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lunes, 6 de febrero de 2017

Marine Le Pen y el tío Adolph




DAVID TORRES

La relación de Marine Le Pen con el nazismo viene de muy lejos. Cuando sólo era una niña, venían de visita a la casa familiar antiguos miembros de la SS y viejos colaboracionistas del régimen de Vichy. Iban a charlar con su padre, Jean Marie Le Pen, a recordar aquellos buenos tiempos en que los judíos terminaban en la cámara de gas. Ah, los tiempos cambian, por desgracia. Ahora el problema ya no son los judíos, sino los musulmanes, esos condenados musulmanes. A Hitler, en esas juergas nostálgicas de los Le Pen, lo conocían por el mote familiar del “Tío Dolphi”. Es normal que ella no se considere a sí misma ni al Frente Nacional un grupo de xenófobos e islamófobos: ahora que el propio Mike Godwin, el inventor de la Ley de Godwin, ha declarado que no es tan descabellado comparar a Trump con Hitler, es mucho mejor renunciar a la copia e ir directamente al original. Si el Brexit ganó, si Trump ganó, Marine Le Pen tiene bastantes posibilidades de arrasar en las urnas de Francia. Le basta con no renunciar a sus principios.

Sus principios los mostró empíricamente la semana pasada, cuando un reportero de Le Quotidien, Paul Larroutourou, se atrevió a preguntarle si era verdad que había contratado a uno de sus guardaespaldas como su asistente personal. El gorila en cuestión (Thierry Legiér) lo agarró del cuello y lo sacó en volandas de la sala con ayuda de otro gorila, ante la estupefacción y el temor de los otros periodistas presentes, que no reaccionaron de ningún modo porque a un auténtico periodista nunca le gusta estar en el centro exacto de la noticia. Este es el nuevo estilo de relaciones públicas con el cuarto poder, que recuerda aquellas hilarantes ruedas de prensa donde Jeús Gil echaba “a la puta calle” a un jornalero de la pluma y los demás jornaleros le reían la gracia. Así vamos en el oficio, de Gil a Trump y de Trump a Le Pen, aplaudiendo al amo.

El cóctel que presenta Le Pen en su programa electoral no es nada nuevo, más bien es tan vetusto como el sobaco de Mussolini, pero sigue siendo igual de efectivo para las masas. Patriotismo de cartón-piedra, xenofobia, odio a las élites intelectuales y miedo, miedo al terrorismo, al islam, al yihadismo. Mucho miedo. Resulta curioso que siga funcionando igual de bien que hace un siglo, lo cual debería hacernos pensar un poco si la educación universal, la globalización, el posmodernismo, el auge de la televisión y las nuevas tecnologías no habrán traído como resultado un espléndido analfabetismo y una nueva Edad Media.

Marine Le Pen es la demostración en carne y hueso de que la ignorancia no está reñida con la prudencia. Una vez llegó a decir que Irán estaba gobernado por los talibanes y duplicó su intención de voto, igual que cuando nuestro Mariano da lecciones de meteorología o explica cómo el vecino elige al alcalde. Es Juana de Arco con el bigotito de Hitler y un rodillo de amasar. Igualdad, libertad, fraternidad, más una cruz gamada. Se la mire por donde se la mire, resulta un personaje de lo más interesante, sobre todo echando la vista hacia atrás y recordando aquella juventud díscola en la que los matones de su padre tenían que ir a sacarla de las discotecas donde se liaba con negros y norteafricanos. O el momento en que la madre abandonó a la familia, fugándose con el biógrafo de Jean Marie, cuya tacañería legendaria la llevó a despelotarse en venganza en un desplegable del Playboy disfrazada de criada del hogar. Si sale elegida, va a poner a Francia de rodillas a fregar, lo cual será todo un éxito para el psiconálisis.
Fuente: Público.es

lunes, 6 de junio de 2016

De Hitler a Trump

De Hitler a Trump

VALENTÍN POPESCU

La irrupción de Donald Trump en la tribuna política estadounidense ha suscitado allá y en otros muchos sitios la denuncia de un paralelismo entre el multimillonario neoyorquino y Adolf Hitler, el Führer del III Reich.

A primera vista ambos tienen en común la llamada al odio, a un nacionalismo racista y la adhesión de las masas económica, intelectual y moralmente más débiles. Y si esto es –evidentemente, con las diferencias ocasionadas por el tiempo y el territorio– relativamente cierto, la mayor coincidencia que hay entre las ofertas políticas de los dos personajes es el contexto social: ambos se dirigen y dirigían a una masa ciudadana sin patrias ideológicas ni defensores institucionales de sus intereses económicos. Y si este fenómeno fue mortal a principios del siglo XX (dos guerras mundiales en el lapso de una generación), puede volver a serlo en el XXI.

La mentalidad de la Europa de aquel entonces no es la del EE.UU. de hoy en día y la riqueza del mundo industrial actual es infinitamente mayor que hace 100 años. Son factores que quitan virulencia a la presente crisis sociopolítica, pero la crisis es fundamentalmente la misma en el llamado primer mundo: los partidos políticos tradicionales no afrontan los problemas que inquietan a la mayor parte de los ciudadanos y estos, por su parte, ya no se identifican con aquellos.

La gente es consciente de tener un mal presente y un peor porvenir, sin acabar de entender los cambios que se han registrado. Pero en todas partes los partidos de siempre ofrecen luchas por el poder en vez de soluciones válidas para las cuitas de hoy y los miedos del mañana. Es la primera razón por la que en todo el mundo atlántico han surgido recientemente exitosos partidos nuevos. Muchos de ellos sin ideario moral ni programa político realista, pero con el señuelo de ser nuevos y no contaminados por el poder. Y en todas partes muchos de los nuevos han tenido éxitos inexplicables y desproporcionados respecto a las ideas e ideales que dicen ofrecer.

Y es en este contexto en el que simplificadores radicales como Trump o Hitler se imponen. La oferta de esos estadistas no es coherente ni viable, pero, para las masas agobiadas por un panorama que les resulta ininteligible, tiene el atractivo irresistible de ser inteligible. El mundo de Hitler y Trump es diáfano: allá hay unos malos a los que hay que suprimir y acá están los buenos –los seguidores– a los que hay que proteger y privilegiar.

La evidencia de esta repetición de circunstancias la da Mein Kampf, el libro programático escrito por Hitler. Hace un trimestre largo volvió a ponerse a la venta en Alemania tras 70 años de prohibición y en estos pocos meses se han vendido más ejemplares (55.000) que en 1930, año de la edición barata de las dos partes en un solo tomo. Porque la obra original de Hitler fue escrita en dos tomos: el primero, en 1925, mientras el Führer estuvo encarcelado por delitos políticos, y el segundo, en 1926.

VALENTÍN POPESCU

Fuente: La Vanguardia

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