y de establecer una agenda progresista para las negociaciones que refleje las necesidades de la mayoría. El punto de partida han de ser las líneas rojas delineadas por el ministro de Economía en la sombra,  John McDonnell: entre ellas, el mantenimiento de los derechos laborales y sociales existentes, la libertad de comercio con Europa, y la protección de los derechos al trabajo y residencia tanto de los ciudadanos de la UE en Gran Bretaña como de los ciudadanos británicos en Europa.


Esta semana el laborismo venció de forma abrumadora en una votación en los Comunes, dirigida por nuestro ministro de Interior en la sombra, Andy Burnham, que apelaba al gobierno a comprometerse a otorgar a los ciudadanos de la UE en el Reino Unido el derecho a permanecer.


Pero tenemos que ir más allá. Durante la campaña del referéndum, defendimos poner fin a la liberalización y privatización de servicios públicos aplicada por la UE, así como la libertad de mantener empresas públicas e inversiones públicas, hoy restringida por los tratados de la UE. Esas libertades tienen que formar parte de de las negociaciones venideras. El laborismo hizo campaña también a favor de una regulación más severa del mercado laboral y de la explotación del trabajo inmigrante que recorta salarios y condiciones, como mejor forma de proteger puestos de trabajo y niveles de vida en la UE.  


Lo mismo vale para Gran Bretaña fuera de la UE. Si la libertad de movimientos significa libertad para explotar el trabajo barato en una carrera por llegar a lo más bajo,   nunca se aceptará en ninguna relación futura con Europa. Pero la realidad es que en toda Europa tenemos aliados en esa causa, al igual que en muchas otras que estarán en el centro de las negociaciones por llegar. Estas negociaciones no se pueden dejar en manos de un gobierno conservador que no habla en nombre del país.


Por esa razón voy a reunirme con compañeros dirigentes socialistas europeos en París esta semana para discutir la crisis de los refugiados y el futuro de Europa después de que Gran Bretaña votara marcharse. El impulso cada vez mayor para reformar la UE fortalecerá la causa del laborismo.


La política ha cambiado para para bien. Después de años de guerras desastrosas, una desigualdad desbocada y una  élite política deteriorada, ya no puede haber más de lo mismo como siempre. El veredicto condenatorio del informe Chilcot sobre la guerra de Irak confirmó que, mientras que el estamento del poder politico se equivocó de modo desastroso, la mayoría de nuestro pueblo hizo lo correcto. Esta transformación política esencial es lo que condujo también  a mi propia elección hace nueve meses por parte del 60% de los miembros y partidarios del laborismo.


Durante ese tiempo, hemos obligado repetidas veces al Gobierno a desestimar medidas políticas dañinas, hemos ganado todas las elecciones parciales y hemos vencido a los "tories" en las elecciones locales. He dejado claro que estoy dispuesto a ponerme en contacto con los diputados laboristas que se oponen a mi liderazgo, y a trabajar con todo el Partido para proporcionar la alternativa que el país necesita. Por esa razón me complace que los dirigentes sindicales vayan explorando formas de salvar esa distancia y trabajar conjuntamente de modo más eficaz. Pero los diputados necesitan asimismo respetar la democracia de nuestro Partido y los puntos de vista de los afiliados laboristas, que han incrementado su número en más de cien mil miembros hasta llegar a medio millón sólo en los últimos quince días, con mucho el mayor contingente que hayamos tenido alguna vez en tiempos modernos.


Nuestra prioridad debe consistir ahora en movilizar esta asombrosa fuuerza nueva en política, y gantizar que la gente de Gran Bretaña tengan una alternativa política real. Los que quieren poner mi liderazgo en tela de juicio son libres de hacerlo en una competición democrática, en la que yo seré candidato.


Pero la responsabilidad de todo nuestro Partido se cifra en seguir unidos en oposición al gobierno conservador. Si aunamos esfuerzos, podemos aceptar el desafío y vencer.

Jeremy Corbyn
diputado por el distrito londinense de Islington Norte, es desde el pasado 12 de septiembre líder del Partido Laborista británico.
Fuente:
The Guardian, 8 de julio de 2016
Traducción:
Lucas Antón

lunes, 18 de julio de 2016

INGLATERRA, ¿Y AHORA QUÉ?



El llamado Reino Unido al parecer desde 1707 con la reina Ana, anda que si se desune o no. En España y en otros países a ese Estado, tal vez sin mucha exactitud, se le denomina INGLATERRA, porque pese a la Historia, es la parte más poderosa de las islas marinas y la titular de la lengua,  esa “lingua franca”, en la que se expresa el imperio formando la incontestable ANGLOSFERA, el viejo latín de la edad media cuando Roma hacía muchos siglos que se había extinguido. Al otro lado del mar Estados Unidos viene a jugar el papel de Bizancio, pero con la misma lengua que su madre insular.

Como algunas especies animales, esta etnia se fragmenta para aumentar su poder, en ese poder de LOS CINCO OJOS, llamado también red ECHELON que espía sin poder ser espiada. Todo este entramado, parece que ha conmovido, su férrea armonía, con el extraño referendo sobre eso de estar o no estar en la UE.

Tras las dos guerras mundiales, alguien a lo mejor con buenas intenciones, inventó aquello de la EUROPA UNIDA, la utopía del final de las guerras. Aquello fue por 1957, era algo para los belicosos continentales que se metían en líos idealistas, para ahogar a la Alemania tenida por culpable y  detener a RUSIA, que era el gran peligro para el liberalismo que hoy gobierna desde la OTAN y desde el castillo de Bildenberg.

Pese a los discursos de CHURCHILL que patrocinaba lo de la unidad europea, la isla de Albión no se unió a aquel aparato de filiación demócrata cristiana. Eso era para el otro lado del canal donde estaba la niebla. El valiente general DEGAULLE lanzó el último grito de independencia francesa y vetó la entrada de los ingleses. Pero murió y sus sucesores no pudieron resistir las presiones y hubo que admitir en el club de los ricos a la Isla Grande. No había mucha ilusión, pero los ingleses dicen que por su famoso pragmatismo dijeron que si y en 1973 se pusieron a las órdenes de Bruselas.
Han pasado 43 años, ya ni existe la URSS y el llamado Occidente es el amo del mundo, aunque esté cada vez más cuestionado. Inglaterra recuerda su no tan lejano pasado imperial y la fuerza de lo inglés en el mundo, ¿para qué queremos una UE dominada por Alemania, con una Francia desobediente y, un sur arruinado?. Los ingleses desean su mundo oceánico su relación especial con Estados Unidos y el renacer de esa unidad cultural y doctrinal que es la comunidad británica de naciones, encabezada por la Reina.

               El partido por la independencia UKIP, es muy poderoso en votos, aunque no en escaños y los conservadores lo han sabido y se han arriesgado, el llamado pragmatismo parece que de momento ha perdido, y ha ganado el nacionalismo inglés, que luchó contra la Armada Invencible hasta las Guerras Napoleónicas. El gran acorazado ingles se dispone a navegar en solitario por los siete mares sin limitaciones impuestas por los sórdidos oficinistas corruptos de BRUSELAS. El inglés es el idioma de la UE pero los ingleses no aprenden ni francés ni alemán.

Los ingleses temen las avalanchas de inmigrantes, pero observan que el nuevo alcalde de Londres es de raza pakistaní, ¡QUE LÍO! ¿Dónde está la raza inglesa? La que sometió al mundo y aún lo sujeta con mano de hierro.

El BRESXIT es la expresión de la etnicidad de la isla frente a la homogeneización, la expresión de que eso de ser británico es una presunción, los escoceses quieren marchar hacia Bruselas y en Belfast se acuerdan de la larga guerra.

¿Durará la unión del Reino Unido? es difícil predecir el futuro, la historia es demasiada pesada, ¿Inglaterra en solitario?, ¿el Estado 51 de USA?

Los cambios serán muy lentos, Inglaterra será cada vez más americana australiana o canadiense y se irá olvidando del otro lado de canal, los trenes del túnel son una broma ferroviaria. Inglaterra es de barcos y de aviones, el Reino Unido seguirá unido, aunque con cierta rabia de sus pequeñas nacionalidades célticas. Los anglo-normandos y los sajones seguirán dominando el cuadro, habrá otra vez pasaportes y una aduana para ingleses y otra para el mezquino resto del mundo. Pese a todo lo que se diga Nueva York estará cada vez más cerca y París cada vez más lejos, no digamos donde quedarán Madrid, Viena o Moscú, desde España se podrá decir adiós Inglaterra, adiós, aunque ese mando, se note como un mando a distancia.

Los ingleses tendrán derechos y no cumplirán obligaciones su ley será la famosa del embudo.
MADRID 18 DE JULIO DE 2016


José Ramón Montes GATONEGRO

sábado, 16 de julio de 2016

El mandato de David Cameron: una tragedia que pagaremos todos



Cameron abandona Downing Street con pocos admiradores, con un país sumergido en su peor crisis desde la guerra y con los objetivos centrales de su mandato en ruinas


Owen Jones



  • Cameron: El Reino Unido corre el riesgo de "aislarse" si vota por el "brexit"
  • David Cameron dimitirá como primer ministro británico tras la victoria del Brexit


El mandato más desastroso de un primer ministro desde Neville Chamberlain está a punto de llegar a un final despiadadamente abrupto. David Cameron es un fracaso en sus propios términos, así como en los de sus rivales. Los revisionistas históricos llegarán un día y, por ir  contracorriente, intentarán salvar a Cameron de los escombros de su propia acción. Que no se molesten.

Mientras recoge sus cosas de Downing Street, me pregunto si le viene a la cabeza el discurso que dio en la conferencia tory de 2005 que le dio la victoria frente al favorito, David Davis. Era una retórica exagerada y aderezada de optimismo: "Decidamos aquí, en esta conferencia, cuando dejemos atrás la derrota, cuando dejemos atrás el fracaso, mirarnos a los ojos y decirnos: nunca, nunca más".

Quizá se detiene en el recuerdo de haber obtenido el año pasado una mayoría que las encuestas y los corredores de apuestas declaraban casi imposible. "Hubo un breve momento en que pensé que todo era un sueño", contó después. "Pensé que había muerto y que había ido al cielo". Debe de parecer ahora un sueño, uno del que preferiría despertar.

Cameron se arrastró hasta el gobierno en 2010 con la promesa de erradicar el déficit en una única legislatura. Su gobierno ni siquiera se acercó. En 2013 afirmó que estaba "pagando las deudas de Reino Unido", pero en realidad añadió más deuda de la que generaron los gobiernos laboristas en 13 años. En cuanto asumió el cargo, se comprometió "a garantizar que todo el país se beneficia de un aumento de la prosperidad", pero su gobierno ha presidido la mayor caída de salarios y el estancamiento económico más profundo en generaciones.

Después de las últimas elecciones generales, su ministro de Hacienda introdujo tres reglas fiscales: un techo de gasto social, una reducción de la deuda pública en proporción al PIB y un superávit presupuestario para 2020. Las dos primeras ya se habían incumplido en marzo; el superávit presupuestario ya estaba abandonado por George Osborne de forma ignominiosa a principios de julio.

El propio Osborne ha sido menos consecuente con la austeridad de lo que sus seguidores o sus críticos, como yo, hemos admitido a menudo. Pero sus posibles sucesores ahora piden abandonar su estrategia económica: una confesión del fracaso. Su ministro de Economía, Sajid Javid, defiende un estímulo fiscal que podría implicar un aumento del déficit del 3 al 5% del PIB. Toda esa miseria, todo ese estancamiento, toda esa retórica aterradora sobre las catastróficas consecuencias de que Reino Unido no recorte el déficit... ¿Todo eso para qué?

Hablemos de otro eje central de la agenda interior de Cameron: la educación. "Tenemos que ganar el gran debate sobre educación en este país, dejar elegir a los padres, dar libertad a los colegios y luchar por la excelencia", dijo en ese discurso de 2005. Una clasificación reveló hace poco que las escuelas de las autoridades locales están obteniendo en general mejores resultados que las grandes academias del Gobierno.

Hay una excepción: el matrimonio igualitario para las parejas del mismo sexo, obtenido gracias a los votos laboristas y liberaldemócratas. Qué pena que un logro raramente brillante sea uno del que, según han afirmado algunos, Cameron se arrepiente.

El primer ministro también esperaba que su gobierno preservaría la unión británica durante generaciones. Pero el resultado del referéndum sobre la independencia de Escocia no solo fue mucho más ajustado de lo previsto, sino que dejó al país polarizado y a medio camino de la salida. Mientras que el Partido Nacional Escocés solo tenía seis diputados cuando llegó al poder David Cameron, en el momento de su dimisión tiene en frente un bloque parlamentario de 56 nacionalistas. Con Escocia expulsada de la UE contra su voluntad, nunca ha parecido más probable que se vaya y precipite la ruptura de Reino Unido.

¿Qué hay de la política exterior? Se ha hablado poco sobre la gran aventura militar exterior de Cameron: la guerra en Libia. En lugar de avanzar hacia una Libia pacífica, estable y democrática, se ha dejado un país sumido en el caos, la guerra y el extremismo.

Y luego está su instrumento para el suicidio político: el referéndum sobre la UE. No se convocó con el interés del país en la cabeza, sino como método para resolver divisiones internas de partido. Le ayudó a ganar las elecciones, y lo ha apostado todo a esa carta. El hombre que quería que su partido dejara de "dar la lata con Europa" perdió, quedó repudiado personalmente y con su país sumergido en su peor crisis desde la guerra: tormenta económica, ola de xenofobia y racismo y un país más extremadamente dividido de lo que ha estado nunca en varias generaciones. Los que votaron permanecer en Europa están resentidos con él por ser el instrumento de la salida de Reino Unido de la UE; los que votaron por el Brexit están resentidos con él por lo que consideran alarmismo.

Cameron abandona Downing Street con pocos admiradores, con un país en crisis y con los objetivos centrales de su mandato en ruinas. Es casi suficiente para compadecerlo, pero, teniendo en cuenta lo grave que es la situación que afronta nuestro país, no tanto. Su mandato es una tragedia que pagaremos todos.

Traducción de Jaime Sevilla Lorenzo

Fuente: eldiario.es - theguardian

jueves, 14 de julio de 2016

Un respeto a los ‘brexiters’



PEDRIPOL

Un país con la fortaleza del Reino Unido puede permitirse el lujo de decidir sobre su pertenencia a la UE. El resto seguimos atrapados en el marasmo tecnocrático y neoliberal en el que ha derivado el proyecto de integración europea

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA


Resulta escandalosa la condescendencia, cuando no el abierto desprecio, de tantos comentaristas hacia los británicos que han votado a favor de abandonar la UE. Se les presenta como unos viejos idiotas, xenófobos y reaccionarios que están arruinando el futuro de sus hijos, jóvenes que aman los viajes, el multiculturalismo y el capitalismo global. Los partidarios del Brexit son unos perdedores, unos “losers”, que viven en la periferia de Inglaterra; en el Londres cosmopolita la permanencia ha ganado ampliamente.
La responsabilidad última del Brexit, con todo, se hace recaer sobre unos políticos miopes que han jugado con fuego. Como dijo Pedro Sánchez, “los referéndums trasladan a la ciudadanía problemas que tienen que resolver los políticos”. En fin, esta “catástrofe” ha ocurrido por convocar un referéndum; si la ciudadanía no hubiera votado, todos estaríamos mejor ahora.
Creo que esta visión del asunto es extremadamente simplificadora. Responde a los prejuicios de la élite europeísta, es decir, de ese 5% (aproximadamente) de europeos que se benefician claramente de la integración europea (grandes empresas y entidades financieras, políticos y altos funcionarios, académicos, periodistas, consultores y hombres de negocios).

1. La idea del referéndum no era absurda

Se ha atacado con virulencia el plan de someter al pueblo británico una cuestión tan compleja como la pertenencia a la UE. Pero no debe olvidarse que el referéndum ha sido un recurso habitual a la hora de decidir el ingreso de un país en la UE. Son casi 20 los referéndums que por este motivo se han celebrado. En general, el “sí” ganó en todos los casos, con la excepción de los dos referéndums noruegos.
Cuando venció el “sí”, nadie afirmaba que fuese una equivocación haber convocado el referéndum, o que la cuestión fuera tan compleja que resultaba improcedente resolverla mediante referéndum, o que las preguntas binarias son siempre una simplificación drástica de la realidad. Tampoco, que yo recuerde, se adujo que era necesario establecer un umbral mínimo de participación, o que debería haber una mayoría cualificada para modificar el statu quo.
De ahí que suenen tan hipócritas ahora las críticas al referéndum británico. Veamos algún ejemplo concreto. El Tratado de Maastricht, que establecía la unión monetaria, se sometió a referéndum en dos países. En Francia, el 20 de septiembre de 1992 se celebró un referéndum y salió el “sí” por un estrechísimo margen, 50,8% frente a 49,2%. El establishment no salió en aquella ocasión a decir que una mayoría tan exigua no era suficiente para ir adelante con el euro. Al revés, hubo un gran alivio al comprobar que el “sí” se imponía al “no”, aunque fuera por unos pocos miles de votos. En Dinamarca las cosas fueron un poco distintas. En el referéndum sobre Maastricht del 20 de junio de 1992 ganó el “no” (50,7% frente a 49,3%). Mientras que el referéndum francés se dio por bueno, el danés no. Así que se garantizaron diversas excepciones para Dinamarca y el 16 de mayo de 1993 se repitió el referéndum, que en esta segunda ocasión sí tuvo el resultado apetecido, con un 56,7% a favor de Maastricht. Esta práctica tan curiosa de repetir el referéndum volvió a darse con Irlanda. En 2001 los irlandeses rechazaron el Tratado de Niza: un 53,9% se declaró en contra, aunque la participación fue muy baja (35%). Al año siguiente se repitió el referéndum tras obtener Irlanda algunas concesiones de la UE: el apoyo fue entonces masivo, el 62,9% (con una participación del 49,5%). El caso irlandés es verdaderamente extraordinario, pues volvió a suceder lo mismo con el referéndum sobre el Tratado de Lisboa de 2008, en el que se impuso el “no” con un 53,4%, por lo que se repitió la consulta un año después, tras los preceptivos cambios para satisfacer a Irlanda, obteniéndose entonces el ansiado “sí” con un rotundo 67,1%.

El patrón parece claro: los referéndums son un buen instrumento siempre que dé resultados favorables a Europa. En caso contrario, se repiten o se deslegitima el proceso, como ha ocurrido con el Brexit. La tentación de repetir ya está planteada, pues se han recogido 3,5 millones de firmas para celebrar un nuevo referéndum en el Reino Unido.

2. La capacidad de los votantes

Resulta curioso que no se cuestionara la capacidad de los irlandeses para entender el lenguaje incomprensible de los Tratados de Niza y Lisboa, lleno de eurojerga para iniciados, y en cambio se ponga en duda el discernimiento de los británicos para poder valorar los pros y los contras de la permanencia en la UE. O que se considere que los franceses que votaron a favor de Maastricht eran gente ilustrada y abierta de mente, mientras que quienes votaron en contra eran todos unos populistas y unos “lepenistas”.
El doble juego es evidente: cuando los ciudadanos se alinean con las élites europeístas, los referéndums son fundamentales para dotar de cierta legitimidad popular al proyecto de integración, pero si los ciudadanos se resisten, es porque no entienden lo suficiente, se dejan confundir por consideraciones irrelevantes, son víctimas de la demagogia y se mueven por prejuicios.
Se ha presentado a los votantes británicos favorables al Brexit como un atajo de ignorantes resentidos que han ejercido su derecho democrático sin tener noción de los inmensos beneficios que la UE produce en su país. Así, se ha insistido en que la campaña electoral ha sido de muy mala calidad democrática, despertando las bajas pasiones a propósito de asuntos como la inmigración. Sin duda, habrá habido gente que se haya dejado convencer por la demagogia más xenófoba, pero resulta sencillamente absurdo pensar que más de la mitad de los votantes fueron víctimas de un engaño masivo. Nuestros europeístas más acérrimos, incapaces de entender que haya gente que repudie la UE, han concluido que todos los partidarios del Brexit son unos insensatos. Si alguien quiere leer una exposición razonada y razonable de un académico experto en la UE de su voto a favor del Brexit, puede leerlo aquí: resulta de lo más refrescante por el contraste con el tono monolítico de nuestros analistas.
Ha sido una desgracia, sin duda, que no haya habido un apoyo al Brexit desde la izquierda, dejando todo el terreno libre a las fuerzas más chovinistas. Si un sector de la izquierda hubiese mostrado los argumentos existentes sobre el carácter intrínsecamente neoliberal del proyecto europeo, los europeístas no lo habrían tenido tan fácil a la hora de descalificar a los votantes favorables a la salida. Pero como la izquierda se ha mantenido al margen, la campaña del Brexit la han monopolizado los partidos y grupos más derechistas. De aquí no se sigue, sin embargo, que la mitad de los británicos estén de acuerdo con esos planteamientos por el hecho de haber apoyado la salida de la UE.
Entre todos los argumentos utilizados para ridiculizar las razones del Brexit, creo que el más endeble es aquel que se burla de que los políticos contrarios a la UE hablaran de soberanía, como si la soberanía fuera una antigualla decimonónica a la que sólo los nostálgicos apelan. Por un lado, cabe sospechar que muchos de estos europeístas convencidos de que vivimos en un mundo “postsoberano” luego se cierran a cal y canto ante la demanda de un referéndum catalán porque cuestiona la soberanía de la nación española. Pero esto es solo una respuesta ad hominem. Por eso, debe recordarse también que las constituciones de los estados miembro de la UE parten de la existencia de la soberanía nacional. El artículo 1 de nuestra Constitución dice, ni más ni menos, que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. En ningún lugar está escrito que disolver la soberanía en un orden tecnocrático como el de la UE sea lo más moderno o lo más progresista. Sólo en un país dominado por el europeísmo papanatas como el nuestro se considera seriamente que la soberanía sea una ficción.

3. Las razones de la salida

Multitud de analistas están estudiando las características de los votantes partidarios de la salida. De momento, la explicación que parece ir ganando más adeptos es aquella que establece que el criterio fundamental es el de los beneficios/pérdidas que la globalización entraña en diferentes territorios. En aquellos lugares en los que la globalización ha tenido un impacto más negativo (regiones desindustrializadas, que han sufrido la deslocalización de las empresas), la oposición a la UE ha sido más alta, y viceversa (aquí). La gente es partidaria del libre comercio cuando hay protección social. Cuando dicha protección desaparece o es muy escasa, como sucedió en el periodo de entreguerras, la gente muestra su oposición al libre comercio. Aunque la situación actual es muy diferente a la de entreguerras, es posible establecer un cierto paralelismo entre lo que sucedió entonces y lo que está sucediendo ahora: si no se establece una protección efectiva para las familias perjudicadas por la globalización, los afectados reaccionan en contra.
Me gustaría señalar, sin embargo, algo mucho más simple. Desde hace décadas, la opinión pública británica era, con gran diferencia, la más euroescéptica de toda la UE. Los indicadores que lo demuestran son múltiples (este artículo contiene buenos gráficos). La confianza de los británicos en la Comisión europea era, de lejos, la más baja de toda la UE. La serie histórica de las encuestas muestra que las opiniones sobre la permanencia y la salida han estado siempre bastante reñidas y en algunos momentos la salida iba en cabeza, lo que no deja de resultar llamativo teniendo en cuenta que parece haber un sesgo en las encuestas a favor de la permanencia (aquí).
Lo que ha provocado el Brexit, a mi juicio, ha sido que, debido a las disensiones en el seno del Partido Conservador, se ha abierto una oportunidad para que la gente opinara y, de esta forma, se constatase el bajo nivel de apoyo al proyecto europeísta. Muchos parecen lamentarlo: todo habría seguido en su sitio si no se hubiese preguntado a la gente. Con una sociedad tan euroescéptica, ¿a qué irresponsable se le ocurre preguntar a la ciudadanía?
Un país con la fortaleza económica del Reino Unido y con una de las democracias más sólidas y antiguas del mundo puede permitirse el lujo de decidir sobre su pertenencia a la UE. El resto de países europeos, en cambio, seguimos atrapados en el marasmo tecnocrático y neoliberal en el que ha derivado el proyecto de integración europea, con unas élites rocosas incapaces de rectificar el rumbo emprendido. Aunque muchos de ellos lo hayan decidido por razones equivocadas, los británicos han optado por abandonar una organización supranacional ineficiente y tecnocrática que elimina la soberanía nacional sin dar lugar a un orden democrático a escala europea.

AUTOR
Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Entre sus últimos libros, La desfachatez intelectual (Catarata 2016), La impotencia democrática (Catarata, 2014) y Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia (Alianza, 2014).

Fuente: Público.es

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